miércoles, 18 de noviembre de 2020

Otra Oportunidad: Capítulo 67

 –No pasa nada –insistió Leticia–. Tienen que quedarse donde están para seguir a salvo.

 

Paula había dormido en una cueva en la nieve como parte de un curso de alpinismo. Era la mejor manera de protegerse en ese tipo de clima. Pero ella prefería tener a Pedro en casa.

 

–Hemos traído la cena –le dijo Gabriela enseñándole una bolsa.


 –No hay razón para estar solos cuando estamos todos en el mismo barco –le explicó Diego.

 

Paula apreciaba su consideración. La comida era lo último que tenía en mente, pero sabía que debía alimentarse para estar fuerte.

 

–Gracias. Es un detalle por vuestra parte –les dijo agradecida.

 

–Es bueno para todos –le contestó Leticia.


Mientras ponían la mesa para cenar, se dió cuenta de que había hecho buenos amigos en el poco tiempo que llevaba en Hood Hamlet. Y no eran amistades que tuvieran que ver con su trabajo, sino con ella. Normalmente, no dejaba que la gente se le acercara demasiado. En Hood Hamlet, en cambio, habían sido ellos los que habían entrado en su vida sin preguntar. Y se lo agradecía.


 –Esto de cenar juntos me parece una idea fantástica –comentó Gabriela–. Es tan difícil esperar. No me gusta nada.


 –A mí tampoco –reconoció Paula sin poder dejar de pensar en Pedro– . ¿Cuándo dejará de nevar?


 –No hay de qué preocuparse. Su seguridad es siempre lo primero –le explicó Gabriela–. Eso es al menos lo que Daniel me repite una y otra vez.

 

–Lo mismo me dice Javier a mí –asintió Leticia.

 

–Y a mí Brenda –dijo Diego.


Paula suspiró al oírlos.

 

–Es exactamente lo que me dijo Pedro antes de irse.

 

–Lo que no parecen entender es que es imposible no preocuparse cuando el amor de tu vida está en la montaña en medio de una tormenta –les dijo Gabriela.


Paula asintió con la cabeza, pero después se quedó muy pensativa. «¿El amor de mi vida? ¿Pedro?», se dijo una y otra vez. La verdad la quemó por dentro como un río de lava caliente. Se había enamorado de él. Lo amaba de verdad. Con todo su corazón, su cuerpo y su alma.

 

–Estás muy pálida, Paula. Siéntate –le dijo Gabriela yendo a su lado–. ¿Te duele algo?

 

–No –susurró Paula –. Estoy bien, solo un poco mareada.

 

No quería preocuparlos, pero tampoco podía decirles la verdad, que lo que le pasaba era que acababa de darse cuenta de que amaba a su marido.

 

–¿Te sientes mejor? –le preguntó Leticia unos minutos más tarde.


 –Sí.

 

Físicamente estaba mejor, pero emocionalmente... Lo que sentía por Pedro hacía que fuera vulnerable y que él pudiera llegar a hacerle mucho daño cuando ya no la deseara. Porque estaba segura de que él no la querría a su lado para siempre. Nadie lo había hecho. Fue un alivio pensar que ya tenía hecho el equipaje porque, si volvía a pedirle que se quedara con él, no iba a ser capaz de dejarlo. Decidió que tenía que cortar por lo sano y no volver a Hood Hamlet por mucho que le tentara la idea de verlo. Miró el sobre con los papeles del divorcio. Pensó en firmarlos antes de irse. Pero no sabía si era lo suficientemente fuerte como hacerlo. Decidió que lo mejor era irse de allí antes de que Pedro regresara a casa.

 

–Ya estoy bien, de verdad –les dijo Paula a sus nuevos amigos.

 

Los vió tan aliviados que se sintió más culpable aún, pero ya había tomado la decisión de irse antes de que Pedro volviera. Sabía que estaba siendo una cobarde, pero sentía que debía apartarse de él antes de que él la dominara por completo. No podía entregarle su corazón.



 

Pedor sabía que había lugares peores que esa cueva de nieve en medio de la montaña. Al menos estaba con sus mejores amigos y a salvo.  Tomó un sorbo de su botella de agua. El líquido calentaba un poco su cuerpo, pero habría preferido poder estar abrazado a Paula en su cama. La echaba de menos y no iba a ser fácil pasar un tiempo sin ella, pero entendía que tuviera que volver a su trabajo.


 –¿De quién fue la genial idea de dormir aquí? –preguntó Hughes.

 

–De Paulson –contestaron Porter, Moreno y Pedro al mismo tiempo. 

Otra Oportunidad: Capítulo 66

  –Hay una reunión del equipo en el hostal de Timberline, pero no tengo por qué ir, puedo llevarte hasta Bellingham.

 

–No, Pedro, te necesitan.


 –No sé los detalles específicos de la misión. Puede que no sea nada.

 

–Pero te necesitan, eres el único médico.


Se le hizo un nudo en la garganta.

 

–No, voy a llevarte.

 

Se miraron a los ojos. Ninguno se movió ni dijo una palabra.

 

–¿Cuánto tiempo durará la misión? –le preguntó Paula.

 

–No lo sé.

 

–¿Y si te espero hasta que vuelvas? Aún tengo que hacer el equipaje. Puedo ir analizando desde aquí los datos que me envíe Andrés hasta que regreses. 



Su corazón se llenó de alivio, gratitud y afecto.


 –Eso sería maravilloso. Estaré de vuelta tan pronto como pueda.

 

–No te preocupes –respondió Paula–. Y, por favor, ten cuidado.


Quería acabar con esa preocupación estrechándola entre sus brazos, quería decirle lo mucho que su espera significaba para él. Pero no lo hizo, se limitó a besarla suavemente en los labios.


 –Siempre tenemos mucho cuidado –le dijo él–. Llamaré a alguien para que esté contigo.

 

–Gracias, pero no es necesario. Ya he pasado por esto cuando estabas con el equipo de rescate en Seattle. Estaré bien. Solo me importa que estés a salvo.

 

La besó en la frente.

 

–Prepara el equipaje. Volveré antes de que te des cuenta.

 

Cuando volviera, iba a decirle que en esa casa siempre iba a tener un sitio y que esperaba que regresara muy pronto y que quisiera quedarse en Hood Hamlet. Porque la quería con él y esperaba que ella sintiera lo mismo.



 A las dos de la tarde, caía tanta nieve del cielo que parecía de noche. Paula no podía creer que hubiera una tormenta semejante en pleno mes de junio. Especialmente con tres escaladores desaparecidos y los equipos de rescate en busca de ellos.  A Andrés no le había gustado nada saber que aún seguía allí, pero ella estaba haciendo todo lo posible por ayudar a su departamento desde Hood Hamlet. Presionó la mejilla contra la ventana. Solo podía pensar en Pedro y en el frío que estaría pasando. Estaba rezando por él cuando sonó el timbre de la puerta. Se sobresaltó al oírlo. Cuando abrió, vió que se trataba de un mensajero.

 

–Estoy buscando a Paula Chaves.

 

–Soy yo.

 

–Tengo una entrega para usted –le dijo.


Le entregó un sobre grande con el nombre de un bufete de abogados en el membrete. Lo tomó con manos temblorosas y se despidió del joven. No tenía que abrir el sobre para saber lo que había dentro. Debían de ser los papeles del divorcio. Se le revolvió el estómago. Fue a la cocina y dejó el sobre en la encimera. Esperaría a que volviera Pedro para abrirlo. De momento ya tenía demasiadas preocupaciones entre el rescate en la montaña y una segunda explosión de vapor en el monte Baker. Pasaron las horas. Paula observó los datos que le enviaban y habló con Tucker a través de Skype. Pero lo que quería era saber de Pedro. Le bastaba con una llamada o un mensaje. Sonó de nuevo el timbre. Casi le daba miedo abrir la puerta, pero lo hizo. Leticia, Gabriela y Diego Welton estaban de pie en el porche. Los invitó a pasar. Supuso que Pedro les habría pedido que se pasaran para ver cómo estaba. Aunque le había dicho que no lo hiciera, le gustaba tener compañía.

 

–¡No me puedo creer que hayan venido hasta aquí con este tiempo! – les dijo Paula.

 

–Queríamos ver cómo estabas –respondió Gabriela–. Y tenemos algunas noticias.

 

–Buenas noticias, espero –le dijo ella conteniendo la respiración.

 

–El equipo de rescate encontró a los escaladores desaparecidos –le anunció Gabriela.


 –Eso es maravilloso. Entonces, todos estarán pronto en casa, ¿No? – preguntó Paula.


Ya no se acordaba de los papeles del divorcio. Solo pensaba en Pedro y en que quería verlo.

 

–Bueno, dos de los equipos están atrapados en la montaña. No podrán bajar hasta que deje de nevar así –le explico Diego–. Daniel, Javier, Julián, Martín y Pedro están refugiados en una cueva en la nieve. Están bien, pero las condiciones son muy duras allí arriba.

 

Se quedó sin respiración. Estaba muy asustada.

 

–Dadas las circunstancias, han tomado una decisión muy inteligente – le dijo Diego–. Brenda y el resto de su equipo subieron hasta la estación del teleférico y se quedarán allí esta noche. 

lunes, 16 de noviembre de 2020

Otra Oportunidad: Capítulo 65

Pero no quería estar sola esa noche.


 –¿Te vas a quedar a mi lado, por favor?

 

–¿Que si me voy a quedar? No podrías echarme de tu lado aunque quisieras. Aunque no puedo prometer que no me meta bajo las sábanas si tengo frío.

 

–Puedes hacerlo ahora si quieres.

 

–No, mejor no. No pongas a prueba mi autocontrol –le dijo mientras le daba un beso en la frente–. Dulces sueños, Chica Volcán.


Entre sus brazos, sabía que sus sueños iban a ser muy dulces. Y quizás tuviera también alguno subido de tono. De momento, no podía dejar de pensar en la conversación que habían tenido.



Al día siguiente, Pedro guardó los platos mientras Paula miraba los datos más recientes del monte Baker. No podía dejar de pensar en todo lo que ella le había dicho la noche anterior. Le parecía increíble que hubieran estado casados y supieran tan poco el uno del otro. Le había dolido ver cuánto había sufrido, pero era bueno saberlo para poder ayudarla. Creía que a lo mejor le convenía hacer algún tipo de terapia para superarlo. De momento, él solo podía esperar la decisión de ella y soñar con su futuro.



Los dos días siguientes pasaron muy rápidamente. Demasiado rápido para Paula. No sabía qué decirle a Pedro. Afortunadamente, había estado trabajando y apenas se habían visto, pero no podía posponerlo mucho más.  Los rayos de sol de la mañana se colaban por la ventana de la cocina. Se preparó una taza de manzanilla. Él estaba sentado a la mesa de la cocina leyendo el periódico.

 

–¿Quieres algo de beber? –le preguntó ella.


 –No, gracias –repuso él–. Daniel nos ha invitado a una barbacoa mañana y le he dicho que iremos.

 

Sonó en ese momento su teléfono móvil. Tenía un mensaje de texto. 


–Debe de ser Andrés –le dijo ella.

 

–Si quiere que vuelvas, dile que sigues recuperándote.

 

–Pero ahora ya puedo valerme por mí misma...

 

–¿Estás lista para volver?

 

–No –le confesó ella.


Su móvil sonó de nuevo. Supuso que era Andrés otra vez, pero le parecía muy raro. Tomó el móvil y vió las palabras Explosión de vapor en la pantalla. El corazón comenzó a latirle con fuerza en el pecho y le costaba respirar.


 –¿Qué ha pasado? –le dijo en cuanto su jefe descolgó. 


Al ver la expresión de Sarah mientras hablaba con su jefe, Cullen adivinó lo que pasaba. Había llegado el momento de que se fuera.

 

–Ha habido otra explosión de vapor esta mañana –le dijo Paula cuando colgó–. Andrés me necesita allí. Ahora mismo –agregó mientras empezaba a recoger sus papeles y carpetas.


Su móvil vibró en ese preciso instante. Lo sacó del bolsillo para apagarlo, pero se detuvo al ver lo que ponía en la pantalla. Tenían que salir a una misión de rescate.


 –¡No me lo creo! –exclamó.

 

–¿Qué?

 

–Se han perdido unos escaladores en la montaña.


Tenía que subir con su equipo de rescate, pero Paula también lo necesitaba. El médico y el socorrista de montaña querían salir y formar parte de la misión, pero el marido quería estar con su esposa porque temía no tener mucho más tiempo con ella.


Otra Oportunidad: Capítulo 64

 –No te metas bajo las sábanas –le advirtió ella.

 

–Tus deseos son órdenes para mí.

 

Paula tragó saliva. Eso era lo que temía porque ella lo deseaba como no había deseado a nadie. Notó que se acercaba más a ella.


 –¿Qué haces?


 –Me pongo cómodo para hablar contigo –le explicó él–. ¿Por qué no podemos estar juntos?

 

–¿De verdad quieres hablar de esto en la cama?

 

–¿Por qué estás tan sorprendida? ¿Crees que voy a intentar algo?


 –Sí. Mi experiencia con los hombres me dice que sí. Por eso no puedo estar contigo. No se me dan bien las relaciones.

 

Paula esperaba que Pedro le llevara la contraria, pero no lo hizo y se sintió decepcionada.


 –¿Por qué piensas eso? –le preguntó él después mientras le acariciaba el pelo.


 Tenía una lista de respuestas posibles, pero decidió ser sincera.


 –Apenas te he hablado de mis padres.


 –Me dijiste que los dos se han divorciado varias veces y que ya no forman parte de tu vida.


Recordó entonces la última vez que había visto a su madre. Le dolía pensar en ello.


 –Fui hija única y creo que mis padres se arrepentían de haberme tenido. Nunca se preocuparon por mí. No me querían a su lado. Después de su divorcio, iba de una casa a otra.

 

Pedro la abrazó con fuerza.

 

–Esa no es forma de tratar a una niña –le susurró.

 

–No, pero eso es lo que hicieron. Nunca he visto ni he vivido una relación sana y feliz.


 –Esta noche, durante la cena, has podido ver a dos.

 

–Sí, pero solo de paso. Es difícil superar el modelo tan negativo de mis padres. Y hay cosas aún peores que nunca he contado a nadie...

 

–No tienes que hacerlo si no quieres.


 –No, quiero hacerlo. Te he acusado de no hablar conmigo, pero yo tampoco lo he hecho –le dijo ella con la voz entrecortada–. El cuarto marido de mi madre intentó algo conmigo. Ya me había sucedido con sus novios, pero nunca con mis padrastros. Se lo dije a mi madre. Tenía miedo, pero él le dijo que había sido yo la que había tratado de seducirlo. Mi madre lo creyó y me echó de casa. Fue muy doloroso y humillante –agregó con lágrimas en los ojos.


 –¡Dios mío! ¡Cuánto lo siento! No puedo creerme que eligiera a ese hombre sobre su propia hija –le dijo abrazándola aún más fuerte–. ¿Te fuiste a vivir con tu padre?

 

–Sí, pero se mudaba continuamente y como yo aún estaba en el instituto, terminé pasando mucho tiempo en casa de Pablo. Él era todo lo que tenía. Cuando cumplí los dieciocho, mi padre se volvió a casar de nuevo. Su nueva esposa, Carla, no quería tener una hijastra que era solo cuatro años más joven que ella. Cuando terminé secundaria, no volví a ver a mi padre.

 

–Paula, no puedo creerme que te esté diciendo esto, pero me alegra que no tengas relación con ellos. No se merecen a una hija como tú.

 

Y ella creía que no se merecía a Pedro.

 

–No eres como ellos ni estás predestinada a cometer sus mismos errores –le dijo Pedro–. Aún puedes tener relaciones sanas, buenas y sólidas. Relaciones que duren.

 

–Puede que sí, pero he aprendido la lección y no puedo meterme en algo sin pensar...

 

–Ese algo del que hablas es nuestro matrimonio –la interrumpió Pedro–. Te propongo que no pensemos en el pasado ni en por qué falló. Ahora podemos ir más despacio si queremos.

 

–Pero no voy a quedarme mucho más tiempo. Ni siquiera vivimos en el mismo estado.


 –Una relación a larga distancia no puede ser peor que estar separados como este año.


 –Supongo que tienes razón –susurró ella con algo de esperanza.


 –Así es, pero no tenemos que decidir nada ahora mismo. Piensa en ello. ¿Harás eso por mí?

 

–Sí, lo haré –le dijo con emoción.


 –Ahora, duerme un poco.

Otra Oportunidad: Capítulo 63

 –No pasa nada. Ahora que me lo has explicado, entiendo a tu familia –le dijo ella–. Siempre me extrañó lo que cambiaste después de la boda. Al principio, no tenías ningún problema para contarme cualquier cosa, pero después, cuando volvimos a Seattle, te encerraste en ti mismo.

 

–Lo de Las Vegas fue diferente. Allí era fácil. De vuelta a Seattle, no tanto. Ahora lo estamos haciendo mejor, ¿No? Hablamos las cosas...

 

–Sí, pero esto tampoco es real. Yo aún me estoy recuperando, es como si estuviera de vacaciones. Tú, en cambio, sí vives aquí. Esta noche he visto por primera vez el verdadero atractivo de Hood Hamlet. Son como una gran familia. Están pendientes unos de otros.

 

–No todo es positivo. A veces se meten demasiado en tu vida. Nadia y Leticia me recordaron esta noche que el observatorio vulcanológico de Vancouver no está lejos.

 

Se quedó boquiabierta.

 

–¿En serio? –le preguntó perpleja–. No me extraña que salieras del salón y fueras en mi busca.

 

–Me daba miedo seguir en el salón con ellas dos.

 

Se echó a reír al oírlo.

 

–A lo mejor debería haber escuchado lo que me decían porque en algo tenían razón. Este es tu sitio, Paula –le dijo mientras levantaba su mano y la besaba–. Hood Hamlet puede ser tu hogar.

 

El corazón galopaba en su pecho.

 

–Pero vivo en Bellingham. Y trabajo allí, Pedro.

 

–Y yo vivo aquí –le dijo mirándola a los ojos–. Deberíamos estar juntos.


 El mundo se detuvo de repente y se quedó sin aliento.

 

–¿Juntos? Pero ya lo intentamos y... Somos muy diferentes.

 

–Los polos opuestos se atraen –respondió Pedro.


Se inclinó hacia ella, su calor la envolvía y estaba un poco mareada. Le costaba respirar.

 

–Te lo voy a demostrar.

 

Sus labios se abalanzaron sobre ella. La besó con fuerza hasta que se quedó sin aliento. Sentía electricidad bajo la piel y le faltaba el aire.

 

–¿Tienes datos suficientes o necesitas más? –le preguntó después.


No necesitaba más información. El beso que acababa de darle le recordó cómo había sido cuando se conocieron. Sus besos la habían desnudado por completo, haciendo que se sintiera emocionalmente muy vulnerable. Le había hecho soñar con finales felices y cuentos de hadas. Pero ella no quería ser rescatada ni caer bajo su hechizo como había hecho en Las Vegas. Temía que, igual que habían hecho sus padres y Pablo, él también la abandonara.


 –No puedo –le dijo ella con un hilo de voz.


 Él le acarició la mejilla con los nudillos.


 –Vas a tener que decirme algo más. «No puedo» no es respuesta suficiente.


 –Estoy muy cansada.

 

–Si quieres, podemos seguir esta conversación en la cama.

 

Lo miró con el ceño fruncido.

 

–Pedro...

 

–Vamos –le dijo mientras tiraba de ella para levantarla del sofá–. Prepárate para ir a la cama y luego me explicas por qué no puedes. 


«No puedo, no puedo, no puedo», se dijo Paula una y otra vez. Se cepilló los dientes y se puso la bata sobre el pijama. Una capa adicional de protección. Volvió a su habitación y se metió en la cama. Intentó dormir para que Pedro no pudiera hablar con ella. Pocos minutos después entró él en la habitación. Solo llevaba los pantalones del pijama y se le hizo la boca agua al ver sus musculosos brazos, su torso y sus abdominales bien definidos. Se estremeció de deseo al ver que iba hacia ella.

 

–No voy a acostarme contigo –le dijo ella.


 –¿Quién ha hablado de sexo? –respondió Pedro con una pícara sonrisa.


Después, apagó la luz. No podía verlo ni oírlo, pero sintió que se tendía a su lado. 

Otra Oportunidad: Capítulo 62

 –Paula y yo no nos hemos reconciliado –les dijo Pedro.

 

–De momento –repuso Leticia–. Cualquiera puede ver que son la pareja perfecta.

 

–Bueno –dijo Pedro poniéndose de pie–. Voy a ver cómo va el proyecto de Ciencias.


Salió tan deprisa como pudo del salón para que no siguieran interrogándolo. Fue al dormitorio de Victoria y se quedó mirándolas desde la puerta. Paula estaba sentada en el suelo con la niña.

 

–Va a ser genial –decía Victoria con un brillo emocionado en sus ojos– . Si funciona.


 –Claro que va a funcionar, ya lo verás –la animó Paula–. Que no se te olvide pegar al proyecto el mapa topográfico actualizado.

 

–Gracias por ayudarme, haces que parezca entretenido. ¿Es divertido ser una científica?


 –Es el trabajo más divertido del mundo –le dijo Paula.


 –¿Mejor que ser una esposa y una mamá? –le preguntó Victoria.

 

–Bueno, yo no tengo hijos, pero ser la esposa de alguien puede ser muy divertido también.

 

Pedro la escuchaba con incredulidad. Estaba fascinado con la mujer que tenía por esposa. Mientras trabajaban juntas en el volcán de cartón, se quedó maravillado al ver lo cómoda que parecía Paula en esa familia. Le atrajo entonces una faceta nueva de ella que estaba empezando a descubrir. Podía imaginarla con sus hijos, cuidándolos y mimándolos.  Su familia. Anhelaba tanto tener un futuro con ella... Pero se dió cuenta de que no era posible. Si tenía hijos, sería con otro hombre, no con él.  Le había preguntado si seguía queriendo el divorcio y ella aún no le había respondido, pero eso no importaba. Decidió que había llegado el momento de tragarse el orgullo y decirle lo que quería él. No podía perderla, pero no sabía cómo convencerla para que le diera otra oportunidad a su matrimonio.



Pedro abrió la puerta de la cabaña y le hizo un gesto para que pasara primero.


 –Estuviste increíble esta noche –le dijo.

 

Paula entró. No quería que Pedro le afectara tanto como lo hacía, pero solo podía pensar en que deseaba besarlo de nuevo. Solo la detenía saber que su corazón estaba en juego.

 

–Gracias, pero no es para tanto –repuso ella.

 

–¿Cómo que no? Has ayudado mucho a esa niña. Gracias a tí ganará el concurso de Ciencias.


Ella nunca se había sentido parte de una comunidad, ni de una familia, hasta esa noche. Pero le había encantado estar en casa de los Willingham, cenar con ellos y ayudar a Victoria. Por primera vez en su vida, se había preguntado si podría llegar a ser una buena esposa y madre.  Le daba pena saber que esa no era su comunidad y que nunca iba a tener allí una familia con Pedro.

 

–Nunca te había visto tan cómoda con niños –le dijo Pedro mientras la ayudaba a quitarse el abrigo y la acompañaba al salón–. Con mis sobrinos, te ví mucho más distante y tensa.

 

Se sentaron juntos en el sofá.


 –No me recuerdes ese fin de semana en casa de tu familia –le dijo ella.

 

–¿Por qué no me dijiste lo incómoda que estabas?

 

–Tú nunca querías hablar de nada.

 

–Es verdad, tienes razón –reconoció Pedro–. ¿Es demasiado tarde para pedirte disculpas?


Paula le tocó la mano con cariño. Su piel era áspera, callosa y muy cálida. 

Otra Oportunidad: Capítulo 61

 –La lasaña estaba buenísima, Nadia –le dijo Pedro a la anfitriona.

 

Le gustaba ir a casa de los Willingham. Estaba feliz rodeado de amigos, buena comida y su bella esposa. Su brazo descansaba en el respaldo de su silla y el pelo de Paula le hacía cosquillas en la piel cada vez que se giraba. Era algo a lo que podía llegar a acostumbrarse.

 

–Sí, todo estaba delicioso –agregó Paula.

 

Le habría encantado que aquello fuera su realidad, que pudiera estar siempre así con ella. En Seattle apenas habían tenido vida social. Sus horarios no se lo permitían. 


Todos estaban tan llenos que decidieron esperar antes de tomar el postre y pasaron al salón.  La casa era muy acogedora. Le encantaba ver a las parejas y a los niños en un mismo espacio, con juguetes por el suelo y lápices de colores tirados por todas partes. Era el tipo de casa que quería comprar. Cálida, acogedora y diseñada para una familia. Pero esos sueños siempre habían incluido a Paula. No se imaginaba con ninguna otra mujer, solo con ella.

 

Paula estaba sentada en el sofá con Leticia y estaban hablando entre risas de la boda. Había llegado a entender que quisiera casarse en Las Vegas después de que su exnovio la dejara plantada en el altar, pero él nunca le había preguntado si quería celebrarlo de alguna manera, ni siquiera habían tenido luna de miel.Victoria, la hija de Nadia y Sergio, se acercó a Paula. 


–Mi madre me ha dicho que eres una científica que estudia volcanes.

 

–Así es –respondió Paula–. Trabajo estudiando el del monte Baker.


 –¿Sí? Es que necesito que alguien me ayude con un trabajo sobre el flujo de la lava.


 –Paula es una invitada, no la molestes con tus deberes –le dijo Nadia a su hija.

 

–No te preocupes, me encantará ayudarla –contestó Paula.


Se puso a ver todo el material que tenía ya Victoria. La niña le mostró una caja repleta de mapas, un cubo de plástico y otras cosas que Pedro no reconoció.

 

–Tienes todo lo que necesitas para hacer el proyecto –le dijo Paula–. ¿Dónde podemos trabajar?


Victoria se llevó a Paula a su habitación. Le sorprendió ver que quería ayudar. Nunca la había visto con niños, solo con sus sobrinos durante la Pascua que pasó con su familia.

 

–¿Sabe Paula que no tiene por qué ayudarla? –le preguntó Nadia a Pedro.


 –Sí, claro que sí. Seguro que está encantada. Le encantan los volcanes –respondió Pedro.


 –El observatorio de volcanes de Cascades está cerca, sería un trabajo perfecto para ella –comento de repente Leticia.

 

–Está en Vancouver, no me parece que esté cerca –repuso Javier.

 

–Bueno, está más cerca que Bellingham, que es donde trabaja ahora – intervino Nadia.


Sergio fulminó a su esposa con la mirada.

 

–Dejenlo ya, Pedro no necesita que interfieran en su vida ni en su matrimonio –les dijo.

 

–¿Qué? No hemos hecho nada –se defendió Nadia con fingida inocencia–. Leticia y yo solo queríamos mencionarlo por si Pedro y Paula deciden que quieren estar más cerca.


Se dió cuenta de que Paula tenía razón. Sus amigos los habían visto durante la cata de chocolates y habían sacado sus propias conclusiones. Pero creía que se equivocaban. Ella ni siquiera le había contestado aún para decirle si seguía queriendo el divorcio.