No. Lo último que los dos necesitaban era que ella lo deseara y que correspondiera los avances de él.
—Pedro…
—Paula… Lo siento mucho.
—No… No tienes que sentir nada…
El susurro de la voz de Paula lo envolvió, tentándolo y seduciéndolo con su embriagadora promesa. También tuvo un efecto sorprendente en ella. Paula parpadeó, como si se estuviera despertando de un trance. Se agarró al respaldo de la butaca y se mordió el labio inferior.
—Yo… Tengo que irme.
Recogió la carpeta del escritorio, se dió la vuelta y se marchó. «Ay, Thée mou». Al menos Paula había recuperado el sentido común. Así sería más fácil que los dos pudieran controlarse a lo largo de los próximos días. «Mentiroso». Nada sería más fácil. Tras saborear sus labios y sentir cómo ella correspondía su pasión, el deseo de Pedro se había vuelto tan intenso que le dolía físicamente. ¿Cuánto tiempo podría pasar con Rosalind antes de que la arrastrara al fango a ella también? ¿Antes de que le arrebatara aquella hermosa y optimista luz y la aplastara con sus propias egoístas necesidades? «¿Merece la pena correr ese riesgo? ¿Merece la pena hacerle daño?». Se acercó al ventanal que había tras el escritorio. El jardín brillaba en todo su esplendor. Las rosas se mecían con la brisa. Los bancos y los arcos proporcionaban pequeños paraísos para los lectores, los exploradores… Y los amantes. Le dió la espalda al jardín y se centró de nuevo en su despacho, su santuario. Prefirió ignorar cómo sus pasos se hacían eco en las paredes y amplificaban el vacío que tenía dentro de su corazón. Paula estaba acurrucada en un sillón color burdeos frente a la enorme chimenea de piedra, con un libro en el regazo. Podía imaginársela llena de troncos ardiendo, con la madera restallando por el fuego mientras en el exterior caía mansamente la nieve.
A lo largo de la mañana, había intentado en varias ocasiones centrarse en el trabajo. Después de darse cuenta de que había leído la página del perfil de un cliente en cuatro ocasiones y no había logrado retener una palabra, se dió por vencida y bajó a la biblioteca. Cada ruido que se producía en la casa le aceleraba el corazón. No sabía lo que le diría a Pedro cuando volviera a verlo. Debería disculparse por su evidente falta de ética y su comportamiento poco profesional. Sin embargo, no quería hacerlo. Llevaba mucho tiempo dejando de lado sus deseos y sus necesidades. Al principio, había pensado que debería olvidarse de la atracción que sentía por Pedro, convencida de que ceder ante alguien como él solo le rompería el corazón y la distraería de su trabajo. Se había asegurado que debía mantenerse alejada de él a nivel personal. Controlar su atracción. Sin embargo, cuanto más imaginaba un futuro sin Nettleton & Thompson, menos le preocupaban las implicaciones profesionales de acostarse con Pedro.
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