—Está bien. Gracias.
Pedro asintió una vez más.
—Que descanses.
Paula se acomodó en el sofá un poco más. Entonces, oyó que él respiraba profundamente y giró la cabeza para ver si iba a decirle algo más. Sin embargo, vió que Pedro se dirigía hacia la puerta sin mirar atrás. Esperó hasta que la puerta se cerró y bajó los párpados. Jamás se habría imaginado cuidándola a un hombre como él. Le había hecho parecer casi humano. Mientras se iba quedando dormida, pensó que aquello tenía como consecuencia que la atracción que sentía por él resultara aún más traicionera.
A la mañana siguiente, Pedro llamó a la puerta del dormitorio de Paula. Al escuchar sus pasos, se cuadró y permaneció firme cuando ella abrió. Iba vestida con una camisa azul marino y una llamativa falda roja. Se había recogido el cabello en lo alto de la cabeza, lo que dejaba la nuca completamente al descubierto. Sintió que perdía el control al imaginarse deslizando los labios por aquella delicada piel hasta la mandíbula y luego hacia el hombro, para después seguir bajando…
—Buenos días.
—Buenos días.
Paula parpadeó al escuchar el gruñido de la voz de Pedro y dió un paso atrás. Él pensó que debería explicarle, pero decidió que lo mejor sería que lo dejara y que terminaran con aquella conversación lo antes posible. Ella había despertado en él un anhelo que no era solo sexo, sino algo más, algo que contenía un poder que él nunca había experimentado antes. Era peligroso, pero, a pesar de todo, no se podía resistir a pasar un poco más de tiempo con ella. Esperaba que, en esos minutos, pudiera aliviar parte de la atracción que sentía. Arrebatarle el misterio, la anticipación, lo que le dejaría tan solo con una mujer hermosa que no era adecuada para él y que, después de aquella semana, desaparecería de su vida para siempre. Al menos, ese era su plan.
—Vamos a mi despacho.
Paula parpadeó al escuchar la orden, pero se limitó a asentir. Cuando entraron en el despacho, Pedro le indicó una butaca frente al escritorio y luego rodeó este para tomar asiento en su sillón. Ella le entregó una gruesa carpeta de cuero repleta de papeles antes de sentarse.
—En la actualidad, las propiedades de tu padre están valoradas aproximadamente en mil cuatrocientos millones.
Pedro abrió la carpeta sumido en una profunda pena. Su padre había trabajado muy duro los últimos años de su vida, a pesar de estar viudo y distanciado de su único hijo. Le apenaba haber sido él la causa de ese distanciamiento.
—Yo tengo mi propia fortuna —dijo cerrando la carpeta y colocándola sobre el escritorio—. No necesito el dinero.
—Tienes varias opciones. Puedes aceptar la herencia en su totalidad, aceptar una parte o rechazarla entera.
—¿Qué ocurre si la rechazo?
—En ese caso, va al pariente más cercano. Un primo lejano que vive en Grecia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario