lunes, 11 de mayo de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 45

 —Tenía algo que me interesaba —replicó Pedro—, pero ya no está. Hago lo mínimo, que, en lo que se refiere a mí, sigue significando que millones de dólares terminan todos los años en organizaciones benéficas de todo el mundo. Además, pago a mis empleados los sueldos más altos de toda la industria naviera. Hago más que suficiente con lo que tengo. Solo porque no me ensucie las manos, no significa que no tenga impacto lo que yo hago.


—Tal vez podrías encontrar algo más que te importe.


—¿Por qué me insistes tanto, Paula? Estoy seguro de que esto va más allá de tus obligaciones legales —le advirtió. Aquella conversación estaba tomando un cariz que él nunca había buscado.


—Admito que no te conozco, pero veo un hombre que tiene mucho potencial y eso podría significar mucho.


—¿Solo porque soy rico?


—No se trata solo de dinero. Hay un hombre encerrado bajo ese duro exterior, un hombre al que no permites salir. De hecho, ni siquiera creo que tú sepas quién es. Tal vez lo hiciste en el pasado, pero ya no.


La exactitud de aquella afirmación dió en el clavo. Pedro se puso de pie lleno de ira.


—¿Y qué me dices de tí? ¿Acaso sabes tú quién eres? —le espetó—. ¿O simplemente eres la mujer que todos los demás quieren que seas?


Paula se quedó mirándolo completamente atónita.


—¿Por qué dices eso? Acabo de decirte que yo elegí mi carrera…


—Sí. En una facultad a la que tus padres te empujaron. Y un trabajo que aceptaste porque haría felices a tus padres.


Cuanto más hablaba, más furioso se sentía. Él era una causa perdida. Sin embargo, Paula, tan llena de vida, con tanto potencial, estaba perdiendo el tiempo con los sueños de otra persona. La ira lo ayudó también a recuperar su autocontrol, una ira que, como vieja amiga que era, lo ayudaba a proteger su corazón y a mantener el dolor a raya. Estaba tan hermosa… Bellísima con los ojos llenos de fuego y las mejillas ruborizada. Su determinación lo había atraído profundamente aquel día en el Diamond Club y, en aquel momento, parecía alentar las brasas de su ira y convertirlas en una fuego sin control. La sangre le rugía en las venas y su cuerpo vibraba. Los límites no eran algo que se debiera evitar. No. Quería tomarla entre sus brazos y lanzarse así, juntos, al abismo. Paula sacó la lengua y se tocó ligeramente el labio inferior.


—En ocasiones, hacemos cosas por las persona que amamos —le espetó ella con voz profunda, una voz que se entrelazó en las venas de Pedro, un canto de sirena al que él ya no se podía resistir.


Dió un paso al frente y gozó al ver que ella no se replegaba. 


—Yo no puedo saberlo.


—Estoy segura de que debes de haber amado a alguien.


—En una ocasión —afirmó Pedro. Se detuvo a pocos centímetros de Paula y la miró fijamente a los ojos—, pero no es algo que piense repetir.


—Cuando se ama a alguien, se hace cualquier cosa por esa persona, aunque no sea lo que uno quiere para sí mismo.


Pedro se inclinó hacia ella, dejando tan solo un ligero espacio entre los labios de ambos. Se imaginó que podía escuchar el frenético latido del corazón de Paula cuando ella echó la cabeza hacia atrás. La seducción se produjo con naturalidad, una habilidad que hacía años que no utilizaba, pero que no le costó trabajo alguno convocar. El deseo, sin embargo, quedaba más allá de su control, pero, en aquellos momentos, no le importaba en absoluto.


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