lunes, 11 de mayo de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 41

 —Pregúntame.


—¿Cómo dices?


—Sobre las cicatrices. Todo el mundo las mira, pero nadie tiene las agallas suficientes como para preguntar.


—En realidad no tengo preguntas. Más bien una observación.


—Tú dirás.


Habían llegado ya a lo alto de la escalera y Pedro iba avanzando por el pasillo


—Me parece muy injusto que la gente no te deje en paz.


—Por una vez, estamos de acuerdo, señorita Chaves. No me importaba estar en boca de todo el mundo. De hecho, como estoy seguro de que sabrás, me encantaba.


—Lo sé —dijo ella. Recordó todos los artículos que había leído sobre él.


Al llegar al dormitorio de Paula, Pedro pudo entrar directamente dado que la puerta estaba abierta. La dejó sobre el sofá azul marino que había delante de la chimenea. Entonces, se apartó de ella y se colocó junto al hogar, colocando un brazo sobre la repisa.


—Crees que estoy muy mimado.


Paula trató de encontrar el modo de ser diplomática, pero al final optó por decirle la verdad.


—Sí.


—Y es cierto. Estoy muy mimado y me gustan los objetos bonitos. También, dispongo del dinero suficiente para poder comprar cosas que me llaman mucho la atención. Eso unido a… Como yo era antes —añadió indicándose el rostro—, atraía mucha atención.


—No es solo eso lo que le importa a la gente. Leí muchos artículos que explicaban todos los avances que habíais hecho tu padre y tú…


—No sigas.


Aquellas dos palabras borraron de un plumazo la intimidad que había surgido entre ellos en la cocina.


—Te ruego que no hables de mi padre.


—Está bien…


Paula quería decir algo más, ofrecerle alguna clase de consuelo. Al ver la gélida expresión del rostro de Pedro, sintió una profunda tristeza. Había vuelto a ponerse la máscara.


—¿Quieres que te traiga algo?


—No, gracias. Comí algo hace poco y tengo botellas de agua aquí.


Pedro sonrió.


—Marta tiene la esperanza constante de que, algún día, regresaré al château y que traeré a alguien con quien compartirlo.


—Bueno, pues cuando la veas, dale las gracias de mi parte.


Aquella conversación tan encorsetada le robó la energía que le quedaba y se recostó en el sofá.


—Creo que necesitas descansar. Vendré a verte más tarde.


—Estaré perfectamente dentro de unas horas.


—Seguro, pero vendré de todas maneras


—Habrías sido un médico excelente —dijo Paula. 


A duras penas, logró contener un bostezo.


—Sinceramente, lo dudo —replicó él secamente. Entonces, pensó un instante y asintió, como si acabara de tomar una decisión—. Mañana.


—¿Mañana?


—Hablaremos del contrato.


Paula se sintió muy confusa a pesar de la fatiga. ¿Por qué había cambiado de opinión? ¿Acaso había despertado el incidente de la espina un nuevo sentimiento en él, tal vez culpabilidad? «¿Acaso importa? Dile que sí».

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