Con lánguida sensualidad, se dirigió al cuarto de baño y abrió el grifo del agua caliente. Junto a la bañera, había una pequeña mesa que ofrecía una selección de jabones y un frasco de gel de burbujas con aroma a rosas. Mientras la bañera se llenaba, se sirvió una copa de vino del minibar, sacó un esponjoso albornoz del armario y encontró una caja de cerillas en uno de los cajones. Minutos más tarde, se hundió entre las burbujas. Sobre la mesa ardía una vela. Había bajado la intensidad de las luces, creando un ambiente de ensueño que la seducía tanto como el deseo al que por fin se había rendido. Tomó un sorbo de vino y dejó la copa junto a la vela. Reclinó la cabeza sobre el cómodo cojín que había sobre la cabecera de la bañera y hundió los brazos bajo el agua. Con una mano se cubrió un seno y lo apretó suavemente para luego tirar del pezón. La otra mano fue deslizándose lentamente por el vientre, bajando poco a poco hacia la entrepierna. Los dedos comenzaron a acariciar la sensible piel, primero un lado y luego otro antes de descansar ligeramente sobre el clítoris. Apretó y contuvo la respiración al notar las sensaciones que empezaba a experimentar, una corriente eléctrica que pareció encender todo su cuerpo. Una sonrisa de asombro se dibujó en sus labios y siguió tocando, estimulando, explorándose de un modo que nunca había hecho antes. El deseo fue creciendo. Las caderas se arqueaban sobre la mano. A pesar de que el placer le recorría todo el cuerpo, era muy consciente de la tensión que tenía entre los muslos. Empezó a evocar imágenes de Pedro, recordando la expresión de su rostro antes de que uniera sus labios a los de ella, el aroma de su cuerpo envolviéndola mientras la besaba, llevándola prácticamente hasta el borde de la locura.
—Oh, Dios…
El orgasmo fue más fuerte de lo que nunca había experimentado. Sin embargo, el placer no consiguió apaciguar el deseo que Pedro había despertado en ella. Suspiró. Decidió que, aunque él dijera que no, no iba a regresar a Londres buscando al azar un amante para una noche. No. Para hacerlo, necesitaba algún vínculo y, después de la increíble pasión que Pedro había avivado en su cuerpo, no iba a encontrar a nadie como él. Respiró profundamente y trató de pensar. En medio del caos de sus pensamientos, solo uno exigía su atención. Lo deseaba. Quería que él fuera su primer amante. Salió de la bañera, se secó y se aplicó un ligero maquillaje. Observó los vestidos que tenía en el baúl. ¿Qué se ponía una mujer para pedirle a un hombre que le arrebatara la virginidad? Se decantó por un sencillo vestido negro sin mangas, con un profundo escote en uve que dejaba atisbar sus senos y la falda por encima de las rodillas. Abrió la puerta y salió de la habitación con determinación. En aquella ocasión, mientras subía las escaleras, no era miedo lo que sentía. No pensaba en contratos ni en ascensos.Solo en él. Llamó a la puerta. Cuando no recibió respuesta, volvió a llamar.
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