viernes, 17 de abril de 2020

En Un Instante: Capítulo 33

David nunca había dejado de querer encontrar a los asesinos. Pedro sabía lo importante que era para su hermano, en parte, por el papel que tuvo la madre de Brenda en el delito. Por lo pocos cabos que habían conseguido atar, la pérfida suegra de David había dado información sobre el lugar a los ladrones de obras de arte que acabaron convirtiéndose en asesinos cuando los Alfonso los sorprendieron en la casa. Desgraciadamente, la investigación llegó a un punto muerto cuando Mónica dijo que no sabía quién más estaba implicado. Él sabía que a David le irritaba no haber podido interrogar más a esa mujer. Además, se había visto obligado a tener que aceptar que Monica quedara libre a cambio de que le concediera la custodia permanente de Gabi a Brenda. Dadas las circunstancias, él tenía que respetar la decisión que había tomado David, había preferido la futura felicidad de una niña inocente a su deseo casi incontenible de venganza. Seguramente, él habría hecho lo mismo. Sin embargo, aunque lamentaba profundamente la desesperación de su hermano por llevar doce años sin llegar a nada, no estaba dispuesto a permitir que acosara a Paula para buscar esas respuestas.

—Ella dijo que no lo sabe y quiero que lo dejes así —replicó él con firmeza.

—Podría saber más de lo que está contándonos. Incluso, podría saber más de lo que cree que sabe. Algunas veces, basta la pregunta acertada para obtener respuestas inesperadas.

 —Déjalo —le advirtió tajantemente.

 Su hermano sería el jefe de policía de Pine Gulch, pero él seguía considerándose el jefe cuando se trataba de algo relativo al rancho, y como Paula era su huésped, también era responsable de ella.

—No quiero que la atosigues por esto, ¿Me has oído? —siguió él—. Es una mujer buena que ha hecho algo increíblemente generoso al devolvernos el cuadro.

—Es posible que sea por el policía que llevo dentro, pero no me fío de ese altruismo injustificado.

—Es profesora de primaria, David —él resopló—. No es una especie de genio criminal. En serio, olvídate.

David puso cara de querer seguir discutiendo, pero acabó encogiéndose de hombros.

—Si tú solo quieres ver lo evidente, de acuerdo, lo olvidaré… por el momento.

—Muy bien. Ahora, cuéntame que han estado tramando Abril y Gabi.

 —Me supera. En mi casa todo el mundo parece tener secretos, hasta el espantoso perro de Gabi.

Él pensó que ya eran dos. Al parecer, había secretos para dar y tomar, y tenía la sensación de que no todos tenían que ver con sorpresas navideñas.

En Un Instante: Capítulo 32

Ella miró fugazmente a Pedro y se sonrojó. Él interpretó que no lo consideraba un completo desconocido. Eso estaba bien, sobre todo, cuando había estado a punto de besarla hacía unas horas.

—No estaría bien que me lo quedara. El cuadro nunca ha sido mío —replicó ella sin inmutarse—. No sé bien cómo lo consiguió mi padre, pero creo que su familia tiene todo el derecho a reclamarlo. Sobre todo, por esa historia de la que has hablado.

—Es algo muy excepcional. No creo que haya mucha gente que esté de acuerdo. Para la mayoría, la posesión es el noventa por ciento del derecho.

—Estarás de acuerdo, jefe Alfonso, que el derecho y la moralidad pueden ser dos cosas muy distintas.

Ella lo dijo en el mismo tono inalterable y David la miró como si estuviera sopesando cada sílaba y cada gesto. Él, por su parte, sabía que ella estaba cada vez más incómoda y, de repente, tuvo ganas de decirle a su hermano que se largara de allí.

—¿Y de verdad no tienes ni idea de cómo lo consiguió tu padre? — insistió David.

—Pasé muchos años distanciada de mi padre antes de que muriera.

—Y, aun así, te dejó un cuadro que podría ser valioso.

—Sí —confirmó ella en tono tenso.

—Está en mi despacho —intervino Pedro, harto—. Ven a verlo.

Lo dijo en un tono imperativo que su hermano no podía pasar por alto. David lo siguió a regañadientes. Él sabía que su hermano quería seguir indagando cómo había llegado el cuadro a manos de su padre, pero no iba a permitir que atosigara a Paula. Ese instinto de protección hacia ella lo sorprendió y alarmó en la misma medida, pero se dijo a sí mismo que haría lo mismo por cualquiera. El cuadro seguía en su sitio de honor y captó el momento preciso cuando David lo  vió. Los rasgos curtidos de su hermano se suavizaron por la emoción y se acercó hasta quedarse justo delante. Pasó un dedo por el marco como si no pudiera creerse que había recuperado ese trozo de ella después todo esos años.

—Recuerdo el día que mamá lo empezó —comentó David en voz baja—. Fue una tarde que estábamos todos de picnic en el lago Winder. ¿Te acuerdas? Probablemente, Iván y yo no habíamos cumplido los diez años y tú tendrías unos doce. Papá, Iván y tú se fueron a pescar, pero a mí me dolía la tripa y creo que estaba enfadado con Iván por algo, como de costumbre, y me quedé con mamá y Luciana —hizo una pausa y pasó la yema de un dedo por una pincelada—. La observé mientras hacía un montón de bocetos de Luciana que eran iguales que esto, pero menos pulidos. Me acuerdo de que también me hizo algunos a mí. Siempre me parecía un milagro que pudiera dar vida a alguien en un papel y solo con un lápiz.

—Tenía un don. Es una pena que no nos lo transmitiera a ninguno de nosotros.

—Yo espero que mi hijo lo haya heredado. Solo tendrá seis meses, pero te aseguro que tiene mucho ojo para el color.

Pedro sonrió por el evidente amor que se reflejaba en la voz de David cuando hablaba de Manuel o Gabi. Era un poco raro ver a sus hermanos en esos papeles tan familiares, pero estaba muy orgulloso de los padres que habían llegado a ser, seguramente, porque habían tenido el magnífico ejemplo de Horacio Alfonso. Tenía cierta gracia que esos gemelos indomables hubiesen sentado la cabeza y se hubiesen convertido en unos padres de familia. David y Brenda, su esposa, se habían hecho responsables de Gabi antes de casarse e Iván, por su parte, hacía un año que había adoptado legalmente a los dos hijos que su esposa Laura había tenido en su primer matrimonio, el travieso e incansable Agustín y la pequeña y encantadora Sofía.

 —Luciana va a llorar a mares cuando lo vea. Lo sabes, ¿Verdad?

—Sí, claro, como una Magdalena. Había pensado que nosotros tres podríamos dárselo como un regalo atrasado de boda.

—Es una idea fantástica —dijo David—. Estoy seguro de que Iván estará de acuerdo.

 —Es maravilloso haberlo recuperado, ¿Verdad? Reconócelo.

—Nunca dije que no lo fuera —su hermano frunció el ceño—. Estoy tan contento de verlo como tú, pero si supiésemos cómo lo consiguió el padre de esa mujer, estaríamos más cerca de resolver el caso y de que los asesinos estuvieran en manos de la justicia. Incluso una pista mínima, un nombre, un recibo, una transferencia, podría llevarnos en una dirección nueva.

En Un Instante: Capítulo 31

Un tiempo después, el ruido de un portazo se abrió paso entre el sueño delicioso de una mujer con el pelo color caoba, los ojos azul grisáceo y una boca delicada y ávida…

—¡Papá! ¡Ya estoy en casa!

Se despertó completamente en el momento en que su hija entraba con la vitalidad de un potrillo. Parpadeó varias veces. No podía haberse quedado dormido. Nunca dormía siestas. Sin embargo, el fuego se había apagado y notaba los párpados pesados. Sí se había dormido un rato. Abril se quedó mirándolo con cierta sorpresa por verlo sentado en un sofá y, aparentemente, sin hacer nada.

—¡Hola, papá!

—Hola.

Se levantó y volvió rápidamente al recibidor para que su huésped pudiera seguir durmiendo. Abril lo siguió y dejó la mochila en una silla.

 —No puedes imaginarte cómo están las carreteras. El tío David ha tenido que conducir a cinco kilómetros por hora hasta aquí.

—¿De verdad?

En ese momento, David entró con una maleta que no conocía y con Gabi detrás, quien llevaba un misterioso recipiente de plástico con un contenido igual de misterioso.

—Creía que no iba a verlos hoy. Temía que no pudieran llegar por la nieve.

—Hay mucha más aquí que en el pueblo. Además, allí no hay viento —le explicó su hermano—. En cualquier caso, ¿Qué es una ventisca si tienes un todoterreno y dos niñas insistentes?

Gabi y Abril se rieron, algo que hacían mucho cuando estaban juntas. A él no le importaba. ¿Qué iban a hacer si no las niñas de su edad?

 —Siento haberte hecho conducir por la nieve, tío David —dijo Abril—. Es que tengo que hacer muchas cosas antes de Navidad, ¿Sabes? Solo quedan dos días. ¿Puedes creértelo? Ahora que hemos terminado… lo que estábamos haciendo en tu casa, quería venir aquí para terminar el resto. No quería que estuvieses solo ahora que la tía Luciana está de luna de miel.

—No estoy solo…

Él iba a explicárselo, pero Abril ya estaba mirando a algo que había en el salón. A Paula, quien se había sentado y estaba mirando alrededor con el pelo revuelto y una expresión somnolienta.  Estaba deliciosa, sobre todo, cuando se sonrojó un poco al darse cuenta de que todos estaban mirándola.

—Hola —los saludó con la voz ronca por el sueño.

Pedro tuvo que tragar saliva por la oleada de calor que lo abrasó por dentro. Hizo lo que pudo para no hacer caso de la ceja arqueada de David. Algunas veces, los hermanos pequeños eran una pesadilla.

—Siento que te hayamos despertado. Son mi hermano David, mi hija Abril y Gabi, la cuñada de David. Ella es Paula Chaves.

Paula se metió los pies debajo de la manta.

—Hola —volvió a saludarlos con una sonrisa nerviosa.

Su familia podía ser abrumadora, pero, al menos, estaba conociéndola poco a poco.

—Hola, Paula —la saludó Gabi con jovialidad—. ¿De verdad te has roto un brazo al caerte por las escaleras?

Paula levantó la escayola con una expresión de bochorno.

—¿Puedes creerte que alguien sea tan torpe?

—¿Te duele mucho? —preguntó Gabi—. Yo me torcí la muñeca en el colegio y me dolió una barbaridad. No pude usarla durante dos semanas. Me pusieron una escayola y todo. Me libré de cuatro exámenes porque no podía escribir y eso fue increíble.

—Por eso no te quejaste mucho —comentó David poniendo los ojos en blanco—. Y yo que había creído que estabas siendo valiente…

—¡Lo era! Todavía me duele una barbaridad.

David se rió y la empujó con un hombro. La quería como a una hija y eso le emocionaba a Pedro cuando lo veía. No sintió la misma emoción cuando su hermano se dirigió a Paula.

 —Pedro me contó anoche que has traído un cuadro a Pine Gulch y que quieres devolverlo a la familia.

—Mmm… Sí. Eso tengo pensado.

Ella se miró las manos. Evidentemente, estaba incómoda por la dirección que había tomado la conversación.

—Es un gesto muy generoso. No es una obra maestra ni mucho menos, pero sí es una pintura valiosa, sobre todo, por su historia. ¿Sabías que la obra de nuestra madre está empezando a alcanzar las cinco cifras?

—No me extraña —murmuró ella señalando a uno de los cuadros favoritos de Pedro, uno que había podido comprar hacia unos años—. Tenía un don especial.

 —Y, aun así, quieres dárnoslo aunque seamos unos completos desconocidos.

miércoles, 15 de abril de 2020

En Un Instante: Capítulo 30

Su huésped debía de haber encendido las luces del árbol. Se preguntó qué tal estaría y esperó que hubiese podido descansar. Sintió remordimiento por haberla dejado sola tanto tiempo. Debería haber comprobado cómo estaba hacía una hora. Pensó haberlo hecho, pero el tiempo tenía la mala costumbre de pasar sin que se diese cuenta. Aunque también podía ser sincero consigo mismo y reconocerse que era un poco reticente a verla otra vez después de que casi la hubiese besado en la cocina. Sin embargo, eso no había impedido que hubiese pensado en ella toda la tarde. Le ocultaba algo. Estaba seguro aunque no supiera por qué. La había conocido hacía poco más de veinticuatro horas. No sabía nada de ella, aparte de que era tan bonita como un prado en primavera, de que no tenía a dónde ir para pasar las fiestas y de que conseguía que anhelara todas esas cosas disparatadas que nunca había creído que necesitara, pero, aunque la conociera tan poco, tenía la sensación de que esa calma aparente guardaba más de un secreto, y quería conocer alguno.

Disfrutó un momento más con la vista, subió hasta la casa y estacionó al lado. Con calefacción o sin ella, tendría que volver a salir antes de que la tormenta abandonara Pine Gulch. Era algo inevitable en invierno y allí, en la ladera occidental de la cordillera Teton. Entró en el cuarto contiguo a la cocina y algo tentador y suculento volvió a recibirlo. Se quitó la ropa de abrigo, entró en la cocina y se la encontró vacía. Una de las ollas de cocción lenta de Luciana humeaba en la encimera. Aunque su hermana le había dicho mil veces que la regla principal de las ollas de cocción lenta era que no se podía levantar la tapa, sintió tanta curiosidad que no pudo resistirse. Ante su sorpresa y placer, vóo una de sus comidas favoritas para el invierno, el guiso de carne con cebolla, patatas y zanahorias. ¿Cómo había conseguido su huésped pelar y cortar las hortalizas con una mano? Una calidez que no tenía nada que ver con la olla se adueñó de él. Volvió a olerlo con deleite, cerró la tapa y fue a buscarla.

La encontró acurrucada en un sofá, cubierta por una manta y colocada de tal manera que podía ver el árbol de Navidad y el fuego que crepitaba en la chimenea de piedra. Fue a saludarla, pero se dió cuenta de que tenía los ojos cerrados y la respiración pausada. Un mechón color caoba le cruzaba la mejilla y tuvo que hacer un esfuerzo para no apartárselo. Parecía serena, delicada y mucho más relajada de lo que él había estado desde que llegó esa mujer. A pesar de su instinto, dió un placer a sus huesos helados y doloridos y se sentó en el otro sofá. Tenía que hacer un millón de cosas. Llevar un rancho de ganado le dejaba muy poco tiempo libre. Aunque podía encontrar algo que hacer en ese momento de inactividad. Podía revisar las cuentas, hacer el pedido de provisiones, arreglar la maldita calefacción del tractor… Esa noche había dormido poco y decidió quedarse un rato mirando la chimenea en una tarde fría y nevosa mientras las luces tintineaban en el árbol de Navidad. La semana anterior, hasta la boda, había sido una locura, no había tenido un segundo de inactividad. Allí sentado, con el fuego calentándole los pies, la tensión que ni siquiera se había dado cuenta que tenía empezó a disiparse. Dejó escapar una bocanada de aire y cerró los ojos, aunque solo sería por un minuto, se dijo a sí mismo.

En Un Instante: Capítulo 29

—No te preocupes, creo que voy a estar bien. La gente de aquí ha sido muy amable. Incluso, me han invitado a pasar la Navidad con unas personas que he conocido y estoy pensando aceptar.

Era mentira, pero ya podría resolverlo con Florencia en Fishwife cuando volviera.

—Me gustaría que me contaras qué está pasando —insistió su amiga con una preocupación evidente.

—Te lo contaré, y, por favor, felicita de mi parte a ese profesor de ciencias, que puede ser tu prometido o no. Es el hombre más afortunado que conozco.

—¿Me prometes que vas a contármelo todo?

—Te lo prometo.

—¿Estás bien? ¿Están cuidándote?

—Estoy bien. Vete a Big Bear y pásatelo muy bien. Pero hazme un favor. Ten cuidado y no te rompas un hueso. Te aseguro que no es la mejor manera de pasar las fiestas.

Florencia colgó sin ganas y ella se quedó sentada en la amplia y confortable cocina. Sin la conversación de Pedro ni la charla animada de su amiga, su soledad le pareció algo inquietante. Fue al salón, donde estaba el imponente árbol de Navidad. Pedro no había encendido la iluminación. Aunque ya era última hora de la mañana, el día era plomizo y oscuro por la tormenta y el viento incesante. Sintió un impulso y buscó el interruptor hasta que lo encontró. Se encendió el árbol y las lucecitas que adornaban la escalera y las ramas de abeto de la chimenea. Su humor cambió inmediatamente. Tenía una sensación muy extraña en esa casa. No la entendía y la atribuía al efecto de los analgésicos. Si no, no podía entender que sintiera esa sensación cálida y hospitalaria, como si todas las paredes de troncos de la casa la invitaran a sentirse cómoda. Le encantaba su piso, que estaba a unas manzanas del mar, y había trabajado mucho tiempo en dos empleos para ahorrar y poder pagar la entrada, pero no estaba segura de que hubiese sentido la misma satisfacción acogedora. Se fijó en un cuadro que había encima de la chimenea y que representaba una escena montañosa con unos caballos en primer plano y una cabaña vieja con troncos gastados y visillos de encaje. Reconoció el estilo, la destreza en el uso de los colores y la perspectiva, y supo que tenía que haberlo pintado la madre de Pedro incluso antes de ver la firma de Ana Alfonso. Eso bastó para recordarle que no pertenecía a ese sitio, que esa sensación, como el cuadro, solo era una ilusión engañosa y que haría bien en tenerlo presente.


Se quedó horas despejando caminos de vecinos y sacando a la luz buzones tapados por la ventisca. Hacía como una hora que había dejado de funcionar la calefacción de la cabina del tractor y estaba aterido. Aunque había dejado de nevar por el momento, los nubarrones eran muy negros y esperaba que cayeran varios centímetros más por la noche.  Cuando por fin subió por el camino que llevaba desde la carretera de Cold Creek hasta la casa del rancho, se encontró con una escena que parecía sacada de una felicitación de Navidad. Allí, entre la penumbra, podía verse la casa donde había vivido casi toda su vida. La ventana de la fachada delantera brillaba con las luces de colores del enorme árbol de Navidad que Abril y Luciana habían decorado durante todo el fin de semana de Acción de Gracias. Detuvo el tractor para deleitarse con la vista. Le encantaba hasta el último centímetro de ese sitio. La casa, el establo, las otras construcciones, el terreno… Lo conocía tan bien como su cara reflejada en un espejo.

En Un Instante: Capítulo 28

—¿Qué pasa? —preguntó ella eludiendo la insinuación de su amiga—. ¿Qué es tan urgente?

 —Ya sabes, un poco de todo. Bueno, la verdad es que tengo una noticia. Una noticia descomunal. Pero no quiero contártela por teléfono. Estés donde estés, reúnete dentro de una hora conmigo en el Fishwife para comer algo y que te lo cuente.

 Ella suspiró al ver la extensión de nieve y las montañas que estaban tan lejos de su restaurante favorito de la playa.

 —Lo siento, pero no puedo. Me temo que vas a tener que contármelo por teléfono. Acabo de desayunar.

 —Bueno, podemos tomar café o un pastel —replicó Florencia en un tono de decepción—. Me da igual. Quiero ver tu cara cuando te lo cuente.

 —¿Tiene algo que ver con cierto profesor de ciencias superiores con el que has estado saliendo y alguna joya con significado sentimental y social que podría haberte ofrecido y tú aceptado?

—Olvídalo —Florencia resopló—. No vas a sacarme nada con esa palabrería de profesora listilla.  No voy a estropear la sorpresa hasta que pueda gritar y abrazar a mi dama de honor en persona. Dime dónde estás y acudiré yo.

—¿No sirve si grito por el teléfono y te doy un abrazo virtual?

—¡No! ¿Puede saberse dónde estás?

Ella suspiró. Quisiera o no, iba a tener que contárselo y apechugar con las consecuencias.

—Lo siento, Flor. Sabes que estaría allí dentro de un minuto para celebrarlo contigo si pudiera, pero no puedo. Debería habértelo contado, pero la verdad es que lo decidí en el último minuto y, además, creía que ibas a pasar las fiestas en Big Bear con la familia de Ariel.

—¿Qué deberías haberme contado?

—Estoy en Idaho.

Se hizo un silencio interminable.

—Perdona, pero la conexión debe de estar mal. ¿Has dicho… Idaho?

 —Sí…

—¿Como las famosas patatas de Idaho?

Ella tuvo que sonreír porque no había visto ni una sola patata desde que llegó allí.

—Sí. Estoy casi en la frontera con Wyoming, en un pueblecito que se llama Pine Gulch.

—¿Y cuál es el resto de la historia?

—Una larga y complicada. Demasiado larga y complicada para que la explique bien por teléfono. Siento no estar allí para celebrarlo con ustedes dos, Flor. Lo siento de verdad.

—¿Vas a dejarme así? Es una canallada.

 —Eso lo dice la mujer que no va a contarme que está prometida si no nos vemos las caras.

 —¿Cómo sabes si estoy prometida o no? Solo son conjeturas.

Ella se rió y se alegró de todo corazón por una de las personas que más quería.

—Tienes razón. No sé nada y probablemente esté muy equivocada.

—Yo sí que no sé nada de lo que estás haciendo allí —Florencia se calló un instante—. Espera… ¿Tiene algo que ver con tu padre?

Se estremeció un poco. Florencia no sabía todo el historial delictivo de su padre, y ella tampoco, pero le había contado suficientes cosas a lo largo de los años como para que su amiga pudiera adivinarlo. Florencia sí sabía que la habían dejado con la complicada tarea de que intentara resolver los asuntos de su padre, pero ella no quería hablar de su familia y dijo lo primero que se le ocurrió porque la cabeza empezaba a palpitarle cada vez más.

—Por cierto, casi se me olvida decírtelo. Cuando vuelva a San Diego, voy a tener que suspender por una temporada nuestros partidos de tenis de los domingos por la mañana. Mmm… Ayer me rompí un brazo o algo así.

 —¿Qué? —exclamó Florencia—. ¿Hay algo más que no me hayas contado? ¿Tienes un marido y también se te ha olvidado contármelo? Además, ¿Cómo se rompe alguien un brazo o algo así?

—De acuerdo, me rompí un brazo, pero es una rotura limpia y estaré bien dentro de unas semanas. No tienen que operarme ni tengo un marido, créeme.

Para su alivio, Florencia se olvidó de su padre y de su presencia en Pine Gulch y no pidió más explicaciones, algo que ella no podía explicar todavía.

 —¡Pobrecilla! ¿Quién está cuidándote? ¿Conoces a alguien en Pine Gulch? Déjame que vaya a buscarte y que te traiga a donde tienes que estar. No iré a Big Bear. La familia de Ariel lo entenderá.

La preocupación de su amiga hizo que se sintiera mucho mejor.

En Un Instante: Capítulo 27

En cuanto oyó que se cerraba la puerta, Paula se cubrió con las manos las mejillas recalentadas. ¿Qué había pasado? Por un momento, había estado segura de que iba a besarla. ¿Se lo había imaginado por el efecto de los analgésicos? No. No podía decir que fuese la mujer con más experiencia del mundo, pero él se había inclinado tanto que ella había creído que podría notar los latidos de su corazón. ¿Qué habría hecho? Desde luego, no se habría resistido. Había deseado que la besara, lo había anhelado. Los latidos de su corazón se habían desbocado y se había estremecido solo de pensarlo. La atraía como no la había atraído nadie en su vida. Frunció el ceño con asombro por su reacción. Ella no era así.

Naturalmente, había salido con hombres en San Diego y había estado a punto de prometerse a un abogado muy próspero, hasta que su madre tuvo la apoplejía. Ignacio no la ayudó nada durante esos meses tan complicados. Se quejaba del tiempo que tenía que pasar con su madre en la residencia, pero era el único familiar vivo que le quedaba a Alejandra. Hasta entonces, no se había dado cuenta de lo profundamente egoísta que era. Al verlo desde el punto de vista de su situación estresante, se alegró de no haber aceptado casarse con él. Romper con él después de dos años había sido un alivio más que un desencanto. Después de la placidez de haber estado casi prometida, esta atracción desenfrenada hacia Pedro Alfonso le parecía nueva y perturbadora. Decidió que la culpa la tenía ese sitio. Había estado alterada desde que llegó a River Bow, tenía la extraña sensación de estar como en su casa y eso no tenía ningún sentido. Tenía que sacárselo de la cabeza. No estaba en su casa y la próxima vez que estuviese tentada de besar a ese hombre, tenía que recordarse lo que pasaría cuando Ridge descubriera la verdad. Él no querría tenerla entre sus brazos ni querría verla cerca de su rancho o de su hija.

Dominó un asomo de depresión, se levantó y empezó a recoger los platos del desayuno. Estaba metiendo el último plato en el lavavajillas cuando oyó una melodía conocida. ¡Su móvil! Al parecer, él lo había encontrado en el coche. El móvil dejó de sonar cuando consiguió llegar a su bolso y sacarlo con una mano, algo que era mucho más difícil de lo que había podido imaginarse. Cuando vió el nombre de Florencia, su mejor amiga, en la lista de llamadas perdidas, pensó por un instante en no hacerle caso, pero también pensó que un contacto con su vida habitual quizá sirviera para mantenerla en la realidad. Además, lo más probable era que Florencia siguiera llamando hasta que contestara. Su compañera de habitación en la universidad siempre había sido así de impaciente. La llamó y, mientras esperaba a que contestara, intentó dilucidar qué iba a contarle de lo que había pasado durante las últimas veinticuatro horas.

 —¡Por fin! ¡Creía que te habías esfumado de la faz de la tierra! — exclamó Florencia con esa energía y entusiasmo que siempre conseguían que ella sonriera.

Siempre le parecía que había sido especialmente afortunada el día que les asignaron la misma habitación cuando entraron en la Universidad de UCLA. Mientras ella tendía a ser reservada y cautelosa, Florencia se metía en todas las situaciones hasta el final. Habían sido amigas íntimas desde el primer día, cuando se pasaron toda la noche despiertas y contándose las historias de sus vidas.

 —Sigo aquí.

—¿Dónde? Anoche pasé por tu piso y no estabas. Volví a pasar esta mañana y tampoco estabas. Te diré que mi imaginación está desbocada y que me pregunto si estarás con algún tío impresionante del que no me has hablado.

Ella se sonrojó y miró por la ventana, desde donde podía ver el contorno de un ranchero realmente impresionante que despejaba su camino de entrada. Florencia sabía más que nadie sobre sus complicadas relaciones familiares, al fin y al cabo, habían vivido juntas durante cuatro años, pero no le había contado nada sobre lo que había encontrado en ese almacén ni sobre su impulsivo viaje a Idaho.