De vuelta en la cabaña, mientras cenaban sándwiches, patatas y pepinillos gigantes, Paula miró su huevo de Fabergé.
–Aún no me creo que me lo haya dado. Tiene que costar una fortuna.
–Solo es dinero –Pedro se encogió de hombros–. Alfredo estaba loco por su esposa, aunque no siempre se lo demostrara. Era una rubia. Sospecho que se la recordaste, o te habría ganado las cinco partidas, en vez de dejarte ganar.
–Oh, ¿Crees que me ha dejado ganar?
–Es lo que he dicho, ¿No? –se limpió la boca con una servilleta de papel–. Martina y yo no te dijimos que, aunque tú seas muy buena, él es de los mejores en el ranking nacional.
–¿Así que todo el día ha sido un montaje?
–Ese era el plan –admitió él–. ¿Quién iba a adivinar que le gustarías a King? Odia a todo el mundo –Jed, por encima de la mesa, entrelazó los dedos con los de Annie–. ¿Quieres ser parte de mi jardín? Voy a seguir el consejo de King y a cuidar de mis flores muy bien –agitó las cejas.
–Bestia.
–Seré tu bestia, si me aceptas.
–Sí, pero ¿Cuánto tiempo? –susurró ella. Le sorprendió haber hecho esa pregunta sin más.
–¿Cuánto tiempo quieres?
–Estás hablando en círculos.
–Tú también –dijo él tocándole los labios.
Paula cerró los ojos y se concentró en bajar la velocidad de su pulso. El hombre tenía mil caras. Acababa de mostrarle una romántica y dulce, que adoraba tanto como las demás.
–¿Crees que soportarías ser mi flor un mes?
Ella, incapaz de hablar, asintió.
–¿Y qué me dices de dos?
Ella asintió de nuevo.
–¿Quieres ser mi pareja en la fiesta de Año Nuevo de Alfredo? Podríamos ir justo después de Navidad. Esquiar en Copper y… –se obligó a callar–. Ya estoy otra vez. Planeando tus vacaciones sin pensar en que tienes obligaciones familiares.
–Sí. Mi abuela.
–Entonces, ¿No querrás verme en Año Nuevo?
–Creo que deberíamos trabajar en nuestras destrezas comunicativas – Paula arrugó la nariz.
–Eso sin duda, pero aún no me has dicho si me harás un hueco en tu agenda de vacaciones.
Ella le rodeó el cuello con los brazos y posó los labios en los suyos, contestando de la forma más clara que conocía… Sí: al esquí, al Año Nuevo y a casi cualquier otra cosa que pudiera ofrecerle.
miércoles, 19 de septiembre de 2018
Paternidad Temporal: Capítulo 54
Cuatro horas y cuatro partidas después, Paula ganaba ochenta dólares, a pesar del tronar de los acordeones que emitían unos altavoces ocultos.
–Me siento fatal llevándome su dinero –le susurró Paula a Pedro mientras Alfredo estaba en el cuarto de baño–. ¿Tiene ingresos fijos?
–Es multimillonario –Pedro soltó una risita–. Era un tipo importante de Wall Street antes de dedicarse a la minería.
–¿Lo dices en serio?
–¿Has visto lo que hay sobre la chimenea?
Paula miró en esa dirección y vió lo que había supuesto que era una reproducción de un Van Gogh.
–Estás de broma –dijo, yendo hacia la chimenea. De cerca los colores resplandecían.
–Tiene un Monet encima del inodoro –dijo Pedro–. No sé si te diste cuenta cuando fuiste a contestar el teléfono, pero el Gauguin que hay sobre mi cama es auténtico. Martina y Alfredo estaban discutiendo sobre arte un día y ella mencionó que me gustaba mucho ese cuadro. Lo recibí por mensajero el día de mi cumpleaños. Martina me dijo que se le compró a un museo. A un lado de la mina tiene una bodega llena de champán. Cuando llega Año Nuevo, es de lo más popular. Sabe organizar una buena fiesta.
–Suena divertido –dijo Annie–. Me encantaría asistir si… bueno, ya me entiendes –se metió las manos en los bolsillos y volvió a la mesa.
–¿Si seguimos juntos? –aventuró Pedro.
Ella se encogió de hombros.
–¿Quieres que sigamos juntos?
–¿Cómo voy a saberlo? –contestó ella, simulando indiferencia a pesar de tener el pulso desbocado y un nudo en el estómago–. Apenas nos conocemos.
–La otra noche no parecíamos desconocidos –se acercó y deslumbró a Paula con su sonrisa.
Teniéndolo tan cerca, tan guapo, encantador y divertido, ella no supo qué responder. Por suerte, no tuvo que hacerlo porque volvió Alfredo.
–Una partida más, Ricitos. Doble o nada. ¿Qué dices?
Por lo que había descubierto de él, Paula sospechó que podía ser una trampa. Pero ciento sesenta dólares compraban mucha pintura.
–No sé –dijo–. Eso es mucho dinero.
–¿Tienes miedo?
–No, pero soy maestra de preescolar. Es un trabajo satisfactorio, pero no demasiado lucrativo.
Él gruñó y fue en la silla hacia un viejo archivador de metal; abrió el cajón inferior, sacó algo, cerró el cajón y volvió.
–¿Y si endulzo la apuesta con esto? –sacó un huevo enjoyado de un saquito de terciopelo.
«¿Fabergé?», Paula tragó saliva.
–¿Eso es lo que creo que es?
–Bah –él agitó la mano con indiferencia–. Tengo tres más guardados en algún sitio. A mi esposa le gustaban mucho.
–¿Falleció?
–He oído que los Broncos van a tener una gran temporada –intervino Pedro , tras una tosecita.
–Esa mujer mía dijo que pasaba demasiado tiempo bajo tierra y no el bastante con ella. Me dejó. Se casó con un cantante de club nocturno, en Fénix – miró a Pedro y farfulló–. Si alguna vez comentas que he dicho esto, lo negaré, hijo, pero cuando sean pareja, no pases demasiado tiempo en el trabajo. Haz lo suficiente para pagar las facturas, pero acuérdate de cuidar de tus flores.
–Mis flores, ¿Eh? –Pedro le guiñó un ojo a Paula–. ¿Eso significa que tendré más de una?
–Me siento fatal llevándome su dinero –le susurró Paula a Pedro mientras Alfredo estaba en el cuarto de baño–. ¿Tiene ingresos fijos?
–Es multimillonario –Pedro soltó una risita–. Era un tipo importante de Wall Street antes de dedicarse a la minería.
–¿Lo dices en serio?
–¿Has visto lo que hay sobre la chimenea?
Paula miró en esa dirección y vió lo que había supuesto que era una reproducción de un Van Gogh.
–Estás de broma –dijo, yendo hacia la chimenea. De cerca los colores resplandecían.
–Tiene un Monet encima del inodoro –dijo Pedro–. No sé si te diste cuenta cuando fuiste a contestar el teléfono, pero el Gauguin que hay sobre mi cama es auténtico. Martina y Alfredo estaban discutiendo sobre arte un día y ella mencionó que me gustaba mucho ese cuadro. Lo recibí por mensajero el día de mi cumpleaños. Martina me dijo que se le compró a un museo. A un lado de la mina tiene una bodega llena de champán. Cuando llega Año Nuevo, es de lo más popular. Sabe organizar una buena fiesta.
–Suena divertido –dijo Annie–. Me encantaría asistir si… bueno, ya me entiendes –se metió las manos en los bolsillos y volvió a la mesa.
–¿Si seguimos juntos? –aventuró Pedro.
Ella se encogió de hombros.
–¿Quieres que sigamos juntos?
–¿Cómo voy a saberlo? –contestó ella, simulando indiferencia a pesar de tener el pulso desbocado y un nudo en el estómago–. Apenas nos conocemos.
–La otra noche no parecíamos desconocidos –se acercó y deslumbró a Paula con su sonrisa.
Teniéndolo tan cerca, tan guapo, encantador y divertido, ella no supo qué responder. Por suerte, no tuvo que hacerlo porque volvió Alfredo.
–Una partida más, Ricitos. Doble o nada. ¿Qué dices?
Por lo que había descubierto de él, Paula sospechó que podía ser una trampa. Pero ciento sesenta dólares compraban mucha pintura.
–No sé –dijo–. Eso es mucho dinero.
–¿Tienes miedo?
–No, pero soy maestra de preescolar. Es un trabajo satisfactorio, pero no demasiado lucrativo.
Él gruñó y fue en la silla hacia un viejo archivador de metal; abrió el cajón inferior, sacó algo, cerró el cajón y volvió.
–¿Y si endulzo la apuesta con esto? –sacó un huevo enjoyado de un saquito de terciopelo.
«¿Fabergé?», Paula tragó saliva.
–¿Eso es lo que creo que es?
–Bah –él agitó la mano con indiferencia–. Tengo tres más guardados en algún sitio. A mi esposa le gustaban mucho.
–¿Falleció?
–He oído que los Broncos van a tener una gran temporada –intervino Pedro , tras una tosecita.
–Esa mujer mía dijo que pasaba demasiado tiempo bajo tierra y no el bastante con ella. Me dejó. Se casó con un cantante de club nocturno, en Fénix – miró a Pedro y farfulló–. Si alguna vez comentas que he dicho esto, lo negaré, hijo, pero cuando sean pareja, no pases demasiado tiempo en el trabajo. Haz lo suficiente para pagar las facturas, pero acuérdate de cuidar de tus flores.
–Mis flores, ¿Eh? –Pedro le guiñó un ojo a Paula–. ¿Eso significa que tendré más de una?
Paternidad Temporal: Capítulo 53
–Si hubieras estado escuchando, sabrías que no he mencionado corazones concretos, hablaba en general.
Pedro se detuvo y se volvió hacia ella.
–Si hubieras estado escuchando tú, sabrías que quiero besarte. Pero no soy tonto. Tu lenguaje corporal dice alto y claro: «No me toques».
–¿En serio? –ella se echó a reír.
–Sí, en serio.
–Siento herir tu ego, amigo, pero te iría bien dar un repaso al primer nivel del curso de Lenguaje corporal, porque desde que fuiste tan sincero conmigo ayer, por no mencionar tu paciencia en el centro comercial, no he pensado más que en hacer esto…
Paula, de puntillas, tuvo el control inicial del beso. Después, Pedro introdujo los dedos bajo su pelo y ladeó su cabeza, buscando un ángulo mejor. La urgió a abrir la boca y la acarició con la lengua. La invadían olas de deseo y necesidad. Introdujo las manos bajo su camiseta y las deslizó por la piel cálida de su fuerte espalda.
–Mujer –gruñó él–, me vuelves loco.
–Y tú a mí –dijo ella antes de que empezara a besarla otra vez.
–¿Por qué estamos discutiendo todo el tiempo cuando esto es mucho más divertido? –preguntó él en la siguiente pausa para respirar.
–Hagamos un pacto. Primero besar. Después discutir.
–¿Y por qué hay que discutir?
–Buena pregunta. Vamos a besarnos un rato más. Tal vez eso nos ayude a descubrirlo.
–Llegan tarde –dijo Alfredo Murray en cuanto abrió la puerta. Estaba sentado en una antigua silla de ruedas de mimbre, con una manta roja sobre las piernas. El pelo, la barba y las espesas cejas blancas le daban cierto aspecto de Santa Claus, pero le faltaba la sonrisa–. Y viendo las abrasiones que rodean la boca de esa chica, tendrías que haberte afeitado antes de besarla a plena luz del día.
–Yo también me alegro de verte –Pedro dió un abrazo a su viejo y excéntrico amigo–. ¿Cómo sabes que he besado a Paula hoy y no anoche – preguntó, tras hacer las presentaciones formales.
–¿Por qué clase de imbécil me tomas? –Alfredo cerró de un portazo y corrió cinco cerrojos.
Fantástico. No había nada mejor que pasar el día encerrados en una sauna de hojalata que apestaba a tabaco de pipa y periódicos húmedos. El hombre podía permitirse algo mejor que esa chabola a la entrada de una mina de plata, pero se ponía de mal humor cuando le sugerían que hiciera mejoras en la vivienda. Decía que le gustaba tal y como estaba.
–¿Esperas que vengan ladrones? –Pedro sonrió.
–Nunca se puede estar lo bastante seguro –dijo el anciano–. Doc dice que pronto dejaré esta silla. En octubre abriré un nuevo túnel. Cuando en este pueblo se enteren de que he encontrado una buena veta, harán cola para hacerse amigos míos.
–Bueno, entretanto, ¿Qué te parece una partida de Palabras cruzadas?
–Ya te he ganado de mil maneras –Alfredo rió–. ¿Necesitas que vuelva a pisotearte el orgullo?
–Vas a jugar con Paula, no conmigo.
–¿Jugar yo con ese palo con rizos? –el hombre soltó una carcajada ronca–. Sería una pérdida de tiempo. Venga, fuera de aquí. Tengo que planificar dónde iniciar la nueva perforación.
–No tan rápido, señor Murray –Paula, picada, metió la mano en el bolso, sacó la cartera y puso veinte dólares sobre la mesa–. ¿Aceptaría una apuesta amistosa? –mientras el viejo miraba el dinero, atónito, Paula le guiñó un ojo a Pedro, que también parecía sorprendido por ver a una maestra de preescolar haciendo apuestas.
–Siéntate a la mesa de la cocina. Iré por el tablero –Alfredo carraspeó–. Ah, ¿Te gusta la polca?
Pedro se detuvo y se volvió hacia ella.
–Si hubieras estado escuchando tú, sabrías que quiero besarte. Pero no soy tonto. Tu lenguaje corporal dice alto y claro: «No me toques».
–¿En serio? –ella se echó a reír.
–Sí, en serio.
–Siento herir tu ego, amigo, pero te iría bien dar un repaso al primer nivel del curso de Lenguaje corporal, porque desde que fuiste tan sincero conmigo ayer, por no mencionar tu paciencia en el centro comercial, no he pensado más que en hacer esto…
Paula, de puntillas, tuvo el control inicial del beso. Después, Pedro introdujo los dedos bajo su pelo y ladeó su cabeza, buscando un ángulo mejor. La urgió a abrir la boca y la acarició con la lengua. La invadían olas de deseo y necesidad. Introdujo las manos bajo su camiseta y las deslizó por la piel cálida de su fuerte espalda.
–Mujer –gruñó él–, me vuelves loco.
–Y tú a mí –dijo ella antes de que empezara a besarla otra vez.
–¿Por qué estamos discutiendo todo el tiempo cuando esto es mucho más divertido? –preguntó él en la siguiente pausa para respirar.
–Hagamos un pacto. Primero besar. Después discutir.
–¿Y por qué hay que discutir?
–Buena pregunta. Vamos a besarnos un rato más. Tal vez eso nos ayude a descubrirlo.
–Llegan tarde –dijo Alfredo Murray en cuanto abrió la puerta. Estaba sentado en una antigua silla de ruedas de mimbre, con una manta roja sobre las piernas. El pelo, la barba y las espesas cejas blancas le daban cierto aspecto de Santa Claus, pero le faltaba la sonrisa–. Y viendo las abrasiones que rodean la boca de esa chica, tendrías que haberte afeitado antes de besarla a plena luz del día.
–Yo también me alegro de verte –Pedro dió un abrazo a su viejo y excéntrico amigo–. ¿Cómo sabes que he besado a Paula hoy y no anoche – preguntó, tras hacer las presentaciones formales.
–¿Por qué clase de imbécil me tomas? –Alfredo cerró de un portazo y corrió cinco cerrojos.
Fantástico. No había nada mejor que pasar el día encerrados en una sauna de hojalata que apestaba a tabaco de pipa y periódicos húmedos. El hombre podía permitirse algo mejor que esa chabola a la entrada de una mina de plata, pero se ponía de mal humor cuando le sugerían que hiciera mejoras en la vivienda. Decía que le gustaba tal y como estaba.
–¿Esperas que vengan ladrones? –Pedro sonrió.
–Nunca se puede estar lo bastante seguro –dijo el anciano–. Doc dice que pronto dejaré esta silla. En octubre abriré un nuevo túnel. Cuando en este pueblo se enteren de que he encontrado una buena veta, harán cola para hacerse amigos míos.
–Bueno, entretanto, ¿Qué te parece una partida de Palabras cruzadas?
–Ya te he ganado de mil maneras –Alfredo rió–. ¿Necesitas que vuelva a pisotearte el orgullo?
–Vas a jugar con Paula, no conmigo.
–¿Jugar yo con ese palo con rizos? –el hombre soltó una carcajada ronca–. Sería una pérdida de tiempo. Venga, fuera de aquí. Tengo que planificar dónde iniciar la nueva perforación.
–No tan rápido, señor Murray –Paula, picada, metió la mano en el bolso, sacó la cartera y puso veinte dólares sobre la mesa–. ¿Aceptaría una apuesta amistosa? –mientras el viejo miraba el dinero, atónito, Paula le guiñó un ojo a Pedro, que también parecía sorprendido por ver a una maestra de preescolar haciendo apuestas.
–Siéntate a la mesa de la cocina. Iré por el tablero –Alfredo carraspeó–. Ah, ¿Te gusta la polca?
Paternidad Temporal: Capítulo 52
Tan lejos como llegaba la vista, los bosques verdes acentuaban los picos nevados. Pedro había escalado muchas de las montañas de la zona. A otras había subido en jeep. Pero nada de eso era comparable a estar allí con Paula. Estacionó junto a una placa de madera en honor del reverendo Dyer, el hombre que había llevado la religión y el correo al pueblo minero de Leadville a finales del siglo XIX. Boquiabierta, Paula bajó del coche y se puso una ligera chaqueta vaquera. Se llevó la mano a la frente para protegerse los ojos del sol.
–Oh, Pedro, es increíble. Me siento como si estuviéramos solos en la cima del mundo.
A esa hora del día en fin de semana, el lugar habría estado lleno de turistas, pero era miércoles y Paula y Pedro lo tenían solo para ellos. Deseó entrelazar los dedos con los de ella y besarla, pero empezaban a sentirse cómodos de nuevo. No quería hacer nada que pudiera poner en peligro su nuevo y frágil vínculo. No podía evitar preguntarse si habían puesto en peligro su relación acostándose tan pronto. Había sido fantástico hacer el amor, pero probablemente también un error. Se preguntaba si Paula sentía lo mismo y eso formaba parte de la tensión subyacente entre ellos. Pedro nunca había sido promiscuo. Para él, hacer el amor implicaba un cierto nivel de compromiso. Paula y él eran casi desconocidos pero nunca se había sentido tan cerca de una mujer.
–Gracias por traerme aquí –dijo ella.
–Gracias por venir.
–¿Estás bien? –le preguntó, tocándole el brazo con suavidad.
–Claro. ¿Por qué? ¿Tengo mala cara?
–No. Es solo que estás muy callado. Llevas muy callado desde que arreglamos las cosas.
Un golpe de viento le quitó la gorra de béisbol. Paula gritó y rio intentando atraparla, pero fue Jed quien la recuperó y volvió a ponérsela.
–¿Vas a decirme qué es lo que te preocupa? –insistió ella, tras la breve distracción.
–Para empezar –dió un tirón a la visera de su gorra–, después de traerte hasta aquí lo único que quieres es analizarme.
–No te estoy analizando, Pedro. Estoy mostrando interés por lo que piensas y sientes. Hay una gran diferencia, ¿Sabes? –frunció los labios.
Pedro arrugó la frente. Tenía todas las señales delante: estaba en problemas.
–¿Te ha molestado que me comiera el último donut para desayunar?
Él puso los ojos en blanco.
–¿He roncado o te he acaparado las mantas?
–¿Qué te ocurre? ¿Por qué tanto machaque cuando estamos en un lugar tan bello? –«¿Por qué no vienes a mí y dejas que te abrace?»
–No es machaque.
–¿Y cómo lo llamas tú?
Paula desvió la mirada para ocultarle sus irracionales lágrimas. ¡Ella lo llamaba frustración! No sabía cuánta pistas tenía que darle para que le agarrara la mano o la besara. Desde que habían hecho el amor, él había adoptado la actitud de no tocarla, y eso la estaba volviendo loca.
–¿Por qué no me besas? –le espetó por fin.
–¿Qué?
–Me has oído.
–Vale, no te he besado porque pensé que no íbamos a volver a hacer eso.
–¿Quién lo ha dicho? –alzó la barbilla, tozuda.
–Yo –Pedro le dió la espalda y empezó a subir por un escarpado sendero de tierra.
–Don Control tiene la última palabra en todo, incluyendo los asuntos del corazón, ¿No? –Paula corrió tras él, sujetándose la gorra con una mano.
–Nadie ha hablado de corazones.
Él siguió andando y ella persiguiéndolo.
–Oh, Pedro, es increíble. Me siento como si estuviéramos solos en la cima del mundo.
A esa hora del día en fin de semana, el lugar habría estado lleno de turistas, pero era miércoles y Paula y Pedro lo tenían solo para ellos. Deseó entrelazar los dedos con los de ella y besarla, pero empezaban a sentirse cómodos de nuevo. No quería hacer nada que pudiera poner en peligro su nuevo y frágil vínculo. No podía evitar preguntarse si habían puesto en peligro su relación acostándose tan pronto. Había sido fantástico hacer el amor, pero probablemente también un error. Se preguntaba si Paula sentía lo mismo y eso formaba parte de la tensión subyacente entre ellos. Pedro nunca había sido promiscuo. Para él, hacer el amor implicaba un cierto nivel de compromiso. Paula y él eran casi desconocidos pero nunca se había sentido tan cerca de una mujer.
–Gracias por traerme aquí –dijo ella.
–Gracias por venir.
–¿Estás bien? –le preguntó, tocándole el brazo con suavidad.
–Claro. ¿Por qué? ¿Tengo mala cara?
–No. Es solo que estás muy callado. Llevas muy callado desde que arreglamos las cosas.
Un golpe de viento le quitó la gorra de béisbol. Paula gritó y rio intentando atraparla, pero fue Jed quien la recuperó y volvió a ponérsela.
–¿Vas a decirme qué es lo que te preocupa? –insistió ella, tras la breve distracción.
–Para empezar –dió un tirón a la visera de su gorra–, después de traerte hasta aquí lo único que quieres es analizarme.
–No te estoy analizando, Pedro. Estoy mostrando interés por lo que piensas y sientes. Hay una gran diferencia, ¿Sabes? –frunció los labios.
Pedro arrugó la frente. Tenía todas las señales delante: estaba en problemas.
–¿Te ha molestado que me comiera el último donut para desayunar?
Él puso los ojos en blanco.
–¿He roncado o te he acaparado las mantas?
–¿Qué te ocurre? ¿Por qué tanto machaque cuando estamos en un lugar tan bello? –«¿Por qué no vienes a mí y dejas que te abrace?»
–No es machaque.
–¿Y cómo lo llamas tú?
Paula desvió la mirada para ocultarle sus irracionales lágrimas. ¡Ella lo llamaba frustración! No sabía cuánta pistas tenía que darle para que le agarrara la mano o la besara. Desde que habían hecho el amor, él había adoptado la actitud de no tocarla, y eso la estaba volviendo loca.
–¿Por qué no me besas? –le espetó por fin.
–¿Qué?
–Me has oído.
–Vale, no te he besado porque pensé que no íbamos a volver a hacer eso.
–¿Quién lo ha dicho? –alzó la barbilla, tozuda.
–Yo –Pedro le dió la espalda y empezó a subir por un escarpado sendero de tierra.
–Don Control tiene la última palabra en todo, incluyendo los asuntos del corazón, ¿No? –Paula corrió tras él, sujetándose la gorra con una mano.
–Nadie ha hablado de corazones.
Él siguió andando y ella persiguiéndolo.
Paternidad Temporal: Capítulo 51
–¡Ahhhhhh! –gritó Paula–. Reduce la velocidad. ¡Vamos a estrellarnos!
–Tienes que relajarte –Pedro se rió–. He hecho esto cien veces. Créeme, todo irá bien.
Ella dejó de gritar pero siguió aferrándose al asa que había en el salpicadero.
En el último tramo de carretera antes de llegar a la cima, los surcos y baches en la tierra eran muy profundos. Pedro nunca lo habría admitido, pero el viaje estaba suponiendo un reto mayor de lo que había esperado. No le importaba; cuando acabara el día disfrutaría de otra noche a solas con Annie en la cabaña.
–¿Has visto la caída que hay?
Pedro miró en la dirección que Paula señalaba.
–Eso no es nada. He subido por viejas sendas mineras en auténticos acantilados.
–Pues yo preferiría estar en el centro comercial de excedentes de fábrica.
–¿No tuviste bastante ayer?
Habían parado en uno en el camino de vuelta. Pedro le había dicho que quería sacar a los bebés del coche un rato, pero en realidad había parado por ella. Al principio Annie había parecido tan excitada como un perro ante un hueso, pero en vez de huesos, buscaba ropa y bolsos de rebajas. Él había perdido la cuenta de las horas que había pasado sentado ante los probadores, entreteniendo a los bebés. Pero esa mañana, al ver la minifalda vaquera y la ajustada camiseta azul que se había puesto, había sabido que cada una de esas horas había merecido la pena.
–Una mujer nunca se cansa de ir de compras. Recuérdalo y cualquier mujer te adorará siempre.
«¿Y si fueras la única mujer que me interesa?» Pedro movió la cabeza. La altitud debía de estar afectándolo. Se llevaban mucho mejor desde que habían hablado, pero seguía habiendo una barrera entre ellos: su obsesión por controlarlo todo. Era imposible saber qué traerían los días siguientes. Cuando regresaran a casa seguramente un montón de padres solteros y ricos, que podían permitirse pagar las tasas del centro privado en el que iba a trabajar, la invitarían a salir con ellos. Serían profesionales y ejecutivos que nunca llegaban a casa apestando a humo incluso después de ducharse. Hombres que no hacían turnos de veinticuatro horas ni tenían hollín bajo las uñas.
–Estás muy callado –dijo Paula–. ¿Significa eso que la carretera está peor de lo que esperabas?
–Sí –mintió él.
Decidió intentar vivir el momento y dejar que el futuro siguiera su rumbo. A muchas mujeres le gustaban los bomberos. Paula no tenía por qué ser diferente. Pero lo era. Era diferente a la mayoría de las mujeres, mejor, en todos los sentidos posibles.
–Casi estamos arriba y te aseguro que la vista va a hacer que los baches hayan merecido la pena.
–¿Me lo prometes?
–Desde luego.
–Bueno, intentaré relajarme. Pero entre la preocupación de despeñarnos y pensar en la paliza que me van a dar en Palabras cruzadas, está resultando ser un día poco pacífico.
–Se supone que no tiene que ser pacífico. Esta es mi venganza por haber vuelto a machacarme anoche, ¿Recuerdas?
Había empezado ganando, pero de repente había captado el aroma de Paula: una irresistible mezcla de sudor limpio y crema para bebés. Había perdido la concentración.
–Eh, no es culpa mía que siempre te salgan malas letras.
Cierto. Tampoco había sido culpa de él que se le fueran los ojos al escote de su blusa. Le costaba creer que hacía menos de veinticuatro horas había probado eso con lo que ya solo podía soñar.
–Tú espera y verás –dijo él–. Alfredo te va a dar tal paliza que te hará llorar.
–Eres malo –le sacó la lengua.
–Mira esa vista y repite que soy malo.
–Tienes que relajarte –Pedro se rió–. He hecho esto cien veces. Créeme, todo irá bien.
Ella dejó de gritar pero siguió aferrándose al asa que había en el salpicadero.
En el último tramo de carretera antes de llegar a la cima, los surcos y baches en la tierra eran muy profundos. Pedro nunca lo habría admitido, pero el viaje estaba suponiendo un reto mayor de lo que había esperado. No le importaba; cuando acabara el día disfrutaría de otra noche a solas con Annie en la cabaña.
–¿Has visto la caída que hay?
Pedro miró en la dirección que Paula señalaba.
–Eso no es nada. He subido por viejas sendas mineras en auténticos acantilados.
–Pues yo preferiría estar en el centro comercial de excedentes de fábrica.
–¿No tuviste bastante ayer?
Habían parado en uno en el camino de vuelta. Pedro le había dicho que quería sacar a los bebés del coche un rato, pero en realidad había parado por ella. Al principio Annie había parecido tan excitada como un perro ante un hueso, pero en vez de huesos, buscaba ropa y bolsos de rebajas. Él había perdido la cuenta de las horas que había pasado sentado ante los probadores, entreteniendo a los bebés. Pero esa mañana, al ver la minifalda vaquera y la ajustada camiseta azul que se había puesto, había sabido que cada una de esas horas había merecido la pena.
–Una mujer nunca se cansa de ir de compras. Recuérdalo y cualquier mujer te adorará siempre.
«¿Y si fueras la única mujer que me interesa?» Pedro movió la cabeza. La altitud debía de estar afectándolo. Se llevaban mucho mejor desde que habían hablado, pero seguía habiendo una barrera entre ellos: su obsesión por controlarlo todo. Era imposible saber qué traerían los días siguientes. Cuando regresaran a casa seguramente un montón de padres solteros y ricos, que podían permitirse pagar las tasas del centro privado en el que iba a trabajar, la invitarían a salir con ellos. Serían profesionales y ejecutivos que nunca llegaban a casa apestando a humo incluso después de ducharse. Hombres que no hacían turnos de veinticuatro horas ni tenían hollín bajo las uñas.
–Estás muy callado –dijo Paula–. ¿Significa eso que la carretera está peor de lo que esperabas?
–Sí –mintió él.
Decidió intentar vivir el momento y dejar que el futuro siguiera su rumbo. A muchas mujeres le gustaban los bomberos. Paula no tenía por qué ser diferente. Pero lo era. Era diferente a la mayoría de las mujeres, mejor, en todos los sentidos posibles.
–Casi estamos arriba y te aseguro que la vista va a hacer que los baches hayan merecido la pena.
–¿Me lo prometes?
–Desde luego.
–Bueno, intentaré relajarme. Pero entre la preocupación de despeñarnos y pensar en la paliza que me van a dar en Palabras cruzadas, está resultando ser un día poco pacífico.
–Se supone que no tiene que ser pacífico. Esta es mi venganza por haber vuelto a machacarme anoche, ¿Recuerdas?
Había empezado ganando, pero de repente había captado el aroma de Paula: una irresistible mezcla de sudor limpio y crema para bebés. Había perdido la concentración.
–Eh, no es culpa mía que siempre te salgan malas letras.
Cierto. Tampoco había sido culpa de él que se le fueran los ojos al escote de su blusa. Le costaba creer que hacía menos de veinticuatro horas había probado eso con lo que ya solo podía soñar.
–Tú espera y verás –dijo él–. Alfredo te va a dar tal paliza que te hará llorar.
–Eres malo –le sacó la lengua.
–Mira esa vista y repite que soy malo.
lunes, 17 de septiembre de 2018
Paternidad Temporal: Capítulo 50
Él no era Diego. Cuando Pedro por fin la miró, ella lo escrutaba. En cuanto sus ojos se encontraron, ella supo que iba por buen camino. El hombre mentía, era indudable. Y aunque tuvieran que estar allí sentados hasta Navidad, pretendía descubrir sobre qué mentía.
–Oh, diablos –dijo él, minutos después–. No vas a dejarlo pasar, ¿Verdad?
Ella negó con la cabeza.
–Vale. La verdad es que estabas bellísima allí tumbada, con el pelo revuelto y tapada solo por una sábana. Tuve la sensación de que debería haberte dado más. De que yo debería ser más.
–Bromeas, ¿Verdad?
–¿Tengo cara de broma?
A juzgar por la caída de sus cejas y de sus labios, no era el caso.
–¿Es que no sabes cuánto has llegado a importarme? –preguntó Paula. Movió la cabeza y miró por la ventanilla, tragándose las lágrimas–. La primera vez que te ví, con los tres bebés berreando en tus brazos, quedé cautivada. Pero luego empecé a verte en acción: yendo a trabajar, para salvar casas y familias, una a una; empecinándote en intentar salvar a tu hermana… Perteneces a una raza de hombre especial.
Pedro la soltó y se tapó el rostro con las manos.
–Tendría que haberte secuestrado hoy. Haberte llevado a Mosquito Pass para darte el placer de dejar que Alfredo te diera una paliza.
–Eso me habría gustado –dijo ella.
–Entonces ¿Por qué no lo dijiste?
–Porque pensé que tú no querías ir.
Él emitió un gruñido sordo.
–¿Qué pasa ahora? –preguntó Paula.
–Estamos a dos horas de la cabaña. Para cuando dejemos a los bebés en casa de Martina y Carlos, será demasiado tarde para ir allí hoy.
–Cierto. Pero como sabemos que Luciana está bien y que no volverá a casa con Marcos hasta dentro de unos días, no hay prisa por volver.
Lo malo era que cada segundo que pasaba con Pedro se enamoraba más de él. De pronto, se quedó sin aliento. ¿Enamorada? Tal vez fuera eso lo que hacía que sintiera dolor y cosquilleo en el estómago al mismo tiempo. Habían superado su primera pelea y Pedro había sido quien había iniciado la reconciliación. Eso solo lo hacía un hombre muy especial. Uno que merecía la pena conservar.
Él cambió de dirección en la siguiente salida de la autopista. El pulso de Paula se aceleró un poco. Pedro había sido muy dulce, desde luego, pero eso no significaba que estuviera listo para el matrimonio. Tampoco lo estaba ella. Acababa de sufrir el golpe de lo de Fernando y, antes de eso, su desastroso matrimonio con Diego. Eso casi garantizaba que lo que sentía no era amor, sino una excitante y extraña mezcla de emociones que iban desde el alivio, porque el viaje la había distraído de otros problemas, al anhelo por recibir más besos de Jed. Tendría que haberle dicho que la idea de ir a ver a Alfredo era agradable, pero que en realidad debería volver a casa. Tenía cosas que hacer. Su cuarto de baño necesitaba pintura nueva. Pero nada le parecía más apetecible en el mundo que atravesar una montaña para ir a jugar a Palabras cruzadas con un hombre que seguramente le daría una paliza similar a las que le daba su abuela. Era tan apetecible porque todo eso ocurriría teniendo a Pedro a su lado.
–Oh, diablos –dijo él, minutos después–. No vas a dejarlo pasar, ¿Verdad?
Ella negó con la cabeza.
–Vale. La verdad es que estabas bellísima allí tumbada, con el pelo revuelto y tapada solo por una sábana. Tuve la sensación de que debería haberte dado más. De que yo debería ser más.
–Bromeas, ¿Verdad?
–¿Tengo cara de broma?
A juzgar por la caída de sus cejas y de sus labios, no era el caso.
–¿Es que no sabes cuánto has llegado a importarme? –preguntó Paula. Movió la cabeza y miró por la ventanilla, tragándose las lágrimas–. La primera vez que te ví, con los tres bebés berreando en tus brazos, quedé cautivada. Pero luego empecé a verte en acción: yendo a trabajar, para salvar casas y familias, una a una; empecinándote en intentar salvar a tu hermana… Perteneces a una raza de hombre especial.
Pedro la soltó y se tapó el rostro con las manos.
–Tendría que haberte secuestrado hoy. Haberte llevado a Mosquito Pass para darte el placer de dejar que Alfredo te diera una paliza.
–Eso me habría gustado –dijo ella.
–Entonces ¿Por qué no lo dijiste?
–Porque pensé que tú no querías ir.
Él emitió un gruñido sordo.
–¿Qué pasa ahora? –preguntó Paula.
–Estamos a dos horas de la cabaña. Para cuando dejemos a los bebés en casa de Martina y Carlos, será demasiado tarde para ir allí hoy.
–Cierto. Pero como sabemos que Luciana está bien y que no volverá a casa con Marcos hasta dentro de unos días, no hay prisa por volver.
Lo malo era que cada segundo que pasaba con Pedro se enamoraba más de él. De pronto, se quedó sin aliento. ¿Enamorada? Tal vez fuera eso lo que hacía que sintiera dolor y cosquilleo en el estómago al mismo tiempo. Habían superado su primera pelea y Pedro había sido quien había iniciado la reconciliación. Eso solo lo hacía un hombre muy especial. Uno que merecía la pena conservar.
Él cambió de dirección en la siguiente salida de la autopista. El pulso de Paula se aceleró un poco. Pedro había sido muy dulce, desde luego, pero eso no significaba que estuviera listo para el matrimonio. Tampoco lo estaba ella. Acababa de sufrir el golpe de lo de Fernando y, antes de eso, su desastroso matrimonio con Diego. Eso casi garantizaba que lo que sentía no era amor, sino una excitante y extraña mezcla de emociones que iban desde el alivio, porque el viaje la había distraído de otros problemas, al anhelo por recibir más besos de Jed. Tendría que haberle dicho que la idea de ir a ver a Alfredo era agradable, pero que en realidad debería volver a casa. Tenía cosas que hacer. Su cuarto de baño necesitaba pintura nueva. Pero nada le parecía más apetecible en el mundo que atravesar una montaña para ir a jugar a Palabras cruzadas con un hombre que seguramente le daría una paliza similar a las que le daba su abuela. Era tan apetecible porque todo eso ocurriría teniendo a Pedro a su lado.
Paternidad Temporal: Capítulo 49
–¿Afuera con qué? –preguntó ella. El tráfico pasaba a toda velocidad. Un camión enorme hizo que la furgoneta vibrara–. ¿Es seguro esto?
–Te diré lo que no es seguro: el muro de ladrillos que has levantado entre nosotros. Si te he molestado por algo, dímelo. No te pases todo el camino malhumorada.
–No estoy de malhumor –se cruzó de brazos.
–Y un cuerno que no. Mira, soy un chico grande. Si después de pensarlo unas horas, lo ocurrido anoche y esta mañana te parece un error, podré soportarlo. Solo dímelo. Podemos acordar quitarle hierro al asunto cuando lleguemos a casa.
–Oh, claro que eres un chico grande. ¿Lo bastante para concederme lo que obviamente no ha sido más que un polvo de agradecimiento por mis servicios como niñera?
–Por favor, dime que no has dicho lo que creo que has dicho, porque…
En el asiento trasero empezó a sonar un gemido. A juzgar por el tono grave, era Mateo. Paula volvió la cabeza y comprobó que, efectivamente, era él. Movió su sillita y luego sacó un anillo mordedor de la bolsa.
–¿Paula? Sigo esperando una respuesta.
–Déjalo, Pedro. Como has apuntado, ambos somos adultos. No sé qué esperaba de tí, pero podrías haberte sentado a desayunar sobras conmigo. Pero tenías tanta prisa por salir que ni siquiera pudiste compartir una comida, y menos aún una conversación significativa.
–Tienes que estar de broma –Pedro echó la cabeza hacia atrás–. ¿Por eso estás molesta? ¿Por qué no he desayunado contigo?
–¿A tí no te habría molestado un poco si hubieras estado en mi lugar?
–Escúchame –agarró la mano de Annie y la apretó suavemente. Ella deseó apartarla de un tirón, pero no tuvo fuerza física ni emocional para hacerlo–. No puedes ni imaginar cuánto deseaba quedarme en esa cama ycompartir sobras contigo. Pero el problema era que, si yo comía, no habría habido para tí.
–¿Quieres decir que solo había eso?
–Es lo que acabo de decir, ¿no?
–Pero sobraron muchas costillas de la cena.
–¿Y el tentempié de las tres de la mañana?
–Oh –le tocó a Paula quedarse muda.
Él tendría que haberle dicho algo. Se sentía fatal por haber tirado parte de la comida a la basura cuando perdió el apetito.
–Intentaba ser un buen tipo dejándote que disfrutaras sola del festejo. Y ahora tengo una acidez insoportable por la docena de donuts que he devorado en casa de Martina y Carlos.
–¿Y eso es culpa mía?
–Claro que sí.
A su pesar, Paula sonrió, aunque no estaba convencida de que la hubiera dejado sola en la cama por puro altruismo.
–Mírame –le dijo.
–¿Por qué? –Pedro siguió un coche rojo con la mirada, ignorando su orden.
–Porque después de todo lo que hemos compartido, creo que me lo debes.
Dado que él siguió mirando por la ventanilla, resultó obvio que no estaba de acuerdo.
–Vale –suspiró profundamente–. Puedes hacerlo sin mirarme a los ojos.
–¿Hacer qué?
–Decirme que tu supuesto miedo a que muriera de hambre fue la única razón por la que me dejaste sola en ese dormitorio.
–Dios, mujer –dió una palmada en el volante–. ¿Qué quieres de mí?
–La verdad –cada hueso de su cuerpo la había urgido a saltar de la furgoneta y correr cuando Pedro golpeó el volante. Pero se había contenido. Ya no era una recién casada muerta de miedo.
–Te diré lo que no es seguro: el muro de ladrillos que has levantado entre nosotros. Si te he molestado por algo, dímelo. No te pases todo el camino malhumorada.
–No estoy de malhumor –se cruzó de brazos.
–Y un cuerno que no. Mira, soy un chico grande. Si después de pensarlo unas horas, lo ocurrido anoche y esta mañana te parece un error, podré soportarlo. Solo dímelo. Podemos acordar quitarle hierro al asunto cuando lleguemos a casa.
–Oh, claro que eres un chico grande. ¿Lo bastante para concederme lo que obviamente no ha sido más que un polvo de agradecimiento por mis servicios como niñera?
–Por favor, dime que no has dicho lo que creo que has dicho, porque…
En el asiento trasero empezó a sonar un gemido. A juzgar por el tono grave, era Mateo. Paula volvió la cabeza y comprobó que, efectivamente, era él. Movió su sillita y luego sacó un anillo mordedor de la bolsa.
–¿Paula? Sigo esperando una respuesta.
–Déjalo, Pedro. Como has apuntado, ambos somos adultos. No sé qué esperaba de tí, pero podrías haberte sentado a desayunar sobras conmigo. Pero tenías tanta prisa por salir que ni siquiera pudiste compartir una comida, y menos aún una conversación significativa.
–Tienes que estar de broma –Pedro echó la cabeza hacia atrás–. ¿Por eso estás molesta? ¿Por qué no he desayunado contigo?
–¿A tí no te habría molestado un poco si hubieras estado en mi lugar?
–Escúchame –agarró la mano de Annie y la apretó suavemente. Ella deseó apartarla de un tirón, pero no tuvo fuerza física ni emocional para hacerlo–. No puedes ni imaginar cuánto deseaba quedarme en esa cama ycompartir sobras contigo. Pero el problema era que, si yo comía, no habría habido para tí.
–¿Quieres decir que solo había eso?
–Es lo que acabo de decir, ¿no?
–Pero sobraron muchas costillas de la cena.
–¿Y el tentempié de las tres de la mañana?
–Oh –le tocó a Paula quedarse muda.
Él tendría que haberle dicho algo. Se sentía fatal por haber tirado parte de la comida a la basura cuando perdió el apetito.
–Intentaba ser un buen tipo dejándote que disfrutaras sola del festejo. Y ahora tengo una acidez insoportable por la docena de donuts que he devorado en casa de Martina y Carlos.
–¿Y eso es culpa mía?
–Claro que sí.
A su pesar, Paula sonrió, aunque no estaba convencida de que la hubiera dejado sola en la cama por puro altruismo.
–Mírame –le dijo.
–¿Por qué? –Pedro siguió un coche rojo con la mirada, ignorando su orden.
–Porque después de todo lo que hemos compartido, creo que me lo debes.
Dado que él siguió mirando por la ventanilla, resultó obvio que no estaba de acuerdo.
–Vale –suspiró profundamente–. Puedes hacerlo sin mirarme a los ojos.
–¿Hacer qué?
–Decirme que tu supuesto miedo a que muriera de hambre fue la única razón por la que me dejaste sola en ese dormitorio.
–Dios, mujer –dió una palmada en el volante–. ¿Qué quieres de mí?
–La verdad –cada hueso de su cuerpo la había urgido a saltar de la furgoneta y correr cuando Pedro golpeó el volante. Pero se había contenido. Ya no era una recién casada muerta de miedo.
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