miércoles, 18 de abril de 2018

Mi Salvador: Capítulo 25

Paula  observó la gradación de expresiones del semblante de Pedro y se alegró de haber conseguido sorprenderlo. Sabía que jugaba con fuego, pero también confiaba en él más de lo que había confiado nunca en nadie. Pedro había  dicho  que  no  se  aprovecharía  de  la  situación,  y  ella  lo  creía.  Eso  le  dejaba vía libre para probar sus poderes de seducción. Observó la expresión aturdida de él y se felicitó. Por el momento, parecían ser bastante buenos.

—¿Cuál de tus sobrinos juega esta tarde?

 Pedro la miró desconcertado.

—¿Qué?—Te preguntaba por el fútbol. ¿Juega alguno de los hijos de Sonia?

 Él asintió.

—Tomás. Es bastante bueno.

—¿Cuántos años tiene?

—Seis.

—¿Y hay campeonatos para niños de seis años?

—Por supuesto. Claro que lo que hacen no se parece mucho al fútbol, pero se lo pasan bien y le ponen mucho entusiasmo. Mi cuñado es el entrenador.

—¿Y por qué no lo eres tú?

 Él sonrió.

—Lo  fui  durante  una  semana,  pero  siempre  se  me  olvidaba  que  solo  tienen  seis  años. Mi espíritu competitivo salía a relucir, y los presionaba demasiado. Después del primer  partido,  mi  hermana  amenazó  con  echarme del  campo.  Así  que  llegamos  a  un  acuerdo. Yo puedo sentarme en las gradas, pero tengo que mantener la boca cerrada. Sonia  se sienta a mi lado para asegurarse de que no se me olvida. Estoy seguro de que su marido y ella hacen apuestas sobre cuánto tiempo me quedaré callado.

Paula se echó a reír.

—¿Y quién apuesta por tí?

—Nadie —admitió  él—.  La  cuestión  no  es  si  romperé  mi  promesa,  sino  cuánto  tiempo  tardaré  en  romperla  —la  observó  detenidamente—.  ¿Cómo  te  encuentras?  ¿Crees que podrás venir al partido? Hoy tienes mejor color.

—Me  encuentro  mejor  —dijo  ella—.  Pero  no  sé  si  podré  aguantar  un  partido  entero, y no quiero que tengas que irte antes de que acabe.

—¿Es que no me has oído? Probablemente les harás un favor a todos si me sacas de allí. Te ganarás la eterna gratitud de Sonia, por no decir la del pequeño Tomás.

—Entonces me encantaría ir —dijo ella, deseando volver a ver a Sonia y conocer a su familia—. ¿Los otros niños también estarán allí?

—Claro, aunque normalmente andan por ahí, corriendo y haciendo de las suyas.

Media  hora  después,  Pedro detuvo  el  coche  en  el  estacionamiento de  un  campo  de  fútbol.  Al  parecer,  el  partido  había  dado  comienzo,  porque  la  atención  de  los  adultos  de las gradas estaba concentrada en el terreno de juego. Mientras  Paula y  Pedro se  acercaban,  tres  niños  morenos,  cuya  edad  variaba  entre los tres y los siete u ocho años, salieron corriendo hacia ellos.

—¿Sabes  qué?  —gritó  el  mayor,  con  la  cara  colorada  por  la  excitación—.  Tomás  ha metido un gol, él solo.

—Porque  el  portero  salió  del  campo  para  hacer  pis  —dijo  su  hermano  menor.

Pedro se echó a reír.

—Vaya, entonces debió de resultarle fácil — dijo y luego se volvió hacia Paula—. A los seis años, no hay manera de meterles en la cabeza que tienen que esperar a que los sustituyan.

—Ya me lo imagino —dijo ella—. ¿Te alegras de no ser el entrenador?

 —Me alegro de no ser el entrenador del equipo contrario.

El niño más pequeño tiró de su mano.

—Tío Pepe, tío Pepe...

—¿Qué pasa? —preguntó, tomando al pequeño en brazos.

El niño señaló a Paula.

—¿Quién es esta? ¿Es de la que habla todo el mundo?

Paula se quedó algo desconcertada al descubrir que se había convertido en tema de conversación de toda la familia, pero Pedro no pareció sorprendido.

—Sí —le dijo a su sobrino—, es mi amiga, Paula Chaves. Paula, este diablillo es Mateo. Y su hermano mayor es Joaquín. Joaquín es un músico en ciernes.

Joaquín le tendió educadamente la mano.

—Hola.

Paula lo miró con inmediato interés.

—¿Qué instrumento tocas?

—El violín —dijo el niño tímidamente.

—Yo antes también tocaba el violín —dijo ella, consciente de que Pedro la estaba observando con sorpresa—. Antes de perder el oído, quería ser directora de orquesta. A veces, hasta tocaba con una orquesta sinfónica.

Joaquín abrió mucho los ojos.

—Guau, eso es fantástico. ¿Por qué no nos lo habías dicho, tío Pepe?

—Porque hasta ahora no lo sabía.

Paula sintió un golpecito en el brazo y miró hacia abajo.

—Yo también soy mayor —protestó el niño al que todavía no le habían presentado—. Soy Ramiro, pero mis amigos me llaman Rami. Tengo, cinco años.

Paula sonrió.

—Me alegro de conocerte, Rami.

—¿Es  verdad  que  estabas  enterrada  viva?  —preguntó  Joaquín,  evidentemente  fascinado por aquella idea aterradora.

Paula sintió un escalofrío. Pedro se puso tenso.

—Perdona —le  dijo  a  Paula,  y  miró  a  su  sobrino—.  Joaquín,  esas  preguntas  no  se  hacen.

—Pero mamá dice...

—Me da igual lo que diga tu madre. No es de buena educación preguntar por algo tan desagradable. ¿A tí te apetecería hablar de ello si te hubieras quedado atrapado en un edificio en ruinas?

Naturalmente,  un  niño  de  siete  años  no  podía  comprender  el  horror  de  aquella circunstancia.

Mi Salvador: Capítulo 24

—Es  bonita  la  vista,  ¿Verdad?  Mira  hacia  atrás,  hacia  la  ciudad  —sugirió, señalando la silueta de Miami por encima de su hombro izquierdo.

Paula asintió.

—Sí, lo sé. Este es mi paseo preferido. Vengo a Cayo Vizcaíno casi todos los fines de semana.

—¿Conoces el restaurante del parque?

—¿El del faro?

 Él sacudió la cabeza.

—No, el otro.

El semblante de Paula se iluminó.

—No sabía que hubiera otro.

—Te va a encantar —prometió él.

Después de atravesar el pueblecito de Cayo Vizcaíno, con su hilera de casitas y hoteles frente al mar a un lado y de mansiones al otro, llegaron al parque municipal que había  en  el  extremo  de  la  isla.  Pedro pagó  la  entrada,  luego  giró a  la derecha y  entraron en una ensenada en la que había un pequeño embarcadero. Construido  sobre  pilotes, de  modo  que  quedaba  suspendido  sobre  el  agua,  había  un  pequeño  y  discreto  restaurante  con  una  terraza  que  miraba  hacia  el  sudoeste.  La  vista era mejor al atardecer, pero, incluso a mediodía, estar allí era como encontrarse en  una  isla  desierta,  en  lugar  de  a  pocos  minutos  del  centro  de  Miami.  Unos  cuantos  botes se balanceaban anclados en el muelle. Había algunas personas sentadas, cenando pescado  fresco  y  disfrutando  de  la  suave  brisa  que  aplacaba  el  sofocante  calor  de  principios de octubre.

—¿Te gusta? —le preguntó Pedro a Paula.

—Es precioso —dijo ella.

—Un poco rústico, pero el pescado es estupendo. Cualquiera diría que acaban de pescarlo.

Después  de  pedir  dos  platos  de  pescado  y  bebidas,  una  soda  para  ella  y  una  cerveza para él, Pedro se recostó en la silla dando un suspiro. Al cabo de un momento, sintió la mirada de Paula posada en él. Ella le dirigió una lenta sonrisa.

—Ya tienes mejor aspecto —dijo.

—Me siento mejor. Perdona por lo de antes.

—¿Quieres contarme por qué estabas tan tenso?

—No.

—Pero era por mí, ¿Verdad? Pedro, si nuestro acuerdo no te gusta, dímelo. Puedo encontrar  otro  sitio  donde  quedarme.  No  quiero  aprovecharme  de  un  ofrecimiento  impulsivo que a lo mejor preferirías no haber hecho.

—No es eso —protestó él—. Es solo que no había contado con...

—¿Qué? Dímelo. Tenemos que ser capaces de comunicarnos.

Paula tenía una mirada tan confiada, tan expectante, que Pedro comprendió que no sería capaz de mentirle a la cara solo para evitarse una situación incómoda.

— De acuerdo, ¿Quieres saber la verdad pura y dura?

—Por supuesto.

Él pensó en media docena de formas de expresarlo, antes de decidirse a soltarlo a bocajarro.                                                       

—Me  siento  atraído  por  tí. 

Para  sorpresa  suya,  ella  dejó  escapar  un  exagerado suspiro de alivio.

—Gracias a Dios —dijo—. Creía que solo eran imaginaciones mías.

—Esto no tiene gracia, Paula.

Ella puso una mano sobre la suya.

—Pedro, somos adultos. No voy a meterme en la cama con un hombre solo porque me sienta atraída por él, pero eso no significa que no admita lo evidente.

Él entrecerró los ojos.

—¿Y qué es lo evidente?

—Que yo también me siento atraída por tí.

Pedro ignoraba  si  debía  sentirse  aliviado  o  atemorizado  por  aquella  declaración.  Desde luego, aquello complicaba las cosas.

—Solo  quiero  que  sepas  que  no  voy  a  hacer  nada  para  aprovecharme  de  la  situación —dijo.

Ella lo miró, divertida.

—Bien, porque yo no lo permitiría aunque lo intentaras.

Lo  dijo  con  absoluta  confianza,  como  si  tuviera  muchísima  experiencia  en  defenderse de hombres como él. Pedro dudaba de que así fuera, pero su confianza le pareció admirable. O quizá fuera que Paula dudaba de sus dotes de persuasión. Tomó la mano que había estado descansando sobre la suya.

—Ten cuidado, cariño. Algunos hombres podrían considerar eso como un desafío.

—¿Y tú eres uno de ellos? —le preguntó ella, con más curiosidad que temor.

—A veces —admitió él—. Normalmente no soy de los que dejan pasar un reto.

Para  sorpresa  suya,  los  labios  de  Paula se  curvaron  en  una  lenta  y  provocativa  sonrisa.

—Entonces será muy interesante ver cómo te las apañas con este, ¿No crees?

Él  gruñó.  Paula Chaves no  dejaba  de  sorprenderlo.  Algo  le  decía  que,  por  primera vez en su vida, había encontrado la horma de su zapato.

Mi Salvador: Capítulo 23

Él parpadeó y luego apartó la mirada.

—Voy a darme una ducha. ¿Ya has desayunado?

— Sí, pero puedo prepararte algo.

Él sacudió la cabeza.

—He tomado algo en el parque.

Paula asintió,  notando  que  la  incomodidad  del  día  anterior  se  apoderaba  de  ella  otra vez. ¿Qué haría Pedro normalmente el resto del día? No quería interferir en sus planes.

—Mira, haz lo que quieras. Yo creo que voy a salir al jardín a leer un rato y luego me echaré una siesta.

—¿Con ese vestido? —preguntó él, con expresión divertida.

Ella miró hacia abajo, sorprendida.

—Claro  que  no.  Me  pondré  otra  cosa  —  señaló  hacia  el  montón  de  ropa—.  Tu  hermana ha venido cargada.

—Ya lo veo.

Temblando ligeramente al agarrar los tiradores, Paula abrió el armario y comenzó a  colocar  la  ropa  sin  apenas  mirarla.  Un  momento  después  sintió  un  golpecito  en  el hombro.

 —¿Sí? —se  volvió  para  mirar  a  Pedro. 

Con  las  manos  metidas  en  los  bolsillos,  él  parecía un poco incómodo.

—¿Quieres  que  salgamos  a  comer  fuera?  —le  preguntó—.  Si  no  estás  muy  cansada...

Ella asintió.

—Estaría bien.

—Después  tengo  que  ir  a  un  partido  de  fútbol  que  juegan  mis  sobrinos.  Puedes  venirte, si te apetece, o puedo traerte a casa otra vez.

Paula deseaba desesperadamente acompañarlo y sentirse como si hubiera entrado a  formar  parte  de  su  gran  familia,  pero  la  verdad  era  que  todavía  se  fatigaba fácilmente.

—¿Puedo decidirlo luego?

 —Claro.

Pedro se marchó y ella se quedó con un montón de ropa en los brazos. Su decisión de quedarse allí le parecía más complicada con cada segundo que pasaba. La innegable atracción que había entre ellos, la generosidad de su hermana, toda una vida deseando reuniones  ruidosas  y  vínculos  familiares...  Todo  era  demasiado  tentador  para  ella.  Le  daba miedo empezar a desear algo que no estaba previsto.Pero  hacía  años  había  prometido  no  permitir  que  el  miedo  controlara  su  vida.  Aquella experiencia podía ser totalmente inesperada y quizá tuviera un final doloroso, pero, mientras tanto, disfrutaría de ella cada segundo.


Pedro se dió una ducha helada para enfriarse antes de volver a mirar a Paula a la cara.  Ese  vestido  que  su  hermana  le  había  llevado  debería  haber  estado  prohibido...  salvo en la intimidad de su casa, donde no le importaría verla con él puesto de día y de no  che. Solo era un vestido playero, nada elegante, pero acentuaba sus potentes ojos, se  ajustaba  a  cada  curva  de  su  cuerpo  y  dejaba  entrever  una  cantidad  algo  excesiva  de su piel satinada. Le había prometido llevarla a bailar para que pudiera lucirlo, pero ya le parecía detestable la idea de que otros hombres la miraran. Cuando  fue  a  buscarla,  después  de  la  ducha,  vió  con  alivio  que  ya  se  había  cambiado,  aunque  los  pantalones  cortos  y  la  camiseta  que  se  había  puesto  no  mejoraban  mucho  la  situación.  Paula todavía  estaba  demasiado  tentadora.  Ella  frunció  el ceño al ver cómo la miraba.

—¿Va todo bien?

—Claro —dijo él secamente—. ¿Estás lista?

—Cuando quieras.

Él  señaló  hacia  la  puerta  y  la  siguió  fuera,  intentando  apartar  la  mirada  del  contoneo  de  sus  esbeltas  caderas  y  de  la  parte  que  se  veía  de  sus  bonitos  muslos.  Como siguiera así, iba a tener que comprarse los pantalones una talla más grandes.

—¿Te  apetece  comer  en  algún  sitio  en  especial? —le  preguntó  cuando  entraron  en el coche.

—Decide tú. Lo que a tí te venga bien.

—¿Siempre eres tan complaciente? —preguntó él, irritado.

Ella lo miró fijamente.

—Pensaba que estaba siendo considerada —dijo, tensa—. Si hay algún problema, puedo quedarme aquí.

Pedro suspiró.

—Claro que no. El único problema soy yo. Estoy cansado y malhumorado y lo pago contigo.

—Quizá sería mejor que te echaras una siesta, en vez de salir a comer —sugirió.

Pedro apretó los dientes.

—Vamos  a  comer  —insistió,  aliviado  porque  Paula no  pudiera  oír  su  tono  de  voz,  que no era precisamente amable—. Conozco un lugar perfecto. Seguro que me pone de mejor humor.

Ella le lanzó una mirada irónica.

—Entonces, vamos.

Mientras  conducía  a  través  de  Rickenbacker  Causeway,  Pedro sintió  que  la  tensión  se  disolvía.  Viendo  el  cielo  azul  brillante  y  el  agua  resplandeciente  de  Bahía  Vizcaíno y del Atlántico, pensó en lo afortunado que era por vivir en un lugar así. Paula también  parecía  más  relajada  mientras  observaba  el  mar  y  la  estrecha  franja de playa ribeteada de palmeras. La tocó en el brazo para llamar su atención.

Mi Salvador: Capítulo 22

—Tendría  que  estar  ciega,  además  de  sorda,  para  no  encontrarlo  atractivo  —admitió Paula sin dudar.

Se encogió de hombros. No iba a sacar a relucir lo del beso. Casi no se atrevía a pensar en ello, y mucho menos a decírselo a la hermana de Pedro.

—Por  algo  se  empieza  —declaró  Sonia con  evidente  satisfacción—.  Ahora,  ¿Quieres  que  le  echemos  un  vistazo  a  la  ropa  que  te  he  traído?  No  podía  decírselo  a  mis  hermanas,  así  que  todo  lo  que  he  traído  es  mío.  Era  más  sencillo  que  tratar  de  explicarles por qué no podían venir esta misma mañana. Pedro temía que conocernos a las cuatro a la vez fuera demasiado para tí.

—¿Las otras son como tú? —preguntó Paula.

Sonia se rió.

—A mí me gusta pensar que son peores, pero sí, muy parecidas.

—Pues entonces me apetece mucho conocerlas — dijo Paula sinceramente —. Pero Ricky tenía razón. Todas a la vez habría sido demasiado.

Sonia la miró comprensivamente.

—Debes  de  encontrarte  un  poco  perdida.  No  puedo  ni  imaginarme  yéndome  a  la  cama  una  noche,  en  mi  casa,  con  mis  cosas,  y  al  despertarme  descubrir  que  todo,  incluyendo la casa, ha desaparecido. ¿Ha quedado algo que pueda salvarse?

—Si te digo la verdad, no lo sé. Vine aquí directamente desde el hospital, así que no he podido volver y buscar entre los escombros para ver si queda algo.

—¿Quieres  que  vayamos  ahora?  —le  ofreció  Sonia—.  Puedo  llevarte.  Tal  vez  te  sientas mejor si recuperas algo.

Paula deseaba  desesperadamente  aceptar  el  ofrecimiento,  pero  sabía  que  no  se encontraba lo bastante fuerte físicamente para pasar por aquella dura prueba.

—Me  temo  que  todavía  estoy  un  poco  floja.  Y  el  tobillo  y  la  rodilla  me  siguen  doliendo bastante.

—Claro.  ¿En  qué  estaría  yo  pensando?  —  se  disculpó  Sonia—.  Avísame  cuando  quieras ir. Si Pedro no tiene tiempo de llevarte, yo lo haré.

—No puedo pedirte eso. Ya has hecho demasiado.

—Solo  te  he  traído  un  par  de  cosas.  ¿Qué  importancia  tiene  eso?  Si  te  soy  sincera, me alegro de librarme de ellas. Me las compré demasiado pequeñas y tengo la impresión  de  que  se  burlan  de  mí  cada  vez  que  abro  el  armario —Paula no  consiguió  ocultar una sonrisa—. Ya veo que Pedro te ha hablado de mi costumbre de engañarme a mí  misma  en  lo  que  se  refiere  al  peso  —dijo  Sonia—.  En  esta  familia  una  no  puede tener  un  secreto.  Bueno,  no  importa,  tú  les  darás  buen  uso,  así  que,  al  fin  y  al  cabo,  hice bien en comprarlas, ¿No?

—Antes de que veamos la ropa, ¿Puedes hacerme un favor? Me gustaría decirle a mi vecina que estoy aquí. Si no, irá a verme al hospital esta tarde.

—Dame el número y la llamaré ahora mismo.

Después  de  llamar  a  Juana,  Sonia condujo  a  Paula a  la  habitación  de  invitados.  Sobre la cama había un enorme montón de ropa. Pantalones cortos, pantalones anchos, blusas y vestidos, todo ello con la optimista etiqueta de la talla treinta y ocho todavía puesta.

—Lo  sé  —dijo  Sonia con  fastidio  cuando  vió  a  Paula mirando  una  etiqueta—.  No  podría  embutir  estas  caderas  en  una  treinta  y  ocho  ni  en  diez  años,  pero  tengo  derecho a soñar, ¿No? —observó a Paula—. ¿A tí te quedará muy grande?

—No, creo que me quedará perfecta. Elegiré una o dos cosas y...

—No  seas  tonta.  Quédatelo  todo.  Si  hay  algo  que  no  te  gusta,  ya  me  lo  devolverás después.

—Déjame al menos que te lo pague.

—Desde  luego  que  no.  Puede  que  ni  siquiera  te  guste  lo  que  he  traído.  Lo  importante es que te sirva.

—Insisto  en  pagarte  —repitió  Paula con  firmeza—.  Así  podrás  comprarte  otras  cosas.

—Ni  lo  sueñes  —dijo  Sonia,  rebuscando  entre  el  montón  hasta  que  encontró  un  vestido   ligero   de   color   azul   brillante—.   Pruébate   esto.   Seguro   que   te   queda   estupendamente. Es muy sexy.

Paula tomó el vestido. No era de su estilo. Era demasiado llamativo, pero el color iría bien con sus ojos, pensó mientras se quedaba en ropa interior y se lo metía por la cabeza.Le    quedaba  perfecto.  Lo  comprendió  incluso  antes  de  mirarse  al  espejo.  La  sedosa  tela  del  vestido,  sostenido  por  finísimos  tirantes,  se  ajustaba  suavemente  a  sus muslos y a sus pechos y acababa justo por encima de sus rodillas. Alzó  la  mirada  buscando  el  reflejo  de  Sonia en  el  espejo,  pero  en  su  lugar  encontró la cara asombrada de Pedro. Vió los músculos de su cuello tensarse al tragar saliva. Se giró lentamente para mirarlo.

—Estaba...

—Estás...

Ella sonrió, ansiosa de saber qué iba a decir él.

—Tú primero.

—Impresionante —dijo  Pedro,  con  la  mirada  todavía  clavada  en  Paula—.  Estás  impresionante. Ese vestido lo hicieron para tí.

—Pero no sé cuándo me lo voy a poner.

—Claro que sí —dijo él—. Tenemos una cita para ir a bailar, ¿Recuerdas?

A Paula la sorprendió que él recordara su promesa.

—Pensaba que lo habías olvidado.

—Yo nunca olvido una invitación, si se trata de bailar con una mujer bonita.

Los dos se sobresaltaron cuando Sonia agitó una mano para llamar su atención.

—Yo  ya  me  iba  —dijo,  casi  sin  poder  contener  la  risa—.  Aunque  a  ustedes lo  mismo les da.

—Te he oído —dijo Pedro, volviendo a mirar a Paula mientras su hermana salía.

Paula sintió que empezaba a arderle la piel bajo la intensidad de su mirada.

—Has vuelto —dijo y se ruborizó por aquella obviedad.

Los ojos de Pedro brillaron.

—Sí.

—¿No has tenido que marcharte al final?

Él sacudió la cabeza.

—La tormenta se debilitó y giró hacia el mar. Parece que Luisiana está a salvo.

—Eso es fantástico.

Mi Salvador: Capítulo 21

Durante todo el camino de vuelta al parque de bomberos estuvo pensando en las últimas palabras de Paula. «Ten cuidado». Las había dicho como si se preocupara por él. ¿Cuándo había sido la última vez que alguien se había preocupado por él? Por supuesto, su familia lo hacía, pero ya se habían acostumbrado a sus idas y venidas y a los riesgos de  su  trabajo.  Paula era  la  primera  mujer  a  la  que  le  había  permitido  acercarse  lo  bastante a su vida como para que se preocupara por su bienestar.Se dijo a sí mismo que aquello no debía importarle. Si pensaba en ella, perdería su concentración en el trabajo. Por desgracia, era más fácil decirlo que hacerlo.


Paula se quedó despierta mucho rato después de que Pedro se marchara. La había sorprendido  que  hubiera  vuelto  para  decirle  que  tal  vez  tuviera  que  marcharse de la ciudad.Estaba sentada a la mesa de la cocina, poniéndole azúcar al café, cuando alzó la vista y vio a una mujer guapa, de pelo negro y ojos oscuros mirándola intensamente. El aire  de  familia  hubiera  resultado  inconfundible  aunque  no  la  hubiera  visto  la  noche anterior, en una fotografía de los Alfonso.

—Hola —dijo, vacilante—. Eres Sonia, ¿Verdad?

Una sonrisa idéntica a la de Pedro se extendió por la cara de la mujer.

—Y  tú  debes  de  ser  Paula.  Espero  no  haberte  asustado.  No  quería  pillarte  desprevenida.

—Por  desgracia,  ya  estoy  acostumbrada.  Pero  ya  no  me  doy  tantos  sustos  como  antes.

Sonia sonrió y luego miró la cafetera con ansia.

—Gracias  a  Dios.  ¿Puedo  tomarme  un  café?  Esta  mañana  íbamos  con  el  tiempo  justo y tuve que llevar a los niños al colegio sin poder tomarme mi primera taza.

Como  Sonia ya  había  agarrado  una  taza  del  armario,  Paula dedujo  que  no  necesitaba  respuesta.  Y  como  sabía  lo  que  era  necesitar  una  dosis  de  cafeína  para  sentirse civilizado, esperó a que la mujer se sirviera el café y diera el primer sorbo.

—Ah, qué bien —murmuró Sonia, con expresión de alivio. Luego miró a su alrededor—. ¿Dónde está mi hermano?

—Lo llamaron anoche del trabajo. A lo mejor tenía que irse a Luisiana.

—¿Te ha dejado sola en tu primera noche?

Paula  sonrió ante la aparente indignación de Sonia.

—Tenía que irse. No creo que a su jefe le importe que tenga una compañera de casa.

Sonia entornó los ojos.

—Entonces, ¿Esto es solo temporal?

—Claro. Pedro me ofreció quedarme aquí para que pudiera salir del hospital. Los médicos  no  querían  soltarme  hasta  que  tuviera  dónde  quedarme  y  alguien  que  se  asegurara  de  que  reposaba.  Tu  hermano  se  apiadó  de  mí.  En  cuanto  encuentre  un  apartamento, me iré.

Sonia puso una mano sobre la de Paula.

—Hazme un favor, ¿Quieres? No te des mucha prisa.

Paula la miró, confusa.

—¿Por qué?

—Mi hermano no quiere admitirlo, pero necesita a alguien en su vida.

—¿Y  qué  te  hace  pensar  que  yo  podría  ser  ese  alguien?  Tú  no  me  conoces.  Y  él  tampoco, en realidad.

—Te ha invitado a quedarte aquí. Eso ya me dice muchas cosas. En cuanto a mí, puedes pasar la próxima hora satisfaciendo mi curiosidad.

—¿Cómo? —preguntó Paula cautelosamente.

—Quiero saberlo todo de tí, tus secretos más profundos y todas tus esperanzas y sueños.

Asombrada, Paula guardó silencio.

—Oh  oh,  me  parece  que  he  empezado  demasiado  fuerte,  ¿No?  —dijo  Sonia—. Perdona. Es el síndrome de la hermana mayor. Normalmente no tengo oportunidad de conocer  a  las  amigas  de  Pedro,  así  que  mi  curiosidad  nunca  está  saciada.  Es  muy  frustrante.  Supongo  que  en  realidad  no  importa,  porque  enseguida  desaparecen  —sonrió cálidamente—. Pero algo me dice que tú te quedarás.

Paula se quedó sorprendida. ¿Cómo había llegado Sonia a semejante conclusión en menos de quince minutos?

—¿Instinto de hermana mayor? —preguntó.

—Exactamente.  Eres  guapa.  Y  vulnerable  —Paula hizo  amago  de  protestar,  pero  Sonia levantó la mano—. Quizá no de la manera típica y no durante mucho tiempo, pero por  ahora  está  claro  que  necesitas  una  ración  extra  de  mimos  y  cierta  cantidad  de  protección  masculina  —su  sonrisa  se  volvió  picara—.  Y  estás  en  su  casa.  Eso  es  todo,  señoría —hizo una reverencia burlona.

Paula se rió.

—Estás muy segura, ¿No?

—Mucho —su sonrisa se desvaneció—. A no ser que tú no estés interesada en él. Pero encuentras atractivo a nuestro Pedro, ¿Verdad?

lunes, 16 de abril de 2018

Mi Salvador: Capítulo 20

Pedro nunca  había  sentido  tanto  alivio  al  recibir  una  llamada  de  emergencia  como al ver a Paula sentada frente a él, desafiándolo a besarla otra vez. Ella decía estar de acuerdo en que no se produjeran más episodios como el de la cocina.  Pero  en  sus  ojos  había  un  reto.  En  realidad,  estaba  seguro  que  ella  lo  retaría a romper su acuerdo antes incluso de concretarlo.Y  estaba  seguro  que  él  lo  rompería  porque  la  deseaba  más  que  nunca.  Durante  aproximadamente   diez   segundos   había   intentado   convencerse   de   que   eran  las  circunstancias y la proximidad las que despertaban en él aquel deseo, pero luego había comprendido que no era así. Era Paula, pura y simplemente. Así que, cuando sonó el busca, se marchó  a toda prisa. Se puso en camino hacia el parque de bomberos antes incluso de llamar por el teléfono para saber qué pasaba. En  realidad,  podía  haber  sido  Tom  que  quería  jugar  una  partida  de  póquer.  Pero  no  importaba lo que fuera, mientras lo alejase de la tentación.Resultó que el teniente los había llamado porque un huracán amenazaba la costa del  golfo  de  Luisiana.  Eso  significaba  otra  larga  noche  de  guardia.  Normalmente,  la  espera  lo  ponía  nervioso,  pero  esa  noche  su  impaciencia  se  agudizó  por  el  hecho  de  haber dejado a Paula sola en casa. Descolgó el teléfono, pero enseguida se dió cuenta de que no podía llamarla. Y no tenía otra forma de decirle cuándo volvería a casa.

—Maldita sea —murmuró, dejando el auricular en su sitio.

Trató de decirse que no le debía nada, pero se sentía incapaz de dejarla preguntándose qué había sido de él.

—¿Qué  te  pasa?  —preguntó  Sergio,  mirándolo  con  curiosidad—.  ¿Has  tenido  que  cancelar una cita?

—No, es por Paula—respondió él sin pensarlo.

Los ojos de Sergio brillaron.

—¿Paula?  ¿La  misma  Paula a  la  que  sacaste  de  los  escombros  el  otro  día?  ¿Qué  pasa con ella?

Pedro había  decidido  no  contarle  nada  de  todo  aquello  a  su  compañero.  Sergio armaría  un  escándalo,  y  a  él  lo  fastidiaba  pensar  en  las  interminables  bromas  que  circularían por el parque. Y, por alguna razón, no quería que el nombre de Paula fuera de boca en boca como si se tratara de otra de sus conquistas, de fin de semana.

—No importa. No es nada —dijo él—. Ya se me ocurrirá algo.

Sergio lo miró con fingida aflicción.

—¿Quién  mejor  que  yo  para  ayudarte,  yo  que  soy  tu  camarada,  tu  amigo,  el  hombre al que confías tu vida?

—No puedes ayudarme. Tú estás en el mismo barco que yo, aquí, esperando para zarpar, por así decirlo.

Sergio se sentó a horcajadas en un banco y miró fijamente a Pedro.

—Siéntate y cuéntamelo.

Pedro comprendió que no iba a dejarlo correr. Dando un suspiro, se sentó.

—Paula está en casa —empezó a decir.

—¿En tu casa? —preguntó Sergio, con los ojos como platos.

— Sí, en mi casa —respondió Pedro con impaciencia—. ¿En cuál si no?

—Pensaba que te referías a la de tu madre.

Y probablemente ese hubiera sido el mejor sitio para llevarla, pensó Pedro. Un  lugar  neutral.  Su  madre  lo  habría  bombardeado  con  preguntas,  pero  por  lo  menos  sus negativas de que Paula significara algo para él habrían resultado más convincentes si se hubiera alojado con su familia, y no con él. Además, allí hubiera sido mucho más fácil evitar aquellos besos que amenazaban con  llevarlos  a  un  terreno  peligroso.  Bajo  la  mirada  vigilante  de  su  madre,  habría  tenido suerte de darle a Paula un beso en la mejilla. En fin, pensó con un suspiro. Ya era demasiado tarde.Sergio lo miró con aprobación.

— Así que la hermosa Paula está en tu casa. Muy bien, Pedro. Has hecho un trabajo rápido.

—No tenía adonde ir —dijo él, a la defensiva—.Pero eso no importa ahora.

Su amigo sonrió. Evidentemente, disfrutaba de la incomodidad de Pedro.

—Pues explícame qué es lo que importa. Soy todo oídos.

—Cuando  salí  de  casa  no  sabía  que  íbamos  a  quedarnos  aquí  indefinidamente.  Y  ahora no tengo forma de avisarla.

—¿No  puedes...?  —Sergio miró  el  teléfono  y  luego  asintió,  comprendiendo—.  No,  claro que no puedes.

A  Pedro le  parecía  completamente  inaceptable  dejarla  allí,  sola,  preguntándose  dónde estaría. De modo que decidió que solo podía hacer una cosa.

—¿Puedes cubrirme? —le preguntó a Sergio—. Iré corriendo a casa, le explicaré lo que pasa y estaré de vuelta dentro de veinte minutos.

Por una vez, Sergio no respondió con una de sus bromas. Solo asintió.

—Anda, vete.

—Gracias. Te debo una. Estaré aquí dentro de veinte minutos, como mucho.

Estaba ya casi en la puerta cuando Sergio le gritó:

—No te entretengas haciendo manitas.

—Paula y yo no hacemos manitas —replicó. «Todavía no, por lo menos».

Llegó  a  casa  en  cinco  minutos  y  lo  sorprendió  encontrarla  prácticamente  a  oscuras,  salvo  por  la  lámpara  encendida  del  cuarto  de  estar.  Los  restos  de  la  cena  habían  desaparecido  y  los  platos  estaban  lavados.  Pedro se  dirigió  hacia  el  cuarto  de  invitados  y  maldijo  al  ver  que  la  luz  estaba  apagada. Paula probablemente  estaría dormida. Tendría que despertarla, y seguro que se llevaría un susto de muerte. «Déjale una nota», le susurró una vocecita en la cabeza. Sabía que eso era lo más sensato, pero siguió avanzando hacia la habitación. Abrió  la  puerta  sigilosamente.  En  cuando  la  luz  del  pasillo  inundó  la  habitación,  ella se incorporó, asustada.

—¿Pedro?

Él encendió la luz y entró en la habitación para que ella pudiera verlo.

—Lo siento —dijo—. No sabía si despertarte o no. Voy a tener que quedarme en el  parque  unas  horas  y  tal  vez  tenga  que  salir  de  la  ciudad.  No  se  me  ocurría  otra  forma de avisarte.

Procuró no pensar en que Paula tenía los hombros desnudos, sobre los que le caía suavemente el pelo revuelto. Cielos,  estaba  desnuda  bajo  la  sábana.  Con  la  imaginación,  sin  poder  evitarlo,  Pedro retiró la sábana. Por suerte, ella lo estaba mirando fijamente a la cara, de modo que  tal  vez  no  se  daría  cuenta  de  la  inconfundible  evidencia  de  su  erección  bajo  la  cremallera de los vaqueros, que de pronto le resultaban incómodos.

—¿Un huracán? —preguntó ella—. ¿El que se dirigía hacia Luisiana?

—Exactamente.

—Lo he visto en las noticias. ¿Hay algo que pueda hacer por tí, si tienes que irte? ¿Apolo...?

—Apolo se  viene  conmigo.  Solo  échale  un  vistazo  a  las  plantas  —dijo  él—. Siéntete como en casa. Y no olvides que Sonia vendrá por la mañana. Tiene una llave, así que no te sorprendas si la ves entrar. Sabe que no puedes oír el timbre.

Ella asintió.

—La estaré esperando.

Él apartó la mirada y dió un paso atrás.

—Será mejor que me vaya. Buenas noches, Paula.

—Buenas  noches.  Y  ten  cuidado. 

Él  apagó  la  luz  y  cerró  la  puerta  muy  despacio. Luego se apoyó contra la pared del pasillo y esperó a que se le calmara el pulso. Tenía un problema. Un gran problema.

Mi Salvador: Capítulo 19

—Oh, sí —dijo él suavemente.

—¿Te ha hecho muchas preguntas?

—Mi hermana hace más preguntas que un periodista de investigación —contestó él, esbozando una sonrisa.

—¿Y se ha quedado satisfecha con tus respuestas?

—Solo por el momento —admitió él—. Pero me ha prometido mantener alejadas a las demás un día o dos a cambio de que me quede con sus hijos un fin de semana.

Paula sonrió.

—¿La has chantajeado?

—Querías paz y tranquilidad, ¿No?

—No tanto como tú, por lo que parece — se burló ella—. Crees que tus hermanas empezarán a especular sobre mi presencia aquí, ¿Verdad?

—Pues sí —dijo él con convicción—. No sabes cuánto.

—Entonces será mejor que no nos pillen besándonos —dijo Paula.

Él volvió a fruncir el ceño.

—No habrá más besos —declaró con una mueca de determinación.

—Qué lástima —dijo ella, sorprendida por su propia audacia.

Él dejó lentamente el tenedor en el plato y se inclinó hacia ella.

—Paula, no me hagas esto.

—¿Hacerte qué? —preguntó cándidamente.

—Provocarme.

—¿Eso es lo que hago?

—Maldita sea, ya lo sabes —dijo él con evidente frustración—. Déjalo.

—¿Por qué?

Él parpadeó y la miró fijamente.

—¿Por qué, qué?

—¿Por qué voy a dejarlo?

— Sabes perfectamente que no forma parte del acuerdo.

—Cierto —dijo ella—. Pero es una gratificación.

—No tienes que sentirte obligada a... — empezó a decir él.

Antes  de  que  pudiera  terminar,  Paula sintió  que  algo  parecido  a  la  furia  comenzaba  a  agitarse  en  su  interior. La  sensación  le  resultaba  poco  familiar  porque  siempre tardaba mucho en enfadarse. Pero de pronto sintió que la ira bullía dentro de ella con vehemencia.

—¿Obligada? —dijo, alzando la voz lo bastante para acallar a Pedro. Dejó que su voz subiera un decibelio más al repetir la palabra. Él dió un respingo—. Yo no me siento obligada  a  nada  —exclamó—.  Te  he  besado  porque  quería,  no  porque  me  sintiera  obligada.  ¿Qué  tiene  que  ver  esa  palabra  con  el  hecho  de  que  me  haya  mudado  aquí?  ¿Pensabas  que  tarde  o  temprano  me  sentiría  «obligada»  a  hacer  algo  más  que  intercambiar unos cuantos besos? ¿Es eso lo que pretendías?

Pedro se pasó las manos por la cara.

—Mira,   yo   no   pretendía   nada   —declaró,   poniéndose  a  la   defensiva—. Naturalmente,  no  me  debes  nada  por  quedarte  aquí.  No  hay  ninguna  condición. Ninguna. Eso precisamente intentaba explicarte antes de que te pusieras así. Tal vez no me has entendido bien.

—No te oigo, pero leo tus labios perfectamente. Esto no tiene nada que ver con que yo sea sorda.

Él se puso tenso.

—No, claro que no. Siento que te lo hayas tomado así. Lo que ocurre es que vamos a tener que acostumbrarnos el uno al otro. Apenas nos conocemos. Es normal que haya malentendidos. No tiene nada que ver con que tú seas sorda.

Paula suspiró.  Tal  vez  estuviera  exagerando.  Tendía  a  ponerse  a  la  defensiva  cuando se hablaba de su sordera.

—Quizá deberíamos establecer ciertas reglas —sugirió.

—Creo que eso intentaba cuando he dicho que no habría más besos —dijo él con evidente frustración.

—Supongo que  podríamos  empezar  por  ahí  —añadió  ella,  ocultando  el  malestar  que le producía aceptar tal cosa.

Porque, a pesar de la expresión de alivio de Pedro, Paula sabía positivamente que semejante acuerdo estaba abocado al fracaso.