Paula observó la gradación de expresiones del semblante de Pedro y se alegró de haber conseguido sorprenderlo. Sabía que jugaba con fuego, pero también confiaba en él más de lo que había confiado nunca en nadie. Pedro había dicho que no se aprovecharía de la situación, y ella lo creía. Eso le dejaba vía libre para probar sus poderes de seducción. Observó la expresión aturdida de él y se felicitó. Por el momento, parecían ser bastante buenos.
—¿Cuál de tus sobrinos juega esta tarde?
Pedro la miró desconcertado.
—¿Qué?—Te preguntaba por el fútbol. ¿Juega alguno de los hijos de Sonia?
Él asintió.
—Tomás. Es bastante bueno.
—¿Cuántos años tiene?
—Seis.
—¿Y hay campeonatos para niños de seis años?
—Por supuesto. Claro que lo que hacen no se parece mucho al fútbol, pero se lo pasan bien y le ponen mucho entusiasmo. Mi cuñado es el entrenador.
—¿Y por qué no lo eres tú?
Él sonrió.
—Lo fui durante una semana, pero siempre se me olvidaba que solo tienen seis años. Mi espíritu competitivo salía a relucir, y los presionaba demasiado. Después del primer partido, mi hermana amenazó con echarme del campo. Así que llegamos a un acuerdo. Yo puedo sentarme en las gradas, pero tengo que mantener la boca cerrada. Sonia se sienta a mi lado para asegurarse de que no se me olvida. Estoy seguro de que su marido y ella hacen apuestas sobre cuánto tiempo me quedaré callado.
Paula se echó a reír.
—¿Y quién apuesta por tí?
—Nadie —admitió él—. La cuestión no es si romperé mi promesa, sino cuánto tiempo tardaré en romperla —la observó detenidamente—. ¿Cómo te encuentras? ¿Crees que podrás venir al partido? Hoy tienes mejor color.
—Me encuentro mejor —dijo ella—. Pero no sé si podré aguantar un partido entero, y no quiero que tengas que irte antes de que acabe.
—¿Es que no me has oído? Probablemente les harás un favor a todos si me sacas de allí. Te ganarás la eterna gratitud de Sonia, por no decir la del pequeño Tomás.
—Entonces me encantaría ir —dijo ella, deseando volver a ver a Sonia y conocer a su familia—. ¿Los otros niños también estarán allí?
—Claro, aunque normalmente andan por ahí, corriendo y haciendo de las suyas.
Media hora después, Pedro detuvo el coche en el estacionamiento de un campo de fútbol. Al parecer, el partido había dado comienzo, porque la atención de los adultos de las gradas estaba concentrada en el terreno de juego. Mientras Paula y Pedro se acercaban, tres niños morenos, cuya edad variaba entre los tres y los siete u ocho años, salieron corriendo hacia ellos.
—¿Sabes qué? —gritó el mayor, con la cara colorada por la excitación—. Tomás ha metido un gol, él solo.
—Porque el portero salió del campo para hacer pis —dijo su hermano menor.
Pedro se echó a reír.
—Vaya, entonces debió de resultarle fácil — dijo y luego se volvió hacia Paula—. A los seis años, no hay manera de meterles en la cabeza que tienen que esperar a que los sustituyan.
—Ya me lo imagino —dijo ella—. ¿Te alegras de no ser el entrenador?
—Me alegro de no ser el entrenador del equipo contrario.
El niño más pequeño tiró de su mano.
—Tío Pepe, tío Pepe...
—¿Qué pasa? —preguntó, tomando al pequeño en brazos.
El niño señaló a Paula.
—¿Quién es esta? ¿Es de la que habla todo el mundo?
Paula se quedó algo desconcertada al descubrir que se había convertido en tema de conversación de toda la familia, pero Pedro no pareció sorprendido.
—Sí —le dijo a su sobrino—, es mi amiga, Paula Chaves. Paula, este diablillo es Mateo. Y su hermano mayor es Joaquín. Joaquín es un músico en ciernes.
Joaquín le tendió educadamente la mano.
—Hola.
Paula lo miró con inmediato interés.
—¿Qué instrumento tocas?
—El violín —dijo el niño tímidamente.
—Yo antes también tocaba el violín —dijo ella, consciente de que Pedro la estaba observando con sorpresa—. Antes de perder el oído, quería ser directora de orquesta. A veces, hasta tocaba con una orquesta sinfónica.
Joaquín abrió mucho los ojos.
—Guau, eso es fantástico. ¿Por qué no nos lo habías dicho, tío Pepe?
—Porque hasta ahora no lo sabía.
Paula sintió un golpecito en el brazo y miró hacia abajo.
—Yo también soy mayor —protestó el niño al que todavía no le habían presentado—. Soy Ramiro, pero mis amigos me llaman Rami. Tengo, cinco años.
Paula sonrió.
—Me alegro de conocerte, Rami.
—¿Es verdad que estabas enterrada viva? —preguntó Joaquín, evidentemente fascinado por aquella idea aterradora.
Paula sintió un escalofrío. Pedro se puso tenso.
—Perdona —le dijo a Paula, y miró a su sobrino—. Joaquín, esas preguntas no se hacen.
—Pero mamá dice...
—Me da igual lo que diga tu madre. No es de buena educación preguntar por algo tan desagradable. ¿A tí te apetecería hablar de ello si te hubieras quedado atrapado en un edificio en ruinas?
Naturalmente, un niño de siete años no podía comprender el horror de aquella circunstancia.
miércoles, 18 de abril de 2018
Mi Salvador: Capítulo 24
—Es bonita la vista, ¿Verdad? Mira hacia atrás, hacia la ciudad —sugirió, señalando la silueta de Miami por encima de su hombro izquierdo.
Paula asintió.
—Sí, lo sé. Este es mi paseo preferido. Vengo a Cayo Vizcaíno casi todos los fines de semana.
—¿Conoces el restaurante del parque?
—¿El del faro?
Él sacudió la cabeza.
—No, el otro.
El semblante de Paula se iluminó.
—No sabía que hubiera otro.
—Te va a encantar —prometió él.
Después de atravesar el pueblecito de Cayo Vizcaíno, con su hilera de casitas y hoteles frente al mar a un lado y de mansiones al otro, llegaron al parque municipal que había en el extremo de la isla. Pedro pagó la entrada, luego giró a la derecha y entraron en una ensenada en la que había un pequeño embarcadero. Construido sobre pilotes, de modo que quedaba suspendido sobre el agua, había un pequeño y discreto restaurante con una terraza que miraba hacia el sudoeste. La vista era mejor al atardecer, pero, incluso a mediodía, estar allí era como encontrarse en una isla desierta, en lugar de a pocos minutos del centro de Miami. Unos cuantos botes se balanceaban anclados en el muelle. Había algunas personas sentadas, cenando pescado fresco y disfrutando de la suave brisa que aplacaba el sofocante calor de principios de octubre.
—¿Te gusta? —le preguntó Pedro a Paula.
—Es precioso —dijo ella.
—Un poco rústico, pero el pescado es estupendo. Cualquiera diría que acaban de pescarlo.
Después de pedir dos platos de pescado y bebidas, una soda para ella y una cerveza para él, Pedro se recostó en la silla dando un suspiro. Al cabo de un momento, sintió la mirada de Paula posada en él. Ella le dirigió una lenta sonrisa.
—Ya tienes mejor aspecto —dijo.
—Me siento mejor. Perdona por lo de antes.
—¿Quieres contarme por qué estabas tan tenso?
—No.
—Pero era por mí, ¿Verdad? Pedro, si nuestro acuerdo no te gusta, dímelo. Puedo encontrar otro sitio donde quedarme. No quiero aprovecharme de un ofrecimiento impulsivo que a lo mejor preferirías no haber hecho.
—No es eso —protestó él—. Es solo que no había contado con...
—¿Qué? Dímelo. Tenemos que ser capaces de comunicarnos.
Paula tenía una mirada tan confiada, tan expectante, que Pedro comprendió que no sería capaz de mentirle a la cara solo para evitarse una situación incómoda.
— De acuerdo, ¿Quieres saber la verdad pura y dura?
—Por supuesto.
Él pensó en media docena de formas de expresarlo, antes de decidirse a soltarlo a bocajarro.
—Me siento atraído por tí.
Para sorpresa suya, ella dejó escapar un exagerado suspiro de alivio.
—Gracias a Dios —dijo—. Creía que solo eran imaginaciones mías.
—Esto no tiene gracia, Paula.
Ella puso una mano sobre la suya.
—Pedro, somos adultos. No voy a meterme en la cama con un hombre solo porque me sienta atraída por él, pero eso no significa que no admita lo evidente.
Él entrecerró los ojos.
—¿Y qué es lo evidente?
—Que yo también me siento atraída por tí.
Pedro ignoraba si debía sentirse aliviado o atemorizado por aquella declaración. Desde luego, aquello complicaba las cosas.
—Solo quiero que sepas que no voy a hacer nada para aprovecharme de la situación —dijo.
Ella lo miró, divertida.
—Bien, porque yo no lo permitiría aunque lo intentaras.
Lo dijo con absoluta confianza, como si tuviera muchísima experiencia en defenderse de hombres como él. Pedro dudaba de que así fuera, pero su confianza le pareció admirable. O quizá fuera que Paula dudaba de sus dotes de persuasión. Tomó la mano que había estado descansando sobre la suya.
—Ten cuidado, cariño. Algunos hombres podrían considerar eso como un desafío.
—¿Y tú eres uno de ellos? —le preguntó ella, con más curiosidad que temor.
—A veces —admitió él—. Normalmente no soy de los que dejan pasar un reto.
Para sorpresa suya, los labios de Paula se curvaron en una lenta y provocativa sonrisa.
—Entonces será muy interesante ver cómo te las apañas con este, ¿No crees?
Él gruñó. Paula Chaves no dejaba de sorprenderlo. Algo le decía que, por primera vez en su vida, había encontrado la horma de su zapato.
Paula asintió.
—Sí, lo sé. Este es mi paseo preferido. Vengo a Cayo Vizcaíno casi todos los fines de semana.
—¿Conoces el restaurante del parque?
—¿El del faro?
Él sacudió la cabeza.
—No, el otro.
El semblante de Paula se iluminó.
—No sabía que hubiera otro.
—Te va a encantar —prometió él.
Después de atravesar el pueblecito de Cayo Vizcaíno, con su hilera de casitas y hoteles frente al mar a un lado y de mansiones al otro, llegaron al parque municipal que había en el extremo de la isla. Pedro pagó la entrada, luego giró a la derecha y entraron en una ensenada en la que había un pequeño embarcadero. Construido sobre pilotes, de modo que quedaba suspendido sobre el agua, había un pequeño y discreto restaurante con una terraza que miraba hacia el sudoeste. La vista era mejor al atardecer, pero, incluso a mediodía, estar allí era como encontrarse en una isla desierta, en lugar de a pocos minutos del centro de Miami. Unos cuantos botes se balanceaban anclados en el muelle. Había algunas personas sentadas, cenando pescado fresco y disfrutando de la suave brisa que aplacaba el sofocante calor de principios de octubre.
—¿Te gusta? —le preguntó Pedro a Paula.
—Es precioso —dijo ella.
—Un poco rústico, pero el pescado es estupendo. Cualquiera diría que acaban de pescarlo.
Después de pedir dos platos de pescado y bebidas, una soda para ella y una cerveza para él, Pedro se recostó en la silla dando un suspiro. Al cabo de un momento, sintió la mirada de Paula posada en él. Ella le dirigió una lenta sonrisa.
—Ya tienes mejor aspecto —dijo.
—Me siento mejor. Perdona por lo de antes.
—¿Quieres contarme por qué estabas tan tenso?
—No.
—Pero era por mí, ¿Verdad? Pedro, si nuestro acuerdo no te gusta, dímelo. Puedo encontrar otro sitio donde quedarme. No quiero aprovecharme de un ofrecimiento impulsivo que a lo mejor preferirías no haber hecho.
—No es eso —protestó él—. Es solo que no había contado con...
—¿Qué? Dímelo. Tenemos que ser capaces de comunicarnos.
Paula tenía una mirada tan confiada, tan expectante, que Pedro comprendió que no sería capaz de mentirle a la cara solo para evitarse una situación incómoda.
— De acuerdo, ¿Quieres saber la verdad pura y dura?
—Por supuesto.
Él pensó en media docena de formas de expresarlo, antes de decidirse a soltarlo a bocajarro.
—Me siento atraído por tí.
Para sorpresa suya, ella dejó escapar un exagerado suspiro de alivio.
—Gracias a Dios —dijo—. Creía que solo eran imaginaciones mías.
—Esto no tiene gracia, Paula.
Ella puso una mano sobre la suya.
—Pedro, somos adultos. No voy a meterme en la cama con un hombre solo porque me sienta atraída por él, pero eso no significa que no admita lo evidente.
Él entrecerró los ojos.
—¿Y qué es lo evidente?
—Que yo también me siento atraída por tí.
Pedro ignoraba si debía sentirse aliviado o atemorizado por aquella declaración. Desde luego, aquello complicaba las cosas.
—Solo quiero que sepas que no voy a hacer nada para aprovecharme de la situación —dijo.
Ella lo miró, divertida.
—Bien, porque yo no lo permitiría aunque lo intentaras.
Lo dijo con absoluta confianza, como si tuviera muchísima experiencia en defenderse de hombres como él. Pedro dudaba de que así fuera, pero su confianza le pareció admirable. O quizá fuera que Paula dudaba de sus dotes de persuasión. Tomó la mano que había estado descansando sobre la suya.
—Ten cuidado, cariño. Algunos hombres podrían considerar eso como un desafío.
—¿Y tú eres uno de ellos? —le preguntó ella, con más curiosidad que temor.
—A veces —admitió él—. Normalmente no soy de los que dejan pasar un reto.
Para sorpresa suya, los labios de Paula se curvaron en una lenta y provocativa sonrisa.
—Entonces será muy interesante ver cómo te las apañas con este, ¿No crees?
Él gruñó. Paula Chaves no dejaba de sorprenderlo. Algo le decía que, por primera vez en su vida, había encontrado la horma de su zapato.
Mi Salvador: Capítulo 23
Él parpadeó y luego apartó la mirada.
—Voy a darme una ducha. ¿Ya has desayunado?
— Sí, pero puedo prepararte algo.
Él sacudió la cabeza.
—He tomado algo en el parque.
Paula asintió, notando que la incomodidad del día anterior se apoderaba de ella otra vez. ¿Qué haría Pedro normalmente el resto del día? No quería interferir en sus planes.
—Mira, haz lo que quieras. Yo creo que voy a salir al jardín a leer un rato y luego me echaré una siesta.
—¿Con ese vestido? —preguntó él, con expresión divertida.
Ella miró hacia abajo, sorprendida.
—Claro que no. Me pondré otra cosa — señaló hacia el montón de ropa—. Tu hermana ha venido cargada.
—Ya lo veo.
Temblando ligeramente al agarrar los tiradores, Paula abrió el armario y comenzó a colocar la ropa sin apenas mirarla. Un momento después sintió un golpecito en el hombro.
—¿Sí? —se volvió para mirar a Pedro.
Con las manos metidas en los bolsillos, él parecía un poco incómodo.
—¿Quieres que salgamos a comer fuera? —le preguntó—. Si no estás muy cansada...
Ella asintió.
—Estaría bien.
—Después tengo que ir a un partido de fútbol que juegan mis sobrinos. Puedes venirte, si te apetece, o puedo traerte a casa otra vez.
Paula deseaba desesperadamente acompañarlo y sentirse como si hubiera entrado a formar parte de su gran familia, pero la verdad era que todavía se fatigaba fácilmente.
—¿Puedo decidirlo luego?
—Claro.
Pedro se marchó y ella se quedó con un montón de ropa en los brazos. Su decisión de quedarse allí le parecía más complicada con cada segundo que pasaba. La innegable atracción que había entre ellos, la generosidad de su hermana, toda una vida deseando reuniones ruidosas y vínculos familiares... Todo era demasiado tentador para ella. Le daba miedo empezar a desear algo que no estaba previsto.Pero hacía años había prometido no permitir que el miedo controlara su vida. Aquella experiencia podía ser totalmente inesperada y quizá tuviera un final doloroso, pero, mientras tanto, disfrutaría de ella cada segundo.
Pedro se dió una ducha helada para enfriarse antes de volver a mirar a Paula a la cara. Ese vestido que su hermana le había llevado debería haber estado prohibido... salvo en la intimidad de su casa, donde no le importaría verla con él puesto de día y de no che. Solo era un vestido playero, nada elegante, pero acentuaba sus potentes ojos, se ajustaba a cada curva de su cuerpo y dejaba entrever una cantidad algo excesiva de su piel satinada. Le había prometido llevarla a bailar para que pudiera lucirlo, pero ya le parecía detestable la idea de que otros hombres la miraran. Cuando fue a buscarla, después de la ducha, vió con alivio que ya se había cambiado, aunque los pantalones cortos y la camiseta que se había puesto no mejoraban mucho la situación. Paula todavía estaba demasiado tentadora. Ella frunció el ceño al ver cómo la miraba.
—¿Va todo bien?
—Claro —dijo él secamente—. ¿Estás lista?
—Cuando quieras.
Él señaló hacia la puerta y la siguió fuera, intentando apartar la mirada del contoneo de sus esbeltas caderas y de la parte que se veía de sus bonitos muslos. Como siguiera así, iba a tener que comprarse los pantalones una talla más grandes.
—¿Te apetece comer en algún sitio en especial? —le preguntó cuando entraron en el coche.
—Decide tú. Lo que a tí te venga bien.
—¿Siempre eres tan complaciente? —preguntó él, irritado.
Ella lo miró fijamente.
—Pensaba que estaba siendo considerada —dijo, tensa—. Si hay algún problema, puedo quedarme aquí.
Pedro suspiró.
—Claro que no. El único problema soy yo. Estoy cansado y malhumorado y lo pago contigo.
—Quizá sería mejor que te echaras una siesta, en vez de salir a comer —sugirió.
Pedro apretó los dientes.
—Vamos a comer —insistió, aliviado porque Paula no pudiera oír su tono de voz, que no era precisamente amable—. Conozco un lugar perfecto. Seguro que me pone de mejor humor.
Ella le lanzó una mirada irónica.
—Entonces, vamos.
Mientras conducía a través de Rickenbacker Causeway, Pedro sintió que la tensión se disolvía. Viendo el cielo azul brillante y el agua resplandeciente de Bahía Vizcaíno y del Atlántico, pensó en lo afortunado que era por vivir en un lugar así. Paula también parecía más relajada mientras observaba el mar y la estrecha franja de playa ribeteada de palmeras. La tocó en el brazo para llamar su atención.
—Voy a darme una ducha. ¿Ya has desayunado?
— Sí, pero puedo prepararte algo.
Él sacudió la cabeza.
—He tomado algo en el parque.
Paula asintió, notando que la incomodidad del día anterior se apoderaba de ella otra vez. ¿Qué haría Pedro normalmente el resto del día? No quería interferir en sus planes.
—Mira, haz lo que quieras. Yo creo que voy a salir al jardín a leer un rato y luego me echaré una siesta.
—¿Con ese vestido? —preguntó él, con expresión divertida.
Ella miró hacia abajo, sorprendida.
—Claro que no. Me pondré otra cosa — señaló hacia el montón de ropa—. Tu hermana ha venido cargada.
—Ya lo veo.
Temblando ligeramente al agarrar los tiradores, Paula abrió el armario y comenzó a colocar la ropa sin apenas mirarla. Un momento después sintió un golpecito en el hombro.
—¿Sí? —se volvió para mirar a Pedro.
Con las manos metidas en los bolsillos, él parecía un poco incómodo.
—¿Quieres que salgamos a comer fuera? —le preguntó—. Si no estás muy cansada...
Ella asintió.
—Estaría bien.
—Después tengo que ir a un partido de fútbol que juegan mis sobrinos. Puedes venirte, si te apetece, o puedo traerte a casa otra vez.
Paula deseaba desesperadamente acompañarlo y sentirse como si hubiera entrado a formar parte de su gran familia, pero la verdad era que todavía se fatigaba fácilmente.
—¿Puedo decidirlo luego?
—Claro.
Pedro se marchó y ella se quedó con un montón de ropa en los brazos. Su decisión de quedarse allí le parecía más complicada con cada segundo que pasaba. La innegable atracción que había entre ellos, la generosidad de su hermana, toda una vida deseando reuniones ruidosas y vínculos familiares... Todo era demasiado tentador para ella. Le daba miedo empezar a desear algo que no estaba previsto.Pero hacía años había prometido no permitir que el miedo controlara su vida. Aquella experiencia podía ser totalmente inesperada y quizá tuviera un final doloroso, pero, mientras tanto, disfrutaría de ella cada segundo.
Pedro se dió una ducha helada para enfriarse antes de volver a mirar a Paula a la cara. Ese vestido que su hermana le había llevado debería haber estado prohibido... salvo en la intimidad de su casa, donde no le importaría verla con él puesto de día y de no che. Solo era un vestido playero, nada elegante, pero acentuaba sus potentes ojos, se ajustaba a cada curva de su cuerpo y dejaba entrever una cantidad algo excesiva de su piel satinada. Le había prometido llevarla a bailar para que pudiera lucirlo, pero ya le parecía detestable la idea de que otros hombres la miraran. Cuando fue a buscarla, después de la ducha, vió con alivio que ya se había cambiado, aunque los pantalones cortos y la camiseta que se había puesto no mejoraban mucho la situación. Paula todavía estaba demasiado tentadora. Ella frunció el ceño al ver cómo la miraba.
—¿Va todo bien?
—Claro —dijo él secamente—. ¿Estás lista?
—Cuando quieras.
Él señaló hacia la puerta y la siguió fuera, intentando apartar la mirada del contoneo de sus esbeltas caderas y de la parte que se veía de sus bonitos muslos. Como siguiera así, iba a tener que comprarse los pantalones una talla más grandes.
—¿Te apetece comer en algún sitio en especial? —le preguntó cuando entraron en el coche.
—Decide tú. Lo que a tí te venga bien.
—¿Siempre eres tan complaciente? —preguntó él, irritado.
Ella lo miró fijamente.
—Pensaba que estaba siendo considerada —dijo, tensa—. Si hay algún problema, puedo quedarme aquí.
Pedro suspiró.
—Claro que no. El único problema soy yo. Estoy cansado y malhumorado y lo pago contigo.
—Quizá sería mejor que te echaras una siesta, en vez de salir a comer —sugirió.
Pedro apretó los dientes.
—Vamos a comer —insistió, aliviado porque Paula no pudiera oír su tono de voz, que no era precisamente amable—. Conozco un lugar perfecto. Seguro que me pone de mejor humor.
Ella le lanzó una mirada irónica.
—Entonces, vamos.
Mientras conducía a través de Rickenbacker Causeway, Pedro sintió que la tensión se disolvía. Viendo el cielo azul brillante y el agua resplandeciente de Bahía Vizcaíno y del Atlántico, pensó en lo afortunado que era por vivir en un lugar así. Paula también parecía más relajada mientras observaba el mar y la estrecha franja de playa ribeteada de palmeras. La tocó en el brazo para llamar su atención.
Mi Salvador: Capítulo 22
—Tendría que estar ciega, además de sorda, para no encontrarlo atractivo —admitió Paula sin dudar.
Se encogió de hombros. No iba a sacar a relucir lo del beso. Casi no se atrevía a pensar en ello, y mucho menos a decírselo a la hermana de Pedro.
—Por algo se empieza —declaró Sonia con evidente satisfacción—. Ahora, ¿Quieres que le echemos un vistazo a la ropa que te he traído? No podía decírselo a mis hermanas, así que todo lo que he traído es mío. Era más sencillo que tratar de explicarles por qué no podían venir esta misma mañana. Pedro temía que conocernos a las cuatro a la vez fuera demasiado para tí.
—¿Las otras son como tú? —preguntó Paula.
Sonia se rió.
—A mí me gusta pensar que son peores, pero sí, muy parecidas.
—Pues entonces me apetece mucho conocerlas — dijo Paula sinceramente —. Pero Ricky tenía razón. Todas a la vez habría sido demasiado.
Sonia la miró comprensivamente.
—Debes de encontrarte un poco perdida. No puedo ni imaginarme yéndome a la cama una noche, en mi casa, con mis cosas, y al despertarme descubrir que todo, incluyendo la casa, ha desaparecido. ¿Ha quedado algo que pueda salvarse?
—Si te digo la verdad, no lo sé. Vine aquí directamente desde el hospital, así que no he podido volver y buscar entre los escombros para ver si queda algo.
—¿Quieres que vayamos ahora? —le ofreció Sonia—. Puedo llevarte. Tal vez te sientas mejor si recuperas algo.
Paula deseaba desesperadamente aceptar el ofrecimiento, pero sabía que no se encontraba lo bastante fuerte físicamente para pasar por aquella dura prueba.
—Me temo que todavía estoy un poco floja. Y el tobillo y la rodilla me siguen doliendo bastante.
—Claro. ¿En qué estaría yo pensando? — se disculpó Sonia—. Avísame cuando quieras ir. Si Pedro no tiene tiempo de llevarte, yo lo haré.
—No puedo pedirte eso. Ya has hecho demasiado.
—Solo te he traído un par de cosas. ¿Qué importancia tiene eso? Si te soy sincera, me alegro de librarme de ellas. Me las compré demasiado pequeñas y tengo la impresión de que se burlan de mí cada vez que abro el armario —Paula no consiguió ocultar una sonrisa—. Ya veo que Pedro te ha hablado de mi costumbre de engañarme a mí misma en lo que se refiere al peso —dijo Sonia—. En esta familia una no puede tener un secreto. Bueno, no importa, tú les darás buen uso, así que, al fin y al cabo, hice bien en comprarlas, ¿No?
—Antes de que veamos la ropa, ¿Puedes hacerme un favor? Me gustaría decirle a mi vecina que estoy aquí. Si no, irá a verme al hospital esta tarde.
—Dame el número y la llamaré ahora mismo.
Después de llamar a Juana, Sonia condujo a Paula a la habitación de invitados. Sobre la cama había un enorme montón de ropa. Pantalones cortos, pantalones anchos, blusas y vestidos, todo ello con la optimista etiqueta de la talla treinta y ocho todavía puesta.
—Lo sé —dijo Sonia con fastidio cuando vió a Paula mirando una etiqueta—. No podría embutir estas caderas en una treinta y ocho ni en diez años, pero tengo derecho a soñar, ¿No? —observó a Paula—. ¿A tí te quedará muy grande?
—No, creo que me quedará perfecta. Elegiré una o dos cosas y...
—No seas tonta. Quédatelo todo. Si hay algo que no te gusta, ya me lo devolverás después.
—Déjame al menos que te lo pague.
—Desde luego que no. Puede que ni siquiera te guste lo que he traído. Lo importante es que te sirva.
—Insisto en pagarte —repitió Paula con firmeza—. Así podrás comprarte otras cosas.
—Ni lo sueñes —dijo Sonia, rebuscando entre el montón hasta que encontró un vestido ligero de color azul brillante—. Pruébate esto. Seguro que te queda estupendamente. Es muy sexy.
Paula tomó el vestido. No era de su estilo. Era demasiado llamativo, pero el color iría bien con sus ojos, pensó mientras se quedaba en ropa interior y se lo metía por la cabeza.Le quedaba perfecto. Lo comprendió incluso antes de mirarse al espejo. La sedosa tela del vestido, sostenido por finísimos tirantes, se ajustaba suavemente a sus muslos y a sus pechos y acababa justo por encima de sus rodillas. Alzó la mirada buscando el reflejo de Sonia en el espejo, pero en su lugar encontró la cara asombrada de Pedro. Vió los músculos de su cuello tensarse al tragar saliva. Se giró lentamente para mirarlo.
—Estaba...
—Estás...
Ella sonrió, ansiosa de saber qué iba a decir él.
—Tú primero.
—Impresionante —dijo Pedro, con la mirada todavía clavada en Paula—. Estás impresionante. Ese vestido lo hicieron para tí.
—Pero no sé cuándo me lo voy a poner.
—Claro que sí —dijo él—. Tenemos una cita para ir a bailar, ¿Recuerdas?
A Paula la sorprendió que él recordara su promesa.
—Pensaba que lo habías olvidado.
—Yo nunca olvido una invitación, si se trata de bailar con una mujer bonita.
Los dos se sobresaltaron cuando Sonia agitó una mano para llamar su atención.
—Yo ya me iba —dijo, casi sin poder contener la risa—. Aunque a ustedes lo mismo les da.
—Te he oído —dijo Pedro, volviendo a mirar a Paula mientras su hermana salía.
Paula sintió que empezaba a arderle la piel bajo la intensidad de su mirada.
—Has vuelto —dijo y se ruborizó por aquella obviedad.
Los ojos de Pedro brillaron.
—Sí.
—¿No has tenido que marcharte al final?
Él sacudió la cabeza.
—La tormenta se debilitó y giró hacia el mar. Parece que Luisiana está a salvo.
—Eso es fantástico.
Se encogió de hombros. No iba a sacar a relucir lo del beso. Casi no se atrevía a pensar en ello, y mucho menos a decírselo a la hermana de Pedro.
—Por algo se empieza —declaró Sonia con evidente satisfacción—. Ahora, ¿Quieres que le echemos un vistazo a la ropa que te he traído? No podía decírselo a mis hermanas, así que todo lo que he traído es mío. Era más sencillo que tratar de explicarles por qué no podían venir esta misma mañana. Pedro temía que conocernos a las cuatro a la vez fuera demasiado para tí.
—¿Las otras son como tú? —preguntó Paula.
Sonia se rió.
—A mí me gusta pensar que son peores, pero sí, muy parecidas.
—Pues entonces me apetece mucho conocerlas — dijo Paula sinceramente —. Pero Ricky tenía razón. Todas a la vez habría sido demasiado.
Sonia la miró comprensivamente.
—Debes de encontrarte un poco perdida. No puedo ni imaginarme yéndome a la cama una noche, en mi casa, con mis cosas, y al despertarme descubrir que todo, incluyendo la casa, ha desaparecido. ¿Ha quedado algo que pueda salvarse?
—Si te digo la verdad, no lo sé. Vine aquí directamente desde el hospital, así que no he podido volver y buscar entre los escombros para ver si queda algo.
—¿Quieres que vayamos ahora? —le ofreció Sonia—. Puedo llevarte. Tal vez te sientas mejor si recuperas algo.
Paula deseaba desesperadamente aceptar el ofrecimiento, pero sabía que no se encontraba lo bastante fuerte físicamente para pasar por aquella dura prueba.
—Me temo que todavía estoy un poco floja. Y el tobillo y la rodilla me siguen doliendo bastante.
—Claro. ¿En qué estaría yo pensando? — se disculpó Sonia—. Avísame cuando quieras ir. Si Pedro no tiene tiempo de llevarte, yo lo haré.
—No puedo pedirte eso. Ya has hecho demasiado.
—Solo te he traído un par de cosas. ¿Qué importancia tiene eso? Si te soy sincera, me alegro de librarme de ellas. Me las compré demasiado pequeñas y tengo la impresión de que se burlan de mí cada vez que abro el armario —Paula no consiguió ocultar una sonrisa—. Ya veo que Pedro te ha hablado de mi costumbre de engañarme a mí misma en lo que se refiere al peso —dijo Sonia—. En esta familia una no puede tener un secreto. Bueno, no importa, tú les darás buen uso, así que, al fin y al cabo, hice bien en comprarlas, ¿No?
—Antes de que veamos la ropa, ¿Puedes hacerme un favor? Me gustaría decirle a mi vecina que estoy aquí. Si no, irá a verme al hospital esta tarde.
—Dame el número y la llamaré ahora mismo.
Después de llamar a Juana, Sonia condujo a Paula a la habitación de invitados. Sobre la cama había un enorme montón de ropa. Pantalones cortos, pantalones anchos, blusas y vestidos, todo ello con la optimista etiqueta de la talla treinta y ocho todavía puesta.
—Lo sé —dijo Sonia con fastidio cuando vió a Paula mirando una etiqueta—. No podría embutir estas caderas en una treinta y ocho ni en diez años, pero tengo derecho a soñar, ¿No? —observó a Paula—. ¿A tí te quedará muy grande?
—No, creo que me quedará perfecta. Elegiré una o dos cosas y...
—No seas tonta. Quédatelo todo. Si hay algo que no te gusta, ya me lo devolverás después.
—Déjame al menos que te lo pague.
—Desde luego que no. Puede que ni siquiera te guste lo que he traído. Lo importante es que te sirva.
—Insisto en pagarte —repitió Paula con firmeza—. Así podrás comprarte otras cosas.
—Ni lo sueñes —dijo Sonia, rebuscando entre el montón hasta que encontró un vestido ligero de color azul brillante—. Pruébate esto. Seguro que te queda estupendamente. Es muy sexy.
Paula tomó el vestido. No era de su estilo. Era demasiado llamativo, pero el color iría bien con sus ojos, pensó mientras se quedaba en ropa interior y se lo metía por la cabeza.Le quedaba perfecto. Lo comprendió incluso antes de mirarse al espejo. La sedosa tela del vestido, sostenido por finísimos tirantes, se ajustaba suavemente a sus muslos y a sus pechos y acababa justo por encima de sus rodillas. Alzó la mirada buscando el reflejo de Sonia en el espejo, pero en su lugar encontró la cara asombrada de Pedro. Vió los músculos de su cuello tensarse al tragar saliva. Se giró lentamente para mirarlo.
—Estaba...
—Estás...
Ella sonrió, ansiosa de saber qué iba a decir él.
—Tú primero.
—Impresionante —dijo Pedro, con la mirada todavía clavada en Paula—. Estás impresionante. Ese vestido lo hicieron para tí.
—Pero no sé cuándo me lo voy a poner.
—Claro que sí —dijo él—. Tenemos una cita para ir a bailar, ¿Recuerdas?
A Paula la sorprendió que él recordara su promesa.
—Pensaba que lo habías olvidado.
—Yo nunca olvido una invitación, si se trata de bailar con una mujer bonita.
Los dos se sobresaltaron cuando Sonia agitó una mano para llamar su atención.
—Yo ya me iba —dijo, casi sin poder contener la risa—. Aunque a ustedes lo mismo les da.
—Te he oído —dijo Pedro, volviendo a mirar a Paula mientras su hermana salía.
Paula sintió que empezaba a arderle la piel bajo la intensidad de su mirada.
—Has vuelto —dijo y se ruborizó por aquella obviedad.
Los ojos de Pedro brillaron.
—Sí.
—¿No has tenido que marcharte al final?
Él sacudió la cabeza.
—La tormenta se debilitó y giró hacia el mar. Parece que Luisiana está a salvo.
—Eso es fantástico.
Mi Salvador: Capítulo 21
Durante todo el camino de vuelta al parque de bomberos estuvo pensando en las últimas palabras de Paula. «Ten cuidado». Las había dicho como si se preocupara por él. ¿Cuándo había sido la última vez que alguien se había preocupado por él? Por supuesto, su familia lo hacía, pero ya se habían acostumbrado a sus idas y venidas y a los riesgos de su trabajo. Paula era la primera mujer a la que le había permitido acercarse lo bastante a su vida como para que se preocupara por su bienestar.Se dijo a sí mismo que aquello no debía importarle. Si pensaba en ella, perdería su concentración en el trabajo. Por desgracia, era más fácil decirlo que hacerlo.
Paula se quedó despierta mucho rato después de que Pedro se marchara. La había sorprendido que hubiera vuelto para decirle que tal vez tuviera que marcharse de la ciudad.Estaba sentada a la mesa de la cocina, poniéndole azúcar al café, cuando alzó la vista y vio a una mujer guapa, de pelo negro y ojos oscuros mirándola intensamente. El aire de familia hubiera resultado inconfundible aunque no la hubiera visto la noche anterior, en una fotografía de los Alfonso.
—Hola —dijo, vacilante—. Eres Sonia, ¿Verdad?
Una sonrisa idéntica a la de Pedro se extendió por la cara de la mujer.
—Y tú debes de ser Paula. Espero no haberte asustado. No quería pillarte desprevenida.
—Por desgracia, ya estoy acostumbrada. Pero ya no me doy tantos sustos como antes.
Sonia sonrió y luego miró la cafetera con ansia.
—Gracias a Dios. ¿Puedo tomarme un café? Esta mañana íbamos con el tiempo justo y tuve que llevar a los niños al colegio sin poder tomarme mi primera taza.
Como Sonia ya había agarrado una taza del armario, Paula dedujo que no necesitaba respuesta. Y como sabía lo que era necesitar una dosis de cafeína para sentirse civilizado, esperó a que la mujer se sirviera el café y diera el primer sorbo.
—Ah, qué bien —murmuró Sonia, con expresión de alivio. Luego miró a su alrededor—. ¿Dónde está mi hermano?
—Lo llamaron anoche del trabajo. A lo mejor tenía que irse a Luisiana.
—¿Te ha dejado sola en tu primera noche?
Paula sonrió ante la aparente indignación de Sonia.
—Tenía que irse. No creo que a su jefe le importe que tenga una compañera de casa.
Sonia entornó los ojos.
—Entonces, ¿Esto es solo temporal?
—Claro. Pedro me ofreció quedarme aquí para que pudiera salir del hospital. Los médicos no querían soltarme hasta que tuviera dónde quedarme y alguien que se asegurara de que reposaba. Tu hermano se apiadó de mí. En cuanto encuentre un apartamento, me iré.
Sonia puso una mano sobre la de Paula.
—Hazme un favor, ¿Quieres? No te des mucha prisa.
Paula la miró, confusa.
—¿Por qué?
—Mi hermano no quiere admitirlo, pero necesita a alguien en su vida.
—¿Y qué te hace pensar que yo podría ser ese alguien? Tú no me conoces. Y él tampoco, en realidad.
—Te ha invitado a quedarte aquí. Eso ya me dice muchas cosas. En cuanto a mí, puedes pasar la próxima hora satisfaciendo mi curiosidad.
—¿Cómo? —preguntó Paula cautelosamente.
—Quiero saberlo todo de tí, tus secretos más profundos y todas tus esperanzas y sueños.
Asombrada, Paula guardó silencio.
—Oh oh, me parece que he empezado demasiado fuerte, ¿No? —dijo Sonia—. Perdona. Es el síndrome de la hermana mayor. Normalmente no tengo oportunidad de conocer a las amigas de Pedro, así que mi curiosidad nunca está saciada. Es muy frustrante. Supongo que en realidad no importa, porque enseguida desaparecen —sonrió cálidamente—. Pero algo me dice que tú te quedarás.
Paula se quedó sorprendida. ¿Cómo había llegado Sonia a semejante conclusión en menos de quince minutos?
—¿Instinto de hermana mayor? —preguntó.
—Exactamente. Eres guapa. Y vulnerable —Paula hizo amago de protestar, pero Sonia levantó la mano—. Quizá no de la manera típica y no durante mucho tiempo, pero por ahora está claro que necesitas una ración extra de mimos y cierta cantidad de protección masculina —su sonrisa se volvió picara—. Y estás en su casa. Eso es todo, señoría —hizo una reverencia burlona.
Paula se rió.
—Estás muy segura, ¿No?
—Mucho —su sonrisa se desvaneció—. A no ser que tú no estés interesada en él. Pero encuentras atractivo a nuestro Pedro, ¿Verdad?
Paula se quedó despierta mucho rato después de que Pedro se marchara. La había sorprendido que hubiera vuelto para decirle que tal vez tuviera que marcharse de la ciudad.Estaba sentada a la mesa de la cocina, poniéndole azúcar al café, cuando alzó la vista y vio a una mujer guapa, de pelo negro y ojos oscuros mirándola intensamente. El aire de familia hubiera resultado inconfundible aunque no la hubiera visto la noche anterior, en una fotografía de los Alfonso.
—Hola —dijo, vacilante—. Eres Sonia, ¿Verdad?
Una sonrisa idéntica a la de Pedro se extendió por la cara de la mujer.
—Y tú debes de ser Paula. Espero no haberte asustado. No quería pillarte desprevenida.
—Por desgracia, ya estoy acostumbrada. Pero ya no me doy tantos sustos como antes.
Sonia sonrió y luego miró la cafetera con ansia.
—Gracias a Dios. ¿Puedo tomarme un café? Esta mañana íbamos con el tiempo justo y tuve que llevar a los niños al colegio sin poder tomarme mi primera taza.
Como Sonia ya había agarrado una taza del armario, Paula dedujo que no necesitaba respuesta. Y como sabía lo que era necesitar una dosis de cafeína para sentirse civilizado, esperó a que la mujer se sirviera el café y diera el primer sorbo.
—Ah, qué bien —murmuró Sonia, con expresión de alivio. Luego miró a su alrededor—. ¿Dónde está mi hermano?
—Lo llamaron anoche del trabajo. A lo mejor tenía que irse a Luisiana.
—¿Te ha dejado sola en tu primera noche?
Paula sonrió ante la aparente indignación de Sonia.
—Tenía que irse. No creo que a su jefe le importe que tenga una compañera de casa.
Sonia entornó los ojos.
—Entonces, ¿Esto es solo temporal?
—Claro. Pedro me ofreció quedarme aquí para que pudiera salir del hospital. Los médicos no querían soltarme hasta que tuviera dónde quedarme y alguien que se asegurara de que reposaba. Tu hermano se apiadó de mí. En cuanto encuentre un apartamento, me iré.
Sonia puso una mano sobre la de Paula.
—Hazme un favor, ¿Quieres? No te des mucha prisa.
Paula la miró, confusa.
—¿Por qué?
—Mi hermano no quiere admitirlo, pero necesita a alguien en su vida.
—¿Y qué te hace pensar que yo podría ser ese alguien? Tú no me conoces. Y él tampoco, en realidad.
—Te ha invitado a quedarte aquí. Eso ya me dice muchas cosas. En cuanto a mí, puedes pasar la próxima hora satisfaciendo mi curiosidad.
—¿Cómo? —preguntó Paula cautelosamente.
—Quiero saberlo todo de tí, tus secretos más profundos y todas tus esperanzas y sueños.
Asombrada, Paula guardó silencio.
—Oh oh, me parece que he empezado demasiado fuerte, ¿No? —dijo Sonia—. Perdona. Es el síndrome de la hermana mayor. Normalmente no tengo oportunidad de conocer a las amigas de Pedro, así que mi curiosidad nunca está saciada. Es muy frustrante. Supongo que en realidad no importa, porque enseguida desaparecen —sonrió cálidamente—. Pero algo me dice que tú te quedarás.
Paula se quedó sorprendida. ¿Cómo había llegado Sonia a semejante conclusión en menos de quince minutos?
—¿Instinto de hermana mayor? —preguntó.
—Exactamente. Eres guapa. Y vulnerable —Paula hizo amago de protestar, pero Sonia levantó la mano—. Quizá no de la manera típica y no durante mucho tiempo, pero por ahora está claro que necesitas una ración extra de mimos y cierta cantidad de protección masculina —su sonrisa se volvió picara—. Y estás en su casa. Eso es todo, señoría —hizo una reverencia burlona.
Paula se rió.
—Estás muy segura, ¿No?
—Mucho —su sonrisa se desvaneció—. A no ser que tú no estés interesada en él. Pero encuentras atractivo a nuestro Pedro, ¿Verdad?
lunes, 16 de abril de 2018
Mi Salvador: Capítulo 20
Pedro nunca había sentido tanto alivio al recibir una llamada de emergencia como al ver a Paula sentada frente a él, desafiándolo a besarla otra vez. Ella decía estar de acuerdo en que no se produjeran más episodios como el de la cocina. Pero en sus ojos había un reto. En realidad, estaba seguro que ella lo retaría a romper su acuerdo antes incluso de concretarlo.Y estaba seguro que él lo rompería porque la deseaba más que nunca. Durante aproximadamente diez segundos había intentado convencerse de que eran las circunstancias y la proximidad las que despertaban en él aquel deseo, pero luego había comprendido que no era así. Era Paula, pura y simplemente. Así que, cuando sonó el busca, se marchó a toda prisa. Se puso en camino hacia el parque de bomberos antes incluso de llamar por el teléfono para saber qué pasaba. En realidad, podía haber sido Tom que quería jugar una partida de póquer. Pero no importaba lo que fuera, mientras lo alejase de la tentación.Resultó que el teniente los había llamado porque un huracán amenazaba la costa del golfo de Luisiana. Eso significaba otra larga noche de guardia. Normalmente, la espera lo ponía nervioso, pero esa noche su impaciencia se agudizó por el hecho de haber dejado a Paula sola en casa. Descolgó el teléfono, pero enseguida se dió cuenta de que no podía llamarla. Y no tenía otra forma de decirle cuándo volvería a casa.
—Maldita sea —murmuró, dejando el auricular en su sitio.
Trató de decirse que no le debía nada, pero se sentía incapaz de dejarla preguntándose qué había sido de él.
—¿Qué te pasa? —preguntó Sergio, mirándolo con curiosidad—. ¿Has tenido que cancelar una cita?
—No, es por Paula—respondió él sin pensarlo.
Los ojos de Sergio brillaron.
—¿Paula? ¿La misma Paula a la que sacaste de los escombros el otro día? ¿Qué pasa con ella?
Pedro había decidido no contarle nada de todo aquello a su compañero. Sergio armaría un escándalo, y a él lo fastidiaba pensar en las interminables bromas que circularían por el parque. Y, por alguna razón, no quería que el nombre de Paula fuera de boca en boca como si se tratara de otra de sus conquistas, de fin de semana.
—No importa. No es nada —dijo él—. Ya se me ocurrirá algo.
Sergio lo miró con fingida aflicción.
—¿Quién mejor que yo para ayudarte, yo que soy tu camarada, tu amigo, el hombre al que confías tu vida?
—No puedes ayudarme. Tú estás en el mismo barco que yo, aquí, esperando para zarpar, por así decirlo.
Sergio se sentó a horcajadas en un banco y miró fijamente a Pedro.
—Siéntate y cuéntamelo.
Pedro comprendió que no iba a dejarlo correr. Dando un suspiro, se sentó.
—Paula está en casa —empezó a decir.
—¿En tu casa? —preguntó Sergio, con los ojos como platos.
— Sí, en mi casa —respondió Pedro con impaciencia—. ¿En cuál si no?
—Pensaba que te referías a la de tu madre.
Y probablemente ese hubiera sido el mejor sitio para llevarla, pensó Pedro. Un lugar neutral. Su madre lo habría bombardeado con preguntas, pero por lo menos sus negativas de que Paula significara algo para él habrían resultado más convincentes si se hubiera alojado con su familia, y no con él. Además, allí hubiera sido mucho más fácil evitar aquellos besos que amenazaban con llevarlos a un terreno peligroso. Bajo la mirada vigilante de su madre, habría tenido suerte de darle a Paula un beso en la mejilla. En fin, pensó con un suspiro. Ya era demasiado tarde.Sergio lo miró con aprobación.
— Así que la hermosa Paula está en tu casa. Muy bien, Pedro. Has hecho un trabajo rápido.
—No tenía adonde ir —dijo él, a la defensiva—.Pero eso no importa ahora.
Su amigo sonrió. Evidentemente, disfrutaba de la incomodidad de Pedro.
—Pues explícame qué es lo que importa. Soy todo oídos.
—Cuando salí de casa no sabía que íbamos a quedarnos aquí indefinidamente. Y ahora no tengo forma de avisarla.
—¿No puedes...? —Sergio miró el teléfono y luego asintió, comprendiendo—. No, claro que no puedes.
A Pedro le parecía completamente inaceptable dejarla allí, sola, preguntándose dónde estaría. De modo que decidió que solo podía hacer una cosa.
—¿Puedes cubrirme? —le preguntó a Sergio—. Iré corriendo a casa, le explicaré lo que pasa y estaré de vuelta dentro de veinte minutos.
Por una vez, Sergio no respondió con una de sus bromas. Solo asintió.
—Anda, vete.
—Gracias. Te debo una. Estaré aquí dentro de veinte minutos, como mucho.
Estaba ya casi en la puerta cuando Sergio le gritó:
—No te entretengas haciendo manitas.
—Paula y yo no hacemos manitas —replicó. «Todavía no, por lo menos».
Llegó a casa en cinco minutos y lo sorprendió encontrarla prácticamente a oscuras, salvo por la lámpara encendida del cuarto de estar. Los restos de la cena habían desaparecido y los platos estaban lavados. Pedro se dirigió hacia el cuarto de invitados y maldijo al ver que la luz estaba apagada. Paula probablemente estaría dormida. Tendría que despertarla, y seguro que se llevaría un susto de muerte. «Déjale una nota», le susurró una vocecita en la cabeza. Sabía que eso era lo más sensato, pero siguió avanzando hacia la habitación. Abrió la puerta sigilosamente. En cuando la luz del pasillo inundó la habitación, ella se incorporó, asustada.
—¿Pedro?
Él encendió la luz y entró en la habitación para que ella pudiera verlo.
—Lo siento —dijo—. No sabía si despertarte o no. Voy a tener que quedarme en el parque unas horas y tal vez tenga que salir de la ciudad. No se me ocurría otra forma de avisarte.
Procuró no pensar en que Paula tenía los hombros desnudos, sobre los que le caía suavemente el pelo revuelto. Cielos, estaba desnuda bajo la sábana. Con la imaginación, sin poder evitarlo, Pedro retiró la sábana. Por suerte, ella lo estaba mirando fijamente a la cara, de modo que tal vez no se daría cuenta de la inconfundible evidencia de su erección bajo la cremallera de los vaqueros, que de pronto le resultaban incómodos.
—¿Un huracán? —preguntó ella—. ¿El que se dirigía hacia Luisiana?
—Exactamente.
—Lo he visto en las noticias. ¿Hay algo que pueda hacer por tí, si tienes que irte? ¿Apolo...?
—Apolo se viene conmigo. Solo échale un vistazo a las plantas —dijo él—. Siéntete como en casa. Y no olvides que Sonia vendrá por la mañana. Tiene una llave, así que no te sorprendas si la ves entrar. Sabe que no puedes oír el timbre.
Ella asintió.
—La estaré esperando.
Él apartó la mirada y dió un paso atrás.
—Será mejor que me vaya. Buenas noches, Paula.
—Buenas noches. Y ten cuidado.
Él apagó la luz y cerró la puerta muy despacio. Luego se apoyó contra la pared del pasillo y esperó a que se le calmara el pulso. Tenía un problema. Un gran problema.
—Maldita sea —murmuró, dejando el auricular en su sitio.
Trató de decirse que no le debía nada, pero se sentía incapaz de dejarla preguntándose qué había sido de él.
—¿Qué te pasa? —preguntó Sergio, mirándolo con curiosidad—. ¿Has tenido que cancelar una cita?
—No, es por Paula—respondió él sin pensarlo.
Los ojos de Sergio brillaron.
—¿Paula? ¿La misma Paula a la que sacaste de los escombros el otro día? ¿Qué pasa con ella?
Pedro había decidido no contarle nada de todo aquello a su compañero. Sergio armaría un escándalo, y a él lo fastidiaba pensar en las interminables bromas que circularían por el parque. Y, por alguna razón, no quería que el nombre de Paula fuera de boca en boca como si se tratara de otra de sus conquistas, de fin de semana.
—No importa. No es nada —dijo él—. Ya se me ocurrirá algo.
Sergio lo miró con fingida aflicción.
—¿Quién mejor que yo para ayudarte, yo que soy tu camarada, tu amigo, el hombre al que confías tu vida?
—No puedes ayudarme. Tú estás en el mismo barco que yo, aquí, esperando para zarpar, por así decirlo.
Sergio se sentó a horcajadas en un banco y miró fijamente a Pedro.
—Siéntate y cuéntamelo.
Pedro comprendió que no iba a dejarlo correr. Dando un suspiro, se sentó.
—Paula está en casa —empezó a decir.
—¿En tu casa? —preguntó Sergio, con los ojos como platos.
— Sí, en mi casa —respondió Pedro con impaciencia—. ¿En cuál si no?
—Pensaba que te referías a la de tu madre.
Y probablemente ese hubiera sido el mejor sitio para llevarla, pensó Pedro. Un lugar neutral. Su madre lo habría bombardeado con preguntas, pero por lo menos sus negativas de que Paula significara algo para él habrían resultado más convincentes si se hubiera alojado con su familia, y no con él. Además, allí hubiera sido mucho más fácil evitar aquellos besos que amenazaban con llevarlos a un terreno peligroso. Bajo la mirada vigilante de su madre, habría tenido suerte de darle a Paula un beso en la mejilla. En fin, pensó con un suspiro. Ya era demasiado tarde.Sergio lo miró con aprobación.
— Así que la hermosa Paula está en tu casa. Muy bien, Pedro. Has hecho un trabajo rápido.
—No tenía adonde ir —dijo él, a la defensiva—.Pero eso no importa ahora.
Su amigo sonrió. Evidentemente, disfrutaba de la incomodidad de Pedro.
—Pues explícame qué es lo que importa. Soy todo oídos.
—Cuando salí de casa no sabía que íbamos a quedarnos aquí indefinidamente. Y ahora no tengo forma de avisarla.
—¿No puedes...? —Sergio miró el teléfono y luego asintió, comprendiendo—. No, claro que no puedes.
A Pedro le parecía completamente inaceptable dejarla allí, sola, preguntándose dónde estaría. De modo que decidió que solo podía hacer una cosa.
—¿Puedes cubrirme? —le preguntó a Sergio—. Iré corriendo a casa, le explicaré lo que pasa y estaré de vuelta dentro de veinte minutos.
Por una vez, Sergio no respondió con una de sus bromas. Solo asintió.
—Anda, vete.
—Gracias. Te debo una. Estaré aquí dentro de veinte minutos, como mucho.
Estaba ya casi en la puerta cuando Sergio le gritó:
—No te entretengas haciendo manitas.
—Paula y yo no hacemos manitas —replicó. «Todavía no, por lo menos».
Llegó a casa en cinco minutos y lo sorprendió encontrarla prácticamente a oscuras, salvo por la lámpara encendida del cuarto de estar. Los restos de la cena habían desaparecido y los platos estaban lavados. Pedro se dirigió hacia el cuarto de invitados y maldijo al ver que la luz estaba apagada. Paula probablemente estaría dormida. Tendría que despertarla, y seguro que se llevaría un susto de muerte. «Déjale una nota», le susurró una vocecita en la cabeza. Sabía que eso era lo más sensato, pero siguió avanzando hacia la habitación. Abrió la puerta sigilosamente. En cuando la luz del pasillo inundó la habitación, ella se incorporó, asustada.
—¿Pedro?
Él encendió la luz y entró en la habitación para que ella pudiera verlo.
—Lo siento —dijo—. No sabía si despertarte o no. Voy a tener que quedarme en el parque unas horas y tal vez tenga que salir de la ciudad. No se me ocurría otra forma de avisarte.
Procuró no pensar en que Paula tenía los hombros desnudos, sobre los que le caía suavemente el pelo revuelto. Cielos, estaba desnuda bajo la sábana. Con la imaginación, sin poder evitarlo, Pedro retiró la sábana. Por suerte, ella lo estaba mirando fijamente a la cara, de modo que tal vez no se daría cuenta de la inconfundible evidencia de su erección bajo la cremallera de los vaqueros, que de pronto le resultaban incómodos.
—¿Un huracán? —preguntó ella—. ¿El que se dirigía hacia Luisiana?
—Exactamente.
—Lo he visto en las noticias. ¿Hay algo que pueda hacer por tí, si tienes que irte? ¿Apolo...?
—Apolo se viene conmigo. Solo échale un vistazo a las plantas —dijo él—. Siéntete como en casa. Y no olvides que Sonia vendrá por la mañana. Tiene una llave, así que no te sorprendas si la ves entrar. Sabe que no puedes oír el timbre.
Ella asintió.
—La estaré esperando.
Él apartó la mirada y dió un paso atrás.
—Será mejor que me vaya. Buenas noches, Paula.
—Buenas noches. Y ten cuidado.
Él apagó la luz y cerró la puerta muy despacio. Luego se apoyó contra la pared del pasillo y esperó a que se le calmara el pulso. Tenía un problema. Un gran problema.
Mi Salvador: Capítulo 19
—Oh, sí —dijo él suavemente.
—¿Te ha hecho muchas preguntas?
—Mi hermana hace más preguntas que un periodista de investigación —contestó él, esbozando una sonrisa.
—¿Y se ha quedado satisfecha con tus respuestas?
—Solo por el momento —admitió él—. Pero me ha prometido mantener alejadas a las demás un día o dos a cambio de que me quede con sus hijos un fin de semana.
Paula sonrió.
—¿La has chantajeado?
—Querías paz y tranquilidad, ¿No?
—No tanto como tú, por lo que parece — se burló ella—. Crees que tus hermanas empezarán a especular sobre mi presencia aquí, ¿Verdad?
—Pues sí —dijo él con convicción—. No sabes cuánto.
—Entonces será mejor que no nos pillen besándonos —dijo Paula.
Él volvió a fruncir el ceño.
—No habrá más besos —declaró con una mueca de determinación.
—Qué lástima —dijo ella, sorprendida por su propia audacia.
Él dejó lentamente el tenedor en el plato y se inclinó hacia ella.
—Paula, no me hagas esto.
—¿Hacerte qué? —preguntó cándidamente.
—Provocarme.
—¿Eso es lo que hago?
—Maldita sea, ya lo sabes —dijo él con evidente frustración—. Déjalo.
—¿Por qué?
Él parpadeó y la miró fijamente.
—¿Por qué, qué?
—¿Por qué voy a dejarlo?
— Sabes perfectamente que no forma parte del acuerdo.
—Cierto —dijo ella—. Pero es una gratificación.
—No tienes que sentirte obligada a... — empezó a decir él.
Antes de que pudiera terminar, Paula sintió que algo parecido a la furia comenzaba a agitarse en su interior. La sensación le resultaba poco familiar porque siempre tardaba mucho en enfadarse. Pero de pronto sintió que la ira bullía dentro de ella con vehemencia.
—¿Obligada? —dijo, alzando la voz lo bastante para acallar a Pedro. Dejó que su voz subiera un decibelio más al repetir la palabra. Él dió un respingo—. Yo no me siento obligada a nada —exclamó—. Te he besado porque quería, no porque me sintiera obligada. ¿Qué tiene que ver esa palabra con el hecho de que me haya mudado aquí? ¿Pensabas que tarde o temprano me sentiría «obligada» a hacer algo más que intercambiar unos cuantos besos? ¿Es eso lo que pretendías?
Pedro se pasó las manos por la cara.
—Mira, yo no pretendía nada —declaró, poniéndose a la defensiva—. Naturalmente, no me debes nada por quedarte aquí. No hay ninguna condición. Ninguna. Eso precisamente intentaba explicarte antes de que te pusieras así. Tal vez no me has entendido bien.
—No te oigo, pero leo tus labios perfectamente. Esto no tiene nada que ver con que yo sea sorda.
Él se puso tenso.
—No, claro que no. Siento que te lo hayas tomado así. Lo que ocurre es que vamos a tener que acostumbrarnos el uno al otro. Apenas nos conocemos. Es normal que haya malentendidos. No tiene nada que ver con que tú seas sorda.
Paula suspiró. Tal vez estuviera exagerando. Tendía a ponerse a la defensiva cuando se hablaba de su sordera.
—Quizá deberíamos establecer ciertas reglas —sugirió.
—Creo que eso intentaba cuando he dicho que no habría más besos —dijo él con evidente frustración.
—Supongo que podríamos empezar por ahí —añadió ella, ocultando el malestar que le producía aceptar tal cosa.
Porque, a pesar de la expresión de alivio de Pedro, Paula sabía positivamente que semejante acuerdo estaba abocado al fracaso.
—¿Te ha hecho muchas preguntas?
—Mi hermana hace más preguntas que un periodista de investigación —contestó él, esbozando una sonrisa.
—¿Y se ha quedado satisfecha con tus respuestas?
—Solo por el momento —admitió él—. Pero me ha prometido mantener alejadas a las demás un día o dos a cambio de que me quede con sus hijos un fin de semana.
Paula sonrió.
—¿La has chantajeado?
—Querías paz y tranquilidad, ¿No?
—No tanto como tú, por lo que parece — se burló ella—. Crees que tus hermanas empezarán a especular sobre mi presencia aquí, ¿Verdad?
—Pues sí —dijo él con convicción—. No sabes cuánto.
—Entonces será mejor que no nos pillen besándonos —dijo Paula.
Él volvió a fruncir el ceño.
—No habrá más besos —declaró con una mueca de determinación.
—Qué lástima —dijo ella, sorprendida por su propia audacia.
Él dejó lentamente el tenedor en el plato y se inclinó hacia ella.
—Paula, no me hagas esto.
—¿Hacerte qué? —preguntó cándidamente.
—Provocarme.
—¿Eso es lo que hago?
—Maldita sea, ya lo sabes —dijo él con evidente frustración—. Déjalo.
—¿Por qué?
Él parpadeó y la miró fijamente.
—¿Por qué, qué?
—¿Por qué voy a dejarlo?
— Sabes perfectamente que no forma parte del acuerdo.
—Cierto —dijo ella—. Pero es una gratificación.
—No tienes que sentirte obligada a... — empezó a decir él.
Antes de que pudiera terminar, Paula sintió que algo parecido a la furia comenzaba a agitarse en su interior. La sensación le resultaba poco familiar porque siempre tardaba mucho en enfadarse. Pero de pronto sintió que la ira bullía dentro de ella con vehemencia.
—¿Obligada? —dijo, alzando la voz lo bastante para acallar a Pedro. Dejó que su voz subiera un decibelio más al repetir la palabra. Él dió un respingo—. Yo no me siento obligada a nada —exclamó—. Te he besado porque quería, no porque me sintiera obligada. ¿Qué tiene que ver esa palabra con el hecho de que me haya mudado aquí? ¿Pensabas que tarde o temprano me sentiría «obligada» a hacer algo más que intercambiar unos cuantos besos? ¿Es eso lo que pretendías?
Pedro se pasó las manos por la cara.
—Mira, yo no pretendía nada —declaró, poniéndose a la defensiva—. Naturalmente, no me debes nada por quedarte aquí. No hay ninguna condición. Ninguna. Eso precisamente intentaba explicarte antes de que te pusieras así. Tal vez no me has entendido bien.
—No te oigo, pero leo tus labios perfectamente. Esto no tiene nada que ver con que yo sea sorda.
Él se puso tenso.
—No, claro que no. Siento que te lo hayas tomado así. Lo que ocurre es que vamos a tener que acostumbrarnos el uno al otro. Apenas nos conocemos. Es normal que haya malentendidos. No tiene nada que ver con que tú seas sorda.
Paula suspiró. Tal vez estuviera exagerando. Tendía a ponerse a la defensiva cuando se hablaba de su sordera.
—Quizá deberíamos establecer ciertas reglas —sugirió.
—Creo que eso intentaba cuando he dicho que no habría más besos —dijo él con evidente frustración.
—Supongo que podríamos empezar por ahí —añadió ella, ocultando el malestar que le producía aceptar tal cosa.
Porque, a pesar de la expresión de alivio de Pedro, Paula sabía positivamente que semejante acuerdo estaba abocado al fracaso.
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