No podía volver a ocurrir. Una noche había sido suficiente. Los recuerdos la hacían sentirse desesperada y sabía que, si volvía a repetirse, sería mucho peor para ella. Paula no era la clase de mujer que podía tener una aventura, divertirse y después olvidar. Ella era una persona constante, alguien que creía en el amor para siempre. Y amaba a Pedro.
—¿Te encuentras bien?
—Sí —murmuró Paula, sorprendida.
—¿Te duele algo?
Le hubiera gustado ponerse a gritar. Claro que le dolía algo. ¿Cómo podía no darse cuenta? La deprimía observar lo tranquilo que parecía aquella mañana. ¿Le daba completamente igual lo que había pasado entre ellos?
—Estoy bien —intentó sonreír.
Por un momento, le pareció ver una sombra en los ojos del hombre, pero desapareció inmediatamente.
—Me alegro. Sigamos entonces.
Paula lo siguió como si fuera un autómata. Cuando llegaron al valle, se encontraron con Matías.
—Estaba esperando —sonrió el hombre.
—¿No vas a regañarnos? —rió Pedro.
—Estaban pasándolo bien, supongo.
—Lo siento, Matías—dijo Paula.
—¿Por qué? No me han sacado de la cama.
—Debías estar preocupado.
—La verdad es que no —dijo el hombre—. Si yo me perdiera con alguien en la montaña y no pudiera ser Claudia Schiffer, preferiría que fuera Pedro Alfonso.
Paula miró a Pedro, recordando cómo le había hecho el amor. Ella también se alegraba.
—Gracias por esperarnos, Matías—sonrió Paula.
—¿Puedo llevarlos a casa?
—No, gracias —contestó Pedro, tomándola del brazo.
Paula se despidió de Matías, sorprendida.
—¿Qué ocurre?
—Tenemos que hablar.
Aquello no sonaba muy prometedor. Si lamentaba lo que había ocurrido, prefería que no lo dijera. Y estaba demasiado cansada como para discutir.
lunes, 19 de febrero de 2018
Lo Inesperado: Capítulo 49
Y eso hizo. Una vez relajada, el dolor desapareció. Paula lo sentía moviéndose dentro de ella, poderoso, masculino y tierno a la vez. Pedro la miraba a los ojos mientras la poseía y ella levantaba sus caderas para acercarse más.
—Oh, Pedro...
Aquella proximidad era algo que no había experimentado nunca, pero que siempre había soñado. La sensación la abrumó e, instintivamente, enredó las piernas alrededor de la cintura del hombre, sintiendo como él se controlaba. Pero Paula no quería que se controlase. Lo quería todo. Sujetándose a sus hombros, empezó a mover las caderas hacia arriba, pegándose a él, sintiendo la respuesta del hombre.
—Eres una bruja —murmuró Pedro, repitiendo con su lengua el juego que tenía lugar más abajo.
—Pedro...
Él lanzó un gemido ronco y embistió con fuerza.
—¿Mejor?
—Oh, sí —murmuró Paula, arqueándose hacia él, moviéndose al unísono hasta que los dos gritaron de placer y cayeron, uno sobre otro, exhaustos.
—Lo siento, cariño. He sido un bruto.
—No, no —rió ella—. No has sido un bruto.
—Te he hecho llorar.
—No lloro porque me hayas hecho daño, tonto. Lloro porque ha sido precioso.
—Hay tantas cosas que tienes que decirme. Pero no ahora. Ahora sólo quiero abrazarte.
—Pedro... —murmuró ella, apretándose contra el fuerte cuerpo del hombre.
—Sigue así y esta noche no dormiremos —le advirtió Pedro.
—¿Y quién necesita dormir? —rió Paula.
Él sonrió, con la sonrisa más erótica que Paula había visto en su vida.
—Eso digo yo. ¿Quién necesita dormir?
En cuanto amaneció, doblaron la tienda y se vistieron a toda prisa. Pedro no hablaba mucho mientras descendían y Paula se sintió inquieta. Algo pasaba. Después de la intimidad que habían compartido la noche anterior, deberían caminar de la mano o mirarse tiernamente. Pero él apenas la miraba.Ella habría deseado rodearlo con sus brazos y decirle cuánto lo amaba, pero el orgullo se lo impedía. Pedro era así después de todo y mantenía sus emociones bajo control. Excepto la noche anterior. Su corazón se calentó al recordar lo que habían compartido. Cómo la había tocado, cómo la había abrazado. Aunque él no había pronunciado la palabra amor. ¿Habría imaginado sus caricias, sus miradas? Quizá sólo era su forma de seducirla... Pero debía dejar de pensar en eso. Lo conocía y sabía que él no quería un compromiso. ¿Qué esperaba? ¿Qué se pusiera de rodillas y le declarase su amor? Sí, eso era lo que había esperado. Pero sólo era una fantasía. Pedro no iba a comprometerse con nadie.
—Oh, Pedro...
Aquella proximidad era algo que no había experimentado nunca, pero que siempre había soñado. La sensación la abrumó e, instintivamente, enredó las piernas alrededor de la cintura del hombre, sintiendo como él se controlaba. Pero Paula no quería que se controlase. Lo quería todo. Sujetándose a sus hombros, empezó a mover las caderas hacia arriba, pegándose a él, sintiendo la respuesta del hombre.
—Eres una bruja —murmuró Pedro, repitiendo con su lengua el juego que tenía lugar más abajo.
—Pedro...
Él lanzó un gemido ronco y embistió con fuerza.
—¿Mejor?
—Oh, sí —murmuró Paula, arqueándose hacia él, moviéndose al unísono hasta que los dos gritaron de placer y cayeron, uno sobre otro, exhaustos.
—Lo siento, cariño. He sido un bruto.
—No, no —rió ella—. No has sido un bruto.
—Te he hecho llorar.
—No lloro porque me hayas hecho daño, tonto. Lloro porque ha sido precioso.
—Hay tantas cosas que tienes que decirme. Pero no ahora. Ahora sólo quiero abrazarte.
—Pedro... —murmuró ella, apretándose contra el fuerte cuerpo del hombre.
—Sigue así y esta noche no dormiremos —le advirtió Pedro.
—¿Y quién necesita dormir? —rió Paula.
Él sonrió, con la sonrisa más erótica que Paula había visto en su vida.
—Eso digo yo. ¿Quién necesita dormir?
En cuanto amaneció, doblaron la tienda y se vistieron a toda prisa. Pedro no hablaba mucho mientras descendían y Paula se sintió inquieta. Algo pasaba. Después de la intimidad que habían compartido la noche anterior, deberían caminar de la mano o mirarse tiernamente. Pero él apenas la miraba.Ella habría deseado rodearlo con sus brazos y decirle cuánto lo amaba, pero el orgullo se lo impedía. Pedro era así después de todo y mantenía sus emociones bajo control. Excepto la noche anterior. Su corazón se calentó al recordar lo que habían compartido. Cómo la había tocado, cómo la había abrazado. Aunque él no había pronunciado la palabra amor. ¿Habría imaginado sus caricias, sus miradas? Quizá sólo era su forma de seducirla... Pero debía dejar de pensar en eso. Lo conocía y sabía que él no quería un compromiso. ¿Qué esperaba? ¿Qué se pusiera de rodillas y le declarase su amor? Sí, eso era lo que había esperado. Pero sólo era una fantasía. Pedro no iba a comprometerse con nadie.
Lo Inesperado: Capítulo 48
Entonces, de repente, él enredó los dedos en su pelo y la sujetó para que no pudiera apartarse.
—Dilo otra vez.
—Te deseo...
Pedro sacudió la cabeza, con tristeza.
—No es verdad. Lo que pasa es que tienes miedo y crees que me necesitas. No te preocupes, Paula. Te prometo que te sacaré de aquí.
—No es eso.
—Entonces, ¿Qué?
—Tenías razón —murmuró ella, con el corazón acelerado.
Nunca le había hecho proposiciones a un hombre. ¿Y si la rechazaba?
—¿Sobre qué?
—Sobre que merecía la pena arriesgarse.
Pedro no dijo nada y Paula, con una decisión que a ella misma sorprendía, pasó la lengua por sus labios en un gesto provocativo. En un segundo, Pedro se tumbó sobre ella, sosteniéndose con un brazo para no hacerle daño. Paula había dejado de jugar. Amaba a aquel hombre y le daba igual no ser sensata.
—Esta es la última advertencia...
—Bésame, Pedro.
Él se inclinó hacia su boca, respirando con dificultad. Y entonces, con un gemido ronco, el mundo desapareció para los dos. La tormenta que soplaba fuera de la tienda no era nada comparada con la que había dentro. Pedro se colocó sobre ella, su excitación era evidente. Paula se derretía mientras él le quitaba la camiseta y buscaba el cierre del sujetador. El roce de los dedos masculinos sobre su pecho hizo que lo deseara como nunca había deseado a nadie.
—Tranquila, cielo —murmuró él con voz ronca de pasión.
Paula sintió la lengua del hombre sobre sus pechos y tuvo que cerrar los ojos. Cuando Pedro deslizó la mano hacia abajo para acariciarla con perversa intimidad, levantó las caderas, deseando que la poseyera.
—Por favor...
—Te he deseado durante tanto tiempo, Paula...
—Yo también.
Iba a morir. Si él no le hacía el amor inmediatamente, iba a morir.
—¿Podemos...?
Paula asintió. No había riesgo. Estaba completamente segura de que no era su período de ovulación. Y, además, deseaba a aquel hombre con toda su alma. Pedro le abrió las piernas y tomó su boca en un beso que reflejaba todo el ansia que sentía. Después, se introdujo en ella con una poderosa embestida y Paula pensó que su grito de dolor se había perdido en la boca del hombre. Pero Pedro debió sentir la tensión porque se quedó parado.
—¿Paula?
Ella lo miró; confusa, deslizando las manos por sus apretadas nalgas para que no se apartase.
—No pares...
—¿Parar? ¿Crees que soy Superman? No podría parar por nada del mundo, pero no quiero hacerte daño.
—No me haces daño. Sólo ha sido un segundo —murmuró ella.
—¿Por qué no me has dicho nada?
—No tiene importancia.
Pedro volvió a introducirse en ella, aquella vez más despacio, y sintió que Paula clavaba las uñas en su espalda.
—Tranquila, cariño. No te haré daño si te relajas.
—Dilo otra vez.
—Te deseo...
Pedro sacudió la cabeza, con tristeza.
—No es verdad. Lo que pasa es que tienes miedo y crees que me necesitas. No te preocupes, Paula. Te prometo que te sacaré de aquí.
—No es eso.
—Entonces, ¿Qué?
—Tenías razón —murmuró ella, con el corazón acelerado.
Nunca le había hecho proposiciones a un hombre. ¿Y si la rechazaba?
—¿Sobre qué?
—Sobre que merecía la pena arriesgarse.
Pedro no dijo nada y Paula, con una decisión que a ella misma sorprendía, pasó la lengua por sus labios en un gesto provocativo. En un segundo, Pedro se tumbó sobre ella, sosteniéndose con un brazo para no hacerle daño. Paula había dejado de jugar. Amaba a aquel hombre y le daba igual no ser sensata.
—Esta es la última advertencia...
—Bésame, Pedro.
Él se inclinó hacia su boca, respirando con dificultad. Y entonces, con un gemido ronco, el mundo desapareció para los dos. La tormenta que soplaba fuera de la tienda no era nada comparada con la que había dentro. Pedro se colocó sobre ella, su excitación era evidente. Paula se derretía mientras él le quitaba la camiseta y buscaba el cierre del sujetador. El roce de los dedos masculinos sobre su pecho hizo que lo deseara como nunca había deseado a nadie.
—Tranquila, cielo —murmuró él con voz ronca de pasión.
Paula sintió la lengua del hombre sobre sus pechos y tuvo que cerrar los ojos. Cuando Pedro deslizó la mano hacia abajo para acariciarla con perversa intimidad, levantó las caderas, deseando que la poseyera.
—Por favor...
—Te he deseado durante tanto tiempo, Paula...
—Yo también.
Iba a morir. Si él no le hacía el amor inmediatamente, iba a morir.
—¿Podemos...?
Paula asintió. No había riesgo. Estaba completamente segura de que no era su período de ovulación. Y, además, deseaba a aquel hombre con toda su alma. Pedro le abrió las piernas y tomó su boca en un beso que reflejaba todo el ansia que sentía. Después, se introdujo en ella con una poderosa embestida y Paula pensó que su grito de dolor se había perdido en la boca del hombre. Pero Pedro debió sentir la tensión porque se quedó parado.
—¿Paula?
Ella lo miró; confusa, deslizando las manos por sus apretadas nalgas para que no se apartase.
—No pares...
—¿Parar? ¿Crees que soy Superman? No podría parar por nada del mundo, pero no quiero hacerte daño.
—No me haces daño. Sólo ha sido un segundo —murmuró ella.
—¿Por qué no me has dicho nada?
—No tiene importancia.
Pedro volvió a introducirse en ella, aquella vez más despacio, y sintió que Paula clavaba las uñas en su espalda.
—Tranquila, cariño. No te haré daño si te relajas.
Lo Inesperado: Capítulo 47
—No pasa nada. Estoy bien —murmuró ella. Estaba temblando, pero no sabía por qué. La tienda era un refugio perfecto.
—Métete en el saco, anda.
Paula siguió sus instrucciones sin discutir, observando que Sean sacaba el móvil de la mochila.
—¿Estás llamando a Matías?
—Le dimos nuestra ruta, así que estará preocupado. Esperemos que haya cobertura... ¿Matías? Sí, soy yo... ¡Dímelo a mí! Paula está bien... No hace falta. Acamparemos aquí esta noche y bajaremos mañana a primera hora... Sí, eso espero —rió antes de colgar—. Supongo que no me dejarás compartir el saco.
—¿Crees que soy un monstruo?
Paula le hizo sitio para demostrar que no tenía miedo. Pero cuando se metió en el saco, tuvo que hacer un esfuerzo para disimular la agitación que le producía el cuerpo del hombre tan cerca. El viento y la nieve sacudían la tienda con fuerza y, sin embargo, al lado de Pedro, se sentía deliciosamente segura.
—Tengo que apagar la linterna —dijo él con voz ronca.
—¿No podemos dejarla encendida un rato más?
—¿Tienes miedo?
—No —contestó ella. Y era cierto—. Pero no quiero quedarme a oscuras todavía.
Pedro la estudió durante largo rato y después se quedó mirando el techo de la tienda.
Paula observó su perfil. ¿Por qué no la tocaba? Después de los besos que habían compartido, pensaba que eso era lo que haría en una situación como aquella, tumbados en un saco de dormir, medio desnudos... Pero no lo hizo. No la tocó. Normalmente, tenía que apartarse de él y cuando deseaba desesperadamente tocarlo, Sean parecía indiferente. Y ella necesitaba que la tocase. Necesitaba sentir su fuerza, su seguridad. Lo amaba tanto... Pedro tenía razón. Merecía la pena arriesgarse. Sin pensar en las consecuencias, puso una mano sobre el torso del hombre, casi sin atreverse a respirar. Sin planearlo, metió la mano por debajo de la camiseta, nerviosa al rozar el vello masculino. Pedro apartó su mano.
—Estás jugando con fuego, Paula—dijo con voz ronca.
Ella se apoyó en un codo y lo miró a los ojos.
—Pedro...
—Vamos a dejar las cosas claras —la interrumpió él—. Puede que yo tenga mucha fuerz de voluntad cuando los dos estamos vestidos, pero ahora estamos dentro de un saco de dormir, medio desnudos. Y no puedo prometer que pueda controlarme, cariño.
Paula colocó una pierna sobre el fuerte muslo del hombre.
—No quiero que te controles, Pedro—dijo en un suspiro.
—Métete en el saco, anda.
Paula siguió sus instrucciones sin discutir, observando que Sean sacaba el móvil de la mochila.
—¿Estás llamando a Matías?
—Le dimos nuestra ruta, así que estará preocupado. Esperemos que haya cobertura... ¿Matías? Sí, soy yo... ¡Dímelo a mí! Paula está bien... No hace falta. Acamparemos aquí esta noche y bajaremos mañana a primera hora... Sí, eso espero —rió antes de colgar—. Supongo que no me dejarás compartir el saco.
—¿Crees que soy un monstruo?
Paula le hizo sitio para demostrar que no tenía miedo. Pero cuando se metió en el saco, tuvo que hacer un esfuerzo para disimular la agitación que le producía el cuerpo del hombre tan cerca. El viento y la nieve sacudían la tienda con fuerza y, sin embargo, al lado de Pedro, se sentía deliciosamente segura.
—Tengo que apagar la linterna —dijo él con voz ronca.
—¿No podemos dejarla encendida un rato más?
—¿Tienes miedo?
—No —contestó ella. Y era cierto—. Pero no quiero quedarme a oscuras todavía.
Pedro la estudió durante largo rato y después se quedó mirando el techo de la tienda.
Paula observó su perfil. ¿Por qué no la tocaba? Después de los besos que habían compartido, pensaba que eso era lo que haría en una situación como aquella, tumbados en un saco de dormir, medio desnudos... Pero no lo hizo. No la tocó. Normalmente, tenía que apartarse de él y cuando deseaba desesperadamente tocarlo, Sean parecía indiferente. Y ella necesitaba que la tocase. Necesitaba sentir su fuerza, su seguridad. Lo amaba tanto... Pedro tenía razón. Merecía la pena arriesgarse. Sin pensar en las consecuencias, puso una mano sobre el torso del hombre, casi sin atreverse a respirar. Sin planearlo, metió la mano por debajo de la camiseta, nerviosa al rozar el vello masculino. Pedro apartó su mano.
—Estás jugando con fuego, Paula—dijo con voz ronca.
Ella se apoyó en un codo y lo miró a los ojos.
—Pedro...
—Vamos a dejar las cosas claras —la interrumpió él—. Puede que yo tenga mucha fuerz de voluntad cuando los dos estamos vestidos, pero ahora estamos dentro de un saco de dormir, medio desnudos. Y no puedo prometer que pueda controlarme, cariño.
Paula colocó una pierna sobre el fuerte muslo del hombre.
—No quiero que te controles, Pedro—dijo en un suspiro.
Lo Inesperado: Capítulo 46
—Sí, estoy bien.
—Mónica y él habían acogido a un niño unos años atrás, de modo que tenían experiencia. Un día me metí en un lío y Gabriel me salvó.
—¿Qué clase de lío?
—Entré con mis amigos en un almacén abandonado y cuando llegó el encargado me tiré por la ventana. Pero era demasiado alta y me torcí el tobillo. Me llevaron a la clínica y Gabriel me atendió, pero no sólo me curó el tobillo, me dió la charla más larga que me han dado en la vida —rió Pedro—. Pensé que iba a llamar a la policía, pero no lo hizo. Llamó a los Servicios Sociales y organizó un escándalo.
—¿Por no cuidar de tí?
—Algo así. En fin, al final Mónica y él me llevaron a su casa. Y eso es lo que pasó.
—Llevabas demasiado tiempo yendo de un lado para otro. Nadie se ocupaba de tí, por eso no podías confiar en los demás.
Él la miró a los ojos, sonriendo.
—Eres muy lista.
—No, es una conclusión lógica.
—Pero aprendí a confiar en ellos. Gabriel y Mónica me querían de verdad. Gabriel pensó que el entrenamiento en el ejército me iría bien y tenía razón.
—Y supongo que se emocionó cuando supo que te habías convertido en médico.
Los ojos de Pedro brillaron entonces.
—La verdad es que sí.
—Te quiere mucho.
—Lo sé —murmuró él, colocándose la mochila a la espalda—. Cuéntame cosas de tí. Tu infancia fue idílica comparada con la mía, supongo.
Pedro se paró en ese momento y Paula, que iba mirando al suelo, se chocó contra él.
—Tienes que ponerte luces de freno. ¿Qué pasa?
—El tiempo. Debería haber confiado en mi instinto —dijo Pedro, mirando el cielo.
Había empezado a nevar y Paula parpadeó, sorprendida. No se había dado cuenta.
—Será mejor que bajemos.
Caminaron durante media hora, pero era agotador porque el viento y la nieve los empujaban hacia atrás y cada paso era un esfuerzo. ¿Por qué no se habían dado cuenta antes de cómo cambiaba el tiempo? Paula se mordió los labios. Porque estaban demasiado ocupados disfrutando el uno del otro. Ninguno de los dos se había fijado en que el cielo se había oscurecido como si fuera de noche. Pedro tuvo que sujetarla cuando un golpe de viento casi la lanzó al suelo. Y, por una vez, Paula se alegraba de que fuera tan protector.
—¿Estás bien?
—Sí. Pero la verdad era que estaba un poco asustada.
Sabía mejor que nadie lo peligrosa que era la montaña cuando uno cometía un error. Y ellos habían cometido uno muy grave.
—Se está haciendo tarde. Lo mejor será que acampemos.
—¿Acampar?
—No vamos a poder bajar con este viento y se está haciendo de noche, Paula—Pedro tuvo que gritar para hacerse oír.
—¿No podemos intentarlo? Llevamos linternas...
—No —la interrumpió él—. Es imposible. Acabaríamos cayendo a algún barranco. Lo único que podemos hacer es acampar y esperar a mañana.
—Pero no llevamos equipo —protestó Paula.
—Claro que llevamos. ¿Es que tienes miedo de mí? —rió Pedro.
¿Cómo podía flirtear en aquella situación?, se preguntó ella, irritada.
—Pedro, por favor...
Algo en su voz debió sorprenderlo porque la sonrisa se borró de sus labios.
—No pasará nada. Confía en mí. Vamos a colocar la tienda tras esa roca. ¿Puedes caminar un poco más?
Ella asintió, asombrada. ¿Tienda? ¿Llevaba una tienda de campaña? Unos minutos después, habían montado una pequeña tienda de tela impermeable.
—Uf, menos mal.
—Quítate la ropa mojada. Yo me daré la vuelta.
—Sí, señor —rió Paula.
—Estás temblando.
—Mónica y él habían acogido a un niño unos años atrás, de modo que tenían experiencia. Un día me metí en un lío y Gabriel me salvó.
—¿Qué clase de lío?
—Entré con mis amigos en un almacén abandonado y cuando llegó el encargado me tiré por la ventana. Pero era demasiado alta y me torcí el tobillo. Me llevaron a la clínica y Gabriel me atendió, pero no sólo me curó el tobillo, me dió la charla más larga que me han dado en la vida —rió Pedro—. Pensé que iba a llamar a la policía, pero no lo hizo. Llamó a los Servicios Sociales y organizó un escándalo.
—¿Por no cuidar de tí?
—Algo así. En fin, al final Mónica y él me llevaron a su casa. Y eso es lo que pasó.
—Llevabas demasiado tiempo yendo de un lado para otro. Nadie se ocupaba de tí, por eso no podías confiar en los demás.
Él la miró a los ojos, sonriendo.
—Eres muy lista.
—No, es una conclusión lógica.
—Pero aprendí a confiar en ellos. Gabriel y Mónica me querían de verdad. Gabriel pensó que el entrenamiento en el ejército me iría bien y tenía razón.
—Y supongo que se emocionó cuando supo que te habías convertido en médico.
Los ojos de Pedro brillaron entonces.
—La verdad es que sí.
—Te quiere mucho.
—Lo sé —murmuró él, colocándose la mochila a la espalda—. Cuéntame cosas de tí. Tu infancia fue idílica comparada con la mía, supongo.
Pedro se paró en ese momento y Paula, que iba mirando al suelo, se chocó contra él.
—Tienes que ponerte luces de freno. ¿Qué pasa?
—El tiempo. Debería haber confiado en mi instinto —dijo Pedro, mirando el cielo.
Había empezado a nevar y Paula parpadeó, sorprendida. No se había dado cuenta.
—Será mejor que bajemos.
Caminaron durante media hora, pero era agotador porque el viento y la nieve los empujaban hacia atrás y cada paso era un esfuerzo. ¿Por qué no se habían dado cuenta antes de cómo cambiaba el tiempo? Paula se mordió los labios. Porque estaban demasiado ocupados disfrutando el uno del otro. Ninguno de los dos se había fijado en que el cielo se había oscurecido como si fuera de noche. Pedro tuvo que sujetarla cuando un golpe de viento casi la lanzó al suelo. Y, por una vez, Paula se alegraba de que fuera tan protector.
—¿Estás bien?
—Sí. Pero la verdad era que estaba un poco asustada.
Sabía mejor que nadie lo peligrosa que era la montaña cuando uno cometía un error. Y ellos habían cometido uno muy grave.
—Se está haciendo tarde. Lo mejor será que acampemos.
—¿Acampar?
—No vamos a poder bajar con este viento y se está haciendo de noche, Paula—Pedro tuvo que gritar para hacerse oír.
—¿No podemos intentarlo? Llevamos linternas...
—No —la interrumpió él—. Es imposible. Acabaríamos cayendo a algún barranco. Lo único que podemos hacer es acampar y esperar a mañana.
—Pero no llevamos equipo —protestó Paula.
—Claro que llevamos. ¿Es que tienes miedo de mí? —rió Pedro.
¿Cómo podía flirtear en aquella situación?, se preguntó ella, irritada.
—Pedro, por favor...
Algo en su voz debió sorprenderlo porque la sonrisa se borró de sus labios.
—No pasará nada. Confía en mí. Vamos a colocar la tienda tras esa roca. ¿Puedes caminar un poco más?
Ella asintió, asombrada. ¿Tienda? ¿Llevaba una tienda de campaña? Unos minutos después, habían montado una pequeña tienda de tela impermeable.
—Uf, menos mal.
—Quítate la ropa mojada. Yo me daré la vuelta.
—Sí, señor —rió Paula.
—Estás temblando.
miércoles, 14 de febrero de 2018
Lo Inesperado: Capítulo 45
Paula guardó el mapa en el bolsillo y levantó la cara.
—Me encanta esta época del año —dijo, con las mejillas rojas por el frío—. No hay ningún turista.
Pedro miró al cielo, con gesto preocupado.
—No me gusta mucho el aspecto que tiene.
—La predicción del tiempo era buena.
—Sí —murmuró él. Pero no parecía convencido.
—¿En el ejército trabajabas mucho al aire libre?
Pedro se volvió y le lanzó una mirada que la dejó temblando.
—Sí. Solíamos pasar muchas noches bajo las estrellas. Eran entrenamientos de supervivencia.
—Está bien eso de que te paguen por pasar el día de excursión.
—No era siempre un paseo. A veces dormíamos casi enterrados en la nieve.
—¿Eran entrenamientos peligrosos? —preguntó Paula, apretándose el anorak contra el pecho. Realmente, había empezado a hacer mucho frío.
—Desde luego. El ejército pierde reclutas en los entrenamientos, pero no suele hacerse público.
—¿Cuándo decidiste convertirte en médico?
—No lo sé. Supongo que, inconscientemente, debía pensarlo desde que conocí a Gabriel. Pero no empecé a tomármelo en serio hasta que hice un entrenamiento médico en el ejército.
—¿Cómo fuiste a vivir con Gabriel? —preguntó Paula entonces. Un segundo después, se arrepintió—. Perdona. Ya sé que no te gusta hablar del tema.
—Me sorprende que no te hayan contado la historia.
—Aquí la gente no es muy dada a cotillear.
—Lo sé —murmuró Pedro, mirándola a los ojos.
¿Iba a besarla? Hacía mucho tiempo que no la besaba, desde la noche de la hoguera. Paula se sentía horrorizada porque deseaba que lo hiciera. ¿Qué le estaba pasando?
—Yo era un poco difícil de pequeño —empezó a decir él, mirando al horizonte—. Más que difícil, era un niño muy problemático. Ninguna de las familias de acogida podía soportarme mucho tiempo.
El corazón de Paula se encogió, imaginando lo solitario que debía haberse sentido de niño. Era lógico que fuera difícil. Le hubiera gustado preguntar si había intentado alguna vez localizar a su madre, pero no se atrevía a hacerlo. De repente, le hubiera gustado rodearlo con sus brazos. Darle el amor que nunca había tenido. ¿El amor? Se quedó sin respiración. Era una loca, pero se había enamorado de él. Se había enamorado locamente de aquel hombre.
—Entonces apareció Gabriel... ¿Te encuentras bien?
No. No se encontraba bien. Estaba enamorada de un hombre que no quería saber nada de compromisos. De un hombre que no quería saber nada de permanencia.
—Me encanta esta época del año —dijo, con las mejillas rojas por el frío—. No hay ningún turista.
Pedro miró al cielo, con gesto preocupado.
—No me gusta mucho el aspecto que tiene.
—La predicción del tiempo era buena.
—Sí —murmuró él. Pero no parecía convencido.
—¿En el ejército trabajabas mucho al aire libre?
Pedro se volvió y le lanzó una mirada que la dejó temblando.
—Sí. Solíamos pasar muchas noches bajo las estrellas. Eran entrenamientos de supervivencia.
—Está bien eso de que te paguen por pasar el día de excursión.
—No era siempre un paseo. A veces dormíamos casi enterrados en la nieve.
—¿Eran entrenamientos peligrosos? —preguntó Paula, apretándose el anorak contra el pecho. Realmente, había empezado a hacer mucho frío.
—Desde luego. El ejército pierde reclutas en los entrenamientos, pero no suele hacerse público.
—¿Cuándo decidiste convertirte en médico?
—No lo sé. Supongo que, inconscientemente, debía pensarlo desde que conocí a Gabriel. Pero no empecé a tomármelo en serio hasta que hice un entrenamiento médico en el ejército.
—¿Cómo fuiste a vivir con Gabriel? —preguntó Paula entonces. Un segundo después, se arrepintió—. Perdona. Ya sé que no te gusta hablar del tema.
—Me sorprende que no te hayan contado la historia.
—Aquí la gente no es muy dada a cotillear.
—Lo sé —murmuró Pedro, mirándola a los ojos.
¿Iba a besarla? Hacía mucho tiempo que no la besaba, desde la noche de la hoguera. Paula se sentía horrorizada porque deseaba que lo hiciera. ¿Qué le estaba pasando?
—Yo era un poco difícil de pequeño —empezó a decir él, mirando al horizonte—. Más que difícil, era un niño muy problemático. Ninguna de las familias de acogida podía soportarme mucho tiempo.
El corazón de Paula se encogió, imaginando lo solitario que debía haberse sentido de niño. Era lógico que fuera difícil. Le hubiera gustado preguntar si había intentado alguna vez localizar a su madre, pero no se atrevía a hacerlo. De repente, le hubiera gustado rodearlo con sus brazos. Darle el amor que nunca había tenido. ¿El amor? Se quedó sin respiración. Era una loca, pero se había enamorado de él. Se había enamorado locamente de aquel hombre.
—Entonces apareció Gabriel... ¿Te encuentras bien?
No. No se encontraba bien. Estaba enamorada de un hombre que no quería saber nada de compromisos. De un hombre que no quería saber nada de permanencia.
Lo Inesperado: Capítulo 44
Gabriel se concentró en su bocadillo.
—Será mejor que vaya contigo, Paula. Si no, estará llamando al equipo de rescate cada cinco minutos.
—También puede llamarme a mí —sonrió Catalina—. Apolo y yo hemos pasado el examen y, a partir de hoy, somos miembros del equipo de rescate.
—¿En serio? Eso es estupendo.
—¿Quién te llama si hay un accidente, Matías? —preguntó Pedro.
—Él o Arturo Davies, el coordinador. Me llaman y yo acudo rauda al rescate.
—No creo que tengas que rescatarme, pero gracias de todas formas —rió Paula.
—¿Dónde piensas ir? —preguntó Pedro, estirando las piernas por debajo de la mesa.
Desde la fiesta del sábado, apenas se habían visto y la molestaba haberlo echado de menos. Además, se sentía un poco desilusionada porque él no la había buscado. Quizá había cambiado de opinión... Paula sacudió la cabeza, enfadada consigo misma. Mejor si había cambiado de opinión. Eso era lo que quería, ¿No?En ese momento se percató de que Pedro estaba esperando una respuesta.
—Ah, pues... depende del tiempo que haga.
Durante unos segundos se miraron a los ojos y su corazón dió un vuelco al leer el mensaje que había en los del hombre. No había cambiado de opinión. Estaba buscando el momento oportuno.
—Vayan donde vayan, tengan cuidado —intervino Gabriel.
—Sí, tío Gabriel—sonrió Pedro.
En ese momento, Paula pensó que no había vuelto a mencionar la idea de marcharse de Cumbria. ¿Se lo estaría pensando? Pero eso a ella no debía importarle. Eso no cambiaba su opinión sobre las relaciones de pareja. Y tampoco cambiaba lo que ella pensaba sobre los hombres que no querían comprometerse. Por la tarde, Celina Webster fue a la consulta, con los dos niños de la mano.
—¿Qué tal la varicela?
—Ya casi se le ha pasado —sonrió la joven.
—¿Y tú qué tal vas?
—Mañana salgo de cuentas y si no nace inmediatamente, me da un ataque.
—¿Tienes contracciones? —preguntó Paula.
—Muchas. Pero todavía no son de las de verdad.
—¿Cuándo tienes que ir al hospital?
—La semana que viene, pero yo creo que va a nacer antes.
—Vamos a echarte un vistazo.
Paula comprobó su presión arterial y examinó sus tobillos para ver si estaban hinchados.
—¿Cómo me encuentra?
—A punto —rió Paula, palpándole el vientre—. Es un niño grande.
—Dígamelo a mí.
—Parece que está en buena posición. Y el corazón suena perfectamente.
—Espero que esté bien, pero tengo miedo, doctora Chaves. Todo el mundo me dice que va a salir bien, pero cada vez que me acuerdo de los otros dos partos...
—Seguro que esta vez todo va perfectamente. ¿Qué vas a hacer con los enanos cuando te pongas de parto?
—Mi madre se quedará con ellos.
Paula la ayudó a sentarse y anotó algo en su informe mientras Celina se vestía.
—Me parece que a este niño le faltan aún un par de días.
—¿En serio? No sé si alegrarme.
—Llámame si pasa algo.
—No creo que haga falta. Oirá mis gritos —rió la joven, abriendo la puerta—. Gracias, doctora Chaves.
—Será mejor que vaya contigo, Paula. Si no, estará llamando al equipo de rescate cada cinco minutos.
—También puede llamarme a mí —sonrió Catalina—. Apolo y yo hemos pasado el examen y, a partir de hoy, somos miembros del equipo de rescate.
—¿En serio? Eso es estupendo.
—¿Quién te llama si hay un accidente, Matías? —preguntó Pedro.
—Él o Arturo Davies, el coordinador. Me llaman y yo acudo rauda al rescate.
—No creo que tengas que rescatarme, pero gracias de todas formas —rió Paula.
—¿Dónde piensas ir? —preguntó Pedro, estirando las piernas por debajo de la mesa.
Desde la fiesta del sábado, apenas se habían visto y la molestaba haberlo echado de menos. Además, se sentía un poco desilusionada porque él no la había buscado. Quizá había cambiado de opinión... Paula sacudió la cabeza, enfadada consigo misma. Mejor si había cambiado de opinión. Eso era lo que quería, ¿No?En ese momento se percató de que Pedro estaba esperando una respuesta.
—Ah, pues... depende del tiempo que haga.
Durante unos segundos se miraron a los ojos y su corazón dió un vuelco al leer el mensaje que había en los del hombre. No había cambiado de opinión. Estaba buscando el momento oportuno.
—Vayan donde vayan, tengan cuidado —intervino Gabriel.
—Sí, tío Gabriel—sonrió Pedro.
En ese momento, Paula pensó que no había vuelto a mencionar la idea de marcharse de Cumbria. ¿Se lo estaría pensando? Pero eso a ella no debía importarle. Eso no cambiaba su opinión sobre las relaciones de pareja. Y tampoco cambiaba lo que ella pensaba sobre los hombres que no querían comprometerse. Por la tarde, Celina Webster fue a la consulta, con los dos niños de la mano.
—¿Qué tal la varicela?
—Ya casi se le ha pasado —sonrió la joven.
—¿Y tú qué tal vas?
—Mañana salgo de cuentas y si no nace inmediatamente, me da un ataque.
—¿Tienes contracciones? —preguntó Paula.
—Muchas. Pero todavía no son de las de verdad.
—¿Cuándo tienes que ir al hospital?
—La semana que viene, pero yo creo que va a nacer antes.
—Vamos a echarte un vistazo.
Paula comprobó su presión arterial y examinó sus tobillos para ver si estaban hinchados.
—¿Cómo me encuentra?
—A punto —rió Paula, palpándole el vientre—. Es un niño grande.
—Dígamelo a mí.
—Parece que está en buena posición. Y el corazón suena perfectamente.
—Espero que esté bien, pero tengo miedo, doctora Chaves. Todo el mundo me dice que va a salir bien, pero cada vez que me acuerdo de los otros dos partos...
—Seguro que esta vez todo va perfectamente. ¿Qué vas a hacer con los enanos cuando te pongas de parto?
—Mi madre se quedará con ellos.
Paula la ayudó a sentarse y anotó algo en su informe mientras Celina se vestía.
—Me parece que a este niño le faltan aún un par de días.
—¿En serio? No sé si alegrarme.
—Llámame si pasa algo.
—No creo que haga falta. Oirá mis gritos —rió la joven, abriendo la puerta—. Gracias, doctora Chaves.
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