-Me amas. Eso es todo lo que cuenta -fue hacia ella, preparado a luchar por esa mujer asombrosa y vulnerable que se había apoderado de su corazón.
-¿Recuerdas cuando hablamos por última vez? Me dijiste que no había futuro para nosotros, que jamás podrías confiar en mí, que nunca podría ser la clase de mujer con la que podrías tener una relación...
-Debes perdonarme por eso -musitó con voz ronca. Pudo captar la desesperación en su voz y no le importó-. Nunca antes había sentido algo así por alguien. Ni siquiera lo reconocí por lo que era. Dios, aún me aferraba a la creencia de que podía sobrevivir sin tí y no puedo.
Paula se humedeció lo labios con gesto nervioso.
-Tenía tanto miedo -murmuró-. Sabía que sin amor y confianza, sólo habría odio entre nosotros si te contaba...
-¿Contarme qué?
Cerró los ojos.
-Si te contaba que estoy esperando tu bebé... -aguardó la reacción conmocionada, que le dijera que lo había engañado, que había permitido que se alejara de su propio hijo. No llegó. Terminó por abrir los ojos y lo miró a la cara.
-¿Estás... embarazada?
-Pensé que me odiarías, que creerías que lo había hecho a propósito para tratar de obligarte a mantener una relación que no querías. Pensé que podrías tratar de quitarme al bebé... porque yo no te importaba, porque pudieras considerarme una madre inapropiada... Tuve miedo...
-Vas a tener a nuestro bebé -había maravilla en su voz; entonces sonrió.
-¿No estás furioso?
-Estoy furioso por haber desperdiciado semanas, por haberte dejado vivir esta incertidumbre tú sola. Estoy furioso conmigo mismo porque... Puedo entender que tuvieras miedo de contármelo después de haberte aislado... Dios... -se le quebró la voz y en esa ocasión ella fue a sus brazos y se perdió en él, en su abrazo protector-. Sabes que vas a tener que casarte conmigo, ¿No?
-Pedro... entiendo que tal vez quieras ir paso a paso.
-Nada demasiado grande, pero tengo mucha familia... -la miró-. No quiero volver a perderte de vista nunca más -añadió-. Quiero casarme contigo. De hecho, insisto -le dió un beso suave en la boca, probándola como un hombre que bebe néctar.
-En ese caso... sí. ¡Sí, sí, sí! -le rodeó el cuello con los brazos y le devolvió el beso con intereses.
Cuando él apoyó la mano en su estómago, Paula experimentó un júbilo y un amor tan grandes, que creyó que se desmayaría.
Luego, mucho más tarde, después de que hubiera conocido y conquistado a su madre y de que Joaquín estuviera en la cama en el departamento que habían alquilado, los dos bajaron a dar un paseo por la playa. Lo puso al corriente de la nueva situación de sus padres y del giro inesperado en su propia vida. Hablaron de Federico y acordaron que lo mejor sería que fuera sincero consigo mismo y con la gente que quería. Paula creía estar en una nube. Cuando él preguntó con tono seductor si, al ser futuros padres, ya eran demasiado mayores para hacerlo en el coche, ella no pudo evitar reír. Pero en esa ocasión, fue un acto de amor especial, exquisitamente gratificante. El coche se hallaba a kilómetros de alguna parte.
-Me siento como un crío -gimió él, haciendo que se sentara encima-. Es demasiado pequeño, demasiado incómodo y las ventanas se están empañando. Pero, Dios, ¡Cuánto te deseo!
-Bien -se abrió la blusa para que pudiera ver la plenitud de sus pechos y experimentó un poder embriagador y gozoso al oírlo gemir.
-Tus pezones ya están más grandes y oscuros -probó uno con la lengua-. Y tus pechos más pesados -como para demostrarlo, los sopesó con las manos, como si se tratara de fruta madura, antes de regresar a la tarea de probar lo que sostenía-. Estoy impaciente porque tu vientre crezca con nuestro hijo -murmuró mientras se lo acariciaba-. He echado de menos tocarte, hablar contigo, despertar a tu lado. Ahora eres mía y nunca voy a dejar que te vayas.
Paula suspiró cuando él se inclinó para succionarle los pechos. Suya para siempre. De ese hombre complejo, maravilloso y tierno. De su amante oscuro, exigente y entregado...
FIN
miércoles, 10 de enero de 2018
Prohibida: Capítulo 60
Paula se quedó boquiabierta y descubrió que apenas podía respirar. Un zumbido dulce le llenó los oídos. «Si es un sueño», pensó, «ojalá duerma para siempre».
-Fede llamó repetidamente y me negué a aceptar sus llamadas. Pensar en él, en que podría no volver a verte jamás pero él sí, me llenaba de furia. Y también de celos.
El corazón de Paula surcó las alturas. Hacía falta mucha honestidad para haber admitido eso y lo amó por el gesto.
-Pero al final tuve que verlo. Y me contó todo y sólo quiero saber...
-¿Qué te contó? -susurró Paula.
-Me habló de su sexualidad, de que es gay, de que su compromiso fue algo que lo inventaron los dos. Dijo que le daba respetabilidad con la familia y a tí seguridad de hombres indeseables.
-Pobre Fede-los ojos se le humedecieron-. Tiene que haber sido lo más duro que jamás haya hecho. Tenía tanto miedo de decepcionarlos a tí y a tu madre -se secó las lágrimas con el dorso de la mano-. Yo no podía decir una palabra, Pedro.
-Y a cambio dejaste que creyera...
-No tenía elección.
-Y te amo por ello.
Durante unos momentos preciosos el tiempo se detuvo mientras ella saboreaba las palabras que había anhelado oír. ¡La amaba! ¡Ese hombre grande, poderoso, controlado e invencible, la amaba! El pensamiento del bebé que llevaba en el interior, el secreto que le había guardado, la devolvió a la tierra con un aterrizaje doloroso. Tragó saliva y se levantó, dándole la espalda mientras iba a la ventana con los brazos cruzados. El lenguaje corporal era expresivo. Pedro la miró y experimentó un frío de miedo puro serpentear por su cuerpo. No había trazado plan alguno al conducir como loco a Cornualles, recorriendo la distancia en tiempo récord. Sólo había sabido que tenía que verla, que tenía que expresarle lo que había mantenido oculto de ,sí mismo hasta que no pudiera ocultarlo más. Su amor había sido una fuerza incontenible. ¿Qué había creído? El modo en que se hallaba erguida, la distancia que había puesto entre ellos, la expresión velada e insegura en la cara... Nada de eso había figurado en sus planes.
-Pedro...
-No lo digas -cortó él con aspereza-. He dicho demasiado -se levantó y metió las manos en los bolsillos.
-Pedro, te amo. Te he amado... Siento que te he amado desde siempre, pero hay algo que debo contarte y no sé qué vas a decir tú. Bueno, puedo adivinarlo... te vas a enfadar, pero no sentí que me quedara otra elección, igual que no la tenía en el asunto de contarte lo de Fede...
-Fede llamó repetidamente y me negué a aceptar sus llamadas. Pensar en él, en que podría no volver a verte jamás pero él sí, me llenaba de furia. Y también de celos.
El corazón de Paula surcó las alturas. Hacía falta mucha honestidad para haber admitido eso y lo amó por el gesto.
-Pero al final tuve que verlo. Y me contó todo y sólo quiero saber...
-¿Qué te contó? -susurró Paula.
-Me habló de su sexualidad, de que es gay, de que su compromiso fue algo que lo inventaron los dos. Dijo que le daba respetabilidad con la familia y a tí seguridad de hombres indeseables.
-Pobre Fede-los ojos se le humedecieron-. Tiene que haber sido lo más duro que jamás haya hecho. Tenía tanto miedo de decepcionarlos a tí y a tu madre -se secó las lágrimas con el dorso de la mano-. Yo no podía decir una palabra, Pedro.
-Y a cambio dejaste que creyera...
-No tenía elección.
-Y te amo por ello.
Durante unos momentos preciosos el tiempo se detuvo mientras ella saboreaba las palabras que había anhelado oír. ¡La amaba! ¡Ese hombre grande, poderoso, controlado e invencible, la amaba! El pensamiento del bebé que llevaba en el interior, el secreto que le había guardado, la devolvió a la tierra con un aterrizaje doloroso. Tragó saliva y se levantó, dándole la espalda mientras iba a la ventana con los brazos cruzados. El lenguaje corporal era expresivo. Pedro la miró y experimentó un frío de miedo puro serpentear por su cuerpo. No había trazado plan alguno al conducir como loco a Cornualles, recorriendo la distancia en tiempo récord. Sólo había sabido que tenía que verla, que tenía que expresarle lo que había mantenido oculto de ,sí mismo hasta que no pudiera ocultarlo más. Su amor había sido una fuerza incontenible. ¿Qué había creído? El modo en que se hallaba erguida, la distancia que había puesto entre ellos, la expresión velada e insegura en la cara... Nada de eso había figurado en sus planes.
-Pedro...
-No lo digas -cortó él con aspereza-. He dicho demasiado -se levantó y metió las manos en los bolsillos.
-Pedro, te amo. Te he amado... Siento que te he amado desde siempre, pero hay algo que debo contarte y no sé qué vas a decir tú. Bueno, puedo adivinarlo... te vas a enfadar, pero no sentí que me quedara otra elección, igual que no la tenía en el asunto de contarte lo de Fede...
Prohibida: Capítulo 59
Recuperó la conciencia y se encontró tendida en el sofá del salón. Durante unos momentos de desorientación, se preguntó si se había quedado dormida y sufrido una pesadilla altamente improbable,pero parpadeó y ahí estaba, arrodillado en el suelo junto a ella. Cerró los ojos con rapidez y volvió a abrirlos, convencida de que el espectro que había a su lado se desvanecería. No fue así. Habló.
-Te desmayaste. Si aguardas unos segundos, te traeré agua.
-¿Qué haces aquí? -preguntó con voz débil.
Se sentó y miró boquiabierta al hombre que con calma le devolvía la mirada. Las semanas transcurridas desde la última vez que lo había visto le habían provocado líneas de tensión en la cara. Los ojos oscuros estaban velados.
-Fui a tu casa. Imagina mi sorpresa al descubrir que la habías vendido. ¡Todo en el espacio de dos semanas!
-¿Por qué? -siguió mirándolo como si hubiera visto un fantasma-. ¿Por qué has venido aquí? ¿Cómo me encontraste? -con cada sílaba, la voz dominada por el pánico se elevaba un poco más.
-¿Qué pregunta quieres que conteste primero? Empezaré por la más fácil, ¿Te parece? -se apartó para acercar una silla al sofá y ponerse más cómodo-. Fui a ver a mi hermano. Había intentado contactar conmigo con urgencia, pero yo no aceptaba llamadas. Al final, decidí ir a Brighton y hablar con él en persona. ¿Por qué no me lo dijiste?
-¿Decirte qué?
-¿Por qué me dejaste pensar...? -desvió la vista y se reclinó, cruzando los brazos. Su expresión era de una vulnerabilidad intensa. Cuando volvió a hablar, su voz estaba controlada, pero gracias a un esfuerzo supremo-. He pasado por un infierno estas últimas cuatro semanas...
-¿Perdona? -murmuró Paula.
-No esperaba encontrarte aquí sola. Creía que tu madre y Joaquín podrían estar contigo. Esperaba... -unos ojos demacrados estudiaron su rostro-... un poco de tiempo antes de lanzarme a este discurso...
-¿Has preparado un discurso?
-Fede me contó que había venido tu madre, que pensabas en trasladarte a Cornualles. No sé si no hubiera tardado mucho más en localizarte de no haber encontrado en la repisa de su chimenea la postal que le mandaste. «Echo de menos Brighton pero me alegro de haberme ido. Te llamaré pronto». Me puse en contacto con todas las inmobiliarias de la guía, hasta que dí con la que habías empleado para ver este lugar -rió con pesar-. Jamás pensé que tenía pasta de detective, pero al parecer las situaciones extrañas revelan talentos ocultos.
-Sigo sin entender...
-Ni yo tampoco -por primera vez, la miró directamente a los ojos y sonrió con leve humor-. He pasado las últimas cuatro semanas a la espera de que mi vida recuperara la normalidad, de interesarme y centrarme en mi trabajo, de que me volviera a gustar la comida y mis amigos me divirtieran. No sucedió. La única persona en la que podía pensar eras... tú.
-Te desmayaste. Si aguardas unos segundos, te traeré agua.
-¿Qué haces aquí? -preguntó con voz débil.
Se sentó y miró boquiabierta al hombre que con calma le devolvía la mirada. Las semanas transcurridas desde la última vez que lo había visto le habían provocado líneas de tensión en la cara. Los ojos oscuros estaban velados.
-Fui a tu casa. Imagina mi sorpresa al descubrir que la habías vendido. ¡Todo en el espacio de dos semanas!
-¿Por qué? -siguió mirándolo como si hubiera visto un fantasma-. ¿Por qué has venido aquí? ¿Cómo me encontraste? -con cada sílaba, la voz dominada por el pánico se elevaba un poco más.
-¿Qué pregunta quieres que conteste primero? Empezaré por la más fácil, ¿Te parece? -se apartó para acercar una silla al sofá y ponerse más cómodo-. Fui a ver a mi hermano. Había intentado contactar conmigo con urgencia, pero yo no aceptaba llamadas. Al final, decidí ir a Brighton y hablar con él en persona. ¿Por qué no me lo dijiste?
-¿Decirte qué?
-¿Por qué me dejaste pensar...? -desvió la vista y se reclinó, cruzando los brazos. Su expresión era de una vulnerabilidad intensa. Cuando volvió a hablar, su voz estaba controlada, pero gracias a un esfuerzo supremo-. He pasado por un infierno estas últimas cuatro semanas...
-¿Perdona? -murmuró Paula.
-No esperaba encontrarte aquí sola. Creía que tu madre y Joaquín podrían estar contigo. Esperaba... -unos ojos demacrados estudiaron su rostro-... un poco de tiempo antes de lanzarme a este discurso...
-¿Has preparado un discurso?
-Fede me contó que había venido tu madre, que pensabas en trasladarte a Cornualles. No sé si no hubiera tardado mucho más en localizarte de no haber encontrado en la repisa de su chimenea la postal que le mandaste. «Echo de menos Brighton pero me alegro de haberme ido. Te llamaré pronto». Me puse en contacto con todas las inmobiliarias de la guía, hasta que dí con la que habías empleado para ver este lugar -rió con pesar-. Jamás pensé que tenía pasta de detective, pero al parecer las situaciones extrañas revelan talentos ocultos.
-Sigo sin entender...
-Ni yo tampoco -por primera vez, la miró directamente a los ojos y sonrió con leve humor-. He pasado las últimas cuatro semanas a la espera de que mi vida recuperara la normalidad, de interesarme y centrarme en mi trabajo, de que me volviera a gustar la comida y mis amigos me divirtieran. No sucedió. La única persona en la que podía pensar eras... tú.
Prohibida: Capítulo 58
Tampoco había desaparecido por completo de la vida de Federico. Seguirían comunicándose, aunque era poco probable que lo viera, pero siempre sería un vínculo, y en ese momento era algo que resultaba de ayuda. La consolaba saber que estaba al corriente de lo que sentía por su hermano, de que le transmitiría información si alguna vez se la pedía, aunque le había advertido de que jamás mencionara a Theo a menos que ella sacara el tema. Con el tiempo, tal vez le hablara del embarazo, aunque no sabía si sería justo colocarlo en una posición tan insostenible. Emergió de sus pensamientos y se dio cuenta de que su madre especulaba con hacer una oferta por la cabaña, de cuyos dormitorios Joaquín y Paula podrían disponer de los de la parte de atrás, con la distante vista del mar. Eso pareció recordarle a Joaquín que le habían prometido un paseo por la playa.
-No hace falta que vengas, cariño -dijo Alejandra, captando el estado de ánimo de su hija.
Odiaba verla tan encerrada en pensamientos desdichados, pero debía soportar el proceso de dolor para poder superarlo. Con el tiempo, ese hombre que la había herido se convertiría en una parte de su pasado y ella continuaría con su vida. Mientras tanto, sencillamente tendría que enfrentarse a la tristeza y aprender a encajarla en su vida. Paula sonrió agradecida y permaneció sentada a la mesa de la cocina, viendo a Joaquín agarrar la mano de su madre. Desaparecieron de vista y ella continuó sentada, mirando por la ventana, sin concentrarse en nada específico. Pasados diez minutos, con indiferencia realizó un recorrido de la cabaña para ver si lograba acopiar cierto entusiasmo. Se sentía apática y cansada. El hecho de estar embarazada de dos meses no ayudaba a incrementar sus niveles de energía, aunque el hecho de saber que siempre tendría una parte de Theo en cuanto naciera el bebé, le proporcionaba una sensación cada vez mayor de satisfacción serena.
Al bajar la escalera oyó el sonido de ruedas sobre la grava y supuso que sería el agente inmobiliario. Era una pena que por un cuarto de hora no pudiera ver a su madre. La llamada educada a la puerta se había tornado más insistente y, fugazmente, se preguntó si tenía alguna esperanza de esconderse. Teniendo en cuenta que el hombre dispondría de una llave, abandonó la idea, ya que no le parecía muy digno que la sorprendieran debajo de la mesa de la cocina. Abrió la puerta y parpadeó. El sol era brillante e intenso y envolvió la silueta del hombre en una perspectiva oscura. Se protegió los ojos con una mano y entonces un mareo intenso comenzó a extenderse por ella, emanando desde lo más hondo de su ser hasta que le llenó cada centímetro del cuerpo. Apenas era consciente de respirar y sólo dispuso de una advertencia de un segundo de que iba a desmayarse.
-No hace falta que vengas, cariño -dijo Alejandra, captando el estado de ánimo de su hija.
Odiaba verla tan encerrada en pensamientos desdichados, pero debía soportar el proceso de dolor para poder superarlo. Con el tiempo, ese hombre que la había herido se convertiría en una parte de su pasado y ella continuaría con su vida. Mientras tanto, sencillamente tendría que enfrentarse a la tristeza y aprender a encajarla en su vida. Paula sonrió agradecida y permaneció sentada a la mesa de la cocina, viendo a Joaquín agarrar la mano de su madre. Desaparecieron de vista y ella continuó sentada, mirando por la ventana, sin concentrarse en nada específico. Pasados diez minutos, con indiferencia realizó un recorrido de la cabaña para ver si lograba acopiar cierto entusiasmo. Se sentía apática y cansada. El hecho de estar embarazada de dos meses no ayudaba a incrementar sus niveles de energía, aunque el hecho de saber que siempre tendría una parte de Theo en cuanto naciera el bebé, le proporcionaba una sensación cada vez mayor de satisfacción serena.
Al bajar la escalera oyó el sonido de ruedas sobre la grava y supuso que sería el agente inmobiliario. Era una pena que por un cuarto de hora no pudiera ver a su madre. La llamada educada a la puerta se había tornado más insistente y, fugazmente, se preguntó si tenía alguna esperanza de esconderse. Teniendo en cuenta que el hombre dispondría de una llave, abandonó la idea, ya que no le parecía muy digno que la sorprendieran debajo de la mesa de la cocina. Abrió la puerta y parpadeó. El sol era brillante e intenso y envolvió la silueta del hombre en una perspectiva oscura. Se protegió los ojos con una mano y entonces un mareo intenso comenzó a extenderse por ella, emanando desde lo más hondo de su ser hasta que le llenó cada centímetro del cuerpo. Apenas era consciente de respirar y sólo dispuso de una advertencia de un segundo de que iba a desmayarse.
Prohibida: Capítulo 57
En ese momento miraban una cabaña, la quinta propiedad que habían visto en igual cantidad de días.
-¿Qué te parece? -Alejandra Chaves sacó su bloc de notas, en el que había estado tomando apuntes sobre cada casa que habían visitado, y comenzó a escribir.
-Mamá... no sé... ¿Y si no funciona? ¿Y si odias estar aquí? Quiero decir, has vivido con papá en Melbourne durante tanto tiempo y Cornualles... bueno, no es Melbourne...
-De eso ya me he dado cuenta -cerró el bloc y miró el rostro bonito y agotado de su hija-. Pero es el momento propicio de trasladarnos. Íbamos a hacerlo a principios de año, a sorprenderte con una visita en Navidad para darte la noticia, pero éste es tan buen momento como cualquier otro. De hecho, mejor. Mudarnos en pleno invierno no habría sido tan divertido, ¿Verdad? Así, podremos celebrar la Navidad juntos en una casa nueva, en un lugar nuevo... -pensativa, se palmeó el pelo corto.
Paula pensó que su madre estaba espléndida. El rostro le brillaba con buena salud y no había perdido nada de la elasticidad y esbeltez que había tenido de joven. Sólo estaba enfundada en una ropa diferente. Se habían acabado las faldas largas y amplias y las camisetas multicolor. Pero, tal como había descubierto durante las muchas conversaciones que habían compartido en esas semanas, los tiempos habían cambiado para sus padres. La tienda de alimentos naturales se había convertido, poco a poco, en un restaurante de primera clase y los adornos étnicos habían tenido tanto éxito en la venta, que habían abierto una tienda. De hecho, se habían convertido en empresarios en la mediana edad. Su padre había sacado a relucir sus habilidades empresariales y se había dedicado a llevar la contabilidad. Su madre se había convertido en una compradora astuta. La aventura vaga que habían emprendido se había convertido con paso lento pero seguro, en una empresa muy rentable, y el traslado a Cornualles en realidad era una expansión empresarial. Un amigo y director continuaría llevando los locales de Melbourne.
Según su madre, el mercado en Cornualles estaba maduro para una empresa similar. Había mucho dinero en circulación, turistas y un importante número de gente dispuesta a pagar por algo un poco diferente en lo referente a alojamiento y cocina. Habían hablado del negocio mientras tomaban el té, habían hablado de que se fuera con ellos y los ayudara a llevar el negocio el tiempo que quisiera dedicarle. De lo único de lo que nunca parecían hablar era de Pedro, y Paula sabía que era culpa suya. A su madre le habría encantado poder charlar sobre lo sucedido, pero, de algún modo, ella no conseguía tocar el tema. Quizá con el tiempo. Todavía le dolía demasiado pensar en él. Lo único que le impedía caer en la desesperación era Joaquín. Se había entregado a la abuela que acababa de descubrir con entusiasmo infantil e incondicional y había recibido la noticia del traslado a Cornualles sin vacilación. Era un rayo de luz en su mundo crepuscular.
-¿Qué te parece? -Alejandra Chaves sacó su bloc de notas, en el que había estado tomando apuntes sobre cada casa que habían visitado, y comenzó a escribir.
-Mamá... no sé... ¿Y si no funciona? ¿Y si odias estar aquí? Quiero decir, has vivido con papá en Melbourne durante tanto tiempo y Cornualles... bueno, no es Melbourne...
-De eso ya me he dado cuenta -cerró el bloc y miró el rostro bonito y agotado de su hija-. Pero es el momento propicio de trasladarnos. Íbamos a hacerlo a principios de año, a sorprenderte con una visita en Navidad para darte la noticia, pero éste es tan buen momento como cualquier otro. De hecho, mejor. Mudarnos en pleno invierno no habría sido tan divertido, ¿Verdad? Así, podremos celebrar la Navidad juntos en una casa nueva, en un lugar nuevo... -pensativa, se palmeó el pelo corto.
Paula pensó que su madre estaba espléndida. El rostro le brillaba con buena salud y no había perdido nada de la elasticidad y esbeltez que había tenido de joven. Sólo estaba enfundada en una ropa diferente. Se habían acabado las faldas largas y amplias y las camisetas multicolor. Pero, tal como había descubierto durante las muchas conversaciones que habían compartido en esas semanas, los tiempos habían cambiado para sus padres. La tienda de alimentos naturales se había convertido, poco a poco, en un restaurante de primera clase y los adornos étnicos habían tenido tanto éxito en la venta, que habían abierto una tienda. De hecho, se habían convertido en empresarios en la mediana edad. Su padre había sacado a relucir sus habilidades empresariales y se había dedicado a llevar la contabilidad. Su madre se había convertido en una compradora astuta. La aventura vaga que habían emprendido se había convertido con paso lento pero seguro, en una empresa muy rentable, y el traslado a Cornualles en realidad era una expansión empresarial. Un amigo y director continuaría llevando los locales de Melbourne.
Según su madre, el mercado en Cornualles estaba maduro para una empresa similar. Había mucho dinero en circulación, turistas y un importante número de gente dispuesta a pagar por algo un poco diferente en lo referente a alojamiento y cocina. Habían hablado del negocio mientras tomaban el té, habían hablado de que se fuera con ellos y los ayudara a llevar el negocio el tiempo que quisiera dedicarle. De lo único de lo que nunca parecían hablar era de Pedro, y Paula sabía que era culpa suya. A su madre le habría encantado poder charlar sobre lo sucedido, pero, de algún modo, ella no conseguía tocar el tema. Quizá con el tiempo. Todavía le dolía demasiado pensar en él. Lo único que le impedía caer en la desesperación era Joaquín. Se había entregado a la abuela que acababa de descubrir con entusiasmo infantil e incondicional y había recibido la noticia del traslado a Cornualles sin vacilación. Era un rayo de luz en su mundo crepuscular.
Prohibida: Capítulo 56
Fue consciente de que se movía.
-¿Qué le vas a contar a Joaquín? -inquirió desde la puerta.
-¿Te importa? -vió que apretaba la mandíbula y que la expresión se le ensombrecía-. Le diré que... que tuviste que regresar a Grecia y que probablemente no volvamos a verte... Lo entenderá. Los niños se adaptan. En dos semanas se habrá olvidado de tí -ni notó la sombra que cruzó el rostro de Pedro. Ya estaba saltando a una vida sin él.
-Sí.
¡Ni siquiera lo miraba! Había entrado por esa puerta con champán y disculpas, y se marchaba con un montón de recuerdos. Se dijo que era lo mejor. Paula había sido una distracción placentera, pero nada más, y habría sido injusto para ella haber continuado durante más tiempo con lo que tenían. Al final, se volvió, recogió la chaqueta y se marchó cerrando la puerta casi sin hacer ruido.
Liberada de la tensión, Paula sintió que se quedaba floja como una muñeca de trapo. Al rato, oyó el ruido del motor del coche al alejarse de ella y de su vida. Entonces, y sólo entonces, aparecieron las lágrimas. Luego, después de que se hubieran secado, y sin haberse movido del sofá, contempló lo siguiente que debía hacer. Marcharse de Brighton. En ese momento todavía no se le notaba el embarazo, pero no sería igual en un par de meses, y no podía correr el riesgo de que la viera accidentalmente en caso de que fuera a visitar a Federico. Debía marcharse de Brighton como una ladrona en la noche y enfrentarse sola al embarazo. Otra vez. Apoyó la mano en el estómago y cerró los ojos. No tenía sentido sentir pena de sí misma. Debía continuar y lo haría como mejor pudiera.
-Vuelves a estar melancólica, Pau. Sabes que no te lo puedes permitir. Joaquín lo percibe y lo hace infeliz.
Paula miró a su madre y de alguna parte logró sacar una sonrisa. No sabía desde cuándo ésta llevaba el pelo bien peinado y cortado ni se vestía con un traje pantalón. Las últimas cuatro semanas habían sido una serie de revelaciones y actividades frenéticas, y todo porque al día siguiente de que Pedro se marchara de su vida para siempre, había alzado el teléfono y llamado a sus padres. Había esperado recibir vagas muestras de simpatía y una invitación por compromiso para ir a Australia en cuanto lograran asentarse y empezaran a ahorrar algo de dinero. Ése había sido siempre su estribillo. Pero había recibido un consejo claro y pragmático de su madre y la decisión inmediata de ir a Inglaterra para poder ayudar a su hija. , Eso había sido hacía tres semanas y media, tiempo durante el cual había vendido su casa de Brighton, acompañado a su madre a una búsqueda vigorosa de propiedad en Cornualles y recibido las palabras directas y sensatas de consuelo que ni en un millón de años habría esperado.
-¿Qué le vas a contar a Joaquín? -inquirió desde la puerta.
-¿Te importa? -vió que apretaba la mandíbula y que la expresión se le ensombrecía-. Le diré que... que tuviste que regresar a Grecia y que probablemente no volvamos a verte... Lo entenderá. Los niños se adaptan. En dos semanas se habrá olvidado de tí -ni notó la sombra que cruzó el rostro de Pedro. Ya estaba saltando a una vida sin él.
-Sí.
¡Ni siquiera lo miraba! Había entrado por esa puerta con champán y disculpas, y se marchaba con un montón de recuerdos. Se dijo que era lo mejor. Paula había sido una distracción placentera, pero nada más, y habría sido injusto para ella haber continuado durante más tiempo con lo que tenían. Al final, se volvió, recogió la chaqueta y se marchó cerrando la puerta casi sin hacer ruido.
Liberada de la tensión, Paula sintió que se quedaba floja como una muñeca de trapo. Al rato, oyó el ruido del motor del coche al alejarse de ella y de su vida. Entonces, y sólo entonces, aparecieron las lágrimas. Luego, después de que se hubieran secado, y sin haberse movido del sofá, contempló lo siguiente que debía hacer. Marcharse de Brighton. En ese momento todavía no se le notaba el embarazo, pero no sería igual en un par de meses, y no podía correr el riesgo de que la viera accidentalmente en caso de que fuera a visitar a Federico. Debía marcharse de Brighton como una ladrona en la noche y enfrentarse sola al embarazo. Otra vez. Apoyó la mano en el estómago y cerró los ojos. No tenía sentido sentir pena de sí misma. Debía continuar y lo haría como mejor pudiera.
-Vuelves a estar melancólica, Pau. Sabes que no te lo puedes permitir. Joaquín lo percibe y lo hace infeliz.
Paula miró a su madre y de alguna parte logró sacar una sonrisa. No sabía desde cuándo ésta llevaba el pelo bien peinado y cortado ni se vestía con un traje pantalón. Las últimas cuatro semanas habían sido una serie de revelaciones y actividades frenéticas, y todo porque al día siguiente de que Pedro se marchara de su vida para siempre, había alzado el teléfono y llamado a sus padres. Había esperado recibir vagas muestras de simpatía y una invitación por compromiso para ir a Australia en cuanto lograran asentarse y empezaran a ahorrar algo de dinero. Ése había sido siempre su estribillo. Pero había recibido un consejo claro y pragmático de su madre y la decisión inmediata de ir a Inglaterra para poder ayudar a su hija. , Eso había sido hacía tres semanas y media, tiempo durante el cual había vendido su casa de Brighton, acompañado a su madre a una búsqueda vigorosa de propiedad en Cornualles y recibido las palabras directas y sensatas de consuelo que ni en un millón de años habría esperado.
lunes, 8 de enero de 2018
Prohibida: Capítulo 55
-¿Cómo imaginas que puedo considerar una relación a largo plazo contigo, cuando en el fondo de mi mente soy consciente de que estabas preparada para ofrecerte a mi hermano por los motivos equivocados? No soy un monstruo, pero me gusta pensar que soy inteligente -expuso con voz distante y fría.
Paula no dijo nada. Apartó la vista con los ojos brillantes y se mordió una uña.
-¿Quién puede afirmar que no has cambiado de alianza conmigo porque soy una mejor apuesta financiera que mi hermano?
-¡Eso es cruel e injusto!
-Es la implacabilidad de la lógica.
-Y en tu vida no hay espacio para nada que no tenga la implacabilidad de la lógica, ¿Verdad, Pedro? Una relación lógica y comprometida requiere a la chica adecuada con las credenciales adecuadas, y, bueno, en tu vida no hay espacio para lo ilógico, ¿Verdad? ¡No, ése sería un delito en el mundo de Pedro Alfonso!
-Es una conversación ridícula.
-Es una conversación necesaria. Cualquier chica, incluso una con las credenciales inadecuadas, tarde o temprano quiere saber hacia dónde está yendo.
-¿Y dónde crees que terminaríamos, Paula? ¿En el pasillo de una iglesia? Creía que los dos disfrutábamos dónde estábamos -suspiró-. ¿Por qué estropear las cosas?
-Creo que es hora de que te marches.
-¡Esto es una locura! -se puso de pie y comenzó a recorrer la estancia. Dió un puñetazo en la pared, y lo satisfizo ver que ella giraba la cabeza para mirarlo. Sus manos anhelaban tocarle el cabello, tocarla a ella otra vez, y esa debilidad lo estaba volviendo loco. Se detuvo delante de ella y se inclinó con cara lúgubremente furiosa-. ¿Por qué formular preguntas sobre el futuro cuando puedes destruir el presente en el proceso?
Paula pensó en la vida que crecía en su interior.
-Ni siquiera suenas como si yo te gustara, Pedro-comentó con voz vacía.
-¡Por el amor de Dios! ¡Claro que me gustas! -se apartó-. ¿Qué clase de comentario autocompasivo es ése?
No lo miró. Clavó la vista en la puerta del salón, casi cerrada. Necesitaba que se marchara. Ya. Tenerlo allí, compartiendo su espacio, la estaba destrozando.
-¿Y bien? -demandó él con aspereza-. ¿Crees que alguna vez podría acostarme con una mujer que no me gustara?
Paula se encogió de hombros.
-Dímelo tú, Pedro. ¿Lo harías? No es mucho peor que acostarte con una mujer en la que no confías, ¿No?
-Estás decidida a empujar esto a una conclusión, ¿Cierto? -interpretó el silencio que obtuvo como una confirmación-. ¿Cómo puedes esperar que alguna vez confíe en tí?
-Porque...
-¿Porque formamos un buen equipo entre las sábanas?
Eso dolió. Empezaba a costarle controlarse. ¿Era lo único que veía? La risa, los momentos que habían compartido con Joaquín, la conversación... ¿Para él todo se reducía a una parte necesaria con el fin de llevarla entre las sábanas para poder pasarlo bien? No podía creerlo, pero era lo que estaba diciendo. Se serenó el tiempo suficiente para señalar la puerta del salón.
-Fuera.
-Cuando salga por esa puerta, no volveré -afirmó con voz sombría-. Jamás he suplicado por una mujer y bajo ningún concepto pretendo empezar ahora.
Paula, que no soportaba mirarlo, apretó los dientes. Prolongar la conversación era una pérdida de tiempo. Jamás podría convencerlo de que podía confiar en ella, y aunque pudiera, daría igual. No la amaba y nunca lo haría.
Paula no dijo nada. Apartó la vista con los ojos brillantes y se mordió una uña.
-¿Quién puede afirmar que no has cambiado de alianza conmigo porque soy una mejor apuesta financiera que mi hermano?
-¡Eso es cruel e injusto!
-Es la implacabilidad de la lógica.
-Y en tu vida no hay espacio para nada que no tenga la implacabilidad de la lógica, ¿Verdad, Pedro? Una relación lógica y comprometida requiere a la chica adecuada con las credenciales adecuadas, y, bueno, en tu vida no hay espacio para lo ilógico, ¿Verdad? ¡No, ése sería un delito en el mundo de Pedro Alfonso!
-Es una conversación ridícula.
-Es una conversación necesaria. Cualquier chica, incluso una con las credenciales inadecuadas, tarde o temprano quiere saber hacia dónde está yendo.
-¿Y dónde crees que terminaríamos, Paula? ¿En el pasillo de una iglesia? Creía que los dos disfrutábamos dónde estábamos -suspiró-. ¿Por qué estropear las cosas?
-Creo que es hora de que te marches.
-¡Esto es una locura! -se puso de pie y comenzó a recorrer la estancia. Dió un puñetazo en la pared, y lo satisfizo ver que ella giraba la cabeza para mirarlo. Sus manos anhelaban tocarle el cabello, tocarla a ella otra vez, y esa debilidad lo estaba volviendo loco. Se detuvo delante de ella y se inclinó con cara lúgubremente furiosa-. ¿Por qué formular preguntas sobre el futuro cuando puedes destruir el presente en el proceso?
Paula pensó en la vida que crecía en su interior.
-Ni siquiera suenas como si yo te gustara, Pedro-comentó con voz vacía.
-¡Por el amor de Dios! ¡Claro que me gustas! -se apartó-. ¿Qué clase de comentario autocompasivo es ése?
No lo miró. Clavó la vista en la puerta del salón, casi cerrada. Necesitaba que se marchara. Ya. Tenerlo allí, compartiendo su espacio, la estaba destrozando.
-¿Y bien? -demandó él con aspereza-. ¿Crees que alguna vez podría acostarme con una mujer que no me gustara?
Paula se encogió de hombros.
-Dímelo tú, Pedro. ¿Lo harías? No es mucho peor que acostarte con una mujer en la que no confías, ¿No?
-Estás decidida a empujar esto a una conclusión, ¿Cierto? -interpretó el silencio que obtuvo como una confirmación-. ¿Cómo puedes esperar que alguna vez confíe en tí?
-Porque...
-¿Porque formamos un buen equipo entre las sábanas?
Eso dolió. Empezaba a costarle controlarse. ¿Era lo único que veía? La risa, los momentos que habían compartido con Joaquín, la conversación... ¿Para él todo se reducía a una parte necesaria con el fin de llevarla entre las sábanas para poder pasarlo bien? No podía creerlo, pero era lo que estaba diciendo. Se serenó el tiempo suficiente para señalar la puerta del salón.
-Fuera.
-Cuando salga por esa puerta, no volveré -afirmó con voz sombría-. Jamás he suplicado por una mujer y bajo ningún concepto pretendo empezar ahora.
Paula, que no soportaba mirarlo, apretó los dientes. Prolongar la conversación era una pérdida de tiempo. Jamás podría convencerlo de que podía confiar en ella, y aunque pudiera, daría igual. No la amaba y nunca lo haría.
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