miércoles, 10 de enero de 2018

Prohibida: Capítulo 61

-Me amas. Eso es todo lo que cuenta -fue hacia ella, preparado a  luchar  por  esa  mujer  asombrosa  y  vulnerable  que  se  había  apoderado de su corazón.

 -¿Recuerdas cuando hablamos por última vez? Me dijiste que no había  futuro  para  nosotros, que  jamás podrías  confiar  en  mí,  que  nunca  podría ser  la  clase  de  mujer  con  la  que  podrías  tener  una  relación...

-Debes perdonarme por eso -musitó con voz ronca. Pudo captar la  desesperación  en  su  voz  y  no  le  importó-.  Nunca  antes  había  sentido  algo  así  por  alguien.  Ni  siquiera  lo  reconocí  por  lo  que  era.  Dios, aún me aferraba a la creencia de que podía sobrevivir sin tí y no puedo.

Paula se humedeció lo labios con gesto nervioso.

-Tenía tanto miedo -murmuró-. Sabía que sin amor y confianza, sólo habría odio entre nosotros si te contaba...

-¿Contarme qué?

Cerró los ojos.

-Si te contaba  que  estoy  esperando  tu  bebé...  -aguardó  la  reacción  conmocionada,  que  le  dijera  que  lo  había  engañado,  que  había  permitido  que  se  alejara  de  su  propio  hijo.  No  llegó.  Terminó  por abrir los ojos y lo miró a la cara.

-¿Estás... embarazada?

-Pensé  que  me  odiarías,  que  creerías  que  lo  había  hecho  a  propósito  para  tratar  de  obligarte  a  mantener  una  relación que no querías. Pensé que podrías tratar de quitarme al bebé... porque yo no te  importaba,  porque  pudieras considerarme una  madre    inapropiada... Tuve miedo...

-Vas a tener a nuestro  bebé  -había maravilla en  su  voz;  entonces sonrió.

-¿No estás furioso?

-Estoy furioso por haber  desperdiciado semanas,  por  haberte dejado vivir esta incertidumbre tú sola. Estoy furioso conmigo mismo porque... Puedo entender que tuvieras miedo de contármelo después de haberte aislado... Dios... -se le quebró la voz y en esa ocasión ella fue a sus brazos y se perdió en él, en su abrazo protector-. Sabes que vas a tener que casarte conmigo, ¿No?

 -Pedro... entiendo que tal vez quieras ir paso a paso.

-Nada demasiado grande, pero tengo mucha familia... -la miró-. No quiero  volver  a  perderte de  vista  nunca  más  -añadió-.  Quiero  casarme contigo. De hecho, insisto -le dió un beso suave en la boca, probándola como un hombre que bebe néctar.

-En ese caso... sí. ¡Sí, sí, sí! -le rodeó el cuello con los brazos y le devolvió el beso con intereses.

Cuando él apoyó la mano en su estómago, Paula experimentó un júbilo y un amor tan grandes, que creyó que se desmayaría.

Luego, mucho más tarde,  después  de  que  hubiera  conocido  y  conquistado  a  su  madre  y  de  que  Joaquín estuviera  en  la  cama  en  el  departamento  que  habían  alquilado,  los  dos  bajaron a  dar  un  paseo  por la playa. Lo  puso  al  corriente  de  la  nueva  situación  de  sus  padres  y  del  giro  inesperado  en  su  propia  vida.  Hablaron  de  Federico y  acordaron  que  lo  mejor  sería  que  fuera  sincero  consigo  mismo  y  con  la  gente  que quería. Paula creía estar en una  nube.  Cuando  él  preguntó  con  tono  seductor  si,  al  ser  futuros  padres,  ya  eran  demasiado  mayores  para  hacerlo en el coche, ella no pudo evitar reír. Pero   en   esa   ocasión,   fue un acto de amor especial,  exquisitamente gratificante. El coche se hallaba a kilómetros de alguna parte.

 -Me  siento  como  un  crío  -gimió  él,  haciendo  que  se  sentara  encima-. Es demasiado pequeño, demasiado incómodo y las ventanas se están empañando. Pero, Dios, ¡Cuánto te deseo! 

-Bien  -se  abrió  la  blusa  para  que  pudiera  ver  la  plenitud  de  sus  pechos y experimentó un poder embriagador y gozoso al oírlo gemir.

-Tus pezones ya están más grandes y oscuros -probó uno con la lengua-.  Y  tus  pechos  más  pesados  -como  para  demostrarlo,  los  sopesó con las manos, como si se tratara de fruta madura, antes de regresar  a  la  tarea  de  probar  lo  que  sostenía-.  Estoy  impaciente  porque tu  vientre crezca con  nuestro  hijo  -murmuró  mientras  se  lo  acariciaba-. He echado de menos tocarte, hablar contigo, despertar a tu lado. Ahora eres mía y nunca voy a dejar que te vayas.

Paula suspiró  cuando  él  se  inclinó  para  succionarle  los  pechos.  Suya  para  siempre.  De  ese  hombre  complejo,  maravilloso  y  tierno.  De su amante oscuro, exigente y entregado...




FIN

Prohibida: Capítulo 60

Paula se quedó  boquiabierta  y  descubrió  que  apenas  podía  respirar.  Un  zumbido  dulce  le  llenó  los  oídos.  «Si  es  un  sueño»,  pensó, «ojalá duerma para siempre».

-Fede llamó   repetidamente  y  me  negué  a  aceptar  sus  llamadas. Pensar en él, en que podría no volver a verte jamás pero él sí, me llenaba de furia. Y también de celos.

El corazón de Paula   surcó   las   alturas.   Hacía falta mucha honestidad para haber admitido eso y lo amó por el gesto.

 -Pero  al  final  tuve  que  verlo.  Y  me  contó  todo  y  sólo  quiero  saber...

-¿Qué te contó? -susurró Paula.

-Me habló de su sexualidad,  de  que es  gay,  de  que  su compromiso  fue  algo  que  lo  inventaron los  dos.  Dijo  que  le  daba  respetabilidad con la familia y a tí seguridad de hombres indeseables.

-Pobre Fede-los ojos se le humedecieron-. Tiene que haber sido  lo  más  duro  que  jamás  haya  hecho.  Tenía  tanto  miedo  de  decepcionarlos a tí y a tu madre -se secó las lágrimas con el dorso de la mano-. Yo no podía decir una palabra, Pedro.

 -Y a cambio dejaste que creyera...

-No tenía elección.

-Y te amo por ello.

Durante unos momentos preciosos el tiempo se detuvo mientras ella  saboreaba  las  palabras que había anhelado  oír.  ¡La  amaba!  ¡Ese hombre grande, poderoso,  controlado  e  invencible,  la  amaba!  El  pensamiento  del  bebé  que  llevaba  en  el  interior,  el  secreto  que  le  había  guardado,  la  devolvió  a  la  tierra  con  un  aterrizaje  doloroso.  Tragó saliva  y  se  levantó,  dándole  la  espalda  mientras  iba  a  la  ventana con los brazos cruzados. El lenguaje corporal era expresivo. Pedro la  miró y experimentó  un  frío  de  miedo  puro  serpentear  por su cuerpo. No había trazado plan alguno al conducir como loco a Cornualles,  recorriendo  la  distancia  en  tiempo  récord.  Sólo  había  sabido  que  tenía  que  verla,  que  tenía  que  expresarle  lo  que  había  mantenido  oculto  de  ,sí  mismo  hasta  que  no  pudiera  ocultarlo  más.  Su amor había sido una fuerza incontenible. ¿Qué  había  creído?  El  modo  en  que  se  hallaba  erguida,  la  distancia que había puesto entre ellos, la expresión velada e insegura en la cara... Nada de eso había figurado en sus planes.

-Pedro...

-No  lo  digas  -cortó  él  con  aspereza-.  He  dicho  demasiado  -se  levantó y metió las manos en los bolsillos.

 -Pedro,  te  amo.  Te  he  amado...  Siento  que  te  he  amado  desde  siempre, pero hay algo que debo contarte y no sé qué vas a decir tú. Bueno,  puedo  adivinarlo...  te  vas  a  enfadar,  pero  no  sentí  que  me  quedara otra elección, igual que no la tenía en el asunto de contarte lo de Fede...

Prohibida: Capítulo 59

Recuperó la conciencia y se encontró tendida en el sofá del salón.  Durante  unos  momentos  de  desorientación,  se  preguntó  si  se  había quedado dormida y sufrido una pesadilla altamente improbable,pero parpadeó y ahí estaba, arrodillado en el suelo junto a ella. Cerró los ojos con rapidez y volvió a abrirlos, convencida de que el espectro que había a su lado se desvanecería. No fue así. Habló.

-Te desmayaste. Si aguardas unos segundos, te traeré agua.

 -¿Qué haces aquí?  -preguntó  con  voz  débil.

 Se  sentó  y  miró  boquiabierta al hombre que con calma le devolvía la mirada. Las semanas transcurridas desde la última vez que lo había visto le  habían  provocado  líneas  de  tensión  en  la  cara.  Los  ojos  oscuros  estaban velados.

-Fui  a  tu  casa.  Imagina  mi  sorpresa  al  descubrir  que  la  habías  vendido. ¡Todo en el espacio de dos semanas!

-¿Por qué? -siguió mirándolo como si hubiera visto un fantasma-. ¿Por qué has venido aquí? ¿Cómo me encontraste? -con cada sílaba, la voz dominada por el pánico se elevaba un poco más.

 -¿Qué pregunta quieres que conteste primero? Empezaré por la más  fácil,  ¿Te  parece?  -se apartó  para  acercar  una  silla  al  sofá  y  ponerse  más  cómodo-.  Fui  a  ver  a  mi  hermano.  Había  intentado  contactar  conmigo  con  urgencia,  pero  yo  no  aceptaba  llamadas.  Al  final, decidí ir a Brighton y hablar con él en persona. ¿Por qué no me lo dijiste?

 -¿Decirte qué?

-¿Por qué me dejaste  pensar...?  -desvió  la  vista  y  se  reclinó,  cruzando los brazos. Su expresión era de una vulnerabilidad intensa. Cuando  volvió  a  hablar,  su  voz  estaba  controlada,  pero  gracias  a  un  esfuerzo  supremo-.  He  pasado  por  un  infierno  estas  últimas  cuatro  semanas...

-¿Perdona? -murmuró Paula.

-No esperaba encontrarte aquí sola. Creía que tu madre y Joaquín podrían estar contigo. Esperaba... -unos ojos demacrados estudiaron su rostro-... un poco de tiempo antes de lanzarme a este discurso...

-¿Has preparado un discurso?

 -Fede me contó que había venido tu madre, que pensabas en trasladarte a Cornualles. No sé si no hubiera tardado mucho más en localizarte  de no haber  encontrado  en  la  repisa  de  su  chimenea  la  postal que le mandaste. «Echo de menos Brighton pero me alegro de haberme ido. Te llamaré pronto». Me puse en contacto con todas las inmobiliarias  de  la  guía, hasta que  dí con  la  que  habías empleado  para ver este lugar -rió con pesar-. Jamás pensé que tenía pasta de detective,  pero  al  parecer  las  situaciones  extrañas  revelan  talentos  ocultos.

-Sigo sin entender...

-Ni yo tampoco -por primera vez, la miró directamente a los ojos y sonrió con leve humor-. He pasado las últimas cuatro semanas a la espera de que  mi  vida  recuperara  la  normalidad,  de  interesarme  y  centrarme en mi trabajo, de que me volviera a gustar la comida y mis amigos me divirtieran. No sucedió. La única persona en la que podía pensar eras... tú.

Prohibida: Capítulo 58

Tampoco había desaparecido por completo de la vida de Federico. Seguirían  comunicándose,  aunque  era  poco  probable  que  lo  viera,  pero  siempre  sería  un  vínculo,  y  en  ese  momento  era  algo  que  resultaba de ayuda. La consolaba saber que estaba al corriente de lo que  sentía  por  su  hermano,  de  que  le  transmitiría  información  si  alguna  vez  se  la  pedía,  aunque  le  había  advertido  de  que  jamás  mencionara a Theo a menos que ella sacara el tema. Con el tiempo, tal  vez  le  hablara  del  embarazo,  aunque  no  sabía  si  sería  justo  colocarlo en una posición tan insostenible. Emergió de sus pensamientos y se dio cuenta de que su madre especulaba con hacer una oferta por la cabaña, de cuyos dormitorios Joaquín y  Paula  podrían  disponer  de  los  de  la  parte  de  atrás,  con  la  distante vista del mar.  Eso  pareció  recordarle  a  Joaquín que  le  habían  prometido  un  paseo por la playa.


-No hace falta que vengas, cariño -dijo Alejandra, captando el estado de ánimo de su hija.



Odiaba  verla  tan  encerrada  en  pensamientos  desdichados,  pero  debía  soportar  el  proceso  de  dolor  para  poder  superarlo.  Con  el  tiempo,  ese  hombre  que  la  había  herido  se  convertiría  en  una  parte  de   su   pasado  y  ella  continuaría  con  su   vida.   Mientras  tanto,   sencillamente  tendría  que  enfrentarse  a  la  tristeza  y  aprender  a  encajarla en su vida. Paula sonrió  agradecida  y  permaneció  sentada  a  la  mesa  de  la  cocina, viendo a Joaquín agarrar la mano de su madre. Desaparecieron de  vista  y  ella  continuó  sentada,  mirando  por  la  ventana,  sin  concentrarse  en  nada  específico.   Pasados   diez   minutos,  con  indiferencia  realizó  un  recorrido  de  la  cabaña  para  ver  si  lograba  acopiar  cierto  entusiasmo.  Se  sentía  apática  y  cansada.  El  hecho  de  estar  embarazada  de  dos  meses  no  ayudaba  a  incrementar  sus  niveles  de  energía,  aunque  el  hecho  de  saber  que  siempre  tendría  una  parte  de  Theo  en  cuanto  naciera  el  bebé,  le  proporcionaba  una  sensación cada vez mayor de satisfacción serena.



Al  bajar la  escalera  oyó  el  sonido  de  ruedas  sobre  la  grava  y  supuso que sería el agente inmobiliario. Era  una  pena  que  por  un  cuarto  de  hora  no  pudiera  ver  a  su  madre. La llamada educada a la puerta se había tornado más insistente y, fugazmente, se preguntó si tenía alguna esperanza de esconderse. Teniendo en cuenta que el hombre dispondría de una llave, abandonó la idea, ya que no le parecía muy digno que la sorprendieran debajo de la mesa de la cocina. Abrió  la  puerta  y  parpadeó.  El  sol  era  brillante  e  intenso  y  envolvió la silueta del hombre en una perspectiva oscura. Se protegió los  ojos  con  una  mano  y  entonces  un  mareo  intenso  comenzó  a  extenderse  por  ella,  emanando  desde  lo  más  hondo  de  su  ser  hasta  que  le  llenó  cada  centímetro  del  cuerpo.  Apenas  era  consciente  de  respirar y sólo dispuso de una advertencia de un segundo de que iba a desmayarse.

Prohibida: Capítulo 57

En  ese  momento  miraban  una  cabaña,  la  quinta  propiedad  que  habían visto en igual cantidad de días.

 -¿Qué te parece? -Alejandra Chaves sacó su bloc de notas, en el que había estado tomando apuntes sobre cada casa que habían visitado, y comenzó a escribir.

-Mamá...  no  sé...  ¿Y  si  no  funciona?  ¿Y  si  odias  estar  aquí?  Quiero decir, has vivido con papá en Melbourne durante tanto tiempo y Cornualles... bueno, no es Melbourne...

-De  eso  ya  me  he  dado  cuenta  -cerró  el  bloc  y  miró  el  rostro  bonito  y  agotado  de  su  hija-.  Pero  es  el  momento  propicio  de  trasladarnos.  Íbamos  a  hacerlo  a  principios  de  año,  a  sorprenderte  con una visita en Navidad para darte la noticia, pero éste es tan buen momento  como  cualquier  otro.  De  hecho,  mejor.  Mudarnos  en  pleno  invierno   no  habría  sido   tan  divertido,   ¿Verdad?   Así,  podremos  celebrar la Navidad juntos en una casa nueva, en un lugar nuevo... -pensativa, se palmeó el pelo corto.

Paula pensó que su madre estaba espléndida. El rostro le brillaba con buena salud y no había perdido nada de la elasticidad y esbeltez que  había  tenido  de  joven.  Sólo  estaba  enfundada  en  una  ropa  diferente.  Se  habían  acabado  las  faldas  largas  y  amplias  y  las  camisetas multicolor. Pero,  tal  como  había  descubierto durante  las  muchas   conversaciones que habían compartido en esas semanas, los tiempos habían  cambiado  para  sus  padres.  La  tienda  de  alimentos  naturales  se había convertido, poco a poco, en un restaurante de primera clase y  los  adornos  étnicos  habían  tenido  tanto  éxito  en  la  venta,  que  habían  abierto  una  tienda.  De  hecho,  se  habían  convertido  en  empresarios en la mediana edad. Su padre había sacado a relucir sus habilidades empresariales y se había dedicado a llevar la contabilidad. Su madre se había convertido en una compradora astuta. La aventura vaga que habían emprendido se había convertido con paso lento pero seguro, en una empresa muy rentable, y el traslado a Cornualles en realidad   era   una   expansión   empresarial.   Un   amigo   y   director   continuaría llevando los locales de Melbourne.

Según su madre, el mercado en Cornualles estaba maduro para una empresa similar. Había mucho dinero en circulación, turistas y un importante  número  de  gente  dispuesta  a  pagar  por  algo  un  poco  diferente en lo referente a alojamiento y cocina. Habían  hablado  del  negocio  mientras  tomaban  el  té,  habían  hablado de que se fuera con ellos y los ayudara a llevar el negocio el tiempo  que  quisiera  dedicarle.  De  lo  único  de  lo  que  nunca  parecían  hablar era de Pedro, y Paula sabía que era culpa suya. A su madre le habría  encantado  poder  charlar  sobre  lo  sucedido,  pero,  de  algún  modo, ella no conseguía tocar el tema. Quizá con el tiempo. Todavía le dolía demasiado pensar en él. Lo único que le impedía caer en la desesperación era Joaquín. Se había  entregado  a  la  abuela  que   acababa  de  descubrir  con  entusiasmo  infantil  e  incondicional  y  había  recibido  la  noticia  del  traslado a Cornualles sin vacilación. Era un rayo de luz en su mundo crepuscular.

Prohibida: Capítulo 56

Fue consciente de que se movía.

 -¿Qué le vas a contar a Joaquín? -inquirió desde la puerta.

 -¿Te importa? -vió que apretaba la mandíbula y que la expresión se le ensombrecía-. Le diré que... que tuviste que regresar a Grecia y que probablemente no volvamos a verte... Lo entenderá. Los niños se adaptan. En dos semanas se habrá olvidado de tí -ni notó la sombra que cruzó el rostro de Pedro. Ya estaba saltando a una vida sin él.

-Sí.

 ¡Ni  siquiera  lo  miraba!  Había  entrado  por  esa  puerta  con  champán y disculpas, y se marchaba con un montón de recuerdos. Se  dijo  que  era  lo  mejor.  Paula había  sido  una  distracción  placentera,  pero  nada  más,  y  habría  sido  injusto  para  ella  haber  continuado durante más tiempo con lo que tenían. Al  final,  se  volvió,  recogió  la  chaqueta  y  se  marchó  cerrando  la  puerta casi sin hacer ruido.

 Liberada  de  la  tensión,  Paula sintió  que  se  quedaba  floja  como  una  muñeca  de  trapo.  Al  rato,  oyó  el  ruido  del  motor  del  coche  al  alejarse de ella y de su vida. Entonces, y sólo entonces, aparecieron las lágrimas. Luego,  después  de  que  se  hubieran  secado,  y  sin  haberse  movido del sofá, contempló lo siguiente que debía hacer. Marcharse de Brighton. En ese momento todavía no se le notaba el  embarazo,  pero  no  sería  igual  en  un  par  de  meses,  y  no  podía  correr el riesgo de que la viera accidentalmente en caso de que fuera a  visitar  a  Federico.  Debía  marcharse  de  Brighton  como  una  ladrona  en la noche y enfrentarse sola al embarazo. Otra vez. Apoyó la mano en el estómago y cerró los ojos. No tenía sentido sentir  pena  de  sí  misma.  Debía  continuar  y  lo  haría  como  mejor  pudiera.



-Vuelves a estar melancólica, Pau. Sabes que no te lo puedes permitir. Joaquín lo percibe y lo hace infeliz.

Paula miró a su madre y de alguna parte logró sacar una sonrisa. No sabía desde cuándo ésta llevaba el pelo bien peinado y cortado ni se vestía con un traje pantalón. Las  últimas   cuatro   semanas  habían  sido  una  serie  de  revelaciones  y  actividades  frenéticas,  y  todo  porque  al  día  siguiente  de  que  Pedro se  marchara  de  su  vida  para  siempre,  había  alzado  el  teléfono y llamado a sus padres. Había  esperado  recibir  vagas  muestras  de  simpatía  y  una  invitación  por  compromiso  para  ir  a  Australia  en  cuanto  lograran  asentarse  y  empezaran  a  ahorrar  algo  de  dinero.  Ése  había  sido  siempre su estribillo. Pero había recibido un consejo claro y pragmático de su madre y la decisión inmediata de ir a Inglaterra para poder ayudar a su hija. , Eso había sido hacía tres semanas y media, tiempo durante el cual  había  vendido  su  casa  de  Brighton,  acompañado  a  su  madre  a  una  búsqueda  vigorosa  de  propiedad  en  Cornualles  y  recibido  las  palabras directas y sensatas de consuelo que ni en un millón de años habría esperado.

lunes, 8 de enero de 2018

Prohibida: Capítulo 55

-¿Cómo  imaginas  que  puedo  considerar  una  relación  a  largo  plazo contigo, cuando en el fondo de mi mente soy consciente de que estabas  preparada  para  ofrecerte  a  mi  hermano  por  los  motivos  equivocados?  No  soy  un  monstruo,  pero  me  gusta  pensar  que  soy  inteligente -expuso con voz distante y fría.

Paula no  dijo  nada.  Apartó  la  vista  con  los  ojos  brillantes  y  se  mordió una uña.

-¿Quién puede afirmar que no has cambiado de alianza conmigo porque soy una mejor apuesta financiera que mi hermano?

 -¡Eso es cruel e injusto!

-Es la implacabilidad de la lógica.

 -Y en tu vida no hay espacio para nada que no tenga la implacabilidad de la  lógica,  ¿Verdad,  Pedro?  Una  relación  lógica  y  comprometida  requiere  a  la  chica  adecuada  con  las  credenciales  adecuadas,  y,  bueno,  en  tu  vida  no  hay  espacio  para  lo  ilógico,  ¿Verdad? ¡No, ése sería un delito en el mundo de Pedro Alfonso!

-Es una conversación ridícula.

-Es una conversación necesaria. Cualquier chica, incluso una con las  credenciales  inadecuadas,  tarde  o  temprano  quiere  saber  hacia  dónde está yendo.

 -¿Y dónde crees que terminaríamos, Paula? ¿En el pasillo de una iglesia? Creía que los dos disfrutábamos dónde estábamos -suspiró-. ¿Por qué estropear las cosas?

-Creo que es hora de que te marches.

 -¡Esto  es  una  locura!  -se  puso  de  pie  y  comenzó  a  recorrer  la  estancia.  Dió un  puñetazo  en  la  pared,  y  lo  satisfizo  ver  que  ella  giraba  la  cabeza  para  mirarlo.  Sus  manos  anhelaban  tocarle  el  cabello,  tocarla  a  ella  otra  vez,  y  esa  debilidad  lo  estaba  volviendo  loco.  Se  detuvo  delante  de  ella  y  se  inclinó  con  cara  lúgubremente  furiosa-. ¿Por qué formular preguntas sobre el futuro cuando puedes destruir el presente en el proceso?

 Paula pensó en la vida que crecía en su interior.

 -Ni  siquiera  suenas  como  si  yo  te  gustara,  Pedro-comentó  con  voz vacía.

 -¡Por el amor de Dios! ¡Claro que me gustas! -se apartó-. ¿Qué clase de comentario autocompasivo es ése?

 No lo miró.  Clavó  la  vista  en  la  puerta  del  salón,  casi  cerrada.  Necesitaba  que  se  marchara.  Ya.  Tenerlo  allí,  compartiendo  su  espacio, la estaba destrozando.

 -¿Y bien?  -demandó  él  con  aspereza-.  ¿Crees  que  alguna  vez  podría acostarme con una mujer que no me gustara?

Paula se encogió de hombros.

-Dímelo  tú,  Pedro.  ¿Lo  harías?  No  es  mucho  peor  que  acostarte  con una mujer en la que no confías, ¿No?

-Estás  decidida  a  empujar  esto  a  una  conclusión,  ¿Cierto?  -interpretó  el  silencio  que  obtuvo  como  una  confirmación-.  ¿Cómo  puedes esperar que alguna vez confíe en tí?

-Porque...

-¿Porque formamos un buen equipo entre las sábanas?

Eso dolió. Empezaba a costarle controlarse. ¿Era lo único  que  veía?  La  risa,  los  momentos  que habían  compartido  con  Joaquín,  la  conversación...  ¿Para  él  todo  se  reducía  a  una  parte  necesaria  con  el  fin  de  llevarla  entre  las  sábanas  para  poder pasarlo bien? No podía creerlo, pero era lo que estaba diciendo. Se serenó el tiempo suficiente para señalar la puerta del salón.

 -Fuera.

 -Cuando  salga  por  esa  puerta,  no  volveré  -afirmó  con  voz  sombría-. Jamás he suplicado por una mujer y bajo ningún concepto pretendo empezar ahora.

Paula, que no soportaba mirarlo, apretó los dientes. Prolongar la conversación  era  una  pérdida  de  tiempo.  Jamás  podría  convencerlo  de  que  podía  confiar  en  ella,  y  aunque  pudiera,  daría  igual.  No  la  amaba y nunca lo haría.