-Relájate -murmuró Pedro en su oído-. Tu cuerpo debe cooperar con la música, no oponerse.
-¿No deberías estar bailando con tu pareja? -respondió con sequedad y él emitió una risita que le provocó escalofríos.
A través de la bruma de su mente, una cosa emergía con claridad: que ese hombre era absoluta y devastadoramente sexy. La irritaba que su cuerpo reaccionara a la proximidad. Sus pechos habían adquirido una sensibilidad aguda y podía sentir cómo sus pezones se tensaban contra el vestido cuando, sin la barrera del sujetador, se pegaban y frotaban contra la camisa de él.
-No creo haber sido yo quien la llamara así -susurró Pedro-. Aunque admito que encaja en el molde adecuado... Para los griegos tradicionales, las mujeres como Brenda son perfectas. La educación apropiada, los contactos familiares apropiados... y además tiene las ambiciones apropiadas en la vida. Quiere tener hijos y complacer a su marido...
-Qué papel para una mujer moderna -cortó Paula.
-¿Tú eres mejor? -murmuró con suavidad.
Se sentía demasiado lánguida para responder. La noche era cálida, la música seductora y el champán fluía por su sangre; no mucho, pero sí lo suficiente para amortiguar su hostilidad.
-No -respondió-. No lo soy, ya que soy una cazafortunas. Durante un momento, olvidé que se suponía que soy una mujer vil y sin escrúpulos sin otra cosa en la mente que destruir la vida de alguien para engordar mi saldo bancario. Pero estoy cansada. Creo que me iré a mi habitación.
-Si miras detrás de tí, verás que Federico no parece dispuesto a retirarse.
-No espero que lo haga. Se va a quedar hasta el final. No me digas... no es el estilo griego... -suspiró-. Escucha, Fede se lo está pasando bien y se lo merece. Trabaja casi todo el día en Inglaterra... desde luego, yo no le voy a echar en cara que quiera divertirse durante su estancia aquí...
-Qué pareja tan comprensiva... ¿Serías igual de comprensiva si la rienda libre que le das lo animara a encontrar a otra mujer...?
Paula no pudo evitarlo. Rió entre dientes. Pedro la llevó a un lado, fuera de la improvisada pista de baile, para poder estudiarla ceñudo.
-¿Compartes la broma?
-Lo siento. No era mi intención reírme. Todo es por la bebida. No estoy acostumbrada a tanto champán y vino maravillosos. Se me han subido a la cabeza, junto con el agotamiento...
Pedro seguía mirándola. Esa mujer lo confundía y no le gustaba. No sabía cómo encararlo.
-¿No crees que Fede se pueda ir con otra? ¿Tan segura estás de tus encantos?
Paula sintió que recobraba la sobriedad con rapidez.
-No, en absoluto... te lo he dicho... estoy cansada, no reacciono del modo en que habitualmente lo hago...
-Te acompañaré a tu habitación.
-¡No! -retrocedió un poco.
-Es lo correcto que te escolten a tu habitación -miró brevemente hacia donde su hermano parecía estar contando un chiste que requería mucha gesticulación y que su público apreciaba-. Y sería cruel interrumpir a Fede cuando parece enfrascado en una anécdota cautivadora.
Paula se volvió y no pudo contener una sonrisa. Al mirar otra vez a Pedro, la sonrisa aún se asomaba por la comisura de sus labios.
-En realidad, es un niño. Apuesto que ha comenzado uno de sus chistes y no recuerda el final. Le sucede cada vez que bebe mucho.
La expresión de su cara... y otra vez esa sensación confusa, aunque en esa ocasión más aguda. Respiró hondo. De pronto ella retrocedía, lista para marcharse. No podía dejarla ir. Aún no. Y no podía descifrar por qué. Se marchaba de la isla al día siguiente y sabía que necesitaba hablar con ella un rato más. El impulso era tan fuerte, que lo sacudió hasta su mismo núcleo y durante un instante experimentó algo que nunca antes había sentido... una absoluta falta de autocontrol. Durante una fracción de segundo, algo diferente lo controló y desconocía por qué o cómo.
-Te acompañaré a tu habitación -repitió con voz tensa y observó la pálida delicadeza de su cuello al darle la espalda antes de encogerse de hombros como resignada a algo que le era impuesto.
Metió las manos en los bolsillos, seguro de que en alguna parte en las sombras, Brenda probablemente los miraba y se preguntaba por qué se marchaba sin decirle una palabra. Menos mal que su madre y su abuelo ya se habían ido a acostar. Le habría costado explicar por qué acompañaba a la prometida de su hermano al dormitorio.
lunes, 18 de diciembre de 2017
viernes, 15 de diciembre de 2017
Prohibida: Capítulo 20
-Pero otros atractivos que distaban mucho de tener tamaño de guisante -aseveró Pedro.
-Quizá deberías ir a conocer a Brenda -indicó Paula con cara seria-. No querríamos interponernos en tu camino hacia una posible pareja, ¿Verdad, Fede?
Pedro titubeó. En circunstancias normales, habría estado encantado de conocer a la chica, pero cuando miró al ángel rubio que le devolvía la mirada con inocencia, sintió una descabellada renuencia a marcharse. ¿Es que no recordaba que ese supuesto ángel estaba prometido con su hermano? Hasta compartían la misma habitación, ¡La misma cama! Debía estar perdiendo el juicio... pensando en la novia de su hermano... preguntándose...
Brenda Papaeliou era todo lo que recetaba el doctor. Era vivaz, deslumbrante e inteligente. Y muy, muy directa. Trabajaba para la empresa de su padre y jamás había alimentado la ambición de hacer otra cosa. «Altamente recomendable», pensó Pedro mientras buscaba y encontraba con la mirada a Paula, quien otra vez había sido abandonada por Federico, aunque no parecía irle mal entre un grupo de los hombres más jóvenes. Dios, no sólo tenía que cuidar de su hermano, sino también darle algunos consejos sobre cómo llevar a esa mujer. Cuando se anunció a la multitud variada que la cena estaba servida, él escuchaba cómo su acompañante extendía las alas y le hablaba de sus aficiones. Le gustaba la equitación, y pensaba en seguir un curso de arte para poder pintar cuando se retirara del trabajo activo para casarse y tener hijos. En ese punto, llegó a la conclusión de que la conversación se tornaba un poco peligrosa para su gusto. No había mentido al decirle a su madre que seguiría el camino esperado al cumplir los cuarenta. Era una buena edad para casarse y asumir las responsabilidades de tener una familia. Con una buena chica griega, parecida a la encantadora joven cuya tarjeta encontró junto a él a la mesa. Se había contratado un servicio profesional de catering para ocuparse del banquete, que era una cena formal. Se habían distribuido varias mesas en el jardín abierto para acomodar a los ochenta y tantos invitados, y tuvo que reconocer que la comida era magnífica. También servida con la eficacia de pagar lo mejor para que ofreciera lo mejor. Aunque costaba decidir si la multitud disfrutaba de la excelente comida más que de los magníficos vinos servidos. Desde luego, en el transcurso de la velada, el nivel de ruido había crecido en proporción al nivel de alcohol ingerido. Bebió lo suficiente para parecer sociable, y luego paró. Era divertido ver a todo el mundo perder la cabeza, pero él no tenía intención de imitarlos. Sin embargo, ayudó a crear una atmósfera asombrosa cuando poco antes de la medianoche, su abuelo hizo sonar la cucharilla contra su copa de cristal y dió una discurso corto pero divertido acerca de alcanzar la edad de ochenta años. Rindió tributó a su maravillosa esposa perdida ya y con elegancia le dió las gracias a todos por haber realizado el tremendo esfuerzo de presentarse en la isla para poder acompañarlo en la celebración de su cumpleaños. La ronda de aplausos fue apasionada. Varias personas ofrecieron discursos, para alegría de los invitados. Cuando el ruido se apagó, Federico, que siempre había sido el favorito de su abuelo, se esforzó por ofrecer unas palabras sobrias y casi tuvo éxito, salvo por el sonoro hipo final. Eso también fue recibido con vítores.
-Después de todo esto -comenzó Pedro, poniéndose de pie y alzando su copa en un último brindis por el hombre que había afectado todas sus vidas de un modo u otro-, mis breves palabras sólo pueden llegar como un jarro de agua fría... Lejos de ello.
Paula había bebido más de lo que acostumbraba, pero aún era consciente de lo intenso y conmovedor que fue el breve discurso de Pedro. Y al final, cuando todos los que aún podían ponerse de pie lo hicieron para unirse al brindis, ella los imitó. Durante un segundo, sus ojos se encontraron y experimentó algo raro en su interior. Sin saber de dónde podía proceder, lo achacó a la influencia del champán. Había bebido bastantes copas de la bebida espumosa antes de la comida, para luego reemplazarlo por vino. Constantemente le habían llenado la copa. Acabados los brindis, la gente comenzó a separarse, algunos yendo a abrazar al anciano antes de retirarse, otros dirigiéndose hacia el jardín. Por unos altavoces ocultos sonaba música de Nat King Cole. Paula arrinconó a Federico y le susurró si no sería mejor que también ellos se retiraran.
-La noche aún es joven -le sonrió y la abrazó-. Cariño, has estado brillante. Estás preciosa y has cautivado a todo el mundo.
-Se nota que te cuesta hablar -comentó Paula con irritación.
Con el rabillo del ojo, vió que Pedro se alejaba con la morena del brazo.
-¿Te gustó mi discurso?
-Fue maravilloso.
-Bailemos y luego, si estás cansada, puedes ir a acostarte. Yo voy a quedarme hasta que amanezca.
Le pareció bastante razonable. Se unieron a los demás en la otra zona amplia de jardín que se había convertido en una pista de baile al aire libre. Sus ojos otearon la oscuridad y se posaron en Pedro, que también bailaba con la morena bien pegada contra el cuerpo. El corazón le dió otro vuelco, algo casi tan irritante como el hecho de que no había sido capaz de no buscarlo. Se preguntó si se marcharían juntos. La idea hizo que se sintiera encendida y molesta. Permitió que Federico la tomara en brazos y apoyó la cabeza en su hombro. Era un bailarín maravilloso. Incluso borracho, sus pies parecían programados para hacer exactamente lo que debían. Paula se dejó llevar. Cerró los ojos y apenas fue consciente de una canción lenta tras otra. En mitad de un tema, justo cuando sus pensamientos comenzaban a flotar a la deriva, la voz de Pedro la devolvió con brusquedad al momento. Había estado tan lejos mentalmente, que en su confusión tardó unos segundos en darse cuenta de que se había acercado para solicitar un baile con ella. Antes de que pudiera protestar, Federico se apartó con cortesía y la comodidad segura de sus brazos se vio reemplazada por un abrazo más duro e infinitamente más peligroso. Paula sintió que el cuerpo se le tensaba y trató de imponer unos centímetros de espacio entre ellos, pero la lentitud de la música no la ayudó en las maniobras.
-Quizá deberías ir a conocer a Brenda -indicó Paula con cara seria-. No querríamos interponernos en tu camino hacia una posible pareja, ¿Verdad, Fede?
Pedro titubeó. En circunstancias normales, habría estado encantado de conocer a la chica, pero cuando miró al ángel rubio que le devolvía la mirada con inocencia, sintió una descabellada renuencia a marcharse. ¿Es que no recordaba que ese supuesto ángel estaba prometido con su hermano? Hasta compartían la misma habitación, ¡La misma cama! Debía estar perdiendo el juicio... pensando en la novia de su hermano... preguntándose...
Brenda Papaeliou era todo lo que recetaba el doctor. Era vivaz, deslumbrante e inteligente. Y muy, muy directa. Trabajaba para la empresa de su padre y jamás había alimentado la ambición de hacer otra cosa. «Altamente recomendable», pensó Pedro mientras buscaba y encontraba con la mirada a Paula, quien otra vez había sido abandonada por Federico, aunque no parecía irle mal entre un grupo de los hombres más jóvenes. Dios, no sólo tenía que cuidar de su hermano, sino también darle algunos consejos sobre cómo llevar a esa mujer. Cuando se anunció a la multitud variada que la cena estaba servida, él escuchaba cómo su acompañante extendía las alas y le hablaba de sus aficiones. Le gustaba la equitación, y pensaba en seguir un curso de arte para poder pintar cuando se retirara del trabajo activo para casarse y tener hijos. En ese punto, llegó a la conclusión de que la conversación se tornaba un poco peligrosa para su gusto. No había mentido al decirle a su madre que seguiría el camino esperado al cumplir los cuarenta. Era una buena edad para casarse y asumir las responsabilidades de tener una familia. Con una buena chica griega, parecida a la encantadora joven cuya tarjeta encontró junto a él a la mesa. Se había contratado un servicio profesional de catering para ocuparse del banquete, que era una cena formal. Se habían distribuido varias mesas en el jardín abierto para acomodar a los ochenta y tantos invitados, y tuvo que reconocer que la comida era magnífica. También servida con la eficacia de pagar lo mejor para que ofreciera lo mejor. Aunque costaba decidir si la multitud disfrutaba de la excelente comida más que de los magníficos vinos servidos. Desde luego, en el transcurso de la velada, el nivel de ruido había crecido en proporción al nivel de alcohol ingerido. Bebió lo suficiente para parecer sociable, y luego paró. Era divertido ver a todo el mundo perder la cabeza, pero él no tenía intención de imitarlos. Sin embargo, ayudó a crear una atmósfera asombrosa cuando poco antes de la medianoche, su abuelo hizo sonar la cucharilla contra su copa de cristal y dió una discurso corto pero divertido acerca de alcanzar la edad de ochenta años. Rindió tributó a su maravillosa esposa perdida ya y con elegancia le dió las gracias a todos por haber realizado el tremendo esfuerzo de presentarse en la isla para poder acompañarlo en la celebración de su cumpleaños. La ronda de aplausos fue apasionada. Varias personas ofrecieron discursos, para alegría de los invitados. Cuando el ruido se apagó, Federico, que siempre había sido el favorito de su abuelo, se esforzó por ofrecer unas palabras sobrias y casi tuvo éxito, salvo por el sonoro hipo final. Eso también fue recibido con vítores.
-Después de todo esto -comenzó Pedro, poniéndose de pie y alzando su copa en un último brindis por el hombre que había afectado todas sus vidas de un modo u otro-, mis breves palabras sólo pueden llegar como un jarro de agua fría... Lejos de ello.
Paula había bebido más de lo que acostumbraba, pero aún era consciente de lo intenso y conmovedor que fue el breve discurso de Pedro. Y al final, cuando todos los que aún podían ponerse de pie lo hicieron para unirse al brindis, ella los imitó. Durante un segundo, sus ojos se encontraron y experimentó algo raro en su interior. Sin saber de dónde podía proceder, lo achacó a la influencia del champán. Había bebido bastantes copas de la bebida espumosa antes de la comida, para luego reemplazarlo por vino. Constantemente le habían llenado la copa. Acabados los brindis, la gente comenzó a separarse, algunos yendo a abrazar al anciano antes de retirarse, otros dirigiéndose hacia el jardín. Por unos altavoces ocultos sonaba música de Nat King Cole. Paula arrinconó a Federico y le susurró si no sería mejor que también ellos se retiraran.
-La noche aún es joven -le sonrió y la abrazó-. Cariño, has estado brillante. Estás preciosa y has cautivado a todo el mundo.
-Se nota que te cuesta hablar -comentó Paula con irritación.
Con el rabillo del ojo, vió que Pedro se alejaba con la morena del brazo.
-¿Te gustó mi discurso?
-Fue maravilloso.
-Bailemos y luego, si estás cansada, puedes ir a acostarte. Yo voy a quedarme hasta que amanezca.
Le pareció bastante razonable. Se unieron a los demás en la otra zona amplia de jardín que se había convertido en una pista de baile al aire libre. Sus ojos otearon la oscuridad y se posaron en Pedro, que también bailaba con la morena bien pegada contra el cuerpo. El corazón le dió otro vuelco, algo casi tan irritante como el hecho de que no había sido capaz de no buscarlo. Se preguntó si se marcharían juntos. La idea hizo que se sintiera encendida y molesta. Permitió que Federico la tomara en brazos y apoyó la cabeza en su hombro. Era un bailarín maravilloso. Incluso borracho, sus pies parecían programados para hacer exactamente lo que debían. Paula se dejó llevar. Cerró los ojos y apenas fue consciente de una canción lenta tras otra. En mitad de un tema, justo cuando sus pensamientos comenzaban a flotar a la deriva, la voz de Pedro la devolvió con brusquedad al momento. Había estado tan lejos mentalmente, que en su confusión tardó unos segundos en darse cuenta de que se había acercado para solicitar un baile con ella. Antes de que pudiera protestar, Federico se apartó con cortesía y la comodidad segura de sus brazos se vio reemplazada por un abrazo más duro e infinitamente más peligroso. Paula sintió que el cuerpo se le tensaba y trató de imponer unos centímetros de espacio entre ellos, pero la lentitud de la música no la ayudó en las maniobras.
Prohibida: Capítulo 19
-Las mujeres se relacionan con hombres que no tienen un horario habitual de trabajo...
-No hablo de las mujeres como pertenecientes a la especie en general. Hablo de tí.
Paula bebió champán y sintió el cosquilleo de las burbujas al bajarle por la garganta. El alcohol le dio vida a su rostro. El instinto le decía que se alejara de Pedro. No había nada que pudiera decirle que no tuviera como último objetivo mellarle la armadura. La quería fuera de la vida de Federico y lejos de la posibilidad de que pudiera ponerle las manos encima a los millones de los Toyas. La ponía enferma pensar en ello. Pero algo en él hizo que se quedara. Las dos copas de champán con el estómago vacío tampoco ayudaron.
-La gente necesita su propio espacio -se encogió de hombros-. Te da la oportunidad de dar un paso atrás y mostrarte objetiva con la persona con la que estás relacionada.
Pedro jugó con el champán en la copa, pero sin quitarle en ningún momento los ojos de encima.
-¿Y crees que eso es bueno?
-Claro que sí. Significa que no terminas por convertirte en una tonta y en confiar en alguien que no es merecedor de esa confianza -se contuvo y logró esbozar una sonrisa tensa-. Hablando en general, por supuesto.
-¿Quién fue él?
-No sé de qué hablas -el sonido de las voces y de las risas pareció muy lejano, simple ruido de fondo.
-Claro que sí -musitó él, con un simple deje de sorpresa ante el deseo de ella de querer negar la verdad.
En la penumbra, él era todo sombras y ángulos. Su masculinidad lo rodeaba como un campo de fuerza, pero no parecía amenazadora. Parecía... Paula tembló.
-¿Y bien? -insistió Pedro-. ¿Quién era? Desde luego, no hablas de Federico. Entonces, ¿De quién estás hablando? -bebió un poco más de champán y la observó como si dispusiera de todo el tiempo del mundo. Sujetó con fuerza el pie de la copa, porque durante un momento loco, quiso alargar la mano y tocarle el pelo, sólo para comprobar que su tacto era igual que su visión.
-Oh, alguien a quien conocí. Resultó que no era la persona que yo creía que era -soltó una risa breve.
El momento fugaz de querer tocarle el cabello se transformó en un impulso violento de matar a quienquiera que le hubiera causado esa desilusión. Contuvo con férrea voluntad el camino que empezaban a tomar sus pensamientos. Pero aún quería saber... Experimentó una punzada de irritación cuando Federico se acercó hasta ellos y pasó un brazo por los hombros de Paula para pegarla a él.
-¿No es la más guapa del baile? -le preguntó a su hermano-. A propósito, mamá quiere que conozcas a tu futura prometida, Brenda Papaeliou -sonrió con gesto travieso y alzó la copa-. Puedes correr, hermano, pero no puedes esconderte.
Pedro trató de sonreír, pero deseó que su hermano se largara para poder terminar la conversación. Era una locura el modo en que la percibía con cada fibra de su cuerpo.
-Brenda Papaeliou... sí, creo que mencionó el nombre antes...
-Justo tu tipo, Pedro. Una mata tupida de pelo oscuro, curvas y un vestido que deja poco a la imaginación. Me sorprende que mamá no te haya localizado ya para presentártela.
A Paula no le extrañó que esa mujer fuera su tipo. El tipo exuberante de cuerpo y pobre de mente. Entonces se sonrojó por lo poco caritativa que era con alguien a quien jamás había visto.
-No tengo un tipo de mujer -corrigió Pedro con irritación.
-¡Claro que sí! -Federico se hallaba en su elemento. Cuando se relajaba, se relajaba con estilo-. ¿Recuerdas la chica que trajiste a casa cuando tenías diecisiete años? -miró a Paula y le susurró lo bastante alto como para que Pedro los oyera-: Se llamaba Romina, una verdadera belleza de pelo oscuro. Pedro la llevó a casa para presentarla y se sorprendió mucho cuando todo el mundo objetó que tuviera treinta años. ¡Le había dicho que tenía diecinueve! ¡La verdad se supo cuando cometió el desliz de decir que tenía un hijo!
-Parecía más joven de la edad que tenía -comentó Pedro.
-Luego estuvo Nadia. La hermosa Nadia. Una morena con curvas. ¡El problema es que tenía el cerebro de un guisante!
-No hablo de las mujeres como pertenecientes a la especie en general. Hablo de tí.
Paula bebió champán y sintió el cosquilleo de las burbujas al bajarle por la garganta. El alcohol le dio vida a su rostro. El instinto le decía que se alejara de Pedro. No había nada que pudiera decirle que no tuviera como último objetivo mellarle la armadura. La quería fuera de la vida de Federico y lejos de la posibilidad de que pudiera ponerle las manos encima a los millones de los Toyas. La ponía enferma pensar en ello. Pero algo en él hizo que se quedara. Las dos copas de champán con el estómago vacío tampoco ayudaron.
-La gente necesita su propio espacio -se encogió de hombros-. Te da la oportunidad de dar un paso atrás y mostrarte objetiva con la persona con la que estás relacionada.
Pedro jugó con el champán en la copa, pero sin quitarle en ningún momento los ojos de encima.
-¿Y crees que eso es bueno?
-Claro que sí. Significa que no terminas por convertirte en una tonta y en confiar en alguien que no es merecedor de esa confianza -se contuvo y logró esbozar una sonrisa tensa-. Hablando en general, por supuesto.
-¿Quién fue él?
-No sé de qué hablas -el sonido de las voces y de las risas pareció muy lejano, simple ruido de fondo.
-Claro que sí -musitó él, con un simple deje de sorpresa ante el deseo de ella de querer negar la verdad.
En la penumbra, él era todo sombras y ángulos. Su masculinidad lo rodeaba como un campo de fuerza, pero no parecía amenazadora. Parecía... Paula tembló.
-¿Y bien? -insistió Pedro-. ¿Quién era? Desde luego, no hablas de Federico. Entonces, ¿De quién estás hablando? -bebió un poco más de champán y la observó como si dispusiera de todo el tiempo del mundo. Sujetó con fuerza el pie de la copa, porque durante un momento loco, quiso alargar la mano y tocarle el pelo, sólo para comprobar que su tacto era igual que su visión.
-Oh, alguien a quien conocí. Resultó que no era la persona que yo creía que era -soltó una risa breve.
El momento fugaz de querer tocarle el cabello se transformó en un impulso violento de matar a quienquiera que le hubiera causado esa desilusión. Contuvo con férrea voluntad el camino que empezaban a tomar sus pensamientos. Pero aún quería saber... Experimentó una punzada de irritación cuando Federico se acercó hasta ellos y pasó un brazo por los hombros de Paula para pegarla a él.
-¿No es la más guapa del baile? -le preguntó a su hermano-. A propósito, mamá quiere que conozcas a tu futura prometida, Brenda Papaeliou -sonrió con gesto travieso y alzó la copa-. Puedes correr, hermano, pero no puedes esconderte.
Pedro trató de sonreír, pero deseó que su hermano se largara para poder terminar la conversación. Era una locura el modo en que la percibía con cada fibra de su cuerpo.
-Brenda Papaeliou... sí, creo que mencionó el nombre antes...
-Justo tu tipo, Pedro. Una mata tupida de pelo oscuro, curvas y un vestido que deja poco a la imaginación. Me sorprende que mamá no te haya localizado ya para presentártela.
A Paula no le extrañó que esa mujer fuera su tipo. El tipo exuberante de cuerpo y pobre de mente. Entonces se sonrojó por lo poco caritativa que era con alguien a quien jamás había visto.
-No tengo un tipo de mujer -corrigió Pedro con irritación.
-¡Claro que sí! -Federico se hallaba en su elemento. Cuando se relajaba, se relajaba con estilo-. ¿Recuerdas la chica que trajiste a casa cuando tenías diecisiete años? -miró a Paula y le susurró lo bastante alto como para que Pedro los oyera-: Se llamaba Romina, una verdadera belleza de pelo oscuro. Pedro la llevó a casa para presentarla y se sorprendió mucho cuando todo el mundo objetó que tuviera treinta años. ¡Le había dicho que tenía diecinueve! ¡La verdad se supo cuando cometió el desliz de decir que tenía un hijo!
-Parecía más joven de la edad que tenía -comentó Pedro.
-Luego estuvo Nadia. La hermosa Nadia. Una morena con curvas. ¡El problema es que tenía el cerebro de un guisante!
Prohibida: Capítulo 18
¿De dónde había salido? Tenía que haber estado al acecho, ya que no lo había visto desde que entró.
-No necesito que me cuiden. En todo caso, ¿Sabes dónde está Fede?
-Quizá no cuidarte -corrigió Pedro- pero habría pensado que siendo tu novio, se habría quedado a tu lado como el pegamento. En particular con ese vestido.
-¿Qué le pasa a mi vestido? -se bebió el resto de su primera copa de champán, pero no logró relajarla. Sentía el cuerpo como una pieza elástica estirada al límite.
-Demasiada piel expuesta en la espalda -musitó Pedro-. Hace que un hombre se pregunte qué hay delante -se llevó la copa a los labios y bebió un sorbo de champán, pero en ningún momento dejó de mirarla a la cara.
-Lo siento, pero he de ir a buscar a Fede.
-¿Por qué? Pareces arreglarte muy bien sin él a tu lado. Algo extraño.
-No veo nada extraño en ello -repuso irritada. -Se acaban de prometer. ¿No deberían estar dominados por la felicidad del compromiso, sin poder apartar las manos del otro, sin ser capaces de separaros ni por un segundo?
-No sabía que fueras un hombre romántico que pensara en esos términos -respondió, soslayando la pregunta, porque lo que él planteaba tenía perfecto sentido.
En circunstancias normales, Federico estaría a su lado, presentándola a su familia.
-Soy la clase de hombre que, desde luego, no perdería de vista a su mujer.
-Las cosas son diferentes en Inglaterra. La posesividad desapareció en el medievo.
-Lo que probablemente explica por qué las mujeres inglesas pueden ser tan poco femeninas. Demasiada independencia puede ser algo negativo.
-Oh, claro -olvidó que intentaba localizar a Federico para que pudiera rescatarla del hombre peligrosamente desconcertante que tenía ante ella-. A todas esas sufragistas que lucharon por el derecho de las mujeres, les encantaría oírte decir eso. Te lincharían en el árbol más cercano. Para tu información, la independencia es algo deseable. De hecho, y en lo que a mí concierne, sólo un hombre inseguro necesita tener a una mujer al lado que se ocupe de todas sus necesidades y lo ponga en un pedestal por encima de todo y de todos -lo había aprendido de la forma más dura. Podía dar conferencias sobre el tema.
-No me malinterpretes. Yo creo en los derechos de las mujeres. De hecho, no muestro tolerancia hacia los jefes que explotan a sus empleados según su sexo, como tratar de pagarle menos a una mujer que desempeña el mismo trabajo que su contrapartida masculina. Tampoco creo que las mujeres deban inclinarse cada vez que aparezca su hombre. Sin embargo, estás aquí sola, conoces a muy poca gente. Era lógico esperar que tu novio estuviera a tu lado.
La lógica de lo que decía la dejó sin palabras durante unos segundos.
-Fede... -comenzó-. Sé que Fede quería ver a un montón de gente. Si hubiera insistido en que se quedara conmigo, lo habría hecho, pero eso habría sido injusto. Me gusta moverme como entre bambalinas, viendo cómo todo el mundo se divierte...
-¿Es lo que haces en Inglaterra? ¿Cuando van juntos a las fiestas? ¿Moverte entre bambalinas mientras mi hermano se dedica a lo suyo? -No vamos a menudo a fiestas -repuso con cautela-. Al menos, no como ésta. Y no olvides que Fede apenas tiene tiempo para hacer vida social. El negocio de los restaurantes es bastante agotador y ahora que también tiene un club, sus horas son peculiares la mayor parte del tiempo.
-¿Y eso no te molesta?
-Creo que deberíamos circular entre los invitados.
-Sólo siento curiosidad.
-¿Sí? -repuso con sarcasmo-. ¿O se trata de otro clavo que estás preparando para mi ataúd? Ya hemos pasado por tus sospechas. No le veo sentido a seguir hablando de ellas. ¡Nada va a cambiar!
-Sea lo que fuere lo que yo pueda pensar sobre tus motivos para comprometerte con mi hermano, sigo sintiendo curiosidad por lo que piensas ante la idea de casarte con un hombre que rara vez estará a tu lado y, desde luego, nunca en horas sociales -llamó a una camarera con la mano y tomó dos copas de champán, entregándole una a ella
. Y no mentía. Sentía auténtica curiosidad. Lo asombraba que su hermano la hubiera dejado sola. Si hubiera sido él...
-No necesito que me cuiden. En todo caso, ¿Sabes dónde está Fede?
-Quizá no cuidarte -corrigió Pedro- pero habría pensado que siendo tu novio, se habría quedado a tu lado como el pegamento. En particular con ese vestido.
-¿Qué le pasa a mi vestido? -se bebió el resto de su primera copa de champán, pero no logró relajarla. Sentía el cuerpo como una pieza elástica estirada al límite.
-Demasiada piel expuesta en la espalda -musitó Pedro-. Hace que un hombre se pregunte qué hay delante -se llevó la copa a los labios y bebió un sorbo de champán, pero en ningún momento dejó de mirarla a la cara.
-Lo siento, pero he de ir a buscar a Fede.
-¿Por qué? Pareces arreglarte muy bien sin él a tu lado. Algo extraño.
-No veo nada extraño en ello -repuso irritada. -Se acaban de prometer. ¿No deberían estar dominados por la felicidad del compromiso, sin poder apartar las manos del otro, sin ser capaces de separaros ni por un segundo?
-No sabía que fueras un hombre romántico que pensara en esos términos -respondió, soslayando la pregunta, porque lo que él planteaba tenía perfecto sentido.
En circunstancias normales, Federico estaría a su lado, presentándola a su familia.
-Soy la clase de hombre que, desde luego, no perdería de vista a su mujer.
-Las cosas son diferentes en Inglaterra. La posesividad desapareció en el medievo.
-Lo que probablemente explica por qué las mujeres inglesas pueden ser tan poco femeninas. Demasiada independencia puede ser algo negativo.
-Oh, claro -olvidó que intentaba localizar a Federico para que pudiera rescatarla del hombre peligrosamente desconcertante que tenía ante ella-. A todas esas sufragistas que lucharon por el derecho de las mujeres, les encantaría oírte decir eso. Te lincharían en el árbol más cercano. Para tu información, la independencia es algo deseable. De hecho, y en lo que a mí concierne, sólo un hombre inseguro necesita tener a una mujer al lado que se ocupe de todas sus necesidades y lo ponga en un pedestal por encima de todo y de todos -lo había aprendido de la forma más dura. Podía dar conferencias sobre el tema.
-No me malinterpretes. Yo creo en los derechos de las mujeres. De hecho, no muestro tolerancia hacia los jefes que explotan a sus empleados según su sexo, como tratar de pagarle menos a una mujer que desempeña el mismo trabajo que su contrapartida masculina. Tampoco creo que las mujeres deban inclinarse cada vez que aparezca su hombre. Sin embargo, estás aquí sola, conoces a muy poca gente. Era lógico esperar que tu novio estuviera a tu lado.
La lógica de lo que decía la dejó sin palabras durante unos segundos.
-Fede... -comenzó-. Sé que Fede quería ver a un montón de gente. Si hubiera insistido en que se quedara conmigo, lo habría hecho, pero eso habría sido injusto. Me gusta moverme como entre bambalinas, viendo cómo todo el mundo se divierte...
-¿Es lo que haces en Inglaterra? ¿Cuando van juntos a las fiestas? ¿Moverte entre bambalinas mientras mi hermano se dedica a lo suyo? -No vamos a menudo a fiestas -repuso con cautela-. Al menos, no como ésta. Y no olvides que Fede apenas tiene tiempo para hacer vida social. El negocio de los restaurantes es bastante agotador y ahora que también tiene un club, sus horas son peculiares la mayor parte del tiempo.
-¿Y eso no te molesta?
-Creo que deberíamos circular entre los invitados.
-Sólo siento curiosidad.
-¿Sí? -repuso con sarcasmo-. ¿O se trata de otro clavo que estás preparando para mi ataúd? Ya hemos pasado por tus sospechas. No le veo sentido a seguir hablando de ellas. ¡Nada va a cambiar!
-Sea lo que fuere lo que yo pueda pensar sobre tus motivos para comprometerte con mi hermano, sigo sintiendo curiosidad por lo que piensas ante la idea de casarte con un hombre que rara vez estará a tu lado y, desde luego, nunca en horas sociales -llamó a una camarera con la mano y tomó dos copas de champán, entregándole una a ella
. Y no mentía. Sentía auténtica curiosidad. Lo asombraba que su hermano la hubiera dejado sola. Si hubiera sido él...
Prohibida: Capítulo 17
Federico le había regalado el vestido que llevaría para la fiesta. Había insistido. Quería que estuviera hermosa y, después de escucharla con cortesía explicarle que podía comprarse algo en unos grandes almacenes, le había señalado de forma razonable que eso no serviría. Estarían rodeados por los ricos y poderosos, y terminaría por sentirse incómoda llevando algo barato y alegre. En ese momento se hallaba delante del espejo de cuerpo entero de la habitación y se inspeccionó sin alegría. El vestido de un rojo borgoña intenso resultaba deslumbrante, igual que la primera vez que se lo probó en Harrods. De hecho, mejor, porque llevaba maquillaje, zapatos de tacón alto y un bolso pequeño que era innecesario pero parecía muy elegante. La espalda caía osadamente hasta la misma cintura, aunque la parte frontal era de un recato engañoso, con unos suaves pliegues que ocultaban el hecho de que no llevaba sujetador. Antes de irse a saludar a todos los amigos y familiares que iban llegando en tandas, Federico le había asegurado que haría que todos giraran la cabeza para mirarla. A ella se le había ocurrido una excepción notable, pero se había contenido de mencionarla, igual que había evitado contarle el intento de su hermano de comprarla. Ya eran las siete y media y la fiesta había comenzado oficialmente media hora antes. Había llamado por teléfono a Inglaterra y hablado con Joaquín, pero ni siquiera el sonido de su voz pudo aflojar el nudo tenso y furioso que le atenazaba el estómago. Pedro sólo iba a estar en la isla un día más. De hecho, menos. Se marcharía a la tarde siguiente, y hasta entonces sería fácil mantenerse fuera de su camino, ya que la casa estaba llena de invitados. La mayoría se iría al día siguiente, pero, mientras tanto, habría suficiente gente entre la que perderse. Abofetearlo no había conseguido nada, aparte de concederle una sensación momentánea de satisfacción.
-Se te excusa una vez por hacer eso -había siseado Pedro, aferrándole la mano con fuerza y atrayéndola hacia él-. Una vez y no más. Y si yo fuera tú, reflexionaría mucho en la proposición que te he hecho, porque, créeme, te marcharás o con el dinero en el bolsillo o sin nada. Pero te marcharás.
Habían regresado a la villa en un silencio cargado, con Paula pegada contra la puerta y mirando por la ventanilla. No parecía tener mucho sentido tratar de convencerlo de que se equivocaba con ella.
-Será mejor que baje -se dijo ante el espejo-. Tampoco voy a esconderme en las sombras.
Salió con la cabeza alta. Un matón sólo era lo poderoso que se le permitía ser. Pedro Alfonso estaba acostumbrado a que todo el mundo cediera para satisfacerlo. Ella no tenía intención de hacerlo. Encontró la enorme sala central llena de invitados. A algunos los había conocido antes, al regresar de la desastrosa excursión turística, pero a muchos más no reconocía en absoluto. Esos invitados no iban a quedarse. Habrían llegado en barco o en helicóptero y se marcharían de la misma manera. Los niveles de ruido reflejaban la atmósfera reinante. Carcajadas y la conversación cálida de personas que no se habían visto en mucho tiempo y se ponían al día. Había imaginado que se sentiría desconocida y se había preparado para una noche de sonrisas educadas y charlas casuales, pero a los pocos minutos descubrió que bajo ningún concepto ése iba a ser el caso. Fue recibida con entusiasmo e interés. Las mujeres la elogiaron por su elección de vestido, los hombres de mediana edad hicieron comentarios inapropiados y rieron con su sentido del humor. Casi todos hablaban un inglés excelente. A Federico no se lo veía por ninguna parte, y a medida que Paula iba de grupo en grupo, charlando un poco con todos, se mantenía atenta a su posible aparición. Se preguntaba por qué no había podido esforzarse más en buscarla, cuando una voz le murmuró al oído precisamente lo que estaba pensando.
-Parece que mi hermano necesita algunas lecciones sobre cómo cuidar a su mujer.
Paula se paralizó, respiró hondo y lentamente se volvió al encuentro de Pedro. Se lo veía absoluta y devastadoramente atractivo. Los pantalones negros eran una concesión a la formalidad de la fiesta, pero llevaba la impecable camisa blanca remangada hasta los codos, en desafío a todos los que, al menos en esa fase de la celebración, habían mantenido el código de etiqueta de chaqueta y pajarita. También él llevaba una pajarita, suelta para poder desprenderse los primeros botones de la camisa.
-Se te excusa una vez por hacer eso -había siseado Pedro, aferrándole la mano con fuerza y atrayéndola hacia él-. Una vez y no más. Y si yo fuera tú, reflexionaría mucho en la proposición que te he hecho, porque, créeme, te marcharás o con el dinero en el bolsillo o sin nada. Pero te marcharás.
Habían regresado a la villa en un silencio cargado, con Paula pegada contra la puerta y mirando por la ventanilla. No parecía tener mucho sentido tratar de convencerlo de que se equivocaba con ella.
-Será mejor que baje -se dijo ante el espejo-. Tampoco voy a esconderme en las sombras.
Salió con la cabeza alta. Un matón sólo era lo poderoso que se le permitía ser. Pedro Alfonso estaba acostumbrado a que todo el mundo cediera para satisfacerlo. Ella no tenía intención de hacerlo. Encontró la enorme sala central llena de invitados. A algunos los había conocido antes, al regresar de la desastrosa excursión turística, pero a muchos más no reconocía en absoluto. Esos invitados no iban a quedarse. Habrían llegado en barco o en helicóptero y se marcharían de la misma manera. Los niveles de ruido reflejaban la atmósfera reinante. Carcajadas y la conversación cálida de personas que no se habían visto en mucho tiempo y se ponían al día. Había imaginado que se sentiría desconocida y se había preparado para una noche de sonrisas educadas y charlas casuales, pero a los pocos minutos descubrió que bajo ningún concepto ése iba a ser el caso. Fue recibida con entusiasmo e interés. Las mujeres la elogiaron por su elección de vestido, los hombres de mediana edad hicieron comentarios inapropiados y rieron con su sentido del humor. Casi todos hablaban un inglés excelente. A Federico no se lo veía por ninguna parte, y a medida que Paula iba de grupo en grupo, charlando un poco con todos, se mantenía atenta a su posible aparición. Se preguntaba por qué no había podido esforzarse más en buscarla, cuando una voz le murmuró al oído precisamente lo que estaba pensando.
-Parece que mi hermano necesita algunas lecciones sobre cómo cuidar a su mujer.
Paula se paralizó, respiró hondo y lentamente se volvió al encuentro de Pedro. Se lo veía absoluta y devastadoramente atractivo. Los pantalones negros eran una concesión a la formalidad de la fiesta, pero llevaba la impecable camisa blanca remangada hasta los codos, en desafío a todos los que, al menos en esa fase de la celebración, habían mantenido el código de etiqueta de chaqueta y pajarita. También él llevaba una pajarita, suelta para poder desprenderse los primeros botones de la camisa.
Prohibida: Capítulo 16
Se volvió y esperó y se sintió gratificado cuando al final ella se tumbó en la toalla para poder mirarlo con ojos centelleantes desde un nivel menos elevado.
-Bueno, ve al grano entonces -espetó Paula-, pero no esperes ninguna aportación por mi parte, porque no la daré.
-¿Para cuándo está programada la boda?
-¿Perdona?
-La boda. ¿Se ha establecido alguna fecha?
-No.
-¿No? Me sorprendes. ¿Qué sentido tiene un compromiso si no vas a ir al altar lo antes posible?
-Abre un agujero en tu teoría, ¿Verdad? -replicó con desdén-. Pensabas que ya me había comprado una calculadora para sumar todos los millones que iba a tener a mi disposición. Lamento decepcionarte, pero no hay una fecha y ni siquiera hemos hablado de una boda.
-¿Por qué? -se volvió para poder observar su expresión.
Sorprendentemente, tenía un rostro muy gráfico y él se consideraba un observador penetrante. Invariablemente, la gente revelaba las emociones verdaderas y casi siempre él era capaz de detectarlas. Aparte de poseer una inmensa experiencia con mujeres.
-¿Qué quieres decir con eso? No todas las mujeres consideran que su objetivo vital es ponerse una alianza en el dedo en el menor tiempo posible.
-No, pero sí la mayoría, y todas lo harían si obtuvieran una enorme recompensa financiera esperándolas a la vuelta de la esquina.
-¿De verdad? Entonces, ¿Cómo es que tú nunca te has casado? Me sorprende que alguna mujer inteligente no haya tratado de lanzarse sobre la asombrosa riqueza de los Alfonso.
-Oh, casi todas lo intentan -comentó con sequedad-. No hace falta decir que no llegan a ninguna parte.
-Pobre Pedro-se mofó-. Destinado a estar solo por el convencimiento de que el único motivo por el que una mujer podría salir con un hombre rico es por su dinero.
-Esto no es sobre mí -indicó con frialdad. Se sentó para que quedaran cara a cara-. Y no tiene sentido tratar de desviar la conversación en la dirección opuesta. Aquí sólo estamos tú y yo, así que vayamos al grano. Jamás dejaré que te cases con Federico.
Paula se quedó boquiabierta por la conmoción.
-Puede que no hayan establecido ninguna fecha, pero sospecho que eso, simplemente, se debe a que no quieres que se considere que estás ansiosa por alcanzar tu objetivo. Puede que Fede sea ingenuo de acuerdo con los patrones de otras personas, pero, desde luego, yo no lo considero un idiota e imagino que tú tampoco. Las alarmas se activarán si pasas del compromiso a planear la boda en un breve espacio de tiempo.
Paula había logrado cerrar la boca, pero tenía los ojos muy abiertos por la incredulidad a medida que su cerebro embotado asimilaba lo que él decía. Descartado había quedado todo fingimiento de cortesía. Ahí estaba el puño de hierro dentro del guante de terciopelo. No había ni el más leve atisbo de incomodidad en los ojos negros clavados en su cara.
-No puedes decirme con quién puedo o no puedo casarme -fue lo único que encontró para responder.
-Puedo cuando afecta a mi familia. Más allá de eso, en realidad poco me importa con quién te cases o qué hagas con tu vida -vió que le temblaban los labios y se pertrechó contra sentirse un cerdo por haber manifestado su observación de esa manera. «No es más que una representación», se dijo, «y el modo más apropiado de encararla es no prestándole atención».
-No puedo creer lo que oigo -musitó Paula.
-Claro que puedes -respondió él-. También debes haber sabido que encontrarías algo de resistencia en el camino. Lo que quiero establecer es cuánto valdría para tí abandonar el compromiso.
En un principio había pensado que podría llegar hasta ella, aguijonearla para que abandonara su fachada y, de algún modo, forzar su mano para que Federico pudiera ver por sí mismo la clase de mujer que era.
-No entiendo lo que dices -movió la cabeza en mudo desconcierto, a pesar de que ya estaba traduciendo lo que le decía en la medida que se aplicaba a ella.
Pedro suspiró.
-Te he observado con mi hermano. He de reconocer que no he percibido ninguna pasión, pero es evidente que entre vosotros dos existe un lazo amigable. Soy un hombre justo...
-¿Tú? ¿Justo? -una burbuja de risa histérica comenzó y estalló en su garganta.
-Razón por la que estoy preparado -continuó como si no lo hubiera interrumpido- a pagarte generosamente por romper este compromiso. No me importa cómo lo hagas, pero estoy seguro de que ya se te ocurrirá algo. Me da la impresión de que eres una mujer muy creativa. Es una solución que funcionará para todos los involucrados. Yo me marcharé tranquilo sabiendo que le ahorro a mi hermano una vida de desilusión cuando decidas divorciarte de él más adelante. A tí te doy la opción de mantener una amistad con Fede hasta el momento oportuno en que poco a poco puedas salir de su vida, y recibiendo algo por tu cooperación. Afróntalo, lo mires como lo mires, estoy siendo asombrosamente generoso.
La sangre fluyó hacia el rostro de Paula en una oleada de color furioso. Pudo sentir todos los nervios de su cuerpo palpitar al adelantarse y abofetearle la cara. Con fuerza.
-Bueno, ve al grano entonces -espetó Paula-, pero no esperes ninguna aportación por mi parte, porque no la daré.
-¿Para cuándo está programada la boda?
-¿Perdona?
-La boda. ¿Se ha establecido alguna fecha?
-No.
-¿No? Me sorprendes. ¿Qué sentido tiene un compromiso si no vas a ir al altar lo antes posible?
-Abre un agujero en tu teoría, ¿Verdad? -replicó con desdén-. Pensabas que ya me había comprado una calculadora para sumar todos los millones que iba a tener a mi disposición. Lamento decepcionarte, pero no hay una fecha y ni siquiera hemos hablado de una boda.
-¿Por qué? -se volvió para poder observar su expresión.
Sorprendentemente, tenía un rostro muy gráfico y él se consideraba un observador penetrante. Invariablemente, la gente revelaba las emociones verdaderas y casi siempre él era capaz de detectarlas. Aparte de poseer una inmensa experiencia con mujeres.
-¿Qué quieres decir con eso? No todas las mujeres consideran que su objetivo vital es ponerse una alianza en el dedo en el menor tiempo posible.
-No, pero sí la mayoría, y todas lo harían si obtuvieran una enorme recompensa financiera esperándolas a la vuelta de la esquina.
-¿De verdad? Entonces, ¿Cómo es que tú nunca te has casado? Me sorprende que alguna mujer inteligente no haya tratado de lanzarse sobre la asombrosa riqueza de los Alfonso.
-Oh, casi todas lo intentan -comentó con sequedad-. No hace falta decir que no llegan a ninguna parte.
-Pobre Pedro-se mofó-. Destinado a estar solo por el convencimiento de que el único motivo por el que una mujer podría salir con un hombre rico es por su dinero.
-Esto no es sobre mí -indicó con frialdad. Se sentó para que quedaran cara a cara-. Y no tiene sentido tratar de desviar la conversación en la dirección opuesta. Aquí sólo estamos tú y yo, así que vayamos al grano. Jamás dejaré que te cases con Federico.
Paula se quedó boquiabierta por la conmoción.
-Puede que no hayan establecido ninguna fecha, pero sospecho que eso, simplemente, se debe a que no quieres que se considere que estás ansiosa por alcanzar tu objetivo. Puede que Fede sea ingenuo de acuerdo con los patrones de otras personas, pero, desde luego, yo no lo considero un idiota e imagino que tú tampoco. Las alarmas se activarán si pasas del compromiso a planear la boda en un breve espacio de tiempo.
Paula había logrado cerrar la boca, pero tenía los ojos muy abiertos por la incredulidad a medida que su cerebro embotado asimilaba lo que él decía. Descartado había quedado todo fingimiento de cortesía. Ahí estaba el puño de hierro dentro del guante de terciopelo. No había ni el más leve atisbo de incomodidad en los ojos negros clavados en su cara.
-No puedes decirme con quién puedo o no puedo casarme -fue lo único que encontró para responder.
-Puedo cuando afecta a mi familia. Más allá de eso, en realidad poco me importa con quién te cases o qué hagas con tu vida -vió que le temblaban los labios y se pertrechó contra sentirse un cerdo por haber manifestado su observación de esa manera. «No es más que una representación», se dijo, «y el modo más apropiado de encararla es no prestándole atención».
-No puedo creer lo que oigo -musitó Paula.
-Claro que puedes -respondió él-. También debes haber sabido que encontrarías algo de resistencia en el camino. Lo que quiero establecer es cuánto valdría para tí abandonar el compromiso.
En un principio había pensado que podría llegar hasta ella, aguijonearla para que abandonara su fachada y, de algún modo, forzar su mano para que Federico pudiera ver por sí mismo la clase de mujer que era.
-No entiendo lo que dices -movió la cabeza en mudo desconcierto, a pesar de que ya estaba traduciendo lo que le decía en la medida que se aplicaba a ella.
Pedro suspiró.
-Te he observado con mi hermano. He de reconocer que no he percibido ninguna pasión, pero es evidente que entre vosotros dos existe un lazo amigable. Soy un hombre justo...
-¿Tú? ¿Justo? -una burbuja de risa histérica comenzó y estalló en su garganta.
-Razón por la que estoy preparado -continuó como si no lo hubiera interrumpido- a pagarte generosamente por romper este compromiso. No me importa cómo lo hagas, pero estoy seguro de que ya se te ocurrirá algo. Me da la impresión de que eres una mujer muy creativa. Es una solución que funcionará para todos los involucrados. Yo me marcharé tranquilo sabiendo que le ahorro a mi hermano una vida de desilusión cuando decidas divorciarte de él más adelante. A tí te doy la opción de mantener una amistad con Fede hasta el momento oportuno en que poco a poco puedas salir de su vida, y recibiendo algo por tu cooperación. Afróntalo, lo mires como lo mires, estoy siendo asombrosamente generoso.
La sangre fluyó hacia el rostro de Paula en una oleada de color furioso. Pudo sentir todos los nervios de su cuerpo palpitar al adelantarse y abofetearle la cara. Con fuerza.
miércoles, 13 de diciembre de 2017
Prohibida: Capítulo 15
La respuesta de él fue girar en redondo y entrar en la tienda de bañadores; a Paula no le quedó otra opción que seguirlo. Conducir esa conversación en la villa, donde cualquiera podría oírlos, no representaba una posibilidad. La esperaba en el centro de la tienda con los brazos cruzados. Una dependienta a su lado sonreía derretida, y otra, ante la caja, sonreía de igual manera desde cierta distancia. Al verla entrar, realizó un movimiento seco con la cabeza y sólo tuvo que mirar en la dirección de la dependienta para que ésta entrara en acción. Ella jamás había recibido un servicio tan sofocantemente servicial.
-No quiero un bañador.
La vendedora sonrió como alguien que no termina de entender algo y Pedro se lanzó a hablar rápidamente en griego, y el resultado fue que media hora más tarde salían del local con un biquini negro que Paula llevaba a regañadientes debajo de la ropa. Condujeron a la playa en silencio, roto sólo cuando Theo le informó de que había toallas en el maletero del coche, al igual que una cesta que el ama de llaves había preparado casi en un abrir y cerrar de ojos. Finalmente, Pedro le indicó que habían llegado a una de las playas más populares. Una vez que él había dejado claro cuáles eran sus intenciones, Paula quería que la conversación se acabara de una vez por todas, aunque no veía una salida. La teoría de Federico de mostrarse agradable no había funcionado. Quizá su hermano tenía razón, tal vez Federico era básicamente una persona tan confiada, que no podía entender cómo ser amable con Pedro pudiera representar una pérdida de tiempo y energía. Él llevó la cesta a la playa y logró encontrar un rincón bastante aislado. Paula lo siguió, admirando a su pesar la famosa arena negra, que en realidad no era negra, y las aguas tranquilas y claras que seguro estarían heladas.
-No hay necesidad de mostrarte tan deprimida -comentó él una vez que extendió las toallas, del tamaño de sábanas dobles.
Se quitó la camisa y ella pudo ver que los bermudas eran de cintura baja, dejando al descubierto los músculos lisos del estómago trabajado.
-No estoy deprimida -espetó-. Estoy indignada de que me hayas traído aquí como rehén para que no me quede otra elección que escuchar cómo me sueltas cosas que no son verdad. Estoy enfadada porque tratas a Fede como a un idiota al que hay que supervisar incluso cuando se trata de su vida amorosa. ¡No sé qué crees que vas a conseguir! ¿Planeas atacarme implacablemente porque piensas que me voy a derrumbar? ¡Eres arrogante y desdeñoso y, con franqueza, no mereces tener un hermano como Fede, que te tiene en tan alta estima!
Los labios de Pedro se estrecharon hasta formar una línea fina. «Taimada cazafortunas», pensó. Esa representación de inocencia había cautivado a su hermano y tuvo que reconocer que había algo en ella que la hacía parecer transparentemente vulnerable... Dios, había despertado curiosidad incluso en él. Pero la máscara comenzaba a caérsele. En ese momento escupía fuego. Soslayó el exabrupto y se estiró en la toalla, apoyando la cabeza en las toallas pequeñas que había llevado para ese propósito.
-¿Y bien? -demandó Paula. ¿No vas a empezar?
-Siéntate y deja de exagerar.
-¡Exagerar!
-Típico comportamiento femenino histérico -inclinó la cabeza y la miró con los ojos entrecerrados por el sol. Estuvo seguro de que si hubiera tenido a mano un cubo con agua helada, él habría sido el destinatario.
-¡Típico comportamiento femenino histérico!
-Esta conversación no va a llegar muy lejos si repites todo lo que digo, ¿No? ¡Y ahora, siéntate!
-¡Puede que pienses que el mundo te pertenece, Pedro Alfonso, pero a mí no puedes decirme lo que debo hacer!
-No, pero puedo señalar que estar de pie con este calor va a resultar bastante agotador en un minuto y que no tienes adonde ir. Las llaves del coche están en mi poder, aunque tampoco tendrías idea de cómo regresar a la villa, e ir a otro punto de la playa sólo conseguirá que te achicharraras. Ésta debe de ser la única zona con algo de sombra no ocupada por otras personas.
-No quiero un bañador.
La vendedora sonrió como alguien que no termina de entender algo y Pedro se lanzó a hablar rápidamente en griego, y el resultado fue que media hora más tarde salían del local con un biquini negro que Paula llevaba a regañadientes debajo de la ropa. Condujeron a la playa en silencio, roto sólo cuando Theo le informó de que había toallas en el maletero del coche, al igual que una cesta que el ama de llaves había preparado casi en un abrir y cerrar de ojos. Finalmente, Pedro le indicó que habían llegado a una de las playas más populares. Una vez que él había dejado claro cuáles eran sus intenciones, Paula quería que la conversación se acabara de una vez por todas, aunque no veía una salida. La teoría de Federico de mostrarse agradable no había funcionado. Quizá su hermano tenía razón, tal vez Federico era básicamente una persona tan confiada, que no podía entender cómo ser amable con Pedro pudiera representar una pérdida de tiempo y energía. Él llevó la cesta a la playa y logró encontrar un rincón bastante aislado. Paula lo siguió, admirando a su pesar la famosa arena negra, que en realidad no era negra, y las aguas tranquilas y claras que seguro estarían heladas.
-No hay necesidad de mostrarte tan deprimida -comentó él una vez que extendió las toallas, del tamaño de sábanas dobles.
Se quitó la camisa y ella pudo ver que los bermudas eran de cintura baja, dejando al descubierto los músculos lisos del estómago trabajado.
-No estoy deprimida -espetó-. Estoy indignada de que me hayas traído aquí como rehén para que no me quede otra elección que escuchar cómo me sueltas cosas que no son verdad. Estoy enfadada porque tratas a Fede como a un idiota al que hay que supervisar incluso cuando se trata de su vida amorosa. ¡No sé qué crees que vas a conseguir! ¿Planeas atacarme implacablemente porque piensas que me voy a derrumbar? ¡Eres arrogante y desdeñoso y, con franqueza, no mereces tener un hermano como Fede, que te tiene en tan alta estima!
Los labios de Pedro se estrecharon hasta formar una línea fina. «Taimada cazafortunas», pensó. Esa representación de inocencia había cautivado a su hermano y tuvo que reconocer que había algo en ella que la hacía parecer transparentemente vulnerable... Dios, había despertado curiosidad incluso en él. Pero la máscara comenzaba a caérsele. En ese momento escupía fuego. Soslayó el exabrupto y se estiró en la toalla, apoyando la cabeza en las toallas pequeñas que había llevado para ese propósito.
-¿Y bien? -demandó Paula. ¿No vas a empezar?
-Siéntate y deja de exagerar.
-¡Exagerar!
-Típico comportamiento femenino histérico -inclinó la cabeza y la miró con los ojos entrecerrados por el sol. Estuvo seguro de que si hubiera tenido a mano un cubo con agua helada, él habría sido el destinatario.
-¡Típico comportamiento femenino histérico!
-Esta conversación no va a llegar muy lejos si repites todo lo que digo, ¿No? ¡Y ahora, siéntate!
-¡Puede que pienses que el mundo te pertenece, Pedro Alfonso, pero a mí no puedes decirme lo que debo hacer!
-No, pero puedo señalar que estar de pie con este calor va a resultar bastante agotador en un minuto y que no tienes adonde ir. Las llaves del coche están en mi poder, aunque tampoco tendrías idea de cómo regresar a la villa, e ir a otro punto de la playa sólo conseguirá que te achicharraras. Ésta debe de ser la única zona con algo de sombra no ocupada por otras personas.
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