lunes, 18 de diciembre de 2017

Prohibida: Capítulo 21

-Relájate -murmuró Pedro en su oído-. Tu cuerpo debe cooperar con la música, no oponerse.

 -¿No  deberías  estar  bailando  con  tu  pareja?  -respondió  con  sequedad y él emitió una risita que le provocó escalofríos.

A través de la  bruma  de  su  mente,  una  cosa  emergía  con  claridad:  que  ese  hombre  era  absoluta  y  devastadoramente  sexy.  La  irritaba  que  su  cuerpo reaccionara a la proximidad. Sus pechos habían adquirido una sensibilidad  aguda  y  podía  sentir  cómo  sus  pezones  se  tensaban  contra  el  vestido  cuando,  sin  la  barrera  del  sujetador,  se  pegaban  y  frotaban contra la camisa de él.

-No  creo  haber  sido  yo  quien  la  llamara  así  -susurró  Pedro-.  Aunque  admito  que  encaja  en  el  molde  adecuado...  Para  los  griegos  tradicionales,  las  mujeres  como  Brenda son  perfectas.  La  educación  apropiada,  los  contactos  familiares  apropiados...  y  además  tiene  las  ambiciones apropiadas en la vida. Quiere tener hijos y complacer a su marido...

-Qué papel para una mujer moderna -cortó Paula.

-¿Tú eres mejor? -murmuró con suavidad.

Se  sentía  demasiado  lánguida  para  responder.  La  noche  era  cálida,  la  música  seductora  y  el  champán  fluía  por  su  sangre;  no  mucho, pero sí lo suficiente para amortiguar su hostilidad.

-No  -respondió-.  No  lo  soy,  ya  que  soy  una  cazafortunas.  Durante un momento, olvidé que se suponía que soy una mujer vil y sin  escrúpulos  sin  otra  cosa  en  la  mente  que  destruir  la  vida  de  alguien  para  engordar  mi  saldo  bancario.  Pero  estoy  cansada.  Creo  que me iré a mi habitación.

 -Si miras detrás de tí, verás que Federico no parece dispuesto a retirarse.

-No espero que lo haga.  Se  va a quedar  hasta  el  final.  No  me digas... no es el estilo griego... -suspiró-. Escucha, Fede se lo está pasando bien y se lo merece. Trabaja casi todo el día en Inglaterra... desde  luego,  yo  no  le  voy a  echar  en  cara  que  quiera  divertirse  durante su estancia aquí...

-Qué  pareja  tan  comprensiva...  ¿Serías  igual  de  comprensiva  si  la rienda libre que le das lo animara a encontrar a otra mujer...?

 Paula no pudo evitarlo. Rió entre dientes. Pedro la llevó a un lado, fuera de la improvisada pista de baile, para poder estudiarla ceñudo.

-¿Compartes la broma?

-Lo siento. No era mi intención reírme. Todo es por la bebida. No estoy acostumbrada a tanto champán y vino maravillosos. Se me han subido a la cabeza, junto con el agotamiento...

Pedro seguía mirándola. Esa mujer lo confundía y no le gustaba. No sabía cómo encararlo.

-¿No crees que Fede se pueda ir con otra? ¿Tan segura estás de tus encantos?

 Paula sintió que recobraba la sobriedad con rapidez.

-No, en absoluto... te lo he dicho... estoy cansada, no reacciono del modo en que habitualmente lo hago...

 -Te acompañaré a tu habitación.

-¡No! -retrocedió un poco.

-Es lo correcto que te escolten a tu habitación -miró brevemente hacia  donde  su  hermano  parecía  estar  contando  un  chiste  que  requería  mucha  gesticulación  y  que  su  público  apreciaba-.  Y  sería  cruel   interrumpir  a  Fede cuando   parece   enfrascado  en  una   anécdota cautivadora.

Paula se volvió y no pudo contener una sonrisa. Al mirar otra vez a Pedro, la sonrisa aún se asomaba por la comisura de sus labios.

-En realidad, es un niño. Apuesto que ha comenzado uno de sus chistes y no recuerda el final. Le sucede cada vez que bebe mucho.

La  expresión  de  su  cara...  y  otra  vez  esa  sensación  confusa,  aunque  en  esa  ocasión  más  aguda.  Respiró  hondo.  De  pronto  ella  retrocedía, lista para marcharse. No  podía  dejarla  ir.  Aún  no.  Y  no  podía  descifrar  por  qué.  Se  marchaba de la isla al día siguiente y sabía que necesitaba hablar con ella  un  rato  más.  El  impulso  era  tan  fuerte,  que  lo  sacudió  hasta  su  mismo  núcleo  y  durante  un  instante  experimentó  algo  que  nunca  antes  había  sentido...  una  absoluta  falta  de  autocontrol.  Durante  una  fracción  de  segundo,  algo  diferente  lo  controló  y  desconocía  por  qué o cómo.

 -Te acompañaré a tu habitación -repitió con voz tensa y observó la  pálida  delicadeza  de  su  cuello  al  darle  la  espalda  antes  de  encogerse de hombros como resignada a algo que le era impuesto.

Metió las manos en los bolsillos, seguro de que en alguna parte en las sombras, Brenda probablemente los miraba y se preguntaba por qué se marchaba sin decirle una palabra. Menos mal que su madre y su abuelo ya se habían ido a acostar. Le habría costado explicar por qué acompañaba a la prometida de su hermano al dormitorio.

viernes, 15 de diciembre de 2017

Prohibida: Capítulo 20

-Pero  otros  atractivos  que  distaban  mucho  de  tener  tamaño  de  guisante -aseveró Pedro.

 -Quizá  deberías  ir  a  conocer  a  Brenda -indicó  Paula con  cara  seria-.  No  querríamos  interponernos  en  tu  camino  hacia  una  posible  pareja, ¿Verdad, Fede?

Pedro titubeó.   En  circunstancias  normales,   habría  estado  encantado de conocer a la chica, pero cuando miró al ángel rubio que le devolvía la mirada con inocencia, sintió una descabellada renuencia a marcharse. ¿Es que no recordaba que ese supuesto ángel estaba prometido con su hermano? Hasta compartían  la  misma  habitación,  ¡La  misma  cama!  Debía estar  perdiendo  el  juicio...  pensando  en  la  novia  de  su  hermano...  preguntándose...

Brenda Papaeliou  era  todo  lo  que  recetaba  el  doctor.  Era  vivaz,  deslumbrante  e  inteligente.  Y  muy,  muy  directa.  Trabajaba  para  la  empresa de su padre y jamás había alimentado la ambición de hacer otra cosa. «Altamente recomendable», pensó Pedro mientras buscaba y  encontraba  con  la  mirada  a  Paula,  quien  otra  vez  había  sido  abandonada  por  Federico,  aunque  no  parecía  irle  mal  entre  un  grupo  de  los  hombres  más  jóvenes.  Dios,  no  sólo  tenía  que  cuidar  de  su  hermano,  sino  también  darle  algunos  consejos  sobre  cómo  llevar  a  esa mujer. Cuando  se  anunció  a  la  multitud  variada  que  la  cena  estaba  servida,  él  escuchaba  cómo  su  acompañante  extendía  las  alas  y  le  hablaba  de  sus  aficiones.  Le  gustaba  la  equitación,  y  pensaba  en  seguir  un  curso  de  arte  para  poder  pintar  cuando  se  retirara  del  trabajo activo para casarse y tener hijos. En ese punto, llegó a la conclusión de que la conversación se  tornaba  un  poco  peligrosa  para  su  gusto.  No  había  mentido  al  decirle  a  su  madre  que  seguiría  el  camino  esperado  al  cumplir  los  cuarenta.   Era   una   buena   edad  para  casarse  y  asumir   las   responsabilidades  de  tener  una  familia.  Con  una  buena  chica  griega,  parecida a la encantadora joven cuya tarjeta encontró junto a él a la mesa. Se  había  contratado  un  servicio  profesional  de  catering  para  ocuparse   del   banquete,   que   era   una  cena   formal.   Se  habían  distribuido  varias  mesas  en  el  jardín  abierto  para  acomodar  a  los  ochenta  y  tantos  invitados,  y  tuvo  que  reconocer  que  la  comida  era  magnífica. También servida con la eficacia de pagar lo mejor para que ofreciera lo mejor. Aunque costaba decidir si la multitud disfrutaba de la excelente comida más que de los magníficos vinos servidos. Desde luego, en el transcurso de la velada, el nivel de ruido había crecido en proporción al nivel de alcohol ingerido. Bebió lo suficiente para parecer sociable, y luego paró. Era divertido  ver  a  todo  el  mundo  perder  la  cabeza,  pero  él  no  tenía  intención de imitarlos. Sin  embargo,  ayudó  a  crear  una  atmósfera  asombrosa  cuando  poco  antes  de  la  medianoche,  su  abuelo  hizo  sonar  la  cucharilla  contra  su  copa  de  cristal  y  dió una  discurso  corto  pero  divertido  acerca  de  alcanzar  la  edad  de  ochenta  años.  Rindió  tributó  a  su  maravillosa  esposa  perdida  ya  y  con  elegancia  le  dió  las  gracias  a  todos por haber realizado el tremendo esfuerzo de presentarse en la isla para poder acompañarlo en la celebración de su cumpleaños. La ronda de aplausos fue apasionada. Varias personas ofrecieron discursos,  para  alegría  de  los  invitados.  Cuando  el  ruido  se  apagó,  Federico,  que  siempre  había  sido  el  favorito  de  su  abuelo,  se  esforzó  por  ofrecer  unas  palabras  sobrias  y  casi  tuvo  éxito,  salvo  por  el  sonoro hipo final. Eso también fue recibido con vítores.

-Después  de  todo  esto  -comenzó  Pedro,  poniéndose  de  pie  y  alzando  su  copa  en  un  último  brindis  por  el  hombre  que  había  afectado  todas  sus  vidas  de  un  modo  u  otro-,  mis  breves  palabras  sólo pueden llegar como un jarro de agua fría... Lejos de ello.

Paula había  bebido  más  de  lo  que  acostumbraba,  pero  aún  era  consciente  de  lo  intenso  y  conmovedor  que  fue  el  breve  discurso  de  Pedro.  Y  al  final,  cuando  todos  los  que  aún  podían  ponerse  de  pie  lo  hicieron para unirse al brindis, ella los imitó. Durante un segundo, sus ojos se encontraron y experimentó algo raro en su interior. Sin saber de dónde podía proceder, lo achacó a la influencia del champán. Había bebido bastantes copas de la bebida espumosa antes de  la  comida,  para  luego  reemplazarlo  por  vino.  Constantemente  le  habían llenado la copa. Acabados  los  brindis,  la  gente  comenzó  a  separarse,  algunos  yendo  a abrazar  al  anciano  antes  de  retirarse,  otros  dirigiéndose  hacia el jardín. Por unos altavoces ocultos sonaba música de Nat King Cole. Paula arrinconó  a  Federico y  le  susurró  si  no  sería  mejor  que  también ellos se retiraran.

-La  noche  aún  es  joven  -le  sonrió  y  la  abrazó-.  Cariño,  has  estado brillante. Estás preciosa y has cautivado a todo el mundo.

-Se nota que te cuesta hablar -comentó Paula con irritación.

Con el rabillo del ojo, vió que Pedro se alejaba con la morena del brazo.

 -¿Te gustó mi discurso?

 -Fue maravilloso.

-Bailemos  y  luego,  si  estás  cansada,  puedes  ir  a  acostarte.  Yo voy a quedarme hasta que amanezca.

Le pareció bastante razonable. Se unieron a los demás en la otra zona amplia de jardín que se había convertido en una pista de baile al aire  libre.  Sus ojos otearon  la  oscuridad  y  se  posaron  en  Pedro,  que también bailaba con la morena bien pegada contra el cuerpo. El  corazón  le  dió  otro  vuelco,  algo  casi  tan  irritante  como  el  hecho de que no había sido capaz de no buscarlo. Se preguntó si se marcharían juntos. La idea hizo que se sintiera encendida y molesta. Permitió que Federico la tomara en brazos y apoyó la cabeza en su  hombro.  Era un bailarín  maravilloso.  Incluso  borracho,  sus  pies  parecían  programados  para  hacer  exactamente  lo  que  debían.  Paula se dejó llevar. Cerró los ojos y apenas fue consciente de una canción lenta tras otra.  En  mitad  de un  tema,   justo   cuando   sus   pensamientos  comenzaban  a  flotar  a la  deriva,  la  voz  de  Pedro la  devolvió  con  brusquedad al momento. Había estado tan lejos mentalmente, que en su confusión  tardó  unos  segundos  en  darse  cuenta  de  que  se  había  acercado para solicitar un baile con ella. Antes de que pudiera protestar, Federico se apartó con cortesía y la comodidad segura de sus brazos se vio reemplazada por un abrazo más duro e infinitamente más peligroso. Paula sintió que el cuerpo se le  tensaba  y  trató  de  imponer  unos  centímetros  de  espacio  entre  ellos, pero la lentitud de la música no la ayudó en las maniobras.

Prohibida: Capítulo 19

-Las  mujeres  se  relacionan  con  hombres  que  no  tienen  un  horario habitual de trabajo...

-No hablo de  las  mujeres  como  pertenecientes  a  la  especie  en  general. Hablo de tí.

Paula bebió  champán  y  sintió  el  cosquilleo  de  las  burbujas  al  bajarle por la garganta. El alcohol le dio vida a su rostro. El instinto le decía que se alejara de Pedro. No había nada que pudiera decirle que no tuviera como último objetivo mellarle la armadura. La quería fuera de la vida de Federico y lejos de la posibilidad de que pudiera ponerle las  manos  encima  a  los  millones  de  los  Toyas.  La  ponía  enferma  pensar en ello. Pero algo en él hizo que se quedara. Las  dos  copas  de  champán  con  el  estómago  vacío  tampoco  ayudaron.

-La  gente  necesita  su  propio  espacio  -se  encogió  de  hombros-.  Te da la oportunidad de dar un paso atrás y mostrarte objetiva con la persona con la que estás relacionada.

Pedro jugó  con  el  champán  en  la  copa,  pero  sin  quitarle  en  ningún momento los ojos de encima.

-¿Y crees que eso es bueno?

 -Claro  que  sí.  Significa  que  no  terminas  por  convertirte  en  una  tonta y en confiar en alguien que no es merecedor de esa confianza -se contuvo y logró esbozar una sonrisa tensa-. Hablando en general, por supuesto.

-¿Quién fue él?

 -No  sé  de  qué  hablas  -el  sonido  de  las  voces  y  de  las  risas  pareció muy lejano, simple ruido de fondo.

 -Claro que sí -musitó él, con un simple deje de sorpresa ante el deseo de ella de querer negar la verdad.

En la penumbra, él era todo sombras y ángulos. Su masculinidad lo rodeaba como un campo de fuerza, pero no parecía amenazadora. Parecía... Paula tembló.

 -¿Y  bien?  -insistió  Pedro-.  ¿Quién  era?  Desde  luego,  no  hablas  de  Federico. Entonces, ¿De quién estás hablando? -bebió un poco más de champán  y  la  observó  como  si  dispusiera de  todo  el  tiempo  del  mundo. Sujetó con fuerza el pie de la copa, porque durante un momento  loco,  quiso  alargar  la  mano  y  tocarle  el  pelo,  sólo  para  comprobar que su tacto era igual que su visión.

-Oh, alguien a quien conocí. Resultó que no era la persona que yo creía que era -soltó una risa breve.

El momento fugaz de querer tocarle el cabello se transformó en un  impulso  violento  de  matar  a  quienquiera  que  le  hubiera  causado  esa   desilusión.   Contuvo  con  férrea   voluntad  el  camino  que  empezaban a tomar sus pensamientos. Pero aún quería saber... Experimentó una punzada de irritación cuando Federico se acercó hasta ellos y pasó un brazo por los hombros de Paula para pegarla a él.

-¿No es la más guapa del baile? -le preguntó a su hermano-. A propósito,  mamá  quiere  que  conozcas  a  tu  futura  prometida,  Brenda Papaeliou  -sonrió  con  gesto  travieso  y  alzó  la  copa-.  Puedes  correr,  hermano, pero no puedes esconderte.

Pedro trató  de  sonreír,  pero  deseó  que  su  hermano  se  largara  para poder terminar la conversación. Era una locura el modo en que la percibía con cada fibra de su cuerpo.

 -Brenda Papaeliou... sí, creo que mencionó el nombre antes...

 -Justo  tu  tipo,  Pedro.  Una  mata  tupida  de  pelo  oscuro,  curvas  y  un vestido que deja poco a la imaginación. Me sorprende que mamá no te haya localizado ya para presentártela.

A  Paula no  le  extrañó  que  esa  mujer  fuera  su  tipo.  El  tipo  exuberante de cuerpo y pobre de mente. Entonces se sonrojó por lo poco caritativa que era con alguien a quien jamás había visto.

 -No tengo un tipo de mujer -corrigió Pedro con irritación.

-¡Claro  que  sí!  -Federico se hallaba  en  su  elemento.  Cuando  se  relajaba,  se  relajaba  con  estilo-.  ¿Recuerdas  la  chica  que  trajiste  a  casa  cuando  tenías  diecisiete  años?  -miró  a  Paula y  le  susurró  lo  bastante alto como para que Pedro los oyera-: Se llamaba Romina,  una verdadera   belleza   de   pelo  oscuro.   Pedro la  llevó  a  casa   para   presentarla y se sorprendió mucho cuando todo el mundo objetó que tuviera treinta años. ¡Le había dicho que tenía diecinueve! ¡La verdad se supo cuando cometió el desliz de decir que tenía un hijo!

-Parecía más joven de la edad que tenía -comentó Pedro.

-Luego estuvo Nadia. La hermosa Nadia. Una morena con curvas. ¡El problema es que tenía el cerebro de un guisante!

Prohibida: Capítulo 18

¿De dónde  había  salido?  Tenía  que  haber  estado  al  acecho,  ya  que no lo había visto desde que entró.

-No  necesito  que  me  cuiden.  En  todo  caso,  ¿Sabes  dónde  está  Fede?

 -Quizá  no  cuidarte  -corrigió  Pedro- pero  habría  pensado  que  siendo tu novio, se habría quedado a tu lado como el pegamento. En particular con ese vestido.

 -¿Qué  le pasa a  mi  vestido?  -se  bebió  el  resto  de  su  primera  copa de champán, pero no logró relajarla. Sentía el cuerpo como una pieza elástica estirada al límite.

-Demasiada  piel  expuesta  en  la  espalda  -musitó  Pedro-.  Hace  que  un  hombre  se  pregunte  qué  hay  delante  -se  llevó  la  copa  a  los  labios  y  bebió  un  sorbo  de  champán,  pero  en  ningún  momento  dejó  de mirarla a la cara.

-Lo siento, pero he de ir a buscar a Fede.

-¿Por  qué?  Pareces  arreglarte  muy  bien  sin  él a  tu lado.  Algo  extraño.

-No veo nada extraño en ello -repuso irritada. -Se acaban de  prometer.  ¿No  deberían  estar  dominados  por  la  felicidad  del  compromiso,  sin  poder  apartar  las  manos  del  otro,  sin  ser capaces de separaros ni por un segundo?

-No sabía que fueras un hombre romántico que pensara en esos términos  -respondió,  soslayando  la  pregunta,  porque  lo  que  él  planteaba tenía perfecto sentido.

 En circunstancias normales, Federico estaría a su lado, presentándola a su familia.

-Soy la clase de hombre que, desde luego, no perdería de vista a su mujer.

 -Las cosas son  diferentes   en Inglaterra.   La  posesividad  desapareció en el medievo.

 -Lo  que probablemente  explica  por  qué  las  mujeres  inglesas  pueden ser tan poco femeninas. Demasiada independencia puede ser algo negativo.

-Oh,  claro  -olvidó  que  intentaba  localizar  a  Federico para  que  pudiera  rescatarla  del  hombre  peligrosamente  desconcertante  que  tenía ante ella-. A todas esas sufragistas que lucharon por el derecho de  las  mujeres,  les  encantaría  oírte  decir  eso.  Te  lincharían  en  el  árbol  más  cercano.  Para  tu  información,  la  independencia  es  algo  deseable.  De  hecho,  y  en  lo  que  a  mí  concierne,  sólo  un  hombre  inseguro  necesita  tener  a  una  mujer  al  lado  que  se  ocupe  de  todas  sus necesidades y lo ponga en un pedestal por encima de todo y de todos   -lo   había   aprendido  de la   forma  más   dura.  Podía   dar   conferencias sobre el tema.

 -No me malinterpretes. Yo creo en los derechos de las mujeres. De  hecho,  no  muestro  tolerancia  hacia  los  jefes  que  explotan  a  sus  empleados según su sexo, como tratar de pagarle menos a una mujer que  desempeña  el  mismo  trabajo  que  su  contrapartida  masculina.  Tampoco  creo  que  las  mujeres  deban  inclinarse  cada  vez  que  aparezca  su  hombre.  Sin  embargo,  estás  aquí  sola,  conoces  a  muy  poca gente. Era lógico esperar que tu novio estuviera a tu lado.

 La  lógica  de  lo  que  decía  la  dejó  sin  palabras  durante  unos  segundos.

-Fede...  -comenzó-.  Sé  que  Fede  quería  ver  a  un  montón  de  gente.  Si  hubiera  insistido  en  que  se  quedara  conmigo,  lo  habría  hecho,  pero  eso  habría  sido  injusto.  Me  gusta  moverme  como  entre  bambalinas, viendo cómo todo el mundo se divierte...

-¿Es  lo  que  haces  en  Inglaterra?  ¿Cuando  van  juntos  a  las fiestas? ¿Moverte entre bambalinas mientras mi hermano se dedica a lo suyo? -No vamos a menudo a fiestas -repuso con cautela-. Al menos, no  como  ésta.  Y  no  olvides  que  Fede apenas  tiene  tiempo  para  hacer vida social. El negocio de los restaurantes es bastante agotador y ahora que también tiene un club, sus horas son peculiares la mayor parte del tiempo.

 -¿Y eso no te molesta?

-Creo que deberíamos circular entre los invitados.

-Sólo siento curiosidad.

-¿Sí? -repuso con sarcasmo-. ¿O se trata de otro clavo que estás preparando  para  mi  ataúd?  Ya hemos  pasado  por  tus  sospechas.  No le veo sentido a seguir hablando de ellas. ¡Nada va a cambiar!

-Sea lo que fuere lo que yo pueda pensar sobre tus motivos para comprometerte con mi hermano, sigo sintiendo curiosidad por lo que piensas ante la idea de casarte con un hombre que rara vez estará a tu  lado  y,  desde luego, nunca  en  horas  sociales  -llamó  a  una camarera  con  la  mano  y  tomó  dos  copas  de  champán,  entregándole  una a ella

. Y  no  mentía.  Sentía  auténtica  curiosidad.  Lo  asombraba  que  su  hermano la hubiera dejado sola. Si hubiera sido él...

Prohibida: Capítulo 17

Federico le había regalado el vestido que llevaría para la fiesta. Había insistido.  Quería que  estuviera hermosa  y,  después de escucharla con cortesía explicarle que podía comprarse algo en unos grandes almacenes, le había señalado de forma razonable que eso no serviría. Estarían rodeados por los ricos y poderosos, y terminaría por sentirse incómoda llevando algo barato y alegre. En ese momento se hallaba delante del espejo de cuerpo entero de la habitación y se inspeccionó sin alegría. El vestido de un rojo borgoña intenso resultaba deslumbrante, igual  que  la  primera  vez  que  se  lo  probó  en  Harrods.  De  hecho,  mejor,  porque  llevaba  maquillaje,  zapatos  de  tacón  alto  y  un  bolso  pequeño que era innecesario pero parecía muy elegante. La  espalda  caía  osadamente  hasta  la  misma  cintura,  aunque  la  parte  frontal  era  de  un  recato  engañoso,  con  unos  suaves  pliegues  que ocultaban el hecho de que no llevaba sujetador. Antes de irse a saludar a todos los amigos y familiares que iban llegando  en  tandas,  Federico le  había  asegurado  que  haría  que  todos  giraran  la  cabeza  para  mirarla.  A  ella  se  le  había  ocurrido  una  excepción notable, pero se había contenido de mencionarla, igual que había evitado contarle el intento de su hermano de comprarla. Ya  eran  las  siete   y  media   y   la   fiesta   había   comenzado  oficialmente   media   hora   antes.   Había   llamado   por   teléfono   a  Inglaterra  y  hablado  con  Joaquín,  pero  ni  siquiera  el  sonido  de  su  voz  pudo aflojar el nudo tenso y furioso que le atenazaba el estómago. Pedro sólo iba a estar en la isla un día más. De hecho, menos. Se marcharía  a  la   tarde  siguiente,   y  hasta  entonces  sería  fácil   mantenerse  fuera  de  su  camino,  ya  que  la  casa  estaba  llena  de  invitados.  La  mayoría  se  iría  al  día  siguiente,  pero,  mientras  tanto,  habría suficiente gente entre la que perderse. Abofetearlo no había conseguido nada, aparte de concederle una sensación momentánea de satisfacción.

-Se  te  excusa  una  vez  por  hacer  eso  -había  siseado  Pedro,  aferrándole la mano con fuerza y atrayéndola hacia él-. Una vez y no más. Y si yo fuera tú, reflexionaría mucho en la proposición que te he hecho, porque, créeme, te marcharás o con el dinero en el bolsillo o sin nada. Pero te marcharás.

Habían  regresado  a  la  villa  en  un  silencio  cargado,  con  Paula pegada contra la puerta y mirando por la ventanilla. No parecía tener mucho sentido tratar de convencerlo de que se equivocaba con ella.

-Será  mejor  que  baje  -se  dijo  ante  el  espejo-.  Tampoco  voy  a  esconderme en las sombras.

Salió con la cabeza alta. Un matón sólo era lo poderoso que se le  permitía  ser.  Pedro Alfonso estaba  acostumbrado  a  que  todo  el  mundo cediera para satisfacerlo. Ella no tenía intención de hacerlo. Encontró la enorme sala central llena de invitados. A algunos los había conocido antes, al regresar de la desastrosa excursión  turística,  pero  a  muchos  más  no  reconocía  en  absoluto.  Esos  invitados  no  iban  a  quedarse.  Habrían llegado  en  barco o en  helicóptero y se marcharían de la misma manera. Los niveles de ruido reflejaban la atmósfera reinante. Carcajadas y la conversación cálida de personas que no se habían visto en mucho tiempo y se ponían al día. Había  imaginado  que  se  sentiría   desconocida  y  se había   preparado  para  una  noche  de  sonrisas  educadas  y  charlas  casuales,  pero a los pocos minutos descubrió que bajo ningún concepto ése iba a ser el caso. Fue recibida con entusiasmo e interés. Las mujeres la elogiaron por  su  elección  de  vestido,  los  hombres  de  mediana  edad  hicieron  comentarios  inapropiados  y  rieron  con  su  sentido  del  humor.  Casi  todos hablaban un inglés excelente. A Federico no se lo veía por ninguna parte, y a medida que Paula iba  de  grupo  en  grupo,  charlando  un  poco  con  todos,  se  mantenía  atenta a su posible aparición. Se  preguntaba  por  qué  no  había  podido  esforzarse  más  en  buscarla,  cuando  una  voz  le  murmuró  al  oído  precisamente  lo  que  estaba pensando.

 -Parece que mi hermano necesita algunas lecciones sobre cómo cuidar a su mujer.

 Paula se  paralizó,  respiró  hondo  y  lentamente  se  volvió al  encuentro de Pedro. Se lo veía  absoluta  y  devastadoramente  atractivo.  Los  pantalones  negros  eran  una  concesión  a  la  formalidad  de  la  fiesta,  pero llevaba la impecable camisa blanca remangada hasta los codos, en  desafío  a  todos  los  que,  al  menos  en  esa  fase  de  la  celebración,  habían  mantenido  el  código  de  etiqueta  de  chaqueta  y  pajarita.  También  él  llevaba  una  pajarita,  suelta  para  poder  desprenderse  los  primeros botones de la camisa.

Prohibida: Capítulo 16

 Se  volvió  y  esperó  y se  sintió  gratificado  cuando  al  final  ella  se  tumbó en la toalla para poder mirarlo con ojos centelleantes desde un nivel menos elevado.

 -Bueno,  ve  al  grano  entonces  -espetó Paula-,  pero  no  esperes  ninguna aportación por mi parte, porque no la daré.

-¿Para cuándo está programada la boda?

-¿Perdona?

 -La boda. ¿Se ha establecido alguna fecha?

 -No.

 -¿No?  Me  sorprendes.  ¿Qué  sentido  tiene  un  compromiso  si  no  vas a ir al altar lo antes posible?

 -Abre  un  agujero  en  tu  teoría,  ¿Verdad?  -replicó  con  desdén-.  Pensabas  que  ya  me  había comprado  una  calculadora  para  sumar  todos  los  millones  que  iba  a  tener  a  mi  disposición.  Lamento  decepcionarte, pero no hay una fecha y ni siquiera hemos hablado de una boda.

 -¿Por qué?   -se volvió  para  poder observar su  expresión. 

Sorprendentemente,  tenía  un  rostro  muy  gráfico  y  él  se  consideraba  un  observador  penetrante.  Invariablemente,  la  gente  revelaba  las  emociones verdaderas y casi siempre él era capaz de detectarlas. Aparte de poseer una inmensa experiencia con mujeres.

-¿Qué  quieres  decir  con  eso?  No  todas  las  mujeres  consideran  que su objetivo vital es ponerse una alianza en el dedo en el menor tiempo posible.

-No, pero sí la mayoría, y todas lo harían si obtuvieran una enorme   recompensa   financiera   esperándolas  a  la   vuelta   de   la   esquina.

-¿De  verdad?  Entonces,  ¿Cómo  es  que  tú  nunca  te  has  casado?  Me  sorprende  que  alguna  mujer  inteligente  no  haya  tratado  de  lanzarse sobre la asombrosa riqueza de los Alfonso.

-Oh,  casi  todas  lo  intentan  -comentó  con  sequedad-.  No  hace  falta decir que no llegan a ninguna parte.

-Pobre Pedro-se   mofó-.   Destinado a estar solo por el  convencimiento  de  que  el  único  motivo  por  el  que  una  mujer  podría  salir con un hombre rico es por su dinero.

-Esto no  es  sobre  mí  -indicó  con  frialdad.  Se  sentó  para  que  quedaran  cara  a  cara-.  Y  no  tiene  sentido  tratar  de  desviar  la  conversación  en  la  dirección  opuesta.  Aquí  sólo  estamos  tú  y  yo,  así  que vayamos al grano. Jamás dejaré que te cases con Federico.

 Paula se quedó boquiabierta por la conmoción.

-Puede que no hayan establecido ninguna fecha, pero sospecho que  eso,  simplemente,  se  debe a  que  no  quieres  que  se  considere  que  estás  ansiosa  por  alcanzar  tu  objetivo.  Puede que  Fede sea  ingenuo de acuerdo con los patrones de otras personas, pero, desde luego,  yo no  lo  considero  un  idiota  e  imagino  que  tú  tampoco.  Las  alarmas se activarán si pasas del compromiso a planear la boda en un breve espacio de tiempo.

Paula había  logrado  cerrar  la  boca,  pero  tenía  los  ojos  muy  abiertos  por  la  incredulidad  a  medida  que  su  cerebro  embotado  asimilaba lo que él decía. Descartado había quedado todo fingimiento de  cortesía.  Ahí  estaba  el  puño  de  hierro  dentro  del  guante  de  terciopelo. No había ni el más leve atisbo de incomodidad en los ojos negros clavados en su cara.

-No  puedes  decirme  con  quién  puedo  o  no  puedo  casarme  -fue lo único que encontró para responder.

-Puedo cuando afecta a mi familia. Más allá de eso, en realidad poco me importa con quién te cases o qué hagas con tu vida -vió que le  temblaban  los  labios  y  se pertrechó  contra  sentirse  un  cerdo  por  haber  manifestado  su  observación  de  esa  manera.  «No  es  más  que  una representación», se dijo, «y el modo más apropiado de encararla es no prestándole atención».

-No puedo creer lo que oigo -musitó Paula.

-Claro que  puedes  -respondió  él-.  También  debes  haber  sabido  que  encontrarías  algo  de  resistencia  en  el  camino.  Lo  que quiero  establecer es cuánto valdría para tí abandonar el compromiso.

En  un  principio  había  pensado  que  podría  llegar  hasta  ella,  aguijonearla  para  que  abandonara  su  fachada  y,  de  algún  modo,  forzar su mano para que Federico pudiera ver por sí mismo la clase de mujer que era.

 -No entiendo  lo que  dices  -movió  la cabeza  en  mudo  desconcierto, a pesar de que ya estaba traduciendo lo que le decía en la medida que se aplicaba a ella.

Pedro suspiró.

 -Te  he  observado  con  mi  hermano.  He  de  reconocer  que  no  he  percibido  ninguna  pasión,  pero  es  evidente  que  entre  vosotros  dos  existe un lazo amigable. Soy un hombre justo...

-¿Tú?  ¿Justo?  -una  burbuja  de  risa  histérica  comenzó  y  estalló  en su garganta.

-Razón por  la  que estoy  preparado  -continuó  como  si  no  lo  hubiera  interrumpido-  a  pagarte  generosamente  por  romper  este  compromiso.  No me importa  cómo  lo  hagas,  pero  estoy  seguro  de  que ya se te ocurrirá algo. Me da la impresión de que eres una mujer muy  creativa.   Es  una   solución  que  funcionará  para   todos  los  involucrados. Yo me marcharé tranquilo sabiendo que le ahorro a mi hermano una vida de desilusión cuando decidas divorciarte de él más adelante. A tí te doy la opción de mantener una amistad con Fede hasta el momento oportuno en que poco a poco puedas salir de su vida,  y  recibiendo  algo  por  tu  cooperación. Afróntalo,  lo  mires  como  lo mires, estoy siendo asombrosamente generoso.

La  sangre fluyó  hacia  el  rostro  de  Paula en  una  oleada  de  color  furioso.  Pudo  sentir  todos  los  nervios  de  su  cuerpo  palpitar  al  adelantarse y abofetearle la cara. Con fuerza.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Prohibida: Capítulo 15

La respuesta de él fue girar en redondo y entrar en la tienda de bañadores;  a  Paula no  le  quedó  otra  opción  que  seguirlo.  Conducir  esa  conversación  en  la  villa,  donde  cualquiera  podría  oírlos,  no  representaba una posibilidad. La  esperaba  en  el  centro  de  la  tienda  con  los  brazos  cruzados.  Una  dependienta  a  su  lado  sonreía  derretida,  y  otra,  ante  la  caja,  sonreía de igual manera desde cierta distancia. Al verla entrar, realizó un  movimiento  seco  con  la  cabeza  y  sólo  tuvo  que  mirar  en  la  dirección de la dependienta para que ésta entrara en acción. Ella jamás  había  recibido  un  servicio  tan  sofocantemente  servicial.

-No quiero un bañador.

 La  vendedora  sonrió  como  alguien  que  no  termina  de  entender  algo  y  Pedro se  lanzó  a  hablar  rápidamente  en  griego,  y  el  resultado  fue  que  media  hora  más  tarde  salían  del  local  con  un  biquini  negro  que Paula llevaba a regañadientes debajo de la ropa. Condujeron  a  la  playa  en  silencio,  roto  sólo  cuando  Theo  le  informó  de  que  había  toallas  en  el  maletero  del  coche,  al  igual  que  una  cesta  que  el  ama  de  llaves  había  preparado  casi  en  un  abrir  y  cerrar de ojos. Finalmente,  Pedro le  indicó  que  habían  llegado  a  una  de  las  playas más populares. Una  vez  que  él  había  dejado  claro  cuáles  eran  sus  intenciones,  Paula quería  que  la  conversación  se  acabara  de  una  vez  por  todas,  aunque no veía una salida. La teoría  de Federico de   mostrarse  agradable   no   había   funcionado.  Quizá  su  hermano  tenía  razón,  tal  vez  Federico era  básicamente una persona tan confiada, que no podía entender cómo ser  amable  con  Pedro pudiera  representar  una  pérdida  de  tiempo  y  energía. Él llevó la cesta a la playa y logró encontrar un rincón bastante aislado. Paula lo siguió, admirando a su pesar la famosa arena negra, que  en  realidad  no  era  negra,  y  las  aguas  tranquilas  y  claras  que  seguro estarían heladas.

-No hay necesidad de mostrarte tan deprimida -comentó él una vez que extendió las toallas, del tamaño de sábanas dobles.

 Se  quitó  la  camisa  y  ella  pudo  ver  que  los  bermudas  eran  de  cintura baja, dejando al descubierto los músculos lisos del estómago trabajado.

-No estoy deprimida -espetó-. Estoy indignada de que me hayas traído  aquí  como  rehén  para  que  no  me  quede  otra  elección  que  escuchar cómo me sueltas cosas que no son verdad. Estoy enfadada porque  tratas  a  Fede como  a  un  idiota  al  que  hay  que  supervisar  incluso cuando se trata de su vida amorosa. ¡No sé qué crees que vas a conseguir! ¿Planeas atacarme implacablemente porque piensas que me voy a derrumbar? ¡Eres arrogante y desdeñoso y, con franqueza, no mereces tener un hermano como Fede, que te tiene en tan alta estima!

Los  labios  de  Pedro se  estrecharon  hasta  formar  una  línea  fina.  «Taimada  cazafortunas»,  pensó.  Esa  representación  de  inocencia  había  cautivado  a  su  hermano  y  tuvo  que  reconocer  que  había  algo  en  ella  que  la  hacía  parecer  transparentemente  vulnerable...  Dios,  había   despertado   curiosidad   incluso   en   él.   Pero  la  máscara   comenzaba a caérsele. En ese momento escupía fuego. Soslayó el exabrupto y se estiró en la toalla, apoyando la cabeza en las toallas pequeñas que había llevado para ese propósito.

 -¿Y bien? -demandó Paula. ¿No vas a empezar?

 -Siéntate y deja de exagerar.

-¡Exagerar!

 -Típico comportamiento femenino histérico -inclinó la cabeza y la miró  con  los  ojos  entrecerrados  por  el  sol.  Estuvo  seguro  de  que  si  hubiera  tenido  a  mano  un  cubo  con  agua  helada,  él  habría  sido  el  destinatario.

-¡Típico comportamiento femenino histérico!

-Esta  conversación  no  va  a  llegar  muy  lejos  si  repites  todo  lo  que digo, ¿No? ¡Y ahora, siéntate!

-¡Puede  que  pienses  que  el  mundo  te  pertenece,  Pedro Alfonso,  pero a mí no puedes decirme lo que debo hacer!

-No,  pero  puedo  señalar  que  estar  de  pie  con  este  calor  va  a  resultar bastante agotador en un minuto y que no tienes adonde ir.  Las llaves del coche están en mi poder, aunque tampoco tendrías idea de  cómo  regresar  a  la  villa,  e  ir  a  otro  punto  de  la  playa  sólo  conseguirá que te achicharraras. Ésta debe de ser la única zona con algo de sombra no ocupada por otras personas.