miércoles, 11 de octubre de 2017

Enemigos: Capítulo 20

Se hizo un silencio sepulcral.Durante un instante Paula no dijo nada, pero luego cruzó la habitación para golpearle el pecho con los puños como una fiera salvaje.

–¡No te lo llevarás de mi lado! ¡No lo permitiré!Estaba tan furiosa y él tan sorprendido por aquella repentina explosión que tardó unos segundos en agarrarle las muñecas y apartarla de sí.

–Pero tú sí lo apartaste de mí –afirmó marcando cada sílaba, arrojándole aquellas palabras a la cara.

–Yo soy su madre –la voz de Paula sonaba ronca–. No voy a permitir que te lo lleves. Encontraré la manera de evitarlo. Él me necesita.

Pedro guardó silencio el tiempo suficiente para que Paula sufriera una fracción de lo que él había sufrido desde que descubrió la verdad. Luego le soltó las manos y se apartó de ella.

–Si estás tratando de impresionarme con tu dedicación maternal, no pierdas el tiempo. Tienes contratada a una niñera.

Paula dió un paso atrás con expresión confundida.

–¿Qué tiene que ver Giuliana en esto?

–No cuidas tú misma de él.

–Claro que sí –sus ojos reflejaban dolor–. Y hay razones para que tenga una niñera. Así puedo...

–No tienes que explicarte. Cuidar de un niño a tiempo completo es una experiencia muy exigente. Un niño pequeño es agotador, como tu madre descubrió. Ella decidió no hacerlo. Yo te estoy dando la oportunidad de hacer lo mismo.

Paula abrió los ojos de par en par.

–No entiendo lo que me dices.

–Estoy diciendo que asumo la responsabilidad completa de Baltazar.

–¿Me... me estás amenazando con quitarme a mi hijo?

–Te lo estoy ofreciendo –corrigió Pedro mirándola de cerca–. Y, si quieres verle, por supuesto podemos arreglarlo. Así podrás recuperar tu vida. Y como estoy dispuesto a incentivar el acuerdo con una generosa cantidad económica,será una vida muy cómoda. Es una buena oferta. Acéptala. No tendrás que volvera trabajar nunca.

Paula  se llevó las manos a las mejillas y soltó una carcajada amarga.

–Tú no sabes nada de mí, ¿Verdad? Quiero a mi hijo, y si has pensado por un momento que te lo entregaría fueran cuales fueran las circunstancias, entonces no sabes con quién estás tratando –dejó caer las manos y apretó los puños–.Haría cualquier cosa por proteger a mi hijo.

Sin inmutarse por la furia de sus ojos, Pedro asintió.

–Tu madre hubiera tomado el dinero y se habría marchado. Dice mucho a tu favor que no hagas lo mismo.

–Entonces, ¿Esto era una especie de prueba? –Paula gimió–. Eres un enfermo, ¿Lo sabías?

–Está en juego el futuro de nuestro hijo. Haré cualquier cosa para protegerlo. Y, si para eso tengo que ofenderte, lo haré también.

–No soy como mi madre –aseguró ella cruzándose de brazos–. Yo nunca abandonaría a Balta.

–En ese caso buscaremos otra solución –y solo se le ocurría una.

–¿Crees que no he intentado buscarla? –su tono desgarrado era una muestra de su desesperación–. No existe solución. No quiero que Balta  esté en medio de nosotros y absorba todos los malos sentimientos que hay entre nuestras familias. Ha crecido en una atmósfera de felicidad y de paz.

–Me resulta imposible creer eso conociendo a tu abuelo.

–Mi abuelo ha aceptado mis normas. Desde el momento en que nació Balta insistí en que, si se mencionaba el apellido Alfonso en nuestra casa, tenía que hacerse de manera positiva. No quería que mi hijo creciera en el mismo ambienteenvenenado que yo.

Pedro alzó las cejas genuinamente sorprendido.

Enemigos: Capítulo 19

–Por supuesto, me alivia saber que está a salvo, pero eso no cambia el hecho fundamental que estamos tratando aquí. La familia es lo más importante para mí. Soy un Alfonso, y nosotros cuidamos de los nuestros. Bajo ninguna circunstancia abandonaría a mi propio hijo.

Sus palabras fueron otro golpe bajo, porque eso era exactamente lo que había hecho la madre de Paula. Se marchó cuando ella tenía ocho años. Su rostro perdió el poco color que le quedaba, y Pedro se preguntó por un instante lo quedebía de ser ver cómo tu madre te abandonaba dejándote solo para afrontar elpeligro. Conocía la historia, igual que todo el mundo. La madre de Paula  era una turista inglesa que se había enamorado del encanto y el aspecto físico de Miguel Chaves para descubrir después de la boda que era un mujeriego incurable con un temperamento violento. Tras recibir demasiadas palizas, la madre de Paula le dió la espalda a Sicilia y a sus dos hijos y poco después su padre murió en un accidente de barco.Ella le miró fijamente.

–No deberías juzgarme tan deprisa. ¿Te molestaste alguna vez en volver para comprobar si nuestra noche juntos había tenido consecuencias?

Aquel inesperado ataque le pilló desprevenido.

–Utilicé protección.

–Y funcionó bien, ¿Verdad? –ironizó Paula inclinando la cabeza–. ¿Tepreguntaste en algún momento cómo estaba después de aquella noche? ¿Cómo me estaba enfrentando al accidente que mató a mi hermano? ¿Te molestaste en venir a buscarme?

–No quería encender la situación –pero sus palabras habían despertado en él una punzada de culpabilidad. Tendría que haberse puesto en contacto con ella. La idea le resultaba incómoda, como si tuviera una china en el zapato.

–Así que admites que te preocupaba ponerte en contacto conmigo porque eso habría aumentado los problemas –la voz de Paula sonaba calmada–. ¿Cuánto más habrían aumentado si te hubiera dicho que estaba embarazada?

–El niño lo cambia todo.

–No cambia nada, solo lo hace todo más difícil –Paula se metió las manos en los bolsillos de los vaqueros.Con el rostro limpio de maquillaje y el pelo suelto, parecía una quinceañeray no una exitosa mujer de negocios.

–Es una pérdida de tiempo regodearse en lo que ya está hecho. Hablemos del futuro. Por supuesto que quieres verle. Eso lo entiendo. Podemos arreglarlo.

Distraído por la longitud de aquellas piernas embutidas en vaqueros, Pedro frunció el ceño.

–¿Qué se supone que quiere decir eso?

–Estoy diciendo que puedes ver a Baltazar. Llegaremos a un acuerdo siempre y cuando accedas a cumplir ciertas normas.

¿Ella le estaba imponiendo normas? Asombrado, apenas pudo acertar a responder.

–¿Qué normas?

–No toleraré que hables mal de mi abuelo delante de Balta. Ni denigrarás a ningún miembro de mi familia, incluida yo. Por muy enfadado que estés conmigo,no lo demostrarás delante de Balta. En lo que a él respecta, estamos unidos.Aunque no estemos juntos, quiero que piense que nos llevamos bien. Si accedes a eso, entonces te dejaré tener acceso pleno a él.

Estupefacto al comprobar lo profundamente equivocada que estaba, Pedro sintió una oleada de exasperación.

–¿Acceso? ¿Crees que estoy hablando de derecho de visita? ¿Crees que quiero tener a mi hijo conmigo de vez en cuando?

–¿No quieres?

–Sí. Quiero acceso total –su tono era un reflejo de su estado de ánimo. Sombrío–. La clase de acceso que tiene un padre que ejerce a tiempo completo.Acceso a acostarle por las noches y levantarle por la mañana. Acceso a pesar todo el tiempo que quiera con él. Acceso a enseñarle en qué consiste una familia de verdad. Y así va a ser. Mis abogados están trabajando en el papeleo necesario para que sea reconocido como hijo mío. Mío.

Enemigos: Capítulo 18

Recordó que Paula se había quedado sentada muy quieta sin decir nada mientras los largos mechones le caían sobre el regazo. Después fue a escondersea la cabaña y le desafió con la mirada para que no dijera una palabra al respecto.Y por supuesto, Pedro no lo hizo porque su relación no incluía intercambios verbales.Y fue en aquella cabaña, en una noche que terminó de forma tan trágica,cuando su relación pasó de nada a todo. Aspiró con fuerza el aire y resistió el impulso salvaje y primitivo que le urgía a sujetarla contra la pared y arrancarle las respuestas que buscaba.

–¿Cuándo supiste que estabas embarazada?

–¿Qué importa eso?

–Soy yo el que hace las preguntas, y vas a contestar a todo lo que quiera preguntarte.

Paula cerró los ojos y apoyó la cabeza contra la puerta.

–No lo supe durante mucho tiempo. Después de... no lo recuerdo bien.Todo es muy confuso. Primero fue el hospital, luego el funeral. Y mi abuelo... –elsilencio hablaba más que las palabras. Respiraba con dificultad–. Era un caos. En lo último en que pensaba era en mí.

Sí, había sido un caos. Un pandemonio. Una salvaje mezcla deculpabilidad, dolor y rabia. El frenesí por salvar una vida que ya se había perdido.Un momento de intimidad perdido en un mar de crueles rumores. Al recordarlo Pedro sintió que se le ponían todos los músculos en tensión y supo que ellaestaba sintiendo lo mismo.

–Entonces, ¿Cuándo lo supiste?

–No lo sé, supongo que un par de meses más tarde. O quizá más –se pasó los dedos por las sienes–. Fue un momento muy difícil. Seguramente tendría que haberme dado cuenta antes, pero en aquel entonces pensé que todo formabaparte del shock. Tenía náuseas todo el tiempo, pero creí que era por la tristeza. Y cuando por fin lo descubrí fue...

–¿Un problema más? –Pedro apretó los puños.

–¡No! –Paula sacudió la cabeza con firmeza–. Iba a decir que fue como un milagro –bajó el tono de voz–. Lo mejor que me ha pasado en la vida llegó a través de la peor noche de mi vida.

No era la respuesta que esperaba, y durante un instante Pedro se quedó desconcertado.

–Debiste ponerte en contacto conmigo cuando lo supiste.

–¿Para qué? –preguntó Paula con tono angustiado–. ¿Para que mi abuelo y tú se mataran? ¿Crees que quería exponer a Baltazar a  algo así? Tomé la mejor decisión para mi hijo.

–Nuestro hijo –la corrigió él con énfasis–. Y a partir de ahora tomaremos las decisiones juntos.

Pedro vió el pánico reflejado en sus ojos y supo que esa angustia era la responsable de sus ojeras.

–Balta es felíz. Entiendo cómo te sientes, pero...

–Tú no entiendes cómo me siento –la interrumpió él con furia–. Estamos hablando de mi hijo. ¿De verdad crees que quiero que crezca como un Chaves?–Pedro se preparó para la pregunta que le quitaba el sueño–. ¿Le ha pegado alguna vez?

–¡No! –la respuesta de Paula fue instantánea y sincera–. Nunca permitiría que nadie le pusiera la mano encima a Balta.

–¿Y cómo le defiendes? Tú nunca te defendías –tal vez fuera un golpe bajopor su parte, pero se dijo que el bienestar de su hijo era más importante que los sentimientos de Paula–. Solo lo soportabas.

–¡Tenía ocho años! –el dolor y el reproche se reflejaron en sus ojos.

Pedro se sintió como un animal por haberse lanzado así contra ella.

–Te pido disculpas por el comentario –murmuró sacudiendo la cabeza.

–No hace falta. No te culpo por tratar de proteger a tu hijo –habló con voz pausada, como si se hubiera resignado hacía tiempo al hecho de que nadie se preocupara por ella–. Y sí, crecí en una familia violenta, pero esa violencia venía de mi padre, no de mi abuelo. Te aseguro que Balta nunca ha estado en peligro.Está teniendo una infancia pacífica y llena de amor.

–Sin padre.

Paula se estremeció como si la hubiera abofeteado.

–Sí.

Enemigos: Capítulo 17

Volvió a comprobar su teléfono y encontró un mensaje de su hermano, otra persona que también solía estar despierta al amanecer. Eran solo tres palabras: "Dime qué necesitas".

Apoyo incondicional. Lealtad incuestionable. Todas las cosas que la familia debería ofrecer y que la suya ofrecía. Había crecido con aquel apoyo, rodeado deamor. A diferencia de su hijo, que había pasado sus primeros años en el equivalente a un nido de víboras.La frente se le perló de sudor. Apenas podía pensar en cómo debió dehaber sido la vida de su hijo. ¿Cuál sería el impacto emocional a largo plazo decriarse en un desierto emocional? ¿Y si el maltrato no hubiera sido solo emocional? Aunque él era muy pequeño, recordaba los rumores sobre la familia Chaves. Y recordaba haber visto a Paula  muchas veces con moratones.Escuchó un levísimo toque a la puerta. Entornó los ojos y sintió una descarga de adrenalina, pero se trataba de una camarera que le llevaba más café.

–Grazie.

El repiqueteo de la taza y la lechera y la mirada nerviosa de la camarera le hicieron saber que se le notaba el mal humor en la cara aunque seguramentenadie sabría interpretar la causa. Todo el mundo en el hotel estaba nervioso porsu visita. No podían saber que su humor actual no tenía nada que ver con eltrabajo. La reorganización del hotel era lo último que tenía en mente en aquelmomento.La camarera se marchó, pero unos instantes después se escuchó de nuevocómo llamaban con los nudillos y supo que esta vez se trataba de ella. La puerta se abrió y allí estaba Paula  con aquellos ojos verdes brillando como joyas en un rostro tan pálido como la neblina matinal. Nada más mirarla supo que no habíadescansado tampoco.Parecía agotada y estresada. Y dispuesta a luchar. Sus miradas secruzaron. Habían sido amantes. Habían compartido la intimidad total, pero eso no iba a ayudarles a navegar por las traicioneras aguas en las que ahora se encontrabanporque no habían compartido nada más. No tenían ninguna relación.Esencialmente eran unos desconocidos.

–¿Dónde está mi hijo? –le espetó Pedro.

Ella se apoyó contra la puerta y le miró.

–Dormido en la cama. En su casa. Si se despierta Giuliana, estará allí, y también mi abuelo.

La ira se apoderó de él como una bestia salvaje dispuesta a hacerle jirones su frágil autocontrol.

–¿Se supone que eso debe tranquilizarme?

–Él quiere a Baltazar.

–Creo que tenemos conceptos diferentes de lo que significa esa palabra.

–No –los ojos de Paula echaban chispas–. No es así.

Pedro apretó los labios.

–¿Y seguirá queriéndole cuando descubra la identidad de su padre? Creo que los dos conocemos la respuesta a eso –se levantó de la silla y vió que ella extendía la mano hacia el picaporte de la puerta.

–Si sales de esta habitación, tendremos esta conversación en público  –leadvirtió entornando los ojos–. ¿Es eso lo que quieres?

–Lo que quiero es que te calmes y seas racional.

–Oh, soy muy racional, querida. He estado pensando con mucha claridad desde el momento que ví a mi hijo.

La atmósfera se hizo más densa. El aire se volvió demasiado caluroso.

–¿Qué quieres que te diga? ¿Que lo siento? ¿Que no hice lo correcto?

Su voz sonaba suavemente ronca y Pedro dirigió los ojos hacia su boca.Había sido solo una noche, pero el recuerdo le había dejado cicatrices profundasen los sentidos. Sabía cómo sabía porque lo recordaba vivamente. Conocía su sabor porque también lo recordaba. No solo la suavidad de su piel, sino también la de su gloriosa melena. Liberada ahora de las horquillas que se la sujetaban mientras cocinaba, le caía ahora sobre la espalda como una llama oscura que reflejaba el amanecer. Recordó el día que su padre se lo había cortado en un arrebato de ira con las tijeras de la cocina. Horrorizado, presenció la escena y trató de intervenir, pero al verle Chaves se había enfurecido todavía más.

Enemigos: Capítulo 16

–¡No quería que te viera, y esta es la razón! Te estás poniendo furioso.

–¡Por supuesto! ¿Cómo no iba a estar furioso después de lo que ha hecho?–tenía el rostro pálido bajo la luz parpadeante de la vela.

–Cuando Baltazar nació me prometiste que dejarías el pasado atrás.

Él se la quedó mirando un largo instante.

–¿Por qué le defiendes? ¿Por qué no se me permite decir nada malo sobre un Alfonso?

Paula sintió que el calor se le agolpaba en las mejillas.

–Porque no quiero que Balta crezca con esa animadversión. Es horrible.

–Les odio.

Paula aspiró con fuerza el aire.

–Ya lo sé.

Claro que lo sabía. Y había pensado en ello cada día desde que sintió los primeros aleteos en el abdomen. Y cuando dió a luz a su hijo y le miró por primera vez, y cada vez que le daba un beso de buenas noches. Había días en los que sentía que no podía seguir cargando con aquel peso.Los ojos de su abuelo echaban chispas de furia.

–Por culpa de Alfonso estarán solos en el mundo cuando yo muera. ¿Quién cuidará de ustedes?

–Yo lo haré.

Paula sabía que culpaba a Pedro por la muerte de su hermano. También sabía que era inútil recordarle que su hermano apenas había sido capaz de cuidar de sí mismo, así que mucho menos de otros. Había sido su propia irresponsabilidad lo que le mató, no Pedro Alfonso. Su abuelo se puso de pie con cierta torpeza.

–Si Alfonso se atreve a volver por aquí y yo no estoy, puedes darle un mensaje de mi parte.

–Nonno...

–Dile que sigo esperando a que actúe como un hombre y se responsabilicede sus actos. Y, si se atreve a volver a poner los pies en mi propiedad, pagará por ello.




Pedro  estaba sentado esperando en su despacho del Alfonso Beach Club,una oficina que el director del hotel había mandado vaciar precipitadamente para él. Si necesitaba alguna indicación de por qué aquel hotel tenía menos éxito quelos demás del grupo, la tenía allí mismo, en el escritorio. La falta de disciplina y organización era visible por todas partes, desde el papel deteriorado de la pared ala planta moribunda que yacía medio caída en una esquina. Más tarde se ocuparía de aquello. Ahora mismo tenía otras cosas en mente. En la pared, mofándose de él, había una foto grande del director del hotel posando con su mujer y dos niños pequeños.La típica familia siciliana. Se quedó mirando la foto malhumorado. Sentía deseos de romperla.Nunca se había considerado un idealista, pero ¿Era idealista dar por hecho que algún día tendría una familia parecida a la de la foto? Al parecer sí. Consultó su reloj. No dudaba ni por un instante que Paula aparecería. No solo porque tenía fé en su sentido de la justicia, sino porque ella sabía que, si no lo hacía, iría a buscarla.Esperó con gesto impávido a que la oscuridad diera paso a los primeros rayos de luz cuando el sol se levantó por encima del mar iluminando la brillante superficie. Había enviado el mensaje de madrugada, en un momento en que la mayoría de la gente estaría durmiendo.No se le había ocurrido intentar dormir. No había habido descanso para él y sabía que para ella tampoco.Tenía la mente agotada, pero al mismo tiempo las cosas muy claras. Por lo que a él se refería, la decisión estaba clara. Ojalá fuera tan fácil lidiar con los sentimientos de igual manera.

lunes, 9 de octubre de 2017

Enemigos: Capítulo 15

–¡Pero tú no haces aceite de oliva! –el anciano agitó una mano en gesto de frustración–. Les envías nuestras aceitunas a los vecinos y son ellos los que fabrican nuestro aceite.

–Que luego utilizo en mi restaurante.  El restaurante del que todo el mundo habla en Sicilia. La semana pasada salimos en el periódico.

Pero la emoción que había experimentado por aquel instante fugaz de éxito había desaparecido. Los últimos acontecimientos lo habían reducido a la nada.

–Lo estoy haciendo bien. Soy buena en mi trabajo.

–Las mujeres deben trabajan solo hasta que encuentren un marido.

Paula dejó la botella sobre la mesa.

–No digas eso. Balta empezará a entenderlo todo muy pronto y no quiero que crezca con esa opinión.

–¡Los hombres te piden salir! ¿Pero tú dices que sí? No. Morenos, rubios,altos, bajos... siempre es «no». No dejas entrar a nadie, y así ha sido desde lo del padre de Baltazar–la miró fijamente.

Paula apretó con más fuerza la botella.

–Cuando conozca a un hombre que me interese le diré que sí –pero sabía que eso no iba a suceder.

Solo había habido un hombre en su vida y ahora mismo la despreciaba. Y peor todavía, pensaba que no era una buena madre.Para no pensar en eso se concentró en su abuelo y sintió una punzada depreocupación al verle frotarse el pecho con aire ausente. Paula se acercó impulsivamente para tomarle la mano. Él la apartó al instante y ella trató de que no le importara. No era un hombre cariñoso, resultaba absurdo por su parte intentarlo.No la abrazaba nunca ni tampoco a Baltazar.

–¿Qué te pasa? ¿Te duele otra vez?

–No hagas un drama –se hizo un largo silencio mientras él la miraba fijamente.

Paula sintió un nudo en el estómago. ¿Era su conciencia culpable, o...?

–No ibas a contármelo, ¿Verdad?

La sequedad de su tono la desconcertó.

–¿Contarte qué? –el corazón le latía de pronto como la batería de un grupode rock.

–Ha estado aquí esta noche. Pedro Alfonso–dijo su nombre como si le supiera mal en la boca.

Paula soltó la botella antes de que se le resbalara de la mano.

–Nonno...

–Sé que me prohibiste mencionar su nombre, pero, si un Alfonso entra en mi propiedad, eso me da derecho a hablar de él. Tendrías que haberme dicho que estaba aquí.

¿Cuánto sabía? ¿Qué había oído?

–No te lo dije porque sabía que reaccionarías así.

Él dió un puñetazo en la mesa.

–Le advertí a ese chico que no volviera a poner los pies en mi territorio.

Paula  pensó en los anchos hombros de Pedro. En la sombra de barba incipiente en la mandíbula.

–No es un chico. Es un hombre.

Un hombre poderoso que ahora dirigía una empresa multinacional. Un hombre con el poder de arrebatarle lo que más quería en el mundo. Un hombreque se había ido para hablar con sus abogados sobre el futuro de su hijo.Oh, Dios...

Los ojos de su abuelo brillaron de rabia.

–Ese hombre entró en mi casa sin ningún respeto por mis sentimientos.

–Nonno...

–¿No tenía valor para enfrentarse a mí?

–¡Cálmate! –Paula se puso de pie.

La emoción le quemaba en la base de las costillas. Si su abuelo estaba así de disgustado ahora, ¿Cómo se pondría cuando supiera la verdad? Volvería a empezar otra vez, solo que en esta ocasión Baltazar estaría en medio.

Enemigos: Capítulo 14

–Ha tenido una pesadilla. Solo quería uno poco de mimo.

–Tendrías que haberle dejado llorar –gruñó su abuelo con desaprobación–.Nunca se convertirá en un hombre si le sigues mimando así.

–Va a ser un gran hombre. El mejor.

–Es un niño mimado. Cada vez que le miro hay alguien abrazándole obesándole.

–Nunca es demasiado el amor que se le da a un niño.

–¿Acaso estaba yo tan encima de mi hijo como tú lo estás del tuyo?

«No, y mira cómo acabó».

–Creo que deberías irte a la cama, nonno.

–«¿Puedo cocinar para unas cuantas personas?». Eso fue lo que me dijiste–compuso una mueca de dolor mientras se acercaba hacia la orilla–. Y antes deque pudiera darme cuenta tenía la casa llena de desconocidos y tú estás sirviendo buena comida siciliana en platos elegantes y encendiendo velas para gente que no sabe diferenciar la buena comida de la comida rápida.

–La gente viene desde muy lejos para probar mi cocina. Dirijo un negocio de éxito.

–No deberías estar dirigiendo un negocio –su abuelo se sentó en su silla favorita cerca del agua. La silla en la que se sentaba cuando Paula era una niña.

–Estoy construyendo una vida para mí y un futuro para mi hijo.

Una vida que ahora había dado un vuelco. Un futuro que se veía amenazado.  De pronto se dio cuenta de que ya no podía confiar en seguir guardando silencio.

–Iré a buscarte algo de beber. ¿Grappa?

Tenía que contarle a su abuelo lo de Pedro, pero primero debía pensar en la manera de hacerlo. ¿Cómo se le decía a alguien que el padre de su amado nieto era el hombre que más odiaba sobre la tierra? Paula entró en la cocina y agarró la botella y un vaso. Hacía mucho tiempo que su abuelo no mencionaba a los Alfonso. Y era por ella. Preocupada por Baltazar, insistía en que, si no podía hablar positivamente de aquel apellido, mejor que no lo nombrara.Al principio agradecía que se hubiera tomado seriamente la advertencia.Pero ahora se preguntaba si eso significaba que de verdad se había ablandado con el tiempo. Ojalá fuera así.Dejó el vaso en la mesa que tenía su abuelo delante y le sirvió.

–¿Por qué estás de mal humor?

–¿Aparte de por el hecho de que trabajes todas las noches como una esclava en esa cocina mientras alguien más cuida de tu hijo?

–A Baltazar le viene bien estar con otras personas. Giuliana le quiere –no tenía la familia que le hubiera gustado tener por su hijo, así que la había creado.

Baltazar nunca estaría solo como lo estuvo ella. Siempre tendría gente con la que poder contar. Gente que le abrazara cuando la vida lanzara piedras.

–Querer –gruñó su abuelo con desprecio–. Le estás convirtiendo en una nenaza. Eso es lo que pasa cuando no hay un padre que enseñe a su hijo a ser un hombre.

Era el pie perfecto para que le contara lo que tenía que contarle. Pero no fue capaz de pronunciar las palabras. Necesitaba tiempo. Tiempo para descubrir cuáles eran las intenciones de Pedro.

–Balta tiene influencias masculinas en su vida.

–Si te refieres al chico que trabaja contigo en el restaurante, tengo yo más testosterona en un dedo que él en todo el cuerpo. Baltazar necesita un hombre deverdad a su lado.

–Tenemos ideas muy distintas respecto a lo que es un hombre de verdad.

Las líneas de la frente se le marcaron y los huesudos hombros cayeron un poco hacia abajo. En el último mes parecía haber envejecido una década.

–Esto no era lo que yo quería para tí.

–La vida no siempre sale como la planeamos, nonno. Si la vida te da aceitunas, haz aceite de oliva.