viernes, 23 de junio de 2017

Enamorando Al Magnate: Capítulo 48

 Tenía razón, pensó Paula. Las lágrimas se le saltaron de emoción por su maravillosa amiga. Se sintió un poco menos sola, al comprobar que alguien en el mundo la comprendía.

—Te echo mucho de menos —dijo Paula y le apretó la mano a su amiga—. Me gustaría que pudiéramos hablar más a menudo.

—Bueno, volveré a Thunder Canyon en vacaciones. Nos veremos entonces.

Paula  deseó que su próxima visita hiciera cambiar a Verónica de opinión y decidiera mudarse. Ella iba a necesitar su consuelo cuando Pedro volviera a su vida habitual en Los Ángeles, llevándose su corazón con él.

—Te haría bien cenar algo, Paula.

Pedro estaba apoyado en la puerta del dormitorio de Paula. Se habían pasado toda la tarde buscando a Augusto. Habían hecho llamadas, habían repartido copias del retrato por todo el pueblo y habían dado vueltas en coche para ver si lo veían. Pero había comenzado a hacerse tarde y él se había dado cuenta de que ella estaba muy cansada. El viaje de regreso conduciendo a Thunder Canyon habría sido demasiado pesado. Y, sin permiso de conducir, él no podía llevar el volante.  Al fin,  había decidido reservar dos habitaciones para pasar la noche en un hotel. Y, cuando ella no se lo había discutido, había estado seguro de haber acertado.  Después de ir al supermercado local para comprar cosas de primera necesidad, había ido a la habitación de Paula para convencerla de que pasar hambre sólo le haría daño y no le ayudaría a encontrar al chico.

—No me parece correcto —dijo ella al fin.

—¿Temes divertirte? —le retó él.

—Claro que no…

—Entonces, ¿Es porque no quieres estar conmigo?

—No es eso, es sólo… — comenzó a explicar ella y se interrumpió, bostezando.

Pedro sí quería estar con ella. Le gustaría que la razón de su viaje hubiera sido otra y que ella no estuviera tan agobiada. Quiso hacerle olvidar el peso de la responsabilidad, aunque sólo fuera un momento.  Él entró en la habitación, que era un duplicado de la suya. Había una cama de matrimonio cubierta con una colcha con estampado azul y verde. Las paredes eran de color crema y había dos mesillas oscuras a ambos lados de la cama. Había un baño a la derecha de la puerta. Era una habitación de hotel típica.  Lo sabía bien. Había recorrido medio mundo durmiendo en hoteles, solo. Pero tener a Paula en la habitación de al lado era diferente. Quería hacer algo por ella e invitarla a cenar le pareció una buena idea.

—¿Qué pasa, Pau? —preguntó él de nuevo—. No puedes hacer nada más esta noche. Hemos dejado nuestros números de móvil en todas partes. Si alguien tiene información sobre Augusto, llamará. Descansemos un poco.

 Ella parecía estar librando una batalla consigo misma. Al final, lo miró.

—¿Es ésta una de esas veces en que no aceptas un no por respuesta?

—¿Te has dado cuenta de que hago eso a veces?

—No es un secreto. Salta a la vista —replicó ella y meneó la cabeza—. Es por tu personalidad de vendedor.

—Lo sé —dijo él, sonriendo. La tomó del brazo y la guió fuera de la habitación—. A mí me gusta.

—Es muy irritante.

—Pero es parte de mi encanto —contestó él y, al final del pasillo, apretó el botón para llamar al ascensor.

—Puedes llamarlo encanto. Yo diría que eres cabezota e inflexible.

—Porque tú también lo eres. Mi madre lo llama perseverancia —señaló él y, cuando las puertas del ascensor se abrieron, entraron—. Ella dice que es una buena cualidad en un adulto, pero en un niño no tanto.

—Tu madre es muy inteligente.

 —He salido a ella.

 Al fin, con eso consiguió que Paula sonriera. Le había costado, pero merecía la pena, se dijo Pedro.

Enamorando Al Magnate: Capítulo 47

—Es una buena idea —señaló Paula—. Pero debería ayudarte.

 Él meneó la cabeza.

—Relájate un poco. Tómate una hora de descanso. Insisto.

 —De acuerdo.

Quince minutos después, Verónica y Paula estaban sentadas en una mesa redonda cubierta con un mantel de cuadros rojo. Tenían sándwiches y patatas fritas delante de ellas, con refrescos sin azúcar.

—Bueno, ¿Cómo estás? —preguntó Paula, limpiándose la boca con una servilleta.

—Bien. ¿Sabes que voy a ser tía? Gastón y su esposa Sofía están esperando un bebé.

—Es genial —dijo Paula—. No lo sabía.

—Pronto escucharás la noticia en el pueblo —comentó Verónica, sonriendo—. Nada pasa desapercibido en Thunder Canyon.

 —Esto está muy bueno —señaló Paula, tomando su segunda mitad de sándwich en la mano.

 —Y Pedro también —opinó Verónica , mirándola con gesto provocativo—. ¿Qué pasa con él?

 —¿Qué pasa de qué?

—No te hagas la tonta, Pau. Soy yo y no puedes engañarme. ¿Están saliendo?

—No estamos saliendo…

Paula se interrumpió de pronto. Estaba demasiado acostumbrada a ocultar sus sentimientos y a fingir que todo iba bien. Pero aquélla era su mejor amiga, la única persona a la que siempre le había abierto su corazón. La amiga a la que siempre había podido contarle sus penas. Debía aprovechar aquella inusual y preciosa oportunidad de hablar con su amiga cara a cara, se dijo.

—De acuerdo —dijo Paula y le dió un mordisco a una patata frita—. Yo no lo llamaría salir. Somos amigos.

—¿Y qué me dices de la forma en que se miran? Parece que hay chispa… — comentó Verónica, a la que no se le pasaba casi nada inadvertido.

—Está bien. Me besó.

—¿De verdad?

—Sí. Dos veces.

—¿Incluye la cuenta el beso que te dio en la fiesta del instituto hace seis años?

—Vale —admitió Paula—. Tres veces.

—¿Y?

 —Y nada.

Paula le explicó que le habían revocado a Pedro su permiso de conducir por acumular multas por velocidad y que el servicio a la comunidad que estaba prestando los obligaba a estar juntos todos los días. Pero sólo de forma temporal.

—Va a volver a Los Ángeles pronto.

—Y se te va a romper el corazón de nuevo —afirmó su amiga.

—Esta vez, no. No me ha prometido nada y yo sé que va a irse. Soy mayor y más sabia —aseguró Paula, se encogió de hombros y le dió un trago a su refresco.

—Sólo porque seas mayor eso no significa que puedas mantener a raya tus sentimientos. El corazón no obedece como si fuera un perro amaestrado, ya lo sabes.

—Lo sé —admitió Paula.

 —¿Te has acostado con él? —preguntó Verónica.

Si otra persona se lo hubiera preguntado, Paula se habría sentido avergonzada y aturdida. Pero su amiga sabía que era virgen.

  —No.

  —¿Quieres hacerlo?

—Sí —admitió Paula.

No tenía sentido mentir. Su amiga siempre adivinaba lo que pensaba.

—Así que te importa mucho —adivinó Verónica con tono suave y comprensivo.

 —¿Cómo lo sabes?

—Si no fuera así, ni siquiera considerarías acostarte con él —explicó Verónica con calidez—. Tal vez Pedro sea la razón por la que has esperado tanto.

Enamorando Al Magnate: Capítulo 46

 —Entra. Cuéntame qué pasó.

Paula se alegraba de que Pedro la hubiera acompañado a Billings, pero nunca lo reconocería en voz alta. Hacía unas semanas, ella había creído que él no era la clase de hombre que se molestaba por nadie. Pero había aprendido que se había equivocado.  Debía tener cuidado, se dijo, pues el nuevo Pedro que había descubierto podía romperle el corazón. Se subieron al coche después de hablar con la policía de Billings.

—¿Ahora qué? —dijo Pedro.

—Estoy pensando.

Y no sólo estaba pensando en cómo encontrar al chico, pero Paula prefería mantener eso en secreto.

—La policía no ha sido de mucha ayuda.

—Harán lo que puedan. Han dicho que estarán atentos por si ven a alguien que coincida con la descripción de Augusto. Y el dibujo que has hecho del chico es bastante bueno. Puede que consigan algo si reparten las copias que han hecho entre los coches patrulla.

—No me parece bastante —murmuró ella mirándolo—. También podemos telefonear a los albergues. Puede que tengan pistas sobre dónde suelen reunirse los chicos sin hogar.

—Busquemos una guía telefónica local —propuso él, asintiendo.

—Sé dónde encontrar una.

Paula arrancó el coche y se puso en marcha. Poco tiempo después se detuvo delante de una librería. Estaba en una calle muy pintoresca, con muchas tiendas y fachadas decoradas al estilo vaquero.

—Verónica trabaja aquí —explicó Paula—. La he llamado. Nos está esperando. Ella conoce bien el pueblo. Puede que nos dé ideas sobre dónde buscar a un adolescente que no quiere que lo encuentren.

Cuando entraron en la tienda,  se sintió emocionada e impaciente por volver a ver a su amiga Verónica. Miró ansiosa entre las estanterías que llenaban el espacio. Y, antes de que pudiera decidir hacia dónde dirigirse, una rubia de ojos azules salió de una de las filas de estanterías. Al instante, una sonrisa iluminó su bonito rostro.

—¡Pau!

Las dos se abrazaron, rieron y hablaron al mismo tiempo.

—Me alegro mucho de verte, Pau. Hace mucho tiempo que no venías.

—Demasiado —repuso Paula y miró a su acompañante—. Supongo que recuerdas a Pedro Alfonso.

—No eres fácil de olvidar —le dijo Verónica a Pedro.

—¿Debería sentirme halagado o acobardado? — preguntó Pedro, medio en broma, medio en serio.

—Ambas cosas —contestó Verónica y sonrió—. Yo estaba un curso por detrás de tí en la escuela. Siempre estabas rodeado de gente. Todo el mundo quería ser amigo tuyo.

—No estoy seguro de qué responder a eso.

—No tienes que decir nada —repuso Verónica riendo.

Verónica y ella tenían la misma altura y la misma edad, aunque su amiga siempre había parecido más joven, pensó Paula. Al verla charlar amistosamente con Pedro, esperó  sentirse celosa, como le había pasado con Ailén Castro. Pero no sintió nada. Tal vez porque él estaba tratando a Verónica  como a una hermana pequeña.

—Vero, tienes muy buen aspecto. Te ha crecido mucho el pelo —comentó Paula, feliz de volver a verla.

—Ésa es la señal —dijo Pedro.

—¿De qué? —preguntó Paula, mirándolo.

—De que debo irme. Para que puedan hablar de cosas de chicas.

—¿Han comido? —preguntó Verónica.

Era más de la una y Paula había olvidado la comida pero, en ese momento, le rugió el estómago. Se llevó la mano al abdomen y se rió, un poco avergonzada.

—Creo que eso es un no.

—Hay una pequeña cafetería aquí al lado. Hacen un sándwich club estupendo.

 —Cualquier sitio me parece bien —dijo Paula y miró a Pedro—. Tú también debes comer.

—He visto un sitio de comida rápida calle arriba. Me comeré una hamburguesa —indicó Pedro y miró a Verónica—. Si me prestas tu listín telefónico, haré algunas llamadas —añadió y chasqueó los dedos—. Y, si tienes una fotocopiadora, puedo hacer copias de un retrato que Paula ha hecho, para hacerlo circular.

Enamorando Al Magnate: Capítulo 45

Paula pasó por delante de él y entró. Estaban solos, pero ésa no era la manera en que Pedro había imaginado tenerla en su dormitorio.

—Cuando llegué a casa anoche, Augusto y Gonzalo estaban discutiendo. Me parece que Gonza entró y sorprendió a Augusto encima de Delfi y pensó lo peor.

—¿Estaba encima de tu hermana? —adivinó Pedro.

Ella asintió.

—Delfi y Augusto insistieron en que sólo eran amigos y que Gonzalo estaba exagerando. Yo intenté que todo el mundo hiciera las paces y se disculpara, pero lo único que conseguí fue que todos me mandaran al diablo. Esta mañana, Gonza y Delfi apenas se hablaban entre sí, ni a mí. Y Augusto se había ido.

—¿Le has preguntado a Javier.? ¿O a Romina? ¿Y a los otros chicos?

 —Todavía no —contestó ella, llena de preocupación—. Esperaba encontrarlo aquí contigo. Pero empezaré a hacer llamadas. Gracias, Pedro. Perdona que te haya molestado.

—Deja de decir eso. No me molestas. Quiero ayudarte —aseguró él y se pasó la mano por el pelo—. ¿Y si nadie tiene noticias suyas?

—Seguiré buscando.

—¿Por qué?

—Porque ha huido de su casa y, ahora, de la mía. Me siento responsable.

—Pau, no has hecho nada más que preocuparte por ayudarlo. No es culpa tuya.

 —Quizá no, pero podría estar solo en la calle. Sólo porque sea un chico no quiere decir que no corra peligro… —comenzó a decir ella y se interrumpió, apretando los labios.

—¿Tienes un plan? —preguntó él, queriendo ayudarla.

Quería ser un caballero andante y eliminar todos sus miedos. Sabía que era una idiotez, pero no podía evitarlo.

 —Sí. Si no está en Thunder Canyon, iré a Billings. Cuando estaba con los otros chicos en Raíces, le oí decir que tenía un amigo allí.

—¿Mencionó su nombre?

—No, pero…

—Pau, es como buscar una aguja en un pajar.

—No me importa —aseguró ella y levantó los brazos llena de frustración—. ¡No puedo cruzarme de brazos!

 La determinación era una buena cualidad, pero le gustaría que ella tuviera un poco menos, pensó Pedro. No soportaba la idea de que buscara sola.

 —¿Hay alguna manera de convencerte para que desistas?

 —A menos que me hayas mentido y tengas a Augusto escondido debajo de la cama… no. No puedes hacerme cambiar de idea.

—Eso pensé —contestó Pedro y agarró la cartera y la llave de la habitación— . En ese caso, voy contigo.

—No es necesario. Debes abrir el centro…

—Los chicos sobrevivirán aunque Raíces no abra un día. Te ayudaré a buscarlo por Thunder Canyon. Será más rápido —señaló Pedro—. Dos pares de ojos ven más que uno y tú vas a conducir. Si nuestra búsqueda no da resultados, iremos a Billings juntos. No voy a dejar que lo busques sola.

—No voy a hacerlo sola —repuso ella—. Mi amiga Verónica Clifton vive allí. Ella conoce el pueblo y puede echarme una mano.

Pedro negó con la cabeza, decidido a hacerla entrar en razón.

—Eso no soluciona el problema. ¿Y si se te pincha una rueda? ¿O si tienes algún problema con el coche?

—Estoy acostumbrada a solucionar mis problemas sola.

Pedro no podía refutárselo. La vida había sido dura con ella, pero ella no se había rendido. Que fuera sola a Billings no era problema para ella. Pero para él sí.  Quedarse en Thunder Canyon mientras ella se iba sola a buscar a un adolescente impulsivo, no era una opción.

 —Éste es el trato, Pau. Podemos quedarnos aquí discutiendo, perdiendo el tiempo. O puedes rendirte con elegancia y dejar que te ayude, porque no pienso aceptar un no por respuesta —afirmó, y se puso las manos en las caderas, mirándola—. ¿Qué decides?

Ella se tomó unos segundos para pensarlo antes de responder.

—De acuerdo. Puedes ayudarme.

—Buena elección. Vayamos a encontrar a ese cabeza hueca.

Paula sonrió por primera vez desde que él había abierto la puerta y Pedro se sintió en el paraíso al verla.

miércoles, 21 de junio de 2017

Enamorando Al Magnate: Capítulo 44

Paula se estremeció. Las palabras le habían hecho más daño que golpes físicos. ¿Por qué, de pronto, todos le gritaban a ella?  Bueno, si Gonzalo y Delfina necesitaban espacio, podían tenerlo. Sin embargo, Augusto necesitaba ayuda y ella no se la negaría. Las noches anteriores, el chico había estado durmiendo en un colchón de aire en la habitación de Gonzalo  pero, para ese momento, habría que buscar otra solución.

—Creo que sería mejor que durmieras en el sofá —señaló Paula y, cuando el muchacho la miró y se encogió de hombros, añadió—. Iré a por sábanas.

Sin esperar respuesta, salió del salón y se fue al armario de la ropa de cama que tenía en el pasillo. Pasó por delante de las puertas cerradas de sus hermanos y no pudo evitar sentirse herida. Y sola.  Entonces recordó la sensación de tener los brazos de Pedro rodeándola y quiso con desesperación ir a su lado. Pero no podía irse. Si la guerra mundial estallaba de nuevo, alguien debía hacer el papel de Suiza. Eso le hizo sentirse todavía más sola.


 La mañana después de haber besado a Paula, Pedro estaba arrepentido hasta la médula. Lo único que su cuerpo quería era pasar la noche con ella, tenerla entre sus brazos, besarla.  Al pensarlo, su cuerpo se puso tenso de nuevo. Recordó la forma en que ella había suspirado y sus pequeños gemidos. El corto camino entre Raíces y The Hitching Post no había conseguido calmar su deseo ni disminuir su erección.  No sabía cómo había conseguido reunir la fuerza de voluntad necesaria para rechazar su oferta de llevarlo a casa. Pero, de alguna manera, había conseguido resistirse a la tentación. Tal vez había sido porque había sabido que lo siguiente habría sido invitarla a su habitación.  Sería una locura, se dijo. Quizá no tanto como haberse enamorado de una timadora que le había quitado el dinero, pero era una locura de todas formas. Paula vivía en Thunder Canyon y él no. Iba a regresar a Los Ángeles. ¿Cómo había pasado de estar impaciente por recuperar su permiso de conducir a lamentar tener que alejarse de ella?  Dando vueltas en su habitación, se detuvo junto a su cama de matrimonio y no pudo evitar imaginarse allí a Paula. Pero eso no podía… no debía suceder. Sabía que, si se acostaba con ella, se le rompería el corazón al tener que marcharse.  Aquellos pensamientos tan poéticos resultaban ridículos en un hombre que nunca había sido demasiado sensible. Además, con tanto darle vueltas al asunto, no estaba haciendo más que posponer lo inevitable. Antes o después tenía que verla porque aún no había acabado su periodo de voluntariado.

 —Es mejor enfrentarse a ello —dijo él hablando solo.

Pedro se estaba preparando para la impactante sensación que se apoderaba de él cada vez que veía a Paula, cuando alguien llamó a su puerta. Sorprendido, abrió y se quedó petrificado un momento.

—Hola, Paula.

—Hola, Pedro. Siento molestarte.

—Nada de eso —repuso él—. Me alegro de que hayas venido. Quería que supieras que he mandado tus diseños a mi asistente a primera hora. Yo… — comenzó a decir y se interrumpió—. ¿Te pasa algo?

—¿Por casualidad está Augusto aquí? —preguntó ella con ansiedad.

—No. No lo he visto desde que se fue de Raíces anoche con Gonzalo.

—De acuerdo. Gracias —repuso ella con gesto de preocupación.

 —Espera —dijo él y le agarró el brazo cuando ella iba a irse—. ¿Por qué lo buscas?

—Se ha ido esta mañana.

—Entiendo —replicó Pedro y se apoyó en el marco de la puerta—. Tal vez se haya ido a su casa.

 —Creo que me habría avisado, ¿No te parece? Que se vaya sin decirme nada o dejar una nota me parece raro. Por eso pensé que podía estar contigo.

—¿Pasó algo antes de que desapareciera? —intuyó él.

—Anoche hubo una horrible pelea —contestó Paula tras un momento.

Pedro se enderezó. Aquello no parecía algo de lo que se debiera hablar en el pasillo.

Enamorando Al Magnate: Capítulo 43

 Delfina miró a su hermana.

 —Es como un hermano pequeño para mí. Somos amigos.

—¿Entonces por qué estaba encima de tí cuando entré en la habitación? — exigió saber Gonzalo.

—Estábamos peleándonos por las galletas —aseguró Augusto con la mirada encendida.

Paula vió el recipiente de las galletas vacío sobre la alfombra, junto al sofá. Las galletas estaban rotas y esparcidas por el suelo. La camiseta de Augusto estaba rasgada y Gonzalo tenía la camisa de deporte toda desarreglada, sacada por fuera de los vaqueros. Les miró los rostros y no vió marcas de puñetazos. Por el momento, al parecer, sólo había habido empujones y algún agarrón.  Gonzalo apretó la mandíbula, tenso.

—Estás aprovechándote de la amabilidad de Paula. Como pago, pretendes abusar de mi otra hermana. No vas a salirte con la tuya. No pienso quedarme de brazos cruzados mientras que un tipejo del que no sé nada hace daño a mi familia.

 —No estoy haciendo eso… —repitió Augusto y se acercó.

Gonzalo lo empujó de nuevo.  Cuando iban a empezar a pegarse, Paula salió de su conmoción y se interpuso entre ellos con ayuda de Delfina.

—Paren ahora mismo —gritó Paula para hacerse oír.

—Él ha empezado —dijo Augusto.

—Lo que hice fue detenerte antes de que pudieras hacer nada —replicó Gonzalo.

—Haz algo, Pau—suplicó Delfina—. Gonza se ha puesto como un troglodita.

—Alguien tiene que protegerte —dijo Gonzalo con los ojos llenos de furia. Jadeando, miró a Paula—. ¿Qué sabes de este niñato?

—Sé que necesita ayuda —repuso Paula.

—No dice de dónde viene ni por qué no quiere irse a su casa. Podría estar aprovechándose de tu buen corazón. Alguien tiene que cuidar de tí.

—No tengo ninguna razón para no confiar o no creer a Augusto —dijo Paula—. Respiremos hondo y calmémonos.

—¿Es que te vas a poner de su lado en contra de tu propio hermano? — preguntó Gonzalo, todavía más furioso—. ¿Cuándo vas a abrir los ojos? Oblígale a decirte de dónde es o dale una patada en el trasero.

—¿Y si hago eso y Augusto sufre las consecuencias? —replicó Paula—. ¿Dónde estarías tú si la gente de Thunder Canyon te hubiera tratado así cuando eras un adolescente con problemas?

—¿Nunca vas a dejar que lo olvide? —protestó Gonzalo—. Para que te quede claro, no eres mi madre. He crecido y estoy haciendo algo con mi vida. Eso es lo que hacen los hombres —añadió, miró a Augusto y volvió a dirigirse a su hermana—. Delfi y tú son demasiado confiadas.

 —No necesito que nadie me diga qué debo hacer —repuso Delfina y miró a Paula y a Gonzalo—. Sobre todo, tú. Que te hayas licenciado no significa que tengas cerebro.

Con esfuerzo, Paula reunió toda su paciencia.

—Hablarle así a tu hermano no va a calmar las cosas, Delfi.

—Pues dile que se comporte —replicó Delfi señalando a su hermano.

—¿Es que no valoras su buen corazón? Sólo intenta ser un buen hermano mayor.  Delfina negó con la cabeza.

—Está interfiriendo en mi vida.

—¿Ah, sí? —gritó Gonzalo—. Pues todavía no te he dicho todo lo que tengo que decirte…

—Mira, tío, no te metas con Delfina —interrumpió Augusto.

—Que todo el mundo se siente —ordenó Paula—. Nos tomaremos cinco minutos y hablaremos de todo esto sin empujones ni gritos.

 —No soy una niña. No me digas cómo tengo que comportarme —le espetó Delfina—. Déjame que lo aclare una última vez. Sólo somos amigos. Gonza está portándose como un bruto. Yo soy mayor y no necesito que me cuides. Déjame en paz —gritó y salió del salón.

Poco después se oyó un portazo en la puerta de su dormitorio.  Paula se sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago.

—De acuerdo, Delfi necesita estar sola. Gonza, Augusto…

—Delfi tiene razón. Hablar no sirve de nada — dijo Gonzalo y le lanzó una mirada asesina a Augusto—. Sólo hice lo que me pareció correcto. Debes mantenerte al margen, Pau—añadió y se fue.

La casa tembló cuando dio un portazo en la puerta de su dormitorio.

Enamorando Al Magnate: Capítulo 42

Pedro  deslizó los dedos alrededor de su cara, apartándole el pelo de las mejillas. Luego, inclinó la cabeza y, con suavidad, posó sus labios sobre los de ella. La intensa dulzura del contacto hizo que Paula cerrara los ojos de nuevo, mientras se le escapaba un suspiro. Cuando sus lenguas se tocaron, ella se sintió recorrida por una corriente eléctrica y abrió la boca un poco más. Él profundizó el beso, acariciándola, consiguiendo que la respiración de ella se acelerara, hasta que apenas era capaz de respirar.  Pedro le puso las manos en la cintura y apretó un poco. Casi de forma involuntaria, los brazos de Paula le rodearon el cuello y ella se puso de puntillas para estar más cerca. Él la abrazó con fuerza, besándola en la mandíbula y en el cuello. Al escuchar la respiración jadeante de él, ella se llenó de gozo.  Estaban todo lo cerca que un hombre podía estar de una mujer. Casi, se dijo ella, llena de deseo. Cuando se apretó contra él, necesitando estar más cerca, se percató de su dura erección. Pedro la deseaba. Y ella a él. Su cuerpo latía de pasión. Era una sensación que nunca había experimentado antes y no había sabido que fuera posible.  Él la había despertado. Y Paula quería saber todo lo que implicaba ser mujer. Deslizó los dedos en el pelo de él y le acarició la nuca. Pedro gimió, haciendo que el corazón de ella se llenara de satisfacción. Quería tocarlo más, explorar su ancho pecho, su piel desnuda bajo la camiseta. Y quería que él hiciera lo mismo con ella.  En ese momento los faros de un coche los iluminaron y ambos se sobresaltaron, separándose. Los dos estaban jadeantes. Él  se puso delante de ella, ocultándola con gesto protector.  Fue una reacción instintiva, encantadora, pero innecesaria, pensó Paula. Aunque, si el coche hubiera llegado cinco minutos después, sí habría habido mucho más que ocultar.

—Es mejor que te vayas —dijo Pedro, acariciándole el pelo.

—¿Quieres que te lleve a The Hitching Post? — ofreció ella con un susurro sin aliento.

 Pedro titubeó un momento y negó con la cabeza.

 —Me hará bien andar —repuso él y la agarró de la cintura, haciéndola entrar en el coche—. Vete antes de que sea demasiado tarde.


Paula hizo el camino a casa concentrada en experimentar lo que el beso de Pedro había despertado en ella. En esa ocasión se sentía mucho mejor porque no se había quedado petrificada y no había huido asustada.  Estaba encantada, tenía ganas de cantar y bailar. Todo su ser irradiaba alegría. Su sensibilidad estaba exacerbada. ¿Y lo mejor de todo? No recordaba haber sido nunca tan feliz.  Pedro la deseaba.  Por alguna razón, él no había querido llevar las cosas más lejos o hasta el final. Estaba segura de que a eso se había referido él cuando le había pedido que se fuera a casa antes de que hubiera sido demasiado tarde. Sin embargo, sí era demasiado tarde para ella. Tenía que ponerse al día cuanto antes, se dijo.  Y quería hacerlo con Pedro.  Era una mujer adulta y sabía lo que hacía, se dijo. No albergaría expectativas respecto al futuro, sólo viviría el presente. Por supuesto, su madre le había aconsejado que esperara al hombre adecuado… alguien que a ella le importara y que se preocupara por ella.  No tenía ninguna duda de que le importaba a Pedro y ella sentía lo mismo por él. Le parecía correcto que él fuera el primero. Y el único.  Entonces, Paula tomó una decisión.  Iba a volver al pueblo y llamaría a la puerta de él  en The Hitching Post. Si se equivocaba al pensar que él la deseaba, lo aceptaría. Estaba empezando a acostumbrarse a superar las humillaciones. Lo que no se le daba bien era contener sus sentimientos. Había muchas posibilidades de que explotara si no daba rienda suelta a su deseo, pensó.  Como ya había llegado casi a su casa, pensó que se pasaría por allí e informaría a Gonzalo y a Delfina de lo que iba a hacer. Bueno, no les contaría con exactitud lo que iba a hacer, sólo les diría que iba a regresar al centro y que no debían preocuparse.

 Paró delante de su casa y, al acercarse a la puerta principal, oyó voces masculinas. Estaban discutiendo, a gritos. Al entrar vió que Gonzalo estaba gritándole a Augusto.

—Sé lo que he visto.

—Para, Gonza—gritó Delfina—. No es lo que crees.

—Has intentado propasarte con mi hermana —le espetó Gonzalo, dándole un golpe en el pecho a Augusto.

Delfina  agarró a su hermano del brazo.

—No lo ha hecho. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo?

—¿Qué pasa aquí? —intervino Paula.

—Se ha propasado con Delfi—repuso Gonzalo, sin quitarle los ojos de encima a Augusto.

—Nada de eso —se defendió Augusto—. Paula, yo nunca haría eso.