domingo, 21 de mayo de 2017

Has Vuelto A Mí: Capítulo 27

—Ah —la larga trenza le cayó sobre un hombro—. Bueno, es muy amable de tu parte invitarme, pero...

—No vas a decirme que no, ¿Verdad? —la miró con una sonrisa en los ojos—. Oye, sólo he organizado esta fiesta para tener un pretexto y poder volver a verte.

—No es cierto —se puso roja como la grana.

—Claro que sí. Quiero volver a verte —le quitó un mechón de pelo rubio de la frente—. ¿Tú no quieres volver a verme?

—Yo... pues sí —tragó saliva. Su experiencia con chicos de su propia edad no la había preparado para la actitud tan directa de Pedro—. Pero, mi padre... es muy estricto.

—Es decir, no confía en mí.

—No... no precisamente —Paula no sabía qué hacer. Intuía que a su padre no le gustaría que ella insinuara que a él no le agradaba el hijo del terrateniente. Pero al mismo tiempo, sabía que Miguel Chaves no dejaría que ella fuera a una fiesta en Rycroft. Y menos si los padres de Pedro no estaban presentes.

—Está bien —le acarició la mejilla—. Bueno, cancelaré la fiesta. ¿Crees que tu padre me dejará llevarte al cine en Abbot's Norton?

—¿Por qué? — lo miró fijamente.

No podía creer que la estuviera invitando a salir. Él hizo una mueca.

—No se supone que debes hacer preguntas como ésa —observó y se apoyó en el fregadero, a su lado—. ¿Por qué crees? Porque me gustas y quiero pasar tiempo contigo.

—Pero... conoces a muchas otras chicas —exclamó, incrédula.

—¿Y eso qué? —se encogió de hombros.

 —Son... chicas... que te convienen más —explicó Paula y se concentró en la sartén que estaba lavando, algo que no era fácil, porque Pedro rozaba su muslo con el suyo—. Como... Candela Berrenger, por ejemplo.

—Si no quieres que nos volvamos a ver, dímelo —le indicó tajantemente—. No es necesaria esta farsa. No la soporto.

Paula se volvió y sus miradas se encontraron durante largo rato. Con mucha suavidad, Pedro la tomó de la muñeca, la llevó hacia su boca y rozó la suya una, dos veces, antes de que ella entreabriera los labios y él la besara con más pasión. Como primer beso, fue muy intenso y él estaba jadeando cuando se separaron.

—¿Significa eso que vendrás? —preguntó con voz ronca y le acarició los labios con el pulgar.

Paula se dijo en aquel momento que ni una estampida de caballos salvajes se lo impediría. No fue tan fácil. Aunque Pedro obtuvo el permiso del padre de ella para llevarla al cine, fue mucho más complicado concertar posteriores citas. Miguel no pudo negarse cuando Pedro le pidió permiso en persona, pero fue más fácil que inventara motivos por los cuales Paula ya no podía verlo más adelante. Y en toda aquella situación, Alejandra había ayudado mucho a su hija y a Pedro. Sin embargo, Gloria desaprovechó la relación desde el principio y Miguel se aprovechó de ello para insistir en que la relación no podía continuar.

—No sé qué diría lady Ana si se enterara —declaró el padre, cuando Paula le preguntó si podía ir a un rally con Pedro el siguiente fin de semana—. Pau, la gente como nosotros no se mezcla con personas como los Alfonso. Pedro sólo está interesado en tí porque eres una jovencita muy bonita. Eso es todo. Y no voy a permitir que la gente del pueblo hable de tí y te meta en ese tipo de problemas.

—¿De qué tipo? —se indignó Paula y el padre se ruborizó, avergonzado.

—Ya sabes de qué tipo, Pau—había replicado en aquel momento la abuela con impaciencia—. No eres una niña, aunque a veces lo pareces. Pedro Alfonso no es para tí.  Lo sabes y él también lo sabe. Escucha bien mis palabras: él sólo te está invitando a salir, porque piensa que eres una presa fácil.

Paula no había creído a ninguno de los dos. Ya mayor consideraba que entonces había sido ingenua, pero los acontecimientos probaron que tuvo razón al confiar en Pedro. Lejos de que él mantuviera su relación en secreto, pronto se convirtió en una asidua visitante en Rycrofy. Aunque la chica nunca se sintió muy cómoda con la madre de Pedro, aprendió a hacerse respetar entre los jóvenes amigos de la familia de Alfonso.

Has Vuelto A Mí: Capítulo 26

Pero Sergio se guardó su opinión. Dijo que tardaría un par de días en enderezar la rueda y que no garantizaba que fuera un éxito.

—Haz lo que puedas, Sergio —comentó Pedro.

 Paula se deprimió. Esperaba un milagro y que la bicicleta quedara bien. Tendría que ir a casa y explicar lo sucedido.

—¿Pasa algo malo? —inquirió Pedro, cuando volvieron al Mini—. No te preocupes, Sergio hará un buen trabajo. Si no puede arreglarla, le pondré una rueda nueva.

 —¡Una rueda nueva! —se horrorizó Pedro—. Pero...

 —Yo te la pagaré, por supuesto —añadió Pedro—. Ha sido culpa mía que chocaras. Es lo menos que puedo hacer por tí.

—No creo que...

—Insisto —abrió la puerta y se metió—. Vamos, entra. Te llevaré a casa —la urgió cuando la vio quedarse de pie.

—¿De veras? —tragó saliva.

—Está oscureciendo —señaló—. ¿Acaso crees que voy a dejar que vuelvas sola a la granja?

—¿Sabes dónde vivo? —estaba confundida.

—Claro —abrió la otra puerta desde dentro—. Entra. Hace mucho afuera.

Paula lo miró con ansiedad al sentarse en el Mini.

—¿Qué esperabas? ¿Que no supiera dónde vives?  Paula... Pau, ¿Te puedo llamar así? Lo sé todo de tí desde ese verano en que rescataste a mi perro.

El padre de Paula no se había alegrado al ver llegar a su hija en el coche de Pedro, pero respetaba mucho a los Alfonso, así que no protestó. Pedro insistió en acompañar a la chica a su casa y explicar lo sucedido. Y hasta la abuela tuvo que reconocer que Paula no tenía la culpa de nada, Y aunque la chica creyó que aquel sería el fin de la historia, no fue así.

Dos días después, le entregaron su bicicleta, como nueva. Y el fin de semana siguiente, Pedro fue a la casa, para asegurarse de que todo estuviera en orden. Llegó justo cuando los Chaves se disponían a comer y la madre de Olivia lo invitó.

—Ya casi no recibimos amigos en casa —exclamó.

Paula se dió cuenta de que su madre sabía que Pedro estaba allí por motivos que tenían poco que ver con la reparación de la bicicleta. La abuela no lo había aprobado, pero Alejandra Chaves era quien impartía las órdenes en su propia casa. Y Pedro no necesitó que le repitieran la invitación. Comió de todo con gusto y después ayudó a Paula a lavar los platos, como si fuera algo que hiciera. Y mientras estaban solos en la cocina, la invitó a Rycroft el siguiente fin de semana.

 —Voy a dar una fiesta. Sólo irán unos compañeros de la universidad y un par de amigos del pueblo que tal vez conozcas.

Paula no supo qué decir. Quería ir a la fiesta, pero sospechó que sus padres no la dejarían. No a menos de que los convenciera de que los padres de Pedro eran quienes la invitaban.

 —¿No te apetece? —preguntó Pedro.

—No es eso.

—Entonces, ¿De qué se trata?

—Bueno... —dijo, encogiéndose de hombros—. No creo que mi padre me dé permiso. Tal vez, si tu madre...

—Mis padres están de viaje —declaró—. Están en el Caribe, disfrutando del sol. Por eso doy la fiesta este fin de semana. Ellos vuelven el martes que viene.

Has Vuelto A mí: Capítulo 25

Era obvio que la recordaba, aunque tal vez no sabía de dónde. Paula se alegró de llevar puesta su mejor cazadora cuando él la recorrió con la mirada. Era muy alta para su edad y le pareció una novedad tener que alzar la cabeza para mirar a Pedro. Los chicos de su escuela eran todos más bajos que ella. «Claro, que Pedro Alfonso no es un chico», había pensado con emoción. Por lo menos tenía diecinueve o veinte años. Estudiaba en una universidad en Londres.

—Estoy bien —se quitó los copos de nieve de la falda—. ¿Has girado demasiado rápido? Si quieres, puedo ir en bicicleta al taller de Pollack.

 Pedro le sonrió y a ella le dió un vuelco el corazón. Tenía una boca bonita y sus dientes eran blancos.

 —Deberíamos dejar de vernos así —comentó a modo de broma y señaló las manchas de humedad de su cazadora—. Quiero decir, debemos vernos sin que siempre termines empapada. Y gracias por ofrecerte a ir al taller, pero creo que podré sacarlo yo solo.

—Si quieres, te ayudo —se ofreció Paula, obedeciendo a un impulso por prolongar el encuentro. Si llegaba tarde a casa, la regañarían, pero no sería la primera vez que se metía en problemas por Pedro.

—Está bien. ¿Sabes conducir?

—¿Conducir? —gimió—. Yo... bueno, he conducido el tractor de la granja.

—Ya es algo —Pedro abrió la puerta y le indicó a Paula que se metiera—. Te explicaré con calma lo que debes hacer.

Paula fue una buena alumna y Pedro empujó la parte trasera del Mini de modo que el diminuto coche logró salir de la cuneta. Pero la tracción repentina hizo que Pedro perdiera el equilibrio y ella se echó a reír al salir. Él estaba sentado en el lodo.

—Ya sé, ya sé —masculló él de buen humor, revisando los daños—. Apuesto a que lo has hecho a propósito. Me sorprende que no haya caído al fondo del barranco.

—Oh, perdón... no pensé... —Paula dejó de reír de inmediato.

—Sólo estoy bromeando —volvió a sonreír y dejó de tratar de quitarse el agua de los pantalones—. Tal vez estoy mojado, pero también soy agradecido. No creo que lo hubiera logrado sin tu ayuda.

Paula sintió que brillaba por dentro al oír sus palabras. Sin embargo, Pedro se puso serio.

—¿Pasa algo malo?

—Sí —levantó la bicicleta y Paula vió que la rueda del frente estaba doblada—. Parece que tenemos un problema.

—Más bien yo tengo un problema —no necesitaba una bola de cristal para saber cómo reaccionarían su padre y su abuela al verlo. Le habían advertido que no usara la bicicleta cuando el suelo estaba resbaladizo. Pero ir caminando a casa de Jesica se le hacía muy pesado...

—No, tenemos —insistió Pedro y se agachó para inspeccionar el daño—. Sabes, creo que Sergio podrá arreglar esto. Vamos a averiguarlo.

—¿Ahora? —Paula abrió mucho los ojos.

—¿Por qué no?

—Por... por nada —tartamudeó. Sabía que llegar tarde sólo agravaría sus problemas, pero quería pasar más tiempo con él—. Está bien.

Subieron la bicicleta al coche y Pedro abrió la puerta de los pasajeros para que ella entrara. En el ambiente cálido del Mini, era muy consciente de la cercanía de Pedro. Conducía como enajenado. Era obvio que el accidente no lo había asustado. Paula estaba acostumbrada a que su padre condujera despacio y la velocidad le pareció embriagante. Sergio Pollack miró a Paula de modo extraño mientras Pedro le explicó lo sucedido. La chica suspiró. Sergio Pollack arreglaba la maquinaria de la granja y sabía muy bien quién era ella y qué edad tenía. Tenía miedo de que la tratara como una niña.

Has Vuelto A Mí: Capítulo 24

—Claro que lo estaba —por un momento, había olvidado con quién hablaba—. No piensas que yo me mojaría por nada, ¿Verdad? Mi abuela se va a poner furiosa conmigo.

—¿De veras estaba atrapado? —dudó—. Se escapó hace un rato mientras yo trataba de enseñarle a pasear a mi lado sin correr. ¡Perro tonto!

—Pues casi se convierte en un perro muerto —replicó Paula.

El perrito recobró las fuerzas y empezó a gemir—. ¿Cómo quieres que te lo devuelva? ¿Voy al pueblo y nos vemos en el puente?

—Preferiría que hiciéramos otra cosa —Pedro se mordió el labio—. Hay una presa un poco más adelante. Si no te importa andar, allí podrías dármelo.

Paula dudó. Ya sabía qué presa se refería Pedro y estaba bastante alejada. La tormenta caería en cualquier momento y le parecía absurdo andar tanto. Pero si llevaba el perro al pueblo, todos sabrían qué había pasado. Y ella no quería eso, igual que él. Aquello era algo entre ella y Pedro. Por vez primera en su vida, había hecho algo importante. No sabía todavía si se lo contaría a Jesica. Pedro malinterpretó su vacilación.

—Supongo que preferirías ir a tu casa a cambiarte de ropa. Perdona, no se me había ocurrido eso al sugerirte que fuéramos a la presa. Y va a llover. Puedo ir a por la camioneta y recoger al perro en tu casa. ¿En dónde vives? ¿En el pueblo?

—No..., no me importa mojarme —gritó Paula.

No quería ni pensar en lo que haría su abuela si llevaba el cachorro a casa. Sabía que se portaría con mucha amabilidad mientras Pedro estuviera allí, pero cuando él se fuera.

—Bueno, si estás segura...

—Lo estoy.

Paula empezó a caminar, abrazando al perrito. Se resignó. Ya estaba mojada. De una u otra forma, su abuela se enfadaría con ella.

—¿Cómo se llama? —preguntó mientras lo veía caminar al otro lado.

—Leandro, ¿Lo puedes creer? —sonrió Pedro—. Pero lo llamamos Sandy, por razones obvias. Pero de todos modos es algo irónico, ¿No crees?

—¿Por qué? —Paula frunció el ceño. —Ah, bueno, Hera y Leandro son personajes de la mitología griega. Hera vivía de un lado de la ribera de un río y Leandro al otro lado. Cada noche, Leandro cruzaba el río a nado para ver a su amada.

—Entiendo.

—No, no entiendes. Ése no es el final de la historia. Una noche, se desató una tormenta y Leandro se ahogó. Supongo que tendré que vigilar más a ese perro. No creo que siempre haya alguien cerca para salvarlo.

 Paula sonrió. Le agradó saber que él la creía. Era un sueño. Estaba charlando con Pedro Alfonso. Pensó que las chicas del pueblo estarían verdes de envidia. Aunque no sabía todavía si se lo contaría o no. Llovió y quedó empapada. Pero eso le dió el pretexto para no contarle a nadie lo sucedido. Y guardó el secreto durante dos años. Luego, cuando tenía dieciséis años, volvió a encontrarse con él. Volvía en bicicleta a casa una tarde nevada de febrero, después de visitar a su amiga Jesica. Al dar una vuelta, se encontró con el coche de Pedro medio enterrado en la cuneta. Como no esperaba encontrarse con nadie por el camino pues nevaba bastante, no estaba preparada para frenar. Y de todos modos, sus frenos estaban mojados, así que no sirvieron de nada. Evitó hacerse daño saltando de la bicicleta antes de que ésta se estrellara contra el parachoques trasero del coche. Pedro revisaba algo al frente, y al oír el golpe se acercó. Vió a Paula tirada en un montón de nieve.

—Oye, ¿No eres?...

Has Vuelto A Mí: Capítulo 23

Paula tenía catorce años cuando conoció a Pedro. Siempre había sabido de su existencia. Con frecuencia lo veía en el pueblo, montando a caballo junto a su madre, o sentado en un Bentley negro con su padre. Todos conocían a los Alfonso y sabían que su abuelo murió en la batalla de Dunquerque, que el padre se había casado con lady Ana Zolezzi, dama de sociedad de su época, y que la había llevado a vivir a Rycroft después de la guerra. Todos hablaban de ellos. Todas las chicas del pueblo hablaban de Pedro. Desde que él tuvo edad suficiente, todas las chicas se emocionaban cada vez que las miraba y especulaban quién sería su novia. Pero Pedro no parecía notar nada de eso. Parecía indiferente al interés que suscitaba.

Era un chico serio y estudioso. Hasta que no creció, no se volvió menos serio. La madre de Jesica Masón solía decir que se debía a que sus padres eran mucho mayores que él y que Pedro era hijo único. Decía que los Alfonso estuvieron casados doce años antes de que él naciera. Lady Ana tuvo tantas dificultades con el embarazo y con el parto, que los médicos le aconsejaron que no tuviera más hijos. Así, Pedro había crecido sin hermanos y Paula no lo envidió pues vivía solo en una mansión y nunca tenía amigos con quienes jugar. Pedro fue a la escuela del pueblo hasta cumplir los trece años y luego lo enviaron a Winchester. Sólo volvía durante las vacaciones. A Paula tampoco le parecía nada agradable vivir lejos de su hogar; pensaba que echaría mucho de menos a su familia si la enviaran a un internado. Aunque después del nacimiento de Delfina, la abuela fue quien se hizo cargo de la casa, la madre siempre había estado cerca de ella.

Gloria Chaves nunca tuvo tiempo para su nieta mayor. Paula pasaba el tiempo ayudando en casa o cuidando a sus hermanos. No iba a fiestas, ni participaba de la vida social del pueblo. Sólo en raras ocasiones podía divertirse un poco. Y entonces, una tarde de verano, cuando ella tenía catorce años, rescató al perro de Pedro del río. Todo sucedió de manera inesperada. Por una vez, Paula tuvo un poco de tiempo libre y decidió pasear junto a la ribera del río. Era una tarde aburrida y parecía que iba a llover. Los niños estaban en casa para no mojarse, pero a ella no le importó. Gozaba de su libertad. Fue entonces cuando vió al perro. Era sólo un cachorrito y había caído al agua por perseguir un ratón. Era evidente que no podía salir pues tenía las patas enredadas en el lodo y se iba a ahogar. Sin dudarlo, se subió un poco los vaqueros, se quitó los deportivos y se metió al arroyo. En unos segundos, el agua le mojó los muslos. El perrito se dió cuenta de que iba a ayudarlo, porque no protestó cuando ella le desenredó las patas. Por el contrario, se acurrucó contra ella, con el corazón acelerado. Lo acunó y empezó a salir del río, cuando alguien exclamó:

—Oye. ¿Adonde vas con ese perro? No es tuyo.

Paula se indignó y se enfrentó a su acusador. Se ruborizó al ver Pedro Alfonso al otro lado del arroyo. Se parecía a cualquier chico del pueblo. Salvo que era más alto, más moreno y que su actitud lo separaba de los demás.

—No te lo estoy robando, si eso crees —protestó y el perro le lamió la mandíbula—. Si es tu perro, deberías cuidarlo. Estaba atrapado en el lodo.

—No me digas —no estaba convencido y ella se enfadó.

Has Vuelto A Mí: Capítulo 22

—Muy buenos —asintió y se sirvió otro—. Había olvidado cómo sabe el pan de verdad. David... —se interrumpió de inmediato, molesta por haberlo mencionado...

—¿David? —Pedro ni siquiera parpadeó—. ¿Ése es el hombre con quien estás viviendo?

—No vivo con él —se irritó Paula, aunque al momento pensó que tal vez habría sido mejor que él lo creyera—. Nosotros... tengo mi propia departamento. Él es un amigo íntimo, nada más.

—Creo que fue él quien te ayudó a poner tu negocio —la examinó con detenimiento—. ¿De verás lo hizo gratis, sin pedirte nada a cambio?

—Él no hizo nada de eso —contestó con naturalidad—. Fui yo quien tuvo la idea de abrir la agencia de niñeras en Nueva York. David sólo me ayudó a conseguir el dinero —rezongó—. Además, no sé por qué te estoy contando esto. No es de tu incumbencia.

—No —concedió Pedro—. ¿Dónde lo conociste? No parece el tipo de hombre que es amigo de Esteban Kramer.

—¿Y tú qué sabes cómo es Esteban? —exclamó Paula, tensa—. Nos conocimos mientras yo cuidaba a los hijos de un diplomático sudamericano. Soy muy buena con los hijos de otras personas. Cuando los Kramer volvieron a Inglaterra, yo fui a trabajar para los Martínez, eso es todo.

—Fin de la historia, comienzo de... ¿Qué? —inquirió él con sarcasmo.

Paula tan sólo bajó la cabeza y la conversación cesó. Cuando Pedro volvió a Hampshire, ella envidió su objetividad.

 —Dime, ¿Qué hace David  para ganarse la vida? —sus miradas se encontraron—. De verdad, me interesa. Me interesa como... amigo, si quieres. Como alguien... a quien le importas.

—Pedro... —se tensó.

—¿Qué? —su expresión era insondable y, aunque Paula no tenía ganas de hablar de David, pensó que sería un tema neutral. Aunque de alguna manera no le parecía correcto hablar de su amigo con Pedro.

—Él... tiene que ver con la bolsa de valores —comentó, con la esperanza de que eso lo dejara satisfecho—. ¿Crees que van a traer el café?

—Pronto —comentó—. Así que es corredor de bolsa. ¿Trabaja en Wall Street?

 —No —se mordió el labio—. Él... invierte en cosas. En gente y en propiedades.

—¿Es un corredor de bienes inmuebles?

 —No —era más difícil de lo que había pensado—. Ya te lo he dicho, es un inversionista.

 —¿Y uno se puede ganar la vida así? —lo dijo con desprecio.

—Bueno, pues tú estás en las mismas —protestó de inmediato—. Nunca has tenido que ganarte la vida. En realidad, no. No sé qué estás haciendo ahora, pero cuando me fui, no te costó muchos sacrificios ir la universidad.

—No sabes nada de mi vida —se disgustó, pero Paula insistió.

—Entonces, cuéntame —lo retó—. Dime qué estás haciendo ahora. Creo que no ha cambiado nada. Los Alfonso siguen siendo los más ricos del condado.

—Eso depende de cómo definas la riqueza —replicó Pedro. Guardó silencio mientras la camarera servía el café—. Seguimos siendo dueños de la tierra... o de la mayor parte —corrigió—. Pero ha habido muchos gastos. Mi padre hizo unas inversiones muy malas y perdió dinero.

—Entiendo —se humedeció los labios—. Bueno, lo siento. No lo sabía, claro; pero, de todos modos...

—De todos modos, nada —estaba molesto—. El hecho es que estoy administrando la propiedad con muy pocos recursos. Nos llevará casi cinco años recuperarnos. Siempre y cuando tengamos veranos decentes. Si no, vamos a tener que vender algunas de las granjas.

—¿Tú estás administrando Rycroft? —Paula abrió mucho los ojos.

—Lo estoy intentando —tomó otro sándwich.

—¿Y tu padre? —Paula lo dijo sin pensar. Antes se había preguntado cuánto tiempo pasaría antes de que ella viera con nuevos ojos al padre de Pedro y el papel que él había jugado en su propia vida.

—Mi padre pasa casi todo su tiempo en la oficina —contestó, sin percatarse de nada—. Desde que Hethetington se retiró...

—¿El señor Hetherington se retiró? —le parecía imposible.

Aquel hombre parecía ser parte permanente de Rycroft.

—Bueno, ya tenía sesenta y ocho años —explicó Pedro—. Además, en nuestra situación financiera, no nos pareció bueno contratar a otro administrador. No cuando mi padre dijo que él era capaz de desempeñar ese trabajo.

—¿Y... tu madre? —Paula no podía creer nada de lo que oía.

—Se las arreglará —fue seco—. Todos nos las arreglamos. Eso tenemos que hacer, ¿No crees?

«¿Y Candela?» quiso preguntar Paula, pero sentía que no tenía derecho a hacerlo. Por lo que Delfina dijo, a Candela no le importaba Rycorft, sólo la propiedad de los Berrenger. Siempre le fascinaron los caballos y parecía que no había cambiado.

Has Vuelto A Mí: Capítulo 21

—Así que no volverás a Estados Unidos después del funeral —comentó Pedro, al cabo de un rato.

 —No... Bueno, por lo menos, no enseguida —corrigió, cautelosa—. Mi madre quiere que me quede un tiempo.

—¿Y tú?

—Claro —se encogió de hombros—. Es muy agradable volver a ver a mi familia.

—¿Ah, sí? —arqueó las cejas—. ¿Entonces, por qué no hiciste un esfuerzo por venir antes? ¿Por qué tenía que haber un funeral para que regresaras? ¿Acaso estabas muy ocupada haciendo dinero?

—No tienes ningún derecho a decirme eso —contuvo el aliento.

 —Es cierto —concedió y suspiró—. Lo siento. Estoy tratando de que esto sea impersonal y objetivo, pero no es fácil.

—No deberías sacar conclusiones —apretó los labios—. Las cosas... no son muchas veces lo que parecen.

—¿No? —la miró con intensidad y Paula lamentó su comentario—, ¿Insinúas que hubo otros motivos por los cuales te fuiste de aquí?

—¡No! —Paula quería hacerlo olvidar sus sospechas—. He querido decir que tenías razones de peso para no volver —lo corrigió.

—¿Yo?

—¿Tú? —Paula escondió su asombro—. Este... no. No. Tú no. Yo... pensé que mi padre no me había perdonado. Y... tenía razón.

 —¿Por qué? ¿Ha sido muy duro contigo?

 —No precisamente —bajó la cabeza—. Preferiría que habláramos de otra cosa —alzó los hombros.

—Está bien. ¿Y ese fue el único motivo por el cual no quisiste volver antes al pueblo?

—Sí —«eso y que mi abuela me advirtió que me mantuviera lejos de la familia», se dijo para sus adentros.

Pedro no dijo más y ella sintió alivio. Le era más fácil tomar su vino y ver comer a los demás parroquianos. Y también era más seguro, pues, cada vez que abría la boca, sentía que enredaba más la situación y se dificultaban más las cosas. Amablemente, él le sugirió que pasaran al restaurante a comer.

—¿No podríamos tomar un sándwich aquí? —no quería estar mucho tiempo comiendo pues estaba convencida de que cometería más imprudencias—. Yo... me temo que no tengo mucha hambre.

—Está bien. Si eso quieres... Preparan una lasaña bastante buena, si te apetece.

—Yo… no— Un sándwich de jamón estará bien —le aseguró—. Y algo de café, si tienen.

—Claro que tienen, aunque no sé si te gustará —comentó secamente, antes de ponerse de pie—. Está bien. Vuelvo enseguida.

Cuando volvió, llevaba un plato lleno de sándwiches surtidos. Paula los miró con entusiasmo. Estaban recién hechos y el aroma del pan fresco le abrió el apetito.

—Traerán el café dentro de poco —volvió a sentarse—. Sírvete.

Paula mordió el pan crujiente con más entusiasmo que el que había mostrado durante años por la comida. Estaba segura de que tenían mantequilla y de que a David le daría un infarto si lo supiera, pues rechazaba abiertamente las grasas saturadas. Pero sólo Pedro era testigo de la transgresión y también comía sin preocuparse Por las calorías o el colesterol.

—Están deliciosos, ¿Verdad? —comentó él y Paula perdió toda prudencia.