viernes, 24 de marzo de 2017

Nadie Como Tú: Capítulo 55

Acarició la curva de uno de sus pechos y luego del otro.

—¡Qué bonitos!

 Su  franca  sinceridad  y  sus  halagos  hicieron que su  corazón  se derritiera. Paula  apoyó  las  manos  en  su  pecho.  Su  vello  masculino le hizo cosquillas en las palmas al acariciar  sus músculos bajando  hasta el abdomen. Cuando se detuvo justo encima de la cintura de los vaqueros, él contuvo la respiración y copió sus movimientos, acariciando su vientre. El deseo se apoderó de ella. Apartó la colcha y se metió entre las sábanas, disfrutando del frescor del tejido sobre su piel caliente. Luego, Pedro se tumbó junto a ella y se apoyó sobre un codo.

—Estás muy vestido —dijo ella observándolo.

 Él puso cara de sorpresa y lentamente se desabrochó el cinturón y se bajó los pantalones y los calzoncillos, dejando al descubierto su erección.Como si fuera un depredador, se lanzó sobre ella y empezó a besarla apasionadamente. Deslizándose, concentró su atención en sus pechos, primero uno y después el otro. Paula sintió que el calor de su interior iba en aumento. Cuando pensaba que ya no podía soportar más placer, él bajó a su ombligo  y  continuó  excitándola con la lengua.  Enseguida empezó a temblar. Pedro acarició su reciente cicatríz y cerró los ojos antes de besarla con ternura. Ella gimió y le acarició el cabello. Cuando sus miradas se encontraron Paula  tomó su rostro entre las manos y atrajo su boca a la de ella. Todos los sentimientos que no podía poner en palabras, los puso en aquel beso. Suavemente, rozó con sus labios la cicatríz de su barbilla, aquélla que no estaba antes de que se separaran. Ambos tenían cicatrices. Lo miró a los ojos y supo que lo que veía en ellos era lo mismo que sentía. Las palabras más difíciles de pronunciar, salieron de su boca con increíble facilidad.

—Te necesito, Pepe.

Como todo buen marine, estaba preparado. Se colocó la protección y se puso entre sus piernas. Luego, lentamente la penetró. Moviéndose despacio, sus embestidas eran sensuales y profundas. Poco a poco, sus caderas fueron incrementando el ritmo. Los sonidos de sus respiraciones entrecortadas fueron llenando el silencio de la habitación, al igual que él fue llenándola. Sintiendo cada vez más calor en su interior, Paula se arqueó y lo atrajo aún  más mientras contenía un grito en su garganta. Se agarró fuertemente a Pedro, mientras él dejaba escapar un gemido. Luego se quedó tenso y hundió el rostro en su pelo al alcanzar su propia satisfacción. Con los ojos cerrados y demasiado relajada como para abrirlos, sintió que Pedro se levantaba de la cama. Cuando volvió a su lado, la atrajo hacia él.

 —Bueno, ¿Cómo te sientes?

Paula percibió una nota de humor en su pregunta y sabía que lo decía porque al salir de la consulta del médico, le había pedido que no volviera a preguntarle eso.

—Nunca me he sentido mejor en mi vida.

—Bien.

—¿Cómo te sientes?

—Como si hubiera muerto y estuviera en el cielo.

Como el Pedro que había conocido antes de que la dejara, pensó ella. Había sido muy sencillo para él hacerle desear lo que habían tenido entonces. Pero el sexo nunca había sido un problema para ellos. Lo que le estaba costando trabajo era olvidar que se fuera sin darle una explicación.Si le hubiera contado lo que le había pasado con su esposa, lo hubiera comprendido. No le habría hecho felíz, pero lo habría entendido.

Nadie Como Tú: Capítulo 54

—He estado aquí luchando cada noche por no poner las manos sobre tí.

Ella parpadeó.

 —¿De veras?

 —La única razón por la que no he intentado besarte ha sido porque estabas recuperándote de una operación.

—¿De veras?

Pedro se acercó a ella. Alargó los brazos y la atrajo hacia sí.

—De veras.

Pedro recorrió su rostro con la mirada durante unos segundos, antes de sacudir la cabeza como si hubiera perdido alguna batalla. Luego unió su boca a la suya, saboreándola. Paula sintió que su temperatura subía. Seguía sintiendo calor aún después de que sus labios se separaran.

—Yo  debería  ser  el  que  esté  agradecido  —dijo  él  respirando pesadamente y encontrándose con su mirada—. Estar aquí, contigo… Es como estar en el cielo, lejos de todo.

—¿De qué huyes? —preguntó Paula estudiando su expresión.

—De  la  oscuridad,  de  los  demonios  —dijo  estrechándola  en  sus brazos.

—Pepe… —dijo Paula rodeándolo por la cintura—. Quiero que cuentes conmigo del mismo modo en que yo he contado contigo. Déjame…

—Cuento contigo, ¿No te das cuenta? Contigo, aquí… Éste es el único lugar donde puedo impedir que me sigan.

—Cuéntamelo…

Él sonrió con amargura.

—Eso es lo último que quiero.

—Entonces, cuéntame qué es lo que quieres.

Pedro tomó su rostro entre las manos y la miró a los ojos.

—A tí. He tratado de que no fuera así, he intentado ser noble, pero te deseo tanto que me está consumiendo por dentro. Estoy dispuesto a ir al infierno y negociar con el demonio si eso me permite tenerte una vez más.

—Eso es todo lo que necesitaba saber.

Paula se puso de pie y rozó sus labios con los de él. Por un segundo, él se quedó de piedra y luego la estrechó entre sus brazos. Era ella la que había iniciado aquello,  pero se  había  puesto al mando como el guerrero que era. Él encajó su cuerpo contra el de ella y la besó desesperadamente. Era un hombre de acción y no dudó en introducir su lengua dentro de su boca,en un baile erótico pensado para seducir.

Paula sintió que se quedaba sin respiración. Su pecho subía y bajaba como si hubiera subido y bajado las escaleras una docena de veces. Y su corazón… Teniéndolo tan cerca, pudo sentir el corazón de Pedro latiendo junto al suyo. Después de separar su boca, él continuó besándola por la nariz, los ojos, las mejillas y el cuello, haciéndola estremecerse. Cuando un gemido involuntario de placer escapó de sus labios, él sonrió. A la vez, Pedro subía y bajaba las manos acariciándole la espalda. Paula sentía que la cabeza le daba vueltas por aquel asalto a sus sentidos y tardó  en  darse  cuenta  de  que  estaban  caminando  en  dirección  al dormitorio.

—Eres bueno, Pepe —dijo tomándolo de los hombros.

—¿Qué? —preguntó él fingiendo inocencia.

—Ha sido un ataque furtivo.

 Él sonrió de manera sexy y seductora.

 —Todavía no he hecho nada.

—Ahí  es  dónde  te  equivocas.  Has  encendido  el  fuego  —dijo pasándose la lengua por los labios.

Pedro dejó de sonreír y la miró con una intensidad que la dejó sin aliento. Lo siguiente que supo fue que estaban junto a la cama. Paula le sacó la camiseta de los vaqueros y él se la quitó, dejándola a un lado. Con un gruñido de frustración, él luchó por desabrocharle los botones de la blusa y acabó sacándosela por la cabeza. Siguieron los pantalones cortos,las bragas y el sujetador y  se tomó su tiempo para admirarla. Sus ojos,su sonrisa y la expresión de su rostro eran pura satisfacción masculina.

Nadie Como Tú: Capítulo 53

—¿Te importa que paremos en la tienda antes de recoger a Balta en casa de Mariana? Necesito un par de cosas. Me daré prisa.

Habían decidido que sería más cómodo acudir a la cita con el médico sin el bebé.

—No  hay  problema.  Llamé  para  ver  qué  tal  estaba  mientras  te estaban examinando y acababa de dormirse.

—Estupendo.

Giró  a  la  izquierda  y  luego  entró  en  el  estacionamiento del supermercado. Él tomó un carro y entraron. Mientras él lo empujaba, ella iba echando pañales, toallitas húmedas, comida para bebés, leche, pan,café, detergente… Era una situación normal y terriblemente doméstica, a la vez que triste puesto que ellos no eran pareja, tan sólo un hombre y una mujer que compartían un hijo.

—No se me ocurre nada más.

—De acuerdo.

Paula lo miró de reojo. Estaba muy guapo con su camiseta y sus vaqueros. Pasaron por la caja y al llegar el momento de pagar, Pedro sacó su cartera.

—Ya me ocupo yo —dijo ella.

Él sonrió y guardó la tarjeta. Cuando llegaron al edificio de Paula, Pedro no le dejó cargar peso. Siempre había sido un caballero. Era una de las cosas que le había atraído de él desde el primer momento. Ella se quedó junto a la puerta de la cocina y apoyó un hombro contra la pared, mientras él guardaba las compras. Una mezcla de emociones se apoderó de ella y de pronto, se sintió muy triste.

—¿Pedro?

—¿Sí? ¿Por qué estaba tan sexy, tan increíblemente atractivo con las gafas colgando del cuello de su camiseta y su cabello revuelto? ¿Qué era lo que tenía aquel hombre que tanto la atraía?

—Sólo quería darte las gracias por todo.

 Él se enderezó lentamente y frunció el ceño.

 —¿De qué estás hablando?

Ella se encogió de hombros.

—Te agradezco que te hayas ocupado de todo mientras yo me estaba recuperando. Has estado pendiente de mí y te estoy muy agradecida.

—¿Estás intentando librarte de mí?

—¡No! —dijo ella sacudiendo la cabeza—. No sé cómo me las habría arreglado si no hubieras estado aquí. Es sólo que…

 —¿Qué?

—No sé… Hemos estado…

Quería preguntarle qué pasaría entre ellos a partir de ese momento. Había una parte de ella que se negaba a compartir sus asuntos con ella y no podía hacer nada para cambiarlo. También le preocupaba que no la hubiera tocado ni que le hubiera dado pista alguna de que la deseara desde la noche en que hicieran el amor a escasos metros de donde ahora estaban.

—No has…

—¿No he hecho qué?

 No sabía cómo decir aquello y se arrepentía de haber sacado el tema. Su cuerpo podía estar listo para volver a su vida diaria, pero era evidente que su mente necesitaba más tiempo.

—No importa —dijo ella.

Él se acercó y la miró entrecerrando los ojos.

—No, no te lo calles.

 —¿Cómo? ¿Quieres que hable?

 —Sí.

—Así que te parece bien que tú no digas nada y yo tenga que abrir mi corazón, ¿No?

—No puedes empezar una frase de esa manera y no decirme qué es lo que no he hecho.

Paula buscó su mirada y toda la pasión que sentía se acumuló en su corazón.

—Llevas semanas aquí, pero no me has tocado desde la noche que salimos a cenar.

—Paula—dijo pronunciando su nombre como un gemido atormentado.

—Lo siento. No quería ponerte en el aprieto. Está bien, te agradezco que hayas estado aquí.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Nadie Como Tú: Capítulo 52

¿Por qué cada vez que estaba allí con él, el pasado aparecía y lo agarraba por la espalda?

—No vas a distraerme. ¿De qué va todo esto?

—¿De veras quieres saberlo? —preguntó mirándola—. No quiero una maldita medalla.

—Te la mereces —protestó ella—. Eres un héroe…

—No me llames eso.

—Mereces que tu país te dé esa distinción. Es un hecho.

—El hecho  es  que  no  estaba  pensando  en  mi  país  cuando  una granada hizo que mi helicóptero cayera. Ni cuando me ataron las manos a la espalda y me cubrieron la cabeza.

—Dime en qué pensaste —dijo ella palideciendo.

—En volver a casa, pero no me refiero a Estados Unidos. Me refiero a mi casa.

Y en mucho más. Había pensado en el hijo al que no había visto y al que tanto deseaba conocer. También había estado recordando a Paula y en lo mucho que le había dolido ver la desolación en sus ojos al dejarla porque no había sabido qué otra cosa hacer. No había podido dejar de pensar en cuánto deseaba volver a casa y arreglar las cosas con ella.

—Y  volviste  —le  recordó—.  Esta carta dice que podías haberte salvado del enemigo, pero que te quedaste junto a un compañero herido.Te arriesgaste y debes ser reconocido por ello.

Pedro sacudió la cabeza.

—Sobreviví. Eso es todo. Y mi amigo…

—¿Qué  le  pasó?  —dijo acercándose  y  tomándolo por  el brazo—. Cuéntame qué ocurrió.


No quería hacerlo. A cualquier costa, quería ocultarle su pasado. No quería contarle lo que había tenido que hacer para sobrevivir y, menos aún, que era responsable de la muerte de un soldado.

—No.

Ella se estremeció y abrió los ojos como platos.

—¿No?

—No quiero hablar de ello.

Se quedó mirándolo durante largos segundos y finalmente asintió.

—De acuerdo. Vámonos a casa.

Sus ojos se ensombrecieron, muestra clara de que se había quedado preocupada por su negativa a confiar en ella. Aquello le causaba tanto dolor como el día en que le había dicho que habían terminado. Pero no tenía otra opción al igual que no la había tenido entonces. No si quería protegerla. Paula le había dicho que siempre había que hacer las cosas lo mejor posible. Sin ninguna duda, protegerla era lo mejor que podía hacer.

—Así que el médico dice que puedo volver a trabajar.

En  el  asiento  del pasajero  del todo terreno de Pedro,  ella  lo  miró mientras salían del estacionamiento.

—Es oficial. No tienes motivos para ser un hombre helicóptero — añadió.

Al mirarla, Paula supo que detrás de aquellas gafas de sol, había una expresión en sus ojos que decía que necesitaba un médico diferente, que pudiera decidir si estaba loca o no.

—Soy un hombre helicóptero.

—¿No has oído el término madre helicóptero? Son las madres que no dejan de dar vueltas alrededor de sus hijos.

—No.

—Bueno,  has  estado  rondándonos  desde  que  me  operaron  y  ha llegado el momento de poner fin a ello. Ya no tienes que preguntar si estoy bien o cómo me siento.

—Entendido.

Ella siguió mirándolo de reojo, sintiendo la necesidad de memorizar el gesto de su mandíbula, la curva de su mejilla o las líneas de alrededor de sus ojos. Desde aquel día en su oficina, todo había sido frágil y limitado.

—¿Eso es todo? —preguntó ella—. ¿No dices nada más?

Cuando pudo, Pedro giró a la derecha y se detuvo en el semáforo.Luego, la miró.

—Sólo digo que entiendo lo que estás diciendo.

Durante su crisis médica, no había estado tan taciturno. ¿También se estaba dando cuenta él de que todo había cambiado? Ahora que podía volver a su vida normal, Pedro podría hacer lo mismo. Se iría de su casa y volvería a la suya y ella se quedaría sola. El problema era que se había acostumbrado a tenerlo cerca y le gustaba notarlo girando a su alrededor. Nunca en su vida había tenido a nadie ocupándose de ella. Tan sólo confiaba en que pudiera devolverle el favor. En los últimos diez días, le había dado varias oportunidades para que le contara lo que le había pasado en aquella misión, pero a él se le daba muy bien evadir la conversación.

Nadie Como Tú: Capítulo 51

—Voy a revisar este montón de papeles. Hay una silla junto a la mesa. Siéntate.

—Sí, señor.

Sin mirar, supo que había hecho el saludo militar y no pudo evitar sonreír. Tomó los sobres y los revisó. Su hermano llevaba la parte jurídica de los negocios y contrataba con los clientes.   Pedro se ocupaba de organizar al personal, tratar con los proveedores y dar servicio a los clientes. La mayoría del correo era propaganda. Con el olor de la piel de Paula distrayéndolo, apenas estuvo de no reparar en un sobre con el logotipo oficial del cuerpo de marines. Dejó el resto de las cosas a un lado y lo abrió. Leyendo entre líneas, vió las palabras clave:  elogios, ceremonia, se requiere el honor de su presencia. Como si necesitaran que le recordaran aquel fracaso para dejar de sentirse culpable. Estaba siempre ahí, como un dispositivo listo para ponerse en funcionamiento en cualquier momento. Dejó la carta a un lado sobre su escritorio, junto al resto del correo sin revisar.

—Vamos.

Cuando se dió la vuelta, Paula no estaba sentada. Además, lo estaba observando.

—¿Qué? —preguntó él.

—No has acabado de revisar el correo.

 —Tengo que volver a casa.

 Ella sacudió la cabeza.

—Oh, por favor. No digas que lo haces por mí cuando parece que hayas visto a un fantasma.

No estaba seguro de qué se sentiría al ver uno, pero no podía serpeor de cómo se sentía en aquel momento.

—No soy yo el que ha estado en el hospital. Se acabó la excursión.

—No has acabado.

—Está bien —mintió—. He mirado todo lo que necesitaba. Creo que para ser el primer día que sales, ya has estado demasiado tiempo fuera.

Pasó junto a ella y se detuvo al llegar a la puerta al ver que no lo seguía. Al oír que tomaba un papel, sintió un nudo en el estómago y apretó los dientes. Cuando se giró, la vió con una cadera apoyada contra su mesa mientras leía la carta.

—Pedro—dijo con admiración en su voz—. Van a darte una medalla.

—Sí.

 —Hay  una  ceremonia  —dijo  señalando  el  papel—.  Es  un  gran acontecimiento.


—No, no lo es.

 Ella volvió a releer la carta.

—Quieren que vayas.

—No iré.

—¿Por qué no?

 —No tengo tiempo. Tengo un negocio del que ocuparme. Tengo que cuidar a Balta, por no hablar de tí.

—¿Qué pasa conmigo?

—Alguien tiene que cuidarte.

—Deja de esconderte detrás de mí.

—Si necesitara ocultarme, lo haría detrás de alguien más grande que tú.

Nadie Como Tú: Capítulo 50

Pedro estacionó el  todo terreno  frente  a  Servicios  de  Helicóptero Southwestern y miró a Paula en el asiento del pasajero junto a él. La última vez que había ido allí con él, la visita había provocado una reacción en cadena de hechos que habían acabado haciéndole hablar de cosas en las que ni siquiera quería pensar. Eso había sido antes de provocarle un susto de muerte con su apendicitis y antes de conocer a su madre, quien le había hecho plantearse algunos aspectos de la paternidad. También recordó que la última vez que habían estado allí, ella le había dicho que su hijo siempre sabría que era un hijo querido porque le expresaría su orgullo ante sus logros. Para alguien que había deseado saber que su padre estaba orgulloso de él, el consejo era muy sencillo de seguir.

—Está bien, acabemos con esto cuanto antes.

—Sí, señor —dijo Paula haciendo el saludo militar.

 —Sabelotodo.

 Salieron del coche y Joe sacó al pequeño del asiento trasero. Con la silla de Baltazar en una mano, Pedro abrió la puerta de la oficina con la otra y dejó que ella pasara delante de él. Al ver que se detenía y se llevaba la mano al costado, se preocupó. Dejó al bebé sobre una mesa cerca de la puerta y se acercó.

—¿Estás bien?

—Sí —susurró.

 —Quizá debería llevarte a casa —dijo—. Sabía que no era una buena idea.

Ella se enderezó y rió.

—¡Te engañé!

Pedro esperó a que sus niveles de adrenalina volvieran a la normalidad, antes de hablar.

—¿Alguien te ha dicho alguna vez que tienes un extraño y malvado sentido del humor?

—Malvado, no. Ha sido una pequeña venganza. Casi ha hecho falta un permiso del congreso para venir aquí hoy a que revisaras los asuntos de trabajo.

Era culpa suya por decirle que el papeleo del trabajo se estaba acumulando y que tenía que ir a la oficina para ponerse al día. Apenas hacía dos semanas de la operación, pero Paula le había dado la lata para que la llevara, diciéndole que las paredes se le venían encima. Finalmente,había accedido a que lo acompañara, aunque la idea no le gustaba. Para él, un buen día era tenerla segura en casa donde pudiera protegerla. Así que de camino, había tenido mucho cuidado con los baches de la carretera. Cada vez que había frenado, se había preguntado si lo estaba haciendo lo suficientemente suave como para no hacerle daño.

—Pues demándame por tener cuidado —dijo él mirándola.

—Demándame por querer un poco de aire fresco —replicó ella—. Me resulta  muy  agradable el olor a helicópteros y ver cuatro paredes diferentes.

—¿Estás segura de que estás bien? —preguntó.

 Ella hizo una mueca.

—Si me dieran una moneda cada vez que me preguntas eso, podría retirarme siendo una mujer muy rica.

—De acuerdo —dijo él levantando las manos en señal de rendición—.Me ha quedado claro. Te dejaré en paz.

Pero no podía dejar de mirarla, en parte porque era el mejor paisaje de Las Vegas, pero sobre todo, porque no podía dejar de preocuparse por ella.

Laura apareció y sonrió.

—Paula, ¿Cómo estás?

Ella levantó la mirada.

—Me han dado permiso para hacer esta excursión —dijo señalando a Pedro.

—Eso quiere decir que te sientes mejor —dijo Laura.

—No voy a dejar que se quede mucho tiempo —advirtió Pedro—. Tan sólo he venido para revisar el correo y ver si tenía mensajes.

—Acabo de dejar algunas cosas en tu mesa.

—De acuerdo —dijo él y fue por el niño.

 —Yo lo cuidaré —dijo Laura—. Si puedo soportarte a tí, podré hacerlo con este ángel.

 —Gracias.

Pedro fue a su oficina y Paula lo siguió.

—Quería ver tu santuario. La última vez no tuve ocasión.

 —No es nada del otro mundo. Si no tuviera una ventana mirando hacia el aeropuerto, todo este papeleo me volvería loco.

—¿Prefieres volar?

—Sí —dijo mirándola a los ojos.

 Sus ojos eran una zona peligrosa para él. Podía perderse en ellos, perder la línea del horizonte y perder el control. Pero un buen piloto sabía cómo volar usando los instrumentos y evitar problemas.

Él se dió la vuelta.

Nadie Como Tú: Capítulo 49

—Que te falló, que le diste un ultimátum y que prefirió al hombre que luego la abandonó. Por cierto, está muy avergonzada por ello.

Paula lo sabía, pero a una parte de ella todavía le molestaba.

—No puedo creer que te haya contado todo eso.

 —Es porque quería que supiera por qué habías llegado a ser tan fuerte y por qué no dejas que nadie te ayude cuando te hace falta.

Paula había aprendido a esperar lo peor de  todo el mundo  y  a protegerse contra ello. Se abrazó a un cojín, aunque eso no le hizo sentirse mejor. Tenía buenas razones para no dejar a Pedro entrar en su vida otra vez.

—Mis problemas no son ninguna novedad —dijo ella.

—No —dijo él cruzándose de brazos—. Pero tenía un punto. Ambos queremos a Balta y queremos lo mejor para él, a pesar de que cometeremos errores al igual que hicieron nuestros padres. Me ha hecho pensar en lo mucho que quiero que no estropeemos las cosas por el bien de nuestro hijo.

—Esto puede ser una sorpresa para tí —dijo—, pero no me despierto cada mañana pensando en cómo puedo estropear la vida de Balta ese día.

—Eso no es lo que estoy diciendo.

Al mirarlo,  vió esa ansiosa mirada que tenía muchas veces,especialmente cuando creía que no lo estaba viendo. Parecía como si estuviera tratando de memorizar ese instante, o la expresión de ella o del bebé,  una  sonrisa,  una  sensación…  Era  como  si  quisiera  agarrarse desesperadamente a lo que tenía. Sabía lo que se sentía al perder a alguien a quien se quería mucho y Pedro era quien se lo había enseñado. No importaba que hubiera tenido razones poderosas para hacer lo que había hecho. Tenía que evitar que volviera a hacerle daño otra vez. Cada día luchaba por mantenerlo fuera de su corazón. Cuando no estaba preparada, lo miraba y deseaba besarlo y abrazarlo hasta que el nudo que sentía en su estómago se convertía en un dolor físico mucho más intenso que el que había sufrido después de la operación.

—Sé que quieres lo mejor para Balta —dijo ella—. Mi comentario ha sido un intento patético por animarte y hacerte sentir mejor. Hay mucho de cierto en lo que ha dicho mi madre. Soy el resultado del entorno en el que crecí, al igual que tú.

—Vaya manera de animarme. Mi padre era un dictador totalitario.

Ella se encogió de hombros.

—Tal y como yo lo veo, nuestra obligación es querer a nuestro hijo, mantenerlo a salvo, enseñarle a distinguir lo bueno de lo malo. Y tenemos que hacerlo lo mejor que podamos.

—Y comprar todos los manuales sobre padres en cada librería de LasVegas —dijo y la melancolía dió paso a una sonrisa.

Aquella sonrisa la reconfortó. Se sentía más segura cuando lo veía melancólico,  aunque  su  aspecto de chico malo nunca llegaba  a desaparecer.  La había  destrozado una  vez  y  no quería que le diera esperanzas en algo que no iba a pasar.

Un llanto procedente de la otra habitación rompió el silencio. Sin decir palabra, Pedro se puso de pie al instante. Paula se quedó con la mirada fija en su espalda y entonces reparó en que no se había movido.No había corrido por su hijo porque sabía que él lo haría.

Había pasado de dejarlo entrar en su casa bajo amenaza de una acción judicial, a bajar la guardia y contar con él. Tenía que volver a suposición, tenía que defenderse antes de que fuera demasiado tarde. Lo único que impedía que hiciera el  ridículo era que no se  mostrara interesado en ella. Si lo hacía, si la miraba con deseo, no habría manera de que fuera lo suficientemente fuerte como para resistirse y evitar que volviera a entrar en su corazón.