—Sí —contestó Pedro mientras Paula le tomaba la pantorrilla entre las manos y le movía la pierna hacia el pecho. Ella le ayudó a hacer los ejercicios de recuperación y le masajeó la pierna con cuidado.
—Me merezco una recompensa por haber aguantado estoicamente esta tortura —declaró él al terminar.
—¿En qué estás pensando? —quiso saber Paula enarcando una ceja.
—Me encantaría ir a la playa.
—Estás de broma, ¿No?
—Sólo está a una manzana de distancia —insistió él.
—Sí, pero podrías caerte y hacerte daño.
—Para eso estás tú, para acompañarme y evitar que eso suceda.
—No me parece buena idea. Sería mejor que te dedicaras a ver la televisión, que es mucho más seguro.
—¿Segura la televisión? ¡Pero si sólo sirve para metemos miedos en el cuerpo! Quédate tú viéndola si quieres —contestó Pedro—. Yo me voy a la playa, que es mucho más sano. Y, dicho aquello, se puso en pie con ayuda de las muletas, se acercó a la puerta y se calzó.
—Cierra la puerta —le dijo saliendo.
—Pedro, espera —contestó ella agarrando una sudadera y siguiéndolo.
Pedro sonrió encantado, pero giró la cabeza para disimular.
—Muy bien, si insistes, te dejo venir conmigo.
—Eres imposible —bromeó Paula—. Como te caigas, te dejo en el suelo para que te coman las gaviotas.
—Muy bien —contestó él, encogiéndose de hombros.
Andando hombro con hombro, en aquel día soleado y claro, recorrieron la manzana que los separaba del Pacífico y se sentaron en el paseo marítimo, de cara al mar.
—Esto es precioso —comentó ella aspirando el olor a yodo.
—Sí —contestó, encantado de tenerla tan cerca—. Si tanto te gusta, ¿Por qué te has hecho tanto de rogar?
—No ha sido por mí sino por tí. Sinceramente, no creía que fueras capaz de llegar hasta aquí.
—Mujer de poca fe.
Paula sonrió y se quedaron en silencio unos instantes.
—Mi familia tiene una casa al lado del mar en Carpintería —le dijo al cabo de un rato.
—He oído hablar de ese lugar. Está al sur de Santa Bárbara, ¿No?
—Sí, es donde he ido a veranear desde que soy pequeña. Mi padre solía bajar los fines de semana.
—¿A qué se dedica? —quiso saber Pedro.
—Es médico de familia.
—¿Por eso tú también trabajas en la sanidad?
—Puede. Mi hermana también es enfermera.
—No sabía que tuvieras una hermana.
—No lo sabías porque no te lo había dicho. También tengo un hermano.
—Habíame de ellos.
—Gonzalo es el mayor y es arquitecto y Delfina es un poco mayor que yo y vivía en Phoenix hasta hace poco.
—¿Qué la hizo irse de allí?
—Una mala relación y un buen trabajo aquí. Volvió a casa antes de lo previsto porque se encontró a su prometido en la cama con su compañera de piso —le explicó.
—Vaya.
—Bueno, ya sabes que Dios escribe recto con renglones torcidos. Al final, resultó que todo fue para bien ya que, nada más haberlo dejado con su prometido, se encontró con Mauro Stratton, nuestro vecino de toda la vida, del que mi hermana había estado enamorada desde pequeña. Comenzaron a verse cada vez más y a salir, y él se dió cuenta de que tambien estaba enamorado de ella, así que se casan el mes que viene.
—Qué bonito.
—No lo dices muy convencido.
—¿Cómo que no?
—Lo digo porque no me da que seas una persona que cree en los finales felices.
Pedro no contestó.
—Me alegro de que mi hermana haya encontrado la felicidad. A lo mejor, yo también tengo suerte — comentó ella mirando hacia el océano.
—¿Tú también quieres ver el arco iris por todas partes?
—Vaya, parece que bajo esa fachada de dureza se esconde todo un poeta — sonrió—. Mi hermana siempre me dice que lo suyo ha sido terrible, pero que lo mío fue todavía peor.
—¿Por qué te dice eso? —preguntó Pedro extrañado.
Paula se mordió la lengua.
—Por nada —se apresuró a contestar—. La verdad es que estoy muy felíz de verla bien. Me encanta la playa —comentó a continuación—. Me recuerda mi infancia, la época más felíz de mi vida, fue una infancia perfecta.
—Eso no existe —se lamentó Pedro pensando en su hijo.
—Te aseguro que la mía fue maravillosa y me gustaría que...
—¿Que la de tu hija también fuera maravillosa?
—Sí, ¿Cómo lo has sabido?
—Eres como un libro abierto —se rió Pedro.
—Entonces, supongo que también verás que me siento culpable por no ser capaz de darle la infancia que se merece —se lamentó Paula—. Es una niña maravillosa, dulce y encantadora, jamás se queja por nada. Me encantaría darle lo que yo tuve de pequeña, un buen hogar y unos padres, una madre y un padre, que la quieran.
—Necesitas un hombre —sentenció Pedro.
¿De dónde había salido aquello? ¿Quizás del hecho de que, cuanto más tiempo pasaba con ella, más cuenta se daba de que necesitaba a una mujer?
—No necesito un hombre para nada —se defendió.
—¿Y, entonces, cómo vas a conseguir un padre? Por definición, los padres son hombres.
—La lógica aplastante del necio —sonrió Paula—. El problema es que ningún hombre está dispuesto a tener una relación seria con una mujer que tiene una hija y Sofía y yo somos un dos por uno.
Pedro se imaginó volver a contar de nuevo con la bendición de un hijo y no pudo evitar recordar a Marcos. El dolor era tan intenso que se hacía físico y el aire no le llegaba los pulmones. Daría lo que fuera por recuperar a su hijo. Aquellos bobos con los que Paula salía no sabían lo que se perdían.
viernes, 17 de febrero de 2017
Cambiaste Mi Vida: Capítulo 24
Y ahora invitaba a su hija a su casa. Definitivamente, un síntoma esperanzador de que las cosas estaban mejorando. Lo malo era que la idea de hacer un día del pijama con Pedro la atraía sobremanera. Paula dejó la bandeja con los huevos, el beicon, los panecillos, el zumo de naranja y el café sobre la mesa. Pedro se reclinó en el sofá y no dijo nada.
—Si te empeñas en no hablarme, me lo llevo ahora mismo a la cocina — le advirtió.
Al ver que él no contestaba, volvió a tomar la bandeja y se giró hacia la cocina.
—Espera.
Lo miró. La otra enfermera también le había preparado la comida, pero, de alguna manera, aunque cocinaba bien, le parecía que no se había alimentado tan bien como cuando ella estaba en casa. Había sido como si no hubiera obtenido la dosis ideal de vitaminas y minerales, una dosis que solamente le daba Paula.
—¿Me hablas a mí? —bromeó, enarcando una ceja.
Pedro no sabía con quién estaba más enfadado, si con ella por haberlo dejado solo el día anterior o consigo mismo por haberla echado de menos. Lo cierto era que estaba empezando a sentir cosas y a tener sensaciones que no se permitía desde hacía dos años. No se podía permitir sentirse vivo.
—Ayer me abandonaste —le recriminó.
Paula enarcó una ceja y lo miró divertida.
—¿Me vas a torturar no acercándome la comida? ¿Me la vas a poner en el regazo para que pueda comer de una vez? —se impacientó Pedro.
—Ya veremos.
—¿Qué tengo que hacer para convencerte?
—Dejar de comportarte como un niño mimado — contestó—. Creía que, después de haber hablado ayer por teléfono, todo estaba en orden.
Y todo había estado en orden mientras había hablado con ella, mientras había escuchado su voz, pero la otra enfermera no le hablaba con sarcasmo ni tenía el ingenio de Paula, y el día había resultado de lo más aburrido. Desde que la había conocido se había olvidado del aburrimiento y ahora comprendía que, cuando aquella mujer saliera de su vida, el aburrimiento volvería a apoderarse de ella. Darse cuenta de la diferencia lo incomodaba.
—Si te encuentras bien, ¿Por qué no hablas?
—Porque no tengo nada que decir —contestó Pedro.
—¿Te vas a portar bien? Desde luego, te pareces a mi hija. Le suelo decir lo mismo, pero a ella la mando a su cuarto hasta que se le ha pasado el enfado. ¿Te parece que te haga a tí lo mismo?
—Me da igual —contestó, pensando que, si lo mandaba a su habitación, pero se iba a ella con él, la cosa no estaría nada mal. Aquel pensamiento, surgido de la nada, hizo que el deseo sexual se apoderara de él y que la sangre se le agolpara en la entrepierna.
—No te mando porque tienes la pierna mal —le dijo Paula—, pero quiero que sepas que tu actitud no me parece la correcta.
—Lo siento —se disculpó.
—Vaya, aprendes rápido —se maravilló Paula dejándole la bandeja sobre las piernas. Por suerte, no se dió cuenta de la erección que demostraba que el cuerpo de Pedro estaba volviendo a la vida.
—¿Eres siempre así de dura?
—Siempre —contestó, muy orgullosa de sí misma—. Es una de mis mejores cualidades —añadió volviendo a la cocina.
Una vez a solas. Pedro dió buena cuenta del desayuno y comenzó a sentirse mejor. ¿Serían las vitaminas y los minerales o la cercanía de Paula?
—Vamos a ver qué tal tienes el pulso y la tensión arterial —anunció Paula al cabo de un rato volviendo al salón.
—Muy bien.
—Estoy sinceramente sorprendida. Ahora obedeces como un corderito. ¿Quién me iba a decir a mí que tener una hija de cinco años me iba a servir para controlar a un paciente cabezota y desobediente? — se maravilló, sentándose sobre la mesa y tomándole la tensión. Todo estaba correcto, así que a continuación procedió a retirarle la venda de la pierna para examinar las heridas.
—¿Te duele? —le dijo observando que la piel se había llenado de moretones.
—Si te empeñas en no hablarme, me lo llevo ahora mismo a la cocina — le advirtió.
Al ver que él no contestaba, volvió a tomar la bandeja y se giró hacia la cocina.
—Espera.
Lo miró. La otra enfermera también le había preparado la comida, pero, de alguna manera, aunque cocinaba bien, le parecía que no se había alimentado tan bien como cuando ella estaba en casa. Había sido como si no hubiera obtenido la dosis ideal de vitaminas y minerales, una dosis que solamente le daba Paula.
—¿Me hablas a mí? —bromeó, enarcando una ceja.
Pedro no sabía con quién estaba más enfadado, si con ella por haberlo dejado solo el día anterior o consigo mismo por haberla echado de menos. Lo cierto era que estaba empezando a sentir cosas y a tener sensaciones que no se permitía desde hacía dos años. No se podía permitir sentirse vivo.
—Ayer me abandonaste —le recriminó.
Paula enarcó una ceja y lo miró divertida.
—¿Me vas a torturar no acercándome la comida? ¿Me la vas a poner en el regazo para que pueda comer de una vez? —se impacientó Pedro.
—Ya veremos.
—¿Qué tengo que hacer para convencerte?
—Dejar de comportarte como un niño mimado — contestó—. Creía que, después de haber hablado ayer por teléfono, todo estaba en orden.
Y todo había estado en orden mientras había hablado con ella, mientras había escuchado su voz, pero la otra enfermera no le hablaba con sarcasmo ni tenía el ingenio de Paula, y el día había resultado de lo más aburrido. Desde que la había conocido se había olvidado del aburrimiento y ahora comprendía que, cuando aquella mujer saliera de su vida, el aburrimiento volvería a apoderarse de ella. Darse cuenta de la diferencia lo incomodaba.
—Si te encuentras bien, ¿Por qué no hablas?
—Porque no tengo nada que decir —contestó Pedro.
—¿Te vas a portar bien? Desde luego, te pareces a mi hija. Le suelo decir lo mismo, pero a ella la mando a su cuarto hasta que se le ha pasado el enfado. ¿Te parece que te haga a tí lo mismo?
—Me da igual —contestó, pensando que, si lo mandaba a su habitación, pero se iba a ella con él, la cosa no estaría nada mal. Aquel pensamiento, surgido de la nada, hizo que el deseo sexual se apoderara de él y que la sangre se le agolpara en la entrepierna.
—No te mando porque tienes la pierna mal —le dijo Paula—, pero quiero que sepas que tu actitud no me parece la correcta.
—Lo siento —se disculpó.
—Vaya, aprendes rápido —se maravilló Paula dejándole la bandeja sobre las piernas. Por suerte, no se dió cuenta de la erección que demostraba que el cuerpo de Pedro estaba volviendo a la vida.
—¿Eres siempre así de dura?
—Siempre —contestó, muy orgullosa de sí misma—. Es una de mis mejores cualidades —añadió volviendo a la cocina.
Una vez a solas. Pedro dió buena cuenta del desayuno y comenzó a sentirse mejor. ¿Serían las vitaminas y los minerales o la cercanía de Paula?
—Vamos a ver qué tal tienes el pulso y la tensión arterial —anunció Paula al cabo de un rato volviendo al salón.
—Muy bien.
—Estoy sinceramente sorprendida. Ahora obedeces como un corderito. ¿Quién me iba a decir a mí que tener una hija de cinco años me iba a servir para controlar a un paciente cabezota y desobediente? — se maravilló, sentándose sobre la mesa y tomándole la tensión. Todo estaba correcto, así que a continuación procedió a retirarle la venda de la pierna para examinar las heridas.
—¿Te duele? —le dijo observando que la piel se había llenado de moretones.
Cambiaste Mi Vida: Capítulo 23
-Me encanta eso de «Pedro dice que». Parece ser que surte efecto porque te has puesto. ¿Harías cualquier cosa si te dijera «Pedro dice que»?
Por cómo lo había dicho, en un tono tan seductor, Paula se encontró pensando en una cama y sábanas revueltas y, al instante, sintió que el deseo sexual que había permanecido oculto bajo llave durante tanto tiempo salía a la luz.
—¿Te vas a volver a saltar las normas?
—¿Te has enfadado, mamá? —dijo Sofía mirándola preocupada—. Parece simpático.
Paula miró a su hija. Efectivamente, Pedro era un hombre muy simpático, pero no les convenía a ninguna de las dos.
—Es un paciente de mamá —le explicó a la niña.
—Ah —contestó Sofía—. ¿Y qué le pasa?
—No le digas que estoy loco o algo así —intervino Pedro.
—No le iba decir eso —le aseguró—. Pedro ha tenido un accidente, se ha hecho daño en la pierna y lleva muletas.
—Pues le voy a hacer un dibujo para que se ponga bien —contestó la niña.
—Buena idea, cariño —dijo Paula mientras la niña salía corriendo a su habitación—. ¿Cómo has conseguido el número de mi casa?
—Gracias a mis encantos personales —contestó Pedro—. Sólo he tenido que llamar a información y pedirlo.
—Se supone que no estoy en la guía.
—Pues a mí me han dado tu número sin ningún problema.
Aunque Paula debería estar enfadada con la compañía telefónica por el error, lo cierto era que se encontró sonriendo. Hasta aquel momento, no se había dado cuenta de que lo echaba de menos.
—¿Así que tu hija está enferma?
—No intentes distraerme. Estoy enfadada contigo.
—No lo estás. ¿Qué le pasa?
Paula se dió por vencida y suspiró.
—Está un poco resfriada —respondió—. ¿Qué quieres?
—Quería saber por qué me has mandado al monstruo del lago Ness. Esa enfermera me ha destrozado la pierna.
—¿No estás exagerando un poco?
—Posiblemente —admitió —. Sólo llamaba para ver qué tal estás.
—Ya, no te hagas el inocente conmigo, sé perfectamente que has llamado para ver si podía ir a tu casa mañana.
—¿Vas a venir? —preguntó, expectante.
—Sí, mi madre vuelve esta noche de viaje, así que, aunque la niña esté resfriada todavía mañana, iré a tu casa. Muy amable por tu parte por preocuparte por mí.
—Soy muchas cosas, pero no soy amable, te lo aseguro. Más bien egoísta.
—¿Por qué dices eso? Al fin y al cabo, quieres que vuelva.
—Sí, pero es por eso que dicen de que «mejor malo conocido que bueno por conocer».
—Vaya, hombre, y yo que pensaba que empezabas a preocuparte por mí.
—Tu problema es que piensas demasiado. Te tengo que dejar —anunció Pedro hablando con otra persona—. Sólo dos cosas.
—Dime.
—Si no tienes con quién dejar a tu hija, te la puedes traer aquí.
Paula se quedó escuchando sorprendida. ¿De verdad se había abierto tanto Pedro Alfonso como para dejar a un niño entrar en su casa?
—¿Y la otra?
—Yo también quiero un día del pijama —contestó.
—Pero si tú no duermes con pijama —le recordó ella.
—Ya lo sé. pero podemos leer, ver películas y contarnos cuentos en la cama —contestó Pedro divertido.
Y, antes de que a ella le diera tiempo de contestar, colgó. Paula se quedó mirando el auricular y se dió cuenta de que Pedro le gustaba cada vez más. ¿Y qué iba a hacer para controlarlo? El corazón le latía aceleradamente, las palmas de la mano le sudaban y se sentía mareada. Sus hormonas femeninas estaban revolucionadas. Lo cierto era que hacía mucho tiempo que no tenía una relación con un hombre porque no había conocido a ninguno que mereciera la pena. Y entonces, de repente, había aparecido él.
Por cómo lo había dicho, en un tono tan seductor, Paula se encontró pensando en una cama y sábanas revueltas y, al instante, sintió que el deseo sexual que había permanecido oculto bajo llave durante tanto tiempo salía a la luz.
—¿Te vas a volver a saltar las normas?
—¿Te has enfadado, mamá? —dijo Sofía mirándola preocupada—. Parece simpático.
Paula miró a su hija. Efectivamente, Pedro era un hombre muy simpático, pero no les convenía a ninguna de las dos.
—Es un paciente de mamá —le explicó a la niña.
—Ah —contestó Sofía—. ¿Y qué le pasa?
—No le digas que estoy loco o algo así —intervino Pedro.
—No le iba decir eso —le aseguró—. Pedro ha tenido un accidente, se ha hecho daño en la pierna y lleva muletas.
—Pues le voy a hacer un dibujo para que se ponga bien —contestó la niña.
—Buena idea, cariño —dijo Paula mientras la niña salía corriendo a su habitación—. ¿Cómo has conseguido el número de mi casa?
—Gracias a mis encantos personales —contestó Pedro—. Sólo he tenido que llamar a información y pedirlo.
—Se supone que no estoy en la guía.
—Pues a mí me han dado tu número sin ningún problema.
Aunque Paula debería estar enfadada con la compañía telefónica por el error, lo cierto era que se encontró sonriendo. Hasta aquel momento, no se había dado cuenta de que lo echaba de menos.
—¿Así que tu hija está enferma?
—No intentes distraerme. Estoy enfadada contigo.
—No lo estás. ¿Qué le pasa?
Paula se dió por vencida y suspiró.
—Está un poco resfriada —respondió—. ¿Qué quieres?
—Quería saber por qué me has mandado al monstruo del lago Ness. Esa enfermera me ha destrozado la pierna.
—¿No estás exagerando un poco?
—Posiblemente —admitió —. Sólo llamaba para ver qué tal estás.
—Ya, no te hagas el inocente conmigo, sé perfectamente que has llamado para ver si podía ir a tu casa mañana.
—¿Vas a venir? —preguntó, expectante.
—Sí, mi madre vuelve esta noche de viaje, así que, aunque la niña esté resfriada todavía mañana, iré a tu casa. Muy amable por tu parte por preocuparte por mí.
—Soy muchas cosas, pero no soy amable, te lo aseguro. Más bien egoísta.
—¿Por qué dices eso? Al fin y al cabo, quieres que vuelva.
—Sí, pero es por eso que dicen de que «mejor malo conocido que bueno por conocer».
—Vaya, hombre, y yo que pensaba que empezabas a preocuparte por mí.
—Tu problema es que piensas demasiado. Te tengo que dejar —anunció Pedro hablando con otra persona—. Sólo dos cosas.
—Dime.
—Si no tienes con quién dejar a tu hija, te la puedes traer aquí.
Paula se quedó escuchando sorprendida. ¿De verdad se había abierto tanto Pedro Alfonso como para dejar a un niño entrar en su casa?
—¿Y la otra?
—Yo también quiero un día del pijama —contestó.
—Pero si tú no duermes con pijama —le recordó ella.
—Ya lo sé. pero podemos leer, ver películas y contarnos cuentos en la cama —contestó Pedro divertido.
Y, antes de que a ella le diera tiempo de contestar, colgó. Paula se quedó mirando el auricular y se dió cuenta de que Pedro le gustaba cada vez más. ¿Y qué iba a hacer para controlarlo? El corazón le latía aceleradamente, las palmas de la mano le sudaban y se sentía mareada. Sus hormonas femeninas estaban revolucionadas. Lo cierto era que hacía mucho tiempo que no tenía una relación con un hombre porque no había conocido a ninguno que mereciera la pena. Y entonces, de repente, había aparecido él.
Cambiaste Mi Vida: Capítulo 22
—El desayuno está servido, majestad —le dijo Paula dejando la bandeja sobre la cama.
A continuación, Sofía dió buena cuenta de las tortitas mientras Paula se tomaba el café.
—Mamá, me acabo de acordar de que hoy me tocaba a mí traerme a Lucky a casa —se lamentó la niña de repente.
Lucky era un osito de peluche que tenían en la guardería y que cada día se llevaba un niño a casa. El juego consistía en que lo tenían que cuidar como si fuera un miembro más de la familia y contarles al día siguiente a sus compañeros lo que había hecho el osito en su casa. A Sofía le encantaba llevarse a Lucky.
—No te preocupes, cariño, hablaré con la señora Coates para que te cambie el tumo con otro niño —la tranquilizó Paula.
— Sí, a Victoria le toca llevárselo mañana, así que, a lo mejor lo puedo cambiar con ella.
—Muy bien.
—Vicky se lo lleva a jugar al fútbol —le contó la niña—. Yo también quiero jugar al fútbol.
—El año que viene —contestó Paula.
—Además, el entrenador del equipo es el padre de Vicky.
Paula se preparó para lo que sabía que venía a continuación.
—¿Y mi padre dónde está?
—No lo sé, Sofi. Hace mucho que no sé nada de él —contestó, sinceramente.
—¿Desde que nací? ¿Porque le daba miedo lo de mis ojos?
—Sí. No sabía cómo ayudarte, cuando se enteró de que eras ciega, no supo qué hacer, le dió mucho miedo y se fue — le explicó Paula.
A pesar de que hacía cinco años de aquello, todavía le costaba no hablar del padre de su hija con cierta rabia.
—Pero ahora veo —dijo la niña.
—Sí.
¿Y cómo explicarle que se había puesto en contacto con su padre tras la operación para decirle que todo había salido bien y que él le había dicho que, aun así, no podía soportarlo? Paula había pensado en demandarlo para que por lo menos, se viera obligado a pasarle una pensión de manutención a su hija, pero, al final, decidió que, si el padre de Sofía no quería tener nada que ver con ellas, su hija y ella estaban mejor sin él y que no necesitaban nada de aquel hombre.
—Estamos tú y yo solas, pero eso es más que suficiente, ¿Verdad? —dijo, abrazando a su hija.
—Te quiero mucho, mamá.
— Yo también te quiero, cariño.
Aunque era cierto que su hija la adoraba, sabía que todos los niños necesitaban un padre y una madre. Ella había tenido a su hermana Delfina y a su hermano Gonzalo y a unos padres que los adoraban y quería darle a su hija la misma estabilidad y seguridad que ella había tenido, una familia perfecta y una vida perfecta. Pero de momento las cosas no estaban saliendo muy bien. El hombre que tendría que haber amado, apoyado y protegido a su hija, se había largado en cuanto se había producido el primer problema. De repente, se encontró pensando en Pedro. Aquel hombre sí que quería a su hijo. De hecho, lo quería tanto que, ahora que el niño había muerto, se negaba a seguir viviendo. Seguro que él sí que era un buen padre. ¡Un momento, un momento! Aunque se sentía físicamente atraída por aquel hombre, no debía dejarse llevar por el corazón. Ya lo había hecho una vez, con el padre de Sofía , y le había salido fatal. Si alguna vez decidía embarcarse en otra relación, no se dejaría llevar por el corazón sino que actuaría fría y racionalmente. En aquel momento sonó el teléfono y Sofía contestó.
—¿Quién es? —preguntó—. Yo me llamo Sofiá. Sí, está aquí conmigo, es que estoy malita y mi abuela está en la playa, así que mamá me ha dicho que no hacía falta que fuera al colegio y nos hemos quedado haciendo un día del pijama —le explicó a la persona que había llamado—. Consiste en quedamos las dos en la cama comiendo tortitas y viendo una película —añadió—. Pedro dice que te pongas —le dijo a su madre por fin.
A continuación, Sofía dió buena cuenta de las tortitas mientras Paula se tomaba el café.
—Mamá, me acabo de acordar de que hoy me tocaba a mí traerme a Lucky a casa —se lamentó la niña de repente.
Lucky era un osito de peluche que tenían en la guardería y que cada día se llevaba un niño a casa. El juego consistía en que lo tenían que cuidar como si fuera un miembro más de la familia y contarles al día siguiente a sus compañeros lo que había hecho el osito en su casa. A Sofía le encantaba llevarse a Lucky.
—No te preocupes, cariño, hablaré con la señora Coates para que te cambie el tumo con otro niño —la tranquilizó Paula.
— Sí, a Victoria le toca llevárselo mañana, así que, a lo mejor lo puedo cambiar con ella.
—Muy bien.
—Vicky se lo lleva a jugar al fútbol —le contó la niña—. Yo también quiero jugar al fútbol.
—El año que viene —contestó Paula.
—Además, el entrenador del equipo es el padre de Vicky.
Paula se preparó para lo que sabía que venía a continuación.
—¿Y mi padre dónde está?
—No lo sé, Sofi. Hace mucho que no sé nada de él —contestó, sinceramente.
—¿Desde que nací? ¿Porque le daba miedo lo de mis ojos?
—Sí. No sabía cómo ayudarte, cuando se enteró de que eras ciega, no supo qué hacer, le dió mucho miedo y se fue — le explicó Paula.
A pesar de que hacía cinco años de aquello, todavía le costaba no hablar del padre de su hija con cierta rabia.
—Pero ahora veo —dijo la niña.
—Sí.
¿Y cómo explicarle que se había puesto en contacto con su padre tras la operación para decirle que todo había salido bien y que él le había dicho que, aun así, no podía soportarlo? Paula había pensado en demandarlo para que por lo menos, se viera obligado a pasarle una pensión de manutención a su hija, pero, al final, decidió que, si el padre de Sofía no quería tener nada que ver con ellas, su hija y ella estaban mejor sin él y que no necesitaban nada de aquel hombre.
—Estamos tú y yo solas, pero eso es más que suficiente, ¿Verdad? —dijo, abrazando a su hija.
—Te quiero mucho, mamá.
— Yo también te quiero, cariño.
Aunque era cierto que su hija la adoraba, sabía que todos los niños necesitaban un padre y una madre. Ella había tenido a su hermana Delfina y a su hermano Gonzalo y a unos padres que los adoraban y quería darle a su hija la misma estabilidad y seguridad que ella había tenido, una familia perfecta y una vida perfecta. Pero de momento las cosas no estaban saliendo muy bien. El hombre que tendría que haber amado, apoyado y protegido a su hija, se había largado en cuanto se había producido el primer problema. De repente, se encontró pensando en Pedro. Aquel hombre sí que quería a su hijo. De hecho, lo quería tanto que, ahora que el niño había muerto, se negaba a seguir viviendo. Seguro que él sí que era un buen padre. ¡Un momento, un momento! Aunque se sentía físicamente atraída por aquel hombre, no debía dejarse llevar por el corazón. Ya lo había hecho una vez, con el padre de Sofía , y le había salido fatal. Si alguna vez decidía embarcarse en otra relación, no se dejaría llevar por el corazón sino que actuaría fría y racionalmente. En aquel momento sonó el teléfono y Sofía contestó.
—¿Quién es? —preguntó—. Yo me llamo Sofiá. Sí, está aquí conmigo, es que estoy malita y mi abuela está en la playa, así que mamá me ha dicho que no hacía falta que fuera al colegio y nos hemos quedado haciendo un día del pijama —le explicó a la persona que había llamado—. Consiste en quedamos las dos en la cama comiendo tortitas y viendo una película —añadió—. Pedro dice que te pongas —le dijo a su madre por fin.
Cambiaste Mi Vida: Capítulo 21
—¿Me va a usted a decir, enfermera Chaves, que cuando estaba en la sala de urgencias débil e indefenso no aprovechó usted para mirar?
Paula sonrió mientras le pasaba la toalla por el pecho y los brazos con cuidado para no hacerle daño en las heridas.
—Por supuesto que no —contestó—. Habría sido una falta de profesionalidad por mi parte.
—Pero por no hacerlo, da usted por supuesto algo que no es.
—Yo no sé si es o no es —bromeó Paula.
—Si quieres, te lo enseño. Así podrás opinar sabiendo lo que hay. ¿Qué te parece?
—No.
—Piénsatelo bien. no hace falta que me contestes tan rápido —dijo Pedro mientras Paula le enjabonaba la espalda.
—No tengo nada que pensar. Estás intentando provocarme y no voy a entrar al trapo -contestó , enjabonándole las piernas-. Todo tuyo- añadió pasándole la toalla tras habérselas enjuagado. Y, dicho aquello, se giro, salió del baño y cerró la puerta.
Pedro suspiró. Iba a tener que esperar al día siguiente para disfrutar de nuevo de aquellos momentos maravillosos.
—¿Mami?
Paula se giró y se quedó mirando a su hija, que era una niña realmente guapa, rubia, de pelo liso y enormes ojos azules enmarcados por unas pequeñas gafas. Aunque no tenían mucho dinero, estaban juntas y, gracias al hijo de Simón, su hija había recuperado la vista. Habían pasado cinco días desde que se había enterado de la extraordinaria coincidencia y le costaba aceptar el hecho de que su hija viera gracias a la muerte de otro niño.
—Dime, Sofi —le dijo emocionada mientras les daba la vuelta a las tortitas.
—¿Podríamos hacer un día de pijama?
En las escasas ocasiones en las que tenían oportunidad de estar juntas sin nada que hacer, Sofía siempre preguntaba lo mismo. Era algo que su madre había inventado después del trasplante para intentar convencerla de que tenía que permanecer en reposo y consistía en estar todo el día en pijama, vagueando en la cama, leyendo y contándose cuentos, comiendo y riendo.
Paula había conseguido que le gustara casi tanto como ir al parque, algo que no podía hacer teniendo en cuenta la poca movilidad que tenía después del trasplante. Al pensar en aquella época, no pudo evitar pensar que había sido una pesadilla. Para ellas ya había pasado, pero Pedro seguía viviéndola.
—No me has dejado ir al colegio —le recordó la niña—. Yo quería ir.
— Si por tí fuera, irías los siete días de la semana.
—Me gusta —sonrió Sofía—, pero también me gusta que te quedes en casa.
Paula había llamado a su jefa para que mandaran una sustituía a casa de Pedro, ya que Sofía había pasado muy mala noche porque estaba resfriada y su madre había decidido no mandarla al colegio aquel día. Quedarse con ella en casa resultaba muy apetecible, y además, así se libraba de tener que lavarlo, que parecía encantado con el ritual y no lo perdonaba ni un solo día.
—Por favor, mamá, hace muchísimo tiempo que no hacemos un día del pijama.
—Tienes razón —contestó Paula—. Hoy va a ser nuestro día del pijama.
—¡Bien! —exclamó Sofía encantada—. ¿Puedo tomar tortitas Mickey Mouse?
—Por supuesto, cualquier día del pijama que se precie empieza con unas buenas tortitas Mickey Mouse —contestó su madre—. ¿Por qué no eliges una película que te apetezca y te metes en la cama? Yo voy con el desayuno ahora mismo.
—Yupi —dijo Sofía saltando de la silla y dirigiéndose al salón.
Mientras oía cómo su hija rebuscaba entre las películas, formó una cara de ratón con tres tortitas utilizando dos como orejas, fresas como ojos y nata montada para el hocico y la boca. A continuación, exprimió dos buenos vasos de zumo de naranja, lo colocó todo en una bandeja y se dirigió a su dormitorio, donde ya la esperaba su hija. Sofía estaba tumbada en mitad de su enorme cama, con la espalda apoyada en los almohadones y el mando de la televisión y del vídeo al lado.
Paula sonrió mientras le pasaba la toalla por el pecho y los brazos con cuidado para no hacerle daño en las heridas.
—Por supuesto que no —contestó—. Habría sido una falta de profesionalidad por mi parte.
—Pero por no hacerlo, da usted por supuesto algo que no es.
—Yo no sé si es o no es —bromeó Paula.
—Si quieres, te lo enseño. Así podrás opinar sabiendo lo que hay. ¿Qué te parece?
—No.
—Piénsatelo bien. no hace falta que me contestes tan rápido —dijo Pedro mientras Paula le enjabonaba la espalda.
—No tengo nada que pensar. Estás intentando provocarme y no voy a entrar al trapo -contestó , enjabonándole las piernas-. Todo tuyo- añadió pasándole la toalla tras habérselas enjuagado. Y, dicho aquello, se giro, salió del baño y cerró la puerta.
Pedro suspiró. Iba a tener que esperar al día siguiente para disfrutar de nuevo de aquellos momentos maravillosos.
—¿Mami?
Paula se giró y se quedó mirando a su hija, que era una niña realmente guapa, rubia, de pelo liso y enormes ojos azules enmarcados por unas pequeñas gafas. Aunque no tenían mucho dinero, estaban juntas y, gracias al hijo de Simón, su hija había recuperado la vista. Habían pasado cinco días desde que se había enterado de la extraordinaria coincidencia y le costaba aceptar el hecho de que su hija viera gracias a la muerte de otro niño.
—Dime, Sofi —le dijo emocionada mientras les daba la vuelta a las tortitas.
—¿Podríamos hacer un día de pijama?
En las escasas ocasiones en las que tenían oportunidad de estar juntas sin nada que hacer, Sofía siempre preguntaba lo mismo. Era algo que su madre había inventado después del trasplante para intentar convencerla de que tenía que permanecer en reposo y consistía en estar todo el día en pijama, vagueando en la cama, leyendo y contándose cuentos, comiendo y riendo.
Paula había conseguido que le gustara casi tanto como ir al parque, algo que no podía hacer teniendo en cuenta la poca movilidad que tenía después del trasplante. Al pensar en aquella época, no pudo evitar pensar que había sido una pesadilla. Para ellas ya había pasado, pero Pedro seguía viviéndola.
—No me has dejado ir al colegio —le recordó la niña—. Yo quería ir.
— Si por tí fuera, irías los siete días de la semana.
—Me gusta —sonrió Sofía—, pero también me gusta que te quedes en casa.
Paula había llamado a su jefa para que mandaran una sustituía a casa de Pedro, ya que Sofía había pasado muy mala noche porque estaba resfriada y su madre había decidido no mandarla al colegio aquel día. Quedarse con ella en casa resultaba muy apetecible, y además, así se libraba de tener que lavarlo, que parecía encantado con el ritual y no lo perdonaba ni un solo día.
—Por favor, mamá, hace muchísimo tiempo que no hacemos un día del pijama.
—Tienes razón —contestó Paula—. Hoy va a ser nuestro día del pijama.
—¡Bien! —exclamó Sofía encantada—. ¿Puedo tomar tortitas Mickey Mouse?
—Por supuesto, cualquier día del pijama que se precie empieza con unas buenas tortitas Mickey Mouse —contestó su madre—. ¿Por qué no eliges una película que te apetezca y te metes en la cama? Yo voy con el desayuno ahora mismo.
—Yupi —dijo Sofía saltando de la silla y dirigiéndose al salón.
Mientras oía cómo su hija rebuscaba entre las películas, formó una cara de ratón con tres tortitas utilizando dos como orejas, fresas como ojos y nata montada para el hocico y la boca. A continuación, exprimió dos buenos vasos de zumo de naranja, lo colocó todo en una bandeja y se dirigió a su dormitorio, donde ya la esperaba su hija. Sofía estaba tumbada en mitad de su enorme cama, con la espalda apoyada en los almohadones y el mando de la televisión y del vídeo al lado.
miércoles, 15 de febrero de 2017
Cambiaste Mi Vida: Capítulo 20
En un abrir y cerrar de ojos, Pedro estaba a su lado. ¿Quién iba a decir que un hombre con muletas iba a ser tan rápido?
—¿Estás bien?
—Sí, sólo me he manchado un poco de aceite —contestó Paula sin poder ocultar su nerviosismo.
Cuando él le había pedido que le contara un secreto, lo primero que se le había ocurrido era que sabía lo de los ojos de su hija. Imposible. Si lo supiera, no se andaría por las ramas, pues no era un hombre que diera rodeos. Lo habría dicho directamente.
—Ya sé el secreto que te voy a contar —exclamó—. Soy un poco torpe en la cocina.
En ese momento, se dió cuenta de que lo tenía muy cerca, demasiado cerca y lo peor era que lo quería tener todavía más cerca.
—Pedro, no te lo tomes a mal, pero...
—¿Estoy demasiado cerca?
—¿Por qué no te sientas y pones la pierna en alto?
—¿Es un consejo médico o una orden personal?
—Las dos cosas.
Pedro la miró divertido.
—¿Te pongo nerviosa?
—Sí.
—¿Para bien o para mal?
—No voy a contestar a esa pregunta. En cualquier caso, si quieres desayunar, más vale que te vayas.
—A sus órdenes, mi capitán.
Una vez a solas, limpió el suelo y dió gracias por que Pedro no se hubiera dado cuenta de lo nerviosa que se había puesto cuando le había pedido que le contara un secreto. La próxima vez, y estaba segura de que iba a haber una próxima vez, tendría que estar más atenta. Había conseguido que él se abriera un poco y, la próxima vez que consiguiera que le abriera la puerta, tenía intención de meter el pie paraque no la pudiera volver a cerrar.
—¿Cuándo me vas a bañar?
Paula levantó la mirada y se encontró con los ojos de Pedro. Después de desayunar, había dormido un rato y ahora salía con aquello. Lo cierto era que ella también había pensado en ello, pero había rezado para que no se lo pidiera.
—¿Qué te hace pensar que te voy a bañar?
—La idea de tener una enfermera en casa es estar igual de bien atendido que en el hospital y en el hospital las enfermeras te bañan —contestó.
Paula no pudo evitar fijarse en su torso desnudo. Pedro se había quitado la camisa para que le tomara la tensión. ¿Por qué demonios aquel hombre le afectaba tanto?
—¿Soy apto? —preguntó, divertido.
A Paula le agradó tanto verlo bromear que casi le dió igual que la hubiera pillado mirándolo y que se hubiera sonrojado de pies a cabeza.
— Sólo estaba comprobando si te estaba creciendo otra vez el vello en los círculos que te afeité en el hospital el otro día.
—¿No me habías dicho que nunca mentías?
—Nunca miento, así que admito que me he fijado en que no estás nada mal.
—¿Eso quiere decir que me vas a bañar?
—No está usted incapacitado, señor Alfonso.
—¿Y la pierna?
—No te la han escayolado, así que no tienes problema.
—¿Te estás poniendo roja?
—Claro que no —mintió —. ¿Por qué me iba a poner roja?
—No sé, tú sabrás...
—Si te crees que es por verte desnudo, te recuerdo que soy enfermera y, una vez visto un hombre desnudo, vistos todos.
—Entonces, ¿Me vas a bañar? —insistió Pedro.
Paula suspiró.
—No me va a quedar más remedio —contestó.
—¡Yupi! —exclamó, como un niño pequeño.
Ella puso los ojos en blanco.
—Lo hago única y exclusivamente porque no te puedes mojar las grapas bajo ningún concepto —le explicó.
—Me da igual el motivo —contestó Pedro encogiéndose de hombros—. Lo importante es que voy a tener mi baño.
No sabía por qué atormentarla le gustaba tanto. A lo mejor era porque hacerla sonrojarse lo distraía de sus dolorosos recuerdos. Aquella mujer lo anestesiaba y aquello resultaba una bendición. Estaba seguro de no merecer aquel paraíso, pero no podía evitar anhelarlo. Siguió a Paula hasta el baño y se sentó en un taburete. Lo cierto era que podría haberse duchado él solo, aunque le hubiera costado un buen esfuerzo. Era mucho mejor que ella lo fuera a bañar con la esponja.
Paula dispuso las toallas, el jabón y las vendas, abrió el grifo del lavabo y mojó una toalla. Por cómo lo miró, Pedro comprendió que le apetecía hacer aquello tanto como pegarse un tiro.
—Muy bien —le dijo mirándolo muy seria—. Te voy a lavar lo gordo y, luego, te dejaré a solas para que termines tú solo.
—Define “ gordo” —sonrió él.
—Pecho, espalda, brazos, piernas y pies —contestó Paula.
—¿Eso quiere decir que todas las demás partes de mi anatomía te parecen pequeñas?
—No tengo datos para opinar.
A Pedro le encantaría que los tuviera. Aquello hizo que su imaginación se disparara, algo que no le había ocurrido desde hacía tiempo. La sensación fue como ver un punto de luz al fondo de un terrible y oscuro túnel. Ahora que había visto la luz, no había marcha atrás.
—¿Estás bien?
—Sí, sólo me he manchado un poco de aceite —contestó Paula sin poder ocultar su nerviosismo.
Cuando él le había pedido que le contara un secreto, lo primero que se le había ocurrido era que sabía lo de los ojos de su hija. Imposible. Si lo supiera, no se andaría por las ramas, pues no era un hombre que diera rodeos. Lo habría dicho directamente.
—Ya sé el secreto que te voy a contar —exclamó—. Soy un poco torpe en la cocina.
En ese momento, se dió cuenta de que lo tenía muy cerca, demasiado cerca y lo peor era que lo quería tener todavía más cerca.
—Pedro, no te lo tomes a mal, pero...
—¿Estoy demasiado cerca?
—¿Por qué no te sientas y pones la pierna en alto?
—¿Es un consejo médico o una orden personal?
—Las dos cosas.
Pedro la miró divertido.
—¿Te pongo nerviosa?
—Sí.
—¿Para bien o para mal?
—No voy a contestar a esa pregunta. En cualquier caso, si quieres desayunar, más vale que te vayas.
—A sus órdenes, mi capitán.
Una vez a solas, limpió el suelo y dió gracias por que Pedro no se hubiera dado cuenta de lo nerviosa que se había puesto cuando le había pedido que le contara un secreto. La próxima vez, y estaba segura de que iba a haber una próxima vez, tendría que estar más atenta. Había conseguido que él se abriera un poco y, la próxima vez que consiguiera que le abriera la puerta, tenía intención de meter el pie paraque no la pudiera volver a cerrar.
—¿Cuándo me vas a bañar?
Paula levantó la mirada y se encontró con los ojos de Pedro. Después de desayunar, había dormido un rato y ahora salía con aquello. Lo cierto era que ella también había pensado en ello, pero había rezado para que no se lo pidiera.
—¿Qué te hace pensar que te voy a bañar?
—La idea de tener una enfermera en casa es estar igual de bien atendido que en el hospital y en el hospital las enfermeras te bañan —contestó.
Paula no pudo evitar fijarse en su torso desnudo. Pedro se había quitado la camisa para que le tomara la tensión. ¿Por qué demonios aquel hombre le afectaba tanto?
—¿Soy apto? —preguntó, divertido.
A Paula le agradó tanto verlo bromear que casi le dió igual que la hubiera pillado mirándolo y que se hubiera sonrojado de pies a cabeza.
— Sólo estaba comprobando si te estaba creciendo otra vez el vello en los círculos que te afeité en el hospital el otro día.
—¿No me habías dicho que nunca mentías?
—Nunca miento, así que admito que me he fijado en que no estás nada mal.
—¿Eso quiere decir que me vas a bañar?
—No está usted incapacitado, señor Alfonso.
—¿Y la pierna?
—No te la han escayolado, así que no tienes problema.
—¿Te estás poniendo roja?
—Claro que no —mintió —. ¿Por qué me iba a poner roja?
—No sé, tú sabrás...
—Si te crees que es por verte desnudo, te recuerdo que soy enfermera y, una vez visto un hombre desnudo, vistos todos.
—Entonces, ¿Me vas a bañar? —insistió Pedro.
Paula suspiró.
—No me va a quedar más remedio —contestó.
—¡Yupi! —exclamó, como un niño pequeño.
Ella puso los ojos en blanco.
—Lo hago única y exclusivamente porque no te puedes mojar las grapas bajo ningún concepto —le explicó.
—Me da igual el motivo —contestó Pedro encogiéndose de hombros—. Lo importante es que voy a tener mi baño.
No sabía por qué atormentarla le gustaba tanto. A lo mejor era porque hacerla sonrojarse lo distraía de sus dolorosos recuerdos. Aquella mujer lo anestesiaba y aquello resultaba una bendición. Estaba seguro de no merecer aquel paraíso, pero no podía evitar anhelarlo. Siguió a Paula hasta el baño y se sentó en un taburete. Lo cierto era que podría haberse duchado él solo, aunque le hubiera costado un buen esfuerzo. Era mucho mejor que ella lo fuera a bañar con la esponja.
Paula dispuso las toallas, el jabón y las vendas, abrió el grifo del lavabo y mojó una toalla. Por cómo lo miró, Pedro comprendió que le apetecía hacer aquello tanto como pegarse un tiro.
—Muy bien —le dijo mirándolo muy seria—. Te voy a lavar lo gordo y, luego, te dejaré a solas para que termines tú solo.
—Define “ gordo” —sonrió él.
—Pecho, espalda, brazos, piernas y pies —contestó Paula.
—¿Eso quiere decir que todas las demás partes de mi anatomía te parecen pequeñas?
—No tengo datos para opinar.
A Pedro le encantaría que los tuviera. Aquello hizo que su imaginación se disparara, algo que no le había ocurrido desde hacía tiempo. La sensación fue como ver un punto de luz al fondo de un terrible y oscuro túnel. Ahora que había visto la luz, no había marcha atrás.
Cambiaste Mi Vida: Capítulo 19
— Un buen talismán para ahuyentar a las malas relaciones, no? ¿Una buena manera de mantener a los imbéciles apartados de tí para que no te llenen las venas de grasa saturada?
—¿Qué quieres que te prepare? —preguntó ella, ignorando su pregunta.
—Huevos con jamón, salchichas y beicon, panecillos, café y zumo de naranja.
—Muy bien, todo muy sano.
—¿Lo dices por el jamón, las salchichas y el beicon?
—No, por el zumo —contestó Paula, perdiéndose en la cocina.
Pedro se levantó del sofá y, con ayuda de las muletas, la siguió.
—¿Qué pasa? —preguntó apoyándose en la puerta.
—A mí no me pasa nada —contestó Paula.
—Te has retirado sin luchar —contestó —.¿Acaso me vas a llenar de colesterol para que se me endurezcan las arterias?
—Si eso es lo que tú quieres.
—Lo es, pero...
Paula se quedó esperando la explicación.
—¿Por qué sonríes? —se indignó él.
—Porque eres como un adolescente, rogando para que se te pongan límites mientras gritas a diestro y siniestro que no los necesitas.
A Pedro no le gustó nada la comparación. No le hacía ninguna gracia que ella lo comparara con un adolescente. Si no hubiera llevado muletas, le habría enseñado la diferencia entre un adolescente y un hombre.
—¿Por qué me preparas ese desayuno tan grasiento? ¿Y por qué has comprado todos esos productos tan malos para el corazón? —atacó.
—Porque me imaginé que eras de los que les gustan los productos malos para el corazón —contestó—. Además, ahora tu cuerpo necesita combustible y proteína para curarse. Después, ya tendrás tiempo de preocuparte por el colesterol. Si quieres, claro...
—¿Por qué dices eso?
—Porque no creo que un tipo que se monta en una moto sin casco se vaya a preocupar mucho del colesterol —le espetó Paula.
—Esta es la Paula que a mí me gusta —sonrió.
Paula se apresuró a girarse hacia la cocina para freír el beicon y las salchichas. ¿Estaba intentando asustarla de nuevo? ¿Por qué le decía que le gustaba?
—No hace falta que me adules, ya te estoy preparando el desayuno —intentó bromear—. Forma parte de mi trabajo.
«Así que solamente soy un trabajo», pensó Pedro. Mejor así. Su conciencia ya estaba suficientemente llena sin necesidad de añadir a Paula a la lista. No había necesidad de complicar todavía más la ya de por sí complicada vida amorosa de aquella enfermera.
—Te has puesto muy serio —le dijo—. Hablemos de otra cosa.
A Pedro le pareció bien.
—¿De qué?
—De por qué no tienes fotografías de tu familia.
—Claro que tengo fotografías de mi familia.
—No las tienes puestas.
—No me gustan las casas llenas de fotografías.
—Muy bien, pues habíame de tu familia. ¿Cómo se llama tu hermano? ¿Tus padres están jubilados? ¿Naciste en Arizona? ¿Celebras con ellos el día de Acción de Gracias?
—Tiempo —exclamó Pedro, formando una «t» con las manos.
No, ya no celebraba nada. No desde que había muerto Marcos. ¿Cómo era posible que aquella mujer le preguntara cosas tan dolorosas?
—¿Qué pasa? —preguntó Paula con inocencia.
—Por si lo has olvidado, ayer me dijiste que no me ibas a volver a hacer preguntas personales.
—Por si no te acuerdas, te dije que, si no querías que hiciera algo, me lo tenías que decir —contestó ella sirviendo el desayuno.
—Muy bien. ¿Te importaría dejar de hacerme preguntas personales?
—No.
—Eres una enfermera cotilla.
—¿Cómo?
—Lo que has oído.
—Ya te dije que me gustaba conocer a mis pacientes.
—¿Para qué?
—A veces, ayuda a curarse.
— A mí no me va a ayudar, te lo aseguro, así que basta ya de hacerme el tercer grado.
—Si quieres que pare, vas a tener que darme algo a cambio.
—¿Eh?
—Un detalle personal sobre tí, algo que aplaque mi curiosidad natural para que te deje de hacer preguntas.
—¿Me lo prometes?
—Si, pero tiene que ser un buen detalle.
—Muy bien, soy ingeniero.
—Eso ya lo sé, lo ponía en tu historial médico.
—Tenía una empresa y la vendí.
—Eso no es personal.
—No sé, ¿Qué quieres saber?
—Algo jugoso, como, por ejemplo, si estás casado.
—No, estoy divorciado desde hace tres años. La empresa de la que te acabo de hablar me fue muy bien y me convertí en un adicto al trabajo. No pasaba por casa nunca, estaba todo el día viajando, mi mujer se sentía muy sola, se hartó de mí y se divorció.
—Lo siento.
—Ya te he dicho muchas veces que no quiero que me tengas lástima. ¿Te parece suficientemente jugoso?
—Lo que me parece es que una relación no se rompe si dos no quieren.
—Como se nota que no me conoces.
—Estoy intentándolo.
Pedro la miró a los ojos y le dió la impresión de que Paula sabía toda la verdad, pero eso era imposible.
—Bueno, yo ya te he contado algo de mí, así que ahora te toca a tí contarme un secreto tuyo.
Paula se quedó mirándolo con la boca abierta y, sin poder evitarlo, notó como la sartén le resbalaba de las manos y caía al suelo.
—¿Qué quieres que te prepare? —preguntó ella, ignorando su pregunta.
—Huevos con jamón, salchichas y beicon, panecillos, café y zumo de naranja.
—Muy bien, todo muy sano.
—¿Lo dices por el jamón, las salchichas y el beicon?
—No, por el zumo —contestó Paula, perdiéndose en la cocina.
Pedro se levantó del sofá y, con ayuda de las muletas, la siguió.
—¿Qué pasa? —preguntó apoyándose en la puerta.
—A mí no me pasa nada —contestó Paula.
—Te has retirado sin luchar —contestó —.¿Acaso me vas a llenar de colesterol para que se me endurezcan las arterias?
—Si eso es lo que tú quieres.
—Lo es, pero...
Paula se quedó esperando la explicación.
—¿Por qué sonríes? —se indignó él.
—Porque eres como un adolescente, rogando para que se te pongan límites mientras gritas a diestro y siniestro que no los necesitas.
A Pedro no le gustó nada la comparación. No le hacía ninguna gracia que ella lo comparara con un adolescente. Si no hubiera llevado muletas, le habría enseñado la diferencia entre un adolescente y un hombre.
—¿Por qué me preparas ese desayuno tan grasiento? ¿Y por qué has comprado todos esos productos tan malos para el corazón? —atacó.
—Porque me imaginé que eras de los que les gustan los productos malos para el corazón —contestó—. Además, ahora tu cuerpo necesita combustible y proteína para curarse. Después, ya tendrás tiempo de preocuparte por el colesterol. Si quieres, claro...
—¿Por qué dices eso?
—Porque no creo que un tipo que se monta en una moto sin casco se vaya a preocupar mucho del colesterol —le espetó Paula.
—Esta es la Paula que a mí me gusta —sonrió.
Paula se apresuró a girarse hacia la cocina para freír el beicon y las salchichas. ¿Estaba intentando asustarla de nuevo? ¿Por qué le decía que le gustaba?
—No hace falta que me adules, ya te estoy preparando el desayuno —intentó bromear—. Forma parte de mi trabajo.
«Así que solamente soy un trabajo», pensó Pedro. Mejor así. Su conciencia ya estaba suficientemente llena sin necesidad de añadir a Paula a la lista. No había necesidad de complicar todavía más la ya de por sí complicada vida amorosa de aquella enfermera.
—Te has puesto muy serio —le dijo—. Hablemos de otra cosa.
A Pedro le pareció bien.
—¿De qué?
—De por qué no tienes fotografías de tu familia.
—Claro que tengo fotografías de mi familia.
—No las tienes puestas.
—No me gustan las casas llenas de fotografías.
—Muy bien, pues habíame de tu familia. ¿Cómo se llama tu hermano? ¿Tus padres están jubilados? ¿Naciste en Arizona? ¿Celebras con ellos el día de Acción de Gracias?
—Tiempo —exclamó Pedro, formando una «t» con las manos.
No, ya no celebraba nada. No desde que había muerto Marcos. ¿Cómo era posible que aquella mujer le preguntara cosas tan dolorosas?
—¿Qué pasa? —preguntó Paula con inocencia.
—Por si lo has olvidado, ayer me dijiste que no me ibas a volver a hacer preguntas personales.
—Por si no te acuerdas, te dije que, si no querías que hiciera algo, me lo tenías que decir —contestó ella sirviendo el desayuno.
—Muy bien. ¿Te importaría dejar de hacerme preguntas personales?
—No.
—Eres una enfermera cotilla.
—¿Cómo?
—Lo que has oído.
—Ya te dije que me gustaba conocer a mis pacientes.
—¿Para qué?
—A veces, ayuda a curarse.
— A mí no me va a ayudar, te lo aseguro, así que basta ya de hacerme el tercer grado.
—Si quieres que pare, vas a tener que darme algo a cambio.
—¿Eh?
—Un detalle personal sobre tí, algo que aplaque mi curiosidad natural para que te deje de hacer preguntas.
—¿Me lo prometes?
—Si, pero tiene que ser un buen detalle.
—Muy bien, soy ingeniero.
—Eso ya lo sé, lo ponía en tu historial médico.
—Tenía una empresa y la vendí.
—Eso no es personal.
—No sé, ¿Qué quieres saber?
—Algo jugoso, como, por ejemplo, si estás casado.
—No, estoy divorciado desde hace tres años. La empresa de la que te acabo de hablar me fue muy bien y me convertí en un adicto al trabajo. No pasaba por casa nunca, estaba todo el día viajando, mi mujer se sentía muy sola, se hartó de mí y se divorció.
—Lo siento.
—Ya te he dicho muchas veces que no quiero que me tengas lástima. ¿Te parece suficientemente jugoso?
—Lo que me parece es que una relación no se rompe si dos no quieren.
—Como se nota que no me conoces.
—Estoy intentándolo.
Pedro la miró a los ojos y le dió la impresión de que Paula sabía toda la verdad, pero eso era imposible.
—Bueno, yo ya te he contado algo de mí, así que ahora te toca a tí contarme un secreto tuyo.
Paula se quedó mirándolo con la boca abierta y, sin poder evitarlo, notó como la sartén le resbalaba de las manos y caía al suelo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)