—¿Por qué? —preguntó Paula, curiosa por saber qué pasaba por la cabeza del chico.
—¡Porque no es tan fuerte como Pepe! ¡Pepe fue marine!
Paula no lo sabía. No era de extrañar que el señor Alfonso fuera un héroe a los ojos de Nico. Su abuelo siempre hablaba de los marines con gran orgullo, como si fueran capaces de caminar sobre el agua.
—Pedro es el hombre más fuerte que conozco —afirmó Matías.
—¿Lo ves, Pau? Rossiter también lo piensa.
Sí, estaba viendo muchas cosas, se dijo Paula. El señor Alfonso era imposible de superar.
Cuando regresaron a su alojamiento, Matías dijo que los esperaría en la piscina del hotel mientras ellos iban a su habitación. Paula no se cambió de ropa, pero el pequeño se puso el bañador y corrió a la piscina. Matías había buscado una mesa junto al borde de la piscina, para que ella pudiera vigilar a Nico. Había muchos niños en el agua y el niño empezó a hablar con uno de su edad en la parte poco profunda.
—Siento mucho el comportamiento del niño, Matías.
—No te disculpes. Tiene una razón para ello y los dos la conocemos.
Paula lo sabía. El jefe de Matías era la conexión más cercana que Nico tenía con su padre muerto, aparte de su abuelo, por supuesto.
—Estoy segura de que Santiago nunca habría conseguido llegarle al corazón a Nico.
—¿Has estado pensando en tu ex novio?
—¿La verdad?
—Claro.
—No había pensado en él hasta que mi madre me llamó y me dijo que Santiago había ido a su casa a buscarme. Mi madre dice que está muy arrepentido por lo que pasó. Quizá lo esté. Sé que algunas parejas consiguen superar problemas de infidelidad.
—Eso es cierto, pero yo no podría.
—¿Tu ex esposa te fue infiel?
—No. Teníamos otros problemas que no pudimos resolver.
Paula intuyó que no quería hablar de eso y no quiso presionarlo.
—Santiago había estado saliendo con una mujer que tocaba con la banda del barco antes de salir conmigo. Yo me enamoré mucho de él. Cuando me pidió que me casara con él, me sentí emocionada. Un mes antes de la fecha de nuestra boda, se fue en uno de los cruceros, supuestamente para supervisar su funcionamiento —explicó —. Más tarde, supe que su antigua novia y él habían tenido una aventura. Él me juró que había sido sólo para consolarla porque habían estado en medio de una tormenta en las Bermudas y habían creído que no sobrevivirían. Me aseguró que no pasaría nunca más —añadió—. Como dice una de mis compañeras de trabajo, todavía no estamos casados. Dice que, tal vez, debería darle una segunda oportunidad. Es fácil decirlo, pero yo no creo que pudiera volver a confiar en él.
—Pero no lo sabes seguro —observó Matías.
—El terapeuta de Nico dice que debo explorar mis sentimientos, porque la muerte de Mariana y de Gonzalo no me ha permitido resolver nada. Estoy segura de que tiene razón, pero ahora hay otro problema.
—Nico.
—Así es. Cuando Santiago me pidió que me casara con él, ninguno de los dos podíamos imaginar que yo iba a adoptar a Nico. Estoy segura de que él no tenía en mente ser padre tan pronto, y menos de un hijo de otras personas. Incluso si decido salir con él de nuevo, no daría ningún paso más hasta que lo conociera bien y se sintiera cómodo con él.
—¿Cuándo regresan? —preguntó Matías después de una pausa.
—El sábado. Planeo ir a Merced y quedarnos a dormir. Nuestro vuelo sale temprano por la mañana. Tengo que estar de regreso para presentar mi dimisión formal el martes. Y, si hay posibilidad de que Steven y yo podamos arreglar las cosas, debo escuchar lo que tiene que decirme. Al menos, eso me aconseja el psiquiatra, si no, estaré toda la vida preguntándome qué habría pasado si…
—Es un buen psiquiatra.
—Después de que el señor Alfonso nos lleve a El Capitán, veremos si el consejo del doctor Karsh ha funcionado y las pesadillas de Nico desaparecen.
—Eso esperamos todos.
—Matías, gracias por todo lo que has hecho. Y por escucharme. No lo olvidaré.
—Me alegro de que vinieran al parque. Ha sido de ayuda para todos —afirmó él.
Paula sonrió.
—Buena suerte con todo —dijo Matías y se puso en pie—. No. No te levantes. Nico lo está pasando muy bien en la piscina. Que tengan buen viaje.
—Buena suerte para tí también, Matías.
Pedro estaba terminándose el último pedazo de un sandwich de atún cuando sonó su móvil. Miró quién llamaba y contestó.
—¿Qué haces llamándome? Te imaginaba montando a caballo y pasándolo bien —dijo, nada más descolgar.
Nunca se había puesto celoso de nadie y no pensaba empezar a hacerlo. Además, ¡Matías era su mejor amigo!
domingo, 22 de enero de 2017
Destinados: Capítulo 21
—No sabía que iba a venir con nosotros una chica.
—Es una sorpresa —dijo Matías, al mismo tiempo que le guiñaba un ojo a Paula.
—Qué emocionante, yo también quiero conocerla. Vamos —dijo ella y tomó a Nico de la mano.
Enseguida se pusieron en marcha en el todo terreno de Matías.
—El establo está a un par de kilómetros de aquí. ¿Has montado alguna vez a caballo, Nico?
—Monté en pony en el cumpleaños de Ramiro.
—¿Y te gustó? —preguntó Matías.
—Más o menos.
—Sí que te gustó —intervino Paula, girándose para mirar al niño.
—¿Ramiro es tu mejor amigo?
—No. Mi mejor amigo es Pedro.
—¿Tienes un amigo que se llama igual que el jefe?
Paula contuvo el aliento, sabiendo lo que se avecinaba.
—No. El jefe es mi mejor amigo —afirmó Nico tajante, como si Matías debiera haberlo sabido.
—Eres un niño con suerte.
—Lo sé.
El comportamiento de Nico estaba avergonzando a Paula. Se sintió aliviada cuando llegaron al establo. Matías los llevó a un corral donde los estaban esperando dos caballos y un pony. Sujetó las riendas del pony.
—¿Nico? Ésta es Daisy. Es de tu tamaño.
—Pepe dice que soy un chico mayor.
—Y lo eres —repuso Matías y lo levantó para sentarlo en la silla de montar.
Mientras, Paula se subió a la yegua que le sujetaba uno de los mozos del establo. Lo estaba pasando fatal por el comportamiento de Nico y le lanzó una mirada de advertencia.
—¿Puedes darle las gracias a Matías por ayudarte? Se ha molestado mucho por nosotros.
—Gracias —dijo Nico, bajando la vista.
Matías meneó la cabeza con gesto comprensivo, como si no tuviera importancia. A continuación, se subió a su caballo y se colocó junto a Nico. Tras enseñarle como sujetar las riendas correctamente, lanzó una mirada a Paula.
—Adelante.
El pony caminó junto al caballo de Matías mientras salían del corral. Siguieron un camino que pasaba junto a una verde pradera, rodeada de un denso bosque. Era una mañana preciosa. Paula deseó que Nico le permitiera disfrutarla. Nunca había visto a su sobrino comportarse así. Desde que había pasado el día con el jefe del parque, había cambiado y a ella no le gustaba ese cambio. Decidió no prestar atención a la rabieta del niño y se colocó al otro lado de Matías. Durante media hora, cabalgaron al paso mientras él les señalaba las famosas formaciones de granito de Yosemite.
—Es espectacular —dijo ella, conmovida por la belleza del paisaje.
—¡Pepe escaló todas esas pendientes con su abuelo! —anunció Nico.
—¿De veras? —replicó ella, sintiéndose realmente avergonzada.
—¡Cientos de veces!
—¿Cientos? —preguntó Matías con cara de póquer.
—Sí. ¡Lo ha hecho todo! Pau, ¿Podemos volver ya para nadar? Estoy cansado y tengo sed.
Matías supo que había llegado el momento de tirar la toalla. Se detuvo y le tendió al niño una botella de agua.
—Bébetela toda. Es tuya.
—Gracias.
Por suerte, su sobrino había recordado sus modales, se dijo Paula.
—De nada —repuso Matías.
Le tendió una botella a ella y sacó otra para él, que se bebió entera.
—Qué rica. Gracias —dijo Paula.
—Bueno. Vamos a regresar —indicó Matías.
—¡Hurra! ¡Quizá Pepe pueda nadar conmigo después de que termine de hablar con el súper… algo?
—¿El superintendente? —sugirió Matías.
—Sí. ¿Quién es ése?
—El jefe de todo el parque.
—Pensé que Pepe era el jefe.
—Los dos lo son, pero el superintendente no es guardabosques. Trabaja para el gobierno.
—¿Y eso le pone furioso?
Matías miró a Paula y ambos rieron.
—No lo sé —dijo Matías.
—Apuesto a que sí —declaró Nico.
—Es una sorpresa —dijo Matías, al mismo tiempo que le guiñaba un ojo a Paula.
—Qué emocionante, yo también quiero conocerla. Vamos —dijo ella y tomó a Nico de la mano.
Enseguida se pusieron en marcha en el todo terreno de Matías.
—El establo está a un par de kilómetros de aquí. ¿Has montado alguna vez a caballo, Nico?
—Monté en pony en el cumpleaños de Ramiro.
—¿Y te gustó? —preguntó Matías.
—Más o menos.
—Sí que te gustó —intervino Paula, girándose para mirar al niño.
—¿Ramiro es tu mejor amigo?
—No. Mi mejor amigo es Pedro.
—¿Tienes un amigo que se llama igual que el jefe?
Paula contuvo el aliento, sabiendo lo que se avecinaba.
—No. El jefe es mi mejor amigo —afirmó Nico tajante, como si Matías debiera haberlo sabido.
—Eres un niño con suerte.
—Lo sé.
El comportamiento de Nico estaba avergonzando a Paula. Se sintió aliviada cuando llegaron al establo. Matías los llevó a un corral donde los estaban esperando dos caballos y un pony. Sujetó las riendas del pony.
—¿Nico? Ésta es Daisy. Es de tu tamaño.
—Pepe dice que soy un chico mayor.
—Y lo eres —repuso Matías y lo levantó para sentarlo en la silla de montar.
Mientras, Paula se subió a la yegua que le sujetaba uno de los mozos del establo. Lo estaba pasando fatal por el comportamiento de Nico y le lanzó una mirada de advertencia.
—¿Puedes darle las gracias a Matías por ayudarte? Se ha molestado mucho por nosotros.
—Gracias —dijo Nico, bajando la vista.
Matías meneó la cabeza con gesto comprensivo, como si no tuviera importancia. A continuación, se subió a su caballo y se colocó junto a Nico. Tras enseñarle como sujetar las riendas correctamente, lanzó una mirada a Paula.
—Adelante.
El pony caminó junto al caballo de Matías mientras salían del corral. Siguieron un camino que pasaba junto a una verde pradera, rodeada de un denso bosque. Era una mañana preciosa. Paula deseó que Nico le permitiera disfrutarla. Nunca había visto a su sobrino comportarse así. Desde que había pasado el día con el jefe del parque, había cambiado y a ella no le gustaba ese cambio. Decidió no prestar atención a la rabieta del niño y se colocó al otro lado de Matías. Durante media hora, cabalgaron al paso mientras él les señalaba las famosas formaciones de granito de Yosemite.
—Es espectacular —dijo ella, conmovida por la belleza del paisaje.
—¡Pepe escaló todas esas pendientes con su abuelo! —anunció Nico.
—¿De veras? —replicó ella, sintiéndose realmente avergonzada.
—¡Cientos de veces!
—¿Cientos? —preguntó Matías con cara de póquer.
—Sí. ¡Lo ha hecho todo! Pau, ¿Podemos volver ya para nadar? Estoy cansado y tengo sed.
Matías supo que había llegado el momento de tirar la toalla. Se detuvo y le tendió al niño una botella de agua.
—Bébetela toda. Es tuya.
—Gracias.
Por suerte, su sobrino había recordado sus modales, se dijo Paula.
—De nada —repuso Matías.
Le tendió una botella a ella y sacó otra para él, que se bebió entera.
—Qué rica. Gracias —dijo Paula.
—Bueno. Vamos a regresar —indicó Matías.
—¡Hurra! ¡Quizá Pepe pueda nadar conmigo después de que termine de hablar con el súper… algo?
—¿El superintendente? —sugirió Matías.
—Sí. ¿Quién es ése?
—El jefe de todo el parque.
—Pensé que Pepe era el jefe.
—Los dos lo son, pero el superintendente no es guardabosques. Trabaja para el gobierno.
—¿Y eso le pone furioso?
Matías miró a Paula y ambos rieron.
—No lo sé —dijo Matías.
—Apuesto a que sí —declaró Nico.
Destinados: Capítulo 20
—No quiero ir. Quizá Pepe me deje sentarme en su despacho hasta que tú regreses. No lo molestaré.
—¿Sabes qué, jovencito? Rossiter se ha tomado muchas molestias por nosotros. Ha tenido que buscar caballos y que prepararlo todo. No quiero decepcionarlo. ¿Y tú? —preguntó ella en tono serio.
—No —contestó el niño, haciendo un puchero—. Pero no quiero ir —añadió y rompió a llorar.
—A veces, hay que hacer cosas que no queremos.
—¿Por qué?
—Nicolás Chaves, tú sabes por qué. Si vas a comportarte de esta manera, nos quedaremos en la habitación hoy y no veremos a nadie. Lo digo en serio —lo reprendió ella.
Mientras esperaba que Nico se decidiera, sonó su móvil. No reconoció el número que llamaba. Quizá fuera Matías. Si tenía que cancelar su excursión por una emergencia, eso resolvería aquella crisis mañanera. Tal vez fuera mejor así.
—¿Hola?
—¿Señorita Chaves? Soy Alfonso.
El pulso de ella se aceleró.
—¡Ah, hola!
—¿Es Matías? —preguntó Nico—. Espero que no pueda venir.
Paula frunció el ceño mirando al niño.
—Esperaba poder hablar con usted antes de su excursión con Rossiter—dijo Pedro.
Paula miró hacia la entrada del comedor.
—No ha llegado todavía. Nico y yo estamos aún desayunando.
—Bueno, seré rápido.
—¿Es Pepe? —preguntó Nico con gesto ansioso.
—¡Shh! —le ordenó Paula a su sobrino y le dió la espalda—. Disculpe. Por favor, continúe.
—He quedado con el piloto del helicóptero para que nos lleve a lo alto de El Capitán mañana a las siete de la mañana. Nico lo podrá ver todo de primera mano y preguntarle lo que quiera al piloto que formó parte del equipo de rescate el año pasado. No nos llevará más de una hora. ¿Por qué no lo habla con Nico? Si él no quiere ir, llámeme esta noche.
Paula se puso en pie.
—No hay problema. Necesita conocer la verdad. Estaremos preparados.
—Entonces, pasaré a recogerlos a las siete menos diez.
—Muchas gracias.
Nico se había levantado para ponerse delante de su tía.
—¿Puedo hablar con él? Por favor.
—Puedo oírlo —dijo Pedro, riendo—. Yo también quiero saludarlo. ¿Puede ponerse?
—Tiene usted más paciencia que yo. Un momento —dijo Paula y le tendió el teléfono a Nico—. Dí hola, pero no tardes mucho.
—No —repuso el niño y se llevó el teléfono a la oreja—. Hola, Pepe. ¡Soy yo!
Nico había vuelto a sonreír. Comenzó a reír por lo que estaban hablando. Parecía haberse olvidado por completo de ella.
—Hola —saludó una voz masculina detrás de ella. Sorprendida, se giró y vió allí a Matías, vestido con su uniforme.
—¿Cómo estás?
—Bien. ¿Nico está hablando con sus abuelos? —preguntó Matías en voz baja.
Paula meneó la cabeza y se alejó un poco de su sobrino.
—El señor Alfonso ha llamado. Cuando Nico se enteró de que era él, quiso ponerse —explicó ella. Quizá, tras hablar con el guardabosques, Nico estaría de mejor humor, pensó.
Mientras Nico estaba ocupado, aprovechó para ponerle al día a Matías sobre los preparativos que había hecho el señor Alfonso y por qué.
—Le estoy muy agradecida y espero que le sea de ayuda a Nico.
—Todos lo esperamos.
Temiendo que Nico se enredara demasiado al teléfono, lo llamó, tocándole el hombro. —Tienes que colgar ya. Matías ha venido a buscarnos.
—De acuerdo —contestó el niño, frunciendo el ceño—. Oye, Pepe, Pau dice que tenemos que irnos ya. Nos vemos luego. ¿Qué? ¿Cara de huevo? —repitió y rompió a reír—. Nos vemos luego, cara de riego —se despidió y le entregó el teléfono a su tía con reticencia.
—Hola, Nico —saludó Matías, sonriente—. Parece que el jefe y tú estabais teniendo una conversación muy divertida.
—Sí.
—¿Sabías que Daisy te está esperando? El niño ladeó la cabeza.
—¿Quién es?
—Sígueme y lo descubrirás.
—¿Sabes qué, jovencito? Rossiter se ha tomado muchas molestias por nosotros. Ha tenido que buscar caballos y que prepararlo todo. No quiero decepcionarlo. ¿Y tú? —preguntó ella en tono serio.
—No —contestó el niño, haciendo un puchero—. Pero no quiero ir —añadió y rompió a llorar.
—A veces, hay que hacer cosas que no queremos.
—¿Por qué?
—Nicolás Chaves, tú sabes por qué. Si vas a comportarte de esta manera, nos quedaremos en la habitación hoy y no veremos a nadie. Lo digo en serio —lo reprendió ella.
Mientras esperaba que Nico se decidiera, sonó su móvil. No reconoció el número que llamaba. Quizá fuera Matías. Si tenía que cancelar su excursión por una emergencia, eso resolvería aquella crisis mañanera. Tal vez fuera mejor así.
—¿Hola?
—¿Señorita Chaves? Soy Alfonso.
El pulso de ella se aceleró.
—¡Ah, hola!
—¿Es Matías? —preguntó Nico—. Espero que no pueda venir.
Paula frunció el ceño mirando al niño.
—Esperaba poder hablar con usted antes de su excursión con Rossiter—dijo Pedro.
Paula miró hacia la entrada del comedor.
—No ha llegado todavía. Nico y yo estamos aún desayunando.
—Bueno, seré rápido.
—¿Es Pepe? —preguntó Nico con gesto ansioso.
—¡Shh! —le ordenó Paula a su sobrino y le dió la espalda—. Disculpe. Por favor, continúe.
—He quedado con el piloto del helicóptero para que nos lleve a lo alto de El Capitán mañana a las siete de la mañana. Nico lo podrá ver todo de primera mano y preguntarle lo que quiera al piloto que formó parte del equipo de rescate el año pasado. No nos llevará más de una hora. ¿Por qué no lo habla con Nico? Si él no quiere ir, llámeme esta noche.
Paula se puso en pie.
—No hay problema. Necesita conocer la verdad. Estaremos preparados.
—Entonces, pasaré a recogerlos a las siete menos diez.
—Muchas gracias.
Nico se había levantado para ponerse delante de su tía.
—¿Puedo hablar con él? Por favor.
—Puedo oírlo —dijo Pedro, riendo—. Yo también quiero saludarlo. ¿Puede ponerse?
—Tiene usted más paciencia que yo. Un momento —dijo Paula y le tendió el teléfono a Nico—. Dí hola, pero no tardes mucho.
—No —repuso el niño y se llevó el teléfono a la oreja—. Hola, Pepe. ¡Soy yo!
Nico había vuelto a sonreír. Comenzó a reír por lo que estaban hablando. Parecía haberse olvidado por completo de ella.
—Hola —saludó una voz masculina detrás de ella. Sorprendida, se giró y vió allí a Matías, vestido con su uniforme.
—¿Cómo estás?
—Bien. ¿Nico está hablando con sus abuelos? —preguntó Matías en voz baja.
Paula meneó la cabeza y se alejó un poco de su sobrino.
—El señor Alfonso ha llamado. Cuando Nico se enteró de que era él, quiso ponerse —explicó ella. Quizá, tras hablar con el guardabosques, Nico estaría de mejor humor, pensó.
Mientras Nico estaba ocupado, aprovechó para ponerle al día a Matías sobre los preparativos que había hecho el señor Alfonso y por qué.
—Le estoy muy agradecida y espero que le sea de ayuda a Nico.
—Todos lo esperamos.
Temiendo que Nico se enredara demasiado al teléfono, lo llamó, tocándole el hombro. —Tienes que colgar ya. Matías ha venido a buscarnos.
—De acuerdo —contestó el niño, frunciendo el ceño—. Oye, Pepe, Pau dice que tenemos que irnos ya. Nos vemos luego. ¿Qué? ¿Cara de huevo? —repitió y rompió a reír—. Nos vemos luego, cara de riego —se despidió y le entregó el teléfono a su tía con reticencia.
—Hola, Nico —saludó Matías, sonriente—. Parece que el jefe y tú estabais teniendo una conversación muy divertida.
—Sí.
—¿Sabías que Daisy te está esperando? El niño ladeó la cabeza.
—¿Quién es?
—Sígueme y lo descubrirás.
Destinados: Capítulo 19
—Te equivocas. Después de lo que les pasó, me gusta poder hacer algo por el niño. Eso me ayudará a dormir mejor.
—Amén. Nos vemos el sábado.
Después de colgar, Pedro se sentó en la cama con la cabeza gacha y las manos entrelazadas entre las piernas. Lo cierto era que se sentía un poco desilusionado porque Nico y su preciosa tía tuvieran que irse de Yosemite tan pronto. Él llevaba años sin disfrutar de la vida de veras. Y ese día había sido una de esas raras ocasiones. Nico era un milagro, pensó, recordando la plegaria del pequeño. «Y, por favor, bendice a Pepe. Es mi mejor amigo. Amén».
Demasiado inquieto como para dormir, se levantó de la cama y fue a la cocina por un vaso de agua. Se apoyó en el mostrador para mirar por la ventana. Hacía una noche preciosa, pero las estrellas se verían todavía mejor desde uno de los cerros. A Paula le encantaría. Y a él le encantaría perderse en sus ojos verdes mientras ella miraba al cielo. También a Nico le encantaría. El niño era muy listo y él disfrutaría mucho mostrándole las constelaciones. Nunca podía predecir qué pregunta podía ocurrírsele al niño a continuación.
Nico lo había entretenido todo el día, queriendo saber cosas como qué hacía que el viento se moviera, por qué estaba calva el águila, por qué la gente se hacía mayor o por qué no podían vivir en el parque. La última pregunta le había hecho pensar. El niño adoraba la naturaleza. Había aprendido mucho en su viaje a Everglades y se lo había demostrado de muchas maneras. La mayoría de los niños, al ver un nido en un pino, habría querido subir al árbol para tomar uno de los huevos o, al menos, verlos de cerca. Pero Nico, no. Sin que hiciera falta decirle nada, se había apostado a una distancia razonable para esperar que la madre regresara al nido. Se veía reflejado a sí mismo en Nico y en cómo el niño disfrutaba con la naturaleza. Tanto, que se le encogía el corazón.
Él había heredado muchas cosas de su abuelo, como su amor por la naturaleza. Tener el parque junto a su casa había hecho que cualquier otro destino dejara de ser apetecible. Aquél era su hogar. Significara lo que significara la profecía del jefe Samuel, nunca se iría de allí. En cierta forma, se sentía orgulloso porque a Nico le gustara Yosemite. Teniendo en cuenta que los padres del niño habían muerto allí, era bastante increíble. Todavía más impresionante era el valor de su tía. Conocer los detalles de la muerte de su hermano y su cuñada, sin duda, le habría dolido mucho. Sin embargo, había perseverado a causa de su amor por su sobrino. Una extraña sensación de pérdida lo invadió ante la idea de que se fuera tan pronto. Paula era una mujer excepcional. Saber lo valioso que era para ella su sobrino, pues incluso había abandonado su trabajo por él, y que, aun así, le hubieraconfiado su cuidado durante un día completo, demostraba que era una mujer con gran capacidad de perdón y con una enorme fe. Tras apurar el vaso de agua, se fue a la cama. Al día siguiente tenía un gran día por delante. En apariencia, Matías también…
Cuando su amigo había acompañado a Paula a las oficinas, no le había dado importancia. No había cuestionado que Matías hubiera querido cuidar al niño durante la entrevista privada que él había tenido con su tía. Ni le había preocupado que Matías cenara con Nico y ella, pues sabía que Leonardo le había pedido que la vigilara. Era comprensible. Hasta ese momento.
Que su mejor amigo fuera a pasar tiempo con ella montando a caballo por la mañana había sido una sorpresa para él. Por alguna razón inexplicable, saberlo no sólo le molestaba, sino que lo irritaba. Sabía que su reacción era irracional. Sumido en sus pensamientos, colocó la almohada, intentando ponerse cómodo. Era un país libre. Matías tenía todo el derecho a cortejar a una mujer bonita. De hecho, él se alegraba. Su amigo guardabosques era un hombre demasiado bueno como para pasar el resto de su vida amargado por el divorcio, incapaz de rehacer su vida.
¿Se sentiría Matías atraído por Paula, igual que le sucedía a él? ¿Qué hombre podría resistirse a sus encantos? ¿O, tal vez, estaría intentando expiar su culpa por lo que les había pasado a los padres de Nico? La respuesta no importaba, se dijo, pues ella se iría dentro de dos días. Apenas había tiempo para que pudiera suceder nada entre ellos. Siempre que ella no se sintiera atraída por Matías.
Esa noche, cuando él le había deseado buenas noches en el pasillo, no había tenido la sensación de que Paula hubiera estado pensando en Matías. También había notado cómo ella lo había mirado cuando Nico había dicho que Karen había muerto en la guerra. ¿Qué habría pensado ella en ese momento? Le encantaría descubrirlo, se dijo. ¿Pero para qué? Para nada en absoluto. Él ya había perdido a Karen. De ningún modo quería volver a amar a nadie de la misma manera, cuando no era posible garantizar un final felíz. Si Matías era tan tonto como para tropezar dos veces con la misma piedra, era problema suyo.
Nico había estado muy bien hasta esa mañana. Paula miró el plato de comida que el niño no había tocado desde que se habían sentado a desayunar en el comedor.
—Matías llegará dentro de unos minutos. Si no comes, no tendrás fuerzas para montar a caballo.
Nico se recostó en su silla.
—Amén. Nos vemos el sábado.
Después de colgar, Pedro se sentó en la cama con la cabeza gacha y las manos entrelazadas entre las piernas. Lo cierto era que se sentía un poco desilusionado porque Nico y su preciosa tía tuvieran que irse de Yosemite tan pronto. Él llevaba años sin disfrutar de la vida de veras. Y ese día había sido una de esas raras ocasiones. Nico era un milagro, pensó, recordando la plegaria del pequeño. «Y, por favor, bendice a Pepe. Es mi mejor amigo. Amén».
Demasiado inquieto como para dormir, se levantó de la cama y fue a la cocina por un vaso de agua. Se apoyó en el mostrador para mirar por la ventana. Hacía una noche preciosa, pero las estrellas se verían todavía mejor desde uno de los cerros. A Paula le encantaría. Y a él le encantaría perderse en sus ojos verdes mientras ella miraba al cielo. También a Nico le encantaría. El niño era muy listo y él disfrutaría mucho mostrándole las constelaciones. Nunca podía predecir qué pregunta podía ocurrírsele al niño a continuación.
Nico lo había entretenido todo el día, queriendo saber cosas como qué hacía que el viento se moviera, por qué estaba calva el águila, por qué la gente se hacía mayor o por qué no podían vivir en el parque. La última pregunta le había hecho pensar. El niño adoraba la naturaleza. Había aprendido mucho en su viaje a Everglades y se lo había demostrado de muchas maneras. La mayoría de los niños, al ver un nido en un pino, habría querido subir al árbol para tomar uno de los huevos o, al menos, verlos de cerca. Pero Nico, no. Sin que hiciera falta decirle nada, se había apostado a una distancia razonable para esperar que la madre regresara al nido. Se veía reflejado a sí mismo en Nico y en cómo el niño disfrutaba con la naturaleza. Tanto, que se le encogía el corazón.
Él había heredado muchas cosas de su abuelo, como su amor por la naturaleza. Tener el parque junto a su casa había hecho que cualquier otro destino dejara de ser apetecible. Aquél era su hogar. Significara lo que significara la profecía del jefe Samuel, nunca se iría de allí. En cierta forma, se sentía orgulloso porque a Nico le gustara Yosemite. Teniendo en cuenta que los padres del niño habían muerto allí, era bastante increíble. Todavía más impresionante era el valor de su tía. Conocer los detalles de la muerte de su hermano y su cuñada, sin duda, le habría dolido mucho. Sin embargo, había perseverado a causa de su amor por su sobrino. Una extraña sensación de pérdida lo invadió ante la idea de que se fuera tan pronto. Paula era una mujer excepcional. Saber lo valioso que era para ella su sobrino, pues incluso había abandonado su trabajo por él, y que, aun así, le hubieraconfiado su cuidado durante un día completo, demostraba que era una mujer con gran capacidad de perdón y con una enorme fe. Tras apurar el vaso de agua, se fue a la cama. Al día siguiente tenía un gran día por delante. En apariencia, Matías también…
Cuando su amigo había acompañado a Paula a las oficinas, no le había dado importancia. No había cuestionado que Matías hubiera querido cuidar al niño durante la entrevista privada que él había tenido con su tía. Ni le había preocupado que Matías cenara con Nico y ella, pues sabía que Leonardo le había pedido que la vigilara. Era comprensible. Hasta ese momento.
Que su mejor amigo fuera a pasar tiempo con ella montando a caballo por la mañana había sido una sorpresa para él. Por alguna razón inexplicable, saberlo no sólo le molestaba, sino que lo irritaba. Sabía que su reacción era irracional. Sumido en sus pensamientos, colocó la almohada, intentando ponerse cómodo. Era un país libre. Matías tenía todo el derecho a cortejar a una mujer bonita. De hecho, él se alegraba. Su amigo guardabosques era un hombre demasiado bueno como para pasar el resto de su vida amargado por el divorcio, incapaz de rehacer su vida.
¿Se sentiría Matías atraído por Paula, igual que le sucedía a él? ¿Qué hombre podría resistirse a sus encantos? ¿O, tal vez, estaría intentando expiar su culpa por lo que les había pasado a los padres de Nico? La respuesta no importaba, se dijo, pues ella se iría dentro de dos días. Apenas había tiempo para que pudiera suceder nada entre ellos. Siempre que ella no se sintiera atraída por Matías.
Esa noche, cuando él le había deseado buenas noches en el pasillo, no había tenido la sensación de que Paula hubiera estado pensando en Matías. También había notado cómo ella lo había mirado cuando Nico había dicho que Karen había muerto en la guerra. ¿Qué habría pensado ella en ese momento? Le encantaría descubrirlo, se dijo. ¿Pero para qué? Para nada en absoluto. Él ya había perdido a Karen. De ningún modo quería volver a amar a nadie de la misma manera, cuando no era posible garantizar un final felíz. Si Matías era tan tonto como para tropezar dos veces con la misma piedra, era problema suyo.
Nico había estado muy bien hasta esa mañana. Paula miró el plato de comida que el niño no había tocado desde que se habían sentado a desayunar en el comedor.
—Matías llegará dentro de unos minutos. Si no comes, no tendrás fuerzas para montar a caballo.
Nico se recostó en su silla.
Destinados: Capítulo 18
—Puedo asegurarle que su explicación le ha ayudado a comenzar a curarse. Saber que sus padres no sufrieron dolor es muy importante para él. Sin embargo, antes de que regresemos a Florida, el terapeuta cree que Nico necesita ver el lugar exacto donde murieron. Cree que, al visualizarlo en la realidad, desaparecerán sus miedos imaginarios.
—Su terapeuta parece muy bueno. Por desgracia, El Capitán no es sitio para niños.
—Lo sé. Lo vimos cuando veníamos para acá —repuso Paula. La formación rocosa vertical, de cuatro mil metros de altura, era peligrosa—. Él no sabe que es el lugar donde ocurrió el accidente. Mis padres y yo le hemos ocultado los detalles, pero según el doctor Karsh no ha sido buena idea.
El guardabosques la observó pensativo.
—Déjeme pensar en ello y la llamaré mañana.
—Gracias —contestó ella, con la boca seca por el nerviosismo—. Sé que ha sido un día agotador para usted. Se lo agradezco.
—Nico lo ha pasado muy bien, pero no crea que no la ha echado de menos. Sólo hablaba de su tía Pau. Cualquiera que lo hubiera escuchado habría pensado que usted es su madre. Ojalá todos los niños huérfanos tuvieran tanta suerte.
—Gracias —susurró ella—. Estoy en proceso de adoptarlo. Espero poder hacerlo pronto.
—Entonces, es todavía más afortunado. ¿Cuándo regresan a Miami?
—El domingo por la mañana. Pasaremos el sábado por la noche en Merced. Nico no lo sabe todavía. Piensa que va a ir de acampada con usted. ¿Fue idea suya?
—Yo le dije que teníamos que hablar con usted sobre sus planes de viaje. Si le parece bien, podemos ir los tres de acampada.
Al pensar en estar a solas con el guardabosques, Paula se sonrojó.
—Me temo que no habrá tiempo para ello. Pero, como le ha escuchado decir, Nico piensa que usted es un gran hombre, todavía más que el señor Plot. No tiene ni idea de lo que significa eso para él.
Pedro se frotó la mandíbula.
—¿Por qué se van tan pronto? Hay muchas cosas que ver en el parque.
—Créame, me gustaría pasar el verano aquí. Es un paraíso, pero tengo que trabajar —repuso ella, emocionada por la sugerencia del señor Alfonso—. Mi padre está enfermo. No me gusta dejarlo demasiado tiempo con mi madre. Y Nico es la alegría de su vida.
—¿Pau? —llamó el niño desde dentro de la habitación.
Paula miró al techo fingiendo exasperación y Pedro sonrió.
—Buenas noches, señorita Chaves.
—Buenas noches.
Había sido un gran día para él, pensó Pedro, mientras caminaba bajo el cielo nocturno. Nunca había pasado el día con un niño, ni mucho menos había sido su único responsable. El niño huérfano, que había sido como un fantasma que lo había acosado durante el último año, se había convertido en un niño real. Nicolás Chaves era el niño más dulce que había conocido y le había llegado al corazón. Saber que había sufrido tanto sólo reforzaba su decisión de hacer lo que fuera para ayudarlo.
Paula le había confiado un problema que debía ser resuelto mientras Nico y ella estuvieran en el parque. Por el camino, decidió que lo organizaría todo para el sábado por la mañana, antes de que se fueran a Merced. Con la atractiva imagen de Paula en la mente, se desvistió para ducharse. Luego, tras ponerse los pantalones de pijama, escuchó los mensajes de su contestador. No había nada urgente que no pudiera esperar al día siguiente. Entonces, telefoneó al piloto que los había llevado en helicóptero en la misión de rescate el año anterior a El Capitán.
—¿Patricio?
—¿Qué hay, jefe?
—Siento molestarte a estas horas, pero ha surgido una pequeña emergencia. Me gustaría pedirte tu opinión.
—Adelante.
Pedro le detalló la situación de los Chaves y su plan.
—El psiquiatra del niño piensa que necesita ver el lugar donde sus padres murieron y hablar con la gente que los vio. Como pilotabas el helicóptero cuando los encontramos, sólo tú puedes darle a Nico ciertas respuestas. Su muerte lo ha traumatizado.
El otro hombre silbó.
—Pobre chico. Claro, lo haré. Si fuera mi hijo, me gustaría que le ofrecieran toda la ayuda posible para recuperarse.
—Eres un buen hombre —dijo Pedro—. ¿Cómo tienes la mañana del sábado?
—Estoy libre.
Aunque no lo hubiera estado, sabía que el piloto había convertido a Nico en su prioridad. Todos los empleados del parque compartían la misma tristeza por lo sucedido. La muerte de los Chaves nunca sería olvidada.
—Si despegamos a las siete, habrá menos viento.
—Allí estaremos. Te debo una, Patricio.
—Su terapeuta parece muy bueno. Por desgracia, El Capitán no es sitio para niños.
—Lo sé. Lo vimos cuando veníamos para acá —repuso Paula. La formación rocosa vertical, de cuatro mil metros de altura, era peligrosa—. Él no sabe que es el lugar donde ocurrió el accidente. Mis padres y yo le hemos ocultado los detalles, pero según el doctor Karsh no ha sido buena idea.
El guardabosques la observó pensativo.
—Déjeme pensar en ello y la llamaré mañana.
—Gracias —contestó ella, con la boca seca por el nerviosismo—. Sé que ha sido un día agotador para usted. Se lo agradezco.
—Nico lo ha pasado muy bien, pero no crea que no la ha echado de menos. Sólo hablaba de su tía Pau. Cualquiera que lo hubiera escuchado habría pensado que usted es su madre. Ojalá todos los niños huérfanos tuvieran tanta suerte.
—Gracias —susurró ella—. Estoy en proceso de adoptarlo. Espero poder hacerlo pronto.
—Entonces, es todavía más afortunado. ¿Cuándo regresan a Miami?
—El domingo por la mañana. Pasaremos el sábado por la noche en Merced. Nico no lo sabe todavía. Piensa que va a ir de acampada con usted. ¿Fue idea suya?
—Yo le dije que teníamos que hablar con usted sobre sus planes de viaje. Si le parece bien, podemos ir los tres de acampada.
Al pensar en estar a solas con el guardabosques, Paula se sonrojó.
—Me temo que no habrá tiempo para ello. Pero, como le ha escuchado decir, Nico piensa que usted es un gran hombre, todavía más que el señor Plot. No tiene ni idea de lo que significa eso para él.
Pedro se frotó la mandíbula.
—¿Por qué se van tan pronto? Hay muchas cosas que ver en el parque.
—Créame, me gustaría pasar el verano aquí. Es un paraíso, pero tengo que trabajar —repuso ella, emocionada por la sugerencia del señor Alfonso—. Mi padre está enfermo. No me gusta dejarlo demasiado tiempo con mi madre. Y Nico es la alegría de su vida.
—¿Pau? —llamó el niño desde dentro de la habitación.
Paula miró al techo fingiendo exasperación y Pedro sonrió.
—Buenas noches, señorita Chaves.
—Buenas noches.
Había sido un gran día para él, pensó Pedro, mientras caminaba bajo el cielo nocturno. Nunca había pasado el día con un niño, ni mucho menos había sido su único responsable. El niño huérfano, que había sido como un fantasma que lo había acosado durante el último año, se había convertido en un niño real. Nicolás Chaves era el niño más dulce que había conocido y le había llegado al corazón. Saber que había sufrido tanto sólo reforzaba su decisión de hacer lo que fuera para ayudarlo.
Paula le había confiado un problema que debía ser resuelto mientras Nico y ella estuvieran en el parque. Por el camino, decidió que lo organizaría todo para el sábado por la mañana, antes de que se fueran a Merced. Con la atractiva imagen de Paula en la mente, se desvistió para ducharse. Luego, tras ponerse los pantalones de pijama, escuchó los mensajes de su contestador. No había nada urgente que no pudiera esperar al día siguiente. Entonces, telefoneó al piloto que los había llevado en helicóptero en la misión de rescate el año anterior a El Capitán.
—¿Patricio?
—¿Qué hay, jefe?
—Siento molestarte a estas horas, pero ha surgido una pequeña emergencia. Me gustaría pedirte tu opinión.
—Adelante.
Pedro le detalló la situación de los Chaves y su plan.
—El psiquiatra del niño piensa que necesita ver el lugar donde sus padres murieron y hablar con la gente que los vio. Como pilotabas el helicóptero cuando los encontramos, sólo tú puedes darle a Nico ciertas respuestas. Su muerte lo ha traumatizado.
El otro hombre silbó.
—Pobre chico. Claro, lo haré. Si fuera mi hijo, me gustaría que le ofrecieran toda la ayuda posible para recuperarse.
—Eres un buen hombre —dijo Pedro—. ¿Cómo tienes la mañana del sábado?
—Estoy libre.
Aunque no lo hubiera estado, sabía que el piloto había convertido a Nico en su prioridad. Todos los empleados del parque compartían la misma tristeza por lo sucedido. La muerte de los Chaves nunca sería olvidada.
—Si despegamos a las siete, habrá menos viento.
—Allí estaremos. Te debo una, Patricio.
Destinados: Capítulo 17
Para alivio de Paula, su invitado cambió de tema y empezó a hacer preguntas sobre los amigos de Nico y su escuela.
—¿Cómo dijiste que se llamaba tu maestro?
—Señor Plot.
—Eso creía —repuso Pedro, sonriendo.
—Tiene el pelo largo y lleva cola de caballo —señaló Paula.
—Sí. A la mamá de Ramiro no le gusta. Lo cambió a clase de la señora Chandler.
—¿El señor Plot es buen maestro?
—Sí. Nos ha leído Los conejitos locos.
—¿Están locos de verdad?
—Sí. Se van a nadar con la ropa de esquiar y pintan huevos de Pascua en Navidad. —Parece una familia muy loca.
—Sí. Voy a por él —se ofreció Nico y se levantó de la silla para ir a buscar el cuento—. Mira, Pau me lo compró. ¿Quieres leerlo?
Pedro asintió. Nico le señaló todas las cosas graciosas de la cubierta y él rió. Cuando empezó a leer en voz alta, Paula esperó a que rompiera a reír. No tuvo que esperar mucho. Era imposible leer aquella historia tan alocada sin reír y Pedro no la decepcionó. En cuestión de minutos, los tres estaban riendo a carcajadas. Secándose las lágrimas de risa, ella se levantó de la silla.
—Muy bien, jovencito. Es hora de ir a la cama. Ve a lavarte los dientes. Yo te arroparé.
—Quiero que lo haga Pepe.
—¡Ya es suficiente! —lo reprendió ella, frunciendo el ceño.
Su sobrino la miró cabizbajo. Pedro lanzó una rápida mirada a Paula y, luego, posó los ojos en el niño.
—Si obedeces a tu tía, me quedaré hasta que reces tus oraciones.
Con ese incentivo, Nico corrió al baño.
—Antes de que el niño vuelva, quiero disculparme por cómo reaccioné en su despacho ayer. Por favor, perdóneme. Dije cosas sin pensar y lo culpé de algo que fue culpa de mi hermano. Cuando le contó a Nico lo que ocurrió, me sentí muy avergonzada.
Pedro se frotó la nuca.
—Me temo que ninguno de los dos estábamos en nuestro mejor momento. Desde que ocurrió he convivido con un hondo sentimiento de culpa. Conocerlasignificaba enfrentarme a mi peor pesadilla. Estaba preparado para soportar sus imprecaciones. De hecho, estaba deseándolo.
—Gracias por su comprensión y por la forma en que habló con Nico. El día de hoy ha sido muy importante para él. Le estoy muy agradecida —confesó ella y le tembló la voz—. Yo…
El pequeño entró en la habitación, interrumpiéndola.
—¡Ya estoy!
Paula abrió una de las camas mientras el niño se ponía de rodillas para rezar sus oraciones. Cuando su tía pensó que ya había terminado de bendecir a todos sus seres queridos, el pequeño añadió:
—Y, por favor, bendice a Pepe. Es mi mejor amigo. Amén.
Sus palabras le llegaron al alma y supo que lo mismo le había sucedido al guardabosques.
—Amen —dijo Pedro, emocionado.
Nico se metió en la cama y se tapó hasta la barbilla.
—¿Pepe? ¿Puedo ir a visitarte mañana?
—¡No! —respondió Paula. Había estado esperando el momento en que su sobrino hiciera esa pregunta—. Tiene que trabajar. Además, vamos a ir a montar a caballo con Matías por la mañana.
—No quiero ir —replicó Nico con lágrimas en los ojos.
—Hablaremos de ello más tarde. Despídete del señor Alfonso.
—Buenas noches, Pepe. Gracias por enseñarme el águila.
—De nada. Yo lo he pasado mejor que tú —aseguró Pedro y le chocó la palma de la mano al niño.
Salió de la habitación y sacó el carrito de la comida al pasillo. Paula lo acompañó y entrecerró la puerta.
—Antes de que se vaya, hay algo que quiero explicarle.
—No tengo prisa —respondió él y se quedó parado, con las manos en las caderas.
Ella lo miró a los ojos.
—He traído a Nico siguiendo el consejo del psiquiatra, con la esperanza de que obtuviera las respuestas a las preguntas que lo inquietaban y, así, calmar sus pesadillas. Después de que Mariana y Gonzalo murieran, el pequeño se derrumbó — señaló, y le explicó lo difíciles que habían sido las cosas para Nico durante el último año.
El guardabosques frunció el ceño al escucharla.
—Pobre chico.
—¿Cómo dijiste que se llamaba tu maestro?
—Señor Plot.
—Eso creía —repuso Pedro, sonriendo.
—Tiene el pelo largo y lleva cola de caballo —señaló Paula.
—Sí. A la mamá de Ramiro no le gusta. Lo cambió a clase de la señora Chandler.
—¿El señor Plot es buen maestro?
—Sí. Nos ha leído Los conejitos locos.
—¿Están locos de verdad?
—Sí. Se van a nadar con la ropa de esquiar y pintan huevos de Pascua en Navidad. —Parece una familia muy loca.
—Sí. Voy a por él —se ofreció Nico y se levantó de la silla para ir a buscar el cuento—. Mira, Pau me lo compró. ¿Quieres leerlo?
Pedro asintió. Nico le señaló todas las cosas graciosas de la cubierta y él rió. Cuando empezó a leer en voz alta, Paula esperó a que rompiera a reír. No tuvo que esperar mucho. Era imposible leer aquella historia tan alocada sin reír y Pedro no la decepcionó. En cuestión de minutos, los tres estaban riendo a carcajadas. Secándose las lágrimas de risa, ella se levantó de la silla.
—Muy bien, jovencito. Es hora de ir a la cama. Ve a lavarte los dientes. Yo te arroparé.
—Quiero que lo haga Pepe.
—¡Ya es suficiente! —lo reprendió ella, frunciendo el ceño.
Su sobrino la miró cabizbajo. Pedro lanzó una rápida mirada a Paula y, luego, posó los ojos en el niño.
—Si obedeces a tu tía, me quedaré hasta que reces tus oraciones.
Con ese incentivo, Nico corrió al baño.
—Antes de que el niño vuelva, quiero disculparme por cómo reaccioné en su despacho ayer. Por favor, perdóneme. Dije cosas sin pensar y lo culpé de algo que fue culpa de mi hermano. Cuando le contó a Nico lo que ocurrió, me sentí muy avergonzada.
Pedro se frotó la nuca.
—Me temo que ninguno de los dos estábamos en nuestro mejor momento. Desde que ocurrió he convivido con un hondo sentimiento de culpa. Conocerlasignificaba enfrentarme a mi peor pesadilla. Estaba preparado para soportar sus imprecaciones. De hecho, estaba deseándolo.
—Gracias por su comprensión y por la forma en que habló con Nico. El día de hoy ha sido muy importante para él. Le estoy muy agradecida —confesó ella y le tembló la voz—. Yo…
El pequeño entró en la habitación, interrumpiéndola.
—¡Ya estoy!
Paula abrió una de las camas mientras el niño se ponía de rodillas para rezar sus oraciones. Cuando su tía pensó que ya había terminado de bendecir a todos sus seres queridos, el pequeño añadió:
—Y, por favor, bendice a Pepe. Es mi mejor amigo. Amén.
Sus palabras le llegaron al alma y supo que lo mismo le había sucedido al guardabosques.
—Amen —dijo Pedro, emocionado.
Nico se metió en la cama y se tapó hasta la barbilla.
—¿Pepe? ¿Puedo ir a visitarte mañana?
—¡No! —respondió Paula. Había estado esperando el momento en que su sobrino hiciera esa pregunta—. Tiene que trabajar. Además, vamos a ir a montar a caballo con Matías por la mañana.
—No quiero ir —replicó Nico con lágrimas en los ojos.
—Hablaremos de ello más tarde. Despídete del señor Alfonso.
—Buenas noches, Pepe. Gracias por enseñarme el águila.
—De nada. Yo lo he pasado mejor que tú —aseguró Pedro y le chocó la palma de la mano al niño.
Salió de la habitación y sacó el carrito de la comida al pasillo. Paula lo acompañó y entrecerró la puerta.
—Antes de que se vaya, hay algo que quiero explicarle.
—No tengo prisa —respondió él y se quedó parado, con las manos en las caderas.
Ella lo miró a los ojos.
—He traído a Nico siguiendo el consejo del psiquiatra, con la esperanza de que obtuviera las respuestas a las preguntas que lo inquietaban y, así, calmar sus pesadillas. Después de que Mariana y Gonzalo murieran, el pequeño se derrumbó — señaló, y le explicó lo difíciles que habían sido las cosas para Nico durante el último año.
El guardabosques frunció el ceño al escucharla.
—Pobre chico.
Destinados: Capítulo 16
—Entonces, vamos a darle gusto. Entre.
Pedro la siguió dentro de la habitación y dejó la mochila del niño en la cama más cercana. Paula sacó un pijama limpio del cajón y se dirigió al baño. Por el rabillo del ojo, vió cómo él descolgaba el teléfono de la mesita. Después de habersetomado todo el día libre para estar con Nico, sin duda tendría una tonelada de mensajes en su despacho.
Nico ya había abierto los grifos y estaba enjabonándose.
—¿Dónde está Pepe?
—Está pidiendo la cena. Vamos, te lavaré el pelo. Lo tienes lleno de hierba y paja.
—Hemos tenido que arrastrarnos debajo de los árboles. Él me ha dejado usar sus prismáticos. Son muy potentes. Se puede ver el pico de águila desde kilómetros de distancia.
—¿Has visto un águila?
—Sí. Un águila dorada. Pepe dice que hemos sido muy afortunados. Era grande y tenía plumas doradas detrás de la cabeza.
—¡Qué emocionante!
—Sí. Hemos comido mantequilla de cacahuete y sándwiches de gelatina y patatas fritas. Estoy deseando ir con él el sábado.
Otra vez con eso. Pero Paula no quiso estropearle el día hablando de su regreso a casa. Al día siguiente por la mañana se lo diría, cuando hubiera descansado.
—Ya veo que lo has pasado genial.
—Sí. Pepe es divertido. Me ha enseñado la canción que solía cantarle su abuelo.
Paula estaba fascinada por el cambio que observaba en Nico. Tenía que darle las gracias al señor Alfonso por haber llenado a su sobrino de auto confianza.
—¿La recuerdas?
—Sólo me acuerdo de la primera parte —dijo el niño y puso voz grave—. Vivo bajo el viaducto, junto a las plantas de vinagre, pero no soy un tipo desagradable, porque, porque… —cantó y se interrumpió—. No recuerdo más.
Paula no pudo evitar reír ante su excelente imitación.
—Quizá sea mejor que no te acuerdes —bromeó ella—. Ya estás listo.
Ella quitó el tapón de la bañera y le tendió al niño una toalla. Nico estuvo pronto vestido con su pijama favorito, con estampado de coches, y deseando reunirse con el hombre que había en la habitación. Cuando salieron del baño, comprobó que el Pedro seguía al teléfono. En ese instante, alguien llamó a la puerta.
—¡Yo voy!
—¡No, Nico! —ordenó Paula. Se dirigió a la puerta y abrió. Un camarero del comedor estaba esperando, con un carro con comida—. Hola. Adelante.
Cuando el joven camarero entró, ella buscó en su bolso para darle una propina. Pedro ya había colgado el teléfono.
—Yo me ocuparé —le dijo Pedro a Paula.
Pedro se sacó un billete de la cartera y se lo dió al camarero, que lo reconoció enseguida.
—Gracias, jefe —dijo el camarero sonriendo, antes de salir.
Nico levantó la cara hacia Pedro.
—Conoces a todo el mundo, ¿Eh?
El guardabosques posó sus manos, fuertes y bronceadas, sobre los hombros de Nico.
—Tienes que conocer a la gente cuando estás al mando.
—Quiero ser como tú algún día —afirmó Nico.
Paula contuvo la respiración, esperando la respuesta de Pedro.
—No tengo ninguna duda de que cuando crezcas serás un hombre excelente, como tu papá.
—Pero él no era guardabosques.
—Un hombre de negocios también es importante. Estoy seguro de que la gente que lo conocía pensaba que era el mejor.
—Sí.
—¿Sabes qué, campeón? Huele a pizza con salami.
—¡Sí! —gritó Nico.
El momento serio había pasado. Paula llevó los platos a la mesa y los tres se sentaron. Habitualmente, Nico sólo se comía un par de pedazos, sin la corteza, pero esa noche se comió tres. Mientras tía y sobrino compartían una pizza mediana, su invitado demostró tener un gran apetito, devorando su pizza grande y su ensalada él solo.
—¿Pepe? ¿Las mujeres guardabosques ganan dinero?
—Ganan dinero igual que los hombres. ¿Por qué lo preguntas?
—Pau necesita ganar dine…
—¡Nico! —lo reprendió ella, enojada.
—Lo siento.
—Creí que trabajaba para una compañía de cruceros —dijo Pedro, mirándola con gesto de curiosidad.
—Ya no —explicó ella—. En cuanto lleguemos a casa, voy a buscar un trabajo nuevo para poder estar cerca de Nico.
Pedro la siguió dentro de la habitación y dejó la mochila del niño en la cama más cercana. Paula sacó un pijama limpio del cajón y se dirigió al baño. Por el rabillo del ojo, vió cómo él descolgaba el teléfono de la mesita. Después de habersetomado todo el día libre para estar con Nico, sin duda tendría una tonelada de mensajes en su despacho.
Nico ya había abierto los grifos y estaba enjabonándose.
—¿Dónde está Pepe?
—Está pidiendo la cena. Vamos, te lavaré el pelo. Lo tienes lleno de hierba y paja.
—Hemos tenido que arrastrarnos debajo de los árboles. Él me ha dejado usar sus prismáticos. Son muy potentes. Se puede ver el pico de águila desde kilómetros de distancia.
—¿Has visto un águila?
—Sí. Un águila dorada. Pepe dice que hemos sido muy afortunados. Era grande y tenía plumas doradas detrás de la cabeza.
—¡Qué emocionante!
—Sí. Hemos comido mantequilla de cacahuete y sándwiches de gelatina y patatas fritas. Estoy deseando ir con él el sábado.
Otra vez con eso. Pero Paula no quiso estropearle el día hablando de su regreso a casa. Al día siguiente por la mañana se lo diría, cuando hubiera descansado.
—Ya veo que lo has pasado genial.
—Sí. Pepe es divertido. Me ha enseñado la canción que solía cantarle su abuelo.
Paula estaba fascinada por el cambio que observaba en Nico. Tenía que darle las gracias al señor Alfonso por haber llenado a su sobrino de auto confianza.
—¿La recuerdas?
—Sólo me acuerdo de la primera parte —dijo el niño y puso voz grave—. Vivo bajo el viaducto, junto a las plantas de vinagre, pero no soy un tipo desagradable, porque, porque… —cantó y se interrumpió—. No recuerdo más.
Paula no pudo evitar reír ante su excelente imitación.
—Quizá sea mejor que no te acuerdes —bromeó ella—. Ya estás listo.
Ella quitó el tapón de la bañera y le tendió al niño una toalla. Nico estuvo pronto vestido con su pijama favorito, con estampado de coches, y deseando reunirse con el hombre que había en la habitación. Cuando salieron del baño, comprobó que el Pedro seguía al teléfono. En ese instante, alguien llamó a la puerta.
—¡Yo voy!
—¡No, Nico! —ordenó Paula. Se dirigió a la puerta y abrió. Un camarero del comedor estaba esperando, con un carro con comida—. Hola. Adelante.
Cuando el joven camarero entró, ella buscó en su bolso para darle una propina. Pedro ya había colgado el teléfono.
—Yo me ocuparé —le dijo Pedro a Paula.
Pedro se sacó un billete de la cartera y se lo dió al camarero, que lo reconoció enseguida.
—Gracias, jefe —dijo el camarero sonriendo, antes de salir.
Nico levantó la cara hacia Pedro.
—Conoces a todo el mundo, ¿Eh?
El guardabosques posó sus manos, fuertes y bronceadas, sobre los hombros de Nico.
—Tienes que conocer a la gente cuando estás al mando.
—Quiero ser como tú algún día —afirmó Nico.
Paula contuvo la respiración, esperando la respuesta de Pedro.
—No tengo ninguna duda de que cuando crezcas serás un hombre excelente, como tu papá.
—Pero él no era guardabosques.
—Un hombre de negocios también es importante. Estoy seguro de que la gente que lo conocía pensaba que era el mejor.
—Sí.
—¿Sabes qué, campeón? Huele a pizza con salami.
—¡Sí! —gritó Nico.
El momento serio había pasado. Paula llevó los platos a la mesa y los tres se sentaron. Habitualmente, Nico sólo se comía un par de pedazos, sin la corteza, pero esa noche se comió tres. Mientras tía y sobrino compartían una pizza mediana, su invitado demostró tener un gran apetito, devorando su pizza grande y su ensalada él solo.
—¿Pepe? ¿Las mujeres guardabosques ganan dinero?
—Ganan dinero igual que los hombres. ¿Por qué lo preguntas?
—Pau necesita ganar dine…
—¡Nico! —lo reprendió ella, enojada.
—Lo siento.
—Creí que trabajaba para una compañía de cruceros —dijo Pedro, mirándola con gesto de curiosidad.
—Ya no —explicó ella—. En cuanto lleguemos a casa, voy a buscar un trabajo nuevo para poder estar cerca de Nico.
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