A las tres de la tarde, en su habitación del hotel, Pedro estaba al teléfono marcando la extensión de Sara Hutchinson. Sara era la cocinera de Mariana, a quien Pedro conocía desde hacía años y cuyas trufas de chocolate le gustaban tanto como ella.
—Sara, soy Pedro Alfonso—dijo al oír su voz.
Charlaron durante unos minutos sobre la fiesta al aire libre y entonces Pedro fue directamente al grano.
—No sé dónde he puesto mi agenda... La señora Hayward está cenando esta noche con Paula Chaves, ¿Verdad? —esperó su respuesta con el corazón latiéndole tan deprisa que temía que ella pudiera oírlo a través del teléfono.
—Eso es. A las siete.
—¿Solas las dos?
—Es una cena privada, es lo que dijo la señora Hayward.
—Estupendo... Llamaré a Mariana por la mañana, entonces. No hay necesidad de mencionar esto, Sara; pensará que he tenido un despiste. ¿Qué tal están los nietos?
Él escuchó pacientemente las muchas virtudes de sus nietos y pasados unos minutos terminó la conversación. Lo único que tenía que hacer entonces era decidir un plan de acción. ¿Llegar inesperadamente a casa de Mariana? ¿O encontrar un bar, emborracharse y olvidarse de todo? Empezó a pasearse por la habitación, tan inquieto como un tigre enjaulado. ¿Por qué había llamado a Sara Hutchinson? ¿Por qué no podía, por una vez en la vida, aceptar que una mujer no quería acostarse con él? La respuesta era sencilla: porque deseaba a Paula como no había deseado jamás a ninguna mujer. ¿Podría ser así de simple? Paula se había mostrado tan ardiente entre sus brazos y al mismo tiempo tan asustada de su propia respuesta... Ninguna reacción había sido fingida, de eso estaba bien seguro. Al tocarla físicamente, él había tocado sus emociones. Era eso lo que la había asustado de tal manera. Así que con mucha inteligencia había reproducido los recortes, se había negado a cualquier posibilidad de fidelidad y se había largado. Le parecía que lo había engañado. Y él se lo había tragado. Pero no iba a volver a ocurrir. No pensaba quedarse cruzado de brazos y dejar que Paula Chaves desapareciera de su vida. La deseaba e iba a hacerla suya. Con sus condiciones. Lo cual quería decir que debía idear un plan de acción antes de las nueve y media de esa noche.
A las nueve y media, sin embargo, cuando Pedro tocó el pesado timbre de bronce de la puerta de casa de Mariana, le parecía que no tenía ningún plan. Tendría que arreglarselas como pudiera. Pero esa vez sería él quien llevara la voz cantante. Juan, el mayordomo, le abrió la puerta y lo acompañó al salón formal, donde los retratos de familia enmarcados en plata cubrían cada superficie disponible. Los muebles representaban, en su opinión, el peor exceso Victoriano que había visto en su vida. Por encima de la elaborada chimenea de hierro forjado, la enorme cabeza de un ciervo parecía mirarlo con arrogancia. Había una pintura junto a la chimenea, un pequeño óleo. Curioso, se acercó al cuadro a mirarlo. Un hombre encadenado, con la cabeza gacha, era conducido por tres guardias con armadura hacia la negra boca de una cueva. Supo instantáneamente que aquel prisionero no volvería a ver la luz del día. Era una de sus pesadillas recurrentes, pensaba mientras le sudaban las palmas de las manos y apretaba los puños: la pesadilla que lo había atormentado desde los once años. Con las piernas y los brazos pesados como el plomo, se volvió de espaldas al cuadro para contemplar una inocente acuarela de un prado soleado.
—¿Pepe? —exclamó Mariana al verlo— ¿Te ocurre algo? ¿Tus padres, quizás? Tienes un aspecto horrible.
Él se esforzó en encerrar la pesadilla en el lugar que le correspondía, en lo más profundo de su conciencia. Aunque Mariana conocía la razón que había detrás de ello, no conocía las repercusiones y él no iba a contárselo.
—No ha sido mi intención asustarte —le dijo él verdaderamente pesaroso—. Mis padres están bien. Estoy aquí porque necesito ver a Paula.
La sonrisa de Mariana se desvaneció como si alguien se la hubiera borrado de la cara.
—¿Cómo has sabido que estaría aquí?
—Se lo saqué a Sara, pero no debes regañarla. Paula y yo almorzamos hoy juntos, Mari. Pero no concretamos nuestra reunión siguiente. Mañana me marcho a Japón y ella va a regresar a Europa, así que me figuré que sería más sencillo si me presentaba en tu casa y la acompañaba de vuelta a su hotel. No quiero que desaparezca de mi vida —dijo con una sonrisa nostálgica—. Ella tiene algo que me hace tilín.
—Si ella no quiere que la lleves al hotel, no la voy a obligar —dijo Mariana con rotundidad.
Él vaciló.
—Sale con muchos hombres, o eso me ha dicho ella. Pero cuando la besé, se comportó como un conejillo asustado. ¿Tienes idea de por qué?
—¿Si la tuviera, crees que te lo contaría?
—No estoy dispuesto a hacerle daño, Mari.
—Entonces tal vez sea mejor que salgas por la puerta, Pepe.
—Me conoces desde que era pequeño —dijo él en tono áspero—. ¿Me has visto alguna vez ir detrás de una mujer?
viernes, 25 de noviembre de 2016
miércoles, 23 de noviembre de 2016
Seducción: Capítulo 10
—No quiero hacerte daño, Pedro. Y te haría daño si fueras tras de mí; porque, como acabas de señalar, nuestros valores son distintos. Así que voy a terminar esto ahora mismo, antes de que empiece.
—No dejo que las mujeres se acerquen lo bastante a mí como para hacerme daño —dijo él en tono de advertencia.
Ella se enfadó.
—¿Caramba, cómo es que no me sorprende?
—Debes de haberle hecho daño a alguno de esos hombres —dijo él.
—Ellos sabían en dónde se metían y estuvieron dispuestos a seguirme la corriente.
Pedro se dijo que debía salir de aquello con un poco de dignidad. ¿Cuál era la alternativa? ¿Rogarle? No, ése no era su estilo. Se mordió la lengua, la rabia le subía por la garganta con la amargura de la bilis.
—Así que vas a lo seguro. A ignorar ese beso como si jamás hubiera ocurrido.
Paula hizo un esfuerzo y consiguió no apartar la mirada de la suya.
—Eso es.
—Entonces no hay nada más que decir —Pedro tomó la cuchara y dio una cucharada de sabrosa sopa de tomate.
Ella continuaba con el pescado. Pedro se dijo con pesar que Paula no había perdido el apetito. ¿Y por qué perderlo? Al fin y al cabo, él no le importaba a ella en absoluto. Racionalmente debería admirarla por darle la espalda con tanta resolución a todo su dinero. Pero desgraciadamente, en ese momento se sentía tan racional como un náufrago a quien pusieran delante a Miss Estados Unidos.
Paula apuró su vino.
—Estás enfurruñado.
Él dejó la cuchara sobre la mesa con cuidado exagerado.
—Si no sabes diferenciar entre estar enfurruñado y la pasión auténtica, entonces eres peor de lo que yo sospechaba.
Ella se puso pálida. No habría adivinado que ella no conocía lo que era la pasión auténtica, ¿Verdad? Metió la mano en el bolso, sacó un billete y anunció con frialdad:
—Eso es para pagar mi almuerzo. Adiós, Pedro.
Retiró la silla, se dió media vuelta y se marchó. Sus caderas se balanceaban bajo el vuelo de la falda de flores. Con gran esfuerzo, Pedro se quedó donde estaba y hundió los dedos en la silla. No pensaba levantarse para ir tras de ella. Tomó su copa y apuró el contenido antes de continuar con su guiso de marisco. Jamás volvería a pedir cioppino. Ni tampoco se acostaría con Paula Chaves. Si aquello se reducía a una batalla de ingenios, iba a ser él quien quedara encima; no ella. Así que mejor sería olvidar las fantasías eróticas que no le habían dejado dormir en toda la noche.
La silla vacía que tenía enfrente no era ninguna fantasía, ni el billete de veinte dólares que había junto al plato de Paula. El dinero era el insulto final. Se lo daría al primer mendigo que se encontrara por la calle. A través de la ventana de cristal, observó las aguas de la bahía que brillaban al sol. Le pareció como si le hubieran presentado una joya de resplandor extremo. Pero antes de poder tocarla, se le había escapado.
—No dejo que las mujeres se acerquen lo bastante a mí como para hacerme daño —dijo él en tono de advertencia.
Ella se enfadó.
—¿Caramba, cómo es que no me sorprende?
—Debes de haberle hecho daño a alguno de esos hombres —dijo él.
—Ellos sabían en dónde se metían y estuvieron dispuestos a seguirme la corriente.
Pedro se dijo que debía salir de aquello con un poco de dignidad. ¿Cuál era la alternativa? ¿Rogarle? No, ése no era su estilo. Se mordió la lengua, la rabia le subía por la garganta con la amargura de la bilis.
—Así que vas a lo seguro. A ignorar ese beso como si jamás hubiera ocurrido.
Paula hizo un esfuerzo y consiguió no apartar la mirada de la suya.
—Eso es.
—Entonces no hay nada más que decir —Pedro tomó la cuchara y dio una cucharada de sabrosa sopa de tomate.
Ella continuaba con el pescado. Pedro se dijo con pesar que Paula no había perdido el apetito. ¿Y por qué perderlo? Al fin y al cabo, él no le importaba a ella en absoluto. Racionalmente debería admirarla por darle la espalda con tanta resolución a todo su dinero. Pero desgraciadamente, en ese momento se sentía tan racional como un náufrago a quien pusieran delante a Miss Estados Unidos.
Paula apuró su vino.
—Estás enfurruñado.
Él dejó la cuchara sobre la mesa con cuidado exagerado.
—Si no sabes diferenciar entre estar enfurruñado y la pasión auténtica, entonces eres peor de lo que yo sospechaba.
Ella se puso pálida. No habría adivinado que ella no conocía lo que era la pasión auténtica, ¿Verdad? Metió la mano en el bolso, sacó un billete y anunció con frialdad:
—Eso es para pagar mi almuerzo. Adiós, Pedro.
Retiró la silla, se dió media vuelta y se marchó. Sus caderas se balanceaban bajo el vuelo de la falda de flores. Con gran esfuerzo, Pedro se quedó donde estaba y hundió los dedos en la silla. No pensaba levantarse para ir tras de ella. Tomó su copa y apuró el contenido antes de continuar con su guiso de marisco. Jamás volvería a pedir cioppino. Ni tampoco se acostaría con Paula Chaves. Si aquello se reducía a una batalla de ingenios, iba a ser él quien quedara encima; no ella. Así que mejor sería olvidar las fantasías eróticas que no le habían dejado dormir en toda la noche.
La silla vacía que tenía enfrente no era ninguna fantasía, ni el billete de veinte dólares que había junto al plato de Paula. El dinero era el insulto final. Se lo daría al primer mendigo que se encontrara por la calle. A través de la ventana de cristal, observó las aguas de la bahía que brillaban al sol. Le pareció como si le hubieran presentado una joya de resplandor extremo. Pero antes de poder tocarla, se le había escapado.
Seducción: Capítulo 9
—Por las relaciones internacionales —dijo él con una sonrisa torcida.
—Por las fronteras internacionales —respondió ella, antes de dar un buen sorbo de vino—. Pedro, vamos a dejar esto claro de una vez, entonces tal vez podamos volver a disfrutar el uno de la compañía del otro. Lo que pasó ahí en la acera... Me ha dado mucho miedo. No quiero que vuelva a repetirse, ni quiero discutir las razones por las que me has asustado con ello. Y, por supuesto, confirma lo que ya te he dicho; que no estoy disponible. Nada de sexo, nada de aventuras. ¿Está claro?
Pedro se aguantó la rabia y le respondió en tono seco:
—Por supuesto que no lo he entendido; ¿Cómo puedo entenderlo si no tengo ni idea de por qué te he asustado tanto? Mi intención no ha sido desde luego ésa.
—Yo no he dicho que lo fuera —ella dió otro sorbo de vino con nerviosismo—. Somos dos extraños y lo seguiremos siendo. Es todo lo que digo.
—Yo quiero algo más que eso.
—No siempre consigue uno lo que quiere. Eres lo suficientemente mayor para saber eso.
—Pau, me has respondido; tú también me has besado. Conseguiré lo que deseo.
Ella se ruborizó de ira.
—No lo harás.
Rápidamente tomó el bolso. Había llegado el momento de llevar a cabo la línea defensiva habitual, la que utilizaba cuando se topaba con un hombre que no aceptaba un no por respuesta. ¿Acaso esa mañana cuando había salido del hotel no había sido consciente de lo que le haría falta con Pedro Alfonso? Sacó un sobre y lo plantó sobre la mesa.
—Échale un vistazo a esto.
—Dime si estás a punto de estropearme el apetito —dijo él.
—Míralo y ya está, Pedro.
El sobre estaba lleno de recortes de distintos periódicos y revistas del corazón de toda Europa. Paula aparecía fotografiada en cada artículo, con moño, con el pelo suelto, con trajes de noche y enjoyada, con vaqueros y botas, con bikinis minúsculos. Pedro la vió acompañada por una sucesión de hombres; aristócratas, hombres de negocios, artistas... todos ellos felices de ir en compañía de la rica, elegante y encantadora Paula.
—¿Qué estás intentando decirme? —preguntó él con cuidado.
—¿A tí qué te parece?
—Pues que sales con muchos hombres diferentes.
—¿Salir? —repitió ella, arqueando una ceja.
—¿Tratas de decirme que te has acostado con todos ellos?
—No, con todos no —dijo ella.
Era cierto, pero no era toda la verdad. Debería haberle dicho que no se había acostado con ninguno. Pero tener fama de ir de un hombre a otro era a veces extremadamente útil; en ese momento necesitaba tener a mano todas las armas posibles.
El camarero les colocó los platos delante.
—Espero que disfruten del almuerzo —les deseó antes de retirarse.
—Si quieres llevarme a la cama —dijo Paula como si no hubiera habido ninguna interrupción—, deberías saber en lo que te estás metiendo. Yo salgo con muchos hombres y eso es lo que me gusta.
—Entonces yo sólo sería un tipo más que añadir a la lista.
—No tienes que seguir viéndome si no te gusta cómo funciono —le dijo ella con suavidad.
No le gustaba. En absoluto.
—¿Me estás diciendo que si tenemos una aventura no me serías fiel mientras durara? —le preguntó él.
—Esa es la idea —respondió Paula, mientras se preguntaba por qué se sentía tan avergonzada por su duplicidad cuando lo que deseaba era conseguir su objetivo, que Pedro Alfonso se alejara de ella lo antes posible.
Pedro bajó la vista a su cioppino. No tenía nada de hambre.
—Resulta que yo tengo unos cuantos valores importantes para mí. No me gustan los compromisos a largo plazo ni el matrimonio, pero cuando tengo una relación con una mujer, espero fidelidad y prometo lo mismo.
Ella se encogió de hombros.
—Entonces disfrutemos de nuestro almuerzo y despidámonos aquí.
—Tal vez pueda hacerte cambiar de opinión —dijo él en tono suave.
—No tendrás esa ocasión.
—Hago frecuentes viajes a Europa. Si intercambiamos nuestras direcciones de correo, podemos seguir en contacto; podríamos quedar en algún momento.
Ella estaba devorando su lenguado como si no pudiera esperar a librarse de él.
—No. Lo cual, como estoy segura de que sabes, se escribe igual en inglés que en italiano.
Jamás le había rogado nada a una mujer en su vida. No iba a empezar con Paula Chaves.
—El compromiso es lo que estás evitando en realidad ¿Verdad?
Paula dejó el cuchillo y el tenedor y lo miró a él directamente a los ojos, que le brillaban con evidente sinceridad.
—Por las fronteras internacionales —respondió ella, antes de dar un buen sorbo de vino—. Pedro, vamos a dejar esto claro de una vez, entonces tal vez podamos volver a disfrutar el uno de la compañía del otro. Lo que pasó ahí en la acera... Me ha dado mucho miedo. No quiero que vuelva a repetirse, ni quiero discutir las razones por las que me has asustado con ello. Y, por supuesto, confirma lo que ya te he dicho; que no estoy disponible. Nada de sexo, nada de aventuras. ¿Está claro?
Pedro se aguantó la rabia y le respondió en tono seco:
—Por supuesto que no lo he entendido; ¿Cómo puedo entenderlo si no tengo ni idea de por qué te he asustado tanto? Mi intención no ha sido desde luego ésa.
—Yo no he dicho que lo fuera —ella dió otro sorbo de vino con nerviosismo—. Somos dos extraños y lo seguiremos siendo. Es todo lo que digo.
—Yo quiero algo más que eso.
—No siempre consigue uno lo que quiere. Eres lo suficientemente mayor para saber eso.
—Pau, me has respondido; tú también me has besado. Conseguiré lo que deseo.
Ella se ruborizó de ira.
—No lo harás.
Rápidamente tomó el bolso. Había llegado el momento de llevar a cabo la línea defensiva habitual, la que utilizaba cuando se topaba con un hombre que no aceptaba un no por respuesta. ¿Acaso esa mañana cuando había salido del hotel no había sido consciente de lo que le haría falta con Pedro Alfonso? Sacó un sobre y lo plantó sobre la mesa.
—Échale un vistazo a esto.
—Dime si estás a punto de estropearme el apetito —dijo él.
—Míralo y ya está, Pedro.
El sobre estaba lleno de recortes de distintos periódicos y revistas del corazón de toda Europa. Paula aparecía fotografiada en cada artículo, con moño, con el pelo suelto, con trajes de noche y enjoyada, con vaqueros y botas, con bikinis minúsculos. Pedro la vió acompañada por una sucesión de hombres; aristócratas, hombres de negocios, artistas... todos ellos felices de ir en compañía de la rica, elegante y encantadora Paula.
—¿Qué estás intentando decirme? —preguntó él con cuidado.
—¿A tí qué te parece?
—Pues que sales con muchos hombres diferentes.
—¿Salir? —repitió ella, arqueando una ceja.
—¿Tratas de decirme que te has acostado con todos ellos?
—No, con todos no —dijo ella.
Era cierto, pero no era toda la verdad. Debería haberle dicho que no se había acostado con ninguno. Pero tener fama de ir de un hombre a otro era a veces extremadamente útil; en ese momento necesitaba tener a mano todas las armas posibles.
El camarero les colocó los platos delante.
—Espero que disfruten del almuerzo —les deseó antes de retirarse.
—Si quieres llevarme a la cama —dijo Paula como si no hubiera habido ninguna interrupción—, deberías saber en lo que te estás metiendo. Yo salgo con muchos hombres y eso es lo que me gusta.
—Entonces yo sólo sería un tipo más que añadir a la lista.
—No tienes que seguir viéndome si no te gusta cómo funciono —le dijo ella con suavidad.
No le gustaba. En absoluto.
—¿Me estás diciendo que si tenemos una aventura no me serías fiel mientras durara? —le preguntó él.
—Esa es la idea —respondió Paula, mientras se preguntaba por qué se sentía tan avergonzada por su duplicidad cuando lo que deseaba era conseguir su objetivo, que Pedro Alfonso se alejara de ella lo antes posible.
Pedro bajó la vista a su cioppino. No tenía nada de hambre.
—Resulta que yo tengo unos cuantos valores importantes para mí. No me gustan los compromisos a largo plazo ni el matrimonio, pero cuando tengo una relación con una mujer, espero fidelidad y prometo lo mismo.
Ella se encogió de hombros.
—Entonces disfrutemos de nuestro almuerzo y despidámonos aquí.
—Tal vez pueda hacerte cambiar de opinión —dijo él en tono suave.
—No tendrás esa ocasión.
—Hago frecuentes viajes a Europa. Si intercambiamos nuestras direcciones de correo, podemos seguir en contacto; podríamos quedar en algún momento.
Ella estaba devorando su lenguado como si no pudiera esperar a librarse de él.
—No. Lo cual, como estoy segura de que sabes, se escribe igual en inglés que en italiano.
Jamás le había rogado nada a una mujer en su vida. No iba a empezar con Paula Chaves.
—El compromiso es lo que estás evitando en realidad ¿Verdad?
Paula dejó el cuchillo y el tenedor y lo miró a él directamente a los ojos, que le brillaban con evidente sinceridad.
Seducción: Capítulo 8
—Eso tiene fácil arreglo. Podemos conocernos.
—Pedro, me han dicho que soy bella y sé que soy rica. Consecuentemente, he aprendido a elegir a mis parejas con sumo cuidado. Ya te he dicho que me asustas; eres el último hombre con quien se me ocurriría tener una aventura.
No debería haber sido tan directo. Pero le daba la terrible impresión de que se le acababa el tiempo, junto con la de que nada de lo que le estaba diciendo parecía causarle una impresión profunda o verdadera. Eso era nuevo para él, pensaba Pedro con pesar. Jamás había tenido que hacer un esfuerzo para conseguir que una mujer se interesara por él; quitárselas de encima era su mayor habilidad.
—Hay una panadería a unas manzanas de aquí donde venden pan de masa fermentada —dijo él—. Siempre compro para llevarme a casa.
Ella resopló con suavidad.
—Entonces vayamos —dijo ella en tono agradable—. ¿Te gusta cocinar?
—Sí. Puramente para divertirme. Como siempre fuera y cocinar en casa me resulta relajante. Mis especialidades son bullabesa y empanada de calabaza. Te las prepararé algún día.
—Tal vez —dijo ella con mirada burlona.
—Seguro. Al menos una vez.
—No te gusta que te lleven la contraria.
—Ni a tí, querida Paula, ni a tí.
Ella se echó a reír.
—¿Y a quién le gusta? Dime lo que es el pan de masa fermentada; no parece muy apetecible.
Impaciente de tanta trivialidad, Pedro se sintió repentinamente deseoso de saber algo más de ella.
—¿Cuántos años tienes, Paula?
—Los suficientes para divertirme coqueteando, ¿Cómo se dice?, sin condiciones — pasó de la pasarela a la acera al final del muelle—. En cuanto a...
Gritando y diciendo palabrotas, un grupo de adolescentes dió la vuelta a la esquina del edificio más cercano. Tres de ellos se chocaron con Pedro. Automáticamente él abrazó a Paula y la estrechó contra su cuerpo para protegerla, mientras plantaba con firmeza los pies en el suelo.
—¡Perdone! —gritó uno de los chicos.
Ninguno de ellos se paró. Pedro se quedó muy quieto. Paula estaba aplastada contra él, sus pechos pegados al suyo. Uno de sus brazos le rodeaba la cadera, el otro la cintura y Pedro sintió que ella se apoyaba suavemente sobre él.
Sin pararse a pensarlo, Pedro inclinó la cabeza y unió sus labios a los suyos con un beso que habría deseado que durara eternamente. Y de nuevo se rindió a él; y la rendición resultó más potente por ser inesperada. Él levantó una mano y la enredó en la seda de aquella melena tan suave de aroma tan dulce; entonces la besó más ardientemente, separando con sus labios los de ella. Ella le acariciaba la nuca mientras deslizaba su lengua con la de él, provocándolo, saboreándolo, volviéndole loco. Al tiempo que una avidez animal lo recorría, se olvidó de que estaba en la acera de una calle; se olvidó de las advertencias de Mariana y de las suyas propias.
—Me da la impresión de que llevo esperándote toda mi vida —murmuró, olvidando toda cautela—. ¡Dios, cuánto te deseo!
Sus palabras cercenaron el frenético pulso que palpitaba en sus venas y devolvieron a Paula a la cruda realidad.
—¡Basta! —dijo casi sin aliento—. ¿En qué estábamos pensando?
—No estamos pensando en nada, que es como debe ser —le dijo en tono ronco, levantándole el mentón e inclinando la cabeza para besarla de nuevo.
—Pedro, basta... No debes, no quiero que lo hagas.
Él la miró fijamente.
—Sí que quieres.
Ella flaqueó entre sus brazos y apoyó la frente en su pecho. El tenía razón. Ella lo había deseado del modo más elemental y su cuerpo la había traicionado, respondiendo de un modo que la horrorizaba.
—Me has tomado por sorpresa, eso es todo —dijo ella débilmente.
Él respondió sin soltarla.
—Vamos al restaurante del muelle, almorzaremos y hablaremos de esto. Y nada de tal vez o de decirme que no.
Ella había dejado de luchar, y parecía tanto atemorizada como indefensa. A Pedro se le hizo un nudo en el corazón y dió la vuelta en dirección al muelle y al restaurante que estaba especializado en marisco. Como era temprano, consiguió una mesa en un rincón con vistas a la bahía; una mesa donde había cierta privacidad, pensaba mientras se sentaba a su lado. Ella tomó el menú. Para consternación de Pedro, éste vio cómo ella tenía que apoyarlo sobre la mesa para que no le temblaran tanto las manos. Cuando levantó la cabeza, estaba de nuevo bajo control.
—Yo voy a tomar lenguado —dijo sin sonreír.
Él pidió la comida rápidamente, además de una botella de Chardonnay de los viñedos del Napa Valley. El servicio era muy rápido; así que a los pocos minutos estaban levantando las copas de vino dorado pálido.
—Pedro, me han dicho que soy bella y sé que soy rica. Consecuentemente, he aprendido a elegir a mis parejas con sumo cuidado. Ya te he dicho que me asustas; eres el último hombre con quien se me ocurriría tener una aventura.
No debería haber sido tan directo. Pero le daba la terrible impresión de que se le acababa el tiempo, junto con la de que nada de lo que le estaba diciendo parecía causarle una impresión profunda o verdadera. Eso era nuevo para él, pensaba Pedro con pesar. Jamás había tenido que hacer un esfuerzo para conseguir que una mujer se interesara por él; quitárselas de encima era su mayor habilidad.
—Hay una panadería a unas manzanas de aquí donde venden pan de masa fermentada —dijo él—. Siempre compro para llevarme a casa.
Ella resopló con suavidad.
—Entonces vayamos —dijo ella en tono agradable—. ¿Te gusta cocinar?
—Sí. Puramente para divertirme. Como siempre fuera y cocinar en casa me resulta relajante. Mis especialidades son bullabesa y empanada de calabaza. Te las prepararé algún día.
—Tal vez —dijo ella con mirada burlona.
—Seguro. Al menos una vez.
—No te gusta que te lleven la contraria.
—Ni a tí, querida Paula, ni a tí.
Ella se echó a reír.
—¿Y a quién le gusta? Dime lo que es el pan de masa fermentada; no parece muy apetecible.
Impaciente de tanta trivialidad, Pedro se sintió repentinamente deseoso de saber algo más de ella.
—¿Cuántos años tienes, Paula?
—Los suficientes para divertirme coqueteando, ¿Cómo se dice?, sin condiciones — pasó de la pasarela a la acera al final del muelle—. En cuanto a...
Gritando y diciendo palabrotas, un grupo de adolescentes dió la vuelta a la esquina del edificio más cercano. Tres de ellos se chocaron con Pedro. Automáticamente él abrazó a Paula y la estrechó contra su cuerpo para protegerla, mientras plantaba con firmeza los pies en el suelo.
—¡Perdone! —gritó uno de los chicos.
Ninguno de ellos se paró. Pedro se quedó muy quieto. Paula estaba aplastada contra él, sus pechos pegados al suyo. Uno de sus brazos le rodeaba la cadera, el otro la cintura y Pedro sintió que ella se apoyaba suavemente sobre él.
Sin pararse a pensarlo, Pedro inclinó la cabeza y unió sus labios a los suyos con un beso que habría deseado que durara eternamente. Y de nuevo se rindió a él; y la rendición resultó más potente por ser inesperada. Él levantó una mano y la enredó en la seda de aquella melena tan suave de aroma tan dulce; entonces la besó más ardientemente, separando con sus labios los de ella. Ella le acariciaba la nuca mientras deslizaba su lengua con la de él, provocándolo, saboreándolo, volviéndole loco. Al tiempo que una avidez animal lo recorría, se olvidó de que estaba en la acera de una calle; se olvidó de las advertencias de Mariana y de las suyas propias.
—Me da la impresión de que llevo esperándote toda mi vida —murmuró, olvidando toda cautela—. ¡Dios, cuánto te deseo!
Sus palabras cercenaron el frenético pulso que palpitaba en sus venas y devolvieron a Paula a la cruda realidad.
—¡Basta! —dijo casi sin aliento—. ¿En qué estábamos pensando?
—No estamos pensando en nada, que es como debe ser —le dijo en tono ronco, levantándole el mentón e inclinando la cabeza para besarla de nuevo.
—Pedro, basta... No debes, no quiero que lo hagas.
Él la miró fijamente.
—Sí que quieres.
Ella flaqueó entre sus brazos y apoyó la frente en su pecho. El tenía razón. Ella lo había deseado del modo más elemental y su cuerpo la había traicionado, respondiendo de un modo que la horrorizaba.
—Me has tomado por sorpresa, eso es todo —dijo ella débilmente.
Él respondió sin soltarla.
—Vamos al restaurante del muelle, almorzaremos y hablaremos de esto. Y nada de tal vez o de decirme que no.
Ella había dejado de luchar, y parecía tanto atemorizada como indefensa. A Pedro se le hizo un nudo en el corazón y dió la vuelta en dirección al muelle y al restaurante que estaba especializado en marisco. Como era temprano, consiguió una mesa en un rincón con vistas a la bahía; una mesa donde había cierta privacidad, pensaba mientras se sentaba a su lado. Ella tomó el menú. Para consternación de Pedro, éste vio cómo ella tenía que apoyarlo sobre la mesa para que no le temblaran tanto las manos. Cuando levantó la cabeza, estaba de nuevo bajo control.
—Yo voy a tomar lenguado —dijo sin sonreír.
Él pidió la comida rápidamente, además de una botella de Chardonnay de los viñedos del Napa Valley. El servicio era muy rápido; así que a los pocos minutos estaban levantando las copas de vino dorado pálido.
Seducción: Capítulo 7
Paula echó a andar hacia Pedro con el corazón latiéndole a toda velocidad en el pecho. ¡Qué hombre tan apuesto y viril! Era alto, de hombros anchos, con las piernas largas y un aire de poder del que estaba segura que él no era consciente y que por ello resultaba mucho más efectivo. Se detuvo a medio metro de él.
—Buon giorno —dijo ella.
—¿Come sta?
—Molto bene, grazie —ella le echó una sonrisa brillante que le redujo el cerebro a papilla—. Me alegra que sugirieras encontrarnos en un lugar de entretenimiento como éste, Pedro.
—Polos —dijo él con firmeza y la llevó hasta un puesto pequeño decorado con enormes racimos de globos con todos los colores del arco iris.
Ella eligió uno de uva y él uno de frambuesa. Se alejaron juntos chupando los polos tranquilamente para pasear por delante de los puestos y los tenderetes; Pedro trataba de mantener un tema de conversación trivial. Mariana no era tonta y a su modo le había confirmado lo que él sospechaba: que Paula había sufrido y que era necesario que él fuera despacio. ¿Despacio? ¿Despacio cuando al día siguiente ella iba a regresar a Europa? Despacio. Él viajaba con frecuencia a Europa. Estuvieron viendo a un mimo muy talentoso y a un músico con menos talento, y les echaron monedas en el sombrero a los dos.
—¿Disfrutaste de la cena con Mariana? —le dijo Paula de pronto.
—Sí, la verdad. Hace muchos años que nos conocemos; es amiga de mis padres de toda la vida.
—Ah, sí, tus meritorios padres.
—Me gustan mis padres y no pienso disculparme por ello —dijo Pedro en tono seco.
—No es asunto mío lo que sientas por ellos.
Él le retiró una gota morada de los labios con la punta del dedo.
—¿Por qué no crees en la armonía del matrimonio?
Cuando ella se mordió suavemente el labio inferior, él tuvo que dominarse para no tocarla.
—Te lo he dicho, soy una persona realista... ¡Ah, mira qué pendientes tan preciosos!.
Ella lo arrastró hasta un puesto que vendía pendientes de oreja de mar con destellos turquesas y rosas. Se colocó uno en la oreja.
—¿Qué te parece?
—No te van con el suéter. Pero con cualquier cosa que te pongas estarás rabiosamente guapa. Con cualquier cosa; o sin nada.
Ella se echó a reír.
—Oh, los estadounidenses son tan directos... Los pendientes, Pedro, los pendientes.
—Van con el color de tus ojos. Deja que te los regale.
—¿Para estar en deuda contigo?
—Para que yo tenga el placer de saber que, de vez en cuando, pensarás en mí.
—Te prometo que a lo mejor, de vez en cuando, lo haré —le dijo ella mientras se quitaba los aros de oro y se los guardaba en el bolso.
Pedro le gustaba cada vez más. ¿No representaría por ello una evidente amenaza?
—Déjame —le dijo Pedro, que con un cuidado exquisito le insertó los cierres de plata en los agujeros de las orejas.
Tenía la piel tan suave como la había imaginado. De lo más hondo de su ser, despertó un deseo fiero. Los iris de sus ojos se oscurecieron, como si una nube hubiera cubierto el mar. Él retrocedió, sacó la cartera y pagó los pendientes.
—Te quedan muy bien.
A Paula apenas le salía la voz.
—Gracias.
—Es un placer —dijo él con formalidad. Entre ellos fluía la silenciosa fuerza de la atracción sexual.
—Sabes que te deseo —dijo Pedro bruscamente—. Seguramente lo sabes desde que nos vimos.
—Sí, por supuesto que lo sé, lo cual no quiere decir que hagamos nada al respecto... aparte de disfrutar el uno de la compañía del otro en una soleada mañana de octubre —ella aleteó las pestañas con gesto exagerado—. ¿Estás disfrutando de mi compañía?
—Mucho. No lo dudes, Paula.
Ella se echó a reír.
—Estamos hablando de sexo entre dos extraños. La posibilidad es a menudo más interesante que la realidad, ¿No te parece?
—Cuando uno de los extraños eres tú, no.
—Los elogios se te dan bien.
—La posibilidad va a la par que la fantasía. No tiene nada de malo tener fantasías; anoche tuve unas cuantas contigo que sería vergonzoso describir. Pero la realidad es otra cosa. Es de verdad y arriesgada. Ahí está el inconveniente, ¿Verdad?
—No me acuesto con alguien a quien no conozco —dijo ella con los dientes apretados.
—Buon giorno —dijo ella.
—¿Come sta?
—Molto bene, grazie —ella le echó una sonrisa brillante que le redujo el cerebro a papilla—. Me alegra que sugirieras encontrarnos en un lugar de entretenimiento como éste, Pedro.
—Polos —dijo él con firmeza y la llevó hasta un puesto pequeño decorado con enormes racimos de globos con todos los colores del arco iris.
Ella eligió uno de uva y él uno de frambuesa. Se alejaron juntos chupando los polos tranquilamente para pasear por delante de los puestos y los tenderetes; Pedro trataba de mantener un tema de conversación trivial. Mariana no era tonta y a su modo le había confirmado lo que él sospechaba: que Paula había sufrido y que era necesario que él fuera despacio. ¿Despacio? ¿Despacio cuando al día siguiente ella iba a regresar a Europa? Despacio. Él viajaba con frecuencia a Europa. Estuvieron viendo a un mimo muy talentoso y a un músico con menos talento, y les echaron monedas en el sombrero a los dos.
—¿Disfrutaste de la cena con Mariana? —le dijo Paula de pronto.
—Sí, la verdad. Hace muchos años que nos conocemos; es amiga de mis padres de toda la vida.
—Ah, sí, tus meritorios padres.
—Me gustan mis padres y no pienso disculparme por ello —dijo Pedro en tono seco.
—No es asunto mío lo que sientas por ellos.
Él le retiró una gota morada de los labios con la punta del dedo.
—¿Por qué no crees en la armonía del matrimonio?
Cuando ella se mordió suavemente el labio inferior, él tuvo que dominarse para no tocarla.
—Te lo he dicho, soy una persona realista... ¡Ah, mira qué pendientes tan preciosos!.
Ella lo arrastró hasta un puesto que vendía pendientes de oreja de mar con destellos turquesas y rosas. Se colocó uno en la oreja.
—¿Qué te parece?
—No te van con el suéter. Pero con cualquier cosa que te pongas estarás rabiosamente guapa. Con cualquier cosa; o sin nada.
Ella se echó a reír.
—Oh, los estadounidenses son tan directos... Los pendientes, Pedro, los pendientes.
—Van con el color de tus ojos. Deja que te los regale.
—¿Para estar en deuda contigo?
—Para que yo tenga el placer de saber que, de vez en cuando, pensarás en mí.
—Te prometo que a lo mejor, de vez en cuando, lo haré —le dijo ella mientras se quitaba los aros de oro y se los guardaba en el bolso.
Pedro le gustaba cada vez más. ¿No representaría por ello una evidente amenaza?
—Déjame —le dijo Pedro, que con un cuidado exquisito le insertó los cierres de plata en los agujeros de las orejas.
Tenía la piel tan suave como la había imaginado. De lo más hondo de su ser, despertó un deseo fiero. Los iris de sus ojos se oscurecieron, como si una nube hubiera cubierto el mar. Él retrocedió, sacó la cartera y pagó los pendientes.
—Te quedan muy bien.
A Paula apenas le salía la voz.
—Gracias.
—Es un placer —dijo él con formalidad. Entre ellos fluía la silenciosa fuerza de la atracción sexual.
—Sabes que te deseo —dijo Pedro bruscamente—. Seguramente lo sabes desde que nos vimos.
—Sí, por supuesto que lo sé, lo cual no quiere decir que hagamos nada al respecto... aparte de disfrutar el uno de la compañía del otro en una soleada mañana de octubre —ella aleteó las pestañas con gesto exagerado—. ¿Estás disfrutando de mi compañía?
—Mucho. No lo dudes, Paula.
Ella se echó a reír.
—Estamos hablando de sexo entre dos extraños. La posibilidad es a menudo más interesante que la realidad, ¿No te parece?
—Cuando uno de los extraños eres tú, no.
—Los elogios se te dan bien.
—La posibilidad va a la par que la fantasía. No tiene nada de malo tener fantasías; anoche tuve unas cuantas contigo que sería vergonzoso describir. Pero la realidad es otra cosa. Es de verdad y arriesgada. Ahí está el inconveniente, ¿Verdad?
—No me acuesto con alguien a quien no conozco —dijo ella con los dientes apretados.
Seducción: Capítulo 6
Esa noche, Pedro esperó a que él y Mariana estuvieran casi terminándose el pollo al carbón que degustaban en un elegante restaurante francés de Nob Hill, antes de que él se lanzara a hablar.
—Esta tarde en tu fiesta he conocido a Paula Chaves, Mariana.
Mariana dejó el tenedor suspendido sobre el plato. Aunque llevaba sus canas con orgullo, el traje de noche de seda salvaje era de un naranja calabaza, combinado con unos diamantes amarillos que brillaban a la luz de las velas. Sus ojos, agrandados con una máscara de pestañas verde lima, lo miraban con expresión astuta: no se hacía ilusiones sobre la naturaleza humana. Pedro era una de las pocas personas que sabía qué porcentaje de su fortuna iba a parar a los hospitales para indigentes.
—Una muchacha deliciosa, Paula—dijo ella.
—Háblame de ella.
—¿Por qué, Pepe?
—Me interesa —le respondió con evasivas.
—En ese caso, dejaré que sea ella la que te cuente —dijo Mariana—. Esta salsa está deliciosa, ¿Verdad?
—¿Entonces ésa es tu última palabra?
—No juegues con Paula. Ésa es mi última palabra.
—¡No tengo por costumbre jugar con nadie!
—¿No? Tienes treinta y cinco años, estás soltero, eres inmensamente rico y muy sexy... ¿Por qué todavía no te ha echado el guante ninguna mujer? —Mariana contestó por él—. Yo te diré por qué. Porque conoces todos los movimientos y eres especialista en mantener las distancias. Te lo advierto, no juegues con Paula Chaves.
—Me ha parecido alguien que sabe cuidarse sola.
—Entonces es buena actríz.
Mariana parecía claramente alterada. Pedro decidió no preguntar por qué Paula era, según ella, tan indefensa y se metió en la boca un bocado de carne y lo masticó pensativamente.
—Beatríz Yarrow estaba en plena forma —comentó Pedro cuando terminó de tragar.
Mariana soltó una risotada grosera.
—No sé por qué la invito; cada año se vuelve más y más escandalosa. Casi decapita con ese bastón suyo a uno de los camareros... A propósito... ¿Has visto lo que llevaba puesto la esposa del senador? Parecía sacado de una tienda de ropa de segunda mano.
Sabía que era mejor no preguntar por qué había hecho la vista gorda con Paula en relación a su famosa etiqueta.
—¿Se recuperará tu césped después de tantos tacones de aguja?
—Ahí tienes a toda una generación de mujeres cojas —dijo Mariana con grandiosidad—. ¿Qué es un trozo de césped en comparación con eso?
Él alzó su copa.
—Por la fiesta del año que viene.
Ella sonrió también con dulzura, algo que no solía hacer y que él valoraba tremendamente.
—Estarás aquí también, ¿Verdad, Pepe?
—Estaré.
Sus aventuras amorosas no duraban más de tres o seis meses; de modo que para dentro de doce ya no estaría con Paula. Fin del encuentro. Cosa rara en él, sintió una punzada de pesar. A la mañana siguiente, iba caminando por el muelle 39, delante de los coloridos barcos amarrados. Era el mes de octubre, el más soleado en la ciudad y los turistas aún se amontonaban por el paseo junto con los músicos callejeros. La elevada espiral del carrusel parecía llamarlo, y el ritmo de su música provocaba el sentido del oído. ¿Estaría Paula allí? ¿O se lo habría pensado mejor y se habría quedado en el hotel? No tenía ni idea de dónde se hospedaba. Además, al día siguiente se marchaba a Europa. Si estaba empeñada en que no diera con ella, Europa era muy grande.
Caminó alrededor de la valla que rodeaba el carrusel y la buscó con la mirada. Pero no la veía. Habría cambiado de opinión, pensaba Pedro, fastidiado de que ella pudiera jugar con él. Pero debajo de la rabia había cierta decepción que lo desazonaba. Entonces un leve movimiento le llamó la atención. Una mujer agitaba la mano hacia él. Era Paula, sentada en el sillín dorado de un caballito que subía y bajaba, agarrada al palo decorado. Él agitó también la mano mientras la tensión de sus hombros cedía. Había ido. El resto dependía de él. El ala de su enorme pamela de flores subía y bajaba con los movimientos del caballo. Llevaba una falda que le dejaba las piernas al descubierto; unas piernas de piel clara sobre el color oscuro del caballo. Unas piernas largas, sedosas y esbeltas. Cuando el tiovivo se detuvo, ella se deslizó al suelo. Llevaba una alegre falda de flores que le caía suavemente sobre los muslos, un top de un verde tan vivo que casi hasta hacía daño mirarlo y unas sandalias planas a juego. Pedro pensó que esa falda debería quedar prohibida. Aunque no sabía ni cómo era siquiera capaz de pensar con aquel deseo tan intenso que se había apoderado de él, tan distinto a todo lo que había sentido anteriormente.
—Esta tarde en tu fiesta he conocido a Paula Chaves, Mariana.
Mariana dejó el tenedor suspendido sobre el plato. Aunque llevaba sus canas con orgullo, el traje de noche de seda salvaje era de un naranja calabaza, combinado con unos diamantes amarillos que brillaban a la luz de las velas. Sus ojos, agrandados con una máscara de pestañas verde lima, lo miraban con expresión astuta: no se hacía ilusiones sobre la naturaleza humana. Pedro era una de las pocas personas que sabía qué porcentaje de su fortuna iba a parar a los hospitales para indigentes.
—Una muchacha deliciosa, Paula—dijo ella.
—Háblame de ella.
—¿Por qué, Pepe?
—Me interesa —le respondió con evasivas.
—En ese caso, dejaré que sea ella la que te cuente —dijo Mariana—. Esta salsa está deliciosa, ¿Verdad?
—¿Entonces ésa es tu última palabra?
—No juegues con Paula. Ésa es mi última palabra.
—¡No tengo por costumbre jugar con nadie!
—¿No? Tienes treinta y cinco años, estás soltero, eres inmensamente rico y muy sexy... ¿Por qué todavía no te ha echado el guante ninguna mujer? —Mariana contestó por él—. Yo te diré por qué. Porque conoces todos los movimientos y eres especialista en mantener las distancias. Te lo advierto, no juegues con Paula Chaves.
—Me ha parecido alguien que sabe cuidarse sola.
—Entonces es buena actríz.
Mariana parecía claramente alterada. Pedro decidió no preguntar por qué Paula era, según ella, tan indefensa y se metió en la boca un bocado de carne y lo masticó pensativamente.
—Beatríz Yarrow estaba en plena forma —comentó Pedro cuando terminó de tragar.
Mariana soltó una risotada grosera.
—No sé por qué la invito; cada año se vuelve más y más escandalosa. Casi decapita con ese bastón suyo a uno de los camareros... A propósito... ¿Has visto lo que llevaba puesto la esposa del senador? Parecía sacado de una tienda de ropa de segunda mano.
Sabía que era mejor no preguntar por qué había hecho la vista gorda con Paula en relación a su famosa etiqueta.
—¿Se recuperará tu césped después de tantos tacones de aguja?
—Ahí tienes a toda una generación de mujeres cojas —dijo Mariana con grandiosidad—. ¿Qué es un trozo de césped en comparación con eso?
Él alzó su copa.
—Por la fiesta del año que viene.
Ella sonrió también con dulzura, algo que no solía hacer y que él valoraba tremendamente.
—Estarás aquí también, ¿Verdad, Pepe?
—Estaré.
Sus aventuras amorosas no duraban más de tres o seis meses; de modo que para dentro de doce ya no estaría con Paula. Fin del encuentro. Cosa rara en él, sintió una punzada de pesar. A la mañana siguiente, iba caminando por el muelle 39, delante de los coloridos barcos amarrados. Era el mes de octubre, el más soleado en la ciudad y los turistas aún se amontonaban por el paseo junto con los músicos callejeros. La elevada espiral del carrusel parecía llamarlo, y el ritmo de su música provocaba el sentido del oído. ¿Estaría Paula allí? ¿O se lo habría pensado mejor y se habría quedado en el hotel? No tenía ni idea de dónde se hospedaba. Además, al día siguiente se marchaba a Europa. Si estaba empeñada en que no diera con ella, Europa era muy grande.
Caminó alrededor de la valla que rodeaba el carrusel y la buscó con la mirada. Pero no la veía. Habría cambiado de opinión, pensaba Pedro, fastidiado de que ella pudiera jugar con él. Pero debajo de la rabia había cierta decepción que lo desazonaba. Entonces un leve movimiento le llamó la atención. Una mujer agitaba la mano hacia él. Era Paula, sentada en el sillín dorado de un caballito que subía y bajaba, agarrada al palo decorado. Él agitó también la mano mientras la tensión de sus hombros cedía. Había ido. El resto dependía de él. El ala de su enorme pamela de flores subía y bajaba con los movimientos del caballo. Llevaba una falda que le dejaba las piernas al descubierto; unas piernas de piel clara sobre el color oscuro del caballo. Unas piernas largas, sedosas y esbeltas. Cuando el tiovivo se detuvo, ella se deslizó al suelo. Llevaba una alegre falda de flores que le caía suavemente sobre los muslos, un top de un verde tan vivo que casi hasta hacía daño mirarlo y unas sandalias planas a juego. Pedro pensó que esa falda debería quedar prohibida. Aunque no sabía ni cómo era siquiera capaz de pensar con aquel deseo tan intenso que se había apoderado de él, tan distinto a todo lo que había sentido anteriormente.
lunes, 21 de noviembre de 2016
Seducción: Capítulo 5
Ella lo miró con expresión ceñuda mientras le soltaba el brazo.
—¿Sueles ver a Mariana a menudo? —le preguntó ella.
—No demasiado. Yo viajo mucho con mi trabajo, y mi base está en la Cosa Este... ¿Cómo la conociste tú?
—A través de una amiga mutua —dijo Paula con vaguedad; nadie aparte de Mariana sabía por qué ella estaba allí—. ¡Oh, mira!, palos de nata en miniatura.... ¿Crees que puedo tomarme uno sin mancharme la barbilla?
—¿Otro riesgo calculado? —dijo él.
—Un riesgo que voy a correr —respondió Paula.
¿Sería posible que hubiera visto en su vida algo más sexy que a Paula Chaves, en pleno día y rodeada de gente, lamiéndose una mota de crema de los labios con la punta de la lengua? Aunque sexy era una palabra demasiado mundana para compararla al inevitable y primitivo deseo de poseerla que sentía en su interior; o a la sensación continua de estar precipitándose descontroladamente hacia un destino desconocido. Tenía todos los nervios en tensión, todos los sentidos a flor de piel. ¿Pero no estaba muerto de miedo en realidad? ¿Miedo? ¿Él? ¿Pedro Alfonso? ¿De una mujer?
—¿No vas a tomar nada, Pedro?
—¿Cómo? Ah, sí, lo siento, por supuesto que sí —tomó un dulce de la fuente de plata y dió un bocado; era un dulce de dátiles, de los que no solían gustarle demasiado—. El verano en que mi madre aprendió a hacer palos de chocolate, mi padre y yo engordamos tres kilos.
—¿Dónde te criaste?
—En Manhattan. Mis padres siguen viviendo allí. Pero ahora mi madre está en fase de dieta sana; sólo come ensaladas y hamburguesas de soja.
—¿Y a tu padre qué le parece eso?
—Él se las come porque la adora. Entonces al menos una vez por semana la invita a cenar al Soho o a Greenwich Village y la agasaja con vino y postres decadentes —a Pedro se le suavizó la expresión—. Al día siguiente vuelta al tofu y a la achicoria.
—Suena de lo más idílico. Su tono de voz habría cortado un papel.
—No pareces nada divertida.
—No soy muy creyente de la felicidad marital, sea con tofu o con chocolate —dijo ella con frialdad—. Ah, allí está Mariana... Si me excusas, quiero hablar con ella antes de marcharme. Te veré mañana.
Paula dejó tan apresuradamente la taza a medias sobre la mesa vestida con un mantel de lino, que se vertió un poco de té en el platillo. Se abrió paso entre la gente en dirección a la anfitriona, con su cabello resplandeciendo como un faro entre el mar de sombreros.
Pedro observó su progreso. Irritable no era la palabra adecuada para Paula Chaves. Aunque ella decía que nunca había estado casada, algún hombre sin duda le había jugado una mala pasada. Y recientemente, a juzgar por la vehemencia de sus comentarios y sin duda nada superficialmente. Pensó que le gustaría matar al muy canalla. Tal vez Mariana le daría los detalles durante la cena de esa noche. Tal vez después de un par de copas de su vino favorito, Pinot Noir. Quería saber todo lo que hubiera que saber sobre Paula Chaves.
—¿Sueles ver a Mariana a menudo? —le preguntó ella.
—No demasiado. Yo viajo mucho con mi trabajo, y mi base está en la Cosa Este... ¿Cómo la conociste tú?
—A través de una amiga mutua —dijo Paula con vaguedad; nadie aparte de Mariana sabía por qué ella estaba allí—. ¡Oh, mira!, palos de nata en miniatura.... ¿Crees que puedo tomarme uno sin mancharme la barbilla?
—¿Otro riesgo calculado? —dijo él.
—Un riesgo que voy a correr —respondió Paula.
¿Sería posible que hubiera visto en su vida algo más sexy que a Paula Chaves, en pleno día y rodeada de gente, lamiéndose una mota de crema de los labios con la punta de la lengua? Aunque sexy era una palabra demasiado mundana para compararla al inevitable y primitivo deseo de poseerla que sentía en su interior; o a la sensación continua de estar precipitándose descontroladamente hacia un destino desconocido. Tenía todos los nervios en tensión, todos los sentidos a flor de piel. ¿Pero no estaba muerto de miedo en realidad? ¿Miedo? ¿Él? ¿Pedro Alfonso? ¿De una mujer?
—¿No vas a tomar nada, Pedro?
—¿Cómo? Ah, sí, lo siento, por supuesto que sí —tomó un dulce de la fuente de plata y dió un bocado; era un dulce de dátiles, de los que no solían gustarle demasiado—. El verano en que mi madre aprendió a hacer palos de chocolate, mi padre y yo engordamos tres kilos.
—¿Dónde te criaste?
—En Manhattan. Mis padres siguen viviendo allí. Pero ahora mi madre está en fase de dieta sana; sólo come ensaladas y hamburguesas de soja.
—¿Y a tu padre qué le parece eso?
—Él se las come porque la adora. Entonces al menos una vez por semana la invita a cenar al Soho o a Greenwich Village y la agasaja con vino y postres decadentes —a Pedro se le suavizó la expresión—. Al día siguiente vuelta al tofu y a la achicoria.
—Suena de lo más idílico. Su tono de voz habría cortado un papel.
—No pareces nada divertida.
—No soy muy creyente de la felicidad marital, sea con tofu o con chocolate —dijo ella con frialdad—. Ah, allí está Mariana... Si me excusas, quiero hablar con ella antes de marcharme. Te veré mañana.
Paula dejó tan apresuradamente la taza a medias sobre la mesa vestida con un mantel de lino, que se vertió un poco de té en el platillo. Se abrió paso entre la gente en dirección a la anfitriona, con su cabello resplandeciendo como un faro entre el mar de sombreros.
Pedro observó su progreso. Irritable no era la palabra adecuada para Paula Chaves. Aunque ella decía que nunca había estado casada, algún hombre sin duda le había jugado una mala pasada. Y recientemente, a juzgar por la vehemencia de sus comentarios y sin duda nada superficialmente. Pensó que le gustaría matar al muy canalla. Tal vez Mariana le daría los detalles durante la cena de esa noche. Tal vez después de un par de copas de su vino favorito, Pinot Noir. Quería saber todo lo que hubiera que saber sobre Paula Chaves.
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