lunes, 24 de octubre de 2016

Dos Hermanos: Capítulo 60

—Tu pregunta es válida. En Suiza pensé que te estaba utilizando. Lo siento, pero desde mi punto de vista parecía obsesionada contigo, tomándose toda clase de molestias para hacerte cualquier favor, corriendo a hacer los deberes por tí y demás. Pensé que no era sano.

Caro le lanzó una triste sonrisa.

—Yo  era  la  que  no  estaba  sana.  Varios  meses  después  de  mi  llegada,  averiguó  que  estaba pensando  en  suicidarme  —Fede se  quedó  mirándola  fijamente—.  Nunca  se  lo  dije  a  nadie,  y mucho  menos  a  Pedro.  Pero  Paula lo  sabía.  En  lugar  de  acosarme  con  preguntas embarazosas, me  dejó  llorar.  El  hecho  fue  que  me  aceptaba  tal  y  como  era.  Me ayudó de tantas formas distintas. Fede, Paula es y era mi amiga.

Fede se  sintió  incapaz  de  formular  una  respuesta.  Se  había  quedado  sin  palabras.  Caro continuó.

—Las pocas veces que viniste a verme, me obligó a salir contigo, aunque mi depresión me impedía querer hacer nada. Pero sabía que me sentaba bien verte y que me harías reir. A veces, íbamos paseando a un campo de narcisos que hay sobre el lago Leman y leíamos en voz alta nuestros libros favoritos o charlábamos durante horas. Tú aparecías con frecuencia en nuestras conversaciones. Especulábamos sobre tu futuro, en todas las cosas  que  llegarías  a  ser  por  tu  gran  carisma y preparación.  Paula imaginaba  que  te  convertirías en embajador de Grecia, igual que Jean—Claude Killy lo fue para Francia. Decía que con tu sonrisa, no podías perder. Cielo Santo. Nunca lo había sospechado. —Después  de  todo  lo  que  hizo  por  mí,  no  puedes  imaginar  la  ilusión  que  me hizo  saber  que  me  invitabas  a  pasar  unos  días  a  Chamonix  con  una  amiga.  Pensé  que  así podría pagarle por todo el apoyo emocional que me había dado.

Fede  permaneció  de  pie,  vacilante.  Nunca  había  visto  mentir  a  su  hermana,  pero  la  imagen que había descrito de Paula se alejaba tanto de su interpretación personal que no sabía qué pensar.

—Siento haberlo echado todo a perder, Caro — susurró.

— ¿Lo bastante como para disculparte ante Paula?

—A la primera oportunidad, hablaré con  ella. Haría falta algo más que el relato de Caro para cambiar su idea del verdadero plan de Paula.  Tal  vez  fuese  inocente,  en  aquella  ocasión.  Pero  en  ese  caso,  ¿Por  qué  había  esperado  tantos  años  para  ir  en  busca  de  su hermana?  No  tenía  sentido  a  no  ser  que,  como  había  supuesto  desde  el  principio,  quisiera  el  dinero  y  la  fama  que  acompañaban  al  título de esposa de Pedro Alfonso.

— ¿Fede? —gritó Ariel con deleite—. No sabía que estabas aquí.

Fede volvió  la  cabeza  y  sonrió  a  su  sobrino,  que  había  entrado  corriendo  en  la  habitación  con  una  toalla  azul  alrededor  de  su  cuerpo  delgado,  con  el  pelo  húmedo  y  aplastado. Le recordaba a Pedro de joven, nadando más allá de las rocas. Caro corrió hacia él con un pijama limpio.

— ¿ Has venido a jugar otra partida a las damas conmigo, tío Fede?

—Nada me gustaría más, aunque me hayas ganado. Pero se está haciendo tarde. ¿Qué te parecería si pasáramos un rato juntos mañana?

— ¡Genial!

Caro lo miró con sorpresa.

— ¿De verdad?

—Como  la  boda  va  a  celebrarse  muy  pronto,  seguramente  estarás  ocupada  ayudando  todo el día a Paula. He pensado que Ariel y yo podríamos ir al puerto a pescar.

— ¿ Puedo, mamá? —sus ojos brillaron pidiéndole permiso. Stella se puso en cuclillas y lo besó en la punta de la naríz.

—Parece divertido.

— ¡Genial! Mamá — gritó con excitación—. ¿Puedo llamar a Analía y a Germán antes de irme a la cama? Quiero decirles que voy a pescar con el tío Fede.

Fede se fijó en su hermana para detectar algún ápice de contrariedad a la mención de los padres de acogida de Ariel. Para su sorpresa, no percibió ningún pesar cuando la oyó decir:

—Creo  que  es  una  idea  maravillosa.  Apuesto  a  que  han  estado  esperando  a  oír  todas  tus noticias.

 Cuando  Ariel  echó  a  correr  hacia  el  teléfono, Caro se  volvió  hacia  Fede.  Las  lágrimas  asomaban a sus ojos castaños.

—Gracias por hacer que Ariel se sienta parte de la familia.

—Es fácil tomarle cariño.

Era la verdad. En cuanto a Paula... Miró su reloj, preguntándose qué estaría reteniendo a ella y a Pedro. Ya llevaban fuera un par de horas y la visita al párroco sólo podría haber durado unos minutos. En  realidad,  se  le  ocurría  algo  que  podían  estar  haciendo,  pero  por  alguna  razón  la  imagen de  Paula  en  los  brazos  de  su  hermano  lo  molestaba  más  de  lo  que  quería  reconocer.

Dos Hermanos: Capítulo 59

—Es  muy  simple.  Lleva  mucho  tiempo  observando  a  la  familia.  Por  ejemplo,  puede  contarte cualquier  cosa  sobre  mi  trabajo  para  Brousillac.  Diablos,  hasta  sugirió  ideas  para  mi  futuro que  tenían  mucho  sentido.  Pero  no  ha  podido  ser  algo  espontáneo.  Lo  más  probable  es  que se sometiera  a  una  transformación  total  y  se  presentara  en  el  despacho  de  Pedro alegando  ser una de mis víctimas.  Una combinación  irresistible  para mi hermano.

—Si  lo  que  dices  es  cierto,  tenemos  que  hacer  algo  para  que  Pedro se  dé  cuenta.  No  puedo perderlo, Fede.

—Me temo que tal vez sea demasiado tarde. Ahora mismo están con el párroco.

— ¿Qué?

—Pedro está decidido a casarse con ella dentro de tres días.

Erica lanzó un grito de agonía.

— ¿Cómo ha podido hacerme esto? ¿Cómo ha podido humillarme de esta manera?

—A decir verdad, nunca había visto a mi hermano comportarse así. Hay algo en él...

—Muchas gracias, Fede.  Su dolor lo puso a la defensiva, como si de alguna forma, aquello fuera culpa suya.

— ¿Crees  que  me  agrada  esta  situación?  Si  no  se  hace  algo,  esa  pequeña  cazafortunas  será mi cuñada. Sería su venganza definitiva contra mí, ¿No crees?  —Movió la cabeza—. No podría soportar que formara parte de la familia.

—Entonces, haz algo.

—Eso  pretendo  —dijo  en  tono  ausente.  Una  idea  cobró  forma  en  su  mente.  No  había  nada  que  Pedro detestara  más  que  una  mentirosa  con  un  plan.  Lo  único  que  Fede  tenía que hacer era enfrentarse a su hermano con   una prueba irrefutable.

— ¿Cuándo?

—Esta noche. Pero primero tengo que hacer unas averiguaciones antes de que Paula y Pedro regresen a la villa. Volveré a llamarte mañana por la mañana.

—Cuento contigo, Fede. No me decepciones.

—No te preocupes, Erica. Tengo un plan. Hasta luego.

Fede colgó el teléfono.  Sin vacilación salió de su suite y se dirigió a la otra parte de la casa, donde se hallaba la habitación de su hermana. Su primer objetivo era hacer las paces con Caro  y reparar el daño  que  había  hecho  en  un  par  de  conversaciones  bien  intencionadas  pero  tal  vez  poco aconsejables,  la  más  reciente  en  la  casa  de  Atenas  la  semana  anterior.  Así  conseguiría   sacarle   información   sobre   Paula. Quería   saber   dónde   había   estado   viviendo y qué había estado haciendo durante los últimos seis años.  No sería fácil ganarse otra vez la confianza de Caro. Sin duda, necesitaría ayuda. Para ello utilizaría a su sobrino.  Llamó a la puerta de Caro y preguntó:

— ¿Todavía estás levantada?

—Pasa, Fede.

—Hola —al entrar, miró rápidamente a su alrededor—. ¿Dónde está Ariel?

—En la bañera, chapoteando con unos juguetes nuevos que le he comprado.

—Bien, me alegro de que estemos a solas  durante unos minutos.

Una expresión de recelo cruzó su rostro. Con el paso de los años, Caro se parecía cada vez  más  a  su  madre.  Fede  deseó  que  no  fuera  así.  Aquel  parecido  turbaba  su  conciencia.

—Caro,  me  hago  cargo  de  que  si  quisiera  disculparme  por  cómo  te  traté  delante  de  Erica, todavía  no  podrías  perdonarme.  La  verdad  es  que  me  gustaría  que  lo  hicieras,  pero comprendo  cómo  debes  de  sentirte.  Sólo  quiero  decirte  que  ahora  entiendo  por  qué  Pedro siempre  ha  querido  a  Ariel.  Sólo  he  pasado  una  hora  con  él  y  ya  siento  un  cariño que no puedo explicar.  Por  extraño  que  pareciera,  al  decirlo  supo  que  era  verdad.

Caro tenía  la  cabeza  inclinada. No había dicho nada pero Fede sabía que estaba escuchando.

—Sé que como hermano no siempre he estado a tu lado, como Pedro. Mi problema es que   nunca   he   querido   profundizar   nuestra   relación   porque   siempre   he   estado   demasiado preocupado conmigo mismo. Y todavía lo estoy. Soy egoísta, lo reconozco. Pero tengo ojos y veo que Ariel y tú deben  estar juntos.

—Gracias —dijo en voz baja, todavía sin mirarlo—. Significa mucho para mí.


—De nada. En cuanto a Erica, tengo que reconocer que me cae bien. Desde el principio se  esforzó  por  ser  amable  conmigo,  hasta  vino  a  ver  algunas  de  mis  carreras.  Tal  vez  por eso me puse de su lado y no me paré a ver la importancia que tenía Ari en tu vida.

—Ahora  que  Pedro  ha  roto  su  compromiso  con  Erica  no  tiene  importancia.  Nuestro  hermano está enamorado de Paula.

—Al  principio  pensé  que  era  absurdo,  pero  percibí  algo  en  la  voz  de  Pedro  que  me  indujo a creer que tal vez no estuviera mintiendo, después de todo.

— ¡No  miente!  —Dijo  Caro con  vigor—.  Fede...  ya  que  estás  siendo  sincero,  ¿Te  importaría decirme qué tiene Paula que desprecias tanto?

Fede se frotó la nuca con la mano.

Dos Hermanos: Capítulo 58

— ¿Qué  hacemos  ahora,  coronel?  La  chica  no  está  allí,  y  llevo  dos  días  sin  ver  a  Carlos  Gordon salir del edificio.

—No sé cómo lo ha hecho, pero Paula sabe que estoy detrás de ella y se lo ha dicho. Pensaba que lo habíamos acorralado en el hospital. Diablos, TJ.

—Coronel, si lo vimos entrar y salir durante la semana pasada, entonces ha debido de alertarlo después del escape de gas. De lo contrario, habría vuelto al trabajo.

— ¿Sí? ¿A dónde quieres llegar?

—Bueno, ha debido de contactar con él de alguna manera.

— ¿Sabes, T.J.? Tu inteligencia me deja cada vez más anonadado. Por supuesto que Contactó con él de alguna manera, idiota.

—Lo  que  quiero  decir  es  que  seguramente  lo  llamó  por  teléfono.  Si  pudiéramos  hacemos con las facturas de teléfono que llegan a esta dirección, podríamos conseguir una  lista  de  todas  las  llamadas  locales  o  internacionales.  Una  de  ellas  nos  conduciría  hasta Paula.

—No estoy tan seguro. Es astuta, ha conseguido eludimos hasta ahora.

— ¿No encontró al doctor Rich examinando las facturas de teléfono del coronel Chaves? —Era  la  factura  de  un  solo  hombre,  T.J.  ¿Tienes  idea  de  cuántos  cientos,  tal  vez  miles  de llamadas se originan desde este lugar todos los meses?

—Sí, pero como sabemos que Carlos Gordon no sabía de nosotros hasta que evacuamos el  edificio,  podemos  suponer  que  Paula y  él  han  tenido  contacto  reciente.  Sólo  necesitaríamos ver las facturas del último mes, ¿no cree? El coronel gruñó.

— ¿Es eso un sí o un no?

—Significa que tu idea es la única que tenemos y que el general Berman está esperando esos negativos. Manos a la obra.

— ¡Sí, señor!



— Pepe, querido..

—Me temo que no, Erica.

—¡Fede! Gracias a Dios que eres tú. ¿Te has enterado de lo ocurrido?

— ¿Por qué crees que te llamo?

—Tu  hermano  rompió  anoche  nuestro  compromiso  —Fede pudo  oír  cómo  reprimía  un sollozo—. Es una pesadilla.

—Es un montaje muy ingenioso. Maquiavélico, casi.

— ¿De qué hablas?

—Hay  algo  que  no  me  encaja  en  este  asunto.  Paula ha  embaucado  a  mi  hermano.  Pedro cree de verdad que está enamorado de ella.

— ¿Crees que no me he dado cuenta? No ha sido el mismo desde ese viaje.

—Paula hizo su investigación muy cuidadosamente. Pero después de lo que ha dicho esta noche, se delató sin darse cuenta.

— ¿Qué quieres decir?

—Sé  que  su  aparición  en  el  despacho  de  Pedro fue  parte  de  un  gran  plan  orquestado  hasta el último detalle por la ella misma. No hay ninguna coincidencia.

Erica emitió un sonido de protesta.

—No  hablaste  de  esa  forma  antes  sobre  ella.  Dijiste  que  era  una  criatura  obesa  y  patética que no merecía la atención de ningún hombre.

—Si recuerdas, Erica, estaba describiendo su aspecto externo. No dije que su cerebro no funcionara. De hecho,  cuando  la  conocí  en  Suiza,  enseguida  me  di  cuenta  que  quería  aprovecharse  de  mi hermana.  Por  eso  tuve  que  hacer  algo  para  separarlas.  Pero  al  parecer,  no  me  ha  perdonado por  poner  fin  a  su  amistad  con  mi  hermana  y  durante  estos  seis  años  ha  estado  planeando su venganza.  Estoy  seguro  de  que  su  fantasía era acabar  casada  conmigo,  pero  comprendió  que Pedro era  el  que  tenía  el  dinero  y  el  poder de la familia. Decidió ir a por él.

—No entiendo cómo ha podido pasar todo.

Dos Hermanos: Capítulo 57

El comentario inocente de Ariel sacó a Fede de su largo silencio.

— ¿Ariel?  Será  mejor  que  pares.  Paula  se  está  poniendo  colorada.  Nunca  pudo  ocultar  su vergüenza.

—Pepe dice que es porque es pelirroja.

—Ya lo creo que lo es —murmuró Fede.

Por primera vez desde que lo conocía, Paula sintió que la mirada de Fede se paseaba por  su  rostro  y  por  su  figura  de  la  forma  que  hubiese  anhelado  hacía  seis  años.  La  expresión  en  los  ojos  de  un  hombre  era  inequívoca  cuando  una  mujer  le  parecía  atractiva.

—Vamos,  Ariel  —dijo  Caro—.  Vamos  a  la  habitación  de  Paula.  Te  enseñaré  tu  nuevo  traje.

— ¿Desde  cuándo  conoces  a  mi  hermano?  —preguntó  Fede en  voz  baja  después  de  que Caro y Ari salieran por la puerta.

—Desde hace diez días, más o menos.

— ¿Y por qué me cuesta creerlo? Erica debe de estar al borde del suicidio.

Paula se estremeció.

—Espero que sea una broma.

—Si  dices  la  verdad,  ¿Qué  poder  tiene  Pedro sobre  tí  para  conseguir  que  una  perfecta  extraña se case con él? Sólo para asegurar que puede adoptar al hijo de Caro...

—Vives  en  la  Suiza  francesa,  Federico.  ¿Conoces  la  expresión  coup  de  foudre?  ¿Amor  a  primera vista?

Fede entornó los ojos.

—Reconozco que te has convertido en una mujer arrebatadora. Pedro tendría que estar ciego para no darse cuenta, pero sigues siendo la misma que en Chamonix. Fingías ser una  joven  inocente  que  vivía  en  un  cuento  de  hadas,  pero  en  realidad  sabías  lo  que  hacías al escoger a Caro como amiga.

—Y  tanto  —dijo  Paula  en  tono  desafiante—.  Caro  era,  y  es,  la  persona  más  dulce  y  amable que he conocido.

—Hermosas palabras —repuso Fede con condescendencia—. Y ahora has vuelto a su vida,  como  siempre  habías  querido  —Fede se  encogió  de  hombros  con  desprecio—. ¿Esperas  sinceramente  que  me  crea  que  fue  una  mera  coincidencia  que  llegaras  en  el  momento exacto en el que Pedro necesitaba a alguien para sus planes? Lo siento, pero es demasiada coincidencia. Y tampoco me trago lo de amor a primera vista.

— ¿Por  qué  te  molesta  tanto?  ¿Tal  vez  te  preocupa  que  después  de  las  incontables  mujeres  que  has  conocido,  nunca  te  hayas  enamorado?  Así  que  no  puedes  creer  que  eso pueda ocurrirle a otra persona, y menos a tu hermano.

Su expresión se volvió borrascosa.

— ¡No intentes psicoanalizarme!

—Entonces no camines por ahí con ese peso sobre tus hombros. Tienes el potencial de ser un hombre maravilloso, ¿Sabes? No quiero parecer condescendiente. Pero hasta que no te tomes en serio a tí mismo, no vas a tomarte en serio ninguna de tus relaciones.

— ¿Qué diablos quieres decir?

—Pensaba  que  a  estas  alturas  serías  tu  propio  empresario,  en  lugar  de  trabajar  para  una compañía  como  Brousillac.  Te  imaginaba  creando  tus  propias  escuelas  de  esquí  por Europa y Estados Unidos. Eres uno de los mejores esquiadores del mundo y tienes una  medalla  olímpica  que lo prueba.  Te  juro  que  no  entiendo  por  qué  no  has  aprovechado  tu  talento.  Podrías  hacer con él  mil  cosas  diferentes  y  siempre  sería  más  satisfactorio que vender el equipo de otro. Tú, Federico Alfonso, tienes algo que millones de hombres darían cualquier cosa por poseer... y ni siquiera lo sabes.

—Tiene razón.

Paula  se volvió y vió a Pedro de pie en el umbral con las manos en las caderas. Había estado  tan absorta  en  la  conversación  con  Federico   que  no  se  había  dado  cuenta  de  que  tenían público. Los dos hermanos se saludaron con una inclinación de cabeza.

—Me alegro de verte, Fede. Siento interrumpir, pero Pau y yo tenemos una cita. No tardaremos. Cuando volvamos, sería grato reunir a la familia y hablar de la boda.

— ¿Por qué tanta prisa, Pedro? Pensaba que querías casarte en Navidades. Ni siquiera han pasado veinticuatro horas desde que rompiste tu compromiso con Eleni. Los ojos de Stasio tenían un brillo enigmático.

— ¿No has oído nunca la expresión «el amor no espera a ningún hombre»? Pau y yo queremos casarnos ya. Quiero que sea mi esposa lo antes posible.

«Ojalá fuera cierto», se dijo Paula.

—No  sabía  que  fueras  tan  romántico  —el  comentario  burlón  de  Fede  no  ocultaba  el  hecho de que estaba perplejo y asombrado por el comportamiento de su hermano.

Paula  no lo culpaba. Pedro estaba interpretando a la perfección el papel de un hombre enamorado.

—Fede... —su  voz  parecía  extrañamente  seria—.  Cuando  conozcas  a  la  mujer  de  tu  vida,  recordarás  esta  conversación  y  la  comprenderás  —se  volvió  hacia  Paula—. ¿Vamos, querida? El párroco nos espera.

Aquel  apelativo  inesperado  brotó  con  tanta  fluidez  de  labios  de  Pedro,  que  tomó  a  Paula por sorpresa. Antes de salir de la habitación, miró por casualidad a su hermano. Fede le lanzó una sonrisa secreta que le recordó al seductor de otra época. Casi podía oírlo decir: «No  me  engañas.  Además, estabas  enamorada  de  mí  hace  seis  años.  Puedo  tenerte  cuando quiera y los dos lo sabemos».

domingo, 23 de octubre de 2016

Dos Hermanos: Capítulo 56

Qué extraño pensar que Federico Alfonso estaba en el piso de arriba.  Seis  años  antes,  una  Paula mucho  más  joven  se  habría  vuelto  loca  de  excitación  al  saber que vería al galán más apuesto de Europa en pocos segundos. Pero aquel día, la Paula adulta se sentía claramente indiferente. Enseguida volvió a meter el pequeño traje en la caja y tomó todo en los brazos antes de seguir a Caro escaleras arriba, con Pedro a corta distancia. Estaba tan locamente enamorada de él que no tenía que fingir el papel de prometida embelesada. Horas antes en su oficina, Pedro le había dicho que tendrían que convencer a Caro de que   estaban   enamorados.   De   lo   contrario,   su   hermana   no   podría   soportar   la   culpabilidad  de  saber  que  su  mejor  amiga  había  ocupado  el  puesto  de  Erica en el último  momento  para  asegurar  que  Pedro pudiera  adoptar  a  Ariel.  Paula estaba  de  acuerdo con él. Tenía que parecer de verdad, de palabra y de hecho. Para ella, era real.  Cuando  llegaron  a  la habitación  de  invitados  que  había  desocupado  aquella  misma  mañana, Pedro dejó todo en el suelo y luego le pasó el brazo por los hombros.

—Voy a llamar otra vez al párroco para decirle que ya estamos en Andros. Volveré en unos minutos. Después de darle un beso en el cuello, salió de la estancia.

Camino de la puerta, se paró para dar a su hermana un rápido abrazo. Sabía  que  Caro los  había  observado.  De  algún  modo,  Paula encontró  la  fuerza  para  mantenerse  en  pie,  aunque  su  cuerpo  había  iniciado  su  inevitable  reacción  cuando  Pedro había posado sus labios sobre su piel acalorada. Caro estaba sonriendo.

—Deja todo y ven a mi habitación. Me muero de ganas de ver la cara de Ariel. En cuanto a Fede...  Se quedaron mirándose, intercambiando mensajes silenciosos.

—Después de lo que dijo de mí, tengo que reconocer que he deseado varias veces que me viera ahora.

Caro asintió.

—Ya lo creo que te verá.., y va a tener un ataque al corazón.

Sonriendo,  Paula siguió  a  Caro a  su  habitación.  Cuando  entró,  enseguida  notó  los  cambios en Fede. Pero tenía que reconocer que todos eran buenos. Los años lo habían vuelto más atractivo que nunca.

— ¡Pau!
El  grito  alegre  de  Ariel  hizo  que  Fede volviera  la  cabeza.  Mientras  Ariel  saltaba  de  la  cama, cambiando  las  damas  de  sitio  con  las  prisas  por  saludarla,  Fede se  limitó  a  mirarla durante interminables momentos. Paula llevaba un traje negro de lana sencillo pero elegante. Cuando se lo había puesto horas antes para ir de compras, Pedro le había dicho que tenía un gusto extraordinario para vestirse, porque su elegancia y su recato realzaban su glorioso pelo.

Aunque no se estaba casando con ella por amor, Paula todavía quería que se sintiera orgulloso de su esposa. Ante el mundo, sería la mujer de Pedro Alfonso. Quería hacer bien su papel. Aunque apenas hacía un mes había querido hacer bien su papel para Fede. Tal vez se debiera  a  la  proposición  matrimonial  de  Pedro,  pero  mientras  seguía  mirando  a  su  hermano pequeño, se sintió lo bastante osada para decir:

—No me digas que no te acuerdas de mí, Fede. La niña mimada americana —aligeró su  broma  con  una  sonrisa—.  Pensé  que  al  menos,  mi  pelo  naranja  me  delataría.  Por  extraño  que  te parezca,  nunca  me  uní  al  circo.  Y  tal  vez  te  resulte  más  extraño..  que  vaya  a  casarme  con tu hermano  dentro  de  unos  días.  Creo  que  estabas  equivocado  sobre  su  opinión  sobre  la  basura militar.  Pero  no  importa.  No  te  lo  echaré  en  cara  porque vamos a ser cuñados y estoy dispuesta a quererte.., como a un hermano.

Seguramente,  Paula  nunca  había  pronunciado  un  discurso  que  le  hubiese  producido  tanto placer.  Podía  oír  a Caro por  detrás  tratando  de  contener  la  risa.  Ariel,  con  expresión  perpleja, todavía  tenía  el  brazo  alrededor  de  la  cintura  de  su  madre.  Se  produjo  un  intenso  silencio mientras  un  color  rubicundo  teñía  las  mejillas  bronceadas  de Fede. Vaya, vaya, tenía conciencia. Lentamente, Fede se puso en pie.

— ¡Fede! —rió—.  Sólo  estaba  bromeando,  no  pongas  esa  cara  tan  seria.  ¿Qué  tal  un  abrazo? —caminó  hacia  él  y  lo  estrechó  con  afecto.  Su  cuerpo  estaba  rígido—.  Ha  pasado  mucho  tiempo.  Por  favor,  no  te  culpes  por  algo  que  oí  hace  años.  Además,  ahora somos adultos y quiero mucho a Pedro, así que no podría soportar que hubiese animosidad entre nosotros. Dime que te alegras de ello.

— ¡Yo me alegro! —barbotó Ariel.

Con una sonrisa, Paula se volvió hacia él.


—Yo también.

—Pepe te trajo de vuelta, ¿Eh?

—Sí.  Vamos  a  casarnos  en  esa  pequeña  iglesia  que  hay  colina  arriba.  Fede y  tú  y  tu  madre  estarán  en  el  primer  banco.

-¿Sabes  una  cosa?  Analía  y  Germán  también  vendrán  para la boda. ¿Y sabes otra cosa?

— ¿Qué? —Sus  ojos  brillaban  corno  estrellas

—Pepe y  yo  hemos  comprado  algo  especial para que te lo pongas durante la ceremonia.


— ¿Sí?

—Sí.

Ariel se quedó callado un momento, y luego dijo:

—Me alegro de que vayas a casarte con Pepe. Porque en el barco me dijo que le hacías felíz.

Aquellas palabras desataron una oleada de calor por todo su cuerpo.

—A mí me pasaba lo mismo.

— Se enfadó cuando insistías en leerle a la señora DeMaio.

«Oh, Ari, Ari»

— ¿Ah, sí?

—Sí. Dijo que quería que le leyeras a él en la cama.

Un  calor  abrasador  trepó  rápidamente  por  su  cuello  hasta  su  rostro.  No  se  atrevió  a  mirar a Caro.

Dos Hermanos: Capítulo 55

Caro  huyó  de  la  habitación  para  no  entrar  en  una  conversación  que  echaría  a  perder  aquel momento tan importante entre Fede y su hijo. Por  el  bien  de  todos,  quería,  necesitaba desesperadamente,  que  su hermano   estableciera  un  vínculo con Ariel. Bajó  las  escaleras  y atravesó  la  casa  hasta  la  cocina.  Después  de  revolver  en  el  frigorífico  para  sacar  dos refrescos  de  naranja  y  una  cerveza,  tomó  un  paquete  de  galletas saladas de la alacena e inició el regreso a las escaleras.  Pero se paró de golpe al ver a Paula y a Pedro en el vestíbulo, con los brazos cargados con bolsas de la compra y equipaje.

—Creo que estoy alucinando —murmuró para sí.

La risa profunda de Pedro le hizo ver que los dos eran reales. Sus ojos oscuros brillaban como los de Ariel cuando estaba entusiasmado por algo. Sintió escalofríos por la espalda.

— ¿Qué ha pasado? —los miró a los dos alternativamente—. ¡Deberías estar camino de California!

—Ha habido un cambio de planes —la informó Pedro.

— ¿Pero  qué  pasa  con  Draco?  —Todavía  se  dirigía  a  Paula—.  Pensaba  que  te  necesitaba.

—Yo la necesitaba aún más —intervino Pedro—. Irá más tarde a visitarlo. Su  declaración  le  transmitió  un  sentimiento  de  incredulidad.  El  tono  de  su  voz  le  indicaba que su hermano estaba conteniendo una emoción profunda.

— ¿Dónde está Erica? —barbotó sin pensar.

—En Atenas. Anoche rompimos nuestro compromiso. No te preocupes por la adopción. Sigue adelante como habíamos planeado.

Cuando Caro recuperó la voz, susurró:

— ¿Cómo?

—Hoy  le  he  pedido  a  Paula que  se  casara  conmigo,  y  ella  me  hizo  el  gran  honor  de  aceptar. Por temor a creer algo tan fantástico, fijó su atención en Paula.

—Por favor, dime que no es una broma.

—Es cierto —la tranquilizó Paula.  Dejó uno de los paquetes en el suelo y extendió su mano izquierda para que Caro lo viera. Un diamante brillaba en su dedo anular.

— ¿De verdad vas a casarte con Pepe?

— Sí — aquellos  ojos  azules  insondables  nunca  mentían.  No  estaban  mintiendo  en  aquellos momentos.

—Nos enamoramos en el barco y decidimos que teníamos que hacer algo al respecto.

La  declaración  simple  de  Pedro  sonaba  genuina.  Desde  el  principio,  Caro había  cuestionado sus motivos para invitar a Paula a viajar en el Neptuno con Erica y con él. Al pensarlo, comprendió que no era propio de Paula aceptar su invitación ni de Pedro extenderla.  Su  amiga  siempre  había  sido  muy  independiente.  La  visita  a  Chamonix  había sido consecuencia de la insistencia de Caro... y así había terminado. Cuando Paula y Pedro se conocieron en la oficina de su hermano, debió de ser amor a primera vista para los dos.

—Ya  hemos  firmado  los  papeles  con  Costas  —explicó  Pedro—.  Todo  es  oficial.  Nos  casaremos dentro de tres días. Cuando pronunciemos nuestros votos, Ariel será tuyo.

—Le hemos comprado un traje para la ceremonia, ¡Mira!

La excitación de Paula era contagiosa. Caro observó casi con anticipación febril cómo su  amiga dejaba  los  paquetes  en  el  suelo  y  abría  una  de  las  cajas.  De  ella  sacó  un  pequeño esmoquin.

—Oh, Pau. Caro dejó  la  bandeja  con  las  bebidas  y  medio  riendo,  medio  llorando,  abrazó  a  su  futura cuñada. — Soy tan felíz que voy a explotar.

—Yo me siento igual.

Caro   la  escuchó  con  su  corazón  lo  mismo  que  con  sus  oídos.  La  respuesta sentida  de  Paula  no podía ser fingida. Realmente estaban enamorados. Lo percibía. Iban a casarse. Paula sería la esposa de Pedro.

—Esperen aquí. Tengo que decirle a Ariel que vas a ser su tía, ¡Se volverá loco de alegría! Y Fede se quedará mudo por una vez en su vida.

— ¿Fede? —la  mención  de  su  hermano  provocó  una  mirada  extraña  en  el  rostro  de  Pedro. Como Caro, tenía sus razones para estar molesto con él, ya que se había aliado con Erica en el asunto de la adopción de Ariel.

—Sí —Caro volvió a tomar la bandeja—. Con la emoción olvidé decirles que llegó hace un rato. Está arriba jugando a las damas con Ariel. Iré a buscarlos y les diré que bajen.

—No te molestes, vamos a subir. Paula tiene que instalarse en su habitación.

Dos Hermanos: Capítulo 54

— ¡Estamos en mi cuarto, Fede! —llamó Caro a su hermano.

— ¿Quién  es?  —preguntó.

Su  entrada  siempre  causaba  impacto.  Para  hacerle  justicia,  era  irresistiblemente  atractivo,  y siempre  vestía  de  forma  impecable.  Aquella  noche  llevaba un jersey de seda verde y pantalones negros. El color realzaba su bronceado y su  pelo  largo  y  negro  le  confería  una  cualidad extravagante  que  sus  admiradoras  adoraban. El  defecto  en  su  naturaleza  que  lo  volvía  difícil  e inseguros  no  se  apreciaba  a  primera  vista, ni siquiera a la segunda. Pero como Caro había aprendido a lo largo de los años, existía  y  podía  hacer  daño.  Quería  amarlo  tanto  como  a  Pedro, pero  por  desgracia,  su  personalidad mantenía a todos a distancia, sobre todo a aquéllos a los que más quería. Ari bajó de la cama y lo miró con admiración.

— ¿Fede? —Caro se puso en pie—. Éste es mi orgullo y mi alegría. Te presento a mi hijo, Ariel —le puso una mano en la espalda—. ¿Ariel? Saluda a tu tío.

—Hola, tío Fede —dijo la voz animada del niño—. He visto un montón de fotografías tuyas. Ganaste una medalla de plata, ¿Eh?

Aunque su hijo no lo supiera, el halago era una de las llaves del complicado corazón de su  hermano.  El  rostro  de  Fede se  quebró  con  la  sonrisa  seductora  por  la  que  era  famoso.

—Ya lo creo que la gané.

— ¿Puedo verla?

—La dejé en casa.

— ¿No vives aquí?

Fede lanzó a Caro una mirada que decía que le sorprendía la pregunta de su hijo.

—No. Vivo en Suiza. ¿Por qué?

—Porque puedo esquiar nada más salir de casa.

 Los ojos de Ariel se iluminaron.

— ¿Me enseñarás a esquiar?

Aquella pregunta tan halagadora tomó a su hermano por sorpresa.

—Aquí no hay nieve.

—Mamá dice que podremos ir a tu casa. Si nos dejas —añadió en voz baja.

El encanto de  Ariel  estaba  surtiendo  efecto,  incluso  con  Fede,  que  había  estado  dispuesto  a mandarlo  de  vuelta  a  Nueva  York  sin  ni  siquiera  conocerlo.  Por  una  vez,  su  hermano  se había quedado sin palabras.

—Estoy  seguro  de  que  Fede encontrará  el  momento  para  darte  algunas  lecciones  de  esquí,  ¿Eh,  Fede?  —dijo  Caro,  imitando  conscientemente  a  su  hijo.  Pudo  ver  que  su  hermano estaba absorto en sus pensamientos. Finalmente, asintió:

—Por supuesto.

— ¡Genial! ¿Juegas a las damas?

Fede se metió las manos en los bolsillos.

—Hace mucho tiempo que no juego.

— ¿Quieres jugar conmigo? Puedes elegir el color.

Caro  desvió  la  mirada,  esperando  la  respuesta.  Sentía  curiosidad  por  saber  si  su  hermano se había vuelto demasiado egoísta o insensible por su propio sentimiento de mala  educación  y  sus  conversaciones  con  Erica,  para  aceptar  el  gesto  inocente  de  amistad de un niño. No cualquier niño, claro. Ariel llevaba su sangre.

—Me gustan las negras.

Caro exhaló el aliento que había contenido de forma inconsciente.

—A mí también, pero jugaré con las rojas. ¿Mamá? —Ariel se volvió hacia ella—. ¿Puedo jugar con el tío Fede?

—Creo que es una idea magnífica. Yo iré abajo y traeré algo de beber. Fede,  ¿Quieres una cerveza?

—Si hay alguna.

—Claro,  de  tu  marca  favorita.  Esta  también  es  tu  casa.  Siempre  me  aseguro  de  que haya alguna para tó.  Volvió a mirarla a los ojos. Una vez más, su mirada era una mezcla de culpabilidad y sorpresa. Caro sospechaba que se debía a lo cruel que había sido con ella a principios de semana.

—Gracias. ¿Dónde está todo el mundo? —preguntó cuando Ariel no lo oía.

—Te lo diré en cuanto vuelva.