—Sigo aquí —repuso él.
—Necesito una cita en tu despacho para el lunes dentro de ocho días. ¿Crees que puedes hacerme un hueco? Hubo un momento de silencio.
—¿Es un asunto legal?
—Ah... sí. Así es. ¿Puedes verme ese día?
—Pau, debo decir que esto me resulta muy extraño.Ella estaba muy de acuerdo con él.
—¿Nos veremos en tu despacho? Hubo otro silencio.
—Por supuesto. Llama a mi secretaria y pide una cita.
—Gracias. ¿Y Pedro...? —él no contestó—. ¿Pedro?
Entonces se dió cuenta de que hablaba sola. Él había colgado.
—Pero a tí te gusta —arguyó Valeria cuando Paula volvió a la cocina y les dijo que no iba a salir con Pedro.
—Y ha cambiado mucho; ahora se ha asentado —añadió su madre—. La mitad de las solteras del pueblo se morirían por salir con él.
—Pues que se lo pida a una de ellas. ¿Y les importaría dejar el tema? ¿Por favor?
—No te entiendo —declaró Valeria—. Nunca te he entendido.
Pedro no lo entendía.Después de lo del jueves, habría jurado que Paula y él estaban en la misma onda, que ella se sentía atraída por él y estaba dispuesta a ver adonde los llevaba aquello.Pero al parecer no era así. No quería salir con él, pero sí quería discutir con él un asunto legal. Aquello no tenía sentido.Lo mejor que podía hacer era olvidarla. Pero no era tan fácil.
El domingo dió paso al lunes y éste al martes y descubrió que pensaba constantemente en ella. Más de una vez se sorprendió con el teléfono en la mano, a punto de marcar el número de casa de sus padres.Pero no lo hizo.¿Para qué? Ella había dejado muy claro que no quería verlo. Analía, su secretaria, le había dicho que había pedido cita para las diez de la mañana del lunes siguiente.
Cuando llegó el viernes, se dijo que era un estúpido y un tonto, pero eso no lo ayudó. Seguía pensando en Paula y seguía deseando la vida que se había atrevido a imaginar que podía tener con ella.Y si ella no quería salir con él, pues tendría que encontrar el modo de hacerle cambiar de idea. No podía rendirse y volverse loco por eso.Tenía que ser más... comprensivo. No debía olvidar que era viuda y que había perdido un marido.Y no sólo eso. Tenía que pensar en lo difícil que debía haber sido para ella dar a luz a Felipe con sólo dieciocho años.Tenía que aceptar que debía ganarse su confianza. Ella lo había pasado mal y había sufrido por culpa de un bastardo que la había dejado embarazada y se había largado y por la pérdida reciente de su marido.El hombre que la conquistara tendría que mostrarse paciente con ella. Sí. Tenía que ir despacio. Porque él sí estaba preparado. Pedro Alfonso estaba al fin dispuesto a invertir tiempo, esfuerzo y cariño para estar con la mujer apropiada.Y si ella no quería salir con él, tendría que buscar otro modo de acercarse. Por ejemplo, la boda de Valeria. Esta lo había invitado y él no pensaba perdérsela por nada en el mundo.
viernes, 26 de agosto de 2016
Trampa De Gemelas: Capítulo 14
Miguel se inclinó hacia Alejandra y le habló como si estuvieran los dos solos.
—¿Fueron al rancho?
La madre de Paula le lanzó una mirada de paciencia.
—¿Por qué no se lo preguntas a tu hija?
—Eso, papá. ¿Por qué no me preguntas a mí? —intervino Paula—. Después de todo, estoy aquí sentada.
—Ejem... —Miguel la miró—. ¿Fuiste al rancho de Pedro, hija? —preguntó con mucho cuidado.
Ella lo miró a los ojos, que eran del mismo color azul que los suyos y comprendió que su padre se esforzaba por llevarse bien con ella y arreglar las vallas que con tanta crueldad había pisoteado once años antes. Y también comprendió que ella era muy dura con él. Su padre la quería y sólo había hecho lo que consideraba lo mejor para ella. Lo que ocurría era que siempre que lo miraba no podía evitar recordar los gritos y amenazas con los que había recibido la noticia de su embarazo. Y todavía no sabía qué le había dolido más, si esos gritos o que la hubiera enviado a San Antonio para no tener que ver a su hijita soltera avergonzándolo con su embarazo delante de todo el pueblo.Pero de eso hacía ya mucho tiempo y ahora era una mujer adulta que dirigía su propia vida y Miguel sólo le había hecho una pregunta civilizada.
—Sí, papá. El jueves fuimos al Doble T. Nos invitó Pedro y nos divertimos mucho.
—Eso está muy bien —musitó su padre.Pero no dijo nada más, cosa que Paula le agradeció. Le sonrió y él le dió una palmadita en la mano.
—¿Qué te parece si pasas esas judías verdes, querida? Gracias.
—De nada, papá.
Al día siguiente, Paula volvió a ver a Pedro en la iglesia. Y después en el restaurante. Él no dejaba de mirarla y a ella le latía con fuerza el corazón y le sudaban las manos... Sonreía, asentía con la cabeza y apartaba la vista. Más tarde, su madre, su hermana y ella estaban sentadas en la mesa de la cocina mirando telas para buscar cortinas para la casa nueva en la que se instalarían Julián y Valeria a la vuelta de su luna de miel. Sonó el teléfono y Paula se sobresaltó. Sabía que sería él. Su madre se levantó y fue a contestar.
—Hola, Pedro —miró a Paula con las cejas enarcadas—. Está aquí. Espera —Alejandra le pasó el teléfono inalámbrico a Paula—. Pedro—susurró.
Ella tomó el teléfono.
—Hola.
—Hola —dijo él—. El otro día me lo pase muy bien.
—Yo también —repuso ella—. Gracias de nuevo.
—De nada. Oye, ¿Nos vemos esta noche? Puedo recogerte a las seis y podemos ir a Abilene. Conozco un restaurante mexicano muy bueno.
—¿Hoy? —intentó imaginarse a los dos solos, sin interrupciones.No, no podía estar de nuevo a solas con él y no decírselo. O quizá sí podía... y eso era lo que más la asustaba.Su hermana y su madre asentían las dos con la cabeza con frenesí. Paula se volvió a mirar la pared.
—Mejor no —contestó.
Pedro tardó un momento en hablar.
—¿Mejor no? —preguntó.
—Esta noche tenemos cena en familia —se apresuró a explicar ella— y no... —dejó la excusa sin terminar. ¡Sonaba tan pobre! Pedro debía pensar lo mismo. Se notaba en su voz cuando volvió a hablar.
—¿Y durante la semana? Podemos...
—No puedo.
Él guardó silencio. Paula oía gruñir a su madre y a su hermana detrás de ella, pero mantuvo la vista clavada en la pared.
—No comprendo —dijo él al fin—. Creía...
Paula no podía soportar oírselo decir.
—Oye, me pregunto...
—¿Qué? —preguntó él.
Era un momento desesperado. ¿Qué podía decir ahora?Entonces se le ocurrió. Ya sabía lo que tenía que hacer. Sabía cómo colocarse en el momento de la verdad. Fijaría ya la fecha allí mismo.Una cita. Sí. Haría una cita para decírselo y la haría ese día.
—Espera —le dijo—. Enseguida vuelvo.
—De acuerdo —repuso él.
Paula se volvió hacia su madre y su hermana.
—Voy a hablar a la sala —les dijo con tono amenazador.Las dos levantaron las manos y parpadearon para darle a entender que jamás se les ocurriría entrometerse en sus conversaciones privadas. Paula se llevó el teléfono a la sala.
—¿Pedro?
—¿Fueron al rancho?
La madre de Paula le lanzó una mirada de paciencia.
—¿Por qué no se lo preguntas a tu hija?
—Eso, papá. ¿Por qué no me preguntas a mí? —intervino Paula—. Después de todo, estoy aquí sentada.
—Ejem... —Miguel la miró—. ¿Fuiste al rancho de Pedro, hija? —preguntó con mucho cuidado.
Ella lo miró a los ojos, que eran del mismo color azul que los suyos y comprendió que su padre se esforzaba por llevarse bien con ella y arreglar las vallas que con tanta crueldad había pisoteado once años antes. Y también comprendió que ella era muy dura con él. Su padre la quería y sólo había hecho lo que consideraba lo mejor para ella. Lo que ocurría era que siempre que lo miraba no podía evitar recordar los gritos y amenazas con los que había recibido la noticia de su embarazo. Y todavía no sabía qué le había dolido más, si esos gritos o que la hubiera enviado a San Antonio para no tener que ver a su hijita soltera avergonzándolo con su embarazo delante de todo el pueblo.Pero de eso hacía ya mucho tiempo y ahora era una mujer adulta que dirigía su propia vida y Miguel sólo le había hecho una pregunta civilizada.
—Sí, papá. El jueves fuimos al Doble T. Nos invitó Pedro y nos divertimos mucho.
—Eso está muy bien —musitó su padre.Pero no dijo nada más, cosa que Paula le agradeció. Le sonrió y él le dió una palmadita en la mano.
—¿Qué te parece si pasas esas judías verdes, querida? Gracias.
—De nada, papá.
Al día siguiente, Paula volvió a ver a Pedro en la iglesia. Y después en el restaurante. Él no dejaba de mirarla y a ella le latía con fuerza el corazón y le sudaban las manos... Sonreía, asentía con la cabeza y apartaba la vista. Más tarde, su madre, su hermana y ella estaban sentadas en la mesa de la cocina mirando telas para buscar cortinas para la casa nueva en la que se instalarían Julián y Valeria a la vuelta de su luna de miel. Sonó el teléfono y Paula se sobresaltó. Sabía que sería él. Su madre se levantó y fue a contestar.
—Hola, Pedro —miró a Paula con las cejas enarcadas—. Está aquí. Espera —Alejandra le pasó el teléfono inalámbrico a Paula—. Pedro—susurró.
Ella tomó el teléfono.
—Hola.
—Hola —dijo él—. El otro día me lo pase muy bien.
—Yo también —repuso ella—. Gracias de nuevo.
—De nada. Oye, ¿Nos vemos esta noche? Puedo recogerte a las seis y podemos ir a Abilene. Conozco un restaurante mexicano muy bueno.
—¿Hoy? —intentó imaginarse a los dos solos, sin interrupciones.No, no podía estar de nuevo a solas con él y no decírselo. O quizá sí podía... y eso era lo que más la asustaba.Su hermana y su madre asentían las dos con la cabeza con frenesí. Paula se volvió a mirar la pared.
—Mejor no —contestó.
Pedro tardó un momento en hablar.
—¿Mejor no? —preguntó.
—Esta noche tenemos cena en familia —se apresuró a explicar ella— y no... —dejó la excusa sin terminar. ¡Sonaba tan pobre! Pedro debía pensar lo mismo. Se notaba en su voz cuando volvió a hablar.
—¿Y durante la semana? Podemos...
—No puedo.
Él guardó silencio. Paula oía gruñir a su madre y a su hermana detrás de ella, pero mantuvo la vista clavada en la pared.
—No comprendo —dijo él al fin—. Creía...
Paula no podía soportar oírselo decir.
—Oye, me pregunto...
—¿Qué? —preguntó él.
Era un momento desesperado. ¿Qué podía decir ahora?Entonces se le ocurrió. Ya sabía lo que tenía que hacer. Sabía cómo colocarse en el momento de la verdad. Fijaría ya la fecha allí mismo.Una cita. Sí. Haría una cita para decírselo y la haría ese día.
—Espera —le dijo—. Enseguida vuelvo.
—De acuerdo —repuso él.
Paula se volvió hacia su madre y su hermana.
—Voy a hablar a la sala —les dijo con tono amenazador.Las dos levantaron las manos y parpadearon para darle a entender que jamás se les ocurriría entrometerse en sus conversaciones privadas. Paula se llevó el teléfono a la sala.
—¿Pedro?
Trampa De Gemelas: Capítulo 13
—Y también tienes que pensar en el chico...
—Ya te lo he dicho. Me gusta Feli.
—Educar a un niño es un gran paso.
—Ya lo sé.
—Y luego está la persona que pasó por aquí hace once años y engendró a ese niño. ¿Has hablado de él con Paula?
—No —tuvo que confesar Pedro.
—Pues quizá deberías. No estaría de más que hablaras con ella de su difunto marido y del padre de Feli antes de pedirle matrimonio.
Pedro pensaba hacerlo... con el tiempo.
—No quiero apresurar las cosas.
Federico echó atrás la cabeza y soltó una carcajada.
—¿Estás seguro de que te vas a casar con ella, pero no quieres apresurar las cosas?
Pedro negó con la cabeza.
—No sé por qué te hablo de esto.
—Yo sí. Porque necesitas un consejo y sabes que yo puedo dártelo.
—¿Eso es lo que estás haciendo?
—Sí. Y Paula volverá a... ¿Dónde vive ahora?
—San Antonio.
—Volverá a San Antonio dentro de... ¿Cuánto?
—No lo sé. Después de la boda, supongo. A menos que pueda conseguir que me dé un sí antes de entonces.
Fede sonrió.
—Pues ya puedes darte prisa.
Pedro lanzó un gruñido al darse cuenta de que su hermano no se oponía totalmente a sus planes.
—Eres un hijo de perra. Me tenías preocupado.
Fede lo miró con franqueza.
—Sólo quiero que lo pienses bien.
—Lo he hecho.
—Me alegro de oírlo. Y si quieres casarte con ella, adelante. Siempre, claro, que ella quiera casarse contigo.
—Querrá.
Fede lo saludó con su copa.
—Ahí puede estar tu problema. No te pongas demasiado chulo, ¿Me oyes? Cuando un hombre se siente más seguro es cuando más les gusta a ellas rechazarlo.
—Ahora hablas de Melina, no de Paula.
—Hablo de todas las mujeres. Les gusta que un hombre sepa lo que quiere e intente conseguirlo, pero no que esté muy seguro de sí mismo. Una mujer necesita un hombre que sepa mostrarse humilde cuando tiene que hacerlo.
Pedro levantó los ojos al techo.
—Tú no has tenido ni un día humilde en tu vida.
—Sí lo he tenido. Me he puesto de rodillas y no se te ocurra dudarlo. No fue fácil: sobre todo la primera vez. Pero un hombre se puede habituar a arrastrarse de vez en cuando. Si la mujer lo vale.
—No creo que sea necesario arrastrarse.
Federico movió la cabeza, tomó la botella de brandy y sirvió más cantidad en las copas.
El sábado por la noche, la madre de Paula sirvió un asado de ternera tan tierno y jugoso que cuando Miguel lo cortó, la carne se separaba sola del hueso. Miguel dió gracias con su estilo breve y conciso y empezaron a pasarse las patatas, las judías verdes y la salsa. Miguel miró a su nieto.
—Bueno, hijo, ¿Te gusta estar aquí?
Feli asintió con la cabeza y se sirvió más patatas. Siempre se mostraba cauteloso con Miguel. Paula no sabía si lo había aprendido de ella o si se debía a que su padre era un hombre que hablaba y reía en voz alta y hacía mucho ruido y el niño no había pasado el tiempo suficiente con él para acostumbrarse a su estilo.
—No te oigo con la boca cerrada —rió Miguel.
Paula dejó el bol de judías verdes en la mesa.
—Pues a tí sí te oímos, papá, puesto que siempre hablas a gritos.
Miguel se puso tenso. Miró a la madre de Paula, quien se encogió de hombros.
—Bueno, siento si te he ofendido... otra vez —musitó Miguel.
Feli, que lo miraba con los ojos muy abiertos, eligió aquel momento para intervenir.
—Fuimos al lago. Fue divertido.
Miguel sonrió.
—Me alegro, hijo.
—Y antes de ayer fuimos a casa de Pedro. Vive en un rancho y monté en un caballo que se llama Amos, nadé en la piscina y jugué con el perro de Pedro, que se llama Fargo.
—Ya te lo he dicho. Me gusta Feli.
—Educar a un niño es un gran paso.
—Ya lo sé.
—Y luego está la persona que pasó por aquí hace once años y engendró a ese niño. ¿Has hablado de él con Paula?
—No —tuvo que confesar Pedro.
—Pues quizá deberías. No estaría de más que hablaras con ella de su difunto marido y del padre de Feli antes de pedirle matrimonio.
Pedro pensaba hacerlo... con el tiempo.
—No quiero apresurar las cosas.
Federico echó atrás la cabeza y soltó una carcajada.
—¿Estás seguro de que te vas a casar con ella, pero no quieres apresurar las cosas?
Pedro negó con la cabeza.
—No sé por qué te hablo de esto.
—Yo sí. Porque necesitas un consejo y sabes que yo puedo dártelo.
—¿Eso es lo que estás haciendo?
—Sí. Y Paula volverá a... ¿Dónde vive ahora?
—San Antonio.
—Volverá a San Antonio dentro de... ¿Cuánto?
—No lo sé. Después de la boda, supongo. A menos que pueda conseguir que me dé un sí antes de entonces.
Fede sonrió.
—Pues ya puedes darte prisa.
Pedro lanzó un gruñido al darse cuenta de que su hermano no se oponía totalmente a sus planes.
—Eres un hijo de perra. Me tenías preocupado.
Fede lo miró con franqueza.
—Sólo quiero que lo pienses bien.
—Lo he hecho.
—Me alegro de oírlo. Y si quieres casarte con ella, adelante. Siempre, claro, que ella quiera casarse contigo.
—Querrá.
Fede lo saludó con su copa.
—Ahí puede estar tu problema. No te pongas demasiado chulo, ¿Me oyes? Cuando un hombre se siente más seguro es cuando más les gusta a ellas rechazarlo.
—Ahora hablas de Melina, no de Paula.
—Hablo de todas las mujeres. Les gusta que un hombre sepa lo que quiere e intente conseguirlo, pero no que esté muy seguro de sí mismo. Una mujer necesita un hombre que sepa mostrarse humilde cuando tiene que hacerlo.
Pedro levantó los ojos al techo.
—Tú no has tenido ni un día humilde en tu vida.
—Sí lo he tenido. Me he puesto de rodillas y no se te ocurra dudarlo. No fue fácil: sobre todo la primera vez. Pero un hombre se puede habituar a arrastrarse de vez en cuando. Si la mujer lo vale.
—No creo que sea necesario arrastrarse.
Federico movió la cabeza, tomó la botella de brandy y sirvió más cantidad en las copas.
El sábado por la noche, la madre de Paula sirvió un asado de ternera tan tierno y jugoso que cuando Miguel lo cortó, la carne se separaba sola del hueso. Miguel dió gracias con su estilo breve y conciso y empezaron a pasarse las patatas, las judías verdes y la salsa. Miguel miró a su nieto.
—Bueno, hijo, ¿Te gusta estar aquí?
Feli asintió con la cabeza y se sirvió más patatas. Siempre se mostraba cauteloso con Miguel. Paula no sabía si lo había aprendido de ella o si se debía a que su padre era un hombre que hablaba y reía en voz alta y hacía mucho ruido y el niño no había pasado el tiempo suficiente con él para acostumbrarse a su estilo.
—No te oigo con la boca cerrada —rió Miguel.
Paula dejó el bol de judías verdes en la mesa.
—Pues a tí sí te oímos, papá, puesto que siempre hablas a gritos.
Miguel se puso tenso. Miró a la madre de Paula, quien se encogió de hombros.
—Bueno, siento si te he ofendido... otra vez —musitó Miguel.
Feli, que lo miraba con los ojos muy abiertos, eligió aquel momento para intervenir.
—Fuimos al lago. Fue divertido.
Miguel sonrió.
—Me alegro, hijo.
—Y antes de ayer fuimos a casa de Pedro. Vive en un rancho y monté en un caballo que se llama Amos, nadé en la piscina y jugué con el perro de Pedro, que se llama Fargo.
Trampa De Gemelas: Capítulo 12
—¿Que vas a hacer qué? —Federico tomó un trago grande de brandy.
—Me voy a casar con Paula Chaves —dijo Pedro con calma por segunda vez.Estaban sentados en los sillones de orejeras del estudio de Federico, con los pies en un escabel colocado entre ambos. Melina estaba arriba con los bebés. Fede lo miró con el ceño fruncido.
—¿Y Paula sabe que vas a ser su futuro esposo?
—Aún no.
Federico pensó un momento en aquello.
—¿Al menos has salido con ella?
—Sí. Ayer estuvo aquí con su hijo. Felipe montó al pequeño Amos y después hicimos una barbacoa y fuimos a nadar.
—¿Vinieron aquí? Yo no los ví.
—Porque Melina y tú habían salido.
—Ya lo sé —gruñó Fede.
—Hablas igual que el abuelo.
—No empieces —Fede achicó los ojos y lo miró un momento—. Meli me dijo que le habías hecho preguntas sobre Paula, pero no pensé...
—¿Qué no pensaste?
—Vamos, Pepe. ¿Cuánto tiempo lleva en el pueblo? ¿Unos días?
—Mañana hará siete, y...
—Nunca han estado a solas, ¿Verdad? —preguntó Fede.
—Anoche estuvimos solos y hablamos. Hablamos durante horas.
—Con el niño allí.
—Feli estaba ocupado con el pony, con la piscina y con Fargo.
—Vale. Está bien. Han salido una vez.
—¿Y qué?
—Bueno, tendrás que admitir que esto es muy repentino.
Pedro se encogió de hombros.
—Repentino o no, sé que quiero a Pau y a Feli en mi vida. Piensa en lo que te pasó a tí con Melina. Sabías que la querías en tu vida desde el primer momento. Y no intentes convencerme de que no era así.
Fede negó con la cabeza.
—No es lo mismo. Yo conocía a Meli de toda la vida, pero sólo empecé a verla de verdad cuando me enfureció y se presentó a la alcaldía.
Pedro levantó su copa en un gesto de saludo.
—Lo mismo me ha pasado a mí con Pau. La he conocido toda mi vida, pero no la había visto hasta el sábado en la gasolinera, cuando llegó al pueblo.
—¿Toda tu vida? Has pasado un tercio de tu vida fuera de aquí y ella también.
—¿Y adonde quieres ir a parar?
—Escucha. Sí, yo al fin me fijé en Meli y supe que la deseaba, pero no quise casarme con ella hasta que me enteré de que estaba embarazada. Y no supe que la amaba con todo mi corazón hasta un poco después.
—Bueno, ésa es la diferencia entre tú y yo. Yo sé lo que quiero y sé que es amor.
Federico tomó otro trago de brandy y frunció el ceño.
—Lo que quiero decirte es que el amor es un proceso y a mí me parece que tú te has saltado unos cuantos pasos.
—No estoy de acuerdo.—Pero ni siquiera la conoces. No es posible.
—La conozco. La conocí en cuanto la ví el sábado pasado. Es mi futura esposa.
Federico lo miró largo rato.
—Piensa en todas las mujeres con las que has estado.
Pedro no tenía el menor interés en hacer eso.
—¿Por qué? ¿Qué pasa con ellas?
—Siempre has salido corriendo.
—¿Y qué?—Que no se puede decir que seas propenso al matrimonio. No sabes nada del trabajo duro que supone vivir con una mujer.
—He cambiado —repuso Pedro.
Su hermano pensó un momento en aquello.
—Puede que hayas cambiado un poco —admitió.
—No. He cambiado mucho.
—Aun así, Paula sólo hace un año que es viuda.
—¿Y qué?
—Que puede que no esté preparada para volver a casarse. A lo mejor quería a su esposo y lo sigue queriendo. ¿Has pensado en eso?
No había pensado. Y la idea le daba náuseas.
—Le intereso. Lo veo en sus ojos.
—Me voy a casar con Paula Chaves —dijo Pedro con calma por segunda vez.Estaban sentados en los sillones de orejeras del estudio de Federico, con los pies en un escabel colocado entre ambos. Melina estaba arriba con los bebés. Fede lo miró con el ceño fruncido.
—¿Y Paula sabe que vas a ser su futuro esposo?
—Aún no.
Federico pensó un momento en aquello.
—¿Al menos has salido con ella?
—Sí. Ayer estuvo aquí con su hijo. Felipe montó al pequeño Amos y después hicimos una barbacoa y fuimos a nadar.
—¿Vinieron aquí? Yo no los ví.
—Porque Melina y tú habían salido.
—Ya lo sé —gruñó Fede.
—Hablas igual que el abuelo.
—No empieces —Fede achicó los ojos y lo miró un momento—. Meli me dijo que le habías hecho preguntas sobre Paula, pero no pensé...
—¿Qué no pensaste?
—Vamos, Pepe. ¿Cuánto tiempo lleva en el pueblo? ¿Unos días?
—Mañana hará siete, y...
—Nunca han estado a solas, ¿Verdad? —preguntó Fede.
—Anoche estuvimos solos y hablamos. Hablamos durante horas.
—Con el niño allí.
—Feli estaba ocupado con el pony, con la piscina y con Fargo.
—Vale. Está bien. Han salido una vez.
—¿Y qué?
—Bueno, tendrás que admitir que esto es muy repentino.
Pedro se encogió de hombros.
—Repentino o no, sé que quiero a Pau y a Feli en mi vida. Piensa en lo que te pasó a tí con Melina. Sabías que la querías en tu vida desde el primer momento. Y no intentes convencerme de que no era así.
Fede negó con la cabeza.
—No es lo mismo. Yo conocía a Meli de toda la vida, pero sólo empecé a verla de verdad cuando me enfureció y se presentó a la alcaldía.
Pedro levantó su copa en un gesto de saludo.
—Lo mismo me ha pasado a mí con Pau. La he conocido toda mi vida, pero no la había visto hasta el sábado en la gasolinera, cuando llegó al pueblo.
—¿Toda tu vida? Has pasado un tercio de tu vida fuera de aquí y ella también.
—¿Y adonde quieres ir a parar?
—Escucha. Sí, yo al fin me fijé en Meli y supe que la deseaba, pero no quise casarme con ella hasta que me enteré de que estaba embarazada. Y no supe que la amaba con todo mi corazón hasta un poco después.
—Bueno, ésa es la diferencia entre tú y yo. Yo sé lo que quiero y sé que es amor.
Federico tomó otro trago de brandy y frunció el ceño.
—Lo que quiero decirte es que el amor es un proceso y a mí me parece que tú te has saltado unos cuantos pasos.
—No estoy de acuerdo.—Pero ni siquiera la conoces. No es posible.
—La conozco. La conocí en cuanto la ví el sábado pasado. Es mi futura esposa.
Federico lo miró largo rato.
—Piensa en todas las mujeres con las que has estado.
Pedro no tenía el menor interés en hacer eso.
—¿Por qué? ¿Qué pasa con ellas?
—Siempre has salido corriendo.
—¿Y qué?—Que no se puede decir que seas propenso al matrimonio. No sabes nada del trabajo duro que supone vivir con una mujer.
—He cambiado —repuso Pedro.
Su hermano pensó un momento en aquello.
—Puede que hayas cambiado un poco —admitió.
—No. He cambiado mucho.
—Aun así, Paula sólo hace un año que es viuda.
—¿Y qué?
—Que puede que no esté preparada para volver a casarse. A lo mejor quería a su esposo y lo sigue queriendo. ¿Has pensado en eso?
No había pensado. Y la idea le daba náuseas.
—Le intereso. Lo veo en sus ojos.
Trampa De Gemelas: Capítulo 11
—No digas nada más, por favor.
Él tomó su muñeca y por un momento ambos se miraron a los ojos. Paula tuvo la sensación de que caía... Y caía. Se puso tensa y apretó la mano en un puño.Y él se llevó ese puño a la boca y le besó los nudillos apretados.Una ola de calor le subió por el brazo y le produjo piel de gallina por todo el cuerpo. Antes de que pudiera controlarse lo suficiente para apartarse, él la soltó.
—Perdona —dijo—. Me parece que voy muy deprisa.
—Tenemos que irnos —repuso ella con rapidez—. ¡Feli!Su hijo se sentó en la hierba.
—¿Sí?
—¡Ven! Tenemos que irnos.
—¡Ah, mamá...!
—Va en serio. Ven.
Feli se levantó y fue hacia ellos arrastrando los pies y con Fargo trotando detrás.
—Mamá, por favor.
—Es tarde, hijo. Vístete en la caseta.
—Pero Fargo y yo...
Paula adoptó una expresión severa.
—Date prisa.
Felipe gruñó un poco, pero se alejó hacia la caseta con Fargo pegado a los talones.
—¡Vaya! —comentó Pedro—. ¡Qué dura!
Paula hizo una mueca.
—Mucho —bromeó—. Así que no te metas conmigo.
—Espero que podamos repetir esto —comentó él.
—Sí. Ah, eso estaría bien...
—¡Eh! ¡Mírame!
Paula se obligó a mirarlo a los ojos.
—Me lo he pasado muy bien y Feli también —dijo. Apartó la vista—. Tengo que vestirme.
—Lo sé —él le sonrió de un modo que ella no supo interpretar del todo.
En parte era aprecio y en parte era algo más... Algo muy, muy peligroso. Algo íntimo y tierno. Paula se levantó de un salto y se dirigió a la caseta, muy consciente de tener la mirada de él clavada en la espalda.
Pedro la observó alejarse maravillado.¿Cómo podía haber ocurrido eso? ¿Cómo podía estar tan seguro de pronto? No lo sabía. Y además, el cómo no importaba. Hacía pocos días que la conocía porque el pasado no contaba para él. Cuando eran adolescentes, él no conocía a Paula... no como ahora.Cuando la miraba ahora, ya no veía a Valeria. Ahora la veía a ella, a Paula, totalmente independiente de su hermana gemela. Y podía verlos a los tres... a Paula, Felipe y él mismo. Podía verlos claramente.Los veía como una familia. Veía las veladas como ésa que tendrían a menudo, veía sus vidas, la de Paula y la suya, criando juntos a Feli. Y después, cuando él fuera mayor y se marchara, veía a los dos solos... a menos, claro, que hubiera más hijos que criar, cosa que también le parecía bien.Todo le parecería bien siempre que pudiera tener a Paula a su lado el resto de su vida.Era algo extraño y muy nuevo para él, porque nunca se había visto así con otra persona. Había conocido a bastantes mujeres y vivido algunas aventuras apasionadas, pero la pasión no había durado y él no había esperado que durara, no por nada, simplemente porque no se veía quedándose, porque siempre sabía que llegaría el día en el que se marcharía. En el último año, sin embargo, había cambiado. Había echado raíces en su pueblo natal y ahora no le costaba trabajo verse como un hombre de familia; se veía como marido de Paula y padre de Felipe. Y le gustaba lo que veía.
Él tomó su muñeca y por un momento ambos se miraron a los ojos. Paula tuvo la sensación de que caía... Y caía. Se puso tensa y apretó la mano en un puño.Y él se llevó ese puño a la boca y le besó los nudillos apretados.Una ola de calor le subió por el brazo y le produjo piel de gallina por todo el cuerpo. Antes de que pudiera controlarse lo suficiente para apartarse, él la soltó.
—Perdona —dijo—. Me parece que voy muy deprisa.
—Tenemos que irnos —repuso ella con rapidez—. ¡Feli!Su hijo se sentó en la hierba.
—¿Sí?
—¡Ven! Tenemos que irnos.
—¡Ah, mamá...!
—Va en serio. Ven.
Feli se levantó y fue hacia ellos arrastrando los pies y con Fargo trotando detrás.
—Mamá, por favor.
—Es tarde, hijo. Vístete en la caseta.
—Pero Fargo y yo...
Paula adoptó una expresión severa.
—Date prisa.
Felipe gruñó un poco, pero se alejó hacia la caseta con Fargo pegado a los talones.
—¡Vaya! —comentó Pedro—. ¡Qué dura!
Paula hizo una mueca.
—Mucho —bromeó—. Así que no te metas conmigo.
—Espero que podamos repetir esto —comentó él.
—Sí. Ah, eso estaría bien...
—¡Eh! ¡Mírame!
Paula se obligó a mirarlo a los ojos.
—Me lo he pasado muy bien y Feli también —dijo. Apartó la vista—. Tengo que vestirme.
—Lo sé —él le sonrió de un modo que ella no supo interpretar del todo.
En parte era aprecio y en parte era algo más... Algo muy, muy peligroso. Algo íntimo y tierno. Paula se levantó de un salto y se dirigió a la caseta, muy consciente de tener la mirada de él clavada en la espalda.
Pedro la observó alejarse maravillado.¿Cómo podía haber ocurrido eso? ¿Cómo podía estar tan seguro de pronto? No lo sabía. Y además, el cómo no importaba. Hacía pocos días que la conocía porque el pasado no contaba para él. Cuando eran adolescentes, él no conocía a Paula... no como ahora.Cuando la miraba ahora, ya no veía a Valeria. Ahora la veía a ella, a Paula, totalmente independiente de su hermana gemela. Y podía verlos a los tres... a Paula, Felipe y él mismo. Podía verlos claramente.Los veía como una familia. Veía las veladas como ésa que tendrían a menudo, veía sus vidas, la de Paula y la suya, criando juntos a Feli. Y después, cuando él fuera mayor y se marchara, veía a los dos solos... a menos, claro, que hubiera más hijos que criar, cosa que también le parecía bien.Todo le parecería bien siempre que pudiera tener a Paula a su lado el resto de su vida.Era algo extraño y muy nuevo para él, porque nunca se había visto así con otra persona. Había conocido a bastantes mujeres y vivido algunas aventuras apasionadas, pero la pasión no había durado y él no había esperado que durara, no por nada, simplemente porque no se veía quedándose, porque siempre sabía que llegaría el día en el que se marcharía. En el último año, sin embargo, había cambiado. Había echado raíces en su pueblo natal y ahora no le costaba trabajo verse como un hombre de familia; se veía como marido de Paula y padre de Felipe. Y le gustaba lo que veía.
miércoles, 24 de agosto de 2016
Trampa De Gemelas: Capítulo 10
Pedro se encogió de hombros.
—Con Federico no se portaba mal, a su modo mandón, claro, pero a mí no me soportaba. Estaba seguro de que yo tenía que haber nacido de una aventura de mi madre con un forastero. Y eso de tener que criar al hijo ilegítimo de su voluble hija lo volvía loco. Es una pena que ya hubiera muerto cuando nos enteramos de la verdad —sonrió. Su abuelo había muerto cuatro años atrás y la verdad sobre su padre la habían descubierto el verano anterior—. Yo no soy más bastardo que Fede. Si yo lo soy, él también.
Paula pensó en aquella palabra. «Bastardo». Era una palabra fea, que ya tenía poco significado... excepto para tradicionalistas como el viejo Pedro o Miguel Chaves...
—Nuestro padre se casó más de una vez —siguió hablando Pedro—, aunque todavía no sabemos con quién se casó primero.
Paula no lo escuchaba. Miraba a su hijo rodar por la hierba. Pedro siguió la dirección de su mirada.
—Perdona. No pretendía ofenderte.Era uno de esos momentos, y había habido varios durante la velada, en los que podía haberle dicho que Feli era su hijo.
—No me has ofendido —repuso.
Pedro la miró a los ojos.
—¿Seguro?
Paula asintió.
—No sé si tu madre o Lena te han contado lo que descubrimos el año pasado sobre Horacio Alfonso.
—Me lo contaron las dos. Creo que todo el pueblo habló de eso.
La historia era que Horacio Alfonso, el secuestrador del hijo de su hermano, era también el padre de Federico y Pedro. Se suponía que Horacio había muerto justo después de concebir a Federico, pero no había sido así. En realidad había vivido treinta años más, oculto en Oklahoma. Y él era el hombre con el que se había fugado Ana Alfonso cuando se quedó embarazada de Pedro.
—Imagínate —dijo éste con ojos brillantes—. Tengo familia que no sabía que tenía. Un montón de primos Alfonso en Wyoming y una en Hill Country, casada con un veterinario. Tengo medio hermanos en Nevada y otro en Oklahoma. Dos primas en el norte de California y la rama más famosa de la familia, los Alfonso de Los Ángeles. Son más ricos que nosotros, muy ricos. Y no olvidemos a Dekker, el bebé Alfonso al que secuestró mi padre hace tantos años. Ahora tiene treinta años y es detective privado en Oklahoma City.
—Eso es mucha familia —asintió ella.
—Y eso no es todo. Tengo un tío abuelo. Juan, que tuvo siete hijos. Y Horacio tuvo más hijos. Fede, mi medio hermano Martín y yo estamos casi seguros —parecía complacido consigo mismo.
—Te encanta —sonrió ella—. Te gusta tener tanta familia.
—Sí. A Fede al principio le costó aceptar que nuestro padre fuera tan embustero, pero a mí no. Para mí fue muy importante saber al fin quién era y saber que tengo familia por todos los Estados Unidos me hace sentir... no sé, como que tengo vínculos. Después de todo, todos estamos aquí para algo.
—¿Para qué? —sonrió ella—. ¿Para qué estamos aquí?
Pedro se inclinó hacia ella, que hizo lo mismo sin pensar. Él le miró la boca y después los ojos.
—Yo volví el año pasado al pueblo para buscar algo... algo que llevaba toda mi vida buscando.
—¿Y ese algo es...?
—No me metas prisa —susurró él—. Ya voy.
—Bien.
—En los dos últimos años empecé a pensar que vagar por el mundo no me llevaba a ninguna parte, que estaba buscando lo que tenía justo aquí, de donde había partido.
—¿Y qué era? —no pudo evitar preguntar ella.
Él sonrió.
—No tenía ni la más remota idea.
—Un momento. A ver si lo entiendo. ¿Volviste aquí a buscar algo pero no sabías lo que era?
—Exacto. Sólo sabía que si venía a casa lo encontraría por fin.
—¿Y cómo sabías eso?
—Paula. Lo que importa es que lo sabía, no cómo.
—Ah. ¿Uno de los misterios profundos de la vida?
—Exacto.
—Simplemente lo sabías.
—Sí.
—¿Y lo has encontrado?
—Buena pregunta —rió él. Se puso serio—. Para mí ha sido importante instalarme en casa de mi abuelo, descubrir quién soy, enterarme de toda la familia que tengo... —movió la cabeza y la miró con admiración, primero a los ojos y luego la nariz, la boca, la barbilla, hasta subir de nuevo a los ojos.
Paula sintió un escalofrío. Se echó a reír, en parte por nervios.
—Todavía no me has contestado. ¿Lo has encontrado?
—¿Te das cuenta de que todos esos años, cuando éramos niños, no te ví nunca? Ahora me cuesta creerlo. ¿Cómo pude ser tan tonto?
A pesar de la magia del momento, Paula oyó por fin campanas de advertencia. Se apartó un poco de él y se sentó recta.
—Bueno, hace años era Valeria la que...
Él movió la cabeza.
—Una locura. Es imposible.
Paula no se atrevió a preguntar el qué.
—Pero después de tantos años, te ví salir del coche en la gasolinera —continuó él—. Y al verte, pensé...
—No —dijo ella.
Paula parpadeó. Pero guardó silencio. Sus ojos oscuros se llenaron de preguntas, preguntas que ella sabía que no iba a responder esa noche. Era demasiado. No tenía que haberse inclinado hacia él ni haberle suplicado que le hablara de esa cosa misteriosa que estaba buscando.No tenía derecho a oír lo que él había estado a punto de decir.
—Con Federico no se portaba mal, a su modo mandón, claro, pero a mí no me soportaba. Estaba seguro de que yo tenía que haber nacido de una aventura de mi madre con un forastero. Y eso de tener que criar al hijo ilegítimo de su voluble hija lo volvía loco. Es una pena que ya hubiera muerto cuando nos enteramos de la verdad —sonrió. Su abuelo había muerto cuatro años atrás y la verdad sobre su padre la habían descubierto el verano anterior—. Yo no soy más bastardo que Fede. Si yo lo soy, él también.
Paula pensó en aquella palabra. «Bastardo». Era una palabra fea, que ya tenía poco significado... excepto para tradicionalistas como el viejo Pedro o Miguel Chaves...
—Nuestro padre se casó más de una vez —siguió hablando Pedro—, aunque todavía no sabemos con quién se casó primero.
Paula no lo escuchaba. Miraba a su hijo rodar por la hierba. Pedro siguió la dirección de su mirada.
—Perdona. No pretendía ofenderte.Era uno de esos momentos, y había habido varios durante la velada, en los que podía haberle dicho que Feli era su hijo.
—No me has ofendido —repuso.
Pedro la miró a los ojos.
—¿Seguro?
Paula asintió.
—No sé si tu madre o Lena te han contado lo que descubrimos el año pasado sobre Horacio Alfonso.
—Me lo contaron las dos. Creo que todo el pueblo habló de eso.
La historia era que Horacio Alfonso, el secuestrador del hijo de su hermano, era también el padre de Federico y Pedro. Se suponía que Horacio había muerto justo después de concebir a Federico, pero no había sido así. En realidad había vivido treinta años más, oculto en Oklahoma. Y él era el hombre con el que se había fugado Ana Alfonso cuando se quedó embarazada de Pedro.
—Imagínate —dijo éste con ojos brillantes—. Tengo familia que no sabía que tenía. Un montón de primos Alfonso en Wyoming y una en Hill Country, casada con un veterinario. Tengo medio hermanos en Nevada y otro en Oklahoma. Dos primas en el norte de California y la rama más famosa de la familia, los Alfonso de Los Ángeles. Son más ricos que nosotros, muy ricos. Y no olvidemos a Dekker, el bebé Alfonso al que secuestró mi padre hace tantos años. Ahora tiene treinta años y es detective privado en Oklahoma City.
—Eso es mucha familia —asintió ella.
—Y eso no es todo. Tengo un tío abuelo. Juan, que tuvo siete hijos. Y Horacio tuvo más hijos. Fede, mi medio hermano Martín y yo estamos casi seguros —parecía complacido consigo mismo.
—Te encanta —sonrió ella—. Te gusta tener tanta familia.
—Sí. A Fede al principio le costó aceptar que nuestro padre fuera tan embustero, pero a mí no. Para mí fue muy importante saber al fin quién era y saber que tengo familia por todos los Estados Unidos me hace sentir... no sé, como que tengo vínculos. Después de todo, todos estamos aquí para algo.
—¿Para qué? —sonrió ella—. ¿Para qué estamos aquí?
Pedro se inclinó hacia ella, que hizo lo mismo sin pensar. Él le miró la boca y después los ojos.
—Yo volví el año pasado al pueblo para buscar algo... algo que llevaba toda mi vida buscando.
—¿Y ese algo es...?
—No me metas prisa —susurró él—. Ya voy.
—Bien.
—En los dos últimos años empecé a pensar que vagar por el mundo no me llevaba a ninguna parte, que estaba buscando lo que tenía justo aquí, de donde había partido.
—¿Y qué era? —no pudo evitar preguntar ella.
Él sonrió.
—No tenía ni la más remota idea.
—Un momento. A ver si lo entiendo. ¿Volviste aquí a buscar algo pero no sabías lo que era?
—Exacto. Sólo sabía que si venía a casa lo encontraría por fin.
—¿Y cómo sabías eso?
—Paula. Lo que importa es que lo sabía, no cómo.
—Ah. ¿Uno de los misterios profundos de la vida?
—Exacto.
—Simplemente lo sabías.
—Sí.
—¿Y lo has encontrado?
—Buena pregunta —rió él. Se puso serio—. Para mí ha sido importante instalarme en casa de mi abuelo, descubrir quién soy, enterarme de toda la familia que tengo... —movió la cabeza y la miró con admiración, primero a los ojos y luego la nariz, la boca, la barbilla, hasta subir de nuevo a los ojos.
Paula sintió un escalofrío. Se echó a reír, en parte por nervios.
—Todavía no me has contestado. ¿Lo has encontrado?
—¿Te das cuenta de que todos esos años, cuando éramos niños, no te ví nunca? Ahora me cuesta creerlo. ¿Cómo pude ser tan tonto?
A pesar de la magia del momento, Paula oyó por fin campanas de advertencia. Se apartó un poco de él y se sentó recta.
—Bueno, hace años era Valeria la que...
Él movió la cabeza.
—Una locura. Es imposible.
Paula no se atrevió a preguntar el qué.
—Pero después de tantos años, te ví salir del coche en la gasolinera —continuó él—. Y al verte, pensé...
—No —dijo ella.
Paula parpadeó. Pero guardó silencio. Sus ojos oscuros se llenaron de preguntas, preguntas que ella sabía que no iba a responder esa noche. Era demasiado. No tenía que haberse inclinado hacia él ni haberle suplicado que le hablara de esa cosa misteriosa que estaba buscando.No tenía derecho a oír lo que él había estado a punto de decir.
Trampa De Gemelas: Capítulo 9
—¡Vamos, Fargo, ven aquí! Felipe salió de la piscina y corrió por los azulejos hasta el césped, que se extendía hasta la hilera de robles y nogales que bordeaban el jardín del rancho. Felipe corría por la hierba, mojado y riendo. Fargo lo perseguía ladrando animadamente. El sol había empezado ya a bajar detrás de los árboles. Paula y Pedro estaban sentados al lado de la piscina.
—Creo que se lo ha pasado bien —comentó él. Ella sonrió y tomó un sorbo de su margarita.
—Más que bien. Le ha encamado montar en pony y se ha comido un kilo de costillas.
—Eso no es mérito mío. Las costillas son la especialidad de Miranda.Miranda Coutera era el ama de llaves del rancho.Pedro levantó su vaso.
—Y los margaritas también.
Paula chocó su vaso con el de él.
—Por Miranda.
—Por Miranda —repitió Pedro con suavidad.Se encendieron las luces de la piscina y un mosquito zumbó cerca del oído de Paula. Ella se dió un manotazo en el cuello y se echó a reír.
—Una noche de verano en Texas. No hay nada igual.
—¡Eh! Por lo menos no hace cuarenta grados de calor húmedo —sonrió él—. Todavía.
Se miraron a los ojos. Ella carraspeó.
—Eso es algo que me gusta de San Antonio. No es tan húmedo como esto.
—No me has dicho en qué trabajas.
—Soy ayudante de dentista. Es un curso de dos años. Me lo pagó mi padre cuando nació Feli.
—Creo que alguien me dijo que tu marido era dentista...
Paula asintió.
—Conocí a Manuel cuando empecé a trabajar para él. Yo llevaba la consulta. Entré de ayudante y resultó que se me daba bien ocuparme de la parte económica. Soy buena contable y tengo talento para invertir —la realidad era que ella había triplicado sus bienes en los años que había pasado con Manuel—. Cuando mi marido se puso muy enfermo para trabajar, vendí la consulta, así que, aparte de ocuparme de mis inversiones, podríamos decir que estoy entre trabajo y trabajo.
—O sea, que eres libre de ir adonde quieras —comentó él.
Paula asintió. Era libre... aunque no tenía planes de moverse. Le gustaba San Antonio y había sido feliz allí.Y empezaba a oscurecer. Había llegado el momento de despedirse. Dejó su vaso en la mesa.
—Es tarde y...
Pedro levantó un frasco de spray que había en la mesa.
—Prueba esto. Es natural. De citronela, creo. Te vuelves invisible para los mosquitos.
—Pero creo que debemos...
—Vamos. Pruébalo.
Paula miró a Feli, que rodaba por la hierba riendo mientras Fargo intentaba lamerle la cara, y tomó el spray.
—Gracias.
—De nada. Ponte también en los tobillos. A los mosquitos les encantan los tobillos.
Paula se echó por las piernas, los brazos y el cuello.
—¿Mejor? —preguntó él con voz ronca cuando ella devolvió el frasco a la mesa.
—De momento, sí —repuso ella.
Pedro se recostó en su sillón de hierro.
—Con mosquitos o sin ellos, esto es muy hermoso —miró la hilera de árboles.
Paula observó un momento su perfil fuerte y pensó que era muy atractivo. Siguió luego su mirada hacia el cielo amplio y despejado de Texas, donde se veía todavía un brillo naranja y púrpura, el final de un glorioso atardecer.
—Hermoso, sí...
—Yo he visto los arrecifes de coral de Bora Bora, he subido a la torre Eiffel y he estado a los pies de la Esfinge, pero antes no era capaz de ver la belleza de mi jardín. Me refiero a cuando era niño.
Paula sabía por qué.
—Por el viejo Pedro, ¿Verdad?
Pedro lanzó un gruñido.
—El abuelo y yo nacimos para no entendernos —su abuelo había sido famoso por su inflexibilidad, tanto en los negocios como con la familia. Había dirigido el rancho Doble T con mano de hierro.
—Tu abuelo era algo aparte —comentó ella.
—Creo que se lo ha pasado bien —comentó él. Ella sonrió y tomó un sorbo de su margarita.
—Más que bien. Le ha encamado montar en pony y se ha comido un kilo de costillas.
—Eso no es mérito mío. Las costillas son la especialidad de Miranda.Miranda Coutera era el ama de llaves del rancho.Pedro levantó su vaso.
—Y los margaritas también.
Paula chocó su vaso con el de él.
—Por Miranda.
—Por Miranda —repitió Pedro con suavidad.Se encendieron las luces de la piscina y un mosquito zumbó cerca del oído de Paula. Ella se dió un manotazo en el cuello y se echó a reír.
—Una noche de verano en Texas. No hay nada igual.
—¡Eh! Por lo menos no hace cuarenta grados de calor húmedo —sonrió él—. Todavía.
Se miraron a los ojos. Ella carraspeó.
—Eso es algo que me gusta de San Antonio. No es tan húmedo como esto.
—No me has dicho en qué trabajas.
—Soy ayudante de dentista. Es un curso de dos años. Me lo pagó mi padre cuando nació Feli.
—Creo que alguien me dijo que tu marido era dentista...
Paula asintió.
—Conocí a Manuel cuando empecé a trabajar para él. Yo llevaba la consulta. Entré de ayudante y resultó que se me daba bien ocuparme de la parte económica. Soy buena contable y tengo talento para invertir —la realidad era que ella había triplicado sus bienes en los años que había pasado con Manuel—. Cuando mi marido se puso muy enfermo para trabajar, vendí la consulta, así que, aparte de ocuparme de mis inversiones, podríamos decir que estoy entre trabajo y trabajo.
—O sea, que eres libre de ir adonde quieras —comentó él.
Paula asintió. Era libre... aunque no tenía planes de moverse. Le gustaba San Antonio y había sido feliz allí.Y empezaba a oscurecer. Había llegado el momento de despedirse. Dejó su vaso en la mesa.
—Es tarde y...
Pedro levantó un frasco de spray que había en la mesa.
—Prueba esto. Es natural. De citronela, creo. Te vuelves invisible para los mosquitos.
—Pero creo que debemos...
—Vamos. Pruébalo.
Paula miró a Feli, que rodaba por la hierba riendo mientras Fargo intentaba lamerle la cara, y tomó el spray.
—Gracias.
—De nada. Ponte también en los tobillos. A los mosquitos les encantan los tobillos.
Paula se echó por las piernas, los brazos y el cuello.
—¿Mejor? —preguntó él con voz ronca cuando ella devolvió el frasco a la mesa.
—De momento, sí —repuso ella.
Pedro se recostó en su sillón de hierro.
—Con mosquitos o sin ellos, esto es muy hermoso —miró la hilera de árboles.
Paula observó un momento su perfil fuerte y pensó que era muy atractivo. Siguió luego su mirada hacia el cielo amplio y despejado de Texas, donde se veía todavía un brillo naranja y púrpura, el final de un glorioso atardecer.
—Hermoso, sí...
—Yo he visto los arrecifes de coral de Bora Bora, he subido a la torre Eiffel y he estado a los pies de la Esfinge, pero antes no era capaz de ver la belleza de mi jardín. Me refiero a cuando era niño.
Paula sabía por qué.
—Por el viejo Pedro, ¿Verdad?
Pedro lanzó un gruñido.
—El abuelo y yo nacimos para no entendernos —su abuelo había sido famoso por su inflexibilidad, tanto en los negocios como con la familia. Había dirigido el rancho Doble T con mano de hierro.
—Tu abuelo era algo aparte —comentó ella.
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