viernes, 26 de agosto de 2016

Trampa De Gemelas: Capítulo 15

—Sigo aquí —repuso él.

—Necesito  una  cita  en  tu  despacho  para  el  lunes  dentro  de  ocho  días.  ¿Crees que puedes hacerme un hueco? Hubo un momento de silencio.

—¿Es un asunto legal?

—Ah... sí. Así es. ¿Puedes verme ese día?

—Pau, debo decir que esto me resulta muy extraño.Ella estaba muy de acuerdo con él.

—¿Nos veremos en tu despacho? Hubo otro silencio.

—Por supuesto. Llama a mi secretaria y pide una cita.

—Gracias. ¿Y Pedro...? —él no contestó—. ¿Pedro?

Entonces se dió cuenta de que hablaba sola. Él había colgado.

—Pero a tí te gusta —arguyó Valeria cuando Paula volvió a la cocina y les dijo que no iba a salir con Pedro.

—Y ha cambiado mucho; ahora se ha asentado —añadió su madre—. La mitad de las solteras del pueblo se morirían por salir con él.

—Pues que se lo pida a una de ellas. ¿Y les importaría dejar el tema? ¿Por favor?

—No te entiendo —declaró Valeria—. Nunca te he entendido.


Pedro no lo entendía.Después de lo del jueves, habría jurado que Paula y él estaban en la misma onda, que ella se sentía atraída por él y estaba dispuesta a ver adonde los llevaba aquello.Pero al parecer no era así. No quería salir con él, pero sí quería discutir con él un asunto legal. Aquello no tenía sentido.Lo mejor que podía hacer era olvidarla. Pero no era tan fácil.


El domingo dió paso al lunes y éste al martes y descubrió que pensaba constantemente en ella. Más de una vez se sorprendió con el teléfono en la mano, a punto de marcar el número de casa de sus padres.Pero no lo hizo.¿Para qué? Ella había dejado muy claro que no quería verlo.  Analía, su  secretaria,  le  había  dicho  que  había  pedido  cita  para  las  diez  de  la mañana del lunes siguiente.


Cuando llegó el viernes, se dijo que era un estúpido y un tonto, pero eso no lo ayudó.  Seguía  pensando  en  Paula y  seguía  deseando  la  vida  que  se  había  atrevido  a  imaginar que podía tener con ella.Y  si  ella  no  quería  salir  con  él,  pues  tendría  que  encontrar  el  modo  de  hacerle  cambiar de idea. No podía rendirse y volverse loco por eso.Tenía que ser más... comprensivo. No debía olvidar que era viuda y que había perdido un marido.Y no sólo eso. Tenía que pensar en lo difícil que debía haber sido para ella dar a luz a Felipe con sólo dieciocho años.Tenía  que  aceptar  que  debía  ganarse  su  confianza.  Ella  lo  había  pasado  mal  y  había  sufrido  por  culpa  de  un  bastardo  que  la  había  dejado  embarazada  y  se  había  largado y por la pérdida reciente de su marido.El hombre que la conquistara tendría que mostrarse paciente con ella. Sí. Tenía que ir despacio. Porque él sí estaba preparado. Pedro Alfonso estaba al fin dispuesto a invertir tiempo, esfuerzo y cariño para estar con la mujer apropiada.Y si ella no quería salir con él, tendría que buscar otro modo de acercarse. Por ejemplo, la boda de Valeria. Esta lo había invitado y él no pensaba perdérsela por nada en el mundo.

Trampa De Gemelas: Capítulo 14

Miguel se inclinó hacia Alejandra y le habló como si estuvieran los dos solos.

—¿Fueron al rancho?

La madre de Paula le lanzó una mirada de paciencia.

—¿Por qué no se lo preguntas a tu hija?

—Eso,  papá.  ¿Por  qué  no  me  preguntas  a  mí?  —intervino  Paula—.  Después  de  todo, estoy aquí sentada.

—Ejem...  —Miguel la  miró—.  ¿Fuiste  al  rancho  de  Pedro,  hija?  —preguntó  con mucho cuidado.

Ella  lo  miró  a  los  ojos,  que  eran  del  mismo  color  azul  que  los  suyos  y  comprendió que su padre se esforzaba por llevarse bien con ella y arreglar las vallas que con tanta crueldad había pisoteado once años antes. Y también comprendió que ella era muy dura con él. Su padre la quería y sólo había hecho lo que consideraba lo mejor para ella. Lo  que  ocurría  era  que  siempre  que  lo  miraba  no  podía  evitar  recordar  los  gritos y amenazas con los que había recibido la noticia de su embarazo. Y  todavía  no  sabía  qué  le  había  dolido  más,  si  esos  gritos  o  que  la  hubiera  enviado a San Antonio para no tener que ver a su hijita soltera avergonzándolo con su embarazo delante de todo el pueblo.Pero de eso hacía ya mucho tiempo y ahora era una mujer adulta que dirigía su propia vida y Miguel sólo le había hecho una pregunta civilizada.

—Sí,  papá.  El  jueves  fuimos  al  Doble  T.  Nos  invitó  Pedro y  nos  divertimos  mucho.

—Eso está muy bien —musitó su padre.Pero  no  dijo  nada  más,  cosa  que  Paula le  agradeció.  Le  sonrió  y  él  le  dió  una  palmadita en la mano.

—¿Qué te parece si pasas esas judías verdes, querida? Gracias.

—De nada, papá.

Al  día  siguiente,  Paula volvió  a  ver  a  Pedro en  la  iglesia.  Y  después  en  el  restaurante.  Él  no  dejaba  de  mirarla  y  a  ella  le  latía  con  fuerza  el  corazón  y  le  sudaban las manos... Sonreía, asentía con la cabeza y apartaba la vista. Más tarde, su madre, su hermana y ella estaban sentadas en la mesa de la cocina mirando telas para buscar cortinas para la casa nueva en la que se instalarían Julián  y Valeria a  la  vuelta  de  su  luna  de  miel.  Sonó  el  teléfono  y  Paula se  sobresaltó.  Sabía  que  sería él. Su madre se levantó y fue a contestar.

—Hola,  Pedro —miró  a  Paula con  las  cejas  enarcadas—.  Está  aquí.  Espera  —Alejandra le pasó el teléfono inalámbrico a Paula—. Pedro—susurró.

Ella  tomó el teléfono.

—Hola.

—Hola —dijo él—. El otro día me lo pase muy bien.

—Yo también —repuso ella—. Gracias de nuevo.

—De nada. Oye, ¿Nos vemos esta noche? Puedo recogerte a las seis y podemos ir a Abilene. Conozco un restaurante mexicano muy bueno.

—¿Hoy? —intentó imaginarse a los dos solos, sin interrupciones.No, no podía estar de nuevo a solas con él y no decírselo. O quizá sí podía... y eso era lo que más la asustaba.Su hermana y su madre asentían las dos con la cabeza con frenesí. Paula se volvió a mirar la pared.

—Mejor no —contestó.

Pedro tardó un momento en hablar.

—¿Mejor no? —preguntó.

—Esta noche tenemos cena en familia —se apresuró a explicar ella— y no... —dejó la excusa sin terminar. ¡Sonaba tan pobre! Pedro debía pensar lo mismo. Se notaba en su voz cuando volvió a hablar.

—¿Y durante la semana? Podemos...

—No puedo.

Él  guardó  silencio.  Paula oía  gruñir  a  su  madre  y  a  su  hermana  detrás  de  ella,  pero mantuvo la vista clavada en la pared.

—No comprendo —dijo él al fin—. Creía...

Paula no podía soportar oírselo decir.

—Oye, me pregunto...

—¿Qué? —preguntó él.

Era un momento desesperado. ¿Qué podía decir ahora?Entonces se le ocurrió. Ya sabía lo que tenía que hacer. Sabía cómo colocarse en el momento de la verdad. Fijaría ya la fecha allí mismo.Una cita. Sí. Haría una cita para decírselo y la haría ese día.

—Espera —le dijo—. Enseguida vuelvo.

—De acuerdo —repuso él.

Paula se volvió hacia su madre y su hermana.

—Voy a hablar a la sala —les dijo con tono amenazador.Las dos levantaron las manos y parpadearon para darle a entender que jamás se les ocurriría entrometerse en sus conversaciones privadas. Paula se llevó el teléfono a la sala.

—¿Pedro?

Trampa De Gemelas: Capítulo 13

—Y también tienes que pensar en el chico...

—Ya te lo he dicho. Me gusta Feli.

—Educar a un niño es un gran paso.

—Ya lo sé.

—Y  luego  está  la  persona  que  pasó  por  aquí  hace  once  años  y  engendró a  ese  niño. ¿Has hablado de él con Paula?

—No —tuvo que confesar Pedro.

—Pues  quizá  deberías.  No  estaría  de  más  que  hablaras  con  ella  de  su  difunto  marido y del padre de Feli antes de pedirle matrimonio.

Pedro pensaba hacerlo... con el tiempo.

—No quiero apresurar las cosas.

Federico echó atrás la cabeza y soltó una carcajada.

—¿Estás  seguro  de  que  te  vas  a  casar  con  ella,  pero  no  quieres  apresurar  las  cosas?

Pedro negó con la cabeza.

—No sé por qué te hablo de esto.

—Yo sí. Porque necesitas un consejo y sabes que yo puedo dártelo.

—¿Eso es lo que estás haciendo?

—Sí. Y Paula volverá a... ¿Dónde vive ahora?

—San Antonio.

—Volverá a San Antonio dentro de... ¿Cuánto?

 —No  lo  sé.  Después  de  la  boda,  supongo.  A  menos  que  pueda  conseguir  que  me dé un sí antes de entonces.

Fede sonrió.

—Pues ya puedes darte prisa.

Pedro  lanzó  un  gruñido  al  darse  cuenta  de  que  su  hermano  no  se  oponía  totalmente a sus planes.

—Eres un hijo de perra. Me tenías preocupado.

Fede lo miró con franqueza.

—Sólo quiero que lo pienses bien.

—Lo he hecho.

—Me alegro de oírlo. Y si quieres casarte con ella, adelante. Siempre, claro, que ella quiera casarse contigo.

—Querrá.

Fede lo saludó con su copa.

—Ahí  puede  estar  tu  problema.  No  te  pongas  demasiado  chulo,  ¿Me  oyes?  Cuando un hombre se siente más seguro es cuando más les gusta a ellas rechazarlo.

—Ahora hablas de Melina, no de Paula.

—Hablo  de  todas  las  mujeres.  Les  gusta  que  un  hombre  sepa  lo  que  quiere  e  intente conseguirlo, pero no que esté muy seguro de sí mismo. Una mujer necesita un hombre que sepa mostrarse humilde cuando tiene que hacerlo.

Pedro levantó los ojos al techo.

—Tú no has tenido ni un día humilde en tu vida.

—Sí  lo  he  tenido.  Me  he  puesto  de  rodillas  y  no  se  te  ocurra  dudarlo.  No  fue  fácil:  sobre  todo  la  primera  vez.  Pero  un  hombre  se  puede  habituar  a  arrastrarse  de  vez en cuando. Si la mujer lo vale.

—No creo que sea necesario arrastrarse.

Federico  movió  la  cabeza,  tomó  la  botella  de  brandy  y  sirvió  más  cantidad  en  las  copas.



El sábado por la noche, la madre de Paula sirvió un asado de ternera tan tierno y jugoso  que  cuando  Miguel lo  cortó,  la  carne  se  separaba  sola  del  hueso.  Miguel dió  gracias  con  su  estilo  breve  y  conciso  y  empezaron  a  pasarse  las  patatas,  las  judías  verdes y la salsa. Miguel miró a su nieto.

—Bueno, hijo, ¿Te gusta estar aquí?

Feli  asintió  con  la  cabeza  y  se  sirvió  más  patatas.  Siempre  se  mostraba  cauteloso con Miguel. Paula no sabía si lo había aprendido de ella o si se debía a que su padre era un hombre que hablaba y reía en voz alta y hacía mucho ruido y el niño no había pasado el tiempo suficiente con él para acostumbrarse a su estilo.

—No te oigo con la boca cerrada —rió Miguel.

Paula dejó el bol de judías verdes en la mesa.

—Pues a tí sí te oímos, papá, puesto que siempre hablas a gritos.

Miguel se puso tenso. Miró a la madre de Paula, quien se encogió de hombros.

—Bueno, siento si te he ofendido... otra vez —musitó Miguel.

Feli,  que  lo  miraba  con  los  ojos  muy  abiertos,  eligió  aquel  momento  para  intervenir.

—Fuimos al lago. Fue divertido.

Miguel sonrió.

—Me alegro, hijo.

—Y  antes  de  ayer  fuimos  a  casa  de  Pedro.  Vive  en  un  rancho  y  monté  en  un  caballo que se llama Amos, nadé en la piscina y jugué con el perro de Pedro, que se llama Fargo.

Trampa De Gemelas: Capítulo 12

—¿Que vas a hacer qué? —Federico tomó un trago grande de brandy.

—Me voy a casar con Paula Chaves —dijo Pedro con calma por segunda vez.Estaban sentados en los sillones de orejeras del estudio de Federico, con los pies en un escabel colocado entre ambos. Melina estaba arriba con los bebés. Fede lo miró con el ceño fruncido.

—¿Y Paula sabe que vas a ser su futuro esposo?

—Aún no.

Federico  pensó un momento en aquello.

—¿Al menos has salido con ella?

—Sí.  Ayer  estuvo  aquí  con  su  hijo.  Felipe  montó  al  pequeño  Amos  y  después  hicimos una barbacoa y fuimos a nadar.

—¿Vinieron aquí? Yo no los ví.

—Porque Melina y tú habían salido.

—Ya lo sé —gruñó Fede.

—Hablas igual que el abuelo.

—No  empieces  —Fede achicó  los  ojos  y  lo  miró  un  momento—.  Meli  me  dijo  que le habías hecho preguntas sobre Paula, pero no pensé...

—¿Qué no pensaste?

—Vamos, Pepe. ¿Cuánto tiempo lleva en el pueblo? ¿Unos días?

—Mañana hará siete, y...

—Nunca han estado a solas, ¿Verdad? —preguntó Fede.

—Anoche estuvimos solos y hablamos. Hablamos durante horas.

—Con el niño allí.

—Feli estaba ocupado con el pony, con la piscina y con Fargo.

—Vale. Está bien. Han salido una vez.

—¿Y qué?

—Bueno, tendrás que admitir que esto es muy repentino.

Pedro se encogió de hombros.

—Repentino o no, sé que quiero a Pau y a Feli en mi vida. Piensa en lo que te pasó a tí con Melina. Sabías que la querías en tu vida desde el primer momento. Y no intentes convencerme de que no era así.

Fede negó con la cabeza.

—No es lo mismo. Yo conocía a Meli de toda la vida, pero sólo empecé a verla de verdad cuando me enfureció y se presentó a la alcaldía.

Pedro levantó su copa en un gesto de saludo.

—Lo mismo me ha pasado a mí con Pau. La he conocido toda mi vida, pero no la había visto hasta el sábado en la gasolinera, cuando llegó al pueblo.

—¿Toda tu vida? Has pasado un tercio de tu vida fuera de aquí y ella también.

—¿Y adonde quieres ir a parar?

—Escucha.  Sí,  yo  al  fin  me  fijé  en  Meli  y  supe  que  la  deseaba,  pero  no  quise  casarme  con  ella  hasta  que  me  enteré  de  que  estaba  embarazada.  Y  no  supe  que  la  amaba con todo mi corazón hasta un poco después.

—Bueno, ésa es la diferencia entre tú y yo. Yo sé lo que quiero y sé que es amor.

Federico  tomó otro trago de brandy y frunció el ceño.

—Lo que quiero decirte es que el amor es un proceso y a mí me parece que tú te has saltado unos cuantos pasos.

—No estoy de acuerdo.—Pero ni siquiera la conoces. No es posible.

—La conozco. La conocí en cuanto la ví el sábado pasado. Es mi futura esposa.

Federico lo miró largo rato.

—Piensa en todas las mujeres con las que has estado.

Pedro no tenía el menor interés en hacer eso.

—¿Por qué? ¿Qué pasa con ellas?

—Siempre has salido corriendo.

—¿Y qué?—Que  no  se  puede  decir  que  seas  propenso  al  matrimonio.  No  sabes  nada  del  trabajo duro que supone vivir con una mujer.

—He cambiado —repuso Pedro.

Su hermano pensó un momento en aquello.

—Puede que hayas cambiado un poco —admitió.

—No. He cambiado mucho.

—Aun así, Paula sólo hace un año que es viuda.

—¿Y qué?

—Que puede que no esté preparada para volver a casarse. A lo mejor quería a su esposo y lo sigue queriendo. ¿Has pensado en eso?

 No había pensado. Y la idea le daba náuseas.

—Le intereso. Lo veo en sus ojos.

Trampa De Gemelas: Capítulo 11

—No digas nada más, por favor.

Él tomó su muñeca y por un momento ambos se miraron a los ojos. Paula tuvo la sensación de que caía... Y caía. Se puso tensa y apretó la mano en un puño.Y él se llevó ese puño a la boca y le besó los nudillos apretados.Una  ola  de  calor  le  subió  por  el  brazo  y  le  produjo  piel  de  gallina  por  todo  el  cuerpo. Antes de que pudiera controlarse lo suficiente para apartarse, él la soltó.

—Perdona —dijo—. Me parece que voy muy deprisa.

—Tenemos que irnos —repuso ella con rapidez—. ¡Feli!Su hijo se sentó en la hierba.

—¿Sí?

—¡Ven! Tenemos que irnos.

—¡Ah, mamá...!

—Va en serio. Ven.

Feli se  levantó  y  fue  hacia  ellos  arrastrando  los  pies  y  con  Fargo  trotando  detrás.

—Mamá, por favor.

—Es tarde, hijo. Vístete en la caseta.

—Pero Fargo y yo...

Paula adoptó una expresión severa.

—Date prisa.

Felipe  gruñó  un  poco,  pero  se  alejó  hacia  la  caseta  con  Fargo  pegado  a  los  talones.

—¡Vaya! —comentó Pedro—. ¡Qué dura!

Paula hizo una mueca.

—Mucho —bromeó—. Así que no te metas conmigo.

—Espero que podamos repetir esto —comentó él.

—Sí. Ah, eso estaría bien...

—¡Eh! ¡Mírame!

Paula se obligó a mirarlo a los ojos.

—Me lo he pasado muy bien y Feli también —dijo. Apartó la vista—. Tengo que vestirme.

—Lo  sé  —él  le  sonrió  de  un  modo  que  ella  no  supo  interpretar  del  todo.

En  parte era aprecio y en parte era algo más... Algo muy, muy peligroso. Algo íntimo y tierno. Paula se  levantó  de  un  salto  y  se  dirigió  a  la  caseta,  muy  consciente  de  tener  la  mirada de él clavada en la espalda.

Pedro la observó alejarse maravillado.¿Cómo podía haber ocurrido eso? ¿Cómo podía estar tan seguro de pronto? No lo sabía. Y  además,  el  cómo  no  importaba.  Hacía  pocos  días  que  la  conocía  porque  el  pasado no contaba para él. Cuando eran adolescentes, él no conocía a Paula... no como ahora.Cuando  la  miraba  ahora,  ya  no  veía  a  Valeria.  Ahora  la  veía  a  ella,  a  Paula,  totalmente  independiente  de  su  hermana  gemela.  Y  podía  verlos  a  los  tres...  a  Paula,  Felipe y él mismo. Podía verlos claramente.Los  veía  como  una  familia.  Veía  las  veladas  como  ésa  que  tendrían  a  menudo,  veía sus vidas, la de Paula y la suya, criando juntos a Feli. Y  después,  cuando  él  fuera  mayor  y  se  marchara,  veía  a  los  dos  solos...  a menos, claro, que hubiera más hijos que criar, cosa que también le parecía bien.Todo le parecería bien siempre que pudiera tener a Paula a su lado el resto de su vida.Era algo extraño y muy nuevo para él, porque nunca se había visto así con otra persona.    Había    conocido    a    bastantes    mujeres    y    vivido    algunas    aventuras  apasionadas,  pero  la  pasión  no  había  durado  y  él  no  había  esperado  que  durara,  no  por  nada,  simplemente  porque  no  se  veía  quedándose,  porque  siempre  sabía  que  llegaría el día en el que se marcharía. En  el  último  año,  sin  embargo,  había  cambiado.  Había  echado  raíces  en  su  pueblo natal y ahora no le costaba trabajo verse como un hombre de familia; se veía como marido de Paula y padre de Felipe. Y le gustaba lo que veía.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Trampa De Gemelas: Capítulo 10

Pedro se encogió de hombros.

—Con  Federico no  se  portaba  mal,  a  su  modo  mandón,  claro,  pero  a  mí  no  me  soportaba.  Estaba  seguro  de  que  yo  tenía  que  haber  nacido  de  una  aventura  de  mi  madre con un forastero. Y eso de tener que criar al hijo ilegítimo de su voluble hija lo volvía loco. Es una pena que ya hubiera muerto cuando nos enteramos de la verdad —sonrió.  Su  abuelo  había  muerto  cuatro  años  atrás  y  la  verdad  sobre  su  padre  la  habían  descubierto  el  verano  anterior—.  Yo  no  soy  más  bastardo  que  Fede.  Si  yo  lo  soy, él  también.

Paula pensó  en  aquella  palabra.  «Bastardo».  Era  una  palabra  fea,  que  ya  tenía  poco   significado...   excepto   para   tradicionalistas   como   el   viejo  Pedro   o  Miguel Chaves...

—Nuestro  padre  se  casó  más  de  una  vez  —siguió  hablando  Pedro—,  aunque  todavía no sabemos con quién se casó primero.

Paula no  lo  escuchaba.  Miraba  a  su  hijo  rodar  por  la  hierba.  Pedro siguió  la  dirección de su mirada.

—Perdona. No pretendía ofenderte.Era uno de esos momentos, y había habido varios durante la velada, en los que podía haberle dicho que Feli era su hijo.

—No me has ofendido —repuso.

Pedro la miró a los ojos.

—¿Seguro?


Paula asintió.

—No  sé  si  tu  madre  o  Lena  te  han  contado  lo  que  descubrimos  el  año  pasado  sobre Horacio Alfonso.

—Me lo contaron las dos. Creo que todo el pueblo habló de eso.

La  historia  era  que  Horacio Alfonso,  el  secuestrador  del  hijo  de  su  hermano,  era  también el padre de Federico y Pedro. Se suponía que Horacio  había muerto justo después de concebir a Federico, pero no había sido así. En realidad había vivido treinta años más, oculto  en  Oklahoma.  Y  él  era  el  hombre  con  el  que  se  había  fugado  Ana Alfonso  cuando se quedó embarazada de Pedro.

—Imagínate —dijo  éste  con  ojos  brillantes—.  Tengo  familia  que  no  sabía  que  tenía.  Un  montón  de  primos  Alfonso en  Wyoming  y  una  en  Hill  Country,  casada  con  un veterinario. Tengo medio hermanos en Nevada y otro en Oklahoma. Dos primas en  el  norte  de  California  y  la  rama  más  famosa  de  la  familia,  los  Alfonso de  Los  Ángeles.  Son  más  ricos  que  nosotros,  muy  ricos.  Y  no  olvidemos  a  Dekker,  el  bebé  Alfonso  al  que  secuestró  mi  padre  hace  tantos  años.  Ahora  tiene  treinta  años  y  es  detective privado en Oklahoma City.

—Eso es mucha familia —asintió ella.

—Y  eso  no  es  todo.  Tengo  un  tío  abuelo.  Juan,  que  tuvo  siete  hijos.  Y  Horacio tuvo más hijos. Fede, mi medio hermano Martín y yo estamos casi seguros —parecía complacido consigo mismo.

—Te encanta —sonrió ella—. Te gusta tener tanta familia.

—Sí.  A Fede al principio le costó aceptar que nuestro padre fuera tan embustero, pero  a  mí  no.  Para  mí  fue  muy  importante  saber  al  fin  quién  era  y  saber  que  tengo  familia  por  todos  los  Estados  Unidos  me  hace  sentir...  no  sé,  como  que  tengo  vínculos. Después de todo, todos estamos aquí para algo.

—¿Para qué? —sonrió ella—. ¿Para qué estamos aquí?

Pedro se inclinó hacia ella, que hizo lo mismo sin pensar. Él le miró la boca y después los ojos.

—Yo volví el año pasado al pueblo para buscar algo... algo que llevaba toda mi vida buscando.

—¿Y ese algo es...?

—No me metas prisa —susurró él—. Ya voy.

—Bien.

—En  los  dos  últimos  años  empecé  a  pensar  que  vagar  por  el  mundo  no  me  llevaba a ninguna parte, que estaba buscando lo que tenía justo aquí, de donde había partido.

—¿Y qué era? —no pudo evitar preguntar ella.

Él sonrió.

—No tenía ni la más remota idea.

—Un  momento.  A  ver  si  lo  entiendo.  ¿Volviste  aquí  a  buscar  algo  pero  no  sabías lo que era?

—Exacto. Sólo sabía que si venía a casa lo encontraría por fin.

—¿Y cómo sabías eso?

—Paula. Lo que importa es que lo sabía, no cómo.

—Ah. ¿Uno de los misterios profundos de la vida?

—Exacto.

—Simplemente lo sabías.

—Sí.

—¿Y lo has encontrado?

—Buena  pregunta  —rió  él.  Se  puso  serio—.  Para  mí  ha  sido  importante  instalarme  en  casa  de  mi  abuelo,  descubrir  quién  soy,  enterarme  de  toda  la  familia  que tengo... —movió la cabeza y la miró con admiración, primero a los ojos y luego la nariz, la boca, la barbilla, hasta subir de nuevo a los ojos.

Paula sintió un escalofrío. Se echó a reír, en parte por nervios.
—Todavía no me has contestado. ¿Lo has encontrado?

—¿Te das cuenta de que todos esos años, cuando éramos niños, no te ví nunca? Ahora me cuesta creerlo. ¿Cómo pude ser tan tonto?

A pesar de la magia del momento, Paula oyó por fin campanas de advertencia. Se apartó un poco de él y se sentó recta.

—Bueno, hace años era Valeria la que...

Él movió la cabeza.

—Una locura. Es imposible.

Paula  no se atrevió a preguntar el qué.

—Pero después de tantos años, te ví salir del coche en la gasolinera —continuó él—. Y al verte, pensé...

—No —dijo ella.

Paula   parpadeó.   Pero   guardó   silencio.   Sus   ojos   oscuros   se   llenaron   de   preguntas, preguntas que ella sabía que no iba a responder esa noche. Era  demasiado.  No  tenía  que  haberse  inclinado  hacia  él  ni  haberle  suplicado  que le hablara de esa cosa misteriosa que estaba buscando.No tenía derecho a oír lo que él había estado a punto de decir.


Trampa De Gemelas: Capítulo 9

—¡Vamos,  Fargo,  ven  aquí!  Felipe  salió  de  la  piscina  y  corrió  por  los  azulejos  hasta el césped, que se extendía hasta la hilera de robles y nogales que bordeaban el jardín  del  rancho.  Felipe corría  por  la  hierba,  mojado  y  riendo.  Fargo  lo  perseguía  ladrando animadamente. El  sol  había  empezado  ya  a  bajar  detrás  de  los  árboles.  Paula y  Pedro  estaban  sentados al lado de la piscina.

—Creo que se lo ha pasado bien —comentó él. Ella sonrió y tomó un sorbo de su margarita.

—Más  que  bien.  Le  ha  encamado  montar  en  pony  y  se  ha  comido  un  kilo  de  costillas.

—Eso no es mérito mío. Las costillas son la especialidad de Miranda.Miranda Coutera era el ama de llaves del rancho.Pedro levantó su vaso.

—Y los margaritas también.

Paula chocó su vaso con el de él.

—Por Miranda.

—Por Miranda —repitió Pedro con suavidad.Se  encendieron  las  luces  de  la  piscina  y  un  mosquito  zumbó  cerca  del  oído  de  Paula. Ella se dió un manotazo en el cuello y se echó a reír.

—Una noche de verano en Texas. No hay nada igual.

—¡Eh!  Por  lo  menos  no  hace  cuarenta  grados  de  calor  húmedo  —sonrió  él—. Todavía.

Se miraron a los ojos. Ella carraspeó.

—Eso es algo que me gusta de San Antonio. No es tan húmedo como esto.

—No me has dicho en qué trabajas.

—Soy  ayudante  de  dentista.  Es  un  curso  de  dos  años.  Me  lo  pagó  mi  padre  cuando nació Feli.

—Creo que alguien me dijo que tu marido era dentista...

Paula asintió.

—Conocí  a Manuel  cuando  empecé  a  trabajar  para  él.  Yo  llevaba  la  consulta.  Entré  de  ayudante  y  resultó  que  se  me  daba  bien  ocuparme  de  la  parte  económica.  Soy  buena  contable  y  tengo  talento  para  invertir  —la  realidad  era  que  ella  había  triplicado sus bienes en los años que había pasado con Manuel—. Cuando mi marido se puso muy enfermo para trabajar, vendí la consulta, así que, aparte de ocuparme de mis inversiones, podríamos decir que estoy entre trabajo y trabajo.

—O sea, que eres libre de ir adonde quieras —comentó él.

Paula  asintió.  Era  libre...  aunque  no  tenía  planes  de  moverse.  Le  gustaba  San  Antonio y había sido feliz allí.Y empezaba a oscurecer. Había llegado el momento de despedirse. Dejó su vaso en la mesa.

—Es tarde y...

Pedro levantó un frasco de spray que había en la mesa.

—Prueba  esto.  Es  natural.  De  citronela,  creo.  Te  vuelves  invisible  para  los  mosquitos.

—Pero creo que debemos...

—Vamos. Pruébalo.

Paula  miró  a  Feli,  que  rodaba  por  la  hierba  riendo  mientras  Fargo  intentaba  lamerle la cara, y tomó el spray.

—Gracias.

—De  nada.  Ponte  también  en  los  tobillos.  A  los  mosquitos  les  encantan  los tobillos.

Paula se echó por las piernas, los brazos y el cuello.

—¿Mejor? —preguntó él con voz ronca cuando ella devolvió el frasco a la mesa.

—De momento, sí —repuso ella.

Pedro se recostó en su sillón de hierro.

—Con mosquitos o sin ellos, esto es muy hermoso —miró la hilera de árboles.

Paula observó un momento su perfil fuerte y pensó que era muy atractivo. Siguió luego su mirada hacia el cielo amplio y despejado de Texas, donde se veía todavía un brillo naranja y púrpura, el final de un glorioso atardecer.

—Hermoso, sí...

—Yo he visto los arrecifes de coral de Bora Bora, he subido a la torre Eiffel y he estado a los pies de la Esfinge, pero antes no era capaz de ver la belleza de mi jardín. Me refiero a cuando era niño.

Paula sabía por qué.

—Por el viejo Pedro, ¿Verdad?

Pedro lanzó un gruñido.

—El  abuelo  y  yo  nacimos  para  no  entendernos  —su  abuelo  había  sido  famoso  por  su  inflexibilidad,  tanto  en  los  negocios  como  con  la  familia.  Había  dirigido  el  rancho Doble T con mano de hierro.

—Tu abuelo era algo aparte —comentó ella.