— Eres adorable, querida —murmuró Carlos—. Facundo es un joven muy afortunado. Me estuvo hablando de la tragedia de vuestro compromiso, y me alegro de veros juntos otra vez. Un muchacho encantador, llegará lejos. ¿Sería prematuro felicitarte?
— Así es —respondió la chica con sequedad.
— Sigue mi consejo, no esperes demasiado. Facundo es un buen partido, no dejes que se te escape.
Permanecer en la reunión comenzó a significar un gran esfuerzo para Paula, ya que aún se cansaba con facilidad. El humo de los cigarrillos le irritaba los ojos y la mayor parte de la conversación se basaba en chismes que no le interesaban. Por fin se retiraron los últimos invitados. Con un suspiro teatral, Lucrecia dijo que tendría que descansar dos días para recuperarse. Horacio la siguió fuera de la habitación, dejando solos a Facundo y a Paula.
—¡Les has caído muy bien a Carlos y Julia! —exclamó Facundo.
Paula no podía imaginar que a Julia le cayera bien nadie, aunque se abstuvo de decirlo.
— Él parece creer que nuestro compromiso es un hecho consumado.
— Bueno, lo es, ¿no crees? Sé que terminarás por aceptarme.
—Me gustaría que no estuvieses tan seguro, porque no...
—Me pondré de rodillas, si es eso lo que quieres. De veras, Pau, estoy ahora más enamorado de ti que nunca, y quiero que seas mi esposa. ¿Te casarás conmigo, cariño?
—No puedo, Facu. Ahora no.
— ¿Qué quieres decir con «ahora no»? —inquirió.
—No estoy preparada.
—Lo estabas hace un año.
—Lo sé. Pero en un año me han sucedido demasiadas cosas, y he tenido que aprender a arreglármelas sin tí. Debes darme tiempo, Facu.
—Realmente has cambiado.
—Claro que sí, fue inevitable.
Las facciones de él se endurecieron.
— Creo que aquí hay algo que salta a la vista... ¿sucedió algo entre Pedro y tú?
A su mente llegó el recuerdo del canto de los petirrojos en la colina, mientras Pedro la besaba; en cinco minutos él la había enseñado más acerca de la pasión que puede encenderse entre un hombre y una mujer, que ningún otro hombre. Dudó un segundo más de lo necesario, y Facundo la tomó por los hombros, y le preguntó:
—Tengo razón, ¿sucedió algo, no es cierto? Dime la verdad, Pau.
—No pasó nada importante. Me besó, sí. No tengo que disculparme ante tí ni ante nadie por ello. Era, y lo soy, libre para besar a quien me plazca. Y eso no es todo, Pedro me dijo dos cosas que no pude entender. Primero, que no conservabas mi foto, y segundo, que habíamos hecho el amor. Te dí una foto mía el día de tu cumpleaños, ¿Recuerdas? Y sabes tan bien como yo, que jamás hicimos el amor. ¿Por qué le mentiste, Facu?
Él se volvió, agarrando un cigarrillo.
— Pedro siempre ha tenido éxito con las mujeres. Cuando me dijo que iba a ir a verte, tuve miedo de lo que pudiese hacer. Pensé que si le decía que habíamos hecho el amor, se daría cuenta de que me pertenecías y no se acercaría a tí. Pero no funcionó, ¿No es así, Pau?
— No —replicó ella—, reflejándose en su voz toda la amargura de las falsas promesas de Pedro—. Sólo le hiciste pensar que sería una presa fácil.
—¿Y lo fuiste?
Ella se sonrojó.
—Te diré lo que le dije a él: ¡Nunca he hecho el amor con nadie!
domingo, 24 de julio de 2016
viernes, 22 de julio de 2016
Una Luz En Mi Vida: Capítulo 32
—Tiene una casa en los bosques, en alguna parte al norte de Toronto. Nunca he estado allí, así que no sé exactamente donde está.
— ¿Se ha molestado alguien en llamar allí para saber si ha vuelto de su viaje?
—Por supuesto que no. ¿Por qué? —refunfuñó Facundo.
— Porque es un miembro de tu familia.
— ¿Quieres dejar de repetir la misma canción? —explotó Facundo.
— Nadie habla de él en esta casa. ¿Qué hizo para merecerlo? —gritó ella.
— Dado que tú eres la única interesada, mejor se lo preguntas a él la próxima vez que lo veas.
— Olvidas, Facu —replicó Paula con sarcasmo—, que nunca le he visto.
Facundo tardó un momento en captar el significado de esas palabras, lo que le dió tiempo a ella para arrepentirse de haberlas pronunciado.
-Lo siento, Facu, nunca debí haber dicho eso. ¿Pero te das cuenta ahora de por qué estoy tan interesada en ver una fotografía suya? Él hizo que mi vida cambiara, y todavía no he podido agradecérselo, y a nadie parece importarle dónde se encuentra.
— Está bien. Siento haber perdido la calma. Pero parece que lo único que quieres desde que llegaste aquí es saber algo acerca de Pedro, y comienzo a cansarme de tantas preguntas. Ven y siéntate a mi lado, junto al fuego, quiero hablarte del negocio que he hecho hoy. Ella sabía que ninguna de sus preguntas sería respondida. Pero no queriendo discutir más, se sentó a su lado, y trató de demostrar interés en un tema que no le interesaba lo más mínimo.
—Eres tan guapa... —dijo él con voz ronca—. Más que hace un año. No tienes ni idea de lo mucho que te he echado de menos, Pau.
—También yo —replicó Paula, y era verdad—. A menudo me pregunté por qué no podrías al menos haberme ido a ver de vez en cuando.
—Tu madre me hizo prometer que no lo haría; pensó que eso sólo te haría más daño. ¿De veras me echaste de menos, cariño? —preguntó, acariciándole un hombro.
—Por supuesto que sí —contestó la chica, distraída, recordando la forma en que Pedro se había enfrentado a su madre, diciéndole que derrumbaría la casa ladrillo a ladrillo si se negaba a dejarle pasar.
— Me alegro. Porque eso significa que todavía te importo —expresó él, deslizando una mano bajo el cabello de ella, y atrayéndola hacia sí con sorprendente fuerza. Paula parpadeó, volviendo a la realidad sobresaltada. Facundo... El silenció toda protesta besándola como un experto, ignorando la tensión de su cuerpo y su falta de respuesta. Cuando levantó la cabeza, había fuego en sus ojos.
—Cálmate y disfruta. Nadie nos molestará aquí.
Ella lo intentó, porque después de todo se trataba de Facundo, a quien había amado no hacía mucho tiempo. Pero no funcionó. No había ni el más ligero rastro de la dulzura de los besos de Pedro. Trató de separarse de él.
—¡Por favor, Facu, detente!
—Te amo, Pau. Nunca he dejado de quererte.
Eso tenía que terminar. Con toda calma de que fue capaz, la chica dijo:
— Facu, esto es demasiado para mí. Recuerda que permanecí sola durante el año que estuve ciega, y todavía me estoy acostumbrando al hecho de haber recuperado la vista. Es muy pronto para saber lo que siento por tí. ¡Sólo hemos pasado unas pocas horas juntos!
— Necesito una copa —confesó él, dirigiéndose hacia el bar, y agregó—: ¿Quieres una?
—No, gracias —ella trató de cambiar de tema—. Lucrecia me ha dicho que vais a dar una fiesta mañana. Dime, ¿Estoy invitada?
— Por supuesto. Le dije a mamá que serías mi compañera. Habrá unas veinte personas, creo. Mi jefe y su esposa: Carlos y Julia Thurston, algunos amigos y socios de papá. Quiero que Carlos se lleve una buena impresión de tí, ha comenzado a insinuar que debo establecerme.
Carlos y Julia Thurston fueron los primeros en llegar a la fiesta y enseguida repararon en Paula. Carlos era de constitución fuerte y de estatura baja. Su esposa, arreglada con exageración, tenía la mirada más fría que Paula había visto, junto con una memoria semejante a la de una computadora respecto a todo lo referente a las relaciones entre las «mejores» familias. Pronto llegó a la conclusión de que el árbol genealógico de Paula era aceptable, y enseguida perdió el interés por ella, dejándola a merced de las exageradas atenciones de Carlos.
— ¿Se ha molestado alguien en llamar allí para saber si ha vuelto de su viaje?
—Por supuesto que no. ¿Por qué? —refunfuñó Facundo.
— Porque es un miembro de tu familia.
— ¿Quieres dejar de repetir la misma canción? —explotó Facundo.
— Nadie habla de él en esta casa. ¿Qué hizo para merecerlo? —gritó ella.
— Dado que tú eres la única interesada, mejor se lo preguntas a él la próxima vez que lo veas.
— Olvidas, Facu —replicó Paula con sarcasmo—, que nunca le he visto.
Facundo tardó un momento en captar el significado de esas palabras, lo que le dió tiempo a ella para arrepentirse de haberlas pronunciado.
-Lo siento, Facu, nunca debí haber dicho eso. ¿Pero te das cuenta ahora de por qué estoy tan interesada en ver una fotografía suya? Él hizo que mi vida cambiara, y todavía no he podido agradecérselo, y a nadie parece importarle dónde se encuentra.
— Está bien. Siento haber perdido la calma. Pero parece que lo único que quieres desde que llegaste aquí es saber algo acerca de Pedro, y comienzo a cansarme de tantas preguntas. Ven y siéntate a mi lado, junto al fuego, quiero hablarte del negocio que he hecho hoy. Ella sabía que ninguna de sus preguntas sería respondida. Pero no queriendo discutir más, se sentó a su lado, y trató de demostrar interés en un tema que no le interesaba lo más mínimo.
—Eres tan guapa... —dijo él con voz ronca—. Más que hace un año. No tienes ni idea de lo mucho que te he echado de menos, Pau.
—También yo —replicó Paula, y era verdad—. A menudo me pregunté por qué no podrías al menos haberme ido a ver de vez en cuando.
—Tu madre me hizo prometer que no lo haría; pensó que eso sólo te haría más daño. ¿De veras me echaste de menos, cariño? —preguntó, acariciándole un hombro.
—Por supuesto que sí —contestó la chica, distraída, recordando la forma en que Pedro se había enfrentado a su madre, diciéndole que derrumbaría la casa ladrillo a ladrillo si se negaba a dejarle pasar.
— Me alegro. Porque eso significa que todavía te importo —expresó él, deslizando una mano bajo el cabello de ella, y atrayéndola hacia sí con sorprendente fuerza. Paula parpadeó, volviendo a la realidad sobresaltada. Facundo... El silenció toda protesta besándola como un experto, ignorando la tensión de su cuerpo y su falta de respuesta. Cuando levantó la cabeza, había fuego en sus ojos.
—Cálmate y disfruta. Nadie nos molestará aquí.
Ella lo intentó, porque después de todo se trataba de Facundo, a quien había amado no hacía mucho tiempo. Pero no funcionó. No había ni el más ligero rastro de la dulzura de los besos de Pedro. Trató de separarse de él.
—¡Por favor, Facu, detente!
—Te amo, Pau. Nunca he dejado de quererte.
Eso tenía que terminar. Con toda calma de que fue capaz, la chica dijo:
— Facu, esto es demasiado para mí. Recuerda que permanecí sola durante el año que estuve ciega, y todavía me estoy acostumbrando al hecho de haber recuperado la vista. Es muy pronto para saber lo que siento por tí. ¡Sólo hemos pasado unas pocas horas juntos!
— Necesito una copa —confesó él, dirigiéndose hacia el bar, y agregó—: ¿Quieres una?
—No, gracias —ella trató de cambiar de tema—. Lucrecia me ha dicho que vais a dar una fiesta mañana. Dime, ¿Estoy invitada?
— Por supuesto. Le dije a mamá que serías mi compañera. Habrá unas veinte personas, creo. Mi jefe y su esposa: Carlos y Julia Thurston, algunos amigos y socios de papá. Quiero que Carlos se lleve una buena impresión de tí, ha comenzado a insinuar que debo establecerme.
Carlos y Julia Thurston fueron los primeros en llegar a la fiesta y enseguida repararon en Paula. Carlos era de constitución fuerte y de estatura baja. Su esposa, arreglada con exageración, tenía la mirada más fría que Paula había visto, junto con una memoria semejante a la de una computadora respecto a todo lo referente a las relaciones entre las «mejores» familias. Pronto llegó a la conclusión de que el árbol genealógico de Paula era aceptable, y enseguida perdió el interés por ella, dejándola a merced de las exageradas atenciones de Carlos.
Una Luz En Mi Vida: Capítulo 31
Al instante supo que la búsqueda había llegado a su fin, y tuvo la extraña sensación de llegar a casa, de ser bienvenida. El cuarto expresaba la personalidad de quien lo habitaba. Tres de las paredes habían sido pintadas en gris perla, y la cuarta estaba cubierta por estantes con libros. Una vitrina con cerámicas se encontraba situada entre las dos ventanas. Desde allí podían verse los campos, el río y las colinas. Había esperado encontrar una fotografía de Pedro, siquiera una del colegio o del grupo de la universidad, pero la única foto que vió, colocada en un marco de plata, era la de una mujer de pómulos salientes y ojos profundos. Paula supo de inmediato que se trataba de la madre de Pedro. Sin apresurarse, eligió un libro y luego se vistió y bajó. Se sentó en el jardín un rato y comió en compañía de Lucrecia. Cuando la mujer se fue a visitar a una amiga, Paula se quedó charlando con Samuel. Por la tarde durmió un rato, se duchó y se puso un vestido azul de punto y zapatos de tacón alto. Cuando Facundo entró en la sala, exclamó:
— ¡Merece la pena venir conduciendo desde la ciudad para esto!
Como si estuviera en todo su derecho, atravesó la habitación y la besó en la boca—. ¿Cómo estás, querida? Te veo mucho más descansada. ¿Qué tal has pasado el día? Él parecía estar encantado de verla, de modo que la sonrisa de Paula fue quizá demasiado cálida al responder:
—Muy bien, gracias. — Me alegro mucho. ¿Te traigo algo de beber? Fue una agradable compañía durante la cena y ella se sintió agradecida. Horacio y Lucrecia habían sido invitados a jugar al bridge, por lo tanto se marcharon después de cenar.
— ¿Así que ahora te tengo para mí solo? ¿Qué te gustaría hacer? Podríamos dar un paseo en el coche, si te parece bien.
Paula recordó en ese instante el camión precipitándose hacia ellos, de manera que contestó:
—No... No me parece bien.
Facundo la abrazó.
—Lo siento, querida. ¿Crees que en algún momento olvidé que el accidente fue culpa mía? ¿Crees que me lo he perdonado? Pero había sido culpa suya, y ella tenía miedo de montar en un coche si era Facundo el que conducía.
— Preferiría no ir, Facu —murmuró—. ¿Por qué no andamos un poco?
—Comenzaba a llover cuando llegué...
A Paula le gustaba caminar bajo la lluvia, pero era evidente que a Facundo no.
— Lo sé. Entonces, ¿por qué no invitamos a Samuel a venir a la ciudad con nosotros? —sugirió—. Podríamos ir los cuatro, con Soledad; ella te caerá muy bien, estoy segura.
— ¡Querida! —Exclamó Facundo—. Samuel es el chófer.
Por un instante la chica pensó que estaba bromeando.
— ¿Tiene eso algo de malo? —inquirió, tajante. — No estoy acostumbrado a ser visto en público con el chófer y su amiga.
— Samuel es un buen estudiante y Soledad no se le queda atrás. Y, además, resulta que son amigos míos.
— Deberías saber que ahora debo tener cuidado al elegir a los míos, Paula. No quiero discutir contigo. Encendamos la chimenea en la biblioteca y escuchemos música, no tenemos por qué salir. Era una oferta de paz, y en contra de su voluntad ella la aceptó. Le siguió fuera de la habitación. Al llegar a la biblioteca, comenzó a examinar los estantes de libros. Pronto la leña crepitaba en la chimenea al tiempo que Barbra Streisand cantaba seductoras canciones de amor. Facundo se disponía a apagar las luces cuando Paula exclamó:
— ¡Espera un momento, Facundo! Esas fotos son de la familia, ¿No es así?
— Sí —respondió él, sin interés.
Paula se acercó y las miró detenidamente. Horacio y Lucrecia en el jardín. Facundo jugando al tenis, Lucrecia, Horacio y Facundo en una foto más formal y, finalmente, Facundo sentado en los escalones de la entrada principal. Eso era todo. Disimulando su extrañeza, preguntó:
— Si Pedro vivía en esta casa, ¿Por qué no hay ninguna foto suya?
— Se fue de casa a los dieciséis años.
— ¿Y porqué?
— No lo sé. Supongo que siempre fue un solitario y nunca se esforzó mucho por adaptarse. No creo que papá le haya perdonado todavía por habernos dejado.
— ¿Y cuándo volvió otra vez a casa?
— Diez años después, más o menos. Incluso ahora, rara vez permanece aquí más de una semana.
— ¿Tiene otra casa?
— ¡Merece la pena venir conduciendo desde la ciudad para esto!
Como si estuviera en todo su derecho, atravesó la habitación y la besó en la boca—. ¿Cómo estás, querida? Te veo mucho más descansada. ¿Qué tal has pasado el día? Él parecía estar encantado de verla, de modo que la sonrisa de Paula fue quizá demasiado cálida al responder:
—Muy bien, gracias. — Me alegro mucho. ¿Te traigo algo de beber? Fue una agradable compañía durante la cena y ella se sintió agradecida. Horacio y Lucrecia habían sido invitados a jugar al bridge, por lo tanto se marcharon después de cenar.
— ¿Así que ahora te tengo para mí solo? ¿Qué te gustaría hacer? Podríamos dar un paseo en el coche, si te parece bien.
Paula recordó en ese instante el camión precipitándose hacia ellos, de manera que contestó:
—No... No me parece bien.
Facundo la abrazó.
—Lo siento, querida. ¿Crees que en algún momento olvidé que el accidente fue culpa mía? ¿Crees que me lo he perdonado? Pero había sido culpa suya, y ella tenía miedo de montar en un coche si era Facundo el que conducía.
— Preferiría no ir, Facu —murmuró—. ¿Por qué no andamos un poco?
—Comenzaba a llover cuando llegué...
A Paula le gustaba caminar bajo la lluvia, pero era evidente que a Facundo no.
— Lo sé. Entonces, ¿por qué no invitamos a Samuel a venir a la ciudad con nosotros? —sugirió—. Podríamos ir los cuatro, con Soledad; ella te caerá muy bien, estoy segura.
— ¡Querida! —Exclamó Facundo—. Samuel es el chófer.
Por un instante la chica pensó que estaba bromeando.
— ¿Tiene eso algo de malo? —inquirió, tajante. — No estoy acostumbrado a ser visto en público con el chófer y su amiga.
— Samuel es un buen estudiante y Soledad no se le queda atrás. Y, además, resulta que son amigos míos.
— Deberías saber que ahora debo tener cuidado al elegir a los míos, Paula. No quiero discutir contigo. Encendamos la chimenea en la biblioteca y escuchemos música, no tenemos por qué salir. Era una oferta de paz, y en contra de su voluntad ella la aceptó. Le siguió fuera de la habitación. Al llegar a la biblioteca, comenzó a examinar los estantes de libros. Pronto la leña crepitaba en la chimenea al tiempo que Barbra Streisand cantaba seductoras canciones de amor. Facundo se disponía a apagar las luces cuando Paula exclamó:
— ¡Espera un momento, Facundo! Esas fotos son de la familia, ¿No es así?
— Sí —respondió él, sin interés.
Paula se acercó y las miró detenidamente. Horacio y Lucrecia en el jardín. Facundo jugando al tenis, Lucrecia, Horacio y Facundo en una foto más formal y, finalmente, Facundo sentado en los escalones de la entrada principal. Eso era todo. Disimulando su extrañeza, preguntó:
— Si Pedro vivía en esta casa, ¿Por qué no hay ninguna foto suya?
— Se fue de casa a los dieciséis años.
— ¿Y porqué?
— No lo sé. Supongo que siempre fue un solitario y nunca se esforzó mucho por adaptarse. No creo que papá le haya perdonado todavía por habernos dejado.
— ¿Y cuándo volvió otra vez a casa?
— Diez años después, más o menos. Incluso ahora, rara vez permanece aquí más de una semana.
— ¿Tiene otra casa?
Una Luz En Mi Vida: Capítulo 30
— Está bien, mamá. Yo indicaré a Pau el camino —expresó Facundo sin darle importancia.
— Puedo encontrar mi habitación sola, Facu.
— ¿Qué habitación es la suya, mamá?
— La de la parte derecha, querido, ya que Pedro no está.
— Creo que te excediste en tu preocupación por Pedro, tarde o temprano mamá se dará cuenta de que eres mi amiga, no la de él — hizo notar Facundo al salir del comedor.
— ¿No puedo ser amiga de los dos? —inquirió la chica.
— ¡No, no lo puedes!
—¿Porqué no?
— Pedro y yo jamás hemos compartido nada.
—Quizá sea el momento de comenzar a hacerlo.
— Pero no en tu caso, Pau.
Ninguno de los dos había elevado la voz, sin embargo, a Paula le pareció que gritaban.
— Esta discusión no nos conduce a ninguna parte. Te veré mañana. ¿A qué hora vuelves del trabajo?
—Tengo una reunión a la una y media... digamos que estaré aquí a las cuatro.
— Bueno, gracias por todo. Buenas noches, Facu.
Aunque Paula trató de evitarlo, la boca de él encontró la suya. Fue un beso más apasionado que de costumbre en Facundo.
— Estás muy cansada, lo haremos mejor la próxima vez. Buenas noches, Pau.
Fue un alivio quedarse sola. Sin mirar apenas lo que la rodeaba, Paula se quitó la ropa y se acostó, cayendo casi de inmediato en un profundo sueño.
A la mañana siguiente, una criada despertó a Paula. Le llevaba el té en una bandeja de plata. Bebiéndolo con lentitud, la joven comenzó a observar todo lo que la rodeaba. La habitación era exactamente lo que ella había soñado. Se sirvió otra taza de té. El reloj de oro, decorado con cupidos, marcaba las nueve y media. Facundo y Horacio ya se habrían marchado, y Lucrecia, sin duda, estaría aún durmiendo, lo que significaba que permanecería sola el resto de la mañana. Pensó en Facundo. Si era cierta la intervención de Alejandra en sus vidas, él había roto su compromiso con la mejor de las intenciones. ¿Significaba eso que todavía la amaba? La había besado la noche anterior. Un año atrás, incluso seis meses antes, habría dado cualquier cosa por ese beso. ¿Por qué, entonces, no había sentido nada la noche anterior? Ni placer ni deseo, tampoco rechazo. Quizá é! tenía razón y todo se debió a que ella estaba muy cansada. Llegó hasta ella el aroma de las rosas del florero.
Pedro le había regalado rosas, pero no blancas, sino rojas. Nunca sintió indiferencia cuando éste la besaba. Pero él se había marchado dejándola, sin importarle... y habiendo estado sólo veinticuatro horas en la casa, sabía que allí no había lugar para Pedro. ¿Por qué? ¿De quién era la culpa? No había cumplido con su palabra para con ella; quizá había hecho tantas veces lo mismo con su familia que ya no se preocupaban por él, ni les importaba su ausencia. Saltó de la cama y se puso la bata y las pantuflas. Lucrecia había dicho que la habitación de Pedro se encontraba en esa parte de la casa; quizá dentro de su habitación, Paula obtuviese una pista acerca de la Personalidad de aquel hombre, que nunca había visto y que en cierta forma era un extraño, pero que se había acercado mas a ella que ninguna otra persona. El pasillo estaba desierto, y no se oía ningún ruido. Abriendo de par en par las tres puertas siguientes, Paula descubrió lo que obviamente sólo eran habitaciones para huéspedes. Sólo quedaba una puerta por abrir, situada al final del pasillo. La abrió y entró, cerrando la puerta tras sí.
— Puedo encontrar mi habitación sola, Facu.
— ¿Qué habitación es la suya, mamá?
— La de la parte derecha, querido, ya que Pedro no está.
— Creo que te excediste en tu preocupación por Pedro, tarde o temprano mamá se dará cuenta de que eres mi amiga, no la de él — hizo notar Facundo al salir del comedor.
— ¿No puedo ser amiga de los dos? —inquirió la chica.
— ¡No, no lo puedes!
—¿Porqué no?
— Pedro y yo jamás hemos compartido nada.
—Quizá sea el momento de comenzar a hacerlo.
— Pero no en tu caso, Pau.
Ninguno de los dos había elevado la voz, sin embargo, a Paula le pareció que gritaban.
— Esta discusión no nos conduce a ninguna parte. Te veré mañana. ¿A qué hora vuelves del trabajo?
—Tengo una reunión a la una y media... digamos que estaré aquí a las cuatro.
— Bueno, gracias por todo. Buenas noches, Facu.
Aunque Paula trató de evitarlo, la boca de él encontró la suya. Fue un beso más apasionado que de costumbre en Facundo.
— Estás muy cansada, lo haremos mejor la próxima vez. Buenas noches, Pau.
Fue un alivio quedarse sola. Sin mirar apenas lo que la rodeaba, Paula se quitó la ropa y se acostó, cayendo casi de inmediato en un profundo sueño.
A la mañana siguiente, una criada despertó a Paula. Le llevaba el té en una bandeja de plata. Bebiéndolo con lentitud, la joven comenzó a observar todo lo que la rodeaba. La habitación era exactamente lo que ella había soñado. Se sirvió otra taza de té. El reloj de oro, decorado con cupidos, marcaba las nueve y media. Facundo y Horacio ya se habrían marchado, y Lucrecia, sin duda, estaría aún durmiendo, lo que significaba que permanecería sola el resto de la mañana. Pensó en Facundo. Si era cierta la intervención de Alejandra en sus vidas, él había roto su compromiso con la mejor de las intenciones. ¿Significaba eso que todavía la amaba? La había besado la noche anterior. Un año atrás, incluso seis meses antes, habría dado cualquier cosa por ese beso. ¿Por qué, entonces, no había sentido nada la noche anterior? Ni placer ni deseo, tampoco rechazo. Quizá é! tenía razón y todo se debió a que ella estaba muy cansada. Llegó hasta ella el aroma de las rosas del florero.
Pedro le había regalado rosas, pero no blancas, sino rojas. Nunca sintió indiferencia cuando éste la besaba. Pero él se había marchado dejándola, sin importarle... y habiendo estado sólo veinticuatro horas en la casa, sabía que allí no había lugar para Pedro. ¿Por qué? ¿De quién era la culpa? No había cumplido con su palabra para con ella; quizá había hecho tantas veces lo mismo con su familia que ya no se preocupaban por él, ni les importaba su ausencia. Saltó de la cama y se puso la bata y las pantuflas. Lucrecia había dicho que la habitación de Pedro se encontraba en esa parte de la casa; quizá dentro de su habitación, Paula obtuviese una pista acerca de la Personalidad de aquel hombre, que nunca había visto y que en cierta forma era un extraño, pero que se había acercado mas a ella que ninguna otra persona. El pasillo estaba desierto, y no se oía ningún ruido. Abriendo de par en par las tres puertas siguientes, Paula descubrió lo que obviamente sólo eran habitaciones para huéspedes. Sólo quedaba una puerta por abrir, situada al final del pasillo. La abrió y entró, cerrando la puerta tras sí.
Una Luz En Mi Vida: Capítulo 29
—Así que ya has vuelto, querido —dijo la voz—. ¡Maravilloso! Ven. He tenido un día agotador y sólo quiero descansar.
Lucrecia Alfonso tendría probablemente la misma edad que Alejandra Chaves, pero no se parecía en nada. Louise tenía el pelo negro y lo llevaba recogido, haciendo resaltar su hermoso perfil, muy parecido al de su hijo. Sus ojos eran grises, y sus labios estaban pintados llamativamente. Llevaba un vestido drapeado y las esmeraldas brillaban alrededor de su cuello. Facundo hizo las presentaciones y una lánguida mano con las uñas pintadas de rojo se extendió hacia Paula.
—Estoy encantada de que estés con nosotros, querida —murmuró Lucrecia—. Espero que tengas una agradable estancia.
—Gracias. Es muy amable por su parte permitirme estar aquí, señora Alfonso.
— No te preocupes, querida. Eres amiga de Pedro, ¿verdad?
— Bueno... sí. Fue él quien...
— Eso me pareció —se notaba una indudable satisfacción en la voz melosa.
Facundo interrumpió: — Hace un año Paula estaba comprometida conmigo, mamá.
—Oh, sí, ya recuerdo —dijo Lucrecia, examinando una de sus perfectas uñas ovaladas—. Pareces muy joven, Paula; estoy segura de que fue una sabia decisión anular tal compromiso.
Paula cambió de tema.
— ¿Ha sabido algo de Pedro, señora Alfonso?
— Por favor, querida, llámame Lucrecia. Señora Alfonso suena demasiado formal, ¿no crees? ¿Pedro? ¿Por qué debería haber tenido noticias suyas?
— Bueno, porque se supone que regresará aquí cuando termine su trabajo en el norte.
— Quizá... pero no lo sé. Hace años que desistí de seguirle la pista. Facundo, querido, consígueme otra copa. Sabes prepararla como a mí me gusta. Y tal vez la amiguita de Pedro quiera tomar algo también.
— Pedro me dijo que estaría fuera sólo una semana, y ya hace un mes que se marchó. ¿No le preocupa pensar que le puede haber ocurrido algo? —inquirió Paula.
— ¡Cielo, no! Pedro puede cuidarse solo. Lleva una vida horrorosa, querida, siempre tratando de desenterrar cosas que en mi opinión estarían mejor bajo tierra.
— ¿Tiene usted una dirección o un número de teléfono donde se le pueda localizar? —insistió la joven.
— Creo que se fue a Newfoundland, ¿o eso fue la vez anterior? —con alivio, Louise sonrió al recién llegado—. Oh, aquí está Horacio, pregúntale a él.
Paula ya sabía que Horacio Alfonso era el padre de Pedro y Facundo, y que su primera esposa había sido la madre de Pedro. Ahora, mientras caminaba hacia ella con la mano extendida, vió con tristeza unos ojos azules... seguramente iguales que los de Pedro.
— ¿Qué querías preguntarme, jovencita?
Horacio Alfonso tenía sesenta años. Su pelo era canoso, y se conservaba muy bien físicamente.
— Me preguntaba si usted sabría cómo podría ponerme en contacto con Pedro.
Ante la sola mención del nombre de su hijo mayor, el brillo de aquellos ojos azules desapareció.
— Me temo que no hay teléfonos en el lugar donde se encuentra. ¿Puedo ofrecerle una copa, señorita Chaves? ¿O puedo llamarla Paula? —consultó su reloj de pulsera—. Faltan catorce minutos para que sirvan la cena, así que hay tiempo. Era evidente que el tema de Pedro no se mencionaría más.
La cena fue deliciosa, pero interminable, y Paula sentía un fuerte dolor de cabeza. Al levantarse todos de la mesa, Facundo observó:
—Pareces cansada, Pau. ¿Quieres retirarte a tu habitación? Ella le sonrió, agradecida.
— Sí, por favor. Con permiso, Lucrecia.
— Por supuesto, querida. Nunca me levanto antes del mediodía, Pero estoy segura de que lo pasarás muy bien por la mañana. Rogelio te indicará el camino.
Lucrecia Alfonso tendría probablemente la misma edad que Alejandra Chaves, pero no se parecía en nada. Louise tenía el pelo negro y lo llevaba recogido, haciendo resaltar su hermoso perfil, muy parecido al de su hijo. Sus ojos eran grises, y sus labios estaban pintados llamativamente. Llevaba un vestido drapeado y las esmeraldas brillaban alrededor de su cuello. Facundo hizo las presentaciones y una lánguida mano con las uñas pintadas de rojo se extendió hacia Paula.
—Estoy encantada de que estés con nosotros, querida —murmuró Lucrecia—. Espero que tengas una agradable estancia.
—Gracias. Es muy amable por su parte permitirme estar aquí, señora Alfonso.
— No te preocupes, querida. Eres amiga de Pedro, ¿verdad?
— Bueno... sí. Fue él quien...
— Eso me pareció —se notaba una indudable satisfacción en la voz melosa.
Facundo interrumpió: — Hace un año Paula estaba comprometida conmigo, mamá.
—Oh, sí, ya recuerdo —dijo Lucrecia, examinando una de sus perfectas uñas ovaladas—. Pareces muy joven, Paula; estoy segura de que fue una sabia decisión anular tal compromiso.
Paula cambió de tema.
— ¿Ha sabido algo de Pedro, señora Alfonso?
— Por favor, querida, llámame Lucrecia. Señora Alfonso suena demasiado formal, ¿no crees? ¿Pedro? ¿Por qué debería haber tenido noticias suyas?
— Bueno, porque se supone que regresará aquí cuando termine su trabajo en el norte.
— Quizá... pero no lo sé. Hace años que desistí de seguirle la pista. Facundo, querido, consígueme otra copa. Sabes prepararla como a mí me gusta. Y tal vez la amiguita de Pedro quiera tomar algo también.
— Pedro me dijo que estaría fuera sólo una semana, y ya hace un mes que se marchó. ¿No le preocupa pensar que le puede haber ocurrido algo? —inquirió Paula.
— ¡Cielo, no! Pedro puede cuidarse solo. Lleva una vida horrorosa, querida, siempre tratando de desenterrar cosas que en mi opinión estarían mejor bajo tierra.
— ¿Tiene usted una dirección o un número de teléfono donde se le pueda localizar? —insistió la joven.
— Creo que se fue a Newfoundland, ¿o eso fue la vez anterior? —con alivio, Louise sonrió al recién llegado—. Oh, aquí está Horacio, pregúntale a él.
Paula ya sabía que Horacio Alfonso era el padre de Pedro y Facundo, y que su primera esposa había sido la madre de Pedro. Ahora, mientras caminaba hacia ella con la mano extendida, vió con tristeza unos ojos azules... seguramente iguales que los de Pedro.
— ¿Qué querías preguntarme, jovencita?
Horacio Alfonso tenía sesenta años. Su pelo era canoso, y se conservaba muy bien físicamente.
— Me preguntaba si usted sabría cómo podría ponerme en contacto con Pedro.
Ante la sola mención del nombre de su hijo mayor, el brillo de aquellos ojos azules desapareció.
— Me temo que no hay teléfonos en el lugar donde se encuentra. ¿Puedo ofrecerle una copa, señorita Chaves? ¿O puedo llamarla Paula? —consultó su reloj de pulsera—. Faltan catorce minutos para que sirvan la cena, así que hay tiempo. Era evidente que el tema de Pedro no se mencionaría más.
La cena fue deliciosa, pero interminable, y Paula sentía un fuerte dolor de cabeza. Al levantarse todos de la mesa, Facundo observó:
—Pareces cansada, Pau. ¿Quieres retirarte a tu habitación? Ella le sonrió, agradecida.
— Sí, por favor. Con permiso, Lucrecia.
— Por supuesto, querida. Nunca me levanto antes del mediodía, Pero estoy segura de que lo pasarás muy bien por la mañana. Rogelio te indicará el camino.
Una Luz En Mi Vida: Capítulo 28
— Al menos dí que me crees, Pau.
— Supongo que no tengo otro remedio. Pero debes darme tiempo para pensarlo, Facu. Estoy muy impresionada. Primero te veo otra vez, y ahora escucho todo esto. Ella miró hacia abajo y vio que estaban cogidos de la mano, lo que le impidió advertir el destello calculador en los ojos de Facundo.
— Por supuesto, querida —dijo con suavidad—. En cuanto me enteré de que irías a Hardwoods organicé mi esquema de trabajo para poder estar contigo todo el tiempo posible. Pero quería aclarar el punto de nuestro compromiso de inmediato. Era muy importante para mí decirte la verdad.
—Gracias, Facu. Lo comprendo —replicó ella, apretándole la mano, antes de que él la retirase—. ¿Te importa si trato de dormir un poco? Todavía me canso mucho, y el doctor MacAulay me dijo que procurara no fatigarme.
—Por supuesto que no me importa —respondió él—. El asiento es reclinable y hay una almohada ahí atrás. Ponte cómoda.
Paula se recostó, cerró los ojos, aliviada, y dejó de pensar en todo lo que Facundo le había dicho. Arrullada por el movimiento del coche se durmió. Un rato después, él la despertó.
— Ya casi hemos llegado, Pau. Faltan unos diez minutos.
— ¿Ya?—murmuró ella.
— Has dormido casi tres horas —dijo él, riéndose.
Paula agarró el bolso y rápidamente se peinó y retocó el maquillaje. Enseguida miró hacia afuera y vió que ya no estaban en la ciudad sino avanzando por una carretera secundaria, dentro de una vasta propiedad rural. Mientras la ayudaba a descender cuando llegaron, Facundo le dijo, con naturalidad:
—Todo esto será mío un día. Entremos para que conozcas a mis padres. Falta aún media hora para la cena. Papá insiste en cenar siempre a la misma hora, de modo que podremos tomar un aperitivo. Samuel se ocupará de tu maleta.
Volviendo la cabeza, Paula hizo un guiño a Samuel antes de seguir a Facundo hasta la elegante puerta principal. Él la hizo pasar, conduciéndola a través de un amplio salón hasta la sala. Al principio, pensó que la sala estaba vacía, pero de pronto escuchó una voz, proveniente de detrás de un biombo estilo oriental, que decía, con tono petulante:
—Horacio, por favor, tráeme otra copa.
— Soy yo, Facundo, mamá. He traído a Paula.
— Supongo que no tengo otro remedio. Pero debes darme tiempo para pensarlo, Facu. Estoy muy impresionada. Primero te veo otra vez, y ahora escucho todo esto. Ella miró hacia abajo y vio que estaban cogidos de la mano, lo que le impidió advertir el destello calculador en los ojos de Facundo.
— Por supuesto, querida —dijo con suavidad—. En cuanto me enteré de que irías a Hardwoods organicé mi esquema de trabajo para poder estar contigo todo el tiempo posible. Pero quería aclarar el punto de nuestro compromiso de inmediato. Era muy importante para mí decirte la verdad.
—Gracias, Facu. Lo comprendo —replicó ella, apretándole la mano, antes de que él la retirase—. ¿Te importa si trato de dormir un poco? Todavía me canso mucho, y el doctor MacAulay me dijo que procurara no fatigarme.
—Por supuesto que no me importa —respondió él—. El asiento es reclinable y hay una almohada ahí atrás. Ponte cómoda.
Paula se recostó, cerró los ojos, aliviada, y dejó de pensar en todo lo que Facundo le había dicho. Arrullada por el movimiento del coche se durmió. Un rato después, él la despertó.
— Ya casi hemos llegado, Pau. Faltan unos diez minutos.
— ¿Ya?—murmuró ella.
— Has dormido casi tres horas —dijo él, riéndose.
Paula agarró el bolso y rápidamente se peinó y retocó el maquillaje. Enseguida miró hacia afuera y vió que ya no estaban en la ciudad sino avanzando por una carretera secundaria, dentro de una vasta propiedad rural. Mientras la ayudaba a descender cuando llegaron, Facundo le dijo, con naturalidad:
—Todo esto será mío un día. Entremos para que conozcas a mis padres. Falta aún media hora para la cena. Papá insiste en cenar siempre a la misma hora, de modo que podremos tomar un aperitivo. Samuel se ocupará de tu maleta.
Volviendo la cabeza, Paula hizo un guiño a Samuel antes de seguir a Facundo hasta la elegante puerta principal. Él la hizo pasar, conduciéndola a través de un amplio salón hasta la sala. Al principio, pensó que la sala estaba vacía, pero de pronto escuchó una voz, proveniente de detrás de un biombo estilo oriental, que decía, con tono petulante:
—Horacio, por favor, tráeme otra copa.
— Soy yo, Facundo, mamá. He traído a Paula.
miércoles, 20 de julio de 2016
Una Luz En Mi Vida: Capítulo 27
— Es muy amable por tu parte tenerme en la casa.
— Fue idea de Pedro, según tengo entendido —replicó Facundo con cierta malicia. Está allí? —inquirió Paula, intentando aparentar naturalidad.
— ¿Quién? ¿Pedro? No. Todavía está en el norte, según sé. Sigue revolviendo tumbas antiguas.
— ¿Por qué no te cae bien Pedro? —preguntó ella.
—Tú le conoces, ¿no?
— Esa respuesta no es suficiente —respondió Paula, sintiendo absurdamente que debía defender a Pedro.
—Oh. Siempre está tan seguro de sí mismo, es tan dominante... No me digas que te gustó.
— De no haber sido por Pedro—afirmó Paula—, aún estaría sentada en la sala de mi madre, ciega, aburrida. No habría venido a operarme si él no me hubiera traído. De modo que con él tengo una deuda de gratitud que jamás podré pagarle.
—Gratitud —repitió Facundo, irritado—. Siempre fue bueno para organizar la vida de los demás. De todos modos, creo que debe sentirse satisfecho por la recuperación de tu vista, ¿no es así?
— No creo que lo sepa. Se fue al norte antes de la operación y no he sabido nada de él desde entonces.
—Es típico de Pedro. Cuando empieza a seguirle la pista a alguien que vivió hace mil años, no se puede contar con él. El siglo veinte no existe para él.
Facundo acababa de confirmar algo que ella ya se imaginaba, pero las palabras que había utilizado la habían hecho daño. Mirándola con suspicacia, le preguntó:
— Eso te molesta, ¿verdad?
— Supongo que sí —respondió la chica con lentitud. En un esfuerzo por distraerse, le miró con intensidad, procurando descubrir los posibles cambios que se habían producido en él en el año transcurrido. De pronto, decidió plantear las cosas sin titubeos.
—Al parecer, en una crisis, no se puede contar con ninguno de los hermanos Alfonso.
— ¿Recuerdas que te dije en el hospital que quería hablar contigo? —Preguntó él, con interés—. Ahora puedo contarte la verdad, Pau. Hasta ahora no había podido hacerlo. ¿La verdad de qué?—De por qué tuve que dejarte hace un año, romper nuestro compromiso.
Paula sintió que la ira se apoderaba de ella.
—Aquel día me dijiste el porqué. Me explicaste que habías sido ascendido y trasladado y que una esposa ciega no encajaba en tus planes. Él se inclinó hacia adelante, colocando un brazo sobre el respaldo del asiento, mientras ella se esforzaba por mantener las manos quietas, sobre su regazo.
—Eso fue lo que te dije sí. Eso fue lo que tuve que decirte — afirmó él, sin la seguridad ni el tono de voz de Pedro.
—No sé qué es lo que quieres decir, Facu—dijo ella, aparentando tranquilidad.
—Permíteme ser franco contigo, aunque temo que te dolerá, Pau...
—Soy más dura que antes —interrumpió la chica.
—Lo he notado —replicó él, sonriendo como a ella siempre le había gustado—. Has crecido, ¿No es verdad, Pau? Hasta estás más guapa.
—Pero no estamos hablando de mi belleza ni de mi madurez protestó la chica, tensa.
—Muy bien —comenzó a decir Facundo—. Mientras estabas en el hospital y después de que los médicos hubieran diagnosticado tu ceguera, tu madre fue a verme. Me dijo que quería que rompiera el compromiso.
— ¿Porqué? —preguntó Paula, perpleja. Él le tomó las manos, aunque ella casi no lo advirtió.
—Aclaremos algo antes, Pau. Yo te amaba y quería que fueras mi esposa. Naturalmente, me sentí muy mal por tu ceguera, pero eso no cambió las cosas respecto a mí. Quería casarme contigo. ¿Me crees?
Ella se encogió de hombros, rogándole, con la mirada, que prosiguiera.
— Pero tu madre me obligó a ver las cosas de otra manera. Me dijo que necesitarías cuidados constantes, que no podría dejarte sola, que no podrías salir sola, tampoco ser la anfitriona en una cena ni invitada a ninguna recepción. También estaba el problema de tener niños. ¿Cómo habrías podido cuidarlos? Me hizo comprender que nuestro matrimonio habría significado para ti una terrible carga, algo que no podrías soportar.
— ¿Y te lo creíste? —preguntó ella, inmóvil.
— ¿Qué otra solución tenía? Ella consideró que el único lugar para ti estaba en tu casa, porque era un terreno familiar para tí y porque Beatríz podría ayudar a cuidarte. No creo que haya sido una decisión fácil para tu madre, porque ella podía habernos animado para que nos casáramos y así librarse del problema. Pero estaba convencida de que el ambiente familiar y los cuidados suyos eran todo lo que necesitabas. Y estaba dispuesta a sacrificar algo de su propia independencia en aras de todo eso. Nunca admiré tanto a tu madre como ese día.
Facundo sacó un cigarrillo y lo encendió.
—Cuando comprendí que estarías mejoren tu casa, supe que debía romper nuestro compromiso, y fue lo más difícil que había hecho en mi vida, Pau. El ascenso estaba pendiente hacía algún tiempo, pero la posibilidad de ir a Quebec fue pura coincidencia. La acepté y utilicé como razón para romper nuestro compromiso. No podía decirte la verdad —miró hacia afuera y, al volverse agregó—: Pensé de corazón en tu bienestar, Pau. Es todo lo que puedo decir.
Paula estaba confundida por lo que acababa de escuchar. Alejandra pudo, efectivamente, haberse conducido así. Por vez primera se preguntó por qué había permitido que las cosas ocurrieran así.
— Fue idea de Pedro, según tengo entendido —replicó Facundo con cierta malicia. Está allí? —inquirió Paula, intentando aparentar naturalidad.
— ¿Quién? ¿Pedro? No. Todavía está en el norte, según sé. Sigue revolviendo tumbas antiguas.
— ¿Por qué no te cae bien Pedro? —preguntó ella.
—Tú le conoces, ¿no?
— Esa respuesta no es suficiente —respondió Paula, sintiendo absurdamente que debía defender a Pedro.
—Oh. Siempre está tan seguro de sí mismo, es tan dominante... No me digas que te gustó.
— De no haber sido por Pedro—afirmó Paula—, aún estaría sentada en la sala de mi madre, ciega, aburrida. No habría venido a operarme si él no me hubiera traído. De modo que con él tengo una deuda de gratitud que jamás podré pagarle.
—Gratitud —repitió Facundo, irritado—. Siempre fue bueno para organizar la vida de los demás. De todos modos, creo que debe sentirse satisfecho por la recuperación de tu vista, ¿no es así?
— No creo que lo sepa. Se fue al norte antes de la operación y no he sabido nada de él desde entonces.
—Es típico de Pedro. Cuando empieza a seguirle la pista a alguien que vivió hace mil años, no se puede contar con él. El siglo veinte no existe para él.
Facundo acababa de confirmar algo que ella ya se imaginaba, pero las palabras que había utilizado la habían hecho daño. Mirándola con suspicacia, le preguntó:
— Eso te molesta, ¿verdad?
— Supongo que sí —respondió la chica con lentitud. En un esfuerzo por distraerse, le miró con intensidad, procurando descubrir los posibles cambios que se habían producido en él en el año transcurrido. De pronto, decidió plantear las cosas sin titubeos.
—Al parecer, en una crisis, no se puede contar con ninguno de los hermanos Alfonso.
— ¿Recuerdas que te dije en el hospital que quería hablar contigo? —Preguntó él, con interés—. Ahora puedo contarte la verdad, Pau. Hasta ahora no había podido hacerlo. ¿La verdad de qué?—De por qué tuve que dejarte hace un año, romper nuestro compromiso.
Paula sintió que la ira se apoderaba de ella.
—Aquel día me dijiste el porqué. Me explicaste que habías sido ascendido y trasladado y que una esposa ciega no encajaba en tus planes. Él se inclinó hacia adelante, colocando un brazo sobre el respaldo del asiento, mientras ella se esforzaba por mantener las manos quietas, sobre su regazo.
—Eso fue lo que te dije sí. Eso fue lo que tuve que decirte — afirmó él, sin la seguridad ni el tono de voz de Pedro.
—No sé qué es lo que quieres decir, Facu—dijo ella, aparentando tranquilidad.
—Permíteme ser franco contigo, aunque temo que te dolerá, Pau...
—Soy más dura que antes —interrumpió la chica.
—Lo he notado —replicó él, sonriendo como a ella siempre le había gustado—. Has crecido, ¿No es verdad, Pau? Hasta estás más guapa.
—Pero no estamos hablando de mi belleza ni de mi madurez protestó la chica, tensa.
—Muy bien —comenzó a decir Facundo—. Mientras estabas en el hospital y después de que los médicos hubieran diagnosticado tu ceguera, tu madre fue a verme. Me dijo que quería que rompiera el compromiso.
— ¿Porqué? —preguntó Paula, perpleja. Él le tomó las manos, aunque ella casi no lo advirtió.
—Aclaremos algo antes, Pau. Yo te amaba y quería que fueras mi esposa. Naturalmente, me sentí muy mal por tu ceguera, pero eso no cambió las cosas respecto a mí. Quería casarme contigo. ¿Me crees?
Ella se encogió de hombros, rogándole, con la mirada, que prosiguiera.
— Pero tu madre me obligó a ver las cosas de otra manera. Me dijo que necesitarías cuidados constantes, que no podría dejarte sola, que no podrías salir sola, tampoco ser la anfitriona en una cena ni invitada a ninguna recepción. También estaba el problema de tener niños. ¿Cómo habrías podido cuidarlos? Me hizo comprender que nuestro matrimonio habría significado para ti una terrible carga, algo que no podrías soportar.
— ¿Y te lo creíste? —preguntó ella, inmóvil.
— ¿Qué otra solución tenía? Ella consideró que el único lugar para ti estaba en tu casa, porque era un terreno familiar para tí y porque Beatríz podría ayudar a cuidarte. No creo que haya sido una decisión fácil para tu madre, porque ella podía habernos animado para que nos casáramos y así librarse del problema. Pero estaba convencida de que el ambiente familiar y los cuidados suyos eran todo lo que necesitabas. Y estaba dispuesta a sacrificar algo de su propia independencia en aras de todo eso. Nunca admiré tanto a tu madre como ese día.
Facundo sacó un cigarrillo y lo encendió.
—Cuando comprendí que estarías mejoren tu casa, supe que debía romper nuestro compromiso, y fue lo más difícil que había hecho en mi vida, Pau. El ascenso estaba pendiente hacía algún tiempo, pero la posibilidad de ir a Quebec fue pura coincidencia. La acepté y utilicé como razón para romper nuestro compromiso. No podía decirte la verdad —miró hacia afuera y, al volverse agregó—: Pensé de corazón en tu bienestar, Pau. Es todo lo que puedo decir.
Paula estaba confundida por lo que acababa de escuchar. Alejandra pudo, efectivamente, haberse conducido así. Por vez primera se preguntó por qué había permitido que las cosas ocurrieran así.
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