—Ya veo —dijo ella sin ver nada en absoluto. Su respuesta divirtió a Pedro.
— ¿No me digas? —inquirió él sarcástico. Antes de que Pau pudiera protestar por la descortesía, él siguió hablando. —Por cierto, será mejor que pongas dos platos más. Vamos a tener invitados.
— ¿Invitados? —preguntó sorprendida.
—Gerardo Torres y su mujer. Pensé que quizá te parecieran interesantes, así que los invité a cenar. Ah, esos deben de ser ellos —dijo cuando oyó el sonido de un coche cerca de la casa.
Aunque quería forzarlo a contarle lo que pasaba, ya no había tiempo para ello y rápidamente fue al comedor a colocar dos platos más sobre la mesa antes de ir a la cocina. Esperaba que a esa gente le gustara la carne porque era lo único que había.
Maldijo a Pedro por no haberle avisado antes y, cuando, estaba comprobando si había suficiente carne y verduras para cuatro, oyó sonido de voces en el pasillo. No podía hacer nada más y, asegurándose de que todo se conservaba caliente, se dirigió al salón para reunirse con Pedro y con sus inesperados invitados.
—Ah, aquí estás cariño —dijo Pedro amablemente cuando entró ella.
La tomó del brazo y la acercó al hombre.
—Quiero presentarte a Gerardo Torres.
Pau se encontró estrechando la mano de un hombre bajito de unos sesenta años, que se quedó mirándola fijamente como si estuviera viendo un fantasma.
—Y a su mujer —siguió Pedro haciéndola girar hacia el sofá—,Paula.
Esa fue la presentación. Pau esperaba encontrarse con una mujer de la misma edad que el señor Torres, pero la mujer que estaba sentada tranquilamente en el sofá, vestida con un ajustado traje rojo era la última persona a la que hubiera esperado o deseado ver. Se quedó pálida. El mundo, que hasta esa mañana era perfecto, acababa de derrumbarse por completo.
Micaela estaba tan atónita como ella.
— ¿Pau? —preguntó, irguiéndose en el sofá y lanzando una mirada acusadora sobre Pedro—. ¡No me habías dicho que te habías casado con mi hermana!
En medio de ese drama, la aguda y asombrada voz de Gerardo Torres sólo pudo articular.
— ¡Gemelas! ¡Por Dios bendito, son gemelas!
—Y aparentemente las dos se llaman Paula—dijo Pedro intentando parecer divertido.
Pero Pau sabía que no lo estaba. Giró la cara hacia él. Estaba furioso. Frío, salvajemente furioso.
domingo, 20 de marzo de 2016
La Impostora: Capítulo 45
Durante los días siguientes rieron e hicieron muchos planes. Pedro tenía tendencia a tratarla como si fuera una muñeca de porcelana hasta que ella se enfadó y dijo que le iba a tirar algo a la cabeza si no dejaba de hacerlo. Después, la vida volvió a la normalidad. Su despacho empezó a atraer cierta clientela y eso la mantuvo ocupada.
Cuando Marga fue informada sobre el embarazo, se encargó de que siempre hubiera una buena cena esperándolos.
El jueves siguiente, Pau llegó más tarde de lo normal y cuando entró en casa se encontró una nota de Marga recordándole que había ido al cumpleaños de su nieto y que la cena estaba en el horno. Agotada, Pau dejó el maletín en el armario del pasillo, colocó la chaqueta sobre una silla y fue a comprobar el horno. Había puesto la mesa y estaba echando una ojeada al correo cuando oyó el coche de Pedro. Dejando las cartas sobre la encimera, salió corriendo a recibirlo.
—Hola, ¿has tenido un buen día? —preguntó, pasando sus brazos por la cintura de él como de costumbre y sorprendiéndose al encontrarlo tenso.
Ella levantó la mirada y, cuando lo vió tan serio, su sonrisa desapareció. Algo debía de haber ocurrido en el despacho.
— ¿Qué pasa, cariño?
Una luz desconocida brilló en los ojos de Pedro antes de que sonriera.
— ¿Qué podría pasar, cielo?
La besó con extraña dureza y eso confirmó su sospecha de que ocurría algo.
Apartando los labios de ese extraño beso, Pau echó la cabeza hacia atrás tanto como pudo y lo miró. El brillo de sus ojos envió un escalofrío a su espina dorsal. No podía imaginar por qué la miraba tan fijamente.
— ¿Cómo voy a saberlo si no me lo cuentas? —preguntó ella.
—Uno nunca sabe. Mis amigos me dicen que tengo todo lo que un hombre puede desear. Una casa preciosa, una mujer maravillosa que me quiere... —hizo una pausa, clavando su mirada en ella—. ¿Porque tú me quieres, verdad, Pau?
Sin saber qué quería decir, lo miró atónita. ¿Qué demonios le había pasado?
Debía de ser algo suficientemente malo como para que él buscara una confirmación que ella le dio encantada.
—Pues claro que te quiero. Ya lo sabes.
Se quedó aún más confusa cuando él la soltó de repente. Estaba empezando a alarmarse.
— ¡Por Dios bendito, Pedro, cuéntame qué te ha pasado!
— ¿Qué ha pasado? He conocido a un posible cliente, eso es todo —la informó él con una risa extraña dirigiéndose hacia el salón.
En el bar se sirvió un whisky y se bebió la mitad de un sólo trago.
Pau lo siguió, consternada. No había nada raro en conocer a un nuevo cliente.
Después de todo, Pedro era el director de una importante firma de abogados. Pero, a menos que el cliente lo hubiera mordido, no podía imaginarse qué podía hacer que reaccionara así.
— ¿Y ese cliente tiene un nombre? —preguntó ella, pensando que quizá le dijera algo.
—Claro —confirmó Pedro—. Se llama Gerardo Torres.
— ¿Torres? —repitió ella, perpleja—. Me parece que no lo conozco.
—No, a menos que sepas algo de la industria del cine. Por lo visto tiene su propia productora. Su mujer y él estaban en Nueva Inglaterra cuando se les presentó un problema y vino a verme para pedirme consejo legal.
Cuando Marga fue informada sobre el embarazo, se encargó de que siempre hubiera una buena cena esperándolos.
El jueves siguiente, Pau llegó más tarde de lo normal y cuando entró en casa se encontró una nota de Marga recordándole que había ido al cumpleaños de su nieto y que la cena estaba en el horno. Agotada, Pau dejó el maletín en el armario del pasillo, colocó la chaqueta sobre una silla y fue a comprobar el horno. Había puesto la mesa y estaba echando una ojeada al correo cuando oyó el coche de Pedro. Dejando las cartas sobre la encimera, salió corriendo a recibirlo.
—Hola, ¿has tenido un buen día? —preguntó, pasando sus brazos por la cintura de él como de costumbre y sorprendiéndose al encontrarlo tenso.
Ella levantó la mirada y, cuando lo vió tan serio, su sonrisa desapareció. Algo debía de haber ocurrido en el despacho.
— ¿Qué pasa, cariño?
Una luz desconocida brilló en los ojos de Pedro antes de que sonriera.
— ¿Qué podría pasar, cielo?
La besó con extraña dureza y eso confirmó su sospecha de que ocurría algo.
Apartando los labios de ese extraño beso, Pau echó la cabeza hacia atrás tanto como pudo y lo miró. El brillo de sus ojos envió un escalofrío a su espina dorsal. No podía imaginar por qué la miraba tan fijamente.
— ¿Cómo voy a saberlo si no me lo cuentas? —preguntó ella.
—Uno nunca sabe. Mis amigos me dicen que tengo todo lo que un hombre puede desear. Una casa preciosa, una mujer maravillosa que me quiere... —hizo una pausa, clavando su mirada en ella—. ¿Porque tú me quieres, verdad, Pau?
Sin saber qué quería decir, lo miró atónita. ¿Qué demonios le había pasado?
Debía de ser algo suficientemente malo como para que él buscara una confirmación que ella le dio encantada.
—Pues claro que te quiero. Ya lo sabes.
Se quedó aún más confusa cuando él la soltó de repente. Estaba empezando a alarmarse.
— ¡Por Dios bendito, Pedro, cuéntame qué te ha pasado!
— ¿Qué ha pasado? He conocido a un posible cliente, eso es todo —la informó él con una risa extraña dirigiéndose hacia el salón.
En el bar se sirvió un whisky y se bebió la mitad de un sólo trago.
Pau lo siguió, consternada. No había nada raro en conocer a un nuevo cliente.
Después de todo, Pedro era el director de una importante firma de abogados. Pero, a menos que el cliente lo hubiera mordido, no podía imaginarse qué podía hacer que reaccionara así.
— ¿Y ese cliente tiene un nombre? —preguntó ella, pensando que quizá le dijera algo.
—Claro —confirmó Pedro—. Se llama Gerardo Torres.
— ¿Torres? —repitió ella, perpleja—. Me parece que no lo conozco.
—No, a menos que sepas algo de la industria del cine. Por lo visto tiene su propia productora. Su mujer y él estaban en Nueva Inglaterra cuando se les presentó un problema y vino a verme para pedirme consejo legal.
La Impostora: Capítulo 44
—Ocho meses, ¿eh? Parece como si hubiéramos estado casados toda la vida.
— ¿Eso es malo o bueno? —preguntó ella un poco nerviosa.
— ¿Tú qué crees? —contestó él sonriendo. Pau respiró aliviada.
—Si no quieres que se queme la cena, lo mejor será que te des prisa —advirtió y, con una sonrisa, Pedro subió corriendo las escaleras.
Cuando volvió a bajar, los platos ya estaban en la mesa. Él sacó la botella de vino de la nevera y Pau observó cómo lo servía, contenta de que se hubiera vestido acorde con el espíritu de la velada, con una camisa blanca de seda, con el cuello desabrochado, y los pantalones del esmoquin.
—Por la esposa más guapa del mundo —brindó él levantando su copa.
—Por el marido más guapo —dijo suavemente ella.
Se miraron a los ojos antes de concentrarse en la cena. Estaban tomando café cuando Pau por fin decidió contarle la verdadera razón de esa celebración.
—Por cierto, tendremos que volver a llamar al decorador —dijo como sin darle importancia.
— ¿Por qué? Creí que habías dicho que la casa estaba perfecta.
Había sido perfecta hasta ese momento, pero ya no.
—No me gusta el color de la habitación pequeña.
Pedro la miró.
— ¿Estamos hablando de la habitación para la que te pasaste un mes entero buscando el exacto tono de verde?
—Culpable, de acuerdo. Lo hice, pero ahora ya no me gusta —dijo poniéndose colorada.
— ¿Y de qué color la quieres pintar ahora? —dijo Pedro pacientemente, lanzando un suspiro.
—Azul o rosa.
— ¿Azul o rosa? Me parece que deberías tomar una decisión antes de llamar al decorador o tendré que llevar un juicio por asesinato —dijo él con sarcasmo.
Pau se encogió de hombros expresivamente.
—Pero es que no lo puedo decidir porque aún no sé lo que va a ser —dijo tranquilamente.
— ¿No sabes lo que va a ser? —contestó él un poco impaciente.
—No, no sé qué va a ser, cariño. No sé si va a ser un niño o una niña.
Aquella vez él entendió y a su cara de sorpresa siguió una expresión de felicidad.
— ¿Quieres decir que vamos a tener un niño?
La sonrisa de Pau le dijo todo lo que quería saber.
—Ven aquí, esposa —ordenó él.
Pau se levantó, rodeó la mesa y se encontró sentada en sus rodillas.
— ¡Bruja! ¿Por qué no me lo has dicho directamente?
Tan cerca, podía ver la sombra de una lágrima en los ojos de Pedro, lo que hizo que las suyas afloraran también.
—No sabía si te iba a gustar o no. Nunca habíamos hablado de los niños.
— ¿Cómo no me iba a gustar? ¡Dios, un niño! ¿Estás segura?
—Me lo han confirmado hoy.
Su mirada era tierna y amorosa.
—Por eso últimamente te quedabas en la cama más tiempo. ¡No me digas que has tenido náuseas por las mañanas y no me he enterado!
Pau sabía que nunca se lo perdonaría a sí mismo si ella hubiera estado enferma y él no hubiera sido capaz de verlo.
—No. No estaba enferma. Sólo tenía náuseas de vez en cuando —dijo tomando su cara entre las manos—. Y lo del decorador era una broma. Si no te importa, lo haré yo misma.
—Con la condición de que me dejes ayudarte.
Pau apoyó la cabeza en su hombro, sobrecogida de felicidad.
— ¿Eres bueno pintando?
Pedro sonrió, apretándola fuertemente contra él.
—No tengo ni idea, pero será divertido comprobarlo. Y ahora, señora Alfonso, ¿le apetece hacer el amor conmigo lenta y largamente?
Ella gimió suavemente, besándolo en el cuello…
—No sé. ¿Eres bueno en eso?
—Si estás embarazada, será porque algo he hecho bien. Vamos a comprobarlo.
Y levantándose con ella en brazos, subió las escaleras hasta el dormitorio.
— ¿Eso es malo o bueno? —preguntó ella un poco nerviosa.
— ¿Tú qué crees? —contestó él sonriendo. Pau respiró aliviada.
—Si no quieres que se queme la cena, lo mejor será que te des prisa —advirtió y, con una sonrisa, Pedro subió corriendo las escaleras.
Cuando volvió a bajar, los platos ya estaban en la mesa. Él sacó la botella de vino de la nevera y Pau observó cómo lo servía, contenta de que se hubiera vestido acorde con el espíritu de la velada, con una camisa blanca de seda, con el cuello desabrochado, y los pantalones del esmoquin.
—Por la esposa más guapa del mundo —brindó él levantando su copa.
—Por el marido más guapo —dijo suavemente ella.
Se miraron a los ojos antes de concentrarse en la cena. Estaban tomando café cuando Pau por fin decidió contarle la verdadera razón de esa celebración.
—Por cierto, tendremos que volver a llamar al decorador —dijo como sin darle importancia.
— ¿Por qué? Creí que habías dicho que la casa estaba perfecta.
Había sido perfecta hasta ese momento, pero ya no.
—No me gusta el color de la habitación pequeña.
Pedro la miró.
— ¿Estamos hablando de la habitación para la que te pasaste un mes entero buscando el exacto tono de verde?
—Culpable, de acuerdo. Lo hice, pero ahora ya no me gusta —dijo poniéndose colorada.
— ¿Y de qué color la quieres pintar ahora? —dijo Pedro pacientemente, lanzando un suspiro.
—Azul o rosa.
— ¿Azul o rosa? Me parece que deberías tomar una decisión antes de llamar al decorador o tendré que llevar un juicio por asesinato —dijo él con sarcasmo.
Pau se encogió de hombros expresivamente.
—Pero es que no lo puedo decidir porque aún no sé lo que va a ser —dijo tranquilamente.
— ¿No sabes lo que va a ser? —contestó él un poco impaciente.
—No, no sé qué va a ser, cariño. No sé si va a ser un niño o una niña.
Aquella vez él entendió y a su cara de sorpresa siguió una expresión de felicidad.
— ¿Quieres decir que vamos a tener un niño?
La sonrisa de Pau le dijo todo lo que quería saber.
—Ven aquí, esposa —ordenó él.
Pau se levantó, rodeó la mesa y se encontró sentada en sus rodillas.
— ¡Bruja! ¿Por qué no me lo has dicho directamente?
Tan cerca, podía ver la sombra de una lágrima en los ojos de Pedro, lo que hizo que las suyas afloraran también.
—No sabía si te iba a gustar o no. Nunca habíamos hablado de los niños.
— ¿Cómo no me iba a gustar? ¡Dios, un niño! ¿Estás segura?
—Me lo han confirmado hoy.
Su mirada era tierna y amorosa.
—Por eso últimamente te quedabas en la cama más tiempo. ¡No me digas que has tenido náuseas por las mañanas y no me he enterado!
Pau sabía que nunca se lo perdonaría a sí mismo si ella hubiera estado enferma y él no hubiera sido capaz de verlo.
—No. No estaba enferma. Sólo tenía náuseas de vez en cuando —dijo tomando su cara entre las manos—. Y lo del decorador era una broma. Si no te importa, lo haré yo misma.
—Con la condición de que me dejes ayudarte.
Pau apoyó la cabeza en su hombro, sobrecogida de felicidad.
— ¿Eres bueno pintando?
Pedro sonrió, apretándola fuertemente contra él.
—No tengo ni idea, pero será divertido comprobarlo. Y ahora, señora Alfonso, ¿le apetece hacer el amor conmigo lenta y largamente?
Ella gimió suavemente, besándolo en el cuello…
—No sé. ¿Eres bueno en eso?
—Si estás embarazada, será porque algo he hecho bien. Vamos a comprobarlo.
Y levantándose con ella en brazos, subió las escaleras hasta el dormitorio.
La Impostora: Capítulo 43
Por supuesto tenía que contárselo primero a Pedro y ese pensamiento la hizo recordar que tenía que empezar a preparar la cena. Iba a preparar todos los platos favoritos de Pedro y, aunque se quedaría asombrado, no creía que pudiera imaginarse la sorpresa. Cuando todo estaba preparado, la mesa puesta y una botella de vino refrescándose en la nevera, Pau se dispuso a cambiarse de ropa.
Normalmente Pedro llegaba a casa alrededor de las siete y, antes de esa hora, ella ya estaba arreglada. Había elegido para esa noche el vestido favorito de Pedro. Era el vestido negro que se había puesto la noche que habían hecho el amor por primera vez y que tenía connotaciones especiales para los dos. La idea de hacer el amor hizo que se pusiera perfume en alguna zona especial. Quería que todo fuera perfecto.
Pau estaba sacando la carne del horno cuando oyó su coche fuera. Quitándose apresuradamente el mandil que se había puesto sobre el vestido, tomó dos copas de cóctel que había guardado en la nevera y salió a recibirlo.
Pedro no la vió inmediatamente, lo que le dió oportunidad de observarlo a su antojo. Siempre la dejaba sin aliento y se imaginaba que eso ocurriría siempre. Debió hacer algún ruido porque él se volvió y, sonriendo, se dirigió hacia ella.
—Hola, ¿qué te apetece más, una bebida fría o un beso caliente? —bromeó ella invitadora.
Esperaba ver ese brillo familiar en sus ojos y la sonrisa indolente que enviaban escalofríos por su espalda y Pedro no la defraudó.
—Las dos cosas, pero en diferente orden —dijo él dejando el maletín en el suelo.
Pau dejó las copas sobre una mesita y, pasando los brazos alrededor de su cuello, levantó la cara para besarlo. Fue un beso lánguido, erótico y muy, muy caliente y cuando se separaron los dos respiraban con dificultad.
—Creo que necesito una copa —dijo Pau.
—Siempre podemos llevarnos las copas a la cama —sugirió Pedro con una ceja levantada.
Si Pau no hubiera tenido otros planes, habría dicho que sí en un segundo. Pero los tenía, así que negó con la cabeza.
—No. La cena casi está lista. Sólo tienes tiempo para darte una ducha y cambiarte de ropa.
Por primera vez, Pedro se fijó en su vestido y la miró sorprendido. Mirando a su alrededor, se dió cuenta de que el salón estaba casi a oscuras, iluminado solamente por la luz de las velas y su sonrisa desapareció.
— ¿Estamos celebrando algo?
Pau casi podía ver las ruedas de su cerebro dando vueltas, intentando recordar si había olvidado algo y tuvo que contener la risa.
—No te preocupes, no te has olvidado de mi cumpleaños. Hoy hace ocho meses que nos casamos y me pareció buena idea celebrarlo con una cena especial. He hecho todos tus platos favoritos.
Normalmente Pedro llegaba a casa alrededor de las siete y, antes de esa hora, ella ya estaba arreglada. Había elegido para esa noche el vestido favorito de Pedro. Era el vestido negro que se había puesto la noche que habían hecho el amor por primera vez y que tenía connotaciones especiales para los dos. La idea de hacer el amor hizo que se pusiera perfume en alguna zona especial. Quería que todo fuera perfecto.
Pau estaba sacando la carne del horno cuando oyó su coche fuera. Quitándose apresuradamente el mandil que se había puesto sobre el vestido, tomó dos copas de cóctel que había guardado en la nevera y salió a recibirlo.
Pedro no la vió inmediatamente, lo que le dió oportunidad de observarlo a su antojo. Siempre la dejaba sin aliento y se imaginaba que eso ocurriría siempre. Debió hacer algún ruido porque él se volvió y, sonriendo, se dirigió hacia ella.
—Hola, ¿qué te apetece más, una bebida fría o un beso caliente? —bromeó ella invitadora.
Esperaba ver ese brillo familiar en sus ojos y la sonrisa indolente que enviaban escalofríos por su espalda y Pedro no la defraudó.
—Las dos cosas, pero en diferente orden —dijo él dejando el maletín en el suelo.
Pau dejó las copas sobre una mesita y, pasando los brazos alrededor de su cuello, levantó la cara para besarlo. Fue un beso lánguido, erótico y muy, muy caliente y cuando se separaron los dos respiraban con dificultad.
—Creo que necesito una copa —dijo Pau.
—Siempre podemos llevarnos las copas a la cama —sugirió Pedro con una ceja levantada.
Si Pau no hubiera tenido otros planes, habría dicho que sí en un segundo. Pero los tenía, así que negó con la cabeza.
—No. La cena casi está lista. Sólo tienes tiempo para darte una ducha y cambiarte de ropa.
Por primera vez, Pedro se fijó en su vestido y la miró sorprendido. Mirando a su alrededor, se dió cuenta de que el salón estaba casi a oscuras, iluminado solamente por la luz de las velas y su sonrisa desapareció.
— ¿Estamos celebrando algo?
Pau casi podía ver las ruedas de su cerebro dando vueltas, intentando recordar si había olvidado algo y tuvo que contener la risa.
—No te preocupes, no te has olvidado de mi cumpleaños. Hoy hace ocho meses que nos casamos y me pareció buena idea celebrarlo con una cena especial. He hecho todos tus platos favoritos.
viernes, 18 de marzo de 2016
La Impostora: Capítulo 42
Paula miraba a su marido con deleite mientras se movía por el dormitorio.
Pedro nunca dejaba de excitarla, vestido o sin vestir. Con su traje oscuro, Pedro tenía un aspecto fuerte y poderoso y estaba completamente recuperado del traumático accidente sucedido meses antes.
Necesitaba un corte de pelo, pensó Pau. Su pelo castaño era un poquito demasiado largo. Aunque a ella le gustaba que cayera un poco sobre el cuello de la camisa, no iba bien con la imagen profesional que a él le gustaba dar de hombre incisivo e indomable. Lo que Pau no le había dicho nunca era que su boca desprendía una sensualidad que chocaba directamente con esa imagen. Ella conocía muy bien el fuego que llevaba dentro y estaba siempre dispuesta a atizarlo.
Cuando estuvo vestido del todo, Pedro volvió a su lado y se sentó al borde de la cama. Con una sonrisa de complicidad le robó el aliento, mientras acariciaba sus mejillas y sus labios.
—Si no tuviera que ir al despacho, me volvería a meter ahí dentro contigo —dijo Pedro.
— ¿Puedo tentarte?
—Eres una amenaza. Sabes muy bien que voy a estar pensando en tí en lugar de preparar mi caso.
—Ya.
—Me voy —dijo él firmemente pero se detuvo lo suficiente para besarla dulcemente en los labios.
Ya en la puerta, lanzó una mirada hacia la cama.
— ¡Venga, arriba! Cada día te levantas más tarde. No te olvides que tienes que llevar un negocio —advirtió antes de irse.
Unos minutos más tarde, Pau oyó cerrarse la puerta de la calle y una sonrisa satisfecha se dibujó en sus labios. La felicidad era como una burbuja que se hinchaba en su interior. Ahora que Pedro se había ido a la oficina, tenía todo el día para llevar adelante sus planes. No pensaba ir al pequeño despacho de abogados que había abierto en cuanto llegaron a Boston porque tenía cosas más importantes que hacer.
Su socia, una mujer con los hijos ya mayores, había estado de acuerdo en quedarse sola ese día.
Se dió la vuelta en la cama y enterró su cara en la almohada de Pedro, respirando su intoxicante aroma. Hacía poco menos de una hora habían hecho el amor lenta y apasionadamente. Su sonrisa se amplió recordándolo. Le había dicho que era su regalo de aniversario porque ese día hacía ocho meses que estaban casados. Ocho meses maravillosos y absolutamente felices.
Ella había sabido que podía hacerlo feliz y había comprobado que tenía razón.
Nunca sentiría las cosas que había hecho por él porque ambos se amaban apasionadamente y, esa noche, cuando le diera el auténtico regalo, su felicidad sería completa.
Demasiado excitada como para seguir inactiva, Pau saltó de la cama y se deslizó hasta el baño. Tenía una cita a las diez y no quería llegar tarde, así que se dio una ducha rápida. Diez minutos más tarde, envuelta en una toalla, Pau volvió al dormitorio para vestirse. Soltando la toalla, hizo una pausa cuando vio su imagen en el espejo.
No fue su figura lo que llamó su atención, sino el leve abultamiento de su abdomen y lo tocó con la mano como si pudiera sentir la vida dentro de ella. Una vida aún no confirmada pero que Pau sabía que estaba allí. Sonrió tiernamente. Aquél era su regalo para Pedro. Un niño. A él le encantaría esa prueba visible de su amor.
Saliendo de su ensueño, Pau echó un vistazo al reloj y lanzó una exclamación.
La encantadora casita en el campo en la que vivían era perfecta para formar una familia pero estaba a varios kilómetros de Boston y conducir hasta allí cada día podía convertirse en una pesadilla. Si no se daba prisa, llegaría tarde. Se puso ropa interior de encaje, tomó lo primero que encontró en el armario y se vistió deprisa.
Varias horas más tarde, con el embarazo confirmado y las manos llenas de bolsas, Pau volvió a casa. Le había dado la tarde libre a Marga, su ama de llaves y esa noche cocinaría ella misma. No era mala cocinera ni una mala ama de casa pero, con su tendencia a perderse en el trabajo, sin Marga se habrían muerto de hambre y habrían terminado bajo una montaña de polvo.
Dejando las bolsas de alimentos sobre la encimera de la cocina, se quitó el abrigo y el bolso y se preparó un té con tostadas. Sentada en un taburete, tomando el té, suspiró satisfecha. Todo era perfecto. Su vida era maravillosa y probaba que de algo malo podía salir algo bueno. Había sido aceptada por el reducido círculo de amigos de Pedro y, lo más importante, su familia prácticamente la había adoptado y la trataban como si fuera uno de los suyos. ¡Podía imaginarse la cara de Ana Alfonso cuando Pedro le diera la noticia!
Pedro nunca dejaba de excitarla, vestido o sin vestir. Con su traje oscuro, Pedro tenía un aspecto fuerte y poderoso y estaba completamente recuperado del traumático accidente sucedido meses antes.
Necesitaba un corte de pelo, pensó Pau. Su pelo castaño era un poquito demasiado largo. Aunque a ella le gustaba que cayera un poco sobre el cuello de la camisa, no iba bien con la imagen profesional que a él le gustaba dar de hombre incisivo e indomable. Lo que Pau no le había dicho nunca era que su boca desprendía una sensualidad que chocaba directamente con esa imagen. Ella conocía muy bien el fuego que llevaba dentro y estaba siempre dispuesta a atizarlo.
Cuando estuvo vestido del todo, Pedro volvió a su lado y se sentó al borde de la cama. Con una sonrisa de complicidad le robó el aliento, mientras acariciaba sus mejillas y sus labios.
—Si no tuviera que ir al despacho, me volvería a meter ahí dentro contigo —dijo Pedro.
— ¿Puedo tentarte?
—Eres una amenaza. Sabes muy bien que voy a estar pensando en tí en lugar de preparar mi caso.
—Ya.
—Me voy —dijo él firmemente pero se detuvo lo suficiente para besarla dulcemente en los labios.
Ya en la puerta, lanzó una mirada hacia la cama.
— ¡Venga, arriba! Cada día te levantas más tarde. No te olvides que tienes que llevar un negocio —advirtió antes de irse.
Unos minutos más tarde, Pau oyó cerrarse la puerta de la calle y una sonrisa satisfecha se dibujó en sus labios. La felicidad era como una burbuja que se hinchaba en su interior. Ahora que Pedro se había ido a la oficina, tenía todo el día para llevar adelante sus planes. No pensaba ir al pequeño despacho de abogados que había abierto en cuanto llegaron a Boston porque tenía cosas más importantes que hacer.
Su socia, una mujer con los hijos ya mayores, había estado de acuerdo en quedarse sola ese día.
Se dió la vuelta en la cama y enterró su cara en la almohada de Pedro, respirando su intoxicante aroma. Hacía poco menos de una hora habían hecho el amor lenta y apasionadamente. Su sonrisa se amplió recordándolo. Le había dicho que era su regalo de aniversario porque ese día hacía ocho meses que estaban casados. Ocho meses maravillosos y absolutamente felices.
Ella había sabido que podía hacerlo feliz y había comprobado que tenía razón.
Nunca sentiría las cosas que había hecho por él porque ambos se amaban apasionadamente y, esa noche, cuando le diera el auténtico regalo, su felicidad sería completa.
Demasiado excitada como para seguir inactiva, Pau saltó de la cama y se deslizó hasta el baño. Tenía una cita a las diez y no quería llegar tarde, así que se dio una ducha rápida. Diez minutos más tarde, envuelta en una toalla, Pau volvió al dormitorio para vestirse. Soltando la toalla, hizo una pausa cuando vio su imagen en el espejo.
No fue su figura lo que llamó su atención, sino el leve abultamiento de su abdomen y lo tocó con la mano como si pudiera sentir la vida dentro de ella. Una vida aún no confirmada pero que Pau sabía que estaba allí. Sonrió tiernamente. Aquél era su regalo para Pedro. Un niño. A él le encantaría esa prueba visible de su amor.
Saliendo de su ensueño, Pau echó un vistazo al reloj y lanzó una exclamación.
La encantadora casita en el campo en la que vivían era perfecta para formar una familia pero estaba a varios kilómetros de Boston y conducir hasta allí cada día podía convertirse en una pesadilla. Si no se daba prisa, llegaría tarde. Se puso ropa interior de encaje, tomó lo primero que encontró en el armario y se vistió deprisa.
Varias horas más tarde, con el embarazo confirmado y las manos llenas de bolsas, Pau volvió a casa. Le había dado la tarde libre a Marga, su ama de llaves y esa noche cocinaría ella misma. No era mala cocinera ni una mala ama de casa pero, con su tendencia a perderse en el trabajo, sin Marga se habrían muerto de hambre y habrían terminado bajo una montaña de polvo.
Dejando las bolsas de alimentos sobre la encimera de la cocina, se quitó el abrigo y el bolso y se preparó un té con tostadas. Sentada en un taburete, tomando el té, suspiró satisfecha. Todo era perfecto. Su vida era maravillosa y probaba que de algo malo podía salir algo bueno. Había sido aceptada por el reducido círculo de amigos de Pedro y, lo más importante, su familia prácticamente la había adoptado y la trataban como si fuera uno de los suyos. ¡Podía imaginarse la cara de Ana Alfonso cuando Pedro le diera la noticia!
La Impostora: Capítulo 41
—No puedo dejar de pensar que estás cometiendo un terrible error —suspiró su amiga.
Pau tomó el bolso a juego con los zapatos y comprobó que tenía los papeles dentro. Ya habían recogido sus maletas y habían sido llevadas al aeropuerto. Lo que quedaba en el apartamento sería empaquetado y los muebles serían enviados a un guardamuebles. En poco más de una hora sería la señora de Pedro Alfonso.
Se volvió hacia su amiga, que había accedido a ser testigo de la boda y en silencio suplicó su comprensión.
—Quizá sea así, pero tengo que hacerlo. Nunca he estado tan segura de algo en mi vida. ¿No puedes alegrarte por mí Zaira?
— ¡Claro que sí! —exclamó Zaira derrotada, abrazando a Pau—. Claro que me alegro por tí. Lo que pasa es que te voy a echar de menos.
Sonó un golpe en la puerta de la habitación.
—Eh, ¿van a salir de la habitación de una vez? Me estoy aburriendo —gritó Santiago.
Las dos se apartaron riendo. Abriendo la puerta, Pau dio una vuelta.
— ¿Qué te parece, Santi? ¿Estoy guapa?
Vestido con pantalones y camisa nuevos, el hijo de Zaira estaba guapísimo pero incómodo.
— ¡Guau! —exclamó impresionado.
—Esperemos que Pedro piense lo mismo —pronunció su madre burlona empujando al niño hacia la puerta.
Pau echó un último vistazo al departamento que había llamado su hogar durante los últimos años. Había puesto mucho trabajo y mucho amor en él, pero realmente no lo echaría de menos. Todo lo que para ella significaba algo ahora estaba ligado a Pedro Alfonso.
Horacio Alfonso había contratado una limusina para llevarlos a la iglesia, pero llegaron demasiado pronto y Pau, supersticiosa, hizo que el conductor diera otra vuelta a la manzana antes de parar. Después entraron en el bello edificio. Vió a Pedro esperándola en el altar. Su corazón dió un vuelco como ocurría cada vez que lo veía. El último trazo de ansiedad se desvaneció en ese momento. Amaba a ese hombre. Nunca haría nada que le hiciera daño. Sería la mejor esposa del mundo porque sabía que podía hacerlo feliz.
Media hora más tarde, estaban de nuevo en la calle y ya no era Paula Chaves si no la señora de Pedro Alfonso. Para probarlo llevaba una alianza en el dedo igual que la que llevaba Pedro.
En los escalones de la iglesia, Pedro se paró para mirarla.
— ¿Felíz, cariño? —preguntó.
Ella le sonrió con la confianza de su amor.
—Muy felíz.
Nunca miraría hacia atrás. Lo único que existía ahora era el futuro.
Pau tomó el bolso a juego con los zapatos y comprobó que tenía los papeles dentro. Ya habían recogido sus maletas y habían sido llevadas al aeropuerto. Lo que quedaba en el apartamento sería empaquetado y los muebles serían enviados a un guardamuebles. En poco más de una hora sería la señora de Pedro Alfonso.
Se volvió hacia su amiga, que había accedido a ser testigo de la boda y en silencio suplicó su comprensión.
—Quizá sea así, pero tengo que hacerlo. Nunca he estado tan segura de algo en mi vida. ¿No puedes alegrarte por mí Zaira?
— ¡Claro que sí! —exclamó Zaira derrotada, abrazando a Pau—. Claro que me alegro por tí. Lo que pasa es que te voy a echar de menos.
Sonó un golpe en la puerta de la habitación.
—Eh, ¿van a salir de la habitación de una vez? Me estoy aburriendo —gritó Santiago.
Las dos se apartaron riendo. Abriendo la puerta, Pau dio una vuelta.
— ¿Qué te parece, Santi? ¿Estoy guapa?
Vestido con pantalones y camisa nuevos, el hijo de Zaira estaba guapísimo pero incómodo.
— ¡Guau! —exclamó impresionado.
—Esperemos que Pedro piense lo mismo —pronunció su madre burlona empujando al niño hacia la puerta.
Pau echó un último vistazo al departamento que había llamado su hogar durante los últimos años. Había puesto mucho trabajo y mucho amor en él, pero realmente no lo echaría de menos. Todo lo que para ella significaba algo ahora estaba ligado a Pedro Alfonso.
Horacio Alfonso había contratado una limusina para llevarlos a la iglesia, pero llegaron demasiado pronto y Pau, supersticiosa, hizo que el conductor diera otra vuelta a la manzana antes de parar. Después entraron en el bello edificio. Vió a Pedro esperándola en el altar. Su corazón dió un vuelco como ocurría cada vez que lo veía. El último trazo de ansiedad se desvaneció en ese momento. Amaba a ese hombre. Nunca haría nada que le hiciera daño. Sería la mejor esposa del mundo porque sabía que podía hacerlo feliz.
Media hora más tarde, estaban de nuevo en la calle y ya no era Paula Chaves si no la señora de Pedro Alfonso. Para probarlo llevaba una alianza en el dedo igual que la que llevaba Pedro.
En los escalones de la iglesia, Pedro se paró para mirarla.
— ¿Felíz, cariño? —preguntó.
Ella le sonrió con la confianza de su amor.
—Muy felíz.
Nunca miraría hacia atrás. Lo único que existía ahora era el futuro.
La Impostora: Capítulo 40
Cuando él la deslizó suavemente debajo de su cuerpo y se colocó entre sus muslos se arqueó hacia él, desesperada. Cuando él la penetró, ella echó la cabeza hacia atrás con un grito de placer, levantando las piernas hasta sus caderas mientras él empezaba a moverse. Aunaron el ritmo y Pau le oyó gemir más fuerte cuando penetró hasta el fondo. La espiral de tensión se expandió dentro de ella llevándola a alturas indescriptibles hasta que de repente la intensidad del clímax fue tan fuerte que llevó lágrimas a sus ojos.
Unos segundos más tarde, oyó a Pedro gemir salvajemente y su alegría fue inmensa. Él cayó sobre ella, pero no le importó. Le encantaba tenerlo encima, sentir la fuerza de su presencia. Si fuera por ella, podría haberse quedado allí para siempre.
Minutos más tarde él suspiró y rodó, colocándose a su lado. La mano de él acarició su cabello húmedo.
—Ha merecido la pena esperar por esto —murmuró él roncamente.—Aunque si hubiera sabido que iba a ser así, te habría llevado a la cama mucho antes.
Sólo entonces Pau se sorprendió de que no se hubiera acostado con su hermana. No había pensado en ello hasta entonces, pero se alegraba de que no hubiera ocurrido. No sabía por qué había esperado Micaela. No era su estilo. Quizá había pensado mantenerlo a su lado de esa manera.
—Todo lo bueno llega a aquellos que no desesperan —dijo ella acariciando su pecho.
—Y tú eres buena. De hecho, muy buena.
Sonriendo, aspiró su aroma
—La verdad es que estaba inspirada, pero tu ego ya es suficientemente grande, así que no pienso decir nada más.
—Tú también me inspiras. Menos mal que ya no estoy en el hospital o mi presión sanguínea estaría por las nubes.
—Si estuvieras en el hospital, esto no habría pasado —dijo ella y apartó una mano que estaba en lugares peligrosos—. ¡Estate quieto!
—Sabes que no lo dices de verdad.
—Lo digo de... verdad —ella contuvo el aliento cuando él empezó a besarla en la oreja.
— ¿Decías?
—Se me ha olvidado —susurró ella—. Tengo una memoria fatal. ¿Hemos estado en órbita o estaba soñando?
—No estabas soñando, cariño, y con mucho gusto te recordaré lo que ha pasado antes punto por punto.
—Sí, por favor, hazlo.
Esas fueron las últimas palabras coherentes que dijeron en mucho tiempo.
— ¿Estás segura de que lo que estás haciendo está bien? —preguntó Zaira mientras miraba a Pau terminar de maquillarse.
Estaban en el departamento de Pau. Era viernes por la tarde y ella se estaba preparando para su boda.
—Lo quiero, Zaira —contestó simplemente pintándose los labios y echándose hacia atrás para observar el efecto.
Se había maquillado de forma sencilla, un poco de rímel, color en los labios y un poco de colorete en las mejillas, aunque casi no lo necesitaba después de la noche anterior y parte de la mañana con Pedro. Había vuelto a casa sólo unos minutos antes de que llegaran Zaira y Santiago.
—Pero si alguna vez se enterase... —Zaira no terminó la frase y Pau se levantó y se puso unos zapatos de piel color crema.
—No se enterará —dijo firmemente mientras echaba una última mirada al espejo.
Había encontrado el traje de seda color marfil en una de las tiendas más caras de la ciudad. Había costado un dineral pero, como sólo pensaba casarse una vez en la vida, le pareció que valía la pena.
Unos segundos más tarde, oyó a Pedro gemir salvajemente y su alegría fue inmensa. Él cayó sobre ella, pero no le importó. Le encantaba tenerlo encima, sentir la fuerza de su presencia. Si fuera por ella, podría haberse quedado allí para siempre.
Minutos más tarde él suspiró y rodó, colocándose a su lado. La mano de él acarició su cabello húmedo.
—Ha merecido la pena esperar por esto —murmuró él roncamente.—Aunque si hubiera sabido que iba a ser así, te habría llevado a la cama mucho antes.
Sólo entonces Pau se sorprendió de que no se hubiera acostado con su hermana. No había pensado en ello hasta entonces, pero se alegraba de que no hubiera ocurrido. No sabía por qué había esperado Micaela. No era su estilo. Quizá había pensado mantenerlo a su lado de esa manera.
—Todo lo bueno llega a aquellos que no desesperan —dijo ella acariciando su pecho.
—Y tú eres buena. De hecho, muy buena.
Sonriendo, aspiró su aroma
—La verdad es que estaba inspirada, pero tu ego ya es suficientemente grande, así que no pienso decir nada más.
—Tú también me inspiras. Menos mal que ya no estoy en el hospital o mi presión sanguínea estaría por las nubes.
—Si estuvieras en el hospital, esto no habría pasado —dijo ella y apartó una mano que estaba en lugares peligrosos—. ¡Estate quieto!
—Sabes que no lo dices de verdad.
—Lo digo de... verdad —ella contuvo el aliento cuando él empezó a besarla en la oreja.
— ¿Decías?
—Se me ha olvidado —susurró ella—. Tengo una memoria fatal. ¿Hemos estado en órbita o estaba soñando?
—No estabas soñando, cariño, y con mucho gusto te recordaré lo que ha pasado antes punto por punto.
—Sí, por favor, hazlo.
Esas fueron las últimas palabras coherentes que dijeron en mucho tiempo.
— ¿Estás segura de que lo que estás haciendo está bien? —preguntó Zaira mientras miraba a Pau terminar de maquillarse.
Estaban en el departamento de Pau. Era viernes por la tarde y ella se estaba preparando para su boda.
—Lo quiero, Zaira —contestó simplemente pintándose los labios y echándose hacia atrás para observar el efecto.
Se había maquillado de forma sencilla, un poco de rímel, color en los labios y un poco de colorete en las mejillas, aunque casi no lo necesitaba después de la noche anterior y parte de la mañana con Pedro. Había vuelto a casa sólo unos minutos antes de que llegaran Zaira y Santiago.
—Pero si alguna vez se enterase... —Zaira no terminó la frase y Pau se levantó y se puso unos zapatos de piel color crema.
—No se enterará —dijo firmemente mientras echaba una última mirada al espejo.
Había encontrado el traje de seda color marfil en una de las tiendas más caras de la ciudad. Había costado un dineral pero, como sólo pensaba casarse una vez en la vida, le pareció que valía la pena.
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