jueves, 17 de septiembre de 2015

Tentaciones Irresistibles Parte 4: Capítulo 54

No era que la escuela de Gastón no quisiera darle a éste la mejor educación posible. Sabía que querían lo mejor para él. Pero los niños con necesidades educativas especiales eran una carga económica para la escuela pública. A pesar de que el estado aumentaba los fondos por cada uno de estos niños, el distrito tenía que proporcionar más recursos quitándolos de otros programas. Se trataba siempre de mantener un equilibrio en la balanza.
Tres horas después, Carmen salió del colegio y fue a reunirse con Silvina para almorzar con ella. Su ex nuera le había llamado el día anterior para pedirle que quedaran y, aunque Carmen no tenía ni ganas ni energía para tratar con ella, comprendía que debía de estar pasando un mal momento. Carmen  pensó por un instante si alguien se pararía alguna vez a pensar en el mal momento que estaba pasando ella, pero inmediatamente apartó aquel pensamiento de su mente, por egoísta e improductivo. La habían educado en la creencia de que tenía la obligación de darse a los demás, se sintiera como se sintiera. Junto a la riqueza le habían legado la responsabilidad. Pero, aunque sólo fuera por una vez, le gustaría ceder a lo que le pedían sus propios sentimientos y pasarse el día acurrucada leyendo una novela y comiendo helado.
Se encontró con Silvina en el restaurante del que había sido el hotel Four Seasons hasta que lo habían vendido. La comida era excelente, al igual que el servicio. Como era un restaurante frecuentado principalmente por hombres de negocios, era poco probable que se encontraran allí con ningún conocido, algo que convenía tener muy en cuenta, pensó Carmen mientras le dejaba las llaves del coche al mozo de la puerta. Probablemente, Pedro sería el tema de conversación
Silvina estaba esperándola en el vestíbulo. Esbelta y elegantemente vestida, como siempre. Aquella mujer se arreglaba de tal forma que cada vez que la veía Carmen se sentía como si tuviera que revisar su maquillaje.
—¿Llevas mucho tiempo esperando? —preguntó Carmen—. Estaba en el colegio, tenía una reunión con los profesores de Gastón. Hemos tardado más de lo que esperaba.
Silvina sonrió, se inclinó y le dio un beso en la mejilla.
—Siempre os pasa lo mismo.
—Tienes razón. Siempre termino peleando hasta el final. Espero estar haciendo las cosas bien. Pero ahora será mejor que vayamos a comer algo. Estoy hambrienta.
Se agarraron del brazo mientras caminaban. Silvina le habló de una blusa que se había comprado en Nordstrom y le comentó que deberían ir pronto de compras.
La mera idea le produjo a Carmen un inmenso cansancio. Miguel le decía en muchas ocasiones que debería contratar a alguien que la ayudara, y seguramente tenía razón. Pero ¿qué se suponía que debía dejar en manos de una desconocida? ¿Las tardes que pasaba con sus hijos? ¿Las veladas con Miguel? ¿Su trabajo benéfico? Lo que ella necesitaba era un clon. Sonrió al pensar en ello.
—Estás de buen humor —dijo Silvina—. Parece que la reunión ha ido bien.
—Ha ido todo lo bien que puede ir. Yo quiero la luna y ellos no pueden dármela si, al mismo tiempo, no pueden ofrecérsela también a otros padres. Es una cuestión de recursos.
—No sé cómo lo haces —admitió Silvina—. No sé cómo consigues criar a tantos niños. Estás siempre tan ocupada. Tener uno o dos niños con problemas tendría sentido… pero tantos. Por supuesto, no me refiero a Pedro. Por lo menos él es normal.
Carmen se la quedó mirando de hito en hito. Eran tantas las ideas que de pronto se le agolpaban en la cabeza que no sabía a cuál enfrentarse primero.
¿Normal? ¿Silvina estaba definiendo lo que era normal? ¿Cómo se atrevía? Sí, algunos de los hijos de Carmen tenían problemas, pero sabían cómo tratar con ellos. En cuanto a Pedro, ¿no le había contado nunca lo difícil que había sido todo para él cuando había comenzado a vivir con ellos? Pedro había estado tan lejos de la supuesta normalidad como todos sus hermanos.
—No estoy segura de que pudiera renunciar a ninguno de ellos —contestó Carmen. Intentó no dar importancia al comentario de Silvina. Seguramente no lo había dicho con mala intención.
—Por supuesto que no —contestó Silvina riendo—. Son todos encantadores.
¿De verdad? ¿De verdad lo eran para Silvina? Carmen no estaba tan segura. Había algo en su tono y en el lenguaje de su cuerpo que señalaba algo diferente.
Apareció entonces el camarero. Las dos pidieron sin molestarse en mirar la carta. Silvina pidió una copa de chardonnay y Carmen un té frío. Estaba tan cansada que, si bebía una sola gota de alcohol, se desmayaría en cuanto le llegara la ensalada.
A lo mejor fue el agotamiento o el estrés, o quizá sólo fue una ligera perversión, pero el caso fue que se descubrió diciendo:
—Pedro y Mar siempre discutían sobre quién se haría cargo de los niños cuando Miguel y yo envejeciéramos. Recuerdo las discusiones tan acaloradas que tenían sobre cómo se los dividirían para que cada uno de ellos pudiera quedarse por lo menos con dos. Oírles discutir por sus hermanos me hacía sentirme muy orgullosa.
Silvina la miró con cierta tensión.
—Sí, lo recuerdo bien. Al ser mujer, supongo que a Mar le resultaba más fácil pensar en un futuro junto a sus hermanos.
—No estoy segura. Pedro tiene auténtica debilidad por sus hermanos, sobre todo por Luisa, Gastón y Leandro. Ian, Ambar y Tatiana probablemente llegarán a ser completamente independientes.
Silvina apretó los labios. Carmen no estaba segura de si para evitar decir algo o para reprimir un estremecimiento. Era evidente que no quería tener nada que ver con los hermanos «no normales» de Pedro. ¿Sería consciente Pedro de aquella actitud? ¿Sería ésa una de las razones de su divorcio?

Pedro  siempre había hablado mucho con ella y, sin embargo, siempre se había negado a contarle los motivos de su divorcio. Carmen sabía que su hijo jamás hablaría mal de la mujer con la que se había casado. Hasta entonces, había pensado que no había querido entrar en detalles porque, realmente, tampoco había mucho que contar. Pero a lo mejor su hijo tenía sus razones para no querer estar con Silvina.

Tentaciones Irresistibles parte 4: Capítulo 53

Carmen estacionó enfrente del colegio de Gastón. Sabía que debería concentrarse en la reunión a la que estaba a punto de asistir, pero le resultaba difícil concentrarse en nada que no fuera su estómago revuelto.
Estaba perdiendo a Miguel. Intentaba decirse que no era cierto, que no había cambiado nada en su situación; que lo único distinto era la información de la que disponía, pero ni ella misma se lo creía. Sentía que su marido se estaba alejando de ella y pensar que podía llegar a perderlo para siempre le desgarraba el corazón.
¿Habría olvidado Miguel a la madre de Paula? Se decía a sí misma que a lo mejor ni siquiera había estado enamorado nunca de ella. Pero sabía que, si a Miguel le sucediera algo, ella continuaría añorándolo durante el resto de su vida, que viviría únicamente para amarle. Y a lo mejor Miguel sentía lo mismo por Alejandra Chaves.
Si así era, seguramente Paula era un recuerdo constante de lo que había vivido. Le estaría haciendo revivir el pasado. ¿Sería ésa la razón por la que Carmen le sentía tan distante últimamente? Ojalá Paula no hubiera ido nunca en busca de su padre.
Carmen intentaba no culpar a aquella joven. Al fin y al cabo, ella no tenía ninguna culpa, ¿pero no podía haber intentado elegir un momento mejor para aparecer?
Miró el reloj y se dio cuenta de que, si no se daba prisa, iba a llegar tarde. Así que agarró el maletín y entró en el colegio. Los planes educativos individualizados eran la columna vertebral de aquel centro educativo. Los padres y los profesores intentaban trazar juntos los objetivos para el curso siguiente. Normalmente, la batalla de Carmen era intentar presionar para que esos objetivos fueran más ambiciosos, para que fueran un poco más allá de lo que se esperaba de cada niño. Ésa era la única manera de conseguir que realmente avanzaran.
Los profesores eran profesionales comprometidos que intentaban ceñirse a lo que creían posible. Carmen se enorgullecía de creer en lo imposible.
Diez años atrás, le habían dicho que Ian no podría sobrevivir en una clase ordinaria, de niños sin problemas. Que el ver que era el único niño diferente minaría su autoestima y que no sería físicamente capaz de asumir el reto. En aquel momento, se lo estaban disputando algunas de las mejores universidades del país, entre ellas la Universidad de Stanford y el Instituto Tecnológico de Massachusset.
Pero siempre tenía que estar librando esa batalla. Sus amigas le decían que dejara de pelear, que llevara a sus hijos a escuelas privadas, puesto que la familia podía permitírselo. Pero para Carmen lo único importante no era disfrutar de una existencia apacible y cómoda.
Ella era una madre influyente. Y cada vez que ganaba una de esas batallas, creía estar facilitándoles las cosas a otros padres sin tantos contactos ni recursos. Así que asistía a todas las reuniones y luchaba para conseguir siempre algo más de lo que la escuela le ofrecía.
Entró en la sala de reuniones. Allí estaban la señorita Doyle, que era la profesora de Gastón, el administrador de la escuela y la maestra de educación especial.
Después de los saludos correspondientes, empezaron a hablar de lo que realmente les preocupaba.
—Nuestro principal objetivo para el curso que viene es que Gastón aprenda a leer —dijo la señorita Doyle—. Creemos que para final de curso ya será capaz de leer como un niño de primer grado.
Carmen se puso las gafas y hojeó los documentos que había llevado.
—Ése era el objetivo del año pasado. Además de el de ayudarle a interactuar mejor en determinadas situaciones.
Las otras dos mujeres intercambiaron una mirada. La señorita Doyle suspiró después.
—Señora Schulz, Gastón  tiene algunos problemas de desarrollo. Tiene limitaciones. El hecho de que deseemos que sea diferente no va a ayudarle a cambiar.
Aquella maestra debía de tener unos veinticinco o veintiséis años. Mientras la oía, Carmen no sabía si sentirse como una anciana vieja y cansada o si decirle claramente que, cuando ella todavía no había nacido, ya estaba ella criando niños. Sabía mucho más que aquella maestra sobre lo que aquellas criaturas eran capaces de hacer.
—Lo que quiero —dijo Carmen lentamente—, es ampliar nuestras expectativas. Gastón recibe ayuda en casa, y puede recibir más todavía. Pero lo que no estoy dispuesta a aceptar es que después de llevar dos años aprendiendo a leer, todavía no alcance ni el nivel de primer grado.
—Gastón es un niño encantador —dijo el director—, pero nunca será un niño normal. Como la señorita Doyle ha señalado, tiene ciertas limitaciones.
—Estoy de acuerdo. Pero si entre todos decidimos que ya no puede hacer nada más, su futuro estará escrito desde este mismo momento, y yo no quiero eso. Cuanto más altas son las expectativas que depositamos en alguien, más lejos puede llegar. Es algo que se ha demostrado cientos de veces. Cuanto más se espera, más se consigue.
Carmen pensó de pronto en Pedro. Sus limitaciones no eran intelectuales, desde luego, pero tenía otras muchas carencias cuando le habían adoptado.
—¿Ha considerado alguna vez la posibilidad de que Gastón reciba una atención más individualizada en una escuela privada? —preguntó la señorita Doyle.
El director esbozó una mueca.
Carmen se quedó mirando fijamente a la profesora de Gastón.
—¿Está usted diciéndome que no es capaz de formar a mi hijo?
—No es eso, es sólo que…
—Admito que esto es un desafío para todos nosotros. Usted misma ha admitido que Gastón tiene muy buena conducta en clase. No es un niño que interrumpa la clase o cree dificultades, de modo que no encuentro ningún motivo por el que tengamos que cambiarle de colegio. Confío en que seamos capaces de elaborar un plan en el que todos estemos de acuerdo y que se adapte a las necesidades de Gastón.
El director se inclinó hacia la señorita Doyle y le dijo algo al oído que Carmen no pudo oír. Había pasado suficientes veces por aquella situación como para saber que llegarían a alguna clase de compromiso, pero que ambas partes deberían ceder en algo.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Tentaciones Irresistibles Parte 4: Capítulo 52

Paula alzó la mirada hacia sus ojos.
—¿A tí cómo te ha ido el día?
—La verdad es que no me apetece ni contártelo. A primera hora de la mañana he tenido una reunión con mis padres. Como comprenderás, no tengo la costumbre de hablar con ellos de mi vida sexual. A esa reunión le han seguido varias con y sin el senador, en las que hemos estado hablando de las diferentes maneras de «manejar» la situación.
Paula señaló el periódico que tenía encima de la mesa. Lo había dejado abierto por la página en la que aparecían la fotografía y el artículo sobre la hora a la que había salido de casa de Pedro. Nadie sabía exactamente lo que había pasado en aquella casa, pero corrían todo tipo de rumores.
—No podemos negar lo que están diciendo. Aquella noche hubo sexo.
—Y más de una vez.
Paula  señaló el periódico con el dedo.
—Odio todo esto, Pedro. No soporto que investiguen cada momento de mi vida. Lo sé, lo sé, es porque mi padre es un senador. Pero yo no quiero nada de esto. No quiero tener que preocuparme porque alguien pueda seguirme y hacerme una fotografía. Yo no soy famosa, no quiero salir en las noticias.
—Yo tampoco, pero es inevitable.
—Pero tú ya llevas mucho tiempo viviendo así. Estás acostumbrado. Es lo que toda tu familia espera. Mi caso es diferente. Mi abuela va a tener que leer esto.
—Mi madre me ha preguntado que si era cierto. Para mí tampoco ha sido una situación cómoda. Esto no lo quiere nadie, pero es la realidad que tenemos.
Otra vez la lógica. Si Pedro tenía un defecto, era aquél.
—Pues a mí no me gusta. Yo no quiero vivir así —respondió Paula, intentando reprimir las ganas de echarle la culpa de todo.
Tuvo que recordarse que aquello no era culpa de Pedro. Que los dos se habían metido juntos en aquel lío.
—Pues tendrás que hacerlo, a no ser que quieras irte a vivir lejos de aquí —su tono de voz indicaba que él había considerado la posibilidad de huir en más de una ocasión.
—No pienso renunciar a mi vida tan fácilmente. Pero me molesta no tener otra opción. Y todo por culpa de la prensa.
—Lo que tienes que hacer es vivir tu vida y dejar que se vayan al infierno.
—¿Eso es lo que le has dicho a Carmen? —le preguntó—. Sé que esto le va a hacer mucho daño, y ésa es otra de las cosas que me molestan. Carmen no quiere ser motivo de especulación, pero lo es. ¿Por qué demonios quiere Miguel ser presidente?
—Porque cree que puede hacer algo para mejorar el país. Pero estoy seguro de que lamenta que sus objetivos estén interponiéndose en tu vida.
Paula frunció el ceño.
—¿Por qué me da la sensación de que estás enfadado conmigo? Yo soy la más inocente en todo esto.
—Todos somos inocentes, aunque tú eres la que más te quejas.
Al oír aquella respuesta, Paula estalló.
—¿Qué? ¿Te parece que me quejo demasiado? ¿Te resulta incómodo? ¿Esperas  que sonría pase lo que pase? ¿Qué no exprese mi opinión? Por lo menos no me quejo de que al parecer continúe mi mala suerte con los hombres.
En el instante en el que aquellas palabras salieron de su boca, Paula supo que había ido demasiado lejos. Su excusa, en el caso de que tuviera alguna excusa, era que llevaba demasiado tiempo sometida a una fuerte tensión emocional y además necesitaba dormir.
—Así que para tí soy como Ryan y Martín—dijo Pedro con voz glacial—. Bueno es saberlo.
—No, no es verdad —rectificó Paula rápidamente—. Lo siento. No quería decirte eso. Es sólo que me estoy quedando sin energía. ¿Por qué no podré conocer a un chico y tener una relación normal con él? ¿Por qué las cosas no me pueden salir bien?
—¿Te parece que conmigo las cosas no te han salido bien?
Estaba malinterpretándola a propósito.
—No, por lo menos bajo mi punto de vista —señaló el periódico—. Eso es horrible.
—Es una circunstancia externa que no tiene nada que ver con lo que ha pasado entre nosotros. Si quieres dar marcha atrás por culpa de la prensa, estarás permitiendo que ganen ellos.
—Yo no he dicho que quiera dar marcha atrás.
—Pero has dicho que era igual que los otros canallas que han formado parte de tu vida. Si eso es cierto, supongo que ya no querrás saber nada de mí.
¿En qué momento se le había ido de las manos aquella conversación? Se cruzó de brazos.
—Pedro, déjalo, no quiero discutir contigo. Estoy pasando una época difícil. Ya se me pasará.
—No, con esa actitud no. Tú quieres una solución inmediata y no la hay. Fuiste a buscar a tu padre y le has encontrado. Esto no va a ser fácil, Paula, ¿quieres intentar superarlo o piensas desaparecer en cuanto se presente el primer problema?
—¿Qué? Lo que estás diciendo es totalmente injusto. Yo jamás he huido de los problemas. ¿Crees que para mí fue fácil estar casada con Martín? Y no fui yo la que puso fin a esa relación. No me conoces, así que no sé por qué te crees con derecho a juzgarme.
—Lo mismo te digo.
Paula estaba enfadada por aquella conversación absurda, pero también muy dolida. No era así como quería que fuera su relación con Pedro. La noche anterior había sido maravillosa. ¿No deberían estar pensando en eso en vez de estar peleándose?
—Tengo que irme —dijo Pedro, y salió de la cocina.
Paula comenzó a seguirle, pero se detuvo. No tenía sentido decir nada más. Sin embargo, sacudió inmediatamente la cabeza: no, no quería dejar las cosas entre ellos de esa manera.
Salió tras él, pero para cuando llegó al vestíbulo, ya era demasiado tarde. Oyó el portazo. Pedro se había marchado.

tentaciones Irresistibles Parte 4: Capítulo 51

Paula sorbió la nariz y se enderezó.
—¿A qué te refieres? —le preguntó mientras se secaba las lágrimas.
Gloria sonrió y parpadeó para apartar las lágrimas que también empañaban sus ojos.
—Te estaba diciendo que he sido muy dura contigo. Demasiado dura. Quería que fueras mejor que yo, pero nunca encontré la mejor manera de decírtelo. Tú no salías huyendo como tus hermanos. Yo continuaba presionando, esperando que lo hicieras algún día y, cuando quise darme cuenta, te había perdido. Te he echado mucho de menos.
Las lágrimas empapaban el anciano rostro de Gloria.
—Lo siento. Sé que no sirve de nada decirlo, pero es absolutamente cierto. Te quiero. Te quise desde que tu madre te puso por primera vez entre mis brazos —sonrió—. Aunque la verdad es que ya entonces eras una niña muy decidida. Me agarraste del pelo y no me soltabas.
Paula no sabía qué pensar. De pronto estaba recibiendo demasiada información como para poderla procesar, aunque fuera la mejor información que podía imaginar. Se sentía feliz, confundida y unida por fin a la mujer a la que más había admirado en toda su vida.
—Yo también te quiero —le dijo—. Siempre he querido ser como tú.
—A lo mejor deberías buscar un modelo de mujer mejor que yo. Como Carmen Schulz. Es una santa, ¿no es cierto? Todo el mundo lo dice.
—Es una mujer muy especial, pero tú formas parte de mi familia.
Gloria le tomó la mano y se la apretó con calor.
—Ahora ellos también forman parte de tu familia. A partir de ahora, para tí la Navidad va a ser mucho más interesante.
Paula se echó a reír.
—Ni siquiera he pensado en eso —tomó aire—. La doctora dice que estás bien, que dentro de unas horas te mandarán a casa. Ahora tendré que vigilarte.
—Tendré que vivir como una prisionera en mi propia casa —se lamentó Gloria, pero sonreía mientras lo decía.
En ese momento se abrió la puerta de la habitación y entraron los hermanos de Paula. Ésta se apartó para dejar que se acercaran a Gloria, pero no se marchó. Necesitaba estar cerca de su abuela.
No se le escapaba lo irónico de la situación. Un año atrás, se sentía sola en el mundo. Sólo podía contar con el apoyo de sus hermanos. De pronto, tenía a Gloria y a toda la familia Schulz. Había pasado de la pobreza a la riqueza sin apenas darse cuenta.
Aunque no todo en su situación era bueno. Tenía el presentimiento de que en cuanto viera los periódicos de la mañana, iba a sentirse humillada como pocas veces lo había estado en su vida. Hasta entonces no había querido decir nada, estando como estaban todos pendientes de la evolución de Gloria. Pero probablemente debería contarles lo ocurrido antes de que lo vieran con sus propios ojos.
Esperó a que se hiciera un silencio en la conversación para acercarse de nuevo a la cama y preguntar:
—¿Sabes lo que terminé haciendo anoche?
Cuando Pedro se presentó en casa de Gloria era ya media tarde. Paula le invitó a pasar y le condujo hasta la cocina.
—¿Qué tal está tu abuela? —preguntó Pedro.
—Bien, ahora mismo está durmiendo La doctora nos ha dicho que pasará el resto del día adormilada. Yo voy a quedarme aquí con ella, echándole un ojo de vez en cuando. Me lo ha pedido Cristina. Se siente culpable, y la verdad es que yo también.
Pedro se reclinó contra el mostrador.
—¿Por qué te sientes culpable?
—Por haber estado disfrutando de una noche de sexo apasionado y salvaje mientras mi abuela confundía su medicación.
—Así que una noche de sexo apasionado y salvaje —sonrió—. ¿Eso fue para tí?
—No te lo creas tanto. Para empezar, tú tuviste la culpa de que no estuviera en mi casa —en realidad, no le culpaba en absoluto de lo ocurrido.
—¿Porque siempre le controlas la medicación antes de que la tome?
—No
—Entonces, ¿es porque tu abuela no es capaz de controlar su propia medicación?
—Mi abuela es perfectamente capaz de controlar su medicación. Fue un error, un error estúpido que no volverá a cometer. Por cierto, me fastidia profundamente que utilices la lógica en un momento como este. Deberías limitarte a aceptar tu culpa y prometer que no volverás a hacerlo otra vez.
—¿Quieres que te prometa que nunca volveré a hacer el amor contigo?
No, claro que no.
—Bueno, a lo mejor eso no, pero algo parecido.
—¿En ese caso, no debería pensar en la posibilidad de que volvamos a hacerlo?
—¿No te he dicho ya que me molesta la lógica? Además, me llevas mucha ventaja. Seguro que has dormido más que yo.
—No mucho más —acortó la distancia que los separaba y la besó—. ¿Quieres que empecemos otra vez? —le preguntó.
Paula apoyó la mano en su pecho.
—Sí. Hola, Pedro. Te agradezco mucho que te hayas pasado por mi casa porque he tenido un día infernal.
—Estoy seguro. Pero ahora Gloria ya está mejor y eso es lo que importa.
—Es verdad. El problema es que llevo semanas montada en una montaña rusa emocional. Antes mi vida era muy aburrida. Echo de menos el aburrimiento.
—Yo también.

Tentaciones Irresistibles Parte 4: Capítulo 50

Carmen  tomó aire.
—Pedro, no quiero dirigir tu vida, y tampoco pretendo juzgarte. Hace mucho tiempo que eres un hombre adulto. A lo largo de tu vida has ido tomando decisiones buenas y malas. Pensaba que a estas alturas ya habías comprendido la diferencia entre unas y otras.
—Y la he comprendido.
—Pues yo creo que no. ¿Por qué ella? ¿Por que ahora? Hay muchas otras mujeres aparte de Paula. Mujeres como Silvina.
La preocupación y la compasión de Pedro se transformaron en un violento enfado.
—Mi matrimonio con Silvina acabó. Es algo que ya he dejado atrás y me encantaría que tú también fueras capaz de hacerlo. Creo que hace tiempo que he dejado clara mi postura al respecto.
—Sí, claro que lo has dejado claro —le espetó su madre—. Aunque todavía no me has dicho por qué Silvina es una mujer mucho mas apropiada para tí que Paula Chaves. Aunque por supuesto, ése no es un listón muy difícil de superar ¿Sería mucho pedirte que tuvieras una relación que no supusiera destrozar a la familia?
Más culpabilidad, un estilo en absoluto propio de Carmen, pensó Pedro mientras iba disminuyendo su furia.
—¿Destrozar a la familia? Me importas mucho, mamá. Siempre me has importado. No quiero hacerte ningún daño.
—Entonces, no me lo hagas —respondió Carmen en un tono casi suplicante—. No me hagas daño.
Que, en realidad, era una forma de decirle que dejara de salir con Paula, pero ésa era una decisión que no tenía por qué tomar ella.
Durante mucho tiempo, Pedro se había prometido proteger a su familia pasara lo que pasara. Había sido una promesa nacida del miedo que había sufrido al haber visto morir a su madre. Jamás se había encontrado en una situación como aquélla con Carmen. Nunca había tenido la sensación de estar haciendo las cosas mal.
Pero estar con Paula no era nada malo y se negaba a dejar que las circunstancias controlaran su vida personal.
—Ahora tengo que ir a trabajar —dijo. Se levantó y le dió a su madre un beso en la mejilla—. Te llamaré mas tarde.
Carmen asintió, pero no dijo nada. Había tensión entre ellos. Todavía quedaban muchas cuestiones por resolver.

Paula se despertó con dolor de espalda y el brazo dormido. De alguna manera, se las había arreglado para acurrucarse en uno de los sofás de la sala de espera y dar una cabezada. Se estiró y vió a Matías hablando con una doctora. Se levantó y corrió rápidamente hacia allí.
—¿Qué ha pasado? —preguntó—. ¿Está bien?
La médica, una mujer de aspecto agradable y de unos cuarenta años, sonrió.
—Sí, está bien. Se ha confundido con la medicación, pero ya está todo arreglado y se pondrá bien. Dentro de unas horas le daremos el alta. No tenemos que darles ninguna instrucción en especial, salvo que se aseguren de que está tomando adecuadamente la medicación.
El alivio fue tan inmediato como intenso. Paula volvió hacia Matías y le abrazó.
—Está bien. ¡Está bien!
—Sí, lo sé —la estrechó contra él y le dio un beso en la cabeza—. Ahora tenemos que decírselo a todo el mundo.
Se volvieron hacia el resto de personas que esperaban junto a ellos. Paula miró a sus hermanos y a sus prometidas, preguntándole desde cuándo se había hecho tan numerosa su familia. Durante años, se había sentido como si estuvieran sus hermanos y ella solos contra el mundo. Pero ya no era así. Con Sofía, había incluso una segunda generación a punto de abrirse paso en el mundo.
Era más de lo que Paula era capaz de soportar después de una sola hora de sueño.
—Cuéntaselo tú —le pidió a su hermano—. Yo necesito ir a verla.
Paula se alejó por el pasillo a toda velocidad y entró en la habitación de su abuela.
Gloria permanecía en la cama, con el semblante pálido y los ojos cerrados. Paula se detuvo a su lado y le acarició la mano con delicadeza. Gloria abrió los ojos.
—No estoy muerta —dijo—. Eso ya es algo. Por supuesto, si estabas buscando una excusa para encerrarme en un manicomio por culpa de mi incompetencia mental, ya la tienes. No me puedo creer que haya hecho una cosa así. Hasta un idiota sería capaz de controlar tres o cuatro medicamentos diferentes. Supongo que, aunque odio admitirlo, debo de estar envejeciendo.
A Paula se le hizo un nudo en la garganta. Las emociones fluían de tal forma que no era capaz de hablar. Era su abuela. Por complicada que fuera su relación y aunque no tuvieran ningún lazo de sangre real, Gloria había formado parte de su familia durante toda su vida.
—No quiero que te mueras —dijo Paula, y se sorprendió a sí misma, y posiblemente también a Gloria, echándose a llorar—. No quiero que te mueras.
—Tranquilízate, Paula. Yo tampoco quiero morirme. Tengo cientos de cosas que enmendar antes de morir y eso me va a llevar algún tiempo. Ser una estúpida no es una enfermedad mortal. Aunque claro, podría llegar a serlo si me sigo equivocando de pastillas. Pero a partir de ahora tendré más cuidado. ¿Con eso te basta?
Paula se tapó el rostro con las manos y asintió. Gloria le palmeó el brazo durante algunos segundos y dijo:
—Acércate para que pueda abrazarte. Así te sentirás mejor. Y yo también.
Paula hizo lo que le pedía. Gloria la rodeó con los brazos y apretó suavemente.
—He sido horrible contigo —dijo con voz temblorosa—. He sido terriblemente cruel. No tengo ninguna excusa, aunque me gustaría intentar ofrecerte una. Tú eres como yo. No en las cosas malas, por supuesto, eres mucho mejor. Te pareces mucho a tu madre, una mujer que siempre me gustó. Pero a veces también la odiaba por ser tan fuerte. Mi hijo no fue nunca tan fuerte. Se parecía demasiado a su padre.

Tentaciones Irresistibles Parte 4: Capítulo 49

Sofía se acercó a ella y le dió una palmadita en el brazo.
—Déjalo ya. Tú no eres la culpable de lo que ha pasado y sentirte mal no va a servirte de nada. Lo que tenemos que hacer es esperar a oír lo que diga el médico.
Paula la miró con el ceño fruncido.
—Hablas igual que Malena.
—¿De verdad? —Sofía pareció muy complacida— . Porque me gusta mucho. Es una mujer muy sensata.
—¿Estás insinuando que yo no lo soy? —gruñó Clara mientras se acercaba a ellas—. Porque yo soy una mujer muy dura.
—Prácticamente de titanio —se mostró de acuerdo Agustín  mientras le pasaba el brazo por los hombros a su prometida.
—Por lo menos podemos ponernos histéricas juntas —dijo Paula, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no derrumbarse.
Las ganas de llorar eran muy fuertes, pero estaba decidida a controlarlas. Quería mantener el control para estar preparada en el caso de que hubiera que hacer algo.
—Míralo por el lado bueno —dijo Federico—. La última vez que Gloria se desmayó, a nadie pareció importarle. Ahora estamos todos juntos, preocupados por ella. Eso tiene que ser bueno.
Paula asintió lentamente. Entendía el razonamiento de su hermano, pero, de alguna manera, todo era mucho más fácil cuando no se sentía tan unida a su abuela. Cuando no tenía tanto que perder.

Pedro llegó a casa de sus padres a las seis de la mañana. Paula había llamado para decirle que todavía no se sabía nada de Gloria y, justo después de que hubiera colgado, el teléfono había vuelto a sonar. A esas horas, lo último que esperaba era una llamada de su padre.
—Tengo los periódicos de la mañana —le dijo Miguel a modo de saludo—. ¿A qué hora podrías estar aquí?
Pedro  se sentó en la mesa de la cocina, enfrente de sus padres. Odiaba sentirse como si tuviera dieciséis años y acabaran de descubrirle haciendo alguna estupidez. La necesidad de comenzar a moverse nervioso y dar una explicación para justificarse eran abrumadoras, pero consiguió controlarse. Más difícil le resultó dejar de lado la sensación de que les había desilusionado.
Se recordó a sí mismo que era un abogado de éxito, que tenía ya treinta años y no tenía por qué dar explicaciones a nadie. Pero ni él mismo era capaz de creérselo.
Quería defenderse, pero ¿contra qué? De modo que se limitó a aceptar la taza de café que su madre le dio y esperó a que hiciera alguno de ellos el primer movimiento.
Ninguno parecía tener prisa por hablar. Había algo extraño en la mirada de Carmen, como una acusación velada, como si le estuviera preguntando por qué, de entre todas las mujeres posibles, había tenido que ser Paula.
Aquello tenía que ser especialmente doloroso para ella. Paula era la representación viviente de su fracaso. Si llegaba a tener una relación con Paula, lo único que conseguiría Pedro sería hacer más profunda esa herida.
¿Si llegaba a tener una relación con ella? ¿Acaso no la había tenido ya?
—¿Es verdad? —preguntó Miguel—. Aparece una fotografía de Paula saliendo de tu casa a la una y media de la mañana. ¿De verdad es ella?
—Sí.
Miguel miró a Carmen y volvió a mirar después a Pedro.
—Tendremos que hacernos cargo de la situación. Convocaré una reunión a primera hora. Por favor, procura estar disponible —Miguel se levantó y se fue.
A Pedro no le gustaba la sensación de sentirse manejado de aquella manera, pero ¿qué se suponía que podía decir? Por supuesto, su vida personal era asunto suyo, pero si su padre pretendía optar a la presidencia del país y Paula era la hija biológica de Miguel, había muchos asuntos de los que ocuparse.
—Menos mal que soy uno de los miembros de la campaña —comentó cuando su padre se marchó.
Su madre bebió un sorbo de café y dejó la taza sobre la mesa.
—Está nervioso, pero no enfadado.
—Ya lo sé.
Miguel pocas veces lo estaba; pero su padre nunca se había sentido tan emocionalmente involucrado con su familia como su madre.
—Así que estás saliendo con ella —dijo Carmen en un tono extremadamente educado, como si le costara pronunciar esas palabras.
—Sí.
—¿Y crees que es algo serio? —tensó la boca ligeramente y las manos le temblaban.
—Mamá, siento que esté sucediendo todo esto, y mucho más que te esté afectando a tí.
—Pero no te arrepientes de tu relación con Paula.
No era una pregunta.
—No.
Pedro  recordó la conversación que había mantenido con Paula la noche anterior. Habían estado hablando de que sus ex parejas lamentaban que los hubieran descubierto, pero en ningún momento se habían arrepentido de lo que habían hecho.
Aquello era diferente, se dijo a sí mismo. Pero aun así, había alguien que salía herido de aquella relación.
—Todavía no me has contestado si es algo serio o no —presionó Carmen.
Pedro se encogió de hombros.
—Todavía no lo sé.
—Pero te estás acostando con ella.
Carmen era la mujer más sorprendente que Pedro había conocido en su vida. Tenía clase, determinación y una capacidad de amor que nadie podía igualar. Sería capaz de morir por ella, pero no iba a dejar que dirigiera su vida.
—No pienso hablar de Paula—contestó con voz queda—. Por lo menos en este contexto.
—Ya entiendo.
Dos palabras. Dos simples palabras pronunciadas en un tono que estuvo a punto de desgarrarle el corazón. Era como si con su negativa a hablar, le estuviera diciendo a su madre que lo que ella pensara no tenía ninguna importancia.
—Sé que Paula es una complicación —dijo, intentando ceder un poco.
—Para todos nosotros. Supongo que eres consciente de las dificultades que esta relación implica.
Pedro asintió.

Tentaciones Irresistibles Parte 4: Capítulo 48

—Iré contigo.
No había nada que a Paula le apeteciera más que poder apoyarse en Pedro, pero antes de mostrar su acuerdo, recordó quién era, quién era su familia y lo interesada que estaba la prensa en él.
—No puedes —le advirtió—. ¿Y si te descubre la prensa?
Pedro hizo una mueca con la que parecía estar diciéndole que le importaba un bledo lo que pudiera decir la prensa, pero la verdad era que los dos tenían que tenerla en cuenta.
—Llámame —le pidió—. Cuéntame exactamente lo que ha pasado.
—Lo haré.
Cinco minutos después, estaba vestida. Pedro la llevó hasta el coche, enmarcó su rostro entre las manos y la besó.
—Si me necesitas, allí estaré.
Paula le creyó a pies juntillas.
—Mis hermanos también estarán en el hospital, no estaré sola. En cuanto tenga alguna noticia, te llamaré.
Pedro retrocedió, Paula se metió en el coche y puso el motor en marcha.
Mientras se alejaba por el camino de la casa, iba preocupada por Gloria, pero, al mismo tiempo, feliz por la noche que había pasado con Pedro. Eran sentimientos encontrados que parecían estar luchando por dominarla. Al final, la preocupación por su abuela ganó.
Estaba tan concentrada pensando en lo que podía pasarle a su abuela que no prestó ninguna atención al extraño movimiento que se produjo al final del camino. Era ya demasiado tarde cuando se volvió y vio tanto a los coches como a las personas que había a su alrededor, todas ellas con cámaras fotográficas.
Se separaron para que pudiera pasar, pero aun así, tuvo que aminorar la velocidad de tal manera que pudieron fotografiarla y hacerle todo tipo de preguntas sobre el hecho de que hubiera pasado la noche con el hijo del senador.
Cuando Paula llegó al hospital, estaban ya allí sus hermanos, Sofía, Clara y Malena. Malena estaba sentada junto a una sollozante Cristina, que se levantó en cuanto Paula entró en la sala de espera.
—Lo siento mucho —dijo con la voz atragantada por el llanto—. Oh, Paula, se ha desmayado de pronto. Estaba tan bien. Hace un par de días estuvimos hablando de cuándo terminaría mi contrato. Desde que estabas allí, se sentía más segura por las noches. Organizaba sus comidas, las horas de fisioterapia, se administraba las medicinas. Estaba perfectamente.
Paula sabía que Cristina estaba intentando ayudar y, quizá también, sentirse ella mejor, pero para Paula, aquella conversación iba acompañada de un billete sin retorno a la tierra de la culpabilidad
Se había mudado a casa de Gloria y, seguramente, ella esperaba que pasara allí la noche. Sin embargo, la noche anterior no había vuelto a casa la había pasado con Pedro. Y si quería ser sincera consigo misma, tenía que reconocer que desde que había llegado a la casa del hijo del senador, no había pensado ni una sola vez en su abuela.
Por supuesto, le había informado a Gloria de sus planes y ella le había dicho que disfrutara en tono de broma, pero ninguna de ellas esperaba que se quedara a pasar la noche con Pedro.
Paula miró el reloj. Apenas eran las dos de la madrugada, pero era suficientemente tarde como para hacerle sentirse culpable.
—La culpa no ha sido tuya —le dijo a Cristina—, la culpa ha sido mía.
Malena negó con la cabeza.
—Ahora no vamos a discutir sobre eso. Ni tú ni yo podríamos habernos esperado una cosa así. Ni siquiera su médico había imaginado que pudiera pasar algo parecido. En cualquier caso, a lo mejor estaría bien que nos contaras qué es lo que ha pasado exactamente, para que así podamos saber hasta qué punto tenemos que preocuparnos.
Cristina se secó las lágrimas.
—Estás siendo muy lógica.
—Me parece que en este momento es lo que tenemos que hacer —replicó Malena.
—Pero no hace falta que me lo digas así.
Las dos mujeres se abrazaron.
Paula se alegró de que la discusión hubiera terminado, pero se sentía fatal. Se acercó a Matías y dejó que su hermano la abrazara.
—Debería haber estado en casa —musitó.
—¿Quieres contarme dónde estabas? —le preguntó Matías.
—En realidad no. Lo único que importa es que me estaba divirtiendo.