domingo, 26 de julio de 2015

Tentaciones Irresistibles Parte 2: Capítulo 63

A media mañana, Paula estaba tan contenta que se sentía capaz de volver a casa flotando. Iba muy bien. Las ventas habían sido constantes desde que abrió la feria. Si el fin de semana seguía así, superaría sus ambiciosas esperanzas con creces y podría meter al menos tres mil dólares en el banco.
Sólo pensar en esa cifra la mareaba. Implicaba no tener que seguir soportando los chirridos del coche. No sentir pánico si tenía que comprarle un abrigo nuevo a Luz. Implicaba paz mental.
Ayudó a una mujer a elegir unos pendientes para ella y una pulsera para su hermana. Después de cobrar, tomó un largo trago de agua. No había comido nada, pero estaba demasiado excitada para pensar en comida. Se sentía como si su vida hubiera dado un súbito giro positivo. Las cosas mejoraban de verdad.
No quería pensar que Pedro era el responsable, pero no podía evitar concederle cierto crédito. Había sido bueno con ella y para ella. Le costaba reconciliar lo que le había contado sobre su novia con el hombre que ella conocía. Sabía que él creía que no era de fiar en cosas serias. Que para Luz y ella suponía un riesgo. Pero Paula no lo veía así.
Él había sido un crío. Aquello había ocurrido hacía mucho tiempo. Sin duda, había hecho algo horrible, pero podía entender su miedo.
—¿Qué tal vas?
—Hola —saludó al ver a Matías y Sofía ante el puesto. Miró el enorme vientre de Sofía—. ¿Cómo te encuentras?
—Fatal. El bebé llegará en cualquier momento. Pensé que andar un poco me iría bien —se puso una mano en la panza—. Andar muy, muy despacio.
—Vas muy bien —Matías la besó en la mejilla—. Ya falta poco.
—Poco es demasiado —suspiró Sofía—. ¿Dónde está Luz?
—Estuvo aquí antes. Pasará el resto del día en casa de una amiguita.
—Está divirtiéndose —Sofía hizo girar los hombros— . Yo solía divertirme antes.
—Volverás a hacerlo —Matías  contuvo una sonrisa.
—No creo. Me parece que siempre estaré así de enorme —miró las joyas—. Quiero unos pendientes. Toda mi ropa es enorme y me merezco algo bonito.
—Elige todos los que quieras —dijo Matías.
—Sí, por favor —sonrió Paula—. Te haré descuento.
—Nada de eso —protestó Sofía—. Los amigos no dejan que sus amigos pierdan dinero.
Señaló un par de pendientes y luego otro. Matías los recogió y se los dio a Paula.
—¿Dónde está Pedro? —preguntó Sofía, mientras Matías pagaba.
Paula se sonrojó porque asumiera que lo sabía.
—Ha ido a por mi vecina, la señora Ford. Ha quedado aquí con sus amigas para ir al cine.
—Bien por ellas. Quiero ser así cuando me haga mayor —dijo Sofía—. Suponiendo que no reviente como un globo y se me salgan las tripas.
Matías aceptó la bolsa que le daba Paula y puso una mano en la espalda de Sofía.
—Tras ese agradable comentario, nos vamos — dijo Matías con firmeza—. Al coche, Sofía. Te llevaré a casa y te daré un masaje en los pies.
—Vale.
—Dani ha dicho que vendría después —dijo Matías.
—Bien. Gracias. Pronto estarás bien, Sofía.
—Imposible. Creo que nunca me encontraré bien.
—Yo pensé lo mismo en mis tres embarazos —dijo una anciana que había al lado—. Claro que eso fue hace mucho tiempo —soltó una risita.

Tentaciones Irresistibles Parte 2: Capítulo 62

Pedro cargó la última caja en su todo terreno mientras Paula se movía nerviosa de un lado a otro.
—No me gusta esto —dijo ella—. No estoy tranquila. ¿Y si pasa algo?
Cuando resultó obvio que las cajas y materiales no cabrían en su coche, Pedro había insistido en que se llevara el suyo. Ella había alegado que era un coche demasiado caro y él que tenía seguro. Había accedido por necesidad, pero seguía sin gustarle.
—Tendré mucho cuidado —le prometió.
—No hace falta —la rodeó con un brazo—. Relájate. Va a ser un buen fin de semana para tí.
—Quizá. Eso espero —tomó aire—. Tienes razón. Va a ser fantástico. Pero ojalá no fuera tan temprano.
Eran las seis de la mañana, pero Paula tenía que llegar a la feria con tiempo para montar su puesto.
—¿Y si nadie compra mis cosas? —preguntó con pánico—. ¿Y si paso tres días allí sentada sin vender? No puedo hacerlo.
Pedro sabía que cuando empezaba así era imposible pararla, así que hizo lo único que se le ocurrió. La besó.
Ella se tensó y luego se derritió contra él. Lo rodeó con sus brazos y Pedro  sintió el familiar deseo y calor que lo asaltaba cuando estaba cerca de Paula.
Entre el horario de trabajo de ella y su necesidad de crear suficientes joyas, y el trabajo de él, apenas se habían visto esa semana, así que no había habido repetición de lo del fin de semana.
Pedro  la echaba de menos en su cama, pero sabía que era mejor dejar que las cosas se enfriaran un poco.
—Vaya —ella se apartó y lo miró—. Eso es mejor que el café. Ahora estoy completamente despierta.
—¿Estás más tranquila?
—En cierto sentido, sí. En otro, no —sonrió con malicia y él notó que lo atraía como un imán.
Todo en ella lo atraía, aunque no debería ser así. Le alegró ver un coche deportivo acercarse a la casa y estacionar. Federico bajó y fue hacia ellos.
—¿Sabes qué hora es? —preguntó su hermano—. ¿Sabes hasta que hora estuve levantado anoche?
—Hola, Federico—Paula miró de uno a otro—. ¿Qué haces aquí?
—Ayudar —se estiró y le dio a Pedro una palmada en la espalda—. Estás en deuda conmigo.
—Apúntalo en mi cuenta.
—No entiendo —dijo Paula.
—Te ayudará a montar el puesto —dijo Pedro—. Apenas puedes con una mesa y son cuatro. Yo me quedaré aquí hasta que Luz y la señora Ford se despierten. Después las llevaré a la feria. Entretanto, Federico te ayudará.
—No —ella dio un paso atrás—. No puedo aceptar.
—Claro que puedes —dijo Federico—. No es como si tuviera a alguien esperándome en casa.
—¿Una noche floja? —Pedro alzó una ceja.
—Supongo. Últimamente no estoy de humor. Conocí a una mujer exasperante hace un par de días y me quitó las ganas.
—Imposible —dijo Pedro con una sonrisa.
—Es cierto —Federico sonó amargado e infeliz—. No sabía quién era yo y ni siquiera era bonita. Dijo que la razón de que Gloria sea tan difícil es que no paso suficiente tiempo con ella.
—Los problemas de Gloria empezaron mucho antes de que naciéramos.
—Lo sé, pero luego dijo que Gloria necesitaba contacto —encogió los hombros—. No lo recuerdo todo. Me aburrí. Me puso de muy mal humor.
—¿Y qué hiciste?
—La contraté como enfermera de día de Gloria.
Hasta Paula se rió al oír eso. Pedro la acompañó al coche y la obligó a subir.
—Todo irá bien —le dijo—. Luego iré con las chicas.
—Pero...
—Vete —dijo él poniéndole un dedo en los labios para silenciarla.
—Te seguiré —dijo Federico—. En estas ferias hay muchas mujeres, ¿no? Puede que me quede un rato y conozca a algunas.
—Para quitarte el sabor de la otra de la boca — dijo Paula.
—No la besé —Federico hizo una mueca—. ¿Por qué iba hacerlo? No me importa no gustarle, no es mi tipo. Ahora que la he contratado, no tendré que volver a verla nunca. Y menos mal, os lo aseguro.
—Para no estar interesado en esa mujer, hablas mucho de ella —comentó Paula, mirándolo de reojo.
—¿Has olvidado que voy a ayudarte?
—Ah, sí —sonrió ella. Cerró la puerta del coche—. Te veré allí —le dijo a Pedro—. Deséame suerte.
—No te hará falta. Pero ¡buena suerte!

Tentaciones Irresistibles Parte 2: Capítulo 61

Malena Johnston era la representación de todo lo que a Federico no le gustaba en una mujer. Desaprobadora, poco agraciada y sin ningún interés por él. Echó un vistazo al bar con tan poco entusiasmo como había demostrado al conocerlo.
—Deberíamos ir a mi despacho —dijo él, por encima de los gritos de la gente que contemplaba un partido de los Mariners.
Una vez allí, le indicó que se sentara frente a su mesa y él se apoyó en una esquina. Se dijo que no lo hacía para demostrar superioridad sino para mantener el control de la entrevista.
—La agencia me recomendó para este puesto porque tengo mucha experiencia con pacientes difíciles — se ajustó las gafas y le entregó su curriculum—. Llevo dos años trabajando como enfermera privada. Antes trabajé en la sección de traumatología de un hospital y últimamente he atendido a varios pacientes con problemas de corazón. Creo que ésos son los problemas básicos de su abuela: recuperación de un infarto y de una rotura de cadera, ¿no?
Hablaba en consonancia con su aspecto: con sensatez y sin perder tiempo en frivolidades, lo que incomodaba a Federico.
—Podría poner el partido aquí —dijo él, señalando la televisión—. Los Mariners están empatados.
—No sigo los deportes —dijo ella, parpadeando.
—Entonces no sabe quién soy.
—¿Debería saberlo?
—Claro. Un jugador de béisbol famoso.
—Entonces, ¿por qué trabaja en un bar?
—Me fastidié el hombro.
—Dado el esfuerzo y estrés que implica ese tipo de actividad, no me sorprende. El cuerpo tiene límites, señor Alfonso. Por más que nos gustaría que fuera distinto, eso no cambia.
A él le recordó a todas las maestras que nunca le habían gustado, sentenciosas y... mojigatas.
Llevaba una camisa de manga larga remetida en una falda larga y aburrida. Sus zapatos eran feos, no llevaba joyas ni maquillaje y si estrechaba los ojos más, se pondría bizca. El único rasgo aceptable, cabello espeso color rojo dorado, que había recogido en una horrible trenza, era un desperdicio en ella.
Deseó decirle que no servía, pero era la solicitante más cualificada de todas y la que tenía más posibilidades de soportar el turno de día con Gloria.
—La agencia me dijo que quería tres enfermeras que hicieran turnos de ocho horas —le dijo—. Nos pagan doce horas, independientemente de cuántas trabajemos, así que sería un desperdicio de dinero.
—No conoce a mi abuela —repuso él—. Ocho horas ya será bastante difícil.
—Entiendo. ¿Es una familia unida?
—No.
—Tal vez, si hubiera pasado más tiempo con ella antes del infarto, ahora sería más fácil tratarla.
—¿Qué le hace pensar que no lo hice?
—Dada su impresionante carrera deportiva, seguro que viajaba mucho —sonrió fríamente.
Estaba siendo sarcástica. Su tono de voz no lo sugería, pero a él le pareció obvio.
—Gloria no es como otras abuelas —dijo él—. Dirige un imperio.
—Puede, señor Alfonso, pero todo el mundo se siente solo. Sobre todo las personas mayores. Muchos de ellos han perdido a sus amigos y seres queridos. ¿Tiene su abuela a gente de su edad?
—¿Se refiere a amigos?
—Sí. Gente de su edad con quien esté vinculada.
—No lo sé —deseó defenderse o justificarse, pero sabía que ella no lo creería.
—Entiendo —su voz sonó desaprobadora—. ¿Sus padres están vivos? —le preguntó.
—Ah, no.
—Así que su abuela no tiene amigos que usted sepa y ha perdido al menos a uno de sus hijos. ¿Sabe lo que significa para una persona sobrevivir a sus hijos?
—Yo no he hecho nada malo —dijo él, bajándose del escritorio.
—Estoy segura de que no ha hecho nada de nada.
—Eh, yo no soy el malo de la película. Si no quiere el trabajo, sólo tiene que decirlo.
—Me interesa el trabajo, señor Alfonso. Sospecho que su abuela me necesita.
—Si piensa que va a rescatarla de parientes que no se preocupan por ella, le espera una gran sorpresa, señorita —dijo él sonriente.
Malena no pareció convencida. Pero pronto lo estaría. Unos cuantos minutos en compañía de Gloria y volvería a pedirle disculpas por lo que había dicho y asumido. Estaba deseando que ocurriera.
—El trabajo es suyo, si lo quiere —dijo.
—Gracias. Necesito comer con regularidad, y eso implica tiempo para hacerlo. Tengo el azúcar bajo y no puedo pasar periodos largos sin comer.
—No es problema. ¿Llevará usted su comida o prefiere que se la proporcionemos?
—La llevaré. También me gustaría conocer a las otras enfermeras que ha contratado.
—No es problema — Federico temió que no aprobaría a Sandy Larson. Le dió la fecha de incorporación.
—Excelente —se puso en pie y le ofreció la mano—. Gracias por su tiempo, señor Alfonso. Volveré a la agencia y cumplimentaré el contrato. Estoy deseando conocer a su abuela.
—Y yo que la conozca —dijo él con sorna.

Tentaciones Irresistibles Parte 2: Capítulo 60

El domingo por la tarde, Paula había progresado con su inventario y Pedro, lo pretendiera o no, había invadido su corazón. Sus amigas no se habían equivocado, acostarse con él había creado un vínculo y por más que se decía que debía mantener las distancias, ni su cerebro ni su corazón escuchaban.
Él etiquetó la última caja y la puso sobre las otras.
—Luz llegará pronto —dijo, mirando su reloj—. Debería irme. Te evitarás tener que dar explicaciones.
—De acuerdo —Paula había olvidado la pelea con su madre. Su enfado y confusión resurgieron.
Él la besó y se marchó. Fue entonces cuando se dio cuenta de que no habían hablado de volver a verse. No sabía si las cosas entre ellos habían cambiado o sólo habían tenido una aventura.
Se odió por hacerse esas preguntas. Si quería saber, lo mejor era preguntar, como una persona adulta.
Oyó el motor de un coche. Para cuando llegó a la puerta, Luz ya corría hacia ella.
—Mami, mami. Lo he pasado muy bien —gritó. Tengo que contarte muchas cosas.
Paula  se agachó y abrió los brazos. Luz se lanzó hacia ella. Paula miró por encima de su cabeza y vio que su madre no estaba sola en el coche. Su padre la acompañaba. Se preguntó si había ido a despedirse o a actuar como mediador entre las dos mujeres.
Se enderezó cuando bajaron del coche.
—Hola —dijo, sin mirar a su madre—. Parece que Luz lo ha pasado muy bien.
—¡Sí! —exclamó la niña—. Quiero volver otro día.
—Si te parece bien, nos encantaría —dijo su madre con rigidez.
—Claro. Sí. Ya pensaremos en algo.
Su padre le entregó la maletita de Luz y le dió un beso en la mejilla.
—Sabes que te queremos, ¿verdad, Paula? ¿Entiendes cómo sucedieron las cosas?
Paula se preguntó si se refería a que ellos podían enfadarse porque se hubiera ido, pero a ella no debería importarle que hubieran dejado de buscarla.
—Claro —forzó una sonrisa.
—Me alegro.
Su padre parecía pensar que todo estaba arreglado, pero Paula sabía que no era así y, por cómo su madre evitaba su mirada, ella pensaba lo mismo.
—No queremos entretenerte —dijo su padre—. Hablaremos pronto.
—Seguro.
Luz y ella se despidieron con la mano hasta que el coche se alejó.
—Veamos —sonrió—. Empieza por el principio y dime todo lo que hiciste.
—Te eché de menos, mami —Luz la abrazó—, pero me lo pasé muy bien.
—¿Sí? Cuéntamelo.
—Primero fuimos de compras. La abuela dijo que podía elegir sábanas para mi cama. Compramos unas de color rosa con dibujos de princesas. Luego fuimos a casa a hacer galletas. Y por la tarde...
Luz  siguió hablando, pero a Paula le costaba concentrarse. No dejaba de dar vueltas a la discusión con su madre, preguntándose si llegarían a entenderse. También pensaba en Pedro y deseaba que estuviera allí en ese momento.
Aunque adoraba a Luz, por primera vez en mucho tiempo se sentía sola y fuera de lugar.

Tentaciones Irresistibles Parte 2: Capítulo 59

—Tengo que trabajar —dijo Paula dos horas después; ya en el dormitorio y tras haber utilizado el tercer preservativo—. Se supone que voy a dedicar el fin de semana a hacer joyas. La feria de artesanía es dentro de dos semanas y no estoy ni medio lista.
—Te ayudaré —Pedro besó su hombro.
—Perdona, ¿qué has dicho? —ella parpadeó.
Pedro se tumbó de espaldas y la arrastró sobre él.
—¿Tan raro te parece? —preguntó—. Iré a por provisiones, luego volveré y te ayudaré. Puedes decirme qué hacer y seguiré tus instrucciones.
Sólo un par de días antes, Paula  había creído que no volverían a hablarse. De repente, se habían convertido en amantes y él estaba dispuesto a pasar más tiempo con ella. Se preguntó si era eso lo que quería. Si era seguro. Conocía la respuesta a la segunda pregunta, pero en ese momento le dio igual.
—No hace falta que vayas a la tienda —dijo Paula—. Tengo comida suficiente para los dos.
—No hablaba de comida —se inclinò y sacudió la caja de preservativos vacía.
—Oh. ¿En serio crees que vas a querer repetir?
—Puedes apostar a que sí —tomó su rostro entre las manos y la besó con firmeza.
—No puede ser tan difícil —dijo Pedro, cuando Paula lo sentó ante la mesa y le dio instrucciones detalladas para que rodeara un topacio con alambre.
—Requiere práctica —dijo ella. No sabía si sentirse insultada porque a él le pareciera fácil lo que hacía.
Volvió a su mesa de trabajo y empezó a clasificar piedras. Tenía ideas para varios conjuntos, que serían los artículos más caros, así como para pendientes, anillos, pulseras y collares de estilos diversos.
Había hecho una lista de diseños y otra con un inventario completo. Si se concentraba podría...
—Esto no está bien —Pedro le mostró un amasijo de alambre torcido que ocultaba la piedra.
—¿Preguntas o afirmas?
—Esto no es lo mío —dejó la pieza en la mesa—. ¿Por qué no hago etiquetas o embalo cosas?
—Pero dijiste que era fácil, que no sería problema —ella contuvo una sonrisa.
—Estaba equivocado —farfulló él.
—¿Tú? ¿Equivocado? Me asombras.
—No es fácil —gruñó él—. ¿Es lo que quieres oír? ¿Te basta con esa humillación?
—Casi —sonrió ella—. Un minuto más bastará.
—Bien. Tienes un talento que yo no tengo. Tenías razón y yo estaba...
—¿Sí?
—Equivocado.
—Me encanta oír esa palabra —suspiró.
—Te estás pasando. Sólo se me ocurre una forma de hacer que calles de una vez —tiró de ella para levantarla y la besó con pasión.
—Tengo que trabajar.
Él puso una mano en su pecho y deslizó la otra entre sus piernas.
—¿Qué decías? —preguntó sobre su boca.
—Nada. No decía nada.

Tentaciones Irresistibles Parte 2: Capítulo 58

—¿Seguro?
—Deja que adivine —ella alzó la cabeza de nuevo—. Todas tus otras mujeres se emocionaron al saber lo cerca que estuviste de la muerte —tomó aire y dió a su voz un tono agudo y ridículo—. Oh, Pedro, ésta es terrible. Cuéntame con todo detalle qué ocurrió.
—Así que no estás interesada.
—Acabamos de compartir uno de los momentos más íntimos de la vida. ¿Por qué iba a querer estropearlo preguntándote por una época en la que sufriste dolores horribles y estuviste a punto de morir?
—A casi todas las mujeres les parece romántico.
—Pues tendrás que moverte en esos círculos.
—Me gusta tu estilo —rió él. Le gustaban muchas otras cosas, pero no quería entrar en eso—. Date la vuelta —pidió.
—Ni lo sueñes —ella estrechó los ojos.
—Ya lo he visto.
—Entonces, ¿por qué necesitas verlo otra vez?
—Siento curiosidad.
—Fue un error.
—Es mono. Venga. Yo te enseñaré el mío.
—Tú no tienes uno que enseñar.
—Pero puedo enseñarte otras cosas
—Bueno —con un suspiro, se tumbó boca abajo—. Pero nada de chistes ni comentarios sobre los cinco kilos que me sobran.
—No te sobra nada —dijo él, preguntándose por qué las mujeres se obsesionaban con esas tonterías. Después estudió el diminuto corazón rojo y la lágrima que había debajo a un lado de su cadera.
—¿Por qué este diseño?
—Fue justo antes de saber que estaba embarazada, pero después de comprender que Facundo nunca querría a nadie tanto como a sí mismo, y que ni siquiera se quería más que a su siguiente chute. Supongo que fue una declaración metafórica. Creía que lo amaba.
—¿Y no era así?
—No. Ni por asomo —volvió a tumbarse de espaldas—. No supe lo que era el amor hasta que tuve a Luz. Ella lo cambió todo. Ni siquiera estoy segura de por qué la tuve. Facundo me presionó para que abortara. Yo no había pensado en tener hijos, pero cuando supe que estaba embarazada, deseé el bebé. Así que reuní el poco dinero que le había ocultado a Facundo y me fui.
—¿Adónde? —le acarició el pelo con ternura.
—A una casa de protección social. Encontré un trabajo limpiando y haciendo la colada. Me dejaron quedarme hasta que tuve a Luz. Ahorré bastante para un billete de autobús y volví aquí. Supongo que en el fondo pensaba que si regresaba a Seattle mis padres me encontrarían. Quería que me quisieran.
—Y así era. Gonzalo  mintió, ¿recuerdas?
—Lo demostraron de una forma muy extraña. Encontré trabajo y alquilé un estudio. Poco a poco llegué a donde estoy ahora.
—Deberías sentirte orgullosa por conseguirlo.
—Lo estoy. Me gusta mi vida. La señora Ford es genial. Supuso una gran diferencia para Luz y para mí.
—Y ustedes han supuesto una diferencia para ella. Son una familia —él la admiraba por haber rellenado los vacíos de su vida por sí sola.
—¿Qué pasará ahora? —preguntó—. Con tu madre.
—No lo sé. Debe de estar furiosa y yo también lo estoy bastante. Supongo que iremos poco a poco —se estiró mientras hablaba.
Al arquear el cuerpo, sus senos se alzaron hacia él. Pedro, incapaz de rechazar esa clase de invitación, capturó un pezón con la boca. La excitación de él pasó de cero a sesenta en menos de dos segundos. La soltó y se puso en pie.
—Ven —dijo, levantándola.
—¿Adónde vamos?
—Al cuarto de baño.
Dos minutos después estaban bajo el agua caliente. El la situó de modo que el agua corriera por su cuerpo, frotó el jabón con las manos hasta hacer espuma y luego empezó a masajear sus senos y frotar sus pezones con los pulgares. Ella echó la cabeza hacia atrás.
Cuando el agua aclaró el jabón, se inclinó y lamió sus pezones una y otra vez, apretándolos con los dientes hasta hacerla gemir. Después volvió a enjabonarse las manos y deslizó una entre sus piernas.
Deslizó los dedos por su parte más sensible, frotándola y dibujando círculos. Ella abrió las piernas y apoyó las manos en las pared para sujetarse.
Él no había terminado. Dejó que el agua aclarara el jabón y se arrodilló entre sus piernas. Su erección pulsaba con cada latido, pero ignoró el deseo de tomarla de nuevo. Eso llegaría después.
Entreabrió su carne con los dedos y apoyó la boca en el punto más sensible. Mientras lamía, notó cómo ella temblaba. Succionó, lamió y repitió el mismo juego hasta que Paula empezó a jadear, a punto de perder el control. Entonces adoptó un ritmo diseñado para hacer que perdiera el control del todo.
Una y otra vez, con la parte plana de la lengua, después con la punta. Poco después ella se estremeció con el primer espasmo de placer.
Cuando acabó de convulsionarse, se arrodilló junto a él. Tenía las pupilas dilatas y la piel sonrosada. El agua caía sobre ellos.
—Tu turno —rodeó su erección con la mano.
—¿Qué tenías en mente? —jadeó él.
—Ponte de pie y lo descubrirás.
Pedro se levantó. Paula, de rodillas, lamió la punta de su miembro. Instintivamente, él se flexionó y se movió hacia ella, sin poder evitarlo. Deseó enterrar las manos en su pelo y acercarla más. Quería que lo chupara con todas sus fuerzas, hasta explotar.
Pero se apoyó contra la pared e hizo cuanto pudo para no actuar con agresividad.
Ella lo acarició con la lengua, después abrió la boca y lo capturó. El calor húmedo, combinado con el agua de la ducha se tornaron en una sensación casi de otro mundo.
Paula  se detuvo de repente y salió de la ducha. Volvió un minuto después, con un preservativo.
—Así no tendrás que reprimirte.
Él agradeció su consideración. Se puso el preservativo y la apoyó contra la pared de azulejos. La deslizó hacia arriba y ella gimió y le rodeó las caderas con las piernas cuando la penetró de una embestida.
Ya estaba húmeda y contrayéndose sobre él. Pocos segundos después, Pedro no pudo contenerse más.

viernes, 24 de julio de 2015

Tentaciones Irresistibles Parte 2: Capítulo 57

Paula sabía que era mala idea. La última vez que Pedro y ella habían hecho eso, las cosas se le habían disparado y había terminado sintiéndose dolida.
Pero la besaba con tanta suavidad y cuidado que no supo cómo resistirse.
—No vuelvas a actuar como un idiota—le dijo cuando él se apartó un poco.
—Te prometo que seré un perfecto caballero —dijo él ladeando la boca.
—Tampoco estoy segura de querer eso.
—Entonces, ¿qué quieres?
Una pregunta interesante que no sabía contestar.
—Por favor, Paula—se inclinó hacia ella y volvió a rozar su boca con los labios.
La queda súplica derrumbó sus defensas. Se entregó a la petición y al gesto apoyando las manos en su pecho y entreabriendo los labios.
Él acarició su boca con la lengua. Sabía a café y a algo dulce. Olía a jabón. Era obvio que se había duchado hacía poco, porque tenía el pelo húmedo y estaba recién afeitado.
Mientras sus lenguas jugueteaban, ella deslizó las palmas de las manos por los planos de su pecho. Bajo la camiseta y la suave piel había una capa de músculo que se ondulaba con cada caricia.
De repente ella deseó tocar esa piel. Tiró de la camiseta. Él interrumpió el beso el tiempo suficiente para sacársela por la cabeza. Después agarró sus manos y las oprimió contra su piel, como si él deseara sentir sus caricias tanto como ella hacerlas.
Mientras exploraba su pecho, hombros y brazos, se inclinó hacia ella y besó su mandíbula y cuello. La rodeó con un brazo. Puso la otra mano en su vientre y ascendió hacia los senos. Los pezones se endurecieron y Paula sintió pesadez, humedad y calor entre las piernas.
Pedro  volvió a su boca y le quitó el aliento. Se perdió en las sensaciones mientras él exploraba sus senos y excitaba sus pezones.
Una llamarada de fuego la recorrió de arriba abajo. Fuego, necesidad y una desesperación que hacía que se sintiera débil y poderosa a un tiempo.
—Te deseo —dijo él—. Paula, te deseo.
Esas palabras fueron como un bálsamo para su alma. Mordisqueó su labio inferior, se puso en pie y le ofreció la mano. Él se levantó y dejó que lo condujera por el corto pasillo hasta el dormitorio.
Aún no había hecho la cama, pero el lío de sábanas y mantas no parecía un problema. En cuanto se detuvieron, Pedro  se sentó y se quitó calcetines y zapatillas deportivas. Mientras lo observaba, se desabrochó los vaqueros y se deshizo de ellos junto con los calzoncillos.
Era el hombre más bello que había visto nunca. Tenía el pecho liso y de músculos bien definidos. Varias cicatrices, algunas antiguas y desvaídas, otras aún rojas y recientes, marcaban su piel. El torso llevaba a una cintura estrecha que guiaba la vista a una impresionante erección.
Paula tensó de anticipación. Le costó no arrancarse la ropa y suplicarle que la tomara allí mismo. Había pasado tanto tiempo que apenas recordaba lo que era sentir un hombre en su interior, llenándola una y otra vez hasta no dejarle más opción que rendirse.
Era su objetivo, pero una mujer debía ser práctica.
—Preservativos —dijo, abriendo el cajón de la mesilla y empezando a rebuscar.
—No lo pensé —Pedro maldijo—. Tengo arriba.
—Creo que yo también tengo.
—¿Y el plan de evitar a los hombres? —ella casi oyó como enarcaba las cejas a su espalda.
—Es un objetivo, pero soy humana y a veces débil. Quería estar preparada por si acaso. Ajá.
Sacó un pequeña caja y se la mostró. Él se acercó, se la quitó y la dejó sobre la mesilla.
—Sólo tres —dijo—. No son suficientes.
Si intentaba impresionarla, lo había conseguido. Mientras ella aún daba vueltas a su queja, él le quitó la camiseta y el sujetador. Mientras se inclinaba y succionaba uno de sus pezones, le desabrochó los pantalones cortos y los bajó, junto con las bragas.
Paula le agarró la cabeza, deseando que la deliciosa succión no acabara nunca. Con cada movimiento de esa boca, una espiral de deseo descendía de su pecho a su entrepierna. Ya estaba hinchada, húmeda y ardiente de deseo.
—Pedro—pidió—. Te quiero dentro de mí.
—¿Ahora? —alzó la cabeza y la miró.
—Hace mucho tiempo.
Él se tumbó en la cama.
—¿Cuánto?
—Desde antes de que naciera Luz.
—Entonces, era en serio. Lo de nada de hombres ni relaciones —se arrodilló entre sus muslos.
—Oh, sí —esperaba que le preguntase por qué había cambiado de opinión y agradeció que no lo hiciera. En vez de hablar, él metió un dedo en su interior.
De inmediato su cuerpo intento aferrarse a ese dedo. Él lo sacó e introdujo dos.  Paula notó que se destensaba un poco.
—Pensé que tener un bebé distendía esa zona.
—Tuvieron que coserme después —era algo que casi había olvidado—. Podría resultar interesante para ambos.
—Me gusta lo interesante —sonrió él.
Se inclinó y la besó. Mientras sus lenguas se enzarzaban, agarró una de sus manos y la llevó a su miembro. Ella acarició su erección, después abrió las piernas y lo guió hacia su centro.
Estaba húmeda y dispuesta, e increíblemente estrecha. Mientras luchaba contra la necesidad de dejarse ir en ese mismo instante, Pedro sintió cómo se distendía lentamente mientras él la llenaba. La presión era casi insoportable, en el mejor sentido posible.
—Me estás matando —masculló.
—¿Es incómodo?
—No en el sentido al que te refieres. ¿Cómo se supone que voy a evitar explotar ahora mismo?
—Piensa en Inglaterra.
Pedro dejó escapar una risa ahogada, en parte gruñido, y entró hasta el final.
Paula  rotó las caderas y, conscientemente, contrajo y relajó los músculos. Él retrocedió y volvió a penetrarla. Esa vez lo aceptó con más facilidad. A la tercera embestida ella se rindió a los gritos desesperados de su cuerpo y agarró sus caderas para atraerlo aún más. Él empujó con fuerza y ella sintió la primera espiral del orgasmo.
—Oh, sí —gritó.
Él gruñó. Paula notó que su erección crecía pero siguió llenándola una y otra vez, durante cada espasmo de liberación. Se aferró a él, perdida en el placer, suplicándole que siguiera hasta que Pedro también gritó y todo su cuerpo se puso rígido.
Pedro se tumbó de espaldas y atrajo a Paula. Ella apoyó la cabeza en su hombro y trazó con el dedo una de las cicatrices de su pecho.
El corazón de Pedro por fin volvió al ritmo normal, algo que había dudado volviera a ocurrir. Su plan había sido durar más. Pero, al igual que el de Paula, ese plan no había llegado lejos.
—Ha estado bien —dijo ella.
—Ay.
—¿He herido tu orgullo masculino? —alzó la cabeza y le sonrió—. ¿Debería deshacerme en cumplidos?
—No estaría mal.
—Ha sido fantástico.
—Eso está mejor.
Ella volvió a apoyar la cabeza y tocó otra cicatriz.
—Hacía tanto tiempo que no estaba segura de acordarme cómo se hacía. Gracias por tu ayuda.
—De nada —sonrió él—. ¿Vas a preguntar?
—¿Por?
—Las cicatrices. ¿Quieres saber qué ocurrió?
—No.