jueves, 25 de junio de 2015

Tentaciones Irresistibles: Capítulo 44

Pedro estaba comprobando las cuentas de la noche anterior, pero levantó la mirada al oír que se abría la puerta del despacho.
—Hola —saludó a su hermana, antes de darse cuenta de que estaba llorando. Se apresuró a levantarse, y fue a abrazarla—. ¿Qué pasa?
En vez de contestar, Dani empezó a sollozar, y su cuerpo entero empezó a temblar mientras Pedro la apretaba contra su pecho. Aunque no sabía qué era lo que había provocado su obvio dolor, estaba más que preparado para enfrentarse a quien fuera por ella.
—¿A qué capullo tengo que patearle el culo? —le preguntó, mientras le acariciaba la espalda en un gesto tranquilizador y depositaba un beso en su cabeza.
—Ojalá… ojalá fuera tan sencillo —dijo ella, con la voz ahogada contra su pecho. Finalmente se apartó un poco de él, lo miró a los ojos y admitió—: es Martín.
Pedro hizo una mueca. No le gustaba la idea de pelearse con un tipo que iba en silla de ruedas, pero si era necesario…
—¿Qué ha hecho?
—Me ha dejado.
—¿Qué? —Pedro se había esperado cualquier cosa, desde una pelea hasta una improbable aventura, pero aquello lo tomó por sorpresa.
—Me ha dejado —repitió su hermana.
—Es imposible, él te quiere —le dijo, aunque en realidad lo que estaba pensando era que Hugh estaba en deuda con ella.
Después de su accidente, Dani había sido quien le había apoyado y había insistido en que se casaran, a pesar de saber que él no podría volver a caminar nunca. Le había querido y le había empujado a superarse cuando había sido necesario, para que él recuperara las ganas de vivir a pesar de estar paralizado de cintura para abajo. Incluso había seguido trabajando en la hamburguesería para conservar el seguro médico y que él pudiera continuar con su terapia física.
Dani lo había conseguido. Martín había ido regresando poco a poco al mundo de los vivos, y se había labrado un porvenir.
—A lo mejor le has malinterpretado.
Dani soltó una carcajada estrangulada, y se sentó en una de las sillas que había junto a la mesa. Pedro se sentó en la otra, y después se inclinó hacia su hermana y le agarró una mano.
—No lo entiendo —le dijo.
—Pues ya somos dos —Dani se secó las lágrimas con su mano libre, y después sacó un pañuelo del bolsillo de su abrigo—. Le dije que quería que habláramos sobre la fecundación in vitro; sabía que necesitábamos ayuda para que yo me quedara embarazada, y pensé que había llegado el momento. Admito que a lo mejor era algo egoísta por mi parte, porque sabía que no iba a avanzar en la hamburguesería y había pensado que a lo mejor la maternidad me distraería de mis problemas —Dani se sorbió la nariz, y añadió—: No es que no quisiera tener hijos, pero siempre había creído que antes habría alcanzado mis metas laborales.
Pedro le apartó el pelo de la cara, y se lo colocó detrás de las orejas antes de preguntarle:
—¿Qué pasó cuando le dijiste que querías quedarte embarazada?
—Que me dijo que él no quería —el llanto empezó de nuevo—. Al principio pensé que era por el dinero, porque el procedimiento es bastante caro, pero no era eso. Me dijo que quería el divorcio, que ya no había sitio para mí en su vida porque ha crecido como persona.
Pedro se acercó más a ella, y volvió a abrazarla. Dani apoyó la frente en su hombro.
—Me dijo que ha ido creciendo y cambiando, pero que yo he seguido estancada. Están a punto de darle un puesto fijo en la universidad, y yo sólo trabajo como gerente en una hamburguesería —Dani miró a su hermano, y le dijo—: Me lo echó en cara, como si no me hubiera esforzado al máximo por ascender en la empresa, como si no me hubiera quedado por él. Trabajo muy duro, más que nadie que haya ocupado ese puesto.
—Es verdad, siempre te has esforzado al máximo —Pedro le dio un beso en la nariz, y añadió—: Te has portado como una campeona, pero Gloria nunca se ha dado cuenta.
—Eso fue lo que yo le dije a Martín, pero él me contestó que me estaba volviendo una amargada y que no quería vivir con alguien así. Que no quería seguir viviendo conmigo.
Dani se levantó, y se quitó la chaqueta antes de seguir diciendo:
—No puedo creerlo, ¿cómo se atreve? Yo estuve a su lado, siempre lo he apoyado. Se deprimió mucho después del accidente, y aunque no le culpo, no era una compañía precisamente alegre. Pero yo me mantuve a su lado y le apoyé, incluso más que sus propios padres. ¿Y crees que lo valora?, ¿que le importa lo más mínimo? No, claro que no, porque él ha progresado y yo no. Vaya un santurrón, le odio.
Pedro  estuvo a punto de comentar que si odiaba a Martín el divorcio le resultaría más fácil, pero algo en su cerebro masculino le aconsejó que mantuviera la boca cerrada.
—Nos hacen falta cinco… —Paula levantó la mirada del sujetapapeles que llevaba en la mano, y dijo—: Lo siento, no sabía que tenías visita —al darse cuenta de que se trataba de la hermana de Pedro, frunció el ceño con preocupación—. Dani, ¿estás bien?
—Martín me ha pedido el divorcio —contestó ella.
—Oh, cielo… —Paula dejó el sujetapapeles encima de una estantería, y alargó los brazos hacia ella.
Dani se apresuró a ir a abrazarla, y le dijo:
—Dice que él ha crecido y que yo me he quedado estancada.
—Los hombres son idiotas —dijo Paula.
Pedro tuvo ganas de protestar, pero se mantuvo en silencio. Aquél no era el mejor momento para salir en defensa de su sexo.
—Yo me mantuve a su lado, y le quería. Aún le quiero.
—Entonces, ¿quieres intentar arreglar las cosas? —le preguntó Paula, mientras le acariciaba el pelo.
—No. Si no me quiere, perfecto. No pienso seguir casada con él, no le necesito —Dani empezó a llorar otra vez—. Pero es que me duele, le quiero pero él no me quiere a mí.
Pedro sintió el dolor de su hermana, junto con una buena dosis de culpa al preguntarse si Paula había pasado por aquello cuando se había marchado y él no había intentado recuperarla.
—¿Qué es lo que quieres?, ¿quieres que sufra? —le preguntó Paula.
—Sí, y de lo lindo. Pedro se ha ofrecido a patearle el culo.
Paula lo miró, y dijo con una sonrisa:
—Tu hermano es un buen hombre, y no es por ofender, pero creo que Agustín lo haría mejor.
—Es verdad, por el entrenamiento militar y todo eso —dijo Dani.
Al ver que el rostro de su hermana se relajaba un poco, Pedro se acercó a ella y le preguntó:
—¿Qué es lo que quieres de verdad?
—Un buen abogado.
—Puedo ayudarte a conseguir uno.
—Vale —Dani los miró, y empezó a llorar de nuevo—. Quiere que sea yo quien se encargue de todo, ¿pueden creerlo? Me dijo que estaba muy ocupado porque se acercaban los exámenes finales, y que si por favor podía ocuparme yo del papeleo.
Pedro y Paula la abrazaron, y Dani suspiró y añadió:
—Le pediría a Agustín que le rompiera las piernas, pero eso sería un poco redundante, ¿verdad? —cuando Pedro la abrazó con más fuerza, ella se aferró a él y le dijo—: ¿Cómo va a reaccionar Gloria?, no quiero decírselo.
—Pues no lo hagas —le dijo Paula.
—Pero… tengo que hacerlo —comentó Dani, mirándola con perplejidad.
—¿Por qué? Sólo es tu abuela, no el oráculo de la ciudad. Ni lo ve ni lo sabe todo, y la verdad, después de lo mal que te ha tratado, yo no le diría nada. ¿Por qué darle esa satisfacción?
—Quiero ser como tú de mayor —le dijo Dani, con una sonrisa.
Gloria entró en el restaurante justo cuando Paula acababa de terminar con la degustación de la tarde, en la que había preparado los especiales para que los probara el personal.
—Al menos hace un par de horas que Dani se ha ido —le susurró a Zaira mientras Gloria se acercaba a ella. Por suerte, Pedro había ido al Daily Grind para asistir a una importante reunión.
—¿Quieres un cuchillo? —le preguntó su amiga.
—No me tientes.

Tentaciones Irresistibles: Capítulo 43

Paula sentía una profunda sensación de alivio, como si no hubiera podido respirar hondo en semanas.
—Ha sido bastante impresionante —comentó, sentada en el asiento del acompañante de su Volvo.
—La imagen era muy detallada, se podía ver todo —dijo Pedro.
—Más de lo que uno querría —bromeó ella—. ¿Te ha dado un poco de asco?
—No —tras un segundo de vacilación, Pedro admitió—: Vale, no creí que hiciera falta que nos enseñara el agujero que va a ser el estómago.
—Es verdad que eso ha sido un poco raro —admitió Paula, riendo—, pero ha sido genial —la experiencia entera había sido como un milagro—. El bebé me parece tan real… antes era consciente de que estaba embarazada, claro, pero verlo mientras oía el latido de su corazón…
—Lo ha cambiado todo —acabó Pedro por ella.
—Exacto. He estado a punto de preguntarle si es niño o niña, me iría bien saberlo para empezar a preparar su cuarto y todas sus cosas, y para comprarle la ropa.
—¿Es que los recién nacidos llevan ropa?
—Bueno, no estamos hablando de un vestuario normal, pero hay ropa para dormir. Tengo algunos libros sobre bebés, supongo que tendría que empezar a leer esa parte.
—¿El capítulo sobre accesorios de moda? —bromeó él.
—Claro, quiero que mi niño vaya a la última —dijo ella, con una sonrisa. Se volvió hacia él, y añadió—: Gracias por acompañarme, lo habría pasado mal si hubiera tenido que ir sola.
—Yo también me alegro de haber ido, pero Federico te habría acompañado de no ser por mí.
—Sí, pero dudo que hubiera conseguido aguantar el tipo —era una experiencia muy íntima, y aunque Federico y ella eran grandes amigos, no compartían cosas así.
Al mirar a Pedro, Paula sintió que la embargaba una extraña mezcla de felicidad, enfado y tristeza. En el pasado había querido que ambos pudieran compartir aquella experiencia, había anhelado tener hijos con él.
De repente, se preguntó hasta qué punto se había implicado Pedro en el embarazo de Alison, y en qué medida acababa de acompañarla a ella para intentar suavizar la tensión que había entre los dos. Creía que él sentía sinceramente haberla herido y que no le había ocultado la verdad por crueldad, pero sospechaba que había estado dispuesto a mantener en secreto la existencia de su hija de forma indefinida.
—Siento lo de nuestro bebé —dijo él de repente.
—¿Qué quieres decir? —le preguntó, sorprendida.
—Siento que lo perdiéramos. Me sentí mal cuando pasó, pero hasta hoy, la experiencia no me había parecido algo real y material. Era consciente desde un punto de vista intelectual de que te habías quedado embarazada, pero no pensé en el hecho de que se trataba de un niño de verdad. Lo siento, supongo que no me estoy explicando bien.
—No te preocupes, te entiendo —Paula podía comprender que se hubiera sentido más al margen, porque no era su cuerpo el que había experimentado el embarazo. Pero no sabía si podía confiar en su aparente sinceridad.
—Me perdí un montón de cosas —dijo él, con la vista fija hacia delante—. Es triste, para ambos.
Increíble, Pedro acababa de admitir que había sentido una emoción.
—Yo también lo siento, pero creo que fue lo mejor que pudo pasar.
—¿Te refieres a perder el bebé?
—Sí. Esas cosas suceden por alguna razón, y lo más probable es que el feto tuviera algún problema, y que no hubiera sobrevivido de todas formas.
—Pensaba que ibas a decir que había sido lo mejor porque nos divorciamos.
—Ése es un factor a tener en cuenta, pero no es importante. Nos las habríamos arreglado para ser padres sin estar juntos —ella nunca había esperado ser madre soltera, pero eso era lo que había decidido al final.
—Tenías razón al decir que no me sorprendió que te marcharas, porque es algo que esperaba desde el principio. Siempre pensé que la relación era temporal, incluso antes de que nos casáramos.
—¿Por qué?, ¿qué dije para que pensaras algo así?
—No fue por ti, tú te comprometiste completamente —dijo Pedro, mirándola con una sonrisa que no se reflejó en sus ojos—. Fue por mí, por cómo me había criado, por mi forma de pensar. Hay un montón de razones aburridas que ya no importan, pero quería que supieras que tenías razón —volvió a mirarla, y comentó—: Sé que te encanta que te digan eso.
—Normalmente, sí —murmuró ella, atónita ante su confesión—. Pero esta vez me habría gustado equivocarme —vaciló por un segundo, y finalmente le preguntó—: Si eso era lo que sentías, ¿por qué te casaste conmigo?
—Porque quería estar equivocado.
—Pero al final acertaste, acabé abandonándote.
—Te fuiste para captar mi atención, yo fui quien te dejó marchar. Lo que compartíamos era muy valioso, Paula —admitió él—. Cuando te fuiste, perdí algo que jamás podré reemplazar.
—Gracias por decirlo, siempre me pregunté si te habías dado cuenta de que me había ido.
—Me di cuenta.
—Pero no lo suficiente para intentar recuperarme.
—Aún sigues enfadada por lo de Camila, ¿verdad?
—Eso ni siquiera empieza a describirlo, Pedro. No es que me ocultaras un tatuaje, mantuviste una parte muy importante de tu vida apartada de mí. No sólo el hecho de que tuvieras una hija, sino que la querías tanto, que no podías querer a nadie más.
—Eso no es verdad.
—¿Estás seguro?
—Paula, eras mi mujer. Quería…
—¿Qué?, ¿que permaneciéramos juntos para siempre?, ¿que formáramos una familia?
—Quería que saliéramos adelante.
—No te creo. Lo que pienso es que querías estar solo con tu dolor. Al menos tu falta de interés no se debía a mí en concreto, le habrías hecho lo mismo a cualquiera.
Las manos de Pedro se tensaron al volante.
—No vas a darme un respiro, ¿verdad?
—¿Crees que te lo mereces? Has cambiado todas mis percepciones sobre nuestro pasado juntos, y aún estoy intentando asimilarlo.
—¿Podrás trabajar conmigo?
—¿Me estás diciendo que estás dispuesto a marcharte? —le preguntó ella.
—Sí, si eso te ayuda.
—Hablaba en serio cuando te dije que no te odiaba.
—¿Volveremos a ser amigos?
Habían estado casados, trabajaban juntos y hacía más o menos una semana que se habían acostado juntos. Paula no sabía si habían sido amigos alguna vez.
—No lo sé —admitió—. No creo que sea… —se quedó sin aliento al sentir un repentino movimiento en su vientre.
—¿Qué pasa?, ¿estás bien? —se apresuró a preguntarle él.
—Estoy genial, el bebé se está moviendo.
—¿En serio?, ¿qué se siente? —le preguntó, con una enorme sonrisa.
La furia y el dolor se mezclaron con el deseo de compartir aquel milagro. Tras unos segundos de duda, Paula se levantó un poco el jersey y le colocó la mano en su vientre desnudo.
—¿Lo notas?, justo aquí.
Él la miró con los ojos como platos y la boca abierta de asombro.
—Sí, lo noto. No es un golpe, sino más bien un roce.
—Exacto.
Después de intercambiar una sonrisa con ella, Pedro volvió a centrar su atención en la carretera, pero dejó la mano sobre su estómago y Paula siguió cubriéndola con la suya. El momento pareció alargarse hacia el infinito. A pesar de todo, había un vínculo entre ellos.
Pedro había sido una parte esencial de su pasado y formaba parte de su presente, y aunque ella quería odiarlo, era incapaz de hacerlo; al menos, ya no estaba enamorada de él. Sólo una tonta dejaría que el mismo hombre le rompiera el corazón dos veces.

miércoles, 24 de junio de 2015

Tentaciones Irresistibles: Capítulo 42

—¿Qué te pasa? —le preguntó Pedro, después de unos diez segundos de silencio.
—Nada —contestó ella, manteniendo la mirada fija hacia delante.
—¿Tienes que ir al lavabo?, ¿quieres que me pare en algún sitio?
—¿Qué? —su tono de voz indicaba que se sentía insultada—. No.
—Pareces un poco intranquila.
Paula se removió inquieta en el asiento pero no le contestó, y Pedro consideró las posibles causas de su actitud, desde que lo odiara hasta tal punto que no pudiera soportar estar con él en el coche, hasta…
—¿Por qué estás nerviosa?, ¿es que hay algo que no le hayas contado a Federico?, ¿hay algún problema con el bebé?
—No, al menos que yo sepa. No sé… tengo miedo.
Pedro se arriesgó a que lo desmembrara, y alargó el brazo para tomarle la mano.
—Te entiendo. Ya has perdido un bebé, y te preocupa que esta vez también pase algo malo.
—Exacto —admitió ella, con un suspiro.
—No hay ninguna razón para pensar que existe algún problema, todo va a ir bien.
—Eso no puedes saberlo con seguridad.
—Y tú no puedes saber con seguridad que no tengo razón.
—Vale, a lo mejor tienes razón —dijo ella, antes de darle un ligero apretón en los dedos.
Pedro  notó que se relajaba un poco, y decidió mantenerla distraída.
—Federico me dijo que no quieres saber el sexo del bebé.
—¿Qué más te dijo?
—Estoy de acuerdo contigo —siguió diciendo él, haciendo caso omiso de su pregunta—. Hoy en día la vida ofrece muy pocas sorpresas.
—Venga ya, sólo lo dices porque piensas que voy a tener un niño. Típica reacción masculina, creéis que el mundo entero ansía tener un pene.
—Algo así —dijo Pedro, con una carcajada.
Dejaron el coche en el aparcamiento de varias plantas del centro médico, y entraron juntos en el edificio. La sala de espera era inquietantemente alegre y femenina y Pedro era el único hombre a la vista, pero se alegró de haber ido a pesar de su incomodidad, sobre todo cuando Paula se sentó a su lado y se aferró a su mano después de darle su nombre a la recepcionista.
—Puedes entrar si quieres —le dijo ella con voz atropellada, y con la mirada fija en el suelo—. Si oyes que comentan algo dímelo, quiero saberlo.
Pedro se volvió hacia ella, y le puso un dedo bajo la barbilla para hacer que lo mirara.
—Te lo prometo —levantó sus manos unidas, y besó sus dedos—. Relájate, todo va a salir bien.
—No afirmes algo que no puedes saber, y sólo estoy dejando que seas amable conmigo porque tengo miedo. Que te quede muy claro que aún estoy furiosa contigo.
—Vale, puedes ir imaginándote maneras de asarme vivo cuando salgamos de aquí.
Paula permaneció en silencio durante unos segundos, y finalmente dijo:
—Te agradezco que hagas esto.
—¿Por qué no iba a querer hacerlo?, no es para tanto.
—¿Qué crees que va a pasar? —le preguntó ella, mirándolo con atención.
A Pedro no le hizo ninguna gracia aquella pregunta, ni el brillo de sus ojos.
—Es una ecografía, van a ponerte una sustancia viscosa encima del vientre.
Al oír que la enfermera la llamaba, Paula se levantó y miró a Pedro muy sonriente.
—Lo siento, pero no vamos a hacerlo así.
—¿Qué otra manera puede haber para ver a un bebé? —le preguntó él con el ceño fruncido, mientras la seguía.
—Hacerlo desde dentro —contestó ella, con un cierto matiz burlón en la voz.
¿Desde dentro?, ¿cómo demonios podían hacerlo…?
—Dime que estás bromeando.
—¿Ibas a dejar que Federico viera esto? —preguntó Pedro. Paula estaba tumbada en una mesa, en una pequeña habitación llena de máquinas.
—Iba a quedarse junto a mi cabeza, que es donde tú vas a estar.
—Me parece bien, mejor que bien. De hecho, me siento muy feliz al saberlo —aunque hacía poco que había visto a Paula desnuda y que había tocado todo su cuerpo, no le hacía ninguna gracia presenciar un examen médico tan íntimo.
—Si empiezas a sentirte mareado, cierra los ojos y piensa en otra cosa —le dijo ella.
—Claro, qué fácil —refunfuñó él, justo cuando se abrió la puerta y entró la doctora.
—Buenos días. ¿Cómo estás, Paula?
—Bien. Nerviosa. Te presento a Pedro. Sólo es un amigo.
—Ya sé que no eres el padre, porque yo me ocupé de la fecundación in vitro. Yo soy la doctora Robins —la mujer le estrechó la mano a Pedro, y después centró su atención en Paula—. No te pongas nerviosa, sólo hacemos esta prueba para ver cómo está el niño. No hay ninguna razón para pensar que pueda haber algún problema.
—Ya lo sé, pero es que… ya sabes, lo que pasó la otra vez…
—Sí, te entiendo —la doctora le echó un vistazo a su informe, y después apartó la sábana de papel que cubría la mitad inferior de Paula—. Bueno, vamos a ver qué aspecto tiene tu pequeño.
Pedro se esforzó por ignorar lo que estaba pasando. Se mantuvo aferrado a la mano de Paula mientras escuchaba a medias la conversación e intentaba pensar en el restaurante, y cuando eso no funcionó, reflexionó sobre la pregunta del año sobre si los Mariners iban a entrar en la Serie Mundial. Como Federico ya no jugaba no tenía que preocuparse de lealtades divididas.
—Ahí estamos —dijo la doctora.
—Mira, Pedro… —susurró Paula.
Pedro  se volvió hacia el monitor, y vio algo que se movía. Sólo era un barullo de zonas más claras y más oscuras en el que no se distinguía nada, pero entonces la imagen se hizo más nítida.
—¿Es eso la cabeza? —preguntó.
—Sí. Ahí está… una cabeza, el torso… mirad, los brazos y las manos.
—Sólo hay dos de cada, ¿verdad? —preguntó Paula con ansiedad, mientras apretaba con fuerza la mano de Pedro.
—Sólo dos. Todo parece normal —la doctora presionó un botón, y la sala se llenó con los latidos del corazón del bebé.
Ver moverse al niño y oír su corazón fue una experiencia increíblemente profunda; hasta ese momento, Pedro no había asociado el embarazo de Paula con una nueva vida de carne y hueso. El primer embarazo se había truncado antes de que llegaran a aquella etapa, y en ese momento se dio cuenta de que, en cierta forma, tampoco le había resultado real.
Paula iba a tener un bebé, un bebé de verdad que iba a crecer, que iba a ser una persona de carne y hueso.
Bajó la mirada hacia ella, y al ver su sonrisa radiante y sus ojos inundados de lágrimas, se preguntó cómo podía estar tan segura de querer asumir aquella responsabilidad ella sola; sin embargo, la respuesta estaba muy clara, y era visible en el amor que brillaba en sus ojos. Ella siempre había querido tener hijos. Primero había querido tenerlos con él, y cuando él había metido la pata hasta el fondo, había decidido hacerlo con otro método a su alcance.
De repente, lo golpeó con una fuerza terrible la magnitud de lo que había perdido. Una esposa, una familia… los había tenido en sus manos, y los había dejado escapar. Paula lo había amado de verdad, y aunque él lo había sabido desde un punto de vista intelectual, hasta ese momento no lo había asimilado en lo más profundo de su corazón.
¿Por qué se había negado a creer?, ¿por qué no se había dado cuenta de todo lo que había dejado escapar? Ella le había acusado de dejar que se fuera sin una sola palabra de protesta, de no haberse sorprendido de que se marchara, y había tenido razón. Había esperado que lo abandonara desde el día en que se habían conocido.

Tentaciones Irresistibles: Capítulo 41

—¿Te encuentras mal? —le preguntó Paula a su amiga.
—Qué va, estoy muy bien. Deja de darme la lata, me estás poniendo de los nervios —dijo Zaira, sin dejar de cortar puerros.
Paula sabía que lo mejor era dejar el tema, pero no podía evitar preocuparse por su amiga.
—No eres tú misma, llevas un par de días muy callada. ¿Es por un hombre?
Zaira se volvió hacia ella con el cuchillo en ristre.
—Mira, he aprendido de toda una experta, así que déjalo ya. Estoy bien, lo que pasa es que tengo varios asuntos en la cabeza.
—Estoy preocupada por tí.
—Y te lo agradezco, pero no hace falta. Estoy bien, sólo he estado pensando bastante. Como no suelo hacerlo, me resulta un poco duro.
—Quiero ayudarte —dijo Paula con voz suave, al ver el brillo de emociones contenidas en los ojos de su amiga.
—No puedes. Déjalo, antes de que empiece a echar espuma por la boca.
—Vale. Pero si quieres hablar, aquí estoy.
—Ya lo sé.
En ese momento, Pedro entró en la cocina.
—Acaba de llegar el pedido del vino. He podido conseguir el mismo pinot que teníamos para el menú de degustación, pero es 0,02 en vez de 0,01. Voy a abrir una botella para ver si es muy diferente.
Sus palabras contenían la pregunta implícita de si ella quería probarlo también, ya que ambos compartían la responsabilidad del restaurante, y Paula sabía cuál era la respuesta correcta. Como su objetivo era abrir su propio local, debía interesarse en todos los aspectos del negocio; aunque tendría que contratar a un buen gerente, las decisiones finales estarían en sus manos.
Además, había otra razón por la que debía acceder: para demostrarle a Pedro lo poco que le importaba, para que él viera que ella no seguía destrozada por su discusión de la semana anterior; de acuerdo, quizás no estaba destrozada, pero aún seguía dolida y, peor aún, se sentía como una tonta. No soportaba sentirse como una tonta.
Pasó junto a él rumbo a la bodega, y vió tres cajas en una carretilla. La de arriba estaba abierta, y había una botella y un sacacorchos encima del mostrador. Sin perder el tiempo, cortó el plástico de seguridad y la descorchó con un movimiento experto.
Pedro colocó dos vasos en el mostrador, y después de servir un poco de vino en cada uno, Paula levantó el suyo y lo movió en sentido circular. Lo levantó para ver el vino a contraluz y comprobar el color, y después volvió a moverlo e inhaló el aroma, que le resultó delicioso. Tomó un sorbo, dejó que los sabores se asentaran en su lengua y decidió que el vino era bueno. Tenía un toque dulce, pero no demasiado.
—Es bueno —dijo.
—Sí.
Paula dejó el vaso en el mostrador e hizo ademán de marcharse, pero Pedro se apresuró a cerrarle el paso.
—Espera, quiero disculparme por lo que pasó el viernes. Por todo. Por la visita que te hizo Gloria, y por nuestra discusión posterior. Tendría que haberte contado lo de Camila yo mismo hace años, antes de que nos casáramos, pero crecí guardando secretos y es un hábito difícil de romper; además, tenía miedo de lo que pudieras pensar de mí.
—Te agradezco la disculpa, pero no es necesaria. Pedro, estamos divorciados, así que nada de eso importa ya.
—Claro que importa. Trabajamos juntos, y quiero que seamos amigos.
Amigos. «Sí, claro». Paulaestuvo a punto de decirle que ella no solía acostarse con sus amigos, y que al hacer el amor habían cruzado una línea que cambiaba las cosas entre ellos, pero ni ella misma acababa de entender cuál era la diferencia, o su significado.
—No debería haber permitido que Gloria tuviera una información que tú desconocías, quería herirte y lo consiguió. Lo siento.
A pesar de sí misma, Paula recordó una conversación que habían tenido hacía tiempo, cuando ella había querido trabajar en el Alfonso's y él había hecho todo lo posible para impedirlo. Él le había dicho que no la quería cerca de Gloria, pero ella había pensado que su preocupación era muy exagerada, y se había preguntado cómo podía herirla aquella mujer. En ese momento, sabía que probablemente podía hacerlo de mil maneras distintas.
—Siempre he podido cuidar de mí misma, tanto entonces como ahora.
—Ahora lo sé, pero en aquel momento…
—Te estás portando como si te hubiera importado que algo me hiriera.
—Porque habría sido así, eras mi esposa.
«La esposa a la que no querías». Paula no lo dijo en voz alta, consciente de que si lo hacía, él se daría cuenta de que aún estaba dolida.
—Mira, Pedro, no se nos dio nada bien tener una relación personal en el pasado, y está claro que sigue siendo así. Mantengamos las cosas en un plano estrictamente profesional, será lo mejor para todos.
—Pero quiero que seamos amigos.
—A veces no se puede tener todo lo que se quiere, ya es hora de que te vayas dando cuenta.
Paula empezó a pasear de un lado a otro del aparcamiento. ¿Dónde diablos estaba? Federico podía ser muchas cosas, pero no era un tardón. Le echó un vistazo a su reloj, y soltó un gemido. Si no quería llegar tarde, iba a tener que ponerse en marcha en menos de dos minutos. En aquel momento, Pedro salió del restaurante, y lo miró con suspicacia al ver que llevaba puesto el abrigo y que se dirigía hacia ella.
—Bueno, vámonos. ¿Quieres conducir tú? —le dijo él.
—¿De qué estás hablando? —le preguntó ella, con las manos en las caderas.
—De tu cita con la doctora para hacerte una ecografía, voy contigo.
Paula se lo quedó mirando con la boca abierta. Como no le había contado adónde iba, supuso que había estado hablando con Federico. ¿Acaso había una conspiración en su contra?
—¿Va a venir Federico? —le preguntó.
—No lo sé. Pero él no está aquí, tienes que irte y yo quiero ir contigo.
—Prefiero ir sola.
—¿Estás segura de eso? —le preguntó él, mirándola con atención con sus ojos oscuros.
No, claro que no estaba segura, pero no quería admitirlo ante él. En ese momento, Federico llegó y detuvo el coche frente a ella.
—Siento llegar tarde, ha habido un accidente en el puente.
—No pasa nada, vámonos ya.
Federico miró a su amiga y a su hermano, sin saber qué hacer.
—Yo también voy —dijo Pedro con firmeza, mientras se acercaba más a Paula.
—Ni hablar. Federico, ni se te ocurra.
—Paula, es mejor así. Tenéis que hablar, y además, él te ha visto desnuda y yo no. Será más fácil.
—¡No! —exclamó ella. Sin embargo, era demasiado tarde, porque Federico ya se alejaba de ellos. Se volvió hacia Pedro, y le preguntó indignada—: ¿Le contaste que nos habíamos acostado juntos?
—Claro que no, se estaba refiriendo a cuando estábamos casados —Pedro le puso la mano en la base de la espalda, y la instó a ir hacia su Volvo—. Venga, que vamos a llegar tarde. ¿Quieres conducir?
Paula estaba tan nerviosa, que le dio las llaves sin pensar, y sólo se dio cuenta de que le había concedido el control de la situación cuando se sentó en el lado del acompañante.
—Se supone que somos amigos —murmuró, sintiéndose dolida y abandonada por la actitud de Federico. No podía creer que él la hubiera traicionado así—. Voy a tener que explicárselo después.
—Él entiende la situación, y está intentando ayudar —comentó Pedro, mientras salía de la plaza de aparcamiento.
—¿A cuál de los dos? —refunfuñó Paula.
—¿Adónde vamos?
Después de darle la dirección, ella se acomodó en su asiento y comentó:
—Esto es una estupidez, estaría perfectamente bien sola.
—Puedes estarlo. Si no quieres que entre contigo, me quedaré fuera.
—Sí, supongo que eso sería lo mejor —dijo ella, sin demasiada convicción.
Aunque sabía que una ecografía era una prueba muy común, no podía evitar sentirse aterrorizada ante la idea de someterse a ella; por eso le había pedido a Federico que la acompañara, para no tener que enfrentarse sola a aquel momento.

Tentaciones Irresistibles: Capítulo 40

—Por eso lo hago, para intentar olvidar —le dijo ella, cuando él le abrió la puerta.
Agustín supo que se refería a los hombres. Había sospechado que había una explicación para su comportamiento.
—¿Te ayuda?
—Durante un tiempo, pero entonces lo recuerdo todo y mi corazón vuelve a romperse.
—Me gustaría olvidar —dijo él, antes de acercarla hacia sí.
Zaira se apretó contra él, y Agustín la besó con una desesperación que se debía a algo más que al simple deseo sexual. Ella se aferró a él, y respondió como si su vida dependiera de ello.
Quizás era así, pensó él, mientras el deseo se adueñaba de la situación y le nublaba la mente. Quizás de ello dependía la vida de ambos.

Dos días después, la situación no había mejorado demasiado con Paula. Pedro agradecía que hubiera dejado de atacarle con armas mortales, pero seguía sin dirigirle la palabra. Después de darle vueltas a la conversación que habían mantenido, se había dado cuenta de que admitir que no la había querido lo suficiente mientras estaban casados seguramente lo había puesto al frente de la lista de idiotas del año.
Estacionó junto al Corvette de Federico y salió de su coche. El cielo estaba despejado, pero la humedad del lago se hacía notar a aquella hora de la fría mañana; aun así, al mirar hacia el este, en dirección a Bellevue y Kirkland, pudo disfrutar de un paisaje impresionante. Fue por el embarcadero hasta la casa flotante de su hermano, y llamó a la puerta.
—Soy Pedro, así que no salgas en pelotas —advirtió en voz alta.
—No quieres acomplejarte, ¿verdad? —le dijo Federico con una sonrisa, al abrir.
—Eso querrías tú.
Descalzo y con pantalones cortos, Federico lo precedió hasta la cocina.
—Será mejor que no hablemos del tema. ¿Quieres un café?
—Claro.
Después de que Federico sirviera dos tazas, los dos hermanos fueron a sentarse a la sala de estar sin mediar palabra. La casa flotante de Federico era una enorme y lujosa construcción sobre el agua, y tenía todas las comodidades más modernas además del placer añadido de estar en el lago Washington.
—Paula te quiere despellejado vivo y aderezado con salsa —comentó Federico con naturalidad.
—Así que a tí también te lo ha comentado, ¿no?
—Se puso a despotricar a gritos, y después se echó a llorar —Federico miró a su hermano a los ojos, y le dijo—: Voy a dejártelo pasar por esta única vez, pero que no se repita.
Pedro sabía que su hermano no estaba bromeando.
—Tenías razón, debería haberle contado lo de Camila.
Esperó a que su hermano le diera el típico sermón satisfecho de «ya te lo dije», pero Federico se limitó a beber su café, y Pedro supo por su silencio lo mal que estaban las cosas. Se preguntó si su hermano sabía que Paula y él se habían acostado juntos; aquella noche había sido espectacular, y no sólo por el sexo ardiente. Estar con ella de nuevo le había hecho sentir…
Un montón de señales de alarma se encendieron de inmediato en su cerebro, y se recordó a sí mismo que no podía permitir que entraran en juego sus sentimientos. Nada de emociones. No era inteligente ni seguro, y al final, todo el mundo terminaba sufriendo.
—Odio a esa zorra —comentó Federico.
Pedro tardó un segundo en darse cuenta de que se refería a Gloria.
—Le encanta fastidiarnos la vida —comentó.
—Creo que se porta así porque no hacemos lo que ella quiere.
—Yo he tenido que obedecerla más de una vez —admitió Pedro.
—Porque eras el mayor y querías protegernos.
Aquello era cierto, pero no hacía que Pedro se sintiera mejor en lo concerniente a algunas de sus decisiones.
—Gloria me ha estado dando la lata para que asuma la dirección de la empresa —comentó—. ¿Por qué se ha ido de la lengua?, sabía que iba a enfadarme.
—Su empeño en que no vuelvas con Paula es mayor que su deseo de que te hagas cargo de la empresa. No puede perdonarla por haber abandonado a uno de sus preciosos nietecitos.
—Eso tiene sentido, pero es culpa mía que Gloria tuviera esa munición. Si le hubiera contado a Paula lo de Camila, Gloria no lo habría jodido todo.
—Todos hemos tomado decisiones equivocadas, tendrás que asumir las consecuencias de las tuyas —le dijo Federico.
Pedro se sintió avergonzado al confesar:
—Cree que me alegro de que perdiera el bebé, pero no es así. Y en aquel entonces tampoco. Nunca deseé que le pasara nada malo a nuestro hijo.
—Puede, pero te sentiste aliviado.
Pedro abrió la boca para protestar, pero volvió a cerrarla al recordar cómo se había ido desvaneciendo su alegría inicial, mientras crecía en su interior la sensación de estar atrapado. ¿Cómo iba a aceptar y a cuidar a otro hijo, después de haber abandonado a Camila? Se había sentido confundido y sin nadie con quien hablar, o al menos eso había creído. Recientemente, se había dado cuenta de que podría haber hablado con sus hermanos o incluso con Paula, pero en aquel entonces había pensado que ella no lo entendería. ¿Qué habría pasado si ella lo hubiera entendido?, ¿qué habría pasado si hubieran conseguido arreglar las cosas?
—No tenía todas las respuestas —dijo al fin.
—Nadie esperaba que las tuvieras, excepto tú. Pedro, nadie es perfecto, y es hora de que dejes de intentar serlo. Supéralo. Sí, tuviste una hija y no querías renunciar a ella, pero lo hiciste. Está muy bien, es feliz y lleva una buena vida. Sigue tú con la tuya.
—Paula lo ha hecho, está entusiasmada con lo del embarazo —comentó Pedro, consciente de que debía hacer caso del consejo de su hermano.
—Claro que sí, siempre ha querido tener hijos.
Y Pedro lo había sabido; en cierto modo, aquél había sido su peor pecado.
—Tiene razón… cambié las reglas. Cuando empezamos a salir, yo deseaba tener hijos tanto como ella, pero lo que pudo conmigo fue la realidad de tener un hijo que podía conservar junto a mí. Cuando le dije que había cambiado de opinión… —Pedro aún podía ver la incredulidad y el dolor en su rostro—. Le fallé.
—Y que lo digas, pero eso forma ya parte del pasado y tienes que dejarlo atrás. Ella ya lo ha superado, pero todo esto ha pasado en el peor momento.
—¿Porqué?
—El lunes, cuando el asunto estalló, acababa de notar por primera vez el movimiento del bebé, y quería decírtelo. Vaya una patada en la boca. Allí estaba ella, ilusionada y bailando de felicidad…
—No llegó a sentir el movimiento de nuestro hijo, lo perdió demasiado pronto —dijo Pedro, imaginándose lo entusiasmada que debía de haberse sentido—. ¿Tú también lo notaste?
—Lo intenté, pero era un movimiento demasiado débil. Estaba loca de felicidad, y de repente Gloria le suelta la primera andanada y tú vas y le sueltas la segunda. Buen trabajo, hermanito.
—No quise…
Pedro se sintió como una verdadera basura, y se dio cuenta de que lo que él hubiera querido o dejado de querer no iba a importarle a nadie. Paula no se merecía que la tratara así, ella no había hecho nada malo y su único error había sido entregarse en cuerpo y alma a su matrimonio. Había aguantado demasiado tiempo sin rendirse, y él había dejado que se fuera sin una sola protesta.
—Tendrías que pegarme una paliza —murmuró.
—Así sólo conseguiría que te sintieras mejor, y en este momento no me interesa aliviar tu conciencia. Paula tiene hora con su doctora dentro de un par de días para hacerse una ecografía, aunque tiene bastante claro que no quiere saber si es niño o niña. Y no veas los nombres en los que está pensando, pobre criaturita. Pero creo que al final actuará con sensatez, Paula es una mujer muy inteligente.
Paula era un montón de cosas, pensó Pedro, mientras luchaba por contener una súbita y dolorosa sensación de pérdida al pensar en todo lo que se había perdido con ella. Se recordó que eso era lo que él quería, que formar parte de una familia no entraba en sus planes, que el amor no duraba. ¿Acaso no lo había comprobado una y otra vez?
—Zaira vino al bar, y se fue con Agustín.
—¿Te parece bien?
—Claro, ¿por qué no? Nunca hubo ningún compromiso entre nosotros.
No querer tener ninguna atadura duradera era una cosa, pero Pedro no entendía el estilo de vida de Federico.
—¿Nunca has deseado algo más que un desfile permanente de mujeres en tu vida?
—No, ¿por qué? —dijo Federico, perplejo.
—No te importan lo más mínimo las mujeres con las que te acuestas.
—Por esa noche, cada una de ellas es la más importante del mundo —dijo Federico, con una sonrisa.
—Sí, claro. Y a la mañana siguiente ni siquiera te acuerdas de su nombre. ¿Nunca te apetece algo más que eso?
—Ni de broma.

Tentaciones Irresistibles: Capítulo 39

—Hola, soldado. ¿Por qué estás tan solo? —le dijo ella.
—Estaba esperando a la compañía adecuada.
—¿A quién te refieres?
—A tí.
—Creí que yo no era tu tipo —comentó ella.
—No dije eso, sólo quería que pasara algo de tiempo después de que estuvieras con mi hermano.
—Lo entiendo.
Agustín se levantó, y apartó una silla para ella.
—Siéntate. ¿Quieres beber algo?
Zaira se acercó a él, pero en vez de sentarse, lo agarró por la camisa y lo atrajo hacia su cuerpo. Su boca cubrió la de él en un breve beso que prometía fuego y deseo, y Agustín saboreó su calidez y su dulzura antes de incorporarse justo cuando ella se apartó.
—Vodka con tónica y una rodaja de limón, así que tendrás que conducir tú —dijo ella, mientras se sentaba en la silla.
Agustín se sentó en la suya, y agarró su cerveza.
—No hay problema, es la primera que me tomo esta noche.
Estaban en una esquina relativamente tranquila del local. La mesa redonda era bastante pequeña, y Zaira se acercó más a él antes de decir:
—Me ha sorprendido encontrarte aquí.
—¿Me estabas buscando?
—Cielo, yo siempre estoy buscando —contestó ella, con una sonrisa.
—¿Por qué? —le preguntó Agustín, antes de hacerle un gesto a una de las camareras para que se acercara y de pedir la bebida de Zaira.
—Eres uno de esos tipos a los que les gusta tener cierta relación además del sexo, ¿no? Supongo que vas a querer conocerme mejor.
—Quiero saber hasta tu color preferido —bromeó él.
—Vale, pero sólo por esta vez. Y no se lo cuentes a nadie, arruinaría mi reputación.
Zaira  colocó los codos sobre la mesa, con los pechos descansando sobre ellos. La posición abrió un poco su jersey, y Agustín pudo ver aquellas curvas que parecían suplicar que las exploraran.
—Estás intentando hacer trampa —le dijo, mientras mantenía la mirada en sus ojos deliberadamente.
—Un poco. ¿Funciona?
—Por supuesto, pero sigo queriendo hablar antes.
—¿Por qué te importa tanto? —le preguntó ella, perpleja.
—Porque esto es algo que no suelo hacer.
Los ojos de Zaira se suavizaron, y su boca se curvó en una sonrisa.
—Maldita sea, Agustín, no empieces a hacer trampa tú también. Supongo que vas a decirme que en el ejército no tuviste demasiadas oportunidades para charlar, y tampoco para tener relaciones sexuales. Estás intentando darme pena.
—¿Está funcionando?
En ese momento llegó la camarera con la bebida; cuando se fue, Zaira tomó un sorbo y dijo:
—Vale, deja de intentar manipularme. Vamos a hablar. ¿Por qué dejaste los marines?
Agustín  abrió la boca para decirle lo mismo que les había contado a Pedro y a Federico, pero lo que salió de sus labios fue:
—Porque estaba en deuda con un compañero.
—¿Le debías dinero?
—No. Ben era un marine bastante malo, pero un gran tipo —le explicó que Ben no había tenido ningún familiar vivo, y añadió—: Tengo una carta que debo entregarle a su novia.
—¿Por qué?, ¿por qué es tan importante esa carta?
—Es lo único que queda de él.
—Tiene que haber algo más, uno no deja el trabajo de toda una vida para entregar una carta. ¿Por qué estás en deuda con él? —Zaira le posó una mano en el brazo.
—Porque recibió una bala en mi lugar.
Agustín clavó la mirada en la mesa. Aún podía ver aquel momento como si acabara de suceder. Hacía frío en el pueblo, porque la noche anterior había nevado, y sus compañeros y él estaban siguiendo unas huellas. Se habían detectado insurgentes en la zona, y todo el mundo estaba alerta; él era el más experimentado de todos y sabía que iban a tener problemas, pero no había esperado que les dispararan desde las cuevas.
—No había ninguna huella en aquella dirección —dijo, hablando más para sí que con Zaira—. Yo mismo había comprobado las cuevas la tarde anterior, y no había nadie. ¿Cómo pudieron entrar sin dejar ninguna huella?
—Agustín…
—Ben oyó algo, no sé el qué exactamente, pero de repente me apartó de un empujón y un instante después estaba muerto. La bala le dio de lleno en el corazón, así que no pudo decir nada —Agustín se acabó la cerveza, y se reclinó en la silla—. Estoy en deuda con él, así que voy a encontrar a Ashley y le diré que murió como un héroe. Quiero que ella tenga la carta, porque ese muchacho se merecía importarle a alguien.
Zaira aún tenía la mano en su brazo, y la deslizó hacia abajo hasta que sus dedos se entrelazaron.
—Lo siento. Sé que suena manido y carente de sentido, pero lo siento de verdad. No se lo diré a nadie.
—¿Vas a guardarme el secreto?
—Sí —dijo ella, con los ojos llenos de lágrimas.
Zaira era una mujer muy hermosa, sin importar la edad que tuviera. Su boca tembló, y cuando una lágrima se deslizó por su mejilla, Agustín la atrapó con un dedo. Él siempre había pensado que debía de ser fantástico ser capaz de llorar, de aliviar el dolor que crecía en el interior de uno, pero nunca lo había conseguido.
Ni siquiera cuando había estado arrodillado, con el cuerpo inerte de Ben en sus brazos.
—Sé lo mucho que duele —susurró ella.
Agustín apreció su comprensión, aunque sabía que sólo eran meras palabras. Ella le apretó la mano, e insistió:
—Agustín, de verdad que lo sé. Estuve casada hace mucho tiempo, y tuve un hijo. Era un niño fantástico… listo, divertido, curioso… el mejor niño del mundo.
Otra lágrima empezó a deslizarse por su mejilla.
—Le adoraba. No sabía que era posible querer tanto a alguien, hasta que lo tuve y sentí que mi corazón no podía contener tanto amor. Habría hecho lo que fuera por él, habría muerto mil veces por él.
Hubo otra lágrima, y otra más. Zaira se las secó con la mano.
Agustín quiso salir corriendo de allí. Quería estar en cualquier otro sitio, porque no deseaba oír lo que Zaira estaba a punto de contarle; sin embargo, se quedó porque sabía que ella se quedaría sola si se marchaba, y era incapaz de hacerle algo así.
—Él tenía doce años. Íbamos en el coche, charlando y riendo, y fui a poner una cinta de música. Era algo que había hecho un millón de veces, pero se me resbaló y me incliné a por ella. Sólo fue un segundo.
Zaira liberó sus dedos de los de él, y se cubrió la cara con las manos.
—Sólo un segundo, pero el otro coche pareció surgir de la nada. Chocó de lleno contra el lado donde estaba él, y murió al instante. Yo no sufrí ni un rasguño, pero mi niño murió. Ni siquiera en mis brazos… murió allí, en el asiento. Grité y lo tomé en mis brazos, pero ya se había ido.
Agustín  se movió y la atrajo hacia sí. Al sentir sus sollozos no intentó reconfortarla con palabras vacías, sino que se limitó a abrazarla con fuerza.
—Así que lo sé —dijo ella contra su pecho—. Sé lo mucho que duele, lo que significa no poder perdonarse a uno mismo, porque yo fui incapaz de hacerlo. Todo el mundo me dijo que había sido una de esas cosas que pasan en la vida, que no era culpa mía… incluso mi marido. Pero se equivocaban, claro que fue culpa mía. Fui yo. Quería morirme, así que me tomé unas pastillas y me ingresaron en un centro durante un tiempo. Cuando me dieron el alta, me metí en un coche y conduje, conduje, conduje sin parar hasta el final de la carretera. Estaba en Seattle. Viví en mi coche durante una temporada, pero no podía olvidar lo que había pasado, sin importar cuánto sufriera.
Agustín colocó los dedos debajo de su barbilla, y la obligó a mirarlo a la cara. Zaira tenía las mejillas bañadas en lágrimas.
—Dios, duele tanto… —dijo ella—. Me duele cada minuto de cada día.
Agustín sintió su dolor como algo tangible que se mezcló con el suyo propio.
—Yo le quería, ¿por qué no pude salvarlo? —susurró ella.
—Nunca podemos salvar a aquéllos a los que amamos —le dijo él.
Agustín se puso de pie, y la ayudó a levantarse. Después de dejar un billete de veinte dólares sobre la mesa, la condujo hasta su coche.

Tentaciones Irresistibles: Capítulo 38

—Quise hacerlo.
—Pues parece que no lo quisiste demasiado, porque nadie te lo impidió.
—Lo sé, y lo siento. Supongo que me avergonzaba lo que decía sobre mi carácter el hecho de que hubiera renunciado a mi hija. Fue una historia bastante típica: Alison, mi novia, se quedó embarazada, y aunque ella no quería quedarse con el bebé, yo sí. No tenía ni idea de cómo iba a arreglármelas, pero estaba dispuesto a intentarlo. Entonces Gloria se metió en medio, y me dijo que ella me ayudaría. Supongo que te imaginas lo que significó eso.
Paula sintió que le daba vueltas la cabeza. Un momento… ¿Pedro había querido quedarse con el bebé?, ¿había estado dispuesto a hacer lo que fuera por conservar a su hija? Se le hizo un nudo en el estómago, y creyó que iba a vomitar.
—No podía permitir que ella se hiciera cargo de mi hija, así que accedí a darla en adopción. Se acordó que los padres me mantendrían informado de cómo le iba, y que le hablarían de mí si ella les preguntaba sobre sus padres biológicos. Se han portado muy bien y me han ido enviando fotos y cartas a lo largo de los años, pero Camila no ha mostrado ningún interés por conocerme.
Pedro se detuvo durante unos segundos, y se inclinó un poco hacia delante antes de continuar.
—Tiene diecisiete años, va al instituto, es una chica guapa e inteligente y casi adulta. Es demasiado tarde para que pueda ser su padre, pero me gusta saber que le va bien.
Paula sintió ganas de salir corriendo de allí. Le dolía incluso respirar, y no podía pensar. Cada palabra era un golpe. Pedro quería mucho a aquella chica, podía verlo en sus ojos y oírlo en su voz; quería a Camila, pero no le había importado lo más mínimo que ella perdiera el bebé que esperaba y apenas había reaccionado ante su muerte.
—¿Es ella la razón de que no quisieras tener hijos conmigo? —le preguntó, apenas capaz de controlar el temblor de su voz.
—En parte. Aunque parezca una locura, me sentía culpable. No podía evitar pensar que no estaba bien que tuviera otro hijo a mi lado, después de haber tenido que renunciar a Camila.
—Porque ella era la que te importaba —susurró ella.
—Sí.
Paula intentó con todas sus fuerzas seguir respirando.
—Pedro, sabías que yo quería tener hijos, pero no me contaste nada de todo esto ni te molestaste en explicarme lo que pasaba. Todo lo que hiciste fue por Camila, pero ¿qué pasaba con nuestro matrimonio?, ¿es que no te importaba?
—Lo siento, sé que no estuvo bien que te lo ocultara.
Aquello no era lo más importante, y él no había contestado a sus preguntas.
—Pensé que sería capaz, que podría tener más hijos —añadió él, con aparente sinceridad—. Cuando te quedaste embarazada me alegré muchísimo, pero entonces pensé en el hecho de que estábamos formando una familia, y no pude quitarme a Camila de la cabeza. No sabía cómo reconciliar lo que había hecho en el pasado con la vida que tú y yo habíamos planeado, pero nunca quise hacerte daño.
—Pero me lo hiciste, porque cambiaste las reglas —Paula se levantó, y añadió—: Te alegraste de que perdiera el niño, ¿verdad?
Pedro se puso de pie de un salto.
—¡No!, ¡jamás! Quería que tuviéramos hijos.
—No es verdad. Cuando quise que volviéramos a intentarlo, me dijiste que habías cambiado de opinión y que ya no querías formar una familia. Pero eso no era cierto, ¿verdad? Sí que querías una familia, pero sólo si Camila podía ser tu hija. Ningún otro niño podía ser lo suficientemente bueno para tí.
—No, Paula. El problema era que me sentía culpable.
Sus palabras no tenían ningún sentido para Paula. De repente, se dió cuenta de que estaba llorando, y se apresuró a secarse las lágrimas.
—Tengo que saberlo todo, cuéntamelo. No quiero más secretos.
—No hay ninguno.
—¿Me querías al menos? Cuando me fui, cuando te amenacé con dejarte… lo hice para intentar captar tu atención, quería que despertaras y que te dieras cuenta de que nuestro matrimonio se estaba derrumbando, pero tú ni siquiera te sorprendiste. Dejaste que me fuera sin una sola palabra de protesta, y recuerdo que pensé que parecías aliviado. ¿Alguna vez me quisiste?
Paula necesitaba saberlo. A lo mejor se estaba equivocando y se arrepentiría después, pero en ese momento, aquella información le resultaba esencial.
Pedro se metió las manos en los bolsillos, y bajó la mirada.
—No estoy seguro de lo que sentía… —empezó a decir.
—Venga ya, al menos ten la decencia de decirme la verdad.
Él la miró, y admitió:
—No te quería como debería haberlo hecho. Tienes razón, estaba dividido entre lo que teníamos y lo que quería tener con Camila, por eso te dejé marchar.
Paula empezó a temblar con tanta fuerza, que pensó que se iba a desplomar. Aquello no podía estar pasando. Ella lo había amado durante todos los años que habían pasado juntos, lo había amado con toda su alma, y había tenido el corazón lleno de proyectos de futuro. Le había confiado su corazón, su vida, todo su ser.
—Lo siento —añadió Pedro—. Sentía cariño por tí…
—Me aseguraré de aferrarme a eso.
Paula se levantó de golpe y fue hacia la puerta, pero él la agarró del brazo.
—No te vayas así.
Ella se zafó de su mano, y contestó:
—¿Cómo se supone que debería irme?, acabas de decirme que nuestro matrimonio no significó nada, que no quisiste tener hijos conmigo porque no podías superar el hecho de haber renunciado a tu primera hija. Pedro, ¿es que los padres de Camila son tan horribles?, ¿la maltratan de alguna forma?
—¿Qué? No, son unos padres fantásticos.
—Entonces la única razón de tu sentimiento de culpa es tu egoísmo. No te importa lo que sea mejor para tu hija, y yo tampoco te importé nunca; sólo te preocupan tus propios sentimientos. No sé a qué estabas jugando, pero lamento haber tardado tanto en dejarte. No puedo creer cuánto tiempo desperdicié.
Y que aún seguía desperdiciando. Y pensar que se había acostado con él, que lo había deseado… que había empezado a pensar que él era uno de los buenos.
—No lo entiendes —le dijo él.
—Yo creo que sí. No pudiste perdonarte a tí mismo por renunciar a tu hija, aunque fuera lo mejor para ella. Fue decisión tuya vivir lleno de culpa en vez de tener una vida de verdad, pero me engatusaste con mentiras y con promesas que no pensabas cumplir. Para tí era un juego. Yo te lo entregué todo, y tú sólo estabas jugando.
—Estás muy equivocada —protestó él.
—No, no lo estoy. Pedro, eres un *******. Te perdiste la oportunidad de tener algo fantástico conmigo. No sé si le tienes miedo al amor o si simplemente eres tonto, lo único que sé es que tuve mucha suerte de poder liberarme de tí.
Agustín estaba sentado en una esquina del bar de Federico, disfrutando del ambiente. Desde que había regresado a Seattle, su vida se había vuelto demasiado tranquila; el ejército era un ambiente ruidoso, y después de quince años, se había acostumbrado a los sonidos de la guerra.
Se había pasado el día navegando por Internet, buscando listas de alumnos de la zona de Seattle; de momento había conseguido localizar a Ben en dos institutos diferentes durante dos años, así que aún le quedaba trabajo por hacer.
Bebió un trago de cerveza, y al dejar la botella en la mesa, vió entrar en el bar a una morena alta y curvilínea. Con los tacones alcanzaba más de un metro ochenta, llevaba un suave jersey que se ajustaba a sus curvas y unos pantalones negros de cuero que revelaban al detalle la parte baja de su cuerpo.
Agustín se la imaginó desnuda, con la cabeza echada hacia atrás y el pelo ondeando a su espalda mientras se movía montada sobre él, y cuando su cuerpo se excitó ante aquella imagen mental, supo que no le iba a resultar fácil serenarse.
Se dijo que no debía pensar en ella o en el sexo, aunque ambos conceptos estaban unidos. ¿Sería por lo que sabía de ella, o por la mujer en sí? ¿Acaso importaba?
La vio recorrer el bar con la mirada, esperó a que sus ojos se centraran en él y entonces sonrió. Aunque no lo hacía con frecuencia, sabía cómo curvar la boca en una clara invitación. Quizás alguien más inocente no lo entendería, pero estaba seguro de que Zaira era muy lista.
Ella enarcó una ceja, y se acercó a él sin apartar la mirada. Sus ojos prometían que iba a hacerle pasar un rato muy bueno, y Agustín sintió una oleada de anticipación que lo tensó aún más y le hizo plantearse barrer la mesa con el brazo y poseerla allí mismo.