—¿Puedo unirme a la fiesta? —dijo Leanne, apareciendo de la nada para agarrarse al brazo de su marido muy sonriente—. Paula, cariño, siempre supe que había algo especial en ti. Bien hecho.
—Gracias —respondió ella, pero por dentro la rabia la consumía.
Como no sabía si podría contenerse mucho tiempo más, se dió la vuelta para marcharse, pero chocó directamente contra Pedro. Él le pasó el brazo por la cintura para equilibrarla, y ella lo miró a los ojos. Tenía un gesto burlón que le hizo desear hacerlo pedacitos.
Consciente de que estaba furiosa, Pedro la mantuvo a su lado firmemente, y sonrió a su padre.
—Si nos disculpáis... después de todo, ésta es tu fiesta, David —miró a Paula—. Ya le hemos robado bastante protagonismo a tu padre por hoy.
¿Fue ella la única que se dio cuenta del énfasis que había puesto en la palabra «robado»? Paula permaneció en silencio mientras Pedro se despedía de los demás...
Bastardo! ¿Cómo te atreves...? —le gritó ella en cuanto salieron de la casa.
—Paula, ahórratelo y entra en el coche —dijo él, y casi la empujó.
Entraron en el coche y él la sujetó por los hombros.
—No me des órdenes —le espetó ella—. ¿Y cómo has podido decirle a mi padre que éramos...? —se detuvo. ¿El qué? ¿Amantes?
—Pobre Paula—dijo él suavemente, con toda la ironía—. Llevas tanto tiempo con la cabeza metida en un agujero que no sabes reconocer la verdad cuando la tienes delante.
—Eres un cerdo, y tal vez hayas engañado a mi padre, pero a mí no me engañas —apartó la vista de él y sacudió la cabeza—. Tenía que estar loca para creer que esto podría funcionar.
La presión sobre su hombro hizo que ella volviera la cabeza hacia él, y su mirada le provocó un escalofrío.
—No, sólo te engañas a ti misma, Paula. Yo no miento, y mataría al hombre que me insultara como tú lo has hecho —siseó, y ella fue consciente de que no era inteligente hacerlo enfurecer.
Pedro enfadado era un impresionante espécimen de macho primitivo e, inexplicablemente, a Paula se le paró el corazón al encontrarlo atractivo como nunca: su pecho subiendo y bajando bajo el traje, la firme columna de su cuello y sus mandíbulas apretadas.
—Así que tienes suerte de que sea un hombre contenido —añadió.
—Si tú lo dices —repuso Paula al sentir su cuerpo inclinarse sobre ella alterándole los nervios de un modo que no tenía nada que ver con el miedo. Había perdido las ganas de discutir con él, y otro tipo de deseo le hizo sonrojarse.
—Sí que lo digo. Y para convencer a todo el mundo de que nuestro matrimonio es serio, sugiero que hagamos frente común, cosa que no debería ser tan difícil —estaba a escasos centímetros de ella, y empezó a deslizar la mano sobre la curva de sus pechos y a acariciar el centro de ellos con el pulgar sobre la tela del vestido—. Por eso le dije a tu padre que nos conocimos hace un año y que estuviste en mí yate. Después tuvimos una pelea, lo cual es cierto... —murmuró suavemente mientras la miraba a los labios.
Paula, de lo más acalorada, fue a apartarle la mano, aunque realmente deseaba más.
—Sí —susurró. Estaba confundida, y su mano acariciándole el pecho no la ayudaba a pensar con más claridad.
—Entonces por fin estamos de acuerdo —dijo él en voz baja—. Sobre el resto, tu padre ha oído lo que ha querido. Al aparecer esta noche prometidos, lo hemos liberado de un gran peso —y le rozó los labios con su boca, para después besarla más profunda y posesivamente. Paula se fundió contra sus labios, muy a su pesar—. En realidad te he hecho un favor, Paula. Tu familia está convencida de que esto es un matrimonio por amor y ahora pueden dormir tranquilos y sin preocupaciones financieras —le apartó la mano de los pechos y la dejó caer sobre sus muslos—. Y tú puedes dormir tranquilamente en mi cama, Paula. Me deseas casi tanto como yo a tí, aunque no espero que lo admitas. Pero sé que lo acabarás haciendo.
Paula no dijo nada, pero sabía que la versión que había dado Pedro de su relación les había parecido bien a todos.
El coche se detuvo y él salió primero. Cuando ella lo siguió, se dió cuenta de que no estaban en su calle.
—Paula, tenemos mucho de lo que hablar esta noche. Me marcho a Nueva York mañana y tenemos que decidir los detalles de la boda antes de marcharme. Y no pretendo hacerlo en casa de tu marido fallecido, por eso estamos aquí —explicó él, adelantándose a su pregunta.
Ella se detuvo, a punto de negarse, pero no pudo.
—De acuerdo.
—Muy bien —le dijo él, acompañándola a la entrada—. Sam —le dijo al portero uniformado—, ella es Paula, mi prometida. Me marcho mañana, pero ella vendrá a instalarse la semana que viene, así que me gustaría que se la presentara al resto de los trabajadores y que la ayuden con todo lo que necesite.
—¿Es eso necesario? —preguntó ella, nada más cerrarse las puertas del ascensor.
—¿El qué? ¿Acaso preferías esperar a estar casados para instalarte? Paula, ya eres mayorcita y sabes tan bien como yo las reglas del juego. Tenemos un trato, y cuanto antes lo aceptes, mejor para los dos.
Paula estuvo a punto de salir corriendo en dirección contraria cuando él abrió la puerta de su casa, pero Pedro sintió su temor y le rodeó los hombros con el brazo. Poco después estaba sentada en el sofá mientras Pedro preparaba unas bebidas.
—Aquí tienes el vaso de agua que me has pedido —le dijo, acercándole un bonito vaso de cristal tallado—. Paula, he estado informándome y he averiguado que en Inglaterra se necesitan dieciséis días como mínimo para casarse. Como ya tuviste una gran boda con toda tu familia la primera vez, pensé que podríamos conformarnos con una sencilla ceremonia civil el sábado dentro de dos semanas. ¿Qué te parece?
miércoles, 12 de noviembre de 2014
Casada por Obligación: Capítulo 21
Él podía haberla detenido con facilidad, pero contuvo su rabia y no lo hizo.
—Tienes razón. El compromiso ya es público y ya hemos estado aquí bastante tiempo —después la besó suavemente en los labios y ella se ruborizó, cosa que a él le supo a recompensa—. Te doy diez minutos y después iré a buscarte —le dijo antes de verla desaparecer entre la gente.
Pedro sonrió travieso. Para haber estado casada, Paula era muy inocente. Desde luego, debía imaginarse que él prefería estar a solas con ella que rodeada de toda esa gente. La sangre le ardió en las venas al pensar en la noche que les esperaba.
Paula, por su parte, no pudo evitar sonrojarse, pero al ver a su padre salir de la sala, se olvidó de Pedro . No iba a dejar a David escaparse de aquélla: quería oír la verdad de sus labios. Quería saber si estaba enterado de los planes de Pedro desde el principio. ¿Y qué había querido decir con eso de que si Pedro y ella habían resuelto sus diferencias?
Ella llegó al pasillo justo a tiempo para verlo desaparecer en su estudio, pero antes de poder seguirlo, Jan, ligeramente ebria, la alcanzó.
—Paula, tengo que admitirlo: nunca lo habría imaginado... Pedro me llevó a comer después de mi cumpleaños y me dijo que sólo me consideraba una amiga. Después me preguntó por tí, pero nunca se me ocurrió que lo conocieras tan bien... hasta...
—¡Lo sabía! —exclamó Paula, quedándose blanca como una sábana. Pedro debía haberle contado todo a Jan sobre su encuentro en Zante. ¿Cómo podía ser tan cruel?
—Puedes dejar de hacerte la viuda recatada, Paula. Mi madre me dijo lo vuestro en cuanto llegué esta tarde.
—¿Leanne te lo dijo? —aquello estaba empeorando por momentos y Paula no se dió cuenta de que su padre había vuelto hasta que estuvo a su lado.
—No pasa nada, Paula—dijo el hombre, abrazándola—. No tienes que aparentar estar sorprendida. Sabes que Pedro insistió en que le contara a Leanne lo de la empresa. Se quedó un poco sorprendida al principio, pero cuando le dije que vosotros dos os conocíais desde hace un año, que os habíais separado tras una pequeña discusión, pero que ahora él quería resolver las diferencias, y con suerte, casarse contigo, quiso llamarte enseguida —Paula no podía comprender la expresión orgullosa de su padre—. Le dije que no tenía que interferir, aunque mi futuro yerno se había ofrecido para salvar mi negocio. ¿Y ves cómo tenía razón? Con sólo comer juntos, habéis decidido hacer las paces, y yo no podría estar más feliz.
Ni más aliviado, pensó ella amargamente.
—¿Pedro te dijo que ya nos conocíamos? —preguntó.
—No te hagas la sorprendida, Paula —dijo Jan—. Tenías que haberme dicho en la fiesta que lo habías conocido en Grecia y que habías estado en su yate en lugar de hacerme quedar como una tonta intentando llevármelo a la cama. Pero no te guardo ningún rencor: lo mejor después de un marido rico es un cuñado rico. Tenía que habérmelo imaginado cuando me ofreció invertir en mi empresa a la vez que insistía en que sólo éramos amigos.
Paula era incapaz de articular palabra. Pedro lo había orquestado todo para parecer el amante atento y generoso. ¡Tenía que ser una broma! Por un momento estuvo a punto de decir toda la verdad, pero al ver sus rostros sonrientes, decidió morderse la lengua.
—Tienes razón. El compromiso ya es público y ya hemos estado aquí bastante tiempo —después la besó suavemente en los labios y ella se ruborizó, cosa que a él le supo a recompensa—. Te doy diez minutos y después iré a buscarte —le dijo antes de verla desaparecer entre la gente.
Pedro sonrió travieso. Para haber estado casada, Paula era muy inocente. Desde luego, debía imaginarse que él prefería estar a solas con ella que rodeada de toda esa gente. La sangre le ardió en las venas al pensar en la noche que les esperaba.
Paula, por su parte, no pudo evitar sonrojarse, pero al ver a su padre salir de la sala, se olvidó de Pedro . No iba a dejar a David escaparse de aquélla: quería oír la verdad de sus labios. Quería saber si estaba enterado de los planes de Pedro desde el principio. ¿Y qué había querido decir con eso de que si Pedro y ella habían resuelto sus diferencias?
Ella llegó al pasillo justo a tiempo para verlo desaparecer en su estudio, pero antes de poder seguirlo, Jan, ligeramente ebria, la alcanzó.
—Paula, tengo que admitirlo: nunca lo habría imaginado... Pedro me llevó a comer después de mi cumpleaños y me dijo que sólo me consideraba una amiga. Después me preguntó por tí, pero nunca se me ocurrió que lo conocieras tan bien... hasta...
—¡Lo sabía! —exclamó Paula, quedándose blanca como una sábana. Pedro debía haberle contado todo a Jan sobre su encuentro en Zante. ¿Cómo podía ser tan cruel?
—Puedes dejar de hacerte la viuda recatada, Paula. Mi madre me dijo lo vuestro en cuanto llegué esta tarde.
—¿Leanne te lo dijo? —aquello estaba empeorando por momentos y Paula no se dió cuenta de que su padre había vuelto hasta que estuvo a su lado.
—No pasa nada, Paula—dijo el hombre, abrazándola—. No tienes que aparentar estar sorprendida. Sabes que Pedro insistió en que le contara a Leanne lo de la empresa. Se quedó un poco sorprendida al principio, pero cuando le dije que vosotros dos os conocíais desde hace un año, que os habíais separado tras una pequeña discusión, pero que ahora él quería resolver las diferencias, y con suerte, casarse contigo, quiso llamarte enseguida —Paula no podía comprender la expresión orgullosa de su padre—. Le dije que no tenía que interferir, aunque mi futuro yerno se había ofrecido para salvar mi negocio. ¿Y ves cómo tenía razón? Con sólo comer juntos, habéis decidido hacer las paces, y yo no podría estar más feliz.
Ni más aliviado, pensó ella amargamente.
—¿Pedro te dijo que ya nos conocíamos? —preguntó.
—No te hagas la sorprendida, Paula —dijo Jan—. Tenías que haberme dicho en la fiesta que lo habías conocido en Grecia y que habías estado en su yate en lugar de hacerme quedar como una tonta intentando llevármelo a la cama. Pero no te guardo ningún rencor: lo mejor después de un marido rico es un cuñado rico. Tenía que habérmelo imaginado cuando me ofreció invertir en mi empresa a la vez que insistía en que sólo éramos amigos.
Paula era incapaz de articular palabra. Pedro lo había orquestado todo para parecer el amante atento y generoso. ¡Tenía que ser una broma! Por un momento estuvo a punto de decir toda la verdad, pero al ver sus rostros sonrientes, decidió morderse la lengua.
martes, 11 de noviembre de 2014
Casada por Obligación: Capítulo 20
—¿En serio? —acababa de darse cuenta de la dimensión de lo que había accedido a hacer y, por instinto, se llevó la mano al dedo y acarició su alianza—. ¿Es necesario? —no había pensado que tuviera que quitarse el anillo de Alan, y quería retrasar el momento todo lo necesario.
—Mucho —declaró él—. El significado de un anillo de compromiso es declarar que esa mujer ya tiene dueño. Tu marido lleva dos años muerto, y ya es hora de que lo asumas. Paula, cariño, yo soy tu futuro —dijo, y se acercó aún más a ella.
La tensión del ambiente casi se podía cortar. Enfadada y triste a la vez, Paula vió sus ojos de lobo brillar triunfantes y quiso golpearlo, pero antes de poder hacer nada, lo tuvo encima de ella reclamándole un beso. Su lengua pidió paso para buscar la humedad de su boca. Cuando por fin levantó la cabeza, Paula intentó recuperar el aliento.
—Y con este beso, el pacto queda sellado. Una pena que no tengamos tiempo para más —se burló Pedro —, pero en la joyería nos están esperando.
Aún sin haberse recuperado del beso, Paula lo observó recoger la mesa. Pedro era un hombre de negocios, y acababa de firmar un trato sobre un matrimonio. Nada más que eso, y lo odió por ello.
Si Paula lo había pasado mal en la fiesta de Jan, aquélla estaba siendo aún peor. Era un manojo de nervios, cada vez estaba más alterada, y la mano de Pedro, siempre en su cintura, no ayudaba nada.
Era culpa de Pedro. Tenía que habérselo imaginado cuando la arrastró hasta Bulgari, en New Bond Street y pagó una fortuna por un anillo con un impresionante diamante y esmeraldas. Después la había llevado a casa con la excusa de que tenía cosas que hacer, y que la recogería a las siete y media. Ella se había duchado y vestido sin ser consciente de lo que hacía, hasta que llegó el momento de quitarse su alianza. Entonces no pudo evitar derramar algunas lágrimas, pero aun así, cuando Pedro llamó a la puerta, ella estaba ya lista para salir.
Ella se había puesto el mismo vestido clásico negro que había llevado en la fiesta de Jan, y al verla, Pedro le lanzó una mirada reprobatoria, que dió paso a una sonrisa al no ver su alianza en el dedo.
—Buena chica, Paula, pero recuérdame que te compre ropa más alegre. Después de todo ya no eres una viuda de luto —y la acompañó a una limusina.
Ignorando el comentario sobre su viudedad, Paula preguntó:
—¿Y cómo es que vamos en limusina? —dijo, mirándolo de reojo e intentando no pensar en lo guapo que estaba con ese traje negro.
—Siempre que sé que voy a beber alcohol voy en limusina —se llevó la mano al bolsillo y sacó el impresionante anillo de compromiso—. Imagino que se harán muchos brindis esta noche por nuestro compromiso y por el cumpleaños de tu padre.
Paula acarició el bonito anillo.
—¿Es necesario todo esto? —él la miró y Paula sintió un escalofrío. ¿Qué había hecho aceptando casarse con Pedro ?—. ¿Qué pensará la gente? Mi padre y Leanne no comprenderán esta boda tan acelerada, por no hablar de Jan...
—Sí que lo harán, porque hablé con tu padre hace una hora. Y el anillo es necesario, como todas las tradiciones de un matrimonio convencional, porque eso es lo que será a ojos de la gente, mientras tú me sigas la corriente y no digas nada.
Mirando la joya, Paula pensó en la última vez que un hombre le había puesto un anillo en el dedo, con amor. Aquello parecía una burla a todo lo que había creído y deseó quitárselo.
—Ni lo pienses —le dijo él, leyéndole en pensamiento, y antes de que ella pudiera decirle nada, se abalanzó sobre ella para besarla hasta dejarla sin conocimiento.
La situación empeoró cuando llegaron a Connaught Square, a casa de su padre, que salió radiante a felicitarla diciendo:
—Cuánto me alegro de que vosotros dos hayáis superado vuestras diferencias.
Paula aún estaba pensando en qué habría querido decir su padre, cuando Leanne, en una sorprendente muestra de afecto, la abrazó y le deseó mucha felicidad. Jan fue la que más le sorprendió al aparecer del brazo de un joven y guapo modelo y susurrarle al oído: «Bien hecho, chica».
Que su familia estaba contenta era algo evidente y, de hecho, al mirar a la gente, todo el mundo en la fiesta parecía estar feliz, excepto ella. Sin pensar, se llevó la mano al colgante de brillante que llevaba en el cuello y se tranquilizó.
Pedro sintió que estaba más relajada y pensó que Paula se estaba acostumbrando a la situación, pero al verla con la mirada perdida y jugueteando con el colgante vio que se estaba aburriendo.
Le apretó ligeramente la cintura y la miró, enfadado.
—¿Lo estás pasando bien, cariño? —murmuró suavemente. No estaba acostumbrado a estar con mujeres que no le prestasen toda su atención, y Paula tenía cierto hábito de evadirse a un mundo propio, cosa que lo irritaba.
Paula lo miró y no quiso mentir.
—No me gustan mucho las fiestas, y menos cuando soy el centro de todas las atenciones por el anillo que me has puesto en el dedo —dijo, cariacontecida. Había sido un día terrible y la noche no mejoraba nada la situación, así que podía imaginar el dolor de cabeza que se le avecinaba. Estaba harta de todo—. Creo que voy a ir a buscar a mi padre. Tengo que hablar con él; además, hoy es su cumpleaños y tú ya has saboteado su fiesta. Puedes hacer lo que quieras, pero después de hablar con él, yo me voy a casa —dijo, desafiante, y le apartó la mano de su cintura.
—Mucho —declaró él—. El significado de un anillo de compromiso es declarar que esa mujer ya tiene dueño. Tu marido lleva dos años muerto, y ya es hora de que lo asumas. Paula, cariño, yo soy tu futuro —dijo, y se acercó aún más a ella.
La tensión del ambiente casi se podía cortar. Enfadada y triste a la vez, Paula vió sus ojos de lobo brillar triunfantes y quiso golpearlo, pero antes de poder hacer nada, lo tuvo encima de ella reclamándole un beso. Su lengua pidió paso para buscar la humedad de su boca. Cuando por fin levantó la cabeza, Paula intentó recuperar el aliento.
—Y con este beso, el pacto queda sellado. Una pena que no tengamos tiempo para más —se burló Pedro —, pero en la joyería nos están esperando.
Aún sin haberse recuperado del beso, Paula lo observó recoger la mesa. Pedro era un hombre de negocios, y acababa de firmar un trato sobre un matrimonio. Nada más que eso, y lo odió por ello.
Si Paula lo había pasado mal en la fiesta de Jan, aquélla estaba siendo aún peor. Era un manojo de nervios, cada vez estaba más alterada, y la mano de Pedro, siempre en su cintura, no ayudaba nada.
Era culpa de Pedro. Tenía que habérselo imaginado cuando la arrastró hasta Bulgari, en New Bond Street y pagó una fortuna por un anillo con un impresionante diamante y esmeraldas. Después la había llevado a casa con la excusa de que tenía cosas que hacer, y que la recogería a las siete y media. Ella se había duchado y vestido sin ser consciente de lo que hacía, hasta que llegó el momento de quitarse su alianza. Entonces no pudo evitar derramar algunas lágrimas, pero aun así, cuando Pedro llamó a la puerta, ella estaba ya lista para salir.
Ella se había puesto el mismo vestido clásico negro que había llevado en la fiesta de Jan, y al verla, Pedro le lanzó una mirada reprobatoria, que dió paso a una sonrisa al no ver su alianza en el dedo.
—Buena chica, Paula, pero recuérdame que te compre ropa más alegre. Después de todo ya no eres una viuda de luto —y la acompañó a una limusina.
Ignorando el comentario sobre su viudedad, Paula preguntó:
—¿Y cómo es que vamos en limusina? —dijo, mirándolo de reojo e intentando no pensar en lo guapo que estaba con ese traje negro.
—Siempre que sé que voy a beber alcohol voy en limusina —se llevó la mano al bolsillo y sacó el impresionante anillo de compromiso—. Imagino que se harán muchos brindis esta noche por nuestro compromiso y por el cumpleaños de tu padre.
Paula acarició el bonito anillo.
—¿Es necesario todo esto? —él la miró y Paula sintió un escalofrío. ¿Qué había hecho aceptando casarse con Pedro ?—. ¿Qué pensará la gente? Mi padre y Leanne no comprenderán esta boda tan acelerada, por no hablar de Jan...
—Sí que lo harán, porque hablé con tu padre hace una hora. Y el anillo es necesario, como todas las tradiciones de un matrimonio convencional, porque eso es lo que será a ojos de la gente, mientras tú me sigas la corriente y no digas nada.
Mirando la joya, Paula pensó en la última vez que un hombre le había puesto un anillo en el dedo, con amor. Aquello parecía una burla a todo lo que había creído y deseó quitárselo.
—Ni lo pienses —le dijo él, leyéndole en pensamiento, y antes de que ella pudiera decirle nada, se abalanzó sobre ella para besarla hasta dejarla sin conocimiento.
La situación empeoró cuando llegaron a Connaught Square, a casa de su padre, que salió radiante a felicitarla diciendo:
—Cuánto me alegro de que vosotros dos hayáis superado vuestras diferencias.
Paula aún estaba pensando en qué habría querido decir su padre, cuando Leanne, en una sorprendente muestra de afecto, la abrazó y le deseó mucha felicidad. Jan fue la que más le sorprendió al aparecer del brazo de un joven y guapo modelo y susurrarle al oído: «Bien hecho, chica».
Que su familia estaba contenta era algo evidente y, de hecho, al mirar a la gente, todo el mundo en la fiesta parecía estar feliz, excepto ella. Sin pensar, se llevó la mano al colgante de brillante que llevaba en el cuello y se tranquilizó.
Pedro sintió que estaba más relajada y pensó que Paula se estaba acostumbrando a la situación, pero al verla con la mirada perdida y jugueteando con el colgante vio que se estaba aburriendo.
Le apretó ligeramente la cintura y la miró, enfadado.
—¿Lo estás pasando bien, cariño? —murmuró suavemente. No estaba acostumbrado a estar con mujeres que no le prestasen toda su atención, y Paula tenía cierto hábito de evadirse a un mundo propio, cosa que lo irritaba.
Paula lo miró y no quiso mentir.
—No me gustan mucho las fiestas, y menos cuando soy el centro de todas las atenciones por el anillo que me has puesto en el dedo —dijo, cariacontecida. Había sido un día terrible y la noche no mejoraba nada la situación, así que podía imaginar el dolor de cabeza que se le avecinaba. Estaba harta de todo—. Creo que voy a ir a buscar a mi padre. Tengo que hablar con él; además, hoy es su cumpleaños y tú ya has saboteado su fiesta. Puedes hacer lo que quieras, pero después de hablar con él, yo me voy a casa —dijo, desafiante, y le apartó la mano de su cintura.
Casada por Obligación: Capítulo 19
A ella ni siquiera le gustaba él; era demasiado arrogante, demasiado poderoso y demasiado rico para ella, pero al menos tuvo la sensatez de no decirle todo eso a la cara.
—El amor no existe. Es sólo otra una excusa para el deseo —dijo él—. Y no tiene nada que ver con mi proposición. Yo me haré cargo de las deudas de Vanity Flair, compraré las acciones de los pequeños accionistas, sacaré la empresa de la Bolsa y volveré a convertirla en una empresa familiar en las que las acciones sólo podrán transmitirse entre miembros de la familia. Pondré a uno de mis hombres de confianza al frente para que tu padre, aunque manteniendo su posición, no pueda volver a robar de nuevo. Está claro que a cambio de todo ese dinero que invertiré, necesito una seguridad, y ahí es donde entras tú. Al casarme contigo entraré legalmente a formar parte de la familia. En caso contrario, no hay trato.
Paula tragó saliva para deshacer el nudo de miedo que empezaba a formársele en la garganta.
—Pero eso es chantaje... —susurró. Sacudió la cabeza y lo miró a los ojos buscando algún signo de que aquello era sólo una terrible broma.
Pero los rasgos austeros de Pedro no reflejaban ninguna expresión, como si estuviera en medio de una junta de accionistas. Y algo así debía ser aquello para él, excepto que esta vez estaba comprando un matrimonio, y para un hombre acostumbrado a comprar todo lo que quería, aquello no sería nada distinto, pensó ella amargamente.
—Sigo sin ver qué sacas tú de esto, a parte de una mujer infeliz —dijo ella—. Además, podría acceder y dentro de seis meses pedir el divorcio; eso me haría mucho más rica y a ti más arruinado.
—Buena idea, Paula —dijo él, levantándose para ponerle las manos, posesivo, sobre los hombros—. Siento disgustarte, pero no es tan simple. Hay una condición: quiero que seas madre de un hijo mío, y para asegurarme de que tú pones de tu parte, iré aportando el dinero a la compañía a lo largo de los tres próximos años.
«Madre de un hijo mío»: esas palabras tuvieron un efecto muy especial sobre Paula. En los recuerdos más felices de su infancia siempre estaba presente su madre, y en su carácter estaba el apreciar la continuación de la vida en todas sus formas. Por un momento, el pensar en tener un hijo de Pedro removió un instinto que permanecía dormido en su interior. Desde el día que se casó, Paula había querido tener un niño, pero Alan quiso esperar, y después fue demasiado tarde.
—¿Entonces, Paula? ¿Sí o no? —preguntó Pedro, y le puso la mano en la nuca para que lo mirara—. Sabes que nos acoplamos bien —bajó la cabeza... iba a besarla.
—No. No... —ella lo apartó de sí y se alejó. Por un momento se sintió seducida por su proposición, y por la vergonzosa necesidad de volver a saborear sus labios, pero Pedro intentaba obligarla a casarse... ¿Estaba loco?
—Una pena —dijo él, encogiéndose de hombros—. Dos hombres van a quedar muy decepcionados, y casi más tu padre que Theo, me temo.
Paula lo vió todo muy claro en ese momento.
—¡Dios mío! ¡Ahora lo comprendo! —gritó—. Yo pensaba que tu abuelo era un hombre adorable, pero entre los dos habéis tramado arruinar a mi padre simplemente para conseguir la casa de Zante. O al menos, para aseguraros que la conseguía un hijo tuyo. No me extraña de tí, pero nunca hubiera imaginado algo así de Theo —acusó amargamente—. ¿Por qué sois así los Alfonso? ¿Es que vuestra misión es la vida es destrozarme?
—No —dijo él—. Theo no tiene nada que ver con esto, no tiene por qué enterarse de que esta conversación ha tenido lugar. Después de la fiesta de Jan, me dijo que había hablado contigo y que había abandonado la idea de recuperar la casa, pues una mujer tan encantadora como tú no seguiría soltera y sin hijos mucho tiempo. Así que no dejes que esto estropee tu opinión de Theo.
—De verdad te importa —murmuró ella, sorprendida; no había creído que Pedro Alfonso fuera capaz de preocuparse por nadie.
—Por supuesto que sí. Sí que tengo sentimientos humanos, a pesar de lo que tú puedas pensar. Pero es cierto que nunca antes me había planteado casarme. Si lo hago ahora es porque le dijiste a Theo que tus hijos serían los herederos de la casa, y si puedo darle a Theo la tranquilidad de que un nieto suyo heredará la casa, eso vale todo el dinero que sea necesario para mí.
Por primera vez desde que lo conoció, Paula empezaba a ver al verdadero hombre que había en Pedro Alfonso, y sintió una pizca de respeto por él.
—¿Es Theo tu única familia?
—Sí, y puesto que tú has rechazado mi proposición, parece que así seguirán las cosas, aunque no sé por cuánto tiempo —dijo él—. Es un hombre mayor después de todo.
Aunque no le gustaba tener nada en común con Pedro, lo cierto era que Paula sabía cómo se sentía. Su padre era el único pariente que le quedaba.
—Si no me caso contigo, ¿qué le pasará a mi padre? —Paula eligió cuidadosamente sus palabras. Siempre había deseado un hijo, y tras la muerte de Alan, pensó que ya no tendría oportunidad de hacer su sueño realidad.
—Cuando esto salga a la luz —dijo él—, y eso pasará sin que yo diga nada, porque el resto de los accionistas se acabarán enterando, lo peor que puede pasar es que acabe en la cárcel. En el mejor de los casos, quedará completamente arruinado.
—¿Y si accedo, pero con algunas condiciones...? —Paula sabía que no volvería a enamorarse, y aunque había considerado la inseminación artificial para tener un hijo, la idea no le hacía enteramente feliz. Ahora tenía otra oportunidad; no era la oportunidad perfecta, pero tal vez funcionase.
—No estás en posición de poner condiciones, pero te escucho.
¿Quería hacer aquello de verdad? No estaba segura del todo. Estudió su rostro por un momento, pero en su cara no había expresión alguna. Sabiendo que podía tener a cualquier mujer que quisiese, no lograba entender por qué la había elegido a ella, hasta que supo lo de la casa de Zante. Pero ahora creía ver otros motivos: un hombre con el ego de Pedro no podía soportar el rechazo, y ella lo había rechazado dos veces, primero en el yate y después en su casa, hacía dos meses. De algún modo, eso le hacía más fácil seguir adelante, puesto que él se encapricharía de otra mujer y ella podría continuar con su vida y con un hijito al que amar.
—Sé que viajas mucho por tu trabajo y que pasas mucho tiempo en América y en Asia. Eso no va conmigo en absoluto. Quiero una garantía de que podré seguir con mi trabajo y con mi vida en Londres.
Pedro la miró con ojos enigmáticos.
—Si aceptas casarte conmigo, yo aceptaré tus condiciones—se preguntó si ella se daría cuenta de que le ofrecía la mejor opción: seguir con su vida, y tener una mujer y un hijo que lo esperaran en casa—, pero viviremos en mi piso y tú venderás tu casa. No habrá más hombres en tu vida, eso está claro, y espero que vengas conmigo a Grecia cuando vaya a visitar a Theo. Por el resto, como dices, mi trabajo me lleva por todo el mundo, y no espero que vengas conmigo a todas partes, y mucho menos cuando tengas a nuestro hijo.
A Paula las palabras «nuestro hijo» le resultaban muy seductoras. Si se casaba con Pedro, no traicionaría el amor que sentía por Alan, se dijo a sí misma, porque la suya no sería una relación amorosa, sino un trato para salvar a su padre y tener el hijo que tanto ansiaba.
—Paula, ¿eso es un sí o un no? ¿Trato hecho? —dijo él, levantándole la barbilla con un dedo—. Sabes que es razonable. Cásate conmigo y sé la madre de mi hijo.
Con un nudo en el estómago por la tensión, dudó un segundo. Pedro le dijo en una ocasión que a veces había que elegir lo menos malo, y sabía que tenía razón. ¿Qué era peor? ¿Una hija que se negaba a casarse con un hombre y condenaba a su padre a la cárcel o una mujer que se casaba con un hombre al que no amaba para salvar a su padre y tener el hijo que deseaba?
—Sí —dijo por fin.
—Bien —dijo él, e hizo un gesto hacia la mesa—. Vamos a recoger esto. Tenemos que elegir un anillo de compromiso antes de esta noche.
—El amor no existe. Es sólo otra una excusa para el deseo —dijo él—. Y no tiene nada que ver con mi proposición. Yo me haré cargo de las deudas de Vanity Flair, compraré las acciones de los pequeños accionistas, sacaré la empresa de la Bolsa y volveré a convertirla en una empresa familiar en las que las acciones sólo podrán transmitirse entre miembros de la familia. Pondré a uno de mis hombres de confianza al frente para que tu padre, aunque manteniendo su posición, no pueda volver a robar de nuevo. Está claro que a cambio de todo ese dinero que invertiré, necesito una seguridad, y ahí es donde entras tú. Al casarme contigo entraré legalmente a formar parte de la familia. En caso contrario, no hay trato.
Paula tragó saliva para deshacer el nudo de miedo que empezaba a formársele en la garganta.
—Pero eso es chantaje... —susurró. Sacudió la cabeza y lo miró a los ojos buscando algún signo de que aquello era sólo una terrible broma.
Pero los rasgos austeros de Pedro no reflejaban ninguna expresión, como si estuviera en medio de una junta de accionistas. Y algo así debía ser aquello para él, excepto que esta vez estaba comprando un matrimonio, y para un hombre acostumbrado a comprar todo lo que quería, aquello no sería nada distinto, pensó ella amargamente.
—Sigo sin ver qué sacas tú de esto, a parte de una mujer infeliz —dijo ella—. Además, podría acceder y dentro de seis meses pedir el divorcio; eso me haría mucho más rica y a ti más arruinado.
—Buena idea, Paula —dijo él, levantándose para ponerle las manos, posesivo, sobre los hombros—. Siento disgustarte, pero no es tan simple. Hay una condición: quiero que seas madre de un hijo mío, y para asegurarme de que tú pones de tu parte, iré aportando el dinero a la compañía a lo largo de los tres próximos años.
«Madre de un hijo mío»: esas palabras tuvieron un efecto muy especial sobre Paula. En los recuerdos más felices de su infancia siempre estaba presente su madre, y en su carácter estaba el apreciar la continuación de la vida en todas sus formas. Por un momento, el pensar en tener un hijo de Pedro removió un instinto que permanecía dormido en su interior. Desde el día que se casó, Paula había querido tener un niño, pero Alan quiso esperar, y después fue demasiado tarde.
—¿Entonces, Paula? ¿Sí o no? —preguntó Pedro, y le puso la mano en la nuca para que lo mirara—. Sabes que nos acoplamos bien —bajó la cabeza... iba a besarla.
—No. No... —ella lo apartó de sí y se alejó. Por un momento se sintió seducida por su proposición, y por la vergonzosa necesidad de volver a saborear sus labios, pero Pedro intentaba obligarla a casarse... ¿Estaba loco?
—Una pena —dijo él, encogiéndose de hombros—. Dos hombres van a quedar muy decepcionados, y casi más tu padre que Theo, me temo.
Paula lo vió todo muy claro en ese momento.
—¡Dios mío! ¡Ahora lo comprendo! —gritó—. Yo pensaba que tu abuelo era un hombre adorable, pero entre los dos habéis tramado arruinar a mi padre simplemente para conseguir la casa de Zante. O al menos, para aseguraros que la conseguía un hijo tuyo. No me extraña de tí, pero nunca hubiera imaginado algo así de Theo —acusó amargamente—. ¿Por qué sois así los Alfonso? ¿Es que vuestra misión es la vida es destrozarme?
—No —dijo él—. Theo no tiene nada que ver con esto, no tiene por qué enterarse de que esta conversación ha tenido lugar. Después de la fiesta de Jan, me dijo que había hablado contigo y que había abandonado la idea de recuperar la casa, pues una mujer tan encantadora como tú no seguiría soltera y sin hijos mucho tiempo. Así que no dejes que esto estropee tu opinión de Theo.
—De verdad te importa —murmuró ella, sorprendida; no había creído que Pedro Alfonso fuera capaz de preocuparse por nadie.
—Por supuesto que sí. Sí que tengo sentimientos humanos, a pesar de lo que tú puedas pensar. Pero es cierto que nunca antes me había planteado casarme. Si lo hago ahora es porque le dijiste a Theo que tus hijos serían los herederos de la casa, y si puedo darle a Theo la tranquilidad de que un nieto suyo heredará la casa, eso vale todo el dinero que sea necesario para mí.
Por primera vez desde que lo conoció, Paula empezaba a ver al verdadero hombre que había en Pedro Alfonso, y sintió una pizca de respeto por él.
—¿Es Theo tu única familia?
—Sí, y puesto que tú has rechazado mi proposición, parece que así seguirán las cosas, aunque no sé por cuánto tiempo —dijo él—. Es un hombre mayor después de todo.
Aunque no le gustaba tener nada en común con Pedro, lo cierto era que Paula sabía cómo se sentía. Su padre era el único pariente que le quedaba.
—Si no me caso contigo, ¿qué le pasará a mi padre? —Paula eligió cuidadosamente sus palabras. Siempre había deseado un hijo, y tras la muerte de Alan, pensó que ya no tendría oportunidad de hacer su sueño realidad.
—Cuando esto salga a la luz —dijo él—, y eso pasará sin que yo diga nada, porque el resto de los accionistas se acabarán enterando, lo peor que puede pasar es que acabe en la cárcel. En el mejor de los casos, quedará completamente arruinado.
—¿Y si accedo, pero con algunas condiciones...? —Paula sabía que no volvería a enamorarse, y aunque había considerado la inseminación artificial para tener un hijo, la idea no le hacía enteramente feliz. Ahora tenía otra oportunidad; no era la oportunidad perfecta, pero tal vez funcionase.
—No estás en posición de poner condiciones, pero te escucho.
¿Quería hacer aquello de verdad? No estaba segura del todo. Estudió su rostro por un momento, pero en su cara no había expresión alguna. Sabiendo que podía tener a cualquier mujer que quisiese, no lograba entender por qué la había elegido a ella, hasta que supo lo de la casa de Zante. Pero ahora creía ver otros motivos: un hombre con el ego de Pedro no podía soportar el rechazo, y ella lo había rechazado dos veces, primero en el yate y después en su casa, hacía dos meses. De algún modo, eso le hacía más fácil seguir adelante, puesto que él se encapricharía de otra mujer y ella podría continuar con su vida y con un hijito al que amar.
—Sé que viajas mucho por tu trabajo y que pasas mucho tiempo en América y en Asia. Eso no va conmigo en absoluto. Quiero una garantía de que podré seguir con mi trabajo y con mi vida en Londres.
Pedro la miró con ojos enigmáticos.
—Si aceptas casarte conmigo, yo aceptaré tus condiciones—se preguntó si ella se daría cuenta de que le ofrecía la mejor opción: seguir con su vida, y tener una mujer y un hijo que lo esperaran en casa—, pero viviremos en mi piso y tú venderás tu casa. No habrá más hombres en tu vida, eso está claro, y espero que vengas conmigo a Grecia cuando vaya a visitar a Theo. Por el resto, como dices, mi trabajo me lleva por todo el mundo, y no espero que vengas conmigo a todas partes, y mucho menos cuando tengas a nuestro hijo.
A Paula las palabras «nuestro hijo» le resultaban muy seductoras. Si se casaba con Pedro, no traicionaría el amor que sentía por Alan, se dijo a sí misma, porque la suya no sería una relación amorosa, sino un trato para salvar a su padre y tener el hijo que tanto ansiaba.
—Paula, ¿eso es un sí o un no? ¿Trato hecho? —dijo él, levantándole la barbilla con un dedo—. Sabes que es razonable. Cásate conmigo y sé la madre de mi hijo.
Con un nudo en el estómago por la tensión, dudó un segundo. Pedro le dijo en una ocasión que a veces había que elegir lo menos malo, y sabía que tenía razón. ¿Qué era peor? ¿Una hija que se negaba a casarse con un hombre y condenaba a su padre a la cárcel o una mujer que se casaba con un hombre al que no amaba para salvar a su padre y tener el hijo que deseaba?
—Sí —dijo por fin.
—Bien —dijo él, e hizo un gesto hacia la mesa—. Vamos a recoger esto. Tenemos que elegir un anillo de compromiso antes de esta noche.
lunes, 10 de noviembre de 2014
Casada por Obligación: Capítulo 18
Así fue como Paula acabó, media hora después, con una copa de vino en la mano, en el sofá de cuero negro del piso de Pedro, con cara de circunstancias.
Él había pedido comida cantonesa a domicilio desde el coche y entonces fue cuando ella se dio cuenta de que había cometido otro error.
A Paula no le sorprendió nada la decoración fría y moderna, acero, cristal, negro y blanco, con la última tecnología a su disposición, del piso de Pedro. No parecía un hombre hogareño, y aquel lugar tenía la marca de un soltero.
Cuando consiguió calmarse un poco y empezó a pensar en lo que había pasado, se sintió mejor. Ella había heredado de su tía la tercera parte de las acciones de Vanity Flair y la casa de Zante. Vivía cómodamente de los beneficios de su floristería y el seguro de vida de Alan, que pretendía usar para ampliar su empresa. Nunca había pensado obtener dividendos de las acciones de la empresa familiar, pero era normal que, al poseer una buena parte de las acciones, su padre recurriera a ella para buscar una solución con Pedro. Estaba claro que él quería recuperar el dinero de las acciones que le había comprado a Theo, pero ella también tendría algo que decir acerca del futuro de la empresa.
—¿Más vino? —ofreció él, interrumpiendo sus pensamientos, pero ella puso la mano sobre su copa. Fue el vino el que le había metido en líos con Pedro la primera vez, y no iba repetir el mismo error dos veces.
—No, gracias. Tenemos asuntos de negocios de los que hablar, por eso estoy aquí —dijo ella—. Corrígeme si me equivoco, pero si estoy aquí es porque soy una de las mayores accionistas de la empresa y necesitas mi aprobación para actuar en la compañía de mi padre. Además, tampoco podrás decidir qué hacer con él sin mi aprobación.
Pedro se relajó en el sofá y esbozó media sonrisa.
—No estás equivocada del todo —hizo una pausa—. Eres la mayor accionista, y por eso eres la que más tiene que perder en todo esto. Legalmente, no se puede hacer nada sin tu consentimiento —eso hizo que Paula respirara aliviada, pero la sensación duró poco, pues Pedro siguió hablando—. Lamentablemente, los problemas de tu padre se remontan mucho más atrás en el tiempo. Según mi información, hasta que cumpliste los dieciocho años, tu padre se encargó de gestionar por ti el diez por ciento de las acciones que te dejó tu madre. Después, te convertiste en socia, junto con tu tía y tu padre, hasta que le vendiste las acciones que te había dejado tu madre, a tu padre, por lo que fuiste responsable también de la gestión de la compañía, con los otros miembros de tu familia. Por suerte no eras accionista en el momento de salida a Bolsa de la empresa, cuando tu padre cometió los mayores excesos, pero técnicamente, aunque no es probable, también podrías ser acusada de fraude junto con tu padre.
—¿Yo? —gritó ella—. ¿Estás loco? Eso es imposible. Nunca he tenido nada que ver en la empresa. Le vendí a mi padre las acciones que me dejó mi madre para pagar la casa que compré con Alan. Nunca había estado en una junta de accionistas hasta este verano, por insistencia de mi padre, cuando heredé las acciones de mi tía. Si alguien te ha dicho otra cosa, te ha mentido.
—Tu padre fue quien me lo dijo —repuso él, levantándose del sofá—. Y he visto tu firma en documentos de hace mucho tiempo. Es cierto que eras joven, pero seguro que cuando tu padre te enseñaba las cuentas, tú las verificabas antes de firmarlas.
Pálida, miró a Pedro. Empezaba a comprender la enormidad de la situación.
—Nunca las leí. Supuse que firmaba como mero testigo.
—Yo te creo, pero eso no altera el hecho de que el único modo de evitar el cierre de la empresa de tu padre y que el peso de la ley caiga sobre él, es una enorme inyección de dinero.
—¿Cuánto? —preguntó ella, segura de que mencionaría una cifra que tendría problemas para escribir, cuando menos para reunir—. Puedo vender mi casa, y en su momento, la casa de Grecia también, supongo —apretó los párpados para contener las lágrimas. Era demasiado pensar que su padre llevaba más de diez años delinquiendo, pero sabía que Pedro decía la verdad. La expresión culpable y derrotada de su padre al marcharse y dejarla en manos de Pedro, era la prueba más concluyente.
—Eso no sería más que una gota en medio del océano —se burló él, y fue a sentarse a su lado, poniéndole la mano bajo la barbilla para obligarla a mirarlo—. Pero tengo la solución. Puedo invertir todo el dinero que tu padre necesita pasa salir de ese embrollo y hacer que la empresa vuelva a ser rentable, pero quiero algo a cambio.
—Estoy segura de que mi padre hará lo que sea necesario —murmuró ella—. Realmente es un buen hombre, pero, bueno... tiene...
—Una mujer cara y un estilo de vida por encima de sus posibilidades —terminó Pedro por ella—. Pero no es tu padre quién me interesa, sino tú, Paula. Quiero casarme contigo.
Ese hombre había perdido el sentido común, fue lo primero que pensó ella, pero al ver el brillo de decisión que tenía en los ojos, ya no estuvo tan segura.
—Podemos anunciar nuestro compromiso en la fiesta de cumpleaños de tu padre, esta noche.
Aquello era tal barbaridad, que hizo que Paula saliera del estado de desesperación que amenazaba por consumirla. Al imaginar la cara de Jan, estuvo a punto de echarse a reír.
—¿Estás loco? —exclamó ella—. ¡Estás saliendo con mi hermana! —y entonces vió la solución perfecta—. Puedes pedírselo a ella. Seguro que está deseándolo.
—Jan no es más que una vieja conocida, nada más. Juro que no la conozco en el sentido bíblico de la palabra, como te conozco a tí —su mirada sensual empezó a tener cierto efecto sobre el color de las mejillas de Paula—. Así que eso no es un problema —sus dedos se deslizaron desde su barbilla para colocarle un mechón de pelo detrás de la oreja, y ella echó a temblar—. Olvídate de Jan. Si quieres salvar a tu padre, cásate conmigo. Tú tienes la elección, y quiero saber tu decisión ahora.
Otra vez la palabra «elección», y esta vez no tuvo duda de que la amenaza era real. Ella se apartó de él y se puso en pie de un salto.
—¿Por qué yo? —exclamó mirándolo. El estaba sentado cómodo y relajado mientras que a ella le temblaban las piernas, preguntándose cómo un día que había empezado tan bien podía haberse convertido en aquella pesadilla.
—¿En serio tienes que preguntarlo? —dijo él, mirándola con lujuria—. Ya has estado casada antes, Paula, no eres tan inocente.
—Exacto —saltó ella—. Y sé qué es lo más importante en un matrimonio. El amor, y nosotros no nos amamos.
Él había pedido comida cantonesa a domicilio desde el coche y entonces fue cuando ella se dio cuenta de que había cometido otro error.
A Paula no le sorprendió nada la decoración fría y moderna, acero, cristal, negro y blanco, con la última tecnología a su disposición, del piso de Pedro. No parecía un hombre hogareño, y aquel lugar tenía la marca de un soltero.
Cuando consiguió calmarse un poco y empezó a pensar en lo que había pasado, se sintió mejor. Ella había heredado de su tía la tercera parte de las acciones de Vanity Flair y la casa de Zante. Vivía cómodamente de los beneficios de su floristería y el seguro de vida de Alan, que pretendía usar para ampliar su empresa. Nunca había pensado obtener dividendos de las acciones de la empresa familiar, pero era normal que, al poseer una buena parte de las acciones, su padre recurriera a ella para buscar una solución con Pedro. Estaba claro que él quería recuperar el dinero de las acciones que le había comprado a Theo, pero ella también tendría algo que decir acerca del futuro de la empresa.
—¿Más vino? —ofreció él, interrumpiendo sus pensamientos, pero ella puso la mano sobre su copa. Fue el vino el que le había metido en líos con Pedro la primera vez, y no iba repetir el mismo error dos veces.
—No, gracias. Tenemos asuntos de negocios de los que hablar, por eso estoy aquí —dijo ella—. Corrígeme si me equivoco, pero si estoy aquí es porque soy una de las mayores accionistas de la empresa y necesitas mi aprobación para actuar en la compañía de mi padre. Además, tampoco podrás decidir qué hacer con él sin mi aprobación.
Pedro se relajó en el sofá y esbozó media sonrisa.
—No estás equivocada del todo —hizo una pausa—. Eres la mayor accionista, y por eso eres la que más tiene que perder en todo esto. Legalmente, no se puede hacer nada sin tu consentimiento —eso hizo que Paula respirara aliviada, pero la sensación duró poco, pues Pedro siguió hablando—. Lamentablemente, los problemas de tu padre se remontan mucho más atrás en el tiempo. Según mi información, hasta que cumpliste los dieciocho años, tu padre se encargó de gestionar por ti el diez por ciento de las acciones que te dejó tu madre. Después, te convertiste en socia, junto con tu tía y tu padre, hasta que le vendiste las acciones que te había dejado tu madre, a tu padre, por lo que fuiste responsable también de la gestión de la compañía, con los otros miembros de tu familia. Por suerte no eras accionista en el momento de salida a Bolsa de la empresa, cuando tu padre cometió los mayores excesos, pero técnicamente, aunque no es probable, también podrías ser acusada de fraude junto con tu padre.
—¿Yo? —gritó ella—. ¿Estás loco? Eso es imposible. Nunca he tenido nada que ver en la empresa. Le vendí a mi padre las acciones que me dejó mi madre para pagar la casa que compré con Alan. Nunca había estado en una junta de accionistas hasta este verano, por insistencia de mi padre, cuando heredé las acciones de mi tía. Si alguien te ha dicho otra cosa, te ha mentido.
—Tu padre fue quien me lo dijo —repuso él, levantándose del sofá—. Y he visto tu firma en documentos de hace mucho tiempo. Es cierto que eras joven, pero seguro que cuando tu padre te enseñaba las cuentas, tú las verificabas antes de firmarlas.
Pálida, miró a Pedro. Empezaba a comprender la enormidad de la situación.
—Nunca las leí. Supuse que firmaba como mero testigo.
—Yo te creo, pero eso no altera el hecho de que el único modo de evitar el cierre de la empresa de tu padre y que el peso de la ley caiga sobre él, es una enorme inyección de dinero.
—¿Cuánto? —preguntó ella, segura de que mencionaría una cifra que tendría problemas para escribir, cuando menos para reunir—. Puedo vender mi casa, y en su momento, la casa de Grecia también, supongo —apretó los párpados para contener las lágrimas. Era demasiado pensar que su padre llevaba más de diez años delinquiendo, pero sabía que Pedro decía la verdad. La expresión culpable y derrotada de su padre al marcharse y dejarla en manos de Pedro, era la prueba más concluyente.
—Eso no sería más que una gota en medio del océano —se burló él, y fue a sentarse a su lado, poniéndole la mano bajo la barbilla para obligarla a mirarlo—. Pero tengo la solución. Puedo invertir todo el dinero que tu padre necesita pasa salir de ese embrollo y hacer que la empresa vuelva a ser rentable, pero quiero algo a cambio.
—Estoy segura de que mi padre hará lo que sea necesario —murmuró ella—. Realmente es un buen hombre, pero, bueno... tiene...
—Una mujer cara y un estilo de vida por encima de sus posibilidades —terminó Pedro por ella—. Pero no es tu padre quién me interesa, sino tú, Paula. Quiero casarme contigo.
Ese hombre había perdido el sentido común, fue lo primero que pensó ella, pero al ver el brillo de decisión que tenía en los ojos, ya no estuvo tan segura.
—Podemos anunciar nuestro compromiso en la fiesta de cumpleaños de tu padre, esta noche.
Aquello era tal barbaridad, que hizo que Paula saliera del estado de desesperación que amenazaba por consumirla. Al imaginar la cara de Jan, estuvo a punto de echarse a reír.
—¿Estás loco? —exclamó ella—. ¡Estás saliendo con mi hermana! —y entonces vió la solución perfecta—. Puedes pedírselo a ella. Seguro que está deseándolo.
—Jan no es más que una vieja conocida, nada más. Juro que no la conozco en el sentido bíblico de la palabra, como te conozco a tí —su mirada sensual empezó a tener cierto efecto sobre el color de las mejillas de Paula—. Así que eso no es un problema —sus dedos se deslizaron desde su barbilla para colocarle un mechón de pelo detrás de la oreja, y ella echó a temblar—. Olvídate de Jan. Si quieres salvar a tu padre, cásate conmigo. Tú tienes la elección, y quiero saber tu decisión ahora.
Otra vez la palabra «elección», y esta vez no tuvo duda de que la amenaza era real. Ella se apartó de él y se puso en pie de un salto.
—¿Por qué yo? —exclamó mirándolo. El estaba sentado cómodo y relajado mientras que a ella le temblaban las piernas, preguntándose cómo un día que había empezado tan bien podía haberse convertido en aquella pesadilla.
—¿En serio tienes que preguntarlo? —dijo él, mirándola con lujuria—. Ya has estado casada antes, Paula, no eres tan inocente.
—Exacto —saltó ella—. Y sé qué es lo más importante en un matrimonio. El amor, y nosotros no nos amamos.
Casada por Obligación: Capítulo 17
¡Oh, Dios mío! Theo debe haber perdido una fortuna.
—Él no ha perdido nada porque yo le compré sus acciones hace dos meses, así que por quién te tienes que preocupar, es por mí. Ya has oído a tu padre: vamos a comer y lo sabrás todo.
—Tú —dijo ella, abriendo mucho los ojos—. ¡Esto es todo culpa tuya!
—No, fue tu padre el que decidió empezar a robar —señaló Pedro, pero vió miedo en aquellos preciosos ojos dorados y sintió la necesidad de protegerla. Paula no tenía ni idea del alcance de la traición de su padre, y por un instante dudó de qué camino tomar en aquel momento.
—Mi padre no es un ladrón. La única persona reprochable de aquí eres tú —le espetó ella—. Sería mucho más lógico que te acusaran a ti de robo.
Él la agarró con más fuerza y se acercó mucho a ella. Pronto la fina seda de su traje le pareció lana de la más gruesa por el calor que le daba, y empezó a tener miedo. Intentó escaparse, pero no tuvo que esforzarse mucho, pues él la soltó enseguida y dio un paso atrás.
Cualquier duda que Pedro pudiera haber tenido, se desvaneció con sus insultos. Había aguantado demasiado de aquella mujer, y la miró de arriba abajo con determinación.
Tenía el pelo recogido en un moño, del que se habían escapado algunos mechones. La chaqueta, muy ajustada, dejaba ver la curva de sus pechos, definía bien su cintura, y la falda se ceñía a sus caderas para acabar pocos centímetros por encima de las rodillas. ¡Maldición! La deseaba y la tendría.
—Nunca he robado nada en toda mi vida, pero olvidaré que has dicho eso porque sé que esto ha sido una sorpresa para tí—Pedro podía sentir su confusión—. Si quieres salvar a tu padre y a la empresa de la ruina, te sugiero que vayamos a comer. Tengo hambre y soy mucho más generoso con el apetito aplacado, pero te toca a ti elegir...
«Elegir». Aquella palabra resonó en la mente de Paula y recordó la última vez que había visto a Pedro. En aquel momento, sintió la amenaza implícita en la palabra, pero lo había achacado a su imaginación; ahora sabía que no se había equivocado. Pedro la miraba retador y a ella se le cayó el mundo a los pies. ¿Qué opciones tenía? Hasta su padre le había dicho que fuera con Pedro.
—No tengo hambre —dijo ella—. Y no quiero ir a un restaurante a hablar de asuntos privados de mi familia, pero estoy preparada a escuchar lo que quieras decirme, y éste me parece un buen sitio —se sentó, temiendo que las piernas le fallaran.
Pedro dió un paso adelante y le rodeó los hombros con el brazo. Ella se puso rígida mientras su instinto de protección le decía que tenía que huir de allí, pero la imagen de su padre la detenía.
—Entiendo tu preocupación —le dijo él, sonriendo y mirándola fijamente a los ojos—, pero tengo hambre y conozco un sitio donde la comida es estupenda y la intimidad está asegurada. ¿Vamos?
—Él no ha perdido nada porque yo le compré sus acciones hace dos meses, así que por quién te tienes que preocupar, es por mí. Ya has oído a tu padre: vamos a comer y lo sabrás todo.
—Tú —dijo ella, abriendo mucho los ojos—. ¡Esto es todo culpa tuya!
—No, fue tu padre el que decidió empezar a robar —señaló Pedro, pero vió miedo en aquellos preciosos ojos dorados y sintió la necesidad de protegerla. Paula no tenía ni idea del alcance de la traición de su padre, y por un instante dudó de qué camino tomar en aquel momento.
—Mi padre no es un ladrón. La única persona reprochable de aquí eres tú —le espetó ella—. Sería mucho más lógico que te acusaran a ti de robo.
Él la agarró con más fuerza y se acercó mucho a ella. Pronto la fina seda de su traje le pareció lana de la más gruesa por el calor que le daba, y empezó a tener miedo. Intentó escaparse, pero no tuvo que esforzarse mucho, pues él la soltó enseguida y dio un paso atrás.
Cualquier duda que Pedro pudiera haber tenido, se desvaneció con sus insultos. Había aguantado demasiado de aquella mujer, y la miró de arriba abajo con determinación.
Tenía el pelo recogido en un moño, del que se habían escapado algunos mechones. La chaqueta, muy ajustada, dejaba ver la curva de sus pechos, definía bien su cintura, y la falda se ceñía a sus caderas para acabar pocos centímetros por encima de las rodillas. ¡Maldición! La deseaba y la tendría.
—Nunca he robado nada en toda mi vida, pero olvidaré que has dicho eso porque sé que esto ha sido una sorpresa para tí—Pedro podía sentir su confusión—. Si quieres salvar a tu padre y a la empresa de la ruina, te sugiero que vayamos a comer. Tengo hambre y soy mucho más generoso con el apetito aplacado, pero te toca a ti elegir...
«Elegir». Aquella palabra resonó en la mente de Paula y recordó la última vez que había visto a Pedro. En aquel momento, sintió la amenaza implícita en la palabra, pero lo había achacado a su imaginación; ahora sabía que no se había equivocado. Pedro la miraba retador y a ella se le cayó el mundo a los pies. ¿Qué opciones tenía? Hasta su padre le había dicho que fuera con Pedro.
—No tengo hambre —dijo ella—. Y no quiero ir a un restaurante a hablar de asuntos privados de mi familia, pero estoy preparada a escuchar lo que quieras decirme, y éste me parece un buen sitio —se sentó, temiendo que las piernas le fallaran.
Pedro dió un paso adelante y le rodeó los hombros con el brazo. Ella se puso rígida mientras su instinto de protección le decía que tenía que huir de allí, pero la imagen de su padre la detenía.
—Entiendo tu preocupación —le dijo él, sonriendo y mirándola fijamente a los ojos—, pero tengo hambre y conozco un sitio donde la comida es estupenda y la intimidad está asegurada. ¿Vamos?
domingo, 9 de noviembre de 2014
Casada por Obligación: Capítulo 16
—Buenos días, Paula.
—Bu... buenos días —repitió ella, mientras él avanzaba en su dirección.
Él llevaba un traje gris, camisa blanca y corbata azul. Tenía el pelo más largo que la última vez que se vieron, pero seguía igual de guapo que lo recordaba, aunque deseó no recordarlo.
—Es un placer volver a verte —le dijo, suavemente, y sonrió.
Ella lo miró sin devolverle la sonrisa. Su autoconfianza había desaparecido por completo, pues sabía que Pedro Alfonso sólo podía significar peligro para su paz interior.
Paula miró nerviosa a su padre, pero éste no le fue de gran ayuda. Estaba mirando al café como si su vida dependiera de ello, o sea que algo tenía que ir realmente mal.
No, no debía dejar que su imaginación le jugara malas pasadas. Pedro Alfonso no era ninguna amenaza para ella; era el novio de Jan y ya se había librado de él en otras ocasiones. Paula recuperó la confianza en sí misma y dijo:
—Para mí también, Pedro, pero voy a salir con mi padre a comer, así que no vamos a poder hablar —dijo, despreocupada—. Siéntete como en tu casa. Seguro que Jan no tarda mucho —felicitándose a sí misma por cómo había abordado la situación, no vió la mirada que se intercambiaron los dos hombres.
—Paula no lo sabe, ¿Sutherland? —al oír su nombre, Paula miró a Pedro, que miraba a su padre con expresión de desagrado—. ¿No se lo has dicho?
—¿Decirme el qué? —preguntó ella, confundida.
—No estoy aquí por Jan —dijo él, con sus ojos de granito—. Estoy aquí para verte a ti, entre otras cosas —explicó Pedro antes de volverse hacia su padre—. ¿Entonces, Sutherland?
—No he tenido fuerzas, Pedro. Ya te lo he dicho: Paula no sabe nada del negocio, y, en cualquier caso, no lo entendería.
—¿Qué es lo que no entendería? —preguntó ella, mirando primero a uno y después al otro, sorprendida y dolida de que su padre despreciase su inteligencia de ese modo delante de Pedro.
—Creo que será mejor que te sientes, Paula—Pedro le agarró el brazo y ella dió un respingo al sentir el contacto.
—¡No! —exclamó ella, y trató de zafarse, pero él apretó con fuerza, y por no tener una escena desagradable delante de su padre, lo dejó conducirla a otro sillón frente a la chimenea.
—Siéntate —ordenó él—. Créeme, Paula, vas a necesitarlo —le murmuró muy cerca del oído, tanto que sintió su cálido aliento en la piel.
—¿Papá? ¿Qué es...?
—Haz lo que Pedro te dice y siéntate. Tengo algo que decirte —ella obedeció, nerviosa, y para empeorar las cosas, Pedro se sentó a su lado—. Sabes que te quiero, Paula, y que nunca haría nada que te perjudicase. Pero durante estos años he hecho un par de malas elecciones en el negocio y... bueno, la empresa ya no da beneficios y...
Ella escuchó a su padre con creciente terror, y cuando acabó, lo miró fijamente, pálida. Al parecer no sólo había hecho alguna mala elección, sino que había tomado dinero prestado de la empresa durante años. Cuando ésta salió a Bolsa, los accionistas se empezaron a cuestionar las cuentas y se contrató a un auditor. El padre de Paula había confiado en poder devolver el dinero a tiempo, pero se le había acabado el plazo y terminó confesando que la última emisión de acciones no había sido para apoyar la expansión en América de la empresa, sino para tapar agujeros en las cuentas.
—No puedo creerlo. ¿Cómo has podido, papá? —pero al mirar a su alrededor supo la respuesta. Leanne tenía gustos muy caros. Aquella casa, la villa en Mallorca... además, su padre había financiado la agencia de modelos de Jan el año anterior. A Paula no le había importado, pero tampoco sabía que ese dinero no estaba del todo limpio. Se le escapó una risa hueca.
—No hay que enfadarse, Paula. Pedro ha venido para decirte algo, y puede ser la solución perfecta —intentó aplacarle su padre.
—Un segundo —saltó Paula, mandándole a Pedro una mirada envenenada—. Esto no tiene nada que ver contigo. Ni siquiera deberías estar aquí.
—Por suerte para tí, estoy aquí —dijo, sarcástico, con rostro triunfal—. A no ser que tu padre acabe en la cárcel por fraude.
—¡En la cárcel! —se volvió hacia su padre esperando que él negara el ofensivo comentario de Pedro —. ¡Dime que no es posible!
—Lo siento —murmuró su padre, y se levantó, pálido y cariacontecido, su aspecto lejos del de aquel hombre dinámico y alegre al que ella quería tanto. Paula supo que Pedro decía la verdad—. Nunca imaginé que pasaría algo así. Si no te importa, ve a cenar con Pedro. Él te explicará mejor que yo la situación, y tal vez haya un modo de que todos salgamos de ésta. Eso espero, porque temo el momento de contarle esto a Leanne —le dio unas palmaditas en el hombro y añadió—. Te veré esta noche en la fiesta.
Entonces fue cuando ella fue consciente de la verdadera dimensión de la situación. Su padre podía acabar en la cárcel, y quería llegar a un acuerdo con ella para evitarlo. No tenía sentido, como tampoco el involucrarla a ella cuando no se lo había dicho ni a su mujer. Necesitaba más respuestas de su padre, pero éste se dirigía ya a la puerta. Cuando se fue a levantar, una fuerte mano la mantuvo en su sitio.
Sorprendentemente, por unos minutos se había olvidado de la presencia de Pedro, pero aquellos dedos sobre su piel le produjeron una sensación que por fuerza tenía que recordar.
—Tu padre es una buena pieza —dijo él, cínicamente, a la vez que se levantaba.
—Nadie te ha pedido tu opinión —respondió ella, y trató de zafarse—. ¡Déjame! —pero él hizo lo contrario.
—¿Para que vayas detrás de tu padre a hacerle preguntas que no está en condiciones físicas de responderte? —le preguntó, levantando una veja—. No creo.
—¿Qué tiene esto que ver contigo? —le gritó ella. Estaba harta. Se sentía enfadada y confusa, y cuanto antes se librara de la presencia dominadora de Pedro, mejor.
—Como accionista de Vanity Flair, todo —le informó él, burlón.
Estaba tan preocupada por su padre que no se había parado a pensar en los accionistas.
—Bu... buenos días —repitió ella, mientras él avanzaba en su dirección.
Él llevaba un traje gris, camisa blanca y corbata azul. Tenía el pelo más largo que la última vez que se vieron, pero seguía igual de guapo que lo recordaba, aunque deseó no recordarlo.
—Es un placer volver a verte —le dijo, suavemente, y sonrió.
Ella lo miró sin devolverle la sonrisa. Su autoconfianza había desaparecido por completo, pues sabía que Pedro Alfonso sólo podía significar peligro para su paz interior.
Paula miró nerviosa a su padre, pero éste no le fue de gran ayuda. Estaba mirando al café como si su vida dependiera de ello, o sea que algo tenía que ir realmente mal.
No, no debía dejar que su imaginación le jugara malas pasadas. Pedro Alfonso no era ninguna amenaza para ella; era el novio de Jan y ya se había librado de él en otras ocasiones. Paula recuperó la confianza en sí misma y dijo:
—Para mí también, Pedro, pero voy a salir con mi padre a comer, así que no vamos a poder hablar —dijo, despreocupada—. Siéntete como en tu casa. Seguro que Jan no tarda mucho —felicitándose a sí misma por cómo había abordado la situación, no vió la mirada que se intercambiaron los dos hombres.
—Paula no lo sabe, ¿Sutherland? —al oír su nombre, Paula miró a Pedro, que miraba a su padre con expresión de desagrado—. ¿No se lo has dicho?
—¿Decirme el qué? —preguntó ella, confundida.
—No estoy aquí por Jan —dijo él, con sus ojos de granito—. Estoy aquí para verte a ti, entre otras cosas —explicó Pedro antes de volverse hacia su padre—. ¿Entonces, Sutherland?
—No he tenido fuerzas, Pedro. Ya te lo he dicho: Paula no sabe nada del negocio, y, en cualquier caso, no lo entendería.
—¿Qué es lo que no entendería? —preguntó ella, mirando primero a uno y después al otro, sorprendida y dolida de que su padre despreciase su inteligencia de ese modo delante de Pedro.
—Creo que será mejor que te sientes, Paula—Pedro le agarró el brazo y ella dió un respingo al sentir el contacto.
—¡No! —exclamó ella, y trató de zafarse, pero él apretó con fuerza, y por no tener una escena desagradable delante de su padre, lo dejó conducirla a otro sillón frente a la chimenea.
—Siéntate —ordenó él—. Créeme, Paula, vas a necesitarlo —le murmuró muy cerca del oído, tanto que sintió su cálido aliento en la piel.
—¿Papá? ¿Qué es...?
—Haz lo que Pedro te dice y siéntate. Tengo algo que decirte —ella obedeció, nerviosa, y para empeorar las cosas, Pedro se sentó a su lado—. Sabes que te quiero, Paula, y que nunca haría nada que te perjudicase. Pero durante estos años he hecho un par de malas elecciones en el negocio y... bueno, la empresa ya no da beneficios y...
Ella escuchó a su padre con creciente terror, y cuando acabó, lo miró fijamente, pálida. Al parecer no sólo había hecho alguna mala elección, sino que había tomado dinero prestado de la empresa durante años. Cuando ésta salió a Bolsa, los accionistas se empezaron a cuestionar las cuentas y se contrató a un auditor. El padre de Paula había confiado en poder devolver el dinero a tiempo, pero se le había acabado el plazo y terminó confesando que la última emisión de acciones no había sido para apoyar la expansión en América de la empresa, sino para tapar agujeros en las cuentas.
—No puedo creerlo. ¿Cómo has podido, papá? —pero al mirar a su alrededor supo la respuesta. Leanne tenía gustos muy caros. Aquella casa, la villa en Mallorca... además, su padre había financiado la agencia de modelos de Jan el año anterior. A Paula no le había importado, pero tampoco sabía que ese dinero no estaba del todo limpio. Se le escapó una risa hueca.
—No hay que enfadarse, Paula. Pedro ha venido para decirte algo, y puede ser la solución perfecta —intentó aplacarle su padre.
—Un segundo —saltó Paula, mandándole a Pedro una mirada envenenada—. Esto no tiene nada que ver contigo. Ni siquiera deberías estar aquí.
—Por suerte para tí, estoy aquí —dijo, sarcástico, con rostro triunfal—. A no ser que tu padre acabe en la cárcel por fraude.
—¡En la cárcel! —se volvió hacia su padre esperando que él negara el ofensivo comentario de Pedro —. ¡Dime que no es posible!
—Lo siento —murmuró su padre, y se levantó, pálido y cariacontecido, su aspecto lejos del de aquel hombre dinámico y alegre al que ella quería tanto. Paula supo que Pedro decía la verdad—. Nunca imaginé que pasaría algo así. Si no te importa, ve a cenar con Pedro. Él te explicará mejor que yo la situación, y tal vez haya un modo de que todos salgamos de ésta. Eso espero, porque temo el momento de contarle esto a Leanne —le dio unas palmaditas en el hombro y añadió—. Te veré esta noche en la fiesta.
Entonces fue cuando ella fue consciente de la verdadera dimensión de la situación. Su padre podía acabar en la cárcel, y quería llegar a un acuerdo con ella para evitarlo. No tenía sentido, como tampoco el involucrarla a ella cuando no se lo había dicho ni a su mujer. Necesitaba más respuestas de su padre, pero éste se dirigía ya a la puerta. Cuando se fue a levantar, una fuerte mano la mantuvo en su sitio.
Sorprendentemente, por unos minutos se había olvidado de la presencia de Pedro, pero aquellos dedos sobre su piel le produjeron una sensación que por fuerza tenía que recordar.
—Tu padre es una buena pieza —dijo él, cínicamente, a la vez que se levantaba.
—Nadie te ha pedido tu opinión —respondió ella, y trató de zafarse—. ¡Déjame! —pero él hizo lo contrario.
—¿Para que vayas detrás de tu padre a hacerle preguntas que no está en condiciones físicas de responderte? —le preguntó, levantando una veja—. No creo.
—¿Qué tiene esto que ver contigo? —le gritó ella. Estaba harta. Se sentía enfadada y confusa, y cuanto antes se librara de la presencia dominadora de Pedro, mejor.
—Como accionista de Vanity Flair, todo —le informó él, burlón.
Estaba tan preocupada por su padre que no se había parado a pensar en los accionistas.
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