miércoles, 3 de diciembre de 2025

Falso Matrimonio: Capítulo 82

Mirándose en el espejo, se obligó a sonreír antes de contestar. Se lo había visto hacer en la tele a su heroína, supuestamente porque la sonrisa alegraba la voz. No podría decir por qué se sentía tan triste, tan… Abandonada. Seguramente aquella heroína no tenía una hermana que pudiera reconocer voces, porque la preocupación de Delfina fue inmediata.


—Estoy bien, te lo prometo —la tranquilizó. Delfina ya sabía que Pedro y ella no estaban juntos, pero no le había contado el modo en que se habían despedido.


—Es la primera vez que estás sola —puntualizó su hermana.


—Me he quedado sola cada vez que Pedro viaja por trabajo, y esto es lo mismo. Solo que dura un poco más.


¿Solo un poco?


—¡Vuelve a Sicilia, por favor! Yo cuidaré de tí y del bebé.


—No necesito que me cuides. Nueva York es ahora mi hogar. Estoy empezando a manejarme bien, y Pedro está aquí si le necesito.


Delfina emitió un ruido de incredulidad.


—Es el padre de mi niña, y la quiere —añadió.


Había sido un tremendo alivio oírselo decir, porque le aterraba la posibilidad de que no pudiera querer a su bebé. Hablaron un rato más. Era consciente de que algún día tendría que volver a Sicilia a ver a su padre. Le partía el corazón evitarle, pero era lo que se merecía. Aun así, era su padre y seguía queriéndolo, pero por lo que le había hecho a la familia de Pedro y a las demás, nunca lo perdonaría.



Pedro tiró la mitad del bagel que se había comprado para desayunar a la papelera. Ahora ninguno le gustaba. Seguramente se había dañado las papilas gustativas de algún modo, porque todo le sabía insípido últimamente. Aquel era su primer día libre desde hacía tiempo, así que se dispuso a hacer lo que se había prometido que haría semanas atrás: ir a la habitación de invitados que se comunicaba con el dormitorio principal, y que iba a ser un lugar excelente para la niña, siempre que se quedara con el piso hasta después de que naciera. Al igual que con su matrimonio, un piso elegido y pagado con prisas mientras estaba en Japón era algo de lo que podía arrepentirse sin problemas, y la verdad era que detestaba aquel sitio. En cuanto a su matrimonio… Apartó el pensamiento, igual que hacía siempre con la imagen de Paula cuando se le aparecía ante los ojos. Hablaban. Se comunicaban. A veces directamente. Otras, a través de Nadia. Pero nunca en persona. Tenía una cita médica la semana siguiente. Sería la primera vez que iban a verse desde que se separaron. Habría sido mucho más fácil no dejar escapar la furia de no ser ella tan condenadamente considerada. Típico de Paula anteponer el bebé a todo lo demás. Pero lo que anteponía nunca era él. Se pasó la mano por la cara y miró a su alrededor, calibrando el espacio, pensando dónde sería mejor poner cada mueble, o lo que sería necesario. Había mucho que aprender antes del nacimiento de su hija. Abrió la puerta doble del armario para asegurarse de que habría sitio para toda la ropa que quería comprar. Unas cuantas cajas de cartón estaban colocadas dentro. Le había pedido a su personal que le trajera las cosas que tuviera en su piso, ahora de Paula, y aunque podía dejarlas como estaban y que su personal se ocupara de ello, decidió ponerse a ello. Tiró del precinto y abrió la primera. El contenido estaba delicadamente envuelto en papel de seda, pero él tiró sin preocuparse. Lo que salió le paró el corazón: El vestido de novia de Paula en delicado encaje siciliano. Ver ese vestido fue como ver a un fantasma. Apoyándose en la pared, medio mareado y con la sangre zumbándole en los oídos, se levantó y retiró el protector de plástico. Los recuerdos le asaltaron sin que pudiera hacer nada por impedirlo. Qué hermosa había estado con aquel vestido. Con qué sinceridad había pronunciado sus votos. Con qué determinación, llevando puesto aquel vestido, se había negado a ocupar la habitación de invitados y había insistido en que quería compartir con él la suya. Se había comprado un piso nuevo, pero era como si ella le hubiera acompañado en espíritu. Estaba dondequiera que fuese. No podía entrar en la cocina sin verla cocinando. No podía entrar en su nueva biblioteca sin verla tumbada en su viejo sofá de lectura. Ni siquiera podía usar el baño sin recordar lo graciosa que estaba cepillándose los dientes.

Falso Matrimonio: Capítulo 81

El ajetreo, los colores brillantes y el ruido de Tokyo era algo con lo que Pedro solía disfrutar. Solo había estado en la ciudad en dos ocasiones, y la encontraba vigorizante y fascinante pero, en aquel viaje, no lograba encontrar nada que lo entusiasmara, ni siquiera el enorme edificio que estaba construyendo. Miraba en aquel momento a través del ventanal de su habitación de hotel, demasiado tenso para conciliar el sueño, a pesar de que eran las dos de la mañana, hora de Tokyo, cuando sonó el teléfono con un mensaje de su abogado. La oferta que había presentado por un piso a tres manzanas del suyo había sido aceptada. Con hacer la transferencia, sería suyo. Contestó pidiéndole que procediera, y después escribió a Nadia con instrucciones de que lo amueblara. No le gustaban los hoteles, ni siquiera los más lujosos. Le parecían anónimos y despersonalizados. Si al volver a Manhattan tuviera el nuevo departamento listo, sería una carga menos. No había soltado aún el teléfono de la mano cuando volvió a sonar, y un sudor frío le humedeció la frente al ver de quién se trataba: Era Paula. No habían vuelto a verse, ni habían hablado desde que se marchó de su casa, hacía cuatro días, y había intentado no pensar en ella, pero le había sido imposible. Respiró hondo deseando poder tener una copa en la mano.


—¿Sí?


—¿Pedro?


—Sí. ¿Va todo bien?


—Acaban de llamarme de la clínica.


El corazón se le aceleró.


—¿Le pasa algo al bebé?


—No, no. No te preocupes. Me han llamado para decirme que me he saltado la ecografía. Parece ser que me enviaron una carta, pero la dirigieron a la señora Alfonso, y yo dí por sentado que era para tí, así que no la abrí. Tengo unas cuantas cartas más.


—Dáselas a Nadia. ¿Qué va a pasar con la ecografía? ¿Te van a dar una nueva cita?


—Pueden hacérmela esta misma tarde. Les he dicho que primero quería hablar contigo para…


—Ve y que te la hagan.


—¿Seguro? No quiero que te la pierdas —parecía ansiosa—. Podemos dejarla para cuando vuelvas.


—No. Háztela. Las ecografías son importantes. Ya te harán otra más adelante a la que yo pueda asistir. Dile a Nadia que te acompañe. Ella se ocupará del papeleo.


—Me siento fatal. Perdona.


—No pasa nada. No es culpa tuya —el único culpable era, como siempre, el bastardo de su padre. Si le hubiera proporcionado la ayuda que necesitaba, no tendría que esperar a que otros le leyeran las cosas—. Ya me contarás qué tal sale. Y envíame un vídeo, o una foto, ¿Vale?


—Por supuesto.


—Y, oye…


—¿Sí?


—Gracias por contármelo.


—De nada —dijo ella, pero las dos palabras fueron apenas un susurro, y la comunicación se cortó.


Había colgado.




Paula estaba sentada en la cama, contemplando la imagen de su hija con el corazón tan lleno de amor que casi no podía respirar. Le había pedido a Nadia que le enviase aquella misma foto a Pedro por correo electrónico, junto con el vídeo que había grabado la clínica, y le caldeó por dentro imaginarle contemplándola con el mismo amor. Sonó el teléfono, y contuvo el aliento mientras lo sacaba del bolsillo. ¿Sería Pedro? Nadia le había advertido que tenía todo el día lleno de reuniones, pero aun así, el estómago se le bajó a los pies cuando vió el nombre de su hermana en la pantalla.

lunes, 1 de diciembre de 2025

Falso Matrimonio: Capítulo 80

Se metió por la cabeza una camiseta y, de nuevo en el dormitorio, descolgó el cuadro favorito de Paula. Fue una sorpresa ver que escondía una caja fuerte. De no sentirse como si le hubiera pasado un camión por encima, se reiría del cliché. Una luz verde anunció la apertura de la puerta. Del interior de la caja sacó un viejo maletín, que abrió sin pestañear. Contenía dinero. Un montón de dinero.


—Aquí hay cinco millones de dólares —dijo sin aspavientos—. Quédatelo. Es tuyo. Nadia llega temprano. Dale tu número de cuenta y te transferiré otro millón. Ese dinero y este piso serán pago más que de sobra por un matrimonio que solo ha durado tres meses.


—¿Estás acabando?


Tenía la cabeza aturdida, pero el corazón y todo lo demás dentro de ella se contraía y temblaba violentamente.


—¿Cómo puedo acabar con algo que era solo temporal? —espetó.


Iba hacia la puerta cuando una furiosa descarga de adrenalina la lanzó hacia delante y se interpuso entre la puerta y él.


—¿Se puede saber qué narices te pasa?


—Te voy a decir lo que pasa, princesa. Creía que podíamos tener un futuro juntos. Creía que podíamos ser una familia. He hecho todo lo que ha estado en mi mano para enmendar el daño que te he causado, pero no ha sido suficiente, y tú no confías en mí. Ni siquiera has llegado a considerar que lo nuestro podría ser permanente porque se te ha metido en la cabeza que, en cuanto digas que sí, yo te voy a poner una cadena y una bola de hierro atada al tobillo, con un sello en la frente que diga que eres de mi propiedad… Igual que ha hecho tu padre. Que puedas pensar algo así de mí… —la miró con desdén—. ¿Quieres tu libertad? ¿Pues sabes qué, princesa? Que esa libertad empieza en este momento. Te regalo este piso. ¿Te parece bien?


—¡Yo no quiero tu casa! —gritó, pero en realidad tenía ganas de insultarle.


—Es el lugar más seguro para mi hijo —contestó, cruzándose de brazos—. Tiene seguridad, y gente de confianza al lado por si llegas a necesitarla. Pero no pienses ni por un segundo que voy a renunciar a mi responsabilidad con el bebé. Voy a ser su padre y a quererlo por encima detodo. Intenta separarlo de mí y te llevaré a los tribunales. Y ahora, apártate o te apartaré yo.


Paula se cruzó también de brazos y, alzándose sobre las puntas de los pies para quedar a su misma altura, se acercó cuanto le fue posible a su cara, sin rozarla. No se había dado cuenta de que las lágrimas le habían rodado por las mejillas hasta que fue a hablar y notó un sabor salado.


—¿Y te preguntas por qué no confío en tí, si eres capaz de tratarme así, apartándome porque no estoy dispuesta a complacerte? Ya he sido durante demasiado tiempo el felpudo de otros. Si pretendo tener un matrimonio de verdad, será una relación basada en el amor y en el respeto mutuo. Si hubieras tenido un poco más de paciencia, puede que hubiera tenido todo eso contigo, pero no tienes ni gota de paciencia. Contigo, todo tiene que ser inmediato. Ni siquiera te diste tiempo para asumir el luto por la muerte de tu padre porque estabas consumido por el deseo de venganza, y ahora te devora la culpa y piensas que una familia preconcebida puede servirte para purgar ese sentimiento.


—No te atrevas a meter a mi padre en esto.


Sus ojos se habían transformado en dos trozos de hielo color esmeralda.


—¡Él es la razón por la que estamos aquí! —respondió. Le temblaba la barbilla—. Te perdoné hace mucho tiempo por todas tus despreciables mentiras porque comprendí que actuabas empujado por el dolor de perderlo. Me obligué a hacerlo por el bien de nuestro hijo. Espero que, también por su bien, seas capaz de perdonarte a tí mismo algún día.


Su expresión no cambió. Era como hablar con un muro de ladrillo. Tampoco cambió cuando la alzó por la cintura para apartarla, ni cuando bajó las escaleras y salió de la casa. Y de su vida.

Falso Matrimonio: Capítulo 79

El camarero llegó con otra botella de vino y llenó la copa de Pedro, que la apuró de golpe con una mueca. A continuación se levantó y sacó la cartera del bolsillo trasero del pantalón.


—¿Qué haces? —preguntó ella, intentando comprender cómo una conversación, que había empezado con risas y alegría, podía haberse envenenado tan rápidamente.


¿Vivir con Pedro permanentemente? En ningún momento le había dado indicios de que estuviera pensando algo así, y ahora que se lo había planteado, ella solo podía sentir miedo.


—Me voy a casa. He perdido el apetito —sacó unos cuantos billetes y los dejó sobre la mesa sin tan siquiera contarlos—. ¿Vienes, o te pido un taxi?


—Voy contigo.


Apenas había pronunciado las dos palabras cuando él ya estaba en la puerta. No hablaron ni una palabra en el camino de vuelta a casa, él con las manos guardadas en los bolsillos y los dientes apretados, pero andando a un ritmo al que ella pudiera adaptarse, lo que le hizo sentirse bien y mal al mismo tiempo. ¿Por qué tenía que presionarla así? Habían hablado de su futuro muchas veces, y él la había animado, para acabar acusándola de ser poco razonable por no apoyar su cambio de planes. ¡Es que ni siquiera le había pedido que se quedara! Al llegar, no se entretuvo ni en quitarse los zapatos. Subió directo al dormitorio. Cuando Paula llegó, ya se había quitado el traje, y la mirada de desprecio que le dedicó mientras se dirigía al baño, le heló la sangre en las venas.


—Esto es ridículo —murmuró.


Pedro abrió la puerta de un armario del baño.


—¿Es ridículo querer formar una familia con mi mujer y mi hijo?


—No. Lo es enfadarse porque no quiero vivir contigo. Me lancé a este matrimonio con los ojos cerrados, y no pienso comprometer mi futuro y tirar por la borda mi libertad hasta que no esté segura de que podemos hacer que funcione. Y tampoco pienso permitir que me presiones para que tome en un instante una decisión así, siendo algo que puedo lamentar toda la vida.


—¿Yo te presiono? —repitió, cerrando de golpe la puerta del armario sin sacar nada—. Duermes conmigo cada noche. Te comportas como si sintieras algo por mí…


—Y lo siento. Mucho.


—Pero no lo suficiente para renunciar a tu preciosa libertad.


—No, si tengo que pagar un precio tan alto —respondió, temblando—. Toda mi vida se ha construido sobre mentiras. El padre al que amo es un monstruo. Mi niñez fue una enorme mentira. El hombre al que yo creía amar mintió ante Dios al casarse conmigo. Me han mentido una y otra vez, y todo para retenerme bajo la bota de un hombre. ¿De verdad puedes culparme porque quiera ser libre?


—¿Me estás comparando con tu padre?


—Tú mismo lo has hecho.


Se miraron a los ojos durante unos segundos interminables hasta que Pedro dió media vuelta y entró en el vestidor.


—Me voy a un hotel —sentenció mientras se ponía unos vaqueros.


—¿Por qué?

Falso Matrimonio: Capítulo 78

 —Ya me he disculpado por eso muchas veces —contestó. Ver que no compartía su entusiasmo le heló la sangre.


—Lo sé, y creo que has sido sincero, pero lo que conseguiste fue hacerme pensar como es debido sobre mi vida y la clase de futuro que quiero. Los dos sabemos que lo de vivir contigo iba a ser solo temporal. Que seamos amantes ha cambiado mucho las cosas, pero no ha cambiado mis planes, y yo no he dicho nada que pudiera hacerte pensar otra cosa.


—Entonces, ¿Qué pasa con nosotros? ¿Te compro un piso, te vas, y hemos terminado?


—¿Por qué se iba a terminar? Podemos seguir estando juntos. Podemos seguir siendo una familia, aunque no en el sentido tradicional. Puede que algún día eso cambie, pero de momento, no. No estoy preparada.


El frío que se había apoderado de su sangre se volvió un martillo de hielo que le golpeaba la cabeza.


—¿No estás preparada? ¡Pero si es la vida que estamos viviendo!


—Pero solo temporalmente —cerró los ojos, apoyó el codo en la mesa y la frente en la mano—. Quiero disfrutar de mi libertad. Es lo que he querido siempre: La libertad de levantarme de la cama sabiendo que no tengo que responder ante nadie, de tomar mis propias decisiones, de ser solo yo.


Pedro levantó la mano a un camarero que pasaba para pedirle algo de beber.


—Tú sabes que, en todo el tiempo que hemos estado juntos, no he dicho nada sobre que me utilizaras, ni tampoco te he pedido que te disculparas por ello —continuó.


Ella dió un respingo.


—Yo nunca te he utilizado.


—Era tu ruta de escape para librarte de tu padre.


—No eras eso para nada. Estaba loca por tí.


Oírla usar el pasado hizo que la tempestad se volviera más violento. Mientras él flotaba embriagado en su relación, pensando en un futuro como familia para ellos, ella iba tachando los días que faltaban para poder perderlo de vista. Antes era tu ruta de escape, ahora soy la gatera de la puerta y pronto seré la cuenta bancaria que te pagará un piso. Ella levantó las cejas.


—No hagas que parezca que yo te he exigido que me compres un piso. ¡Si hubiéramos hecho lo que tú querías, me habrías instalado en algún sitio nada más poner un pie en Nueva York! Además, todo esto no es por mí. Es para que nuestro hijo pueda crecer teniendo a su padre y a su madre en la misma ciudad.


—¿Seguro que no quieres cederme la custodia? —ironizó—. Igual tener un hijo te chafa los planes cuando por fin tengas la libertad que tanto deseas.


Paula palideció.


—Qué injusto es lo que dices. Yo quiero a nuestro hijo y tú lo sabes, y haré lo que sea necesario para que tenga el mejor comienzo posible en la vida. Ese hijo, o esa hija, es la razón por la que estoy aquí y eso también lo sabes. La libertad a la que tenga que renunciar por él no va a ser ningún sacrificio para mí.


—¿Y renunciar a esas libertades por mí, sí que lo sería?


—Eso es completamente distinto, no te hagas el tonto. Tú no quieres que renuncie a mi futuro porque estés enamorado de mí, sino porque has decidido que, ya que estoy aquí y no es tan malo como creías, puedo valer.

Falso Matrimonio: Capítulo 77

 —Llevo semanas pensándolo —desde aquella noche en que había soñado con que su bebé jugaba con él, sabía que lo querría, que de hecho ya lo quería. Y los sentimientos tan fuertes que había experimentado en la gala solo habían servido para cimentar lo que ya sabía—. Ya no le veo sentido a que te vayas a otro lugar, ahora que las cosas han cambiado tanto entre nosotros. Tú y yo… Estamos muy bien juntos. Nuestro hijo tendrá a su padre y a su madre bajo el mismo techo, y no tendrás que navegar por el mundo sola porque yo estaré ahí para apoyarte en todo lo que hagas.


Pasó un siglo hasta que la oyó contestar.


—No tenía ni idea de que tu pensamiento fuera por esos derroteros.


—Pero tienes que estar de acuerdo en que tiene todo el sentido.


Ella negó despacio con la cabeza y tomó su vaso de agua.


—Entiendo tu reticencia.


Su expresión era de cautela.


—¿De verdad?


Pedro apuró su vino y la miró fijamente.


—Te he tratado muy mal. Te culpaba por los actos de tu padre, y he sido cruel. Horrible. Mi única excusa es el dolor que sentía por la muerte de mi padre —cerró los ojos y respiró hondo—. Su muerte es el mayor dolor que he padecido en toda mi vida, y me sentí tan culpable. Me sigo sintiendo culpable porque debería haber ido más a verlos. Debería haberlo llamado más a menudo, estar cuando me necesitasen. Cometí el trágico error de dar por sentado que siempre iba a estar ahí. ¿Recuerdas que una vez me dijiste que no se puede cambiar el pasado? Bueno, pues con eso he estado peleando, porque querría cambiarlo. Querría dar marcha atrás en el tiempo y estar ahí para él, compartiendo esa carga. Estar para él y para mi madre.


Paula tenía la cabeza gacha, pero sabía que lo estaba escuchando sin perder palabra.


—Necesito bajar el ritmo —continuó, inclinándose hacia delante—. He estado tan ocupado prendiéndole fuego al mundo en los últimos diez años que no me he parado el tiempo necesario para conocer a alguien con quien pudiera compartir mi vida. El matrimonio siempre me parecía algo para el futuro. Ahora te tengo a tí y al bebé, y me siento diferente. Estoy listo para ser padre. El tiempo que hemos pasado viviendo juntos, conociéndonos… Sabes que te juzgué mal, muy mal, pero te juro que todo eso ha quedado en el pasado. Podemos centrarnos en el futuro, a partir de ahora mismo. Podemos remodelar la cocina para que te resulte más práctica. Qué tontería… Podemos comprarnos una casa con jardín si tú quieres. Tú solo dime lo que necesitas, y yo te lo conseguiré.


Tardó una eternidad en volver a mirarlo, y sus ojos estaban llenos de tristeza.


—Lo siento, Pedro, pero esto no es lo que yo quiero. Puede que lo sea algún día, pero todavía no. Y creo que tú tampoco lo quieres.


—¿No acabo de decirte que sí? Y sé que tú también lo quieres.


La intensidad de lo que compartían no podía entenderse de otro modo. El futuro que se había pasado el día imaginando estaba lleno de colores brillantes.


—Deja de dar cosas por sentadas —espetó, enfadada—. Lo haces constantemente. Diste por sentado que yo era como mi padre, y ahora que has decidido que no lo soy, das por sentado, porque a tí te apetece y te es conveniente, que lo que yo quiero es renunciar a la libertad que me he pasado la vida esperando para seguir en un matrimonio que siempre ha sido una mentira.

Falso Matrimonio: Capítulo 76

 —¿Y cómo conseguiste el dinero? ¿Lo pediste al banco?


—Fui a tres, pero los tres me rechazaron. Entonces me acordé de que el padre de mi amigo Santiago era inversor privado, así que le pedí a él el préstamo.


—¿Y te lo dió?


—Sí. Dos años más tarde, vendí la tienda porque el sitio había dejado de gustarme, y le pagué el préstamo y los intereses. Lo que me sobró me bastó para pedir una hipoteca sobre el edificio que es ahora mi buque insignia. El resto es historia. Si no hubiera pedido ese préstamo, tú y yo no estaríamos sentados aquí ahora.


—¿Qué habrías hecho?


—Pues no lo sé. Sabía que quería ver el mundo y hacer fortuna. Sabía que tenía buena cabeza para los negocios y una mente analítica, el potencial necesario para reconocer una oportunidad cuando se me presentara. Y ahora tengo intereses en distintos sectores.


—¿Aparte de los grande almacenes?


—Invierto en licenciados universitarios. Si tienen una idea de negocio a la que yo veo potencial, invierto en ellos. Si decides que quieres abrir una tienda, espero que me permitas ser el primero en invertir en ella.


—Solo si es un préstamo con todas sus condiciones. No quiero caridad.


—Eres la madre de mi hijo. Nada de lo que haga contigo sería caridad para mí.


El tercer plato llegó. Paula no se había dado cuenta de que les retiraban el segundo.


—¿Podemos buscar un piso para mí después de Navidad?


Pedro clavó sus ojos verdes en ella y tomó un sorbo de vino.


—¿Tan pronto?


—Dijimos que lo haríamos el año que viene —le recordó—. Nueva York ya no me asusta. Estoy aprendiendo a manejarme en la ciudad, y me siento cada vez más cómoda aquí, así que estoy lista para dar el paso. No me importa dónde sea. Si pudiera ser cerca de ti sería genial, y tampoco me preocupa el tamaño. Con que tenga dos dormitorios me vale, pero si quiero intentar lo de los dulces, necesitaré una cocina con un tamaño decente. ¡Cuando estaba haciendo la tarta de cumpleaños, no me cabían las cosas!


—¿No te gusta mi cocina? —bromeó, aunque había algo en los ojos de Pedro que la intrigaba.


—Es muy básica —contestó, optando por la diplomacia.


—¿Básica?


—En proporción al resto de la casa, es bastante pequeña —explicó, sonriendo—. Y la disposición no es nada práctica, si quieres hacer más de una cosa al mismo tiempo.


—Creía que te gustaba mi casa.


—¡Y me encanta! Lo único que no me gusta es la cocina —dijo, y de pronto recordó que le había contado que lo habían remodelado todo a su gusto—. Perdona —añadió, sonrojándose.


Hacía mucho que no veía el rubor cubrir sus mejillas.


—No tienes por qué disculparte. Pensé en la cocina lo último, cuando ya todo lo demás estaba hecho. Es que apenas se usaba hasta que llegaste tú.


—Me sorprendes.


Pedro sonrió.


—Pero si te gusta tan poco, puedo pedirle a un amigo mío arquitecto que valore si se puede remodelar. Por ejemplo, el cuarto de servicio no se ha usado nunca. Podríamos tirar el tabique y darle el doble de espacio a la cocina.


—¿Y por qué ibas a hacerlo?


Se inclinó sobre la mesa y tomó su mano. Se había pasado el día entero esperando a que llegase el momento adecuado para abordar aquel tema, y el momento había llegado.


—Porque quiero que te quedes.


Paula parpadeó.


—Quiero que te quedes cuando llegue el bebé. Quédate conmigo. Seamos una familia.


Ella miró sus manos entrelazadas un instante antes de sacar la suya y guardarla en el regazo.


—Esto es muy repentino.