miércoles, 17 de mayo de 2023

Inevitable Atracción: Epílogo

 —Si te quedas quieta un momento, querida —pidió Alejandra, arrodillada en el suelo ante Paula.


—Pero se supone que la ceremonia tenía que haber empezado hace una hora protestó su hija—. ¿No podemos olvidarnos del bajo? Estaré igual de casada con un bajo inacabado.


El pelo rojizo brillaba bajo el velo y su esbelta figura quedaba resaltada con un vestido de seda color marfil de cintura estrecha y falda amplia, lo que demostraba que Ruth era capaz de acabar un proyecto cuando se dedicaba a ello. Había concluido un metro de seis metros de bajo con puntadas pequeñas e invisibles... ¡Quedaban cinco! Sonó una llamada furiosa en la puerta.


—Paula, ¿Qué pasa ahí? —preguntó la irascible voz del novio.


—Estamos terminando el bajo —repuso.


—¡Pedro! —exclamó Alejandra consternada—. ¡Vete de inmediato! No debes hablar con Paula antes de la ceremonia.


—Si no sale en dos segundos puede que nunca más hable con ninguna de ustedes. No me caso con ella por el bajo, Alejandra. Libera a mi novia.


—Ya casi he acabado, querida —musitó con sonrisa indulgente.


La puerta se abrió y Pedro entró. Llevaba un frac y, en opinión de Paula, se lo veía devastadoramente atractivo y furioso. Se le encendieron los ojos al verla.


—Hola, preciosa. ¿Quieres casarte conmigo?


—Sí.


—Gracias a Dios. A mí me han abandonado en el altar. ¿Por qué desperdiciar una ceremonia perfecta?


—Lo siento —rió ella. Le acarició la mandíbula.


—Dios, estás hermosa —se le suavizó la expresión al verla. La besó.


—¡Pedro! —exclamó Alejandra horrorizada—. ¡No puedes besar a la novia hasta que no te digan que puedes hacerlo! 


—Es demasiado tarde. Y ahora me ponen al corriente de la situación del bajo.


—Sólo quedan cuatro metros y medio —indicó Alejandra—. Luego tendremos que encontrar algo viejo, algo nuevo, algo prestado y algo azul, y todo estará listo.


—Correcto —confirmó Pedro. Inspeccionó la sala con la vista y vio el maletín de Paula. Los alfileres azules que llevaba en él representaban a Alfonso. Lo abrió y sacó dos cajas—. Son mías —dijo—. Y están sin usar —alzó una caja—. Ésta es una caja vieja. Ahora se las presto a Paula.


Se arrodilló junto a Alejandra y comenzó a darle la vuelta al bajo y a pasar alfileres a través de la seda con dedos impacientes, uno cada quince centímetros.


—Pero, Pedro —comenzó Alejandra. Había una angustia sincera en su voz—. Quiero que sea perfecto para Paula. ¿Cómo puede caminar por el pasillo con alfileres en su vestido?


—Alejandra —él alzó la vista—, ten piedad. Cuando no apareció pensé que había dado marcha atrás, que me había abandonado para que expiara todas las veces que abandoné a otras mujeres sin siquiera pensar en ellas.


—Pedro —protestó Alejandra—. Paula jamás haría algo así.


—Claro que sí —la miró con ojos burlones—. Es lo que me encanta de ella. Pero aún me gustaría cerciorarme de que es mía antes de que se lo piense mejor.


—Bueno... —cedió Alejandra de poca gana.


Paula se agachó entre pliegues de seda marfil. Apoyó una mano en el hombro de él y lo miró con una sonrisa.


—Nunca me lo pensaré mejor —lo tranquilizó—. Pero somos tan afortunados. Tenemos algo que nadie nos puede arrebatar. Lamento haberte hecho esperar, pero ahora que estás aquí... —no acabó la frase, pero él vio la súplica en sus ojos.


—Ahora que estoy aquí no me importa lo que tarde —rió y dejó a un lado las cajas de alfileres—. Bueno, ¿Qué les parece esto? Primero la recepción, y luego la ceremonia. Llamaré a Santiago y le pediré que lo prepare todo. Me quedaré aquí a hacerte compañía —Paula señaló que entonces ninguno estaría en la recepción—. Es verdad —reconoció él—. Bueno, pues no la llamaremos recepción, sino refrescos prematrimoniales. Santiago puede arreglar otra recepción para después de la ceremonia. Además, ¿Para qué están los padrinos? Lo mantendrá ocupado —sacó su teléfono móvil y llamó a Santiago—. Bien, todo solucionado —indicó tras colgar.


—Eres tan arrogante —dijo Paula—. Todo esto es porque tú no podías esperar. Si tenías el teléfono móvil, ¿Por qué no llamaste a la casa?


—Quería verte —rió Pedro con fingida protesta—. Temía que hubieras recuperado la cordura. En ese caso, tendría que haberte vuelto loca otra vez a besos. Será mejor que te bese de nuevo para estar seguro — la besó hasta que ella tuvo que pedirle que parara.


Alejandra señaló con severidad que ya tendrían tiempo de sobra para eso, y continuó cosiendo. 



Se casaron cinco horas más tarde. Nadie hizo ningún comentario sobre el bajo del vestido de la novia, pero todo el mundo coincidió en que se la veía radiante. El novio apenas podía quitarle los ojos de encima.






FIN

Inevitable Atracción: Capítulo 76

 —¿Te encuentras bien? —preguntó él.


—Me parece que sí. Por un momento me pregunté si era yo quien se había vuelto loca, pero no me lo parece. Creo que estás aquí. Lo que pasa es que no me creo estar oyendo lo que oigo.


—Sé que lo estoy haciendo mal —indicó—. Debería decirte que desperté y comprendí que había encontrado a la mujer que llevo buscando toda la vida —le sonrió—. Pero no es así, ¿Verdad? Piensas que eso significa que tendrás todo lo que ya tienes, sumada la pareja perfecta. No te das cuenta de que alguien va a entrar en tu vida y la volverá del revés. Bueno, yo no quería mi vida del revés.


—Oh —repuso Paula con dudas.


—¿Qué piensas? —preguntó Pedro.


—Debes hablar en serio sobre eso de que has venido hasta Cerdeña, pero no pareces alguien cuya vida se haya vuelto del revés. ¿Me estás diciendo que...? —no podo acabar la pregunta.


—¿Estoy enamorado de tí? Sí. Por todos mis pecados, de todas las mujeres que hay en el mundo, tuve que enamorarme de la única incapaz de decir «Sí, Pedro», «Desde luego, Pedro», «Eres tan maravilloso, Pedro». No me extraña que haya sido una compañía tan desagradable — dejó caer arena por entre sus dedos—. A veces quería retorcerte el cuello; no es raro que tardara tanto en descubrir qué me había pasado. Pero me aburro si tú no estás conmigo; la oficina parece vacía cuando tú no estás; mi piso parece vacío porque estuviste allí y ya no estás. Quiero que te cases conmigo; ¿Lo pensarás?


Paula lo miró fijamente. Hasta ese momento el único que había hablado había sido él, y no lo había animado a ello. Sabía que no era justo, pero había guardado su secreto tanto tiempo. Si lo supiera, ¿Cambiaría de parecer? Pero no podía decirle que sí y no revelárselo.


—Pedro.


—Sí, Paula.


—Hay algo que debo contarte.


—¿Hay otro? —frunció el ceño.


—No, no hay nadie más —respiró hondo—. Nunca ha habido otro.


—¿Qué quieres decir? —fuera lo que fuere lo que esperara, no había sido eso—. Me comentaste que te gustaban muchos tipos de hombres.


—Me lo inventé. No quería que lo supieras —lo miró con expresión grave—. No pensaba que fueras perfecto. Si tuviera que elegir a alguien para enamorarme, tú eres la última persona a la que escogería.


—Gracias.


—Pero no tuve elección. Sucedió. Siempre he sentido esto. Jamás he sido capaz de mirar a otro. No parecía importar lo exasperante que eres.


—Así que la otra noche... —la observó—. Cuando dijiste que habías estado esperando acostarte con el hombre con el que querías pasar el resto de tu vida... ¿Te referías a mí?


—Oh, no —se apresuró a corregir—. Me lo inventé. Quiero decir, durante años he intentado que me atrajera otro hombre para poder olvidarte... Y si hubiera podido encontrar a alguien que me hubiera atraído un poco, probablemente me habría acostado con él... lo que pasa es que jamás consigo encontrarlo. Pero pensé que si sabías que era virgen, te mostrarías suspicaz, así que solté lo primero que se me pasó por la cabeza.


Pedro prorrumpió en una carcajada.


—Paula, cariño —los ojos le brillaron divertidos—, no me extraña que no pueda vivir sin tí. Estás completamente loca.


—¿Y no te importa?


—¿Que estés loca? 


—¿Que estuviera enamorada de tí en todo momento? —asustaba decirlo. Ya nunca podría retractarse. Si cambiaba de parecer, ella seguiría igual, pero Pedro lo sabría.


La miró. Sabía que no lo diría a menos que fuera verdad. Así que siempre había sido suya. Él no siempre había estado enamorado de Paula... Después de todo, sólo era una chiquilla cuando se conocieron, pero, ¿No había impedido que fuera de otra? Había conocido a tantas mujeres con los años... ¿No le había faltado algo siempre?


—Bueno, quizá en todo momento buscara a alguien como tú, con la salvedad de que no existe nadie como tú.


—¿Significa eso que aún voy a recibir el cinco por ciento de Alfonso? —preguntó.


—Creo que más. A menos que conozcas una ceremonia alternativa — Paula sonrió un poco más—. ¿Sabes cómo se dice «Quiero que todos mis hijos sean como tú?» en estonio?


—No.


—¿Sabes cómo se dice «Cuando no estás conmigo eres en lo único en lo que pienso» en tamil? —volvió a exhibir su expresión burlona.


—No.


—¿Qué te parece «Puedes fundar tu propia compañía y yo me ocuparé de ella si te aburres» en maltes?


—En realidad, no.


—Bueno, probemos con una fácil. ¿Cómo dices «Te amo» en inglés?


—Te amo —repuso Paula.


—Bien. Está muy bien. Y yo también te amo —alargó una mano y le acarició el resplandeciente cabello rojo. Inclinó la cabeza y la besó.


Paula se aferró a él como si fuera lo único seguro en un mundo loco. Cuando él se apartó, le acarició la mejilla, y recordó todos los momentos con Pedro que había atesorado como si no pudieran repetirse. Pero iba a tener toda una vida de ellos.


—¿Cuándo quieres casarte? —le preguntó.


—Tan pronto como sea humanamente posible. Al marcharme, tu madre prometió que te haría un vestido de novia.


—¡Oh, no! —exclamó horrorizada. 


—Oh, sí. En cuanto empiece, no podremos casarnos hasta que lo termine, y como nunca lo terminará, en este momento disponemos de una oportunidad que jamás se nos volverá a presentar. Es ahora o nunca, Paula. ¿Qué dices?


—Ahora, por supuesto. Ahora y siempre. 

Inevitable Atracción: Capítulo 75

 —Se me ocurren unas cuantas cosas que me harían bien. Podrías decir que sí. Podrías aceptar que repitiéramos lo de la noche pasada. Podrías dejarme acabar lo que iba a decir. Al menos me gustaría pensar que una de las tres opciones tiene una remota posibilidad.


Paula volvió a morderse el labio. Pedro parecía tan «Extraño». Lo había visto actuar con las mujeres durante años, y no era capaz de recordarlo tan delicado, encantador. Nunca lo había visto de esa manera.


—Dí lo que quieras decir.


—Gracias —frunció un poco el ceño—. Mira, me doy cuenta... Lo que quiero decir es que sé que las semanas después de aquella noche no fueron exactamente... Es decir... —se pasó una mano por el pelo con gesto exasperado—. Demonios. Le aseguré a tu madre que no iba a funcionar.


—¿Qué?


—¿No pensarás que me encontraría aquí si no hubiera hablado con ella? —sonrió—. Sé que me consideras arrogante, pero no estoy loco.


—¿Mi madre te dijo que te declararas?


—Digamos que me animó —sonrió otra vez ante su expresión de incredulidad. Se encogió de hombros—. La cuestión es que después de aquella noche que pasamos juntos, sé que me equivoqué en todo lo que hice. Debes comprender que llevo años haciendo lo que he querido. Estaba acostumbrado a tener el control. Pero tú te has metido en mi piel. No dejé de pensar en tí en Praga, y resultó irritante. Se interponía en mi forma de trabajar… No dejaba de pensar en excusas para llamar a la oficina, y en su momento parecían perfectamente razonables salvo que no me quedaba tranquilo hasta que hablaba contigo, y mientras te tuviera al teléfono todo estaba bien, pero cuando colgabas empezaba a sentirme inquieto de nuevo.


—Me dió la impresión de que llamabas mucho —lo miró con timidez—, pero lo justifiqué pensando que quizá siempre lo hacías si te hallabas en Praga y la persona con la que querías acostarte estaba en Londres.


—Jamás fui allí, así que no hay un «Siempre» en el que basarnos — sonrió—. Pero a juzgar por experiencias pasadas, lo más probable es que hubiera encontrado a alguien que no estuviera del otro lado de una línea telefónica. 


—Es lo que yo pensé. Pero cuando hablabas conmigo te mostrabas como siempre eras.


—¿Cómo puedes decir eso? —protestó—. Nunca he intentado decirle a una chica que no podía quitármela de la cabeza en checo o húngaro. No podía quitarte de la cabeza. Pensé que lo conseguiría, pero cuando nos acostamos todo empeoró. No pude dejar de pensar en tí. No me gustaba que alguien me hiciera sentir así. Me molestaba que pudiera desear tanto algo que estuviera fuera de mi control. Por ello, naturalmente, me comporté de un modo que confirmó todo lo peor que alguna vez has pensado de mí.


Paula cerró los ojos. La brisa marina le refrescó la cara; la arena era suave bajo la toalla. Se hallaba en Cerdeña de vacaciones. Eso estaba claro. Al menos existía alguna certeza en el mundo. La cuestión era... ¿Se había vuelto completamente loca? ¿Quizá la añoranza que tenía de él había hecho que lo imaginara? Abrió los ojos. Pedro seguía allí enfundado en su bañador. Todas las pruebas sugerían que estaba en Cerdeña con ella, que...


Inevitable Atracción: Capítulo 74

Pensó cansinamente en todas las semanas que había intentado luchar contra lo que sentía. Había salido con una mujer diferente todas las noches, pero le parecían las mismas. Con mayor o menor delicadeza, cada una había intentado averiguar cuándo volvería a verlo, y él fue el de siempre para rechazarlas. Entonces lo tuvo claro. No le importaba que les gustara o no su estilo, porque no le importaba si jamás las veía otra vez. Si alguna se iba y juraba que nunca más le hablaría, siempre era reemplazable. Todas lo eran. Pero nunca había conocido a alguien como Paula. Si no lo arreglaba con ella, la perdería, y jamás habría alguien que pudiera sustituirla. 


—Aunque no he venido por eso —explicó—. Hemos dejado algunas cosas inconclusas entre nosotros. Quería hablar contigo, y de repente ya no estabas allí,


—¿Tenemos que hablar de ello? —se mordió el labio con desesperación—. Se está tan bien aquí. ¿No podríamos disfrutarlo sin hablar?


«Alejandra es una idiota romántica», pensó con furia. Era perfectamente obvio que perdía el tiempo. Tendría que haber recordado que la madre de Paula era una optimista incurable. Pero no podía marcharse sin exponer lo que había ido a decir.


—No quiero estropearte las vacaciones —comenzó con ironía—. Por otro lado, me he tomado bastantes molestias para localizarte. Comprendo que quizá no te guste lo que pienso decirte, pero creo que te lo debo.


—No me debes nada —se apresuró a indicar ella—. Sé que aquella noche nos acostamos juntos, pero los dos... ¿No lo aceptamos por lo que era?


—¿Y qué era? —su expresión fue inusualmente sombría.


—Actuamos de acuerdo a lo que sentíamos entonces. No hicimos ninguna promesa.


—No—corroboró Pedro. Se echó de lado, apoyado en un codo. A pesar de sí misma, ella lo devoró con la vista, como si en vez de tres semanas hubieran, pasado tres años. Él parecía cansado; debía trabajar mucho—. Algo me dice que pierdo el tiempo —continuó Pedro—. Después de todo, nunca fue un secreto lo que sentías por mí. Aquella noche fue... Bueno, iba a comentar que fue inusual, pero quizá no. Esa noche tampoco mantuviste en secreto la naturaleza de tus sentimientos.


—Pedro, ¿De qué estás hablando?—suspiró Paula.


—¿Siempre haces que sea tan difícil que alguien se te declare?


Paula lo miró en un silencio absoluto. Oyó las olas rompiendo en la playa.


—¿Qué hago qué? —inquirió al fin.


—Sé que es un poco súbito —comentó él—. Pensaba llegar a ello poco a poco, pero no me diste muchas oportunidades de explicarme.


—No hay nada que explicar —se quitó un mechón de la cara—. Te has vuelto loco. Todo el mundo en la empresa trabaja demasiado, y tú más que nadie; supongo que has enloquecido por el exceso de trabajo. Te hará bien tumbarte aquí bajo el sol y relajarte. 

Inevitable Atracción: Capítulo 73

 —Lo sé, cariño —decía—, pero todo es nuevo para mí. Nunca antes había estado enamorado —reía—. Bueno, desde luego que es maravilloso, pero es una absoluta pesadilla.


Paula tuvo que apoyarse en la pared. Eso era lo que había pasado. Había conocido a alguien, y en esa ocasión era lo verdadero.


—No, no se lo he dicho a Paula —continuó él—. No es exactamente... Quiero decir que no resulta lo más fácil de introducir en una conversación. Ya sabes cómo es... —Paula se mordió el labio. Era alguien que conocía—. En realidad no sé cómo se lo tomará —hizo una pausa y volvió a reír—. Sí, para tí es fácil decirlo, ya que no eres tú quien se enfrenta al pelotón de fusilamiento. No obstante, cuanto antes mejor. Te haré saber cómo va.


Paula apretó los dientes. No pudo soportarlo. Pedro le explicaría que había conocido a una mujer con la que quería pasar el resto de su vida.  ¿Era Romina? ¿O Sandra? Le explicaría que se había enamorado, y ella tendría que quedarse quieta, sonriendo y fingiendo que no le importaba. Iba a marcharse a Cerdeña. 





Un sol resplandeciente quemaba un blanco semicírculo de playa y centelleaba sobre las olas del mar azul. Paula estaba sentada debajo de la enorme sombrilla rayada. Tenía la piel blanca de una pelirroja, y debía andar con cuidado con el sol. Había estado nadando un rato, y en ese momento leía una novela de Agatha Christie en italiano. Una sombra apareció en la arena delante de la sombrilla. Mantuvo la vista baja. Había pasado casi todas sus vacaciones esquivando a los persistentes sardos. No tenía ganas de echar a otro.


—Buon giorno, signorina —saludó una voz profunda y relajada—. ¿Te importa si me uno a tí? Veo que lees un libro; seguro que no deseas que te interrumpan.


Paula alzó la vista cuando él extendía la toalla a su lado; el corazón casi le da un vuelco.


—¿Pedro?


—¿Sabes cuánto me ha llevado encontrarte aquí? —preguntó—. ¿Por qué no pudiste elegir una pequeña isla griega? A propósito, ¿Por qué desapareciste de repente? —enarcó una ceja—. Pensé que estabas metida en el proyecto de Feffel & Meyers.


—Lo sé. Decidí que no era para mí. Lamento haberme ido de pronto, pero pensé que ya se había hecho suficiente para que otra persona pudiera ocuparse de él.


—Bueno, es evidente que fue tu decisión —indicó tras mirarla un rato y continuar con un tema seguro. 

Inevitable Atracción: Capítulo 72

La cena de Paula con Pablo fue mejor que lo que ella habría esperado. Al principio él se mostró escéptico sobre convencer a alguien de su empresa de que todo el personal tendría que aprender a manejar un paquete informático nuevo, pero lo vió cautamente animado después de oír lo sucedido con el experimento Barrett. Confirmó la sospecha de Paula de que los diferentes sistemas tenían un valor simbólico que iba más allá de las consideraciones prácticas.


—Pero nadie querrá reconocerlo —le dijo—. ¿Hay algún modo de que puedas hacer que parezca una decisión pragmática? Hay gente en ambos lados que jura que hay cosas que puedes hacer en dos segundos con el sistema que defiende y que con el otro se requieren dos horas; si pudiéramos llevarlo a cabo con un sistema que emplearan ambos...


Paula pensó que era una de esas cosas que sonaba tan fácil y obvia y que probablemente necesitaría años de trabajo. Sonrió y comentó que era una buena idea y que situaría todo bajo una perspectiva nueva... Pedro se habría sorprendido si hubiera estado presente para oírlo. Las dos semanas siguientes se dedicó a investigar. Era una forma de no pensar en él. En cuanto le colgó aquella noche no pudo creerse lo que había dicho. Había tirado una última noche con él... ¿Y por qué? Por orgullo. Si se hubieran hallado en la misma habitación no lo habría hecho. Pero estaba hecho, y Pedro lo había aceptado. Parecía salir con una mujer diferente cada noche. Cuando lo llamaba a eso de las seis y media a su despacho para preguntarle algo, él le informaba de que tenía prisa porque esperaba que en cualquier momento entraran Micaela, Aldana o Nadia. Así transcurrió otra semana profesionalmente estimulante. Cuando tomaba un descanso una mañana, se encontró en la cafetería con la jefa de Personal. Parecía extenuada.


—¿Cuál es tu secreto? —le preguntó a Paula cuando se dirigían a una mesa con las bandejas.


—¿Mi secreto? —sonrió.


—Con el señor Alfonso. Por su despacho han pasado seis secretarias en tres días. Siempre ha tenido una rotación impresionante, pero por lo general conseguíamos a alguien que durara una semana. He de reconocer que jamás tuvimos a nadie con tu aguante —suspiró—. Sé que para tí es una oportunidad maravillosa, Paula, pero el corazón se me cayó a los pies cuando te ascendió. Al principio pensé que de algún modo lo habías reformado... Una chica llegó a decir que había sido amable con ella, si es que puedes creerlo. Ahora ha vuelto a ser el mismo tirano, si no peor.


—Bueno, es evidente que si la gente deja que se salga con la suya, eso no hace más que animarlo —repuso con severidad—. Es muy malo para él.


—Malo para «Él» —musitó la señora Cox—. Una chica no fue capaz de aguantar ni una hora. No sé qué les dice.


—¿Quieres que hable con él? —preguntó Paula.


—¿Con el señor Alfonso?


—Deja que lo exponga de otra manera. Voy a tener una charla con el señor Alfonso, le guste o no.


Comprendió que había pasado un tiempo desde la última vez que le había dicho a Pedro lo que pensaba de él. No podía besarlo, desde luego, pero aún podía insultarlo. Les vendría bien a los dos. Tomó el ascensor hasta la última planta con expresión marcial en los ojos. Una secretaria con lágrimas en los ojos pasó junto a ella y huyó por una puerta que ponía "SÓLO SALIDA DE EMERGENCIA". El aullido de una alarma llenó el edificio. Paula introdujo la clave para apagarla, luego se acercó a la puerta del despacho de Pedro. Hablaba por teléfono, de modo que esperó fuera. 

Inevitable Atracicón: Capítulo 71

Alzó el auricular y marcó su número, mirando con ojos furiosos la pared. 


—¿Hola? —dijo la voz que nunca se había sentido intimidada por él durante los últimos quince años.


—¿Paula?


—¿Pedro? ¿Ocurre algo? —el asombro en la voz de ella le recordó que no tenía motivos para llamarla. 


—No. Sólo... sólo me preguntaba si has pensado algo más sobre la propuesta para Meffel & Fires... quiero decir, Feffel & Meyers. ¿Quieres que te recuerde algo para tu cita?


—Creo que por el momento bastan unas cifras aproximadas. Puedes darme lo que tengas mañana durante la comida. En esta fase pienso mantener las cosas bastante informales... Me parece que no sería una buena idea abrumarlos con una presentación completa.


Con sólo oír su voz ronca y baja la deseaba.


—Desearía que estuvieras aquí—musitó en el tono de voz que durante años a las mujeres les había resultado irresistible.


—¿Qué? —dijo Paula.


—Desearía que estuvieras aquí —rió—. ¿Sabes?, llevo pensando en tí toda la noche... Pensando en anoche. Me he pegado por recordar a Juliana esta mañana. En cualquier caso, no me he divertido. Tampoco habrá sido muy agradable para ella... Estar sentada frente a alguien cuya mente se hallaba en otra parte.


—No —repuso ella.


Pedrp pensó que si la tuviera con él podría abrazarla y besarla; entonces no tardaría en dejar de mostrarse fría y distante.


—Bueno, ¿Te parece bien pasado mañana?


—Pedro—habló Paula tras un breve silencio—, ¿Te importaría que volviéramos a mantener una relación profesional? Anoche lo pasé bien, pero no soy muy buena en distinguir una cita fija de una semipromesa. Creo que siempre me preguntaré si algo que yo pensaba que era una cita se iba a convertir en una vaga posibilidad en cuanto conocieras a alguien que te resultara más interesante. En una ocasión me dijiste que la mayoría de las mujeres a las que conoces comprende las reglas del juego, de modo que pienso que sería mejor que volvieras a verlas. Es evidente que no hay motivo por el que no podamos formar un gran equipo, profesionalmente hablando. Y ahora debo dormir un poco. Quiero estar en buena forma mañana. Buenas noches.


Colgó. Éste contempló el auricular y luego lo colgó con furia. ¿Cómo había sucedido? Media hora atrás al menos sabía que en el futuro próximo iba a volver a acostarse con Paula; y en ese momento ella lo había dejado.  Nada de eso le gustaba. No le gustó la sensación de decepción que experimentó, ni las ganas que tuvo de volver a llamarla en cuanto colgó, para explicarle que todo había sido un terrible malentendido y que jamás, jamás, la dejaría por otra mujer, porque no podía imaginarse desear estar con otra cuando podía estar con ella. ¿Qué le pasaba? «Ella tiene razón», decidió con pesar. Había cometido un error, al involucrarse con una mujer que desconocía las reglas. Ella se lo estaba tomando demasiado en serio. No podía permitirse el lujo de pensar en Paula cada cinco minutos. Debería volverá ver al tipo de mujer que entendía y que lo entendía. Sacó una pequeña agenda electrónica del bolsillo de la camisa y comenzó a echarle un vistazo a los nombres. Analía, Carla, Karen, Fabiana... Apretó los dientes y se puso a realizar llamadas telefónicas.