viernes, 9 de diciembre de 2022

Yo Estaba Aquí: Capítulo 79

 –¿Toma qué? –preguntó ella. Se obligó a sí misma a no llorar, pero ya sentía que empezaban a escocerle los ojos. Pedirle opinión sobre el anillo que había comprado para otra mujer sería demasiado cruel.


 –Toma –repitió él con más insistencia–. Ábrelo.


 Paula sintió que el corazón se le caía hasta los pies. Su momento con él había terminado. No estaba preparada para ello, pero así era. Sin más. Se obligó a levantar la caja y la abrió. Dentro estaba el anillo de diamantes más bonito que había visto jamás.

 

–¿Y bien? –preguntó él con impaciencia. Era evidente que a Paula le había gustado. ¿Por qué entonces no decía nada?

 

–Es precioso –susurró ella.


 –¿Pero? –preguntó él al notar la vacilación en su voz.


 –Pero nada. Es precioso –repitió Paula Tomó aliento y lo miró a los ojos–. ¿Para quién es?


 Pedro estuvo a punto de quedarse con la boca abierta.

 

–¿Hablas en serio? –preguntó.

 

A Paula le escocían los ojos más que nunca. Era cuestión de tiempo que empezaran a brotar las lágrimas. Tenía que marcharse antes.


–Por favor, no juegues conmigo, Pedro. Sí, hablo en serio. ¿Para quién es?

 

–Para tí, idiota –¿Cómo era posible que no se diera cuenta?

 

–No soy idiota –respondió Paula indignada–. Soy… ¿Para mí? –se quedó mirándolo con la boca abierta al ser consciente de sus palabras–. ¿Me estás regalando a mí el anillo?


 ¿Por qué si no pensaría que se lo había dado?


 –Sí –insistió él.


 Cualquier otra persona habría dado saltos de alegría al saber que el anillo era suyo, pero Paula no era cualquier otra persona, y Pedro tampoco. Con él había que dejarlo todo claro antes de permitirse dar rienda suelta a sus sentimientos.


 –¿Por qué?

 

¿Todavía necesitaba explicaciones? Aquello era más difícil de lo que había esperado… Pero por Paula merecía la pena. 


–Porque pensaba que querrías que esto fuera algo tradicional.

 

–¿Esto? –preguntó ella, negándose aún a aceptar lo evidente por miedo a que le hiciera daño.


 Pedro no pudo más que quedarse mirándola. Estaba siendo muy claro. ¿Por qué se resistía?


 –¿Por qué estás haciéndolo tan difícil? –le preguntó–. Estoy pidiéndote que te cases conmigo.


 Paula se quedó sin palabras durante unos segundos.

 

–No es verdad. Lo que estás haciendo es confundirme. No se ha hablado de matrimonio –la cabeza empezó a darle vueltas y el corazón comenzó a latirle tan deprisa que pensó que iba a desmayarse–. ¿De verdad estás pidiéndome que me case contigo?

 

–¡Sí! –gritó él–. ¡Por fin! –añadió aliviado. Empezaba a pensar que no lo entendería nunca.


 –¿Por qué?


 –¿Qué quieres decir?

 

–¿Por qué? –repitió ella–. Son dos palabras muy sencillas. ¿Por qué me pides que me case contigo? ¿Has bebido demasiado? ¿Has apostado a que podrías casarte a medianoche o…?


 –Es porque te quiero, maldita sea –respondió él–. Te quiero, y estas dos últimas semanas me he dado cuenta de que he estado perdiendo el tiempo, yendo de mujer en mujer cuando tengo a mi lado a la única mujer que necesito.

 

Se quedó mirándola a los ojos durante unos segundos, buscando alguna señal de compromiso, de aceptación.

 

–Eres mi mejor amiga y no puedo dejar de pensar en ti. No quiero dejar de pensar en tí. Nunca –enfatizó–. Cásate conmigo, Paula.


 Estaba pidiéndole que se casara con él. Estaba pidiéndoselo de verdad. Aquello no era un sueño.

 

–¿Cuándo? –preguntó.


 –Cuando estés lista. Ahora, si quieres que vaya a buscar al cura –le dijo él, dispuesto a sacar al hombre de su casa, situada detrás de la iglesia.

 

–Espera, espera. Esto va demasiado deprisa –una parte de ella aún pensaba que iba a despertarse en cualquier momento–. Aun a riesgo de arruinar algo que he estado esperando desde la primera vez que te ví, tengo que decirte algo –tomó aliento antes de continuar–. Has de saber que no solo te casas conmigo.

 

–¿No? 


–No. Tengo responsabilidades, Pedro. Tengo que cuidar de Camila. No puedo darle la espalda sin más.

 

¿Eso era todo? A él le encantaba Camila. Entre otras cosas porque podía hablar con ella. Eso no siempre era posible con niños de su edad.


 –No te estoy pidiendo que lo hagas.

 

–Y además está mi madre –continuó Paula con nerviosismo. No quería ahuyentarlo, pero sus responsabilidades eran las que eran–. Es independiente y testaruda, pero no puedo dejarla sola.

 

–Lo sé –contestó él con una sonrisa–. Me cae bien tu madre. Sé que a ella también le caigo bien. Y me dijo que te resistirías, pero que siguiera insistiendo hasta agotarte.


–Un momento –algo no tenía sentido–. ¿Has hablado con mi madre de esto?

 

–Sí –la conversación había sido larga–. ¿Por qué crees que no ha venido a la boda? No quería que estuvieras distraída cuidando de ella y de Camila. Tengo su bendición, por cierto –le dijo–. Lo que necesito ahora es la tuya.

 

¿De verdad creía que hacía falta preguntarlo?

 

–La has tenido desde el principio –respondió Paula, y dejó que las lágrimas resbalaran libremente por sus mejillas.


 –Se supone que no has de llorar cuando dices que sí.


 –¿Quién lo dice?

 

–No sé. Pero me parece una buena norma –dijo él mientras la estrechaba entre sus brazos–. Lo eres todo para mí, Paula, y por fin he sido lo suficientemente listo para darme cuenta –le había llevado mucho tiempo.

 

–Si tan listo eres, ¿Por qué no te callas y me besas de una vez? – preguntó ella.

 

–Ahora llegamos a la parte buena –respondió Pedro antes de besarla.

 

Y fue muy buena. La mejor de todas. Y se prometió a sí mismo que siempre sería así. 

Yo Estaba Aquí: Capítulo 78

 –Entonces, ¿Los regalos no importan? –le preguntó él inocentemente.

 

Paula se rió. Pedro era muchas cosas, pero no inocente.


 –Yo no he dicho eso. Sí que importan –admitió libremente–. Porque no los espero y porque nadie tiene obligación de regalarme nada –había algo en sus ojos que Paula no entendía. No le gustaba la sensación de no poder interpretar su mirada–. ¿A qué viene hablar ahora de regalos? –preguntó sin poder evitarlo. Lo correcto habría sido dejarle hablar y después dejar el tema cuando él se cansara. Pero la curiosidad había podido con ella.

 

«¿Y si está tanteándote y quiere tu consejo para regalarle algo a una chica a medianoche? ¿Un regalo importante a medianoche?». En vez de responder, Pedro siguió bailando con ella y miró el viejo reloj que había colgado en la pared trasera de la casa. La música terminó justo cuando el reloj dió las doce.

 

–Es medianoche –le dijo ella innecesariamente.

 

–Sí, lo es.

 

–¿Puedo irme ya a casa? –insistió Paula. Por mucho que le encantara estar entre sus brazos, bailando, tenía que marcharse antes de que fuera demasiado tarde.


 –Dentro de un minuto –respondió Pedro–. Tengo que enseñarte una cosa.

 

Paula tuvo que contener sus ganas de suspirar. Tenía razón. Pedro tenía un regalo para alguna chica y quería saber su opinión. Tenía que marcharse. ¿Por qué no se lo habría enseñado antes? «¿En serio? ¿Habrías preferido eso? ¿Pasar toda la noche sabiendo que estaba aquí contigo solo por amistad, y que la mujer con la que realmente deseaba pasar el tiempo iba a recibir un regalo de Navidad mientras tú te ibas a tu casa?».

 

–¿Adónde vamos? –preguntó mientras Pedro se alejaba de las carpas.


En pocos segundos ya habían dejado atrás la fiesta. Pedro deseaba seguir andando hasta que estuvieran a solas. Pero entonces también se quedarían sin luz porque, por muchas estrellas que hubiera en el cielo, no proporcionaban suficiente luz. Y quería que Holly pudiera ver lo que quería mostrarle; además, quería ver su expresión cuando lo viera.  Esperaba no tener que arrepentirse de aquello.


 –Aquí –le dijo al detenerse–. Vamos aquí.

 

Paula miró a su alrededor. Estaban prácticamente en mitad del campo. Volvió a mirarlo sin entender nada.

 

–¿Qué hay aquí? –preguntó.

 

–Nosotros –respondió él sin más.

 

–Eso ya lo veo –dijo ella. 


Al ver que Pedro vacilaba, lo miró preocupada. Nunca antes le había costado trabajo decirle nada. ¿Sería porque iba a dolerle? Fuera lo que fuera, la espera estaba empeorándolo. Quería acabar con eso lo antes posible, como quitarse una tirita de golpe.

 

–¿Sucede algo? –le preguntó con la garganta seca.

 

–Bueno –respondió él lentamente–. Eso depende.

 

–¿De qué? –preguntó ella, y le sorprendió que pudiera pronunciar las palabras a pesar de tenerlas pegadas a la garganta.

 

–De lo que digas.

 

Paula se quedó mirándolo. ¿Desde cuándo su opinión importaba tanto? Normalmente le preguntaba lo que pensaba, pero la verdad era que Pedro era un hombre independiente y al final hacía lo que quisiese hacer. Que su respuesta fuese negativa no iba a cambiar nada, ¿Por qué entonces estaba haciendo aquella tontería?  Aun así decidió seguirle la corriente.

 

–De acuerdo –le dijo–. Estoy preparada.

 

–Eso espero –respondió él, lo cual aumentó su confusión.

 

Antes de poder preguntarle qué quería decir, Pedro se metió la mano en el bolsillo y sacó algo pequeño.

 

–Toma –dijo antes de enseñárselo.

 

Paula se quedó mirando la cajita de terciopelo que tenía en la palma de la mano.

Yo Estaba Aquí: Capítulo 77

 –De acuerdo. Tú sigue pensando eso –volvió a mirar el reloj. Ya era casi medianoche. Tenía que irse antes de acabar exhausta–. Bueno, ha sido una velada encantadora y una ceremonia preciosa, pero voy a tener que pedirte que me lleves a casa. O mejor aún –miró a su alrededor mientras hablaba–, quizá le pida a uno de los hermanos Murphy que me lleve.

 

–¿Uno de los hermanos Murphy? –repitió él con el ceño fruncido–. ¿Por qué?


 Cierto, Pedro no olía como si hubiera estado bebiendo, pero algo pasaba. Actuaba de una manera extraña aquella noche, y ella daba por hecho que era por el alcohol. No quería que corriese el riesgo.

 

–Bueno, Bruno y Joaquín no parecen estar bebiendo –le explicó– y, aunque no estemos en Dallas, es más seguro meterse en carretera estando completamente sobrio… Sobre todo de noche.

 

Pedro le agarró la mano y entrelazó los dedos con los suyos.

 

–Hay tiempo de sobra para llevarte a casa –le aseguró cuando ella se quedó mirándolo–. Unos pocos minutos más no cambiarán nada. Baila conmigo –añadió al ver que Holly abría la boca, sin duda para protestar.

 

–No hay música –señaló ella.

 

Pedro levantó la mano que tenía libre.

 

–Espera –le dijo, ladeó la cabeza y siguió su propio consejo.

 

Si de ella hubiera dependido, se habría quedado a su lado hasta que se acabara el mundo. Pero tenía que pensar en Camila y eso lo cambiaba todo.


 –Pedro, de verdad, tengo que…

 

–¿Ves? Ahí está –le dijo él cuando la banda de Joaquín, al terminar sus quince minutos de descanso, comenzó a tocar de nuevo. Era una canción lenta que a Pedro le pareció perfecta–. Solo has de ser paciente –añadió mientras la arrastraba hacia la pista de baile que sus hermanos y él habían construido para la ocasión el día anterior. Habían tenido que trabajar todos juntos durante la noche para hacerlo realidad. Pero ese era el tipo de cosas que hacían sus hermanos y él; hacían lo imposible en poco tiempo.

 

–Eso sí que tiene gracia –murmuró ella mientras empezaba a relajarse.


Pedro la miró a los ojos y se permitió perderse en ellos durante unos instantes.


 –¿El qué?


 –Que tú me digas que sea paciente –«Llevo siendo paciente toda mi vida, Pedro, esperando a que te fijaras en mí aunque fuera un poco». 


–¿Estás insinuando que soy un impaciente? –preguntó él con una sonrisa, a pesar de intentar sonar serio.


 –No. No lo insinúo –respondió ella con una carcajada que se reflejó en sus ojos–. Lo digo abiertamente.

 

–Puede que lo fuera –admitió él–. Pero ese era el antiguo yo. El nuevo yo es muy paciente.


 «Sí, claro. Eso nunca pasa», pensó ella. Pero decidió seguirle la corriente.


 –¿Y con qué está siendo paciente el nuevo tú? –preguntó, e hizo lo posible por no reírse. Todo el mundo sabía que Pedro era la definición de la impaciencia.

 

Pedro decidió que lo comprendería mejor más tarde.

 

–¿Por qué no seguimos hablando de eso luego?


 –De acuerdo –convino ella, convencida de que, cuando llegara ese «Luego», Pedro ya se habría olvidado por completo del tema. Eso sí que sería típico de él.

 

No era que estuviera mintiendo a propósito, simplemente era incapaz de recordar todo lo que decía. Eso era parte de lo que era y ella lo aceptaba, lo aceptaba todo con tal de poder disfrutar de aquellos preciados momentos con él, para poder revivirlos después en su cabeza hasta haber agotado los recuerdos. «Jamás me olvidaré de esto, Dios. Gracias», pensó.

 

–Ya casi es Navidad –le dijo Pedro.

 

–Lo sé –respondió ella–. Te lo he dicho antes. Por eso tengo que irme a casa.


 –No se abren los regalos hasta el día de Navidad, ¿No? –le preguntó él de pronto.

 

–Es una tradición –explicó ella–. Cuando no tienes muchos, te gusta alargarlo un poco, quedarte mirando tu regalo e imaginar qué podrá ser –se preguntó si Pedro querría saber por qué su madre le habría dicho a Camila que pusiera su regalo bajo el árbol en vez de permitirle abrirlo en aquel mismo momento–. Mi madre y yo malcriamos a Camila, pero no le hará ningún mal esperar un poco, como hacía yo.


 –Nunca pensé que fueras pobre –confesó él.

 

–Yo no me sentía pobre –respondió ella apresuradamente, pues noquería que pensara que buscaba su compasión–. Pero, a posteriori, echando la vista atrás, me di cuenta de que no tenía muchas cosas, cosas materiales, igual que los demás niños. Sin embargo –añadió, porque siempre intentaba verle el lado positivo a cualquier situación–, eso me hizo ser más fuerte y menos materialista.

Yo Estaba Aquí: Capítulo 76

Dado que iba a hacer más frío de lo que habían pensado inicialmente, el día anterior a la boda habían decidido trasladar el banquete al rancho Alfonso.  Los invitados que no se dejaban intimidar por las bajas temperaturas lo celebraron fuera, detrás de la casa, donde habían colocado varias carpas gracias a Valentina, la esposa de Rafael, y a sus contactos en la industria del cine, donde el uso de carpas en los rodajes era algo habitual.  Los invitados más delicados celebraron la boda dentro e inundaron la casa de cuerpos y de risas.  Al poder elegir, Paula se quedó fuera, donde el cielo estrellado hacía que la velada resultase más especial de lo que ya era. Eso y que la banda de Joaquín Murphy estaba tocando fuera, aunque lo suficientemente cerca de la casa como para que la música pudiera oírse también dentro. Para su sorpresa, en vez de mezclarse con la gente y desaparecer, Pedro se había quedado con ella toda la noche, a pesar de los intentos descarados de varias mujeres por llamar su atención.  En general resultó una velada mágica para ella. Pero hasta los cuentos de hadas terminaban, y aquella velada tenía que terminar también. Tenía que estar en otro sitio después de medianoche.

 

–No paras de mirar el reloj –advirtió Pedro al llevarle otro vaso de ponche–. ¿Hay algo que debería saber?


 Paula había intentado no ser muy descarada al respecto, y no creía que él se hubiera dado cuenta. Pedro parecía ser más consciente de las cosas de lo que parecía.


 –¿Como qué? –preguntó ella inocentemente.

 

–Como que te conviertes en calabaza a las doce. Ya sabes, lo de Cenicienta –sugirió Pedro con una sonrisa. 


Sentía que estaba poniéndose nervioso, preguntándose si tal vez habría malinterpretado las señales después de todo. ¿Estaría ansiosa por abandonar la fiesta y abandonarlo a él también?

 

–No –respondió Paula–. No me convierto en calabaza, pero sí que quiero estar en casa en torno a esa hora para poder dejar el resto de los regalos de Camila debajo del árbol antes de que se despierte. En Nochebuena duerme con un ojo abierto intentando pillar a Papá Noel –le explicó con una carcajada–. Por cierto, ha sido muy amable por tu parte llevarle a Molly un regalo y decirle que era de Papá Noel.


 Él se encogió de hombros como si no tuviera importancia.

 

–Bueno, soy un tipo muy amable.

 

«No tienes que convencerme de ello», pensó Paula. «Siempre he sido tu mayor admiradora».


 –No tenías por qué, ya lo sabes.

 

–Lo sé –la verdad era que disfrutaba haciéndolo–. Hay algo mágico en esa edad, en creer en Papá Noel, en un hombre que les lleva juguetes a todos en una sola noche.

 

–A todos los niños en una sola noche –precisó Paula.


 –¿Qué?


–Has dicho «A todos» –señaló ella–. Papá Noel les lleva regalos a los niños.

 

Pedro frunció el ceño.

 

–¿Está escrito en alguna parte? –le preguntó, con tanta solemnidad que, por un momento, Paula pensó que hablaba en serio.


Y entonces se dió cuenta de que estaba tomándole el pelo, como hacía siempre.

 

–Debe de estarlo –contestó riéndose.

 

–Bueno, pues yo nunca lo he visto escrito en ninguna parte –continuó él como si estuvieran teniendo una discusión filosófica–. Y, hasta que no lo vea, seguiré creyendo que Papá Noel le lleva regalos a todo el mundo.

 

Paula negó con la cabeza.

 

–¿Cuánto vino y cuánta cerveza has bebido esta noche? –preguntó.

 

Pedro se quedó mirándola unos segundos. El sonido a su alrededor pareció esfumarse cuando le dijo:

 

–Lo suficiente para poder ver las cosas con más claridad que de costumbre.


 Estaba alargando aquello un poco, pero Paula sabía que al final acabaría haciendo un chiste. 

miércoles, 7 de diciembre de 2022

Yo Estaba Aquí: Capítulo 75

  –Si por «Claridad» te refieres a si me doy cuenta de que estás utilizando clichés y yéndote por las ramas, entonces sí. Lo entiendo. También sé que, de los dos, se supone que tú eres la optimista y yo soy el que quiere desanimarte, o cualquier cosa que les guste hacer a los pesimistas para que los optimistas cambien de opinión. Pero no siento nada de eso –insistió–. Aunque sí que me siento un poco confuso, porque nunca me había encontrado en esta situación.


 –Vas a tener que ser un poco más específico, Pedro –le dijo ella–. ¿Qué situación?

 

Pedro se dió cuenta de que ya había hablado demasiado. Se habría reído de no haber sido todo tan irónico. Normalmente tendría aquella conversación con su mejor amiga sobre lo que sentía por la mujer con la que estuviese saliendo en ese momento. Pero, en ese caso, su mejor amiga y la mujer con la que estaba saliendo eran la misma persona, lo cual hacía que todo resultase muy complicado para él. Siempre le había abierto su corazón a su mejor amiga, pero nunca a la mujer con la que salía. Suspiró y se pasó una mano por el pelo, intentando aclarar sus pensamientos. No sirvió de nada. Puso en marcha de nuevo la camioneta, consciente de que Paula estaba mirándolo. Esperando a que continuara. Tendría que aclarar y solucionar ese problema él solo. Más tarde.

 

–No importa –murmuró. Y de pronto se dió cuenta de que estaban prácticamente en la iglesia–. Ya hemos llegado –anunció, dando a entender que no pensaba explicarle lo que estaba pasándosele por la cabeza porque ya habían llegado a la boda de su hermano–. No quiero llegar tarde –añadió mientras salía de la camioneta.

 

Según el reloj de Paula, llegaban quince minutos antes de la hora, pero no pensaba decírselo. Lo último que deseaba era parecer pesada. Iba a hacer todo lo posible por seguir siendo su mejor amiga… Tal vez incluso mejor que eso.  «¿Y qué?», pensó. «¿Va a quedarse tan embobado contigo, con lo maravillosa que eres, y se va a emocionar tanto en la boda de Federico que te va a pedir matrimonio? Despierta y anticípate al rechazo, Paula. Solo así podrás sobrevivir». Pero sabía que no quería sobrevivir. No sobrevivir sin más. Quería ser su mejor amiga y la mujer con la que se acostase por las noches… o al menos la mujer con la que desease acostarse. «Sigue soñando», le dijo la molesta vocecilla de su cabeza. Probablemente aquella fuese la mejor manera de describirlo, pensó mientras entraba en la iglesia junto a Pedro. Un sueño. Eso era lo único que tenía y lo único que tendría jamás.  Daba igual lo mucho que deseara que fuese de otra forma. Pedro Alfonso no era de los que se casaban. Él mismo se lo había dicho algunas semanas atrás, cuando Federico anunció que pensaba casarse con Sandra en Nochebuena. Le había dicho que consideraba que sus hermanos estaban renunciando a su libertad uno tras otro y que pensaba que Federico era el último bastión de la soltería. Tras la caída de Federico, él sería el último abanderado. Los abanderados no se casaban, no cuando se consideraban a sí mismos el epítome de la soltería. Además, de todos era sabido que Pedro se divertía mucho estando soltero y siempre disponible. ¿Qué hombre que disfrutara de todo aquello iba a querer renunciar a ello por una mujer? Sabía cuál era la respuesta. Ningún hombre. Al menos, Pedro no. Y en realidad no podía culparle por ello.  Lo cual significaba que se limitaría a disfrutar de aquel interludio que tenía con él, sin expectativas, sin esperanzas y sin ataduras.  No era más que eso: maravilloso y, sin duda, fugaz.  Con eso en mente, se levantó del banco de la iglesia al oír los primeros acordes de la Marcha nupcial. Y, mientras la escuchaba, trató por todos los medios de contener las lágrimas que inundaron sus ojos al darse cuenta de que aquella canción nunca sonaría para ella. 

Yo Estaba Aquí: Capítulo 74

 –Tienes razón, pero eso no cambia el hecho de que eres mi mejor amiga y, después de lo que hiciste por Luciana, mi padre me despellejaría si no te llevase a la boda… O si yo fuera la razón por la que decidieras no asistir – giró entonces la cabeza para mirarla–. Quieres asistir, ¿Verdad? Lo que hay entre nosotros no hará que te sientas incómoda por venir, ¿Verdad?

 

A Paula no se le había ocurrido pensar que Pedro pudiera ver la situación desde su perspectiva, que pensara que tal vez ella no quisiera estar a su lado, en vez de al revés. ¿Sería posible que se sintiera… inseguro? Le parecía improbable. Aun así, ¿Cómo explicar si no que a un hombre cuyas relaciones duraban lo mismo que una mosca de la fruta pudiera preocuparle que ella no quisiera seguir con su relación porque le hacía sentir incómoda?


 –No –respondió Paula con firmeza–. Lo que hay entre nosotros no hace que me sienta incómoda estando con tu familia. Es solo que no quiero cohibir tu estilo –le dijo, porque no se le ocurría otra manera mejor de expresar la razón por la que pensaba que tal vez no quisiera ir a buscarla.


 –Mi estilo –repitió él con una sonrisa al oír su frase–. Con respecto a eso… –comenzó a decir, pero se detuvo.

 

–¿Sí? –preguntó ella. Quería que siguiese hablando, pero al mismo tiempo se preguntaba si acabaría arrepintiéndose de averiguar a qué se refería.

 

Era consciente de que, cuando se decían las cosas, no había marcha atrás. Y, mientras esas cosas no se dijeran, podría seguir fingiendo que todo era perfecto. A pesar de que la perfección fuese algo que en realidad no existía. No pudo evitar preguntarse en qué momento se habría complicado tanto su vida. 


–¿Cuál es mi estilo exactamente, Paula? –preguntó él.

 

Ella se encogió de hombros.

 

–Eres el típico hombre encantador con lengua de plata en torno al que deambulan todas las mujeres solteras, y algunas no solteras –él lo sabía. ¿Por qué estaba pidiéndole que se lo explicara?–. ¿Cuál es el problema, Pedro? ¿Necesitas que te suba el ego? ¿Tienes miedo de que quedarte conmigo pueda alterar algún tipo de equilibrio universal?


 –¿De qué diablos estás hablando? –le preguntó él, completamente confuso.


 Paula estaba siendo sincera con él. Le conocía desde hacía demasiado tiempo como para no serlo, además no sabía ser de otra manera. Nunca había tenido una pizca de mentira en su cuerpo. Se humedeció con la lengua los labios, que se le habían quedado secos, antes de contestar.

 

–Estoy esperando a que caiga la espada.

 

–¿Qué espada? –preguntó él, igual de confuso que antes.

 

–La espada –repitió Paula. ¿Acaso no lo entendía?–. La espada de Damocles.

 

–¿De qué diablos hablas? ¿Esos cursos online que estás haciendo te están friendo el cerebro? –preguntó Pedro, claramente confuso por no entender lo que estaba intentando decirle–. Soy un hombre simple, Paula. Así que habla claro.


 Paula abrió la boca para responder, pero entonces volvió a cerrarla y se quedó mirándolo. Paula. Acababa de llamarla Paula. No muñeca, como hacía normalmente, sino Paula. No recordaba la última vez que le había oído utilizar su nombre real. ¿Eso sería buena señal, o debería prepararse realmente para algo serio? Para algo malo.

 

–La espada de Damocles –repitió–. Todo lo que sube, baja. Siempre que sucede algo bueno, tiene que suceder algo malo después. ¿Me expreso con claridad?

 

Cuando casi habían llegado a la iglesia, Pedro se echó a un lado de la carretera y detuvo la camioneta para poder centrar toda su atención en aquella conversación, que para él no tenía ningún sentido. Tal vez le resultara más fácil si no le distraía la conducción. 

Yo Estaba Aquí: Capítulo 73

  –¿Ustedes no vienen a la boda? –preguntó.

 

Alejandra negó con la cabeza.


 –Entre la ceremonia y el banquete, acabaríamos volviendo a casa mucho más tarde de la hora de acostarse de Camila. Además, no quiero que Paula se pase toda la boda llevándome de un lado a otro –Martha miró a su hija con cariño antes de volver a mirar a Pedro–. Se merece un poco de diversión en vez de pasarse el día haciendo de niñera de alguien que le dobla la edad.


 –Empujar tu silla de ruedas no es tan difícil, mamá –protestó Paula.


 –Bueno, pero no es lo que suele llamarse «Diversión» –insistió Alejandra–. Pedro, por favor, llévatela de aquí antes de que empiece a darme la lata.


 –Ya has oído a tu madre –le dijo Pedro ofreciéndole un brazo.

 

Consciente de todos sus movimientos como si estuviera viéndolos a través de una lupa gigante, Paula aceptó su brazo y sintió que se movía a cámara lenta.

 

–Que se diviertan. Es una orden –dijo Alejandra Chaves antes de cerrarla puerta tras ellos.



 –Estás muy, muy guapa esta noche –le dijo Pedro mientras le abría la puerta del copiloto de su camioneta.

 

Estaba anocheciendo, y Paula agradeció que la oscuridad parcial disimulara el molesto rubor que sentía en las mejillas. Iba a tener que esforzarse por controlar eso. No era una niña de doce años, era una mujer, y las mujeres no se sonrojaban. Ni siquiera las mujeres profundamente enamoradas.

 

–Gracias –murmuró–. Tú también –se montó en la camioneta, se abrochó el cinturón y esperó a que Pedro se montara junto a ella tras el volante–. No sabía si ibas a venir a recogerme.

 

–¿Por qué no? –preguntó él, confuso, mientras ponía en marcha el motor–. Dije que vendría.


 Paula evitó mirarlo a los ojos y se quedó mirándose las manos, que tenía entrelazadas sobre su regazo.


 –Lo sé, pero eso fue antes.


 –¿Antes? –¿De qué estaba hablando? En general, Paula y él se entendían bien; principalmente porque ella no recurría a la palabrería femenina, algo que hacían casi todas las mujeres cuando deseaban confundir al hombre con el que estaban hablando–. ¿Antes de qué?

 

–Antes de que tú y yo… –Paula hizo una pausa e intentó encontrar la manera correcta y delicada de expresarlo– estuviéramos más unidos.


 Obviamente no estaba logrando su objetivo, a juzgar por la respuesta de Pedro.

 

–Siempre hemos estado unidos.

 

–No tan unidos –insistió ella.

 

Pedro al fin se dió cuenta y se carcajeó mientras conducía hacia la iglesia donde tendría lugar la ceremonia.