miércoles, 3 de noviembre de 2021

Tuyo Es Mi Corazón: Capítulo 12

 –Me llamo Pepe.


–¿Solo Pepe?


A pesar de su aparente diversión, posó la mirada en los hombros desnudos de Paula como si estuviera hambriento. Ella lo vió. Y sintió una extraña emoción en su interior.


–Si tú eres Lola, entonces yo soy solo Pepe –contestó él.


Le gustaba aquella mirada. La hacía sentirse viva. Como la música, y las luces, y las calles heladas de la noche.


–Estupendo –respondió, preparándose para disfrutar.


El disc jockey dejó de hablar. Y el latido irresistible de la música comenzó otra vez. Casi inmediatamente, Paula empezó a moverse: Las caderas, los hombros, los pies. Todo su cuerpo respondía a los dictados de la música. Pepe, o quienquiera que fuera, también bailaba. Pero lo hacía dejando muy claro que no iba a permitir que lo abandonara. Cada vez que Paula giraba o saltaba, posaba la mano en su espalda, para hacerla volver a su lado. Poco a poco iba creciendo el nivel de provocación. Lo desafiaba, confiando en que no la dejaría marchar. Al final de aquella pieza, estaba acalorada y jadeante. Pedro bajó la mirada hacia ella, con los ojos resplandecientes. Él ni siquiera respiraba con dificultad. Uno de los visitantes japoneses se acercó en aquel momento a Paula. Incluso sin la corbata, parecía impresionantemente cortés.


–Ha sido extraordinariamente amable con nosotros. Muchísimas gracias.


Paula comprendió inmediatamente lo que quería decirle.


–¿Quieren marcharse ya?


El señor Ito estaba apesadumbrado, pero tenían que tomar un avión a primera hora de la mañana.


–No importa –dijo Paula, separándose de Pedro e intentando apartarlo de su mente–. Iré a buscar su abrigo.


La molestó un poco que Pedro no intentara retenerla. Después de aquellas muestras de posesividad machista durante el baile, esperaba que al menos le pidiera el número de teléfono. Paula no se lo habría dado. Por supuesto que no. Pero al menos podría habérselo pedido. Sin embargo, cuando miró a su alrededor, no vió a Pedro por ninguna parte. Se encogió de hombros, intentando tomárselo a risa. 


En el guardarropa, encontró a Carla, una de las habituales del club.


–¿Quién era ese hombre? –le preguntó a Paula.


–No lo sé.


–Vaya, pensaba que ibas a quedarte con él.


–Ya me conoces. De la misma forma que llegan se van.


–Hacían tan buena pareja bailando…


Paula le dirigió una mirada irónica, comprendiendo perfectamente lo que estaba insinuando Carla, y se fue a buscar sus cosas. Llevaba un abrigo de lana que le llegaba casi a los tobillos, una bufanda de cachemira y unos guantes de visón. Durante el mes de febrero en Nueva York, no había que dejar un solo centímetro de piel al descubierto. Incluso se guardó las sandalias en el bolso y sacó sus botas forradas en piel. Como aquella noche se había hecho cargo de la diversión de los japoneses, tenía una limusina disponible. Sacó el teléfono móvil del bolso y marcó un número de teléfono.


–Ya estoy preparada para irme, Adrián. Volvemos al hotel. ¿Podrías dejarme después en mi casa? Magnífico.


Carla se estaba retocando el lápiz de labios.


–¿Vas a verlo otra vez?


–No me lo ha pedido.


–¿Y? ¿Por qué no se lo has pedido tú? Estamos en el siglo veintiuno.


–Sí, eso dicen. Pero ya he estado allí, he hecho lo que tu dices y no ha funcionado.


–Eso es que no lo hiciste bien –replicó Carla con convicción. 

Tuyo Es Mi Corazón: Capítulo 11

Aunque en aquella etapa de su vida, cada vez le resultaba más difícil. Oh, podía salir hasta tarde, bailar o charlar con los amigos. Pero al final todos querían irse a casa. Y cuando volvía al apartamento que había alquilado, Paula sentía frío. La calefacción de su edificio funcionaba a la perfección. Pero su frío era el de la soledad, que se incrustaba en los huesos. Y aquella noche iba a ser todavía peor, a causa de la conversación que debería mantener con su hermana al día siguiente. Pero no tenía que pensar en ello todavía. Deslizó ambas manos por su pelo y lo alzó, dejando que sus hombros marcaran el ritmo mientras bailaba provocativamente alrededor de su pareja. Solo para descubrir que alguien más estaba respondiendo a aquella provocación. De lo primero que fue consciente fue de la mano de un hombre sobre su hombro desnudo. Ella se asustó tanto que estuvo a punto de perder el paso. Miró indignada a aquel intruso.


–Hola –la saludó él.


O al menos era eso lo que se suponía que había dicho. La música estaba demasiado alta para oírlo, así que prácticamente tuvo que leerle los labios. Unos labios que percibió con una nitidez peculiar bajo aquellas luces parpadeantes. Eran unos labios perfectamente esculpidos, llenos y sensuales, con una tensión que evidenciaba un deliberado control. En medio de aquella luz estroboscópica, vió que era un hombre alto y delgado. Fue consciente de la profunda intensidad de su mirada. Y del ritmo endiablado de sus movimientos. Tras él, Paula vió a su anterior pareja alzando la mano a modo de pesarosa despedida y dirigiéndose hacia otra chica sin perder el ritmo. Y sin más, se sintió arrastrada hacia un cuerpo que parecía hecho de acero. Por primera vez desde hacía años, perdió varias veces el paso mientras intentaba seguir su secuencia de baile. El desconocido se inclinó hacia delante, haciéndole echar la cabeza hacia atrás y le susurró al oído:


–Déjame llevarte.


Aquello iba en contra del carácter de Paula, que era una excelente bailarina, pero aun así, obedeció. No tardó en intuir los pasos de Pedro antes de que este los diera. Su cuerpo de acero se moldeaba contra el de Paula, indicándole lo que tenía que hacer y ella respondía. Eran una pareja perfecta. Cuando terminó aquel tema, se volvió hacia él, casi sin respiración.


–¿Quién eres? –se preguntaron al unísono.


Pedro sacudió la cabeza.


–Tú primero.


Le tendió la botella de agua. Paula bebió con sed y después dejó caer el agua por su frente. El agua se deslizó por sus mejillas, su garganta… Y vió a su pareja de baile observando cómo se deslizaba una gota solitaria entre sus senos.


–Esta noche soy Lola, la bailarina de tango. ¿Y tú?


–¿Esta noche?


–Estamos en Nueva York. No puedes pretender que le diga mi nombre al primero que se acerca a bailar conmigo.


Pedro la miró divertido.


–Pero si pareces una chica a la que le gusta vivir al límite.


Paula hizo una mueca. Eso era lo que todo el mundo pensaba. Incluso su familia pensaba que podía enfrentarse a cualquier cosa. La veían como una mujer de corazón liviano. Una aventurera. Nunca, nunca, vulnerable. Y no lo era, se dijo con dureza. No lo era. Ese era el motivo por el que estaba sola en aquella maravillosa ciudad, intentando recomponer su vida y diciéndose que la soledad era soportable siempre y cuando no dejara que nadie la viera.


–Hay límites y límites –le devolvió la botella–. Todavía no me has dicho tu nombre.

lunes, 1 de noviembre de 2021

Tuyo Es Mi Corazón: Capítulo 10

Pedro rió por primera vez desde hacía semanas. Se quitó la chaqueta, la dejó detrás de la barra y se fue a dar una vuelta por el club. Pablo tenía razón, era un buen sitio para bailar. El local vibraba al ritmo de la música latina. El sonido de las maracas se superponía a una base roquera, provocando una sensación tan física como si le estuvieran agarrando el corazón con una mano. Observó bailar a una mujer morena, flexible como un jaguar; después a una joven que parecía haber salido directamente de la oficina; a una pelirroja llena de glamour, a una cubana sonriente… Y entonces la vió. No parecía latina. Era rubia. Tenía el pelo dorado y la piel luminosa. No era alta. Ni tenía el aspecto atlético de aquellas bailarinas semiprofesionales que abarrotaban la pista. Pero se movía de una manera… Se paró en seco. Algo le atenazó la garganta mientras la observaba. Bailaba sola, sin fijarse en nadie. Su concentración era total. Se movía como un caballo fogoso, grácil y fuerte al mismo tiempo. No era consciente de que alguien la estaba observando. Entregaba todo su cuerpo a la música. La melena flotaba sobre sus hombros desnudos. Pero no ofrecía la abierta sensualidad de la mayoría de las bailarinas. Su baile era punzante, salvaje incluso. ¿Estaría enfadada con alguien? ¿Con ella misma quizá? Pedro analizó rápidamente la situación. Paco debería saberlo. Si era un buen hombre de negocios, conocería a su clientela. Abandonó la pista de baile y se acercó a la barra.


–¿Quién es esa chica? –le preguntó a Pablo con repentina urgencia.


Pablo no tuvo que preguntar a quién se refería. Pedro no apartaba la mirada de ella. Y tampoco otros de sus clientes. Cosa que, en un club tan animado como aquel, resultaba inaudita. Aquella mujer era luminosa y fiera como el fuego. Y completamente ajena a las miradas que se fijaban en ella. Pero a Pedro lo enfurecía el deseo que reflejaban aquellas miradas. Más aún, le entraban ganas de sacudir a aquella joven y hacerle ver las reacciones que estaba provocando. Tanta concentración, tanta pasión, podían llegar a ser peligrosas. ¿Es que no se daba cuenta?


–Viene del mundo de la moda –contestó Pablo–. Es nueva. Empezó a aparecer por aquí en Navidad. No sé cómo se llama. Podría ser una bailarina. ¿Quieres que pregunte quién es?


Pedro sonrió. Pablo no había sido capaz de disimular su sorpresa. Y Pedro sabía por qué. Pablo lo conocía muy bien. Y sabía que él no era un hombre en el que fuera fácil despertar el deseo. Y no lo era. Ni siquiera en aquel momento, cuando todo su ser palpitaba. Aquella joven era mucho más que un simple objeto de deseo. Parecía difícil. Exigente. Un enigma, un desafío. Y… «Mía», pensó Pedro. Se sentía exultante, y, al mismo tiempo, extrañamente tranquilo.


–Puedo intentar averiguar algo sobre ella –se ofreció Pablo.


Pedro no apartaba la mirada de la bailarina, pero alargó la mano hacia la barra y tomó una botellita de agua.


–Creo que ha llegado el momento de que lo haga yo –comentó, intentando parecer divertido.


Ni siquiera se volvió para despedirse de Pablo mientras se encaminaba hacia la pista. 


Paula lo estaba pasando maravillosamente. Siempre lo pasaba maravillosamente. Era el rasgo que la caracterizaba. La chica ideal para las fiestas, dispuesta a cualquier cosa. Siempre estaba riendo y haciendo reír a los demás. Aquella noche, el equipo editorial japonés, envuelto en aquel ritmo cubano, se había dejado atrapar por su entusiasmo. La tensión de las largas reuniones del día se había disuelto en aquella música caliente. Viéndolos contentos, se permitió relajarse y dejarse llevar por el ritmo latino. La música cambió. Uno de los chicos con los que había estado bailando la agarró de la mano. Siguiendo sus pasos, fue capaz de reproducir exactamente el baile de la cantante que salía en el vídeo. Su compañero de baile rió. Y ella le devolvió la carcajada. Estaba disfrutando, se decía. Y eso era precisamente lo que mejor se le daba. 

Tuyo Es Mi Corazón: Capítulo 9

Pedro miró a su alrededor, inspeccionando las fotografías y un par de discos enmarcados.


–Desde luego, has conseguido hacer tu propio máster en administración de empresas.


–Y tú también, por lo que he oído.


–¿Qué es lo que has oído exactamente? –preguntó.


Pablo se sorprendió por la brusquedad de su tono.


–Solamente que tu empresa es una de las punteras en la investigación de software. Eso es lo que dicen –lo miró con los ojos entrecerrados–. Ah, ya entiendo. Estamos hablando de espionaje industrial. Ese es el motivo por el que has venido a Nueva York, ¿Verdad?


Pedro se dejó caer en una silla.


–¿Tan transparente soy? Debe ser condenadamente fácil… –se interrumpió y apretó los dientes con fuerza.


–Eh, solo estoy intentando mantener una conversación. ¿Qué te ocurre?


Pedro lo miró con el ceño fruncido durante un instante. Después, se encogió de hombros.


–He vuelto a equivocarme a la hora de juzgar a la gente –dijo, con voz dura.


–Ah –replicó Pablo tras una ligera pausa.


–Sí –añadió Pedro, respondiendo a aquel silencioso comentario–. Supongo que pensabas que Vanesa Valeri me había enseñado todo lo que había que saber sobre mujeres mentirosas, ¿Verdad? Pues estás equivocado.


–Ah, así que se trata de una mujer. ¿Es esa inglesa con la que se suponía que ibas a venir esta noche?


–No. Se trata de mi directora comercial. Ha estado con nosotros desde el principio. Yo pensaba que era una amiga.


Pablo lo miró con compasión.


–A todos nos ha ocurrido alguna vez.


–Todos pensábamos que era una amiga. Pero ha traicionado a todo el equipo. Yo confiaba en ella.


–Tremendo error –Pablo le tendió una cerveza–. Pero todos lo hacemos. No te castigues por eso.


–Ha establecido contacto con algunos grandes inversores que están intentando hacerse con el control de la compañía. Hoy mismo he averiguado quiénes son y lo que piensan hacer.


–Mala cosa. Pero estoy seguro de que podrás manejarlo, ¿Verdad?


–Sí –contestó Pedro entre dientes–. Claro que sí.


–Si hay alguien que puede hacerlo, ese eres tú. En clase eras uno de los mejores. Te deseo suerte, amigo. ¿Y ahora qué quieres hacer? ¿Piensas quedarte o volver al hotel para dedicarte a tus trapicheos?


–Los trapicheos los dejaré para mañana. Esta noche tengo que descargar adrenalina.


Pablo lo miró entusiasmado.


–Genial. Primero a cenar y después a bailar. Esta noche tenemos comida brasileña. Nuestro chef nos ha preparado feijoada.


–Magnífico –dijo Pedro, comenzando a levantarse. 


–Y además contamos con un par de disc jockeys geniales. Auténticos entusiastas, ¿Me entiendes? Y también tenemos muy buenos relaciones públicas. Algunos de esos chicos saben moverse de verdad –le dio un golpe en el hombro–. Si quieres descargar adrenalina, estás en el lugar adecuado. ¡Vamos de rumba!


Disfrutaron de la comida hablando de viejos amigos y buenos negocios. Era como haber vuelto a la universidad, pensó Pedro. Las mismas bromas y la misma sensación de que podían hacer todo lo que quisieran con solo proponérselo. A medida que iba pasando el tiempo, el ruido de la pista de baile iba haciéndose cada vez más fuerte. Al cabo de un rato, Pablo arrastró la silla hacia atrás.


–Ya es hora de que me deje ver por ahí. Y de que tú salgas a la pista. Vamos.


Mientras se movía por el club, Pablo parecía una persona diferente, advirtió Pedro divertido. Desaparecía por completo su aspecto casero. Caminaba a grandes zancadas por su local, con un vaso lleno de un líquido incoloro, rodajas de lima y unas hojas inidentificables. Pedro sabía que las hojas eran de albahaca y el líquido, agua mineral, pero el aspecto de la bebida era casi peligroso.


–Eres un embaucador.


–Eso es lo que esperan mis clientes –repuso Pablo, adoptando una pose de esgrima.


Ambos exclamaron al unísono:


–¡Renegado, morirás mordiendo el acero! –e hicieron un par de pases imaginarios de esgrima. 

Tuyo Es Mi Corazón: Capítulo 8

Cuando Paula regresó al trabajo aquella tarde, todo el mundo notó lo callada que estaba.


–¿Estás enamorada, inglesa? –le preguntó Nadia mientras le tendía el calendario revisado de producción.


Paula hizo una mueca.


–Constantemente.


Pero Nadia sospechó de que no estaba bromeando.


–¿No te apetece llevar a ese japonés a conocer la ciudad esta noche? Los japoneses pueden llegar a ser de esos tipos posesivos capaces de amarte durante toda una vida.


Paula se limitó a sacudir la cabeza y soltar una carcajada, pero Nadia advirtió que la risa no era sincera. Lo único que consiguió alegrarla aquella tarde, fue un mensaje de su hermana diciéndole que se encontraba demasiado mal para reunirse con ella en el club. Paula se quedó preocupada, por supuesto, pero Nadia notó que también experimentaba un gran alivio. 


–¿Qué te pasa? –le preguntó Paula a Ivana, cuando la llamó al hotel.


–Supongo que me ha sentado mal algo que he comido. Y todavía no me he recuperado de los efectos del viaje. Será mejor que lo dejemos para mañana. ¿Podemos vernos mañana por la noche?


–Sí –contestó Paula, resignada–, claro.


En cualquier caso, ella fue al club. El japonés se había mostrado entusiasmado cuando le había sugerido ir a Hombre y Mujer. Se trataba de un local estupendo, con una música magnífica y una decoración que no le iba a la zaga. Y la comida era tan sabrosa como el son cubano. La gente de dinero no había descubierto todavía aquel club. Y como resultado, decía Pablo, aquel era un lugar en el que todavía podía bailarse como si se estuviera en Río o en La Habana. Y aquella noche, pensó Paula, bailaría para sacar fuera todos sus demonios. Lo necesitaba. Jamás se había sentido tan desesperada como aquel día. Aquella noche guardaba un secreto que le abrasaba el alma. Un secreto que nunca iba a poder compartir. Porque Ivana era la persona con la que compartía sus secretos. Era su mejor amiga. Y confesar aquel secreto significaría acabar para siempre con su amistad. Ese era el motivo por el que guardaría aquel secreto bajo llave. Y continuaría viviendo. Un poco herida, un tanto recelosa. Y muy, muy sola. Pero la soledad no estaba del todo mal, se dijo Paula  a sí misma. Podría arreglárselas sola. Así que se atusó el pelo, sacudió la cabeza y caminó lentamente hacia la pista de baile. 



Cuando Pedro entró en el club, este estaba ya repleto de gente. Sorteó la cola de la entrada y se dirigió directamente a la persona que estaba en la puerta.


–Buenas noches –saludó–. Paco me está esperando.


–Ah, sí, profesor –contestó el portero–. Me ha dicho que le espera en el piso de arriba. Primer pasillo, una puerta marcada con el rótulo de «Privado».


Sujetó la pesada puerta para permitirle el paso. Pedro subió rápidamente las escaleras. Pablo estaba en su despacho, sentado detrás del impresionante escritorio desde el que capitaneaba su industria. Pero en cuanto Pedro llamó a la puerta y la abrió, se incorporó y corrió hacia él con el entusiasmo del novato que en otro tiempo había sido.


–¡Pedro! Cuánto me alegro de verte –lo abrazó–. ¿Y ese traje? Pareces un tipo serio.


–Y tú pareces un pirata –respondió Pedro, fijándose en el pañuelo negro y en el pendiente que llevaba en la oreja.


Pablo sonrió.


–Imagínate. Justo como nos decían en la universidad. El mercado lo es todo.


Ambos regresaron al pasado. Se habían conocido en la época en la que ambos tenían que trabajar de camareros para ir a la universidad.


Tuyo Es Mi Corazón: Capítulo 7

 –No hace falta. Ya sé que tú solo lees prensa financiera.


–Ya te he dicho que Manuel me está reeducando.


Paula se sobresaltó. No pudo evitarlo. El nombre había surgido de repente y no estaba preparada para oírlo. Afortunadamente, Ivana estaba concentrada en los fettuccini y no lo notó.


–Entonces, espero tu carta de admiración –comentó Paula, tras una mínima pausa.


Su alegría ni siquiera sonaba forzada, advirtió, felicitándose por ello.


–Cuenta con ella –Annis removió la pasta con expresión ausente–. Paula, mira, no quiero interferir en tu trabajo, por supuesto, pero mi boda… No sé lo que está pasando. Ya sabes que queríamos una ceremonia sencilla. Pero me encuentro con gente que me dice que va a venir, a pesar de que ni Manuel ni yo la hemos invitado. Y estamos recibiendo regalos de personas a las que no he visto desde hace más de veinte años –elevó la voz–. Lynda dice que todo va estupendamente, que todo está bajo control, pero no me escucha. Y yo no sé qué hacer –alzó entonces la mirada–. Cuando te dije que te necesitaba, era completamente cierto.


Paula la miró horrorizada. Y de pronto, sufrió el asalto de los recuerdos. Ivana dejó entonces de ser la ejecutiva que tanto había impresionado a Caruso. Y se convirtió en aquella Ivana que había subido a un manzano para rescatarla; en la Ivana que había trepado aterrada y con torpeza, pero que había conseguido atajar las lágrimas de Paula. ¿Cómo podía abandonarla en un momento así? ¿Pero cómo no iba a hacerlo? Seguramente, lo mejor para Ivana era que Paula se alejara del hombre del que ambas estaban enamoradas.


–Oh, Ivi –gimió.


–Mira, si no puedes venir hasta el día de la boda, no me importa. Podré llorarte por teléfono, o enviarte algún mensaje por Internet. Siempre y cuando sepa que estarás a mi lado el día de la boda.


–No sé. Es tan complicado…


–¿Podremos al menos hablar sobre ello?


–Ya estamos hablando.


–Me refiero como Dios manda. Sin verte mirando el reloj continuamente. Esta noche, por ejemplo. ¿Qué vas a hacer después del trabajo?


Paula hizo una mueca.


–Llevar a un ilustre visitante a conocer la ciudad. Se supone que soy la persona más indicada del departamento para mostrar la Gran Manzana. 


–Oh –repuso Ivana desilusionada, pero no se dió por vencida. Buscó en su bolso de mano y sacó una hoja mecanografiada–. Veamos.


–¿Qué es eso?


–Mi horario. Es idea de mi cliente. Cuando le dije que iba a venir a verte, me dió el itinerario del día, para que no me retrase cuando tenga que volver con él.


Paula la miró indignada.


–Ese loco de la informática, ¿También está obsesionado con el tiempo?


Su hermana sonrió.


–Piensa por adelantado –volvió a su lista–. Cena, reunión de negocios, bla, bla, bla. No ahí no. ¡Eh! ¿Y eso que es? «En el club Hombre y Mujer a las diez y media».


–Si pretendes hablar en Hombre y Mujer, nos estallarán los tímpanos – comentó Paula.


–No tenemos por qué hablar allí. Podemos quedar en ese local y después podemos ir a tu casa.


Y de esa forma, Paula tendría diez horas para inventar una excusa creíble. Magnífico. Así que dijo:


–Estupendo. Nos veremos allí. 

Tuyo Es Mi Corazón: Capítulo 6

 –¿Por qué cuando hablamos no me dijiste que pensabas venir?


–Porque entonces no lo sabía. Estoy trabajando para uno de esos tipos cuyo lema es «Dicho y hecho». Me sorprende continuamente.


–No pareces una mujer que deje que un hombre la sorprenda.


–No conoces a Pedro. Solo es capaz de pensar en una cosa.


–Espero que esa cosa sea el trabajo –dijo Paula, intentando bromear. Pero no le gustó como sonaba su voz.


Sin embargo, Ivana no advirtió en ella ningún recelo. Sonrió.


–Como te acabo de decir, no conoces a Pedro. Si tiene algún sentimiento, cosa que dudo, lo ha enterrado hace mucho tiempo.


–Parece un tipo insoportable.


–No, no lo es. De hecho, es estimulante trabajar para él. Pero solo es capaz de pensar en su trabajo, en los ordenadores.


–Uf –los ordenadores aburrían terriblemente a Paula–. Un loco de los ordenadores.


Pero Paula no tenía ningún interés en los clientes de Ivana. Después de que el camarero tomara nota de lo que iban a pedir, le dirigió una mirada crítica a su hermana.


–Tienes buen aspecto, cerebrito.


–La influencia de Manuel, supongo –comentó Ivana–. Me ha renovado el guardarropa.


–Y es evidente que te quiere –dijo Paula con aprobación.


El dolor casi cesó cuando recordó lo feliz que Manuel Viale había hecho a su querida hermana.


–Sí, claro que me quiere –respondió Ivana con una sonrisa que reflejaba todo el amor que sentía.


–Estupendo. 


–Paula…


Pero en ese momento se acercó el camarero y lo que Ivana iba a decir se evaporó con la llegada de los condimentos y un par de botellas de agua y vino. Cuando se fue, le preguntó:


 –¿Y tú como estás? Tan guapa como siempre, claro –no puso ningún «Pero». Sin embargo, este flotaba en el ambiente. 


Y Paula sabía lo que significaba. El día anterior, había ido a la peluquería. Le habían cortado su rubia melena de tal forma que realzaba la elegancia de su cabeza y caía suavemente por sus hombros. A su dorado habitual, Ramiro le había añadido algunas mechas para darle profundidad y luz. Continuaba teniendo unas piernas perfectas y su figura era capaz de despertar el deseo de cualquier hombre. Pero había adelgazado mucho y sabía que Ivana lo advertiría.


–Me estoy adaptando –dijo, con mucho cuidado–. Todo esto puede llegar a ser un poco estresante.


–Lo comprendo. ¿Qué piensa tu jefa de tí?


Una sonrisa sincera iluminó de pronto el rostro de Paula.


–Está impresionada. Por primera vez en su vida, aparentemente.


–¿De verdad? Supongo que escribes como un ángel.


–No tiene nada que ver conmigo. Tú eres el motivo.


–Explícate.


–Bueno, a Caruso no le gustan los cambios, y tampoco tener bajo su mando a extranjeros o a personas sin experiencia. Pero resulta que tu empresa consultora consiguió una mención especial en el Wall Street Journal. Caruso la vió y me preguntó que si eras mi hermana. Contesté que sí y a partir de entonces estoy disfrutando de parte de tu gloria –Paula se echó a reír al ver la expresión de Ivana–. ¿Sabes? Aquí no solo leemos noticias relacionadas con la moda y las estrellas de cine. Caruso se encarga de una sección de la revista dedicada al millonario del mes. Si sigues así, terminaremos escribiendo algo sobre tí.


–Gracias –contestó Ivana divertida.


Paula soltó una carcajada.


–Bueno, todavía no tengo tanta influencia en la revista. Pero poco a poco la voy consiguiendo. Caruso me ha dejado escribir un artículo sobre la vida en Nueva York para un recién llegado. Se llama «Nueva en la Ciudad». Saldrá en la edición de abril. Te enviaré una copia.


–Compraré la revista, mejor.