viernes, 24 de septiembre de 2021

La Heredera: Capítulo 11

 —¿Las citas la aburren?


—No me gustan las competiciones —explicó Paula.


—¿Qué? —preguntó Pedro con incredulidad—. Ha debido salir con gente muy rara.


Paula se estremeció. «Está insinuando que soy tan excéntrica que ningún hombre normal saldría conmigo», pensó. Eso le dolió. Claro que la razón era que ella misma temía que fuera verdad. Pero estaba acostumbrada a ocultar sus sentimientos en público.


—No lo crea. Eran tipos bastante convencionales.


—Los compadezco —dijo Pedro.


Paula sintió la ira en su interior. Rechazó el dolor que sentía y se acusó por haber sacado a la luz el tema frente al hombre más atractivo de la velada. La mujer de su izquierda preguntó algo y él se inclinó sin apartar los ojos de Paula. Se dibujó una tímida sonrisa en la comisura de su boca, pero no era agradable.


—Dudo que la señorita Chaves esté de acuerdo con usted. Acaba de confesarme que no acepta invitaciones. Y no creo que le guste flirtear.


Pedro se recostó sobre su silla para permitir que las dos mujeres pudieran hablar. Paula pensó que él no había sido justo. Se suponía que su enfrentamiento era privado. Y él lo sabía. Pero se dispuso a un nuevo combate.


—¿Flirtear? ¿Yo? —repitió, como el eco—. ¿Por qué no?


—Bueno, me acaba de pedir que no siguiera por ese camino —recordó Pedro.


La mirada de Paula echaba chispas. Pero antes de que pudiera contraatacar, Pedro se había dirigido a un amplio círculo de comensales, que atendían su discurso.


—Y estoy seguro de que tiene razón —prosiguió—. Flirtear requiere una cierta elegancia mediterránea de la que los ingleses carecen. Sin entrar a valorar el carácter personal de cada uno. 


«Se está burlando de mí. Y quiere que todos participen», se dijo Paula. Estaba tan furiosa que no podía pensar en otra cosa. La otra mujer desaprobó la actitud de Pedro. Ella la conocía. Era un pez gordo de los medios de comunicación.


—Le decía a Pedro que la seducción es un arma que ha caído en desgracia.


—Pero yo le he dicho a Aldana que usted no estaría de acuerdo —añadió Pedro con los ojos fijos en ella.


—¿Por qué? —preguntó Paula con sorpresa—. Yo también lo creo. No he visto ninguna señal que me indicara lo contrario esta noche, ¿Y usted?


Aldana se quedó boquiabierta. Pedro Alfonso la ignoró, se sentó muy erguido y dejó de sonreír.


—Tampoco he advertido que usted lo lamentara —dijo con crispación.


Paula estaba muy indignada, pero se sentía muy bien.


—No puede esperar seducir a una chica si la interroga como si se tratara de una entrevista de trabajo.


Aldana ahogó una carcajada cómplice.


—Esa ha sido buena, Pedro —señaló. 

miércoles, 22 de septiembre de 2021

La Heredera: Capítulo 10

El monólogo explicativo del actor duró hasta que se cambió la vajilla para servir el segundo plato. Los camareros aparecieron con grandes bandejas repletas de carne mechada en hojaldre. Paula suspiró. Se había educado en ese ambiente y sabía que durante el primer plato se conversaba con el vecino de la derecha y que en el segundo se atendía al comensal de la izquierda. Así pues, la tregua había terminado. Aprestándose a la lucha, se volvió hacia Pedro Alfonso y exhibió una amplia sonrisa demasiado convencional.


—¿Lleva mucho tiempo en Londres?


—Muy conmovedor.


—¿Qué? —preguntó Paula hierática.


—Pero no funcionará y lo sabe.


—¿A qué se refiere? —dijo en un tono muy poco apropiado.


—Si vamos a hablar, cuénteme algo que no sepa. ¿Qué clase de trabajo lleva en su consultoría? ¿Por qué se hizo usted adicta al trabajo? Y no tema preguntarme sobre mi vida. Las conversaciones de protocolo me aburren infinitamente.


—De todas formas, no estamos obligados a hablar —respondió Paula enfurecida.


—Hagamos un trato —señaló Alfonso—. Cuénteme un solo secreto y le diré todo lo que quiera saber acerca de mí.


—Yo no quiero saber nada...


Paula estaba acalorada, pero enseguida comprendió que la estaba tomando el pelo otra vez. ¡Había mordido el anzuelo! Respiró hondo antes de contestar.


—En cualquier caso, no tengo secretos.


No parecía muy animada, ni su voz invitaba a seguir por ese camino. Pedro Alfonso la miró con detenimiento.


—Sí que los tiene.


—¿Qué?


—Mujer misteriosa —recordó con un hilo de voz.


—No escondo ningún misterio —atajó ella—. Y si está intentando flirtear conmigo, le ruego que no insista.


Pero él no contestó y siguió esperando.


—No me gustan esta clase de juegos —replicó.


Pedro asumió en silencio la decisión de Paula, que se sintió aliviada.  Desde que la había visto entrar por la puerta, se había sentido irremediablemente atraído hacia ella. Su visión lo había perturbado y había experimentado una extraña sensación, como si siempre la hubiese estado esperando o como si ella hubiera surgido de un pasado en común, remoto e idílico. De hecho, había llegado a creer que ya se conocían. Pero sabía que nunca le habían presentado a la hija de Miguel Chaves. Y en el momento de las presentaciones, había tenido la certeza de que ese encuentro sería especial. Paula Chaves no era el tipo de mujer por la que solía sentirse atraído. Por alguna razón, desde el primer apretón de manos, ella lo había catalogado como un enemigo. Por otro lado, si bien no rehusaba el enfrentamiento, parecía acusar las réplicas que ella misma se había buscado. Y eso no lo agradaba. Si un hombre iba a la guerra, no podía andarse con miramientos. Puede que se comportara así por ser hija de un millonario. Y aún así, su mirada escondía un montón de secretos. Se sorprendió al comprender lo mucho que deseaba conocer ese misterio. Lo deseaba desde lo más profundo de su ser. Y tendría que ser muy cauteloso.


—Está bien —dijo—, sin secretos. Hábleme de su trabajo, si le está permitido.


Paula refrenó una réplica desagradable y adoptó un tono frío y formal.


—Estuve a prueba, en calidad de consultora, con Baker Consulting. Hace seis meses, decidí abrir mi propio negocio con un colega.


—¿Por esa razón se ha vuelto una adicta al trabajo?


De pronto, ella sonrió abiertamente. Sus ojos se iluminaron. Pedro estaba fascinado.


—No, siempre he sido una adicta al trabajo —y el brillo de sus ojos se desvaneció—. ¿Podríamos hablar de algo que me interese a mí?


«Ponte en guardia para el próximo asalto» pensó Pedro. Pero antes de cambiar de tema, necesitaba saber algo con urgencia.


—¿Quién es su socio? ¿Es la razón por la que ha llegado tarde?


Paula resolvió poner fin a la insistencia de su interlocutor, aunque fuera lo último que hiciera en la vida. Se echó hacia atrás en su silla y suspiró.


—No salgo con nadie porque no quiero hacerlo —explicó con voz cansina—. En sus propias palabras, me aburre. 


No era cierto. Pero Paula no estaba de humor para pensar en ello. Y menos cuando pensaba que había dado en el blanco. Puede que no hubiera acertado el centro de la diana, pero había hecho daño. Los grandes ojos verdes bizquearon un momento.


La Heredera: Capítulo 9

 —Claro —rió Pedro—. No se lo tomó demasiado bien. Le dije que había ciertas cosas que uno podía guardar para uso personal, pero no los grandes edificios. Pertenecen a la gente.


—Podía haberle dado una apoplejía —señaló Paula divertida.


—Vaya, es muy sincera —dijo Alfonso.


—Soy su hija.


Se miraron. Pedro parecía desconcertado y eso no lo agradaba. Paula estaba rebosante. Unos segundos después, Alfonso había recuperado la sonrisa.


—Eso es indudable —admitió—. Tendrá que perdonarme si no demuestro tanta sinceridad como ustedes.


—Querrá decir tanta brusquedad —puntualizó Paula.


—Los dos se expresan con mucha claridad.


—¿De veras?


—Claro como el agua —señaló.


Paula no sabía qué pensar y esa idea le producía cierto desasosiego. Se sintió aún más intranquila cuando el señor Alfonso prosiguió.


—Aunque usted es más camaleónica que su padre.


—¿Qué?


—Me gusta el cambio. El azul turquesa le sienta muy bien.


Paula, de modo instintivo, se echó hacia atrás como si él hubiera querido tocar el pañuelo de seda que le cubría el pecho. Esa reacción lo sorprendió y ella se dio cuenta. Hubiera querido darse una bofetada.


—No se desilusione —dijo—, pero es prestado.


—No estoy desilusionado.


—¿Qué es exactamente lo que hace para mi padre? —preguntó hastiada—. Sé que trabaja para él, pero ¿Está en nómina?


—En cierto modo.


—Ya veo que no me lo quiere contar —comprendió Paula—. ¿Por qué?


—Es un asunto confidencial.


—Así que mi padre está a punto de llevárselo de su actual empresa — sonrió Paula. 


—No. Soy mi propio jefe y eso no va a cambiar. Si bien supongo que robar empleados es algo habitual para su padre.


—¿Acaso no lo hacen todos?


—Dígamelo usted —replicó él con curiosidad—. ¿No se dedica a eso?


—Si todavía no sabe cómo funciona, no creo que yo pueda ayudarlo —rió Paula.


Paula creyó que él también reiría, pero no lo hizo. De hecho, se instaló entre ellos un desagradable silencio.


—Desde luego, es usted la hija de Miguel Chaves.


—¿Es que espera que me disculpe por algo así? —replicó Paula nerviosa.


—No. Claro que no. Pero...


Antes de que pudiera continuar, el servicio había comenzado a servir la cena. Paula concentró su atención en el pastel de queso, mientras que Pedro Alfonsop era reclamado por la mujer de su izquierda. Agradeció esa tregua. A su lado, la enorme personalidad de Cristian de Witt no le infundía ningún temor.


—¿Quiénes son todos esos? —preguntó Witt, mientras sonreía a sus admiradoras.


—Invitados habituales —contestó Paula—. Gente de Chaves Electronics, compañeras de mi madrastra y algunos vecinos.


—¿Ha ido a ver Totality?


De pronto, Paula cayó en la cuenta de con quien hablaba. Era el protagonista de una nueva obra que había recibido unas críticas inmejorables. Estuvo a punto de chasquear los dedos.


—No he tenido tiempo, pero figura entre mi lista de prioridades —y añadió—: Ahora que lo pienso, ¿Por qué no está actuando esta noche?


—Nos trasladamos al West End —explicó él, con una sonrisa—. Estrenamos el próximo jueves, siempre que el director tenga tiempo de organizarse.


—¿Y tendrá que volver a ensayar toda la obra? 

La Heredera: Capítulo 8

El comedor era un auténtico cuadro. La mesa estaba cubierta por un mantel inmaculado. En las paredes y sobre las mesas auxiliares, Diana había dispuesto ramos de flores naturales. Sobre los aparadores de madera noble brillaban los candelabros de plata maciza, las copas de cristal de bohemia y la cubertería bañada en oro. A pesar de que había tarjetas con los nombres de los invitados, ejercía de anfitriona e interrumpía cada conversación para señalar a cada cual su asiento. Saludó a Ivana y la indicó que se sentara entre dos caballeros de mediana edad enzarzados en un una discusión de negocios. De ese modo, subrayaba el hecho de que Ivana no necesitaba su ayuda para encontrar pareja. Paula miró la disposición de la mesa y se sobresaltó. Allí estaba él. Puede que hubiera uno o dos hombres francamente atractivos, pero el único depredador de aquella jungla aguardaba detrás de su silla junto a un asiento vacío. Irradiaba seguridad y confianza. Su vitalidad resultaba desconcertante. Tenía la boca seca. De pronto, él la miró. Sus ojos se encontraron. Ella suspiró. A cierta distancia, parecía aún más fuerte que de cerca. Al menos a los ojos de una mujer que, como ella, tenía más experiencia en los negocios que con los hombres. Diana, desde luego, le estaba indicando que ocupara el asiento libre.


—Nos volvemos a encontrar.


—Sí —musitó Paula.


El corazón le latía con fuerza y sentía fuertes mareos. Se giró para conocer a su otro vecino de mesa. Se trataba del rubio fornido que había visto antes de la cena, hipnotizando a tres bellezas. Su pelo brillaba como el oro que recubría las porcelanas de Diana.


—Hola —dijo él, con su mejor sonrisa.


—Hola, soy Paula.


—Encantado de conocerla, Paula —replicó, antes de que una de las chicas que todavía lo rodeaban reclamara su atención. 


De hecho, las tres mujeres se resistían a abandonarlo pese a que Diana, desde la presidencia, insistía en que recuperasen sus sitios.


—Estupendo —balbució Paula.


Trató de leer la tarjeta, pero estaba del revés. ¿Habrían sido presentados? A Paula le resultaba familiar, pero no recordaba su nombre. Empezó a divagar. Podía tratarse del hijo de alguno de los socios de su padre, un empleado, un amigo de la infancia o algún socio del Club de Vela. De pronto, escuchó una voz profunda que le susurraba al oído.


—Cristian de Witt. Habló en la radio el miércoles, ayer estuvo en televisión y será portada de los periódicos el fin de semana. Deber ser usted la única que no lo ha reconocido.


Paula se volvió de un salto. El señor Alfonso la miraba con tanta intensidad que la obligó a pestañear. Por un momento, solo pudo pensar en lo cerca que estaban el uno del otro. Y lo fácil que resultaría tocar su rostro, apoyar la mejilla sobre su hombro e incluso besarlo. O recibir un beso suyo. Ese pensamiento la hizo reaccionar. Adoptó un tono excesivamente áspero.


—No tengo tiempo para seguir los programas de cotilleos.


Pedro Alfonso no le quitaba ojo. Paula procuró alejar de su mente cualquier pensamiento sobre la cercanía de sus cuerpos y fortaleció su ánimo. Pero él asintió y se mostró de acuerdo. Eso la alivió, y respiró más tranquila.


—¿Desde cuándo es usted una adicta al trabajo, señorita Chaves?


Ella echó un rápido vistazo a su padre, que presidía la cena. Estaba sin resuello, rodeado por mujeres, no por empresarias.


—Es algo genético —respondió Paula.


—Desde luego —admitió él, centrando su atención en su jefe—. El vendaval Miguel Chaves.


Había algo en su tono de voz que la incomodaba. Según Diana, había sido idea de su padre invitarlo a la fiesta.


—¿Acaso no le gusta mi padre? —preguntó.


—Tenemos nuestras discrepancias.


—¿Sobre qué? —preguntó intrigada.


—Muchas cosas. Edificios, mi puntualidad, derechos y obligaciones acerca de la propiedad.


—¡Demonios! —exclamó con admiración—. ¿Le ha recordado a mi padre cuáles son sus obligaciones?


—Yo no creo en la propiedad —dijo.


—Usted no cree...


Estaba sin habla. Miguel Chaves era un capitalista en toda regla y tenía muy desarrollado el sentido de la propiedad.


—En el momento en que crees poseer algo, quieres encerrarlo en una caja para que nadie más lo disfrute. Esa es una vida rastrera.


—¿Y le ha dicho eso mismo a mi padre? 

La Heredera: Capítulo 7

Las dos hermanas se quedaron mudas, mirándola fijamente.


—¿Por qué razón parece tan sorprendida siempre que dice algo así?


—Somos su banco de pruebas —rió Ivana—. Se comporta exactamente igual conmigo.


Ivana levantó la ceja. Era un gesto heredado de su padre, igual que su altura y su nariz romana, rasgos poco femeninos que Paula había aprendido a utilizar en su favor.


—Cuando mamá me ha visto esta noche me ha preguntado si no temía resfriarme con este vestido —apuntó Paula entre risas.


Giró sobre sí misma con gracia. Pedro Alfonso estaba entretenido en la otra punta del salón. Y no precisamente por ella, a pesar de su nueva imagen. No era un buen augurio para los planes de Lynda.


—¿Y vas a resfriarte?


—¿Aquí? Querida —y paseó la mirada con malicia—, aparte de la calefacción y la chimenea, ¿no notas el calor que desprenden todas esas miradas?


—Desde luego.


Paula no prestaba mucha atención al discurso de su hermana. Pedro Alfonso miraba hacia ellas y no atendía a su interlocutor. Estaba midiendo la distancia que los separaba y Annis pensó que no tardaría en acercarse. Esa idea aceleró levemente su pulso. Conocía esa sensación. Intentaba dominarse frente a un hombre que podría ver a través de su cuerpo, igual que los demás. Pensó que eso no sería un problema, pero no le resultaba agradable pasar desapercibida siempre que estaba con Ivana. Hizo un esfuerzo y retomó el hilo del discurso de su hermanastra.


—Buscaré a alguien que me dé calor —dijo Ivana, y, cruzó los dedos.


—Buena suerte.


No la necesitaba. Ivana saltaba de una relación a otra con absoluta despreocupación, sin compromisos ni ataduras. Paula admiraba su facilidad para manejar a los hombres. A ella le había costado mucho tiempo entablar una relación y más aún terminarla. Ivana se mostraba siempre apasionada; tan pronto como la pasión desaparecía, daba por zanjado el asunto con exquisitas formas. Nunca había reproches ni enfados y el ego masculino nunca quedaba dañado.


—Eso espero —titubeó Ivana—. Ese chico me pone nerviosa. 


—Eso no es normal en tí.


—Sí, ya lo sé. Pero la vida está llena de nuevas experiencias —Ivana se encogió de hombros—. ¿Y quién es el príncipe azul de esta noche?


—¿Crees que estaría aquí sola, sin protección, si hubiera algún candidato esta noche?


Contra su voluntad, Paula miró en dirección a Pedro Alfonso. Sin ningún recato, estaba repasando con la mirada a Ivana, igual que si fuera un coche nuevo o un juguete exclusivo. Paula sintió ganas de golpearlo.


—Ya sabes que si tuvieras un hombre —señaló Ivana— mamá te dejaría en paz.


Paula levantó la mano, pero Ivana rectificó a tiempo.


—Está bien. Ya sé que tienes mucho trabajo y que no te queda tiempo para nada más. A mí no tienes que convencerme. Pero, ¿Quién es el candidato de esta noche?


—No estoy segura —dudó Paula—. Supongo que mi compañero demesa durante la cena.


Paula no sabía por qué había mentido a su hermana, pero no quería que ella lo supiera. Y menos cuando Alfonso estaba mirándola con tanto descaro.


—¿Quieres que lo distraiga? —preguntó Ivana, de pronto.


—Creo que puedo ocuparme de todo, gracias.


—Desde luego, no te falta práctica.


Paula recibió el golpe sin pestañear. Ivana no era consciente de lo doloroso que resultaba para ella todo aquello. El anuncio de que la cena estaba servida la salvó de una situación comprometida.


—Es la hora —suspiró Ivana—. Sea quien sea, ten un poco de piedad. 

La Heredera: Capítulo 6

 Paula siguió mirando a Diana con cariño. Sabía que no tenía salida.


—Sí —admitió —, tienes razón. Me arreglaré y procuraré esforzarme. Pero nada de juntarme con tu ejército de candidatos.


Diana soltó una carcajada y le soltó el brazo.


—No olvides tu copa.


Una vez sentada frente al espejo del tocador de su madrastra, Paula comprendió que Diana había vuelto a jugársela. «Es más lista que yo» se dijo, mirando su reflejo. Siempre que discutía con su madrastra sobre estos temas, terminaba recriminándose su falta de memoria. ¿Cuándo aprendería? Esa noche acabaría en los brazos del caballero elegido. Sin embargo, a pesar de las apariencias, Pedro Alfonso no cuadraba con el modelo. Después de su primer encuentro, no sabía qué pensar. Claro que no tenía por qué ser culpa suya. Puede que él ni siquiera estuviera al tanto de las artimañas de su madrastra. Conocía muy bien a Diana. Puede que no hubiera explicado nada a Pedro, salvo que quedaba un sitio libre en la mesa y que necesitaba a alguien para hacer compañía a su inteligente hijastra. Eso mismo les había dicho al escultor, al novelista y al aspirante a diputado. Los candidatos solían ser hombres con un futuro prometedor y una alarmante escasez de capital. Esa era la razón principal por la que aceptaban salir con la hija de Miguel Chaves, a pesar de su carácter difícil y hosco. Se preguntaba cómo se ganaría la vida Pedro Alfonso. Y si había logrado hacerlo cambiar de opinión acerca de salir con la poco atractiva hija del millonario. Se miró en el espejo. Fruncía el ceño y estaba horrible. Se inclinó hacia delante y suavizó el gesto. Disponía de un verdadero arsenal para mejorar su aspecto. No era la primera vez que acudía a una fiesta con su traje azul marino. Tomó prestado un pañuelo de seda transparente, pintado a mano, que reflejaba los colores del impresionismo al moverse. Eligió unos pendientes color turquesa traídos por Diana desde Marruecos. No tenía tiempo para maquillarse, y tampoco se le daba bien. Se limitó a peinarse hacia delante para ocultar la cicatriz, se secó los mechones húmedos que caían sobre el cuello y se dio un poco de color en los labios. Se estiró la chaqueta y regresó al campo de batalla. Afortunadamente, su primer encuentro resultó amistoso. Ivana, que contaba con unos espléndidos veintitrés años y que derrochaba tanto encanto como su madre, era una de sus mejores amigas.


—¡Paula! —gritó, mientras iba a su encuentro.


Todo el mundo miró en su dirección, incluido Pedro Alfonso. Parecía interesado, pero ese interés siempre solía dirigirse hacia Ivana Chaves desde el momento en que entraba en escena. Esa noche estaba especialmente radiante. Llevaba un vestido ajustado que producía mareos entre los hombres y que dejaba al descubierto sus preciosas piernas. Ivana abrazó a Paula efusivamente.


—Hola, cerebro.


Paula besó a su hermana sin tanto entusiasmo.


—Hola, bicho. ¿Qué tal te trata la vida?


—Genial. ¿Qué estás...?


Diana interrumpió a su hija.


—Hablaremos de nuestras cosas más adelante. Hay alguien a quien quiero que Paula conozca.


—¿Otro candidato? —preguntó Paula escéptica.


Ivana exhibió una amplia sonrisa. Conocía tan bien como Paula las tramas que urdía su madre. Solo que ella sabía cómo atajar los intentos de su madre para emparejarla.


—¡Dale un respiro, madre! —dijo—. Trabaja mucho. Y ha tenido un día duro.


Por un momento, Diana pareció disgustada.


—Creía que ibas a hablar con la cocinera —apostilló.


—Lo hice —replicó Ivana, impertérrita—. Te avisarán en cuanto la cena esté lista.


Diana se rindió. Seguían llegando invitados y era consciente de que no podría separarlas hasta que se hubieran revelado las últimas novedades.


—Ya hablaremos más tarde —dijo, y añadió mirando a Paula—: Estás preciosa, querida. 

lunes, 20 de septiembre de 2021

La Heredera: Capítulo 5

 —Olvídelo, señor Alfonso —dijo con tono neutro—. No ha tenido suerte. Además de no salir con hombres, tampoco disfruto con este tipo de juegos. Si me disculpa, tengo que hablar con mi madrastra.


Paula todavía echaba chispas cuando alcanzó a Diana. Su madrastra la besó en la mejilla. Los ojos, abiertos de para en par, rebosaban inocencia.


—Es un placer verte, querida. He visto que tu padre te buscaba. ¿Qué tal te ha ido con el encantador Pedro?


—Supongo que es el candidato de esta noche —ironizó Paula.


Diana jugueteó con el collar de oro entre sus dedos, pero no respondió.


—Tu padre me lo pidió. Creo que trabajan juntos.


—Y apuesto a que se sentará a mi lado durante la cena.


Su madrastra no lo desmintió. Un nuevo pensamiento desagradable acudió a su mente, surgido de experiencias previas.


—¿Y es posible que mi departamento quede de camino a su casa?


Diana tampoco negó esa posibilidad. Parecía preocupada.


—Querida...


Paula apenas podía contener la rabia. La presencia de Pedro Alfonso la había conmocionado más que ninguna otra de las citas a ciegas a las que se había visto sometida. No sabía por qué, pero odiaba esa situación.


—Así que él se ofrecerá a llevarme y se supone que yo debo aceptar y estar agradecida. Y tendré que salir con él la próxima vez que me llame — Paula estaba temblando—. Dime, Diana, ¿Ya le has dado mi número de teléfono?


A pesar de un elegante vestido de noche y de un conjunto de joyas valorado en varios millones, Diana parecía una chiquilla de cuatro años descubierta en flagrante delito.


—No. Pero querida...


—Diana, te quiero mucho. Pero, ¿Podrías dejar de entrometerte en mi vida?


Parecía muy agitada. Paula nunca había reaccionado con tanta vehemencia. Era cierto que no había salido con todos esos hombres más de una vez. Pero al menos, había mostrado un talante más resignado. Diana nunca había visto a su hijastra, siempre tan comedida, reaccionar con tanta pasión. Al menos cuando se trataba de los hombres.


—Pero tu padre deseaba invitar a todos esos empresarios. Así que pensé, ¿Por qué no? —dijo Diana, con sus grandes ojos azules muy abiertos—. Si quieres empezar una carrera en solitario, necesitarás hacer algunos contactos que puedan ayudarte a despegar.


Paula la miró fijamente. Ese argumento estaba tan cercano a lo que ella misma había dicho poco antes, que pensó que Diana había estado espiándola. Le había salido el tiro por la culata. Sus labios se crisparon sin querer. Levantó las manos en señal de rendición.


—Está bien. He venido a hacer contactos. Dejémoslo así —sentenció con severidad—. Y pienso volver sola a casa.


—De acuerdo —aceptó Diana aliviada—. Supongo que has venido directamente desde la oficina.


—¿Cómo lo has adivinado? —bromeó Paula, bebió un poco de champán.


—Siempre estás tensa cuando estás cansada.


Esa era una verdad absoluta. No podía negarlo.


—Ojalá no te pusieras las cosas tan difíciles, cariño —dijo Diana con ternura—. ¿No podrías intentar relajarte y pasarlo bien por una vez?


—Me repites eso mismo desde que cumplí catorce años.


—Pues ya va siendo hora de que te concedas una oportunidad.


Paula abrió la boca dispuesta a replicar, pero Diana se adelantó.


—Deberías subir a mi habitación y refrescarte un poco —dijo con mimo—. Eso hará que te sientas mejor. Ponte unos pendientes o lo que sea. Y luego baja y procura ser amable con la gente.


Una carcajada sobrevoló el salón. Provenía del grupo que charlaba junto a la chimenea, entre los que se encontraba su padre. Diana puso su mano sobre la mano de Paula. Su expresión era seria.


—No lo estropees, Paula. Hace mucho que tu padre no se divierte. 


Paula, desde su metro setenta, miró a los ojos de su madrastra. Siempre le había agradecido casarse con Miguel Chaves y haberla acogido a ella. Eran completamente diferentes, pero Diana nunca había escatimado el cariño hacia ella en favor de Ivana, su propia hija. No solo eso, sino que había conseguido hacer reír a su padre de nuevo. Bajo su influencia, Miguel había regresado a casa por las noches, después del trabajo. Incluso había empezado a prestar atención a su hija y había descubierto, con asombro, que era interesante. Había comprendido que era algo más que una adolescente huraña y enfermizamente tímida. Y había empezado a quererla.