viernes, 5 de marzo de 2021

Enemigos: Capítulo 59

Al ver el dolor de Vanina, Paula sintió pena.


–Lo siento, creo que todavía me duele. Pero la cosa es, Paula, que ya no necesito suplicar a mi padre que me acepte o me quiera. Ahora tengo a Fede y pronto a nuestro bebé.


Paula sintió un acceso de envidia hacia Vanina.


–Apostaría cualquier cosa a que Pedro te quiere, Paula. Y creo que tú lo quieres a él. Sé que la enemistad familiar está dañando su relación, y sé de primera mano cómo ha afectado esa enemistad a la familia Alfonso. Y ahora está impidiendo que tú y Pedro estén juntos.


–Es mucho más que la enemistad familiar –explicó Paula–. Tenemos un pasado. No fuimos capaces de hacer que funcionara entre nosotros entonces, y las cosas no han cambiado mucho.


–Eso es porque permites que tu padre interfiera.


Eso era verdad. Ella se había encontrado en el medio años atrás. Y lo mismo estaba sucediendo otra vez.


–Los dos dijimos cosas, cosas que hacen daño… Peor aún, Pedro piensa que cometimos un error.


–¿Cómo que cometieron un error? –preguntó Vanina.


Esa vez Paula no pudo refrenar las lágrimas y corrieron por sus mejillas.


–Nos casamos en Las Vegas hace dos semanas.


Vanina abrió los ojos desorbitadamente.


–Oh, Dios –después una gran sonrisa apareció en su cara–. ¿Tú y Pedro se han casado hace dos semanas y no le han dicho a nadie?


Paula se restregó los ojos.


–Dos semanas y cinco días –corrigió ella–. Pero casi todo ese tiempo hemos estado separados. Pedro no tiene la culpa. Le pedí mantenerlo en secreto hasta que la salud de mi padre se estabilizara. Después, la noche que hicieron destrozos en la obra, mi padre dijo algunas cosas y Pedro le contestó con otras. Quise pararles, pero lo que hice fue empeorar las cosas.


–Y por eso Pedro se ha ido a vivir a la obra y tú has estado aquí, llena de tristeza. La historia me suena demasiado familiar. El día que Fede ganó la subasta del Double A, tuvimos un horrible malentendido. Volví a San Francisco porque pensé que Fede no me quería.


–¿Qué pasó?


Vanina suspiró.


–Dejé que mi padre nos separara. Fue un gran error. Menos mal que recobre el juicio, pero antes de que pudiera volver a Haven, Fede vino a buscarme.


–No creo que Pedro vaya a venir a buscarme, Vanina. Sobre todo si mi padre le está amenazando con echarle del proyecto.


–Está preocupadísimo con el problema de Paradise Estates. Ha trabajado muy duro para sacar adelante su empresa. 

Enemigos: Capítulo 58

Pasó una semana más, y la tristeza de Paula no había hecho más que empeorar. Las noches habían sido especialmente duras, ya que el sueño la había abandonado. No podía dormir porque tenía el pensamiento ocupado con Pedro y los recuerdos de su noche de pasión en Las Vegas. Y si por fin se quedaba dormida, soñaba con él. Era todo lo que tenía de él. Se mudó otra vez al pequeño departamento situado encima de la cafetería, en busca de intimidad y tiempo para estar sola. Antes había funcionado. Su padre no podría irritarla, aunque tampoco estaba Pedro. Nunca en la vida se había encontrado tan sola. La melancolía de Paula fue interrumpida por alguien que llamó a la puerta. Se levantó de la cama y se miró un momento en el espejo. Gruñó, estaba hecha un desastre, y sobre todo sin ninguna gana de tener compañía o escuchar una de las charlas de su madre para animarla. Abrió y se llevó una sorpresa al ver a Vanina Alfonso. La pequeña rubia estaba muy mona con una camiseta rosa y pantalones vaqueros de tirantes, a pesar de los cuales se podía notar la tripa redondita. Llevaba el pelo recogido atrás con una coleta.


–Vanina.


–Hola, Paula. Sé que es odiosa la gente que se presenta sin avisar.


–Creía que era mi madre con otra cacerola de comida.


Vanina sonrió tímidamente y le dió una caja de dulces.


–Te he traído unos donuts de chocolate que están para morirse.


A Paula se le hizo la boca agua, al mismo tiempo que en su estómago sintió algo de náuseas.


–No te quedes ahí, entra –se echó a un lado–. No hagas caso del desorden.


–Eh, este departamento me recuerda cosas –los ojos de Vanina se llenaron de emoción mirando alrededor de la habitación–. ¿Sabías que cuando vine por primera vez a la ciudad, Federico convenció a Jorge para que me dejara vivir aquí y me diera trabajo?


Paula recogió algunos papeles de encima de la cama, que estaba todavía sin hacer. Negó con la cabeza.


–Jorge es buena persona –estiró el edredón sobre las arrugadas sábanas–. Siéntate aquí. No tengo mucho para ofrecerte –dirigió la mirada a la tripa de Vanina–. Y café no puedes tomar, ¿O sí?


–Si quieres que te diga la verdad, los donuts son sólo una excusa para venir a verte.


–Tú no necesitas ninguna excusa, Vanina.


Vanina levantó las cejas.


–Puede que cambies de opinión después de escuchar lo que te voy a decir – Paula tomó aire–. Normalmente no me meto en estas cosas, pero no puedo quedarme ahí viendo que dos personas que quieren estar juntas están separadas. Quiero a Pedro como si fuera un hermano y está muy triste. Y creo que es por tí.


A Paula se le puso un nudo en el pecho.


–Nunca fue mi intención…


–Ya lo sé –dijo Vanina, con un semblante triste y frustrado–. Fede me ha dicho que no debería meterme en nada de lo que ocurra entre ustedes dos.


Paula estaba muy sensible para mantener esa conversación.


–Por favor, no quiero hablar de Pedro.


–Lo entiendo, pero tengo que decirte algo. Sé lo que es estar en medio de dos partes enfrentadas. Durante la mayor parte de mi vida, dejé que mi padre me dictara y manipulara para hacer lo que él quería. Yo quería con tantas ganas que él me quisiera que acabé haciendo todo lo que a él le agradaba – parpadeaba para contener las lágrimas–. Al final estuvo a punto de costarme a Fede. 

Enemigos: Capítulo 57

Parpadeó y se levantó para ofrecer a su madre el sitio de al lado.


–Cualquiera te dice que no.


–Alguien tiene que mirar por tí.


Pedro a su madre no sólo la quería, también la respetaba y la admiraba.


–Es agradable saber que por muchas veces que te irrite siempre me quieres.


La madre de Pedro puso cara de sorpresa.


–Si hubiera sabido que era la hora de ponerse melancólico, habría traído el violín.


–No te metas conmigo, he tenido una semana mala.


–Yo no he tenido una, he tenido muchas. ¿Quieres que comparemos?


Pedro intentó formar una sonrisa, pero no pudo.


–Creo que ganarías.


–Así es. También he tenido un montón de cosas buenas en mi vida. Ustedes mis hijos, por ejemplo. Han prosperado mucho. Su padre estaría orgulloso. Así que no dejes que una persona lo ensombrezca.


No hizo falta mencionar el nombre de Miguel Chaves. La camarera se acercó y tomó nota de lo que querían. Cuando se fue, Pedro continuó.


–Pero estoy perdiendo dinero y tiempo en este proyecto. No puedo gastarme más dinero en contratar más seguridad.


–Por eso has estado quedándote en la obra por las noches. No puedes seguir sin dormir, Pedro –Ana movió la cabeza de un lado a otro–. ¿Qué piensa Paula de que te quedes a dormir allí?


Pedro miró hacia otro lado. Su madre era muy buena intuyendo. 


–Paula está más cerca de su padre estos días.


Ana suspiró.


–Parece ser que Miguel utiliza su enfermedad para mantenerla alejada de tí. Quizá haya algo que pueda hacer por tí.


–Mamá, Paula y yo no estamos precisamente viéndonos estos días.


–Eso significa que has permitido a Miguel entrometerse entre ustedes.


–No tuve mucha oportunidad de hacer algo al respecto.


Su madre no parecía convencida.


En ese momento Jorge salió de la cocina.


–Hola, Pedro.


Cuando miró a la madre la cara de Jorge se puso más tierna.


–Hola, Ana, ¿Cómo van las cosas?


–Mi hijo se estaba poniendo testarudo –dijo ella–. A veces los hombres no ven lo que tienen delante de ellos. Me tengo que ir –dijo finalmente la madre– . Anula lo que he pedido, Jorge. Te veré más tarde, hijo –le dió un beso y se dirigió a la puerta.


Pedro frunció el ceño.


–¿Qué ha pasado ahora?


Jorge miró cómo se iba Ana Alfonso pasando por delante de la cafetería.


–Digamos simplemente que poder saber lo que una mujer se trae entre manos es uno de los misterios de la vida –después volvió a mirar a Pedro y sonrió–. También es una de las cosas maravillosas que las hace tan interesantes.


Pedro vió en el espejo que Paula y su madre se levantaban de la mesa. Se le aceleró el corazón cuando su mujer se paró en la puerta y miró hacia atrás para buscarlo con la mirada. Se contuvo para evitar ir hasta ella, estrecharla en sus brazos, y prometerle que todo saldría bien para ellos. Pero no podía hacer eso, todavía no. Tenía que sacar adelante la obra como fuera antes de poder ofrecerle un futuro. 

Enemigos: Capítulo 56

 –¿No crees que ha sido una mañana entretenida? –la voz de su madre puso fin a su ensimismamiento.


–Ha estado bien, mamá –antes de dirigirse a casa después de hacer las compras fueron a comer a la cafetería.


–Hacía siglos que no íbamos juntas de compras –Alejandra agarró la mano de su hija–. Me gustaría poder conseguir sacarte los problemas de la cabeza.


–Dudo que puedas conseguir que papá deje en paz a Pedro.


Su madre suspiró.


–Oh, cariño, lo he intentado durante años. Sé que esta rencilla absurda le ha pasado factura, sobre todo a su salud –su madre levantó las cejas–. Y ahora te está afectando a tí. Otra vez.


Paula abrió la boca, pero no hubo negación.


–Pedro me importa –movió la cabeza a los lados–. No es algo que haya planeado.


–Y todavía le quieres –añadió su madre.


–Sí, pero eso no sirve de ayuda. Papá y Pedro se odian mutuamente. ¿Cómo voy a elegir a uno de los dos?


–Puede ser que tengas que hacerlo, Paula. Hace años supe lo que sentías por Pedro, pero los dos eran muy jóvenes entonces. Y cuando te partió el corazón fue muy duro para mí ver tu tristeza –su madre suspiró–. Por eso lo ví bien cuando decidiste ir fuera a estudiar. Creí que te olvidarías de Pedro y encontrarías a otro chico. Pero parece ser que no ha sido así.


–Oh, mamá, ¿Qué voy a hacer? Fue una locura por mi parte pensar que podía volver aquí y trabajar con Pedro como si no hubiera sucedido nada en el pasado. Estoy hecha polvo.


Su madre dirigió la mirada hacia la puerta.


–Apostaría a que Pedro no se siente mucho mejor. No te preocupes, cariño. Lo que tenga que pasar pasará, y al final todo se resolverá.


Paula suspiró. Esperaba que su madre tuviera razón, pero no veía ninguna manera no traumática de salir de la situación. 



Pedro entró en la cafetería y se sentó a la barra. No tenía nada de hambre, pero su madre había amenazado con pegarle si no bajaba a comer algo. Al menos ya quedaba poca gente comiendo. No se encontraba con ganas de alternar. Lo que quería era volver a casa y dormir a pierna suelta durante dos días. Pero no parecía que eso fuera a suceder hasta que la obra estuviera acabada, o los vándalos fueran detenidos. Quizá entonces las cosas volverían a su cauce. A decir verdad, él sabía que su vida nunca volvería a ser normal otra vez.  Estaba inquieto, y se giró en el taburete hacia la puerta cuando una cabeza de pelo castaño rojizo llamó su atención. Dirigió la vista a la mesa de al lado de la ventana donde estaban la señora Chaves y Paula. Su ávida mirada buscó la cara de ella. Su piel pálida y sin defectos, su espléndido pelo. Recordó esos rizos naturales extendidos por la almohada cuando hizo el amor con ella. Como si percibiera que él la miraba, Paula alzó sus ojos verde esmeralda hasta toparse con él. A Pedro se le puso tenso el estómago. La había echado de menos. La angustia se le subió al pecho cuando en la máquina de discos empezó a sonar Half Heaven, Half Heartache, de Gene Pitney.


La madre de Pedro llegó.


–Pedro, has venido. 

miércoles, 3 de marzo de 2021

Enemigos: Capítulo 55

Entró en la caseta oficina y vió que en su mesa había un sobre de papel manila. Era de Paula. Lo abrió y cayó una nota. Empezó a leerla.


"Pedro, He llamado a la empresa Exclusive Window Company y he encargado que repongan lo que rompieron en los dos chalés piloto. Me han garantizado el suministro e instalación en tres semanas, para que lo tengamos según lo previsto inicialmente. He trabajado con ellos anteriormente, y trabajan de manera excelente. Y nunca te dejan tirado. Si crees que me he sobrepasado en el uso de mis funciones, hay un periodo de veinticuatro horas para cancelar el pedido. Voy a estar sin ir a la obra por un tiempo, pero no te preocupes, haré mi trabajo. Me da la impresión de que los dos necesitamos tiempo para pensar las cosas y decidir qué camino tomar. Por favor, no intentes contactar conmigo en estos momentos. Paula"


A Pedro le faltaba el aire y se dejó caer en la silla. ¿Cómo se habían podido poner las cosas tan enrevesadas? Se frotó la cara con las manos. Él sólo quería lo que había querido siempre, a Paula. Y la había tenido al alcance. Pensó en la noche anterior y en la encrucijada en que Paula se encontró. No quería que ella se arrepintiera nunca de haberse casado con él. Y si para conseguirlo tenía que dar marcha atrás, y darle tiempo, él así lo haría. Además, sabía que tenía que poner orden en la obra primero. Tenía que demostrar a Miguel Chaves que podía llevar a cabo el proyecto antes de empezar a vivir con Paula. Una sonrisa se le dibujó en los labios. Ya habría oportunidad de ver lo que pasaba cuando ese hombre se enterase de que un Alfonso era su yerno. 



Una semana más tarde, la madre de Paula decidió que tenían que salir de casa. Alejandra Chaves creía que la cura de todos los males era meterse en el abarrotado Centro Comercial Tucson, y probarse ropa y calzado. Paula odiaba ir de compras, así lo probaba su armario ropero. Pero ahora acababa de comprar algunos vestidos nuevos para los que probablemente no encontraría nunca ocasión de ponérselos. ¿Cuándo tendría ella oportunidad? Pensó en el vestido de verano de color violeta que habían encontrado en una pequeña boutique. Los finos tirantes y ajustado corpiño resaltaban su cintura. No pudo evitar pensar si a Pedro le gustaría. ¿Le parecería que estaba sexy con él? Gracias a su ordenador portátil, y a que Francisco le comunicaba cuándo Pedro estaba fuera de la obra para acercarse a su mesa de trabajo, se había podido mantener al día con sus obligaciones. 


Lo que no quería para nada era encontrarse con Pedro. Aunque una parte de ella desearía tal encuentro. Paula tenía ganas de él, de su tacto, de sus besos. Y aunque le había pedido que no la llamara, había rezado para que él lo hiciera. Pero él ni había llamado ni se había pasado a verla. Las lágrimas brotaron en los ojos de Paula por la angustia que le producía el drama familiar. Pedro había dejado muy claro que no merecía la pena luchar por ella. Todo estaba tan enrevesado… ¿Por qué tuvo que ir a enamorarse de Pedro? ¿Por qué tuvo que ir con él a Las Vegas? ¿Por qué había dejado que él le hiciera el amor de esa manera increíble? ¿Había significado lo más mínimo para él? Una lágrima escapó mejilla abajo. 

Enemigos: Capítulo 54

A Paula le hizo daño su falta de confianza en ella. No le debería resultar tan extraño, Pedro ya le había hecho daño antes. Se había vuelto contra ella antes. Ya tendría que tener aprendida la lección. ¿Cómo iba a ser capaz de pensar que podría haber futuro para ellos?


–Yo tampoco lo estoy.


De pronto oyó que alguien la llamaba, miró hacia atrás y vió a su padre apoyado contra el coche. Parecía agotado.


–Tengo que llevar a mi padre a casa –hizo una pausa esperando que Pedro dijera que lo sentía y la abrazara.


–Nos hemos equivocado, Paula. Aun casándonos la enemistad familiar no acabará. Miguel Chaves no me va a aceptar nunca –Pedro apartó la vista de ella cuando su padre la llamó otra vez–. Más vale que vayas.


A Paula se le encogió el corazón. Sin embargo, no esperó a que se lo dijera dos veces.


–Adiós, Pedro –esforzándose por no llorar, se fue. ¿Qué iba a hacer ella ahora? ¿Cómo se iba a recuperar de un segundo trauma sentimental?




Pedro llegó temprano a la obra a la mañana siguiente para verse con Federico en Rock Ridge, la montaña por donde habían escapado los que hicieron los destrozos. Peinaron cada palmo de terreno y encontraron varios casquillos de rifle. Federico los metió en bolsas de plástico para las huellas dactilares. Pero a menos que los vándalos estuvieran fichados no serviría de mucho.


–Sé que no es mucho, pero podríamos tener suerte –dijo Federico.


–No voy a depender de la suerte por más tiempo. Me voy a venir a vivir a la caseta oficina hasta que acabe este trabajo. Y no voy a dejar que nadie toque lo que es mío –lo decía pensando más en Paula que en el proyecto.


–¿Todavía crees que Miguel tiene algo que ver?


–No creo que él se pringue directamente, pero sería capaz de contratar a alguien –Pedro suspiró–. Si fuera cosa de chavales, ¿No se habrían cansado ya?


Su hermano lo miró.


–Tienes que tener cuidado, Pedro. Si son profesionales podrían ser duros de pelar.


–Tengo que poner fin a esto.


–Como te he dicho, ten cuidado –Federico hizo una pausa–. Me dirás que no es asunto mío, pero me da la impresión de que lo tuyo con Paula va en serio.


Tan en serio que se habían casado. 


–Si me lo hubieras dicho hace veinticuatro horas, así lo hubiera creído.


Su hermano le dió una palmadita en la espalda.


–Si necesitas hablar con alguien, aquí me tienes –empezaron a caminar de vuelta al coche.


–Gracias, pero no creo que hablar vaya a servir de algo –dijo Pedro.


–Como dice mi adorable esposa, «Así hablan los machotes tercos» –Federico sonrió mientras subía al coche patrulla para dirigirse a la ciudad.


Pedro miró al sitio donde Paula solía estacionar su coche. Estaba vacío. Después de las cosas que le había dicho, no podía recriminarla por no hacer acto de presencia ese día. Todo lo que él quería era que su mujer estuviera a su lado. ¿Era mucho pedir? Quizá sí, habiéndose comportado como un borrico. 

Enemigos: Capítulo 53

 –Creo que deberían calmarse los dos.


–Papá, este problema no depende de Pedro –añadió Paula.


–Tampoco lo previene.


–Como si no hubiera hecho nada –dijo Pedro, esforzándose por controlarse– . He contratado más seguridad y he puesto más focos de luz. Es como si consiguieran información de dentro. Parece como si supieran los horarios del personal –«siempre me llevan la delantera», pensó–. Cada vez está más claro que es algo personal contra mí. Como si alguien quisiera verme fracasar.


–Eres tú solo el que se mete en problemas –añadió Miguel maliciosamente.


–Maldita sea, Chaves, no me extrañaría que de alguna manera estuvieras tú detrás de esto.


Paula intervino.


–Pedro. Mi padre no haría eso. Tiene tanto que perder como tú.


Pedro apartó la vista de Chaves para mirar a Paula. Se le destrozó el corazón cuando vió a su mujer ponerse de parte de su padre y no de la suya.


–No tanto como yo –dijo él, y no estaba pensando en el proyecto Paradise.


Paula pudo ver el dolor en los ojos de Pedro y sabía que se lo había causado ella. ¿Cómo iba a decidirse por uno de los dos hombres a los que quería?


–Mañana por la mañana tendremos todos la mente más despejada y podremos hablar de esto.


–Ya he dicho todo lo que tengo que decir –Pedro se volvió repentinamente y se fue hacia la caseta oficina.


Paula lanzó una mirada fría a su padre.


–¿Sabes una cosa? Si estás tan preocupado por el proyecto, ¿Por qué no encuentras una manera de ayudar? Cuando acepté este trabajo te dije que no quería que pasara esto.


–Eso fue antes de tu escapada con Alfonso.


Paula se calmó un poco cuando pensó en la reciente enfermedad de su padre.


–Soy lo bastante mayor y dependo de mí misma desde hace mucho tiempo como para dar explicaciones de mi vida personal –se fue deprisa para alcanzar a Pedro–. Pedro, espera, quiero hablar contigo.


Él siguió andando.


–¿Por qué? Has dejado tu postura clara –sacudió el hombro.


Paula le echó mano y le hizo parar.


–¿Qué esperabas? Has acusado a mi padre de sabotear esta obra.


–Para mí no es ninguna tontería. ¿Quién más me tiene manía? ¿A quién más le gustaría ver a un Alfonso hundirse? Pues bien, cariño, ya estoy a punto de naufragar.


Ella miró a las casas atacadas. Pedro la estaba haciendo dudar sobre la inocencia de su padre.


–Mi padre nunca iría tan lejos –rezaba por no equivocarse.


–Cuando se trata de los Alfonso él va tan lejos como haga falta.


–Pedro, sé de buena tinta que él lo ha puesto casi todo en este proyecto.


–Yo también. Son mis inicios, Paula. Es nuestro futuro. Porque creía que teníamos un futuro juntos –la mirada de ojos azules que a ella le gustaba tanto de repente se volvió fría–. Ahora ya no estoy tan seguro.