—Solo nosotros con Paula. A ella le gustará, ¿No crees?
Se la imaginó en el trineo con la nariz roja por el frío y los ojos brillantes.
—Es posible que podamos organizarlo. Veré en qué estado está el trineo.
Normalmente, cuando llevaba a Abril y a sus amigas, utilizaba un carro con ruedas por caminos despejados. Cabía más gente y era más fácil para el caballo. Hacía años que no utilizaba el trineo con patines. Seguramente, a ella le encantaría.
—¡Gracias! —exclamó ella abalanzándose sobre él para abrazarlo.
Ya tenía casi doce años y estaba muy mayor. Ya era casi una señorita. Antes de que se diera cuenta, estaría en el instituto y todos los chicos empezarían a perseguirla como moscones.
—¿Despierto a Paula? —preguntó ella.
—Parece muy cómoda junto a la chimenea. Déjala que duerma. Voy a dar una vuelta por el rancho para cerciorarme de que todo está bien seguro para este viento. La despertaré cuando vuelva.
—De acuerdo. Buenas noches, papá.
Empezó a dirigirse hacia las escaleras con Trípode en brazos y él, al verla en el sitio exacto donde había aterrizado Paula, se acordó de algo.
—Por cierto, quería preguntarte una cosa. ¿Qué te parecería que Paula pasase las fiestas con nosotros? No tiene a nadie más y me siento fatal si me la imagino pasando sola la Navidad en el hotel. Sobre todo, con el brazo roto.
—Me parecería fantástico —contestó ella con una sonrisa—. Me cae muy bien. Es estupenda.
A él también le caía muy bien, quizá, un poco demasiado bien.
—Estoy intentando convencerla, pero ella parece pensar que se mete donde no la llaman. A lo mejor podrías ayudarme a convencerla de que tenemos mucho sitio y de que nos encantaría su compañía. Solo estaremos los tres durante casi todas las fiestas, hasta la cena en casa de Iván el día de Navidad. Además, sé que a Laura no le importa poner otro plato.
—Intentaré convencerla. Sería muy divertido que se quedara. A mí no me gustaría quedarme sola en Navidad…
—¿Con quién hablarías si estuvieses sola? —bromeó él.
—Ja, ja —ella hizo una mueca—. Buenas noches, papá. Te quiero.
—Yo también te quiero.
La observó subir las escaleras con sus absurdas zapatillas del reno Rudolph y volvió al cuarto contiguo a la cocina para ponerse otra vez la ropa de abrigo.
Lo que había esperado que fuese un paseo de quince minutos para cerciorarse de que todas las puertas y contraventanas estaban bien atrancadas, se convirtió en una hora cuando tuvo que clavar unos tablones de la ventana del establo que había arrancado una rama caída. Agradeció el calor de la casa y el olor a chimenea cuando volvió. Le dolían los huesos por el frío y el día interminable. Le encantaba River Bow y siempre había querido ser un ranchero como su padre, pero esos días eran muy arduos y, desgraciadamente, bastante habituales. Aun así, no podía quejarse. Hacía exactamente lo que quería con su vida, algo que muy poca gente podía decir. Estaba muy orgulloso de lo que había logrado con River Bow durante los doce años anteriores. El rancho siempre había sido próspero, algo muy meritorio en la inestable economía agrícola, pero su padre había sido tradicional, incluso un poco comedido. Él, mediante algunos cambios innovadores, había conseguido doblar las cabezas de ganado y triplicar los beneficios. El rancho era suyo a todos los efectos. A sus hermanos les encantaba River Bow, pero ninguno estaba interesado en llevarlo. Luciana, antes de que conociera a Julián el año anterior y hubiese empezado a prepararse para ser veterinaria, había adiestrado caballos y perros y había ayudado siempre que había hecho falta, pero nunca había sido su pasión. Él era el responsable del éxito o del fracaso y eso era lo que le gustaba, aunque supusiera días tan agotadores como ese.
lunes, 20 de abril de 2020
En Un Instante: Capítulo 39
Su huésped se durmió en el último tercio de la película. Se quedó con la cabeza apoyada en el respaldo y la boca un poco abierta. Pobrecilla. Se preguntó si habría podido echar una cabezada mientras él estaba quitando la nieve y preparándose para la próxima tormenta. No lo creía. A juzgar por la animada charla durante la cena, Abril no había callado durante todo el día. Las dos parecían llevarse muy bien. Quizá fuese porque era profesora, pero trataba a Abril con respeto y su hija parecía crecerse por el sincero interés que mostraba. Tenía que acordarse de darle las gracias por haber tapado provisionalmente el hueco dejado por Luciana. Tenía la sensación de que su hija iba a echar de menos a su tía, a su madre suplente en realidad, más de lo que quería reconocer. Sin embargo, se recordó que Luciana no iba a irse muy lejos. Julián y ella tenían una casa a pocos kilómetros, con los dos hijos que Julián había tenido en su matrimonio anterior, y suponía que Abril pasaría tanto tiempo allí como en el rancho. Su hermana quería a Abril de todo corazón y siempre sería parte de sus vidas, pero él sabía que esa etapa nueva en la vida de Luciana iba a ser difícil para su hija. Al menos, gracias a la compañía de Paula, Abril podría pasar las fiestas sin demasiado trauma emocional, hasta que ella también se marchara de River Bow y volviera a San Diego con su dulce sonrisa. No quería pensar en eso, sobre todo, porque la idea de que se marchara le dejaba un vacío en las entrañas que no quería sentir. La película terminó y Abril se sentó estirando los brazos por encima de la cabeza.
—Me encanta. ¿A ustedes no? —preguntó su hija en general.
Él se llevó un dedo a los labios y señaló a su huésped, que estaba hecha un ovillo al lado de ella y con los ojos cerrados.
—Ah… —susurró ella con una mueca de arrepentimiento—. Lo siento. No sabía que estaba dormida.
—Ha pasado un par de días complicados —murmuró él—. Se ha encontrado lesionada entre desconocidos y eso tiene que ser bastante agobiante para ella.
Abril la miró pensativamente mientras recogía el cuenco de palomitas y los vasos para llevarlos a la cocina. Él la siguió.
—Me cae muy bien, papá. Está superbién. Nos hemos divertido mucho mientras tú estabas quitando la nieve.
—Gracias por preparar la cena. Ha sido fantástico no tener que pensar qué hacía.
—Paula hizo el guiso. Yo solo he hecho los palitos de pan para acompañarlo.
—Gracias en cualquier caso —Pedro miró el reloj de la cocina—. Caray, no me había dado cuenta de que fuese tan tarde. También tienes que irte a la cama.
—Solo son las diez y media y mañana no tengo colegio —replicó ella con una mueca de fastidio.
—No, pero es posible que necesite que me ayudes a despejar los bordillos de aquí y, a lo mejor, de los Turner y los Hansen —le explicó él refiriéndose a los vecinos ancianos.
Abril manejaba muy bien la pala y, normalmente, le divertía.
—De acuerdo —aceptó ella inmediatamente—. Oye, como mañana es Nochebuena, ¿Podríamos ir a montar en trineo si deja de nevar?
—Ya te llevé con tus amigas el fin de semana pasado. ¿De verdad quieres volver?
—Me encanta. ¿A ustedes no? —preguntó su hija en general.
Él se llevó un dedo a los labios y señaló a su huésped, que estaba hecha un ovillo al lado de ella y con los ojos cerrados.
—Ah… —susurró ella con una mueca de arrepentimiento—. Lo siento. No sabía que estaba dormida.
—Ha pasado un par de días complicados —murmuró él—. Se ha encontrado lesionada entre desconocidos y eso tiene que ser bastante agobiante para ella.
Abril la miró pensativamente mientras recogía el cuenco de palomitas y los vasos para llevarlos a la cocina. Él la siguió.
—Me cae muy bien, papá. Está superbién. Nos hemos divertido mucho mientras tú estabas quitando la nieve.
—Gracias por preparar la cena. Ha sido fantástico no tener que pensar qué hacía.
—Paula hizo el guiso. Yo solo he hecho los palitos de pan para acompañarlo.
—Gracias en cualquier caso —Pedro miró el reloj de la cocina—. Caray, no me había dado cuenta de que fuese tan tarde. También tienes que irte a la cama.
—Solo son las diez y media y mañana no tengo colegio —replicó ella con una mueca de fastidio.
—No, pero es posible que necesite que me ayudes a despejar los bordillos de aquí y, a lo mejor, de los Turner y los Hansen —le explicó él refiriéndose a los vecinos ancianos.
Abril manejaba muy bien la pala y, normalmente, le divertía.
—De acuerdo —aceptó ella inmediatamente—. Oye, como mañana es Nochebuena, ¿Podríamos ir a montar en trineo si deja de nevar?
—Ya te llevé con tus amigas el fin de semana pasado. ¿De verdad quieres volver?
En Un Instante: Capítulo 38
—Desde luego, eres la mejor hija del mundo.
Se inclinó, la besó en la mejilla y ella soltó un alarido.
—¡Ay! ¡Eres un bloque de hielo! ¡Tienes heladas hasta las pestañas!
—Está formándose una tormenta de mil pares de demonios.
Él fue hasta el fregadero y abrió el grifo de agua caliente para lavarse las manos.
—¿Has conseguido arreglar la calefacción del tractor? —le preguntó Paula.
—No funciona al cien por cien, pero tampoco suelta aire frío. ¿Qué tal tu brazo?
—Está mejor.
—¿Y la cabeza?
—Lo mismo. Creo que podría arreglármelas sola.
—Lo siento, pero me temo que esta tarde no vamos a ir a ningún lado salvo que enganche un trineo o te lleve en una moto de nieve, y nada de eso sería muy agradable con esta ventisca.
—¡Quédate a dormir! —exclamó Abril—. Después de cenar podemos tostar malvavisco en la chimenea, comer palomitas y ver una película de Navidad con el pijama puesto.
La idea era muy tentadora con esa tormenta que aullaba fuera. Tenía que reconocer que la presencia de Abril había conseguido que se sintiera menos atrapada.
—Los Alfonso pueden ser muy insistentes —comentó ella entre risas.
Pedro le sonrió y ella se alegró de ver que sus mejillas empezaban a recuperar el tono bronceado. Era increíblemente guapo. Tenía unas pestañas muy largas y unos surcos en las mejillas que nunca llamaría hoyuelos. Le fascinaba la firmeza de su mentón y su boca expresiva. Volvió a mirarlo y vio que la miraba con una expresión que solo podía ser de voracidad. Se estremeció y miró hacia otro lado.
—La cena está casi preparada, pero tienes tiempo para ducharte y entrar en calor.
Su hija lo dijo como una pequeña gallina clueca y Sarah tuvo que sonreír.
—Es lo que haré. Gracias, cariño.
Pedro dió un beso en la coronilla a Abril, sonrió a Paula y salió de la cocina dejándola con la cabeza llena de todo tipo de imágenes muy inadecuadas. Agua humeante… Piel… Músculos… Dió un sorbo de chocolate, pero no consiguió enfriar su imaginación calenturienta. Él no recordaba habérselo pasado mejor. Primero comieron un guiso delicioso con palitos de pan crujientes y recién hechos con queso parmesano. De postre tomaron helado y algunos pasteles que habían sobrado de la boda. Luego, mientras la tormenta aullaba y la nieve golpeaba en las ventanas, lo cual solía ser una auténtica pesadilla, Abril, Paula y él, con el perrito de Julián Cladwell, se sentaron en el cuarto de estar con la estufa llena de leños crepitantes para ver Elf, la película navideña que más le gustaba a Abril. Él siempre había preferido Milagro en la calle 34 o Una historia de Navidad si quería reírse, pero su hija se había empeñado en ver Elf aunque ya la había visto tres veces, como mínimo, durante esas vacaciones. A él le daba igual. En ese momento, estaba feliz de estar caliente, con un cuenco de palomitas y con dos mujeres preciosas. Se puso a ver la absurda y encantadora película de un elfo enorme que quería inspirar un poco de espíritu navideño al aguafiestas de su padre en medio del ajetreo de Nueva York. Como siempre, tuvo que sonreír cuando Abril repetía sus diálogos favoritos y se reía siempre en las mismas escenas. Aunque hizo lo posible, tampoco pudo dejar de mirar de soslayo a Paula durante toda la noche. Estaba sentada en el sofá al lado de su hija y con el brazo roto encima de un almohadón. Cuando sonrió por la película, él sintió como si un rayo de sol hubiese entrado por la ventana y hubiese ido a parar sobre sus hombros. Notaba una inesperada sensación de satisfacción. Las noches de invierno estaban hechas para los momentos como ese; la tranquilidad cálida y acogedora de estar seco, cómodo y a salvo mientras los elementos rugían y se desataban fuera. Era un hombre increíblemente afortunado.
Se inclinó, la besó en la mejilla y ella soltó un alarido.
—¡Ay! ¡Eres un bloque de hielo! ¡Tienes heladas hasta las pestañas!
—Está formándose una tormenta de mil pares de demonios.
Él fue hasta el fregadero y abrió el grifo de agua caliente para lavarse las manos.
—¿Has conseguido arreglar la calefacción del tractor? —le preguntó Paula.
—No funciona al cien por cien, pero tampoco suelta aire frío. ¿Qué tal tu brazo?
—Está mejor.
—¿Y la cabeza?
—Lo mismo. Creo que podría arreglármelas sola.
—Lo siento, pero me temo que esta tarde no vamos a ir a ningún lado salvo que enganche un trineo o te lleve en una moto de nieve, y nada de eso sería muy agradable con esta ventisca.
—¡Quédate a dormir! —exclamó Abril—. Después de cenar podemos tostar malvavisco en la chimenea, comer palomitas y ver una película de Navidad con el pijama puesto.
La idea era muy tentadora con esa tormenta que aullaba fuera. Tenía que reconocer que la presencia de Abril había conseguido que se sintiera menos atrapada.
—Los Alfonso pueden ser muy insistentes —comentó ella entre risas.
Pedro le sonrió y ella se alegró de ver que sus mejillas empezaban a recuperar el tono bronceado. Era increíblemente guapo. Tenía unas pestañas muy largas y unos surcos en las mejillas que nunca llamaría hoyuelos. Le fascinaba la firmeza de su mentón y su boca expresiva. Volvió a mirarlo y vio que la miraba con una expresión que solo podía ser de voracidad. Se estremeció y miró hacia otro lado.
—La cena está casi preparada, pero tienes tiempo para ducharte y entrar en calor.
Su hija lo dijo como una pequeña gallina clueca y Sarah tuvo que sonreír.
—Es lo que haré. Gracias, cariño.
Pedro dió un beso en la coronilla a Abril, sonrió a Paula y salió de la cocina dejándola con la cabeza llena de todo tipo de imágenes muy inadecuadas. Agua humeante… Piel… Músculos… Dió un sorbo de chocolate, pero no consiguió enfriar su imaginación calenturienta. Él no recordaba habérselo pasado mejor. Primero comieron un guiso delicioso con palitos de pan crujientes y recién hechos con queso parmesano. De postre tomaron helado y algunos pasteles que habían sobrado de la boda. Luego, mientras la tormenta aullaba y la nieve golpeaba en las ventanas, lo cual solía ser una auténtica pesadilla, Abril, Paula y él, con el perrito de Julián Cladwell, se sentaron en el cuarto de estar con la estufa llena de leños crepitantes para ver Elf, la película navideña que más le gustaba a Abril. Él siempre había preferido Milagro en la calle 34 o Una historia de Navidad si quería reírse, pero su hija se había empeñado en ver Elf aunque ya la había visto tres veces, como mínimo, durante esas vacaciones. A él le daba igual. En ese momento, estaba feliz de estar caliente, con un cuenco de palomitas y con dos mujeres preciosas. Se puso a ver la absurda y encantadora película de un elfo enorme que quería inspirar un poco de espíritu navideño al aguafiestas de su padre en medio del ajetreo de Nueva York. Como siempre, tuvo que sonreír cuando Abril repetía sus diálogos favoritos y se reía siempre en las mismas escenas. Aunque hizo lo posible, tampoco pudo dejar de mirar de soslayo a Paula durante toda la noche. Estaba sentada en el sofá al lado de su hija y con el brazo roto encima de un almohadón. Cuando sonrió por la película, él sintió como si un rayo de sol hubiese entrado por la ventana y hubiese ido a parar sobre sus hombros. Notaba una inesperada sensación de satisfacción. Las noches de invierno estaban hechas para los momentos como ese; la tranquilidad cálida y acogedora de estar seco, cómodo y a salvo mientras los elementos rugían y se desataban fuera. Era un hombre increíblemente afortunado.
En Un Instante: Capítulo 37
Dió un sorbo del delicioso chocolate e intentó sofocar la envidia que le daba esa niña. Conocía a muchos adultos que no estaba tan contentos con su vida como ella.
—Además —siguió Abril—, tengo la mejor familia del mundo. Mi papá es el papá más fantástico del mundo. Es increíble, ¿No te lo parece?
De repente, solo pudo pensar en el momento en el que estuvo a punto de besarla allí, en la mesa de la cocina.
—Sí, es increíble —murmuró ella.
Abril revolvió su taza de chocolate antes de sentarse enfrente de ella.
—Cuando era pequeña, estaba triste porque no tenía una mamá como tenían mis amigas. Tenía a la tía Luciana que era estupenda y me quería y todo eso, pero, algunas veces, echaba algo de menos, ¿Lo entiendes?
Miró a esa niña encantadora con ojos verdes, pecas y capacidad para amar.
—Lo entiendo perfectamente. Mis padres se divorciaron cuando era pequeña y solo ví a mi padre algunos fines de semana.
—Yo no tuve ni eso. Mi madre se marchó y luego se murió. No lo supimos hasta más tarde. Creo que no me quería y se largó.
—Cariño, estoy segura de que eso no es verdad.
—Mi tía Luciana cree que habría acabado volviendo si no se hubiese muerto. ¿Quién lo sabe? —Abril dió un sorbo de chocolate caliente—. Creo que no era una persona buena. Sé que a la tía Luciana no le gustaba y mi papá no habla de ella.
Se preguntó si su ex esposa le habría roto el corazón a Pedro, pero era algo que no podía preguntarle a la hija de ese hombre.
—Espero que yo no sea como ella —siguió Abril con un atisbo de inseguridad que conmovió a Paula.
—Tenemos algo más en común —comentó ella en voz baja—. Mi padre tampoco era bueno. He tardado mucho en comprenderlo, pero, poco a poco, estoy dándome cuenta de que no puedo permitir que sus decisiones y su debilidad me definan a mí.
La verdad le retumbó por dentro. Hubieran hecho lo que hubiesen hecho su padre o Gonzalo, ella no tenía la culpa. Lo sabía, pero seguía sin querer contarle a Pedro sus orígenes ni sus sospechas. Abril dió un sorbo de chocolate y lo paladeó como si estuviese catando un vino.
—¿Quieres saber algo gracioso? Algunas veces me sentía fatal porque nos había abandonado, como si yo no valiese lo suficiente para que me amara y se quedara.
El corazón se le encogió otra vez por esa confesión y porque había querido contársela.
—Cariño, sabes que eso no es verdad.
—Sí, lo sé. Se marchó por ella misma, no por mí. Además, también sé que podría haber sido mucho peor. Gabi vivió catorce años con su madre y fue una pesadilla. Está muchísimo mejor desde que su madre la dejó con Brenda y el tío David, y si no lo hubiese hecho, Gabi no sería mi mejor amiga y parte de nuestra familia.
—Es una buena manera de verlo.
—De verdad, soy afortunada. Es posible que no haya tenido una madre, pero he tenido a papá y a la tía Luciana, que es más de lo que tienen muchos niños.
Ella sonrió. Ya estaba loca por la hija de Pedro.
—Eres una jovencita asombrosa, Abril. Tus familiares sí que son afortunados por tenerte.
—Entonces, supongo que somos una familia grande, feliz y afortunada, ¿No? —preguntó Abril con una sonrisa.
Lo eran, y ella tendría que volver a su vida más bien solitaria. Intentó que eso no la deprimiera.
—Gracias otra vez por tu ayuda —siguió Abril—. Nunca habría podido terminarla para Navidad. Ahora entiendo por qué eres profesora, lo haces muy bien.
—Es el mejor cumplido que me han hecho desde hace mucho tiempo. Gracias.
—Creo que los palitos de pan ya habrán fermentado bastante — comentó Abril mirando el reloj—. ¿Los meto ya o esperamos a papá?
—Tú lo sabrás mejor que yo.
—Creo que los meteré. Seguramente, él llegará cuando los saque del horno. Siempre parece saber cuándo está preparada la cena.
Efectivamente, la puerta trasera se abrió cuando faltaban dos minutos según el reloj del horno.
—¿Lo ves? —Abril se rió—. Te lo dije.
Un momento después, Pedro entró en la cocina sin las botas puestas y llevando consigo el olor del frío. Tenía las mejillas rojas por el viento y ella quiso envolverlo en la manta que su hija le había tejido y acurrucarlo junto a la chimenea.
—Mmm, ¿Huele a palitos de pan?
—Sí. Ya están casi hechos. Has llegado justo a tiempo, como de costumbre.
—Además —siguió Abril—, tengo la mejor familia del mundo. Mi papá es el papá más fantástico del mundo. Es increíble, ¿No te lo parece?
De repente, solo pudo pensar en el momento en el que estuvo a punto de besarla allí, en la mesa de la cocina.
—Sí, es increíble —murmuró ella.
Abril revolvió su taza de chocolate antes de sentarse enfrente de ella.
—Cuando era pequeña, estaba triste porque no tenía una mamá como tenían mis amigas. Tenía a la tía Luciana que era estupenda y me quería y todo eso, pero, algunas veces, echaba algo de menos, ¿Lo entiendes?
Miró a esa niña encantadora con ojos verdes, pecas y capacidad para amar.
—Lo entiendo perfectamente. Mis padres se divorciaron cuando era pequeña y solo ví a mi padre algunos fines de semana.
—Yo no tuve ni eso. Mi madre se marchó y luego se murió. No lo supimos hasta más tarde. Creo que no me quería y se largó.
—Cariño, estoy segura de que eso no es verdad.
—Mi tía Luciana cree que habría acabado volviendo si no se hubiese muerto. ¿Quién lo sabe? —Abril dió un sorbo de chocolate caliente—. Creo que no era una persona buena. Sé que a la tía Luciana no le gustaba y mi papá no habla de ella.
Se preguntó si su ex esposa le habría roto el corazón a Pedro, pero era algo que no podía preguntarle a la hija de ese hombre.
—Espero que yo no sea como ella —siguió Abril con un atisbo de inseguridad que conmovió a Paula.
—Tenemos algo más en común —comentó ella en voz baja—. Mi padre tampoco era bueno. He tardado mucho en comprenderlo, pero, poco a poco, estoy dándome cuenta de que no puedo permitir que sus decisiones y su debilidad me definan a mí.
La verdad le retumbó por dentro. Hubieran hecho lo que hubiesen hecho su padre o Gonzalo, ella no tenía la culpa. Lo sabía, pero seguía sin querer contarle a Pedro sus orígenes ni sus sospechas. Abril dió un sorbo de chocolate y lo paladeó como si estuviese catando un vino.
—¿Quieres saber algo gracioso? Algunas veces me sentía fatal porque nos había abandonado, como si yo no valiese lo suficiente para que me amara y se quedara.
El corazón se le encogió otra vez por esa confesión y porque había querido contársela.
—Cariño, sabes que eso no es verdad.
—Sí, lo sé. Se marchó por ella misma, no por mí. Además, también sé que podría haber sido mucho peor. Gabi vivió catorce años con su madre y fue una pesadilla. Está muchísimo mejor desde que su madre la dejó con Brenda y el tío David, y si no lo hubiese hecho, Gabi no sería mi mejor amiga y parte de nuestra familia.
—Es una buena manera de verlo.
—De verdad, soy afortunada. Es posible que no haya tenido una madre, pero he tenido a papá y a la tía Luciana, que es más de lo que tienen muchos niños.
Ella sonrió. Ya estaba loca por la hija de Pedro.
—Eres una jovencita asombrosa, Abril. Tus familiares sí que son afortunados por tenerte.
—Entonces, supongo que somos una familia grande, feliz y afortunada, ¿No? —preguntó Abril con una sonrisa.
Lo eran, y ella tendría que volver a su vida más bien solitaria. Intentó que eso no la deprimiera.
—Gracias otra vez por tu ayuda —siguió Abril—. Nunca habría podido terminarla para Navidad. Ahora entiendo por qué eres profesora, lo haces muy bien.
—Es el mejor cumplido que me han hecho desde hace mucho tiempo. Gracias.
—Creo que los palitos de pan ya habrán fermentado bastante — comentó Abril mirando el reloj—. ¿Los meto ya o esperamos a papá?
—Tú lo sabrás mejor que yo.
—Creo que los meteré. Seguramente, él llegará cuando los saque del horno. Siempre parece saber cuándo está preparada la cena.
Efectivamente, la puerta trasera se abrió cuando faltaban dos minutos según el reloj del horno.
—¿Lo ves? —Abril se rió—. Te lo dije.
Un momento después, Pedro entró en la cocina sin las botas puestas y llevando consigo el olor del frío. Tenía las mejillas rojas por el viento y ella quiso envolverlo en la manta que su hija le había tejido y acurrucarlo junto a la chimenea.
—Mmm, ¿Huele a palitos de pan?
—Sí. Ya están casi hechos. Has llegado justo a tiempo, como de costumbre.
En Un Instante: Capítulo 36
Unas horas más tarde, estaba sentada a la mesa de la cocina, con Trípode a sus pies, y observaba a Abril que hacía palitos de pan con una masa que había mezclado ella misma. Al parecer, era una de las especialidades que había aprendido de su tía.
—Nunca puedo hacerlos regulares —se lamentó Abril—. Mi tía Luciana los hace muy bien, pero a mí siempre me quedan más gordos por un extremo aunque los haga con todo el cuidado del mundo. Pero da igual, papá se los come estén gordos o no.
Ella sonrió, pero no pudo evitar mirar por la ventana para intentar verlo. Llevaba mucho tiempo fuera. Abril no parecía preocupada, pero ella no podía evitar buscarlo, aunque no podía ver a más de un par de metros. Naturalmente, había visto noticias de tormentas que asolaban Estados enteros y lo había leído en libros, pero se había criado en el clima templado y constante de San Diego y no estaba preparada para la inclemencia de un sistema de bajas presiones. Lo que siempre le había parecido algo abstracto, estaba convirtiéndose en una realidad cada vez más gélida y ventosa. No podría volver al pueblo esa noche ni, probablemente, la siguiente. Eso debería molestarle, pero, a pesar de la preocupación por Pedro, había disfrutado mucho la tarde que había pasado en la cálida y acogedora casa del rancho. Abril y ella, con la chimenea del salón crepitando alegremente, habían trabajado juntas hasta que terminaron la manta. Ella no era una experta, ni mucho menos, pero había disfrutado enseñando a la niña. El resultado había sido una manta muy bonita que le encantaría a Pedro, sobre todo, cuando supiera que su hija había trabajado tanto para hacerla.
—Ahora, solo tenemos que dejar que fermenten media hora y luego podemos meterlos en el horno —comentó Abril.
—Tienen una pinta buenísima. Estoy deseando probarlos.
La niña sonrió y dejó la fuente con los palitos de pan en la encimera.
—¿Te apetece un chocolate caliente? Mi tía Luciana tiene como veinte mezclas distintas y creo que ha dejado casi todas. Chocolate con menta, con naranja, con caramelo… Lo que quieras. Los pide a una tienda gourmet de Jackson Hole.
—¿Cuál es el mejor?
—Todos son muy buenos, pero creo que el de frambuesa es mi favorito.
—Perfecto. El de frambuesa me parece muy bien. ¿Puedo ayudarte?
—No —contestó Abril haciendo una mueca—. Si fuese a hacerlo con nata batida y esas cosas, quizá necesitase ayuda, pero si no, es super fácil. Solo hay que calentar el agua en el microondas y añadir la mezcla.
El sistema complicado le pareció maravilloso y esperó conseguir que Abril le diese la receta antes de que volviera a San Diego, pero, en ese momento, el chocolate con frambuesa le pareció fantástico. Se levantó para tomar cuatro ibuprofenos del frasco que había junto al fregadero, se sirvió un vaso de agua y se los tragó justo cuando una ráfaga de viento hizo que los copos de nieve golpearan con mucha violencia contra el cristal de la ventana. Se estremeció.
—¿Crees que no la pasará nada a tu padre?
Abril miró hacia la ventana y la ventisca.
—Es un ranchero. Está acostumbrado al mal tiempo. Es parte de su vida.
A ella le pareció un comentario muy juicioso para una niña que todavía no tenía doce años.
—¿Podrá volver para la cena?
—Sí. Estoy segura de que volverá enseguida. Algunas veces vuelve a salir después de cenar, pero, con tanta nieve, es posible que lo deje hasta mañana temprano.
Esa forma de vida le parecía tan desconocida como la de la una bailarina de kabuki, pero tenía un ritmo y una tranquilidad que la atraían.
—¿Te gusta vivir en un rancho?
Abril arrugó la frente como si no lo hubiese pensado jamás.
—Claro. Quiero decir, ¿Qué hay que no pueda gustarme? Llevo montando a caballo desde los tres años. Tengo uno mío y todo. Me encanta ir a reunir el ganado en primavera y otoño y siempre hay perritos y gatitos nuevos en el establo para jugar con ellos. Es difícil aburrirse cuando hay que hacer tantas cosas.
Esa niña competente y adulta para su edad le dejó delante una taza con chocolate caliente.
—Quiero decir, sería fantástico tener un centro comercial más cerca que el de Idaho Falls, y más grande que ese. Y es posible que también me gustara poder ir a la playa de vez en cuando, pero no cambiaría esto por nada.
—Nunca puedo hacerlos regulares —se lamentó Abril—. Mi tía Luciana los hace muy bien, pero a mí siempre me quedan más gordos por un extremo aunque los haga con todo el cuidado del mundo. Pero da igual, papá se los come estén gordos o no.
Ella sonrió, pero no pudo evitar mirar por la ventana para intentar verlo. Llevaba mucho tiempo fuera. Abril no parecía preocupada, pero ella no podía evitar buscarlo, aunque no podía ver a más de un par de metros. Naturalmente, había visto noticias de tormentas que asolaban Estados enteros y lo había leído en libros, pero se había criado en el clima templado y constante de San Diego y no estaba preparada para la inclemencia de un sistema de bajas presiones. Lo que siempre le había parecido algo abstracto, estaba convirtiéndose en una realidad cada vez más gélida y ventosa. No podría volver al pueblo esa noche ni, probablemente, la siguiente. Eso debería molestarle, pero, a pesar de la preocupación por Pedro, había disfrutado mucho la tarde que había pasado en la cálida y acogedora casa del rancho. Abril y ella, con la chimenea del salón crepitando alegremente, habían trabajado juntas hasta que terminaron la manta. Ella no era una experta, ni mucho menos, pero había disfrutado enseñando a la niña. El resultado había sido una manta muy bonita que le encantaría a Pedro, sobre todo, cuando supiera que su hija había trabajado tanto para hacerla.
—Ahora, solo tenemos que dejar que fermenten media hora y luego podemos meterlos en el horno —comentó Abril.
—Tienen una pinta buenísima. Estoy deseando probarlos.
La niña sonrió y dejó la fuente con los palitos de pan en la encimera.
—¿Te apetece un chocolate caliente? Mi tía Luciana tiene como veinte mezclas distintas y creo que ha dejado casi todas. Chocolate con menta, con naranja, con caramelo… Lo que quieras. Los pide a una tienda gourmet de Jackson Hole.
—¿Cuál es el mejor?
—Todos son muy buenos, pero creo que el de frambuesa es mi favorito.
—Perfecto. El de frambuesa me parece muy bien. ¿Puedo ayudarte?
—No —contestó Abril haciendo una mueca—. Si fuese a hacerlo con nata batida y esas cosas, quizá necesitase ayuda, pero si no, es super fácil. Solo hay que calentar el agua en el microondas y añadir la mezcla.
El sistema complicado le pareció maravilloso y esperó conseguir que Abril le diese la receta antes de que volviera a San Diego, pero, en ese momento, el chocolate con frambuesa le pareció fantástico. Se levantó para tomar cuatro ibuprofenos del frasco que había junto al fregadero, se sirvió un vaso de agua y se los tragó justo cuando una ráfaga de viento hizo que los copos de nieve golpearan con mucha violencia contra el cristal de la ventana. Se estremeció.
—¿Crees que no la pasará nada a tu padre?
Abril miró hacia la ventana y la ventisca.
—Es un ranchero. Está acostumbrado al mal tiempo. Es parte de su vida.
A ella le pareció un comentario muy juicioso para una niña que todavía no tenía doce años.
—¿Podrá volver para la cena?
—Sí. Estoy segura de que volverá enseguida. Algunas veces vuelve a salir después de cenar, pero, con tanta nieve, es posible que lo deje hasta mañana temprano.
Esa forma de vida le parecía tan desconocida como la de la una bailarina de kabuki, pero tenía un ritmo y una tranquilidad que la atraían.
—¿Te gusta vivir en un rancho?
Abril arrugó la frente como si no lo hubiese pensado jamás.
—Claro. Quiero decir, ¿Qué hay que no pueda gustarme? Llevo montando a caballo desde los tres años. Tengo uno mío y todo. Me encanta ir a reunir el ganado en primavera y otoño y siempre hay perritos y gatitos nuevos en el establo para jugar con ellos. Es difícil aburrirse cuando hay que hacer tantas cosas.
Esa niña competente y adulta para su edad le dejó delante una taza con chocolate caliente.
—Quiero decir, sería fantástico tener un centro comercial más cerca que el de Idaho Falls, y más grande que ese. Y es posible que también me gustara poder ir a la playa de vez en cuando, pero no cambiaría esto por nada.
viernes, 17 de abril de 2020
En Un Instante: Capítulo 35
—¡Caray! —exclamó ella por la impresión—. ¿La has hecho tú? ¿De verdad?
—Mi tía Brenda me enseñó a tejer. Todavía no lo hago muy bien, pero llevo semanas haciéndola. La semana pasada me dí cuenta de que no la tendría para Navidad si no le daba un buen empujón y eso es lo que hemos estado haciendo. Tengo los dedos que parece que se me van a caer.
—Va a encantarle —le aseguró Paula—. Sobre todo, porque te has tomado tanto interés en hacerla.
—Eso espero. Me he saltado muchos puntos. La tía Brenda iba a enseñarme cómo terminarla, pero este fin de semana el bebé estaba muy gruñón y no ha podido.
Paula dudó. Se debatió entre su instinto natural de profesora y el deseo de ayudarla y el miedo a que cuanto más se metiera en la vida de los Alfonso, más le costaría despedirse de ellos. Si fuese lista, le pediría a David Alfonso que la llevara otra vez al hotel Cold Creek, pero, por otro lado, no quería pasar más tiempo con el jefe de policía que el estrictamente necesario. Podía pasar otra noche allí y a la mañana siguiente volvería por sus propios medios.
—Yo sé tejer. Tampoco lo hago de maravilla, y ahora solo tengo una mano, pero es posible que consigamos resolverlo entre las dos.
—¿De verdad? ¡Sería fantástico! ¡Gracias!
—De nada.
Se oyeron las voces de Pedro y su hermano y las niñas cerraron inmediatamente la caja de plástico. Cuando llegaron los hombres, Paula se puso en tensión y esperó a que el jefe de policía empezara a interrogarla otra vez. Si lo hacía, tendría que contarles la verdad mucho antes de lo que había esperado. Ella, al revés que el resto de su familia, nunca había sabido mentir o disimular. Sin embargo, para su alivio, el jefe Bowman no comentó nada del cuadro.
—Está empezando a nevar otra vez y deberíamos volver, Gabi. Será mejor que no nos quedemos atrapados en el rancho. No sé tú, pero yo no quiero que Brenda descargue toda su ira sobre mí si le dejo sola con un bebé irritable.
—De acuerdo —la niña se levantó—. Hasta luego, tío Pedro. Adiós, Abril. Señorita Chaves, me ha encantado conocerla. Siento lo de su brazo.
—Gracias.
Cuando los dos se marcharon, Paula se acordó de repente de la comida que dejó en la olla de cocción lenta antes de que se quedara dormida delante de la chimenea.
—¿Tienen hambre? —preguntó—. Estoy haciendo un guiso.
—Huele muy bien. ¿Te importa si espero un poco? Tengo que echar una ojeada a la calefacción del tractor mientras haya luz. ¿Les importa que los deje aquí un rato?
Abril miró de reojo a Paula.
—No te preocupes, estaremos bien —contestó su hija quizá con demasiado entusiasmo.
Pedro se quedó un poco perplejo, pero decidió no darle importancia.
—Llamenme si tienen algún problema. No sé cuánto tardaré, pueden cenar sin mí.
—Claro —comentó Abril.
Él se dirigió hacia la salida y Abril y ella se pusieron a trabajar en cuanto oyeron que cerraba la puerta. Al parecer, había vivido una vida muy tranquila y segura en San Diego. No había podido imaginarse que la nieve pudiese llegar a caer con tanta insistencia.
—Mi tía Brenda me enseñó a tejer. Todavía no lo hago muy bien, pero llevo semanas haciéndola. La semana pasada me dí cuenta de que no la tendría para Navidad si no le daba un buen empujón y eso es lo que hemos estado haciendo. Tengo los dedos que parece que se me van a caer.
—Va a encantarle —le aseguró Paula—. Sobre todo, porque te has tomado tanto interés en hacerla.
—Eso espero. Me he saltado muchos puntos. La tía Brenda iba a enseñarme cómo terminarla, pero este fin de semana el bebé estaba muy gruñón y no ha podido.
Paula dudó. Se debatió entre su instinto natural de profesora y el deseo de ayudarla y el miedo a que cuanto más se metiera en la vida de los Alfonso, más le costaría despedirse de ellos. Si fuese lista, le pediría a David Alfonso que la llevara otra vez al hotel Cold Creek, pero, por otro lado, no quería pasar más tiempo con el jefe de policía que el estrictamente necesario. Podía pasar otra noche allí y a la mañana siguiente volvería por sus propios medios.
—Yo sé tejer. Tampoco lo hago de maravilla, y ahora solo tengo una mano, pero es posible que consigamos resolverlo entre las dos.
—¿De verdad? ¡Sería fantástico! ¡Gracias!
—De nada.
Se oyeron las voces de Pedro y su hermano y las niñas cerraron inmediatamente la caja de plástico. Cuando llegaron los hombres, Paula se puso en tensión y esperó a que el jefe de policía empezara a interrogarla otra vez. Si lo hacía, tendría que contarles la verdad mucho antes de lo que había esperado. Ella, al revés que el resto de su familia, nunca había sabido mentir o disimular. Sin embargo, para su alivio, el jefe Bowman no comentó nada del cuadro.
—Está empezando a nevar otra vez y deberíamos volver, Gabi. Será mejor que no nos quedemos atrapados en el rancho. No sé tú, pero yo no quiero que Brenda descargue toda su ira sobre mí si le dejo sola con un bebé irritable.
—De acuerdo —la niña se levantó—. Hasta luego, tío Pedro. Adiós, Abril. Señorita Chaves, me ha encantado conocerla. Siento lo de su brazo.
—Gracias.
Cuando los dos se marcharon, Paula se acordó de repente de la comida que dejó en la olla de cocción lenta antes de que se quedara dormida delante de la chimenea.
—¿Tienen hambre? —preguntó—. Estoy haciendo un guiso.
—Huele muy bien. ¿Te importa si espero un poco? Tengo que echar una ojeada a la calefacción del tractor mientras haya luz. ¿Les importa que los deje aquí un rato?
Abril miró de reojo a Paula.
—No te preocupes, estaremos bien —contestó su hija quizá con demasiado entusiasmo.
Pedro se quedó un poco perplejo, pero decidió no darle importancia.
—Llamenme si tienen algún problema. No sé cuánto tardaré, pueden cenar sin mí.
—Claro —comentó Abril.
Él se dirigió hacia la salida y Abril y ella se pusieron a trabajar en cuanto oyeron que cerraba la puerta. Al parecer, había vivido una vida muy tranquila y segura en San Diego. No había podido imaginarse que la nieve pudiese llegar a caer con tanta insistencia.
En Un Instante: Capítulo 34
Paula dominó la angustia y el miedo mientras Pedro y su hermano salían de la habitación. No sabía cómo lidiar con un jefe de policía rudo que la miraba con recelo y desconfianza. ¿Podrían acusarla de posesión de un artículo robado? Tendría que comentárselo al abogado que se encargaba del patrimonio de su padre. Súbitamente, la rabia superó al pánico. Súbitamente, se puso furiosa con su padre porque le había dejado que aclarara todo ese embrollo. Debería decírselo todo a Pedro. Debería hablarle de su padre y de Gonzalo. No quería creerlo, pero cada vez estaba más convencida de que su hermano tenía algo que ver con los asesinos de los Alfonso. No podía ser casualidad que hubiese muerto a unos cientos de kilómetros de allí y unos días después del asesinato. El almacén lleno de cuadros era otra prueba. Su padre debió de estar mezclado de alguna manera. Los Kozlov, una familia de delincuentes, debieron de organizarlo todo, pero ella todavía se preguntaba por qué su padre no había intentado vender las obras de arte. ¿Cómo podía contarle a Pedro el historial de su familia? La despreciaría si se enteraba de lo más mínimo, la consideraría la hija de un jefe del crimen organizado ruso. Se lo contaría antes de marcharse, cuando no tuviera que ver el reproche en sus ojos verdes. El engaño por omisión era impropio de ella, pero no pensó en eso y se volvió hacía las dos jóvenes que la miraban con una curiosidad cautelosa.
—Tengo que reconocer que este árbol de Navidad es el más bonito que he visto, Abril. ¿Ayudaste a decorarlo?
—Sí. Mi tía Luciana y yo tardamos dos días en colgar todos los adornos. Eso sin contar lo que tardamos en hacer algunos y en comprar los demás.
—Es precioso. Toda la casa es la casa perfecta de Navidad.
—Está muy bonita durante las fiestas —reconoció Abril—. Nos cortaron el árbol de la montaña justo antes de Acción de Gracias. Además, mi padre engancha el caballo al trineo algunas veces y subimos y bajamos por el camino cantando villancicos.
—Qué bonito…
—Siento que te hicieras daño en nuestra casa. ¿Cómo te caíste?
—No me fijé en dónde ponía el pie, me tropecé y perdí el equilibrio.
—A mí me pasa todo el rato —intervino Gabi—. David dice que siempre voy demasiado deprisa y que tengo que ir con más calma.
—Es un buen consejo, intentaré seguirlo, pero estoy bien, de verdad. Abril, he intentado convencer a tu padre de que puedo volver al hotel donde estoy alojada, pero no he tenido mucha suerte.
—Puede ser muy cabezota —replicó la chica con comprensión—. Llevo siglos queriendo empezar a ponerme maquillaje y a hacerme los agujeros en las orejas, pero le da igual. Creo que le gustaría que fuésemos amish o algo así. Brenda la deja a Gabi que se pinte los labios y se ponga sombra en los ojos. No sé por qué yo no puedo.
No se sintió autorizada para comentar nada y decidió excluirse de la insurrección antes de que llegara más lejos.
—¿Qué hay en la caja?
—Un regalo para papá —contestó Abril con un brillo en los ojos—. Tendrías que verlo. Va a ser increíble.
—Estoy segura.
—Enséñaselo —le propuso Gabi.
Abril dudó.
—No tienes que enseñármelo si no quieres —le tranquilizó Paula.
—No puedes decir nada, quiero sorprenderlo.
—Seré una tumba, lo juro.
Abril dejó la caja en el sofá, al lado de Paula, levantó la tapa y, con un gesto reverencial, sacó una manta de viaje casi terminada en tonos marrones y verdes.
—Tengo que reconocer que este árbol de Navidad es el más bonito que he visto, Abril. ¿Ayudaste a decorarlo?
—Sí. Mi tía Luciana y yo tardamos dos días en colgar todos los adornos. Eso sin contar lo que tardamos en hacer algunos y en comprar los demás.
—Es precioso. Toda la casa es la casa perfecta de Navidad.
—Está muy bonita durante las fiestas —reconoció Abril—. Nos cortaron el árbol de la montaña justo antes de Acción de Gracias. Además, mi padre engancha el caballo al trineo algunas veces y subimos y bajamos por el camino cantando villancicos.
—Qué bonito…
—Siento que te hicieras daño en nuestra casa. ¿Cómo te caíste?
—No me fijé en dónde ponía el pie, me tropecé y perdí el equilibrio.
—A mí me pasa todo el rato —intervino Gabi—. David dice que siempre voy demasiado deprisa y que tengo que ir con más calma.
—Es un buen consejo, intentaré seguirlo, pero estoy bien, de verdad. Abril, he intentado convencer a tu padre de que puedo volver al hotel donde estoy alojada, pero no he tenido mucha suerte.
—Puede ser muy cabezota —replicó la chica con comprensión—. Llevo siglos queriendo empezar a ponerme maquillaje y a hacerme los agujeros en las orejas, pero le da igual. Creo que le gustaría que fuésemos amish o algo así. Brenda la deja a Gabi que se pinte los labios y se ponga sombra en los ojos. No sé por qué yo no puedo.
No se sintió autorizada para comentar nada y decidió excluirse de la insurrección antes de que llegara más lejos.
—¿Qué hay en la caja?
—Un regalo para papá —contestó Abril con un brillo en los ojos—. Tendrías que verlo. Va a ser increíble.
—Estoy segura.
—Enséñaselo —le propuso Gabi.
Abril dudó.
—No tienes que enseñármelo si no quieres —le tranquilizó Paula.
—No puedes decir nada, quiero sorprenderlo.
—Seré una tumba, lo juro.
Abril dejó la caja en el sofá, al lado de Paula, levantó la tapa y, con un gesto reverencial, sacó una manta de viaje casi terminada en tonos marrones y verdes.
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