viernes, 6 de marzo de 2020

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 19

Durante las horas siguientes, Paula no pudo quitarse de encima una mezcla de temor y anticipación. Ofrecerles a Pedro y a su familia un lugar donde pasar las fiestas había sido un gesto amable de buena vecina. Agradecía que esos niños pudiesen escabullirse escaleras abajo la mañana de Navidad para ver sus regalos bajo el árbol y que la señora Michaels pudiera prepararles una cena en condiciones y no calentar algo en el microondas. Aun así, tenía la extraña sensación de que la vida en el rancho estaba a punto de cambiar, tal vez irrevocablemente. Solo sería durante unas pocas semanas, se dijo a sí misma mientras terminaba de limpiar los establos con Abril. Sami estaba tumbada sobre la paja, contemplándolas. Podría enfrentarse a cualquier cosa durante unas semanas. Aun así, no lograba despojarse de esa extraña sensación de inquietud mientras realizaba sus tareas del sábado.

—Señoritas, ¿Necesitan que les eche una mano?

Abril le dedicó una sonrisa a su padre, pues le encantaba que le llamase «señorita».

—Ya que ahora contamos con tus músculos, ¿Por qué no nos traes un par de fardos de paja? Quiero ponerles un poco más a las yeguas preñadas.

—Encantado. Abril, ven a echarle una mano a tu viejo.

Ambos se marcharon riéndose por algo que había dicho Abril como respuesta, y Paula volvió a sentir que le invadía la depresión. En realidad su hermano ya no necesitaba que le ayudara con su sobrina. Ella había estado encantada de ofrecerle ayuda cuando la niña era pequeña y Federico estaba pasándolo mal. Había estado más que encantada. Aliviada, más bien, por tener algo que hacer con su tiempo, algo que pensaba que podía hacer. Abril ya era una jovencita y Federico era un padre excelente que podría enfrentarse a las cosas solo. Paula apoyó la mejilla en el mango de la pala y se quedó mirando a Sami.

—Eso suena serio. ¿Qué sucede? ¿Te estás arrepintiendo de haberle dicho al veterinario que se mudara aquí?

Ella se encogió de hombros, agarró un rastrillo y comenzó a extender la paja.

—¿Por qué iba a arrepentirme? Necesitaba un lugar donde quedarse durante unas semanas y nosotros tenemos una casa vacía y amueblada.

—A Abril le encantará tener a otros niños en el rancho, sobre todo en Navidad.

—¿Dónde está?

Su hermano agarró el otro rastrillo para ayudarla.

—Se ha distraído con los nuevos gatitos del granero. Está con ellos arriba.

—Me temo que no somos buena compañía para ella en esta época del año, ¿Verdad? Las cosas mejorarán en enero.

—Ya sabes lo mucho que le gustaba a mamá la Navidad. No querría pensar que has dejado que su muerte y la de papá arruinarán las fiestas para siempre.

—Lo sé —ya habían tenido esa conversación muchas veces, pero en ese momento ella no estaba de humor—. No hagas que parezca que soy yo la única. Tú también odias la Navidad.

—Sí, bueno. Creo que es hora de que sigamos con nuestras vidas. Iván y David lo han hecho.

«Tú no estabas allí», quiso gritar. Ninguno de sus hermanos estaba allí. Era ella la que había estado escondida bajo la estantería de la despensa, escuchando a su madre morir y sabiendo que no podía hacer nada al respecto. «No estabas allí y no fuiste el responsable». No podía decirle eso. Nunca podría. Así que siguió extendiendo paja.

—Creo que es hora de que vuelvas a estudiar.

—Tengo veintisiete años, Fede. Creo que mis años de estudio ya han pasado.

—No tiene por qué ser así —contestó su hermano con el ceño fruncido—. Mucha gente termina la universidad cuando son mayores que la media de estudiantes. A veces una persona tarda años en averiguar qué quiere en la vida.

—¿Y yo lo he averiguado ya? —murmuró ella.

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 18

—Hola, Sami —dijo Valentina con una sonrisa.

Franco, sin embargo, se escondió detrás de Pedro. Su hijo se ponía nervioso con cualquier perro que fuese más grande que un pequinés.

—Es muy mayor. Trece años. La trajimos cuando yo era adolescente. Sami y yo hemos pasado muchas cosas juntas.

—Sami y Pauli. Eso rima —dijo Valentina inesperadamente.

—Lo sé. De pequeños, mis hermanos llamaban al perro y yo pensaba que me llamaban a mí. O me llamaban a mí y Sami venía corriendo. Era todo muy confuso, pero ya estamos acostumbradas después de todos estos años. Aunque yo no le puse el nombre; el ranchero que se la dió a mis padres ya le había puesto nombre. Para entonces ya estaba acostumbrada a él, así que decidimos no cambiárselo.

Pedro vió algo de tristeza en sus ojos y se preguntó cuál sería la causa.

—¿Saben que fue un regalo de Navidad cuando cumplí catorce años? Poco mayor que tú, Valentina.

Su hija pareció entusiasmada porque alguien considerase que estaba más cerca de los catorce que de los nueve, y de pronto se dió cuenta de que Paula lo había dicho a propósito.

—Yo llevaba meses rogando y rogando para tener un perro que fuera mío — continuó ella—. Siempre teníamos perros en el rancho, pero mis hermanos trabajaban con ellos. Yo quería uno al que pudiera entrenar yo misma. Me puse muy contenta aquella mañana cuando la encontré bajo el árbol. Estaba tan adorable con un lazo rojo alrededor del cuello.

Pedro entendía perfectamente su sensación. Cuando era pequeño, había rogado para tener un perro año tras año desde que cumplió los ocho. Todos los años albergaba la esperanza de encontrar un cachorro bajo el árbol, y todos los años se llevaba una decepción. Abrió la puerta del coche.

—Valen, puedes sentarte en medio junto a Franco para dejar sitio a Sami.

—Oh, no. No es necesario. Probablemente esté mojada y huela mal. Podemos ir andando. No está tan lejos.

—Si hay algo que no nos molesta en esta familia, son los perros mojados y malolientes, ¿Verdad? Verás cuando traigamos a Tri para que se revuelque por la nieve.

Sus hijos se rieron, incluida Valentina, lo cual le hizo sentirse satisfecho. Desvió la atención de los niños y vió que Paula estaba observándolo, con la mano en el cogote de la perra y una expresión como pasmada. Volvió a sentir el contacto de antes, cuando había salido de la ducha y la había encontrado en la clínica. El momento pareció alargarse y él se sintió incapaz de apartar la mirada mientras Franco y Valentina se montaban en el coche.  Finalmente Paula se aclaró la garganta.

—Gracias de todos modos, pero aún no estoy lista para irme. Tengo que limpiar el polvo de las dos habitaciones de invitados.

Aquello no iba a funcionar. No deseaba aquella atracción tan repentina. No deseaba sentir el calor en la tripa y el bullir de la sangre. Pensó en decirle que había cambiado de opinión, pero aquello sonaría ridículo. Además, después de haber visto la casa, no quería volver al hotel. Tendría que esforzarse por mantenerse alejado de ella.

—A mí me ha parecido que estaba bien. Podemos limpiar nosotros —le dijo—. No tienes por qué hacerlo.

—Los Chaves somos una familia muy orgullosa. Aunque no solamos alquilar habitaciones por norma general, no pienso dejar que se alojen en una casa sucia.

Pedro decidió no discutir.

—Iré a ver a Luca cuando lleguemos al pueblo. Si creo que está lo suficientemente estable para estar aquí, lo traeré de vuelta cuando regresemos.

Paula sonrió con agradecimiento y él volvió a sentir aquella atracción hacia ella.

—¡Gracias! Nos encantaría, ¿Verdad, Sami?

La perra le olisqueó la mano y pareció sonreír también.

—Luca es su bisnieto —les explicó a los niños—. Supongo que los veré a todos después. Me alegra que les haya gustado la casa.

En lo referente a la situación, la casa era perfecta. En lo referente a la vecina, no estaba tan seguro. Mientras se alejaba con el coche, miró por el espejo retrovisor. Paula Chaves estaba mirando hacia el pálido sol de invierno que asomaba entre las nubes y tenía una mano en la cabeza de la perra. Por alguna ridícula razón, Pedro sintió un nudo en la garganta al verla y le costó trabajo apartar la mirada.

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 17

Él no sabía nada sobre cómo hacer adornos para el árbol de Navidad. Nadia siempre se encargaba de las decoraciones, y su ama de llaves se había hecho cargo del asunto tras su muerte.

—Vamos. Les enseñaré la casa. No es gran cosa, como pueden ver. Simplemente esta habitación, la cocina y el comedor. Y arriba los dormitorios.

El salón estaba amueblado con un sofá de color borgoña y dos sillones reclinables de cuero. La televisión era antigua, pero bastante grande. En una de las paredes había una chimenea de piedra con una repisa de madera. La chimenea estaba vacía, pero alguien, probablemente Paula, había apilado varios leños en un cubo que había al lado. Pedro se imaginó lo acogedor que resultaría el lugar con el fuego encendido, las luces del árbol de Navidad y un partido de baloncesto en la televisión. Ni siquiera tendría que molestarse en bajar el volumen para no despertar a Franco.

—Por aquí está la cocina y el comedor —dijo Paula.

Los electrodomésticos parecían algo antiguos, pero en buenas condiciones. El frigorífico incluso tenía máquina de hielo, algo que había echado en falta en el hotel.

—Hay un aseo, y el cuarto de la lavandería está al otro lado de esas puertas. Es bastante básico. ¿Quieren ver el piso de arriba?

Él asintió y la siguió escaleras arriba, intentando no fijarse en como los vaqueros se pegaban a sus curvas.

—Tenemos camas de matrimonio en dos de las habitaciones, y literas en esa de la izquierda. A los niños no les importará compartir, ¿No?

—¡Quiero ver! —exclamó Franco, y entró corriendo en la habitación. Valentina le siguió más lentamente, pero incluso ella parecía sentir curiosidad.

—Hay un cuarto de baño pequeño en la habitación principal y otro en el pasillo, entre los otros dormitorios. Y eso es todo. No es mucho. ¿Será suficiente?

—¡A mí me gusta! —declaró Franco—. Pero solo si puedo quedarme con la litera de arriba.

—¿A tí qué te parece, Valentina?

Ella se encogió de hombros.

—No está mal. Sigue gustándome más el hotel, pero sería divertido vivir cerca de Abril e ir con ella en el autobús. Y con la litera de arriba me quedo yo. Soy la mayor.

—Ya lo solucionaremos —dijo Pedro—. Creo que es más o menos unánime. Creo que está genial. Es cómoda y espaciosa, y no está lejos de la clínica. Agradezco el ofrecimiento.

Paula sonrió, pero le pareció un poco forzada.

—Genial. Pueden mudarse cuando quieran. Hoy, si les parece bien. Solo necesitan sus maletas.

—En ese caso, podemos volver al hotel, hacer las maletas y regresar esta tarde. A la señora Michaels le encantará.

—Me parece bien.

—¿Podemos decorar el árbol esta noche? —preguntó Franco.

—Sí —contestó Pedro acariciándole la cabeza a su hijo—. Probablemente podamos. Compraremos los materiales en el pueblo.

Incluso Valentina parecía algo entusiasmada con la idea mientras salían de la casa.

—Oh, por el amor de Dios —dijo Paula de pronto—. ¿Qué estás haciendo aquí, perra loca? Quieres hacer nuevos amigos, ¿Verdad?

Le hablaba a una collie de aspecto mayor, con pelo gris y ojos cansados, que estaba sentada al pie de los escalones del porche. Paula se arrodilló, sin importarle la nieve, y acarició al animal.

—Esta es Sami. Es mi mejor amiga.

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 16

—Bienvenidos al rancho River Bow.

Estuvo a punto de darle las gracias antes de darse cuenta de que Paula estaba dirigiéndose a los niños. Sonreía con sinceridad y su rostro iluminó el coche como un rayo de sol en un día nublado.

—¿Podré montar en uno de sus caballos alguna vez?

—Franco —le dijo Pedro, pero Paula se rió.

—Creo que puede arreglarse. Tenemos algunos que son muy tranquilos con los niños. Mi favorito es el viejo Silver. Es el caballo más simpático que te puedas imaginar.

—Apuesto a que puedo montar muy bien un caballo —contestó Franco con una sonrisa—. Tengo botas y todo.

—Eres un idiota. El hecho de que tengas botas no te convierte en vaquero — murmuró Valentina con un resoplido de impaciencia.

—¿Qué me dices tú, Valentina? ¿Te gustan los caballos?

—Supongo —murmuró su hija.

—Pues has venido al lugar adecuado. Seguro que a mi sobrina Abril le encantaría llevarte a montar.

—¿Abril, la del colegio? —preguntó Valentina con súbito entusiasmo—. ¿Es tu sobrina?

—Eso parece —respondió Paula—. No hay muchas que se llamen Abril por aquí. ¿La conoces?

Valentina asintió.

—Es un par de años mayor que yo, pero, en mi primer día, la señora Dalton, la directora, le pidió que me enseñara el colegio. Fue muy simpática conmigo y sigue saludándome cuando me ve por los pasillos.

—Me alegra oír eso. Será mejor que sea simpática. Si no, dímelo a mí y hablaré con ella. Ya hemos llegado —agregó cuando Pedro estacionó frente a la casa—. Encendí antes la calefacción, cuando vine a limpiar un poco. Quería que os resultase acogedora.

—Entonces ¿has quitado todas las ratoneras? —preguntó él.

—¿Ratas? —preguntó Valentina horrorizada.

—No hay ratas —le aseguró Paula de inmediato—.  Tenemos demasiados gatos en el rancho. Tu padre estaba bromeando. ¿Verdad?

¿Lo estaba? Hacía mucho tiempo que no bromeaba con nada. Por alguna razón, Paula Chaves sacaba una parte olvidada de él.

—Sí, Valen. Estaba bromeando.

A juzgar por la expresión de su hija, esa idea debía de parecerle tan inquietante como la idea de tener roedores gigantes en la cama.

—¿Entramos para que puedan verlo por ustedes mismos? —preguntó Paula.

—¡Yo quiero ver las ratas! —exclamó Franco.

—No hay ratas —aseguró Pedro de nuevo mientras Paula abría la puerta de la casa.

No estaba cerrada con llave; algo muy diferente a su vida en California, donde todos vivían obsesionados con la seguridad. Nada más entrar, les envolvió el olor a pino.

—¡Miren! —exclamó Franco—. ¡Un árbol de Navidad! ¡Uno de verdad para nosotros!

En efecto, en un rincón había un enorme abeto, tan alto como él, cubierto de luces multicolores. Pedro se quedó mirándolo, sorprendido y seguro de que el árbol no estaba ahí hacía unas horas. Paula había dicho que la casa estaba vacía, de modo que se las habría apañado para llevar el árbol hasta allí y decorarlo en las últimas horas. Había hecho todo aquello por ellos. Él no sabía qué decir.

—No tenías por qué hacerlo —le dijo.

—No es gran cosa —respondió ella, aunque a Ben le pareció ver que se le sonrojaban ligeramente las mejillas—. Mis hermanos se han vuelto un poco locos con los árboles de Navidad. Cortamos el nuestro en las montañas que hay detrás del rancho después de Acción de Gracias, y este año han cortado algunos más para dárselos a la gente que pudiera necesitarlos. Nos sobraba este.

—¿Y las luces?

—Teníamos algunas de sobra. Me temo que este es un poco flacucho, pero con guirnaldas de papel y algunos adornos se solucionará enseguida. Seguro que su padre y la señora Michaels pueden ayudar a hacerlos —les dijo ella a Valentina y a Franco.

Como Pedro sospechaba, Franco pareció entusiasmado con la idea, mientras que Valentina simplemente se encogió de hombros.

miércoles, 4 de marzo de 2020

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 15

Valentina frunció el ceño, pero no tuvo respuesta para eso. Por suerte, dejó pasar el tema y se limitó a quedarse callada y con mala cara. Pedro tenía la impresión de que su hija iba a volverle loco antes de que terminase la pubertad. Poco tiempo más tarde, se desvió por una carretera secundaria con un arco de madera encima en el que se leía Rancho River Bow. A los lados de la carretera había pinos y álamos. Aunque la carretera estaba despejada de nieve, agradecía la tracción a las cuatro ruedas de su coche a medida que avanzaba colina arriba hacia el edificio principal del rancho, que ya podía ver a lo lejos. No lejos de la casa, el camino se bifurcaba. Entonces vió una casa de madera más pequeña con dos pequeños aleros sobre el porche de la entrada. No pudo evitar pensar que parecía algo sacado de una de las felicitaciones navideñas que había recibido la clínica; una encantadora casita rodeada de pinos cubiertos de nieve.

—¿Podremos montar a caballo mientras estemos aquí? —preguntó Franco al ver a los seis o siete caballos que se encontraban en la nieve comiendo alfalfa.

—Probablemente no. Solo vamos a alquilar la casa, no el rancho entero.

Valentina también miró por la ventanilla hacia los caballos, y Pedro se dió cuenta del súbito brillo en su mirada. A su hija le encantaban los caballos, como a casi todas las niñas de nueve años. Pero ni siquiera eso fue suficiente.

—Has dicho que solo íbamos a echarle un vistazo y que, si no nos gustaba, no tendríamos que quedarnos —dijo con tono de reproche.

—Sí. Es lo que he dicho.

—A mí me gusta —comentó Franco—. Tienen perros, caballos y vacas.

Un par de collies muy parecidos al que se encontraba descansando en su clínica en esos instantes los miraron desde el porche de la casa principal cuando aparcó enfrente. En ese momento se abrió la puerta y apareció Paula Chaves, que bajó los escalones del porche mientras se ponía un abrigo. Llevaba el pelo recogido en una trenza que le caía por la espalda, y en lo alto de la cabeza un sombrero vaquero. Parecía dulce y sencilla, pero él sabía que la realidad de Paula era más complicada de lo que dejaba ver su apariencia. Abrió su puerta y salió del coche al verla acercarse al vehículo.

—La casa es por allí —dijo ella señalando hacia la pequeña casita entre los árboles—. ¿Por qué no se acerca más con el coche para no tener que ir atravesando la nieve? Federico ha quitado la nieve esta mañana con el tractor, así que no debería tener ningún problema. Yo le veré allí.

—¿Por qué? —preguntó él, rodeó el coche y abrió la puerta del copiloto—. Entra. Podemos ir juntos.

Por alguna razón, Paula no parecía convencida con la idea, pero, tras una breve pausa, se acercó a él y entró en el coche. Pedro cerró la puerta tras ella antes de que pudiera cambiar de opinión. Lo primero que notó al ponerse de nuevo tras el volante fue su aroma, que inundaba el interior. Aunque era un día frío y nublado de diciembre, su coche de pronto empezó a oler a vainilla y a flores silvestres. Sintió un deseo completamente inapropiado de inhalar ese aroma hasta el fondo, de quedarse allí sentado, con sus hijos en el asiento de atrás, y saborear, sin más, la dulzura. «Contrólate, Alfonso», se dijo a sí mismo. Olía bien, ¿y qué? Podría ir a cualquier perfumería del pueblo y probablemente experimentaría la misma sensación. Aun así, de pronto se alegró de que su casa fuese a estar lista en cuestión de semanas. Si pasaba allí mucho tiempo más, sospechaba que acabaría sintiendo algo serio por aquella mujer puntillosa que olía a jardín salvaje.

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 14

—Pero a mí me gusta estar en el hotel. Podemos jugar con Agustín y con Sofía, y siempre hay alguien que nos hace el desayuno. Es como Elisa en el Plaza.

Pedro tragó saliva para no reírse, porque a su hija no le haría gracia. Aun así, por muy encantador que fuese el hotel Cold Creek, no se parecía en nada al gran hotel de Nueva York que aparecía en los libros que tanto le gustaban a Valentina.

—Ha sido divertido —admitió él—, ¿Pero no te gustaría tener un poco más de espacio para jugar?

—¿En medio de ninguna parte con un puñado de vacas y de caballos? No. La verdad es que no.

Pedro suspiró ante la actitud condescendiente de Valentina. Sabía de dónde le venía: de sus abuelos maternos. A su hija no le gustaba separarse de los padres de su difunta esposa. Quería a los Marshall e intentaba pasar con ellos todo el tiempo que podía. Durante los dos últimos años, desde la muerte de Nadia, Roberto y Margarita le habían llenado a  Valentina la cabeza de quejas sutiles y de insinuaciones para debilitar la relación con su padre. Los Marshall no querían otra cosa que quedarse con la custodia de sus hijos, fuera como fuese. Gran parte era culpa suya. Tras la muerte de Nadia, se había quedado demasiado consumido por la pena como para darse cuenta de las fisuras que estaban creando en su relación con sus hijos. Había empezado a darse cuenta hacía seis meses. Después de quedarse a dormir con los abuelos, Franco se había negado a darle un abrazo. Había tardado varios días, pero al final el niño había confesado entre lágrimas que la abuela Marshall le había dicho que él mataba perros y gatos que nadie quería; una acusación completamente injusta porque, en esa época, él trabajaba en un refugio en el que no sacrificaban animales. Desde entonces había querido distanciarse, pero los Marshall no cejaban en su empeño de separarlos, e incluso habían recurrido a los tribunales para pedir el derecho a ver a sus nietos con regularidad. Sabía que no podría mantenerlos separados para siempre, pero había decidido que su prioridad debía ser reforzar el vínculo con sus hijos. Al final la única solución había sido instalarse en otra parte para que el contacto entre ellos resultase más difícil.

—Solo serán unas pocas semanas, hasta que nuestra casa esté terminada —le dijo a Valentina—. ¿No echas de menos las deliciosas cenas de la señora Michaels?

—Yo sí —opinó Franco desde su asiento, junto a su hermana—. Me encantan sus macarrones con queso.

A Pedro se le hizo la boca agua al pensar en la cebolla caramelizada que el ama de llaves esparcía sobre los macarrones con queso.

—Si nos mudamos a esta nueva casa, será lo primero que le pida que haga —le prometió a su hijo, que le recompensó con una enorme sonrisa.

—No ha estado tan mal salir a cenar a la cafetería o calentar cosas en el microondas de la habitación —insistió Valentina—. A mí no me ha importado en absoluto.

—¿Y qué me dices de la Navidad? ¿De verdad quieres pasar la Nochebuena en el hotel, donde no tenemos ni siquiera árbol?

Su hija no respondió de inmediato, y era evidente que estaba intentando pensar en algo con lo que contraatacar. Él siguió hablando antes de que le diese tiempo.

—Vamos a probarlo. Si lo odiamos, podremos pasar las fiestas en el hotel. Con suerte, nuestra nueva casa estará lista a principios de enero.

—¿Tendré que ir en autobús a la escuela la última semana de clases antes de las vacaciones de Navidad?

Pedro no había pensado en eso. Suponía que debería haber tenido en cuenta la logística antes de considerar esa opción.

—Puedes hacerlo si quieres. O podemos intentar cuadrar nuestros horarios para que pueda llevaros a clase de camino a la clínica.

—Yo no quiero ir en autobús. Seguro que es asqueroso.

Ese era otro de los regalos de los padres de su difunta esposa. Margarita Marshall había hecho lo posible por convertir a su hija en una paranoica con fobia a los gérmenes.

—Siempre puedes usar jabón antiséptico.

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 13

Pedro sonrió; no fue una sonrisa enorme, pero sí auténtica. El estómago volvió a darle un vuelco y Paula recordó el momento en que había entrado en la clínica y lo había encontrado medio desnudo. ¿Qué diablos le había sucedido? Nunca reaccionaba así a los hombres. Tenía citas de vez en cuando. No era una auténtica ermitaña, como parecían creer sus hermanos. Disfrutaba de alguna cena o alguna película, pero normalmente se esforzaba porque todo fuera divertido e informal. Las pocas veces en las que un chico había intentado algo más, a ella le había entrado el pánico, se había sentido presionada y había hecho todo lo posible por desalentarlo. No recordaba haber tenido nunca una reacción tan poderosa e inmediata hacia un hombre. No estaba acostumbrada a esa sensación de vértigo.

—No creo que haya problema —dijo él—. Si tiene tres dormitorios y una cocina medio decente para la señora Michaels, lo demás me importa poco.

—Por lo que sabe, podría ser una pocilga. Le sorprendería saber las condiciones en las que algunos rancheros obligan a vivir a sus trabajadores.

—Me gustaría creer que no lo habrías sugerido si no pensaras que podría estar bien para mi familia.

—Eso es muy confiado por su parte. No sabe nada sobre mí. Podría tener por costumbre estafar a los recién llegados el dinero de su alquiler.

—Dado que estamos hablando de intercambiar mis servicios por el alquiler, no creo que eso sea un problema, ¿No crees? Pero, si insistes, supongo que podría pasarme por tu rancho luego, cuando Josefina venga a darme el relevo. Viene sobre las diez.

—Podría estar bien. Supongo que me dará tiempo a llegar y esconder todas las ratoneras y las trampas para cucarachas.

En esa ocasión Pedro se rió abiertamente, como ella había pretendido. Fue un sonido potente que recorrió su columna con un escalofrío. Aquello era un gran error. ¿Por qué habría abierto su bocaza para ofrecerle la casa? Lo último que necesitaba en el rancho era un hombre atractivo de torso sexy y con una risa deliciosa.

—¿Le ayudo a sacar a Luca antes de irme?

—No. Puedo solo.

—Entonces, le veré en un rato, ¿De acuerdo? —preguntó ella mientras le acariciaba la cabeza al perro una vez más—. Tienes que quedarte aquí un poco más y después podrás irte a casa.

—Sabes que probablemente no podrá volver a ser un perro de trabajo. He juntado sus huesos lo mejor que he podido, pero nunca será lo suficientemente fuerte o rápido para hacer lo que hacía antes.

—En el rancho no somos tan crueles como para obligarles a hacer piruetas a cambio de la cena, doctor Alfonso. Le encontraremos un lugar en el River Bow, pueda trabajar con el ganado o no. Tenemos otros muchos animales que viven una jubilación muy placentera.

—Me alegra oírlo —respondió él.

—Gracias de nuevo por todo. Supongo que le veré más tarde.

Paula se dirigió hacia la puerta, pero él se le adelantó y se la abrió, lo que no le dejó más opción que pasar junto a él al salir. Ignoró el escalofrío, igual que había ignorado los otros. Se dijo a sí misma que podría hacerlo. Solo serían unas semanas y probablemente viera más a los niños y al ama de llaves que al propio Pedro, sobre todo si trabajaba tantas horas.