—Sí que importa —aseguró—. Sólo he jugado como pasatiempo y lo dejé hace varios años. Nunca me gustó ese mundo, si es a lo que te refieres, sino la técnica y el manejo del caballo.
—No me importa lo que te gustara.
—Pero tú has sido quien ha sacado el tema y lo has hecho con evidente disgusto. En cuanto a lo de besarnos hace unos días hasta un punto en que habría sido fácil continuar hasta el final, ¿Por qué lo hiciste, Paula?
—No sabía que tenías prometida, ¿Recuerdas? —afirmó, con ironía.
—¿Y estabas un poco enamorada de mí, Paula Chaves?
—Hablando de estar enamorado, creí que tú estabas enamorado de tí y necesitabas algún aliciente, Pedro.
—De acuerdo —dijo enfadado—. Hazme una propuesta, Paula.
—¿Qué quieres decir?
—Tu tío está ofreciendo venderme Wattle Creek, que es una entidad bajo un único título. Tu parte, el treinta por ciento creo, no es de la propiedad actual, sino de la compañía familiar constituida para operar el rancho. Y eso no es suficiente para bloquear la venta.
«¿Por qué demonios no he pensado en ello?», pensó Paula con amargura. «Porque hasta ayer noche nunca se me ocurrió que podría pasar algo así».
—Entonces mi propuesta es ésta: que esperes a que mi tío se opere para aceptar la oferta.
—No hay problema —dijo educadamente—. Ya había decidido hacerlo así. Por lo menos, no firmaremos el contrato hasta entonces. Pero dí a tu tío mi palabra de no cambiar de opinión si él tampoco cambiaba.
Paula dió un suspiro de alivio y sintió renacer la esperanza por primera vez después de enterarse de todo la noche anterior. Pero él pareció leer en sus ojos porque una sonrisa apareció en sus labios.
—Las cosas no cambiarán, sin embargo.
—Lo veremos.
Paula miró a su alrededor y luchó por reprimir las lágrimas que amenazaban estallar en sus ojos.
—Hay un modo menos doloroso de hacer todo esto, Paula.
—¿Sí?
—Me alegraría que tú y tu tío se quedarán en la casa. Naturalmente, pondré un encargado, pero él tendrá su propia casa. Vosotros os marcharéis cuando hayáis reajustado lo necesario.
—Creo que eso me molestaría mucho más —contestó ella, mirándolo con disgusto evidente.
Él le devolvió la mirada fría.
—¿Te sentirías vigilada por mí o algo parecido?
—Lo has adivinado, Pedro. Pero es algo que nunca permitiré.
—Por otro lado, creo que me gustaría bastante —musitó.
La muchacha alzó la tarta como si fuera a tirársela, pero en el último momento la sensatez venció y se quedó mirando sencillamente sus ojos azules llenos de ironía. Pero el esfuerzo por mantener la compostura la obligó a darse la vuelta para esconder las lágrimas de rabia que se negaban a ser reprimidas por más tiempo. Él se puso a su lado y, sin una palabra, le ofreció un pañuelo. Ella iba a decir algo, pero no pudo y, con un gemido, se limpié los ojos y la nariz.
—No suelo llorar normalmente —dijo con amargura—, pero ha sido una impresión muy fuerte.
—Te creo. Y creo que habría sido peor si lo hubieras sabido por mí.
—No lo sé. De todas maneras, prefiero que te vayas con tu prometida.
—¿Sabes? Creo que deberías reflexionar acerca de por qué la idea de que tenga prometida te molesta tanto, Paula.
Ella empezó a decir algo, pero enseguida vió la trampa y se detuvo bruscamente.
—Sí, así que te dejaré que lo pienses. Mientras tanto, podemos hablar de otra cosa. Creo que la operación será en el hospital John Flynn, en Gold Coast, ¿Verdad?
miércoles, 21 de agosto de 2019
Te Quiero: Capítulo 46
—Me pidió, cuando vino a verme por primera vez, que hiciera todo lo posible para que no se supiera nada hasta que él te lo pudiera decir por sí mismo.
—Así que dijo eso… Y creerás que te salva de todo, ¿No?
Pedro levantó una ceja.
—¿Qué habrías hecho tú en mi posición, Paula?
—Algunas cosas —dijo, tras un momento—. Tan pronto como recuperaste la memoria, y no me digas que no fue pronto, porque recuerdo perfectamente cuando me dijiste que las cosas podían cambiar. Yo, si hubiera estado en tu lugar, me habría marchado de aquí inmediatamente, y no me digas que no podías haberlo hecho. Así no habrías tenido la oportunidad de merodear por el rancho y verlo todo bajo una personalidad falsa.
—Sigue —animó él—. Estoy seguro de que hay más.
—Sí lo hay, ya que lo mencionas —contestó ella, cruzándose de brazos y mirándolo fríamente—. No habría intentado ganarme a alguien que, sabías perfectamente, se quedaría destrozado, como lo hiciste.
—Ganarte —repitió él, pensativamente—. ¿Eso es lo que crees que estaba haciendo?
—Por supuesto. ¿Qué otra cosa debería de pensar? ¿O es que vas a decirme que Laura Foster es una fantasía mía?
—Pero seguramente habría imaginado que eso no iba a hacer sino empeorar las cosas, una vez que lo descubrieras —intentó aclarar Pedro.
—Bueno, eso no cambia nada. No me voy a ir sin luchar.
—No veo cómo vas a hacerlo, Paula…
—Soy copropietaria, Pedro. Quizá puedas comprar la parte de mi tío, pero mi parte es diferente.
—Tú eres diferente. Y esta mañana estás muy guapa, por cierto.
—No me halagues —advirtió ella—. Tu credibilidad para mí es nula.
—Yo sólo puedo repetir una vez más que yo no planeé nada de lo que ha sucedido.
—Del resto no hay nada más que hablar, pero de tu compra de Wattle sólo te diré que vas a tener que luchar para conseguirlo.
Pedro la miró con los ojos entornados.
—¿Crees que sería inteligente, Paula? Tu tío…
—Sé lo que vas a decir. Ustedes dos, tanto mi tío como tú, creéis que me voy a dejar atrapar por miedo a su estado de salud. Pero hablé con su especialista esta mañana y me ha dicho que es muy posible que mi tío salga bien de esta operación. Y estoy segura de que cuando él se vea fuerte de nuevo, todo será diferente.
Pedro no dijo nada. Se metió las manos en los bolsillos traseros de su pantalón marrón y se quedó mirando a Paula. Esta puso las tazas en el fregadero sin hacerle caso.
—He enmarcado el boceto.
Ella se encogió de hombros.
—Paula, sé lo mucho que todo esto te habrá sorprendido. Y sobre todo, me imagino que te sentirás como una estúpida por todo lo que me dijiste, especialmente a mí. Pero eso no significa que no podamos tener una conversación civilizada.
—¿Estoy siendo incivilizada? —murmuró—. Creí que me estaba comportando serena y controladamente.
—Pero sólo en la apariencia, lo sé —contestó él secamente—. ¿Quieres por favor sentarte y dejarme que te explique lo costoso e inviable que Wattle Creek ha llegado a resultar?
—¡No, no lo haré! —protestó, apretando los dientes—. Porque no sólo desapruebo lo que todos ustedes representan comercialmente, sino también porque soy alérgica a los jugadores de polo modelos. Pero sobre todo, soy alérgica a los mentirosos.
—Estás hablando de dos cosas diferentes y no soy un jugador de polo modelo. ¿Quién te ha dicho eso?
—No importa.
—Así que dijo eso… Y creerás que te salva de todo, ¿No?
Pedro levantó una ceja.
—¿Qué habrías hecho tú en mi posición, Paula?
—Algunas cosas —dijo, tras un momento—. Tan pronto como recuperaste la memoria, y no me digas que no fue pronto, porque recuerdo perfectamente cuando me dijiste que las cosas podían cambiar. Yo, si hubiera estado en tu lugar, me habría marchado de aquí inmediatamente, y no me digas que no podías haberlo hecho. Así no habrías tenido la oportunidad de merodear por el rancho y verlo todo bajo una personalidad falsa.
—Sigue —animó él—. Estoy seguro de que hay más.
—Sí lo hay, ya que lo mencionas —contestó ella, cruzándose de brazos y mirándolo fríamente—. No habría intentado ganarme a alguien que, sabías perfectamente, se quedaría destrozado, como lo hiciste.
—Ganarte —repitió él, pensativamente—. ¿Eso es lo que crees que estaba haciendo?
—Por supuesto. ¿Qué otra cosa debería de pensar? ¿O es que vas a decirme que Laura Foster es una fantasía mía?
—Pero seguramente habría imaginado que eso no iba a hacer sino empeorar las cosas, una vez que lo descubrieras —intentó aclarar Pedro.
—Bueno, eso no cambia nada. No me voy a ir sin luchar.
—No veo cómo vas a hacerlo, Paula…
—Soy copropietaria, Pedro. Quizá puedas comprar la parte de mi tío, pero mi parte es diferente.
—Tú eres diferente. Y esta mañana estás muy guapa, por cierto.
—No me halagues —advirtió ella—. Tu credibilidad para mí es nula.
—Yo sólo puedo repetir una vez más que yo no planeé nada de lo que ha sucedido.
—Del resto no hay nada más que hablar, pero de tu compra de Wattle sólo te diré que vas a tener que luchar para conseguirlo.
Pedro la miró con los ojos entornados.
—¿Crees que sería inteligente, Paula? Tu tío…
—Sé lo que vas a decir. Ustedes dos, tanto mi tío como tú, creéis que me voy a dejar atrapar por miedo a su estado de salud. Pero hablé con su especialista esta mañana y me ha dicho que es muy posible que mi tío salga bien de esta operación. Y estoy segura de que cuando él se vea fuerte de nuevo, todo será diferente.
Pedro no dijo nada. Se metió las manos en los bolsillos traseros de su pantalón marrón y se quedó mirando a Paula. Esta puso las tazas en el fregadero sin hacerle caso.
—He enmarcado el boceto.
Ella se encogió de hombros.
—Paula, sé lo mucho que todo esto te habrá sorprendido. Y sobre todo, me imagino que te sentirás como una estúpida por todo lo que me dijiste, especialmente a mí. Pero eso no significa que no podamos tener una conversación civilizada.
—¿Estoy siendo incivilizada? —murmuró—. Creí que me estaba comportando serena y controladamente.
—Pero sólo en la apariencia, lo sé —contestó él secamente—. ¿Quieres por favor sentarte y dejarme que te explique lo costoso e inviable que Wattle Creek ha llegado a resultar?
—¡No, no lo haré! —protestó, apretando los dientes—. Porque no sólo desapruebo lo que todos ustedes representan comercialmente, sino también porque soy alérgica a los jugadores de polo modelos. Pero sobre todo, soy alérgica a los mentirosos.
—Estás hablando de dos cosas diferentes y no soy un jugador de polo modelo. ¿Quién te ha dicho eso?
—No importa.
lunes, 19 de agosto de 2019
Te Quiero: Capítulo 45
Paula se vistió cuidadosamente a la mañana siguiente después de desayunar y de hacer las tareas domésticas. Eligió un vestido beige de lino sin mangas y con botones en la parte delantera. Era muy sencillo, pero resaltaba perfectamente su silueta. Encima de él se puso una chaqueta roja y negra. Y decidió ponerse unos zapatos de cuero de marca que tenían unos pequeños tacones rojos. Su tío pareció tranquilizarse cuando la vió aparecer no sólo vestida más formalmente de lo habitual, sino también con el pelo más limpio y cuidado e, incluso, discretamente maquillada.
Su tío le había dicho que Pedro llegaría a las once en punto. Así que Paula sacó una bandeja de plata donde puso unos platillos de porcelana china y una tarta de frutas helada.
A las once en punto, Pedro aterrizó con su helicóptero en frente de la puerta principal.
—No exageres —tranquilizó Paula a su tío, viendo la cara de preocupación de éste.
—No te preocupes —respondió él, apretando la mano a su sobrina.
Luego Pedro entró en la casa y ella lo miró, preguntándose cómo podía haberse olvidado de lo azul que eran aquellos ojos.
—Nos encontramos de nuevo, Pedro Alfonso—dijo ella, tendiéndole la mano con educación—. Veo que tus heridas se han curado.
Él le dió la mano.
—Así es. Me alegro de verte, Paula —dijo él. Luego se volvió hacia el tío Arturo—. No sé si su sobrina le habrá contado algo, señor, pero lo cierto es que cuidó de mí con mucho esmero bajo difíciles circunstancias.
—No hice más de lo que habría hecho por cualquier otra persona —aclaró Paula, con una sonrisa débil, volviéndose hacia él—. Pero siéntate, por favor. Hay té y leche preparados —añadió.
Arturo Chaves miró a su sobrina confuso.
—¿Qué haces, Pau? ¿Desde cuándo ofrecemos a nuestros invitados leche?
—Me temo que no bebo té ni café y parece que Paula se ha acordado —explicó Pedro divertido.
—¡Entonces te tomarás una cerveza, claro! ¿Por qué no bebemos todos para celebrarlo?
—Porque tú no puedes beber, tío Arturo —contestó Paula serenamente—, de manera que no queremos darte tentaciones. Pedro puede tomar un zumo.
—Me parece bien —replicó Pedro, ligeramente arrepentido—. A propósito, éste es Diego Bennett, nuestro contable, y me estaba diciendo hace un segundo que se moriría por una taza de té.
Se sentaron en el sofá, mientras Paula servía el té y le llevaba a Pedro un vaso grande de sidra. Hablaron de temas generales y de la salud de Arturo. Finalmente, Pedro sugirió a Arturo que Diego echara un vistazo a los libros de contabilidad, así que todos se fueron al despacho de Arturo y dejaron a Paula ordenando la cocina. Diez minutos después apareció Pedro en la cocina. Ella lo observó, alto y silencioso en la entrada.
—Así que, Paula, ya sabes lo peor de mí —murmuró en voz baja, al tiempo que se dirigía a la mesa.
—Eso creo. Y me parece que tres sorpresas son suficientes para mí.
Pedro la miró. Paula había puesto una tarta en un recipiente y lo estaba cerrando cuidadosamente.
—¿Cuándo supiste lo de la venta de Wattle?
—Ayer noche. También entonces me enteré de que mi tío tiene problemas de salud. Pero no sé por qué me lo tomé tan mal. Yo, evidentemente, soy alguien sin importancia en todo este asunto. Una mujer, lo cual empeora las cosas.
Ella alzó los ojos finalmente. Tenían una expresión preocupada.
Su tío le había dicho que Pedro llegaría a las once en punto. Así que Paula sacó una bandeja de plata donde puso unos platillos de porcelana china y una tarta de frutas helada.
A las once en punto, Pedro aterrizó con su helicóptero en frente de la puerta principal.
—No exageres —tranquilizó Paula a su tío, viendo la cara de preocupación de éste.
—No te preocupes —respondió él, apretando la mano a su sobrina.
Luego Pedro entró en la casa y ella lo miró, preguntándose cómo podía haberse olvidado de lo azul que eran aquellos ojos.
—Nos encontramos de nuevo, Pedro Alfonso—dijo ella, tendiéndole la mano con educación—. Veo que tus heridas se han curado.
Él le dió la mano.
—Así es. Me alegro de verte, Paula —dijo él. Luego se volvió hacia el tío Arturo—. No sé si su sobrina le habrá contado algo, señor, pero lo cierto es que cuidó de mí con mucho esmero bajo difíciles circunstancias.
—No hice más de lo que habría hecho por cualquier otra persona —aclaró Paula, con una sonrisa débil, volviéndose hacia él—. Pero siéntate, por favor. Hay té y leche preparados —añadió.
Arturo Chaves miró a su sobrina confuso.
—¿Qué haces, Pau? ¿Desde cuándo ofrecemos a nuestros invitados leche?
—Me temo que no bebo té ni café y parece que Paula se ha acordado —explicó Pedro divertido.
—¡Entonces te tomarás una cerveza, claro! ¿Por qué no bebemos todos para celebrarlo?
—Porque tú no puedes beber, tío Arturo —contestó Paula serenamente—, de manera que no queremos darte tentaciones. Pedro puede tomar un zumo.
—Me parece bien —replicó Pedro, ligeramente arrepentido—. A propósito, éste es Diego Bennett, nuestro contable, y me estaba diciendo hace un segundo que se moriría por una taza de té.
Se sentaron en el sofá, mientras Paula servía el té y le llevaba a Pedro un vaso grande de sidra. Hablaron de temas generales y de la salud de Arturo. Finalmente, Pedro sugirió a Arturo que Diego echara un vistazo a los libros de contabilidad, así que todos se fueron al despacho de Arturo y dejaron a Paula ordenando la cocina. Diez minutos después apareció Pedro en la cocina. Ella lo observó, alto y silencioso en la entrada.
—Así que, Paula, ya sabes lo peor de mí —murmuró en voz baja, al tiempo que se dirigía a la mesa.
—Eso creo. Y me parece que tres sorpresas son suficientes para mí.
Pedro la miró. Paula había puesto una tarta en un recipiente y lo estaba cerrando cuidadosamente.
—¿Cuándo supiste lo de la venta de Wattle?
—Ayer noche. También entonces me enteré de que mi tío tiene problemas de salud. Pero no sé por qué me lo tomé tan mal. Yo, evidentemente, soy alguien sin importancia en todo este asunto. Una mujer, lo cual empeora las cosas.
Ella alzó los ojos finalmente. Tenían una expresión preocupada.
Te Quiero: Capítulo 44
—Pero, por otro lado —murmuró ella, sentándose de nuevo, pensativa—, nosotros seguiríamos contando con tu experiencia.
—No podemos estar seguros.
—Sí que podemos —aseguró ella—. ¡Ni siquiera pienses en eso! ¿Por que no puedo seguir llevando la hacienda, siendo tú mi consejero?
Arturo Chaves se reclinó en su silla con gesto cansado. De pronto fijó en ella la mirada.
-¡Mira qué cansada estás, Pau, y sólo han sido dos semanas!
—Eso no es… —ella se detuvo y se mordió el labio, tratando de borrar de su mente la desagradable idea de perder Wattle Creek—. ¿Estás tomando alguna medicación, tío Arturo? ¿Ya tienes fecha para operarte? Eso es lo más importante en este momento.
—Me operaré dentro de tres días, Pau. Ellos insisten en que no puedo retrasarlo más. Y mientras tanto, tengo que tomarme unas pastillas. Se supone que no debo excitarme ni tomar alcohol mientras las esté tomando, ni… Bueno, ni hacer casi nada.
—Lo siento mucho —dijo ella, poniéndose en pie y sacudiendo la cabeza.
—No es culpa tuya, Pau. Debería habértelo dicho antes, pero no sabía cómo.
—Bueno, creo que ahora deberías irte a la cama. Te lo manda una a la que han dicho que es una enfermera maravillosa. Y no te preocupes por mí —le advirtió cariñosamente—, soy tan dura como unas botas viejas. Vamos.
—Quiero comentarte algo más, Pau.
Ella levantó la vista hacia el cielo, en gesto de burla, tratando de divertir a su tío.
—Él va a venir mañana.
—¿Pedro?
Arturo asintió. Ella tragó saliva.
—¿No te pelearás con él?
—¡Santo cielo, no! Y ahora, vamos a la cama.
Ella, una vez que se aseguró de que su tío se había acostado, se fue a su estudio y se puso a recorrerlo de un lado para otro. Pero le era difícil pensar claramente y le sorprendía que lo que más le preocupaba era el hecho de que ellos la hubieran tratado de ese modo. «Hombres», pensó con amargura. «¿Cómo se atreven a tratarme como a una niña? Yo he luchado tanto por este lugar como cualquiera… Bueno, relativamente… ya que sólo tengo veinticinco años, pero llevo ayudando aquí desde los doce». Se sentó finalmente en un taburete y trató de pensar de un modo coherente en Pedro Alfonso. Pero inmediatamente le llegó el rostro de Laura Foster. «¿Y por qué no me puede elegir a mí?», pensó. «Al fin y al cabo, somos de la misma edad. Pero imagino que ella sería una esposa mucho más adecuada que yo para lucir dentro del mundo de la alta sociedad, además de ser millonaria. Estoy segura de que él lo decidirá todo a su debido tiempo. Además, a mí no me gusta nada ese ambiente social». Y mientras examinaba sus pensamientos, extrañamente, apareció un sonrisa triste en sus labios. «Pero en realidad sé que todo esto no cambia nada acerca de lo que siento por él», meditó. «Bueno, y luego está también la inmensa rabia que siento. No sólo en lo que respecta a Laura Foster, sino también al hecho de que él va a ser el hombre que me eche de Wattle Creek». Se quedó con la mirada perdida durante largo tiempo. Luego estiró la espalda y respiró hondo. «Ya veremos quién gana, señor Alfonso».
—No podemos estar seguros.
—Sí que podemos —aseguró ella—. ¡Ni siquiera pienses en eso! ¿Por que no puedo seguir llevando la hacienda, siendo tú mi consejero?
Arturo Chaves se reclinó en su silla con gesto cansado. De pronto fijó en ella la mirada.
-¡Mira qué cansada estás, Pau, y sólo han sido dos semanas!
—Eso no es… —ella se detuvo y se mordió el labio, tratando de borrar de su mente la desagradable idea de perder Wattle Creek—. ¿Estás tomando alguna medicación, tío Arturo? ¿Ya tienes fecha para operarte? Eso es lo más importante en este momento.
—Me operaré dentro de tres días, Pau. Ellos insisten en que no puedo retrasarlo más. Y mientras tanto, tengo que tomarme unas pastillas. Se supone que no debo excitarme ni tomar alcohol mientras las esté tomando, ni… Bueno, ni hacer casi nada.
—Lo siento mucho —dijo ella, poniéndose en pie y sacudiendo la cabeza.
—No es culpa tuya, Pau. Debería habértelo dicho antes, pero no sabía cómo.
—Bueno, creo que ahora deberías irte a la cama. Te lo manda una a la que han dicho que es una enfermera maravillosa. Y no te preocupes por mí —le advirtió cariñosamente—, soy tan dura como unas botas viejas. Vamos.
—Quiero comentarte algo más, Pau.
Ella levantó la vista hacia el cielo, en gesto de burla, tratando de divertir a su tío.
—Él va a venir mañana.
—¿Pedro?
Arturo asintió. Ella tragó saliva.
—¿No te pelearás con él?
—¡Santo cielo, no! Y ahora, vamos a la cama.
Ella, una vez que se aseguró de que su tío se había acostado, se fue a su estudio y se puso a recorrerlo de un lado para otro. Pero le era difícil pensar claramente y le sorprendía que lo que más le preocupaba era el hecho de que ellos la hubieran tratado de ese modo. «Hombres», pensó con amargura. «¿Cómo se atreven a tratarme como a una niña? Yo he luchado tanto por este lugar como cualquiera… Bueno, relativamente… ya que sólo tengo veinticinco años, pero llevo ayudando aquí desde los doce». Se sentó finalmente en un taburete y trató de pensar de un modo coherente en Pedro Alfonso. Pero inmediatamente le llegó el rostro de Laura Foster. «¿Y por qué no me puede elegir a mí?», pensó. «Al fin y al cabo, somos de la misma edad. Pero imagino que ella sería una esposa mucho más adecuada que yo para lucir dentro del mundo de la alta sociedad, además de ser millonaria. Estoy segura de que él lo decidirá todo a su debido tiempo. Además, a mí no me gusta nada ese ambiente social». Y mientras examinaba sus pensamientos, extrañamente, apareció un sonrisa triste en sus labios. «Pero en realidad sé que todo esto no cambia nada acerca de lo que siento por él», meditó. «Bueno, y luego está también la inmensa rabia que siento. No sólo en lo que respecta a Laura Foster, sino también al hecho de que él va a ser el hombre que me eche de Wattle Creek». Se quedó con la mirada perdida durante largo tiempo. Luego estiró la espalda y respiró hondo. «Ya veremos quién gana, señor Alfonso».
Te Quiero: Capítulo 43
—¿Cómo? —se quedó mirándolo fijamente con los labios separados.
—Pau… —Arturo parecía inquieto—. No podemos seguir adelante. Ya sabes lo que hemos tenido que luchar los últimos años y no hay modo de que tú sola puedas hacer frente a todo.
—Yo… ¿Qué quieres decir? —susurró Paula, empalideciendo.
—Fui a verlo. Sabía que le interesaría Wattle, ya que está al lado de Campbell Downs. Yo… Era lo único que podía hacer.
Paula se puso de pie y se apoyó en la mesa.
—Es evidente que no sabes qué clase de hombre es, tío Arturo. Pero deja que yo te lo diga. Él ha estado aquí tres días y no me ha contado ni una sola palabra de eso. Así ha podido inspeccionar todo el terreno tranquilamente, engañándome todo el tiempo.
—Si perdió la memoria no te estuvo engañando —razonó su tío Arturo—. Y además, yo le hice jurar que no diría nada hasta que yo tuviera la oportunidad de hablar contigo personalmente.
—No te creo. Y te diré que él perdió la memoria de un modo muy selectivo.
—¿Qué quieres decir?
—Él… —hizo una pausa—. Él sabía desde el primer día lo que Wattle Creek significaba para mí. ¡Y por eso me dijo lo de que las cosas podían cambiar y todo eso! ¡Oh!
Arturo se encogió de hombros.
—¡Incluso aunque dijera eso, mantuvo su palabra! —insistió el hombre.
—Bueno, pero no voy a dejar que él se quede con esto. Sé lo que éste lugar significa para tí, tío Arturo. ¡Y para mí también! Tiene que haber otra solución.
—¿Te piensas que no lo he calculado ya todo perfectamente, Pau? — preguntó él, con gran dolor—. Y en cualquier caso, tú aquí, en Wattle Creek, estás demasiado aislada. ¡Quizá este cambio sea bueno para tí!
Paula se quedó mirándolo en silencio y, a pesar del delicado estado de salud de su tío, a pesar de que tenía que admitir que le estaba diciendo lo mismo que siempre le había dicho y lo que él creía que era su obligación decirle, no pudo evitar enfadarse por un momento. Luego trató de calmarse.
—Yo… no puedo pensar en ello ahora —dijo Paula.
—Sabía que iba a suponer un duro choque para tí, pero lo que no podía saber era que ibas a conocer antes a ese hombre y que no te iba a gustar demasiado.
Paula respiró hondo.
—Pero todavía tienes tu pintura. Y si todavía quieres cargar con este viejo carcamal, podremos irnos a vivir a una casa más pequeña. Pero, Pau, debes hacerte a la idea de que tendremos que vender Wattle Creek.
—Pau… —Arturo parecía inquieto—. No podemos seguir adelante. Ya sabes lo que hemos tenido que luchar los últimos años y no hay modo de que tú sola puedas hacer frente a todo.
—Yo… ¿Qué quieres decir? —susurró Paula, empalideciendo.
—Fui a verlo. Sabía que le interesaría Wattle, ya que está al lado de Campbell Downs. Yo… Era lo único que podía hacer.
Paula se puso de pie y se apoyó en la mesa.
—Es evidente que no sabes qué clase de hombre es, tío Arturo. Pero deja que yo te lo diga. Él ha estado aquí tres días y no me ha contado ni una sola palabra de eso. Así ha podido inspeccionar todo el terreno tranquilamente, engañándome todo el tiempo.
—Si perdió la memoria no te estuvo engañando —razonó su tío Arturo—. Y además, yo le hice jurar que no diría nada hasta que yo tuviera la oportunidad de hablar contigo personalmente.
—No te creo. Y te diré que él perdió la memoria de un modo muy selectivo.
—¿Qué quieres decir?
—Él… —hizo una pausa—. Él sabía desde el primer día lo que Wattle Creek significaba para mí. ¡Y por eso me dijo lo de que las cosas podían cambiar y todo eso! ¡Oh!
Arturo se encogió de hombros.
—¡Incluso aunque dijera eso, mantuvo su palabra! —insistió el hombre.
—Bueno, pero no voy a dejar que él se quede con esto. Sé lo que éste lugar significa para tí, tío Arturo. ¡Y para mí también! Tiene que haber otra solución.
—¿Te piensas que no lo he calculado ya todo perfectamente, Pau? — preguntó él, con gran dolor—. Y en cualquier caso, tú aquí, en Wattle Creek, estás demasiado aislada. ¡Quizá este cambio sea bueno para tí!
Paula se quedó mirándolo en silencio y, a pesar del delicado estado de salud de su tío, a pesar de que tenía que admitir que le estaba diciendo lo mismo que siempre le había dicho y lo que él creía que era su obligación decirle, no pudo evitar enfadarse por un momento. Luego trató de calmarse.
—Yo… no puedo pensar en ello ahora —dijo Paula.
—Sabía que iba a suponer un duro choque para tí, pero lo que no podía saber era que ibas a conocer antes a ese hombre y que no te iba a gustar demasiado.
Paula respiró hondo.
—Pero todavía tienes tu pintura. Y si todavía quieres cargar con este viejo carcamal, podremos irnos a vivir a una casa más pequeña. Pero, Pau, debes hacerte a la idea de que tendremos que vender Wattle Creek.
Te Quiero: Capítulo 42
—La verdad es que no me parecío un hombre de fiar. Luego supe quién era y eso confirmó mis sospechas.
—Tiene muy buen aspecto, sin embargo. Y ha estado en las mejores universidades. Es también un buen jugador de polo, pasó unos años en Argentina, creo. Allí tuvo un rancho o dos.
—Entonces no me extraña que ningún caballo pueda tirarlo —murmuró Paula—. Miró a su tío y frunció el ceño—. Está comprometido a una mujer espectacular. ¿Te acuerdas de Laura Foster? Trabajaba en series de televisión. Una de ellas era de un hospital.
Arturo se cruzó las manos por detrás de la cabeza y se quedó pensativo.
—¿No estarías pensando, por casualidad, en él como posible esposo para mí? — preguntó Paula—. Aunque ni siquiera lo conoces, ¿No?
—Pau —dijo su tío con voz cansada, poniendo de nuevo las manos sobre la mesa—. Lo conozco. He coincidido con él una vez por lo menos.
Paula se levantó y comenzó a limpiar la mesa. De repente se detuvo y miró a su tío.
—¿Qué?
—No, no te preocupes. No pensaba en que te casaras con él —continuó Arturo—. Aunque no puedo entender por qué no has encontrado todavía un hombre, Pau…
—No empieces con eso… por favor —le avisó, recogiendo los platos.
Su tío la miró con un gesto de dolor y a la vez de sorpresa. Luego dió un suspiro.
—Siéntate, niña. Tengo que hablar contigo.
Paula dudó unos segundos, luego obedeció.
—Pero sólo si no me hablas de ningún hombre, y menos de Pedro Alfonso— avisó con frialdad.
—Yo… bueno, empezaré por el principio —pero se detuvo, sonrojándose, como si no supiera cómo seguir.
Paula se quedó mirándolo fijamente.
—Algo va mal, ¿Verdad, tío Arturo? —puso su mano sobre la de él—. Por favor, dime qué sucede.
—No sólo estuve en Tokio, Pau, también estuve en el hospital, donde me hicieron algunas pruebas… Y me temo que las cosas no marchan muy bien. Tengo que operarme, pero incluso si el resultado de la operación es satisfactorio… Es un problema del corazón y de la circulación, algo que tiene que ver con la arteria carótida… Así que tendré que tomarme las cosas de manera tranquila para el resto de mi vida.
Ella cerró los ojos. Luego se levantó y fue a abrazarse a él.
—¿Por qué… oh, por qué… no me lo dijiste antes? —preguntó, abrazándolo más fuerte y besándolo en la cabeza—. ¿Por qué intentaste ocultármelo? —preguntó de nuevo. Los ojos de ella se llenaron de pronto de culpabilidad mientras agarraba una silla y se sentaba al lado de su tío.
Él parecía avergonzado y a ella se le encogió el corazón de ver así a ese hombre orgulloso y luchador.
—Yo… bueno, las pocas veces que me he sentido muy mal, te lo he dicho… Me inventaba historias de que me dolía la espalda o algo así. Después, hace un mes, fui a ver al doctor Hayden y él me consiguió un cita con un especialista de la costa. Entonces me di cuenta de que había algún problema serio, pero insistí en hacerme más pruebas aquí y así tendría tiempo para pensarme las cosas.
—Eres un viejo mentiroso —dijo ella en un tono suave—. ¡Y podrías haberte matado! ¡En cualquier caso ya está todo decidido! ¡Te operarás en cuanto todo esté listo y no hay más que hablar!
—Me temo que sí que lo hay, Pau. Tengo que contarte cómo conocí a Pedro Alfonso.
—Tiene muy buen aspecto, sin embargo. Y ha estado en las mejores universidades. Es también un buen jugador de polo, pasó unos años en Argentina, creo. Allí tuvo un rancho o dos.
—Entonces no me extraña que ningún caballo pueda tirarlo —murmuró Paula—. Miró a su tío y frunció el ceño—. Está comprometido a una mujer espectacular. ¿Te acuerdas de Laura Foster? Trabajaba en series de televisión. Una de ellas era de un hospital.
Arturo se cruzó las manos por detrás de la cabeza y se quedó pensativo.
—¿No estarías pensando, por casualidad, en él como posible esposo para mí? — preguntó Paula—. Aunque ni siquiera lo conoces, ¿No?
—Pau —dijo su tío con voz cansada, poniendo de nuevo las manos sobre la mesa—. Lo conozco. He coincidido con él una vez por lo menos.
Paula se levantó y comenzó a limpiar la mesa. De repente se detuvo y miró a su tío.
—¿Qué?
—No, no te preocupes. No pensaba en que te casaras con él —continuó Arturo—. Aunque no puedo entender por qué no has encontrado todavía un hombre, Pau…
—No empieces con eso… por favor —le avisó, recogiendo los platos.
Su tío la miró con un gesto de dolor y a la vez de sorpresa. Luego dió un suspiro.
—Siéntate, niña. Tengo que hablar contigo.
Paula dudó unos segundos, luego obedeció.
—Pero sólo si no me hablas de ningún hombre, y menos de Pedro Alfonso— avisó con frialdad.
—Yo… bueno, empezaré por el principio —pero se detuvo, sonrojándose, como si no supiera cómo seguir.
Paula se quedó mirándolo fijamente.
—Algo va mal, ¿Verdad, tío Arturo? —puso su mano sobre la de él—. Por favor, dime qué sucede.
—No sólo estuve en Tokio, Pau, también estuve en el hospital, donde me hicieron algunas pruebas… Y me temo que las cosas no marchan muy bien. Tengo que operarme, pero incluso si el resultado de la operación es satisfactorio… Es un problema del corazón y de la circulación, algo que tiene que ver con la arteria carótida… Así que tendré que tomarme las cosas de manera tranquila para el resto de mi vida.
Ella cerró los ojos. Luego se levantó y fue a abrazarse a él.
—¿Por qué… oh, por qué… no me lo dijiste antes? —preguntó, abrazándolo más fuerte y besándolo en la cabeza—. ¿Por qué intentaste ocultármelo? —preguntó de nuevo. Los ojos de ella se llenaron de pronto de culpabilidad mientras agarraba una silla y se sentaba al lado de su tío.
Él parecía avergonzado y a ella se le encogió el corazón de ver así a ese hombre orgulloso y luchador.
—Yo… bueno, las pocas veces que me he sentido muy mal, te lo he dicho… Me inventaba historias de que me dolía la espalda o algo así. Después, hace un mes, fui a ver al doctor Hayden y él me consiguió un cita con un especialista de la costa. Entonces me di cuenta de que había algún problema serio, pero insistí en hacerme más pruebas aquí y así tendría tiempo para pensarme las cosas.
—Eres un viejo mentiroso —dijo ella en un tono suave—. ¡Y podrías haberte matado! ¡En cualquier caso ya está todo decidido! ¡Te operarás en cuanto todo esté listo y no hay más que hablar!
—Me temo que sí que lo hay, Pau. Tengo que contarte cómo conocí a Pedro Alfonso.
Te Quiero: Capítulo 41
—Tampoco me daba cuenta de que significaba tanto para tí —añadió suavemente—. Tú fuiste quien me dijo que no eras una chica inocente y virginal…
—Sé lo que dije —dijo, dándose la vuelta de nuevo—. ¿Dónde está ahora?
—¿Laura? Está esperando con Adrián… Paula… —Pedro se calló y frunció el ceño, al ver la humedad sospechosa que había en las pestañas de Paula.
Pero ella se sacó un pañuelo del bolsillo y se limpió la nariz y los ojos. Luego tomó el dibujo que Pedro había dejado sobre la mesa y se lo ofreció.
—Llévate esto contigo, Pedro. No volverás a Wattle Creek. Te acompañaré al helicóptero. ¿Hay algo…? Tu maleta —la muchacha se fue hacia la puerta.
—Paula.
La muchacha se volvió hacia él. Tenía los ojos secos, pero una expresión furiosa.
—No hay más que decir, Pedro Alfonso. Vamos.
Él la observó unos segundos y ella tuvo la sensación de que podía estar tomando una decisión. Pero se equivocaba.
—Despídete de Bonnie por mí. También de Martina y Bruno.
Ella no contestó y la sonrisa en los labios de él debería de haberla avisado, pero no fue así. Porque Pedro se acercó a ella y la tomó de la barbilla.
—Y en cuanto a que está todo dicho, ya veremos. Mientras tanto, cuídate, Paula Chaves. Has sido una enfermera maravillosa.
Luego la besó suavemente.
—Así que eso es todo —decía Paula a su tío Arturo cuatro días después.
Cuatro días en los que ella había recordado y examinado cada palabra que Pedro y ella se habían dicho, cada matiz. Largos monólogos en los que siempre terminaba defendiéndolo, ya que él, efectivamente, no lo había planeado. Aunque el pensamiento siguiente siempre era: ¿Y qué importaba que no lo hubiera planeado? ¿En qué habrían cambiado las cosas? Había admitido que ya se había acordado de Laura cuando la besó en el río…
—¿Qué pasó con la avioneta?
Paula volvió al presente.
—Bueno, trajeron a un mecánico que cambió algunas piezas. Lo más importante, me refiero a las lluvias, es que no hubo pérdidas, aunque hubo momentos de riesgo. Si hubiera llovido más habríamos tenido serios problemas.
Estaban cenando en la cocina. Arturo Chaves había llegado a casa aquella tarde muy cansado, pero Paula lo relacionó con la diferencia horaria y el haber tenido que conducir desde Mackay a Wattle Creek. Sabía que tampoco ella tenía buen aspecto porque en los últimos cuatro días le había costado mucho dormir y comer. Además de haber estado hablando sola inútilmente, había intentado enterrar su rabia y su dolor montando a caballo durante horas y horas por el rancho. Se había consolado a sí misma pensando que, por lo menos, Wattle Creek se había beneficiado de ello. Ningún agujero en la valla había escapado a sus ojos y había dejado todo en orden, incluyendo los preparativos para la última reunión de ganado que tendría lugar antes de que llegara el calor.
Arturo Chaves puso a un lado el plato de cordero asado. Había comido únicamente la mitad.
—Lo siento. Tenía que haber hecho una comida más ligera. Debes de estar muy cansado. Pero sé que es tu plato favorito.
—No es eso —contestó él, mirando pensativo a su sobrina.
Era un hombre grueso, de escaso pelo gris y piel rojiza. Tenía los mismos ojos que su sobrina, pero la semejanza acababa allí.
—¿Qué piensas de él?
—¿De quién?
—De Pedro Alfonso.
Olivia vaciló y comió un trozo de calabaza cocida. Luego se encogió de hombros.
—Sé lo que dije —dijo, dándose la vuelta de nuevo—. ¿Dónde está ahora?
—¿Laura? Está esperando con Adrián… Paula… —Pedro se calló y frunció el ceño, al ver la humedad sospechosa que había en las pestañas de Paula.
Pero ella se sacó un pañuelo del bolsillo y se limpió la nariz y los ojos. Luego tomó el dibujo que Pedro había dejado sobre la mesa y se lo ofreció.
—Llévate esto contigo, Pedro. No volverás a Wattle Creek. Te acompañaré al helicóptero. ¿Hay algo…? Tu maleta —la muchacha se fue hacia la puerta.
—Paula.
La muchacha se volvió hacia él. Tenía los ojos secos, pero una expresión furiosa.
—No hay más que decir, Pedro Alfonso. Vamos.
Él la observó unos segundos y ella tuvo la sensación de que podía estar tomando una decisión. Pero se equivocaba.
—Despídete de Bonnie por mí. También de Martina y Bruno.
Ella no contestó y la sonrisa en los labios de él debería de haberla avisado, pero no fue así. Porque Pedro se acercó a ella y la tomó de la barbilla.
—Y en cuanto a que está todo dicho, ya veremos. Mientras tanto, cuídate, Paula Chaves. Has sido una enfermera maravillosa.
Luego la besó suavemente.
—Así que eso es todo —decía Paula a su tío Arturo cuatro días después.
Cuatro días en los que ella había recordado y examinado cada palabra que Pedro y ella se habían dicho, cada matiz. Largos monólogos en los que siempre terminaba defendiéndolo, ya que él, efectivamente, no lo había planeado. Aunque el pensamiento siguiente siempre era: ¿Y qué importaba que no lo hubiera planeado? ¿En qué habrían cambiado las cosas? Había admitido que ya se había acordado de Laura cuando la besó en el río…
—¿Qué pasó con la avioneta?
Paula volvió al presente.
—Bueno, trajeron a un mecánico que cambió algunas piezas. Lo más importante, me refiero a las lluvias, es que no hubo pérdidas, aunque hubo momentos de riesgo. Si hubiera llovido más habríamos tenido serios problemas.
Estaban cenando en la cocina. Arturo Chaves había llegado a casa aquella tarde muy cansado, pero Paula lo relacionó con la diferencia horaria y el haber tenido que conducir desde Mackay a Wattle Creek. Sabía que tampoco ella tenía buen aspecto porque en los últimos cuatro días le había costado mucho dormir y comer. Además de haber estado hablando sola inútilmente, había intentado enterrar su rabia y su dolor montando a caballo durante horas y horas por el rancho. Se había consolado a sí misma pensando que, por lo menos, Wattle Creek se había beneficiado de ello. Ningún agujero en la valla había escapado a sus ojos y había dejado todo en orden, incluyendo los preparativos para la última reunión de ganado que tendría lugar antes de que llegara el calor.
Arturo Chaves puso a un lado el plato de cordero asado. Había comido únicamente la mitad.
—Lo siento. Tenía que haber hecho una comida más ligera. Debes de estar muy cansado. Pero sé que es tu plato favorito.
—No es eso —contestó él, mirando pensativo a su sobrina.
Era un hombre grueso, de escaso pelo gris y piel rojiza. Tenía los mismos ojos que su sobrina, pero la semejanza acababa allí.
—¿Qué piensas de él?
—¿De quién?
—De Pedro Alfonso.
Olivia vaciló y comió un trozo de calabaza cocida. Luego se encogió de hombros.
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