Nunca le había caído bien aquel hombre, nunca le había gustado su actitud insolente. Tal vez era porque parecía pensar que era demasiado bueno para aquel trabajo.
—Sí, señora —replicó él, recorriéndola con la mirada—. Está arreglado.
—Bueno, entonces estoy segura de que tiene otras obligaciones que atender.
—Sí, señora —su sonrisa era descarada—. Claro.
Paula se puso rígida y lo contempló mientras se alejaba por el pasillo. Luego prosiguió su camino con el ceño fruncido. Estaba segura de que Anderson había tenido la oreja apretada contra la puerta. Pero, ¿por qué? ¿Curiosidad? Aquello era, naturalmente, se dijo a sí misma rápidamente. Desde el secuestro de Lucas, las emociones en la oficina, en toda la planta, estaban en ebullición. Apartando el incidente de su cabeza, recorrió la distancia que la separaba del despacho principal. Cuando llegó al punto donde había estado el vigilante, se detuvo a escuchar. Tal como esperaba, oyó voces. La de Pedro en particular. Notando que la mano le temblaba levemente, aferró el pomo con fuerza y cuadró los hombros. Se había propuesto no verlo aquella mañana. Aun así, había intentado borrar todas las huellas de su noche en vela, pero sabía que no había tenido éxito. Lo último que había hecho antes de salir de su habitación había sido mirarse en el espejo. Aunque estaba profundamente preocupada por Lucas, también lo estaba consigo misma. Pedro se había convertido en una obsesión. Y la última noche —el calor invadió sus mejillas— bueno, más le valía no pensar en aquello. Pero era precisamente lo que estaba haciendo, pensando en el abandono con que se había comportado, en la forma en que su lengua se había entrelazado con la suya ansiosamente, en el modo en que sus manos se habían deslizado por debajo de su camisa para acariciar la piel caliente de su espalda, en la forma en que había dejado que sus dedos le acariciasen los pechos hasta que creyó que iba a explotar por dentro… Lo había deseado entonces. Y, a pesar de todo, lo deseaba en ese momento.
Finalmente, con menos control del que hubiera deseado, Paula respiró hondo y abrió la puerta. Nada más cruzar el umbral, su mirada se posó en Pedro y se detuvo en seco. Estaba al teléfono, escuchando, con el rostro lívido. Sin necesidad de que nadie se lo dijera, supo que los secuestradores estaban al otro lado de la línea. La tan esperada llamada había llegado por fin. Rápidamente, sus ojos escrutaron la habitación, localizando a Santiago Courtney de pie a la derecha de la mesa de Pedro y a Adrián James en el otro lado, también muy tenso. La tensión era tangible. Santiago Courtney la miró y se posó un dedo sobre los labios. No hubiera hecho falta; ella estaba demasiado fascinada contemplando a Pedro para hacer dicho nada.
viernes, 3 de mayo de 2019
Paso a Paso: Capítulo 46
Pedro temía irse a la cama, sabiendo que no iba a poder dormir. Pero a su cuerpo parecía no importarle; aullaba pidiendo descanso. No sólo había estado trabajando muchas horas seguidas en la planta, sino que luego había estado otras tantas en los establos. El trabajo físico demoledor siempre le había ayudado a vencer el estrés. Pero incluso aquello tenía sus límites. En aquel momento, estirado sobre la cama, se llevó las manos a la nuca y se quedó mirando al techo. Tal como había previsto, estaba demasiado tenso para dormir. La preocupación se le había aferrado al estómago. ¿Por qué diablos no habían llamado los secuestradores con sus demandas?
Ya hacía una semana desde que se lo habían llevado. Sabía que el FBI estaba haciendo todo lo posible, pero, hasta el momento, sin resultado. Sus propios esfuerzos también habían sido vanos. Le había ordenado a Diego que contratara a los mejores detectives privados del estado. Nada. Parecía como si Lucas se hubiera desvanecido. Un instinto visceral le decía que, si los secuestradores se habían retrasado tanto, el explosivo no era la razón. Si al menos Paula pudiera recordar el rostro del hombre. Si al menos no estuviera implicada en aquel embrollo… Se tumbó de costado y cerró los ojos, esperando borrar todo pensamiento de ella de su mente. Pero la cara pálida y asustada de ella se negaba a desaparecer. Sabía que tenía razón; era ridículo culparla. Y era igualmente ridículo culparse a sí mismo. Pero él no podía evitarlo. Súbitamente, se preguntó si alguna vez podría verse libre de la culpa. Muy conscientemente, no había querido pensar en Paula ni en el beso ardiente y tórrido que acababan de intercambiar. Pero… era tan delicioso tenerla entre sus brazos. Hasta el último detalle de su cuerpo había quedado grabado en su cerebro… Cerrando los ojos con fuerza, gruñó al notar cómo su cuerpo respondía desvergonzadamente. Sin previo aviso, Paula se había convertido en la esencia de su vida. Tal vez debería dejarla marchar. Tal vez lo haría. Pensaría en ello… más tarde.
Paula se detuvo a pocos metros de la puerta de la oficina.
—Señor Anderson, ¿Hay algo en que pueda ayudarle?
Carlos Anderson, el alto y desgarbado vigilante, alzó la cabeza y se quedó mirando a Paula con los ojos entrecerrados.
—No, señora —dijo, arrastrando las palabras—. Estaba sólo comprobando el cerrojo de esta puerta. Órdenes del señor Alfonso. Dijo que no funcionaba.
—Bueno, ¿Y ahora funciona? —le preguntó ella con mucho retintín.
Ya hacía una semana desde que se lo habían llevado. Sabía que el FBI estaba haciendo todo lo posible, pero, hasta el momento, sin resultado. Sus propios esfuerzos también habían sido vanos. Le había ordenado a Diego que contratara a los mejores detectives privados del estado. Nada. Parecía como si Lucas se hubiera desvanecido. Un instinto visceral le decía que, si los secuestradores se habían retrasado tanto, el explosivo no era la razón. Si al menos Paula pudiera recordar el rostro del hombre. Si al menos no estuviera implicada en aquel embrollo… Se tumbó de costado y cerró los ojos, esperando borrar todo pensamiento de ella de su mente. Pero la cara pálida y asustada de ella se negaba a desaparecer. Sabía que tenía razón; era ridículo culparla. Y era igualmente ridículo culparse a sí mismo. Pero él no podía evitarlo. Súbitamente, se preguntó si alguna vez podría verse libre de la culpa. Muy conscientemente, no había querido pensar en Paula ni en el beso ardiente y tórrido que acababan de intercambiar. Pero… era tan delicioso tenerla entre sus brazos. Hasta el último detalle de su cuerpo había quedado grabado en su cerebro… Cerrando los ojos con fuerza, gruñó al notar cómo su cuerpo respondía desvergonzadamente. Sin previo aviso, Paula se había convertido en la esencia de su vida. Tal vez debería dejarla marchar. Tal vez lo haría. Pensaría en ello… más tarde.
Paula se detuvo a pocos metros de la puerta de la oficina.
—Señor Anderson, ¿Hay algo en que pueda ayudarle?
Carlos Anderson, el alto y desgarbado vigilante, alzó la cabeza y se quedó mirando a Paula con los ojos entrecerrados.
—No, señora —dijo, arrastrando las palabras—. Estaba sólo comprobando el cerrojo de esta puerta. Órdenes del señor Alfonso. Dijo que no funcionaba.
—Bueno, ¿Y ahora funciona? —le preguntó ella con mucho retintín.
miércoles, 1 de mayo de 2019
Paso a Paso: Capítulo 45
—¿De qué? —dijo él, pasándose la mano por el bigote.
—Me marcho.
Él parpadeó.
—¿Que qué?
—Que me marcho —repitió ella, pasándose la lengua por el labio inferior—. No… no puedo… no quiero quedarme más tiempo aquí. Es evidente que no es a tí tan sólo a quien culpas de lo que le ha ocurrido a Lucas, sino a mí también.
—Desde luego que sí —dijo él salvajemente.
Un silencioso grito de negación acudió a su garganta.
—Pero eso no tiene nada que ver con la cuestión —añadió él, en voz más baja y menos agresiva.
Paula abrió y cerró los puños.
—Sí que tiene que ver. De hecho, esa es la cuestión.
Se miraron furiosamente.
—Es… es una locura… echarme a mí la culpa —susurró ella finalmente.
Él se dió la vuelta, cerró los ojos y exhaló con fuerza.
—Si no hubiera estado tan colado contigo, tal vez se habría mantenido más alerta, más en guardia.
Paula casi se atragantó con su propia furia.
—Eso es lo más ridículo que he oído en la vida. Y esa es la razón por la que me marcho. Mañana. Me voy a casa de Laura.
—Y un cuerno. No vas a ninguna parte.
—¡No tengo por qué rendirte cuentas a tí! No eres mi guardián. Ni mi carcelero.
—Puedes estar segura de que a la policía sí que tienes que rendirle cuentas. Y ellos no te van a dejar marcharte. Sin la menor duda.
Él tenía razón, por supuesto, pensó Paula, sintiendo que se le encogía el corazón. Estaba atrapada, pero, desde luego, no tenía por qué gustarle. Con los pensamientos hechos un torbellino, giró sobre sí misma y dió un paso.
—Ah, no, eso sí que no —dijo él, tomándola por los brazos y atrayéndola a su pecho—. Hasta que encuentren a mi hijo, harás exactamente lo que se te dice.
Paula bajó la mirada hacia las manos de Pedro, que se estaban clavando en sus brazos, y luego se nuevo a su rostro. Se puso pálida y los alientos de los dos se entremezclaron. Después, ella no pudo decir cuándo había cambiado la atmósfera entre ellos. De pronto, le costó hasta respirar. El corazón se le subió a la garganta. «Muévete… venga» La orden era urgente, pero su cuerpo parecía hecho de plomo. Sólo su respiración jadeante demostraba que estaba viva aún.
—Paula, oh, Paula —la voz de Pedro parecía arrancada de él.
—Pedro… por favor.
Los labios de Pedro, cuando tocaron los suyos, estaban duros y calientes. Ella se aferró frenéticamente a él mientras sus lenguas se encontraban ansiosamente.
—Oh, Paula —gruñó él de nuevo, mientras le bajaba la cremallera del mono.
Cuando sus pechos rozaron sus manos, fue ella la que gimió. Su beso se hizo más ardiente mientras le pellizcaba un pezón, como si deseara extraer de él la misma vida. Luego, súbitamente, todo acabó con la misma rapidez. Con ojos atormentados y un profundo gruñido, Pedro la apartó de su cuerpo.
—Paula… yo… —empezó a decir Pedro con voz espesa.
—No —gritó ella, retrocediendo, con los ojos llenos de lágrimas—. No digas una palabra más.
Dicho aquello, se dió la vuelta y huyó.
—Me marcho.
Él parpadeó.
—¿Que qué?
—Que me marcho —repitió ella, pasándose la lengua por el labio inferior—. No… no puedo… no quiero quedarme más tiempo aquí. Es evidente que no es a tí tan sólo a quien culpas de lo que le ha ocurrido a Lucas, sino a mí también.
—Desde luego que sí —dijo él salvajemente.
Un silencioso grito de negación acudió a su garganta.
—Pero eso no tiene nada que ver con la cuestión —añadió él, en voz más baja y menos agresiva.
Paula abrió y cerró los puños.
—Sí que tiene que ver. De hecho, esa es la cuestión.
Se miraron furiosamente.
—Es… es una locura… echarme a mí la culpa —susurró ella finalmente.
Él se dió la vuelta, cerró los ojos y exhaló con fuerza.
—Si no hubiera estado tan colado contigo, tal vez se habría mantenido más alerta, más en guardia.
Paula casi se atragantó con su propia furia.
—Eso es lo más ridículo que he oído en la vida. Y esa es la razón por la que me marcho. Mañana. Me voy a casa de Laura.
—Y un cuerno. No vas a ninguna parte.
—¡No tengo por qué rendirte cuentas a tí! No eres mi guardián. Ni mi carcelero.
—Puedes estar segura de que a la policía sí que tienes que rendirle cuentas. Y ellos no te van a dejar marcharte. Sin la menor duda.
Él tenía razón, por supuesto, pensó Paula, sintiendo que se le encogía el corazón. Estaba atrapada, pero, desde luego, no tenía por qué gustarle. Con los pensamientos hechos un torbellino, giró sobre sí misma y dió un paso.
—Ah, no, eso sí que no —dijo él, tomándola por los brazos y atrayéndola a su pecho—. Hasta que encuentren a mi hijo, harás exactamente lo que se te dice.
Paula bajó la mirada hacia las manos de Pedro, que se estaban clavando en sus brazos, y luego se nuevo a su rostro. Se puso pálida y los alientos de los dos se entremezclaron. Después, ella no pudo decir cuándo había cambiado la atmósfera entre ellos. De pronto, le costó hasta respirar. El corazón se le subió a la garganta. «Muévete… venga» La orden era urgente, pero su cuerpo parecía hecho de plomo. Sólo su respiración jadeante demostraba que estaba viva aún.
—Paula, oh, Paula —la voz de Pedro parecía arrancada de él.
—Pedro… por favor.
Los labios de Pedro, cuando tocaron los suyos, estaban duros y calientes. Ella se aferró frenéticamente a él mientras sus lenguas se encontraban ansiosamente.
—Oh, Paula —gruñó él de nuevo, mientras le bajaba la cremallera del mono.
Cuando sus pechos rozaron sus manos, fue ella la que gimió. Su beso se hizo más ardiente mientras le pellizcaba un pezón, como si deseara extraer de él la misma vida. Luego, súbitamente, todo acabó con la misma rapidez. Con ojos atormentados y un profundo gruñido, Pedro la apartó de su cuerpo.
—Paula… yo… —empezó a decir Pedro con voz espesa.
—No —gritó ella, retrocediendo, con los ojos llenos de lágrimas—. No digas una palabra más.
Dicho aquello, se dió la vuelta y huyó.
Paso a Paso: Capítulo 44
El teléfono se convirtió en el enemigo. Pasó una semana y nadie llamó. Ningún mensaje. Ni la menor noticia de sus secuestradores.
Paula hizo un esfuerzo por recuperar el horario normal de trabajo, pero le fue imposible. Policías de paisano rondaban por todas partes, recordando con su presencia a todo el mundo lo peligroso de la situación. Pedro entraba y salía de la oficina, recordándole a ella lo peligroso de su situación. Cada vez que sus ojos se encontraban, accidentalmente o de cualquier otra manera, se le aceleraba el pulso. Sin embargo, era evidente que nada había cambiado entre ellos.
Él aún no se fiaba de Paula y tenía gran cuidado de no quedarse a solas con ella, sobre todo en el rancho. Ella estaba dispuesta a reconocer que la espera era dura y que se había cobrado su tributo en él; y en ella también. Pero ella no se comportaba como un animal herido que arremetía contra todo lo que la rodeaba. Por las noches él no iba a casa hasta muy tarde, mucho después de que ella se hubiera acostado. En las dos únicas ocasiones en que él se había apartado de aquella rutina, apenas habían sido capaces de mantener la mínima amabilidad durante la cena. Luego se había disculpado y se había encerrado en su despacho. Pero esa noche iba a burlarle. No estaría acostada. Antes, cuando había vuelto de visitar a su padre —con el FBI a sus espaldas—, se había duchado, se había puesto un confortable mono de algodón y se había acomodado en el estudio. Tras tomar una revista, se había arrellanado en el sofá, había encendido la lámpara de pie y se había puesto a hojearla perezosamente. Sabía que debía haberse dormido, porque no lo oyó hasta que él la llamó por su nombre.
—¿Paula?
Por un instante, ella lo miró con ojos aturdidos por el sueño. Luego se puso torpemente en pie.
—¿Pedro?
—¿Quién si no?
—De… debo haberme quedado dormida —dijo ella, con una débil sonrisa.
En dos zancadas, Pedro se plantó junto a ella. Ella retrocedió automáticamente y se dió la vuelta. Su proximidad agitaba demasiado sus sentidos.
—¿Por qué estás levantada aún?
—¿Qué… qué hora es?
—Casi medianoche.
Ella se pasó una mano por el cabello revuelto. Sabía que debía estar hecha un desastre, pero no le importaba.
—Deberías estar acostada —su voz sonaba áspera.
—Y tú también —susurró ella, mirando por fin a su rostro pálido y extenuado.
Iba ataviado de nuevo con unos vaqueros desgastados y una camisa entreabierta que dejaba vislumbrar una espesa mata de vello negro en su pecho. Paula experimentó un estremecimiento y alzó bruscamente la cabeza. Al hacerlo, sus ojos se encontraron con los de Pedro.
—Será mejor que me digas de qué va todo esto —dijo ásperamente él.
—Me gustaría hablar contigo.
—¿Ahora?
—Sí, ahora.
Paula hizo un esfuerzo por recuperar el horario normal de trabajo, pero le fue imposible. Policías de paisano rondaban por todas partes, recordando con su presencia a todo el mundo lo peligroso de la situación. Pedro entraba y salía de la oficina, recordándole a ella lo peligroso de su situación. Cada vez que sus ojos se encontraban, accidentalmente o de cualquier otra manera, se le aceleraba el pulso. Sin embargo, era evidente que nada había cambiado entre ellos.
Él aún no se fiaba de Paula y tenía gran cuidado de no quedarse a solas con ella, sobre todo en el rancho. Ella estaba dispuesta a reconocer que la espera era dura y que se había cobrado su tributo en él; y en ella también. Pero ella no se comportaba como un animal herido que arremetía contra todo lo que la rodeaba. Por las noches él no iba a casa hasta muy tarde, mucho después de que ella se hubiera acostado. En las dos únicas ocasiones en que él se había apartado de aquella rutina, apenas habían sido capaces de mantener la mínima amabilidad durante la cena. Luego se había disculpado y se había encerrado en su despacho. Pero esa noche iba a burlarle. No estaría acostada. Antes, cuando había vuelto de visitar a su padre —con el FBI a sus espaldas—, se había duchado, se había puesto un confortable mono de algodón y se había acomodado en el estudio. Tras tomar una revista, se había arrellanado en el sofá, había encendido la lámpara de pie y se había puesto a hojearla perezosamente. Sabía que debía haberse dormido, porque no lo oyó hasta que él la llamó por su nombre.
—¿Paula?
Por un instante, ella lo miró con ojos aturdidos por el sueño. Luego se puso torpemente en pie.
—¿Pedro?
—¿Quién si no?
—De… debo haberme quedado dormida —dijo ella, con una débil sonrisa.
En dos zancadas, Pedro se plantó junto a ella. Ella retrocedió automáticamente y se dió la vuelta. Su proximidad agitaba demasiado sus sentidos.
—¿Por qué estás levantada aún?
—¿Qué… qué hora es?
—Casi medianoche.
Ella se pasó una mano por el cabello revuelto. Sabía que debía estar hecha un desastre, pero no le importaba.
—Deberías estar acostada —su voz sonaba áspera.
—Y tú también —susurró ella, mirando por fin a su rostro pálido y extenuado.
Iba ataviado de nuevo con unos vaqueros desgastados y una camisa entreabierta que dejaba vislumbrar una espesa mata de vello negro en su pecho. Paula experimentó un estremecimiento y alzó bruscamente la cabeza. Al hacerlo, sus ojos se encontraron con los de Pedro.
—Será mejor que me digas de qué va todo esto —dijo ásperamente él.
—Me gustaría hablar contigo.
—¿Ahora?
—Sí, ahora.
Paso a Paso: Capítulo 43
—Había pensado que podía alcanzar a Pedro antes de que se marchara —dijo, sentándose en el sillón delante de Paula—, pero Alicia me ha dicho que había llegado demasiado tarde.
Paula se bajó las gafas de sol sobre el puente de la nariz.
—Lleva unos días yéndose muy temprano por la mañana a la oficina. Desde que Lucas… —Paula se interrumpió, viendo cómo palidecía Ana.
—Pobre Pedro —dijo Ana tras un momento, con los ojos llenos de lágrimas—. Esto ha sido muy duro para él.
—Ha sido duro para todo el mundo —dijo Paula suavemente.
—Lo sé, pero de algún modo, Pedro piensa que ha sido culpa suya —sin mirar directamente a Paula, prosiguió—. Tú sabes que tenían diferencias antes de que él… desapareciera.
Paula suspiró.
—Lo… lo sé.
Se produjo un momento de silencio entre ellas.
—Mi nieto tiene razón —dijo Ana inesperadamente—. Eres muy hermosa.
Paula se removió en el asiento.
—Gracias.
—¿Te sorprende que me lo haya confiado?
—Supongo que sí.
—Mi nieto me lo cuenta todo sobre tí.
—¿Todo?
—Me dijo que iba a casarse contigo, pero que Pedro se oponía por completo.
Un intenso sonrojo invadió el rostro de Paula.
—Señora Alfonso…
—Ana —la interrumpió ella suavemente.
Paula sonrió pesarosa.
—Lo siento.
—Mira, debería ser yo la que dijera que lo siento —dijo Ana, inclinándose hacia adelante y con tono suave—. Sé que estoy entrometiéndome, pero viene bien hablar de… Lucas —nuevas lágrimas hicieron relucir sus ojos y tuvo que inhalar con fuerza—. En este momento, Pedro y yo no somos capaces de consolarnos mutuamente. Estamos los dos demasiado destrozados.
Paula trató de tragarse el nudo que se le había formado en la garganta, sorprendida de que ella también estuviera cerca de las lágrimas. Había pensado que ya no le quedaban.
—Si al menos pudiera recordar el aspecto de aquel hombre…
—No te atormentes, querida —le advirtió Ana—. Es algo que no puedes evitar. Al fin y al cabo, tú también has atravesado un infierno.
«Intenta decirle eso a tu hijo», pensó Paula en silenciosa agonía. En voz alta, dijo:
—Lo sé, pero aun así…
Ana alargó el brazo y le apretó la mano.
—Mantén la fe. Y ahora, si me disculpas —añadió—. Tengo una cita. Pero espero verte pronto otra vez.
—Lo mismo digo —dijo Paula con una sonrisa.
Una vez se quedó sola de nuevo, cerró los ojos y trató de no pensar.
Paula se bajó las gafas de sol sobre el puente de la nariz.
—Lleva unos días yéndose muy temprano por la mañana a la oficina. Desde que Lucas… —Paula se interrumpió, viendo cómo palidecía Ana.
—Pobre Pedro —dijo Ana tras un momento, con los ojos llenos de lágrimas—. Esto ha sido muy duro para él.
—Ha sido duro para todo el mundo —dijo Paula suavemente.
—Lo sé, pero de algún modo, Pedro piensa que ha sido culpa suya —sin mirar directamente a Paula, prosiguió—. Tú sabes que tenían diferencias antes de que él… desapareciera.
Paula suspiró.
—Lo… lo sé.
Se produjo un momento de silencio entre ellas.
—Mi nieto tiene razón —dijo Ana inesperadamente—. Eres muy hermosa.
Paula se removió en el asiento.
—Gracias.
—¿Te sorprende que me lo haya confiado?
—Supongo que sí.
—Mi nieto me lo cuenta todo sobre tí.
—¿Todo?
—Me dijo que iba a casarse contigo, pero que Pedro se oponía por completo.
Un intenso sonrojo invadió el rostro de Paula.
—Señora Alfonso…
—Ana —la interrumpió ella suavemente.
Paula sonrió pesarosa.
—Lo siento.
—Mira, debería ser yo la que dijera que lo siento —dijo Ana, inclinándose hacia adelante y con tono suave—. Sé que estoy entrometiéndome, pero viene bien hablar de… Lucas —nuevas lágrimas hicieron relucir sus ojos y tuvo que inhalar con fuerza—. En este momento, Pedro y yo no somos capaces de consolarnos mutuamente. Estamos los dos demasiado destrozados.
Paula trató de tragarse el nudo que se le había formado en la garganta, sorprendida de que ella también estuviera cerca de las lágrimas. Había pensado que ya no le quedaban.
—Si al menos pudiera recordar el aspecto de aquel hombre…
—No te atormentes, querida —le advirtió Ana—. Es algo que no puedes evitar. Al fin y al cabo, tú también has atravesado un infierno.
«Intenta decirle eso a tu hijo», pensó Paula en silenciosa agonía. En voz alta, dijo:
—Lo sé, pero aun así…
Ana alargó el brazo y le apretó la mano.
—Mantén la fe. Y ahora, si me disculpas —añadió—. Tengo una cita. Pero espero verte pronto otra vez.
—Lo mismo digo —dijo Paula con una sonrisa.
Una vez se quedó sola de nuevo, cerró los ojos y trató de no pensar.
Paso a Paso: Capítulo 42
—Estamos… estás a su merced. Lo único que puedes hacer es esperar.
—Sí, y eso es algo que hago muy bien.
—Lo… sé.
Ella se movió entonces, y a él llegó otra vez su aroma. Inhaló profundamente, dispuesto a llenar de él sus pulmones. Supo entonces que, o se iba en aquel mismo instante, o no se iba nunca. Paula parecía muy vulnerable, muy frágil, como si una leve brisa pudiera llevársela. El impulso de estrecharla entre sus brazos era tan fuerte que tuvo que hacer un esfuerzo supremo para controlarse.
—Será mejor que vuelvas a la cama —dijo él bruscamente—, antes de que te caigas al suelo.
—Lo mismo podría decirte —su voz, ronca y dulce, era como un vino exquisito.
—Ha sido un día terrible.
Ella asintió. Sus ojos se encontraron.
—Buenas… noches —susurró ella.
Paula estaba a medio camino por el pasillo cuando él la detuvo.
—Paula.
Ella se dió la vuelta.
—¿Estás… estás enamorada de mi hijo?
Pedro la oyó contener el aliento y supo que su pregunta la había conmocionado. Maldijo silenciosamente mientras ella se lo quedaba mirando con dureza un largo rato, con los rasgos como congelados. Luego, sin responder, se dió la vuelta y se alejó. En cuanto oyó su puerta cerrarse, él se apoyó contra la pared, sintiendo que la poca energía que le quedaba salía de su cuerpo. ¿Qué le había hecho aquella mujer? Se preguntó si conseguiría arrancársela de la mente alguna vez. Realmente lo había hechizado, despertando en él sensaciones que no había sentido en años. Su conciencia no dejaba de decirle que podía hacerle mucho daño a aquella mujer. Y ella a él. En cualquier caso, era todo un error. Un error fatal.
—Tú debes ser Paula.
Paula le sonrió a la mujer que se acercaba a ella. De unos setenta años, era delgada y frágil, aunque su rostro arrugado expresaba fuerza.
—Y usted debe ser la señora Alfonso —dijo Paula, extendiendo la mano.
Ella se la estrechó cálidamente.
—Por favor, llámame Ana.
—Pues Ana —dijo Paula desenfadadamente.
Había sentido curiosidad por la madre de Pedro, pero aún no había tenido el gusto de conocerla. Ahora deseaba que no fuera bajo unas circunstancias tan dolorosas. Aun así, Paula se alegraba de aquella pausa en la rutina. Desde aquel incidente con Pedro en el pasillo, habían transcurrido dos días. Excepto por las pocas horas que había pasado en su casa, supervisando la restauración, había estado en el rancho. Muchas horas las había pasado en la piscina, disfrutando del sol. Aquel día no era una excepción. Después del desayuno, había salido y había estado allí desde entonces. Pronto sería la hora del almuerzo. Al día siguiente, gracias a Dios, volvería al trabajo. El día anterior, el médico había considerado que ya estaba preparada para volver a asumir sus responsabilidades. Mientras tanto, sin embargo, la visita de aquella mujer de hablar suave era para ella un agradable relax. Pero Ana se sentía todo menos alegre. A Paula no le hacía falta que le dijeran que había envejecido desde que habían secuestrado a su nieto. Aunque estuviera sonriendo, sus ojos estaban llenos de una profunda tristeza.
—Sí, y eso es algo que hago muy bien.
—Lo… sé.
Ella se movió entonces, y a él llegó otra vez su aroma. Inhaló profundamente, dispuesto a llenar de él sus pulmones. Supo entonces que, o se iba en aquel mismo instante, o no se iba nunca. Paula parecía muy vulnerable, muy frágil, como si una leve brisa pudiera llevársela. El impulso de estrecharla entre sus brazos era tan fuerte que tuvo que hacer un esfuerzo supremo para controlarse.
—Será mejor que vuelvas a la cama —dijo él bruscamente—, antes de que te caigas al suelo.
—Lo mismo podría decirte —su voz, ronca y dulce, era como un vino exquisito.
—Ha sido un día terrible.
Ella asintió. Sus ojos se encontraron.
—Buenas… noches —susurró ella.
Paula estaba a medio camino por el pasillo cuando él la detuvo.
—Paula.
Ella se dió la vuelta.
—¿Estás… estás enamorada de mi hijo?
Pedro la oyó contener el aliento y supo que su pregunta la había conmocionado. Maldijo silenciosamente mientras ella se lo quedaba mirando con dureza un largo rato, con los rasgos como congelados. Luego, sin responder, se dió la vuelta y se alejó. En cuanto oyó su puerta cerrarse, él se apoyó contra la pared, sintiendo que la poca energía que le quedaba salía de su cuerpo. ¿Qué le había hecho aquella mujer? Se preguntó si conseguiría arrancársela de la mente alguna vez. Realmente lo había hechizado, despertando en él sensaciones que no había sentido en años. Su conciencia no dejaba de decirle que podía hacerle mucho daño a aquella mujer. Y ella a él. En cualquier caso, era todo un error. Un error fatal.
—Tú debes ser Paula.
Paula le sonrió a la mujer que se acercaba a ella. De unos setenta años, era delgada y frágil, aunque su rostro arrugado expresaba fuerza.
—Y usted debe ser la señora Alfonso —dijo Paula, extendiendo la mano.
Ella se la estrechó cálidamente.
—Por favor, llámame Ana.
—Pues Ana —dijo Paula desenfadadamente.
Había sentido curiosidad por la madre de Pedro, pero aún no había tenido el gusto de conocerla. Ahora deseaba que no fuera bajo unas circunstancias tan dolorosas. Aun así, Paula se alegraba de aquella pausa en la rutina. Desde aquel incidente con Pedro en el pasillo, habían transcurrido dos días. Excepto por las pocas horas que había pasado en su casa, supervisando la restauración, había estado en el rancho. Muchas horas las había pasado en la piscina, disfrutando del sol. Aquel día no era una excepción. Después del desayuno, había salido y había estado allí desde entonces. Pronto sería la hora del almuerzo. Al día siguiente, gracias a Dios, volvería al trabajo. El día anterior, el médico había considerado que ya estaba preparada para volver a asumir sus responsabilidades. Mientras tanto, sin embargo, la visita de aquella mujer de hablar suave era para ella un agradable relax. Pero Ana se sentía todo menos alegre. A Paula no le hacía falta que le dijeran que había envejecido desde que habían secuestrado a su nieto. Aunque estuviera sonriendo, sus ojos estaban llenos de una profunda tristeza.
Paso a Paso: Capítulo 41
Súbitamente disgustada con sus pensamientos, Paula apartó las sábanas y se levantó de la cama.
—Lo que tú necesitas es un buen chocolate caliente —musitó ella.
Poco después, tras haber consumido la mitad del chocolate, salió por la puerta de la cocina, pero se detuvo en seco. Pedro estaba de pie en el vestíbulo en sombras.
—Oh —dijo ella en un susurro, atónita.
Pedro abrió los labios como si fuera a decir algo, pero ninguna palabra salió de su boca. Súbitamente, Paula se sintió invadida por el pánico.
—¡Algo le ha ocurrido a Lucas!
Ante aquel inesperado encuentro con ella, Pedro deseó salir corriendo… desaparecer; pero sentía las piernas como atrapadas en bloques de cemento. Tragando saliva, dijo:
—No ha habido noticias de Lucas.
—Cuando te he visto la cara… he pensado… —las palabras de Paula se apagaron, pero permaneció inmóvil, dándose cuenta de que estaba tocando a Pedro, de que, en su alarma por Lucas, había posado la mano en su pecho.
—¿Pedro? —aún parecía asustada, y su boca temblaba.
Una boca tan suave, pensó Pedro. Tan besable… Se obligó a sí mismo a decir algo, cualquier cosa.
—No pretendía darte un susto.
—No te preocupes —susurró ella.
La luz de detrás creaba en torno a ella un aura etérea; a Pedro le recordaba la lluvia de primavera que acababa de caer. Lentamente, sus ojos se deslizaron sobre su cuerpo, entreteniéndose sobre la curva suave de sus pechos, sobre los pezones, claramente perceptibles a través del delgado tejido. Estaban de punta, como si pidieran ser acariciados. Sintió que le ardía el rostro, y la mano de Paula descendió sobre su pecho. Se sentía atrapado como por una fuerza superior. «¡Dios! ¿Cómo puedes pensar en el sexo cuando tu hijo…?»
—¿Pedro?
El sonido ahogado de su nombre quebró el hechizo. Pedro retrocedió un paso, y el contacto entre ellos se interrumpió. Permanecieron en silencio durante varios segundos.
—¿Qué estás haciendo levantada? —le preguntó él, inhalando aire.
—No… no podía dormir.
—¿Sigues pensando en tu casa?
Paula dejó escapar un trémulo suspiro.
—Sí.
—Nadie puede hacerte nada aquí. Este sitio es como una fortaleza.
—Sé que no hago más que preguntar lo mismo, pero… ¿Es que no va a terminar nunca esta pesadilla?
—No lo sé —dijo él—. No lo sé, sinceramente— se dio la vuelta y bajó la cabeza—. Si al menos esos bastardos llamaran…
—Lo que tú necesitas es un buen chocolate caliente —musitó ella.
Poco después, tras haber consumido la mitad del chocolate, salió por la puerta de la cocina, pero se detuvo en seco. Pedro estaba de pie en el vestíbulo en sombras.
—Oh —dijo ella en un susurro, atónita.
Pedro abrió los labios como si fuera a decir algo, pero ninguna palabra salió de su boca. Súbitamente, Paula se sintió invadida por el pánico.
—¡Algo le ha ocurrido a Lucas!
Ante aquel inesperado encuentro con ella, Pedro deseó salir corriendo… desaparecer; pero sentía las piernas como atrapadas en bloques de cemento. Tragando saliva, dijo:
—No ha habido noticias de Lucas.
—Cuando te he visto la cara… he pensado… —las palabras de Paula se apagaron, pero permaneció inmóvil, dándose cuenta de que estaba tocando a Pedro, de que, en su alarma por Lucas, había posado la mano en su pecho.
—¿Pedro? —aún parecía asustada, y su boca temblaba.
Una boca tan suave, pensó Pedro. Tan besable… Se obligó a sí mismo a decir algo, cualquier cosa.
—No pretendía darte un susto.
—No te preocupes —susurró ella.
La luz de detrás creaba en torno a ella un aura etérea; a Pedro le recordaba la lluvia de primavera que acababa de caer. Lentamente, sus ojos se deslizaron sobre su cuerpo, entreteniéndose sobre la curva suave de sus pechos, sobre los pezones, claramente perceptibles a través del delgado tejido. Estaban de punta, como si pidieran ser acariciados. Sintió que le ardía el rostro, y la mano de Paula descendió sobre su pecho. Se sentía atrapado como por una fuerza superior. «¡Dios! ¿Cómo puedes pensar en el sexo cuando tu hijo…?»
—¿Pedro?
El sonido ahogado de su nombre quebró el hechizo. Pedro retrocedió un paso, y el contacto entre ellos se interrumpió. Permanecieron en silencio durante varios segundos.
—¿Qué estás haciendo levantada? —le preguntó él, inhalando aire.
—No… no podía dormir.
—¿Sigues pensando en tu casa?
Paula dejó escapar un trémulo suspiro.
—Sí.
—Nadie puede hacerte nada aquí. Este sitio es como una fortaleza.
—Sé que no hago más que preguntar lo mismo, pero… ¿Es que no va a terminar nunca esta pesadilla?
—No lo sé —dijo él—. No lo sé, sinceramente— se dio la vuelta y bajó la cabeza—. Si al menos esos bastardos llamaran…
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