—Papá, vendré mañana otra vez a verte, ¿De acuerdo?
Miguel Chaves estaba sentado como una estatua en el sillón de orejas con la mirada perdida por la ventana. Paula sabía que no estaba viendo el maravilloso paisaje arbolado que rodeaba la institución, igual que no la había visto a ella cuando había entrado en la habitación. Sin embargo ella no cejaba en su empeño y seguía fingiendo que la enfermedad no le había arrebatado la mente y la dignidad, convenciéndose de que entendía todo lo que ella le decía. Parpadeó vigorosamente para contener las lágrimas que le nublaban la visión y le dio otro abrazo.
—Cuando regrese mañana, te traeré otro de tus dulces favoritos —casi se atragantó con el nudo que tenía en la garganta—. Ya… ya veo… que casi no te… quedan.
De nuevo no hubo respuesta. Se limitó a mirarla con ojos vacíos. Tras mirarlo durante otro largo momento, Paula alzó los hombros y se dirigió a la puerta. Una vez allí se detuvo y miró a su alrededor, estudiando la habitación con ojos llenos de lágrimas, como si quisiera asegurarse una vez más de que su amado padre tenía lo mejor que podía conseguirse con dinero. La espaciosa y alegre habitación tenía todas las comodidades de su casa, de aquello se había encargado ella. Imágenes que tenían un significado especial para él adornaban las paredes y cubrían la parte superior de la cómoda. En el suelo, una alfombra de punto daba una nota de alegría. Las plantas del alféizar, contribuían también. Si hubiera podido, sin embargo, seguiría con ella en casa. Pero era algo que estaba fuera de cuestión; ya no podía arreglárselas sola con él. Ahuyentando el doloroso pensamiento, ella retorció el pomo y susurró:
—Adiós, papá.
Antes de llegar al despacho, Paula ya había conseguido recuperar el control de sí misma. No le quedaba más remedio. Había que dejar los problemas a la puerta, tal como le decía su padre. «Llora, sí, pero luego supéralo. La vida continúa.» Había llegado a su mesa y estaba mirando con remordimiento la montaña de papeles que había encima cuando Lucas entró en la habitación.
—Hola —dijo él, mientras se sentaba en una esquina de la mesa, con una amplia sonrisa en su guapo rostro.
—Buenos días —respondió Paula.
La sonrisa de Lucas se desvaneció.
—¿Es lo único que tienes que decirme?
—¿Qué quieres que te diga?
—Algo más que un gruñido de buenos días, eso desde luego.
Paula se quitó la chaqueta y la colgó del respaldo de la silla.
—Perdona, pero sólo me apetece gruñir. Vengo de ver a mi padre.
—¿Algún cambio? —preguntó Lance, apartando la mirada, como si se sintiera incómodo.
—No, pero gracias por preguntarlo de todas formas.
Lucas sonrió con poca convicción y cambió de tema.
—Tengo buenas noticias.
A Paula se le iluminó el rostro.
—¿Ah, sí?
—Alberto y los otros dos ingenieros han conseguido finalmente reducir a dos los planos de diseño del explosivo.
—Oh, Lucas, eso es maravilloso.
—Sí, ya era hora. La verdad es que estoy contento. Y espero que papá también lo esté de una condenada vez —su rostro perdió toda su animación—. Claro que, con él, nunca se sabe.
lunes, 22 de abril de 2019
Paso a Paso: Capítulo 21
—¡Eh, mira dónde tiras eso!, ¿Quieres?
Pedro miró por el borde del altillo y vió el rostro alzado de su capataz, Manuel Rowe, un hombre grande y corpulento, con un tremendo estómago debido a su afición a la cerveza.
—Lo siento —musitó Pedro—, no te he oído entrar.
La sonrisa de Manuel fue irónica.
—No, supongo que no. Estabas demasiado ocupado destrozando el heno.
—¿Querías algo? —le preguntó irritadamente Pedro.
Manuel permaneció imperturbable, sin borrar su sonrisa. Se limitó a quitarse el sombrero y rascarse la cabeza como si tuviera todo el tiempo del mundo. A Pedro no le extrañaba la indiferencia de su capataz ante su mirada de indignación. No sólo era el mejor capataz de aquellos andurriales, sino que además era un buen amigo. A pesar de sí mismo, le devolvió la sonrisa y se limitó a esperar a que su capataz, de parcas palabras, eligiera lo que tenía que decirle. No tuvo que esperar mucho.
—Sólo quería ver si querías que fuera contigo a casa de Kelly para echarle una ojeada a esa yegua. Si no, pensaba dedicarme a reparar las vallas rotas del prado sur.
Pedro golpeó con la palma de la mano el mango de la horca.
—Maldita sea, se me había olvidado esa cita.
—Bueno, ¿Quieres que te acompañe o no?
—No, dedícate a las vallas, que son más importantes.
—De acuerdo, nos vemos luego —dijo Manuel, volviéndose y saliendo del granero.
Un momento después salió Pedro. Nada más hacerlo, se detuvo en seco y maldijo. Diana Hunt, la mujer con la que había estado saliendo mucho últimamente, se dirigía hacia él. Su rostro, enmarcado por su cabello espeso y rubio, que le caía hasta los hombros, no era muy atractivo, pero su cuerpo compensaba ampliamente aquel fallo. Sin embargo, era la última persona a la que Pedro le apetecía ver en aquel momento.
—Hola, cariño —dijo Diana en un tono azucarado, deteniéndose a milímetros de él.
—Hola, Diana —respondió él con un suspiro.
—¿Eso es todo lo que sabes hacer? ¿Qué tal un besito?
Inconscientemente, Pedro retrocedió; la idea de besarle le pareció súbitamente repulsiva.
—Ahora no, Diana. Estoy demasiado sucio —dijo, forzando una sonrisa para intentar quitarle hierro a su rechazo.
—Pero bueno, cariño —dijo ella seductoramente, deslizando las manos de arriba abajo por la pechera de su camisa mojada—. Eso nunca te había detenido hasta ahora.
Con un esfuerzo supremo para contener su genio, Pedro le tomó las manos y se las quitó de encima.
—Ahora no, te he dicho.
Los rasgos de ella se endurecieron.
—No sé cómo te aguanto. Cuando quieres, puedes ser un auténtico hijo de perra.
—Nadie te retuerce el brazo para que te quedes.
Como si temiera haberle apretado demasiado los tornillos, Diana suavizó el tono y sonrió.
—¿Te veré esta noche?
—Tal vez.
—Bueno, cuando te aclares, házmelo saber, ¿Me oyes?
Tras decir aquello, se dió la vuelta y volvió a su coche. Pedro se la quedó mirando mientras se metía dentro y lo ponía en marcha. Luego, contaminando el aire con un nuevo epíteto, se dirigió a la casa a grandes zancadas.
Pedro miró por el borde del altillo y vió el rostro alzado de su capataz, Manuel Rowe, un hombre grande y corpulento, con un tremendo estómago debido a su afición a la cerveza.
—Lo siento —musitó Pedro—, no te he oído entrar.
La sonrisa de Manuel fue irónica.
—No, supongo que no. Estabas demasiado ocupado destrozando el heno.
—¿Querías algo? —le preguntó irritadamente Pedro.
Manuel permaneció imperturbable, sin borrar su sonrisa. Se limitó a quitarse el sombrero y rascarse la cabeza como si tuviera todo el tiempo del mundo. A Pedro no le extrañaba la indiferencia de su capataz ante su mirada de indignación. No sólo era el mejor capataz de aquellos andurriales, sino que además era un buen amigo. A pesar de sí mismo, le devolvió la sonrisa y se limitó a esperar a que su capataz, de parcas palabras, eligiera lo que tenía que decirle. No tuvo que esperar mucho.
—Sólo quería ver si querías que fuera contigo a casa de Kelly para echarle una ojeada a esa yegua. Si no, pensaba dedicarme a reparar las vallas rotas del prado sur.
Pedro golpeó con la palma de la mano el mango de la horca.
—Maldita sea, se me había olvidado esa cita.
—Bueno, ¿Quieres que te acompañe o no?
—No, dedícate a las vallas, que son más importantes.
—De acuerdo, nos vemos luego —dijo Manuel, volviéndose y saliendo del granero.
Un momento después salió Pedro. Nada más hacerlo, se detuvo en seco y maldijo. Diana Hunt, la mujer con la que había estado saliendo mucho últimamente, se dirigía hacia él. Su rostro, enmarcado por su cabello espeso y rubio, que le caía hasta los hombros, no era muy atractivo, pero su cuerpo compensaba ampliamente aquel fallo. Sin embargo, era la última persona a la que Pedro le apetecía ver en aquel momento.
—Hola, cariño —dijo Diana en un tono azucarado, deteniéndose a milímetros de él.
—Hola, Diana —respondió él con un suspiro.
—¿Eso es todo lo que sabes hacer? ¿Qué tal un besito?
Inconscientemente, Pedro retrocedió; la idea de besarle le pareció súbitamente repulsiva.
—Ahora no, Diana. Estoy demasiado sucio —dijo, forzando una sonrisa para intentar quitarle hierro a su rechazo.
—Pero bueno, cariño —dijo ella seductoramente, deslizando las manos de arriba abajo por la pechera de su camisa mojada—. Eso nunca te había detenido hasta ahora.
Con un esfuerzo supremo para contener su genio, Pedro le tomó las manos y se las quitó de encima.
—Ahora no, te he dicho.
Los rasgos de ella se endurecieron.
—No sé cómo te aguanto. Cuando quieres, puedes ser un auténtico hijo de perra.
—Nadie te retuerce el brazo para que te quedes.
Como si temiera haberle apretado demasiado los tornillos, Diana suavizó el tono y sonrió.
—¿Te veré esta noche?
—Tal vez.
—Bueno, cuando te aclares, házmelo saber, ¿Me oyes?
Tras decir aquello, se dió la vuelta y volvió a su coche. Pedro se la quedó mirando mientras se metía dentro y lo ponía en marcha. Luego, contaminando el aire con un nuevo epíteto, se dirigió a la casa a grandes zancadas.
miércoles, 17 de abril de 2019
Paso a Paso: Capítulo 20
El viento hacía entrechocar las ventanas del granero como un visitante no deseado. Pedro, sin embargo, no le estaba prestando mucha atención a los elementos. Estaba demasiado ocupado desahogando su frustración con la bala de heno que tenía delante. El corazón le retumbaba; el sudor le chorreaba por la frente y el labio superior. Le dolían los hombros. Aun así, seguía tomando el heno con la horca y lo iba lanzando desde el altillo al piso inferior. Tenía empleados para hacer aquel trabajo, pero había decidido hacerlo él mismo, pensando que era precisamente lo que necesitaba para relajarse. Se detuvo un momento para secarse el sudor de la ceñuda frente con el dorso de la mano. Ya era más que hora de que se detuviera a analizarse un poco a sí mismo, algo de lo que no había sido capaz desde que había agarrado a Paula Chaves en medio de un ataque de ira y la había besado. Por el contrario, se había esforzado en evitar que el dolor sordo que sentía en su interior se convirtiera en desesperación. Había fracasado miserablemente. Aquel beso se repetía una y otra vez en su mente. Recordaba cada detalle de aquel instante. Recordaba la sensación de aquellos labios contra los suyos, su temblorosa suavidad. Recordaba la sensación de sus duros pezones aplastados contra su torso. Únicamente un milagro podría borrar aquel recuerdo de su mente. Y ahora, como anteriormente, su cuerpo respondía ante el mero recuerdo, para azoramiento suyo. Era algo que no recordaba que le hubiera ocurrido nunca antes. «¿Cómo sería entonces hacer el amor con ella?» ¡No! Nunca. Con ella no. Todo lo que había en él de decente se rebelaba contra ello. ¡No competiría con su hijo!
Con el rostro sombrío, Pedro volvió a ponerse el guante y siguió lanzando el heno. Aunque se había preguntado a sí mismo innumerables veces por qué la había besado, aún no había llegado a una respuesta. No podía imaginarse cómo se las arreglaba aquella mujer para excitar su ira y su libido al mismo tiempo. Diablos, no estaba interesado en comprometerse con ninguna mujer. Las aventuras no hacían más que complicar las cosas. Por primera vez en su vida, estaba en situación de hacer exactamente lo que le apetecía. Su sueño de criar y entrenar caballos se estaba haciendo realidad finalmente. Sin embargo, Paula Chaves había suscitado algo en lo más íntimo de su ser, algo que hasta entonces había permanecido dormido. Le hacía sentir dolor y anhelo, y aquella era una razón de más para despedirla inmediatamente, se dijo a sí mismo, si no hacía caso de su advertencia.
Con el rostro sombrío, Pedro volvió a ponerse el guante y siguió lanzando el heno. Aunque se había preguntado a sí mismo innumerables veces por qué la había besado, aún no había llegado a una respuesta. No podía imaginarse cómo se las arreglaba aquella mujer para excitar su ira y su libido al mismo tiempo. Diablos, no estaba interesado en comprometerse con ninguna mujer. Las aventuras no hacían más que complicar las cosas. Por primera vez en su vida, estaba en situación de hacer exactamente lo que le apetecía. Su sueño de criar y entrenar caballos se estaba haciendo realidad finalmente. Sin embargo, Paula Chaves había suscitado algo en lo más íntimo de su ser, algo que hasta entonces había permanecido dormido. Le hacía sentir dolor y anhelo, y aquella era una razón de más para despedirla inmediatamente, se dijo a sí mismo, si no hacía caso de su advertencia.
Paso a Paso: Capítulo 19
No le hacía falta darse la vuelta para saber que él estaba detrás. Sentía su cálido aliento en el cuello. Se estremeció.
—Quiero que deje a mi hijo en paz.
—Por favor —dijo ella débilmente—. Está sacando todo esto de sus debidas proporciones.
—No estoy dispuesto a que se case con él por su dinero.
Ella giró sobre sí misma; sus mejillas estaban encendidas.
—¿Cómo se atreve a decir eso? ¡No sabe usted nada en absoluto de mí!
—¡Y un cuerno! Sé exactamente todo lo que hay que saber sobre usted. Recuerde, está trabajando en un proyecto de alta seguridad, y no se olvide de que soy el propietario de este lugar.
—Quiere decir que… que ha fisgoneado deliberadamente en mi historial… —la sola idea de que hubiera estado hurgando en su vida privada le daba náuseas.
—Exactamente, señorita Chaves —dijo él en el mismo tono acusador.
—¿Y todo esto porque su hijo me ha sacado un par de veces a cenar? —tuvo un deseo repentino y acuciante de echarse a reír histéricamente ante lo ridículo de todo aquello.
—Los dos sabemos que hay más que eso —dijo él, y su voz restallaba como un látigo.
Tratando de no atragantarse, Paula se apartó rápidamente de la ventana. Y de él. Su estratagema no funcionó. Él se limitó a moverse con ella.
—¿Cuánto, señorita Chaves?
—¿Cómo que cuánto?
—No juegue conmigo —dijo él, bajando la voz, que le vibraba literalmente de furia—. ¿Cuánto dinero quiere por dejar a mi hijo en paz?
—¿Cómo se atreve? —gritó Paula, alzando la mano con la firme intención de abofetearlo.
Pedro era demasiado rápido; le tomó la muñeca en mitad del gesto. Se miraron mutuamente en rabioso silencio. El reloj de la pared dió la hora. La luz del sol inundaba la habitación, danzando sobre el mobiliario. En la habitación contigua, alguien escribía a máquina. En la distancia se cerró una puerta. Pero ninguno de los dos era consciente de los sonidos ni imágenes que los rodeaban… sólo el uno del otro. Sus pechos se agitaban. Sus respiraciones se entremezclaban. Sus ojos entablaban un duelo.
—Oh, ¿Por qué diablos no? —masculló Pedro y seguidamente, alargó los brazos, la aferró con rudeza y, aplastándola contra su cuerpo, arrasó su boca con la suya.
Instantáneamente, el corazón de Paula comenzó a retumbar contra su caja torácica. Sensaciones de frío y calor hicieron tumultuosa presa en ella. Sólo cuando sintió su lengua ardiente penetrar en su boca, recuperó el sentido.
—¡No! —gimió, haciendo presión contra su pecho.
Tragando aire a grandes bocanadas, Pedro la soltó. Durante otro tenso y ardiente instante se miraron mutuamente, con las respiraciones agitadas, incapaces los dos de hacer frente a lo que acababa de ocurrir.
—Maldita sea —dijo Pedro, frotándose la nuca.
Paula se envolvió el cuerpo con los brazos y se mordió el labio inferior. Finalmente, tras lo que pareció una eternidad, Pedro giró sobre sí mismo y se dirigió hacia la puerta en estampida. Tenía la mano en el pomo antes de que ninguno de los dos hablara.
—No pienses ni por un segundo que esto cambia nada —dijo él, con voz áspera de amargura—. Porque no es así.
En cuanto la puerta se hubo cerrado tras él, Paula consiguió llegar, tambaleándose, hasta la mesa y se hundió en la silla. Treinta minutos más tarde, aún seguía allí.
—Quiero que deje a mi hijo en paz.
—Por favor —dijo ella débilmente—. Está sacando todo esto de sus debidas proporciones.
—No estoy dispuesto a que se case con él por su dinero.
Ella giró sobre sí misma; sus mejillas estaban encendidas.
—¿Cómo se atreve a decir eso? ¡No sabe usted nada en absoluto de mí!
—¡Y un cuerno! Sé exactamente todo lo que hay que saber sobre usted. Recuerde, está trabajando en un proyecto de alta seguridad, y no se olvide de que soy el propietario de este lugar.
—Quiere decir que… que ha fisgoneado deliberadamente en mi historial… —la sola idea de que hubiera estado hurgando en su vida privada le daba náuseas.
—Exactamente, señorita Chaves —dijo él en el mismo tono acusador.
—¿Y todo esto porque su hijo me ha sacado un par de veces a cenar? —tuvo un deseo repentino y acuciante de echarse a reír histéricamente ante lo ridículo de todo aquello.
—Los dos sabemos que hay más que eso —dijo él, y su voz restallaba como un látigo.
Tratando de no atragantarse, Paula se apartó rápidamente de la ventana. Y de él. Su estratagema no funcionó. Él se limitó a moverse con ella.
—¿Cuánto, señorita Chaves?
—¿Cómo que cuánto?
—No juegue conmigo —dijo él, bajando la voz, que le vibraba literalmente de furia—. ¿Cuánto dinero quiere por dejar a mi hijo en paz?
—¿Cómo se atreve? —gritó Paula, alzando la mano con la firme intención de abofetearlo.
Pedro era demasiado rápido; le tomó la muñeca en mitad del gesto. Se miraron mutuamente en rabioso silencio. El reloj de la pared dió la hora. La luz del sol inundaba la habitación, danzando sobre el mobiliario. En la habitación contigua, alguien escribía a máquina. En la distancia se cerró una puerta. Pero ninguno de los dos era consciente de los sonidos ni imágenes que los rodeaban… sólo el uno del otro. Sus pechos se agitaban. Sus respiraciones se entremezclaban. Sus ojos entablaban un duelo.
—Oh, ¿Por qué diablos no? —masculló Pedro y seguidamente, alargó los brazos, la aferró con rudeza y, aplastándola contra su cuerpo, arrasó su boca con la suya.
Instantáneamente, el corazón de Paula comenzó a retumbar contra su caja torácica. Sensaciones de frío y calor hicieron tumultuosa presa en ella. Sólo cuando sintió su lengua ardiente penetrar en su boca, recuperó el sentido.
—¡No! —gimió, haciendo presión contra su pecho.
Tragando aire a grandes bocanadas, Pedro la soltó. Durante otro tenso y ardiente instante se miraron mutuamente, con las respiraciones agitadas, incapaces los dos de hacer frente a lo que acababa de ocurrir.
—Maldita sea —dijo Pedro, frotándose la nuca.
Paula se envolvió el cuerpo con los brazos y se mordió el labio inferior. Finalmente, tras lo que pareció una eternidad, Pedro giró sobre sí mismo y se dirigió hacia la puerta en estampida. Tenía la mano en el pomo antes de que ninguno de los dos hablara.
—No pienses ni por un segundo que esto cambia nada —dijo él, con voz áspera de amargura—. Porque no es así.
En cuanto la puerta se hubo cerrado tras él, Paula consiguió llegar, tambaleándose, hasta la mesa y se hundió en la silla. Treinta minutos más tarde, aún seguía allí.
Paso a Paso: Capítulo 18
Paula lo oyó antes de verlo. Hacía tan sólo unos minutos que había entrado en el despacho de Lucas con unos importantes documentos sobre el proyecto que tenía que completar antes de las doce. Necesitaba absoluto silencio, y dado que Lucas estaba fuera de la ciudad, había decidido usar su despacho. En aquel momento, mientras aferraba con dedos tensos los papeles que tenía en la mano, rogó por que el oído le hubiera gastado una jugarreta. Pero no era así. Una vez más, la voz grave y rica de Pedro asaltó sus sentidos.
—No estoy preguntando por la señorita Morales. Le digo que tengo que ver a la señorita Chaves. Así que, ¿Qué tal si me dice dónde puede encontrarse?
Una ayudante estaba en la mesa de Paula, y ella se pudo imaginar lo intimidada que debía estar con Pedro cerniéndose sobre ella, con aquellos ojos azules fríos como el Ártico. Tan afanosa estaba intentando calmar los enloquecidos latidos de su corazón que no oyó la respuesta de su asistente. Le daba igual, sin embargo, ya que la puerta del despacho de Lucas se abrió segundos después. Paula se puso en pie, y se quedó inmóvil en un estado intermedio entre la anticipación y el miedo mientras Pedro Alfonso atravesaba el umbral y entraba en el despacho. Totalmente desconcertada, se quedó mirando a un hombre por completo diferente del desconocido formalmente ataviado en la fiesta. En aquel momento, iba vestido con una camisa y unos vaqueros ajustados. Sobre su rostro recién afeitado, su bigote parecía aún más prominente y su cabello salpicado de plata, más largo y revuelto. Pero ninguna de aquellas cosas menguaba el descarado carisma sexual que emanaba. De hecho, se preguntó cómo sería besarlo… «¡Estás perdiéndote, Paula!. Los ojos de Pedro estaban clavados en ella; allá donde se iban posando, sentía que le ardía la piel. Negándose a permitir que viera el efecto que la estaba causando, salió de detrás de la enorme mesa llena de papeles, y se dirigió a él.
—Buenos días, señor Alfonso—dijo, tratando de mantener la voz firme.
Consternada, se dió cuenta de que había sonado jadeante. Aunque él enarcó levemente una ceja, sus ásperos rasgos permanecieron imperturbables.
—¿Qué puedo hacer por usted? —le preguntó ella cuando fue evidente que no iba a responder a su saludo.
—¿Qué te parece si nos dejamos de formalidades y vamos directamente al grano?
—¿Ah, sí? ¿Y cuál es el grano, si se puede saber? —inquirió ella, llevándose las manos heladas a los costados.
Los rasgos de Pedro se endurecieron aún más, si cabía. Sin embargo, sus ojos continuaron recorriéndola, atravesando su piel.
—Oh —dijo él, imitándola—. Yo creo que ya lo sabes.
Paula sintió pánico, pero no debido a su presencia amenazadora. Su aprensión provenía únicamente del modo en que estaba escrutándola; era la misma mirada que le había dirigido en la fiesta… con algo más en la mente que el bienestar de su hijo.
—Mire, señor Alfonso —dijo Paula, tratando de calmar sus nervios en intentando ignorar cómo se le habían endurecido los pezones—. No pienso seguir los dictados de…
—Me da la impresión de que no está en situación de amenazarme, señorita Chaves.
Paula abrió la boca para hablar, pero tuvo que contener una respuesta indignada. Giró sobre sí misma y se dirigió a la ventana del otro lado de la habitación, con los pensamientos dándole vueltas en la cabeza. No iba a dejar que le hiciera aquello. Cierto, amaba su trabajo; necesitaba aquel trabajo, pero había otros puestos de trabajo en el mercado y con su experiencia podía conseguir el que deseara. «Pero no otro que me ofrezca el mismo estímulo y el mismo salario», se dijo silenciosamente.
—No estoy preguntando por la señorita Morales. Le digo que tengo que ver a la señorita Chaves. Así que, ¿Qué tal si me dice dónde puede encontrarse?
Una ayudante estaba en la mesa de Paula, y ella se pudo imaginar lo intimidada que debía estar con Pedro cerniéndose sobre ella, con aquellos ojos azules fríos como el Ártico. Tan afanosa estaba intentando calmar los enloquecidos latidos de su corazón que no oyó la respuesta de su asistente. Le daba igual, sin embargo, ya que la puerta del despacho de Lucas se abrió segundos después. Paula se puso en pie, y se quedó inmóvil en un estado intermedio entre la anticipación y el miedo mientras Pedro Alfonso atravesaba el umbral y entraba en el despacho. Totalmente desconcertada, se quedó mirando a un hombre por completo diferente del desconocido formalmente ataviado en la fiesta. En aquel momento, iba vestido con una camisa y unos vaqueros ajustados. Sobre su rostro recién afeitado, su bigote parecía aún más prominente y su cabello salpicado de plata, más largo y revuelto. Pero ninguna de aquellas cosas menguaba el descarado carisma sexual que emanaba. De hecho, se preguntó cómo sería besarlo… «¡Estás perdiéndote, Paula!. Los ojos de Pedro estaban clavados en ella; allá donde se iban posando, sentía que le ardía la piel. Negándose a permitir que viera el efecto que la estaba causando, salió de detrás de la enorme mesa llena de papeles, y se dirigió a él.
—Buenos días, señor Alfonso—dijo, tratando de mantener la voz firme.
Consternada, se dió cuenta de que había sonado jadeante. Aunque él enarcó levemente una ceja, sus ásperos rasgos permanecieron imperturbables.
—¿Qué puedo hacer por usted? —le preguntó ella cuando fue evidente que no iba a responder a su saludo.
—¿Qué te parece si nos dejamos de formalidades y vamos directamente al grano?
—¿Ah, sí? ¿Y cuál es el grano, si se puede saber? —inquirió ella, llevándose las manos heladas a los costados.
Los rasgos de Pedro se endurecieron aún más, si cabía. Sin embargo, sus ojos continuaron recorriéndola, atravesando su piel.
—Oh —dijo él, imitándola—. Yo creo que ya lo sabes.
Paula sintió pánico, pero no debido a su presencia amenazadora. Su aprensión provenía únicamente del modo en que estaba escrutándola; era la misma mirada que le había dirigido en la fiesta… con algo más en la mente que el bienestar de su hijo.
—Mire, señor Alfonso —dijo Paula, tratando de calmar sus nervios en intentando ignorar cómo se le habían endurecido los pezones—. No pienso seguir los dictados de…
—Me da la impresión de que no está en situación de amenazarme, señorita Chaves.
Paula abrió la boca para hablar, pero tuvo que contener una respuesta indignada. Giró sobre sí misma y se dirigió a la ventana del otro lado de la habitación, con los pensamientos dándole vueltas en la cabeza. No iba a dejar que le hiciera aquello. Cierto, amaba su trabajo; necesitaba aquel trabajo, pero había otros puestos de trabajo en el mercado y con su experiencia podía conseguir el que deseara. «Pero no otro que me ofrezca el mismo estímulo y el mismo salario», se dijo silenciosamente.
Paso a Paso: Capítulo 17
—Desgraciadamente, tal vez deje de entretenerme en breve.
Laura volvió a sentarse en el sofá.
—¿Por que has rechazado su oferta? Está disgustado, ¿Eh?
—Para decirte la verdad, no estoy segura de que Lucas haya aceptado mi negativa.
Laura sacudió la cabeza.
—No lo capto. Si ese es el caso, ¿Por qué no vas a verlo más?
Paula se apartó un mechón de pelo de la frente.
—Realmente, no hay problema con Lucas. Es a su padre, Pedro Alfonso, a quien no le gusto.
—¿Y?
—Pues que, si Lucas quiere seguir el estilo de vida al que está acostumbrado, no tendrá más remedio que plegarse a las exigencias de su padre.
Laura estaba claramente perpleja.
—Lucas trabaja, ¿No?
—Pues claro que trabaja. De hecho, es mi jefe en este momento. Sin embargo… —Paula recalcó la palabra—… no gana lo suficiente para su ritmo de vida. Es tan simple como eso.
—Y entonces su querido papi se considera con derecho a controlar su vida.
—Eso es en pocas palabras.
—¿Y cómo sabes que no le gustas a su papi? —insistió Laura.
Paula no pudo evitar sonreír ante la forma en que Laura había pronunciado lo de «papi» como si fuera una enfermedad contagiosa que debiera ser evitada a toda costa.
—Piensa que soy una aventurera.
Laura se echó a reír.
—¡Lo dirás en broma!
—No, no lo digo en broma —dijo Paula, con los labios apretados.
—¿Te llamó exactamente eso a la cara?
—No, pero pude leerlo en sus ojos.
Viendo súbitamente la falta de comprensión en los ojos de Laura, Paula pasó a contarle todo lo referente a la fiesta. Lo que no le contó fue su explosiva reacción ante Pedro.
—Guau —dijo Laura cuando acabó Paula.
—Entonces ¿Piensas que tu trabajo podría estar realmente en peligro?
Paula contuvo un suspiro.
—Espero que no, pero nunca se sabe.
—¿Así que vas a complacer a «Papi» y vas a dejar de ver a Lucas?
Por primera vez en un largo rato, los ojos de Paula se iluminaron.
—Probablemente no.
Laura sonrió irónicamente.
—Así me gusta. Y si «papi» intenta algún truco sucio, puedes contestarle con una denuncia por acoso.
—Sí, claro —dijo Paula desenfadadamente.
Sin dejar de sonreír, Laura se puso en pie.
—Bueno, tengo que irme. La verdad es que ya he abusado de tí demasiado por esta noche. Realmente no podría quejarme si mañana por la mañana fueras a buscarme con una escopeta.
—Cuando suene el despertador a las cinco, no creas que no me lo pensaré.
Laura se inclinó y le dió un rápido abrazo a Paula.
—Buenas noches, y gracias por el café. Ya hablaremos.
Paula le devolvió el abrazo.
—Te mantendré informada de lo que ocurra.
—Eso no hace falta ni decirlo —gritó Laura por encima del hombro.
Laura volvió a sentarse en el sofá.
—¿Por que has rechazado su oferta? Está disgustado, ¿Eh?
—Para decirte la verdad, no estoy segura de que Lucas haya aceptado mi negativa.
Laura sacudió la cabeza.
—No lo capto. Si ese es el caso, ¿Por qué no vas a verlo más?
Paula se apartó un mechón de pelo de la frente.
—Realmente, no hay problema con Lucas. Es a su padre, Pedro Alfonso, a quien no le gusto.
—¿Y?
—Pues que, si Lucas quiere seguir el estilo de vida al que está acostumbrado, no tendrá más remedio que plegarse a las exigencias de su padre.
Laura estaba claramente perpleja.
—Lucas trabaja, ¿No?
—Pues claro que trabaja. De hecho, es mi jefe en este momento. Sin embargo… —Paula recalcó la palabra—… no gana lo suficiente para su ritmo de vida. Es tan simple como eso.
—Y entonces su querido papi se considera con derecho a controlar su vida.
—Eso es en pocas palabras.
—¿Y cómo sabes que no le gustas a su papi? —insistió Laura.
Paula no pudo evitar sonreír ante la forma en que Laura había pronunciado lo de «papi» como si fuera una enfermedad contagiosa que debiera ser evitada a toda costa.
—Piensa que soy una aventurera.
Laura se echó a reír.
—¡Lo dirás en broma!
—No, no lo digo en broma —dijo Paula, con los labios apretados.
—¿Te llamó exactamente eso a la cara?
—No, pero pude leerlo en sus ojos.
Viendo súbitamente la falta de comprensión en los ojos de Laura, Paula pasó a contarle todo lo referente a la fiesta. Lo que no le contó fue su explosiva reacción ante Pedro.
—Guau —dijo Laura cuando acabó Paula.
—Entonces ¿Piensas que tu trabajo podría estar realmente en peligro?
Paula contuvo un suspiro.
—Espero que no, pero nunca se sabe.
—¿Así que vas a complacer a «Papi» y vas a dejar de ver a Lucas?
Por primera vez en un largo rato, los ojos de Paula se iluminaron.
—Probablemente no.
Laura sonrió irónicamente.
—Así me gusta. Y si «papi» intenta algún truco sucio, puedes contestarle con una denuncia por acoso.
—Sí, claro —dijo Paula desenfadadamente.
Sin dejar de sonreír, Laura se puso en pie.
—Bueno, tengo que irme. La verdad es que ya he abusado de tí demasiado por esta noche. Realmente no podría quejarme si mañana por la mañana fueras a buscarme con una escopeta.
—Cuando suene el despertador a las cinco, no creas que no me lo pensaré.
Laura se inclinó y le dió un rápido abrazo a Paula.
—Buenas noches, y gracias por el café. Ya hablaremos.
Paula le devolvió el abrazo.
—Te mantendré informada de lo que ocurra.
—Eso no hace falta ni decirlo —gritó Laura por encima del hombro.
Paso a Paso: Capítulo 16
—Oye, te veo muy mal. ¿No me has oído decir que acabo de venir de un restaurante? —Laura frunció el ceño—. No, no me apetece comer nada. Lo que quiero es que confieses. Además, no pienso moverme hasta que no lo hagas.
—Se trata de… Lucas.
—¿No te habrá dejado, verdad?
—No, todo lo contrario.
—Aja —una sonrisa lenta e irónica apareció en el rostro de Laura—. Te ha pedido que te cases con él, ¿No es eso?
—Sí eso es —replicó ella en voz baja.
—Por todos los santos. Desde luego, espero que hayas tenido el sentido común de decirle que sí.
Paula parpadeó y se quedó mirando a su amiga con los ojos dilatados.
—No estarás hablando en serio, claro.
—Pues claro que estoy hablando en serio —dijo Laura, arrugando el entrecejo—. Vamos, Lucas Alfonso es el sueño de cualquier mujer. No sólo está bueno, sino que tiene dinero para tirarlo por la ventana.
—Pero no lo amo, Lauri —gimió Paula.
—Baah, eso no es importante.
Paula pugnó por conservar la paciencia, sabiendo que era demasiado tarde y estaba demasiado cansada para tener aquella conversación. Pero, a menos que le dijera a Laura que se metiera en sus asuntos, no tenía más remedio que explicarle su postura.
—Bueno, para mí es importante —dijo Paula en tono serio.
Laura se levantó de un salto del sofá y bajó la mirada hacia el rostro de Paula, con una expresión de incredulidad en el suyo.
—¿Por qué? Apuesto a que no sabes responder a esto.
—Oh, vamos, Lauri, ¿Cómo se puede responder a esa pregunta? Tú misma sabes que, incluso con amor, ya es difícil hacer que un matrimonio funcione —Paula se detuvo y extendió las manos—. A veces es imposible, ¿No?
Por un instante, Laura apartó la mirada. Luego, volvió a mirarla a los ojos y dijo con firmeza:
—Falso. Yo no amaba a Pablo tal como tendría que haberlo hecho, pero no fue eso lo que acabó con nuestro matrimonio. Fue el dinero —añadió bruscamente—. La falta de él.
Paula suspiró y no dijo nada.
—Mira, cariño —dijo Laura, tras el breve silencio—, puedes mandarme a freír espárragos si quieres por entrometerme en tus asuntos… —sonrió de medio lado—… Pero sabes que me preocupa lo que te ocurre.
—Lo sé.
—Sé lo difícil que te resulta mantener a tu padre en esa clínica y lo duro que has tenido que trabajar.
—Oh, Lauri. Sé que te preocupas. Y tienes razón, es duro. Pero eso no quiere decir que tenga que casarme con el primer rico que se me presenta. No podría ser feliz viviendo así.
—Entonces, sólo me queda suponer que estás esperando a que se te presente un macizo que te vuelva loca sólo con mirarte, ¿No?
Súbitamente, el rostro de Pedro Alfonso volvió a centellear en la mente de Paula. Consternada, apartó el rostro de la mirada escrutadora de Laura, para que no viera el color encendido que habían adquirido repentinamente sus mejillas.
—Así que tengo razón —dijo Laura, riéndose entre dientes—. Eso es exactamente lo que estás esperando.
Aliviada y agradecida por que Laura hubiera malinterpretado su azoramiento, Paula sonrió.
—Tal vez… no sé. Pero lo que sí sé es que nunca podría enamorarme de Lucas Alfonso, aunque sea un tipo agradable y divertido.
—Bueno, eso puedo entenderlo, sobre todo después de haber tenido que estar encerrada tanto tiempo con tu padre sin poder divertirte nunca. Y por lo que me has dicho, Lucas desde luego sabe como entretener a una mujer —añadió Laura sin asomo de envidia.
—Se trata de… Lucas.
—¿No te habrá dejado, verdad?
—No, todo lo contrario.
—Aja —una sonrisa lenta e irónica apareció en el rostro de Laura—. Te ha pedido que te cases con él, ¿No es eso?
—Sí eso es —replicó ella en voz baja.
—Por todos los santos. Desde luego, espero que hayas tenido el sentido común de decirle que sí.
Paula parpadeó y se quedó mirando a su amiga con los ojos dilatados.
—No estarás hablando en serio, claro.
—Pues claro que estoy hablando en serio —dijo Laura, arrugando el entrecejo—. Vamos, Lucas Alfonso es el sueño de cualquier mujer. No sólo está bueno, sino que tiene dinero para tirarlo por la ventana.
—Pero no lo amo, Lauri —gimió Paula.
—Baah, eso no es importante.
Paula pugnó por conservar la paciencia, sabiendo que era demasiado tarde y estaba demasiado cansada para tener aquella conversación. Pero, a menos que le dijera a Laura que se metiera en sus asuntos, no tenía más remedio que explicarle su postura.
—Bueno, para mí es importante —dijo Paula en tono serio.
Laura se levantó de un salto del sofá y bajó la mirada hacia el rostro de Paula, con una expresión de incredulidad en el suyo.
—¿Por qué? Apuesto a que no sabes responder a esto.
—Oh, vamos, Lauri, ¿Cómo se puede responder a esa pregunta? Tú misma sabes que, incluso con amor, ya es difícil hacer que un matrimonio funcione —Paula se detuvo y extendió las manos—. A veces es imposible, ¿No?
Por un instante, Laura apartó la mirada. Luego, volvió a mirarla a los ojos y dijo con firmeza:
—Falso. Yo no amaba a Pablo tal como tendría que haberlo hecho, pero no fue eso lo que acabó con nuestro matrimonio. Fue el dinero —añadió bruscamente—. La falta de él.
Paula suspiró y no dijo nada.
—Mira, cariño —dijo Laura, tras el breve silencio—, puedes mandarme a freír espárragos si quieres por entrometerme en tus asuntos… —sonrió de medio lado—… Pero sabes que me preocupa lo que te ocurre.
—Lo sé.
—Sé lo difícil que te resulta mantener a tu padre en esa clínica y lo duro que has tenido que trabajar.
—Oh, Lauri. Sé que te preocupas. Y tienes razón, es duro. Pero eso no quiere decir que tenga que casarme con el primer rico que se me presenta. No podría ser feliz viviendo así.
—Entonces, sólo me queda suponer que estás esperando a que se te presente un macizo que te vuelva loca sólo con mirarte, ¿No?
Súbitamente, el rostro de Pedro Alfonso volvió a centellear en la mente de Paula. Consternada, apartó el rostro de la mirada escrutadora de Laura, para que no viera el color encendido que habían adquirido repentinamente sus mejillas.
—Así que tengo razón —dijo Laura, riéndose entre dientes—. Eso es exactamente lo que estás esperando.
Aliviada y agradecida por que Laura hubiera malinterpretado su azoramiento, Paula sonrió.
—Tal vez… no sé. Pero lo que sí sé es que nunca podría enamorarme de Lucas Alfonso, aunque sea un tipo agradable y divertido.
—Bueno, eso puedo entenderlo, sobre todo después de haber tenido que estar encerrada tanto tiempo con tu padre sin poder divertirte nunca. Y por lo que me has dicho, Lucas desde luego sabe como entretener a una mujer —añadió Laura sin asomo de envidia.
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