Agarrándola de la mano, la hizo bajar del escenario y la condujo a través de la pista de baile, abriéndose camino entre las parejas que bailaban y reían. En otra época él hubiera sido de los primeros en ponerse a bailar. Hubiera estrechado a Paula entre sus brazos y la hubiera hecho moverse al ritmo de la música. Pero ya llevaba dieciséis años sin bailar. Siguió cruzando la pista de baile sin detenerse ni un momento. De pronto, Paula se puso tensa.
–David –susurró.
Pedro tardó unos segundos en entender lo que ella acababa de decir. Y entonces sintió que ardía por dentro. Sentía mucha envidia de ese empleado del departamento de joyería; ese hombre que la había tenido en sus brazos y la había dejado marchar.
–Discúlpennos –le dijo a la gente que estaba a su alrededor.
Se llevó a Paula a un rincón tranquilo junto a una ventana.
–¿Dónde está? –le preguntó, manteniendo el rostro impasible.
–Allí mismo.
Él siguió su mirada. Aguzó la vista, pero no hubo nadie que le llamara la atención. Se sentía ansioso, celoso… No. Imposible. Los celos eran para los débiles, para los hombres tristes y vulnerables que servían sus corazones en bandejas de plata.
–Va bene –masculló–. Si todavía quieres a ese idiota, ese imbécil sin sentido de la fidelidad, entonces te ayudaré a recuperarle.
Paula sonrió.
–Eh, me sorprende tanta amabilidad.
–Solo dime una cosa.
–¿Qué?
Él deslizó la mano a lo largo de sus hombros y le acarició la piel desnuda de la espalda. Vio que abría mucho los ojos, la sintió temblar y entonces tuvo que reprimir las ganas de tirar de ella y apretarse contra su exquisito cuerpo.
–¿Por qué ibas a querer que volviera después de todo el daño que te ha hecho?
La sonrisa de Paula se desvaneció. Respiró hondo y levantó la muñeca izquierda.
–Mira esto.
¿Cambio de tema? Pedro miró el brazalete que llevaba. Ya se había fijado antes en él. Era un pastiche de materiales soldados, cristales de colores sobre una cadena de latón, con números de metal oxidado intercalados y sujetos por un cierre antiguo.
–¿Qué pasa con eso?
–Lo hice yo.
Le agarró la muñeca y miró el brazalete fijamente, tratando de darle sentido. Señaló el número metálico que colgaba de la cadena.
–¿Qué es eso?
–Un número de habitación de un hotel de París del siglo XVIII.
A Pedro le parecía muy raro. Aquello era una mezcolanza de baratijas.
–¿Y de dónde has sacado esos materiales?
–De mercadillos y tiendas vintage, sobre todo. Hago bisutería con cosas antiguas que encuentro –le dijo, tragando con dificultad–. Conocí a David en una feria en San Francisco hace unos meses. Mi jefe creía que yo me iba a visitar a mi familia. A David le encantaba mi bisutería. Decidimos hacernos socios y abrir una tienda juntos. Él se iba a ocupar de toda la parte financiera. Y yo iba a crear las piezas–Paula parpadeó deprisa y apartó la vista–. Cuando se acostó con mi compañera de piso, se acabó el sueño.
Pedro pudo ver que sus ojos estaban llenos de lágrimas. El corazón le dió un pequeño vuelco.
–Ese hombre es un tonto –le dijo, intentando ofrecerle consuelo–. Tal vez sea mejor así. Llevar un negocio conlleva un gran riesgo. Podrías haber perdido toda tu inversión. La gente no quiere baratijas antiguas. Quieren joyas relucientes y nuevas.
A Paula le temblaron los labios. Levantó la vista y sonrió. Sus ojos estaban velados.
–Bueno, supongo que me quedaré con las ganas de saber si habría funcionado.
La orquesta empezó a tocar una nueva canción, y las notas de un exquisito vals clásico florecieron a su alrededor como las plantas en primavera. Paula miraba hacia la abarrotada pista de baile con gesto triste. Le había dicho que no bailaba bien, pero él no se lo había creído ni por un instante. Había visto cómo se movía. Incluso cuando andaba, su cuerpo se mecía como el sol del crepúsculo sobre las olas del mar. Pero no podía bailar con ella. Apretó las manos a ambos lados. Era incapaz de ofrecerle ese placer. A menos que le hiciera el amor…
miércoles, 13 de marzo de 2019
Cenicienta: Capítulo 12
–Seis minutos –levantó la vista hacia él con una sonrisa–. Estoy impresionada. Normalmente, los discursos que dan hombres importantes suelen durar como una hora. Tú eres muy rápido.
Él le dedicó una sonrisa perezosa y entonces se inclinó hacia ella para susurrarle algo.
–Sé ir despacio cuando es importante –le dijo, y tuvo el privilegio de verla estremecerse.
Un destello brillante en el reloj de Paula llamó su atención. Le agarró la muñeca.
–¿Qué es esto?
Ella trató de soltarse.
–Nada.
En ese momento la orquesta empezó a tocar un vals. Los invitados comenzaron a salir a la pista de baile.
–Es de platino. Diamantes. No reconozco la marca.
–Hainsbury –le dijo ella con un hilo de voz.
Hainsbury… La firma de joyería que había lanzado una opa hostil contra Alfonso Worldwide recientemente, y había fallado. Esos aprovechados solo querían adquirir el caché de Alfonso Worldwide y su marca de joyas de lujo, Preziosi di Alfonso. Pedro aguzó la mirada.
–¿Quién te lo ha dado?
Ella tragó en seco.
–Mi madre.
Era perfectamente posible que alguien del medio oeste pudiera tener un reloj Hainsbury. Solo era una coincidencia, nada más. Su guerra interminable con el conde de Castelnau, su rival más feroz, le estaba volviendo un poco paranoico. Miró a Paula a la cara. Claramente estaba perdiendo la cabeza. ¿Cómo podía sospechar de una chica como ella?
–Muy bonito –le dijo en un tono casual, soltándole la muñeca–. No lo hubiera reconocido nunca. No parece en absoluto como esa basura hecha en fábricas.
Apartando la vista, Paula se tapó el reloj con la mano. Su voz sonaba insegura.
–Mi madre me lo hizo por encargo.
Pedro pensó que la había avergonzado. Llamando la atención sobre su reloj de Hainsbury en una gala patrocinada por Preziosi di Alfonso, una firma mucho más prestigiosa.
–Sea quien sea quien lo haya hecho, tu reloj es sin duda exquisito –le sonrió y cambió de tema–. ¿Ya has tenido suficiente baile por esta noche? ¿Nos vamos?
–¿Irnos? –ella entreabrió los labios–. ¡Pero si acabamos de llegar!
–¿Y? –le preguntó él con impaciencia.
Ella miró con ansiedad hacia la pista de baile.
–La gente te espera para hablar contigo.
–Ya tienen mi dinero.
–No se trata solo de dinero. Claramente quieren conversar contigo. Quieren un poco de tu atención y de tu tiempo –le dijo ella, esbozando una sonrisa pícara–. Aunque solo Dios sabe por qué. Yo todavía no te veo el encanto por ningún sitio.
Él le dedicó su sonrisa más sensual.
–¿Quieres que me esfuerce un poco más?
Ella abrió mucho los ojos y él la oyó tomar aire.
–Esto no se me da bien.
–Al contrario.
Ella sacudió la cabeza.
–Olvídalo. No trates de cautivarme, ¿De acuerdo? No tiene sentido y podría… Quiero decir que… Este ha sido un arreglo de conveniencia para los dos. Dejémoslo ahí.
La mirada de Pedro cayó sobre sus labios temblorosos.
–Muy bien. Estás aquí para vengarte. Todavía no lo has visto, ¿No?
–No –dijo ella, bajando la voz.
–Caerá rendido a tus pies en cuanto te vea –le dijo él.
Él le dedicó una sonrisa perezosa y entonces se inclinó hacia ella para susurrarle algo.
–Sé ir despacio cuando es importante –le dijo, y tuvo el privilegio de verla estremecerse.
Un destello brillante en el reloj de Paula llamó su atención. Le agarró la muñeca.
–¿Qué es esto?
Ella trató de soltarse.
–Nada.
En ese momento la orquesta empezó a tocar un vals. Los invitados comenzaron a salir a la pista de baile.
–Es de platino. Diamantes. No reconozco la marca.
–Hainsbury –le dijo ella con un hilo de voz.
Hainsbury… La firma de joyería que había lanzado una opa hostil contra Alfonso Worldwide recientemente, y había fallado. Esos aprovechados solo querían adquirir el caché de Alfonso Worldwide y su marca de joyas de lujo, Preziosi di Alfonso. Pedro aguzó la mirada.
–¿Quién te lo ha dado?
Ella tragó en seco.
–Mi madre.
Era perfectamente posible que alguien del medio oeste pudiera tener un reloj Hainsbury. Solo era una coincidencia, nada más. Su guerra interminable con el conde de Castelnau, su rival más feroz, le estaba volviendo un poco paranoico. Miró a Paula a la cara. Claramente estaba perdiendo la cabeza. ¿Cómo podía sospechar de una chica como ella?
–Muy bonito –le dijo en un tono casual, soltándole la muñeca–. No lo hubiera reconocido nunca. No parece en absoluto como esa basura hecha en fábricas.
Apartando la vista, Paula se tapó el reloj con la mano. Su voz sonaba insegura.
–Mi madre me lo hizo por encargo.
Pedro pensó que la había avergonzado. Llamando la atención sobre su reloj de Hainsbury en una gala patrocinada por Preziosi di Alfonso, una firma mucho más prestigiosa.
–Sea quien sea quien lo haya hecho, tu reloj es sin duda exquisito –le sonrió y cambió de tema–. ¿Ya has tenido suficiente baile por esta noche? ¿Nos vamos?
–¿Irnos? –ella entreabrió los labios–. ¡Pero si acabamos de llegar!
–¿Y? –le preguntó él con impaciencia.
Ella miró con ansiedad hacia la pista de baile.
–La gente te espera para hablar contigo.
–Ya tienen mi dinero.
–No se trata solo de dinero. Claramente quieren conversar contigo. Quieren un poco de tu atención y de tu tiempo –le dijo ella, esbozando una sonrisa pícara–. Aunque solo Dios sabe por qué. Yo todavía no te veo el encanto por ningún sitio.
Él le dedicó su sonrisa más sensual.
–¿Quieres que me esfuerce un poco más?
Ella abrió mucho los ojos y él la oyó tomar aire.
–Esto no se me da bien.
–Al contrario.
Ella sacudió la cabeza.
–Olvídalo. No trates de cautivarme, ¿De acuerdo? No tiene sentido y podría… Quiero decir que… Este ha sido un arreglo de conveniencia para los dos. Dejémoslo ahí.
La mirada de Pedro cayó sobre sus labios temblorosos.
–Muy bien. Estás aquí para vengarte. Todavía no lo has visto, ¿No?
–No –dijo ella, bajando la voz.
–Caerá rendido a tus pies en cuanto te vea –le dijo él.
Cenicienta: Capítulo 11
–¿Cuándo me vas a proponer matrimonio, Pedro? –le había espetado en italiano y a toda velocidad–. ¿Cuándo? Estoy cansada de esperar a que te decidas. Haz oficial nuestro compromiso, o búscate otra para que te acompañe al acto benéfico.
Cinco minutos más tarde la había dejado en su lujoso hotel. Ninguna mujer, ni siquiera una tan poderosa y perfecta como Romina, podría darle un ultimátum jamás.
De vuelta al presente, mientras guiaba a Paula hacia la sala de fiestas de la mansión Harts, sentía un profundo alivio sabiendo que seguía siendo un hombre libre. La velada ya prometía ser la más divertida y sorprendente que había tenido en mucho tiempo. Manteniéndola cerca, se detuvo en lo alto de la escalera y contempló el lujoso salón de fiestas. De repente se hizo el silencio. Todos los murmullos se desvanecieron. Cientos de invitados se volvieron hacia ellos. Pedro sintió que ella se ponía tensa. No estaba acostumbrada a ser el centro de atención. Eso era seguro. Ella parecía esperar críticas, algo que él no podía comprender.
–No puedo decirte que eres preciosa porque me darías una bofetada –murmuró él–. Pero sé que cualquier hombre mataría por estar en mi lugar.
Ella levantó la vista hacia él y esbozó una sonrisa nerviosa.
–Muy bien –le dijo en un tono apagado, preparándose para lo que se le venía encima–. Vamos.
Pedro la agarró de la cintura y bajó las escaleras. Los miembros de la junta directiva de la empresa, accionistas y muchos amigos los esperaban abajo. Después de saludarlos a todos, se abrió paso a través de la sala de fiestas, saludó al gobernador, a las estrellas de cine y a algunos miembros de la realeza. Los hombres sonrieron y le pidieron consejo para invertir en la Bolsa. Las mujeres flirteaban sin cesar y daban golpes de melena. Y todas miraban a Paula boquiabiertas. Ninguno de los miembros de la plana mayor de Alfonso Worldwide la reconocía. De eso Pedro estaba seguro. Probablemente se hubieran cruzado con ella muchas veces por el pasillo, pero entonces debía de ser invisible para ellos. Era una locura pensar que él había hecho lo mismo.
Charlando con todos y cada uno de los invitados, Pedro les dió las gracias por las generosas sumas donadas. Sentía cómo temblaba Paula a su lado, como si quisiera escapar de allí. Le agarró la mano con firmeza y le dió un pequeño empujoncito en la espalda hacia delante. Incluso ese toque inocente resultó increíblemente erótico. Lo único que quería hacer era salir de allí y llevarse a Paula a algún sitio tranquilo; a lo mejor a su casa de Sonoma, que tenía diez dormitorios.
–Su Alteza –le dijo la directora de la organización benéfica, mirándole a través de las gafas con ojos de sorpresa–. ¿Quiere decir unas palabras antes de empezar con la subasta de esta noche?
–Claro –repuso Pedro.
Agarró la mano de Paula y fue hacia el escenario. La multitud se abrió a su paso casi mágicamente. Él la sintió aterrorizarse. Le tiraba de la mano, intentando liberarse, pero él no la soltó hasta que no estuvieron en la parte de atrás del escenario.
–Gracias por ser mi acompañante esta noche –le dijo él con voz ronca. Se inclinó hacia delante para darle un beso en la mejilla y sintió cómo retumbaba la sangre en sus venas–. Disculpa –le pidió. Llevaba demasiado tiempo escondiendo sus sentimientos. Su voz era calma y sosegada. No traicionaba nada del maremágnum de emociones que rugía en su interior–. Solo será un momento.
–Claro –dijo ella.
Dejándola entre bambalinas, fue hacia el micrófono, situado en medio del escenario. Un silencio total se hizo en el salón. Pedro esperó a la ovación entusiasta del público. Aferrándose al podio con ambas manos, dio su discurso, casi sin saber lo que estaba diciendo. Podía sentir a Paula, observándole entre bambalinas. Los latidos de su corazón eran rápidos y su cuerpo vibraba con tanto deseo reprimido.
–… así que les doy las gracias, amigos míos –dijo, terminando por fin–. Beban champán, bailen y pujen. ¡Recuerden que todo el dinero que se recaude esta noche va destinado a ayudar a niños que lo necesitan!
La ovación que resonó en el salón fue incluso más fuerte que la anterior. Saludando con la mano, Pedro abandonó el podio y se fue directamente hacia Paula, que parecía acabar de volver a la realidad. En ese momento miraba el reloj con atención.
Cinco minutos más tarde la había dejado en su lujoso hotel. Ninguna mujer, ni siquiera una tan poderosa y perfecta como Romina, podría darle un ultimátum jamás.
De vuelta al presente, mientras guiaba a Paula hacia la sala de fiestas de la mansión Harts, sentía un profundo alivio sabiendo que seguía siendo un hombre libre. La velada ya prometía ser la más divertida y sorprendente que había tenido en mucho tiempo. Manteniéndola cerca, se detuvo en lo alto de la escalera y contempló el lujoso salón de fiestas. De repente se hizo el silencio. Todos los murmullos se desvanecieron. Cientos de invitados se volvieron hacia ellos. Pedro sintió que ella se ponía tensa. No estaba acostumbrada a ser el centro de atención. Eso era seguro. Ella parecía esperar críticas, algo que él no podía comprender.
–No puedo decirte que eres preciosa porque me darías una bofetada –murmuró él–. Pero sé que cualquier hombre mataría por estar en mi lugar.
Ella levantó la vista hacia él y esbozó una sonrisa nerviosa.
–Muy bien –le dijo en un tono apagado, preparándose para lo que se le venía encima–. Vamos.
Pedro la agarró de la cintura y bajó las escaleras. Los miembros de la junta directiva de la empresa, accionistas y muchos amigos los esperaban abajo. Después de saludarlos a todos, se abrió paso a través de la sala de fiestas, saludó al gobernador, a las estrellas de cine y a algunos miembros de la realeza. Los hombres sonrieron y le pidieron consejo para invertir en la Bolsa. Las mujeres flirteaban sin cesar y daban golpes de melena. Y todas miraban a Paula boquiabiertas. Ninguno de los miembros de la plana mayor de Alfonso Worldwide la reconocía. De eso Pedro estaba seguro. Probablemente se hubieran cruzado con ella muchas veces por el pasillo, pero entonces debía de ser invisible para ellos. Era una locura pensar que él había hecho lo mismo.
Charlando con todos y cada uno de los invitados, Pedro les dió las gracias por las generosas sumas donadas. Sentía cómo temblaba Paula a su lado, como si quisiera escapar de allí. Le agarró la mano con firmeza y le dió un pequeño empujoncito en la espalda hacia delante. Incluso ese toque inocente resultó increíblemente erótico. Lo único que quería hacer era salir de allí y llevarse a Paula a algún sitio tranquilo; a lo mejor a su casa de Sonoma, que tenía diez dormitorios.
–Su Alteza –le dijo la directora de la organización benéfica, mirándole a través de las gafas con ojos de sorpresa–. ¿Quiere decir unas palabras antes de empezar con la subasta de esta noche?
–Claro –repuso Pedro.
Agarró la mano de Paula y fue hacia el escenario. La multitud se abrió a su paso casi mágicamente. Él la sintió aterrorizarse. Le tiraba de la mano, intentando liberarse, pero él no la soltó hasta que no estuvieron en la parte de atrás del escenario.
–Gracias por ser mi acompañante esta noche –le dijo él con voz ronca. Se inclinó hacia delante para darle un beso en la mejilla y sintió cómo retumbaba la sangre en sus venas–. Disculpa –le pidió. Llevaba demasiado tiempo escondiendo sus sentimientos. Su voz era calma y sosegada. No traicionaba nada del maremágnum de emociones que rugía en su interior–. Solo será un momento.
–Claro –dijo ella.
Dejándola entre bambalinas, fue hacia el micrófono, situado en medio del escenario. Un silencio total se hizo en el salón. Pedro esperó a la ovación entusiasta del público. Aferrándose al podio con ambas manos, dio su discurso, casi sin saber lo que estaba diciendo. Podía sentir a Paula, observándole entre bambalinas. Los latidos de su corazón eran rápidos y su cuerpo vibraba con tanto deseo reprimido.
–… así que les doy las gracias, amigos míos –dijo, terminando por fin–. Beban champán, bailen y pujen. ¡Recuerden que todo el dinero que se recaude esta noche va destinado a ayudar a niños que lo necesitan!
La ovación que resonó en el salón fue incluso más fuerte que la anterior. Saludando con la mano, Pedro abandonó el podio y se fue directamente hacia Paula, que parecía acabar de volver a la realidad. En ese momento miraba el reloj con atención.
lunes, 11 de marzo de 2019
Cenicienta: Capítulo 10
–¿No? –le dijo él en un tono ligero–. La mayoría de las mujeres piensa lo contrario. Lo ven como un extra por salir conmigo.
–Bueno, yo no –Paula se estremeció. Se humedeció los labios, jugueteando con el bajo escote de su apretado vestido rojo–. Me siento como una idiota.
Una oleada de calor recorrió por dentro a Pedro. Quería acariciarla en todos aquellos sitios que ella tocaba, quitarle la ropa del cuerpo y cubrir esos pechos increíbles con sus manos; mordisqueárselos, lamérselos… No. No. Tenía tres reglas. Ni empleadas, ni casadas, ni vírgenes. Había mujeres de sobra en el mundo, todas disponibles y dispuestas. No tenía por qué romper esas reglas de oro. Además, ella tenía el corazón roto y quería desquitarse. Demasiadas complicaciones. Demasiados riesgos. Paula estaba fuera de su alcance, pero… De repente sintió un impulso irrefrenable.
–Parezco una idiota, ¿No?
Pedro aguzó la mirada.
–Eres preciosa, Paula.
Ella levantó la vista y frunció el ceño.
–Te dije que nunca me…
–Eres preciosa –repitió él en un tono brusco, agarrándola de la barbilla. Buscó su mirada–. Escúchame. Ya sabes la clase de hombre que soy, la clase de hombre que nunca llevaría a una empleada a una gala benéfica, según me dijiste tú. ¿Por qué iba a mentir? Eres preciosa.
La rabia desapareció de aquel hermoso rostro. De repente parecía confundida, inocente y tremendamente tímida. Él podía leer su expresión, los sentimientos que en ella se escondían. Y algo más… Pero tenía que ser una farsa. No podía ser otra cosa. Ella no podía ser tan joven e inocente.
–¿De verdad…? –Paula se detuvo y se mordió el labio inferior–. ¿De verdad crees que soy guapa?
–¿Guapa? –le preguntó él, sorprendido. Le levantó la barbilla hacia la luz de la rutilante araña que colgaba del techo del vestíbulo–. Eres una belleza, ratita.
Ella le miró fijamente y entonces esbozó una media sonrisa.
–¿Es que no puedes llamarme Paula, sin más?
–Lo siento –él sonrió–. Es la costumbre. Así te llamaba cuando estaba ciego.
Los ojos de Paula brillaron. Una sonrisa le iluminó el rostro.
–Bueno, primero me dices que soy una belleza, y después me dices que estás ciego.
Su sonrisa fue tan sobrecogedora que se le clavó en el corazón.
–Tu belleza volvería loco a cualquier hombre, cara –le dijo en un susurro–. Te dije que serías la envidia de todas si aparecías en la fiesta conmigo. Pero estaba equivocado. Yo seré la envidia de todos esta noche.
Los ojos de Paula se hicieron muy grandes de repente. Sus pestañas oscuras le acariciaron la piel.
–Uf. No se te da mal esto de halagar –dijo ella, esbozando una sonrisa pícara–. ¿No te lo han dicho nunca?
Aunque no quisiera, Pedro no pudo evitar devolverle la sonrisa y cuando sus miradas se encontraron, un temblor sísmico lo recorrió por dentro. Sus ojos inocentes y sus curvas exuberantes desencadenaban un profundo impulso sexual que apelaba a lo más íntimo de su alma. ¿Alma? La palabra le arrancó una sonrisa… La lujuria podía jugarle malas pasadas a la mente de un hombre. Y la deseaba tanto… Tanto… Pero no podía hacer nada al respecto. No era un esclavo del deseo. Era un hombre adulto, director de una multinacional. Ya era hora de dejar las aventuras de una noche y sentar la cabeza. Romina Bianchi era la princesa perfecta y cuando heredara el imperio de la moda de su padre, la presencia de Alfonso Worldwide aumentaría exponencialmente en Europa. De hecho, había estado a punto de proponerle matrimonio, antes de que ella le hiciera esa pequeña encerrona. Debería haberlo visto venir; el ultimátum de Romina no debería haber sido una sorpresa para él. Iban en la limusina, de camino a la oficina, donde él había olvidado sus gemelos. Ella estaba tensa a su lado, oculta debajo de aquel abrigo de piel negro. Él hablaba por teléfono y, nada más terminar la llamada, ella se había vuelto hacia él con los ojos encendidos.
–Bueno, yo no –Paula se estremeció. Se humedeció los labios, jugueteando con el bajo escote de su apretado vestido rojo–. Me siento como una idiota.
Una oleada de calor recorrió por dentro a Pedro. Quería acariciarla en todos aquellos sitios que ella tocaba, quitarle la ropa del cuerpo y cubrir esos pechos increíbles con sus manos; mordisqueárselos, lamérselos… No. No. Tenía tres reglas. Ni empleadas, ni casadas, ni vírgenes. Había mujeres de sobra en el mundo, todas disponibles y dispuestas. No tenía por qué romper esas reglas de oro. Además, ella tenía el corazón roto y quería desquitarse. Demasiadas complicaciones. Demasiados riesgos. Paula estaba fuera de su alcance, pero… De repente sintió un impulso irrefrenable.
–Parezco una idiota, ¿No?
Pedro aguzó la mirada.
–Eres preciosa, Paula.
Ella levantó la vista y frunció el ceño.
–Te dije que nunca me…
–Eres preciosa –repitió él en un tono brusco, agarrándola de la barbilla. Buscó su mirada–. Escúchame. Ya sabes la clase de hombre que soy, la clase de hombre que nunca llevaría a una empleada a una gala benéfica, según me dijiste tú. ¿Por qué iba a mentir? Eres preciosa.
La rabia desapareció de aquel hermoso rostro. De repente parecía confundida, inocente y tremendamente tímida. Él podía leer su expresión, los sentimientos que en ella se escondían. Y algo más… Pero tenía que ser una farsa. No podía ser otra cosa. Ella no podía ser tan joven e inocente.
–¿De verdad…? –Paula se detuvo y se mordió el labio inferior–. ¿De verdad crees que soy guapa?
–¿Guapa? –le preguntó él, sorprendido. Le levantó la barbilla hacia la luz de la rutilante araña que colgaba del techo del vestíbulo–. Eres una belleza, ratita.
Ella le miró fijamente y entonces esbozó una media sonrisa.
–¿Es que no puedes llamarme Paula, sin más?
–Lo siento –él sonrió–. Es la costumbre. Así te llamaba cuando estaba ciego.
Los ojos de Paula brillaron. Una sonrisa le iluminó el rostro.
–Bueno, primero me dices que soy una belleza, y después me dices que estás ciego.
Su sonrisa fue tan sobrecogedora que se le clavó en el corazón.
–Tu belleza volvería loco a cualquier hombre, cara –le dijo en un susurro–. Te dije que serías la envidia de todas si aparecías en la fiesta conmigo. Pero estaba equivocado. Yo seré la envidia de todos esta noche.
Los ojos de Paula se hicieron muy grandes de repente. Sus pestañas oscuras le acariciaron la piel.
–Uf. No se te da mal esto de halagar –dijo ella, esbozando una sonrisa pícara–. ¿No te lo han dicho nunca?
Aunque no quisiera, Pedro no pudo evitar devolverle la sonrisa y cuando sus miradas se encontraron, un temblor sísmico lo recorrió por dentro. Sus ojos inocentes y sus curvas exuberantes desencadenaban un profundo impulso sexual que apelaba a lo más íntimo de su alma. ¿Alma? La palabra le arrancó una sonrisa… La lujuria podía jugarle malas pasadas a la mente de un hombre. Y la deseaba tanto… Tanto… Pero no podía hacer nada al respecto. No era un esclavo del deseo. Era un hombre adulto, director de una multinacional. Ya era hora de dejar las aventuras de una noche y sentar la cabeza. Romina Bianchi era la princesa perfecta y cuando heredara el imperio de la moda de su padre, la presencia de Alfonso Worldwide aumentaría exponencialmente en Europa. De hecho, había estado a punto de proponerle matrimonio, antes de que ella le hiciera esa pequeña encerrona. Debería haberlo visto venir; el ultimátum de Romina no debería haber sido una sorpresa para él. Iban en la limusina, de camino a la oficina, donde él había olvidado sus gemelos. Ella estaba tensa a su lado, oculta debajo de aquel abrigo de piel negro. Él hablaba por teléfono y, nada más terminar la llamada, ella se había vuelto hacia él con los ojos encendidos.
Cenicienta: Capítulo 9
La niebla de la tarde se cernió sobre la ciudad. A Pedro se le empapó el esmoquin nada más bajar de la limusina frente a la centenaria mansión de Nob Hill. Estaban en agosto, pero la niebla era densa y húmeda; una fría bofetada en la cara. Él, no obstante, estaba agradecido por ello. Una bofetada fría era justo lo que necesitaba en ese momento. Los flashes de los reporteros se dispararon a su alrededor en cuanto los tacones de Paula impactaron contra el suelo. De repente sintió el brazo de ella sobre el suyo. Sintió la presión de su mano sobre el antebrazo; el calor de su tacto sobre la chaqueta del esmoquin. Estremeciéndose de deseo, él la miró un instante.
Se había fijado en aquella empleada discreta algunas semanas antes. Mejillas sonrosadas, pelo castaño, vestidos anchos, desangelados… No parecía tener más de veinte años, tan rozagante y sencilla… Después de ver cómo le esquivaba en un par de ocasiones cuando se la cruzaba en el pasillo, le había picado la curiosidad lo bastante como para pedirle a la señora Rutherford una copia del currículum de la chica. Sin embargo, no había descubierto nada en él. Se había ido a vivir a San Francisco en junio de ese año, y el trabajo en el departamento de archivos parecía ser su primer trabajo después de haber trabajado como gobernanta en un hotel de Minneapolis unos años antes. Todo en ella era insignificante, incluso su nombre. Pero eso ya no era cierto. Suspiró. Quería darle una lección a Romina, demostrarle que podía reemplazarla con cualquiera, incluso aunque fuera una simple oficinista rellenita y anticuada, recién llegada del pueblo. Pero al parecer la broma se la habían gastado a él. ¿Cómo era que no se había fijado en Paula Chaves hasta ese día? ¿Anticuada?
La estilista de una boutique de lujo le había puesto un vestido rojo ajustado con finísimos tirantes. Con la espalda al descubierto y un generoso escote, aquella prenda le abrazaba los pechos, tentando a un hombre sin cesar, engañándole con la ilusión de que en cualquier momento podría ver algo más… ¿Rellenita? El vestido mostraba las curvas que su ropa ancha habitual escondía; caderas anchas, una cintura estrecha… Tenía la figura femenina que volvía locos a los hombres, las curvas de Marilyn, que hacían que un hombre cayera rendido a sus pies. Con solo mirarla, Pedro sintió las gotas de sudor en la frente. ¿Simple? Esa era la broma más grande de todas. Había visto la belleza de su rostro desnudo muy de cerca en su despacho. La había observado desde lejos durante semanas, pero hasta ese momento no había visto a Paula Chaves como realmente era ella. Una belleza. Una seductora. Una bomba sexual.
Mientras avanzaban por la alfombra roja hacia la centenaria mansión Harts, los paparazzi se volvieron locos, lanzando preguntas a diestro y siniestro.
–¿Dónde está Romina? ¿Ha habido una ruptura?
–¿Quién es ella?
–Sí. ¿Quién es esa morena tan sexy?
Pedro les dedicó una media sonrisa y saludó con un gesto brusco de la mano. Estaba acostumbrado a que le siguieran y le fotografiaran en todas partes… Pero, mientras conducía a Paula por la alfombra roja, se dio cuenta de que ella caminaba con reticencia. Bajó la vista hacia ella y notó que temblaba.
–¿Qué pasa? –le preguntó con un hilo de voz.
–Me están mirando –dijo ella en un tono bajo.
–Claro que te están mirando –Pedro se volvió hacia ella y le apartó el pelo de los ojos–. Y yo también.
–Solo ayúdame a salir de esta –susurró ella.
Sus hermosos ojos marrones parecían más grandes y asustados que nunca. Sujetándole el brazo con más fuerza, la guió a lo largo de la alfombra roja, protegiéndola con su propio cuerpo de los fotógrafos más agresivos que se inclinaban sobre ellos. Ignorando las preguntas y gruñidos de frustración de los reporteros, siguió adelante. La hizo subir los peldaños de la entrada y la condujo hacia las enormes columnas del pórtico. Una vez entraron en la mansión, tras pasar el puesto de seguridad y acceder al rutilante recibidor, Paula soltó el aliento. Sus luminosos ojos le miraron con gratitud.
–Gracias –le dijo, tragando con dificultad–. Eso no ha sido… divertido.
Se había fijado en aquella empleada discreta algunas semanas antes. Mejillas sonrosadas, pelo castaño, vestidos anchos, desangelados… No parecía tener más de veinte años, tan rozagante y sencilla… Después de ver cómo le esquivaba en un par de ocasiones cuando se la cruzaba en el pasillo, le había picado la curiosidad lo bastante como para pedirle a la señora Rutherford una copia del currículum de la chica. Sin embargo, no había descubierto nada en él. Se había ido a vivir a San Francisco en junio de ese año, y el trabajo en el departamento de archivos parecía ser su primer trabajo después de haber trabajado como gobernanta en un hotel de Minneapolis unos años antes. Todo en ella era insignificante, incluso su nombre. Pero eso ya no era cierto. Suspiró. Quería darle una lección a Romina, demostrarle que podía reemplazarla con cualquiera, incluso aunque fuera una simple oficinista rellenita y anticuada, recién llegada del pueblo. Pero al parecer la broma se la habían gastado a él. ¿Cómo era que no se había fijado en Paula Chaves hasta ese día? ¿Anticuada?
La estilista de una boutique de lujo le había puesto un vestido rojo ajustado con finísimos tirantes. Con la espalda al descubierto y un generoso escote, aquella prenda le abrazaba los pechos, tentando a un hombre sin cesar, engañándole con la ilusión de que en cualquier momento podría ver algo más… ¿Rellenita? El vestido mostraba las curvas que su ropa ancha habitual escondía; caderas anchas, una cintura estrecha… Tenía la figura femenina que volvía locos a los hombres, las curvas de Marilyn, que hacían que un hombre cayera rendido a sus pies. Con solo mirarla, Pedro sintió las gotas de sudor en la frente. ¿Simple? Esa era la broma más grande de todas. Había visto la belleza de su rostro desnudo muy de cerca en su despacho. La había observado desde lejos durante semanas, pero hasta ese momento no había visto a Paula Chaves como realmente era ella. Una belleza. Una seductora. Una bomba sexual.
Mientras avanzaban por la alfombra roja hacia la centenaria mansión Harts, los paparazzi se volvieron locos, lanzando preguntas a diestro y siniestro.
–¿Dónde está Romina? ¿Ha habido una ruptura?
–¿Quién es ella?
–Sí. ¿Quién es esa morena tan sexy?
Pedro les dedicó una media sonrisa y saludó con un gesto brusco de la mano. Estaba acostumbrado a que le siguieran y le fotografiaran en todas partes… Pero, mientras conducía a Paula por la alfombra roja, se dio cuenta de que ella caminaba con reticencia. Bajó la vista hacia ella y notó que temblaba.
–¿Qué pasa? –le preguntó con un hilo de voz.
–Me están mirando –dijo ella en un tono bajo.
–Claro que te están mirando –Pedro se volvió hacia ella y le apartó el pelo de los ojos–. Y yo también.
–Solo ayúdame a salir de esta –susurró ella.
Sus hermosos ojos marrones parecían más grandes y asustados que nunca. Sujetándole el brazo con más fuerza, la guió a lo largo de la alfombra roja, protegiéndola con su propio cuerpo de los fotógrafos más agresivos que se inclinaban sobre ellos. Ignorando las preguntas y gruñidos de frustración de los reporteros, siguió adelante. La hizo subir los peldaños de la entrada y la condujo hacia las enormes columnas del pórtico. Una vez entraron en la mansión, tras pasar el puesto de seguridad y acceder al rutilante recibidor, Paula soltó el aliento. Sus luminosos ojos le miraron con gratitud.
–Gracias –le dijo, tragando con dificultad–. Eso no ha sido… divertido.
Cenicienta: Capítulo 8
«Me dijiste que viniste a San Francisco para poner un negocio de joyería y pasar tiempo conmigo. Sin embargo, desde que llegaste no has hecho ninguna de las dos cosas. O bien no me querías, ni a mí ni a tu negocio, o eres la persona más cobarde que he conocido».
Paula cerró los ojos. Esa mañana, estaba demasiado enfadada como para atender a razones. David y Nadia la habían traicionado. Las cosas eran así de sencillas. Ella no había hecho nada malo… Sin embargo, sentía unas ganas imperiosas de demostrarle a David que se equivocaba. Quería demostrarle que podía ser una de esas chicas glamorosas, liberales y valientes que llevaban vestidos llamativos, bailaban, se reían sin parar y bebían champán. Quería ser la princesa que iba del brazo de un caballero vestido con su reluciente armadura. Quería ser la chica que asistía a un baile acompañada de un príncipe. No era una cobarde. No lo era. Podía ser tan valiente y despiadada como cualquier otro. Podía observar al príncipe Pedro y aprender. Abrió los ojos.
–De acuerdo.
Él la miró.
–¿Lo entiendes, Paula? –le preguntó en un tono sosegado–. No es una auténtica cita. Mañana no habrá nada entre nosotros. Absolutamente nada.
–Sí. Lo entiendo –le dijo ella–. El lunes volveré al departamento de archivos. Usted volverá a Roma, junto a la señorita Bianchi, después de enseñarle la lección. Yo seguiré trabajando para usted y usted no volverá a molestarme. Perfecto.
Él se la quedó mirando y entonces soltó una carcajada, sacudiendo la cabeza.
–No dejas de sorprenderme, Paula –le dijo, agarrándola de la muñeca–. Vamos. No tenemos mucho tiempo.
La condujo fuera del despacho. Tratando de ignorar el violento temblor que le sacudía las rodillas, Paula miró hacia atrás, hacia el carrito de archivos.
–Pero si no he terminado.
–No importa.
–¡No tengo vestido!
Él esbozó una sonrisa.
–Pronto lo tendrás.
Ella levantó la vista hacia él, molesta.
–¿Pero quién soy? ¿Cenicienta? ¿Es que vas a ser mi hada madrina? ¡No me vas a comprar un vestido! –gritó, olvidando el tratamiento de respeto que le había dado hasta ese momento.
Ya en el pasillo, él apretó el botón del ascensor y entonces la agarró de la mano.
–Claro que sí –le dijo, apartándole unos mechones de pelo de la cara–. Haré lo que me venga en gana, y te haré pasar una velada espléndida. Un traje precioso, que será la envidia de tus compañeras y una dulce venganza contra los que te han hecho daño. Será una noche muy… interesante.
Paula respiró su aroma a sándalo; un aroma seductor, poderoso. Sintió la palma de su mano sobre la suya, dura, caliente… Se le aceleró el pulso, haciéndola estremecerse.
–Muy bien. De acuerdo.
Los ojos de Pedro resplandecieron en la penumbra del pasillo.
–¿Sí?
–Digo «Sí» al vestido –se lamió los labios y le dedicó una sonrisa temblorosa–. Sí a todo, Su Alteza.
–Llámame Pedro.
Se llevó su mano a los labios. Paula sintió la suave presión de su boca, el calor de su aliento sobre la piel. Contuvo la respiración. Una chispa de fuego corrió por su brazo y se propagó por todo su cuerpo, prendiéndole fuego por dentro al igual que una cerilla ardiente sobre un charco de gasolina.
–Las mujeres siempre lo hacen –apuntó finalmente.
Paula se lamió los labios.
–¿Qué?
Él se puso erguido. Sus ojos oscuros parecieron derretirse con una sonrisa.
–Decir que sí –susurró–. A todo.
Paula cerró los ojos. Esa mañana, estaba demasiado enfadada como para atender a razones. David y Nadia la habían traicionado. Las cosas eran así de sencillas. Ella no había hecho nada malo… Sin embargo, sentía unas ganas imperiosas de demostrarle a David que se equivocaba. Quería demostrarle que podía ser una de esas chicas glamorosas, liberales y valientes que llevaban vestidos llamativos, bailaban, se reían sin parar y bebían champán. Quería ser la princesa que iba del brazo de un caballero vestido con su reluciente armadura. Quería ser la chica que asistía a un baile acompañada de un príncipe. No era una cobarde. No lo era. Podía ser tan valiente y despiadada como cualquier otro. Podía observar al príncipe Pedro y aprender. Abrió los ojos.
–De acuerdo.
Él la miró.
–¿Lo entiendes, Paula? –le preguntó en un tono sosegado–. No es una auténtica cita. Mañana no habrá nada entre nosotros. Absolutamente nada.
–Sí. Lo entiendo –le dijo ella–. El lunes volveré al departamento de archivos. Usted volverá a Roma, junto a la señorita Bianchi, después de enseñarle la lección. Yo seguiré trabajando para usted y usted no volverá a molestarme. Perfecto.
Él se la quedó mirando y entonces soltó una carcajada, sacudiendo la cabeza.
–No dejas de sorprenderme, Paula –le dijo, agarrándola de la muñeca–. Vamos. No tenemos mucho tiempo.
La condujo fuera del despacho. Tratando de ignorar el violento temblor que le sacudía las rodillas, Paula miró hacia atrás, hacia el carrito de archivos.
–Pero si no he terminado.
–No importa.
–¡No tengo vestido!
Él esbozó una sonrisa.
–Pronto lo tendrás.
Ella levantó la vista hacia él, molesta.
–¿Pero quién soy? ¿Cenicienta? ¿Es que vas a ser mi hada madrina? ¡No me vas a comprar un vestido! –gritó, olvidando el tratamiento de respeto que le había dado hasta ese momento.
Ya en el pasillo, él apretó el botón del ascensor y entonces la agarró de la mano.
–Claro que sí –le dijo, apartándole unos mechones de pelo de la cara–. Haré lo que me venga en gana, y te haré pasar una velada espléndida. Un traje precioso, que será la envidia de tus compañeras y una dulce venganza contra los que te han hecho daño. Será una noche muy… interesante.
Paula respiró su aroma a sándalo; un aroma seductor, poderoso. Sintió la palma de su mano sobre la suya, dura, caliente… Se le aceleró el pulso, haciéndola estremecerse.
–Muy bien. De acuerdo.
Los ojos de Pedro resplandecieron en la penumbra del pasillo.
–¿Sí?
–Digo «Sí» al vestido –se lamió los labios y le dedicó una sonrisa temblorosa–. Sí a todo, Su Alteza.
–Llámame Pedro.
Se llevó su mano a los labios. Paula sintió la suave presión de su boca, el calor de su aliento sobre la piel. Contuvo la respiración. Una chispa de fuego corrió por su brazo y se propagó por todo su cuerpo, prendiéndole fuego por dentro al igual que una cerilla ardiente sobre un charco de gasolina.
–Las mujeres siempre lo hacen –apuntó finalmente.
Paula se lamió los labios.
–¿Qué?
Él se puso erguido. Sus ojos oscuros parecieron derretirse con una sonrisa.
–Decir que sí –susurró–. A todo.
Cenicienta: Capítulo 7
–Me interesas, Paula Chaves. Ni una mujer entre mil me hubiera preguntado por qué antes de decirme que sí.
–Supongo que soy un poco rara –le dijo ella, observándole mientras se ponía sus carísimos gemelos.
Sin poder evitarlo, se fijó en la fuerza de sus muñecas, en el movimiento sensual de sus manos… Él hizo una pausa.
–Me quedé sin acompañante para el baile hace diez minutos.
–¿La señorita Bianchi?
–Sí.
Paula había visto muchas fotos de la heredera de Milán, rubia, delgada, preciosa… Todo lo que ella no era. Bajó la vista.
–Yo no soy como ella.
–Y por eso eres perfecta –dijo él con contundencia–. Romina verá que no me gusta nada que me den un ultimátum. Necesito acompañante y acabo de encontrarte en mi despacho. Es el destino.
–El destino –susurró ella.
Él rodeó el escritorio. Su corpulento cuerpo arrojaba una sombra grande y oscura. La miró fijamente.
–Necesito acompañante. Tú necesitas vengarte. Ese David estará a tus pies antes de que termine la noche.
Paula sintió un escalofrío por la espalda. Por mucho daño que le hubieran hecho, sabía que la venganza estaba mal. Además, estar tan cerca de Pedro la asustaba. No se trataba solo de su trabajo. Él la hacía sentir tan… extraña.
–¿Por qué dudas tanto? –le preguntó él–. ¿Estás enamorada de él?
Ella sacudió la cabeza.
–Es que…
–¿Qué?
Tragando en seco, Paula se apartó.
–Nada.
–Te he observado durante semanas. Siempre me esquivas.
Ella abrió la boca, sorprendida.
–¿Me ha visto?
Él asintió con la cabeza.
–Siempre te escabulles por el lado contrario cuando te cruzas conmigo en los pasillos. Esa clase de comportamiento en una mujer… Es bastante singular. Me confundía mucho. Pero ahora lo entiendo.
–¿Ah, sí?
Él le tocó la mejilla y la obligó a mirarle a los ojos.
–La mayoría de las mujeres a las que conozco habrían dejado a sus amantes y novios en un abrir y cerrar de ojos para estar conmigo. La lealtad es una cualidad que escasea. Ese hombre que te traicionó es un loco.
No podía discutírselo. Levantó la vista hacia él, embelesada. Él bajó la mano.
–Pero no tienes nada que temer –le dijo sencillamente–. Nuestro romance solo será una ilusión. No te llamaré mañana. No te llamaré nunca. Después de esta noche, volverás a ser mi empleada, y yo seré tu jefe. Fingiré no haberte visto mientras tú te dedicas a esquivarme.
Paula tragó con dificultad. Todavía sentía el rastro del tacto de sus dedos en la mejilla.
–Quiere decir que si voy al baile con usted esta noche… – susurró–. ¿Me ignorará mañana? ¿Me ignorará para siempre?
–Sí.
Paula soltó el aliento. Tenía que hacerle olvidar su existencia. Era la única forma de asegurarse de que él no sintiera curiosidad de ahondar en las lagunas de su currículum vitae. Sin embargo, en lo más profundo de su corazón, sabía que esa no era la única razón. «Siempre estás huyendo, Paula». Las palabras de David retumbaban en sus oídos.
–Supongo que soy un poco rara –le dijo ella, observándole mientras se ponía sus carísimos gemelos.
Sin poder evitarlo, se fijó en la fuerza de sus muñecas, en el movimiento sensual de sus manos… Él hizo una pausa.
–Me quedé sin acompañante para el baile hace diez minutos.
–¿La señorita Bianchi?
–Sí.
Paula había visto muchas fotos de la heredera de Milán, rubia, delgada, preciosa… Todo lo que ella no era. Bajó la vista.
–Yo no soy como ella.
–Y por eso eres perfecta –dijo él con contundencia–. Romina verá que no me gusta nada que me den un ultimátum. Necesito acompañante y acabo de encontrarte en mi despacho. Es el destino.
–El destino –susurró ella.
Él rodeó el escritorio. Su corpulento cuerpo arrojaba una sombra grande y oscura. La miró fijamente.
–Necesito acompañante. Tú necesitas vengarte. Ese David estará a tus pies antes de que termine la noche.
Paula sintió un escalofrío por la espalda. Por mucho daño que le hubieran hecho, sabía que la venganza estaba mal. Además, estar tan cerca de Pedro la asustaba. No se trataba solo de su trabajo. Él la hacía sentir tan… extraña.
–¿Por qué dudas tanto? –le preguntó él–. ¿Estás enamorada de él?
Ella sacudió la cabeza.
–Es que…
–¿Qué?
Tragando en seco, Paula se apartó.
–Nada.
–Te he observado durante semanas. Siempre me esquivas.
Ella abrió la boca, sorprendida.
–¿Me ha visto?
Él asintió con la cabeza.
–Siempre te escabulles por el lado contrario cuando te cruzas conmigo en los pasillos. Esa clase de comportamiento en una mujer… Es bastante singular. Me confundía mucho. Pero ahora lo entiendo.
–¿Ah, sí?
Él le tocó la mejilla y la obligó a mirarle a los ojos.
–La mayoría de las mujeres a las que conozco habrían dejado a sus amantes y novios en un abrir y cerrar de ojos para estar conmigo. La lealtad es una cualidad que escasea. Ese hombre que te traicionó es un loco.
No podía discutírselo. Levantó la vista hacia él, embelesada. Él bajó la mano.
–Pero no tienes nada que temer –le dijo sencillamente–. Nuestro romance solo será una ilusión. No te llamaré mañana. No te llamaré nunca. Después de esta noche, volverás a ser mi empleada, y yo seré tu jefe. Fingiré no haberte visto mientras tú te dedicas a esquivarme.
Paula tragó con dificultad. Todavía sentía el rastro del tacto de sus dedos en la mejilla.
–Quiere decir que si voy al baile con usted esta noche… – susurró–. ¿Me ignorará mañana? ¿Me ignorará para siempre?
–Sí.
Paula soltó el aliento. Tenía que hacerle olvidar su existencia. Era la única forma de asegurarse de que él no sintiera curiosidad de ahondar en las lagunas de su currículum vitae. Sin embargo, en lo más profundo de su corazón, sabía que esa no era la única razón. «Siempre estás huyendo, Paula». Las palabras de David retumbaban en sus oídos.
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