Ella no quería ser una carga para él. Ni podía soportar que la viera solo como una obligación. Queriendo consolarlo, se puso de puntillas y le dió un beso en la mejilla. Pedro se quedó rígido ante el contacto de sus labios.
–¿Esperas que durmamos los dos en la misma cama? –preguntó él con ojos brillantes de deseo.
Ella le limpió una mancha de carmín de la mejilla.
–El colchón es muy grande. ¿Qué tiene de malo?
Fuera, resonaba el sonido de las olas y la risa de una mujer. El aire estaba impregnado de deliciosos aromas. Pedro tomó el rostro de ella entre las manos, bañándola con su cálido aliento.
–Soy un hombre, Paula. Lo que me pides es injusto, si no imposible –afirmó él sin rodeos–. Lo haré porque mido un metro noventa y no puedo aguantar varias noches durmiendo enroscado en un sofá. Pero tienes que prometerme algo.
–¿Qué?
–Tienes que comportarte. Nada de andar por ahí en salto de cama. Ni de coquetear. Nada de contacto físico, más allá del necesario para hacer que esta farsa sea creíble ante los demás.
Paula posó las manos sobre las de él.
–Eres tú quien me está tocando ahora –indicó ella, sin aliento, y se acercó un poco más. Entonces, reparó en lo largas que eran sus pestañas y en esos hermosos ojos, que a veces parecían verdes y, otras, grises como una tarde de lluvia.
–Para tí es algo natural, ¿Verdad? –la acusó él, apretando la mandíbula.
–Nadie te está apuntando con una pistola –se defendió ella, ansiando probar de nuevo sus besos–. Puedes soltarme cuando quieras –añadió. Provocarlo estaba empezando a convertirse en un hábito.
–Maldita seas –murmuró él.
Sus cuerpos se amoldaban el uno al otro a la perfección. Y Pedro la envolvió en un beso feroz, hambriento. ¿Quién iba a decir que el reservado Pedro Alfonso era capaz de unas demostraciones tan apasionadas? El tiempo dejó de existir. Él le tocó los pechos y ella gimió, deseando poder arrancarse el vestido para sentir su contacto piel con piel. La chispa prendió entre ellos, desatando un incendio imposible de extinguir. Sin embargo, Pedro fue capaz de echar el freno. Era un hombre con una fuerza de voluntad extraordinaria, pensó ella, mientras él separaba sus bocas con lentitud.
–No puedes echarme la culpa a mí de este beso –señaló ella, frustrada y embriagada al mismo tiempo.
–Ve a ponerte el maldito bañador –rugió él–. Tal vez el agua nos refresque un poco.
Paula se cambió en el dormitorio principal, mientras él lo hacía en la salita. Al mirarse al espejo, ella se avergonzó. Tenía los pechos hinchados y los pezones erectos por las caricias de él. Sin saber muy bien cómo, una poderosa atracción se había despertado entre ellos, se dijo. E iba a ser difícil de mantener a raya.
viernes, 21 de diciembre de 2018
Rendición: Capítulo 27
Las maletas llegaron en ese momento. Minutos después, Karen salió, seguida del sonriente mozo al que Paula acababa de darle un puñado de billetes de propina. La casita se quedó en silencio. Paula se quitó los zapatos, se soltó el pelo y se dejó caer sobre el colchón. Entonces, lo miró con gesto travieso.
–¿Qué lado de la cama prefieres?
Paula estaba muy nerviosa, aunque intentaba ocultarlo. La expresión de Pedro era indescifrable. ¿Estaría impresionado por el alojamiento? Tal vez pensaba que era una princesita malcriada.
–Dí algo –le urgió ella.
–No les dijiste que iba a venir, ¿Verdad? –preguntó él, cruzándose de brazos.
De pronto, ante su intensa mirada de desaprobación, a Paula le pareció que todo el oxígeno se esfumaba de la habitación.
–No tenía por qué –se defendió ella, tratando de no sentirse intimidada–. Puedo traer a quien quiera. Y da lo mismo, además. Todas las villas del complejo tienen camas de matrimonio y sitio de sobra. A mí no iban a alojarme en el hotel.
–¿Porque eres la estrella?
–Sí –repuso ella, encogiéndose de hombros.
Entonces, sonó el móvil de Paula. Ella se sentó y respondió al momento.
–Hola, mamá. Sí, estoy sana y salva. Sí, está conmigo. ¿Cómo te ha ido el día? ¿Funciona la nueva medicación?
Charló con su madre unos minutos más y, cuando colgó, se giró hacia Pedro, que seguía mirándola con intensidad.
–¿Cómo está?
–Bien, supongo. No quiere preocuparme, así que nunca se queja conmigo. Los médicos no nos han hecho ninguna promesa, sin embargo.
–Yo sé lo duro que es perder a alguien –afirmó él con una sombra en la mirada.
–¿Tu madre?
–Era muy pequeño cuando ella murió, apenas recuerdo nada. Pero…
–¿Pero qué? –preguntó ella, conmovida al darse cuenta de que Pedro se estaba ofreciendo a compartir con ella un pedazo de su intimidad.
–Una compañera de la carrera tenía cáncer. Ella era… – comenzó a decir él y se detuvo de golpe–. No importa. No debí sacar el tema. No tiene un final feliz.
Paula se levantó de la cama y se acercó a él.
–Lo siento, Pedro –lo consoló ella y le dió la mano.
–Ser médico puede ser tanto una bendición como una maldición –comentó él, apretándole la mano–. Al principio, crees que vas a poder salvar el mundo o, al menos, a las personas que te importan. Pero, según pasa el tiempo, te das cuenta de que todo tu conocimiento y experiencia no sirven para nada en ocasiones.
A ella se le encogió el corazón al percibir el hondo pesar que invadía a Pedro. Por otra parte, empezó a comprender por qué él había aceptado ayudarla. Lo más probable era que estuviera traumatizado por las pérdidas del pasado, por no haber podido hacer nada para ayudar a sus seres más queridos: su madre, su amigo y… ¿Su novia?
–¿Qué lado de la cama prefieres?
Paula estaba muy nerviosa, aunque intentaba ocultarlo. La expresión de Pedro era indescifrable. ¿Estaría impresionado por el alojamiento? Tal vez pensaba que era una princesita malcriada.
–Dí algo –le urgió ella.
–No les dijiste que iba a venir, ¿Verdad? –preguntó él, cruzándose de brazos.
De pronto, ante su intensa mirada de desaprobación, a Paula le pareció que todo el oxígeno se esfumaba de la habitación.
–No tenía por qué –se defendió ella, tratando de no sentirse intimidada–. Puedo traer a quien quiera. Y da lo mismo, además. Todas las villas del complejo tienen camas de matrimonio y sitio de sobra. A mí no iban a alojarme en el hotel.
–¿Porque eres la estrella?
–Sí –repuso ella, encogiéndose de hombros.
Entonces, sonó el móvil de Paula. Ella se sentó y respondió al momento.
–Hola, mamá. Sí, estoy sana y salva. Sí, está conmigo. ¿Cómo te ha ido el día? ¿Funciona la nueva medicación?
Charló con su madre unos minutos más y, cuando colgó, se giró hacia Pedro, que seguía mirándola con intensidad.
–¿Cómo está?
–Bien, supongo. No quiere preocuparme, así que nunca se queja conmigo. Los médicos no nos han hecho ninguna promesa, sin embargo.
–Yo sé lo duro que es perder a alguien –afirmó él con una sombra en la mirada.
–¿Tu madre?
–Era muy pequeño cuando ella murió, apenas recuerdo nada. Pero…
–¿Pero qué? –preguntó ella, conmovida al darse cuenta de que Pedro se estaba ofreciendo a compartir con ella un pedazo de su intimidad.
–Una compañera de la carrera tenía cáncer. Ella era… – comenzó a decir él y se detuvo de golpe–. No importa. No debí sacar el tema. No tiene un final feliz.
Paula se levantó de la cama y se acercó a él.
–Lo siento, Pedro –lo consoló ella y le dió la mano.
–Ser médico puede ser tanto una bendición como una maldición –comentó él, apretándole la mano–. Al principio, crees que vas a poder salvar el mundo o, al menos, a las personas que te importan. Pero, según pasa el tiempo, te das cuenta de que todo tu conocimiento y experiencia no sirven para nada en ocasiones.
A ella se le encogió el corazón al percibir el hondo pesar que invadía a Pedro. Por otra parte, empezó a comprender por qué él había aceptado ayudarla. Lo más probable era que estuviera traumatizado por las pérdidas del pasado, por no haber podido hacer nada para ayudar a sus seres más queridos: su madre, su amigo y… ¿Su novia?
Rendición: Capítulo 26
Cuando el coche entró en el aparcamiento de un centro turístico de lujo, Pedro miró a su alrededor con interés. El lugar tenía un cierto encanto decadente. Solo tenía dos pisos y rodeaba una piscina con forma de perla y frondosos jardines.
–No va a quedarse en el hotel principal, señorita Chaves –informó Karen, tras parar el motor–. El señor Brikman ha reservado una villa delante del mar para usted –señaló y se interrumpió, sonrojándose–. Y para usted también, por supuesto, señor Alfonso.
Paula rodeó a Pedro con sus brazos y le plantó un beso en la boca.
–Pedro y yo estamos impacientes por conocer esa villa, ¿Verdad, cariño?
Rígido por la sorpresa y por su creciente excitación, Pedro respiró hondo. Al instante, ella lo soltó para salir del coche y él se dió de bruces con la realidad. «Solo está actuando. Entérate», se dijo a sí mismo. Sintiéndose como un tonto, salió también. Fuera, le recibió el aroma a sol y a coco. Cuando iba a tomar las maletas, Karen le dió una suave palmadita en la mano.
–No, no, no. Déjelas. Haré que alguien les conduzca a su alojamiento y les lleven las maletas enseguida.
De camino a la villa, tres o cuatro empleados del hotel se acercaron a Paula, que los respondió con encanto y humor, firmando autógrafos y charlando con ellos. Pedro estaba cada vez más confundido. ¿Quién era la verdadera Paula Chaves? ¿Esa exótica criatura que se tomaba la adulación como lo más normal del mundo? ¿La mujer sexy y cercana que hacía que su cuerpo bullera de deseo? ¿O la pequeña perdida que había renunciado a su infancia para realizar su sueño? Karen los condujo a una casita decorada en tonos azul océano y blanco. Tenía una cama de matrimonio. Y, en frente, un enorme cuarto de baño con jacuzzi.
–Tienen una cocina equipada por aquí –indicó Karen–. Internet funciona bastante bien, si no llueve. Hay servicio de limpieza diario, por supuesto, pero si necesitan algo mientras, el jefe me ha pedido que les dé su tarjeta. Además, tiene su equipo personal de peluquería, maquillaje y vestuario –informó y levantó la vista de sus papeles–. ¿Me he olvidado algo?
Paula se quitó el sombrero y lo lanzó a una silla.
–Creo que está todo, Karen. Tómate tiempo libre y disfruta en la piscina. El señor Alfonso y yo vamos a… descansar.
Karen pareció escandalizada, aunque Pedro no supo adivinar si era por la primera parte de la frase de Paula o por la segunda.
–Oh, no, señorita. Tengo mucho que hacer. No les molestaré, pero llámenme si les hace falta algo.
–No va a quedarse en el hotel principal, señorita Chaves –informó Karen, tras parar el motor–. El señor Brikman ha reservado una villa delante del mar para usted –señaló y se interrumpió, sonrojándose–. Y para usted también, por supuesto, señor Alfonso.
Paula rodeó a Pedro con sus brazos y le plantó un beso en la boca.
–Pedro y yo estamos impacientes por conocer esa villa, ¿Verdad, cariño?
Rígido por la sorpresa y por su creciente excitación, Pedro respiró hondo. Al instante, ella lo soltó para salir del coche y él se dió de bruces con la realidad. «Solo está actuando. Entérate», se dijo a sí mismo. Sintiéndose como un tonto, salió también. Fuera, le recibió el aroma a sol y a coco. Cuando iba a tomar las maletas, Karen le dió una suave palmadita en la mano.
–No, no, no. Déjelas. Haré que alguien les conduzca a su alojamiento y les lleven las maletas enseguida.
De camino a la villa, tres o cuatro empleados del hotel se acercaron a Paula, que los respondió con encanto y humor, firmando autógrafos y charlando con ellos. Pedro estaba cada vez más confundido. ¿Quién era la verdadera Paula Chaves? ¿Esa exótica criatura que se tomaba la adulación como lo más normal del mundo? ¿La mujer sexy y cercana que hacía que su cuerpo bullera de deseo? ¿O la pequeña perdida que había renunciado a su infancia para realizar su sueño? Karen los condujo a una casita decorada en tonos azul océano y blanco. Tenía una cama de matrimonio. Y, en frente, un enorme cuarto de baño con jacuzzi.
–Tienen una cocina equipada por aquí –indicó Karen–. Internet funciona bastante bien, si no llueve. Hay servicio de limpieza diario, por supuesto, pero si necesitan algo mientras, el jefe me ha pedido que les dé su tarjeta. Además, tiene su equipo personal de peluquería, maquillaje y vestuario –informó y levantó la vista de sus papeles–. ¿Me he olvidado algo?
Paula se quitó el sombrero y lo lanzó a una silla.
–Creo que está todo, Karen. Tómate tiempo libre y disfruta en la piscina. El señor Alfonso y yo vamos a… descansar.
Karen pareció escandalizada, aunque Pedro no supo adivinar si era por la primera parte de la frase de Paula o por la segunda.
–Oh, no, señorita. Tengo mucho que hacer. No les molestaré, pero llámenme si les hace falta algo.
miércoles, 19 de diciembre de 2018
Rendición: Capítulo 25
–Bienvenida a Antigua –saludó la mujer, sin aliento–. Soy su asistente personal, Karen Logan. Iremos directos al hotel, si está lista.
Karen ignoró a Pedro por completo, centrándose de lleno en Paula. Era una mujer de unos treinta y pico años, con una larga trenza que le llegaba a la cintura y gruesas gafas de pasta. Paula le tendió la mano con una débil sonrisa.
–Hola, Karen. Me alegro mucho de conocerte.
Karen parpadeó, tal vez, sorprendida por lo afable que se mostraba la superestrella de la gran pantalla. Se quedó callada un momento, dudando cómo responder.
–He pagado a un mozo para que se ocupe de sus maletas. ¿Quiere algo de beber en el coche?
–¿A qué distancia está? –preguntó Paula, bostezó y se frotó los ojos como una niña somnolienta.
–A veintinueve minutos.
–¿Ni veintiocho ni treinta? –replicó Paula, sonriendo–. Debes de ser muy buena en tu trabajo –bromeó.
La asistente titubeó, insegura.
–¿Entonces quiere algo de beber?
–No, gracias. Tomaré algo en el hotel –respondió Paula, tomó de la mano a Pedr y lo atrajo a su lado–. Este es mi novio, Pedro.
–Lo siento mucho –se disculpó Karen, sonrojándose–. No me había dado cuenta de que viajaba acompañada. No lo tenía en mis notas –explicó, revisando nerviosa su plan del día–. Bienvenido, señor…
–Alfonso. Pedro Alfonso–se agachó para recoger del suelo un par de notas adhesivas que se le habían despegado del papel–. No te preocupes, Karen. Voy a ver si están todas nuestras maletas.
Mientras Paula se metía en el coche, dejando al descubierto una de sus largas piernas, Pedro echó un rápido vistazo al maletero y comprobó que estaba todo. Karen se sentó delante del volante, arrancó y salió con un acelerón que hizo que sus pasajeros se aplastaran contra el respaldo.
–Lo siento –dijo Karen–. Enseguida empezará a funcionar el aire acondicionado –indicó y condujo con gran concentración, aferrada con fuerza al volante.
Paula se limpió el sudor de la frente.
–No había paparazzi. Menos mal. Brad y Angelina deben de estar haciendo algo interesante esta semana. Recuérdame que les mandé una nota de agradecimiento –bromeó ella y se inclinó hacia delante, tocándole en el hombro a Karen–. ¿Qué plan tenemos para hoy?
–Conocer al equipo del rodaje y una fiesta en el comedor del hotel a las ocho –contestó Karen, sin pestañear–. Tiene que estar mañana lista a las cinco de mañana. Rafael le pondrá al corriente de cómo van a empezar.
Paula arrugó la nariz, pero no protestó. Pedro no se quedó tan tranquilo como ella. ¿A qué hora iba a tener que levantarse para estar preparada? Pero, al parecer, eran gajes del oficio.
–¿Rafael? –preguntó él.
–Rafael Brikman, el director –explicó ella–. Es una leyenda. Estoy muerta de miedo.
–¿Quién es el otro protagonista?
–Un chico del que no has oído hablar… Javier England. Es su primera gran película. Va a ser un desastre.
–¿Qué quieres decir?
–Solo ha hecho algunos anuncios y papeles cortos en teleseries. Hizo una prueba para la película y lo contrataron. Al parecer, era justo lo que el director buscaba. Además, le pagarán una basura, lo que les viene bien, pues mi sueldo les ha dejado sin presupuesto para más.
Pedro frunció el ceño, pensando que la Paula Chaves que tenía delante no tenía mucho que ver con la joven frágil y desvalida que había ido a verlo a la montaña Alfonso. Allí, en su ambiente, parecía una mujer llena seguridad y madurez.
Karen ignoró a Pedro por completo, centrándose de lleno en Paula. Era una mujer de unos treinta y pico años, con una larga trenza que le llegaba a la cintura y gruesas gafas de pasta. Paula le tendió la mano con una débil sonrisa.
–Hola, Karen. Me alegro mucho de conocerte.
Karen parpadeó, tal vez, sorprendida por lo afable que se mostraba la superestrella de la gran pantalla. Se quedó callada un momento, dudando cómo responder.
–He pagado a un mozo para que se ocupe de sus maletas. ¿Quiere algo de beber en el coche?
–¿A qué distancia está? –preguntó Paula, bostezó y se frotó los ojos como una niña somnolienta.
–A veintinueve minutos.
–¿Ni veintiocho ni treinta? –replicó Paula, sonriendo–. Debes de ser muy buena en tu trabajo –bromeó.
La asistente titubeó, insegura.
–¿Entonces quiere algo de beber?
–No, gracias. Tomaré algo en el hotel –respondió Paula, tomó de la mano a Pedr y lo atrajo a su lado–. Este es mi novio, Pedro.
–Lo siento mucho –se disculpó Karen, sonrojándose–. No me había dado cuenta de que viajaba acompañada. No lo tenía en mis notas –explicó, revisando nerviosa su plan del día–. Bienvenido, señor…
–Alfonso. Pedro Alfonso–se agachó para recoger del suelo un par de notas adhesivas que se le habían despegado del papel–. No te preocupes, Karen. Voy a ver si están todas nuestras maletas.
Mientras Paula se metía en el coche, dejando al descubierto una de sus largas piernas, Pedro echó un rápido vistazo al maletero y comprobó que estaba todo. Karen se sentó delante del volante, arrancó y salió con un acelerón que hizo que sus pasajeros se aplastaran contra el respaldo.
–Lo siento –dijo Karen–. Enseguida empezará a funcionar el aire acondicionado –indicó y condujo con gran concentración, aferrada con fuerza al volante.
Paula se limpió el sudor de la frente.
–No había paparazzi. Menos mal. Brad y Angelina deben de estar haciendo algo interesante esta semana. Recuérdame que les mandé una nota de agradecimiento –bromeó ella y se inclinó hacia delante, tocándole en el hombro a Karen–. ¿Qué plan tenemos para hoy?
–Conocer al equipo del rodaje y una fiesta en el comedor del hotel a las ocho –contestó Karen, sin pestañear–. Tiene que estar mañana lista a las cinco de mañana. Rafael le pondrá al corriente de cómo van a empezar.
Paula arrugó la nariz, pero no protestó. Pedro no se quedó tan tranquilo como ella. ¿A qué hora iba a tener que levantarse para estar preparada? Pero, al parecer, eran gajes del oficio.
–¿Rafael? –preguntó él.
–Rafael Brikman, el director –explicó ella–. Es una leyenda. Estoy muerta de miedo.
–¿Quién es el otro protagonista?
–Un chico del que no has oído hablar… Javier England. Es su primera gran película. Va a ser un desastre.
–¿Qué quieres decir?
–Solo ha hecho algunos anuncios y papeles cortos en teleseries. Hizo una prueba para la película y lo contrataron. Al parecer, era justo lo que el director buscaba. Además, le pagarán una basura, lo que les viene bien, pues mi sueldo les ha dejado sin presupuesto para más.
Pedro frunció el ceño, pensando que la Paula Chaves que tenía delante no tenía mucho que ver con la joven frágil y desvalida que había ido a verlo a la montaña Alfonso. Allí, en su ambiente, parecía una mujer llena seguridad y madurez.
Rendición: Capítulo 24
Pedro se encogió.
–Vaya. No tiene nada de comedia romántica.
–No. Pero las películas divertidas no suelen recibir muchos Oscar. Cuanto más triste, mejor. Y, si está basada en un hecho real, es más probable que tenga éxito.
–¿Y crees que tienes una oportunidad de ser nominada?
–Nunca se puede saber seguro, pero esta es mi mayor oportunidad para romper con el papel de rubia tonta que siempre represento.
–Nadie cree que seas tonta –repuso él, haciendo una mueca. Como ella no respondió, le tomó la mano–. Debería haberte llamado hace tiempo.
–¿Por qué? –preguntó ella con desconfianza.
–Para disculparme. Siento haber insinuado que te acuestas con cualquiera –afirmó él en voz baja–. Fue un recurso fácil.
Ella se removió en su asiento, inquieta, soltándose de su mano, como si no pudiera soportar que la tocara.
–No es la primera vez que me acusan de eso.
–De todas maneras, lo siento de corazón.
Paula lo miró de arriba abajo antes de posar los ojos en la ventana y sumirse en un silencio distante. Pedro sabía que se merecía que estuviera enfadada. Había sido una acusación sin fundamento. Pero aquella noche en el bosque, cuando Paula lo había abrazado con su irresistible sensualidad, él había tenido que luchar para recuperar la compostura. Había sido un milagro que no le hubiera hecho el amor allí mismo. Pero había estado cerca, muy cerca. Por eso, él había tenido que mantener las distancias. Ella parecía muy sola y vulnerable y quería ayudarla. Aunque le daba la sensación de estar pisando arenas movedizas.
Como Paula no quería hablar, Pedro decidió hacer algo de trabajo. Sacó el artículo que tenía que leer del maletín. La tarde había caído cuando iban a aterrizar en el pequeño aeropuerto a las afueras de San Juan, la capital de la ciudad. Pedro había visitado el Caribe en un par de ocasiones para dar conferencias sobre medicina, pero no había estado nunca en Antigua. Se acercó a la ventana para contemplar la isla, pintada de exuberante vegetación y arena blanca en medio del océano azul.
–Parece una postal –comentó él, percatándose del modo en que Paula se hundía en su asiento. La había tocado sin querer cuando se había inclinado hacia la ventana.
–Deja de acaparar las vistas –protestó ella, apartándose.
Con una sonrisa, Pedro se recostó en su butaca. Ella pegó la nariz a la ventana. Parecía emocionada.
–Mira la costa. Está desierta –comentó ella, señalando una prístina bahía. Dicen que la isla tiene una playa para cada día del año.
–Quizá podamos explorar en el tiempo libre.
–¿Tiempo libre? –replicó ella, mirándolo con cara de pena–. Tienes mucho que aprender.
Desembarcaron y pasaron la aduana en menos de una hora. Fuera del modesto edificio de la terminal, les estaba esperando una ranchera blanca. Una mujer esbelta y de piel clara les hizo señas con ansiedad y comenzó a acercarse hacia Paula.
–Vaya. No tiene nada de comedia romántica.
–No. Pero las películas divertidas no suelen recibir muchos Oscar. Cuanto más triste, mejor. Y, si está basada en un hecho real, es más probable que tenga éxito.
–¿Y crees que tienes una oportunidad de ser nominada?
–Nunca se puede saber seguro, pero esta es mi mayor oportunidad para romper con el papel de rubia tonta que siempre represento.
–Nadie cree que seas tonta –repuso él, haciendo una mueca. Como ella no respondió, le tomó la mano–. Debería haberte llamado hace tiempo.
–¿Por qué? –preguntó ella con desconfianza.
–Para disculparme. Siento haber insinuado que te acuestas con cualquiera –afirmó él en voz baja–. Fue un recurso fácil.
Ella se removió en su asiento, inquieta, soltándose de su mano, como si no pudiera soportar que la tocara.
–No es la primera vez que me acusan de eso.
–De todas maneras, lo siento de corazón.
Paula lo miró de arriba abajo antes de posar los ojos en la ventana y sumirse en un silencio distante. Pedro sabía que se merecía que estuviera enfadada. Había sido una acusación sin fundamento. Pero aquella noche en el bosque, cuando Paula lo había abrazado con su irresistible sensualidad, él había tenido que luchar para recuperar la compostura. Había sido un milagro que no le hubiera hecho el amor allí mismo. Pero había estado cerca, muy cerca. Por eso, él había tenido que mantener las distancias. Ella parecía muy sola y vulnerable y quería ayudarla. Aunque le daba la sensación de estar pisando arenas movedizas.
Como Paula no quería hablar, Pedro decidió hacer algo de trabajo. Sacó el artículo que tenía que leer del maletín. La tarde había caído cuando iban a aterrizar en el pequeño aeropuerto a las afueras de San Juan, la capital de la ciudad. Pedro había visitado el Caribe en un par de ocasiones para dar conferencias sobre medicina, pero no había estado nunca en Antigua. Se acercó a la ventana para contemplar la isla, pintada de exuberante vegetación y arena blanca en medio del océano azul.
–Parece una postal –comentó él, percatándose del modo en que Paula se hundía en su asiento. La había tocado sin querer cuando se había inclinado hacia la ventana.
–Deja de acaparar las vistas –protestó ella, apartándose.
Con una sonrisa, Pedro se recostó en su butaca. Ella pegó la nariz a la ventana. Parecía emocionada.
–Mira la costa. Está desierta –comentó ella, señalando una prístina bahía. Dicen que la isla tiene una playa para cada día del año.
–Quizá podamos explorar en el tiempo libre.
–¿Tiempo libre? –replicó ella, mirándolo con cara de pena–. Tienes mucho que aprender.
Desembarcaron y pasaron la aduana en menos de una hora. Fuera del modesto edificio de la terminal, les estaba esperando una ranchera blanca. Una mujer esbelta y de piel clara les hizo señas con ansiedad y comenzó a acercarse hacia Paula.
Rendición: Capítulo 23
Diez días después, Pedro estaba en la pista, observando como un mozo cargaba el equipaje de Paula en el jet privado de los Alfonso. Ella había tenido la idea de que viajaran juntos y por separado del resto del equipo. En realidad, era más fácil para ella y mejor para su salud, porque así podía evitar a las legiones de fans que solían perseguirla y porque el jet privado de su familia era mucho más cómodo que cualquier línea comercial, aun volando en primera clase. Paula se había puesto tacones altos de color rojo, un vestido ajustado de color negro, gafas de sol de diseño y un sombrero de paja con plumas de avestruz. Pedro no recordaba cuándo había sido la última vez que había visto a una mujer llevar sombrero. A ella le quedaba de maravilla. Una vez acomodados en la cabina, ella lo ignoró, centrando la atención en su iPhone. Se había quitado el sombrero y lo había dejado en el asiento a su lado. Pedro apartó el complemento y se sentó a su lado. La mayoría de la gente se quedaba impresionada cuando veía por primera vez el interior del lujoso jet de los Alfonso. Paula apenas había posado los ojos en los enormes asientos ni en el carrito con deliciosas viandas que les había acercado el azafato.
–Me alegro de verte, Paula –dijo él, tirándole del brazo para llamar su atención–. ¿Cómo te encuentras?
–Muy bien, gracias –repuso ella, levantando la vista un momento de su iPhone.
Su frialdad hubiera bastado para congelar a cualquiera, pensó Pedro.
–Si quieres que crean que somos novios, es mejor que moderes tu hostilidad.
–Podría ser una pelea de novios. Es normal.
–Habla conmigo –pidió él, acariciándole la muñeca–. Háblame de la película. ¿Cómo se titula?
Al fin, Paula dejó el teléfono. Se soltó de la mano de él.
–Marea creciente –contestó ella–. Está basada en una historia real que ocurrió durante la presencia británica en Antigua en el siglo dieciocho. Mi personaje, Violeta, es la madama de un burdel de lujo que ofrece sus servicios a los oficiales y a los ricos propietarios de plantaciones. Fue educada en Inglaterra pero, cuando murió su esposo, los hijos de él la echaron. Ella robó algo dinero, se ocultó en un barco y terminó en el Caribe.
–¿Y cómo sigue?
–Violeta reúna a una docena de nativas jóvenes, las toma bajo su tutela y las convierte en prostitutas de élite. Sin embargo, ella nunca vende su propio cuerpo. Uno de los oficiales de alto rango de la armada desea poseerla y la amenaza con cerrar el negocio si no consiente ser su amante. Al final, se enamoran, pero ninguno de los dos quiere admitirlo, pues lo consideran una debilidad. Son amantes y, al mismo tiempo, adversarios.
–¿Qué pasa al final?
–Violeta se queda embarazada, pero el oficial ha sido destinado a Inglaterra, donde va a recibir un ascenso. Él le ruega que lo acompañe, sin embargo, ella no quiere enfrentarse a la puritana sociedad británica, sabiendo que siempre le perseguiría la sombra de sus actividades ilícitas en Antigua. En la víspera de la salida del barco del oficial, Violeta se pone de parto, pierde al bebé y muere en sus brazos.
–Me alegro de verte, Paula –dijo él, tirándole del brazo para llamar su atención–. ¿Cómo te encuentras?
–Muy bien, gracias –repuso ella, levantando la vista un momento de su iPhone.
Su frialdad hubiera bastado para congelar a cualquiera, pensó Pedro.
–Si quieres que crean que somos novios, es mejor que moderes tu hostilidad.
–Podría ser una pelea de novios. Es normal.
–Habla conmigo –pidió él, acariciándole la muñeca–. Háblame de la película. ¿Cómo se titula?
Al fin, Paula dejó el teléfono. Se soltó de la mano de él.
–Marea creciente –contestó ella–. Está basada en una historia real que ocurrió durante la presencia británica en Antigua en el siglo dieciocho. Mi personaje, Violeta, es la madama de un burdel de lujo que ofrece sus servicios a los oficiales y a los ricos propietarios de plantaciones. Fue educada en Inglaterra pero, cuando murió su esposo, los hijos de él la echaron. Ella robó algo dinero, se ocultó en un barco y terminó en el Caribe.
–¿Y cómo sigue?
–Violeta reúna a una docena de nativas jóvenes, las toma bajo su tutela y las convierte en prostitutas de élite. Sin embargo, ella nunca vende su propio cuerpo. Uno de los oficiales de alto rango de la armada desea poseerla y la amenaza con cerrar el negocio si no consiente ser su amante. Al final, se enamoran, pero ninguno de los dos quiere admitirlo, pues lo consideran una debilidad. Son amantes y, al mismo tiempo, adversarios.
–¿Qué pasa al final?
–Violeta se queda embarazada, pero el oficial ha sido destinado a Inglaterra, donde va a recibir un ascenso. Él le ruega que lo acompañe, sin embargo, ella no quiere enfrentarse a la puritana sociedad británica, sabiendo que siempre le perseguiría la sombra de sus actividades ilícitas en Antigua. En la víspera de la salida del barco del oficial, Violeta se pone de parto, pierde al bebé y muere en sus brazos.
Rendición: Capítulo 22
–Ya lo veo –refunfuñó él.
Ella lo rodeó con sus brazos, presa del remordimiento.
–Lo siento. Prometí seguir las indicaciones del médico. Y lo haré, lo juro –aseguró ella y, como él no respondía, se puso de puntillas y lo besó.
Los labios de Pedro no se inmutaron.
–¿Me perdonas? –repitió ella, nerviosa por su silencio–. Dí algo –gritó.
–¿Alguien es capaz de negarte algo? –preguntó él, la tomó entre sus brazos y la besó–. Un día –murmuró contra su boca–. Solo ha pasado un día y ya me tienes loco –añadió y deslizó la lengua entre los labios de ella–. Ábrete para mí, Paula.
Ella obedeció al instante y gimió cuando él le mordisqueó el labio. Su cuerpo se derritió y le temblaron las rodillas.
Pedro Alfonso podía parecer un hombre de ciencia, un académico excepcional. Pero, detrás de esa fachada, era un hombre rebosante de virilidad. Estaba excitado y hambriento, dispuesto a darle una lección. El beso no terminaba nunca y Paula estaba cada vez más caliente.
–Pedro –jadeó ella–. Oh, Pedro.
Ignorando su plegaria, él le agarró del trasero, apretándola contra su cuerpo. Ella sintió su dura erección, mientras sus lenguas se entrelazaban con frenesí. Estaban alcanzando el punto de no retorno. Paula, envuelta en los vapores del deseo, se dió cuenta de que debía ser ella quien echara el freno. Por eso, aunque le hubiera gustado dejarse llevar, pensó que era mejor defender su compostura y su decencia.
–No quieres esto –dijo ella, posando la mano en su pecho para apartarlo–. Para. Ahora.
–Claro que no –repuso él, sin soltarla.
Paula supo que convertirse en amante de aquel hombre sería, sin duda, una experiencia inolvidable. Pero él era un hombre íntegro. Y ella lo necesitaba para que la cuidara.
–Déjame, Pedro –pidió ella, tocándole la mejilla con suavidad–. Suéltame.
Él se estremeció y la soltó.
–No sé qué pensar de tí Paula Chaves–señaló él en voz baja y confusa–. ¿Eres una princesita malcriada o una niña ingenua?
Ella tomó aliento y, perpleja, reconoció para sus adentros que ese hombre podía llegarle al corazón. Y hacerle daño.
–¿Y si no soy ninguna de las dos cosas? Las cosas no son blancas o negras. Existe una amplia gama de grises –replicó ella con un nudo en la garganta–. Quizá podemos empezar de cero.
–Hemos llegado demasiado lejos para eso. Pero te he hecho una promesa y pienso cumplirla.
–¿Aunque sea una promiscua caprichosa?
–¿Es lo que eres?
–Parece que eso crees tú. No seré yo quien te saque de tu engaño –se defendió ella y se cruzó de brazos, tiritando–. Es tarde. Voy a volver a la casa. Por favor, no te sientas obligado a verme por la mañana. Creo que es mejor que mantengamos las distancias.
–¿Es eso lo que quieres?
–No siempre podemos tener lo que queremos –respondió ella–. Buenas noches, doctor.
Ella lo rodeó con sus brazos, presa del remordimiento.
–Lo siento. Prometí seguir las indicaciones del médico. Y lo haré, lo juro –aseguró ella y, como él no respondía, se puso de puntillas y lo besó.
Los labios de Pedro no se inmutaron.
–¿Me perdonas? –repitió ella, nerviosa por su silencio–. Dí algo –gritó.
–¿Alguien es capaz de negarte algo? –preguntó él, la tomó entre sus brazos y la besó–. Un día –murmuró contra su boca–. Solo ha pasado un día y ya me tienes loco –añadió y deslizó la lengua entre los labios de ella–. Ábrete para mí, Paula.
Ella obedeció al instante y gimió cuando él le mordisqueó el labio. Su cuerpo se derritió y le temblaron las rodillas.
Pedro Alfonso podía parecer un hombre de ciencia, un académico excepcional. Pero, detrás de esa fachada, era un hombre rebosante de virilidad. Estaba excitado y hambriento, dispuesto a darle una lección. El beso no terminaba nunca y Paula estaba cada vez más caliente.
–Pedro –jadeó ella–. Oh, Pedro.
Ignorando su plegaria, él le agarró del trasero, apretándola contra su cuerpo. Ella sintió su dura erección, mientras sus lenguas se entrelazaban con frenesí. Estaban alcanzando el punto de no retorno. Paula, envuelta en los vapores del deseo, se dió cuenta de que debía ser ella quien echara el freno. Por eso, aunque le hubiera gustado dejarse llevar, pensó que era mejor defender su compostura y su decencia.
–No quieres esto –dijo ella, posando la mano en su pecho para apartarlo–. Para. Ahora.
–Claro que no –repuso él, sin soltarla.
Paula supo que convertirse en amante de aquel hombre sería, sin duda, una experiencia inolvidable. Pero él era un hombre íntegro. Y ella lo necesitaba para que la cuidara.
–Déjame, Pedro –pidió ella, tocándole la mejilla con suavidad–. Suéltame.
Él se estremeció y la soltó.
–No sé qué pensar de tí Paula Chaves–señaló él en voz baja y confusa–. ¿Eres una princesita malcriada o una niña ingenua?
Ella tomó aliento y, perpleja, reconoció para sus adentros que ese hombre podía llegarle al corazón. Y hacerle daño.
–¿Y si no soy ninguna de las dos cosas? Las cosas no son blancas o negras. Existe una amplia gama de grises –replicó ella con un nudo en la garganta–. Quizá podemos empezar de cero.
–Hemos llegado demasiado lejos para eso. Pero te he hecho una promesa y pienso cumplirla.
–¿Aunque sea una promiscua caprichosa?
–¿Es lo que eres?
–Parece que eso crees tú. No seré yo quien te saque de tu engaño –se defendió ella y se cruzó de brazos, tiritando–. Es tarde. Voy a volver a la casa. Por favor, no te sientas obligado a verme por la mañana. Creo que es mejor que mantengamos las distancias.
–¿Es eso lo que quieres?
–No siempre podemos tener lo que queremos –respondió ella–. Buenas noches, doctor.
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