Mientras ponderaba sus opciones, una voz masculina detrás de ella rompió su calma.
–¿Estás loca? –la reprendió Pedro, jadeante, irradiando calidez y seguridad de su fuerte cuerpo.
–No pretendía despertarte. No podía dormir.
–¿Querías tirarte por el precipicio?
–Tengo mucho cuidado –se defendió ella.
–Paula, estás a un metro de una caída de doscientos metros de altura.
Vaya, pensó ella.
–Estoy bien. No te preocupes tanto.
Paula notó cómo él se controlaba para no estallar. La agarró, separándola del árbol.
–Pisa con cuidado. Date la vuelta.
–Me gusta estar aquí. No quiero irme –repuso ella, aferrándose de nuevo al tronco.
–Soy tu médico. Estás helada y tiemblas. Ven aquí.
–¿O qué?
–O no hay trato.
–Eso es chantaje.
–Lo tomas o lo dejas.
Paula estaba cansada y helada, pero iba contra sus principios dejarse mandar de esa manera.
–Quizá, lo del trato haya sido una estupidez.
–¿Por qué? –preguntó él, malhumorado.
–Porque no debería sacarte de tu montaña. Es parte de tí.
–Deja que yo me ocupe de mi vida. Tienes tus propios problemas –replicó él y le frotó los brazos para calentárselos–. Dame la mano.
Sin pensar, ella le dió la mano y se dejó llevar. Cuando estuvieron a salvo del precipicio, Pedro se dirigió a la casa, casi arrastrándola con él.
–¿Por qué tanta prisa? –protestó ella, deteniéndose–. Me gusta estar aquí fuera… contigo.
Pedro se detuvo con tanta brusquedad que Paula se chocó con él. De forma instintiva, la rodeó de la cintura. Ella se sumergió en su calor. Hacía un frío terrible en la montaña.
–No juegues conmigo –le advirtió él, poniéndose tenso–. No soy uno de tus amiguitos de Hollywood.
–¿Qué quieres decir?
–Puedes que estés acostumbrada a acostarte con todos los tipos que conoces, pero ese no es mi estilo.
Paula se apartó con un respingo.
–Eres un cerdo. ¿Qué te hace pensar que quiero acostarme contigo?
–Hay algo entre nosotros. No son imaginaciones mías –afirmó él en voz baja–. Eres sexy y me estás lanzando una invitación que casi ningún hombre podría rechazar. Pero voy a ayudarte, pues no quiero complicaciones, Paula. No necesitas que todos los hombres del universo se rindan a tus pies.
–Lo que dices es horrible –le espetó ella y lo empujó, haciéndole dar un traspié. Avergonzada y furiosa, se quedó callada. Sin embargo, de pronto, le aterrorizó pensar que él hubiera cambiado de idea–. Lo siento –gritó–. Sacas lo peor de mí. Por favor, no te enfades. Tengo muy mal humor.
miércoles, 19 de diciembre de 2018
lunes, 17 de diciembre de 2018
Rendición: Capítulo 20
A ella no le gustaba que le mandaran, eso estaba claro. Sin embargo, tal vez, se estaba quedando sin fuerzas, porque obedeció.
–Gracias por tu hospitalidad –dijo ella, tensa–. ¿Estarás aquí cuando me vaya por la mañana?
–Sí –afirmó él, pensando que para conseguirlo iba a tener que cancelar una reunión en la Universidad de Charlottesville–. ¿A qué hora sale tu avión?
–A mediodía.
Pedro la acompañó a la puerta del dormitorio que la había asignado.
–¿Necesitas algo?
–No –negó ella con aspecto de estar agotada–. Buenas noches, doctor –se despidió con una débil sonrisa.
–Buenas noches, Paula –repuso Pedro y tuvo que hacer un gran esfuerzo para irse y cerrar la puerta tras él.
Paula no tenía sueño. En su ciudad de origen era solo media tarde. Pedro Alfonso había querido deshacerse de ella. Se lavó los dientes y se puso un camisón de seda antes de meterse en la cama. En la televisión por satélite estaban poniendo dos películas suyas. Cambió de canal con rapidez, haciendo una mueca. Le resultaba una tortura verse en la gran pantalla. A pesar de que había muchos canales, ninguno consiguió llamar su atención. Se había leído el guion de la nueva película una docena de veces y todavía tenía una semana entera más para preparárselo. Después de una larga llamada a su madre, seguía todavía muy despierta. Buscó en su maleta unas zapatillas de correr y calcetines. Se quitó el camisón y se puso, de nuevo, los vaqueros.
Su dormitorio tenía un balcón que daba a un patio. No iba a molestar a Pedro. Sin duda, él estaría dormido ya, pensó y salió al exterior. Tenía un buen sentido de la orientación. Por eso, se atrevería a explorar un poco. No iría hacia el castillo, pues podía ser descubierta. Prefirió dirigirse a la izquierda, subiendo y subiendo entre los árboles, hasta que se detuvo de golpe, asustada. Ante sí, tenía una peligrosa pendiente, apenas visible en la oscuridad de la noche. La tierra cedía bajo sus pies. Jadeante, se agarró a un árbol para no caerse. Miró a su alrededor. El espectáculo era magnífico. Los sonidos del bosque la envolvían. No tenía miedo. También ella era un animal salvaje, pensó. Allí, el tiempo perdía todo significado. Inhaló el aroma de los pinos, llenándose los pulmones de aire puro. Apoyó la mejilla en el tronco del árbol al que se había agarrado, sintiendo el duro contacto de su corteza. Aquello sí que era una experiencia espiritual, se dijo. Real. Su existencia estaba llena de actuaciones, de ilusión. Pero, a veces, era agradable recordar que el mundo era más grande que lo que Hollywood tenía que ofrecer. Deseaba saber lo que tenía delante, pero la negrura de la noche se lo impedía. Pensó en quedarse allí, abrazada al árbol, hasta que amaneciera y, así, poder desvelar el misterio que tenía ante sí.
–Gracias por tu hospitalidad –dijo ella, tensa–. ¿Estarás aquí cuando me vaya por la mañana?
–Sí –afirmó él, pensando que para conseguirlo iba a tener que cancelar una reunión en la Universidad de Charlottesville–. ¿A qué hora sale tu avión?
–A mediodía.
Pedro la acompañó a la puerta del dormitorio que la había asignado.
–¿Necesitas algo?
–No –negó ella con aspecto de estar agotada–. Buenas noches, doctor –se despidió con una débil sonrisa.
–Buenas noches, Paula –repuso Pedro y tuvo que hacer un gran esfuerzo para irse y cerrar la puerta tras él.
Paula no tenía sueño. En su ciudad de origen era solo media tarde. Pedro Alfonso había querido deshacerse de ella. Se lavó los dientes y se puso un camisón de seda antes de meterse en la cama. En la televisión por satélite estaban poniendo dos películas suyas. Cambió de canal con rapidez, haciendo una mueca. Le resultaba una tortura verse en la gran pantalla. A pesar de que había muchos canales, ninguno consiguió llamar su atención. Se había leído el guion de la nueva película una docena de veces y todavía tenía una semana entera más para preparárselo. Después de una larga llamada a su madre, seguía todavía muy despierta. Buscó en su maleta unas zapatillas de correr y calcetines. Se quitó el camisón y se puso, de nuevo, los vaqueros.
Su dormitorio tenía un balcón que daba a un patio. No iba a molestar a Pedro. Sin duda, él estaría dormido ya, pensó y salió al exterior. Tenía un buen sentido de la orientación. Por eso, se atrevería a explorar un poco. No iría hacia el castillo, pues podía ser descubierta. Prefirió dirigirse a la izquierda, subiendo y subiendo entre los árboles, hasta que se detuvo de golpe, asustada. Ante sí, tenía una peligrosa pendiente, apenas visible en la oscuridad de la noche. La tierra cedía bajo sus pies. Jadeante, se agarró a un árbol para no caerse. Miró a su alrededor. El espectáculo era magnífico. Los sonidos del bosque la envolvían. No tenía miedo. También ella era un animal salvaje, pensó. Allí, el tiempo perdía todo significado. Inhaló el aroma de los pinos, llenándose los pulmones de aire puro. Apoyó la mejilla en el tronco del árbol al que se había agarrado, sintiendo el duro contacto de su corteza. Aquello sí que era una experiencia espiritual, se dijo. Real. Su existencia estaba llena de actuaciones, de ilusión. Pero, a veces, era agradable recordar que el mundo era más grande que lo que Hollywood tenía que ofrecer. Deseaba saber lo que tenía delante, pero la negrura de la noche se lo impedía. Pensó en quedarse allí, abrazada al árbol, hasta que amaneciera y, así, poder desvelar el misterio que tenía ante sí.
Rendición: Capítulo 19
–¿Y qué? Tranquilo, doctor. ¿Cómo te gusta el beicon?
–Muy tostado –respondió él y lanzó un suspiro de resignación.
Charlaron mientras Paula preparaba la comida. Aunque parecía una conversación superficial, algo en la voz ronca de ella hacía que hasta el comentario más banal sonara como una invitación a la cama.
–¿Tienes relaciones con casi todos tus compañeros de reparto? –preguntó él con brusquedad.
Ella se quedó paralizada con la espumadera a medio camino de la sartén.
–¿Cuál es tu definición de relación?
–Ya sabes a lo que me refiero.
Paula sacó la segunda tortita, la puso en un plato y le lanzó una mirada heladora.
–¿Es que vamos a hablar de nuestras vidas sexuales? He oído que los médicos tienen mucho éxito con las mujeres. Debes de tener muchas aventuras a tus espaldas –comentó ella–. ¿Zumo de naranja?
La yuxtaposición de su pregunta prosaica con el delicado tema de conversación dejó a Pedro en silencio. La siguió a la mesa. Se dió cuenta de que Paula no pensaba responderle y, aunque debería avergonzarse de haberle hecho una pregunta tan entrometida, quería conocer la respuesta. Se dijo a sí mismo que esa información podía ser importante para su informe médico, pero lo cierto era que estaba muy celoso. Y furioso, para ser honestos. Paula había saltado en numerosas ocasiones a la primera página de las revistas de cotilleos por sus excesos e imprudencias. Ella le había dicho que no bebía y Pedro no había encontrado evidencias de uso de drogas. Pero había estado con muchos hombres. Uno de ellos, incluso, había sido lo bastante mayor como para ser su padre. ¿Acaso su madre no había podido protegerla de todos lo predadores que, sin duda, la rodeaban? De acuerdo, predador era una palabra un poco exagerada. Sin embargo, a Pedro le dolía el estómago solo de pensar en todos los modos en que podían haberse aprovechado de ella. Pero lo peor de todo era que él mismo ansiaba tenerla en la misma posición. Lo único que podía salvarle era resistirse a la tentación y centrarse en cuidarla. La observó mientras comía. Paula Chaves era una verdadera obra maestra de belleza. Sus ojos hubieran bastado para convertirla en una de las mujeres más hermosas. Pero también estaba su luminosa piel, su perfecta estructura ósea y cuerpo esbelto… era un compendio de belleza y elegancia femenina.
–Deja de mirarme así.
–Difícil. Eres una mujer impresionante. Estaba muy rico –la felicitó él, tras terminarse su plato–. Gracias, Paula.
–El mérito es de mi madre –repuso ella, radiante–. Me enseñó a cocinar cuando tenía diez años.
Paula se levantó para recoger la mesa. Pedro la contempló con empatía. Suspirando, la siguió al fregadero.
–Déjalo –dijo él con firmeza mientras ella empezaba a lavar los platos.
–Me han enseñado a limpiar lo que mancho.
–No insistas, Paula –ordenó él y le quitó la bayeta de la mano–. Otra persona lo hará. Tienes cara de cansada. Ponte el pijama. Lee un libro. Llama a tu madre. Hoy ya no tienes que hacer nada más.
–Muy tostado –respondió él y lanzó un suspiro de resignación.
Charlaron mientras Paula preparaba la comida. Aunque parecía una conversación superficial, algo en la voz ronca de ella hacía que hasta el comentario más banal sonara como una invitación a la cama.
–¿Tienes relaciones con casi todos tus compañeros de reparto? –preguntó él con brusquedad.
Ella se quedó paralizada con la espumadera a medio camino de la sartén.
–¿Cuál es tu definición de relación?
–Ya sabes a lo que me refiero.
Paula sacó la segunda tortita, la puso en un plato y le lanzó una mirada heladora.
–¿Es que vamos a hablar de nuestras vidas sexuales? He oído que los médicos tienen mucho éxito con las mujeres. Debes de tener muchas aventuras a tus espaldas –comentó ella–. ¿Zumo de naranja?
La yuxtaposición de su pregunta prosaica con el delicado tema de conversación dejó a Pedro en silencio. La siguió a la mesa. Se dió cuenta de que Paula no pensaba responderle y, aunque debería avergonzarse de haberle hecho una pregunta tan entrometida, quería conocer la respuesta. Se dijo a sí mismo que esa información podía ser importante para su informe médico, pero lo cierto era que estaba muy celoso. Y furioso, para ser honestos. Paula había saltado en numerosas ocasiones a la primera página de las revistas de cotilleos por sus excesos e imprudencias. Ella le había dicho que no bebía y Pedro no había encontrado evidencias de uso de drogas. Pero había estado con muchos hombres. Uno de ellos, incluso, había sido lo bastante mayor como para ser su padre. ¿Acaso su madre no había podido protegerla de todos lo predadores que, sin duda, la rodeaban? De acuerdo, predador era una palabra un poco exagerada. Sin embargo, a Pedro le dolía el estómago solo de pensar en todos los modos en que podían haberse aprovechado de ella. Pero lo peor de todo era que él mismo ansiaba tenerla en la misma posición. Lo único que podía salvarle era resistirse a la tentación y centrarse en cuidarla. La observó mientras comía. Paula Chaves era una verdadera obra maestra de belleza. Sus ojos hubieran bastado para convertirla en una de las mujeres más hermosas. Pero también estaba su luminosa piel, su perfecta estructura ósea y cuerpo esbelto… era un compendio de belleza y elegancia femenina.
–Deja de mirarme así.
–Difícil. Eres una mujer impresionante. Estaba muy rico –la felicitó él, tras terminarse su plato–. Gracias, Paula.
–El mérito es de mi madre –repuso ella, radiante–. Me enseñó a cocinar cuando tenía diez años.
Paula se levantó para recoger la mesa. Pedro la contempló con empatía. Suspirando, la siguió al fregadero.
–Déjalo –dijo él con firmeza mientras ella empezaba a lavar los platos.
–Me han enseñado a limpiar lo que mancho.
–No insistas, Paula –ordenó él y le quitó la bayeta de la mano–. Otra persona lo hará. Tienes cara de cansada. Ponte el pijama. Lee un libro. Llama a tu madre. Hoy ya no tienes que hacer nada más.
Rendición: Capítulo 18
–No lo sé. Estoy cansada. Además, me gusta tu casa. Es muy tranquila. ¿Tienes despensa?
Una vez más, ella se salía por la tangente, observó él para sus adentros.
–Sí, pero no estoy seguro de si está muy llena –contestó Pedro.
–Vamos a ver. Será divertido.
Pedro se levantó y la llevó a la cocina. Su prima Mariana había contribuido a su diseño. Los electrodomésticos eran de última generación y los mostradores de granito negro y gris. Él casi nunca pasaba tiempo allí. Era más fácil subir a la casa principal cada vez que tenía hambre.
Paula se detuvo, en jarras, mirando a su alrededor.
–Es bonita. Unos cuantos paños de cocina podrían darle color. ¿Por qué tienes una cocina tan completa si todos comen juntos en el castillo?
–No siempre comemos allí. Mis dos hermanos se han casado y suelen pasar más tiempo en sus casas. Y mis primos y yo nos presentamos allí según nos parece. Lucas y Federico suelen ir con sus novias de vez en cuando. Mi tío y mi padre siguen una política de puertas abiertas.
–Pobre chef. Planear las comidas debe de ser una pesadilla.
Pedro nunca había pensando en eso.
–Los cocineros reciben un buen sueldo –comentó él a la defensiva.
De nuevo, Paula lo había puesto en evidencia. Al parecer, ella estaba más al tanto del punto de vista de los demás que del suyo propio.
–Al menos, aquí hay un poco de color –observó ella, señalando los cacharros de cobre colgados de la pared.
–Podría buscar una bandeja azul en el cajón, si eso te hace sentir mejor.
Ella lo ignoró y abrió las puertas de la despensa.
–Prepárate, doctor –advirtió ella y le lanzó un paquete de harina.
Pedro lo agarró al vuelo y, por suerte, estuvo mejor preparado cuando le tocó el turno a las latas de melocotón y moras. El lanzamiento de comida continuó hasta que se vio obligado a hacer malabarismos con unas cuantas hortalizas. Lo colocó todo sobre la encimera.
Al fin, Paula quedó satisfecha. Entonces, empezó a agacharse para buscar en los armarios. Habría sido mejor que Pedro no la hubiera observado hacerlo. Su trasero en forma de corazón se delineaba a la perfección contra el tejido de algodón de los vaqueros y él tuvo que hacer un esfuerzo supremo para no ponerle las manos encima.
–¿Puedo preguntarte qué tienes en mente? –quiso saber él, cruzándose de brazos.
–Tortitas de frutas. Son mi especialidad. Y beicon, si tienes.
A Pedro se le hizo la boca agua y, por un instante, su estómago le ganó la partida a sus instintos sexuales.
–No tienes que cocinar para mí. Tenemos treinta o cuarenta empleados para hacerlo.
Paula puso una sartén sobre el fuego y sacó mantequilla y beicon de la nevera.
–Me gusta que me sirvan como a cualquiera –admitió ella–. Pero es agradable estar solos, ¿No te parece? –añadió–. Siéntate y habla conmigo.
–Esta es mi casa –protestó él, tras digerir su orden.
Una vez más, ella se salía por la tangente, observó él para sus adentros.
–Sí, pero no estoy seguro de si está muy llena –contestó Pedro.
–Vamos a ver. Será divertido.
Pedro se levantó y la llevó a la cocina. Su prima Mariana había contribuido a su diseño. Los electrodomésticos eran de última generación y los mostradores de granito negro y gris. Él casi nunca pasaba tiempo allí. Era más fácil subir a la casa principal cada vez que tenía hambre.
Paula se detuvo, en jarras, mirando a su alrededor.
–Es bonita. Unos cuantos paños de cocina podrían darle color. ¿Por qué tienes una cocina tan completa si todos comen juntos en el castillo?
–No siempre comemos allí. Mis dos hermanos se han casado y suelen pasar más tiempo en sus casas. Y mis primos y yo nos presentamos allí según nos parece. Lucas y Federico suelen ir con sus novias de vez en cuando. Mi tío y mi padre siguen una política de puertas abiertas.
–Pobre chef. Planear las comidas debe de ser una pesadilla.
Pedro nunca había pensando en eso.
–Los cocineros reciben un buen sueldo –comentó él a la defensiva.
De nuevo, Paula lo había puesto en evidencia. Al parecer, ella estaba más al tanto del punto de vista de los demás que del suyo propio.
–Al menos, aquí hay un poco de color –observó ella, señalando los cacharros de cobre colgados de la pared.
–Podría buscar una bandeja azul en el cajón, si eso te hace sentir mejor.
Ella lo ignoró y abrió las puertas de la despensa.
–Prepárate, doctor –advirtió ella y le lanzó un paquete de harina.
Pedro lo agarró al vuelo y, por suerte, estuvo mejor preparado cuando le tocó el turno a las latas de melocotón y moras. El lanzamiento de comida continuó hasta que se vio obligado a hacer malabarismos con unas cuantas hortalizas. Lo colocó todo sobre la encimera.
Al fin, Paula quedó satisfecha. Entonces, empezó a agacharse para buscar en los armarios. Habría sido mejor que Pedro no la hubiera observado hacerlo. Su trasero en forma de corazón se delineaba a la perfección contra el tejido de algodón de los vaqueros y él tuvo que hacer un esfuerzo supremo para no ponerle las manos encima.
–¿Puedo preguntarte qué tienes en mente? –quiso saber él, cruzándose de brazos.
–Tortitas de frutas. Son mi especialidad. Y beicon, si tienes.
A Pedro se le hizo la boca agua y, por un instante, su estómago le ganó la partida a sus instintos sexuales.
–No tienes que cocinar para mí. Tenemos treinta o cuarenta empleados para hacerlo.
Paula puso una sartén sobre el fuego y sacó mantequilla y beicon de la nevera.
–Me gusta que me sirvan como a cualquiera –admitió ella–. Pero es agradable estar solos, ¿No te parece? –añadió–. Siéntate y habla conmigo.
–Esta es mi casa –protestó él, tras digerir su orden.
Rendición: Capítulo 17
Pedro quería poder confiar en ella, pero sabía muy bien que aquella chica estaba jugando con él. Estaba tan acostumbrada a conseguir lo que quería que su petición sonó con una mezcla de inocencia y de inquebrantable autoconfianza. Besarla había sido una prueba para él. Había querido saber a qué se enfrentaba antes de aceptar. Teniendo en cuenta la forma en que su cuerpo había reaccionado a ella, su respuesta debería haber sido un no rotundo. Pero, sabiendo el peligro en que Paula se encontraba, no podía darle la espalda. Trató de poner en orden sus pensamientos. Era obvio que ella se había percatado de que lo atraía. Su erección lo había delatado durante el beso. Lo más probable era que se estuviera riendo de él, pensó. No debía de ser el primer hombre que se rendía a los encantos de Paula Chaves. Ni sería el último.
–Claro –afirmó él con concisión–. Tengo sitio de sobra. Pero te irás mañana, ¿Verdad?
Ella asintió.
–Tengo que hacer muchas cosas en casa y prepararme para el viaje. Supongo que tú, también.
–Así es. Para empezar, tengo que pensar cómo voy a explicar a mi familia mi repentino viaje al Caribe.
–¿Por qué? ¿No puedes decir que son vacaciones sin más?
–Yo no me voy de vacaciones nunca.
–Ya se te ocurrirá algo, entonces –apuntó ella y miró nerviosa a su alrededor. Una muñeca Barbie tirada detrás de una silla llamó su atención. La recogió–. ¿Esto lo usas en tus investigaciones?
–Tengo una sobrina pequeña –explicó él–. Sofía debió dejársela aquí la última vez que estuvo en mi casa.
–¿Cuántos años tiene?
–Cinco. Acaba de empezar la escuela infantil. Estamos locos con ella –señaló él y se fijó en la expresión de nostalgia de Paula–. ¿Tú quieres tener hijos algún día?
–Es duro criar hijos en Hollywood –comentó ella, dejando la muñeca sobre la mesa.
–Alguna gente lo hace.
–No creo que yo pudiera. Tengo demasiados malos hábitos, demasiados defectos. ¿Qué clase de ejemplo sería yo?
Pedro la observó con atención, tratando de leer entre líneas.
–La idea de la madre perfecta es un mito.
–Eso lo dices porque no conoces a mi madre.
–Quizá, algún día.
–Lo dudo –repuso ella y volvió a meterse en su papel de estrella de cine–. Tengo hambre. ¿Sabes cocinar?
–Solo un poco. Podemos ir a la casa principal y cenar con mi familia. Puedo inventarme alguna excusa que explique tu presencia aquí.
–Mejor, no –señaló ella, sin ocultar su incomodidad–. Seguro que son encantadores, pero me harán preguntas sobre el cine y estoy…
–¿Estás…?
–Claro –afirmó él con concisión–. Tengo sitio de sobra. Pero te irás mañana, ¿Verdad?
Ella asintió.
–Tengo que hacer muchas cosas en casa y prepararme para el viaje. Supongo que tú, también.
–Así es. Para empezar, tengo que pensar cómo voy a explicar a mi familia mi repentino viaje al Caribe.
–¿Por qué? ¿No puedes decir que son vacaciones sin más?
–Yo no me voy de vacaciones nunca.
–Ya se te ocurrirá algo, entonces –apuntó ella y miró nerviosa a su alrededor. Una muñeca Barbie tirada detrás de una silla llamó su atención. La recogió–. ¿Esto lo usas en tus investigaciones?
–Tengo una sobrina pequeña –explicó él–. Sofía debió dejársela aquí la última vez que estuvo en mi casa.
–¿Cuántos años tiene?
–Cinco. Acaba de empezar la escuela infantil. Estamos locos con ella –señaló él y se fijó en la expresión de nostalgia de Paula–. ¿Tú quieres tener hijos algún día?
–Es duro criar hijos en Hollywood –comentó ella, dejando la muñeca sobre la mesa.
–Alguna gente lo hace.
–No creo que yo pudiera. Tengo demasiados malos hábitos, demasiados defectos. ¿Qué clase de ejemplo sería yo?
Pedro la observó con atención, tratando de leer entre líneas.
–La idea de la madre perfecta es un mito.
–Eso lo dices porque no conoces a mi madre.
–Quizá, algún día.
–Lo dudo –repuso ella y volvió a meterse en su papel de estrella de cine–. Tengo hambre. ¿Sabes cocinar?
–Solo un poco. Podemos ir a la casa principal y cenar con mi familia. Puedo inventarme alguna excusa que explique tu presencia aquí.
–Mejor, no –señaló ella, sin ocultar su incomodidad–. Seguro que son encantadores, pero me harán preguntas sobre el cine y estoy…
–¿Estás…?
Rendición: Capítulo 16
Separaron sus bocas al unísono. Paula dió un traspiés hacia atrás y se sentó. Se aclaró la garganta.
–Para ser una primera toma, no ha estado mal, doctor.
Él se cruzó de brazos, en silencio.
–¿Qué te está pasando por la mente?
–Lo haré –afirmó él.
–¿Por el beso?
–No. Porque, aunque no me guste admitirlo, me tienes pillado. No puedo dejarte ir sabiendo que, en cualquier momento, puedes caer enferma.
–No pareces muy contento. ¿Tan horrible ha sido besarme?
–Aclaremos una cosa. Te besaré cuando la ocasión lo requiera. Y lo disfrutaré, muy a mi pesar. Pero no iremos más lejos. Eres mi paciente.
–¿Quién ha dicho que yo quiera ir más lejos? –protestó ella–. ¿Es que te crees irresistible?
–Soy un hombre… y tú eres una mujer muy hermosa. Esas cosas pasan.
–¿Qué clase de cosas? –preguntó ella, divirtiéndose con la conversación.
–Eres mala –le reprendió él con desesperación y, al mismo tiempo, con una sonrisa de medio lado.
–Puedes seguir pensando que solo soy una niña, pero no es verdad. Hace mucho que no lo soy. He visto cómo mis sueños morían aplastados. No soy ninguna ingenua. Y llevo las riendas de mi vida. Una cosa es que te esté agradecida por ayudarme y otra bien distinta es que vaya a dejarme que me mandes.
–Cuando se trate de salud, yo tendré la última palabra. O no hay trato.
–No entiendo.
–Si te digo que duermas la siesta, dormirás la siesta. Si quiero que comas sano, eso harás. Me estás contratando paraser tu médico y tendrás que obedecerme.
A Paula le dió un brinco el corazón. Sus modales dictatoriales, unidos a los vapores de aquel beso, la hicieron derretirse por dentro.
–Entonces, ¿Trato hecho? –quiso saber ella.
–Puede que me haya vuelto loco, pero sí, trato hecho –respondió él.
Paula quiso lanzarse a sus brazos y besarlo de nuevo. Pero se contuvo. Si a Pedro le gustaba el decoro y el sentido común, ella podía complacerlo.
–Gracias, doctor –dijo ella en voz baja–. Y, ya que estamos, déjame que te pregunte otra vez si puedo quedarme a pasar la noche.
–Para ser una primera toma, no ha estado mal, doctor.
Él se cruzó de brazos, en silencio.
–¿Qué te está pasando por la mente?
–Lo haré –afirmó él.
–¿Por el beso?
–No. Porque, aunque no me guste admitirlo, me tienes pillado. No puedo dejarte ir sabiendo que, en cualquier momento, puedes caer enferma.
–No pareces muy contento. ¿Tan horrible ha sido besarme?
–Aclaremos una cosa. Te besaré cuando la ocasión lo requiera. Y lo disfrutaré, muy a mi pesar. Pero no iremos más lejos. Eres mi paciente.
–¿Quién ha dicho que yo quiera ir más lejos? –protestó ella–. ¿Es que te crees irresistible?
–Soy un hombre… y tú eres una mujer muy hermosa. Esas cosas pasan.
–¿Qué clase de cosas? –preguntó ella, divirtiéndose con la conversación.
–Eres mala –le reprendió él con desesperación y, al mismo tiempo, con una sonrisa de medio lado.
–Puedes seguir pensando que solo soy una niña, pero no es verdad. Hace mucho que no lo soy. He visto cómo mis sueños morían aplastados. No soy ninguna ingenua. Y llevo las riendas de mi vida. Una cosa es que te esté agradecida por ayudarme y otra bien distinta es que vaya a dejarme que me mandes.
–Cuando se trate de salud, yo tendré la última palabra. O no hay trato.
–No entiendo.
–Si te digo que duermas la siesta, dormirás la siesta. Si quiero que comas sano, eso harás. Me estás contratando paraser tu médico y tendrás que obedecerme.
A Paula le dió un brinco el corazón. Sus modales dictatoriales, unidos a los vapores de aquel beso, la hicieron derretirse por dentro.
–Entonces, ¿Trato hecho? –quiso saber ella.
–Puede que me haya vuelto loco, pero sí, trato hecho –respondió él.
Paula quiso lanzarse a sus brazos y besarlo de nuevo. Pero se contuvo. Si a Pedro le gustaba el decoro y el sentido común, ella podía complacerlo.
–Gracias, doctor –dijo ella en voz baja–. Y, ya que estamos, déjame que te pregunte otra vez si puedo quedarme a pasar la noche.
viernes, 14 de diciembre de 2018
Rendición: Capítulo 15
–¿Te molesta?
–Bueno, no me gusta pensar que estoy robándote tu tiempo cuando podrías estar salvando vidas.
–Estamos hablando de una investigación que puede llevar meses, tal vez, años, Paula. Volviendo a tu preocupación inicial, no tienes que preocuparte por mí. Soy un hombre adulto. Tomo mis propias decisiones. Y sé cómo entretenerme.
–¿Haces ejercicio?
–Seguir el hilo de la conversación contigo es como intentar perseguir a un conejo en el bosque.
–Lo siento. Mi mente siempre salta de un tema a otro. ¿Me contestas?
–Nado en la piscina de Lucas –informó él, mirándola con desconfianza–. Camino por la montaña cuando estoy de humor. Corto leña para el invierno. ¿He aprobado?
–¿Aprobar?
–El examen. Me da la impresión de que me estás sometiendo a una especie de test.
–No seas ridículo –se defendió ella–. Solo pretendo decidir qué clase de hombre eres.
–¿Hay distintas clases?
–Claro que sí. Te he etiquetado del tipo generoso, tenaz y salvador del mundo.
Él se puso en pie. Era muy alto.
–Ven aquí, Paula.
Paula obedeció, llevada por la curiosidad. Cuando estaban frente a frente, Pedro le colocó el pelo detrás de las orejas. Estremeciéndose, ella levantó la barbilla y lo miró a los ojos.
–¿Qué quieres?
–Me pregunto lo buena actriz que eres. Si quieres que la gente crea que tú y yo somos pareja, tendremos que besarnos, al menos, un par de veces, ¿No?
–¿Quieres decir que estás considerando mi propuesta? – preguntó ella con la boca seca.
–Respóndeme, primero. ¿Tendríamos que besarnos alguna vez?
Paula asintió despacio, sintiéndose fuera de juego.
–Sí –musitó ella–. Sería necesario y apropiado.
–Bueno, pues hagamos una prueba –sugirió él con una sonrisa.
Antes de que Paula pudiera negarse o aceptar, Pedro la cubrió con sus labios. Ella había besado a muchos hombres. Algunos sabían a salami o a tabaco. Otros eran agradables, pero sin nada de especial. Los que tenían algo que probar, solían inclinar el cuello hacia atrás, levantando la barbilla. Y, de cuando en cuando, había alguno que otro que sabía besar de verdad. Sin embargo, el beso de Pedro escapaba a cualquier descripción posible. Sobre todo, porque ella tenía las neuronas a punto de explotar, le temblaban las rodillas y la cabeza le daba vueltas. Él la rodeó con sus brazos, atrayéndola contra su pecho con un movimiento decidido y posesivo, pero sin forzarla. La caricia de sus labios era sensual hasta la médula, aunque apenas la rozó con la lengua. Para ser un primer beso, era perfecto, pensó ella.
–Bueno, no me gusta pensar que estoy robándote tu tiempo cuando podrías estar salvando vidas.
–Estamos hablando de una investigación que puede llevar meses, tal vez, años, Paula. Volviendo a tu preocupación inicial, no tienes que preocuparte por mí. Soy un hombre adulto. Tomo mis propias decisiones. Y sé cómo entretenerme.
–¿Haces ejercicio?
–Seguir el hilo de la conversación contigo es como intentar perseguir a un conejo en el bosque.
–Lo siento. Mi mente siempre salta de un tema a otro. ¿Me contestas?
–Nado en la piscina de Lucas –informó él, mirándola con desconfianza–. Camino por la montaña cuando estoy de humor. Corto leña para el invierno. ¿He aprobado?
–¿Aprobar?
–El examen. Me da la impresión de que me estás sometiendo a una especie de test.
–No seas ridículo –se defendió ella–. Solo pretendo decidir qué clase de hombre eres.
–¿Hay distintas clases?
–Claro que sí. Te he etiquetado del tipo generoso, tenaz y salvador del mundo.
Él se puso en pie. Era muy alto.
–Ven aquí, Paula.
Paula obedeció, llevada por la curiosidad. Cuando estaban frente a frente, Pedro le colocó el pelo detrás de las orejas. Estremeciéndose, ella levantó la barbilla y lo miró a los ojos.
–¿Qué quieres?
–Me pregunto lo buena actriz que eres. Si quieres que la gente crea que tú y yo somos pareja, tendremos que besarnos, al menos, un par de veces, ¿No?
–¿Quieres decir que estás considerando mi propuesta? – preguntó ella con la boca seca.
–Respóndeme, primero. ¿Tendríamos que besarnos alguna vez?
Paula asintió despacio, sintiéndose fuera de juego.
–Sí –musitó ella–. Sería necesario y apropiado.
–Bueno, pues hagamos una prueba –sugirió él con una sonrisa.
Antes de que Paula pudiera negarse o aceptar, Pedro la cubrió con sus labios. Ella había besado a muchos hombres. Algunos sabían a salami o a tabaco. Otros eran agradables, pero sin nada de especial. Los que tenían algo que probar, solían inclinar el cuello hacia atrás, levantando la barbilla. Y, de cuando en cuando, había alguno que otro que sabía besar de verdad. Sin embargo, el beso de Pedro escapaba a cualquier descripción posible. Sobre todo, porque ella tenía las neuronas a punto de explotar, le temblaban las rodillas y la cabeza le daba vueltas. Él la rodeó con sus brazos, atrayéndola contra su pecho con un movimiento decidido y posesivo, pero sin forzarla. La caricia de sus labios era sensual hasta la médula, aunque apenas la rozó con la lengua. Para ser un primer beso, era perfecto, pensó ella.
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