Por fin era el viernes de una larga semana que, para Pedro, podría figurar entre las cinco semanas más largas de la historia. La verdad era que solo habían pasado un par de días desde que Paula le rechazara. «Alguien ha leído demasiados cuentos de hadas». Deseaba con todas sus fuerzas poder borrar esas palabras. Sin duda había envejecido años enteros desde aquella noche, lo cual podría actuar en su favor, si ella volvía a dirigirle la palabra, pensó. Pero, sobre todo, no quería que hablar con ella otra vez le resultase tan importante. Gonzalo Chaves había pedido hablar con él antes de comer y estaba en su despacho esperando a que su jefe estuviese libre. Le resultaba difícil concentrarse en el trabajo, así que simplemente miraba por la ventana.
La sede central de la Traub Oil de Montana se encontraba en un edificio de ladrillo de tres plantas situado en la calle State, en la parte vieja del pueblo, a una manzana de la plaza. Pedro trabajaba en Investigación y Desarrollo y tenía su propio despacho con una mesa, un ordenador y dos sillas. Hacía solo unos meses que la compañía tenía su centro de operaciones en Thunder Canyon, así que el mobiliario era escaso, pero él trabajaba en el tercer piso y las vistas eran preciosas. Sobre todo para un tipo que, según alguna gente del pueblo, no llegaría a nada. Resultaba satisfactorio demostrar que se equivocaban, y se mostraría engreído al respecto en cuanto lograse ver con perspectiva el problema de Paula. «En la calle se comenta que tú tienes tantas citas como yo». Esas palabras no paraban de repetirse en su cabeza. ¿En la calle? ¿Con quién había estado hablando? ¿Y qué le habrían dicho exactamente sobre él? No debía de ser nada bueno, porque obviamente a Paula le molestaba. Su comportamiento era completamente opuesto a la noche anterior, cuando le había hecho reír y la había besado. Ella le había devuelto el beso y ninguno de los dos había pensado en otras personas con las que hubieran salido. En ese momento sonó su interfono y pulsó el botón.
—¿Sí?
—Pedro—era la secretaria de Gonzalo—. Gonzalo ya puede recibirte.
—Gracias, Carla—entonces se le ocurrió una idea—. ¿Quiere ver algunos de mis datos de investigación?
—No ha dicho nada, así que supongo que no —respondió ella.
—Está bien. Enseguida voy.
De camino al despacho de Gonzalo, al otro lado del pasillo, Pedro se preguntó si aquella reunión inesperada tendría algo que ver con Paula. ¿Le habría contado algo a su hermano sobre el beso? Probablemente no, teniendo en cuenta la apuesta. Pero la desventaja de desear a la hermana de su jefe era que no podía saber si la reunión se debía a algún asunto profesional o personal. Abrió la puerta y entró en la antesala. Carla Baush, una secretaria experimentada que había llegado de la filial de la Traub oíl de Midland, Texas, levantó la mirada y sonrió. Era una rubia de cincuenta y pico años, muy atractiva. Era viuda, y se le ocurrió que debía conocer a Bruno Walters. ¿Qué era? ¿Cupido? Él ni siquiera podía controlar su vida amorosa. Se detuvo frente al escritorio.
—¿Qué tal, Carla?
—Bien. ¿Y tú?
—También bien —mintió—. ¿Tienes planes para este fin de semana?
—Así es, si para tí los planes son quedarse en casa con un buen libro. ¿Y tú?
—Mis planes incluyen revisar datos para incluirlos en mi tesis.
—Eso es impresionante. Cuando hayas terminado, ¿Tendré que llamarte doctor Alfonso?
—No, si quieres que responda.
El teléfono interrumpió las carcajadas de Kay. Antes de contestar, dijo:
—Adelante. Te está esperando.
Pedro llamó a la puerta y después la abrió. El hombre al mando de la compañía estaba sentado tras su escritorio.
—Hola.
—Pedro—dijo Gonzalo cerrando el portátil—. Siéntate.
Al ver que su jefe no parecía particularmente disgustado, Pedro respiró tranquilo y ocupó una de las sillas al otro lado de la mesa.
—¿Qué pasa?
—Ayer tuve una reunión con los contables y han incrementado el presupuesto en I+D.
—Vaya. ¿De verdad?
—Gracias en parte a tí, aquella reunión en octubre sirvió para apaciguar las dudas de los lugareños sobre extraer petróleo del esquisto bituminoso.
—¿Yo? ¿Cómo? Simplemente respondí a las preguntas de la gente con toda la sinceridad posible.
—Por el momento eso es suficiente. Hemos alquilado terrenos y derechos de extracción, pero todos estaban preocupados por el impacto medioambiental del proyecto alrededor de Thunder Canyon.
—Yo también.
lunes, 8 de octubre de 2018
Polos Opuestos: Capítulo 23
—Eso he oído.
Pedro se quedó mirando la pila de regalos envueltos.
—Parece que ya has terminado aquí. Me vendría bien algo de ayuda para sellar las cajas de envío.
—No sé. Puede que tengamos más… —Paula miró a Bruno en busca de ayuda, pero no la encontró.
—Ve con Pedro, Paul. DJ tiene comida preparada para los voluntarios en la cocina. Voy a ir a por algo antes de que se acabe. Ustedes, los jóvenes, Vayan a echar una mano.
Antes de que Paula pudiera decir nada, Pedro la agarró del brazo y la condujo hacia una mesa donde se encontraba todo metido en cajas. Había una cinta más ancha para cerrar las cajas de cartón. Ella sujetaba las solapas mientras él las cerraba y apilaba las cajas en un rincón. Trabajaron en silencio porque ella no quería hablar.
—Estás muy callada —dijo él finalmente.
—No tengo nada que decir.
—¿Desde cuándo?
Arrodillada, Paula levantó la cabeza y lo miró. Pedro estaba inclinado hacia delante y aquella postura hacía que su cara estuviese demasiado cerca. Ella no entendía por qué, sabiendo lo que sabía de él, su corazón seguía acelerándose. Era muy molesto.
—¿Así qué piensas que hablo demasiado?
—No quería decir eso.
—Pero estaba implícito.
—No —Pedro se puso en cuclillas y apoyó un antebrazo en su muslo, una postura descaradamente masculina—. Lo que quería decir es que hay algo que te molesta.
—Te equivocas —Paula apartó una caja sellada y acercó la siguiente.
—Es por el beso de anoche, ¿Verdad?
Ella levantó la mirada, sorprendida por lo certero que había sido. Pero era más que eso. Aquel flirteo tenía más problemas que un bote de remos con agujeros. Contestar a su pregunta llevaría a una conversación que sería una pérdida de tiempo.
—Eso no es cierto.
—Entonces dime en qué estás pensando —insistió él.
—No hay nada que contar.
—Sé que te gustan los retos. Te reto a negar que disfrutaste besándome tanto como yo disfruté besándote a tí.
¿Retar? ¿En serio? ¿Por qué diablos había tenido que confesarle que era competitiva con sus hermanos?
—No puedo negarlo —dijo finalmente.
—Eso me parecía —contestó él con expresión satisfecha—. ¿Entonces cuál es el problema?
—¿Por qué quieres estar conmigo?
—Porque me gustas.
—¿Pero por qué? ¿Es por diversión? ¿Fanfarronear con la campeona de citas del pueblo? ¿Darle el sello de aprobación de Pedro Alfonso?
—Eso no es lo que estoy haciendo.
—¿No? Porque en la calle se comenta que tú tienes tantas citas como yo. La diferencia entre nosotros es que tú no buscas nada serio.
—¿Y qué tiene eso de malo?
—Nada —admitió Paula—. Eres joven y tienes mucho tiempo para sentar la cabeza. Pero por eso es un problema que me beses. Eso lleva al contacto íntimo. En mi opinión, el sexo ha de significar algo más que pasar un buen rato. A no ser que un hombre y una mujer estén emocionalmente comprometidos, un encuentro entre las sábanas no debería tener lugar.
—Alguien ha leído demasiados cuentos de hadas.
Había cierta tensión en su voz, algo que insinuaba cosas dolorosas. Ella no tenía los detalles, lo cual no debería importarle. Algo o alguien había hecho pedazos su vida amorosa, pero Paula no podía permitir que eso le afectara.
—Obviamente piensas que el romance es una tontería. Es bueno saberlo —se puso en pie—. Creo que necesito un descanso.
Antes de que él pudiera detenerla, se dió la vuelta y se marchó. Era bueno saber que Pedro prefería la cantidad a la calidad. Pero aquello tuvo el efecto de una bola de nieve deslizándose por su espalda. Sus ganas de verlo murieron allí mismo. Su ideal romántico era el que era. Ella deseaba lo que deseaba. Un príncipe que la amase por siempre, que se casase con ella y con el que formar una familia. No era negociable, así que no tenía sentido perder el tiempo con un hombre que no encajaba en su ideal. Aunque sus besos le hicieran desear tener un encuentro entre las sábanas con él.
Pedro se quedó mirando la pila de regalos envueltos.
—Parece que ya has terminado aquí. Me vendría bien algo de ayuda para sellar las cajas de envío.
—No sé. Puede que tengamos más… —Paula miró a Bruno en busca de ayuda, pero no la encontró.
—Ve con Pedro, Paul. DJ tiene comida preparada para los voluntarios en la cocina. Voy a ir a por algo antes de que se acabe. Ustedes, los jóvenes, Vayan a echar una mano.
Antes de que Paula pudiera decir nada, Pedro la agarró del brazo y la condujo hacia una mesa donde se encontraba todo metido en cajas. Había una cinta más ancha para cerrar las cajas de cartón. Ella sujetaba las solapas mientras él las cerraba y apilaba las cajas en un rincón. Trabajaron en silencio porque ella no quería hablar.
—Estás muy callada —dijo él finalmente.
—No tengo nada que decir.
—¿Desde cuándo?
Arrodillada, Paula levantó la cabeza y lo miró. Pedro estaba inclinado hacia delante y aquella postura hacía que su cara estuviese demasiado cerca. Ella no entendía por qué, sabiendo lo que sabía de él, su corazón seguía acelerándose. Era muy molesto.
—¿Así qué piensas que hablo demasiado?
—No quería decir eso.
—Pero estaba implícito.
—No —Pedro se puso en cuclillas y apoyó un antebrazo en su muslo, una postura descaradamente masculina—. Lo que quería decir es que hay algo que te molesta.
—Te equivocas —Paula apartó una caja sellada y acercó la siguiente.
—Es por el beso de anoche, ¿Verdad?
Ella levantó la mirada, sorprendida por lo certero que había sido. Pero era más que eso. Aquel flirteo tenía más problemas que un bote de remos con agujeros. Contestar a su pregunta llevaría a una conversación que sería una pérdida de tiempo.
—Eso no es cierto.
—Entonces dime en qué estás pensando —insistió él.
—No hay nada que contar.
—Sé que te gustan los retos. Te reto a negar que disfrutaste besándome tanto como yo disfruté besándote a tí.
¿Retar? ¿En serio? ¿Por qué diablos había tenido que confesarle que era competitiva con sus hermanos?
—No puedo negarlo —dijo finalmente.
—Eso me parecía —contestó él con expresión satisfecha—. ¿Entonces cuál es el problema?
—¿Por qué quieres estar conmigo?
—Porque me gustas.
—¿Pero por qué? ¿Es por diversión? ¿Fanfarronear con la campeona de citas del pueblo? ¿Darle el sello de aprobación de Pedro Alfonso?
—Eso no es lo que estoy haciendo.
—¿No? Porque en la calle se comenta que tú tienes tantas citas como yo. La diferencia entre nosotros es que tú no buscas nada serio.
—¿Y qué tiene eso de malo?
—Nada —admitió Paula—. Eres joven y tienes mucho tiempo para sentar la cabeza. Pero por eso es un problema que me beses. Eso lleva al contacto íntimo. En mi opinión, el sexo ha de significar algo más que pasar un buen rato. A no ser que un hombre y una mujer estén emocionalmente comprometidos, un encuentro entre las sábanas no debería tener lugar.
—Alguien ha leído demasiados cuentos de hadas.
Había cierta tensión en su voz, algo que insinuaba cosas dolorosas. Ella no tenía los detalles, lo cual no debería importarle. Algo o alguien había hecho pedazos su vida amorosa, pero Paula no podía permitir que eso le afectara.
—Obviamente piensas que el romance es una tontería. Es bueno saberlo —se puso en pie—. Creo que necesito un descanso.
Antes de que él pudiera detenerla, se dió la vuelta y se marchó. Era bueno saber que Pedro prefería la cantidad a la calidad. Pero aquello tuvo el efecto de una bola de nieve deslizándose por su espalda. Sus ganas de verlo murieron allí mismo. Su ideal romántico era el que era. Ella deseaba lo que deseaba. Un príncipe que la amase por siempre, que se casase con ella y con el que formar una familia. No era negociable, así que no tenía sentido perder el tiempo con un hombre que no encajaba en su ideal. Aunque sus besos le hicieran desear tener un encuentro entre las sábanas con él.
Polos Opuestos: Capítulo 22
—Yo estaba haciendo mi turno aquí, en el complejo, así que no he tenido que ir muy lejos —la morena siguió su mirada hasta el otro extremo de la habitación—. Oh, vaya, Karen está aquí.
—¿Karen? —Paula esperaba que su voz sonase más curiosa que celosa.
—Fue al instituto con Pedro.
—¿De verdad?
—Claro que sí. Eso la situaba en el rango de edad adecuado.
—Sí. Solían salir juntos a veces.
—Es más guapa en persona que en la tele —y más joven. Y más delgada. Maldición.
—Es agradable —dijo Carolina—. Pero no salió bien.
Al verlos hablar y reírse, Paula estuvo de acuerdo.
—Parece más amistoso que otra cosa.
—Sí. No sé cómo lo hace mi hermano, pero siempre consigue ser amigo de todas sus ex.
Paula apartó la mirada de la pareja.
—¿De todas? ¿Es como si fueran pañuelos de papel? ¿Usa una y la tira?
—No en el mal sentido.
—¿Acaso hay un buen sentido? —Paula supo que no había logrado aparentar indiferencia cuando Carolina dejó de sonreír.
—Pedro solo desea divertirse. Nada serio.
Y eso no tenía nada de malo, pensó Paula. Simplemente reflejaba otra de las diferencias entre ellos. Se obligó a sonreír.
—Bien por él. Un hombre que sabe lo que desea.
Carolina asintió.
—Sí, es un buen hombre.
—Muy bueno —y fuera de su alcance—. Me alegra haberte visto. Creo que iré a ver dónde necesitan que eche una mano.
Deseaba desaparecer, pero esa era la salida fácil. Lo mejor que podría hacer era mezclarse con la multitud. En una de las mesas vio a un hombre de pelo gris que debía de tener cincuenta y tantos años. Sobre la mesa había un montón de aparatos electrónicos y un rollo de papel de regalo. Tenía el pecho fuerte y las manos grandes; no parecía alguien que supiese envolver regalos. Se acercó a él y dijo:
—Soy Paula Chaves. Creo que te vendría bien la ayuda de una mujer con esos regalos.
—Bruno Walters —respondió el hombre—. Mi esposa solía encargarse de envolver los regalos.
«Solía» podía significar cualquier cosa desde divorcio hasta muerte, pasando por incapacidad. «Solía» sumado a la tristeza de aquellos ojos no podía ser nada bueno, y Paula no sabía qué decir.
—Murió hace un tiempo —añadió él al advertir su incertidumbre.
—Siento mucho tu pérdida.
—Yo también —Bruno le entregó la cinta de embalar—. Aquí tienes, Paula. Me vendría bien la ayuda. No puedo sujetar el papel y despegar la cinta a la vez.
Ella sonrió y agarró el aparato de la cinta adhesiva.
—De acuerdo entonces.
Durante los siguientes quince minutos, charlaron mientras cortaban el papel y envolvían los regalos. Paula estaba tan concentrada en el último objeto que, cuando le dieron en el hombro, se sobresaltó.
—Hola —dijo Pedro con una sonrisa—. Veo que ya has conocido a mi buen amigo Bruno Walters.
—Sí —apenas pudo contener el gruñido, aunque tenía sentido.
Claro que había elegido a su buen amigo. Aunque probablemente todos en el pueblo fueran sus buenos amigos. Pedro le estrechó la mano a Bruno.
—Me alegro de verte, Bruno.
—¿Qué tal, hijo?
—Genial. Ocupado.
—Me lo imaginaba al no verte por el pueblo.
—Estoy trabajando para la Traub Oil. De hecho, el hermano de Paula es mi jefe. En mi tiempo libre escribo mi tesis doctoral sobre cómo extraer petróleo del esquisto bituminoso sin dañar el medio ambiente.
Bruno sonrió y negó con la cabeza.
—Siempre supe que eras especial, demasiado listo para tu propio bien. De lo contrario no te habrías metido en tantos problemas.
Pedro miró a Paula.
—Gracias a Bruno y a otra gente del pueblo que se interesó por mí, tengo un futuro. Me ayudaron a madurar y a darme cuenta de mis errores. De adolescente era bastante problemático.
—¿El señor Walter sabe lo del tatuaje?
—Sí —respondió Pedro algo confuso, señal de que había advertido la frialdad en su tono.
—Es una preciosidad —dijo Bruno.
—¿Karen? —Paula esperaba que su voz sonase más curiosa que celosa.
—Fue al instituto con Pedro.
—¿De verdad?
—Claro que sí. Eso la situaba en el rango de edad adecuado.
—Sí. Solían salir juntos a veces.
—Es más guapa en persona que en la tele —y más joven. Y más delgada. Maldición.
—Es agradable —dijo Carolina—. Pero no salió bien.
Al verlos hablar y reírse, Paula estuvo de acuerdo.
—Parece más amistoso que otra cosa.
—Sí. No sé cómo lo hace mi hermano, pero siempre consigue ser amigo de todas sus ex.
Paula apartó la mirada de la pareja.
—¿De todas? ¿Es como si fueran pañuelos de papel? ¿Usa una y la tira?
—No en el mal sentido.
—¿Acaso hay un buen sentido? —Paula supo que no había logrado aparentar indiferencia cuando Carolina dejó de sonreír.
—Pedro solo desea divertirse. Nada serio.
Y eso no tenía nada de malo, pensó Paula. Simplemente reflejaba otra de las diferencias entre ellos. Se obligó a sonreír.
—Bien por él. Un hombre que sabe lo que desea.
Carolina asintió.
—Sí, es un buen hombre.
—Muy bueno —y fuera de su alcance—. Me alegra haberte visto. Creo que iré a ver dónde necesitan que eche una mano.
Deseaba desaparecer, pero esa era la salida fácil. Lo mejor que podría hacer era mezclarse con la multitud. En una de las mesas vio a un hombre de pelo gris que debía de tener cincuenta y tantos años. Sobre la mesa había un montón de aparatos electrónicos y un rollo de papel de regalo. Tenía el pecho fuerte y las manos grandes; no parecía alguien que supiese envolver regalos. Se acercó a él y dijo:
—Soy Paula Chaves. Creo que te vendría bien la ayuda de una mujer con esos regalos.
—Bruno Walters —respondió el hombre—. Mi esposa solía encargarse de envolver los regalos.
«Solía» podía significar cualquier cosa desde divorcio hasta muerte, pasando por incapacidad. «Solía» sumado a la tristeza de aquellos ojos no podía ser nada bueno, y Paula no sabía qué decir.
—Murió hace un tiempo —añadió él al advertir su incertidumbre.
—Siento mucho tu pérdida.
—Yo también —Bruno le entregó la cinta de embalar—. Aquí tienes, Paula. Me vendría bien la ayuda. No puedo sujetar el papel y despegar la cinta a la vez.
Ella sonrió y agarró el aparato de la cinta adhesiva.
—De acuerdo entonces.
Durante los siguientes quince minutos, charlaron mientras cortaban el papel y envolvían los regalos. Paula estaba tan concentrada en el último objeto que, cuando le dieron en el hombro, se sobresaltó.
—Hola —dijo Pedro con una sonrisa—. Veo que ya has conocido a mi buen amigo Bruno Walters.
—Sí —apenas pudo contener el gruñido, aunque tenía sentido.
Claro que había elegido a su buen amigo. Aunque probablemente todos en el pueblo fueran sus buenos amigos. Pedro le estrechó la mano a Bruno.
—Me alegro de verte, Bruno.
—¿Qué tal, hijo?
—Genial. Ocupado.
—Me lo imaginaba al no verte por el pueblo.
—Estoy trabajando para la Traub Oil. De hecho, el hermano de Paula es mi jefe. En mi tiempo libre escribo mi tesis doctoral sobre cómo extraer petróleo del esquisto bituminoso sin dañar el medio ambiente.
Bruno sonrió y negó con la cabeza.
—Siempre supe que eras especial, demasiado listo para tu propio bien. De lo contrario no te habrías metido en tantos problemas.
Pedro miró a Paula.
—Gracias a Bruno y a otra gente del pueblo que se interesó por mí, tengo un futuro. Me ayudaron a madurar y a darme cuenta de mis errores. De adolescente era bastante problemático.
—¿El señor Walter sabe lo del tatuaje?
—Sí —respondió Pedro algo confuso, señal de que había advertido la frialdad en su tono.
—Es una preciosidad —dijo Bruno.
Polos Opuestos: Capítulo 21
Abrió la boca e inmediatamente él aceptó la invitación y metió la lengua dentro. Sus lenguas bailaron y lucharon en círculos hasta hacer que la cabeza le diera vueltas. Pedro le mordisqueó el labio inferior, después succionó y le provocó una sensación absolutamente placentera. Después se apartó y susurró:
—Sabes a tarjeta de Navidad.
El tono rasgado de su voz le aceleró a Paula la respiración en un segundo, y no pudo evitar acariciarle la mejilla con la mano. Tenía la piel áspera por la incipiente barba. Había intentado por todos los medios convencerse a sí misma de que no era más que un chico, pero aquel beso era el de un hombre. Y lo deseaba. Resultaba tentador ignorar la voz en su interior diciéndole que aquello estaba mal, pero en esa ocasión sí que le hizo caso y se apartó con la respiración entrecortada. «Dí algo», pensó. Algo que le dijera que no había sido su intención, aunque sí lo hubiera sido. Tragó saliva.
—Se acabó el descanso. Tengo que terminar estas tarjetas. Tengo que irme a casa. No quiero que alguien nos vea y lo confunda con una cita.
Aquello sonaba estúpido. La había besado, por el amor de Dios, y ella le había devuelto el beso. Técnicamente no había violado los términos de la apuesta, pero al menos lo que había hecho incumplía el trato en su espíritu.
—Cierto, y yo tengo que volver a Roots —Pedro tomó aliento y se pasó una mano por el pelo—. ¿Vas a ir mañana donde DJ para ayudar con los regalos de Navidad para el proyecto de los patriotas? Las cajas de regalos que enviaremos a los militares destinados en el extranjero —explicó.
Paula chupó un sobre, pero no podía mirarlo.
—Me apunté en la lista de voluntarios.
—Entonces te veré allí —dijo él—. Pero no es una cita.
Tal vez no, pero parecía muy interesado en su respuesta. Paula no podía creer lo preocupada que había estado por rozarlo mientras caminaban hacia el ayuntamiento. Pero el beso no había aparecido en su radar. No lo había visto venir y ahora no podría borrar el recuerdo. Después de besar a Pedro Alfonso, era imposible olvidarlo. Y peor aún, era imposible no desear más.
Paula salió del trabajo a las cinco y media de la tarde del día siguiente y condujo hasta el complejo turístico de Thunder Canyon, donde se encontraba el Rib Shack de DJ. No importaba lo mucho que intentase no hacerlo, pues esperaba aquel evento voluntario más de lo que había esperado el de Acción de Gracias, y eso tenía que ver con Austin. Ahora lo conocía mucho mejor. Los besos tenían ese efecto. Los labios le cosquilleaban solo con pensar en él, porque había sido un beso espectacular. Digno de un premio. Entró en el estacionamiento y supo que era hora de centrarse en lo realmente importante. Esa resolución se tambaleó ligeramente cuando aparcó junto a la furgoneta de Pedro y se permitió a sí misma un último momento de excitación. Era el momento de asegurarse de que los medios de comunicación a los que había convocado estaban en su lugar. Aquel era un esfuerzo navideño para los soldados que servían a su país, una empresa noble. Pero a veces eso también era beneficioso para los que estaban detrás, y DJ era uno de ellos. Tras salir del coche, divisó la furgoneta con el logo de la televisión local y una pancarta de la emisora de radio. El productor con el que había hablado le había dicho que retransmitirían en directo desde el interior. Aquello le daría al restaurante de su primo una buena publicidad para variar. Con toda la rivalidad entre el Rib Shack y el Lipsmackin’ Ribs, a DJ le iría bien la buena prensa. Entró por la puerta trasera. Su primo había cerrado el restaurante aquella noche y ella se había asegurado de que los dos medios de comunicación supieran el gran gesto que era. Las sillas de madera que normalmente ocupaban los clientes estaban contra las paredes, debajo de las fotos en color sepia de vaqueros y ranchos y un mural pintado a mano que mostraba la historia del pueblo. Las mesas de madera donde solían comer las familias estaban todas juntas. Los voluntarios, hombres, mujeres, jóvenes y mayores, estaban envolviendo y empaquetando comida, artículos de aseo, regalos y libros. Todos los objetos y utensilios de empaquetado habían sido donados por diversos negocios de Thunder Canyon. La celebridad radiofónica Darío Casey estaba sentada con un micrófono a una mesa situada en un rincón y parecía que estaba entrevistando a DJ. El equipo de televisión se movía de un lado a otro, tomando muestras de vídeo y de sonido para las noticias de las seis y de las once. Todo iba según lo planeado. Los regalos navideños para los patriotas eran un ejemplo evidente del espíritu navideño. Paula vió a Pedro al otro lado de la sala justo cuando la periodista Karen Roman le hizo un gesto al cámara para que dejara de grabar. Cuando se apagó la luz de la cámara, se apresuró a abrazarlo. Fue un abrazo cálido. Muy, muy cariñoso. Por mucho que quisiera evitarlo, no podía ignorar los celos que sintió en la boca del estómago. Era absurdo e inapropiado, pero allí estaban.
—Hola, Paula —dijo Carolina Alfonso , que había aparecido a su lado—. ¿Acabas de llegar?
—Sí. ¿Y tú?
—Sabes a tarjeta de Navidad.
El tono rasgado de su voz le aceleró a Paula la respiración en un segundo, y no pudo evitar acariciarle la mejilla con la mano. Tenía la piel áspera por la incipiente barba. Había intentado por todos los medios convencerse a sí misma de que no era más que un chico, pero aquel beso era el de un hombre. Y lo deseaba. Resultaba tentador ignorar la voz en su interior diciéndole que aquello estaba mal, pero en esa ocasión sí que le hizo caso y se apartó con la respiración entrecortada. «Dí algo», pensó. Algo que le dijera que no había sido su intención, aunque sí lo hubiera sido. Tragó saliva.
—Se acabó el descanso. Tengo que terminar estas tarjetas. Tengo que irme a casa. No quiero que alguien nos vea y lo confunda con una cita.
Aquello sonaba estúpido. La había besado, por el amor de Dios, y ella le había devuelto el beso. Técnicamente no había violado los términos de la apuesta, pero al menos lo que había hecho incumplía el trato en su espíritu.
—Cierto, y yo tengo que volver a Roots —Pedro tomó aliento y se pasó una mano por el pelo—. ¿Vas a ir mañana donde DJ para ayudar con los regalos de Navidad para el proyecto de los patriotas? Las cajas de regalos que enviaremos a los militares destinados en el extranjero —explicó.
Paula chupó un sobre, pero no podía mirarlo.
—Me apunté en la lista de voluntarios.
—Entonces te veré allí —dijo él—. Pero no es una cita.
Tal vez no, pero parecía muy interesado en su respuesta. Paula no podía creer lo preocupada que había estado por rozarlo mientras caminaban hacia el ayuntamiento. Pero el beso no había aparecido en su radar. No lo había visto venir y ahora no podría borrar el recuerdo. Después de besar a Pedro Alfonso, era imposible olvidarlo. Y peor aún, era imposible no desear más.
Paula salió del trabajo a las cinco y media de la tarde del día siguiente y condujo hasta el complejo turístico de Thunder Canyon, donde se encontraba el Rib Shack de DJ. No importaba lo mucho que intentase no hacerlo, pues esperaba aquel evento voluntario más de lo que había esperado el de Acción de Gracias, y eso tenía que ver con Austin. Ahora lo conocía mucho mejor. Los besos tenían ese efecto. Los labios le cosquilleaban solo con pensar en él, porque había sido un beso espectacular. Digno de un premio. Entró en el estacionamiento y supo que era hora de centrarse en lo realmente importante. Esa resolución se tambaleó ligeramente cuando aparcó junto a la furgoneta de Pedro y se permitió a sí misma un último momento de excitación. Era el momento de asegurarse de que los medios de comunicación a los que había convocado estaban en su lugar. Aquel era un esfuerzo navideño para los soldados que servían a su país, una empresa noble. Pero a veces eso también era beneficioso para los que estaban detrás, y DJ era uno de ellos. Tras salir del coche, divisó la furgoneta con el logo de la televisión local y una pancarta de la emisora de radio. El productor con el que había hablado le había dicho que retransmitirían en directo desde el interior. Aquello le daría al restaurante de su primo una buena publicidad para variar. Con toda la rivalidad entre el Rib Shack y el Lipsmackin’ Ribs, a DJ le iría bien la buena prensa. Entró por la puerta trasera. Su primo había cerrado el restaurante aquella noche y ella se había asegurado de que los dos medios de comunicación supieran el gran gesto que era. Las sillas de madera que normalmente ocupaban los clientes estaban contra las paredes, debajo de las fotos en color sepia de vaqueros y ranchos y un mural pintado a mano que mostraba la historia del pueblo. Las mesas de madera donde solían comer las familias estaban todas juntas. Los voluntarios, hombres, mujeres, jóvenes y mayores, estaban envolviendo y empaquetando comida, artículos de aseo, regalos y libros. Todos los objetos y utensilios de empaquetado habían sido donados por diversos negocios de Thunder Canyon. La celebridad radiofónica Darío Casey estaba sentada con un micrófono a una mesa situada en un rincón y parecía que estaba entrevistando a DJ. El equipo de televisión se movía de un lado a otro, tomando muestras de vídeo y de sonido para las noticias de las seis y de las once. Todo iba según lo planeado. Los regalos navideños para los patriotas eran un ejemplo evidente del espíritu navideño. Paula vió a Pedro al otro lado de la sala justo cuando la periodista Karen Roman le hizo un gesto al cámara para que dejara de grabar. Cuando se apagó la luz de la cámara, se apresuró a abrazarlo. Fue un abrazo cálido. Muy, muy cariñoso. Por mucho que quisiera evitarlo, no podía ignorar los celos que sintió en la boca del estómago. Era absurdo e inapropiado, pero allí estaban.
—Hola, Paula —dijo Carolina Alfonso , que había aparecido a su lado—. ¿Acabas de llegar?
—Sí. ¿Y tú?
miércoles, 3 de octubre de 2018
Polos Opuestos: Capítulo 20
—Simplemente soy práctico —se defendió él—. Es propio de los ingenieros. Mira el ayuntamiento, por ejemplo —estaba acercándose al edificio—. La fachada de piedra es original, pero las otras tres paredes están hechas de ladrillo para reemplazar la parte de madera que se quemó en un incendio. Práctico.
—Sí, pero la fachada se conservó y mantiene el estilo de los días pasados. En el interior también.
Metió la llave en la cerradura, pues era tarde y todo aquel con una vida de verdad ya se había ido a casa. Además del alcalde y sus empleados, en el edificio se encontraban los juzgados y el Departamento de Tráfico. En la sala de recepción el suelo era de madera antigua y brillante. En el centro estaba el escritorio de Diana Culpepper, que respondía a las preguntas y le decía a la gente dónde ir. A la izquierda, nada más entrar, se encontraba una escalera con la barandilla de madera que conducía al segundo piso. Al otro extremo del vestíbulo había un ascensor de uso general.
—Siempre subo por las escaleras a mi despacho —dijo ella.
—Se nota. Estás en buena forma.
Paula se dió la vuelta y vió que estaba mirándole las piernas. Pedro se encogió de hombros y dejó claro que no le importaba que le hubiese pillado mirando. Y a ella tampoco le importaba que le gustase lo que estaba viendo. Iba a ir al infierno. En el segundo piso había un rellano que se abría a un enorme salón con bancos de madera a los lados. En el centro de la sala había pilas de cajas con la etiqueta «Navidad».
—La gente de la limpieza ha sacado esas cajas del almacén. Tenemos voluntarios que vienen toda la semana a poner los adornos navideños para la fiesta infantil del sábado. Papá Noel estará aquí —explicó—. Mi despacho está al final de este pasillo, junto al de mi jefe.
Sus pisadas hacían eco sobre el suelo mientras caminaban. Nada más pasar frente a la puerta del alcalde, Paula abrió su despacho.
—Aquí está.
Pedro miró a su alrededor y ella intentó verlo con sus ojos. Las paredes tenían fotos en blanco y negro de Thunder Canyon. También había colgado fotos de la familia Chaves, incluso una del padre que nunca había conocido. Era evidente de dónde habían sacado los rasgos sus hermanos. La mesa con el ordenador estaba en el centro de la habitación, con armarios detrás. Sobre la superficie había una pila de tarjetas y de sobres que había dejado preparadas antes de irse a Roots a dar las buenas noticias. Tal vez una parte de ella hubiera esperado que Pedro estuviera allí y otra parte hubiera estado temiéndolo. Se había ofrecido a hacer eso por el alcalde, pero iba a ser un trabajo tedioso. Lo miró de reojo y pensó que tal vez no sería tan tedioso después de todo. Al menos la vista era buena.
—Empecemos —dijo Pedro, se quitó la cazadora y la dejó sobre una de las sillas de madera—. ¿Qué quieres que haga?
Esa era una pregunta con muchas respuestas.
—¿Quieres meter o chupar? —preguntó ella tras tragar saliva.
Pedro no dijo nada sobre la elección de palabras, pero su sonrisa lo dijo todo por él.
—Lo que quería decir es que… todas las tarjetas están firmadas personalmente por el alcalde y los sobres ya tienen la dirección. Solo tenemos que llenarlos y cerrarlos.
—Ya sabía lo que querías decir. Soy ingeniero.
—Ah, bien. Entonces no tengo que hacerte un esquema ni emplear apoyo visual.
—No, pero eres muy divertida. Me gusta.
—Tú también eres divertido. Pero la verdadera pregunta es, ¿eres todo fachada y nada de sustancia? ¿Sabes cómo proceder con la preparación de las tarjetas navideñas?
—Creo que puedo apañarme. Vamos a ponernos a ello.
Justo lo que ella pensaba, pues cuanto más tiempo pasara con él, más difícil le resultaría pensar con claridad.
—Realmente no es necesario que me ayudes. Está muy por debajo de tu sueldo.
—Y del tuyo. Pero, si tú puedes hacerlo, yo también. Y tardaremos la mitad de tiempo —Pedro se acercó al escritorio y levantó una tarjeta y un sobre—. Yo rellenaré los sobres.
—Entonces, por eliminación, yo los sellaré.
Pedro se quedó mirando su boca y Paula supo que estaba pensando en chupar. Ignoró el cosquilleo en su estómago y se acercó a él. Se pusieron a trabajar y pronto establecieron un ritmo. Paula tardó poco en desear que hubiera una fuente alternativa para humedecer el pegamento de los sobres. Se tomó un descanso y organizó las cartas que ya estaban listas en una caja.
—Te estás quedando atrás —dijo él.
—Se llama descanso. Me estoy quedando sin saliva.
Las palabras se quedaron suspendidas en el aire. Sus brazos estaban a pocos milímetros de distancia y casi pudo sentir como Pedro se quedó completamente quieto. La miró y ella lo miró a él. Fue como si el tiempo se hubiera detenido. Entonces él se movió y la besó. Sus labios eran suaves, y olía tan bien. La voz de su cabeza le decía a Paula que se apartara y nadie saldría herido. Era un buen consejo, pero había un problema. Sus hormonas estaban pasándoselo demasiado bien para hacer caso. Antes de que la idea se formara del todo en su cabeza, ya estaba deslizando las manos por su pecho y alrededor de su cuello. Y Pedro siguió besándola mientras la apretaba contra su cuerpo. La presión de su boca, el ancho de sus hombros, el roce de su cuerpo duro resultaban tan agradables. Pegándose a él todo lo que le permitía la ropa, Paula se zambulló en ese aroma especiado que resultaba tranquilizador en su masculinidad. ¿Por qué tenía que oler tan condenadamente bien? Tenía la sensación de pertenecer a aquel lugar.
—Sí, pero la fachada se conservó y mantiene el estilo de los días pasados. En el interior también.
Metió la llave en la cerradura, pues era tarde y todo aquel con una vida de verdad ya se había ido a casa. Además del alcalde y sus empleados, en el edificio se encontraban los juzgados y el Departamento de Tráfico. En la sala de recepción el suelo era de madera antigua y brillante. En el centro estaba el escritorio de Diana Culpepper, que respondía a las preguntas y le decía a la gente dónde ir. A la izquierda, nada más entrar, se encontraba una escalera con la barandilla de madera que conducía al segundo piso. Al otro extremo del vestíbulo había un ascensor de uso general.
—Siempre subo por las escaleras a mi despacho —dijo ella.
—Se nota. Estás en buena forma.
Paula se dió la vuelta y vió que estaba mirándole las piernas. Pedro se encogió de hombros y dejó claro que no le importaba que le hubiese pillado mirando. Y a ella tampoco le importaba que le gustase lo que estaba viendo. Iba a ir al infierno. En el segundo piso había un rellano que se abría a un enorme salón con bancos de madera a los lados. En el centro de la sala había pilas de cajas con la etiqueta «Navidad».
—La gente de la limpieza ha sacado esas cajas del almacén. Tenemos voluntarios que vienen toda la semana a poner los adornos navideños para la fiesta infantil del sábado. Papá Noel estará aquí —explicó—. Mi despacho está al final de este pasillo, junto al de mi jefe.
Sus pisadas hacían eco sobre el suelo mientras caminaban. Nada más pasar frente a la puerta del alcalde, Paula abrió su despacho.
—Aquí está.
Pedro miró a su alrededor y ella intentó verlo con sus ojos. Las paredes tenían fotos en blanco y negro de Thunder Canyon. También había colgado fotos de la familia Chaves, incluso una del padre que nunca había conocido. Era evidente de dónde habían sacado los rasgos sus hermanos. La mesa con el ordenador estaba en el centro de la habitación, con armarios detrás. Sobre la superficie había una pila de tarjetas y de sobres que había dejado preparadas antes de irse a Roots a dar las buenas noticias. Tal vez una parte de ella hubiera esperado que Pedro estuviera allí y otra parte hubiera estado temiéndolo. Se había ofrecido a hacer eso por el alcalde, pero iba a ser un trabajo tedioso. Lo miró de reojo y pensó que tal vez no sería tan tedioso después de todo. Al menos la vista era buena.
—Empecemos —dijo Pedro, se quitó la cazadora y la dejó sobre una de las sillas de madera—. ¿Qué quieres que haga?
Esa era una pregunta con muchas respuestas.
—¿Quieres meter o chupar? —preguntó ella tras tragar saliva.
Pedro no dijo nada sobre la elección de palabras, pero su sonrisa lo dijo todo por él.
—Lo que quería decir es que… todas las tarjetas están firmadas personalmente por el alcalde y los sobres ya tienen la dirección. Solo tenemos que llenarlos y cerrarlos.
—Ya sabía lo que querías decir. Soy ingeniero.
—Ah, bien. Entonces no tengo que hacerte un esquema ni emplear apoyo visual.
—No, pero eres muy divertida. Me gusta.
—Tú también eres divertido. Pero la verdadera pregunta es, ¿eres todo fachada y nada de sustancia? ¿Sabes cómo proceder con la preparación de las tarjetas navideñas?
—Creo que puedo apañarme. Vamos a ponernos a ello.
Justo lo que ella pensaba, pues cuanto más tiempo pasara con él, más difícil le resultaría pensar con claridad.
—Realmente no es necesario que me ayudes. Está muy por debajo de tu sueldo.
—Y del tuyo. Pero, si tú puedes hacerlo, yo también. Y tardaremos la mitad de tiempo —Pedro se acercó al escritorio y levantó una tarjeta y un sobre—. Yo rellenaré los sobres.
—Entonces, por eliminación, yo los sellaré.
Pedro se quedó mirando su boca y Paula supo que estaba pensando en chupar. Ignoró el cosquilleo en su estómago y se acercó a él. Se pusieron a trabajar y pronto establecieron un ritmo. Paula tardó poco en desear que hubiera una fuente alternativa para humedecer el pegamento de los sobres. Se tomó un descanso y organizó las cartas que ya estaban listas en una caja.
—Te estás quedando atrás —dijo él.
—Se llama descanso. Me estoy quedando sin saliva.
Las palabras se quedaron suspendidas en el aire. Sus brazos estaban a pocos milímetros de distancia y casi pudo sentir como Pedro se quedó completamente quieto. La miró y ella lo miró a él. Fue como si el tiempo se hubiera detenido. Entonces él se movió y la besó. Sus labios eran suaves, y olía tan bien. La voz de su cabeza le decía a Paula que se apartara y nadie saldría herido. Era un buen consejo, pero había un problema. Sus hormonas estaban pasándoselo demasiado bien para hacer caso. Antes de que la idea se formara del todo en su cabeza, ya estaba deslizando las manos por su pecho y alrededor de su cuello. Y Pedro siguió besándola mientras la apretaba contra su cuerpo. La presión de su boca, el ancho de sus hombros, el roce de su cuerpo duro resultaban tan agradables. Pegándose a él todo lo que le permitía la ropa, Paula se zambulló en ese aroma especiado que resultaba tranquilizador en su masculinidad. ¿Por qué tenía que oler tan condenadamente bien? Tenía la sensación de pertenecer a aquel lugar.
Polos Opuestos: Capítulo 19
Paula no podía creerse que acabara de conocer a Matías Gunther. Era uno de sus cantantes favoritos e iba a ayudarlo con el concierto de Navidad. Esos chicos eran asombrosos, pensó mientras miraba a los cinco adolescentes que había conocido. Se habían ofrecido a ayudar sin dudarlo. La ilusión que sentía extendiéndose por su cuerpo era una prueba más de que había tomado la decisión correcta al mudarse a Thunder Canyon, aunque su vida amorosa no tuviese tanto éxito como había esperado. Se quedó hombro con hombro con Pedro mientras Matías tocaba la guitarra y los chicos cantaban. Su esencia masculina avivaba las llamas de sus sentimientos convirtiéndolos en otra cosa. Algo fuera de su alcance. Era hora de salir de allí. Le tocó el brazo y señaló con el pulgar hacia la puerta.
—Tengo que irme. He de trabajar más antes de irme a casa. No bromeaba con lo de las tarjetas de felicitación del alcalde.
—Te acompaño. ¿Qué? —preguntó al ver su mirada de incredulidad—. Yo tampoco estaba bromeando con lo de ayudarte. Además, ahí fuera está oscuro.
—Oh, por favor. Estamos en Thunder Canyon. El ayuntamiento está a un par de manzanas. ¿Qué podría ocurrirme?
—Esas famosas últimas palabras —dijo él en broma—. Justo antes de que el asesino en serie atrape a la heroína despreocupada en la calle.
—¿Así qué me acosa un lunático homicida y por eso tienes que acompañarme? —preguntó ella, y negó con la cabeza—. Puedes hacerlo mejor que eso.
Pedro lo pensó por un momento.
—No, no puedo. Y no necesito una excusa. No pienso dejar que vayas sola, así que supéralo.
—Pero tienes aquí a los chicos.
Pedro miró al grupo que rodeaba a Matías.
—Tienen a un cantante famoso. ¿Crees qué les va a importar? No se darían cuenta de mi presencia ni aunque estuviera sangrando o en llamas. Dame un segundo.
Paula le vió hablar con el cantante, que sonrió y asintió.
—¿Ya se han cansado de mí, chicos? —preguntó Matías.
Cuando los chicos respondieron «nunca» y «ni hablar», Tomás se llevó dos dedos a la boca y silbó con fuerza. Pedro miró a Paula y su expresión era una mezcla de «te lo dije» y «ahora te toca irte conmigo ». Paula se habría quejado si se tratara de David French. Se estremeció y Pedro se dió cuenta.
—¿Tienes frío? —preguntó—. Puedo llevarte en coche a la oficina.
—Estoy bien. Hace una noche agradable.
Una noche para abrazarse, acurrucarse y compartir el calor corporal si… A veces odiaba verdaderamente el «si».
Pedro agarró su cazadora y se reunió con Paula junto a la puerta. Le sujetó el abrigo y lo sostuvo en el aire mientras ella se lo ponía. Aquel gesto caballeroso provocó un sinfín de escalofríos y, cuando le colocó las manos en los hombros y apretó suavemente, ella deseó suspirar y cerrar los ojos. Pero tenía que mantenerlos abiertos y libres de estrellas.
—¿Preparada? —preguntó él.
—Por supuesto —contestó ella, aunque fuese mentira.
Cuando salieron a la calle, los acordes de la canción Rockin’ Around the Christmas Tree inundaban la sala tras ellos, y fueron volviéndose lejanos cuando tomaron la calle principal. Pedro la rodeó para asegurarse de caminar por el lado exterior de la acera de madera, el más cercano a la carretera. Paula se abrochó la cazadora para protegerse del frío, porque no iba a haber abrazos ni arrumacos. Después se metió las manos en los bolsillos y agarró las manoplas que estaban guardadas allí. Si rozaba el brazo de Pedro, sería tentador entrelazar los dedos con los suyos, y resultaba increíble que se sintiera tan cómoda con un hombre al que conocía desde hacía tan poco tiempo. Caminaron por la calle principal sin tocarse, pero, cuando llegaron a la calle Nugget, Pedro le colocó la palma de la mano en la espalda para cruzar la calle. Paula habría jurado que aquel contacto atravesó todas sus capas de ropa. «Di algo», pensó ella. «Rompe el hechizo».
—Me gusta que el pueblo haya mantenido el sabor del Oeste —mejor un comentario estúpido que un silencio incómodo—. La cubierta sobre la acera de madera me da ganas de jugar al pistolero y a la maestra del pueblo.
Pedro se rió y el frío convirtió su aliento en una nube.
—Estaría encantado de hacer el papel de pistolero.
Ella no mordió el anzuelo.
—En serio, ¿No puedes imaginarte cómo era este lugar hace más de cien años?
Los carros de un lado a otro. El sonido del cuero en las sillas de montar. La gente a caballo.
—Las heces de los animales en la calle.
—No tienes un alma romántica, Pedro—dijo ella, aunque estaba bastante segura de que era más bien al contrario.
—Tengo que irme. He de trabajar más antes de irme a casa. No bromeaba con lo de las tarjetas de felicitación del alcalde.
—Te acompaño. ¿Qué? —preguntó al ver su mirada de incredulidad—. Yo tampoco estaba bromeando con lo de ayudarte. Además, ahí fuera está oscuro.
—Oh, por favor. Estamos en Thunder Canyon. El ayuntamiento está a un par de manzanas. ¿Qué podría ocurrirme?
—Esas famosas últimas palabras —dijo él en broma—. Justo antes de que el asesino en serie atrape a la heroína despreocupada en la calle.
—¿Así qué me acosa un lunático homicida y por eso tienes que acompañarme? —preguntó ella, y negó con la cabeza—. Puedes hacerlo mejor que eso.
Pedro lo pensó por un momento.
—No, no puedo. Y no necesito una excusa. No pienso dejar que vayas sola, así que supéralo.
—Pero tienes aquí a los chicos.
Pedro miró al grupo que rodeaba a Matías.
—Tienen a un cantante famoso. ¿Crees qué les va a importar? No se darían cuenta de mi presencia ni aunque estuviera sangrando o en llamas. Dame un segundo.
Paula le vió hablar con el cantante, que sonrió y asintió.
—¿Ya se han cansado de mí, chicos? —preguntó Matías.
Cuando los chicos respondieron «nunca» y «ni hablar», Tomás se llevó dos dedos a la boca y silbó con fuerza. Pedro miró a Paula y su expresión era una mezcla de «te lo dije» y «ahora te toca irte conmigo ». Paula se habría quejado si se tratara de David French. Se estremeció y Pedro se dió cuenta.
—¿Tienes frío? —preguntó—. Puedo llevarte en coche a la oficina.
—Estoy bien. Hace una noche agradable.
Una noche para abrazarse, acurrucarse y compartir el calor corporal si… A veces odiaba verdaderamente el «si».
Pedro agarró su cazadora y se reunió con Paula junto a la puerta. Le sujetó el abrigo y lo sostuvo en el aire mientras ella se lo ponía. Aquel gesto caballeroso provocó un sinfín de escalofríos y, cuando le colocó las manos en los hombros y apretó suavemente, ella deseó suspirar y cerrar los ojos. Pero tenía que mantenerlos abiertos y libres de estrellas.
—¿Preparada? —preguntó él.
—Por supuesto —contestó ella, aunque fuese mentira.
Cuando salieron a la calle, los acordes de la canción Rockin’ Around the Christmas Tree inundaban la sala tras ellos, y fueron volviéndose lejanos cuando tomaron la calle principal. Pedro la rodeó para asegurarse de caminar por el lado exterior de la acera de madera, el más cercano a la carretera. Paula se abrochó la cazadora para protegerse del frío, porque no iba a haber abrazos ni arrumacos. Después se metió las manos en los bolsillos y agarró las manoplas que estaban guardadas allí. Si rozaba el brazo de Pedro, sería tentador entrelazar los dedos con los suyos, y resultaba increíble que se sintiera tan cómoda con un hombre al que conocía desde hacía tan poco tiempo. Caminaron por la calle principal sin tocarse, pero, cuando llegaron a la calle Nugget, Pedro le colocó la palma de la mano en la espalda para cruzar la calle. Paula habría jurado que aquel contacto atravesó todas sus capas de ropa. «Di algo», pensó ella. «Rompe el hechizo».
—Me gusta que el pueblo haya mantenido el sabor del Oeste —mejor un comentario estúpido que un silencio incómodo—. La cubierta sobre la acera de madera me da ganas de jugar al pistolero y a la maestra del pueblo.
Pedro se rió y el frío convirtió su aliento en una nube.
—Estaría encantado de hacer el papel de pistolero.
Ella no mordió el anzuelo.
—En serio, ¿No puedes imaginarte cómo era este lugar hace más de cien años?
Los carros de un lado a otro. El sonido del cuero en las sillas de montar. La gente a caballo.
—Las heces de los animales en la calle.
—No tienes un alma romántica, Pedro—dijo ella, aunque estaba bastante segura de que era más bien al contrario.
Polos Opuestos: Capítulo 18
—Pero me resulta duro olvidarlo. Ayuda cuando una buena mujer cree que eres un buen hombre.
—¿Jesica? —preguntó Paula—. Trabaja a jornada parcial conmigo en la oficina del alcalde. Las mujeres hablan.
—Eso es un hecho —dijo Matías , con una sonrisa por primera vez—. Y amo a esa mujer. Entre eso y haberme librado de la demanda, es como si me hubieran quitado un peso de encima. Como si se me hubiera abierto la creatividad.
—Me alegra oír eso —Paula miró a los chicos, que estaban pendientes de cada palabra.
—Es la última canción para mi nuevo CD —explicó Matías.
—Sus fans se alegrarán de oír eso también —dijo ella—. Yo me alegro.
—Nosotros también —dijo Emma—. Es asombroso. Ha escrito una canción sobre Roots.
—¿De verdad? —Paula parecía impresionada.
—Sí —la tristeza se reflejaba en los ojos de Matías Gunther—. Tengo una tribuna que la mayoría de la gente no tiene. Una manera de cambiar las cosas para estos chicos.
Aquello era nuevo para Pedro.
—A Sonia le encantará saber eso.
—Cualquier cosa que pueda hacer por los chicos —contestó Matías encogiéndose de hombros—. He pensado hacer una fundación en memoria de Abril. Creo que donaré los beneficios de la canción y un porcentaje de los beneficios del CD.
—Eso es muy generoso por su parte —dijo Paula.
—Es lo menos que puedo hacer. Sacar algo positivo de lo ocurrido.
—Desde luego —pareció distraída por un momento—. ¿Sabe, señor Gunther?
—Por favor, llámame Matías.
—Muy bien, Matías. Acabo de tener una idea descabellada.
Pedro se quedó mirándola.
—A veces esas ideas son buenas. Tal vez. ¿En qué estás pensando?
—Si realmente quieres que la fundación eche a andar con las ventas de un CD, necesitarás publicidad por adelantado.
—Tu mirada indica que tienes una sugerencia para eso —dijo Pedro.
—Así es. ¿Qué me dices de un concierto?
—Para eso se necesita un lugar —señaló Matías.
—¿Qué me dices del recinto de la feria? —sugirió Pedro—. Es un estadio cerrado. El día de Navidad no se utiliza. Creo que podríamos lograr que lo donasen solo por las relaciones públicas.
—Qué buena idea —Paula se quedó mirándolo como si le hubiera regalado la luna.
—Es algo muy complicado para hacerlo en tan poco tiempo —Matías se quedó mirándolos.
—Puede hacerse —aseguró Paula con entusiasmo—. Yo puedo ayudar con la publicidad. No me cabe duda de que el alcalde Clifton apoyará la idea. Con sus contactos y su aprobación, tendré luz verde para llevar a cabo el proyecto. Movilizaré a voluntarios que vendan entradas. Lo publicitaremos por la radio. Incluso podremos hacer que lo digan en la tele local.
—Nosotros también podemos ayudar —dijo Emma—. Las vacaciones de Navidad empiezan pronto y tendremos tiempo de repartir panfletos por todo el pueblo.
—Antes de que terminen las clases podemos hacer circular la noticia — intervino Tomás—. Lorena, tú eres el ojito derecho de la profesora, ¿No?
—Eres un idiota —contestó la morena de ojos marrones—. Estoy en el consejo estudiantil. Y entiendo lo que quiere decir. Si hacemos un anuncio en la escuela, conseguiremos que lo sepa mucha gente.
Matías miró a los chicos y sonrió.
—Son asombrosos. Me gusta.
—De acuerdo —dijo Paula—. Necesitamos el permiso del recinto y actuar desde ahí.
Pedro miró al hombre que había logrado salir del infierno. Si el amor de una buena mujer le había quitado ese peso de encima, el corazón generoso de otra mujer haría lo mismo por él. Paula Chaves era asombrosa. Entusiasta. Lista. Divertida. Directa. Y, sí, testaruda. Definitivamente lo tenía todo, por dentro y por fuera. Hacía mucho tiempo que no sentía ese tipo de atracción. La fuerza del deseo hizo que echara el freno y pensara en ello. Tal vez fuese mejor que ella no sintiese lo mismo. Él simplemente quería divertirse; cualquier otra cosa sería un riesgo. Pero ella había dicho desde el principio que lo quería todo. Las humillaciones pasadas le impedían dárselo todo. Además, Paula había dejado claro que la edad era un problema. No creía que tuviera nada de malo disfrutar de su compañía. Poner en marcha a la pelirroja era más divertido de lo que pensaba. Ella aún no lo sabía, pero planeaba tenerla en marcha todo lo posible. En su opinión, Paula pensaba demasiado. Si lograba que bajara la guardia, podrían pasárselo bien juntos. Sin ataduras.
—¿Jesica? —preguntó Paula—. Trabaja a jornada parcial conmigo en la oficina del alcalde. Las mujeres hablan.
—Eso es un hecho —dijo Matías , con una sonrisa por primera vez—. Y amo a esa mujer. Entre eso y haberme librado de la demanda, es como si me hubieran quitado un peso de encima. Como si se me hubiera abierto la creatividad.
—Me alegra oír eso —Paula miró a los chicos, que estaban pendientes de cada palabra.
—Es la última canción para mi nuevo CD —explicó Matías.
—Sus fans se alegrarán de oír eso también —dijo ella—. Yo me alegro.
—Nosotros también —dijo Emma—. Es asombroso. Ha escrito una canción sobre Roots.
—¿De verdad? —Paula parecía impresionada.
—Sí —la tristeza se reflejaba en los ojos de Matías Gunther—. Tengo una tribuna que la mayoría de la gente no tiene. Una manera de cambiar las cosas para estos chicos.
Aquello era nuevo para Pedro.
—A Sonia le encantará saber eso.
—Cualquier cosa que pueda hacer por los chicos —contestó Matías encogiéndose de hombros—. He pensado hacer una fundación en memoria de Abril. Creo que donaré los beneficios de la canción y un porcentaje de los beneficios del CD.
—Eso es muy generoso por su parte —dijo Paula.
—Es lo menos que puedo hacer. Sacar algo positivo de lo ocurrido.
—Desde luego —pareció distraída por un momento—. ¿Sabe, señor Gunther?
—Por favor, llámame Matías.
—Muy bien, Matías. Acabo de tener una idea descabellada.
Pedro se quedó mirándola.
—A veces esas ideas son buenas. Tal vez. ¿En qué estás pensando?
—Si realmente quieres que la fundación eche a andar con las ventas de un CD, necesitarás publicidad por adelantado.
—Tu mirada indica que tienes una sugerencia para eso —dijo Pedro.
—Así es. ¿Qué me dices de un concierto?
—Para eso se necesita un lugar —señaló Matías.
—¿Qué me dices del recinto de la feria? —sugirió Pedro—. Es un estadio cerrado. El día de Navidad no se utiliza. Creo que podríamos lograr que lo donasen solo por las relaciones públicas.
—Qué buena idea —Paula se quedó mirándolo como si le hubiera regalado la luna.
—Es algo muy complicado para hacerlo en tan poco tiempo —Matías se quedó mirándolos.
—Puede hacerse —aseguró Paula con entusiasmo—. Yo puedo ayudar con la publicidad. No me cabe duda de que el alcalde Clifton apoyará la idea. Con sus contactos y su aprobación, tendré luz verde para llevar a cabo el proyecto. Movilizaré a voluntarios que vendan entradas. Lo publicitaremos por la radio. Incluso podremos hacer que lo digan en la tele local.
—Nosotros también podemos ayudar —dijo Emma—. Las vacaciones de Navidad empiezan pronto y tendremos tiempo de repartir panfletos por todo el pueblo.
—Antes de que terminen las clases podemos hacer circular la noticia — intervino Tomás—. Lorena, tú eres el ojito derecho de la profesora, ¿No?
—Eres un idiota —contestó la morena de ojos marrones—. Estoy en el consejo estudiantil. Y entiendo lo que quiere decir. Si hacemos un anuncio en la escuela, conseguiremos que lo sepa mucha gente.
Matías miró a los chicos y sonrió.
—Son asombrosos. Me gusta.
—De acuerdo —dijo Paula—. Necesitamos el permiso del recinto y actuar desde ahí.
Pedro miró al hombre que había logrado salir del infierno. Si el amor de una buena mujer le había quitado ese peso de encima, el corazón generoso de otra mujer haría lo mismo por él. Paula Chaves era asombrosa. Entusiasta. Lista. Divertida. Directa. Y, sí, testaruda. Definitivamente lo tenía todo, por dentro y por fuera. Hacía mucho tiempo que no sentía ese tipo de atracción. La fuerza del deseo hizo que echara el freno y pensara en ello. Tal vez fuese mejor que ella no sintiese lo mismo. Él simplemente quería divertirse; cualquier otra cosa sería un riesgo. Pero ella había dicho desde el principio que lo quería todo. Las humillaciones pasadas le impedían dárselo todo. Además, Paula había dejado claro que la edad era un problema. No creía que tuviera nada de malo disfrutar de su compañía. Poner en marcha a la pelirroja era más divertido de lo que pensaba. Ella aún no lo sabía, pero planeaba tenerla en marcha todo lo posible. En su opinión, Paula pensaba demasiado. Si lograba que bajara la guardia, podrían pasárselo bien juntos. Sin ataduras.
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