—Qué bonito —dijo Paula con una sonrisa—. Y muy cierto. Muy sabio.
—Y por eso Sonia le dedicó a nuestra madre el Centro Juvenil Ana Alfonso Roots. Nos dejó demasiado pronto, pero su espíritu sigue vivo en este lugar.
—¿Qué le ocurrió a tu madre?
—Un accidente de coche —respondió—. Yo tenía dieciséis años.
—Oh, Pedro…
Estaba exponiendo un hecho, no buscando compasión, pero no rechazó la mano que Paula apoyó en su brazo.
—Fue hace mucho tiempo.
—¿Cómo lo superaste?
—No muy bien. Intenté crecer deprisa —la madurez no siempre podía calcularse en años, y a él debían darle méritos por tantos kilómetros emocionales—. También era rebelde.
—¿El tatuaje?
—Sí. ¿Quieres verlo?
—Hay menores en la habitación de al lado —le reprendió ella, aunque no pudo evitar sonreír.
—En otra ocasión.
Y se prometió a sí mismo que llegaría la ocasión. Ella no era la única testaruda. Mientras se miraban el uno al otro, el sonido de una guitarra llegó hasta sus oídos desde la sala principal. Rose levantó la cabeza, escuchó y se acercó a la puerta. Él fue tras ella y se colocó lo suficientemente cerca para poder sentir el calor de su cuerpo.
—Es Matías Gunther, el cantante country —su voz sonaba como la de una admiradora.
La estrella del country estaba sentada en el sofá en el centro de la sala con los adolescentes alrededor. Austin estaba acostumbrado a verlo y la sensación de asombro ya se le había pasado.
—Sí, viene mucho para estar con los chicos. Creo que está intentando redimirse por lo que ocurrió.
Paula se quedó mirándolo.
—Te refieres a la adolescente que quedó atrapada entre una muchedumbre que le pedía autógrafos y murió.
No era una pregunta. Cualquiera que no conociera la historia de la muerte de Abril Tuller probablemente viviría en una cueva. Una estrella del calibre de Gunther no podía evitar la publicidad de algo así, por mucho que lo intentara. Y lo había intentado mucho. Por eso se había vuelto un solitario y había acabado enThunder Canyon. Había conocido a una madre soltera del pueblo que le había sacado del agujero y le había devuelto el brillo en la mirada. Vieron como el cantante le pasaba la guitarra a Tomás y le mostraba dónde poner los dedos para tocar un acorde. El chico duro intentaba actuar con frialdad, pero el entusiasmo logró borrar la indiferencia que normalmente usaba como armadura. Una chica rubia, Emma, pidió intentarlo y se rió cuando Matías le mostró cómo tocar el instrumento. Paula levantó la mirada.
—Se le dan bien los adolescentes.
—Sí —contestó él.
Emma le devolvió la guitarra al cantante.
—Toque algo, señor Gunther.
—Es Matías—dijo él.
Pedro no podía verle la cara, pero sabía que había arrepentimiento en sus ojos verdes mientras vacilaba. Cuando empezó a ir por allí llevaba barba, pero ahora iba afeitado. Nunca aparecía sin su sombrero de vaquero negro, y siempre llevaba una camisa vaquera metida por los pantalones. Las botas concluían su apariencia de estrella. Finalmente, Matías asintió y agarró la guitarra. Comenzó a tocar y la melodía sonó débil y con mucha emoción. La letra era una historia de amor que encendía una antorcha en la oscuridad. Cuando terminó, los adolescentes aplaudieron con entusiasmo. Paula aplaudió también mientras entraba en la sala.
—Ha sido una canción preciosa, señor Gunther —dijo ofreciéndole la mano—. Paula Chaves. Trabajo para la oficina del alcalde.
—Encantado de conocerte —le estrechó la mano y luego miró a Pedro—. Hola, Pedro.
—¿Qué tal, Matías?
—Bien —contestó, y asintió como si aquello siguiese sorprendiéndole un poco.
—Soy una admiradora de su trabajo. Conozco toda su música —dijo ella—. Pero no reconozco esa melodía. ¿Es nueva?
—Sí, sigo retocándola.
—¿Así qué ha vuelto a escribir?
—Sí —sujetó el cuello de la guitarra con la mano izquierda y dejó colgando la otra muñeca por encima de la curva del cuerpo.
—Hace tiempo que no saca una canción —comentó Paula.
—Digamos que lo que tengo en la cabeza me bloquea.
Ella asintió.
—Lo que le ocurrió a esa adolescente fue horrible, pero no fue culpa suya.
miércoles, 3 de octubre de 2018
Polos Opuestos: Capítulo 16
Pedro se cruzó de brazos y se quedó mirándola.
—Ahora dime qué es lo que quieres decir.
—Acabo de hacerlo.
—¿Una dieta de citas? ¿De verdad? Si no quieres salir conmigo, dímelo.
—Ya lo he hecho, y no aceptas un no por respuesta.
—Entonces explícame lo de la dieta de citas.
—De hecho es el resultado de un reto —su expresión parecía sincera, lo cual era un alivio. Le contestó con su manera directa habitual—. Mis hermanos me dijeron que necesitaba un descanso de las citas.
—¿Acaso no saben que estás en el mercado buscando un marido?
—Sí —Paula mantuvo su cazadora pegada al pecho—. Pero no importa. Les dije lo que podían hacer con la sugerencia, pero entonces Javier apostó conmigo a que no podía estar un mes sin salir con nadie.
—¿Así qué aceptaste la apuesta?
—No, hasta que lo convirtió en un reto —explicó ella—. Sabía que no podría resistirme a eso. Así que eso es. Si salgo contigo, tendré que empezar desde cero y añadir dos semanas. No puedo permitirme estar tanto tiempo fuera del mercado.
—Entiendo —eso era lo que sus hermanos habían estado diciéndole en el bar. Sabía que hablaba en serio, pero era difícil no reírse. Y además resultaba encantadora—. Podríamos hacer algo juntos que no se parezca a un encuentro romántico.
—No hablas en serio.
—Nunca he sido más sincero en toda mi vida.
—De acuerdo, te pondré a prueba —parecía escéptica—. ¿Qué te parece llenar los sobres de felicitación del alcalde?
—Trato hecho —respondió él.
—¿Y qué te parece derretir la nieve? —preguntó ella con desconfianza.
—Es un trabajo sucio, pero alguien tiene que hacerlo. Además hay otras opciones, como limpiar de grafitis las paredes del pueblo. Y me vendría bien algo de ayuda para decorar la casa para Navidad.
—¿En serio?
—Sonia está casada y Angie demasiado ocupada.
—¿Así qué estás diciendo que necesitas a una mujer?
Si tan solo supiera cuánto la necesitaba…
—No es algo sexista.
—¿De verdad? ¿Qué te parece lavarme el coche? O… —una mirada perversa apareció en sus ojos—. Ya lo sé. Podrías ayudarme a hacer las compras. En esta época del año, tengo muchos regalos que comprar. Solo con mencionar la palabra «compras», una chica puede separar a los hombres de los niños.
Pedro odiaba ir de compras, pero, si ella estaba allí, sería divertido.
—Lo más noble y propio de un hombre sería llevarte las bolsas. Por lo tanto, estaré encantado de ayudarte a gastar dinero.
—Siempre y cuando no te gastes dinero en mí y no pueda ser considerado una cita —respondió ella—. No pienso perder esta apuesta.
—Eres muy competitiva.
—Sí. ¿Cómo te has dado cuenta?
—Por ese brillo en la mirada que dice que tus hermanos van a perder. Además… —le agarró un mechón de pelo que asomaba por debajo del gorro.
Aquel tacto suave y sedoso le provocó un deseo casi inmediato.
—¿Qué? —preguntó ella.
—¿Mmm?
—Has dicho «además» —le recordó.
—Creo que esa determinación ha hecho que tu pelo se vuelva más brillante. ¿Es una leyenda urbana lo de que las pelirrojas son más testarudas que las demás mujeres?
Paula sonrió y se le formaron hoyuelos en las mejillas.
—No puedo hablar de las pelirrojas en general ni de las demás mujeres en particular, pero cuando yo me decido por algo, no cambio de opinión.
Y dado que había decidido que la diferencia de edad era un problema, Pedro sabía que lo tenía difícil. Sonó la campanilla de la puerta de entrada y oyó a los adolescentes saludar a alguien que conocían. Disfrutaba de tener a Paula para él solo y quería que se prolongara un poco más.
—Así que esta es tu primera visita a Roots. ¿Qué te parece?
—Me parece que, si esos chicos no hubieran estado bajo tu vigilancia, ahora tendrían un ojo morado y los labios hinchados. Ahora se lo están pasando bien. Es un gran lugar para que vengan. Apuesto a que sus padres estarán encantados también.
—La reacción ha sido positiva —convino él—. Los chicos vienen aquí a hablar de lo que les preocupa. La vida real ocurre aunque ellos no sean adultos. Es un lugar seguro para sacar sus sentimientos.
—He visto el tapiz bordado de la otra habitación. Háblame de ello.
—Lo hizo mi madre —no sabía en qué momento recordar a Ana Alfonso había dejado de provocarle dolor. Había estado con él hasta cumplir más o menos la edad de los chicos de la otra sala, y siempre la echaría de menos. Citó las palabras que se sabía de memoria—. «Sólo hay dos legados imperecederos que podemos dar a nuestros hijos: raíces y alas».
—Ahora dime qué es lo que quieres decir.
—Acabo de hacerlo.
—¿Una dieta de citas? ¿De verdad? Si no quieres salir conmigo, dímelo.
—Ya lo he hecho, y no aceptas un no por respuesta.
—Entonces explícame lo de la dieta de citas.
—De hecho es el resultado de un reto —su expresión parecía sincera, lo cual era un alivio. Le contestó con su manera directa habitual—. Mis hermanos me dijeron que necesitaba un descanso de las citas.
—¿Acaso no saben que estás en el mercado buscando un marido?
—Sí —Paula mantuvo su cazadora pegada al pecho—. Pero no importa. Les dije lo que podían hacer con la sugerencia, pero entonces Javier apostó conmigo a que no podía estar un mes sin salir con nadie.
—¿Así qué aceptaste la apuesta?
—No, hasta que lo convirtió en un reto —explicó ella—. Sabía que no podría resistirme a eso. Así que eso es. Si salgo contigo, tendré que empezar desde cero y añadir dos semanas. No puedo permitirme estar tanto tiempo fuera del mercado.
—Entiendo —eso era lo que sus hermanos habían estado diciéndole en el bar. Sabía que hablaba en serio, pero era difícil no reírse. Y además resultaba encantadora—. Podríamos hacer algo juntos que no se parezca a un encuentro romántico.
—No hablas en serio.
—Nunca he sido más sincero en toda mi vida.
—De acuerdo, te pondré a prueba —parecía escéptica—. ¿Qué te parece llenar los sobres de felicitación del alcalde?
—Trato hecho —respondió él.
—¿Y qué te parece derretir la nieve? —preguntó ella con desconfianza.
—Es un trabajo sucio, pero alguien tiene que hacerlo. Además hay otras opciones, como limpiar de grafitis las paredes del pueblo. Y me vendría bien algo de ayuda para decorar la casa para Navidad.
—¿En serio?
—Sonia está casada y Angie demasiado ocupada.
—¿Así qué estás diciendo que necesitas a una mujer?
Si tan solo supiera cuánto la necesitaba…
—No es algo sexista.
—¿De verdad? ¿Qué te parece lavarme el coche? O… —una mirada perversa apareció en sus ojos—. Ya lo sé. Podrías ayudarme a hacer las compras. En esta época del año, tengo muchos regalos que comprar. Solo con mencionar la palabra «compras», una chica puede separar a los hombres de los niños.
Pedro odiaba ir de compras, pero, si ella estaba allí, sería divertido.
—Lo más noble y propio de un hombre sería llevarte las bolsas. Por lo tanto, estaré encantado de ayudarte a gastar dinero.
—Siempre y cuando no te gastes dinero en mí y no pueda ser considerado una cita —respondió ella—. No pienso perder esta apuesta.
—Eres muy competitiva.
—Sí. ¿Cómo te has dado cuenta?
—Por ese brillo en la mirada que dice que tus hermanos van a perder. Además… —le agarró un mechón de pelo que asomaba por debajo del gorro.
Aquel tacto suave y sedoso le provocó un deseo casi inmediato.
—¿Qué? —preguntó ella.
—¿Mmm?
—Has dicho «además» —le recordó.
—Creo que esa determinación ha hecho que tu pelo se vuelva más brillante. ¿Es una leyenda urbana lo de que las pelirrojas son más testarudas que las demás mujeres?
Paula sonrió y se le formaron hoyuelos en las mejillas.
—No puedo hablar de las pelirrojas en general ni de las demás mujeres en particular, pero cuando yo me decido por algo, no cambio de opinión.
Y dado que había decidido que la diferencia de edad era un problema, Pedro sabía que lo tenía difícil. Sonó la campanilla de la puerta de entrada y oyó a los adolescentes saludar a alguien que conocían. Disfrutaba de tener a Paula para él solo y quería que se prolongara un poco más.
—Así que esta es tu primera visita a Roots. ¿Qué te parece?
—Me parece que, si esos chicos no hubieran estado bajo tu vigilancia, ahora tendrían un ojo morado y los labios hinchados. Ahora se lo están pasando bien. Es un gran lugar para que vengan. Apuesto a que sus padres estarán encantados también.
—La reacción ha sido positiva —convino él—. Los chicos vienen aquí a hablar de lo que les preocupa. La vida real ocurre aunque ellos no sean adultos. Es un lugar seguro para sacar sus sentimientos.
—He visto el tapiz bordado de la otra habitación. Háblame de ello.
—Lo hizo mi madre —no sabía en qué momento recordar a Ana Alfonso había dejado de provocarle dolor. Había estado con él hasta cumplir más o menos la edad de los chicos de la otra sala, y siempre la echaría de menos. Citó las palabras que se sabía de memoria—. «Sólo hay dos legados imperecederos que podemos dar a nuestros hijos: raíces y alas».
lunes, 1 de octubre de 2018
Polos Opuestos: Capítulo 15
—Sí —cuando Paula había entrado, apenas había podido quitarle los ojos de encima—. Pasamos a comer una hamburguesa.
—Allí las sirven muy buenas.
—Las mejores del pueblo —convino él—. ¿Querías algo? No es que te esté echando, pero…
—Sí, no soy el público habitual de Roots.
—Estamos especializados en rebeldía, terapia de grupo por asuntos relacionados con la ansiedad y control de la ira. Se trata de maneras positivas y saludables de canalizar las hormonas.
Ella se carcajeó.
—Qué manera tan diplomática de decir que soy demasiado mayor para estar aquí.
—No desde mi punto de vista.
Estaban en mitad de la sala, sin ningún sitio apropiado del que colgar muérdago, pero Austin nunca había deseado tanto tener una de esas ramas. Así tendría una excusa para besarla. Y lo deseaba tanto que empezaba a ser un problema crónico. Cada vez que la veía, la necesidad de estrecharla entre sus brazos era mayor. Con todas las luces y lámparas de la sala, supo que el color rosa que tiñó sus mejillas era un rubor, y no producto del frío de fuera. Eso era bueno, ¿No? Al menos era algún tipo de reacción.
—Simplemente he venido andando de la oficina del alcalde para repartir algo de alegría navideña en persona —dijo ella.
—¿Andando?
—Está solo a un par de manzanas, y hace una noche maravillosa y despejada.
—¿No hace demasiado frío? —preguntó Pedro con escepticismo.
—Voy bien abrigada. Eso ya lo veía. Aunque el look de esquimal resultaba mono, le gustaba verla con aquel vestido de encaje negro que era como sexo en movimiento cuando andaba.
—¿Y qué hay de nuevo?
—Como sabes, me encargo de la comunicación y de las relaciones públicas para la oficina del alcalde.
Parecía un poco nerviosa y, desde su perspectiva, resultaba ser la comunicadora más mona que pudiera imaginar.
—El alcalde no habrá decidido revocar el permiso de Roots, ¿Verdad?
—No —se apresuró a responder ella—. Más bien al contrario. Más o menos. Quiero decir que no he venido aquí por ningún permiso. El alcalde Clifton y el Ayuntamiento creen que este lugar ha resultado ser beneficioso para los adolescentes. Han disminuido considerablemente las quejas relacionadas con lasmolestias desde que abrió. Va a adjudicar fondos para dar clases privadas y para comprar más equipamiento informático.
Un estallido de risas al otro lado de la puerta indicó que los chicos se habían olvidado de la rabia, como solían hacer los adolescentes. Pedro sonrió.
—Eso es fantástico. Sonia está de luna de miel, pero se lo haré saber cuando regrese. Le encantará oírlo.
—El comunicado de prensa será mañana, así que quería pasarme y darte las buenas noticias.
—Me alegra que lo hayas hecho —y no solo porque el equipamiento y las clases fueran necesarios—. Algunos chicos no tienen ordenador en casa. Es una desventaja académica si no tienen acceso en casa a Internet. Además, este lugar se ha convertido en el sitio guay para salir. Si enfatizamos sutilmente el estudio, tal vez los deberes también se vuelvan guays.
—Entiendo lo que quieres decir —dijo ella con una sonrisa—. Esta es la mejor parte de mi trabajo.
Los chicos regresaron a la sala y, tras mirar con curiosidad a la recién llegada, siguieron con las luces del árbol. Pedro miró a Paula.
—De hecho, al venir me has ahorrado una llamada de teléfono.
—¿Sí?
—Sí, iba a pedirte una cita, pero ahora puedo hacerlo en persona.
—¿Una cita? Su expresión de angustia indicaba que aquello no empezaba bien.
—Cuando un tipo invita a una mujer a cenar, por definición se llama cita.
—Me lo temía.
—¿Te lo temías? ¿Por qué es un problema? ¿Por qué no tengo la edad ideal?
—No —Paula vaciló—. Quiero decir que sí, no la tienes. Pero eso no es lo único.
—¿Qué más?
—Estoy a dieta de citas.
A Pedro le parecía la peor excusa que había oído nunca. Ya podía imaginarse el titular. El anteriormente chico malo se estrella de cara. Su reputación pende de un hilo. Se sentía irritado, pero no quería dar un mal ejemplo a los chicos.
—¿Y qué me dices de un café?
—No, gracias.
La agarró del brazo de todos modos y la condujo hacia la sala trasera. Aquella conversación no era para adolescentes curiosos.
—Allí las sirven muy buenas.
—Las mejores del pueblo —convino él—. ¿Querías algo? No es que te esté echando, pero…
—Sí, no soy el público habitual de Roots.
—Estamos especializados en rebeldía, terapia de grupo por asuntos relacionados con la ansiedad y control de la ira. Se trata de maneras positivas y saludables de canalizar las hormonas.
Ella se carcajeó.
—Qué manera tan diplomática de decir que soy demasiado mayor para estar aquí.
—No desde mi punto de vista.
Estaban en mitad de la sala, sin ningún sitio apropiado del que colgar muérdago, pero Austin nunca había deseado tanto tener una de esas ramas. Así tendría una excusa para besarla. Y lo deseaba tanto que empezaba a ser un problema crónico. Cada vez que la veía, la necesidad de estrecharla entre sus brazos era mayor. Con todas las luces y lámparas de la sala, supo que el color rosa que tiñó sus mejillas era un rubor, y no producto del frío de fuera. Eso era bueno, ¿No? Al menos era algún tipo de reacción.
—Simplemente he venido andando de la oficina del alcalde para repartir algo de alegría navideña en persona —dijo ella.
—¿Andando?
—Está solo a un par de manzanas, y hace una noche maravillosa y despejada.
—¿No hace demasiado frío? —preguntó Pedro con escepticismo.
—Voy bien abrigada. Eso ya lo veía. Aunque el look de esquimal resultaba mono, le gustaba verla con aquel vestido de encaje negro que era como sexo en movimiento cuando andaba.
—¿Y qué hay de nuevo?
—Como sabes, me encargo de la comunicación y de las relaciones públicas para la oficina del alcalde.
Parecía un poco nerviosa y, desde su perspectiva, resultaba ser la comunicadora más mona que pudiera imaginar.
—El alcalde no habrá decidido revocar el permiso de Roots, ¿Verdad?
—No —se apresuró a responder ella—. Más bien al contrario. Más o menos. Quiero decir que no he venido aquí por ningún permiso. El alcalde Clifton y el Ayuntamiento creen que este lugar ha resultado ser beneficioso para los adolescentes. Han disminuido considerablemente las quejas relacionadas con lasmolestias desde que abrió. Va a adjudicar fondos para dar clases privadas y para comprar más equipamiento informático.
Un estallido de risas al otro lado de la puerta indicó que los chicos se habían olvidado de la rabia, como solían hacer los adolescentes. Pedro sonrió.
—Eso es fantástico. Sonia está de luna de miel, pero se lo haré saber cuando regrese. Le encantará oírlo.
—El comunicado de prensa será mañana, así que quería pasarme y darte las buenas noticias.
—Me alegra que lo hayas hecho —y no solo porque el equipamiento y las clases fueran necesarios—. Algunos chicos no tienen ordenador en casa. Es una desventaja académica si no tienen acceso en casa a Internet. Además, este lugar se ha convertido en el sitio guay para salir. Si enfatizamos sutilmente el estudio, tal vez los deberes también se vuelvan guays.
—Entiendo lo que quieres decir —dijo ella con una sonrisa—. Esta es la mejor parte de mi trabajo.
Los chicos regresaron a la sala y, tras mirar con curiosidad a la recién llegada, siguieron con las luces del árbol. Pedro miró a Paula.
—De hecho, al venir me has ahorrado una llamada de teléfono.
—¿Sí?
—Sí, iba a pedirte una cita, pero ahora puedo hacerlo en persona.
—¿Una cita? Su expresión de angustia indicaba que aquello no empezaba bien.
—Cuando un tipo invita a una mujer a cenar, por definición se llama cita.
—Me lo temía.
—¿Te lo temías? ¿Por qué es un problema? ¿Por qué no tengo la edad ideal?
—No —Paula vaciló—. Quiero decir que sí, no la tienes. Pero eso no es lo único.
—¿Qué más?
—Estoy a dieta de citas.
A Pedro le parecía la peor excusa que había oído nunca. Ya podía imaginarse el titular. El anteriormente chico malo se estrella de cara. Su reputación pende de un hilo. Se sentía irritado, pero no quería dar un mal ejemplo a los chicos.
—¿Y qué me dices de un café?
—No, gracias.
La agarró del brazo de todos modos y la condujo hacia la sala trasera. Aquella conversación no era para adolescentes curiosos.
Polos Opuestos: Capítulo 14
Pedro supervisó a un grupo de adolescentes que estaban poniendo las luces en el árbol de Navidad de Roots. Podría haber ayudado, haber hecho sugerencias sobre la colocación y la simetría, pero era su árbol y no necesitaban a ningún adulto metiendo las narices. Esa era parte de la filosofía allí. Supervisar la seguridad y aconsejar solo cuando se lo pedían. Al ver a aquellos chicos bromeando y riéndose, deseó haber tenido un lugar así cuando era joven. Había sido el sueño de Sonia, y esta había hecho todo lo posible por lograr que sucediera. El mural que ella había pintado de adolescentes haciendo deporte, utilizando ordenadores y escribiéndose mensajes de móvil llenaba la pared que daba a la calle principal. Había encontrado un viejo sofá, un sillón reclinable que ya no se reclinaba, unas lámparas horribles y mesas arañadas que los chicos podían usar sin preocuparse. Iban allí a hablar, a distraerse, a hacer los deberes y a divertirse. Gracias a una larga lista de voluntarios, siempre había un adulto cerca. Esa noche él era el adulto. Si tan solo Paula Chaves lo viera de ese modo. De alguna manera lograría que cambiara su opinión sobre él, aunque hasta el momento no tuviera ningún plan al respecto. La noche anterior la había visto en el Hitching Post con sus hermanos, que parecían estar echándole un sermón. Reconocía el lenguaje corporal de un hermano mayor, y recordaba lo joven y desafiante que había parecido ella. Unas voces furiosas a un lado del árbol llamaron su atención y se acercó para calmar la situación. Tres chicas contemplaban a los dos chicos, que empezaron a empujarse. Pedro comprendía por experiencia propia como un torrente de testosterona podía borrarle el sentido común a cualquiera, así que se apresuró a separarlos. Se abrió paso entre los adolescentes, que eran escuálidos y más bajos que él. Pero un puñetazo soltado al aire siempre era una preocupación.
—Dejenlo ya, chicos —aconsejó—. Usad las palabras.
—Ya lo ha hecho —dijo el del pelo rubio con fuego en la mirada—. Estaba hablando mal de mi hermana.
—No, tío. He dicho que estaba bien —respondió el otro, con su pelo negro a juego con los ojos y los vaqueros caídos.
Esa imagen atraía a las chicas por alguna razón y Pedro debería saberlo. Cuando era joven, había sobresalido en esa fase y nunca le había faltado la atención del sexo opuesto. Pero después su suerte con las chicas se había acabado. Para cuando se graduó en la universidad, pensaba que era lo suficientemente adulto para formar una familia, pero la chica a la que se lo había pedido se había resistido. Sonó la campanilla de la puerta de entrada, pero, antes de que pudiera ver quién había entrado, los dos combatientes se lanzaron de nuevo el uno contra el otro. Pedro estiró los brazos para mantenerlos separados.
—Ya basta, Guillermo—le dijo al rubio—. Cuidar de tu hermana es algo bueno, pero te garantizo que ella no te agradecerá que pegues a un tío que le hace un cumplido — entonces miró al tipo duro con severidad—. Era un cumplido, ¿Verdad, Tomás?
En los ojos oscuros del chico podía verse la rebeldía, pero finalmente pareció calmarse, lo que indicaba una tregua. La rendición completa necesitaría tiempo. Y madurez.
—Sí —dijo el chico—. No lo decía por nada.
—Eso me parecía —Pedro dejó caer las manos—. Choquen esos cinco, chicos, y vayan por una soda. Calmense.
En la parte de atrás había un frigorífico con fruta, bebidas frías y agua. También había una despensa llena de aperitivos. Los adolescentes no solo podían consumir cantidades increíbles de comida en circunstancias normales, sino que algunos chicos no comían lo suficiente en casa. Había familias con dificultades económicas debido a la pérdida de trabajo por la recesión. pedro esperaba que el proyecto de energías renovables en el que estaba trabajando crease oportunidades de empleo para algunas de ellas.
—¿Siempre es tan excitante estar aquí?
Pedro sabía que aquella voz pertenecía a la pelirroja que tenía en su cabeza. Había una amplia sonrisa en su cara cuando se dió la vuelta.
—Paula.
—Hola —dijo ella levantando una mano metida en una manopla.
—Normalmente está todo muy tranquilo por aquí —dijo él, mirando hacia la puerta por donde desaparecieron los adolescentes.
—Sé que no está bien aprobar la violencia, pero… —sonrió—. Un hermano que protege el honor de su hermana.
—Es lo que hacemos —él se había apresurado a defender a Carolina cuando Sonia había llevado a casa a un adolescente con problemas. Aunque resultó que había malinterpretado la situación. Pero Rose no estaba hablando de él—. Qué sorpresa tan agradable.
No era su frase más ingeniosa. Tal vez debiera sacar a pasear su alter ego de chico malo y ver si seguía funcionando.
—¿Cómo estás? —preguntó ella.
—Bien. ¿Y tú?
—Bien —llevaba una cazadora acolchada, una bufanda de cachemir azul marino y gorro y manoplas a juego. Los pantalones negros y las botas completaban su look invernal—. ¿Cómo está Carolina?
—Ocupada. Entre las clases en la universidad y el trabajo, tiene muchas cosas en la cabeza.
—Eso parece —Paula se quitó la cazadora y las manoplas, lo que significaba que no tenía demasiada prisa por marcharse—. Anoche te ví con ella.
—Dejenlo ya, chicos —aconsejó—. Usad las palabras.
—Ya lo ha hecho —dijo el del pelo rubio con fuego en la mirada—. Estaba hablando mal de mi hermana.
—No, tío. He dicho que estaba bien —respondió el otro, con su pelo negro a juego con los ojos y los vaqueros caídos.
Esa imagen atraía a las chicas por alguna razón y Pedro debería saberlo. Cuando era joven, había sobresalido en esa fase y nunca le había faltado la atención del sexo opuesto. Pero después su suerte con las chicas se había acabado. Para cuando se graduó en la universidad, pensaba que era lo suficientemente adulto para formar una familia, pero la chica a la que se lo había pedido se había resistido. Sonó la campanilla de la puerta de entrada, pero, antes de que pudiera ver quién había entrado, los dos combatientes se lanzaron de nuevo el uno contra el otro. Pedro estiró los brazos para mantenerlos separados.
—Ya basta, Guillermo—le dijo al rubio—. Cuidar de tu hermana es algo bueno, pero te garantizo que ella no te agradecerá que pegues a un tío que le hace un cumplido — entonces miró al tipo duro con severidad—. Era un cumplido, ¿Verdad, Tomás?
En los ojos oscuros del chico podía verse la rebeldía, pero finalmente pareció calmarse, lo que indicaba una tregua. La rendición completa necesitaría tiempo. Y madurez.
—Sí —dijo el chico—. No lo decía por nada.
—Eso me parecía —Pedro dejó caer las manos—. Choquen esos cinco, chicos, y vayan por una soda. Calmense.
En la parte de atrás había un frigorífico con fruta, bebidas frías y agua. También había una despensa llena de aperitivos. Los adolescentes no solo podían consumir cantidades increíbles de comida en circunstancias normales, sino que algunos chicos no comían lo suficiente en casa. Había familias con dificultades económicas debido a la pérdida de trabajo por la recesión. pedro esperaba que el proyecto de energías renovables en el que estaba trabajando crease oportunidades de empleo para algunas de ellas.
—¿Siempre es tan excitante estar aquí?
Pedro sabía que aquella voz pertenecía a la pelirroja que tenía en su cabeza. Había una amplia sonrisa en su cara cuando se dió la vuelta.
—Paula.
—Hola —dijo ella levantando una mano metida en una manopla.
—Normalmente está todo muy tranquilo por aquí —dijo él, mirando hacia la puerta por donde desaparecieron los adolescentes.
—Sé que no está bien aprobar la violencia, pero… —sonrió—. Un hermano que protege el honor de su hermana.
—Es lo que hacemos —él se había apresurado a defender a Carolina cuando Sonia había llevado a casa a un adolescente con problemas. Aunque resultó que había malinterpretado la situación. Pero Rose no estaba hablando de él—. Qué sorpresa tan agradable.
No era su frase más ingeniosa. Tal vez debiera sacar a pasear su alter ego de chico malo y ver si seguía funcionando.
—¿Cómo estás? —preguntó ella.
—Bien. ¿Y tú?
—Bien —llevaba una cazadora acolchada, una bufanda de cachemir azul marino y gorro y manoplas a juego. Los pantalones negros y las botas completaban su look invernal—. ¿Cómo está Carolina?
—Ocupada. Entre las clases en la universidad y el trabajo, tiene muchas cosas en la cabeza.
—Eso parece —Paula se quitó la cazadora y las manoplas, lo que significaba que no tenía demasiada prisa por marcharse—. Anoche te ví con ella.
Polos Opuestos: Capítulo 13
—Considéralo una intervención —respondió él a modo de doctor.
Y, dado que era doctor, le pegaba bastante.
—¿Para qué? No fumo, no me drogo, no bebo demasiado.
—Eres adicta a las citas —dijo Rodrigo.
—No estarán hablando en serio —contestó ella.
—Sí —Javier acercó una silla de la mesa de al lado—. Tienes demasiadas citas.
—Define demasiadas.
—Muchos hombres en muy poco tiempo —dijo Leandro antes de dar un trago a su cerveza—. Así, de primeras, se me ocurren Gastón, Gustavo y Sergio Pritchett.
—De acuerdo, pero…
—Ramiro Kelly —añadió Rodrigo—. El banquero de la hipoteca.
—Sí —Paula intentó ponerle una cara a ese nombre—. Era demasiado… banquero.
—No te acuerdas de él, ¿Verdad? —preguntó Gonzalo—. Ignacio Evans. Es un ranchero.
—Sebastián Lewis, presidente de la cámara de comercio —dijo Rodrigo girando su botella de cerveza.
Continuaron añadiendo nombres a una lista que se volvió impresionante. Le sorprendía que sus hermanos hubieran prestado tanta atención a su vida amorosa. O, más bien, a su ausencia de vida amorosa.
—Ni siquiera saben lo de David French —dijo Javier.
—Entonces se lo contaré —dijo ella—. Es abogado y me pidió salir porque quiere llevar los asuntos legales de la Chaves Oil de Montana. Y probablemente también de Texas.
—Imbécil —murmuró Gonzalo.
—Eso mismo pienso yo. Por eso llamé a Javier—se defendió ella—. Así que, si ya hemos terminado…
—No tan deprisa —dijeron todos.
Gonzalo la clavó a la mesa con una mirada.
—Tienes que parar, Pau. Tómate un descanso.
—No puedo hacer eso —se cruzó de brazos y los miró a cada uno con actitud desafiante.
—Sí que puedes. Aclárate —sugirió Rodrigo—. Decide qué es lo que estás buscando. Separa el grano de la paja.
—¿Qué significa eso?
Si aquello fuera un trabajo, estarían diciéndole que trabajara, que echara horas, que se volviese indispensable. Pero aquello era aún más importante. Era su vida, su felicidad. ¿Por qué encontrar el amor iba a requerir menos dedicación que su trabajo? Javier se inclinó hacia delante y apoyó los codos sobre las rodillas.
—Un poco de introspección no te haría daño, Pau. Tienes que averiguar por qué ningún hombre genera chispas.
Aquello no era del todo cierto. Con Pedro había suficientes chispas para provocar un incendio forestal. Miró hacia él y vió que la estaba mirando. La expresión de sus ojos desencadenó un hormigueo en su ombligo. Agarró la cerveza de Gonzalo y dió un trago para calmarse. Aquello con Pedro no era nada. No podía ser nada.
—Javier tiene razón —convino Rodrigo—. Tiempo muerto.
—¿Desde cuándo son la policía de las citas?
—Desde siempre —dijo Leandro—. Es lo que hacen los hermanos mayores. Además eran hombres y no lo entendían.
—Soy una mujer adulta. No pueden castigarme —protestó ella—. No crean que no se los agradezco todo lo que hacen, pero…
—Nada de excusas. Síndrome de abstinencia —Javier dió un trago a su cerveza—. Apuesto a que no puedes pasar un mes sin tener una cita.
—Una mujer de mi edad no puede permitirse mantenerse al margen durante tanto tiempo.
—No me hables a mí de años —dijo Leandro, el mayor, negando con la cabeza—. Tú eres un bebé.
—Nada de eso. Y ustedes no lo entienden. Todos han encontrado el amor sin ni siquiera intentarlo.
Los cuatro se quedaron mirándola y después empezaron a reírse.
—¿Qué les hace tanta gracia? —preguntó ella.
—Nunca es tan fácil como parece —argumentó Rodrigo —. Ezequiel es el último hermano Chaves que sigue soltero, y está en Texas. Tal vez tenga que ver con Thunder Canyon.
—Eso es lo que intento decirles —dijo ella—. Y tengo que seguir en el mercado…
—No —dijo Javier —. Eso es lo que intentamos decirte nosotros. Tiempo muerto, por el amor de Dios. Te reto a que eches el freno con las citas durante treinta días.
¿Retar? Paula apretó los dientes. Javier la conocía demasiado bien. Nunca dejaba pasar un reto.
—Vas a ir al infierno, Javier Chaves—le dijo a su hermano con odio.
Él no pareció muy impresionado.
—Un hermano tiene que hacer lo que tiene que hacer.
Paula se sintió aún más frustrada cuando los demás asintieron con la cabeza.
—Y si alguno de nosotros te pilla en una cita antes de ese tiempo, volverás a empezar, con dos semanas más —le advirtió Javier.
—¿Un mes y medio? —preguntó ella.
—Es un reto —le recordó él—. Y recuerda que esto no es Midland. Thunder Canyon es un pueblo pequeño y las noticias corren rápido, así que no intentes nada. Tenemos ojos y oídos en todas partes.
—Se la devolveré. A todos y cada uno de ustedes—les dijo—. No sabrán cuándo ni dónde, pero el castigo se acerca.
—Sí, estamos asustados —Leandro se puso en pie y los demás le imitaron.
Le dió una palmadita en la cabeza. Gonzalo le dió un toquecito en la nariz. Rodrigo le revolvió el pelo. Después se marcharon y la dejaron con Javier. Mientras Paula observaba sus espaldas alejándose, su mirada se desvió hacia Pedro. Estaba mirando a su hermana con el ceño fruncido, y eso le recordó que su hermano debía conseguirle información sobre él. Vió que Javier se ponía la cazadora.
—¿Y qué te ha dicho Vanina sobre Pedro? —preguntó—. ¿Sabes ya por qué su vida amorosa solo puede ir hacia arriba?
—No saldrás con nadie durante un mes —respondió Javier, mirándola como si tuviera dos cabezas—. ¿Qué te importa?
—No me importa.
Aquello era una gran mentira. Pero peor que mentirle a su hermano era el hecho de no poder dejar de pensar en Pedro Alfonso.
Y, dado que era doctor, le pegaba bastante.
—¿Para qué? No fumo, no me drogo, no bebo demasiado.
—Eres adicta a las citas —dijo Rodrigo.
—No estarán hablando en serio —contestó ella.
—Sí —Javier acercó una silla de la mesa de al lado—. Tienes demasiadas citas.
—Define demasiadas.
—Muchos hombres en muy poco tiempo —dijo Leandro antes de dar un trago a su cerveza—. Así, de primeras, se me ocurren Gastón, Gustavo y Sergio Pritchett.
—De acuerdo, pero…
—Ramiro Kelly —añadió Rodrigo—. El banquero de la hipoteca.
—Sí —Paula intentó ponerle una cara a ese nombre—. Era demasiado… banquero.
—No te acuerdas de él, ¿Verdad? —preguntó Gonzalo—. Ignacio Evans. Es un ranchero.
—Sebastián Lewis, presidente de la cámara de comercio —dijo Rodrigo girando su botella de cerveza.
Continuaron añadiendo nombres a una lista que se volvió impresionante. Le sorprendía que sus hermanos hubieran prestado tanta atención a su vida amorosa. O, más bien, a su ausencia de vida amorosa.
—Ni siquiera saben lo de David French —dijo Javier.
—Entonces se lo contaré —dijo ella—. Es abogado y me pidió salir porque quiere llevar los asuntos legales de la Chaves Oil de Montana. Y probablemente también de Texas.
—Imbécil —murmuró Gonzalo.
—Eso mismo pienso yo. Por eso llamé a Javier—se defendió ella—. Así que, si ya hemos terminado…
—No tan deprisa —dijeron todos.
Gonzalo la clavó a la mesa con una mirada.
—Tienes que parar, Pau. Tómate un descanso.
—No puedo hacer eso —se cruzó de brazos y los miró a cada uno con actitud desafiante.
—Sí que puedes. Aclárate —sugirió Rodrigo—. Decide qué es lo que estás buscando. Separa el grano de la paja.
—¿Qué significa eso?
Si aquello fuera un trabajo, estarían diciéndole que trabajara, que echara horas, que se volviese indispensable. Pero aquello era aún más importante. Era su vida, su felicidad. ¿Por qué encontrar el amor iba a requerir menos dedicación que su trabajo? Javier se inclinó hacia delante y apoyó los codos sobre las rodillas.
—Un poco de introspección no te haría daño, Pau. Tienes que averiguar por qué ningún hombre genera chispas.
Aquello no era del todo cierto. Con Pedro había suficientes chispas para provocar un incendio forestal. Miró hacia él y vió que la estaba mirando. La expresión de sus ojos desencadenó un hormigueo en su ombligo. Agarró la cerveza de Gonzalo y dió un trago para calmarse. Aquello con Pedro no era nada. No podía ser nada.
—Javier tiene razón —convino Rodrigo—. Tiempo muerto.
—¿Desde cuándo son la policía de las citas?
—Desde siempre —dijo Leandro—. Es lo que hacen los hermanos mayores. Además eran hombres y no lo entendían.
—Soy una mujer adulta. No pueden castigarme —protestó ella—. No crean que no se los agradezco todo lo que hacen, pero…
—Nada de excusas. Síndrome de abstinencia —Javier dió un trago a su cerveza—. Apuesto a que no puedes pasar un mes sin tener una cita.
—Una mujer de mi edad no puede permitirse mantenerse al margen durante tanto tiempo.
—No me hables a mí de años —dijo Leandro, el mayor, negando con la cabeza—. Tú eres un bebé.
—Nada de eso. Y ustedes no lo entienden. Todos han encontrado el amor sin ni siquiera intentarlo.
Los cuatro se quedaron mirándola y después empezaron a reírse.
—¿Qué les hace tanta gracia? —preguntó ella.
—Nunca es tan fácil como parece —argumentó Rodrigo —. Ezequiel es el último hermano Chaves que sigue soltero, y está en Texas. Tal vez tenga que ver con Thunder Canyon.
—Eso es lo que intento decirles —dijo ella—. Y tengo que seguir en el mercado…
—No —dijo Javier —. Eso es lo que intentamos decirte nosotros. Tiempo muerto, por el amor de Dios. Te reto a que eches el freno con las citas durante treinta días.
¿Retar? Paula apretó los dientes. Javier la conocía demasiado bien. Nunca dejaba pasar un reto.
—Vas a ir al infierno, Javier Chaves—le dijo a su hermano con odio.
Él no pareció muy impresionado.
—Un hermano tiene que hacer lo que tiene que hacer.
Paula se sintió aún más frustrada cuando los demás asintieron con la cabeza.
—Y si alguno de nosotros te pilla en una cita antes de ese tiempo, volverás a empezar, con dos semanas más —le advirtió Javier.
—¿Un mes y medio? —preguntó ella.
—Es un reto —le recordó él—. Y recuerda que esto no es Midland. Thunder Canyon es un pueblo pequeño y las noticias corren rápido, así que no intentes nada. Tenemos ojos y oídos en todas partes.
—Se la devolveré. A todos y cada uno de ustedes—les dijo—. No sabrán cuándo ni dónde, pero el castigo se acerca.
—Sí, estamos asustados —Leandro se puso en pie y los demás le imitaron.
Le dió una palmadita en la cabeza. Gonzalo le dió un toquecito en la nariz. Rodrigo le revolvió el pelo. Después se marcharon y la dejaron con Javier. Mientras Paula observaba sus espaldas alejándose, su mirada se desvió hacia Pedro. Estaba mirando a su hermana con el ceño fruncido, y eso le recordó que su hermano debía conseguirle información sobre él. Vió que Javier se ponía la cazadora.
—¿Y qué te ha dicho Vanina sobre Pedro? —preguntó—. ¿Sabes ya por qué su vida amorosa solo puede ir hacia arriba?
—No saldrás con nadie durante un mes —respondió Javier, mirándola como si tuviera dos cabezas—. ¿Qué te importa?
—No me importa.
Aquello era una gran mentira. Pero peor que mentirle a su hermano era el hecho de no poder dejar de pensar en Pedro Alfonso.
Polos Opuestos: Capítulo 12
—¿Qué estás haciendo aquí, Javier? —su interpretación no le reportaría ningún premio, pero era lo mejor que podía hacer.
—Tienes el móvil apagado. Hay un asunto familiar urgente y he venido a buscarte.
—¿No puede esperar a que Harvey y yo cenemos?
—No —había un brillo peligroso en los ojos de su hermano, y se preguntó si tal vez habría tirado demasiado de la cuerda.
—Javier no estaría aquí si no fuera importante —fingió arrepentimiento cuando miró a David—. Lo siento, pero parece que la cita va a terminar antes de tiempo.
—Solo si podemos dejarlo para otro día —contestó David.
—Claro —no era mentira del todo. Se puso en pie y agarró el abrigo y el bolso— . Gracias por la copa.
Levantó la mano para despedirse y después siguió a su hermano fuera. Su nuevo utilitario de lujo estaba aparcado junto a la acera, prueba de que estaba sentando la cabeza. Rose abrió la puerta y entró.
—Eres mi salvavidas.
—Sí —Javier metió la llave en el contacto y el coche se puso en marcha.
—Te lo compensaré.
—Bien, porque me debes una buena. Vanina y yo estábamos a punto de tener un… momento romántico.
Eso era lo que había temido. Tenía el pelo revuelto, como si Vanina le hubiese despeinado con los dedos. Por debajo de la cazadora le asomaba el faldón de la camisa, como si se hubiera vestido apresuradamente y no hubiera tenido tiempo de metérsela por debajo del pantalón. No había mucho que pudiera decir, pero tenía que intentarlo.
—Lo siento mucho. Me siento fatal, pero estaba desesperada.
—Eso te pasa por salir con alguien del trabajo.
—¿Cómo si no voy a conocer hombres?
La única respuesta de Javier fue una mirada furiosa. En el silencio que se produjo a continuación, Paula se dió cuenta de que su hermano iba conduciendo en dirección contraria adonde se encontraba su apartamento.
—¿Dónde vamos?
—Ya lo verás.
Pocos minutos más tarde, su hermano aparcó frente al Hitching Post.
—No me he inventado lo del asunto familiar urgente.
Paula lo miró con los párpados entornados.
—¿Qué sucede?
—Ven conmigo.
—¿Tengo elección?
—No.
Salió del coche y se reunió con ella al otro lado. Una farola iluminaba su rostro, y cabía la posibilidad de que su mirada de odio fuese permanente. Sin decir palabra, lo siguió al interior. Al contrario que el Lipsmackin’ Ribs, un martes por la noche, aquel lugar estaba tranquilo. Dividido por una media pared, había un restaurante a un lado y un bar en el otro. Paula estaba bastante segura de que iban al bar. Sus sospechas se confirmaron cuando vio a sus hermanos Leandro, Gonzalo y Rodrigo sentados a una mesa con la mejor vista del cuadro situado detrás de la barra. En la imagen, una Lily Divine medio desnuda les hacía ojitos.
—Apuesto a que a ella no le costaba encontrar hombres —murmuró Paula.
Y fue entonces cuando vió a Pedro Alfonso en la zona del restaurante sentado a una mesa con su hermana Angie. Noche familiar en el Hitching Post, qué suerte la suya. La vieron, la saludaron y ella levantó una mano en respuesta. Por un instante pensó en unirse a ellos, pues era evidente que Javier había movilizado a los refuerzos Chaves por alguna razón. Todos sus hermanos estaban allí salvo Ezequiel, que seguía en Midland, Texas. Fuera lo que fuera lo que quisieran decir, probablemente no era algo que ella deseara oír. Y preferiría que Pedro no tuviera un asiento de primera fila. Ya había visto como le pedían el carné, y recibir un sermón del clan de los Chaves no era otra humillación que quisiera que él presenciara.
—¿Sabes, Javier? Creo que voy a saltarme esta reunión familiar —dijo.
—Si das un paso hacia esa puerta, te colgaré de mi hombro —no creía que fuera posible que su mirada feroz se intensificara.
—De acuerdo, acabemos con esto.
—Justo lo que yo pienso. Vanina está esperando.
Paula pasó frente a él y, con la cabeza bien alta, caminó hacia la mesa donde esperaban sus hermanos. Todos medían como mínimo un metro ochenta, tenían los hombros anchos y el pelo oscuro. Le había dicho a Pedro que eran los hombres más guapos de la boda, pero en aquel momento habría sustituido ese atributo por el de «molestos». Ocupó el último asiento disponible de la mesa de cuatro. Los tres tenían cervezas, y había una cuarta que Javier levantó. Nada para ella. Leandro, el mayor, apoyó los antebrazos en la mesa.
—Javier me llamó después de que dieras la alarma, Paula. Y decidí que era el momento de tener una reunión familiar.
—¿Por qué? —no era la primera vez, pero no ocurría muy a menudo.
—Tienes el móvil apagado. Hay un asunto familiar urgente y he venido a buscarte.
—¿No puede esperar a que Harvey y yo cenemos?
—No —había un brillo peligroso en los ojos de su hermano, y se preguntó si tal vez habría tirado demasiado de la cuerda.
—Javier no estaría aquí si no fuera importante —fingió arrepentimiento cuando miró a David—. Lo siento, pero parece que la cita va a terminar antes de tiempo.
—Solo si podemos dejarlo para otro día —contestó David.
—Claro —no era mentira del todo. Se puso en pie y agarró el abrigo y el bolso— . Gracias por la copa.
Levantó la mano para despedirse y después siguió a su hermano fuera. Su nuevo utilitario de lujo estaba aparcado junto a la acera, prueba de que estaba sentando la cabeza. Rose abrió la puerta y entró.
—Eres mi salvavidas.
—Sí —Javier metió la llave en el contacto y el coche se puso en marcha.
—Te lo compensaré.
—Bien, porque me debes una buena. Vanina y yo estábamos a punto de tener un… momento romántico.
Eso era lo que había temido. Tenía el pelo revuelto, como si Vanina le hubiese despeinado con los dedos. Por debajo de la cazadora le asomaba el faldón de la camisa, como si se hubiera vestido apresuradamente y no hubiera tenido tiempo de metérsela por debajo del pantalón. No había mucho que pudiera decir, pero tenía que intentarlo.
—Lo siento mucho. Me siento fatal, pero estaba desesperada.
—Eso te pasa por salir con alguien del trabajo.
—¿Cómo si no voy a conocer hombres?
La única respuesta de Javier fue una mirada furiosa. En el silencio que se produjo a continuación, Paula se dió cuenta de que su hermano iba conduciendo en dirección contraria adonde se encontraba su apartamento.
—¿Dónde vamos?
—Ya lo verás.
Pocos minutos más tarde, su hermano aparcó frente al Hitching Post.
—No me he inventado lo del asunto familiar urgente.
Paula lo miró con los párpados entornados.
—¿Qué sucede?
—Ven conmigo.
—¿Tengo elección?
—No.
Salió del coche y se reunió con ella al otro lado. Una farola iluminaba su rostro, y cabía la posibilidad de que su mirada de odio fuese permanente. Sin decir palabra, lo siguió al interior. Al contrario que el Lipsmackin’ Ribs, un martes por la noche, aquel lugar estaba tranquilo. Dividido por una media pared, había un restaurante a un lado y un bar en el otro. Paula estaba bastante segura de que iban al bar. Sus sospechas se confirmaron cuando vio a sus hermanos Leandro, Gonzalo y Rodrigo sentados a una mesa con la mejor vista del cuadro situado detrás de la barra. En la imagen, una Lily Divine medio desnuda les hacía ojitos.
—Apuesto a que a ella no le costaba encontrar hombres —murmuró Paula.
Y fue entonces cuando vió a Pedro Alfonso en la zona del restaurante sentado a una mesa con su hermana Angie. Noche familiar en el Hitching Post, qué suerte la suya. La vieron, la saludaron y ella levantó una mano en respuesta. Por un instante pensó en unirse a ellos, pues era evidente que Javier había movilizado a los refuerzos Chaves por alguna razón. Todos sus hermanos estaban allí salvo Ezequiel, que seguía en Midland, Texas. Fuera lo que fuera lo que quisieran decir, probablemente no era algo que ella deseara oír. Y preferiría que Pedro no tuviera un asiento de primera fila. Ya había visto como le pedían el carné, y recibir un sermón del clan de los Chaves no era otra humillación que quisiera que él presenciara.
—¿Sabes, Javier? Creo que voy a saltarme esta reunión familiar —dijo.
—Si das un paso hacia esa puerta, te colgaré de mi hombro —no creía que fuera posible que su mirada feroz se intensificara.
—De acuerdo, acabemos con esto.
—Justo lo que yo pienso. Vanina está esperando.
Paula pasó frente a él y, con la cabeza bien alta, caminó hacia la mesa donde esperaban sus hermanos. Todos medían como mínimo un metro ochenta, tenían los hombros anchos y el pelo oscuro. Le había dicho a Pedro que eran los hombres más guapos de la boda, pero en aquel momento habría sustituido ese atributo por el de «molestos». Ocupó el último asiento disponible de la mesa de cuatro. Los tres tenían cervezas, y había una cuarta que Javier levantó. Nada para ella. Leandro, el mayor, apoyó los antebrazos en la mesa.
—Javier me llamó después de que dieras la alarma, Paula. Y decidí que era el momento de tener una reunión familiar.
—¿Por qué? —no era la primera vez, pero no ocurría muy a menudo.
Polos Opuestos: Capítulo 11
—Soy bastante bueno con los esquíes —dijo él—. Pero no hay nada como el torrente de adrenalina de la tabla.
—Ah —no pudo resistirse—. Apuesto a que eso también es un buen entrenamiento como abogado. Si te caes, vuelves a levantarte.
—Chica lista. Me decanté por la carrera de abogado porque conocer las leyes te proporciona poder. Y está bien pagado además —sonrió y le guiñó un ojo.
Santo Dios, ¿Acababa de guiñarle un ojo? Apenas pudo contener el escalofrío.
—Tengo influencia con el alcalde —bajó la voz como si estuviera compartiendo con ella un secreto de estado y todas las familias que comían costillas alrededor fueran espías—. Si tu hermano Gonzalo necesita asesoramiento legal para su empresa,yo soy su hombre. O si quiere fusionar los departamentos legales de Texas y de Montana, también podría ayudarle con eso.
De pronto Paula lo vió todo claro. Aquel fanfarrón no se sentía más atraído por ella de lo que ella se sentía por él. Tenía un motivo oculto para invitarla a cenar. Si David no hubiera pasado a recogerla por su apartamento, se habría marchado en aquel preciso momento. Pero su casa estaba lejos y además llevaba tacones. Se puso en pie de pronto.
—Disculpa, David. Voy al cuarto de baño.
Antes de que él pudiera responder, se dio la vuelta y atravesó la sala. Llegó a la sala con las puertas de «Hombres» y «Mujeres». Abrió la de las mujeres y tomó aire, agradecida por estar sola.
—Ese charlatán pomposo. Maldito manipulador egocéntrico. ¿Cómo se atreve a utilizarme para conseguir el contacto de Gonzalo?
Debía de haber una manera de poner fin a aquella experiencia tan horrible. No sería práctico marcharse sin más, y no podía insistir en que la llevase a casa inmediatamente. Trabajar con él se volvería incómodo si no estaba exagerando y en efecto tenía acceso al alcalde. Probablemente Bernardo Clifton conociera a David desde hacía mucho tiempo. ¿Cómo podía poner fin a aquella cita horrenda sin cometer un homicidio justificado? Sería en defensa propia porque, si duraba más, David French la mataría de aburrimiento. Pero, si le estrangulaba, podría ir a la cárcel. Eso disgustaría a su familia y no creía que le fuese a ir bien en prisión. Aunque David le daba ganas de vomitar, fingir que estaba enferma sería un problema. Sus habilidades interpretativas no eran tan buenas. Solo le quedaba una cosa que hacer, lo que siempre hacía cuando tenía problemas. Sacó el móvil del bolso y marcó el número de Jackson. Lo último que le había dicho su hermano en la boda era que, si lo necesitaba, ahí estaría. Era hora de demostrar sus palabras. Paula se mordió el labio mientras el teléfono daba tres tonos, cuatro, cinco. Maldición. No contestaba. Justo cuando temía que fuese a saltar el buzón de voz, Javier descolgó el teléfono.
—¿Qué? —sonaba malhumorado y sin aliento, como si estuviera corriendo, o… Oh, no. Con el identificador de llamadas, ya sabría quién llamaba, así que tenía que decir algo.
—Soy Paula.
—¿Estás bien? —parecía alarmado.
—Sí, físicamente. Tengo una cita, pero…
—¿Me llamas para decirme que tienes una cita? ¿Qué soy? ¿Tú mejor amiga? Eso no es ninguna novedad. Para tí es lo normal.
—No, Javier, escucha. Estoy con él ahora mismo…
—¿Por qué suena con eco tu voz?
Paula apoyó el hombro en la pared. Tenía el espejo y el lavabo al lado. Se quedó mirando su reflejo. La desesperación era evidente en su cara, y esperaba que también en su voz.
—Estoy escondida en el cuarto de baño, así que técnicamente él no está aquí. Está esperándome en la mesa.
—No necesito que me lo describas todo…
—Deja de gritar y escucha. Tienes que sacarme de aquí.
—¿Es qué no tienes piernas? Sal andando.
—Él me ha recogido en casa, no tengo coche. El caso es que le he conocido en el trabajo. No puedo solventar esto de manera elegante y podría ser incómodo en la oficina.
—Paula… —dijo su hermano, molesto.
—Por favor, Javier. No te habría molestado si tuviera otra salida. Te ruego que me saques de aquí. Piensa en algo para que no se sienta ofendido. Tiene mucho ego. Estoy en el Lipsmackin’ Ribs.
—Traidora.
—No ha sido idea mía —protestó ella—. Me ha sorprendido. ¿Pero entiendes a lo que me enfrento?
—Dame quince minutos —contestó su hermano tras un largo silencio.
—Gracias, Javier.
Paula se pintó los labios de nuevo y regresó a la mesa.
—Todo resuelto.
David parecía algo ofendido.
—La camarera ha venido a tomar nota, pero no sabía lo que querías.
Eso le sorprendió viniendo del hombre que creía que lo sabía todo. Por otra parte, no quería que él estuviera pendiente de una comida que ella no tenía intención de comer.
—Hemos estado tan ocupados parloteando que no he tenido ocasión de mirar la carta —le dedicó a David una sonrisa radiante, ahora que sabía que la ayuda estaba en camino.
De hecho pasaron casi veinticinco minutos antes de que Javier apareciera por fin. Se detuvo junto a la mesa y frunció el ceño.
—Te estaba buscando.
—¿Javier? —preguntó ella aparentando sorpresa—. Estoy en una cita. David French, este es mi hermano, Javier Chaves.
—Un placer —dijo David extendiendo la mano.
—Ah —no pudo resistirse—. Apuesto a que eso también es un buen entrenamiento como abogado. Si te caes, vuelves a levantarte.
—Chica lista. Me decanté por la carrera de abogado porque conocer las leyes te proporciona poder. Y está bien pagado además —sonrió y le guiñó un ojo.
Santo Dios, ¿Acababa de guiñarle un ojo? Apenas pudo contener el escalofrío.
—Tengo influencia con el alcalde —bajó la voz como si estuviera compartiendo con ella un secreto de estado y todas las familias que comían costillas alrededor fueran espías—. Si tu hermano Gonzalo necesita asesoramiento legal para su empresa,yo soy su hombre. O si quiere fusionar los departamentos legales de Texas y de Montana, también podría ayudarle con eso.
De pronto Paula lo vió todo claro. Aquel fanfarrón no se sentía más atraído por ella de lo que ella se sentía por él. Tenía un motivo oculto para invitarla a cenar. Si David no hubiera pasado a recogerla por su apartamento, se habría marchado en aquel preciso momento. Pero su casa estaba lejos y además llevaba tacones. Se puso en pie de pronto.
—Disculpa, David. Voy al cuarto de baño.
Antes de que él pudiera responder, se dio la vuelta y atravesó la sala. Llegó a la sala con las puertas de «Hombres» y «Mujeres». Abrió la de las mujeres y tomó aire, agradecida por estar sola.
—Ese charlatán pomposo. Maldito manipulador egocéntrico. ¿Cómo se atreve a utilizarme para conseguir el contacto de Gonzalo?
Debía de haber una manera de poner fin a aquella experiencia tan horrible. No sería práctico marcharse sin más, y no podía insistir en que la llevase a casa inmediatamente. Trabajar con él se volvería incómodo si no estaba exagerando y en efecto tenía acceso al alcalde. Probablemente Bernardo Clifton conociera a David desde hacía mucho tiempo. ¿Cómo podía poner fin a aquella cita horrenda sin cometer un homicidio justificado? Sería en defensa propia porque, si duraba más, David French la mataría de aburrimiento. Pero, si le estrangulaba, podría ir a la cárcel. Eso disgustaría a su familia y no creía que le fuese a ir bien en prisión. Aunque David le daba ganas de vomitar, fingir que estaba enferma sería un problema. Sus habilidades interpretativas no eran tan buenas. Solo le quedaba una cosa que hacer, lo que siempre hacía cuando tenía problemas. Sacó el móvil del bolso y marcó el número de Jackson. Lo último que le había dicho su hermano en la boda era que, si lo necesitaba, ahí estaría. Era hora de demostrar sus palabras. Paula se mordió el labio mientras el teléfono daba tres tonos, cuatro, cinco. Maldición. No contestaba. Justo cuando temía que fuese a saltar el buzón de voz, Javier descolgó el teléfono.
—¿Qué? —sonaba malhumorado y sin aliento, como si estuviera corriendo, o… Oh, no. Con el identificador de llamadas, ya sabría quién llamaba, así que tenía que decir algo.
—Soy Paula.
—¿Estás bien? —parecía alarmado.
—Sí, físicamente. Tengo una cita, pero…
—¿Me llamas para decirme que tienes una cita? ¿Qué soy? ¿Tú mejor amiga? Eso no es ninguna novedad. Para tí es lo normal.
—No, Javier, escucha. Estoy con él ahora mismo…
—¿Por qué suena con eco tu voz?
Paula apoyó el hombro en la pared. Tenía el espejo y el lavabo al lado. Se quedó mirando su reflejo. La desesperación era evidente en su cara, y esperaba que también en su voz.
—Estoy escondida en el cuarto de baño, así que técnicamente él no está aquí. Está esperándome en la mesa.
—No necesito que me lo describas todo…
—Deja de gritar y escucha. Tienes que sacarme de aquí.
—¿Es qué no tienes piernas? Sal andando.
—Él me ha recogido en casa, no tengo coche. El caso es que le he conocido en el trabajo. No puedo solventar esto de manera elegante y podría ser incómodo en la oficina.
—Paula… —dijo su hermano, molesto.
—Por favor, Javier. No te habría molestado si tuviera otra salida. Te ruego que me saques de aquí. Piensa en algo para que no se sienta ofendido. Tiene mucho ego. Estoy en el Lipsmackin’ Ribs.
—Traidora.
—No ha sido idea mía —protestó ella—. Me ha sorprendido. ¿Pero entiendes a lo que me enfrento?
—Dame quince minutos —contestó su hermano tras un largo silencio.
—Gracias, Javier.
Paula se pintó los labios de nuevo y regresó a la mesa.
—Todo resuelto.
David parecía algo ofendido.
—La camarera ha venido a tomar nota, pero no sabía lo que querías.
Eso le sorprendió viniendo del hombre que creía que lo sabía todo. Por otra parte, no quería que él estuviera pendiente de una comida que ella no tenía intención de comer.
—Hemos estado tan ocupados parloteando que no he tenido ocasión de mirar la carta —le dedicó a David una sonrisa radiante, ahora que sabía que la ayuda estaba en camino.
De hecho pasaron casi veinticinco minutos antes de que Javier apareciera por fin. Se detuvo junto a la mesa y frunció el ceño.
—Te estaba buscando.
—¿Javier? —preguntó ella aparentando sorpresa—. Estoy en una cita. David French, este es mi hermano, Javier Chaves.
—Un placer —dijo David extendiendo la mano.
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