—¿Por qué?
—Porque probablemente siempre hayas aparentado doce años.
—Gracias, creo —Paula dió un trago a su copa.
—¿Qué va a querer usted? —le preguntó el camarero a Pedro.
—Cerveza. Una botella.
—Enseguida.
—Un momento —le dijo Paula al camarero—. ¿Cómo es que a él no le ha pedido el carné?
El hombre sonrió.
—Porque solo con mirarlo sé que es legal.
Pedro dió las gracias con su botella y juntos atravesaron la pista de baile para buscar su mesa. Paula tenía el ceño fruncido.
—¿Qué te preocupa, pelirroja? —preguntó él.
—Como si no lo supieras —respondió ella entre dientes.
—Siempre he parecido mayor —contestó Pedro encogiéndose de hombros—. Por eso pude hacerme un tatuaje cuando era menor de edad.
—Ni hablar.
—Sí —dió un trago a su cerveza—. Y es una chulada.
—¿Dónde está? Enséñamelo.
—Para eso tendría que desnudarme…
Paula le dirigió una mirada irónica y negó con la cabeza. Una pena. A Pedro le hubiera encantado desnudarla y ver si tenía más pecas en el cuerpo. Se mostraba verdaderamente testaruda con lo de la edad y, si él fuera tan listo como todo el mundo pensaba, tiraría la toalla. El problema era que le gustaba. Era una auténtica llama, y no tenía que ver con el color de su pelo. Se sentía inclinado a aguantar un poco y ver si lograba encender su fuego.
Después de la cena, Paula estaba sentada en su silla viendo a las parejas en la pista de baile. Hasta hacía pocos minutos, Pedro y ella habían sido una de esas parejas, y había disfrutado del roce de sus brazos a su alrededor. Pero entonces su hermana Carolina lo había convocado para bailar los pajaritos. ¿A qué boda que se preciara podía faltarle eso? Todos parecían estar divirtiéndose. ¿Y por qué no? El evento había cumplido con sus expectativas como acontecimiento social del año. Era encantador. Aquella sala parecía tan mágica como el vestíbulo transformado del complejo, con las luces titilantes que envolvían unas ramas blancas y las flores de pascua, que añadían un toque rojo. Las novias estaban perfectas y felices con sus apuestos maridos. Era la fantasía romántica definitiva y Paula empezaba a dudar seriamente que la suya fuese a hacerse realidad algún día. Su hermano Javier eligió ese preciso instante para sentarse a su lado. Su prometida, Vanina Cates, acercó una silla también.
—Hola, hermana.
—Hola. Hola, Laila.
—Hola, Paula—dijo la otra mujer con una sonrisa—. Me encanta tu vestido.
Paula agradecía el cumplido, pero eso no le levantó el ánimo. Deseaba apoyar la cabeza en el hombro fuerte de su hermano, pero él no lo comprendería, porque él había encontrado al amor de su vida. Rubia, de ojos azules y muy guapa, Vanina parecía salida de la revista People. Y el guapo de Javier, con su pelo y sus ojos oscuros, podría salir en el cine si no estuviera comprometido con la comunidad y trabajase como relaciones públicas para la Chaves Oil de Montana.
—Esta noche estás muy guapa —añadió Vanina.
Paula sonrió a su futura cuñada.
—Puede que fuese medianamente atractiva hasta que te has sentado tú.
—Oh, por favor —dijo Vanina, agitando la mano para quitarle importancia al cumplido.
Los ojos de Javier brillaban con orgullo y amor cuando la miró.
—Mi hermana tiene razón.
—¿En qué? —preguntó Paula—. ¿En qué tengo que ponerme una bolsa en la cabeza?
—No, en que la mujer con la que voy a casarme es tan guapa como dulce y cariñosa.
—Sí —contestó Paula—. Si no lo fuera, disfrutaría odiándola.
Vanina se carcajeó y, como todo lo demás en ella, el sonido fue precioso. Lo menos que podía hacer era resoplar.
—Probablemente ese sea el cumplido más sincero que me han hecho nunca.
—Pero es cierto —dijo Paula—. Maldita sea.
—¿No te alegras por mí? —preguntó Javier—. ¿Por nosotros?
—Claro que sí. De verdad.
—¿Qué sucede?
—Todo va bien —si fingía con decisión, tal vez no fuese mentira.
—Mira, Pau, a estas alturas ya deberías saber que no puedes engañarme. ¿Por qué no me cuentas lo que te pasa?
—Porque realmente no deseas saberlo.
—Claro que sí. Los dos queremos —dijo Javier, y Vanina asintió con la cabeza.
viernes, 28 de septiembre de 2018
Polos Opuestos: Capítulo 7
—Hecho. Pero la copa me la pago yo.
—Es barra libre.
—Qué generoso —bromeó ella.
Pedro le puso la mano en la espalda y la condujo hacia el final de la fila. No tardaron en llegar hasta los recién casados, que estaban de pie frente a las puertas que daban a la sala Gallatin. Paula abrazó a Martín Cates y después a su esposa.
—Enhorabuena. Estás despampanante.
—Gracias —respondió Martín.
Aldana sonrió radiante.
—Se refería a mí, aunque tú también estás espectacular, marido.
En la escuela, Pedro iba un par de cursos por detrás de los gemelos, pero todos se conocían bien. Le estrechó la mano a Martín y después abrazó a su esposa.
—Supongo que ya es demasiado tarde para intentar convencerte de que huyas conmigo.
—Lo siento —contestó la hermosa rubia—. Hace tiempo que era demasiado tarde.
—Si cambias de opinión…
—Ni hablar —dijo ella.
Paula siguió caminando y le dió un abrazo a Lautaro.
—Enhorabuena. Les deseo toda la felicidad del mundo.
—Gracias, Paula. Hola, Pedro. ¿O debería decir «hermano»?
—Respondo a ambas cosas —y lo decía en serio. La relación ahora era legal, pero se sentía como si de verdad tuviera un hermano. Se encontró con la mirada de su hermana y el brillo de interés por su cita no le pasó desapercibido—. ¿Sonia, conoces a Paula Chaves?
—No —ambas se dieron la mano—. Lautaro y yo hemos estado viajando y planeando la boda. Pero oí que te mudaste aquí desde Texas.
—Sí —contestó Paula con una sonrisa—. Cuando vine a la boda de mi hermano Rodrigo, me enamoré de Thunder Canyon.
—Y quién no —dijo Sonia—. Pero no entiendo qué estás haciendo aquí con mi hermano.
—¿Qué? —Paula pareció una niña a la que acabaran de pillar copiando en un examen—. ¿Por qué?
—Porque es un imbécil repugnante —contestó Sonia con una sonrisa—. Pero le quiero igual.
—Lo mismo digo, So—obviamente su hermana estaba bromeando, pero Paula se había puesto directamente en un mal lugar y él no sabía cómo sacarla de allí, así que le pasó un brazo por la cintura—. Vamos a buscar nuestra mesa.
—Con suerte estará en un rincón oscuro detrás de una planta —susurró Paula.
—Eres excesivamente sensible. No es tanta diferencia. Acaba de ser tu cumpleaños —Pedro decidió que era mejor no precisar con números—. Y en dos meses yo seré un año mayor. ¿Ves? Prácticamente somos de la misma edad.
—Buen intento. Con unas matemáticas así, me sorprende que entraras en la carrera de ingeniería.
Pedro siguió a Paula, hechizado por el movimiento de su falda. Había mesas con manteles blancos a lo largo del perímetro de la sala. Habían dejado el centro despejado para el baile. Flores de pascua rojas y blancas con velas a cada lado conformaban los centros de mesa. En un rincón alejado estaban apilados los regalos de boda, y había dos barras a cada lado de la sala. Pedro la condujo directamente a la más cercana.
—Querría una copa de chardonnay —dijo ella.
El camarero, ataviado con camisa blanca, corbata roja y pantalones negros, tenía el pelo oscuro con canas.
—¿Puedo ver su carné?
—¿Qué? —preguntó ella.
—Su identificación —repitió él—. No puedo servir alcohol a menores de veintiún años.
—Yo ya los he superado —le aseguró Paula.
—De acuerdo, pero necesito una prueba —su tono era educado y profesional.
—Está bromeando, ¿Verdad?
—No.
—Es amigo tuyo —le dijo a Pedro—. Le has pedido que haga esto. Es una broma.
—No lo había visto en la vida —le aseguró Pedro.
Paula resopló, abrió su bolso de noche, sacó su carné de conducir y se lo entregó. El camarero comprobó la fecha y pareció sorprendido.
—Vaya, no suelo equivocarme tanto.
—Y yo no había sufrido tanto para conseguir una bebida alcohólica desde… Bueno, nunca.
—¿Alguna vez intentaste conseguir alcohol antes de tener la edad? —preguntó Pedro.
—No.
—Bien.
—Es barra libre.
—Qué generoso —bromeó ella.
Pedro le puso la mano en la espalda y la condujo hacia el final de la fila. No tardaron en llegar hasta los recién casados, que estaban de pie frente a las puertas que daban a la sala Gallatin. Paula abrazó a Martín Cates y después a su esposa.
—Enhorabuena. Estás despampanante.
—Gracias —respondió Martín.
Aldana sonrió radiante.
—Se refería a mí, aunque tú también estás espectacular, marido.
En la escuela, Pedro iba un par de cursos por detrás de los gemelos, pero todos se conocían bien. Le estrechó la mano a Martín y después abrazó a su esposa.
—Supongo que ya es demasiado tarde para intentar convencerte de que huyas conmigo.
—Lo siento —contestó la hermosa rubia—. Hace tiempo que era demasiado tarde.
—Si cambias de opinión…
—Ni hablar —dijo ella.
Paula siguió caminando y le dió un abrazo a Lautaro.
—Enhorabuena. Les deseo toda la felicidad del mundo.
—Gracias, Paula. Hola, Pedro. ¿O debería decir «hermano»?
—Respondo a ambas cosas —y lo decía en serio. La relación ahora era legal, pero se sentía como si de verdad tuviera un hermano. Se encontró con la mirada de su hermana y el brillo de interés por su cita no le pasó desapercibido—. ¿Sonia, conoces a Paula Chaves?
—No —ambas se dieron la mano—. Lautaro y yo hemos estado viajando y planeando la boda. Pero oí que te mudaste aquí desde Texas.
—Sí —contestó Paula con una sonrisa—. Cuando vine a la boda de mi hermano Rodrigo, me enamoré de Thunder Canyon.
—Y quién no —dijo Sonia—. Pero no entiendo qué estás haciendo aquí con mi hermano.
—¿Qué? —Paula pareció una niña a la que acabaran de pillar copiando en un examen—. ¿Por qué?
—Porque es un imbécil repugnante —contestó Sonia con una sonrisa—. Pero le quiero igual.
—Lo mismo digo, So—obviamente su hermana estaba bromeando, pero Paula se había puesto directamente en un mal lugar y él no sabía cómo sacarla de allí, así que le pasó un brazo por la cintura—. Vamos a buscar nuestra mesa.
—Con suerte estará en un rincón oscuro detrás de una planta —susurró Paula.
—Eres excesivamente sensible. No es tanta diferencia. Acaba de ser tu cumpleaños —Pedro decidió que era mejor no precisar con números—. Y en dos meses yo seré un año mayor. ¿Ves? Prácticamente somos de la misma edad.
—Buen intento. Con unas matemáticas así, me sorprende que entraras en la carrera de ingeniería.
Pedro siguió a Paula, hechizado por el movimiento de su falda. Había mesas con manteles blancos a lo largo del perímetro de la sala. Habían dejado el centro despejado para el baile. Flores de pascua rojas y blancas con velas a cada lado conformaban los centros de mesa. En un rincón alejado estaban apilados los regalos de boda, y había dos barras a cada lado de la sala. Pedro la condujo directamente a la más cercana.
—Querría una copa de chardonnay —dijo ella.
El camarero, ataviado con camisa blanca, corbata roja y pantalones negros, tenía el pelo oscuro con canas.
—¿Puedo ver su carné?
—¿Qué? —preguntó ella.
—Su identificación —repitió él—. No puedo servir alcohol a menores de veintiún años.
—Yo ya los he superado —le aseguró Paula.
—De acuerdo, pero necesito una prueba —su tono era educado y profesional.
—Está bromeando, ¿Verdad?
—No.
—Es amigo tuyo —le dijo a Pedro—. Le has pedido que haga esto. Es una broma.
—No lo había visto en la vida —le aseguró Pedro.
Paula resopló, abrió su bolso de noche, sacó su carné de conducir y se lo entregó. El camarero comprobó la fecha y pareció sorprendido.
—Vaya, no suelo equivocarme tanto.
—Y yo no había sufrido tanto para conseguir una bebida alcohólica desde… Bueno, nunca.
—¿Alguna vez intentaste conseguir alcohol antes de tener la edad? —preguntó Pedro.
—No.
—Bien.
Polos Opuestos: Capítulo 6
Pedro saludó a su jefe, Gonzalo Chaves, mientras conducía a Paula de vuelta por el camino que había recorrido con su hermana. Envidiaba a Sonia. Lautaro era un gran hombre y ambos estaban profundamente enamorados. Tenían toda la vida por delante. Era todo lo que él había deseado una vez.
Los Alfonso habían sido una familia tradicional antes de que su padre se marchara. Pedro aún recordaba cuando era pequeño y se culpaba a sí mismo por haber hecho algo mal. Su madre le hizo ver que no era culpa suya y siguieron hacia delante. Entonces ella murió y Sonia se hizo cargo de sus hermanos, renunciando a sus posibilidades de ir a la universidad y asumiendo una gran responsabilidad. Tenía recuerdos vívidos de aquel breve periodo en el que había tenido un padre y una madre. Y había deseado tener una familia propia, pero el sueño murió cuando Romina lo abandonó. Ahora simplemente quería divertirse. Con Paula.
Ella tenía la mano sobre su brazo, así que le puso los dedos encima y la miró. Estaba mirando a la gente que ocupaba sus asientos mientras pasaban como si fueran a acusarla de algo malo. Paula no lo sabía aún, pero era él el que tenía intenciones deshonestas. ¿Sabría lo mucho que deseaba besarla? Era tan guapa. El otro día no se había fijado en los hoyuelos de sus mejillas cuando sonreía. Ni en como el rabillo de los ojos se le arrugaba ligeramente cuando se reía. Por no hablar de cómo llenaba el vestido. El corpiño de terciopelo se pegaba a sus curvas y la falda de encaje resultaba de lo más sensual y provocativa. Pero estaba obsesionada con la diferencia de edad. Aunque agradecía su sinceridad, para él solo era un número, y los números no entrañaban ningún misterio. Ella, por otra parte, era un enigma que estaba deseando resolver. Se inclinó y le susurró al oído:
—¿Te he dicho lo guapa que estás esta noche?
La mirada que ella le dirigió fue pícara, descarada y sexy.
—¿Sacas esa frase a relucir para ver si te funciona?
—De hecho no. La he usado a menudo sin una pizca de sinceridad. Pero esta vez lo digo en serio.
—¿Así qué no estás practicando conmigo con la esperanza de obtener beneficios de mi vasta experiencia?
—Para ser una mujer madura —bromeó él—, a tus modales les vendría bien un repaso. Lo normal cuando un hombre te dedica un cumplido es decir simplemente gracias.
—Gracias —repitió ella automáticamente.
Se detuvieron frente a la multitud que estaba apelotonada en el vestíbulo.
—Un cumplido recíproco también estaría bien.
Paula lo miró de arriba abajo, después dió una vuelta a su alrededor, presumiblemente para inspeccionar su trasero.
—Servirás —dijo al concluir la vuelta.
—Vaya —respondió él con un silbido—. Un cumplido así volvería loco a cualquier hombre.
—Oh, por favor. Excluyendo a mis hermanos, puede que haya uno o dos hombres en esta sala más guapos que tú. No puedo creerme que necesites que te suban el ego.
—Mi ego está bien, gracias —le pasó un brazo por la cintura y la llevó a un rincón mientras la gente esperaba a entrar al comedor. Le quitó la mano de encima con gran reticencia—. Me sorprendes. Con cinco hermanos deberías reconocer una broma.
La expresión de Paula se volvió pensativa.
—¿Tú bromeabas con tus hermanas?
—Aún lo hago. Siempre que puedo.
—Y, aun así, te has comportado de manera impecable cuando has llevado a Sonia al altar.
Pedro veía la pregunta en sus ojos. ¿Por qué él y no el padre de Sonia? Pero era demasiado educada para preguntar.
—Mi padre abandonó a la familia cuando éramos pequeños. No lo hemos visto desde entonces.
—Ah.
Pedro vió que el brillo de sus ojos se volvió triste y deseó poder borrar sus palabras.
—Lo siento, no pretendía ser un aguafiestas.
—No lo eres —contestó ella, y miró por encima de su hombro—. Parece que ya dejan entrar a la gente en el comedor. Creo que voy a ponerme a la cola también.
Cuando intentó apartarse, Pedro le puso la mano en el brazo.
—No tan deprisa. ¿Estás intentando darme esquinazo?
—Dado que estamos aquí como amigos sin ataduras, dar esquinazo me parece una expresión muy dura. Pensaba deambular y ver hombres solteros, ahora que tengo el sello de aprobación de Pedro Alfonso y ya no tienen nada que temer.
Él había fijado esos parámetros. Le había parecido la única manera de lograr que Paula le acompañara a la boda. Pero la idea de que un puñado de tíos intentara ligar con ella le daba ganas de dar un puñetazo a la pared.
—¿Sabes qué? —dijo—. Hay una fila de recepción. Saludaremos a los novios y luego te invitaré a una copa.
Los Alfonso habían sido una familia tradicional antes de que su padre se marchara. Pedro aún recordaba cuando era pequeño y se culpaba a sí mismo por haber hecho algo mal. Su madre le hizo ver que no era culpa suya y siguieron hacia delante. Entonces ella murió y Sonia se hizo cargo de sus hermanos, renunciando a sus posibilidades de ir a la universidad y asumiendo una gran responsabilidad. Tenía recuerdos vívidos de aquel breve periodo en el que había tenido un padre y una madre. Y había deseado tener una familia propia, pero el sueño murió cuando Romina lo abandonó. Ahora simplemente quería divertirse. Con Paula.
Ella tenía la mano sobre su brazo, así que le puso los dedos encima y la miró. Estaba mirando a la gente que ocupaba sus asientos mientras pasaban como si fueran a acusarla de algo malo. Paula no lo sabía aún, pero era él el que tenía intenciones deshonestas. ¿Sabría lo mucho que deseaba besarla? Era tan guapa. El otro día no se había fijado en los hoyuelos de sus mejillas cuando sonreía. Ni en como el rabillo de los ojos se le arrugaba ligeramente cuando se reía. Por no hablar de cómo llenaba el vestido. El corpiño de terciopelo se pegaba a sus curvas y la falda de encaje resultaba de lo más sensual y provocativa. Pero estaba obsesionada con la diferencia de edad. Aunque agradecía su sinceridad, para él solo era un número, y los números no entrañaban ningún misterio. Ella, por otra parte, era un enigma que estaba deseando resolver. Se inclinó y le susurró al oído:
—¿Te he dicho lo guapa que estás esta noche?
La mirada que ella le dirigió fue pícara, descarada y sexy.
—¿Sacas esa frase a relucir para ver si te funciona?
—De hecho no. La he usado a menudo sin una pizca de sinceridad. Pero esta vez lo digo en serio.
—¿Así qué no estás practicando conmigo con la esperanza de obtener beneficios de mi vasta experiencia?
—Para ser una mujer madura —bromeó él—, a tus modales les vendría bien un repaso. Lo normal cuando un hombre te dedica un cumplido es decir simplemente gracias.
—Gracias —repitió ella automáticamente.
Se detuvieron frente a la multitud que estaba apelotonada en el vestíbulo.
—Un cumplido recíproco también estaría bien.
Paula lo miró de arriba abajo, después dió una vuelta a su alrededor, presumiblemente para inspeccionar su trasero.
—Servirás —dijo al concluir la vuelta.
—Vaya —respondió él con un silbido—. Un cumplido así volvería loco a cualquier hombre.
—Oh, por favor. Excluyendo a mis hermanos, puede que haya uno o dos hombres en esta sala más guapos que tú. No puedo creerme que necesites que te suban el ego.
—Mi ego está bien, gracias —le pasó un brazo por la cintura y la llevó a un rincón mientras la gente esperaba a entrar al comedor. Le quitó la mano de encima con gran reticencia—. Me sorprendes. Con cinco hermanos deberías reconocer una broma.
La expresión de Paula se volvió pensativa.
—¿Tú bromeabas con tus hermanas?
—Aún lo hago. Siempre que puedo.
—Y, aun así, te has comportado de manera impecable cuando has llevado a Sonia al altar.
Pedro veía la pregunta en sus ojos. ¿Por qué él y no el padre de Sonia? Pero era demasiado educada para preguntar.
—Mi padre abandonó a la familia cuando éramos pequeños. No lo hemos visto desde entonces.
—Ah.
Pedro vió que el brillo de sus ojos se volvió triste y deseó poder borrar sus palabras.
—Lo siento, no pretendía ser un aguafiestas.
—No lo eres —contestó ella, y miró por encima de su hombro—. Parece que ya dejan entrar a la gente en el comedor. Creo que voy a ponerme a la cola también.
Cuando intentó apartarse, Pedro le puso la mano en el brazo.
—No tan deprisa. ¿Estás intentando darme esquinazo?
—Dado que estamos aquí como amigos sin ataduras, dar esquinazo me parece una expresión muy dura. Pensaba deambular y ver hombres solteros, ahora que tengo el sello de aprobación de Pedro Alfonso y ya no tienen nada que temer.
Él había fijado esos parámetros. Le había parecido la única manera de lograr que Paula le acompañara a la boda. Pero la idea de que un puñado de tíos intentara ligar con ella le daba ganas de dar un puñetazo a la pared.
—¿Sabes qué? —dijo—. Hay una fila de recepción. Saludaremos a los novios y luego te invitaré a una copa.
miércoles, 26 de septiembre de 2018
Polos Opuestos: Capítulo 5
Debía haber rechazado su invitación, pero la había pillado en un momento de debilidad, sintiendo pena de sí misma por asistir sola al acontecimiento del año tras haberse ganado la fama de tener muchas citas desde que se mudó allí. Sería mentira decir que no se alegraba de haber ido con él, pero todo el mundo hablaría. Sin duda al día siguiente todo el pueblo sabría que estaba tan desesperada como para salir con alguien más joven. Que así fuera. El daño estaba hecho, pero no habría más leña para el fuego porque Pedro y ella no eran pareja. Ese era el trato. Solo amigos. La gente ocupó sus asientos en la fila de sillas situada tras ella. Entonces alguien le tocó el hombro y ella se volvió. Sus hermanos, Gonzalo y Rodrigo, flanqueaban a Laura Landry, la prometida de Gonzalo. Los tres le dedicaron una sonrisa.
—Hola, hermanita —dijo Gonzalo mientras le daba la mano a Laura.
—Estás preciosa, Paula—dijo Laura—. Me encanta tu vestido.
Rodrigo se inclinó hacia ella y susurró:
—¿Cómo has conseguido el mejor asiento de la sala?
En realidad no era el mejor asiento. Estaba a varias sillas del pasillo por donde pasarían los novios. Esas sillas vacías probablemente estarían reservadas para la familia. Ella era simplemente una… ¿Cómo se llamaba a sí misma? Desde luego, no era una cita.
—Mi amigo Pedro, hermano de la novia, me pidió que viniera con él. Me ha sentado aquí.
Pedro se dió cuenta de que los tres tenían preguntas que hacerle, pero un cuarteto comenzó a tocar música de cámara y le salvaron las cuerdas. Las notas de los instrumentos musicales calmaron sus nervios. No era que importara. Aquel evento se trataba de dos novias y de dos novios que habían encontrado el verdadero amor y que pronto compartirían sus vidas. Los envidiaba tremendamente.
Cuando Francisco y Mónica Cates, padres de los novios, ocuparon sus asientos en el lado contrario, quedó claro que empezaba la boda. Pocos minutos más tarde, Betty y Juan Castro recorrieron el pasillo. Eran los padres biológicos de Aldana, pero no la habían criado. El año anterior, Aldana había descubierto que Erica Castro y ella fueron cambiadas al nacer. Había sido una sorpresa para ambas mujeres, algo que Paula no podía ni imaginarse. Pero su hermano Rodrigo había ayudado a Erica a asimilar el pasado y ahora estaban felizmente casados.
Al lado estaba Helena Clifton, que había criado a Aldana, a quien siempre llamaría «mamá». Cuando los padres estuvieron sentados, continuó la ceremonia. La música cesó y un hombre de pelo gris se situó en mitad de la tarima con una Biblia en las manos, indicación de que él dirigiría la ceremonia. Entonces aparecieron los novios con sus padrinos, Diego y Gastón Cates. El inconfundible pelo negro, los ojos y los rasgos similares dejaban claro que eran todos hermanos.
—Si son tan amables de levantarse —dijo el pastor.
Los invitados obedecieron y los músicos comenzaron a tocar de nuevo. La primera en aparecer por el pasillo fue Erica Castro Chaves. Paula miró de reojo a su hermano Rodrigo, que sonreía con orgullo a su esposa, el amor de su vida. Al lado estaba la otra dama de honor, Carolina Alfonso, despampanante con un vestido de seda rojo sin tirantes y un ramo de orquídeas blancas. Cuando ambas ocuparon su lugar, la marcha nupcial tradicional dio paso a Aldana Clifton. Recorrió el pasillo del brazo de su hermano, Pablo. Su melena rubia era una cascada de rizos sujeta por una tiara de diamantes. Parecía una diosa griega con aquel vestido de satén sujeto por un hombro. Martín miró a su novia con pasión, ansioso por tomar su mano.
Era el momento de la novia número dos, y Paula miró justo a tiempo de ver a Sonia darle un beso a Pedro en la mejilla antes de colocar la mano en su brazo. Parecía una princesa con su vestido de organdí sin tirantes. El velo, que le llegaba hasta el suelo, caía desde una diadema de diamantes que sujetaba su melena castaña. Miró a Lautaro Cates, que no podía apartar la mirada de la mujer que pronto se convertiría en su esposa. Tras dejar a su hermana del brazo del novio, Pedro dijo:
—Ella siempre ha cuidado de Caro y de mí. Ahora mi hermana por fin tiene a alguien que cuide de ella. No la decepciones, Lautaro.
—Jamás.
Paula sintió un nudo doble de emoción en la garganta, y no solo porque fuese un momento doblemente feliz. Se vio invadida por un torrente de tristeza. Los padres de las novias no estaban presentes y ella no sabía por qué. Solo sabía que, algún día, cuando se casara, su padre tampoco estaría ahí. No la llevaría al altar. No habría baile padre-hija. Miguel Chaves había muerto cuando ella tenía solo dos años y no lo recordaba. Sus hermanos siempre habían hablado de él como si caminara sobre las aguas y ella envidiaba sus recuerdos. Se sentía triste por la pérdida, por esos recuerdos imborrables que nunca podría construir. Y entonces Pedro volvió junto a ella.
—Mi trabajo aquí ha terminado —le susurró.
De pronto no había en su cabeza espacio para nada salvo para él. Era guapo como una estrella de cine. Olía bien e iba impecable. ¿Pero acaso algún hombre parecía un sapo vestido con un esmoquin negro? Le parecía que no. Aun así, una sonrisa perversa y un traje bonito no cambiaban el hecho de que era demasiado mayor para él. La magia de la boda con las luces, las flores y las novias con sus vestidos no borraba la diferencia de edad. Más recuerdos que nunca podría tener. Se obligó a sí misma a concentrarse en el presente, en los detalles para el comunicado de prensa del alcalde.
La ceremonia transcurrió con rapidez a pesar de los dobles votos y anillos, pero hubo el doble de aplausos y de vítores cuando los gemelos besaron a sus esposas. Paula estaba segura de que los cuatro se sentían aliviados. Les entendía bien. Pero, cuando terminara esa parte de la velada, tendría que preocuparse del banquete. Iba a celebrarse en la sala Gallatin, el elegante restaurante del complejo. Respiraría con tranquilidad cuando pudiera circular con libertad. Eso no significaba que no le estuviese agradecida a Pedro por ir con ella, pero, cuanto menos tiempo pasaran juntos, mejor. No tenía sentido avivar los chismorreos de Thunder Canyon sin necesidad. Pero después de que las dos parejas de recién casados abandonaran la sala, Pedro le estrechó la mano antes de que ella pudiera alejarse.
—La parte formal ha acabado, ahora es hora de divertirse un poco. Quédate conmigo y te enseñaré lo que es pasar un buen rato.
Eso era justamente lo que Paula más temía.
—Hola, hermanita —dijo Gonzalo mientras le daba la mano a Laura.
—Estás preciosa, Paula—dijo Laura—. Me encanta tu vestido.
Rodrigo se inclinó hacia ella y susurró:
—¿Cómo has conseguido el mejor asiento de la sala?
En realidad no era el mejor asiento. Estaba a varias sillas del pasillo por donde pasarían los novios. Esas sillas vacías probablemente estarían reservadas para la familia. Ella era simplemente una… ¿Cómo se llamaba a sí misma? Desde luego, no era una cita.
—Mi amigo Pedro, hermano de la novia, me pidió que viniera con él. Me ha sentado aquí.
Pedro se dió cuenta de que los tres tenían preguntas que hacerle, pero un cuarteto comenzó a tocar música de cámara y le salvaron las cuerdas. Las notas de los instrumentos musicales calmaron sus nervios. No era que importara. Aquel evento se trataba de dos novias y de dos novios que habían encontrado el verdadero amor y que pronto compartirían sus vidas. Los envidiaba tremendamente.
Cuando Francisco y Mónica Cates, padres de los novios, ocuparon sus asientos en el lado contrario, quedó claro que empezaba la boda. Pocos minutos más tarde, Betty y Juan Castro recorrieron el pasillo. Eran los padres biológicos de Aldana, pero no la habían criado. El año anterior, Aldana había descubierto que Erica Castro y ella fueron cambiadas al nacer. Había sido una sorpresa para ambas mujeres, algo que Paula no podía ni imaginarse. Pero su hermano Rodrigo había ayudado a Erica a asimilar el pasado y ahora estaban felizmente casados.
Al lado estaba Helena Clifton, que había criado a Aldana, a quien siempre llamaría «mamá». Cuando los padres estuvieron sentados, continuó la ceremonia. La música cesó y un hombre de pelo gris se situó en mitad de la tarima con una Biblia en las manos, indicación de que él dirigiría la ceremonia. Entonces aparecieron los novios con sus padrinos, Diego y Gastón Cates. El inconfundible pelo negro, los ojos y los rasgos similares dejaban claro que eran todos hermanos.
—Si son tan amables de levantarse —dijo el pastor.
Los invitados obedecieron y los músicos comenzaron a tocar de nuevo. La primera en aparecer por el pasillo fue Erica Castro Chaves. Paula miró de reojo a su hermano Rodrigo, que sonreía con orgullo a su esposa, el amor de su vida. Al lado estaba la otra dama de honor, Carolina Alfonso, despampanante con un vestido de seda rojo sin tirantes y un ramo de orquídeas blancas. Cuando ambas ocuparon su lugar, la marcha nupcial tradicional dio paso a Aldana Clifton. Recorrió el pasillo del brazo de su hermano, Pablo. Su melena rubia era una cascada de rizos sujeta por una tiara de diamantes. Parecía una diosa griega con aquel vestido de satén sujeto por un hombro. Martín miró a su novia con pasión, ansioso por tomar su mano.
Era el momento de la novia número dos, y Paula miró justo a tiempo de ver a Sonia darle un beso a Pedro en la mejilla antes de colocar la mano en su brazo. Parecía una princesa con su vestido de organdí sin tirantes. El velo, que le llegaba hasta el suelo, caía desde una diadema de diamantes que sujetaba su melena castaña. Miró a Lautaro Cates, que no podía apartar la mirada de la mujer que pronto se convertiría en su esposa. Tras dejar a su hermana del brazo del novio, Pedro dijo:
—Ella siempre ha cuidado de Caro y de mí. Ahora mi hermana por fin tiene a alguien que cuide de ella. No la decepciones, Lautaro.
—Jamás.
Paula sintió un nudo doble de emoción en la garganta, y no solo porque fuese un momento doblemente feliz. Se vio invadida por un torrente de tristeza. Los padres de las novias no estaban presentes y ella no sabía por qué. Solo sabía que, algún día, cuando se casara, su padre tampoco estaría ahí. No la llevaría al altar. No habría baile padre-hija. Miguel Chaves había muerto cuando ella tenía solo dos años y no lo recordaba. Sus hermanos siempre habían hablado de él como si caminara sobre las aguas y ella envidiaba sus recuerdos. Se sentía triste por la pérdida, por esos recuerdos imborrables que nunca podría construir. Y entonces Pedro volvió junto a ella.
—Mi trabajo aquí ha terminado —le susurró.
De pronto no había en su cabeza espacio para nada salvo para él. Era guapo como una estrella de cine. Olía bien e iba impecable. ¿Pero acaso algún hombre parecía un sapo vestido con un esmoquin negro? Le parecía que no. Aun así, una sonrisa perversa y un traje bonito no cambiaban el hecho de que era demasiado mayor para él. La magia de la boda con las luces, las flores y las novias con sus vestidos no borraba la diferencia de edad. Más recuerdos que nunca podría tener. Se obligó a sí misma a concentrarse en el presente, en los detalles para el comunicado de prensa del alcalde.
La ceremonia transcurrió con rapidez a pesar de los dobles votos y anillos, pero hubo el doble de aplausos y de vítores cuando los gemelos besaron a sus esposas. Paula estaba segura de que los cuatro se sentían aliviados. Les entendía bien. Pero, cuando terminara esa parte de la velada, tendría que preocuparse del banquete. Iba a celebrarse en la sala Gallatin, el elegante restaurante del complejo. Respiraría con tranquilidad cuando pudiera circular con libertad. Eso no significaba que no le estuviese agradecida a Pedro por ir con ella, pero, cuanto menos tiempo pasaran juntos, mejor. No tenía sentido avivar los chismorreos de Thunder Canyon sin necesidad. Pero después de que las dos parejas de recién casados abandonaran la sala, Pedro le estrechó la mano antes de que ella pudiera alejarse.
—La parte formal ha acabado, ahora es hora de divertirse un poco. Quédate conmigo y te enseñaré lo que es pasar un buen rato.
Eso era justamente lo que Paula más temía.
Polos Opuestos: Capítulo 4
—¿Y cuál es?
—Tú buscas una relación seria, pero yo no reúno tus condiciones. Solo busco divertirme en la boda de mi hermana. Nada permanente. Me has dicho que he sido un acompañante estupendo hoy. ¿No hablabas en serio?
—Por supuesto que sí, o no lo habría dicho.
—Entonces es oficial. Como mi compañera voluntaria de Acción de Gracias, has pasado la prueba de amistad de Pedro Alfonso con sobresaliente. No hay razón para que no puedas asistir al acontecimiento social del año en calidad de amiga.
—¿Amigos?
—Sí —y, si se convertían en amigos con derecho a roce, ¿quién era él para quejarse?
—¿Hablas en serio?
—Completamente.
—Sí que nos lo hemos pasado bien hoy. Y no quiero irme a casa —había cierta determinación en sus ojos, aunque las dudas se negaran a disolverse—. Pero si alguien hace alguna broma sobre ser una asaltacunas…
—Tendrás que sacar tu documentación y demostrar que tienes más de veintiuno para que nadie piense que me estás pervirtiendo.
—Oh, por favor… —pero se rió y después le señaló con el dedo—. Bien, iré contigo, pero solo como amigos. Nada de ataduras.
Pedro no lo habría permitido si fuera de otro modo.
Paula entró en el vestíbulo de tres plantas de altura del resort de Thunder Canyon del brazo de Pedro Alfonso. La gente se quedó mirándolos, pero nadie los señaló ni se rió, lo cual fue un alivio. Aun así, cuando Austin le había tomado la mano y se la había colocado en el brazo, habían parecido algo más que amigos. Ella había abierto la boca para reprenderle, pero su sonrisa cautivadora le había hecho olvidar su protesta. Aquello era como hacer dieta con una caja de donuts en la mano. Solo con tocarlo su fuerza de voluntad se esfumaba.
—Vaya —dijo él—. Mira este lugar.
Al hacerlo, Paula se quedó sin aliento. Había estado en el complejo turístico algunas veces, pero aquella noche se había transformado en un lugar romántico perfecto para casarse. Había dos grupos de sillas separados por un pasillo cubierto por una alfombra blanca que daba a la enorme chimenea de piedra. La repisa de esta estaba adornada con guirnaldas verdes y lazos rojos. Había flores de pascuaagrupadas en forma de árbol a cada lado de la tarima donde se casarían los novios. Los cristales colgantes reflejaban la luz del fuego, de las velas y de las pequeñas lucecitas blancas. Se quedó con la boca abierta.
—Es deslumbrante.
—Sé lo que quieres decir.
Había cierta gravedad en la voz de Pedro que hizo que Paula lo mirase. Se había quedado mirándola y el brillo de sus ojos le aceleró el corazón.
—Estaba hablando de la decoración —aclaró ella.
—Yo no.
En aquel instante, los dos días que había pasado debatiéndose sobre qué vestido elegir se disolvieron, y la prenda pasó un examen que ella ni siquiera había esperado. Había escogido un vestido negro de manga larga con mangas y corpiño de terciopelo y una falda adornada con encaje. Los zapatos también eran de terciopelo. Luego estaba el problema de qué hacer con el pelo. Hacía una noche fría y húmeda, así que la prioridad era el control. Se había puesto la raya a un lado, después se había apartado el pelo de la cara y se había hecho un recogido detrás de la oreja derecha. A juzgar por cómo Pedro la miraba, el peinado era lo único que iba a poder controlar. La gente pasaba frente a ellos y la sala comenzó a llenarse rápidamente.
—Será mejor que vaya a sentarme —dijo con un susurro rasgado que esperó que él no advirtiese.
—Bien.
Se acercaron a las sillas y Paula se dispuso a ocupar una en la última fila.
—Aquí no —Pedro bordeó la parte exterior de las sillas, puesto que el pasillo estaba bloqueado para la ceremonia, y la condujo hasta la primera fila, en el lado de la novia.
—Pero esto está reservado para la familia —protestó ella.
—Yo soy de la familia y tú eres mi… estás conmigo —le guiñó un ojo y después miró su reloj—. Tengo que ir a hacer una cosa. La organizadora de la boda nos tiene sin parar.
—¿Qué ocurre si llegas tarde?
—No quiero averiguarlo —se estremeció y después le acarició el brazo—. Volveré enseguida. No huyas.
Paula asintió, se sentó y tomó aire. Sentía la cara ardiendo, pero no tenía nada que ver con las llamas de la chimenea, sino con Pedro.
—Tú buscas una relación seria, pero yo no reúno tus condiciones. Solo busco divertirme en la boda de mi hermana. Nada permanente. Me has dicho que he sido un acompañante estupendo hoy. ¿No hablabas en serio?
—Por supuesto que sí, o no lo habría dicho.
—Entonces es oficial. Como mi compañera voluntaria de Acción de Gracias, has pasado la prueba de amistad de Pedro Alfonso con sobresaliente. No hay razón para que no puedas asistir al acontecimiento social del año en calidad de amiga.
—¿Amigos?
—Sí —y, si se convertían en amigos con derecho a roce, ¿quién era él para quejarse?
—¿Hablas en serio?
—Completamente.
—Sí que nos lo hemos pasado bien hoy. Y no quiero irme a casa —había cierta determinación en sus ojos, aunque las dudas se negaran a disolverse—. Pero si alguien hace alguna broma sobre ser una asaltacunas…
—Tendrás que sacar tu documentación y demostrar que tienes más de veintiuno para que nadie piense que me estás pervirtiendo.
—Oh, por favor… —pero se rió y después le señaló con el dedo—. Bien, iré contigo, pero solo como amigos. Nada de ataduras.
Pedro no lo habría permitido si fuera de otro modo.
Paula entró en el vestíbulo de tres plantas de altura del resort de Thunder Canyon del brazo de Pedro Alfonso. La gente se quedó mirándolos, pero nadie los señaló ni se rió, lo cual fue un alivio. Aun así, cuando Austin le había tomado la mano y se la había colocado en el brazo, habían parecido algo más que amigos. Ella había abierto la boca para reprenderle, pero su sonrisa cautivadora le había hecho olvidar su protesta. Aquello era como hacer dieta con una caja de donuts en la mano. Solo con tocarlo su fuerza de voluntad se esfumaba.
—Vaya —dijo él—. Mira este lugar.
Al hacerlo, Paula se quedó sin aliento. Había estado en el complejo turístico algunas veces, pero aquella noche se había transformado en un lugar romántico perfecto para casarse. Había dos grupos de sillas separados por un pasillo cubierto por una alfombra blanca que daba a la enorme chimenea de piedra. La repisa de esta estaba adornada con guirnaldas verdes y lazos rojos. Había flores de pascuaagrupadas en forma de árbol a cada lado de la tarima donde se casarían los novios. Los cristales colgantes reflejaban la luz del fuego, de las velas y de las pequeñas lucecitas blancas. Se quedó con la boca abierta.
—Es deslumbrante.
—Sé lo que quieres decir.
Había cierta gravedad en la voz de Pedro que hizo que Paula lo mirase. Se había quedado mirándola y el brillo de sus ojos le aceleró el corazón.
—Estaba hablando de la decoración —aclaró ella.
—Yo no.
En aquel instante, los dos días que había pasado debatiéndose sobre qué vestido elegir se disolvieron, y la prenda pasó un examen que ella ni siquiera había esperado. Había escogido un vestido negro de manga larga con mangas y corpiño de terciopelo y una falda adornada con encaje. Los zapatos también eran de terciopelo. Luego estaba el problema de qué hacer con el pelo. Hacía una noche fría y húmeda, así que la prioridad era el control. Se había puesto la raya a un lado, después se había apartado el pelo de la cara y se había hecho un recogido detrás de la oreja derecha. A juzgar por cómo Pedro la miraba, el peinado era lo único que iba a poder controlar. La gente pasaba frente a ellos y la sala comenzó a llenarse rápidamente.
—Será mejor que vaya a sentarme —dijo con un susurro rasgado que esperó que él no advirtiese.
—Bien.
Se acercaron a las sillas y Paula se dispuso a ocupar una en la última fila.
—Aquí no —Pedro bordeó la parte exterior de las sillas, puesto que el pasillo estaba bloqueado para la ceremonia, y la condujo hasta la primera fila, en el lado de la novia.
—Pero esto está reservado para la familia —protestó ella.
—Yo soy de la familia y tú eres mi… estás conmigo —le guiñó un ojo y después miró su reloj—. Tengo que ir a hacer una cosa. La organizadora de la boda nos tiene sin parar.
—¿Qué ocurre si llegas tarde?
—No quiero averiguarlo —se estremeció y después le acarició el brazo—. Volveré enseguida. No huyas.
Paula asintió, se sentó y tomó aire. Sentía la cara ardiendo, pero no tenía nada que ver con las llamas de la chimenea, sino con Pedro.
Polos Opuestos: Capítulo 3
Pedro estaba bastante seguro de que lo que veía en sus enormes ojos azules era pesar. Paula. Un nombre bonito y dulce para una chica bonita y dulce. Su melena era lo suficientemente oscura para denominarse caoba, pero al sol era roja. Las pecas de su nariz resultaban increíblemente monas, lo cual era una contradicción para su voz. Era una voz polvorienta, rasgada y grave que despertaba sus sentidos de la mejor delas maneras. Era una intrigante combinación de fuego y hielo que le daba ganas de conocerla mejor.
—¿Por qué? —preguntó.
—¿Por qué, qué?
—¿Por qué no puedes ir conmigo?
—Porque soy demasiado mayor para tí.
Pedro se quedó mirándola y pensó que, si le odiaba tanto como para preferir clavarse un palo en el ojo antes que salir con él, podría haberse inventado una mentira mejor. Ya le habían mentido antes; había sido una traición tan personal que le había dejado una huella que jamás desaparecería.
—¿Cómo sabes cuántos años tengo, pelirroja? —preguntó él.
—Alguien lo mencionó hablando de lo mucho que habías logrado para tener tu edad.
—¿Y tú cuántos tienes? ¿Veinticinco? ¿Veintiséis?
Paula apretó los labios antes de responder.
—Acabo de cumplir los treinta.
Parecía una universitaria con su gorro de lana azul calado hasta las orejas y los mechones pelirrojos sueltos sobre su chaqueta.
—Ni hablar —dijo él.
—Por desgracia es cierto.
—¿Por qué por desgracia?
—Porque pensé que, a estas alturas, ya estaría casada y sería madre —suspiró, frustrada y decepcionada—. En Texas conocí a muchas mujeres que querían casarse, pero no encontraban un hombre. Los hombres lo tienen mucho más fácil. Pueden chasquear los dedos y tienen montones de mujeres.
Pedro no estaba de acuerdo. No todas las chicas se morían por casarse, y él había tenido la mala suerte de elegir a una de esas. Después de eso, tener algo serio era lo último que deseaba, aunque estaba a favor de divertirse. Le gustaban las mujeres. Le gustaba Rose. Entregar algo de él haciendo voluntariado era algo que le gustaba, pero no había imaginado que sería tan divertido. Se lo había pasado muy bien aquel día. Y quería repetirlo.
—Ve conmigo —insistió—. ¿Qué puedes perder?
—Que me llamen asaltacunas es lo que puedo ganar.
—No es una diferencia de edad tan grande.
—Para mí sí.
—¿Así que prefieres ir sola?
—Sí —respondió ella sin mucha convicción.
Pedro deseaba volver a ver a Rose porque era divertida y la boda sería mucho más interesante si podía hablar con ella. Pero había cierta testarudez en aquella boca que llevaba todo el día deseando besar. Tenía que encontrar una estrategia para hacerle cambiar de opinión. La vida le había puesto serias dificultades, tanto personales como financieras. A pesar de todo, había ido a la universidad y se había convertido en ingeniero. Le gustaba desmontar cosas para averiguar cómo funcionaban. O construir algo nuevo que no existía antes. Debía de haber una manera de utilizar sus habilidades.
Paula se encargaba de las relaciones públicas para la oficina del alcalde. Su trabajo era darle la vuelta a las cosas. Había dicho directamente que buscaba un hombre, así que era un comienzo. Tras el volante, Pedro giró su cuerpo hacia ella.
—Es más fácil encontrar un hombre cuando estás con uno.
—¿Qué?
—Piénsalo. Dicen que es más fácil encontrar un trabajo cuando tienes uno —eso no le había parecido tan patético en su cabeza—. Si estás sola en la boda, una chica tan guapa como tú, los hombres disponibles se preguntarán qué tienes de malo.
—¿Te refieres a la caspa, la halitosis o los soplidos cuando me rio?
—Sí —Pedro frunció el ceño. Aquello no iba como había imaginado—. Más o menos.
—Mira, Pedro…
—Escúchame —Pedro levantó una mano para silenciarla—. Si te ven conmigo, tendrás el sello de aprobación de Thunder Canyon y hombres a montones.
Ella sonrió.
—¿Así qué ese ha sido mi problema desde que me mudé aquí en verano? ¿El todopoderoso Pedro Alfonso no ha honrado mi vida social con su presencia?
—Bien dicho —Pedro intentó ponerse serio, pero no pudo evitar reírse—. En serio, dime que no te lo has pasado bien hoy.
—No me lo he pasado bien hoy —contestó ella automáticamente.
—Mientes. —Sí, para salvarte de ti mismo. Es muy dulce por tu parte pedírmelo, de verdad. Y agradezco la oferta, pero… No.
—No acepto eso.
—Tienes que hacerlo.
—Ahí es donde te equivocas.
—¿Qué parte de «No» no comprendes?
—Prácticamente nada. Nunca lo he hecho —al perder a su madre con dieciséis años, había tenido ganas de renunciar a todo, y durante un tiempo lo había hecho.
—¿Por qué? —preguntó.
—¿Por qué, qué?
—¿Por qué no puedes ir conmigo?
—Porque soy demasiado mayor para tí.
Pedro se quedó mirándola y pensó que, si le odiaba tanto como para preferir clavarse un palo en el ojo antes que salir con él, podría haberse inventado una mentira mejor. Ya le habían mentido antes; había sido una traición tan personal que le había dejado una huella que jamás desaparecería.
—¿Cómo sabes cuántos años tengo, pelirroja? —preguntó él.
—Alguien lo mencionó hablando de lo mucho que habías logrado para tener tu edad.
—¿Y tú cuántos tienes? ¿Veinticinco? ¿Veintiséis?
Paula apretó los labios antes de responder.
—Acabo de cumplir los treinta.
Parecía una universitaria con su gorro de lana azul calado hasta las orejas y los mechones pelirrojos sueltos sobre su chaqueta.
—Ni hablar —dijo él.
—Por desgracia es cierto.
—¿Por qué por desgracia?
—Porque pensé que, a estas alturas, ya estaría casada y sería madre —suspiró, frustrada y decepcionada—. En Texas conocí a muchas mujeres que querían casarse, pero no encontraban un hombre. Los hombres lo tienen mucho más fácil. Pueden chasquear los dedos y tienen montones de mujeres.
Pedro no estaba de acuerdo. No todas las chicas se morían por casarse, y él había tenido la mala suerte de elegir a una de esas. Después de eso, tener algo serio era lo último que deseaba, aunque estaba a favor de divertirse. Le gustaban las mujeres. Le gustaba Rose. Entregar algo de él haciendo voluntariado era algo que le gustaba, pero no había imaginado que sería tan divertido. Se lo había pasado muy bien aquel día. Y quería repetirlo.
—Ve conmigo —insistió—. ¿Qué puedes perder?
—Que me llamen asaltacunas es lo que puedo ganar.
—No es una diferencia de edad tan grande.
—Para mí sí.
—¿Así que prefieres ir sola?
—Sí —respondió ella sin mucha convicción.
Pedro deseaba volver a ver a Rose porque era divertida y la boda sería mucho más interesante si podía hablar con ella. Pero había cierta testarudez en aquella boca que llevaba todo el día deseando besar. Tenía que encontrar una estrategia para hacerle cambiar de opinión. La vida le había puesto serias dificultades, tanto personales como financieras. A pesar de todo, había ido a la universidad y se había convertido en ingeniero. Le gustaba desmontar cosas para averiguar cómo funcionaban. O construir algo nuevo que no existía antes. Debía de haber una manera de utilizar sus habilidades.
Paula se encargaba de las relaciones públicas para la oficina del alcalde. Su trabajo era darle la vuelta a las cosas. Había dicho directamente que buscaba un hombre, así que era un comienzo. Tras el volante, Pedro giró su cuerpo hacia ella.
—Es más fácil encontrar un hombre cuando estás con uno.
—¿Qué?
—Piénsalo. Dicen que es más fácil encontrar un trabajo cuando tienes uno —eso no le había parecido tan patético en su cabeza—. Si estás sola en la boda, una chica tan guapa como tú, los hombres disponibles se preguntarán qué tienes de malo.
—¿Te refieres a la caspa, la halitosis o los soplidos cuando me rio?
—Sí —Pedro frunció el ceño. Aquello no iba como había imaginado—. Más o menos.
—Mira, Pedro…
—Escúchame —Pedro levantó una mano para silenciarla—. Si te ven conmigo, tendrás el sello de aprobación de Thunder Canyon y hombres a montones.
Ella sonrió.
—¿Así qué ese ha sido mi problema desde que me mudé aquí en verano? ¿El todopoderoso Pedro Alfonso no ha honrado mi vida social con su presencia?
—Bien dicho —Pedro intentó ponerse serio, pero no pudo evitar reírse—. En serio, dime que no te lo has pasado bien hoy.
—No me lo he pasado bien hoy —contestó ella automáticamente.
—Mientes. —Sí, para salvarte de ti mismo. Es muy dulce por tu parte pedírmelo, de verdad. Y agradezco la oferta, pero… No.
—No acepto eso.
—Tienes que hacerlo.
—Ahí es donde te equivocas.
—¿Qué parte de «No» no comprendes?
—Prácticamente nada. Nunca lo he hecho —al perder a su madre con dieciséis años, había tenido ganas de renunciar a todo, y durante un tiempo lo había hecho.
Polos Opuestos: Capítulo 2
—Acabas de describir prácticamente a todos los hombres que conozco.
—Y a mí también —contestó ella, riéndose—. Y conozco a muchos hombres, teniendo cinco hermanos.
—Qué afortunada —dijo él con una envidia burlona—. Yo tengo dos hermanas.
Paula había conocido a la pequeña, Carolina, aquel día en el Rib Shack cuando los voluntarios se habían dividido en equipos. A ella ya le habían asignado ir con Pedro; una novata que aprendía los pormenores de la mano de alguien más experimentado. Su atracción hacia él había sido instantánea, y le había hecho a su hermana algunas preguntas. Casi deseaba no haberlo hecho, pero probablemente sería mejor saber desde el principio que no funcionaría. Aun así, la decepción no había afectado a su lista de cosas por las que estar agradecida en Acción de Gracias.
—Pero, en serio, Gonzalo es un gran jefe. Estoy en deuda con él por darme una oportunidad —Pedro apoyó la muñeca en el volante de la furgoneta—. Estamos en el mismo barco. Proteger Thunder Canyon y el medio ambiente es importante para los dos.
Ella asintió.
—Yo no llevo mucho viviendo aquí, pero me doy cuenta de que este es un lugar especial. Parte de lo que me atrajo aquí es que el pueblo se cuida a sí mismo. Me siento agradecida de formar parte de esto.
—Acuérdate de eso en la cena, cuando todos tengan que dar las gracias por algo.
Ella se carcajeó.
—¿Tu familia hace eso de verdad?
—Oh, sí. Es una tradición. ¿Tú vas a cocinar o irás a algún sitio a cenar?
—Yo no cocino, de lo que mi familia está agradecida —respondió Paula—. Gonzalo y Laura me han invitado a cenar con ellos. ¿Y tú?
—En cuanto a cocinar, podría diseñar cómo atar un pavo, pero no creo que se pudiera comer. Va a ser una cena tranquila. Solo Carolina, Sonia y yo. Pero tomaremos el postre con los Cates, porque Marlon y ella no pueden soportar estar demasiado tiempo separados. Decidieron pasar esta última fiesta con sus familias. Será algo tranquilo porque la boda es pasado mañana.
—Lo comprendo.
—¿Por qué? —Pues porque es una boda doble —Lautaro Cates iba a casarse con Sonia Anderson, y su gemelo, Martín, iba a casarse con Aldana Clifton. Sería un acontecimiento fabuloso—. He oído que va a ser el acontecimiento social del año en Thunder Canyon. Por cierto, saldrás genial en las fotos familiares.
¿Sería apropiado decir eso? Nunca sería su novio, así que no era flirteo. Simplemente la verdad.
—¿Eso crees?
—Sí. Y estás buscando cumplidos otra vez.
—De nuevo, me has pillado. Estarás allí, ¿verdad?
—Sí. Aldana es la prima del alcalde y él me pidió que tomara notas para el comunicado de prensa de su oficina.
—¿Como parte de tu trabajo? —preguntó él.
—Por eso y porque los Chaves han sido amigos de la familia Cates desde hace años.
Pedro se quedó mirándola con intensidad.
—Una boda doble. El acontecimiento social del año. Aun así no pareces entusiasmada al respecto.
—Será genial —Paula esperaba que no notase su entusiasmo fingido—. ¿Tienes ganas de que llegue?
—¿Llevar un esmoquin? ¿Sonreír hasta que me duela la cara? ¿Ser simpático con todo el mundo? —se encogió de hombros—. Será divertido.
—¿Quién es el que no parece entusiasmado ahora?
—¿Quién será tu afortunada cita? —preguntó él.
Aquella pregunta no sorprendió a Paula. Había salido con varios hombres del pueblo y se había ganado la reputación de «diva de las citas», lo cual hacía que resultase más patético aún el hecho de que fuese sola a la boda. Pero no podía mentir. Aunque estuviera tentada, Pedro lo sabría cuando se presentara sola.
—No voy a ir con nadie.
—Entonces te llevaré yo.
Oh, Dios, sentía pena de ella. Era una invitación por compasión, aunque muy amable por su parte. Y eso era un problema. Aquel día le había visto en acción y le gustaba lo que había visto. Era divertido, guapo, y ella había pasado mucho tiempo preguntándose si besaría bien. Podría tachar al menos cinco de las cualidades obligatorias para ella en un hombre. Irónicamente era la número seis de la lista la que suponía un problema. Era el mismo número que lo descartaba automáticamente. Su hermana Carolina le había dicho la edad que tenía; era seis años más joven que ella. Paula siempre había salido con hombres al menos cinco años mayores. Era la diferencia de edad perfecta y parte de su fantasía desde que fuera la niña de las flores en su primera boda a los cuatro años. No la iban a llamar «asaltacunas», pero casi. Y eso era inaceptable.
—Lo siento —dijo, y hablaba en serio—, pero no puedo ir contigo.
—Y a mí también —contestó ella, riéndose—. Y conozco a muchos hombres, teniendo cinco hermanos.
—Qué afortunada —dijo él con una envidia burlona—. Yo tengo dos hermanas.
Paula había conocido a la pequeña, Carolina, aquel día en el Rib Shack cuando los voluntarios se habían dividido en equipos. A ella ya le habían asignado ir con Pedro; una novata que aprendía los pormenores de la mano de alguien más experimentado. Su atracción hacia él había sido instantánea, y le había hecho a su hermana algunas preguntas. Casi deseaba no haberlo hecho, pero probablemente sería mejor saber desde el principio que no funcionaría. Aun así, la decepción no había afectado a su lista de cosas por las que estar agradecida en Acción de Gracias.
—Pero, en serio, Gonzalo es un gran jefe. Estoy en deuda con él por darme una oportunidad —Pedro apoyó la muñeca en el volante de la furgoneta—. Estamos en el mismo barco. Proteger Thunder Canyon y el medio ambiente es importante para los dos.
Ella asintió.
—Yo no llevo mucho viviendo aquí, pero me doy cuenta de que este es un lugar especial. Parte de lo que me atrajo aquí es que el pueblo se cuida a sí mismo. Me siento agradecida de formar parte de esto.
—Acuérdate de eso en la cena, cuando todos tengan que dar las gracias por algo.
Ella se carcajeó.
—¿Tu familia hace eso de verdad?
—Oh, sí. Es una tradición. ¿Tú vas a cocinar o irás a algún sitio a cenar?
—Yo no cocino, de lo que mi familia está agradecida —respondió Paula—. Gonzalo y Laura me han invitado a cenar con ellos. ¿Y tú?
—En cuanto a cocinar, podría diseñar cómo atar un pavo, pero no creo que se pudiera comer. Va a ser una cena tranquila. Solo Carolina, Sonia y yo. Pero tomaremos el postre con los Cates, porque Marlon y ella no pueden soportar estar demasiado tiempo separados. Decidieron pasar esta última fiesta con sus familias. Será algo tranquilo porque la boda es pasado mañana.
—Lo comprendo.
—¿Por qué? —Pues porque es una boda doble —Lautaro Cates iba a casarse con Sonia Anderson, y su gemelo, Martín, iba a casarse con Aldana Clifton. Sería un acontecimiento fabuloso—. He oído que va a ser el acontecimiento social del año en Thunder Canyon. Por cierto, saldrás genial en las fotos familiares.
¿Sería apropiado decir eso? Nunca sería su novio, así que no era flirteo. Simplemente la verdad.
—¿Eso crees?
—Sí. Y estás buscando cumplidos otra vez.
—De nuevo, me has pillado. Estarás allí, ¿verdad?
—Sí. Aldana es la prima del alcalde y él me pidió que tomara notas para el comunicado de prensa de su oficina.
—¿Como parte de tu trabajo? —preguntó él.
—Por eso y porque los Chaves han sido amigos de la familia Cates desde hace años.
Pedro se quedó mirándola con intensidad.
—Una boda doble. El acontecimiento social del año. Aun así no pareces entusiasmada al respecto.
—Será genial —Paula esperaba que no notase su entusiasmo fingido—. ¿Tienes ganas de que llegue?
—¿Llevar un esmoquin? ¿Sonreír hasta que me duela la cara? ¿Ser simpático con todo el mundo? —se encogió de hombros—. Será divertido.
—¿Quién es el que no parece entusiasmado ahora?
—¿Quién será tu afortunada cita? —preguntó él.
Aquella pregunta no sorprendió a Paula. Había salido con varios hombres del pueblo y se había ganado la reputación de «diva de las citas», lo cual hacía que resultase más patético aún el hecho de que fuese sola a la boda. Pero no podía mentir. Aunque estuviera tentada, Pedro lo sabría cuando se presentara sola.
—No voy a ir con nadie.
—Entonces te llevaré yo.
Oh, Dios, sentía pena de ella. Era una invitación por compasión, aunque muy amable por su parte. Y eso era un problema. Aquel día le había visto en acción y le gustaba lo que había visto. Era divertido, guapo, y ella había pasado mucho tiempo preguntándose si besaría bien. Podría tachar al menos cinco de las cualidades obligatorias para ella en un hombre. Irónicamente era la número seis de la lista la que suponía un problema. Era el mismo número que lo descartaba automáticamente. Su hermana Carolina le había dicho la edad que tenía; era seis años más joven que ella. Paula siempre había salido con hombres al menos cinco años mayores. Era la diferencia de edad perfecta y parte de su fantasía desde que fuera la niña de las flores en su primera boda a los cuatro años. No la iban a llamar «asaltacunas», pero casi. Y eso era inaceptable.
—Lo siento —dijo, y hablaba en serio—, pero no puedo ir contigo.
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