lunes, 24 de septiembre de 2018

Paternidad Temporal: Capítulo 62

Pedro entró en la cocina y se encontró con una escena tórrida.

–Demonios, chicos, busquen una habitación.

–Buena idea –rió Luciana–. Marcos, voy a por los bebés, tú empieza a cojear hasta el coche. Para cuando yo acabe, quizás hayas llegado.

–Ja, ja. ¿Es siempre tan desagradable con la gente herida? –le preguntó Marcos a Pedro.

–Por desgracia, sí –Pedro encendió la luz del lavadero–. ¿Dónde diablos puede estar Paula?

–¿No habrá ido a por algo a su piso? –Luciana empezó a subir la escalera–. Échame una mano. Estoy segura de que volverá enseguida.

Cuando la hermana de Pedro y familia salieron de allí, eran las diez de la noche. Ni Paula estaba en su piso, ni su coche estaba en el estacionamiento. Pedro volvió a casa para ver si había una nota diciendo que iba a la tienda o algo así. No encontró nada. Se preguntó por qué se había marchado así, sin decir palabra. Ese era el estilo de Luciana, pero no el de Paula. Ella era muy responsable. Seguramente no había querido interrumpir su reunión con Luciana y había ido a la tienda a por pan y leche. Suspiró. En su opinión, ya habían jugado bastante Busca a la persona amada esa semana. Aunque pareciera imposible, en eso se había convertido Paula. En su persona amada. Su todo. No sabría qué hacer sin ella. Controlando su ansiedad, deseó no tener que descubrirlo nunca. Agarró el mando de la televisión, puso un partido de béisbol y se sentó en el sofá a esperar.


–No te asustes, abuela. Soy yo –Paula tecleó el código para que no saltara la alarma. Inhaló el aroma a popurrí de canela que siempre le había proporcionado sensación de calma y bienestar. Sí, ese era su auténtico hogar, y no quería volver a dejarlo nunca.

–Pero bueno, chica –dijo Abu–. ¿Qué haces aquí a esta hora de la noche?

–Te echaba de menos –Paula forzó una sonrisa e intentó sonar animada–. Así que decidí venir de visita.

Su abuela encendió la luz del vestíbulo, arruinando el intento de camuflaje de Annie.

–Has estado llorando. Ven, prepararemos cacao y me lo contarás todo.

–No hay nada que contar.

–Nunca me has mentido con éxito –la anciana de pelo blanco frunció los labios–. No creas que vas a empezar ahora. En marcha.

Agradeciendo que alguien dirigiera su desastrosa vida, aunque fuera un rato, Paula obedeció.

A medianoche, Jed llamó a su amigo Ferris a la comisaría. Cuando le transfirieron la llamada, Daniel tuvo el descaro de reírse de él.

–¿Me estás diciendo que ya has perdido a otra mujer?

–Maldición, Daniel, no tiene gracia. Paula no se iría sin más. La conozco como a mí mismo.

–¿La conoces tanto como a tu hermana? Ese asunto lo fastidiaste bien, amigo. Si hubieras sido paciente, como te pedí, habríamos encontrado a Luciana antes que tú y tu nueva amiguita cruzarais la frontera del estado. Te dejé al menos media docena de mensajes. Si no hubieras olvidado tu móvil en casa te habrías…

–Lo sé, lo sé. Me habría ahorrado un inútil viaje de mil doscientos kilómetros –Pedro se frotó la frente. Se había perdido todos esos mensajes porque, para su vergüenza, había usado una clave de acceso remoto equivocada. Ese error lo acompañaría hasta la tumba–. Créeme, sé mejor que nadie que metí la pata hasta el fondo.

–Tú lo has dicho –dijo Daniel, sarcástico.

A Pedro le fue fácil imaginarse la expresión de condescendencia de su amigo en ese momento. Sin duda, todos sus amigos pensaban que era un idiota, pero tenía que defenderse.

–Paula es diferente –arguyó, consciente de que sonaba como un loco–. No puedo explicarlo. Sé que es la única mujer para mí, amigo, pero se ha ido. Ya han pasado unas horas y…

Paternidad Temporal: Capítulo 61

–Zorra estúpida. Te dije cerveza baja en calorías. Sabes que estoy entrenándome para ese espectáculo de musculación en el gimnasio.

-Lo siento, Diego. No les quedaba. Pensé que esta valdría.

–Ya, pues te equivocaste –golpeó la pared con el puño, haciendo un
nuevo desconchón.

Paula, encogiéndose por dentro, dobló y desdobló el paño de cocina que colgaba junto al fregadero. Era bonito. Se concentró en el estampado de rosas. Los paños habían sido un regalo de su abuela, que la había advertido respecto a Diego. Abu le había dicho que se estaba precipitando al casarse. Que estaba huyendo del dolor provocado por la pérdida de su abuelo y porque sus padres tuvieran un nuevo destino en el extranjero. Buscando atajos para iniciar su propia familia.

¡Pum!

En vez de dar otro golpe en la pared, Diego se volvió hacia Paula y se lo dió a ella.

–La próxima vez que te pida que compres baja en calorías, si no hay en una tienda buscas en otra. Sabes que he tenido un mal día en la fábrica. ¿Por qué tienes que arruinarme la noche también?

–Yo… no.

Se refugió más en su interior. Él la golpeó de nuevo, más fuerte.

–Sal de aquí. Y no vuelvas hasta que tengas la cerveza que he pedido.

Paula no se había molestado en volver. En urgencias había rellenado una denuncia. Y al día siguiente los papeles de divorcio. Sin hijos y sin apenas propiedades compartidas, el asunto se solucionó pronto, sobre todo porque Diego ya tenía en espera a otra mujer a la que golpear. Había intentado avisarla, pero no había servido para nada. Embobada con el físico de Diego, Leticia solo podía pensar en acostarse con el hombre que creía que era. Minutos después, en su piso, con el cerrojo echado, rehízo su bolso de viaje, agarró las llaves del coche y dejó a Pedro igual que había dejado a su esposo cinco años antes. Sin hacer ruido. Sin protestar. Para siempre.




A Pedro , en la cocina, le temblaban las piernas de alivio. Su enfado con Luciana provenía de lo mucho que la quería, y ella lo sabía. La abrazó.

–Uf –dijo Marcos, entrando en la habitación–. Ya suponía que solo tardarían unos minutos en arreglarse. Para que lo sepas –le dijo a su mujer–, estoy de acuerdo con tu hermano. Si me hubieras hecho esa faena a mí, habría llamado a toda la policía desde aquí al Cañón del Colorado.

–Dejenlo ya. Lo he entendido. Creanme, si vuelve a ocurrir algo así…, y rezo que para no ocurra, recurriré a telegramas cantados si es lo que hace falta para avisarles.

–Gracias –Pedro le dió una palmadita en la espalda–. Eso es cuanto pido – miró el vaso que tenía en la mano–. Caramba, había venido a por un refresco para Paula, pero estaba tan enfadado contigo que me olvidé de ella. ¡Ahora mismo te llevo la bebida! –gritó.

–Es fantástica –susurró Luciana–. Perfecta para tí. En vez de quejarte pero mi escapada, tendrías que estar dándome las gracias. Si no hubiera sido por mí, no estarían juntos.

Pedro miró a su hermana con el ceño fruncido.

–Cielo, yo que tú no diría más –recomendó Marcos, poniéndole un brazo sobre los hombros.

–Haz caso a tu marido –dijo Pedro. Con el vaso en la mano, volvió a la sala.

Pero Paula no estaba. Como la luz del cuarto de baño estaba apagada, supuso que habría subido a ver a los bebés. Subió los escalones de dos en dos.

–¿Paula? –llamó.

No estaba en su dormitorio. Ni en el cuarto de baño. Ni en la habitación de invitados en la que dormían los bebés. Volvió a bajar.

–Luciana, ¿Está Paula con ustedes?

Silencio.

viernes, 21 de septiembre de 2018

Paternidad Temporal: Capítulo 60

Pedro miró las muletas de Marcos, los pómulos llenos de cardenales, el ojo morado y el pie escayolado. Supo que, por horrible que estuviera su cuñado una semana después del accidente, habría estado mucho peor cuando su hermana voló a verlo. Pero tras una hora de ver a Luciana hacer carantoñas a sus bebés, actuando como si no hubiera pasado nada, empezaba a hervir de frustración.

Mientras Pedro estaba en la cocina preparando refrescos para todos, siguiendo el juego de «no pasa nada» de Luciana, no pudo dejar de rememorar la desesperación que había sentido. El pánico que lo había atenazado cuando pensó que a su hermana podía haberle ocurrido algo serio. Había sentido lo mismo cuando su hermanito estaba en la casa muriendo. Y cuando sus padres fallecieron, y cuando Luciana se convirtió en una adolescente rebelde empeñada en destrozar su vida antes de que empezara. Alzó la vista y vioó que su hermana estaba en la cocina, sonriéndole y echando hielo en un vaso.

–Vaya lío, ¿Eh? Aparte de que Marcos quedó malherido y yo me torcí el tobillo, no había tenido una aventura igual desde…

–¿Una aventura? ¿Crees que esta semana ha sido una aventura?

–Cielos, Pedro, deja de ser tan gruñón –agitó la mano en el aire–. Sabes a qué me refiero. A volar y conducir e intentar contactar el uno con el otro. En retrospectiva, ha sido excitante. Quizás podríamos repetirlo, exceptuando…

–¡Maldición, Luciana! –Pedro dió una palmada en la puerta de un armario–. Esto es típico de tí. Hasta la abuelita más antigua tiene móvil hoy en día, pero tú…

–Hablando de eso, ¿Dónde estaba tu móvil mientras ocurría todo esto?

Típico de Luciana sacar a relucir su error justo cuando intentaba echarle una bronca.

–Mi teléfono estaba aquí, pero estamos hablando de tí. De cómo no me localizaste antes de que me fuera a la cabaña. Me dejaste aquí con tres bebés. A mí. Un soltero que no sabe nada de bebés. Y te fuiste sin más, sin siquiera intentar dejarme un mensaje.

–¡Lo intenté! Al menos cincuenta veces. ¿Quieres que las enumere? Una, en el aeropuerto, pero no estabas en casa. Dos, en…

–¡Déjalo! –le gritó Pedro, incapaz de controlar su ira.

En el salón, Paula dió un bote. La última vez que había oído gritar así, había sido con Diego.

–Oh, no, ya empiezan –Marcos gimió–. Pedro tiene buena intención, pero en lo que respecta a Luciana, nunca ha aprendido a soltarse.

–Ella es todo lo que tiene.

–Lo sé –dijo Marcos–. A ella le pasa lo mismo con él. Es decir, sé que ahora me tiene a mí, pero con Pedro es diferente. Tienen un extraño vínculo que aún no he conseguido entender.


–Esta tiene que ser tu última travesura, Luciana–siguió Pedro–. La última vez que actúas como una cría. Marcharte sin decirle a nadie dónde ibas fue solo eso: infantil. Fueran cuales fueran las circunstancias. ¿Y si los bebés hubieran sido mayores? Lo bastante para saber que mamá se había ido y para preocuparse de si volvería o no. ¿Qué les habría dicho?

–Lo siento –dijo Luciana con voz rota–. No pretendía no llamarte a propósito, Pedro, igual que tú no olvidaste el móvil a propósito. Actúas como si lo hubiera hecho todo para fastidiarte. Dios, siempre piensas lo peor de mí.

–Creo que iré a hacer de árbitro –dijo Marcos.

Paula se retorció las manos, alegrándose de que los bebés estuvieran arriba dormidos.

–¡De eso se trata! –rugió Pedro–. Me has fastidiado mucho en el pasado, Luciana. ¿Recuerdas cuando me llamaste borracha desde la fiesta de Pablo Henning? Me pediste que fuera a recogerte y, entretanto, te fuiste con Santiago Davis. No volviste a casa en tres días. ¿Y qué me dices de la vez que…?

–¡Cállate! –disparó Luciana–. Ya no soy una niña problemática.

–No. Eres una madre a la que le pareció normal subirse a un avión sin…

Paula cerró los ojos con fuerza. La voz de Pedro se parecía mucho a la de Diego. Su ex marido gritaba antes y pegaba después. Se preguntó si Pedro sería así. Al fin y al cabo, si gritaba a su hermana igualmente podía gritarle a su novia, o a su esposa. Tendría que haber sabido que no debía enamorarse de él. Había ignorado montones de señales. Su naturaleza controladora. Su aparente perfección. Y habían llegado los gritos. Era más de lo mismo. ¿Cómo podía estar tan ciega? ¿Ser tan tonta? Por lo visto, no había aprendido nada en los últimos cinco años. La había preocupado gustarle a Pedro solo por su maña con los bebés. Eso no era nada comparado con lo que estaba descubriendo. Diego había iniciado su relación con ella haciéndole creer que era la respuesta a todas sus oraciones. Le compraba flores y caramelos y le cantaba canciones de amor en el karaoke del bar. Paula agarró su bolso y salió de la casa.

Paternidad Temporal: Capítulo 59

–Por supuesto.

Él dejó caer los hombros con alivio. Él también quería hijos. No aún, pero pronto.

–¿Y tú?

El rostro de Paula se iluminó al verlo asentir.

–No estás embarazada, ¿Verdad? –preguntó Pedro justo después de la salida al aeropuerto internacional de Denver.

–¿Qué? –Paula lo miró atónita, limpiándose las lágrimas.

–Estás llorando. Y acabamos de enterarnos de la noticia de Martina.

–No. No estoy embarazada, al menos, no lo creo.

–Entonces, ¿Qué pasa?

–Mira el espejo. Las montañas son preciosas. ¿Cómo puedes soportar dejarlas?

Pedro se rió, no porque le pareciera una tontería, sino porque entendía cómo se sentía.

–Luciana y mi madre siempre lloraban cuando nos íbamos. Papá nunca sabía si lloraban porque se habían acabado las vacaciones o por lo que sentían por las montañas.

–Tal vez un poco de las dos cosas –Paula se sonó la nariz en una servilleta de papel que encontró entre los asientos–. No esperaba pasarlo tan bien. Quizás te suene raro, pero como somos miembros del mismo equipo…

–Claro, claro –él sonrió.

–Sé que este viaje ha sido bueno para ti porque te ha hecho comprender que Luciana puede cuidarse sola. También ha sido bueno para mí. Los últimos años no han sido demasiado buenos y empezaba a pensar que no volvería a confiar en nadie.

–Gracias –Pedro estiró una mano hacia la suya–. Después de lo que Luciana me hizo pasar, no sabes cuánto significa para mí oír eso. Hubo un tiempo en el que creí que iba a volverme loco.

–Puede que Luciana no lo sepa, pero es muy afortunada por tenerte.

–Ahora mismo, quien se siente afortunado soy yo.

En el asiento de atrás empezó a llorar un bebé, y luego otro, y otro.

–Mira que soy gafe, lo estropeé –gruñó Pedro.

–Eh –Paula señaló un cartel con forma de girasol–. Míralo desde el punto de vista positivo. Solo estamos a veinte kilómetros del único coche del mundo hecho entero de pipas de girasol, exceptuando el motor, claro.

–Claro –Pedro sonrió.

–Paula, despierta –Pedro la sacudió un poco.

–¿Dónde estamos? ¿Qué hora es? –preguntó Paula, que tenía las piernas recogidas y las manos bajo la mejilla.

–Estamos en casa. Y son las tres de la tarde.

El día anterior se habían tomado su tiempo y pasado la noche en un motel a las afueras de Salina. Paula se incorporó muy lentamente.

–¿Qué te duele? –preguntó Pedro.

–Todo. Recuérdame que no vuelva a dormirme torcida de medio lado en un coche.

–Vale. Pero estabas tan cansada después de la última parada de cambio de pañales, que creo que podrías haberte dormido haciendo el pino.

–¿De verdad estamos en casa? ¿En Pecan?

–Sí. Ya he metido a los bebés en casa. He dejado encendido el aire acondicionado de la furgoneta para que no te cocieras. Comparado con el clima de la montaña, este calor es asqueroso.

–Siempre podríamos volver.

–Créeme, si no fuera por los veintitantos mensajes de mi capitán, hablaría con Luciana y sugeriría eso mismo.

–No tendrás problemas en el trabajo, ¿No?

–No. Es solo que al jefe lo irrita el calor.

–¿No está acostumbrado? Es bombero.

–Bien dicho. La próxima vez que decida emprender una misión suicida, le diré eso.


–¿Cómo estás? –preguntó Paula alrededor de las ocho, acunando a Camila en los brazos.

El avión de Luciana y Marcos había aterrizado en Tulsa a las siete menos veinte. Llegarían al departamento de Pedro de un momento a otro.

–Estoy bien –Pedro encogió los hombros–. Estaré mejor cuando te tenga para mí solo.

Ella rió, aliviada al verlo bromear sobre su situación. Lo cierto era que, hasta ese momento, la había preocupado cómo se desarrollaría el encuentro de Pedro con Luciana. Antes de golpearla, Diego había gritado, y mucho. Tan alto que la última vez, la vez que ella había acabado en el hospital, los vecinos habían llamado a la policía. Si no hubiera sido por eso, tal vez no seguiría viva. La luz de unos faros destelló entre las lamas de las persianilla color puré de patata. Paula hizo una mueca de horror.

–Hace falta meter algo de color aquí.

–¿Qué tiene de malo el que hay?

–Todo. ¿Por dónde quieres que empiece?.

La puerta de un coche se cerró de golpe. Segundos después, otra. Paula observó como un músculo se tensaba en la mandíbula de Pedro.

–¿Puedo hacer algo para ayudar? –preguntó.

–No me dejes –puso la mano sobre su muslo desnudo.

Ella asintió cuando llamaban a la puerta.

–¿Pedro? –llamó una mujer–. Somos nosotros.

Paternidad Temporal: Capítulo 58

Martina se lo contó. Después, Paula agarró un trozo de papel de cocina yle secó las mejillas.

–Creo que es fabuloso. Eres maravillosa con los niños. ¿Por qué no ibas a tener más?

–Porque cuestan una fortuna. Hay gastos médicos, ropa, lecciones y la universidad y…

–Espera un momento –dijo Paula–. Tengo algo que te tranquilizará – Paula salió de la habitación y volvió con una bolsita de terciopelo negro en la mano–. Cuando nos hayamos ido, quiero que abras esto. Es tuyo.

–Pesa mucho –Martina aceptó el regalo con los ojos muy abiertos–. ¿Qué es?

–El primer regalo para tu nuevo bebé. Ahora, deja de preocuparte y empieza a celebrarlo. Los bebés son una fuente de alegría –Paula besó la frente de su amiga y, dándole un abrazo, le dijo que la echaría de menos.

Se habían despedido, cargado a los bebés y puesto rumbo a casa. Pero ochenta kilómetros después, Pedro seguía sin poderse creer lo que Paula había hecho por Martina y Carlos.

–¿Tienes la más mínima idea de cuánto debe de valer ese huevo? – preguntó, por fin.

–Espero que lo suficiente para comprar una tonelada de pañales y unos cuantos años de universidad.

–Yo diría que vale bastante más. ¿Qué te llevó a regalarlo así?

–Una razón bastante egoísta, la verdad –Paula puso sus adorables pies en el salpicadero y movió los dedos con placer.

–Vale, oigámosla.

–¿Por qué tengo que contártela?

–Porque después de todo lo que hemos pasado, somos un equipo. Y en el deporte hay una regla: no hay secretos entre los miembros del equipo.

–Ah, bueno, en ese caso… –le dirigió una mirada descarada y burlona.

–Estoy esperando –dijo él, reduciendo la velocidad antes de tomar la siguiente curva.

–Nosotros estábamos tan felices que no pude soportar ver a Martina tan triste. Pensé: ¿Qué diablos? Tampoco había tenido tiempo de encariñarme con el huevo. Además, creo que Alfredo aprobaría mi decisión.

–Creo que tienes razón. ¿Qué pensaste de que a Martina la desconsolara tanto su embarazo?

–No puedo culparla. El tema financiero es algo a tener muy en cuenta.

–Ya. Yo pensé lo mismo.

–Además, está lo de la edad. Valentina y Benjamín ya están casi criados. Tiene que dar miedo pensar en volver a empezar desde cero.

–Tú quieres tener hijos, ¿Verdad? –Pedro, de inmediato, se arrepintió de haberlo preguntado. Para él era algo serio. ¿Y si Paula decía que no?

Paternidad Temporal: Capítulo 57

–Allá va ese labio tembloroso –dijo con esa sonrisa lenta y sexy que ella adoraba–. Créeme, no tienen nada que ver contigo. Me estoy preguntando qué diré cuando vea a Luciana.

–¿Qué quieres decir? ¿No te alegrarás de verla, sin más?

–Claro que me alegraré de que esté en casa sana y salva –encogió los hombros–, pero es más complicado que eso.

–¿Por qué?

–Simplemente, lo es. Pero no debería serlo, así que me callaré.

–No te calles. Adelante, explica lo que sientes.

–Ese es el asunto –la atrajo hacia sí y jugueteó con uno de sus rizos–, Ni siquiera lo sé, excepto cuando pienso en lo que siento por tí.

–¿Y qué es eso? –lo pinchó ella.

–Algo bueno –la besó en la cabeza–. Muy, muy bueno.




–Te echaré de menos –dijo Martina, casi sofocando a Pedro con su abrazo.

Carlos salió con Paula a llevar las últimas cosas a la furgoneta.


–Apenas me has visto –respondió él, devolviéndole el abrazo.

–Lo sé, pero tenerte por aquí me recuerda a los viejos tiempos. Cuando éramos niños en verano y todo era diversión, sin responsabilidades –se limpió unas lágrimas.

–Paula y yo volveremos para Año Nuevo. Quiere emparejar a su abuela con Alfredo.

–Ya me lo ha dicho –Martina rió entre lágrimas–. Me parece una gran idea.

–Entonces, ¿Por qué sigues llorando?

–Ay, Pedro. Estoy embarazada. Hace días que lo sospechaba, pero esta mañana me he hecho una prueba de embarazo. Carlos no lo sabe aún.

–¿Y por qué las lágrimas? A él le encantará.

–No. Económicamente hablando, apenas podemos permitirnos los dos que tenemos –lloró con más fuerza.

Pedro no sabía qué decir ni qué hacer, aparte de abrazarla. El aspecto financiero de tener hijos era un tema serio. Aunque estaba feliz con cómo iban las cosas con Paula, habían hecho el amor dos veces sin protección. Podría estar embarazada. Él tenía ahorros, más que suficientes para casarse con ella, si llegaban a eso. Pero no tenía bastante para criar y mantener a un bebé o bebés. Aun así, si Paula le dijera que esperaba un hijo o una hija suya, se alegraría, aunque eso pudiera ocasionarles problemas financieros. Lo mismo le ocurriría a su buen amigo Ditch cuando oyera la noticia de que su familia iba a crecer.

–¿Quieres que se lo diga yo? –se ofreció, tras comentarle lo que pensaba.

Ella se sorbió la nariz y movió la cabeza.

–Creo que enviaré a Valentina y a Benjamín a casa de la madre de Carlos este fin de semana. Se lo contaré mientras comemos filete y patatas asadas con mantequilla. Así estará de buen humor.

Pedro se rió.

–Estamos listos –Paula se acercó a Pedro desde atrás y rodeó su cintura con los brazos–. Hum, te he echado de menos.

Martina le dedicó a Pedro una sonrisa esplendorosa.

–Estoy deseando que Carlos me pague el masaje de treinta minutos que me debe por perder la apuesta.

–Aún me cuesta creer que hayan apostado sobre si Pedro y yo… ¿Martina? ¿Qué te pasa? Parece que has estado llorando –dijo Paula.

–¿Y Carlos? –consiguió preguntar ella.

–Afuera, con los niños –dijo Paula–. Benjamín pegó un chicle en una de las ruedas del cochecito y lo ha obligado a rascarlo.

–Es tan buen padre… –Martina rompió a llorar otra vez.

Paula corrió a su lado y le puso un brazo sobre los hombros.

–Por favor, dime qué ocurre.

Paternidad Temporal: Capítulo 56

AllÍ, junto a la pequeña mesa de roble en la que estaba la cena a medio comer, Pedro puso a Paula en pie, colocó las manos en la parte baja de su espalda y profundizó el beso.

–No sé como ha ocurrido –dijo–, pero te quiero, Paula Chaves. Ambos lo hemos pasado mal, pero, de alguna manera, sé que esto funcionará, estamos bien juntos.

Ella asintió, apoyó la mejilla en su pecho y se rindió al firme latido de su corazón. Una vocecita interior seguía advirtiéndole que tuviera cuidado, que no se lanzara a algo para lo que no estaba preparada. Pero luego la voz de la razón le recordó que Pedro no se parecía nada a los dos hombres que tanto daño le habían hecho. Igual que Diego, Pedro quería tener el control, pero no lo necesitaba. No daba golpes cuando no se salía con la suya. Ni siquiera gritaba. Y cuando le había preguntado si solo la quería como niñera de sus sobrinos, su respuesta había sido cuanto había deseado y más. Así que, mientras lo observaba desabrocharle la chaqueta vaquera, supo que estaba dispuesta a comprometerse con Jed de forma no oficial, porque ya no era un desconocido para ella. Lo conocía en lo profundo de su alma. Donde realmente importaba.

Él le quitó la chaqueta y la colgó del respaldo de la silla. Ella se estremeció.

–¿Tienes frío? –preguntó él, pasando sus grandes y cálidas manos por sus brazos.

–Algo.

–¿Nerviosa?

–¿Cómo lo has sabido?

–Te tiembla el labio inferior. Y se te dilatan las pupilas–trazó la curva de su boca con el índice–. Me encanta eso de tí. Puedo saber lo que piensas.

«A mí también me encanta eso de tí».

–¿Quieres saber lo que estoy pensando yo? –preguntó él.

Ella asintió. El dedo de Jed descendió por su barbilla y cuello y giró a la derecha en su clavícula, para deslizarse bajo la camiseta hasta llegar al tirante de su sujetador.

–Con tu permiso, me gustaría llevarte a la cama y abrazarte toda la noche. ¿Te suena bien?

–Más que bien. Perfecto.

Paula nunca se había despertado más feliz y satisfecha, como si todo fuera bien en su mundo. Pedro estaba tumbado de espaldas, con el pecho desnudo. Su pelo siempre estaba revuelto, pero esa mañana, mucho más. Se preguntó si se movía mucho durante la noche. Había dormido tan profundamente a su lado que no lo sabía. Curvó la mano sobre su hombro y sonrió al ver que no llegaba ni a la mitad. El tamaño de Diego le había dado miedo para cuando lo dejó. En el caso de Pedro, hacía que se sintiera más segura. Cerró los ojos y suspiró, pensando en cuánto había cambiado su vida en menos de una semana. De forma algo enrevesada, Pedro se había declarado y ella lo había aceptado.

–¿Por qué estás tan pensativa? –preguntó él.

–Ay. Me has dado un susto de muerte –protestó ella, llevándose la mano al pecho.

–Perdona –la atrajo a sus brazos. Tras besar su frente, pasó a ocuparse de los labios.

–Mmmm… estás perdonado.

–Gracias. ¿Tienes hambre?

–En realidad, no. ¿Y tú?

–La verdad es que no me encuentro bien.

–¿Crees que tienes un virus o algo?

–No. Solo son nervios.

–¿Por qué? –se incorporó un poco para ver su rostro mejor. «Espero que no sean por lo nuestro».