lunes, 6 de agosto de 2018

Dulce Amor: Capítulo 27

—¡Niños! —gritó su madre en cuanto abrió la puerta—. Les he traído un poco de queso,  unas  galletas  y...  Oh,  Dios  mío  —dejó  los  platos  rápidamente  en  la  mesa—. Creo   que   será  mejor  que  los   deje...   trabajando —cerró  la  puerta,  dejándolos  completamente solos.Y besándose.

Pedro devoraba su boca mientras acariciaba su espalda. Paula sentía sus dedos ardientes  a  través  de  la  blusa.  Pedro abandonó  sus  labios  y  mordisqueó  suavemente  su cuello.

—Ya se ha ido mi madre —musitó Paula casi sinrespiración.

—Ummm.

—Ya podemos dejar de besarnos.

—Ummmm...

—Peso demasiado —se mordió el labio mientras Pedro alzaba las manos hasta el inicio de sus senos—. Tengo que levantarme.

—Eres ligera como una pluma.

—Pues a mí no me lo parece.

Se sentó a horcajadas sobre él.

—A mí sí.

Paula, sintiendo la presión de su sexo entre las piernas, se frotó contra él. Pedro gimió,  sobrecogido  por  una  verdad  que  a  esas  alturas  ya  debería  haber sido evidente para él: Paula Chaves era toda una mujer, un modelo de feminidad con numerosas curvas que la hacían absolutamente deseable. La  deseaba.  La  deseaba  aunque  no  tuviera  el  cuerpo  de  una  modelo.  Aquella  certeza  se  imponía  sobre  el  sentido  común,  sobre  el  hecho  de  que  debería  estar  trabajando  y  sobre  la  más  que  probable  posibilidad  de  que  su  madre  volviera  a  interrumpirlos. Nada importaba. Pedro jugueteaba con los botones de su blusa mientras le lamía seductoramente  el  cuello,  haciéndole  sentirse  como  una  mujer  salvaje,  fuera  de  control. Agresiva y hambrienta. La levantó en brazos y rodeó con ella el escritorio. La sentó en la mesa, se acercó  a  la  puerta  y  gimió  al  no  encontrar  ningún  cerrojo.  Miró  desesperado  a  su  alrededor  y  colocó  una  planta  delante  de  la  puerta  antes  de  acercarse  de  nuevo  a  Paula.

—No traes a hombres por aquí muy a menudo, ¿Verdad?

—No  salgo  con  ninguno  desde  que  tuve  una  cita  con  Esteban.  Pero  eso  era  cuando  estaba  en  la  universidad.  En  realidad  no  lo  deseaba...  O  al  menos  no  tanto  como te deseo ahora. Y supongo que él tampoco me deseaba a mí, porque se fue muy poco después y desde entonces no he vuelto a verlo.

—Bien. Dilo otra vez.

—No  he  vuelto  a  verlo...  —Pedro la  interrumpió  con  un  largo  y  apasionado  beso.

—No me refiero a eso. Dí que me deseas ahora.

—Te deseo ahora.

Pedro ach  le  desabrochó  la  blusa  y  se  la  deslizó  por  los  hombros.  La  primera  tentación de Paula, fue intentar cubrirse.

—No —le pidió Pedro tomando sus manos.

—Pero la luz está encendida, y puedes verme... Esto ya es demasiado...

—Perfecto —susurró Pedro con admiración antes de besarla de nuevo.

Paula olvidó  al  instante  todas  sus  inhibiciones.  Le  desabrochó  y  le  quitó  la  camisa mientras él luchaba frenéticamente contra su sujetador.

Dulce Amor: Capítulo 26

—¿De verdad quieres trabajar? —preguntó Pedro con recelo.

—¿Qué otra cosa quieres que haga?

—Bueno...

—Olvida  lo  que  te  he  preguntado.  Mira,  al  contrario  de  lo  que  pareces  pensar,  no  estoy  loca  por  tí.  Sólo  soy  una  mujer  desesperada  que  necesita  unos  minutos  de  concentración —tomó aire y se volvió hacia la pantalla.

—Estás completamente informatizada —oyó decir a Pedro detrás de ella al cabo de unos minutos.

—¿Te  importaría  volver  a  sentarte  en  la  silla?  Estás  invadiendo  mi  espacio  de trabajo.

Pedro rodeó el escritorio y se puso a mirar las fotografías de las paredes.

—¿Es algún ex novio? —señaló una foto en particular.

Paula sonrió.

—Es  mi  hermano  mayor,  Daniel—señaló  la  foto  de  al  lado—.  Ésos  son  los  otros  dos. Yo soy la única chica —señaló otra foto—. Ése es mi padre, murió el año pasado de un infarto.

—Lo siento.

—Gracias.  Fue  muy  difícil  para  todos.  No  nos  lo  esperábamos.  Mi  madre  lo  pasó  fatal.  Llevaban  treinta  y  seis  años  casados.  Estaba  muy  deprimida  y  empezó  a  tener  dolores  en  el  corazón.  Pero  ahora  se  encuentra  mucho  mejor.  La  semana  que  viene se va a ir a un crucero.

—Estupendo —se   quedó   mirando   fijamente   la   fotografía   de   Daniel—.   ¿Tu   hermano es policía?

—Aja. Y el otro Lucas, un profesional de los rodeos. El que está a su lado es Gonzalo. Es propietario de una empresa de construcción en Houston.

—El  policía,  el  vaquero  y  el  albañil.  Para  una  película  del  Oeste  sólo  falta  el  indio.

—Mi padre era descendiente de Cherokees.

Pedro esbozó una enorme sonrisa que tuvo un efecto inmediato en el corazón de Paula.

—¿Y tus hermanos están casados?

—Ojalá  lo  estuvieran  y  tuvieran  nietos  que  mantuvieran  a  mi  madre  ocupada  —suspiró,  intentando  no  pensar  en  la  profundidad  de  la  mirada  de  Pedro—.  ¿Y  qué  me dices de tí? ¿Tienes hermanos?

—Soy  hijo  único.  Mi  madre  murió  en  un  accidente  de  coche  cuando  yo  tenía  cinco  años.  A  mi  padre  nunca  lo  conocí.  Mi  madre  era  muy  joven  cuando  se  quedó  embarazada y él decidió quitarse de en medio.

—¿No has sabido nunca nada de él?

—Alguna  que  otra  vez,  pero  no  tengo  ninguna  gana  de  conocerlo.  Mi  madre  siempre me decía que ella me quería por los dos, y era cierto. Tenía dos trabajos para poder  mantenerme.  Eso  fue  lo  que  la  mató.  Se  quedó  dormida  en  el  coche  cuando  volvía de trabajar. Yo pasé el resto de mi vida en el Hogar Infantil de Dallas.

—Lo siento.

Pedro esbozó entonces una sonrisa que iluminó intensamente su mirada.

—Gracias,  pero  no  tienes  por  qué.  No  estoy  resentido  con  mi  pasado.  Crecí  en  un  lugar  tranquilo,  nunca  me  ha  faltado  comida  ni  una  cama  caliente,  y  he  contado  siempre con el apoyo de Diego. No ha sido perfecto, pero no ha estado mal.

—¿Diego? ¿Diego Black? ¿Tu director?

—El  mismo.  Crecimos  juntos  y  ahora  trabajamos  juntos.  Es  el  experto  en  los  números y yo en la gente.

—Las mujeres en particular, por lo que he oído decir.

—Sí, me gustan las mujeres —le dirigió a Paula una mirada lobuna que le hizo reaccionar inmediatamente.

—Eh... ¿por qué no te sientas? Tengo que ponerme a trabajar.

Pedro tomó  asiento  y  ella  intentó  concentrarse  en  su  trabajo.  El  trabajo  era  bueno, le permitía distraerse, tranquilizarse.... Pero  los  minutos  pasaban  lentamente,  y  Paula era  dolorosamente  consciente  del  hombre  que  estaba  situado  a  menos  de  un  metro  de  ella,  llenando  su  oficina,  arrebatándole el oxígeno... Se lo imaginaba levantándose de la silla, acercándose a él y besándolo... ¿Besándolo?Sí, besándolo, una y otra vez, una y otra vez... Se  oyeron  pasos  en  el  pasillo  que  la  sacaron  bruscamente  de  su  ensueño.  ¡Su  madre!  Antes  de  que  pudiera  pensar  en  lo  que  estaba  haciendo,  había  saltado  de  la  silla, había rodeado el escritorio y le había quitado a Pedro la revista de las manos.

—¿Qué  haces?  —preguntó  perplejo  al  ver  que  se  sentaba  en  su  regazo  y  le  rodeaba el cuello con los brazos.

—Convencer  a  mi  madre  de  que  no  hay  problemas  en  el  paraíso  —contestó, antes de besarlo.

viernes, 3 de agosto de 2018

Dulce Amor: Capítulo 25

—Mentirosa —dijo él burlón.

—Te odio —tomó aire—. ¿Entonces vas a venir o no?

—¿Por qué voy a tener que ir?

—Es sábado por la noche.

—¿Y?

—Se  supone  que  las  personas  que  están  prometidas  normalmente  se  ven  los  sábados  por  la  noche,  a  no  ser  que  tengan  problemas  para  compaginar  los  horarios  de  trabajo,  alguno  esté  fuera  de  la  ciudad  o  tengan  diferencias  religiosas  que  les  impidan  citarse  en  un  sábado,  pero  tú  no  tienes  creencias  religiosas  de  ese  tipo,  ¿Verdad?

—Ninguna que yo sepa.

—Y ninguno de nosotros está fuera de la ciudad, y ésa es la razón por la que te necesito. Porque  aunque  tengo  montones  de  facturas  que  revisar,  no  puedo  hacer  nada teniendo a mi madre pegada a mí, especulando sobre los posibles motivos por los que no estás aquí, o susurrándome cosas que ni siquiera me atrevo a mencionar, porque todavía me cuesta verla como una mujer que se besaba con mi padre y hacía el amor con él y...

—Estás divagando.

—No  es  cierto  —se  sumió  en  un  profundo  silencio—.  De  acuerdo,  estoy  divagando. Pero es que estoy desesperada. Te necesito. Ahora.

—Pídemelo por favor.

—Te odio.

—Debo de haber oído mal, porque me ha parecido oírte decir...

—Por favor...

—¿Lo dices con mucho cariño?

—No sabes con cuanto. ¿Vas a venir?

—Quizá.

Quince  minutos  después,  Paula abría  la  puerta  a  Pedro,  que  llegaba  casi  sin  aliento.

—Estás aquí —dijo con evidente alivio.

—Sí —tomó aire y pasó delante de ella—. No parece que te alegres de verme.

—Porque  no  me  alegro  —Pedro se  encogió  de  hombros  y  se  volvió,  como  si  estuviera dispuesto a marcharse. Paula lo agarró del brazo y lo metió en el interior de la casa—. Estoy emocionada, no sabes qué alegría me da verte —en cuanto le tocó, cada   uno   de  sus   nervios   pareció  comenzar  a  vibrar.   Rápidamente  lo  soltó,  prometiéndose no volver a ponerle la mano encima.A no ser que fuera una cuestión de vida o muerte.

—¡Pedro! —su  madre  entró  en  la  cocina  con  una  fuente  de  palomitas  en  la  mano—. ¡Cuánto me alegro de volver a verte!

—El que se alegra soy yo Alejandra. Estas adorable.

—Oh, pero si estoy hecha un desastre —se llevó la mano a los rulos—. Estaba terminado de arreglarme.

—Eres la mujer más bonita desde Rio Grande hasta aquí...

—Bueno,  estamos  en  mi  despacho  si  nos  necesitas,  mamá  —los  interrumpió  Paula.

Agarró a Pedro de la manga y se dirigió con él hacia su despacho.

—Yo  voy  a  estar  viendo  la  televisión,  y  no  saldré  de  mi  dormitorio —comentó Alejandra con una picara sonrisa—. Así que pueden hacer todo el ruido que quieran.

—¡Mamá!

—Espero que se diviertan.

—Si quieres que crea que estamos comprometidos, ¿Por qué no salimos a cenar como  si  tuviéramos  una  cita  real?  —le  preguntó  Pedro a  Paula cuando  llegaron  al  despacho.

—Porque  estando  aquí  mi  madre...  —«y  tú  perturbando  mi  sentido  común»,  debería  haber  añadido  si  hubiera  sido  sincera—,  llevo  atrasado  todo  el  papeleo  del  trabajo.  Le  he  dicho  a  mi  madre  que  ibas  a  ayudarme  con  la  contabilidad.  Siéntate  allí.

Dulce Amor: Capítulo 24

—Eres  muy  buena,  preciosa.  De  hecho,  he  estado  a  punto  de  creerte,  pero  ninguna  mujer  sería  capaz  de  chantajearme  si  no  tuviera  intenciones  ocultas.  Me  chantajeaste  para  poder  tener  cerca  a  un  hombre  con  el  que  posiblemente  has  fantaseado desde niña.

—Eso es lo más ridículo, egoísta, engreído... —hizo una larga pausa, como si no consiguiera  encontrar  la  palabra  que  buscaba—.  Me  niego  a  gastar  una  gota  más  de  energía.

—¿En qué?

—En decirte lo completamente equivocado que estás.

—No  estoy  en  absoluto  equivocado,  querida.  Crees  que  haciéndote  la  difícil  conseguirás que me acerque a tí.

—No quiero nada de tí. Bueno, sí, quiero que finjas ser mi prometido mientras esté   mi   madre  aquí.   Y  no me llames   «querida»,   porque   éste   es   un   asunto   estrictamente de negocios.

—Claro.

—¡Hombres! —farfulló—.  De  acuerdo,  estoy  loca  por  tí,  ¿Prefieres  que  te  diga  eso?

—Lo sabía.

—Te deseo desde que estaba en el instituto.

—Cuéntame todo lo que quieras.

—¿Puedo ser completamente sincera?

—La sinceridad es la mejor política.

—Soy vidente. Sé que suena raro, pero es la verdad. Un día tuve una visión en la que aparecías.

—¿Una visión?

—Fue  un  destello  de  perfección.  He  pasado  los  últimos  diez  años  de  mi  vida  pensando en tí, buscando que llegara ese momento. Comencé el negocio de las tartas porque  sabía  que  te  lesionarías  el  hombro,  abrirías  una  cadena  de  comida  rápida  y  algún día me pedirías la exclusiva de mi Chocolate Cherry Cha—Cha —suspiró con dramatismo—. Me siento tan aliviada. Gracias, Pedro. Acabo de librarme del peso de la mentira. Por fin soy libre, Pedro. Libre gracias a tí.

—Muy graciosa.

—Estoy hablando en serio.

—Y yo voy a colgar ahora mismo.

—Genial.  Porque  no  deberías  haber  llamado.  Algunas  personas  necesitamos  trabajar para vivir.

—Te muestras muy hostil para ser alguien que me necesita.

—¡Yo no te necesito! —murmuró.

Colgó el teléfono y Pedro se descubrió a sí mismo mirando el auricular con una sonrisa en el rostro. Quizá Paula Chaves no anduviera detrás de su fama.

—Te  necesito  —la  voz  de  Paula atravesó  las  líneas  telefónicas  esa  misma  noche—. Es sábado por la noche y te necesito.

—¿Tanto como para ofrecerme una disculpa?

—¿Quieres que me disculpe? ¿Por qué?

—En primer lugar, por haberme chantajeado.

—De acuerdo, lo siento.

—Por haberme echado de tu casa.

—Lo siento.

—Y por haber mentido al decir que no deseabas a Alfonso El Salvaje.

—No te he mentido, a pesar de las perversas fantasías que tu asquerosa mente haya podido concebir.

—Las que son perversas son tus fantasía.

—Tú  no  formas  parte  de  mis  fantasías  —cubrió  el  auricular  con  la  mano—.  Sí,  acaba de llamarme, mamá.

Dulce Amor: Capítulo 23

—Esa es mi chica.

—En la oficina.

—Pero yo quería que me hablaras más de Pedro.

—Más  tarde mamá,  te  lo  prometo.  Tengo  que  empezar  a  trabajar inmediatamente —Paula buscó  refugio  en  su  despacho,  y  se  sentó  frente  al  ordenador.  Estaba  a  punto  de  tirar  el  donuts  a  la  papelera  cuando  oyó  a  su  madre  gritar  desde  el  pasillo—:  No  se  te  ocurra  tirar  el  donuts  a  la  papelera.  Hay  muchos  niños que se mueren de hambre.

Paula tomó aire y giró la cabeza hacia la ventana. Unos pajarillos gorjeaban en las ramas de un árbol cercano. Rápidamente, tomó el plato con el donuts y lo dejó en el alféizar.

—Ni  pienses  en  dárselo  a  los  pájaros.  El  azúcar  es  muy  peligrosa  para  unas  criaturas tan frágiles.

Paula arrebató el pastel a un arrendajo que pretendía hacerse con él y lo dejó encima de su escritorio. El  dulce  la  llamaba  a  gritos.  Cerró  los  ojos,  pidiéndole  al  cielo  fuerzas  para  resistir.  Iban  a  ser  menos  de  dos  semanas,  se  dijo.  Había  vivido  dieciocho  años  con  aquella mujer y había conseguido sobrevivir. ¿Cómo no iba a resistir diez días, cuatro horas y veintidós minutos? Metió el donuts en un cajón, lo cerró y se concentró en el ordenador. El trabajo. Su  salvación.  Su  pasión.  Sus  dedos  volaron  sobre  el  teclado  y  el  mundo  pareció  sumergirse en una agradable calma.Una   calma   que   sólo   duraría   hasta   que   tuviera   que   enfrentarse   nuevamente   a   su   madre,   resistir   la   llamada   desesperada   del  donuts   o  besar  nuevamente a Pedro. Aquellas dos semanas iban a ser muy largas.

—Eh,  preciosa,  ¿Qué  tal  va  todo?  —la  primera  llamada  que  recibió  Paula el  sábado por la mañana fue de Pedro.

—¿No te dije que te llamaría yo? —le preguntó.

—Han  pasado  ya  veinticuatro  horas.  ¿No  crees  que  tu  madre  querrá  saber  dónde me he metido?

—Le dije que tienes problemas en el trabajo.

—Y supongo que también estás intentando ponerme nervioso.

—En realidad, me encantaría que te murieras, pero eso me causaría problemas con mi madre. Le gustas... Espera un momento —cubrió con la mano el auricular—. Sí, mamá, es Pedro. Siente tener tanto trabajo. También a él le gusta haberte conocido —apartó  la  mano  y  dijo  con  voz  alta  y  clara—:  Dice  mi  madre  que  eres  tan  maravilloso como se imaginaba.

—Maravilloso es mi apodo.

—Yo tenía entendido que era repugnante —cubrió nuevamente el auricular—. Sí, mamá. Dice que tú también eres encantadora. Sí, está deseando verte —apartó la mano y siseó—: ¿Llamas para torturarme, o necesitas algo? Porque estaba intentando trabajar.

—Me conozco perfectamente tu juego, así que deja de actuar.

—¿Actuar?

—Sí, actuar. Finges que me odias cuando en realidad no es cierto.

—Claro que te odio.

—De   acuerdo.   Soy  capaz de   averiguar  tus   intenciones, pero  tengo  que  reconocer que estás haciendo una representación perfecta.

—Hablando  de  actuar,  creo  que  tú  eres  todo  un  maestro.  Verte  a  tí  es  como  estar  asistiendo  a  una  función  teatral.  ¿Tomas  algún  tipo  de  pastilla  para  que  se  produzca el cambio? ¿Alguna poción? ¿O estás secretamente poseído por el diablo?

—¿Se puede saber de qué estás hablando?

—De tu transformación en Alfonso El Salvaje.

—Tú sueñas.

—Yo diría que tengo pesadillas.

Dulce Amor: Capítulo 22

—¿Qué hora es? —se oyó preguntar a Zaira con voz somnolienta al cabo de unos cuantos timbrazos.

—Las seis de la mañana —contestó Paula secamente.

—¿Pau? ¿Dónde estás?

—Delante de mi ordenador.

—Deberías estar en la cama.

—Llevo horas levantada. Tengo que preparar el contrato que vamos a presentar a Walter's Wings esta mañana.

—Ah, sí. Te deseo suerte.

—No  te  llamaba  para  recibir  tu  apoyo  moral  —su  voz  adquirió  un  deje  acusador—. Zai, lo chantajeaste.

—¿A quién?

—A Pedro Alfonso. Le dijiste que si él no aceptaba el acuerdo que le ofrecíamos, le venderíamos la exclusiva a Bob.

—Un buen movimiento, ¿No crees?

—Pero era mentira.

—Una mentirita solamente y lo hice por una buena causa. Para hacer feliz a tu madre y protegerte a tí. Tu madre está muy contenta, ¿No?

—Sí.

—¿Y no he conseguido salvar tu mentira?

—Es repugnante. Ahora Pedro Alfonso cree que soy una de sus admiradoras. No es que me importe mucho lo que piense. Pero vamos, que crea que una mujer como yo  puede  admirarlo  —sacudió  la  cabeza  disgustada—.  De  acuerdo,  piensa  que  lo  admiro,   ¿Y qué?   Definitivamente,   me   parece que  le  estoy  dando  a  todo   esto   demasiada importancia.

—No  me  extraña.  Eso  te  pasa  por  levantarte  tan  temprano.  Bueno,  Pau,  me  vuelvo a la cama.

—Me sorprende que puedas madrugar y conservar energía para todo el día con esa   dieta   —Alejandra estaba   sentada   frente   a   su   hija   treinta   minutos   después, observando  desesperada  que  renunciaba  a  las  tortitas  que  le  había  preparado  y  optaba por el café.

—Cafeína —repuso  Paula—.  No  me  ha  fallado  nunca.  Por  cierto,  tengo  que  meterme  en  el  despacho  a  planificar  el  horario  del  día  antes  de  que  lleguen  los  empleados.

—Pero come algo, hazlo por tu anciana madre.

—No  eres  ninguna  anciana  —Paula bebió  otro  sorbo  de  café  y  comenzó  a  cascar un huevo pasado por agua—. Y ya estoy comiendo algo.

—Me refiero a algo bueno.

—El huevo tiene muchas proteínas.

—Algo que sepa bien, querida.

—El  huevo  sabe  estupendamente  —al  ver  que  su  madre  fruncía  el  ceño,  le  explicó—: Necesito ponerme a dieta.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Todas las tablas de peso del país, siempre estoy por encima de la media.

—Claro que lo estás. Siempre has sido una mujer aventajada. Excepcionalmente inteligente y atractiva.

—¿Y con curvas más que generosas?

—¿Y qué tienen de malo las curvas? A los hombres les gustan las mujeres a las que se pueden arrimar de verdad cuando están...

—Tómate este zumo, mamá.

—Gracias,  querida  —Alejandra bebió  un  sorbo  de  zumo  de  naranja—.  Mírame  a  mí —señaló las tortitas que tenía frente a ella—. Nunca me he preocupado por lo que comía  o  lo  que  dejaba  de  comer  y  me  he  mantenido  en  el  mismo  peso  desde  hace  veinte años. Tengo una figura más que redondeada y me siento orgullosa de ella. Tu padre apreciaba las curvas en una mujer y estoy segura de que Pedro también.

—Sí, yo también —Paula desvió la mirada y terminó el resto del café.

—¿Estás preocupada por algo?

—Por  el  trabajo.  Tengo  muchísimas  cosas  que  hacer  y  ya  llevo  cinco  minutos  más de la cuenta desayunando.

 —Es por Pedro, ¿Verdad? Estás preocupada porque crees que no me gusta.

—¿Ah, sí? Oh, bueno sí.

—Pues tranquilízate. Me ha parecido un hombre maravilloso. Me recuerda a tu padre cuando tenía su edad. Guapo y simpático, fuerte y viril. Un hombre inteligente y capaz de reconocer un buen bocado cuando lo ve. Mi niña —le dirigió a su hija una sonrisa resplandeciente—. Qué cara, qué cuerpo. Tienes unos genes perfectos.

—Pues  los  pantalones  me  quedan  demasiado  ajustados  —musitó  Paula,  mientras daba cuenta de su segundo huevo.

—¿Qué has dicho, querida?

—He dicho... Um, creo que tienes razón. Me tomaré un donuts.

Dulce Amor: Capítulo 21

—No, vamos a preparar un tónico para el pelo que Leticia ha encontrado en un viejo libro de historia. Hay que echar el último ingrediente antes de que el reloj de  las doce  y  después  esperar  tres  horas  —al  ver  que  Pedro sacudía  la  cabeza  con  gesto  incrédulo,   añadió—:   Ha   encontrado   un   documento  que atestigua  que George Washington utilizó esa misma receta.

—Yo pensaba que te ibas a curar con energías positivas.

—El tónico forma parte de un segundo plan. Por si acaso.

—¿Y tanta prevención no cuenta como energía negativa?

La  sonrisa  de  Diego  se  desvaneció.  Se  pasó  frenético  las  manos  por  el  pelo  y  observó desesperado la única hebra que había quedado entre sus dedos.

—¡Oh, no! He expresado mi escepticismo en voz alta y mira lo que ha pasado.

—Sólo es un pelo.

—Son ya sesenta los que se me han caído —se pasó nuevamente la mano por el pelo—. Dios mío, sesenta y uno.

—No me extraña que se te caigan si te pasas el día haciendo eso.

Diego se fue y Pedro se reclinó contra el respaldo de la silla con la mirada fija en el asado que tenía frente a él. La boca se le hizo agua. Pero no a causa de la comida. Estaba hambriento. Pero de algo muy diferente. Cerró  los  ojos  y  recordó  la  sensación  de  los  labios  de  Paula,  su  cuerpo  presionado contra el suyo mientras se besaban... Aquello era lo que más lo molestaba. No que lo hubiera besado. Después de la estratagema del chantaje, lo que le hubiera sorprendido habría sido que no intentara besarlo. El verdadero problema residía en que él le había devuelto el beso. Y lo peor de todo, en que le había gustado. Le había gustado mucho. Paula había vuelto a ser ella. Abrió  los  ojos  como  platos.  No,  Paula no  era  ella.  La  única.  A  pesar  de  la  atracción  inicial  y  de  todas  las  fantasías  que  a  partir  de  aquel  encuentro  había  alimentado, la dulce Paula Chaves era como todas las demás mujeres que conocía. Se había dejado seducir por su fama. Cuando pensaba que era un don nadie, ni siquiera se  había  molestado  en  averiguar  su  nombre.  Pero  seis  meses  después,  en  cuanto  había  descubierto  que  se  trataba  del  mismísimo  Alfonso El  Salvaje,  no  sólo  se  había  ocupado de llamarlo, sino que lo había chantajeado. Una razón más para olvidar su beso. Para olvidarse de ella. Hecho.Tomó un trozo de asado. Cuando cerró los labios alrededor del primer bocado, no  pudo  evitar  un  gruñido  de  placer.  Alejandra tenía  razón:  Paula era  una  cocinera  condenadamente buena.Una maravillosa cocinera con la boca más adorable que había visto en su vida.

A medida que la verdad iba abriéndose en su mente, el enfado de Pedro crecía. Estaba  desesperado  por  ver  a  Paula Chaves otra  vez.  A  pesar  de  su  promesa  de  concentrarse  en  futuros  planes  de  matrimonio,  estaba  condenadamente  ansioso  por  volver a ver a aquella mujer.