—¡Niños! —gritó su madre en cuanto abrió la puerta—. Les he traído un poco de queso, unas galletas y... Oh, Dios mío —dejó los platos rápidamente en la mesa—. Creo que será mejor que los deje... trabajando —cerró la puerta, dejándolos completamente solos.Y besándose.
Pedro devoraba su boca mientras acariciaba su espalda. Paula sentía sus dedos ardientes a través de la blusa. Pedro abandonó sus labios y mordisqueó suavemente su cuello.
—Ya se ha ido mi madre —musitó Paula casi sinrespiración.
—Ummm.
—Ya podemos dejar de besarnos.
—Ummmm...
—Peso demasiado —se mordió el labio mientras Pedro alzaba las manos hasta el inicio de sus senos—. Tengo que levantarme.
—Eres ligera como una pluma.
—Pues a mí no me lo parece.
Se sentó a horcajadas sobre él.
—A mí sí.
Paula, sintiendo la presión de su sexo entre las piernas, se frotó contra él. Pedro gimió, sobrecogido por una verdad que a esas alturas ya debería haber sido evidente para él: Paula Chaves era toda una mujer, un modelo de feminidad con numerosas curvas que la hacían absolutamente deseable. La deseaba. La deseaba aunque no tuviera el cuerpo de una modelo. Aquella certeza se imponía sobre el sentido común, sobre el hecho de que debería estar trabajando y sobre la más que probable posibilidad de que su madre volviera a interrumpirlos. Nada importaba. Pedro jugueteaba con los botones de su blusa mientras le lamía seductoramente el cuello, haciéndole sentirse como una mujer salvaje, fuera de control. Agresiva y hambrienta. La levantó en brazos y rodeó con ella el escritorio. La sentó en la mesa, se acercó a la puerta y gimió al no encontrar ningún cerrojo. Miró desesperado a su alrededor y colocó una planta delante de la puerta antes de acercarse de nuevo a Paula.
—No traes a hombres por aquí muy a menudo, ¿Verdad?
—No salgo con ninguno desde que tuve una cita con Esteban. Pero eso era cuando estaba en la universidad. En realidad no lo deseaba... O al menos no tanto como te deseo ahora. Y supongo que él tampoco me deseaba a mí, porque se fue muy poco después y desde entonces no he vuelto a verlo.
—Bien. Dilo otra vez.
—No he vuelto a verlo... —Pedro la interrumpió con un largo y apasionado beso.
—No me refiero a eso. Dí que me deseas ahora.
—Te deseo ahora.
Pedro ach le desabrochó la blusa y se la deslizó por los hombros. La primera tentación de Paula, fue intentar cubrirse.
—No —le pidió Pedro tomando sus manos.
—Pero la luz está encendida, y puedes verme... Esto ya es demasiado...
—Perfecto —susurró Pedro con admiración antes de besarla de nuevo.
Paula olvidó al instante todas sus inhibiciones. Le desabrochó y le quitó la camisa mientras él luchaba frenéticamente contra su sujetador.
lunes, 6 de agosto de 2018
Dulce Amor: Capítulo 26
—¿De verdad quieres trabajar? —preguntó Pedro con recelo.
—¿Qué otra cosa quieres que haga?
—Bueno...
—Olvida lo que te he preguntado. Mira, al contrario de lo que pareces pensar, no estoy loca por tí. Sólo soy una mujer desesperada que necesita unos minutos de concentración —tomó aire y se volvió hacia la pantalla.
—Estás completamente informatizada —oyó decir a Pedro detrás de ella al cabo de unos minutos.
—¿Te importaría volver a sentarte en la silla? Estás invadiendo mi espacio de trabajo.
Pedro rodeó el escritorio y se puso a mirar las fotografías de las paredes.
—¿Es algún ex novio? —señaló una foto en particular.
Paula sonrió.
—Es mi hermano mayor, Daniel—señaló la foto de al lado—. Ésos son los otros dos. Yo soy la única chica —señaló otra foto—. Ése es mi padre, murió el año pasado de un infarto.
—Lo siento.
—Gracias. Fue muy difícil para todos. No nos lo esperábamos. Mi madre lo pasó fatal. Llevaban treinta y seis años casados. Estaba muy deprimida y empezó a tener dolores en el corazón. Pero ahora se encuentra mucho mejor. La semana que viene se va a ir a un crucero.
—Estupendo —se quedó mirando fijamente la fotografía de Daniel—. ¿Tu hermano es policía?
—Aja. Y el otro Lucas, un profesional de los rodeos. El que está a su lado es Gonzalo. Es propietario de una empresa de construcción en Houston.
—El policía, el vaquero y el albañil. Para una película del Oeste sólo falta el indio.
—Mi padre era descendiente de Cherokees.
Pedro esbozó una enorme sonrisa que tuvo un efecto inmediato en el corazón de Paula.
—¿Y tus hermanos están casados?
—Ojalá lo estuvieran y tuvieran nietos que mantuvieran a mi madre ocupada —suspiró, intentando no pensar en la profundidad de la mirada de Pedro—. ¿Y qué me dices de tí? ¿Tienes hermanos?
—Soy hijo único. Mi madre murió en un accidente de coche cuando yo tenía cinco años. A mi padre nunca lo conocí. Mi madre era muy joven cuando se quedó embarazada y él decidió quitarse de en medio.
—¿No has sabido nunca nada de él?
—Alguna que otra vez, pero no tengo ninguna gana de conocerlo. Mi madre siempre me decía que ella me quería por los dos, y era cierto. Tenía dos trabajos para poder mantenerme. Eso fue lo que la mató. Se quedó dormida en el coche cuando volvía de trabajar. Yo pasé el resto de mi vida en el Hogar Infantil de Dallas.
—Lo siento.
Pedro esbozó entonces una sonrisa que iluminó intensamente su mirada.
—Gracias, pero no tienes por qué. No estoy resentido con mi pasado. Crecí en un lugar tranquilo, nunca me ha faltado comida ni una cama caliente, y he contado siempre con el apoyo de Diego. No ha sido perfecto, pero no ha estado mal.
—¿Diego? ¿Diego Black? ¿Tu director?
—El mismo. Crecimos juntos y ahora trabajamos juntos. Es el experto en los números y yo en la gente.
—Las mujeres en particular, por lo que he oído decir.
—Sí, me gustan las mujeres —le dirigió a Paula una mirada lobuna que le hizo reaccionar inmediatamente.
—Eh... ¿por qué no te sientas? Tengo que ponerme a trabajar.
Pedro tomó asiento y ella intentó concentrarse en su trabajo. El trabajo era bueno, le permitía distraerse, tranquilizarse.... Pero los minutos pasaban lentamente, y Paula era dolorosamente consciente del hombre que estaba situado a menos de un metro de ella, llenando su oficina, arrebatándole el oxígeno... Se lo imaginaba levantándose de la silla, acercándose a él y besándolo... ¿Besándolo?Sí, besándolo, una y otra vez, una y otra vez... Se oyeron pasos en el pasillo que la sacaron bruscamente de su ensueño. ¡Su madre! Antes de que pudiera pensar en lo que estaba haciendo, había saltado de la silla, había rodeado el escritorio y le había quitado a Pedro la revista de las manos.
—¿Qué haces? —preguntó perplejo al ver que se sentaba en su regazo y le rodeaba el cuello con los brazos.
—Convencer a mi madre de que no hay problemas en el paraíso —contestó, antes de besarlo.
—¿Qué otra cosa quieres que haga?
—Bueno...
—Olvida lo que te he preguntado. Mira, al contrario de lo que pareces pensar, no estoy loca por tí. Sólo soy una mujer desesperada que necesita unos minutos de concentración —tomó aire y se volvió hacia la pantalla.
—Estás completamente informatizada —oyó decir a Pedro detrás de ella al cabo de unos minutos.
—¿Te importaría volver a sentarte en la silla? Estás invadiendo mi espacio de trabajo.
Pedro rodeó el escritorio y se puso a mirar las fotografías de las paredes.
—¿Es algún ex novio? —señaló una foto en particular.
Paula sonrió.
—Es mi hermano mayor, Daniel—señaló la foto de al lado—. Ésos son los otros dos. Yo soy la única chica —señaló otra foto—. Ése es mi padre, murió el año pasado de un infarto.
—Lo siento.
—Gracias. Fue muy difícil para todos. No nos lo esperábamos. Mi madre lo pasó fatal. Llevaban treinta y seis años casados. Estaba muy deprimida y empezó a tener dolores en el corazón. Pero ahora se encuentra mucho mejor. La semana que viene se va a ir a un crucero.
—Estupendo —se quedó mirando fijamente la fotografía de Daniel—. ¿Tu hermano es policía?
—Aja. Y el otro Lucas, un profesional de los rodeos. El que está a su lado es Gonzalo. Es propietario de una empresa de construcción en Houston.
—El policía, el vaquero y el albañil. Para una película del Oeste sólo falta el indio.
—Mi padre era descendiente de Cherokees.
Pedro esbozó una enorme sonrisa que tuvo un efecto inmediato en el corazón de Paula.
—¿Y tus hermanos están casados?
—Ojalá lo estuvieran y tuvieran nietos que mantuvieran a mi madre ocupada —suspiró, intentando no pensar en la profundidad de la mirada de Pedro—. ¿Y qué me dices de tí? ¿Tienes hermanos?
—Soy hijo único. Mi madre murió en un accidente de coche cuando yo tenía cinco años. A mi padre nunca lo conocí. Mi madre era muy joven cuando se quedó embarazada y él decidió quitarse de en medio.
—¿No has sabido nunca nada de él?
—Alguna que otra vez, pero no tengo ninguna gana de conocerlo. Mi madre siempre me decía que ella me quería por los dos, y era cierto. Tenía dos trabajos para poder mantenerme. Eso fue lo que la mató. Se quedó dormida en el coche cuando volvía de trabajar. Yo pasé el resto de mi vida en el Hogar Infantil de Dallas.
—Lo siento.
Pedro esbozó entonces una sonrisa que iluminó intensamente su mirada.
—Gracias, pero no tienes por qué. No estoy resentido con mi pasado. Crecí en un lugar tranquilo, nunca me ha faltado comida ni una cama caliente, y he contado siempre con el apoyo de Diego. No ha sido perfecto, pero no ha estado mal.
—¿Diego? ¿Diego Black? ¿Tu director?
—El mismo. Crecimos juntos y ahora trabajamos juntos. Es el experto en los números y yo en la gente.
—Las mujeres en particular, por lo que he oído decir.
—Sí, me gustan las mujeres —le dirigió a Paula una mirada lobuna que le hizo reaccionar inmediatamente.
—Eh... ¿por qué no te sientas? Tengo que ponerme a trabajar.
Pedro tomó asiento y ella intentó concentrarse en su trabajo. El trabajo era bueno, le permitía distraerse, tranquilizarse.... Pero los minutos pasaban lentamente, y Paula era dolorosamente consciente del hombre que estaba situado a menos de un metro de ella, llenando su oficina, arrebatándole el oxígeno... Se lo imaginaba levantándose de la silla, acercándose a él y besándolo... ¿Besándolo?Sí, besándolo, una y otra vez, una y otra vez... Se oyeron pasos en el pasillo que la sacaron bruscamente de su ensueño. ¡Su madre! Antes de que pudiera pensar en lo que estaba haciendo, había saltado de la silla, había rodeado el escritorio y le había quitado a Pedro la revista de las manos.
—¿Qué haces? —preguntó perplejo al ver que se sentaba en su regazo y le rodeaba el cuello con los brazos.
—Convencer a mi madre de que no hay problemas en el paraíso —contestó, antes de besarlo.
viernes, 3 de agosto de 2018
Dulce Amor: Capítulo 25
—Mentirosa —dijo él burlón.
—Te odio —tomó aire—. ¿Entonces vas a venir o no?
—¿Por qué voy a tener que ir?
—Es sábado por la noche.
—¿Y?
—Se supone que las personas que están prometidas normalmente se ven los sábados por la noche, a no ser que tengan problemas para compaginar los horarios de trabajo, alguno esté fuera de la ciudad o tengan diferencias religiosas que les impidan citarse en un sábado, pero tú no tienes creencias religiosas de ese tipo, ¿Verdad?
—Ninguna que yo sepa.
—Y ninguno de nosotros está fuera de la ciudad, y ésa es la razón por la que te necesito. Porque aunque tengo montones de facturas que revisar, no puedo hacer nada teniendo a mi madre pegada a mí, especulando sobre los posibles motivos por los que no estás aquí, o susurrándome cosas que ni siquiera me atrevo a mencionar, porque todavía me cuesta verla como una mujer que se besaba con mi padre y hacía el amor con él y...
—Estás divagando.
—No es cierto —se sumió en un profundo silencio—. De acuerdo, estoy divagando. Pero es que estoy desesperada. Te necesito. Ahora.
—Pídemelo por favor.
—Te odio.
—Debo de haber oído mal, porque me ha parecido oírte decir...
—Por favor...
—¿Lo dices con mucho cariño?
—No sabes con cuanto. ¿Vas a venir?
—Quizá.
Quince minutos después, Paula abría la puerta a Pedro, que llegaba casi sin aliento.
—Estás aquí —dijo con evidente alivio.
—Sí —tomó aire y pasó delante de ella—. No parece que te alegres de verme.
—Porque no me alegro —Pedro se encogió de hombros y se volvió, como si estuviera dispuesto a marcharse. Paula lo agarró del brazo y lo metió en el interior de la casa—. Estoy emocionada, no sabes qué alegría me da verte —en cuanto le tocó, cada uno de sus nervios pareció comenzar a vibrar. Rápidamente lo soltó, prometiéndose no volver a ponerle la mano encima.A no ser que fuera una cuestión de vida o muerte.
—¡Pedro! —su madre entró en la cocina con una fuente de palomitas en la mano—. ¡Cuánto me alegro de volver a verte!
—El que se alegra soy yo Alejandra. Estas adorable.
—Oh, pero si estoy hecha un desastre —se llevó la mano a los rulos—. Estaba terminado de arreglarme.
—Eres la mujer más bonita desde Rio Grande hasta aquí...
—Bueno, estamos en mi despacho si nos necesitas, mamá —los interrumpió Paula.
Agarró a Pedro de la manga y se dirigió con él hacia su despacho.
—Yo voy a estar viendo la televisión, y no saldré de mi dormitorio —comentó Alejandra con una picara sonrisa—. Así que pueden hacer todo el ruido que quieran.
—¡Mamá!
—Espero que se diviertan.
—Si quieres que crea que estamos comprometidos, ¿Por qué no salimos a cenar como si tuviéramos una cita real? —le preguntó Pedro a Paula cuando llegaron al despacho.
—Porque estando aquí mi madre... —«y tú perturbando mi sentido común», debería haber añadido si hubiera sido sincera—, llevo atrasado todo el papeleo del trabajo. Le he dicho a mi madre que ibas a ayudarme con la contabilidad. Siéntate allí.
—Te odio —tomó aire—. ¿Entonces vas a venir o no?
—¿Por qué voy a tener que ir?
—Es sábado por la noche.
—¿Y?
—Se supone que las personas que están prometidas normalmente se ven los sábados por la noche, a no ser que tengan problemas para compaginar los horarios de trabajo, alguno esté fuera de la ciudad o tengan diferencias religiosas que les impidan citarse en un sábado, pero tú no tienes creencias religiosas de ese tipo, ¿Verdad?
—Ninguna que yo sepa.
—Y ninguno de nosotros está fuera de la ciudad, y ésa es la razón por la que te necesito. Porque aunque tengo montones de facturas que revisar, no puedo hacer nada teniendo a mi madre pegada a mí, especulando sobre los posibles motivos por los que no estás aquí, o susurrándome cosas que ni siquiera me atrevo a mencionar, porque todavía me cuesta verla como una mujer que se besaba con mi padre y hacía el amor con él y...
—Estás divagando.
—No es cierto —se sumió en un profundo silencio—. De acuerdo, estoy divagando. Pero es que estoy desesperada. Te necesito. Ahora.
—Pídemelo por favor.
—Te odio.
—Debo de haber oído mal, porque me ha parecido oírte decir...
—Por favor...
—¿Lo dices con mucho cariño?
—No sabes con cuanto. ¿Vas a venir?
—Quizá.
Quince minutos después, Paula abría la puerta a Pedro, que llegaba casi sin aliento.
—Estás aquí —dijo con evidente alivio.
—Sí —tomó aire y pasó delante de ella—. No parece que te alegres de verme.
—Porque no me alegro —Pedro se encogió de hombros y se volvió, como si estuviera dispuesto a marcharse. Paula lo agarró del brazo y lo metió en el interior de la casa—. Estoy emocionada, no sabes qué alegría me da verte —en cuanto le tocó, cada uno de sus nervios pareció comenzar a vibrar. Rápidamente lo soltó, prometiéndose no volver a ponerle la mano encima.A no ser que fuera una cuestión de vida o muerte.
—¡Pedro! —su madre entró en la cocina con una fuente de palomitas en la mano—. ¡Cuánto me alegro de volver a verte!
—El que se alegra soy yo Alejandra. Estas adorable.
—Oh, pero si estoy hecha un desastre —se llevó la mano a los rulos—. Estaba terminado de arreglarme.
—Eres la mujer más bonita desde Rio Grande hasta aquí...
—Bueno, estamos en mi despacho si nos necesitas, mamá —los interrumpió Paula.
Agarró a Pedro de la manga y se dirigió con él hacia su despacho.
—Yo voy a estar viendo la televisión, y no saldré de mi dormitorio —comentó Alejandra con una picara sonrisa—. Así que pueden hacer todo el ruido que quieran.
—¡Mamá!
—Espero que se diviertan.
—Si quieres que crea que estamos comprometidos, ¿Por qué no salimos a cenar como si tuviéramos una cita real? —le preguntó Pedro a Paula cuando llegaron al despacho.
—Porque estando aquí mi madre... —«y tú perturbando mi sentido común», debería haber añadido si hubiera sido sincera—, llevo atrasado todo el papeleo del trabajo. Le he dicho a mi madre que ibas a ayudarme con la contabilidad. Siéntate allí.
Dulce Amor: Capítulo 24
—Eres muy buena, preciosa. De hecho, he estado a punto de creerte, pero ninguna mujer sería capaz de chantajearme si no tuviera intenciones ocultas. Me chantajeaste para poder tener cerca a un hombre con el que posiblemente has fantaseado desde niña.
—Eso es lo más ridículo, egoísta, engreído... —hizo una larga pausa, como si no consiguiera encontrar la palabra que buscaba—. Me niego a gastar una gota más de energía.
—¿En qué?
—En decirte lo completamente equivocado que estás.
—No estoy en absoluto equivocado, querida. Crees que haciéndote la difícil conseguirás que me acerque a tí.
—No quiero nada de tí. Bueno, sí, quiero que finjas ser mi prometido mientras esté mi madre aquí. Y no me llames «querida», porque éste es un asunto estrictamente de negocios.
—Claro.
—¡Hombres! —farfulló—. De acuerdo, estoy loca por tí, ¿Prefieres que te diga eso?
—Lo sabía.
—Te deseo desde que estaba en el instituto.
—Cuéntame todo lo que quieras.
—¿Puedo ser completamente sincera?
—La sinceridad es la mejor política.
—Soy vidente. Sé que suena raro, pero es la verdad. Un día tuve una visión en la que aparecías.
—¿Una visión?
—Fue un destello de perfección. He pasado los últimos diez años de mi vida pensando en tí, buscando que llegara ese momento. Comencé el negocio de las tartas porque sabía que te lesionarías el hombro, abrirías una cadena de comida rápida y algún día me pedirías la exclusiva de mi Chocolate Cherry Cha—Cha —suspiró con dramatismo—. Me siento tan aliviada. Gracias, Pedro. Acabo de librarme del peso de la mentira. Por fin soy libre, Pedro. Libre gracias a tí.
—Muy graciosa.
—Estoy hablando en serio.
—Y yo voy a colgar ahora mismo.
—Genial. Porque no deberías haber llamado. Algunas personas necesitamos trabajar para vivir.
—Te muestras muy hostil para ser alguien que me necesita.
—¡Yo no te necesito! —murmuró.
Colgó el teléfono y Pedro se descubrió a sí mismo mirando el auricular con una sonrisa en el rostro. Quizá Paula Chaves no anduviera detrás de su fama.
—Te necesito —la voz de Paula atravesó las líneas telefónicas esa misma noche—. Es sábado por la noche y te necesito.
—¿Tanto como para ofrecerme una disculpa?
—¿Quieres que me disculpe? ¿Por qué?
—En primer lugar, por haberme chantajeado.
—De acuerdo, lo siento.
—Por haberme echado de tu casa.
—Lo siento.
—Y por haber mentido al decir que no deseabas a Alfonso El Salvaje.
—No te he mentido, a pesar de las perversas fantasías que tu asquerosa mente haya podido concebir.
—Las que son perversas son tus fantasía.
—Tú no formas parte de mis fantasías —cubrió el auricular con la mano—. Sí, acaba de llamarme, mamá.
—Eso es lo más ridículo, egoísta, engreído... —hizo una larga pausa, como si no consiguiera encontrar la palabra que buscaba—. Me niego a gastar una gota más de energía.
—¿En qué?
—En decirte lo completamente equivocado que estás.
—No estoy en absoluto equivocado, querida. Crees que haciéndote la difícil conseguirás que me acerque a tí.
—No quiero nada de tí. Bueno, sí, quiero que finjas ser mi prometido mientras esté mi madre aquí. Y no me llames «querida», porque éste es un asunto estrictamente de negocios.
—Claro.
—¡Hombres! —farfulló—. De acuerdo, estoy loca por tí, ¿Prefieres que te diga eso?
—Lo sabía.
—Te deseo desde que estaba en el instituto.
—Cuéntame todo lo que quieras.
—¿Puedo ser completamente sincera?
—La sinceridad es la mejor política.
—Soy vidente. Sé que suena raro, pero es la verdad. Un día tuve una visión en la que aparecías.
—¿Una visión?
—Fue un destello de perfección. He pasado los últimos diez años de mi vida pensando en tí, buscando que llegara ese momento. Comencé el negocio de las tartas porque sabía que te lesionarías el hombro, abrirías una cadena de comida rápida y algún día me pedirías la exclusiva de mi Chocolate Cherry Cha—Cha —suspiró con dramatismo—. Me siento tan aliviada. Gracias, Pedro. Acabo de librarme del peso de la mentira. Por fin soy libre, Pedro. Libre gracias a tí.
—Muy graciosa.
—Estoy hablando en serio.
—Y yo voy a colgar ahora mismo.
—Genial. Porque no deberías haber llamado. Algunas personas necesitamos trabajar para vivir.
—Te muestras muy hostil para ser alguien que me necesita.
—¡Yo no te necesito! —murmuró.
Colgó el teléfono y Pedro se descubrió a sí mismo mirando el auricular con una sonrisa en el rostro. Quizá Paula Chaves no anduviera detrás de su fama.
—Te necesito —la voz de Paula atravesó las líneas telefónicas esa misma noche—. Es sábado por la noche y te necesito.
—¿Tanto como para ofrecerme una disculpa?
—¿Quieres que me disculpe? ¿Por qué?
—En primer lugar, por haberme chantajeado.
—De acuerdo, lo siento.
—Por haberme echado de tu casa.
—Lo siento.
—Y por haber mentido al decir que no deseabas a Alfonso El Salvaje.
—No te he mentido, a pesar de las perversas fantasías que tu asquerosa mente haya podido concebir.
—Las que son perversas son tus fantasía.
—Tú no formas parte de mis fantasías —cubrió el auricular con la mano—. Sí, acaba de llamarme, mamá.
Dulce Amor: Capítulo 23
—Esa es mi chica.
—En la oficina.
—Pero yo quería que me hablaras más de Pedro.
—Más tarde mamá, te lo prometo. Tengo que empezar a trabajar inmediatamente —Paula buscó refugio en su despacho, y se sentó frente al ordenador. Estaba a punto de tirar el donuts a la papelera cuando oyó a su madre gritar desde el pasillo—: No se te ocurra tirar el donuts a la papelera. Hay muchos niños que se mueren de hambre.
Paula tomó aire y giró la cabeza hacia la ventana. Unos pajarillos gorjeaban en las ramas de un árbol cercano. Rápidamente, tomó el plato con el donuts y lo dejó en el alféizar.
—Ni pienses en dárselo a los pájaros. El azúcar es muy peligrosa para unas criaturas tan frágiles.
Paula arrebató el pastel a un arrendajo que pretendía hacerse con él y lo dejó encima de su escritorio. El dulce la llamaba a gritos. Cerró los ojos, pidiéndole al cielo fuerzas para resistir. Iban a ser menos de dos semanas, se dijo. Había vivido dieciocho años con aquella mujer y había conseguido sobrevivir. ¿Cómo no iba a resistir diez días, cuatro horas y veintidós minutos? Metió el donuts en un cajón, lo cerró y se concentró en el ordenador. El trabajo. Su salvación. Su pasión. Sus dedos volaron sobre el teclado y el mundo pareció sumergirse en una agradable calma.Una calma que sólo duraría hasta que tuviera que enfrentarse nuevamente a su madre, resistir la llamada desesperada del donuts o besar nuevamente a Pedro. Aquellas dos semanas iban a ser muy largas.
—Eh, preciosa, ¿Qué tal va todo? —la primera llamada que recibió Paula el sábado por la mañana fue de Pedro.
—¿No te dije que te llamaría yo? —le preguntó.
—Han pasado ya veinticuatro horas. ¿No crees que tu madre querrá saber dónde me he metido?
—Le dije que tienes problemas en el trabajo.
—Y supongo que también estás intentando ponerme nervioso.
—En realidad, me encantaría que te murieras, pero eso me causaría problemas con mi madre. Le gustas... Espera un momento —cubrió con la mano el auricular—. Sí, mamá, es Pedro. Siente tener tanto trabajo. También a él le gusta haberte conocido —apartó la mano y dijo con voz alta y clara—: Dice mi madre que eres tan maravilloso como se imaginaba.
—Maravilloso es mi apodo.
—Yo tenía entendido que era repugnante —cubrió nuevamente el auricular—. Sí, mamá. Dice que tú también eres encantadora. Sí, está deseando verte —apartó la mano y siseó—: ¿Llamas para torturarme, o necesitas algo? Porque estaba intentando trabajar.
—Me conozco perfectamente tu juego, así que deja de actuar.
—¿Actuar?
—Sí, actuar. Finges que me odias cuando en realidad no es cierto.
—Claro que te odio.
—De acuerdo. Soy capaz de averiguar tus intenciones, pero tengo que reconocer que estás haciendo una representación perfecta.
—Hablando de actuar, creo que tú eres todo un maestro. Verte a tí es como estar asistiendo a una función teatral. ¿Tomas algún tipo de pastilla para que se produzca el cambio? ¿Alguna poción? ¿O estás secretamente poseído por el diablo?
—¿Se puede saber de qué estás hablando?
—De tu transformación en Alfonso El Salvaje.
—Tú sueñas.
—Yo diría que tengo pesadillas.
—En la oficina.
—Pero yo quería que me hablaras más de Pedro.
—Más tarde mamá, te lo prometo. Tengo que empezar a trabajar inmediatamente —Paula buscó refugio en su despacho, y se sentó frente al ordenador. Estaba a punto de tirar el donuts a la papelera cuando oyó a su madre gritar desde el pasillo—: No se te ocurra tirar el donuts a la papelera. Hay muchos niños que se mueren de hambre.
Paula tomó aire y giró la cabeza hacia la ventana. Unos pajarillos gorjeaban en las ramas de un árbol cercano. Rápidamente, tomó el plato con el donuts y lo dejó en el alféizar.
—Ni pienses en dárselo a los pájaros. El azúcar es muy peligrosa para unas criaturas tan frágiles.
Paula arrebató el pastel a un arrendajo que pretendía hacerse con él y lo dejó encima de su escritorio. El dulce la llamaba a gritos. Cerró los ojos, pidiéndole al cielo fuerzas para resistir. Iban a ser menos de dos semanas, se dijo. Había vivido dieciocho años con aquella mujer y había conseguido sobrevivir. ¿Cómo no iba a resistir diez días, cuatro horas y veintidós minutos? Metió el donuts en un cajón, lo cerró y se concentró en el ordenador. El trabajo. Su salvación. Su pasión. Sus dedos volaron sobre el teclado y el mundo pareció sumergirse en una agradable calma.Una calma que sólo duraría hasta que tuviera que enfrentarse nuevamente a su madre, resistir la llamada desesperada del donuts o besar nuevamente a Pedro. Aquellas dos semanas iban a ser muy largas.
—Eh, preciosa, ¿Qué tal va todo? —la primera llamada que recibió Paula el sábado por la mañana fue de Pedro.
—¿No te dije que te llamaría yo? —le preguntó.
—Han pasado ya veinticuatro horas. ¿No crees que tu madre querrá saber dónde me he metido?
—Le dije que tienes problemas en el trabajo.
—Y supongo que también estás intentando ponerme nervioso.
—En realidad, me encantaría que te murieras, pero eso me causaría problemas con mi madre. Le gustas... Espera un momento —cubrió con la mano el auricular—. Sí, mamá, es Pedro. Siente tener tanto trabajo. También a él le gusta haberte conocido —apartó la mano y dijo con voz alta y clara—: Dice mi madre que eres tan maravilloso como se imaginaba.
—Maravilloso es mi apodo.
—Yo tenía entendido que era repugnante —cubrió nuevamente el auricular—. Sí, mamá. Dice que tú también eres encantadora. Sí, está deseando verte —apartó la mano y siseó—: ¿Llamas para torturarme, o necesitas algo? Porque estaba intentando trabajar.
—Me conozco perfectamente tu juego, así que deja de actuar.
—¿Actuar?
—Sí, actuar. Finges que me odias cuando en realidad no es cierto.
—Claro que te odio.
—De acuerdo. Soy capaz de averiguar tus intenciones, pero tengo que reconocer que estás haciendo una representación perfecta.
—Hablando de actuar, creo que tú eres todo un maestro. Verte a tí es como estar asistiendo a una función teatral. ¿Tomas algún tipo de pastilla para que se produzca el cambio? ¿Alguna poción? ¿O estás secretamente poseído por el diablo?
—¿Se puede saber de qué estás hablando?
—De tu transformación en Alfonso El Salvaje.
—Tú sueñas.
—Yo diría que tengo pesadillas.
Dulce Amor: Capítulo 22
—¿Qué hora es? —se oyó preguntar a Zaira con voz somnolienta al cabo de unos cuantos timbrazos.
—Las seis de la mañana —contestó Paula secamente.
—¿Pau? ¿Dónde estás?
—Delante de mi ordenador.
—Deberías estar en la cama.
—Llevo horas levantada. Tengo que preparar el contrato que vamos a presentar a Walter's Wings esta mañana.
—Ah, sí. Te deseo suerte.
—No te llamaba para recibir tu apoyo moral —su voz adquirió un deje acusador—. Zai, lo chantajeaste.
—¿A quién?
—A Pedro Alfonso. Le dijiste que si él no aceptaba el acuerdo que le ofrecíamos, le venderíamos la exclusiva a Bob.
—Un buen movimiento, ¿No crees?
—Pero era mentira.
—Una mentirita solamente y lo hice por una buena causa. Para hacer feliz a tu madre y protegerte a tí. Tu madre está muy contenta, ¿No?
—Sí.
—¿Y no he conseguido salvar tu mentira?
—Es repugnante. Ahora Pedro Alfonso cree que soy una de sus admiradoras. No es que me importe mucho lo que piense. Pero vamos, que crea que una mujer como yo puede admirarlo —sacudió la cabeza disgustada—. De acuerdo, piensa que lo admiro, ¿Y qué? Definitivamente, me parece que le estoy dando a todo esto demasiada importancia.
—No me extraña. Eso te pasa por levantarte tan temprano. Bueno, Pau, me vuelvo a la cama.
—Me sorprende que puedas madrugar y conservar energía para todo el día con esa dieta —Alejandra estaba sentada frente a su hija treinta minutos después, observando desesperada que renunciaba a las tortitas que le había preparado y optaba por el café.
—Cafeína —repuso Paula—. No me ha fallado nunca. Por cierto, tengo que meterme en el despacho a planificar el horario del día antes de que lleguen los empleados.
—Pero come algo, hazlo por tu anciana madre.
—No eres ninguna anciana —Paula bebió otro sorbo de café y comenzó a cascar un huevo pasado por agua—. Y ya estoy comiendo algo.
—Me refiero a algo bueno.
—El huevo tiene muchas proteínas.
—Algo que sepa bien, querida.
—El huevo sabe estupendamente —al ver que su madre fruncía el ceño, le explicó—: Necesito ponerme a dieta.
—¿Quién te ha dicho eso?
—Todas las tablas de peso del país, siempre estoy por encima de la media.
—Claro que lo estás. Siempre has sido una mujer aventajada. Excepcionalmente inteligente y atractiva.
—¿Y con curvas más que generosas?
—¿Y qué tienen de malo las curvas? A los hombres les gustan las mujeres a las que se pueden arrimar de verdad cuando están...
—Tómate este zumo, mamá.
—Gracias, querida —Alejandra bebió un sorbo de zumo de naranja—. Mírame a mí —señaló las tortitas que tenía frente a ella—. Nunca me he preocupado por lo que comía o lo que dejaba de comer y me he mantenido en el mismo peso desde hace veinte años. Tengo una figura más que redondeada y me siento orgullosa de ella. Tu padre apreciaba las curvas en una mujer y estoy segura de que Pedro también.
—Sí, yo también —Paula desvió la mirada y terminó el resto del café.
—¿Estás preocupada por algo?
—Por el trabajo. Tengo muchísimas cosas que hacer y ya llevo cinco minutos más de la cuenta desayunando.
—Es por Pedro, ¿Verdad? Estás preocupada porque crees que no me gusta.
—¿Ah, sí? Oh, bueno sí.
—Pues tranquilízate. Me ha parecido un hombre maravilloso. Me recuerda a tu padre cuando tenía su edad. Guapo y simpático, fuerte y viril. Un hombre inteligente y capaz de reconocer un buen bocado cuando lo ve. Mi niña —le dirigió a su hija una sonrisa resplandeciente—. Qué cara, qué cuerpo. Tienes unos genes perfectos.
—Pues los pantalones me quedan demasiado ajustados —musitó Paula, mientras daba cuenta de su segundo huevo.
—¿Qué has dicho, querida?
—He dicho... Um, creo que tienes razón. Me tomaré un donuts.
—Las seis de la mañana —contestó Paula secamente.
—¿Pau? ¿Dónde estás?
—Delante de mi ordenador.
—Deberías estar en la cama.
—Llevo horas levantada. Tengo que preparar el contrato que vamos a presentar a Walter's Wings esta mañana.
—Ah, sí. Te deseo suerte.
—No te llamaba para recibir tu apoyo moral —su voz adquirió un deje acusador—. Zai, lo chantajeaste.
—¿A quién?
—A Pedro Alfonso. Le dijiste que si él no aceptaba el acuerdo que le ofrecíamos, le venderíamos la exclusiva a Bob.
—Un buen movimiento, ¿No crees?
—Pero era mentira.
—Una mentirita solamente y lo hice por una buena causa. Para hacer feliz a tu madre y protegerte a tí. Tu madre está muy contenta, ¿No?
—Sí.
—¿Y no he conseguido salvar tu mentira?
—Es repugnante. Ahora Pedro Alfonso cree que soy una de sus admiradoras. No es que me importe mucho lo que piense. Pero vamos, que crea que una mujer como yo puede admirarlo —sacudió la cabeza disgustada—. De acuerdo, piensa que lo admiro, ¿Y qué? Definitivamente, me parece que le estoy dando a todo esto demasiada importancia.
—No me extraña. Eso te pasa por levantarte tan temprano. Bueno, Pau, me vuelvo a la cama.
—Me sorprende que puedas madrugar y conservar energía para todo el día con esa dieta —Alejandra estaba sentada frente a su hija treinta minutos después, observando desesperada que renunciaba a las tortitas que le había preparado y optaba por el café.
—Cafeína —repuso Paula—. No me ha fallado nunca. Por cierto, tengo que meterme en el despacho a planificar el horario del día antes de que lleguen los empleados.
—Pero come algo, hazlo por tu anciana madre.
—No eres ninguna anciana —Paula bebió otro sorbo de café y comenzó a cascar un huevo pasado por agua—. Y ya estoy comiendo algo.
—Me refiero a algo bueno.
—El huevo tiene muchas proteínas.
—Algo que sepa bien, querida.
—El huevo sabe estupendamente —al ver que su madre fruncía el ceño, le explicó—: Necesito ponerme a dieta.
—¿Quién te ha dicho eso?
—Todas las tablas de peso del país, siempre estoy por encima de la media.
—Claro que lo estás. Siempre has sido una mujer aventajada. Excepcionalmente inteligente y atractiva.
—¿Y con curvas más que generosas?
—¿Y qué tienen de malo las curvas? A los hombres les gustan las mujeres a las que se pueden arrimar de verdad cuando están...
—Tómate este zumo, mamá.
—Gracias, querida —Alejandra bebió un sorbo de zumo de naranja—. Mírame a mí —señaló las tortitas que tenía frente a ella—. Nunca me he preocupado por lo que comía o lo que dejaba de comer y me he mantenido en el mismo peso desde hace veinte años. Tengo una figura más que redondeada y me siento orgullosa de ella. Tu padre apreciaba las curvas en una mujer y estoy segura de que Pedro también.
—Sí, yo también —Paula desvió la mirada y terminó el resto del café.
—¿Estás preocupada por algo?
—Por el trabajo. Tengo muchísimas cosas que hacer y ya llevo cinco minutos más de la cuenta desayunando.
—Es por Pedro, ¿Verdad? Estás preocupada porque crees que no me gusta.
—¿Ah, sí? Oh, bueno sí.
—Pues tranquilízate. Me ha parecido un hombre maravilloso. Me recuerda a tu padre cuando tenía su edad. Guapo y simpático, fuerte y viril. Un hombre inteligente y capaz de reconocer un buen bocado cuando lo ve. Mi niña —le dirigió a su hija una sonrisa resplandeciente—. Qué cara, qué cuerpo. Tienes unos genes perfectos.
—Pues los pantalones me quedan demasiado ajustados —musitó Paula, mientras daba cuenta de su segundo huevo.
—¿Qué has dicho, querida?
—He dicho... Um, creo que tienes razón. Me tomaré un donuts.
Dulce Amor: Capítulo 21
—No, vamos a preparar un tónico para el pelo que Leticia ha encontrado en un viejo libro de historia. Hay que echar el último ingrediente antes de que el reloj de las doce y después esperar tres horas —al ver que Pedro sacudía la cabeza con gesto incrédulo, añadió—: Ha encontrado un documento que atestigua que George Washington utilizó esa misma receta.
—Yo pensaba que te ibas a curar con energías positivas.
—El tónico forma parte de un segundo plan. Por si acaso.
—¿Y tanta prevención no cuenta como energía negativa?
La sonrisa de Diego se desvaneció. Se pasó frenético las manos por el pelo y observó desesperado la única hebra que había quedado entre sus dedos.
—¡Oh, no! He expresado mi escepticismo en voz alta y mira lo que ha pasado.
—Sólo es un pelo.
—Son ya sesenta los que se me han caído —se pasó nuevamente la mano por el pelo—. Dios mío, sesenta y uno.
—No me extraña que se te caigan si te pasas el día haciendo eso.
Diego se fue y Pedro se reclinó contra el respaldo de la silla con la mirada fija en el asado que tenía frente a él. La boca se le hizo agua. Pero no a causa de la comida. Estaba hambriento. Pero de algo muy diferente. Cerró los ojos y recordó la sensación de los labios de Paula, su cuerpo presionado contra el suyo mientras se besaban... Aquello era lo que más lo molestaba. No que lo hubiera besado. Después de la estratagema del chantaje, lo que le hubiera sorprendido habría sido que no intentara besarlo. El verdadero problema residía en que él le había devuelto el beso. Y lo peor de todo, en que le había gustado. Le había gustado mucho. Paula había vuelto a ser ella. Abrió los ojos como platos. No, Paula no era ella. La única. A pesar de la atracción inicial y de todas las fantasías que a partir de aquel encuentro había alimentado, la dulce Paula Chaves era como todas las demás mujeres que conocía. Se había dejado seducir por su fama. Cuando pensaba que era un don nadie, ni siquiera se había molestado en averiguar su nombre. Pero seis meses después, en cuanto había descubierto que se trataba del mismísimo Alfonso El Salvaje, no sólo se había ocupado de llamarlo, sino que lo había chantajeado. Una razón más para olvidar su beso. Para olvidarse de ella. Hecho.Tomó un trozo de asado. Cuando cerró los labios alrededor del primer bocado, no pudo evitar un gruñido de placer. Alejandra tenía razón: Paula era una cocinera condenadamente buena.Una maravillosa cocinera con la boca más adorable que había visto en su vida.
A medida que la verdad iba abriéndose en su mente, el enfado de Pedro crecía. Estaba desesperado por ver a Paula Chaves otra vez. A pesar de su promesa de concentrarse en futuros planes de matrimonio, estaba condenadamente ansioso por volver a ver a aquella mujer.
—Yo pensaba que te ibas a curar con energías positivas.
—El tónico forma parte de un segundo plan. Por si acaso.
—¿Y tanta prevención no cuenta como energía negativa?
La sonrisa de Diego se desvaneció. Se pasó frenético las manos por el pelo y observó desesperado la única hebra que había quedado entre sus dedos.
—¡Oh, no! He expresado mi escepticismo en voz alta y mira lo que ha pasado.
—Sólo es un pelo.
—Son ya sesenta los que se me han caído —se pasó nuevamente la mano por el pelo—. Dios mío, sesenta y uno.
—No me extraña que se te caigan si te pasas el día haciendo eso.
Diego se fue y Pedro se reclinó contra el respaldo de la silla con la mirada fija en el asado que tenía frente a él. La boca se le hizo agua. Pero no a causa de la comida. Estaba hambriento. Pero de algo muy diferente. Cerró los ojos y recordó la sensación de los labios de Paula, su cuerpo presionado contra el suyo mientras se besaban... Aquello era lo que más lo molestaba. No que lo hubiera besado. Después de la estratagema del chantaje, lo que le hubiera sorprendido habría sido que no intentara besarlo. El verdadero problema residía en que él le había devuelto el beso. Y lo peor de todo, en que le había gustado. Le había gustado mucho. Paula había vuelto a ser ella. Abrió los ojos como platos. No, Paula no era ella. La única. A pesar de la atracción inicial y de todas las fantasías que a partir de aquel encuentro había alimentado, la dulce Paula Chaves era como todas las demás mujeres que conocía. Se había dejado seducir por su fama. Cuando pensaba que era un don nadie, ni siquiera se había molestado en averiguar su nombre. Pero seis meses después, en cuanto había descubierto que se trataba del mismísimo Alfonso El Salvaje, no sólo se había ocupado de llamarlo, sino que lo había chantajeado. Una razón más para olvidar su beso. Para olvidarse de ella. Hecho.Tomó un trozo de asado. Cuando cerró los labios alrededor del primer bocado, no pudo evitar un gruñido de placer. Alejandra tenía razón: Paula era una cocinera condenadamente buena.Una maravillosa cocinera con la boca más adorable que había visto en su vida.
A medida que la verdad iba abriéndose en su mente, el enfado de Pedro crecía. Estaba desesperado por ver a Paula Chaves otra vez. A pesar de su promesa de concentrarse en futuros planes de matrimonio, estaba condenadamente ansioso por volver a ver a aquella mujer.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)