—¿Qué estás haciendo aquí? —Diego alzó la cabeza del libro de contabilidad en cuanto Pedro cruzó la puerta de las oficinas de Wild Man Ribs aquella noche.
—Me ha echado.
—¿Quién te ha echado?
—Paula Chaves. Y me ha echado inmediatamente después de besarme. Me he presentado en su casa para cenar —dejó la bandeja de comida que Paula le había preparado encima de su mesa—, y ofrecerle una buena dosis de Alfonso El Salvaje.
—Probablemente sea ésa la razón por la que te ha echado. ¿Y por qué te ha besado? Ya sé que se suponía que tenías que hacerte pasar por su prometido, pero ella no dijo nada de besarte, y dudo que se haya dejado arrastrar por tus encantos.
—Diego, Diego, Diego. Es evidente que esa mujer está loca por mí. No es capaz de quitarme las manos de encima. Deberías haber visto su mirada —una mirada que él tardaría mucho tiempo en olvidar—. Me desea terriblemente.
—Por eso te ha echado de su casa. Sí, tiene sentido.
—Es una estrategia muy conocida. Cree que si se hace la dura conmigo despertará el interés de Alfonso El Salvaje.
—¿Y lo está consiguiendo?
—Diablos, no —mintió.
—¿Y el interés de Pedro Alfonso?
—Mira, yo no cedo a los chantajes de ninguna de mis admiradoras. Paula Chaves jamás será una buena esposa.
—¿Una buena esposa? ¿Y desde cuándo te gusta salir con mujeres que puedan convertirse en buenas esposas?
—Desde que he empezado a pensar que ya es hora de que siente cabeza —¿Era él realmente el que estaba hablando? Le parecía imposible.
—Parece que tu próximo cumpleaños te está afectando.
—Claro que no —intentó mover el hombro e hizo una mueca de dolor—. Lo que pasa es que me gustaría tener una familia y creo que éste es un buen momento para empezar a pensar en ella. Mira, no tengo ninguna prisa. Simplemente he pensado que debo mantener los ojos bien abiertos por si se presenta alguna candidata.
—¿Y dices que eso no tiene nada que ver con el hecho de que estás a punto de cumplir treinta y cinco años? —Diego se quedó mirando a Pedro con aquella mirada pensativa que hacía que éste deseara contarle cada uno de sus pecados.
—Paula Chaves no me gusta —le dijo a su amigo.
—Claro que no.
—Quiero una mujer que pueda ver más allá de Alfonso El Salvaje. Una mujer con la que pueda hablar, con la que reírme...
—¿Una mujer a la que le guste un hombre amable como Pedro Alfonso?
—Sí, Paula Chaves no es una de las candidatas —aunque se lo hubiera parecido cuando se habían encontrado en el armario.
Aquello era lo que lo estaba volviendo loco: se había equivocado. Y él nunca se equivocaba. Pero tampoco había estado nunca tan cerca de un cambio importante en su vida. Iba a cumplir treinta y cinco años. Casi la mitad de una vida.
—Si estás hablando en serio de buscar una esposa, le diré a Leticia que mire si hay alguna candidata en la biblioteca. Estoy segura de que tiene que estar llena de mujeres que odian a Alfonso El Salvaje.
—Muchas gracias.
—Lo digo en el buen sentido. Y hablando de El Salvaje Alfonso, ¿Has conseguido que Paula Chaves firmara el contrato antes de que te echara?
—Misión cumplida. Bob se ha quedado sin tartas —Pedro sacó el documento de su bolsillo.
—Gracias a Dios —Diego se pasó la mano por el pelo y observó atentamente sus dedos, buscando alguna hebra traidora antes de suspirar aliviado—. Quizá sólo sea una cuestión temporal. Por lo menos eso es lo que ha dicho la vidente.
—¿La vidente?
—Una amiga de Leticia. He tenido la consulta esta tarde, poco después de que te fueras. Madame Soleil me ha dicho que si consigo desprenderme de mi energía negativa, mi fuerza positiva me ayudará a conservar el pelo.
—¿Has ido a hablar con una vidente? ¿No te parece que estás exagerando un poco sólo porque se te han caído cuatro pelos?
—No dirías eso si fuera tu pelo, y son más de cuatro. En cualquier caso, Madame Soleil atiende a mucha gente influyente, incluso a algunas celebridades —se pasó nuevamente la mano por el pelo—. Mira, tenía razón. Ahora que hemos conseguido el contrato ya no se me cae el pelo.
—¡Claro que no se te está cayendo el pelo!
Diego sonrió.
—Gracias a Dios, Pedro. Me gusta tu actitud positiva. Alimenta mi energía.
—Y ya que hablamos de alimentar, ¿No preferirías estar en tu casa cenando con Leticia, en vez de continuar estresándote aquí?
Diego miró el reloj.
—Caramba, estaba tan concentrado en las cuentas que he perdido la noción del tiempo —tomó su maletín—. Me voy, Pedro. Mañana vendré un poco tarde. Leticia y yo pensamos acostarnos bastante tarde.
—¿Van a trabajar en el proyecto del futuro bebé?
lunes, 30 de julio de 2018
Dulce Amor: Capítulo 19
—Besos furtivos —suspiró Alejandra—. Qué bonito...
Paula no estaba segura de cuándo se produjo el cambio. Cuándo la desesperada presión de sus labios contra los de Pedro se transformó en una seductora caricia. Cuando las manos con las que se aferraba a su cuello, se alzaron lentamente para rodearle el cuello. Lo único que sabía era que estaba besando a Pedro Alfonso y que él la estaba besando a ella. La lengua de Pedro se enredaba con la suya, explorando y saboreando. Sus labios parecían querer devorarse. Paula sintió un ligero cosquilleo en las yemas de los dedos que se extendió rápidamente por todo su cuerpo.Desde muy lejos, oyó la voz de su madre tarareando El Barco del Amor. ¿Amor? ¡No!
Paula se separó de Pedro justo en el momento en el que se abría la puerta de la cocina y su madre desaparecía en la otra habitación. La joven abrió la boca para tomar aire mientras su mirada chocaba con la de él; los azules y penetrantes ojos de Pedro centelleaban de pasión, deseo y... ¡Oh, no! ¡Era él!Aquello era imposible. Tenía que tranquilizarse. No era él. Aquella era una jugarreta que le estaban jugando sus hormonas.
—¡Paula, cariño! —gritó su madre—. Deja algo para la luna de miel y ven a reunir te aquí conmigo.
—Claro, mamá, ya voy —se volvió hacia Pedro—. Tienes que marcharte.
—¿Marcharme? ¿Pero qué me dices de la cena?
—Yo... Te prepararé un perrito caliente —se volvió hacia una de las fuentes que había dejado preparadas en el mostrador.
—Pero no me refiero a eso. ¿Qué demonios pasa ahora?
Paula se volvió.
—Toma —le tendió una fuente rebosante de comida—. Llévatelo. Y ahora vete, por favor.
—¿Pero tu madre no esperará que cene con ustedes?
—Probablemente —como Pedro no hacía ningún ademán de moverse, se colocó tras él, le plantó las manos en la espalda y lo empujó hacia la puerta trasera.
—¿Y cómo vas a explicarle que me haya marchado tan repentinamente?
—Ya se me ocurrirá algo. Le diré que has tenido una emergencia —abrió la puerta y lo empujó.
—¿Pero qué diablos te pasa, Paula?
—Necesito pensar, ¿De acuerdo? Y no puedo hacerlo si estás cerca de mí. O si está mi madre. Y cuando están los dos juntos, ni siquiera soy capaz de intentarlo. Así que tienes que irte.
—Por favor, Paula, deja de hacerte la difícil.
—No estoy haciéndome la difícil, Pedro. Lo soy. Así que no esperes conseguir nunca nada de rol.
—Yo no pretendía conseguir nada de tí. Eres tú la que pareces andar loca por mí.
—En tus sueños —«o en los míos», pensó inmediatamente, pero se obligó a descartar aquella idea—. No me gustas, Pedro.
—Muy bien —se volvió hacia ella—. Debo de suponer entonces que tienes la costumbre de besar a hombres que no te gustan.
—Lo he hecho únicamente para que nos viera mi madre —«mentirosa», se dijo a sí misma—. Bueno, me parece que ya tienes que irte. Es muy tarde.
—¡Pero si sólo son la siete y media!
—Exactamente. La noche es joven y a mí todavía me queda mucho trabajo que hacer.
—¿Esta noche?
—Toda la noche. Estoy intentando conseguir un contrato con Walter's Wings y Walter es un tipo duro.
—Paula—La voz de su madre resonó en toda la casa.
—¡Voy, mamá! —gritó ella—. Te llamaré más tarde —le dijo a Pedro.
Mucho más tarde. Y cerró de un portazo, sacándolo, al menos durante unas horas, de su vista y de su mente.Desgraciadamente, su aroma continuaba impregnando el aire, impregnándola a ella. Y la seguía mientras iba a buscar más hojaldres al refrigerador.Él, suspiró. Y al instante se regañó. Estaba sufriendo una crisis. Tantos años prescindiendo del sexo y dedicándose por entero al trabajo, comenzaban a hacer su efecto. O al menos eso fue lo que se dijo a sí misma mientras regresaba al salón para enfrentarse con su madre e inventar alguna excusa que justificara la ausencia de Pedro.
—Ha tenido una emergencia.
—¿Qué clase de emergencia puede obligar a un hombre a separarse de su prometida, por el amor de Dios?
—En uno de los restaurantes se les ha agotado la salsa barbacoa.
—¡Oh, Dios mío, ésa sí que es una verdadera emergencia! Qué hombre tan dedicado.
—Me alegro de que pienses así, mamá, porque Pedro es un hombre que trabaja mucho.
—Así podrá mantener decentemente su hogar.
—Y no nos vemos tan a menudo como quisiéramos.
—La ausencia hace que crezca el amor.
Y acelera las hormonas, pensaba Paula más tarde, después de haber pasado horas dando vueltas en la cama, presa de una extraña añoranza. Pero la añoranza no era un sentimiento nada productivo y ya llevaba cierto retraso en el plan de trabajo de la semana. Se levantó de la cama, se puso la bata y bajó a su despacho. Encendió el ordenador e intentó concentrarse. Era extraña la capacidad que tenían los números para juntarse a su capricho y adoptar formas extraordinariamente parecidas a un rostro peligrosamente atractivo y... «¡Trabaja!», se dijo a sí misma. Porque no le gustaban los hombres tan rudos. Por muy atractivos, cariñosos y fuertes que pudieran ser. Vería a Pedro al cabo de un par de días, cuando no pudiera seguir dándole excusas a su madre y por fin hubiera puesto su trabajo al día. Se tomaría entonces la farsa sobre su futuro matrimonio con la misma calma y profesionalidad con la que dirigía su negocio. Al fin y al cabo, el acuerdo con él era un asunto estrictamente comercial.Una verdadera lástima, le susurró una traidora voz en su interior, mientras el recuerdo del roce de sus labios le provocaba un particular revoloteo en el estómago. Definitivamente, una verdadera lástima.
Paula no estaba segura de cuándo se produjo el cambio. Cuándo la desesperada presión de sus labios contra los de Pedro se transformó en una seductora caricia. Cuando las manos con las que se aferraba a su cuello, se alzaron lentamente para rodearle el cuello. Lo único que sabía era que estaba besando a Pedro Alfonso y que él la estaba besando a ella. La lengua de Pedro se enredaba con la suya, explorando y saboreando. Sus labios parecían querer devorarse. Paula sintió un ligero cosquilleo en las yemas de los dedos que se extendió rápidamente por todo su cuerpo.Desde muy lejos, oyó la voz de su madre tarareando El Barco del Amor. ¿Amor? ¡No!
Paula se separó de Pedro justo en el momento en el que se abría la puerta de la cocina y su madre desaparecía en la otra habitación. La joven abrió la boca para tomar aire mientras su mirada chocaba con la de él; los azules y penetrantes ojos de Pedro centelleaban de pasión, deseo y... ¡Oh, no! ¡Era él!Aquello era imposible. Tenía que tranquilizarse. No era él. Aquella era una jugarreta que le estaban jugando sus hormonas.
—¡Paula, cariño! —gritó su madre—. Deja algo para la luna de miel y ven a reunir te aquí conmigo.
—Claro, mamá, ya voy —se volvió hacia Pedro—. Tienes que marcharte.
—¿Marcharme? ¿Pero qué me dices de la cena?
—Yo... Te prepararé un perrito caliente —se volvió hacia una de las fuentes que había dejado preparadas en el mostrador.
—Pero no me refiero a eso. ¿Qué demonios pasa ahora?
Paula se volvió.
—Toma —le tendió una fuente rebosante de comida—. Llévatelo. Y ahora vete, por favor.
—¿Pero tu madre no esperará que cene con ustedes?
—Probablemente —como Pedro no hacía ningún ademán de moverse, se colocó tras él, le plantó las manos en la espalda y lo empujó hacia la puerta trasera.
—¿Y cómo vas a explicarle que me haya marchado tan repentinamente?
—Ya se me ocurrirá algo. Le diré que has tenido una emergencia —abrió la puerta y lo empujó.
—¿Pero qué diablos te pasa, Paula?
—Necesito pensar, ¿De acuerdo? Y no puedo hacerlo si estás cerca de mí. O si está mi madre. Y cuando están los dos juntos, ni siquiera soy capaz de intentarlo. Así que tienes que irte.
—Por favor, Paula, deja de hacerte la difícil.
—No estoy haciéndome la difícil, Pedro. Lo soy. Así que no esperes conseguir nunca nada de rol.
—Yo no pretendía conseguir nada de tí. Eres tú la que pareces andar loca por mí.
—En tus sueños —«o en los míos», pensó inmediatamente, pero se obligó a descartar aquella idea—. No me gustas, Pedro.
—Muy bien —se volvió hacia ella—. Debo de suponer entonces que tienes la costumbre de besar a hombres que no te gustan.
—Lo he hecho únicamente para que nos viera mi madre —«mentirosa», se dijo a sí misma—. Bueno, me parece que ya tienes que irte. Es muy tarde.
—¡Pero si sólo son la siete y media!
—Exactamente. La noche es joven y a mí todavía me queda mucho trabajo que hacer.
—¿Esta noche?
—Toda la noche. Estoy intentando conseguir un contrato con Walter's Wings y Walter es un tipo duro.
—Paula—La voz de su madre resonó en toda la casa.
—¡Voy, mamá! —gritó ella—. Te llamaré más tarde —le dijo a Pedro.
Mucho más tarde. Y cerró de un portazo, sacándolo, al menos durante unas horas, de su vista y de su mente.Desgraciadamente, su aroma continuaba impregnando el aire, impregnándola a ella. Y la seguía mientras iba a buscar más hojaldres al refrigerador.Él, suspiró. Y al instante se regañó. Estaba sufriendo una crisis. Tantos años prescindiendo del sexo y dedicándose por entero al trabajo, comenzaban a hacer su efecto. O al menos eso fue lo que se dijo a sí misma mientras regresaba al salón para enfrentarse con su madre e inventar alguna excusa que justificara la ausencia de Pedro.
—Ha tenido una emergencia.
—¿Qué clase de emergencia puede obligar a un hombre a separarse de su prometida, por el amor de Dios?
—En uno de los restaurantes se les ha agotado la salsa barbacoa.
—¡Oh, Dios mío, ésa sí que es una verdadera emergencia! Qué hombre tan dedicado.
—Me alegro de que pienses así, mamá, porque Pedro es un hombre que trabaja mucho.
—Así podrá mantener decentemente su hogar.
—Y no nos vemos tan a menudo como quisiéramos.
—La ausencia hace que crezca el amor.
Y acelera las hormonas, pensaba Paula más tarde, después de haber pasado horas dando vueltas en la cama, presa de una extraña añoranza. Pero la añoranza no era un sentimiento nada productivo y ya llevaba cierto retraso en el plan de trabajo de la semana. Se levantó de la cama, se puso la bata y bajó a su despacho. Encendió el ordenador e intentó concentrarse. Era extraña la capacidad que tenían los números para juntarse a su capricho y adoptar formas extraordinariamente parecidas a un rostro peligrosamente atractivo y... «¡Trabaja!», se dijo a sí misma. Porque no le gustaban los hombres tan rudos. Por muy atractivos, cariñosos y fuertes que pudieran ser. Vería a Pedro al cabo de un par de días, cuando no pudiera seguir dándole excusas a su madre y por fin hubiera puesto su trabajo al día. Se tomaría entonces la farsa sobre su futuro matrimonio con la misma calma y profesionalidad con la que dirigía su negocio. Al fin y al cabo, el acuerdo con él era un asunto estrictamente comercial.Una verdadera lástima, le susurró una traidora voz en su interior, mientras el recuerdo del roce de sus labios le provocaba un particular revoloteo en el estómago. Definitivamente, una verdadera lástima.
Dulce Amor: Capítulo 18
—Sólo desde una perspectiva profesional —se tensó—. Además, todo esto es culpa tuya.
—¿Y se puede saber por qué?
—Si no hubieras estado disfrazado de Batman, nada de esto habría ocurrido. Eras tan amable, y me gustaste tanto... Yo estaba intentando concentrarme en mi trabajo y mi madre no hacía nada más que llamarme para saber si había encontrado ya al hombre de mis sueños y bueno, te tenía a tí, mejor dicho, a él en la cabeza, y entonces se lo dije.
—¿Le dijiste a tu madre que estabas comprometida con Batman?
—Pero no lo habría hecho si no me hubieran besado hasta dejarme sin sentido.
—Paula, cariño, ¿Quedan más salchichas?
—Espera un minuto, mamá —gritó—. ¿Por dónde iba?
—Estabas diciendo que te dejé sin sentido.
—Ah, sí. Bueno, normalmente soy una persona muy sensata, pero después de aquel beso, empecé a pensar todo tipo de cosas acerca de nosotros y...
—¿Y más hojaldres?
—¡Ahora voy, mamá!
—¿Qué tipo de cosas?
—Bueno, me imaginaba que si yo estuviera buscando al hombre de mis sueños, quizá lo fueras tú, pero yo no lo estaba buscando, y... Oh, no importa. El caso es que no podía pensar con claridad y todo por culpa tuya —suspiró exasperada—. Y de mi madre.
—¡Estoy esperando, querida! —gritó Alejandra.
—Un segundo, mamá —sacudió la cabeza—. Me vuelve loca. ¡Estoy tan desesperada que he tenido que recurrir al chantaje y echar a perder el mejor contrato de mi vida!
Pedro sonrió.
—En cuanto lo firmes, éste será un contrato oficial —se sacó unos papeles del bolsillo—. Mi abogado ha preparado estos papeles. Firma abajo y el contrato quedará sellado. Nosotros nos quedamos con la exclusiva de tu tarta y tú dispondrás de Alfonso El Salvaje durante dos semanas. No a tiempo completo, claro. Tengo algunos asuntos que atender.
—¿Como beber cerveza en un sujetador?
—Lo del sujetador lo hice con fines benéficos. Conseguí dos mil dólares para el Hogar Infantil de Dallas.
—Felicidades —replicó Paula con ironía.
Pero sentía una extraña suavidad en su interior. Quizá fuera por el tono que había empleado para hablar del hogar infantil. Quizá por que su mirada había sido idéntica a la de la fotografía que tanto le había gustado en su oficina. Una mirada pensativa... ¿Pensativa? ¡Ja! En lo único que Pedro debía estar pensando era en el color del sujetador que se había puesto en la cabeza.
—Sólo te necesitaré de vez en cuando. Comidas, cenas... Mi madre piensa marcharse a Miami dentro de diez días, seis horas y veintiocho minutos —tomó el bolígrafo que Pedro le ofrecía con mano temblorosa—. Todavía me cuesta creer que esté haciendo esto.
—Todavía estás a tiempo de decirle a tu madre la verdad.
Paula firmó el contrato y se lo tendió.
—No puedo desilusionarla hasta ese punto.
—¿Y no crees que se desilusionará más cuando se entere de que no va a haber boda?
—De eso tú no tienes que preocuparte. Y otra cosa, compórtate normalmente. Y nada de pellizcos.
—Cariño, tu madre tiene que pensar que nos gustamos. Y yo soy muy cariñoso —para enfatizar sus palabras, le acarició lentamente el brazo.
—¡Pues yo no soporto que me toquen! Así que puedes guardarte tus manos, tus labios y cualquier otra parte de tu cuerpo.
—Sabes, estoy empezando a pensar que no estás loca por mí.
—No lo estoy —se separó unos centímetros de él. Así estaba mejor. Si no lo tocaba, podría mantener sus hormonas bajo control. Continuó dando instrucciones—. Si quieres algo de mí, basta que carraspees o algo parecido para llamar la atención.
—Como tú digas.
—E intenta ser civilizado.
—¿Cariño? —preguntó Alejandra desde el salón—. ¿Va todo bien? ¿No habrá problemas en el paraíso, verdad?
—El paraíso va estupendamente, mamá —respondió Paula—. Ahora mismo vamos —volvió a prestar atención a Pedro—. Y no me llames con nombres estúpidos.
—Pareces tensa, querida —continuó diciendo Alejandra.
—Sí, pareces tensa —añadió Pedro, y Paula frunció el ceño.
—Pues no lo estoy.
—¿No estarás discutiendo con tu novio, verdad?
—¡Sí! —gritó Pedro al mismo tiempo que Paula gritaba ¡No!
—¡Calla! —le ordenó a Pedro antes de gritar—: ¡No pasa nada, mamá!
Pero ya era demasiado tarde. Paula oyó los pasos de su madre. A los pocos segundos, se abría la puerta de la cocina. Y sin darse tiempo a pensar en lo que iba a hacer y mucho menos a arrepentirse, se arrojó a los brazos de Pedro y le plantó un beso en los labios.
—¿Y se puede saber por qué?
—Si no hubieras estado disfrazado de Batman, nada de esto habría ocurrido. Eras tan amable, y me gustaste tanto... Yo estaba intentando concentrarme en mi trabajo y mi madre no hacía nada más que llamarme para saber si había encontrado ya al hombre de mis sueños y bueno, te tenía a tí, mejor dicho, a él en la cabeza, y entonces se lo dije.
—¿Le dijiste a tu madre que estabas comprometida con Batman?
—Pero no lo habría hecho si no me hubieran besado hasta dejarme sin sentido.
—Paula, cariño, ¿Quedan más salchichas?
—Espera un minuto, mamá —gritó—. ¿Por dónde iba?
—Estabas diciendo que te dejé sin sentido.
—Ah, sí. Bueno, normalmente soy una persona muy sensata, pero después de aquel beso, empecé a pensar todo tipo de cosas acerca de nosotros y...
—¿Y más hojaldres?
—¡Ahora voy, mamá!
—¿Qué tipo de cosas?
—Bueno, me imaginaba que si yo estuviera buscando al hombre de mis sueños, quizá lo fueras tú, pero yo no lo estaba buscando, y... Oh, no importa. El caso es que no podía pensar con claridad y todo por culpa tuya —suspiró exasperada—. Y de mi madre.
—¡Estoy esperando, querida! —gritó Alejandra.
—Un segundo, mamá —sacudió la cabeza—. Me vuelve loca. ¡Estoy tan desesperada que he tenido que recurrir al chantaje y echar a perder el mejor contrato de mi vida!
Pedro sonrió.
—En cuanto lo firmes, éste será un contrato oficial —se sacó unos papeles del bolsillo—. Mi abogado ha preparado estos papeles. Firma abajo y el contrato quedará sellado. Nosotros nos quedamos con la exclusiva de tu tarta y tú dispondrás de Alfonso El Salvaje durante dos semanas. No a tiempo completo, claro. Tengo algunos asuntos que atender.
—¿Como beber cerveza en un sujetador?
—Lo del sujetador lo hice con fines benéficos. Conseguí dos mil dólares para el Hogar Infantil de Dallas.
—Felicidades —replicó Paula con ironía.
Pero sentía una extraña suavidad en su interior. Quizá fuera por el tono que había empleado para hablar del hogar infantil. Quizá por que su mirada había sido idéntica a la de la fotografía que tanto le había gustado en su oficina. Una mirada pensativa... ¿Pensativa? ¡Ja! En lo único que Pedro debía estar pensando era en el color del sujetador que se había puesto en la cabeza.
—Sólo te necesitaré de vez en cuando. Comidas, cenas... Mi madre piensa marcharse a Miami dentro de diez días, seis horas y veintiocho minutos —tomó el bolígrafo que Pedro le ofrecía con mano temblorosa—. Todavía me cuesta creer que esté haciendo esto.
—Todavía estás a tiempo de decirle a tu madre la verdad.
Paula firmó el contrato y se lo tendió.
—No puedo desilusionarla hasta ese punto.
—¿Y no crees que se desilusionará más cuando se entere de que no va a haber boda?
—De eso tú no tienes que preocuparte. Y otra cosa, compórtate normalmente. Y nada de pellizcos.
—Cariño, tu madre tiene que pensar que nos gustamos. Y yo soy muy cariñoso —para enfatizar sus palabras, le acarició lentamente el brazo.
—¡Pues yo no soporto que me toquen! Así que puedes guardarte tus manos, tus labios y cualquier otra parte de tu cuerpo.
—Sabes, estoy empezando a pensar que no estás loca por mí.
—No lo estoy —se separó unos centímetros de él. Así estaba mejor. Si no lo tocaba, podría mantener sus hormonas bajo control. Continuó dando instrucciones—. Si quieres algo de mí, basta que carraspees o algo parecido para llamar la atención.
—Como tú digas.
—E intenta ser civilizado.
—¿Cariño? —preguntó Alejandra desde el salón—. ¿Va todo bien? ¿No habrá problemas en el paraíso, verdad?
—El paraíso va estupendamente, mamá —respondió Paula—. Ahora mismo vamos —volvió a prestar atención a Pedro—. Y no me llames con nombres estúpidos.
—Pareces tensa, querida —continuó diciendo Alejandra.
—Sí, pareces tensa —añadió Pedro, y Paula frunció el ceño.
—Pues no lo estoy.
—¿No estarás discutiendo con tu novio, verdad?
—¡Sí! —gritó Pedro al mismo tiempo que Paula gritaba ¡No!
—¡Calla! —le ordenó a Pedro antes de gritar—: ¡No pasa nada, mamá!
Pero ya era demasiado tarde. Paula oyó los pasos de su madre. A los pocos segundos, se abría la puerta de la cocina. Y sin darse tiempo a pensar en lo que iba a hacer y mucho menos a arrepentirse, se arrojó a los brazos de Pedro y le plantó un beso en los labios.
Dulce Amor: Capítulo 17
—Así que se sabe el nombre de todos los jugadores, señora Chaves.
—Eso no es nada y, por favor, llámame Alejandra. Paula también se los sabe. Y los de los jugadores de la NBA.
—Mamá, por favor —le advirtió Paula.
—No, ahora no te hagas la modesta. Ya sabes, Pedro, que su inteligencia no se limita a los deportes. También es una gran cocinera y...
—Mamá...
—Y no sólo estoy hablando de postres. ¿Has visto alguna vez una cara tan bonita?
—Mamá, por favor.
—Y qué tipo. Esas formas tan suaves y redondeadas, perfectas para concebir hijos.
—¡Mamá!
—Eso es exactamente lo que pienso —Pedro la recorrió de arriba abajo con la mirada—. Pero teniendo una madre como usted, no se podía esperar nada menos.
—Caramba, qué hombre tan encantador.
—Sí, rezuma encanto por todos los poros de su piel —replicó Paula forzando una sonrisa.
Pedro la miró con expresión acusadora.
—Nunca me has dicho que sabías tanto de fútbol.
—Paula es muy tímida, ha salido a su padre.
—Quizá en el carácter, porque físicamente es tan atractiva como usted.
Alejandra se sonrojó mientras Pedro agarraba un montón de hojaldres y se los metía de golpe en la boca.
—Están buenísimos —dijo entre dientes.
—Los ha hecho Paula. Ya te he dicho que es una gran cocinera. Estoy deseando ver qué nos ha preparado para cenar.
—Y yo también —Pedro se separó de Paula para sentarse al lado de su madre—. Están buenísimos —tomó otro puñado de hojaldres—. Pero yo prefiero un buen guiso de carne y patatas.
—¿De verdad? —Alejandra prácticamente resplandecía mientras Paula hervía de rabia por dentro. Menudo cretino. ¿Cómo podría haberlo confundido con Batman?
—¿Podría hablar un momento contigo? —le siseó a Pedro.
—¿No puedes esperar un poco conejita? Estoy hambriento...
—Ahora —lo agarró de la oreja para obligarlo a levantarse del sofá—. Ahora mismo volvemos, mamá.
—Tomense todo el tiempo que les haga falta. Yo también he sido joven —los despidió Alejandra.
—¿Lucas? —gruñía Pedro un minuto después en la cocina—. ¿No podías haber escogido un nombre, más viril?
—Lo siento, pero no estoy acostumbrada a mentir a mi madre. Es la primera vez que lo hago. Me siento muy incómoda y estoy intentando salir del paso de la mejor forma. Y, para tu información, Lucas no es un nombre poco viril. Lucas Bysshe Shelley es uno de mis poetas favoritos. Además, no me gustan los nombres viriles.
—Evidentemente.
—Si no, habría escogido un nombre de esos típicos, como Darío, Kevin, Bruno o Pedro.
—Caramba, no parece que te alegres mucho de que haya venido.
—Porque no me alegro.
—Vamos cariño, se acabó la fiesta. Evidentemente, has estado dispuesta a renunciar a mucho dinero para conseguirme. Y yo me he visto obligado a venir.
—Siento todo esto... Pero tenía que hacer algo.
—¿Algo como chantajearme?
—¿Chantaje? Bueno, he cambiado las condiciones de venta, pero eso no es chantaje.
—Me refiero a Bob Barbecue,
—¿Bob? ¿Ese tipo que sale disfrazado de cerdo en todos sus anuncios?
—El mismo, y mi mayor competidor en el mercado. Dime que no has amenazado con venderle la exclusiva a Bob si yo no aceptaba ser tu prometido.
—Fingir que lo eras, y no he amenazado con nada.
—Mira, es la primera vez que utilizan esta táctica conmigo. Normalmente las mujeres consiguen meterse en mi casa, se esconden en la cama, me esperan en la ducha o en el asiento trasero del coche. Pero es la primera vez que recurren al chantaje. El pobre Diego ha tenido que soportar las amenazas de tu directora comercial.
—Yo no tengo ninguna directora comercial.
—Pues Diego ha dicho que ha hablado con ella. Se llama Zoe Navia, o algo parecido.
—Nara. Zaira Nara, y es la que te ha abierto la puerta. Es mi contable y no... —se interrumpió al recordar a Zaira prometiéndole que todo saldría bien. De pronto, las piezas empezaron a encajar—. En ningún momento le pedí que te amenazara, sólo que endureciera las condiciones.
—Y ha recurrido al chantaje.
—Quizá.
—Entonces tú me deseas.
—Eso no es nada y, por favor, llámame Alejandra. Paula también se los sabe. Y los de los jugadores de la NBA.
—Mamá, por favor —le advirtió Paula.
—No, ahora no te hagas la modesta. Ya sabes, Pedro, que su inteligencia no se limita a los deportes. También es una gran cocinera y...
—Mamá...
—Y no sólo estoy hablando de postres. ¿Has visto alguna vez una cara tan bonita?
—Mamá, por favor.
—Y qué tipo. Esas formas tan suaves y redondeadas, perfectas para concebir hijos.
—¡Mamá!
—Eso es exactamente lo que pienso —Pedro la recorrió de arriba abajo con la mirada—. Pero teniendo una madre como usted, no se podía esperar nada menos.
—Caramba, qué hombre tan encantador.
—Sí, rezuma encanto por todos los poros de su piel —replicó Paula forzando una sonrisa.
Pedro la miró con expresión acusadora.
—Nunca me has dicho que sabías tanto de fútbol.
—Paula es muy tímida, ha salido a su padre.
—Quizá en el carácter, porque físicamente es tan atractiva como usted.
Alejandra se sonrojó mientras Pedro agarraba un montón de hojaldres y se los metía de golpe en la boca.
—Están buenísimos —dijo entre dientes.
—Los ha hecho Paula. Ya te he dicho que es una gran cocinera. Estoy deseando ver qué nos ha preparado para cenar.
—Y yo también —Pedro se separó de Paula para sentarse al lado de su madre—. Están buenísimos —tomó otro puñado de hojaldres—. Pero yo prefiero un buen guiso de carne y patatas.
—¿De verdad? —Alejandra prácticamente resplandecía mientras Paula hervía de rabia por dentro. Menudo cretino. ¿Cómo podría haberlo confundido con Batman?
—¿Podría hablar un momento contigo? —le siseó a Pedro.
—¿No puedes esperar un poco conejita? Estoy hambriento...
—Ahora —lo agarró de la oreja para obligarlo a levantarse del sofá—. Ahora mismo volvemos, mamá.
—Tomense todo el tiempo que les haga falta. Yo también he sido joven —los despidió Alejandra.
—¿Lucas? —gruñía Pedro un minuto después en la cocina—. ¿No podías haber escogido un nombre, más viril?
—Lo siento, pero no estoy acostumbrada a mentir a mi madre. Es la primera vez que lo hago. Me siento muy incómoda y estoy intentando salir del paso de la mejor forma. Y, para tu información, Lucas no es un nombre poco viril. Lucas Bysshe Shelley es uno de mis poetas favoritos. Además, no me gustan los nombres viriles.
—Evidentemente.
—Si no, habría escogido un nombre de esos típicos, como Darío, Kevin, Bruno o Pedro.
—Caramba, no parece que te alegres mucho de que haya venido.
—Porque no me alegro.
—Vamos cariño, se acabó la fiesta. Evidentemente, has estado dispuesta a renunciar a mucho dinero para conseguirme. Y yo me he visto obligado a venir.
—Siento todo esto... Pero tenía que hacer algo.
—¿Algo como chantajearme?
—¿Chantaje? Bueno, he cambiado las condiciones de venta, pero eso no es chantaje.
—Me refiero a Bob Barbecue,
—¿Bob? ¿Ese tipo que sale disfrazado de cerdo en todos sus anuncios?
—El mismo, y mi mayor competidor en el mercado. Dime que no has amenazado con venderle la exclusiva a Bob si yo no aceptaba ser tu prometido.
—Fingir que lo eras, y no he amenazado con nada.
—Mira, es la primera vez que utilizan esta táctica conmigo. Normalmente las mujeres consiguen meterse en mi casa, se esconden en la cama, me esperan en la ducha o en el asiento trasero del coche. Pero es la primera vez que recurren al chantaje. El pobre Diego ha tenido que soportar las amenazas de tu directora comercial.
—Yo no tengo ninguna directora comercial.
—Pues Diego ha dicho que ha hablado con ella. Se llama Zoe Navia, o algo parecido.
—Nara. Zaira Nara, y es la que te ha abierto la puerta. Es mi contable y no... —se interrumpió al recordar a Zaira prometiéndole que todo saldría bien. De pronto, las piezas empezaron a encajar—. En ningún momento le pedí que te amenazara, sólo que endureciera las condiciones.
—Y ha recurrido al chantaje.
—Quizá.
—Entonces tú me deseas.
Dulce Amor: Capítulo 16
Dos ojos intensamente azules parpadearon a sólo unos centímetros de ella. Sintió que le faltaba el aire para respirar. Y entonces Pedro la besó. Paula recibió el beso más sonoro que había oído en su vida. El ruido de los labios retumbaba en su cerebro, sofocando los frenéticos latidos de su corazón. Y, de pronto, todo terminó... Aunque no suficientemente pronto. Sentía un agradable cosquilleo en los labios. Y, lo peor de todo, aquel cosquilleo se extendía a zonas mucho más íntimas de su cuerpo.
—¿Paula? —la voz de su madre le hizo girar la cabeza—. ¿Se puede saber qué significa esto?
—Sí —intervino Gastón, mirando fijamente a Pedro—. ¿Se puede saber qué estás haciendo con mi prometida?
—¿Tu prometida? —Pedro tomó a Paula por la cintura—. Qué tipo tan bromista. Pero si ésta es mi mujercita. Gracias, tío —dijo mirando a Gastón—, por haberla vigilado en mi ausencia. Y siento haber llegado tarde.
—¿Éste es Lucas? —preguntó Alejandra, señalando acusadoramente a Pedro con una salchicha—. Pero si yo pensaba que Lucas era el otro...
—Es un nombre muy extendido... —Paula se atragantó en medio de la explicación cuando Pedro dejó caer la mano a la altura de uno de sus senos y le pellizcó suavemente el pezón.
—Nuestras madres fueron juntas al instituto —dijo Pedro—. Y les encantaba ese nombre. Así que los dos nos llamamos Lucas. Pero yo soy el más afortunado —puntualizó la frase dándole a Paula un pellizco en el trasero.
—Sí, sí... eso es —asintió Paula con vigor—. Por Dios mamá, ¿De verdad creías que ése era Lucas? —rió nerviosa—. No, él es sólo un amigo.
—Eso es —añadió Pedro—. Yo soy Lucas, el que se va a casar con esta preciosidad. Lucas Pedro Alfonso—le plantó a Paula otro beso en la boca antes de volverse hacia Alejandra—. Llevo mucho tiempo esperando este momento, mami. Estaba deseando agradecerte personalmente el que hayas traído al mundo a este pastelito que tengo a mi lado.
Alejandra rió. Pedro sonrió y el pastelito en cuestión tuvo que hacer el esfuerzo de su vida para resistir la tentación de asestarle una bien merecida patada en la fuente de todos los supuestos encantos de Alfonso El Salvaje. Lo habría hecho si su madre no hubiera estado sonriendo de oreja a oreja. Tenía que cuidar su salud. No podía arriesgarse a que supiera que en realidad no había ningún prometido.Así que dominó la tentación de darle una patada y se concentró en evitar concentrarse en la cálida masa de músculos que tenía a su lado.
—Pero si eres Alfonso El Salvaje, el jugador de fútbol —exclamó su madre.
—¿Le gustan los deportes? —Pedro le brindó la más deslumbrante de sus sonrisas.
—Tengo tres hijos, podría recitarle los nombres de todos los jugadores de la liga, señor... Lucas.—¿Por qué no me llamas Pedro? Lucas es demasiado formal —tomó la mano de Alejandra y la besó.
—Quiero que sepas que es un placer conocerte —dijo Alejandra con entusiasmo—. Pero yo pensaba que Paula me había dicho que eras contable.
—Entre otras cosas.
—Así que sabes hacer muchas cosas. Qué mañoso —miró a Gastón con rabia—. Ya sabía yo que mi hija no podía andar detrás de un hombre como éste. Ni siquiera le gusta la carne.
—El muy excéntrico —dijo Pedro.
Alejandra sonrió y volvió a mirar a Gastón con rabia. Pobre, pensó Paula. Pero un hombre que se dedicaba a participar en concursos de eructos, no debía darse fácilmente por ofendido.
—Creo que me voy a marchar —dijo Gastón, agarrando su chaqueta.
—Podrías quedarte a cenar con nosotros —lo invitó Paula.
Se sentía terriblemente culpable. Y también aliviada. Y sentía un extraño cosquilleo en la espalda... Era enfado, se dijo a sí misma. Estaba enfadada porque Zach Tanner la había pellizcado dos veces. Claro que sí, estaba enfadada.
—No quiero molestar.
Paula se inclinó hacia delante.
—No es ninguna molestia.
—Claro que no —intervino Alejandra, recuperando la hospitalidad sureña—. Pero si realmente tienes prisa, no te preocupes por nosotros. Haz lo que tengas que hacer. Ha sido un placer haberte conocido.
—Sí —dijo Gastón, con una mirada glacial.
—Gracias otra vez —añadió Pedro, abandonando el trasero de Paula para pasarle el brazo por los hombros.
La mirada de Paula voló hasta Zaira y vió que su amiga esbozaba una sonrisa triunfal.
—Creo que yo también me iré, señora Chaves—dijo Zaira, en cuanto Gastón se dirigió hacia la puerta—. Me alegro de haber vuelto a verla.
—Zaira, sigues siendo adorable —Alejandra inclinó la cabeza para que pudiera darle un beso en la mejilla—. Me encantaría que vinieras a verme. ¿No te ha hablado Paula de su hermano Gonzalo? Porque tiene tu edad, es soltero y muy atractivo.
—Iré en cuanto tenga unos días libres. Adiós.
Y antes de que Paula pudiera decir nada, tarea bastante complicada estando al lado de aquel tipo, Zaira se había ido.
—¿Paula? —la voz de su madre le hizo girar la cabeza—. ¿Se puede saber qué significa esto?
—Sí —intervino Gastón, mirando fijamente a Pedro—. ¿Se puede saber qué estás haciendo con mi prometida?
—¿Tu prometida? —Pedro tomó a Paula por la cintura—. Qué tipo tan bromista. Pero si ésta es mi mujercita. Gracias, tío —dijo mirando a Gastón—, por haberla vigilado en mi ausencia. Y siento haber llegado tarde.
—¿Éste es Lucas? —preguntó Alejandra, señalando acusadoramente a Pedro con una salchicha—. Pero si yo pensaba que Lucas era el otro...
—Es un nombre muy extendido... —Paula se atragantó en medio de la explicación cuando Pedro dejó caer la mano a la altura de uno de sus senos y le pellizcó suavemente el pezón.
—Nuestras madres fueron juntas al instituto —dijo Pedro—. Y les encantaba ese nombre. Así que los dos nos llamamos Lucas. Pero yo soy el más afortunado —puntualizó la frase dándole a Paula un pellizco en el trasero.
—Sí, sí... eso es —asintió Paula con vigor—. Por Dios mamá, ¿De verdad creías que ése era Lucas? —rió nerviosa—. No, él es sólo un amigo.
—Eso es —añadió Pedro—. Yo soy Lucas, el que se va a casar con esta preciosidad. Lucas Pedro Alfonso—le plantó a Paula otro beso en la boca antes de volverse hacia Alejandra—. Llevo mucho tiempo esperando este momento, mami. Estaba deseando agradecerte personalmente el que hayas traído al mundo a este pastelito que tengo a mi lado.
Alejandra rió. Pedro sonrió y el pastelito en cuestión tuvo que hacer el esfuerzo de su vida para resistir la tentación de asestarle una bien merecida patada en la fuente de todos los supuestos encantos de Alfonso El Salvaje. Lo habría hecho si su madre no hubiera estado sonriendo de oreja a oreja. Tenía que cuidar su salud. No podía arriesgarse a que supiera que en realidad no había ningún prometido.Así que dominó la tentación de darle una patada y se concentró en evitar concentrarse en la cálida masa de músculos que tenía a su lado.
—Pero si eres Alfonso El Salvaje, el jugador de fútbol —exclamó su madre.
—¿Le gustan los deportes? —Pedro le brindó la más deslumbrante de sus sonrisas.
—Tengo tres hijos, podría recitarle los nombres de todos los jugadores de la liga, señor... Lucas.—¿Por qué no me llamas Pedro? Lucas es demasiado formal —tomó la mano de Alejandra y la besó.
—Quiero que sepas que es un placer conocerte —dijo Alejandra con entusiasmo—. Pero yo pensaba que Paula me había dicho que eras contable.
—Entre otras cosas.
—Así que sabes hacer muchas cosas. Qué mañoso —miró a Gastón con rabia—. Ya sabía yo que mi hija no podía andar detrás de un hombre como éste. Ni siquiera le gusta la carne.
—El muy excéntrico —dijo Pedro.
Alejandra sonrió y volvió a mirar a Gastón con rabia. Pobre, pensó Paula. Pero un hombre que se dedicaba a participar en concursos de eructos, no debía darse fácilmente por ofendido.
—Creo que me voy a marchar —dijo Gastón, agarrando su chaqueta.
—Podrías quedarte a cenar con nosotros —lo invitó Paula.
Se sentía terriblemente culpable. Y también aliviada. Y sentía un extraño cosquilleo en la espalda... Era enfado, se dijo a sí misma. Estaba enfadada porque Zach Tanner la había pellizcado dos veces. Claro que sí, estaba enfadada.
—No quiero molestar.
Paula se inclinó hacia delante.
—No es ninguna molestia.
—Claro que no —intervino Alejandra, recuperando la hospitalidad sureña—. Pero si realmente tienes prisa, no te preocupes por nosotros. Haz lo que tengas que hacer. Ha sido un placer haberte conocido.
—Sí —dijo Gastón, con una mirada glacial.
—Gracias otra vez —añadió Pedro, abandonando el trasero de Paula para pasarle el brazo por los hombros.
La mirada de Paula voló hasta Zaira y vió que su amiga esbozaba una sonrisa triunfal.
—Creo que yo también me iré, señora Chaves—dijo Zaira, en cuanto Gastón se dirigió hacia la puerta—. Me alegro de haber vuelto a verla.
—Zaira, sigues siendo adorable —Alejandra inclinó la cabeza para que pudiera darle un beso en la mejilla—. Me encantaría que vinieras a verme. ¿No te ha hablado Paula de su hermano Gonzalo? Porque tiene tu edad, es soltero y muy atractivo.
—Iré en cuanto tenga unos días libres. Adiós.
Y antes de que Paula pudiera decir nada, tarea bastante complicada estando al lado de aquel tipo, Zaira se había ido.
viernes, 27 de julio de 2018
Dulce Amor: Capítulo 15
—Estás muy guapa esta noche.
Paula se volvió para mirar al hombre que estaba a su lado. Zaira estaba en lo cierto. El primo de Rodrigo, Gastón, había perdido su barriga. Si no hubiera estado enterada del desagradable deporte que lo había llevado a la fama, no se habría imaginado nunca que aquel hombre pudiera dedicarse a semejante grosería.Vestido con un traje azul marino, Gastón tenía el aspecto del amable contable del que le había hablado a su madre durante los últimos seis meses. Aunque no tuviera los ojos azul marino, sino bastante claros y en el traje de Batman pudieran caber dos como él, encajaba bastante bien con la descripción. De momento, no le había oído hacer ningún ruido extraño. No parecía que estuviera en período de entrenamiento para ninguna competición. Gastón era realmente un hombre sano, atento, amable, discreto y reservado. Por una vez, parecía que todo fuera a salir bien.Y quizá eso debería haber bastado para prevenirla del desastre que se avecinaba.
Gastón era demasiado bueno para ser verdad. Demasiado bueno. Demasiado educado. Demasiado saludable. Y Alejandra Chaves lo odió en cuanto lo vió. Por supuesto, no lo dijo. Pero Paula lo sabía. En cuanto su madre entró en casa, nerviosa tras las dos horas de vuelo, se le cayó el alma a los pies. Su madre se quitó el abrigo y se dejó caer en el sofá, al lado de Zaira y se quedó mirando fijamente a Gastón por encima de una bandeja de hojaldres de queso. Gastón no se ofreció a retirar su equipaje. Lo que supuso un primer motivo de desagrado para Alejandra. En cuanto fueron hechas las presentaciones, Paula llevó una bandeja con limonada.
—Oh, gracias —dijo Alejandra, tomando un vaso. Se bebió la mitad de un golpe y tomó un hojaldre—. Ha sido un vuelo terrible.
—¿Demasiado agitado?
—No, pero la comida era espantosa.
—¿Demasiado grasienta quizá? —preguntó Gastón.
—Demasiado poco —Alejandra se metió un hojaldre en la boca—. ¿A quién se le ocurre pensar que alguien puede llenarse con un trocito de lasaña? Y hablando de lasaña —tomó otro hojaldre—, Paula, querida, ¿Te he dicho que Mabel Braxton ha tenido un ataque al corazón? Precisamente estaba preparando su lasaña a los ocho quesos cuando lo sufrió.
—¿Ocho quesos? —preguntó Gastón escandalizado, mientras se quitaba una mota de polvo del traje—. Pero si el queso es terrible para las arterias.
Alejandra, a punto de tomar otro hojaldre, alzó la mirada hacia él.
—¿No te gusta el queso?
Gastón se sacudió otra mota invisible de polvo.
—Lo como muy de vez en cuando. Engorda demasiado.Segundo motivo.
—Come, mamá —dijo Paula, tendiéndole dos hojaldres a su madre—. Los he hecho especialmente para tí —tomó el vaso vacío de su madre y se levantó para llevarlo a la cocina.
¿Por qué diablos no le habría hecho ninguna advertencia a Gastón sobre la comida? Ese tipo competía en concursos de eructos, por el amor de Dios. Lo último que esperaba de él era que fuera tan delicado con la comida.—... ¿Que no te gustan los asados de caza? —la voz de su madre se elevó por encima del zumbido de los electrodomésticos de la cocina antes de que Zaira hubiera llegado a la puerta.
—Será mejor que me dé prisa en volver —dijo en susurro.
—No sólo la caza —estaba diciendo Gastón en el momento que Paula entró en la habitación con una bandeja de salchichas ahumadas—. No como ninguna carne roja.
Motivo de disgusto número tres. Paula entró tan precipitadamente que estuvo a punto de caerse con la bandeja. Miró directamente a su madre. Alejandra parecía a punto de explotar.
—Pero supongo que comerás perritos con chile —comentó Paula, volviéndose hacia Gastón.
—Sólo vegetarianos y con ración doble de judías cuando estoy entrenando, por supuesto.
—Por supuesto —musitó Paula.
—Él... No come carne —comentó Alejandra, reclinándose en el sofá—. Creo que no me encuentro bien.
—¿Ha comido algún tipo de carne en el avión? —preguntó Gastón, a pesar de la mirada de advertencia que le dirigió Paula—. Porque las carnes rojas son un veneno, para el sistema digestivo. A veces, cuesta eliminar las grasas animales y por eso...
—Mamá, he preparado unas salchichas —Paula acercó la bandeja a su madre.
—Son de cerdo y el cerdo es tan malo como las carnes rojas.
El timbre de la puerta sonó en ese momento, ahogando afortunadamente el último comentario de Gastón. Paula y Zaira se levantaron casi al mismo tiempo. Pero Zaira fue más rápida.
—Ya abro yo. Probablemente sea Rodrigo. Le dije que se pasara por aquí para conocer a tu madre.
Paula se sentó al lado de Alejandra y se metió dos hojaldres en la boca. Su madre parecía al borde del desmayo mientras Gastón continuaba hablándoles de la importancia de una dieta saludable.
—La carne no es en absoluto la mejor fuente de proteínas. La mayoría de la gente no lo sabe, pero unos buenos frutos secos y un zumo, proporcionan proteínas...
—¡Cariño! Ya estoy en casa —Paula, que estaba a punto ya de meterse un cuarto hojaldre en la boca, se quedó completamente paralizada.
Conocía aquella voz. Pero no, era imposible. No podía ser. Segundos después, unas enormes manos la instaban a levantarse.
—Siento llegar tarde, pero me he entretenido tomando unas cervezas con los amigos.
Paula se tragó el resto del hojaldre de golpe y se encontró de pronto frente al mismísimo Pedro Alfonso.
Paula se volvió para mirar al hombre que estaba a su lado. Zaira estaba en lo cierto. El primo de Rodrigo, Gastón, había perdido su barriga. Si no hubiera estado enterada del desagradable deporte que lo había llevado a la fama, no se habría imaginado nunca que aquel hombre pudiera dedicarse a semejante grosería.Vestido con un traje azul marino, Gastón tenía el aspecto del amable contable del que le había hablado a su madre durante los últimos seis meses. Aunque no tuviera los ojos azul marino, sino bastante claros y en el traje de Batman pudieran caber dos como él, encajaba bastante bien con la descripción. De momento, no le había oído hacer ningún ruido extraño. No parecía que estuviera en período de entrenamiento para ninguna competición. Gastón era realmente un hombre sano, atento, amable, discreto y reservado. Por una vez, parecía que todo fuera a salir bien.Y quizá eso debería haber bastado para prevenirla del desastre que se avecinaba.
Gastón era demasiado bueno para ser verdad. Demasiado bueno. Demasiado educado. Demasiado saludable. Y Alejandra Chaves lo odió en cuanto lo vió. Por supuesto, no lo dijo. Pero Paula lo sabía. En cuanto su madre entró en casa, nerviosa tras las dos horas de vuelo, se le cayó el alma a los pies. Su madre se quitó el abrigo y se dejó caer en el sofá, al lado de Zaira y se quedó mirando fijamente a Gastón por encima de una bandeja de hojaldres de queso. Gastón no se ofreció a retirar su equipaje. Lo que supuso un primer motivo de desagrado para Alejandra. En cuanto fueron hechas las presentaciones, Paula llevó una bandeja con limonada.
—Oh, gracias —dijo Alejandra, tomando un vaso. Se bebió la mitad de un golpe y tomó un hojaldre—. Ha sido un vuelo terrible.
—¿Demasiado agitado?
—No, pero la comida era espantosa.
—¿Demasiado grasienta quizá? —preguntó Gastón.
—Demasiado poco —Alejandra se metió un hojaldre en la boca—. ¿A quién se le ocurre pensar que alguien puede llenarse con un trocito de lasaña? Y hablando de lasaña —tomó otro hojaldre—, Paula, querida, ¿Te he dicho que Mabel Braxton ha tenido un ataque al corazón? Precisamente estaba preparando su lasaña a los ocho quesos cuando lo sufrió.
—¿Ocho quesos? —preguntó Gastón escandalizado, mientras se quitaba una mota de polvo del traje—. Pero si el queso es terrible para las arterias.
Alejandra, a punto de tomar otro hojaldre, alzó la mirada hacia él.
—¿No te gusta el queso?
Gastón se sacudió otra mota invisible de polvo.
—Lo como muy de vez en cuando. Engorda demasiado.Segundo motivo.
—Come, mamá —dijo Paula, tendiéndole dos hojaldres a su madre—. Los he hecho especialmente para tí —tomó el vaso vacío de su madre y se levantó para llevarlo a la cocina.
¿Por qué diablos no le habría hecho ninguna advertencia a Gastón sobre la comida? Ese tipo competía en concursos de eructos, por el amor de Dios. Lo último que esperaba de él era que fuera tan delicado con la comida.—... ¿Que no te gustan los asados de caza? —la voz de su madre se elevó por encima del zumbido de los electrodomésticos de la cocina antes de que Zaira hubiera llegado a la puerta.
—Será mejor que me dé prisa en volver —dijo en susurro.
—No sólo la caza —estaba diciendo Gastón en el momento que Paula entró en la habitación con una bandeja de salchichas ahumadas—. No como ninguna carne roja.
Motivo de disgusto número tres. Paula entró tan precipitadamente que estuvo a punto de caerse con la bandeja. Miró directamente a su madre. Alejandra parecía a punto de explotar.
—Pero supongo que comerás perritos con chile —comentó Paula, volviéndose hacia Gastón.
—Sólo vegetarianos y con ración doble de judías cuando estoy entrenando, por supuesto.
—Por supuesto —musitó Paula.
—Él... No come carne —comentó Alejandra, reclinándose en el sofá—. Creo que no me encuentro bien.
—¿Ha comido algún tipo de carne en el avión? —preguntó Gastón, a pesar de la mirada de advertencia que le dirigió Paula—. Porque las carnes rojas son un veneno, para el sistema digestivo. A veces, cuesta eliminar las grasas animales y por eso...
—Mamá, he preparado unas salchichas —Paula acercó la bandeja a su madre.
—Son de cerdo y el cerdo es tan malo como las carnes rojas.
El timbre de la puerta sonó en ese momento, ahogando afortunadamente el último comentario de Gastón. Paula y Zaira se levantaron casi al mismo tiempo. Pero Zaira fue más rápida.
—Ya abro yo. Probablemente sea Rodrigo. Le dije que se pasara por aquí para conocer a tu madre.
Paula se sentó al lado de Alejandra y se metió dos hojaldres en la boca. Su madre parecía al borde del desmayo mientras Gastón continuaba hablándoles de la importancia de una dieta saludable.
—La carne no es en absoluto la mejor fuente de proteínas. La mayoría de la gente no lo sabe, pero unos buenos frutos secos y un zumo, proporcionan proteínas...
—¡Cariño! Ya estoy en casa —Paula, que estaba a punto ya de meterse un cuarto hojaldre en la boca, se quedó completamente paralizada.
Conocía aquella voz. Pero no, era imposible. No podía ser. Segundos después, unas enormes manos la instaban a levantarse.
—Siento llegar tarde, pero me he entretenido tomando unas cervezas con los amigos.
Paula se tragó el resto del hojaldre de golpe y se encontró de pronto frente al mismísimo Pedro Alfonso.
Dulce Amor: Capítulo 14
—Estoy loca —Paula se apoyó contra el mostrador de la cocina y miró fijamente a Zaira.
—No, no estás loca. Probablemente, es lo más inteligente que has podido hacer. Aumentar tres veces la oferta original. Vamos a ganar una fortuna.
—Pero yo no quiero ganar una fortuna. Bueno, claro que quiero, pero... Oh, ¿Pero qué estoy diciendo? —enterró el rostro entre las manos—. ¿Qué ha pasado con mis prioridades? ¿Qué ha sido de mi orgullo, por el amor de Dios? Estaba allí sentada, imaginándome a mí misma en la cima del éxito y basta que llame mi madre para que me vea negando esa oferta y pidiendo a Pedro Alfonso como parte del contrato. He hecho el ridículo.
—No me parece en absoluto ridículo incluir a un ejemplar como Alfonso en una negociación. Lo único que has hecho ha sido confirmar las teorías de Darwin: las mujeres se sienten atraídas por los hombres más viriles.
—No me siento atraída por él. He hecho esa propuesta porque encaja con la descripción —entre otras cosas, porque era a él al que había descrito—. Toda la reunión ha sido como un episodio de una serie de humor.
—Mira, estoy segura de que Alfonso todavía está interesado en tu Chocolate Cherry Cha—Cha.
—¿Y por qué ha tenido que ser él? Ese hombre es un cretino. Debo haber sufrido un ataque de locura para haber pedido que finja ser mi prometido. Y me temo que no se me ha pasado todavía. A las cinco de la tarde, seguía rezando para que estuviera de acuerdo. Oh, ya no me queda ninguna esperanza. Es imposible que acepte mi propuesta. Yo no soy exactamente su tipo... Ya sabes, una buena delantera, nada de cerebro y una cara que pueda aparecer en la portada de cualquier revista.
—Tienes una buena delantera.
—Pero mi cerebro es demasiado grande.
—Bueno, quizá necesite algún incentivo —la miró pensativa.
—¿A qué te refieres?
—A nada. En cualquier caso, ya he puesto en funcionamiento el plan B, por si falla todo lo demás.
—El primo de Rodrigo.
En ese momento sonó el timbre de la puerta y Paula tomó aire. Abriría la puerta, adularía al primo de Rodrigo durante unas horas y le prometería algún regalo extra si conseguía que su madre no se enterara de que era campeón de eructos.
—Esa mujer no se pasa la vida mordiendo a los demás —le decía Diego a Pedro al día siguiente—. Y el restaurante número diez necesita una nueva cocina. Y hay que hacer obras en el de las Galerías de Dallas y... —Diego se pasó la mano por el pelo y le mostró a Pedro unas hebras de pelo naranja—. Me estoy quedando calvo.
—Pero si son cuatro pelos.
—Cuatro pelos hoy, cuatro mañana y terminaré como Telly Savalas.
—Tranquilízate, Diego—Pedro se repantingó en la silla—. Dale a Paula Chaves algún tiempo. Esa mujer no es tonta. He hecho algunas averiguaciones. Dirige perfectamente su negocio. Desde el año pasado, ha duplicado el volumen de su negocio. Y no sólo suministra dulces a los restaurantes de la zona, sino que ha elaborado un catálogo que está a disposición de todos los restaurantes de los Estados Unidos.
—Entonces no necesita nuestros restaurantes.
—¿Que va a prescindir de cuarenta y dos restaurantes? Bromeas. Terminará aceptando la oferta. Así que relájate —vió que Diego terminaba su tercera taza de café; demasiada cafeína para un hombre nervioso—. Diego, no te había visto tan nervioso desde que nos hicieron la auditoría.
—A las tres de la tarde de hoy, le había hecho ya cuatro ofertas. Y las ha rechazado todas. Y —añadió, al ver que Pedro abría la boca para protestar—, esta mañana, su asesora financiera, Zaira Nara, me ha dicho que si tú no estás dispuesto a participar en esa pequeña farsa, firmará la exclusiva con Bob's Barbecue.
—¿Qué? —Pedro saltó de la silla. Una cosa era jugar fuerte para conseguir un buen contrato, y otra muy diferente chantajearlo y convertir a su mejor amigo en un obseso de la calvicie—. Esa mujer está completamente loca. Bob sólo tiene veinte restaurantes, la mitad que nosotros. Jamás podrá igualar nuestra oferta.
—Ya se lo he dicho, pero esa mujer no quiere dinero. Te quiere a tí. Sólo te está pidiendo dos semanas de tu tiempo. Vamos, Pedro, puedes hacerlo. Le diré a la prensa que estás de vacaciones, así no tendrás que preocuparte por las apariencias.
Pedro se imaginó a sí mismo frente a Paula Chaves. Ella mirándolo a los ojos y él mirándola a los ojos. Ella sonreía y él sonreía. Paula se inclinaba hacia delante y él le rodeaba la cintura con los brazos y...
—Unas vacaciones, ¿Eh?
—Les diré que te has ido lejos. Al desierto del Sahara, a esquiar a Suiza, a caminar por la jungla... Cualquier cosa que refuerce tu imagen. La prensa se lo tragará y nosotros conseguiremos el contrato. Yo tendré una cosa menos de la que preocuparme, Paula te tendrá a tí como supuesto prometido y todo el mundo feliz.
Excepto Pedro. Él era el cordero sacrificial. Era su imagen la que sufriría si aceptaba aquel acuerdo y la prensa terminaba descubriéndolo. Pero si no lo hacía, perdería frente a Bob's Barbacue, y si había algo que Pedro Alfonso no soportaba era perder. Además Diego, su mejor amigo, podría perder otro manojo de pelo, quizá dos. Y sería el responsable directo de aquella pérdida.
—Dile a nuestro abogado que redacte el contrato. Si Paula quiere a Alfonso El Salvaje, lo tendrá.
—No, no estás loca. Probablemente, es lo más inteligente que has podido hacer. Aumentar tres veces la oferta original. Vamos a ganar una fortuna.
—Pero yo no quiero ganar una fortuna. Bueno, claro que quiero, pero... Oh, ¿Pero qué estoy diciendo? —enterró el rostro entre las manos—. ¿Qué ha pasado con mis prioridades? ¿Qué ha sido de mi orgullo, por el amor de Dios? Estaba allí sentada, imaginándome a mí misma en la cima del éxito y basta que llame mi madre para que me vea negando esa oferta y pidiendo a Pedro Alfonso como parte del contrato. He hecho el ridículo.
—No me parece en absoluto ridículo incluir a un ejemplar como Alfonso en una negociación. Lo único que has hecho ha sido confirmar las teorías de Darwin: las mujeres se sienten atraídas por los hombres más viriles.
—No me siento atraída por él. He hecho esa propuesta porque encaja con la descripción —entre otras cosas, porque era a él al que había descrito—. Toda la reunión ha sido como un episodio de una serie de humor.
—Mira, estoy segura de que Alfonso todavía está interesado en tu Chocolate Cherry Cha—Cha.
—¿Y por qué ha tenido que ser él? Ese hombre es un cretino. Debo haber sufrido un ataque de locura para haber pedido que finja ser mi prometido. Y me temo que no se me ha pasado todavía. A las cinco de la tarde, seguía rezando para que estuviera de acuerdo. Oh, ya no me queda ninguna esperanza. Es imposible que acepte mi propuesta. Yo no soy exactamente su tipo... Ya sabes, una buena delantera, nada de cerebro y una cara que pueda aparecer en la portada de cualquier revista.
—Tienes una buena delantera.
—Pero mi cerebro es demasiado grande.
—Bueno, quizá necesite algún incentivo —la miró pensativa.
—¿A qué te refieres?
—A nada. En cualquier caso, ya he puesto en funcionamiento el plan B, por si falla todo lo demás.
—El primo de Rodrigo.
En ese momento sonó el timbre de la puerta y Paula tomó aire. Abriría la puerta, adularía al primo de Rodrigo durante unas horas y le prometería algún regalo extra si conseguía que su madre no se enterara de que era campeón de eructos.
—Esa mujer no se pasa la vida mordiendo a los demás —le decía Diego a Pedro al día siguiente—. Y el restaurante número diez necesita una nueva cocina. Y hay que hacer obras en el de las Galerías de Dallas y... —Diego se pasó la mano por el pelo y le mostró a Pedro unas hebras de pelo naranja—. Me estoy quedando calvo.
—Pero si son cuatro pelos.
—Cuatro pelos hoy, cuatro mañana y terminaré como Telly Savalas.
—Tranquilízate, Diego—Pedro se repantingó en la silla—. Dale a Paula Chaves algún tiempo. Esa mujer no es tonta. He hecho algunas averiguaciones. Dirige perfectamente su negocio. Desde el año pasado, ha duplicado el volumen de su negocio. Y no sólo suministra dulces a los restaurantes de la zona, sino que ha elaborado un catálogo que está a disposición de todos los restaurantes de los Estados Unidos.
—Entonces no necesita nuestros restaurantes.
—¿Que va a prescindir de cuarenta y dos restaurantes? Bromeas. Terminará aceptando la oferta. Así que relájate —vió que Diego terminaba su tercera taza de café; demasiada cafeína para un hombre nervioso—. Diego, no te había visto tan nervioso desde que nos hicieron la auditoría.
—A las tres de la tarde de hoy, le había hecho ya cuatro ofertas. Y las ha rechazado todas. Y —añadió, al ver que Pedro abría la boca para protestar—, esta mañana, su asesora financiera, Zaira Nara, me ha dicho que si tú no estás dispuesto a participar en esa pequeña farsa, firmará la exclusiva con Bob's Barbecue.
—¿Qué? —Pedro saltó de la silla. Una cosa era jugar fuerte para conseguir un buen contrato, y otra muy diferente chantajearlo y convertir a su mejor amigo en un obseso de la calvicie—. Esa mujer está completamente loca. Bob sólo tiene veinte restaurantes, la mitad que nosotros. Jamás podrá igualar nuestra oferta.
—Ya se lo he dicho, pero esa mujer no quiere dinero. Te quiere a tí. Sólo te está pidiendo dos semanas de tu tiempo. Vamos, Pedro, puedes hacerlo. Le diré a la prensa que estás de vacaciones, así no tendrás que preocuparte por las apariencias.
Pedro se imaginó a sí mismo frente a Paula Chaves. Ella mirándolo a los ojos y él mirándola a los ojos. Ella sonreía y él sonreía. Paula se inclinaba hacia delante y él le rodeaba la cintura con los brazos y...
—Unas vacaciones, ¿Eh?
—Les diré que te has ido lejos. Al desierto del Sahara, a esquiar a Suiza, a caminar por la jungla... Cualquier cosa que refuerce tu imagen. La prensa se lo tragará y nosotros conseguiremos el contrato. Yo tendré una cosa menos de la que preocuparme, Paula te tendrá a tí como supuesto prometido y todo el mundo feliz.
Excepto Pedro. Él era el cordero sacrificial. Era su imagen la que sufriría si aceptaba aquel acuerdo y la prensa terminaba descubriéndolo. Pero si no lo hacía, perdería frente a Bob's Barbacue, y si había algo que Pedro Alfonso no soportaba era perder. Además Diego, su mejor amigo, podría perder otro manojo de pelo, quizá dos. Y sería el responsable directo de aquella pérdida.
—Dile a nuestro abogado que redacte el contrato. Si Paula quiere a Alfonso El Salvaje, lo tendrá.
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