lunes, 30 de julio de 2018

Dulce Amor: Capítulo 20

—¿Qué  estás  haciendo  aquí?  —Diego alzó  la  cabeza  del  libro  de  contabilidad  en  cuanto Pedro cruzó la puerta de las oficinas de Wild Man Ribs aquella noche.

—Me ha echado.

—¿Quién te ha echado?

—Paula Chaves.  Y  me  ha  echado  inmediatamente  después  de  besarme.  Me  he  presentado  en  su  casa  para  cenar  —dejó  la  bandeja  de  comida  que  Paula le  había  preparado encima de su mesa—, y ofrecerle una buena dosis de Alfonso El Salvaje.

—Probablemente  sea  ésa  la  razón  por  la  que  te  ha  echado.  ¿Y  por  qué  te  ha  besado?  Ya  sé  que  se  suponía  que  tenías  que  hacerte  pasar  por  su  prometido,  pero  ella no dijo nada de besarte, y dudo que se haya dejado arrastrar por tus encantos.

—Diego,  Diego,  Diego.  Es  evidente  que  esa  mujer  está  loca  por  mí.  No  es  capaz  de  quitarme las manos de encima. Deberías haber visto su mirada —una mirada que él tardaría mucho tiempo en olvidar—. Me desea terriblemente.

—Por eso te ha echado de su casa. Sí, tiene sentido.

—Es  una  estrategia  muy  conocida.  Cree  que  si  se  hace  la  dura  conmigo  despertará el interés de Alfonso El Salvaje.

—¿Y lo está consiguiendo?

—Diablos, no —mintió.

—¿Y el interés de Pedro Alfonso?

—Mira,  yo  no  cedo  a  los  chantajes  de  ninguna  de  mis  admiradoras.  Paula Chaves jamás será una buena esposa.

—¿Una buena esposa? ¿Y desde cuándo te gusta salir con mujeres que puedan convertirse en buenas esposas?

—Desde que he empezado a pensar que ya es hora de que siente cabeza —¿Era él realmente el que estaba hablando? Le parecía imposible.

—Parece que tu próximo cumpleaños te está afectando.

—Claro  que  no  —intentó  mover  el  hombro  e  hizo  una  mueca  de  dolor—.  Lo  que  pasa  es  que  me  gustaría  tener  una  familia  y  creo  que  éste  es  un  buen  momento  para  empezar  a  pensar  en  ella.  Mira,  no  tengo  ninguna  prisa.  Simplemente  he pensado   que   debo   mantener   los   ojos  bien   abiertos  por   si   se   presenta   alguna   candidata.

—¿Y dices que eso no tiene nada que ver con el hecho de que estás a punto de cumplir  treinta  y  cinco  años?  —Diego se  quedó  mirando  a  Pedro con  aquella  mirada  pensativa que hacía que éste deseara contarle cada uno de sus pecados.

—Paula Chaves no me gusta —le dijo a su amigo.

—Claro que no.

—Quiero  una  mujer  que  pueda  ver  más  allá  de  Alfonso El  Salvaje.  Una  mujer  con la que pueda hablar, con la que reírme...

—¿Una mujer a la que le guste un hombre amable como Pedro Alfonso?

—Sí, Paula Chaves no es una de las candidatas —aunque se lo hubiera parecido cuando se habían encontrado en el armario.

Aquello era lo que lo estaba volviendo loco: se había equivocado. Y él nunca se equivocaba. Pero tampoco había estado nunca tan cerca de un cambio importante en su vida. Iba a cumplir treinta y cinco años. Casi la mitad de una vida.

—Si  estás  hablando  en  serio  de  buscar  una  esposa,  le  diré  a  Leticia que  mire  si  hay  alguna  candidata  en  la  biblioteca.  Estoy  segura  de  que  tiene  que  estar  llena  de  mujeres que odian a Alfonso El Salvaje.

—Muchas gracias.

—Lo digo en el buen sentido. Y hablando de El Salvaje Alfonso, ¿Has conseguido que Paula Chaves  firmara el contrato antes de que te echara?

—Misión cumplida. Bob se ha quedado sin tartas —Pedro sacó el documento de su bolsillo.

—Gracias  a  Dios  —Diego se  pasó  la  mano  por  el  pelo  y  observó  atentamente  sus  dedos,  buscando  alguna  hebra  traidora  antes  de  suspirar  aliviado—.  Quizá  sólo  sea  una cuestión temporal. Por lo menos eso es lo que ha dicho la vidente.

—¿La vidente?

—Una  amiga  de  Leticia.  He  tenido  la  consulta  esta  tarde,  poco  después  de  que  te  fueras.  Madame  Soleil  me  ha  dicho  que  si  consigo  desprenderme  de  mi  energía  negativa, mi fuerza positiva me ayudará a conservar el pelo.

—¿Has  ido  a  hablar  con  una  vidente?  ¿No  te  parece  que  estás  exagerando  un  poco sólo porque se te han caído cuatro pelos?

—No  dirías  eso  si  fuera  tu  pelo,  y  son  más  de  cuatro.  En  cualquier  caso,  Madame Soleil atiende a mucha gente influyente, incluso a algunas celebridades —se pasó  nuevamente  la  mano  por  el  pelo—.  Mira,  tenía  razón.  Ahora  que  hemos  conseguido el contrato ya no se me cae el pelo.

—¡Claro que no se te está cayendo el pelo!

Diego sonrió.

—Gracias a Dios, Pedro. Me gusta tu actitud positiva. Alimenta mi energía.

—Y ya que hablamos de alimentar, ¿No preferirías estar en tu casa cenando con Leticia, en vez de continuar estresándote aquí?

Diego miró el reloj.

—Caramba, estaba tan concentrado en las cuentas que he perdido la noción del tiempo —tomó su maletín—. Me voy, Pedro. Mañana vendré un poco tarde. Leticia y yo pensamos acostarnos bastante tarde.

—¿Van a trabajar en el proyecto del futuro bebé?

Dulce Amor: Capítulo 19

—Besos furtivos —suspiró Alejandra—. Qué bonito...

Paula no   estaba   segura   de   cuándo   se   produjo   el   cambio.   Cuándo   la   desesperada presión de sus labios contra los de Pedro se transformó en una seductora caricia. Cuando las manos con las que se aferraba a su cuello, se alzaron lentamente para  rodearle  el cuello.  Lo  único  que  sabía  era  que  estaba  besando  a  Pedro Alfonso y  que él la estaba besando a ella. La  lengua  de  Pedro se  enredaba  con  la  suya,  explorando  y  saboreando.  Sus  labios parecían querer devorarse. Paula sintió un ligero cosquilleo en las yemas de los dedos que se extendió rápidamente por todo su cuerpo.Desde muy lejos, oyó la voz de su madre tarareando El Barco del Amor. ¿Amor? ¡No!

Paula se separó de Pedro justo en el momento en el que se abría la puerta de la cocina y su madre desaparecía en la otra habitación. La  joven  abrió  la  boca  para  tomar  aire  mientras  su  mirada  chocaba  con  la  de  él;  los  azules  y  penetrantes  ojos  de  Pedro centelleaban  de  pasión,  deseo  y...  ¡Oh, no! ¡Era él!Aquello  era  imposible.  Tenía  que  tranquilizarse.  No  era  él.  Aquella  era  una  jugarreta que le estaban jugando sus hormonas.

—¡Paula,  cariño!  —gritó  su  madre—.  Deja  algo  para  la  luna  de  miel  y  ven  a  reunir te aquí conmigo.

—Claro, mamá, ya voy —se volvió hacia Pedro—. Tienes que marcharte.

—¿Marcharme? ¿Pero qué me dices de la cena?

—Yo... Te prepararé un perrito caliente —se volvió hacia una de las fuentes que había dejado preparadas en el mostrador.

—Pero no me refiero a eso. ¿Qué demonios pasa ahora?

Paula se volvió.

—Toma —le tendió una fuente rebosante de comida—. Llévatelo. Y ahora vete, por favor.

—¿Pero tu madre no esperará que cene con ustedes?

—Probablemente —como Pedro no hacía ningún ademán de moverse, se colocó tras él, le plantó las manos en la espalda y lo empujó hacia la puerta trasera.

—¿Y cómo vas a explicarle que me haya marchado tan repentinamente?

—Ya  se  me  ocurrirá  algo.  Le  diré  que  has  tenido  una  emergencia  —abrió  la  puerta y lo empujó.

—¿Pero qué diablos te pasa, Paula?

—Necesito  pensar,  ¿De  acuerdo?  Y  no  puedo  hacerlo  si  estás  cerca  de  mí.  O  si  está mi madre. Y cuando están los dos juntos, ni siquiera soy capaz de intentarlo. Así que tienes que irte.

—Por favor, Paula, deja de hacerte la difícil.

—No  estoy  haciéndome  la  difícil,  Pedro.  Lo  soy.  Así  que  no  esperes  conseguir  nunca nada de rol.

—Yo  no  pretendía  conseguir  nada  de  tí.  Eres  tú  la  que  pareces  andar  loca  por  mí.

—En  tus  sueños  —«o  en  los  míos»,  pensó  inmediatamente,  pero  se  obligó  a  descartar aquella idea—. No me gustas, Pedro.

—Muy  bien  —se  volvió  hacia  ella—.  Debo  de  suponer  entonces  que tienes  la  costumbre de besar a hombres que no te gustan.

—Lo he hecho únicamente para que nos viera mi madre —«mentirosa», se dijo a sí misma—. Bueno, me parece que ya tienes que irte. Es muy tarde.

—¡Pero si sólo son la siete y media!

—Exactamente. La noche es joven y a mí todavía me queda mucho trabajo que hacer.

—¿Esta noche?

—Toda la noche. Estoy intentando conseguir un contrato con Walter's Wings y Walter es un tipo duro.

—Paula—La voz de su madre resonó en toda la casa.

—¡Voy,  mamá!  —gritó  ella—.  Te  llamaré  más  tarde —le  dijo  a  Pedro. 

Mucho  más  tarde.  Y  cerró  de  un  portazo,  sacándolo,  al  menos  durante  unas  horas,  de  su  vista y de su mente.Desgraciadamente, su aroma continuaba impregnando el aire, impregnándola a ella. Y la seguía mientras iba a buscar más hojaldres al refrigerador.Él, suspiró. Y al instante se regañó. Estaba sufriendo una crisis. Tantos años prescindiendo del sexo y dedicándose por entero al trabajo, comenzaban a hacer su efecto. O al menos eso fue lo que se dijo a  sí  misma  mientras  regresaba  al  salón  para  enfrentarse  con  su  madre  e  inventar  alguna excusa que justificara la ausencia de Pedro.

—Ha tenido una emergencia.

—¿Qué  clase  de  emergencia  puede  obligar  a  un  hombre  a  separarse  de  su  prometida, por el amor de Dios?

—En uno de los restaurantes se les ha agotado la salsa barbacoa.

—¡Oh,  Dios  mío,  ésa  sí  que  es  una  verdadera  emergencia!  Qué  hombre  tan  dedicado.

—Me alegro de que pienses así, mamá, porque Pedro es un hombre que trabaja mucho.

—Así podrá mantener decentemente su hogar.

—Y no nos vemos tan a menudo como quisiéramos.

—La ausencia hace que crezca el amor.

Y  acelera  las  hormonas,  pensaba  Paula más  tarde,  después  de  haber  pasado  horas dando vueltas en la cama, presa de una extraña añoranza. Pero  la  añoranza  no  era  un  sentimiento  nada  productivo  y  ya  llevaba  cierto retraso en el plan de trabajo de la semana. Se  levantó  de  la  cama,  se  puso  la  bata  y  bajó  a  su  despacho.  Encendió  el  ordenador e intentó concentrarse. Era  extraña  la  capacidad  que  tenían  los  números  para  juntarse  a  su  capricho  y  adoptar  formas  extraordinariamente  parecidas  a  un  rostro  peligrosamente  atractivo  y... «¡Trabaja!»,  se  dijo  a  sí  misma.  Porque no  le  gustaban  los  hombres tan rudos. Por muy atractivos, cariñosos y fuertes que pudieran ser. Vería a Pedro al  cabo  de  un  par  de  días,  cuando  no  pudiera  seguir  dándole  excusas  a  su  madre y por fin hubiera puesto su trabajo al día. Se tomaría entonces la farsa sobre su futuro  matrimonio  con  la  misma  calma  y  profesionalidad  con  la  que  dirigía  su  negocio. Al fin y al cabo, el acuerdo con él era un asunto estrictamente comercial.Una  verdadera  lástima,  le  susurró  una  traidora  voz  en  su  interior,  mientras  el  recuerdo del roce de sus labios le provocaba un particular revoloteo en el estómago. Definitivamente, una verdadera lástima.

Dulce Amor: Capítulo 18

—Sólo  desde  una  perspectiva  profesional  —se  tensó—.  Además,  todo  esto  es  culpa tuya.

—¿Y se puede saber por qué?

—Si  no  hubieras  estado  disfrazado  de  Batman,  nada  de  esto  habría  ocurrido.  Eras  tan  amable,  y  me  gustaste  tanto...  Yo  estaba  intentando  concentrarme  en  mi  trabajo y mi madre no hacía nada más que llamarme para saber si había encontrado ya  al  hombre  de  mis  sueños  y  bueno,  te  tenía  a  tí,  mejor  dicho,  a  él  en  la  cabeza,  y  entonces se lo dije.

—¿Le dijiste a tu madre que estabas comprometida con Batman?

—Pero no lo habría hecho si no me hubieran besado hasta dejarme sin sentido.

—Paula, cariño, ¿Quedan más salchichas?

—Espera un minuto, mamá —gritó—. ¿Por dónde iba?

—Estabas diciendo que te dejé sin sentido.

—Ah,  sí.  Bueno,  normalmente  soy  una  persona  muy  sensata,  pero  después  de  aquel beso, empecé a pensar todo tipo de cosas acerca de nosotros y...

—¿Y más hojaldres?

—¡Ahora voy, mamá!

—¿Qué tipo de cosas?

—Bueno, me imaginaba que si yo estuviera buscando al hombre de mis sueños, quizá lo fueras tú, pero yo no lo estaba buscando, y... Oh, no importa. El caso es que no podía pensar con claridad y todo por culpa tuya —suspiró exasperada—. Y de mi madre.

—¡Estoy esperando, querida! —gritó Alejandra.

—Un  segundo,  mamá  —sacudió  la  cabeza—.  Me  vuelve  loca.  ¡Estoy  tan  desesperada que he tenido que recurrir al chantaje y echar a perder el mejor contrato de mi vida!

Pedro sonrió.

—En  cuanto  lo  firmes,  éste  será  un  contrato  oficial  —se  sacó  unos  papeles  del  bolsillo—. Mi abogado ha preparado estos papeles. Firma abajo y el contrato quedará sellado.  Nosotros  nos  quedamos  con  la  exclusiva  de  tu  tarta  y  tú  dispondrás  de  Alfonso El Salvaje durante dos semanas. No a tiempo completo, claro. Tengo algunos asuntos que atender.

—¿Como beber cerveza en un sujetador?

—Lo del sujetador lo hice con fines benéficos. Conseguí dos mil dólares para el Hogar Infantil de Dallas.

—Felicidades —replicó Paula con ironía.

Pero sentía una extraña suavidad en su  interior.  Quizá  fuera  por  el  tono  que  había  empleado  para  hablar  del  hogar infantil. Quizá por que su mirada había sido idéntica a la de la fotografía que tanto le había gustado en su oficina. Una mirada pensativa... ¿Pensativa? ¡Ja!  En  lo  único  que  Pedro debía  estar  pensando  era  en  el  color  del  sujetador que se había puesto en la cabeza.

—Sólo  te  necesitaré  de  vez  en  cuando.  Comidas,  cenas...  Mi  madre  piensa  marcharse  a  Miami  dentro  de  diez  días,  seis  horas  y  veintiocho  minutos  —tomó  el  bolígrafo  que  Pedro le  ofrecía  con  mano  temblorosa—.  Todavía  me  cuesta  creer  que  esté haciendo esto.

—Todavía estás a tiempo de decirle a tu madre la verdad.

Paula firmó el contrato y se lo tendió.

—No puedo desilusionarla hasta ese punto.

—¿Y no crees que se desilusionará más cuando se entere de que no va a haber boda?

—De eso tú no tienes que preocuparte. Y otra cosa, compórtate normalmente. Y nada de pellizcos.

—Cariño, tu madre tiene que pensar que nos gustamos. Y yo soy muy cariñoso —para enfatizar sus palabras, le acarició lentamente el brazo.

—¡Pues yo no soporto que me toquen! Así que puedes guardarte tus manos, tus labios y cualquier otra parte de tu cuerpo.

—Sabes, estoy empezando a pensar que no estás loca por mí.

—No  lo  estoy  —se  separó  unos  centímetros  de  él.  Así  estaba  mejor.  Si  no  lo  tocaba, podría mantener sus hormonas bajo control. Continuó dando instrucciones—. Si quieres algo de mí, basta que carraspees o algo parecido para llamar la atención.

—Como tú digas.

—E intenta ser civilizado.

—¿Cariño? —preguntó  Alejandra desde  el  salón—.  ¿Va  todo  bien?  ¿No  habrá  problemas en el paraíso, verdad?

—El  paraíso  va  estupendamente,  mamá  —respondió  Paula—.  Ahora  mismo  vamos —volvió a prestar atención a Pedro—. Y no me llames con nombres estúpidos.

—Pareces tensa, querida —continuó diciendo Alejandra.

—Sí, pareces tensa —añadió Pedro, y Paula frunció el ceño.

—Pues no lo estoy.

—¿No estarás discutiendo con tu novio, verdad?

—¡Sí! —gritó Pedro al mismo tiempo que Paula gritaba ¡No!

—¡Calla! —le ordenó a Pedro antes de gritar—: ¡No pasa nada, mamá!

Pero  ya  era  demasiado  tarde.  Paula oyó  los  pasos  de  su  madre.  A  los  pocos  segundos, se abría la puerta de la cocina. Y sin darse tiempo a pensar en lo que iba a hacer y mucho menos a arrepentirse, se arrojó a los brazos de Pedro y le plantó un beso en los labios.

Dulce Amor: Capítulo 17

—Así que se sabe el nombre de todos los jugadores, señora Chaves.

—Eso  no  es  nada  y,  por  favor,  llámame  Alejandra.  Paula también  se  los  sabe.  Y  los de los jugadores de la NBA.

—Mamá, por favor —le advirtió Paula.

—No,  ahora  no  te  hagas  la  modesta.  Ya  sabes,  Pedro,  que  su  inteligencia  no  se  limita a los deportes. También es una gran cocinera y...

—Mamá...

—Y  no  sólo  estoy  hablando  de  postres.  ¿Has  visto  alguna  vez  una  cara  tan  bonita?

—Mamá, por favor.

—Y  qué  tipo.  Esas  formas  tan  suaves  y  redondeadas,  perfectas  para  concebir  hijos.

—¡Mamá!

—Eso  es  exactamente  lo  que  pienso  —Pedro la  recorrió  de  arriba  abajo  con  la  mirada—. Pero teniendo una madre como usted, no se podía esperar nada menos.

—Caramba, qué hombre tan encantador.

—Sí, rezuma encanto por todos los poros de su piel —replicó Paula forzando una sonrisa.

Pedro la miró con expresión acusadora.

—Nunca me has dicho que sabías tanto de fútbol.

—Paula es muy tímida, ha salido a su padre.

—Quizá en el carácter, porque físicamente es tan atractiva como usted.

Alejandra se  sonrojó  mientras  Pedro agarraba  un  montón  de  hojaldres  y  se  los  metía de golpe en la boca.

—Están buenísimos —dijo entre dientes.

—Los  ha  hecho  Paula.  Ya  te  he  dicho  que  es  una  gran  cocinera.  Estoy  deseando ver qué nos ha preparado para cenar.

—Y  yo también  —Pedro se  separó  de  Paula para  sentarse  al  lado  de  su  madre—. Están buenísimos —tomó otro puñado de hojaldres—. Pero yo prefiero un buen guiso de carne y patatas.

—¿De verdad? —Alejandra prácticamente resplandecía mientras Paula hervía de rabia por dentro. Menudo cretino. ¿Cómo podría haberlo confundido con Batman?

—¿Podría hablar un momento contigo? —le siseó a Pedro.

—¿No puedes esperar un poco conejita? Estoy hambriento...

—Ahora —lo  agarró  de  la  oreja  para  obligarlo  a  levantarse  del  sofá—.  Ahora  mismo volvemos, mamá.

—Tomense  todo  el  tiempo  que  les  haga  falta.  Yo  también  he  sido  joven  —los despidió Alejandra.


—¿Lucas? —gruñía  Pedro un  minuto  después  en  la  cocina—.  ¿No  podías  haber  escogido un nombre, más viril?

—Lo  siento,  pero  no  estoy  acostumbrada  a  mentir  a  mi  madre.  Es  la  primera  vez  que  lo  hago.  Me  siento  muy  incómoda  y  estoy  intentando  salir  del  paso  de  la  mejor forma. Y, para tu información, Lucas no es un nombre poco viril. Lucas Bysshe Shelley es uno de mis poetas favoritos. Además, no me gustan los nombres viriles.

—Evidentemente.

—Si  no,  habría  escogido  un  nombre  de  esos  típicos,  como  Darío,  Kevin,  Bruno  o  Pedro.

—Caramba, no parece que te alegres mucho de que haya venido.

—Porque no me alegro.

—Vamos  cariño,  se  acabó  la  fiesta.  Evidentemente,  has  estado  dispuesta  a  renunciar a mucho dinero para conseguirme. Y yo me he visto obligado a venir.

—Siento todo esto... Pero tenía que hacer algo.

—¿Algo como chantajearme?

—¿Chantaje?  Bueno,  he  cambiado  las  condiciones  de  venta,  pero  eso  no  es  chantaje.

—Me refiero a Bob Barbecue,

—¿Bob? ¿Ese tipo que sale disfrazado de cerdo en todos sus anuncios?

—El   mismo,   y   mi   mayor   competidor   en   el   mercado.   Dime   que   no   has   amenazado con venderle la exclusiva a Bob si yo no aceptaba ser tu prometido.

—Fingir que lo eras, y no he amenazado con nada.

—Mira,  es  la  primera  vez  que  utilizan  esta  táctica  conmigo.  Normalmente  las  mujeres  consiguen  meterse  en  mi  casa,  se  esconden  en  la  cama,  me  esperan  en  la  ducha  o  en  el  asiento  trasero  del  coche.  Pero  es  la  primera  vez  que  recurren  al  chantaje. El pobre Diego ha tenido que soportar las amenazas de tu directora comercial.

—Yo no tengo ninguna directora comercial.

—Pues  Diego ha  dicho  que  ha  hablado  con  ella.  Se  llama  Zoe Navia,  o  algo  parecido.

—Nara. Zaira Nara, y es la que te ha abierto la puerta. Es mi contable y no... —se interrumpió al recordar a Zaira prometiéndole que todo saldría bien. De pronto,  las  piezas  empezaron  a  encajar—.  En  ningún  momento  le  pedí  que  te  amenazara, sólo que endureciera las condiciones.

—Y ha recurrido al chantaje.

—Quizá.

—Entonces tú me deseas.

Dulce Amor: Capítulo 16

Dos  ojos  intensamente  azules  parpadearon  a  sólo  unos  centímetros de ella. Sintió que le faltaba el aire para respirar. Y entonces Pedro la besó. Paula recibió  el  beso  más  sonoro  que  había  oído  en  su  vida.  El  ruido  de  los  labios retumbaba en su cerebro, sofocando los frenéticos latidos de su corazón. Y, de pronto,  todo  terminó...  Aunque  no  suficientemente  pronto.  Sentía  un  agradable  cosquilleo  en  los  labios.  Y,  lo  peor  de  todo,  aquel cosquilleo  se  extendía  a  zonas  mucho más íntimas de su cuerpo.

—¿Paula? —la voz de su madre le hizo girar la cabeza—. ¿Se puede saber qué significa esto?

—Sí —intervino Gastón, mirando fijamente a Pedro—. ¿Se puede saber qué estás haciendo con mi prometida?

—¿Tu  prometida?  —Pedro tomó  a  Paula por  la  cintura—.  Qué  tipo  tan  bromista.  Pero  si  ésta  es  mi  mujercita.  Gracias,  tío  —dijo  mirando  a  Gastón—,  por  haberla vigilado en mi ausencia. Y siento haber llegado tarde.

—¿Éste  es  Lucas?  —preguntó  Alejandra,  señalando  acusadoramente  a  Pedro con  una salchicha—. Pero si yo pensaba que Lucas era el otro...

—Es  un  nombre  muy  extendido...  —Paula se  atragantó  en  medio  de  la  explicación  cuando  Pedro dejó  caer  la  mano  a  la  altura  de  uno  de  sus  senos  y  le  pellizcó suavemente el pezón.

—Nuestras madres fueron juntas al instituto —dijo Pedro—. Y les encantaba ese nombre.  Así  que  los  dos  nos  llamamos  Lucas.  Pero  yo  soy  el  más  afortunado  —puntualizó la frase dándole a Paula un pellizco en el trasero.

—Sí,  sí...  eso  es  —asintió  Paula con  vigor—.  Por  Dios  mamá,  ¿De  verdad  creías que ése era Lucas? —rió nerviosa—. No, él es sólo un amigo.

—Eso  es  —añadió  Pedro—.  Yo  soy  Lucas,  el  que  se  va  a  casar  con  esta  preciosidad.  Lucas Pedro Alfonso—le  plantó  a  Paula otro  beso  en  la  boca  antes  de  volverse  hacia  Alejandra—.  Llevo  mucho  tiempo  esperando  este  momento,  mami.  Estaba  deseando  agradecerte  personalmente  el  que  hayas  traído  al  mundo  a  este  pastelito que tengo a mi lado.

Alejandra rió. Pedro sonrió y el pastelito en cuestión tuvo que hacer el esfuerzo de su  vida  para  resistir  la  tentación  de  asestarle  una  bien  merecida  patada  en  la  fuente  de todos los supuestos encantos de Alfonso El Salvaje. Lo habría hecho si su madre no hubiera estado sonriendo de oreja a oreja. Tenía que  cuidar  su  salud.  No  podía  arriesgarse  a  que  supiera  que  en  realidad  no  había  ningún prometido.Así  que  dominó  la  tentación  de  darle  una  patada  y  se  concentró  en  evitar  concentrarse en la cálida masa de músculos que tenía a su lado.

—Pero si eres Alfonso  El Salvaje, el jugador de fútbol —exclamó su madre.

—¿Le  gustan  los  deportes?  —Pedro le  brindó  la  más  deslumbrante  de  sus  sonrisas.

—Tengo  tres  hijos,  podría  recitarle  los  nombres  de  todos  los  jugadores  de  la  liga, señor... Lucas.—¿Por qué no me llamas Pedro? Lucas es demasiado formal —tomó la mano de Alejandra y la besó.

—Quiero que sepas que es un placer conocerte —dijo Alejandra con entusiasmo—. Pero yo pensaba que Paula me había dicho que eras contable.

—Entre otras cosas.

—Así que sabes hacer muchas cosas. Qué mañoso —miró a Gastón con rabia—. Ya sabía yo que mi hija no podía andar detrás de un hombre como éste. Ni siquiera le gusta la carne.

—El  muy  excéntrico  —dijo  Pedro. 

Alejandra sonrió  y  volvió  a  mirar  a  Gastón con  rabia.  Pobre,  pensó  Paula.  Pero  un  hombre  que  se  dedicaba  a  participar  en  concursos de eructos, no debía darse fácilmente por ofendido.

—Creo que me voy a marchar —dijo Gastón, agarrando su chaqueta.

—Podrías quedarte  a  cenar  con  nosotros   —lo  invitó Paula. 

Se  sentía   terriblemente  culpable.  Y  también  aliviada.  Y  sentía  un  extraño  cosquilleo  en  la  espalda...  Era  enfado,  se  dijo  a  sí  misma.  Estaba  enfadada  porque  Zach  Tanner  la  había pellizcado dos veces. Claro que sí, estaba enfadada.

—No quiero molestar.

Paula se inclinó hacia delante.

—No es ninguna molestia.

—Claro que no —intervino Alejandra, recuperando la hospitalidad sureña—. Pero si realmente tienes prisa, no te preocupes por nosotros. Haz lo que tengas que hacer. Ha sido un placer haberte conocido.

—Sí —dijo Gastón, con una mirada glacial.

—Gracias  otra  vez  —añadió  Pedro,  abandonando  el  trasero  de  Paula para  pasarle el brazo por los hombros.

La  mirada  de  Paula voló  hasta  Zaira y  vió  que  su  amiga  esbozaba  una  sonrisa triunfal.

—Creo  que  yo  también  me  iré,  señora  Chaves—dijo  Zaira,  en  cuanto  Gastón  se  dirigió hacia la puerta—. Me alegro de haber vuelto a verla.

—Zaira, sigues siendo adorable —Alejandra inclinó la cabeza para que pudiera darle un beso en la mejilla—. Me encantaría que vinieras a verme. ¿No te ha hablado Paula de  su  hermano  Gonzalo?  Porque  tiene  tu  edad,  es  soltero  y  muy  atractivo.

—Iré en cuanto tenga unos días libres. Adiós.

Y antes de que Paula pudiera decir nada, tarea bastante complicada estando al lado de aquel tipo, Zaira se había ido.

viernes, 27 de julio de 2018

Dulce Amor: Capítulo 15

—Estás muy guapa esta noche.

Paula se volvió para mirar al hombre que estaba a su lado. Zaira  estaba en lo  cierto.  El  primo  de  Rodrigo, Gastón,  había  perdido  su  barriga.  Si  no  hubiera  estado enterada del desagradable deporte que lo había llevado a la fama, no se habría imaginado nunca que aquel hombre pudiera dedicarse a semejante grosería.Vestido con  un  traje  azul  marino,  Gastón tenía  el  aspecto  del  amable  contable  del  que  le  había  hablado  a  su  madre  durante  los  últimos  seis  meses.  Aunque  no  tuviera  los  ojos  azul  marino,  sino  bastante  claros  y  en  el  traje  de  Batman  pudieran  caber dos como él, encajaba bastante bien con la descripción. De  momento,  no  le  había  oído  hacer  ningún  ruido  extraño. No  parecía  que  estuviera   en   período de entrenamiento   para   ninguna   competición. Gastón era  realmente un hombre sano, atento, amable, discreto y reservado. Por una vez, parecía que todo fuera a salir bien.Y  quizá  eso  debería  haber  bastado  para  prevenirla  del  desastre  que  se  avecinaba. 

Gastón era  demasiado bueno  para  ser  verdad. Demasiado bueno. Demasiado educado. Demasiado saludable. Y Alejandra Chaves lo odió en cuanto lo vió. Por  supuesto,  no  lo  dijo.  Pero  Paula lo  sabía.  En  cuanto  su  madre  entró  en  casa, nerviosa tras las dos horas de vuelo, se le cayó el alma a los pies. Su  madre  se  quitó  el  abrigo  y  se  dejó  caer  en  el  sofá,  al  lado  de  Zaira y  se quedó mirando fijamente a Gastón por encima de una bandeja de hojaldres de queso. Gastón no  se  ofreció  a  retirar  su  equipaje.  Lo  que  supuso  un  primer  motivo  de  desagrado para Alejandra. En  cuanto  fueron  hechas  las  presentaciones,  Paula llevó  una  bandeja  con limonada.

—Oh, gracias —dijo Alejandra, tomando un vaso. Se bebió la mitad de un golpe y tomó un hojaldre—. Ha sido un vuelo terrible.

—¿Demasiado agitado?

—No, pero la comida era espantosa.

—¿Demasiado grasienta quizá? —preguntó Gastón.

—Demasiado  poco  —Alejandra se  metió  un  hojaldre  en  la  boca—.  ¿A  quién  se  le  ocurre  pensar  que  alguien  puede  llenarse  con  un  trocito  de  lasaña?  Y  hablando  de  lasaña —tomó otro hojaldre—, Paula, querida, ¿Te he dicho que Mabel Braxton ha tenido  un  ataque  al  corazón?  Precisamente  estaba  preparando  su  lasaña  a  los  ocho  quesos cuando lo sufrió.

—¿Ocho  quesos?  —preguntó  Gastón escandalizado,  mientras  se  quitaba  una  mota de polvo del traje—. Pero si el queso es terrible para las arterias.

Alejandra, a punto de tomar otro hojaldre, alzó la mirada hacia él.

—¿No te gusta el queso?

Gastón se sacudió otra mota invisible de polvo.

—Lo como muy de vez en cuando. Engorda demasiado.Segundo motivo.

—Come, mamá —dijo Paula, tendiéndole dos hojaldres a su madre—. Los he hecho  especialmente  para  tí  —tomó  el  vaso  vacío  de  su  madre  y  se  levantó  para  llevarlo a la cocina.

¿Por qué diablos no le habría hecho ninguna advertencia a Gastón sobre la comida? Ese tipo competía en concursos de eructos, por el amor de Dios. Lo último que esperaba de él era que fuera tan delicado con la comida.—...  ¿Que  no  te  gustan  los  asados  de  caza?  —la  voz  de  su  madre  se  elevó  por  encima  del  zumbido  de  los  electrodomésticos  de  la  cocina  antes  de  que  Zaira hubiera llegado a la puerta.

—Será mejor que me dé prisa en volver —dijo en susurro.

—No sólo la caza —estaba diciendo Gastón en el momento que Paula entró en la  habitación  con  una  bandeja  de  salchichas  ahumadas—.  No  como  ninguna  carne  roja.

Motivo de disgusto número tres. Paula entró tan precipitadamente que estuvo a punto de caerse con la bandeja. Miró directamente a su madre. Alejandra parecía a punto de explotar.

—Pero supongo que comerás perritos con chile —comentó Paula, volviéndose hacia Gastón.

—Sólo vegetarianos y con ración doble de judías cuando estoy entrenando, por supuesto.

—Por supuesto —musitó Paula.

—Él...  No  come  carne  —comentó Alejandra,  reclinándose  en  el  sofá—.  Creo  que  no me encuentro bien.

—¿Ha comido algún tipo de carne en el avión? —preguntó Gastón, a pesar de la mirada  de  advertencia  que  le  dirigió  Paula—.  Porque  las  carnes  rojas  son  un  veneno, para el sistema digestivo. A veces, cuesta eliminar las grasas animales y por eso...

—Mamá, he preparado unas salchichas —Paula acercó la bandeja a su madre.

—Son de cerdo y el cerdo es tan malo como las carnes rojas.

El  timbre  de  la  puerta  sonó  en  ese  momento,  ahogando  afortunadamente  el  último comentario de Gastón. Paula y Zaira se levantaron casi al mismo tiempo. Pero Zaira fue más rápida.

—Ya  abro  yo.  Probablemente  sea  Rodrigo.  Le  dije  que  se  pasara  por  aquí  para  conocer a tu madre.

Paula se sentó al lado de Alejandra y se metió dos hojaldres en la boca. Su madre parecía   al   borde   del   desmayo   mientras   Gastón    continuaba   hablándoles   de   la   importancia de una dieta saludable.

—La  carne  no  es  en  absoluto  la  mejor  fuente  de  proteínas.  La  mayoría  de  la  gente   no   lo   sabe,   pero   unos   buenos   frutos   secos   y   un   zumo,   proporcionan   proteínas...

—¡Cariño!  Ya  estoy  en  casa  —Paula,  que  estaba  a  punto  ya  de  meterse  un  cuarto hojaldre en la boca, se quedó completamente paralizada.

 Conocía aquella voz. Pero no, era imposible. No podía ser. Segundos después, unas enormes manos la instaban a levantarse.

—Siento  llegar  tarde,  pero  me  he  entretenido  tomando  unas  cervezas  con  los  amigos.

Paula se tragó el resto del hojaldre de golpe y se encontró de pronto frente al mismísimo  Pedro Alfonso. 

Dulce Amor: Capítulo 14

—Estoy  loca  —Paula se  apoyó  contra  el  mostrador  de  la  cocina  y  miró  fijamente a Zaira.

—No, no estás loca. Probablemente, es lo más inteligente que has podido hacer. Aumentar tres veces la oferta original. Vamos a ganar una fortuna.

—Pero  yo  no  quiero  ganar  una  fortuna.  Bueno,  claro  que  quiero,  pero...  Oh, ¿Pero qué estoy diciendo? —enterró el rostro entre las manos—. ¿Qué ha pasado con mis  prioridades?  ¿Qué  ha  sido  de  mi  orgullo,  por  el  amor  de  Dios?  Estaba  allí  sentada, imaginándome a mí misma en la cima del éxito y basta que llame mi madre para  que  me  vea  negando  esa  oferta  y  pidiendo  a  Pedro Alfonso como  parte  del  contrato. He hecho el ridículo.

—No me parece en absoluto ridículo incluir a un ejemplar como Alfonso en una negociación.  Lo  único  que  has  hecho  ha  sido  confirmar  las  teorías  de  Darwin:  las  mujeres se sienten atraídas por los hombres más viriles.

—No  me  siento  atraída  por  él.  He  hecho  esa  propuesta  porque  encaja  con  la  descripción —entre  otras  cosas,  porque  era  a  él  al  que  había  descrito—.  Toda  la  reunión ha sido como un episodio de una serie de humor.

—Mira,  estoy  segura  de  que  Alfonso todavía  está  interesado  en  tu  Chocolate  Cherry Cha—Cha.

—¿Y  por  qué  ha  tenido  que  ser  él?  Ese  hombre  es  un  cretino.  Debo  haber  sufrido  un  ataque  de  locura  para  haber  pedido  que  finja  ser  mi  prometido.  Y  me  temo  que  no  se  me  ha  pasado  todavía.  A  las  cinco  de  la  tarde,  seguía  rezando  para  que estuviera de acuerdo. Oh, ya no me queda ninguna esperanza. Es imposible que acepte mi propuesta. Yo no soy exactamente su tipo... Ya sabes, una buena delantera, nada de cerebro y una cara que pueda aparecer en la portada de cualquier revista.

—Tienes una buena delantera.

—Pero mi cerebro es demasiado grande.

—Bueno, quizá necesite algún incentivo —la miró pensativa.

—¿A qué te refieres?

—A  nada.  En  cualquier  caso,  ya  he  puesto  en  funcionamiento  el  plan  B,  por  si  falla todo lo demás.

—El primo de Rodrigo.

En  ese  momento  sonó  el  timbre  de  la  puerta  y  Paula tomó  aire.  Abriría  la  puerta, adularía al primo de Rodrigo durante unas horas y le prometería algún regalo extra si conseguía que su madre no se enterara de que era campeón de eructos.



—Esa mujer no se pasa la vida mordiendo a los demás —le decía Diego a Pedro al día  siguiente—.  Y  el  restaurante  número  diez  necesita  una  nueva  cocina.  Y  hay  que  hacer obras en el de las Galerías de Dallas y... —Diego se pasó la mano por el pelo y le mostró a Pedro unas hebras de pelo naranja—. Me estoy quedando calvo.

—Pero si son cuatro pelos.

—Cuatro pelos hoy, cuatro mañana y terminaré como Telly Savalas.

—Tranquilízate,  Diego—Pedro se  repantingó  en  la  silla—.  Dale  a  Paula Chaves algún  tiempo.  Esa  mujer  no  es  tonta.  He  hecho  algunas  averiguaciones.  Dirige  perfectamente  su  negocio.  Desde el  año  pasado,  ha  duplicado  el  volumen  de  su  negocio.  Y  no  sólo  suministra  dulces  a  los  restaurantes  de  la  zona,  sino  que  ha  elaborado un catálogo que está a disposición de todos los restaurantes de los Estados Unidos.

—Entonces no necesita nuestros restaurantes.

—¿Que  va  a  prescindir  de  cuarenta  y  dos  restaurantes?  Bromeas.  Terminará  aceptando la oferta. Así que relájate —vió que Diego terminaba su tercera taza de café; demasiada  cafeína  para  un  hombre  nervioso—.  Diego,  no  te  había  visto  tan  nervioso  desde que nos hicieron la auditoría.

—A  las  tres  de  la  tarde  de  hoy,  le  había  hecho  ya  cuatro  ofertas.  Y  las  ha  rechazado  todas.  Y  —añadió,  al  ver  que  Pedro abría  la  boca  para  protestar—,  esta  mañana,  su  asesora  financiera,  Zaira Nara,  me  ha  dicho  que  si  tú  no  estás  dispuesto a participar en esa pequeña farsa, firmará la exclusiva con Bob's Barbecue.

—¿Qué? —Pedro saltó  de  la  silla.  Una  cosa  era  jugar  fuerte  para  conseguir  un  buen contrato, y otra muy diferente chantajearlo y convertir a su mejor amigo en un obseso  de  la  calvicie—.  Esa  mujer  está  completamente  loca.  Bob  sólo  tiene  veinte  restaurantes, la mitad que nosotros. Jamás podrá igualar nuestra oferta.

—Ya se lo he dicho, pero esa mujer no quiere dinero. Te quiere a tí. Sólo te está pidiendo  dos  semanas  de  tu  tiempo.  Vamos,  Pedro,  puedes  hacerlo.  Le  diré  a  la  prensa que estás de vacaciones, así no tendrás que preocuparte por las apariencias.

Pedro se imaginó a sí mismo frente a Paula Chaves. Ella mirándolo a los ojos y él mirándola a los ojos. Ella sonreía y él sonreía. Paula se inclinaba hacia delante y él le rodeaba la cintura con los brazos y...

—Unas vacaciones, ¿Eh?

—Les  diré  que  te  has  ido  lejos.  Al  desierto  del  Sahara,  a  esquiar  a  Suiza,  a  caminar  por  la  jungla...  Cualquier  cosa  que  refuerce  tu  imagen.  La  prensa  se  lo  tragará  y  nosotros  conseguiremos  el  contrato.  Yo  tendré  una  cosa  menos  de  la  que  preocuparme, Paula te tendrá a tí como supuesto prometido y todo el mundo feliz.

Excepto  Pedro.  Él  era  el  cordero  sacrificial.  Era  su  imagen  la  que  sufriría  si aceptaba aquel acuerdo y la prensa terminaba descubriéndolo. Pero  si  no  lo  hacía,  perdería  frente  a  Bob's  Barbacue,  y  si  había  algo  que  Pedro Alfonso no  soportaba  era  perder.  Además  Diego,  su  mejor  amigo,  podría  perder  otro  manojo de pelo, quizá dos. Y sería el responsable directo de aquella pérdida.

—Dile a nuestro abogado que redacte el contrato. Si Paula quiere a Alfonso El Salvaje, lo tendrá.