—¿Qué sentido tiene eso? —preguntó visiblemente desconcertado.
—Creo que lo sabes, pero si te da miedo...
Antes de que pudiera terminar la frase, Paula se vió envuelta en un abrazo de acero que le robó todo el aire de su cuerpo. A pesar de que Pedro no perdió el control de su pasión, tomó su boca con una fiereza que la hizo enloquecer. Ella, a pesar de que apenas podía razonar, entendió que Pedro quería excitarla; demostrarle que lo que habían compartido era solamente una atracción química. Y estaba peligrosamente a punto de conseguir convencerla. Al tiempo que la lengua de él investigaba por su boca, sus cuerpos se apretaron hasta que Paula pudo notar cada centímetro y cada músculo del cuerpo de Pedro. También sus pechos habían reaccionado a la proximidad que estaban compartiendo y toda ella se sentía en la gloria fundida en aquel abrazo. Se vió superada por la necesidad de estar junto a Pedro, a pesar de saber que no había ningún futuro posible entre ellos mientras él insistiera tan noblemente en dejarla marchar. Paula rechazó aquel gesto de nobleza que la estaba privando... de aquello, y siguió besándolo con toda la fuerza de sus frustraciones, sus anhelos y esperanzas.
Se dió cuenta de que Pedro también se resistía a terminar con aquel beso. Sin embargo, cuando por fin lo logró, no parecía nada perturbado. Paula lo miró durante unos segundos y vio que sus ojos estaban llenos de tristeza, la cual le desgarró el corazón.
—¿Era esto lo que querías? —preguntó Pedro segundos después, tras recuperar su máscara insensible.
Lo que ella quería era tener alguna esperanza de que podrían solucionar aquel escollo y labrarse un futuro en común que le hiciera olvidar su trágico pasado.
—No era lo que quería —respondió Paula—. Pero tendré que conformarme, porque nunca sucederá nada más entre nosotros, ¿no es cierto?
Y sin esperar a que respondiera, se marchó disimulando sus frágiles sentimientos, valiéndose de su experiencia ante las cámaras. Ella jamás había pensado en rogarle a un hombre por su amor, pero en esa ocasión había estado a punto de hacerlo. Había hecho bien en desaparecer. Cuanto antes diera por concluida su relación con Pedro, antes podría seguir adelante con el resto de su vida.
Aunque durante la grabación de algunos reportajes para De costa a costa se había ausentado durante más tiempo, se le hacía raro volver a vivir en su departamento. No se trataba del número de días, sino de la intensidad de la convivencia con Pedro lo que la hacía sentirse una extraña en su propia casa. Por suerte, estaba muy ocupada con los preparativos de la gala de premios y, de no ser por las noches interminables, casi podría haberse convencido de que no lo estaba echando de menos.
—¿Has tenido noticias de él? —le preguntó Karen después de presentarse por sorpresa en su casa en uno de sus pocos momentos de descanso.
Había llevado una ensalada y unos muslos de pollo, pues, si no, la comida de Paula se habría limitado a un simple yogur. Se sentó desfallecida sobre una silla. Le agradecía a Karen que se preocupara por ella, pero hacía ya varios días que había perdido el apetito.
—No me ha llamado ni creo que vaya a hacerlo —afirmó tajantemente.
—¿Y tú?, ¿has intentado llamarlo tú? —insistió Karen.
—Sí. Quería saber... qué tal le iba con el libro —respondió, presentándole a su amiga la misma excusa que se había dado a sí misma.
Pero o bien Pedro no había estado en casa, o bien le había pedido a Marcelo que no le pasara ninguna llamada suya, pues no había conseguido ponerse en contacto con él.
viernes, 6 de julio de 2018
Cambiaste Mi Vida: Capítulo 38
—Quizá ya no quiera que se me abran ese tipo de puertas —replicó Paula.
—Pues más vale que así sea —dijo Pedro ariscamente—. Porque es tu vida, Paula. Por mucho que lo desees ahora, no querrás pasar el resto de tu existencia encerrada en el bosque. Llegará un momento en que esta casa se convertirá en la cárcel de tus sueños y esperanzas, el lugar donde murieron tus ambiciones. ¿Acaso piensas que voy a permitir algo así?
Una llamita de esperanza se iluminó en el corazón de Paula. Si Pedro era capaz de apartarla de él porque no quería perjudicarla, tal vez aún fuera posible que construyeran un futuro en común.
—Y olvida lo que estés imaginando —continuó Pedro con violencia al advertir las renovadas ilusiones de Paula—. Ni tú eres Cenicienta, ni yo soy el Príncipe Azul, ni entre nosotros habrá un final feliz. Somos socios que estamos colaborando en la publicación de un libro. Y si te has formado una idea distinta de nosotros, se trata de una idea equivocada.
Paula se negaba a dejarle ver lo mucho que sus palabras la estaban hiriendo.
—Está bien —dijo con más calma de la que sentía—. Pero si la idea que me he formado no se ajusta a la realidad, tú has contribuido a engañarme cuando me has besado.
Lo miró a los ojos para impedirle que olvidara lo que había sucedido entre ambos bajo el enorme árbol del bosque. Eso no podía ser un malentendido.
—Que te haya besado no cambia las cosas. Tu sitio no está aquí —insistió él—. ¿Cuánto tiempo tardarías en cansarte de lo que Hilltop puede ofrecerte?, ¿De lo que yo puedo ofrecerte? Al final acabarías marchándote de todas las maneras.
—¿Eso es lo que pasa? —preguntó, creyendo comprender el error de él—. ¿Quieres deshacerte de mí cuanto antes porque piensas que es inevitable que acabemos separándonos? Por Dios, Pedro, creía que empezabas a conocerme.
—Puede que mejor de lo que tú misma te conozcas —observó él.
Paula se quedó mirándolo fijamente. No podía creerse que prefiriera cambiar su estilo de vida y elegir el de Pedro. ¿Cómo podía tomar una decisión tan importante, basándose sólo en un mes de trabajo con Pedro? ¿Qué era un mes en comparación con el resto de su vida, repleta de ambiciones que ahora podía agarrar o dejar escapar? Tenía que reconocer que quizá se estuviera precipitando.
—¿Quieres que vaya a esa gala? —quiso confirmar una vez más.
Paula esperó la respuesta en un tenso silencio. No podía descifrar lo que Pedro sentía, el cual parecía haberse puesto una máscara inexpresiva. Con todo, intuyó una veta de dolor en su mirada.
—Vas a ir a esa gala —sentenció Pedro—. Presentarás los premios y estarás fabulosa. Y entonces se te olvidará que me has conocido.
Puede que lo primero fuera cierto; pero tendría que transcurrir mucho tiempo antes de que lograra olvidar a Pedro. El orgullo la impedía rogarle que cambiara de opinión. Sólo le quedaba marcharse con la cabeza alta.
—¿Qué pasará con el libro? —le preguntó en el último momento.
—Lo que debía haber hecho desde el principio: escribirlo yo solo sin comprometer a nadie más —respondió esbozando una sonrisa amarga.
Pestañeó dos veces para evitar que las lágrimas se le saltaran. Si Pedro sentía algo hacia ella, estaba realizando una interpretación estupenda para enmascarar esos sentimientos.
—De acuerdo, Pedro—dijo resignada—. Regresaré a mi antigua vida tal como me ordenas. Pero no puedes ordenarme que me olvide de tí... ni creo que tú vayas a lograr olvidarte de mí —concluyó Paula.
—¿Todavía te haces ilusiones sobre nuestra relación? —preguntó Pedro sorprendido.
—Hay una manera de comprobar quién tiene razón: bésame y demuéstrame que no significo nada para tí.
—Pues más vale que así sea —dijo Pedro ariscamente—. Porque es tu vida, Paula. Por mucho que lo desees ahora, no querrás pasar el resto de tu existencia encerrada en el bosque. Llegará un momento en que esta casa se convertirá en la cárcel de tus sueños y esperanzas, el lugar donde murieron tus ambiciones. ¿Acaso piensas que voy a permitir algo así?
Una llamita de esperanza se iluminó en el corazón de Paula. Si Pedro era capaz de apartarla de él porque no quería perjudicarla, tal vez aún fuera posible que construyeran un futuro en común.
—Y olvida lo que estés imaginando —continuó Pedro con violencia al advertir las renovadas ilusiones de Paula—. Ni tú eres Cenicienta, ni yo soy el Príncipe Azul, ni entre nosotros habrá un final feliz. Somos socios que estamos colaborando en la publicación de un libro. Y si te has formado una idea distinta de nosotros, se trata de una idea equivocada.
Paula se negaba a dejarle ver lo mucho que sus palabras la estaban hiriendo.
—Está bien —dijo con más calma de la que sentía—. Pero si la idea que me he formado no se ajusta a la realidad, tú has contribuido a engañarme cuando me has besado.
Lo miró a los ojos para impedirle que olvidara lo que había sucedido entre ambos bajo el enorme árbol del bosque. Eso no podía ser un malentendido.
—Que te haya besado no cambia las cosas. Tu sitio no está aquí —insistió él—. ¿Cuánto tiempo tardarías en cansarte de lo que Hilltop puede ofrecerte?, ¿De lo que yo puedo ofrecerte? Al final acabarías marchándote de todas las maneras.
—¿Eso es lo que pasa? —preguntó, creyendo comprender el error de él—. ¿Quieres deshacerte de mí cuanto antes porque piensas que es inevitable que acabemos separándonos? Por Dios, Pedro, creía que empezabas a conocerme.
—Puede que mejor de lo que tú misma te conozcas —observó él.
Paula se quedó mirándolo fijamente. No podía creerse que prefiriera cambiar su estilo de vida y elegir el de Pedro. ¿Cómo podía tomar una decisión tan importante, basándose sólo en un mes de trabajo con Pedro? ¿Qué era un mes en comparación con el resto de su vida, repleta de ambiciones que ahora podía agarrar o dejar escapar? Tenía que reconocer que quizá se estuviera precipitando.
—¿Quieres que vaya a esa gala? —quiso confirmar una vez más.
Paula esperó la respuesta en un tenso silencio. No podía descifrar lo que Pedro sentía, el cual parecía haberse puesto una máscara inexpresiva. Con todo, intuyó una veta de dolor en su mirada.
—Vas a ir a esa gala —sentenció Pedro—. Presentarás los premios y estarás fabulosa. Y entonces se te olvidará que me has conocido.
Puede que lo primero fuera cierto; pero tendría que transcurrir mucho tiempo antes de que lograra olvidar a Pedro. El orgullo la impedía rogarle que cambiara de opinión. Sólo le quedaba marcharse con la cabeza alta.
—¿Qué pasará con el libro? —le preguntó en el último momento.
—Lo que debía haber hecho desde el principio: escribirlo yo solo sin comprometer a nadie más —respondió esbozando una sonrisa amarga.
Pestañeó dos veces para evitar que las lágrimas se le saltaran. Si Pedro sentía algo hacia ella, estaba realizando una interpretación estupenda para enmascarar esos sentimientos.
—De acuerdo, Pedro—dijo resignada—. Regresaré a mi antigua vida tal como me ordenas. Pero no puedes ordenarme que me olvide de tí... ni creo que tú vayas a lograr olvidarte de mí —concluyó Paula.
—¿Todavía te haces ilusiones sobre nuestra relación? —preguntó Pedro sorprendido.
—Hay una manera de comprobar quién tiene razón: bésame y demuéstrame que no significo nada para tí.
Cambiaste Mi Vida: Capítulo 37
—Mañana —siguió diciendo Pedro con firmeza— llamarás a tu agente y le dirás que te lo has pensado mejor y sí presentarás los premios.
—¿Quieres decir que quieres que los presente? —preguntó desconcertada.
—Lo que yo quiera no importa —respondió tras denegar con la cabeza—. No permitiré que acabes con tu carrera por una mera fantasía.
Paula se quedó como si la hubieran disparado y Pedro, al verla tan pálida, estuvo a punto de cambiar de opinión... hasta que se recordó que lo único que importaba en esos momentos era la futura felicidad de ella.
—Yo creía que te alegrarías de mi decisión, ¿Y ahora dices que nuestra relación es una mera fantasía? —volvió a preguntar Paula.
—Probablemente siempre lo ha sido —respondió él—. Simplemente he necesitado algo de tiempo para darme cuenta. Pero tú tenías razón: somos demasiado diferentes. Y ha llegado la hora de que afrontemos los hechos y cada uno siga adelante con su vida.
De pronto le dolía todo el cuerpo. Ahora que por fin había aceptado que quería a Pedro más que cualquier otra cosa en la vida, él le decía que su sacrificio era inútil. No podía soportarlo. ¡Había estado tan segura de que estaba tomando la decisión correcta al rechazar la oportunidad de presentar aquellos premios, a fin de comprometerse con Pedro y demostrarle que no todos los periodistas eran como los que le habían hecho tanto daño! Su sacrificio no le devolvería a su prometida ni a su hijo, pero al menos sí permitiría que ambos tuvieran un futuro en común. Pedro, en cambio, le estaba diciendo que no era suficiente, que hiciera lo que hiciera, no había tal futuro. ¿Acaso sólo se había sentido atraído hacia ella mientras la había considerado inalcanzable? Era la única explicación que se le ocurría.
—Sé muy bien por qué le has dicho a tu agente que renunciabas a los premios —prosiguió Pedro—. Y te lo agradezco. Pero tú tienes talento, Paula, y estás destinada a hacer cosas mejores que esconderte en una casa en el bosque. No permitiré que eches a perder tu futuro por muy buenas que sean tus intenciones.
Paula recibió cada palabra como si se tratara de un puñetazo. Estaba decidido a expulsarla de su vida y había afirmado que los sentimientos que ella tenía eran mera fantasía. Pedro empezó a dar vueltas sin que la expresión de la cara se le alterara lo más mínimo. Al fin y al cabo, se trataba del mismo hombre que había controlado coches potentísimos a velocidades endiabladas y en los circuitos más exigentes del mundo. ¿Qué esperanzas podía tener de que fuera a desviarse un centímetro del plan que ya se había trazado? Y, además, si Pedro no sentía nada por ella, ¿Para qué iba a intentarlo?
—Date cuenta —continuó Pedro—. Todas las personas importantes de tu mundillo asistirán a la ceremonia. Tú serás la que conducirá la gala y todos clavarán sus ojos en tí. Podría abrirte un sinfín de puertas.
—¿Quieres decir que quieres que los presente? —preguntó desconcertada.
—Lo que yo quiera no importa —respondió tras denegar con la cabeza—. No permitiré que acabes con tu carrera por una mera fantasía.
Paula se quedó como si la hubieran disparado y Pedro, al verla tan pálida, estuvo a punto de cambiar de opinión... hasta que se recordó que lo único que importaba en esos momentos era la futura felicidad de ella.
—Yo creía que te alegrarías de mi decisión, ¿Y ahora dices que nuestra relación es una mera fantasía? —volvió a preguntar Paula.
—Probablemente siempre lo ha sido —respondió él—. Simplemente he necesitado algo de tiempo para darme cuenta. Pero tú tenías razón: somos demasiado diferentes. Y ha llegado la hora de que afrontemos los hechos y cada uno siga adelante con su vida.
De pronto le dolía todo el cuerpo. Ahora que por fin había aceptado que quería a Pedro más que cualquier otra cosa en la vida, él le decía que su sacrificio era inútil. No podía soportarlo. ¡Había estado tan segura de que estaba tomando la decisión correcta al rechazar la oportunidad de presentar aquellos premios, a fin de comprometerse con Pedro y demostrarle que no todos los periodistas eran como los que le habían hecho tanto daño! Su sacrificio no le devolvería a su prometida ni a su hijo, pero al menos sí permitiría que ambos tuvieran un futuro en común. Pedro, en cambio, le estaba diciendo que no era suficiente, que hiciera lo que hiciera, no había tal futuro. ¿Acaso sólo se había sentido atraído hacia ella mientras la había considerado inalcanzable? Era la única explicación que se le ocurría.
—Sé muy bien por qué le has dicho a tu agente que renunciabas a los premios —prosiguió Pedro—. Y te lo agradezco. Pero tú tienes talento, Paula, y estás destinada a hacer cosas mejores que esconderte en una casa en el bosque. No permitiré que eches a perder tu futuro por muy buenas que sean tus intenciones.
Paula recibió cada palabra como si se tratara de un puñetazo. Estaba decidido a expulsarla de su vida y había afirmado que los sentimientos que ella tenía eran mera fantasía. Pedro empezó a dar vueltas sin que la expresión de la cara se le alterara lo más mínimo. Al fin y al cabo, se trataba del mismo hombre que había controlado coches potentísimos a velocidades endiabladas y en los circuitos más exigentes del mundo. ¿Qué esperanzas podía tener de que fuera a desviarse un centímetro del plan que ya se había trazado? Y, además, si Pedro no sentía nada por ella, ¿Para qué iba a intentarlo?
—Date cuenta —continuó Pedro—. Todas las personas importantes de tu mundillo asistirán a la ceremonia. Tú serás la que conducirá la gala y todos clavarán sus ojos en tí. Podría abrirte un sinfín de puertas.
Cambiaste Mi Vida: Capítulo 36
Se había armado de paciencia para aguantar el chaparrón, la bronca que su agente le echaría cuando se enterase de lo que había decidido.
—¿Qué quiere decir eso de que no vas a presentar los Premios de la Comunicación! —exclamó el agente desconcertado—. ¿Estás enferma?, ¿O es que has perdido el juicio?
—Al contrario, Antonio—replicó Paula con paciencia—. Sólo intento actuar con cordura.
Se produjo una larga pausa durante la cual Paula imaginó a su agente luchando con su mal humor. Conociendo su temperamento, era casi un milagro el tacto que estaba teniendo con ella.
—¿Es por el artículo sobre Pedro Alfonso y tú? —acabó preguntando—. Haré que desmientan lo que han publicado. Diremos que no soportas a ese hombre.
—Me gustaría que los periódicos se retractasen, pero no a costa de la imagen de Pedro—apuntó Paula después de respirar profundamente.
—No habrás cometido la estupidez de enamorarte de él, ¿Verdad? Ese hombre es un ermitaño —se produjo un nuevo silencio—. ¡Santo cielo! ¡Te has enamorado del ermitaño! Cuando empezaste con su biografía, supe que habría problemas.
Paula estaba tan confusa que no lograba articular palabra. El hecho de ser leal a Pedro significaba despedirse de un futuro con el que siempre había soñado y cuyas puertas se le estaban abriendo de par en par. ¿Tanto había cambiado desde que lo conocía?
—Vivir como un ermitaño no es algo tan terrible, Antonio—aseguró Paula.
—¡No me lo puedo creer! —exclamó su agente—. Es la oportunidad de que tus sueños se hagan realidad. Al menos, admite que eso es cierto.
—Admito que es una oportunidad fabulosa —convino Paula, consciente de lo mucho a lo que estaba rechazando—. Pero la decisión ya está tomada —añadió con firmeza, sabedora de que Pedro significaba para ella mucho más que cualquier éxito profesional.
Antonio siguió hablando y ella le fue dándole razón, conviniendo en que sí, era la oportunidad de su vida y sí, era tonta por dejarla pasar. Sin embargo, su corazón no podía dejar de sentirse contento con su pétrea decisión.
—Prométeme que te lo pensarás. Consúltalo con la almohada —se despidió Antonio—. Mañana verás las cosas de manera diferente. Llámame.
—Está bien: volveré a pensármelo y mañana te llamaré —suspiró profundamente. Paula sabía que Antonio no se conformaría con menos—. Aunque mi decisión será la misma —añadió.
Colgó el auricular lentamente y sólo entonces percibió la presencia de Pedro, a la entrada del salón. El corazón le dió un vuelco al verlo. Si había asistido a la conversación, se habría enterado de su decisión.
—¿Has oído?
—Sí —respondió con menos satisfacción de la que Paula había esperado.
En realidad, Pedro había oído mucho más de lo que Paula imaginaba. Había oído, aparte de sus palabras, la tristeza del tono con que se había despedido de una ocasión que tanto podía significar para ella. Menos mal que su agente la había convencido para que se lo pensara un poco más, el tiempo suficiente para que él pudiera hacerla cambiar de opinión.
—¿Qué quiere decir eso de que no vas a presentar los Premios de la Comunicación! —exclamó el agente desconcertado—. ¿Estás enferma?, ¿O es que has perdido el juicio?
—Al contrario, Antonio—replicó Paula con paciencia—. Sólo intento actuar con cordura.
Se produjo una larga pausa durante la cual Paula imaginó a su agente luchando con su mal humor. Conociendo su temperamento, era casi un milagro el tacto que estaba teniendo con ella.
—¿Es por el artículo sobre Pedro Alfonso y tú? —acabó preguntando—. Haré que desmientan lo que han publicado. Diremos que no soportas a ese hombre.
—Me gustaría que los periódicos se retractasen, pero no a costa de la imagen de Pedro—apuntó Paula después de respirar profundamente.
—No habrás cometido la estupidez de enamorarte de él, ¿Verdad? Ese hombre es un ermitaño —se produjo un nuevo silencio—. ¡Santo cielo! ¡Te has enamorado del ermitaño! Cuando empezaste con su biografía, supe que habría problemas.
Paula estaba tan confusa que no lograba articular palabra. El hecho de ser leal a Pedro significaba despedirse de un futuro con el que siempre había soñado y cuyas puertas se le estaban abriendo de par en par. ¿Tanto había cambiado desde que lo conocía?
—Vivir como un ermitaño no es algo tan terrible, Antonio—aseguró Paula.
—¡No me lo puedo creer! —exclamó su agente—. Es la oportunidad de que tus sueños se hagan realidad. Al menos, admite que eso es cierto.
—Admito que es una oportunidad fabulosa —convino Paula, consciente de lo mucho a lo que estaba rechazando—. Pero la decisión ya está tomada —añadió con firmeza, sabedora de que Pedro significaba para ella mucho más que cualquier éxito profesional.
Antonio siguió hablando y ella le fue dándole razón, conviniendo en que sí, era la oportunidad de su vida y sí, era tonta por dejarla pasar. Sin embargo, su corazón no podía dejar de sentirse contento con su pétrea decisión.
—Prométeme que te lo pensarás. Consúltalo con la almohada —se despidió Antonio—. Mañana verás las cosas de manera diferente. Llámame.
—Está bien: volveré a pensármelo y mañana te llamaré —suspiró profundamente. Paula sabía que Antonio no se conformaría con menos—. Aunque mi decisión será la misma —añadió.
Colgó el auricular lentamente y sólo entonces percibió la presencia de Pedro, a la entrada del salón. El corazón le dió un vuelco al verlo. Si había asistido a la conversación, se habría enterado de su decisión.
—¿Has oído?
—Sí —respondió con menos satisfacción de la que Paula había esperado.
En realidad, Pedro había oído mucho más de lo que Paula imaginaba. Había oído, aparte de sus palabras, la tristeza del tono con que se había despedido de una ocasión que tanto podía significar para ella. Menos mal que su agente la había convencido para que se lo pensara un poco más, el tiempo suficiente para que él pudiera hacerla cambiar de opinión.
miércoles, 4 de julio de 2018
Cambiaste Mi Vida: Capítulo 35
—Y la policía vio las huellas de tus neumáticos en la calzada y concluyó que los estabas acosando en una persecución a toda velocidad —dedujo Paula en voz alta.
—Era lo más lógico, teniendo en cuenta mis antecedentes como conductor de coches temerario. Durante mucho tiempo me pregunté incluso si tendrían razón, es decir, si hubiera esperado a la policía, ¿Seguiría Candela hoy con vida?
—Hiciste lo que tenías que hacer en ese momento —dijo Sarah apretándole un brazo para consolarlo—. Los periodistas no estaban ahí. No tenían derecho a juzgarte.
—Ni siquiera supe que estaba embarazada hasta después del accidente — añadió atormentado.
Paula se sintió desgarrada. Pedro había sufrido una pérdida enorme y la prensa, encima, lo había culpado a él de todo. ¿Cómo no iba a querer alejarse de los periodistas? Lo habían condenado injustamente y ahora, cuando saliera la versión no autorizada, tendría que revivir aquel infierno.
—Lo siento. No tenía ni idea —dijo Paula con sincero pesar.
—Supongo que aquí también habría ocupado muchas portadas; pero durante esos días hubo varias avisos de bomba en los aeropuertos de Australia, así que mi historia quedó relegada a un par de párrafos sin importancia —explicó Pedro para justificar la ignorancia de Paula—. Si no, seguro que tus colegas también se habrían puesto las botas conmigo, igual que sucedió en Europa.
Paula estaba destrozada, impotente además por no poder remediar aquella situación definitiva. Ella pertenecía al colectivo que lo había martirizado durante su tragedia, responsabilizándolo de las muertes de su prometida y su futuro hijo. Seguro que el hecho de rescatarla a ella del accidente había hecho que Pedro recordara los peores momentos. Jamás podría convertirse en su mujer. Pero lo amaba, acababa de confirmarlo, con todo su corazón y, al menos, tenía que intentar demostrarle que no todos los periodistas eran iguales.
—Gracias por contármelo, Pedro. Ojalá pudiera hacer algo para facilitarte las cosas un poco.
—¿Adónde vas? —le preguntó Pedro cuando vió que Paula se daba media vuelta.
—Tengo que hacer una llamada —respondió con la voz quebrada por la emoción.
Pedro permaneció quieto y a solas, reconciliándose con sus turbulentas emociones. ¡Maldita mujer! Siempre conseguía sacarle todo cuanto ocultaba. Él no había tenido intención de contar aquel pasaje de su vida con tantos detalles; pero, al lado de Paula, había sentido el deseo de compartir con ella lo que siempre había guardado para sí. No se sentía bien. Sabía que la quería como no había querido a ninguna mujer y, a juzgar por la llamada que debía de estar haciendo, daba la impresión de que ella lo correspondía. Entonces, ¿Por qué no estaba dando volteretas de alegría?, ¿Por qué notaba que estaba cometiendo un error? Comprendió la fuente de su desazón: no estaba siendo justo con ella. Él podía tener todo el derecho del mundo a querer esconderse el resto de su vida; pero Paula ambicionaba alcanzar grandes metas como reportera y le sobraba talento para conseguirlo. Él no tenía ningún derecho a pedirle que renunciara a la gala de los Premios de la Comunicación. Aquello era un sacrificio excesivo. No, Paula no debía dejar pasar una oportunidad tan buena como aquélla. Paula se merecía triunfar y, por mucho que le costara a él, haría todo lo posible por ayudarla. En esos momentos, lo único que podía hacer era seguir los pasos de ella y darle alcance.
—Era lo más lógico, teniendo en cuenta mis antecedentes como conductor de coches temerario. Durante mucho tiempo me pregunté incluso si tendrían razón, es decir, si hubiera esperado a la policía, ¿Seguiría Candela hoy con vida?
—Hiciste lo que tenías que hacer en ese momento —dijo Sarah apretándole un brazo para consolarlo—. Los periodistas no estaban ahí. No tenían derecho a juzgarte.
—Ni siquiera supe que estaba embarazada hasta después del accidente — añadió atormentado.
Paula se sintió desgarrada. Pedro había sufrido una pérdida enorme y la prensa, encima, lo había culpado a él de todo. ¿Cómo no iba a querer alejarse de los periodistas? Lo habían condenado injustamente y ahora, cuando saliera la versión no autorizada, tendría que revivir aquel infierno.
—Lo siento. No tenía ni idea —dijo Paula con sincero pesar.
—Supongo que aquí también habría ocupado muchas portadas; pero durante esos días hubo varias avisos de bomba en los aeropuertos de Australia, así que mi historia quedó relegada a un par de párrafos sin importancia —explicó Pedro para justificar la ignorancia de Paula—. Si no, seguro que tus colegas también se habrían puesto las botas conmigo, igual que sucedió en Europa.
Paula estaba destrozada, impotente además por no poder remediar aquella situación definitiva. Ella pertenecía al colectivo que lo había martirizado durante su tragedia, responsabilizándolo de las muertes de su prometida y su futuro hijo. Seguro que el hecho de rescatarla a ella del accidente había hecho que Pedro recordara los peores momentos. Jamás podría convertirse en su mujer. Pero lo amaba, acababa de confirmarlo, con todo su corazón y, al menos, tenía que intentar demostrarle que no todos los periodistas eran iguales.
—Gracias por contármelo, Pedro. Ojalá pudiera hacer algo para facilitarte las cosas un poco.
—¿Adónde vas? —le preguntó Pedro cuando vió que Paula se daba media vuelta.
—Tengo que hacer una llamada —respondió con la voz quebrada por la emoción.
Pedro permaneció quieto y a solas, reconciliándose con sus turbulentas emociones. ¡Maldita mujer! Siempre conseguía sacarle todo cuanto ocultaba. Él no había tenido intención de contar aquel pasaje de su vida con tantos detalles; pero, al lado de Paula, había sentido el deseo de compartir con ella lo que siempre había guardado para sí. No se sentía bien. Sabía que la quería como no había querido a ninguna mujer y, a juzgar por la llamada que debía de estar haciendo, daba la impresión de que ella lo correspondía. Entonces, ¿Por qué no estaba dando volteretas de alegría?, ¿Por qué notaba que estaba cometiendo un error? Comprendió la fuente de su desazón: no estaba siendo justo con ella. Él podía tener todo el derecho del mundo a querer esconderse el resto de su vida; pero Paula ambicionaba alcanzar grandes metas como reportera y le sobraba talento para conseguirlo. Él no tenía ningún derecho a pedirle que renunciara a la gala de los Premios de la Comunicación. Aquello era un sacrificio excesivo. No, Paula no debía dejar pasar una oportunidad tan buena como aquélla. Paula se merecía triunfar y, por mucho que le costara a él, haría todo lo posible por ayudarla. En esos momentos, lo único que podía hacer era seguir los pasos de ella y darle alcance.
Cambiaste Mi Vida: Capítulo 34
—De eso podría encargarme cuando tú quisieras —comentó Pedro acercándose a ella.
—¿De qué? —preguntó más envalentonada de lo que realmente estaba, a pesar de que sabía que el ardor que veía en los ojos de Pedro se debía más a la sed de venganza que a la de saciar un anhelo amoroso.
Mantuvo la cabeza en alto y ocultó la tormenta de emociones que se libraba en su interior.
—Muy bien, ya que lo quieres saber todo... —cedió Pedro por fin—. ¿Cómo te sentaría que la prensa te acusara de haber matado a tu prometida y al hijo del que ésta estaba embarazada, sabiendo que a lo peor tienen razón?
Paula se quedó horrorizada. No podría ser cierto. Aun así, al ver la mirada de Pedro, ella comprendió que éste así lo creía.
—¿Qué pasó? —acertó a preguntar.
—Candela trabajaba como promotora de un campeonato de automovilismo — comenzó a hablar—. Nos conocimos, empezamos a salir, nos enamoramos... lo normal. Íbamos a casarnos en Europa al final de la temporada.
El tono neutro con el que hablaba no sólo no ocultaba la agonía de sus recuerdos, sino que la realzaba. Paula no se atrevía ni a respirar por temor a que Pedro volviera a encerrarse detrás de sus escudos. Tenía la esperanza de que al compartir su tragedia, pudiera liberarse de las cadenas que lo ataban a su pasado.
—En Europa se me consideraba el playboy del circuito —prosiguió Pedro en el mismo tono—. Asumía muchos riesgos con el coche y jugaba y bebía mucho. Era una fuente constante de escándalos, vamos, y a tus compañeros de la prensa no les gustó la idea de que sentara la cabeza. Empezaron a recordar los follones en los que me había visto involucrado en el pasado y a hacer apuestas sobre lo poco que tardaría en romper mi compromiso.
—¿Y qué hiciste? —preguntó Paula, a la que, aunque no la sorprendía, la abochornó el comportamiento de sus compañeros.
—Resistir las ganas que me entraron de pegarle una paliza a cada uno de los fotógrafos que nos seguían. Me estaban provocando para que yo perdiera los nervios y ellos conseguir una tirada mayor de sus periódicos con algún reportaje sobre la libertad de expresión.
—Te costaría contenerte —comentó Paula.
—Espera, que hay mucho más —dijo después de una risotada sarcástica y doliente—. Como no nos perdían de vista ni a sol ni a sombra, un pirado se familiarizó con nuestros hábitos y movimientos y secuestró a Candela cuando ella iba a buscarme.
—Oh, Pedro—susurró desmayadamente.
—Ví cómo la agarraba y la metía en su coche —prosiguió Pedro enardecido—, así que monté en el mío y me puse a perseguirlos. El secuestrador acabó estrellándose en el mismo sitio donde se mató Grace Kelly. No hubo supervivientes.
—Pero tú has dicho que te acusaron a tí de matar a tu prometida! —exclamó Paula estupefacta.
—Según la prensa, yo sólo quise hacerme el héroe y, al perseguirlo, obligué al secuestrador a conducir de manera temeraria —explicó con rencor—. Al parecer tenía que haberme quedado quieto e intentar negociar no sé qué.
—¿No llamaste a la policía mientras lo perseguías?
—Lo intenté; pero el teléfono del coche no funcionaba. Por lo que sea, no funcionaba —reforzó Pedro—. Al menos, al principio. Luego, por supuesto, cuando la policía fue a comprobarlo, funcionó perfectamente. Así que quizá tuvieran razón los periodistas. Quizá yo tuve la culpa de que Candela muriera por hacerme el héroe.
—¿No hablarás en serio?
—Cuando los titulares te llaman asesino, es difícil discutir.
—¿Y crees que en la versión no autorizada de tu biografía volverán a airear esa parte tan triste de tu pasado?
—Venderá más que la verdad, que es que mi teléfono se había averiado y no tuve otra opción que seguir al secuestrador —afirmó con gran dureza—. Lo irónico es que, por una vez en mi vida, conduje despacio, pues no quería acercarme demasiado y asustar al secuestrador. Sólo aceleré cuando ví que su coche se descontrolaba y caía por el acantilado. Pero ya era tarde.
—¿De qué? —preguntó más envalentonada de lo que realmente estaba, a pesar de que sabía que el ardor que veía en los ojos de Pedro se debía más a la sed de venganza que a la de saciar un anhelo amoroso.
Mantuvo la cabeza en alto y ocultó la tormenta de emociones que se libraba en su interior.
—Muy bien, ya que lo quieres saber todo... —cedió Pedro por fin—. ¿Cómo te sentaría que la prensa te acusara de haber matado a tu prometida y al hijo del que ésta estaba embarazada, sabiendo que a lo peor tienen razón?
Paula se quedó horrorizada. No podría ser cierto. Aun así, al ver la mirada de Pedro, ella comprendió que éste así lo creía.
—¿Qué pasó? —acertó a preguntar.
—Candela trabajaba como promotora de un campeonato de automovilismo — comenzó a hablar—. Nos conocimos, empezamos a salir, nos enamoramos... lo normal. Íbamos a casarnos en Europa al final de la temporada.
El tono neutro con el que hablaba no sólo no ocultaba la agonía de sus recuerdos, sino que la realzaba. Paula no se atrevía ni a respirar por temor a que Pedro volviera a encerrarse detrás de sus escudos. Tenía la esperanza de que al compartir su tragedia, pudiera liberarse de las cadenas que lo ataban a su pasado.
—En Europa se me consideraba el playboy del circuito —prosiguió Pedro en el mismo tono—. Asumía muchos riesgos con el coche y jugaba y bebía mucho. Era una fuente constante de escándalos, vamos, y a tus compañeros de la prensa no les gustó la idea de que sentara la cabeza. Empezaron a recordar los follones en los que me había visto involucrado en el pasado y a hacer apuestas sobre lo poco que tardaría en romper mi compromiso.
—¿Y qué hiciste? —preguntó Paula, a la que, aunque no la sorprendía, la abochornó el comportamiento de sus compañeros.
—Resistir las ganas que me entraron de pegarle una paliza a cada uno de los fotógrafos que nos seguían. Me estaban provocando para que yo perdiera los nervios y ellos conseguir una tirada mayor de sus periódicos con algún reportaje sobre la libertad de expresión.
—Te costaría contenerte —comentó Paula.
—Espera, que hay mucho más —dijo después de una risotada sarcástica y doliente—. Como no nos perdían de vista ni a sol ni a sombra, un pirado se familiarizó con nuestros hábitos y movimientos y secuestró a Candela cuando ella iba a buscarme.
—Oh, Pedro—susurró desmayadamente.
—Ví cómo la agarraba y la metía en su coche —prosiguió Pedro enardecido—, así que monté en el mío y me puse a perseguirlos. El secuestrador acabó estrellándose en el mismo sitio donde se mató Grace Kelly. No hubo supervivientes.
—Pero tú has dicho que te acusaron a tí de matar a tu prometida! —exclamó Paula estupefacta.
—Según la prensa, yo sólo quise hacerme el héroe y, al perseguirlo, obligué al secuestrador a conducir de manera temeraria —explicó con rencor—. Al parecer tenía que haberme quedado quieto e intentar negociar no sé qué.
—¿No llamaste a la policía mientras lo perseguías?
—Lo intenté; pero el teléfono del coche no funcionaba. Por lo que sea, no funcionaba —reforzó Pedro—. Al menos, al principio. Luego, por supuesto, cuando la policía fue a comprobarlo, funcionó perfectamente. Así que quizá tuvieran razón los periodistas. Quizá yo tuve la culpa de que Candela muriera por hacerme el héroe.
—¿No hablarás en serio?
—Cuando los titulares te llaman asesino, es difícil discutir.
—¿Y crees que en la versión no autorizada de tu biografía volverán a airear esa parte tan triste de tu pasado?
—Venderá más que la verdad, que es que mi teléfono se había averiado y no tuve otra opción que seguir al secuestrador —afirmó con gran dureza—. Lo irónico es que, por una vez en mi vida, conduje despacio, pues no quería acercarme demasiado y asustar al secuestrador. Sólo aceleré cuando ví que su coche se descontrolaba y caía por el acantilado. Pero ya era tarde.
Cambiaste Mi Vida: Capítulo 33
La verdad era que formaban buena pareja, pensó Paula al ver sus fotos, la una junto a la otra. ¿Por qué diablos se mostraba Pedro tan reacio a los medios de comunicación? Con su pasado triunfal como automovilista; debía de haberse acostumbrado a salir en los periódicos y, sin embargo, los odiaba con una vehemencia rayana en lo obsesivo.
Y, aunque hubiera retirado de inmediato su acusación, el hecho de que Pedro hubiera sospechado que ella se había aliado con Marcos le resultaba muy doloroso. Era obvio que él no la conocía lo suficiente, pues, de lo contrario, jamás habría imaginado algo semejante. Su agente le dió pocas esperanzas respecto a las posibilidades que existían de que el periódico se retractara de lo que había publicado. Hasta era posible, pensó Paula, que fuera su agente el que hubiera inventado lo de que Pedro la acompañaría. ¿Qué más daba quién se lo hubiera inventado? El resultado era el mismo: Pedro y ella se habían distanciado una enormidad. Ya era la hora de cenar, demasiado tarde para ponerse a trabajar, suponiendo que él estuviera de humor para ello. Pensó en sacar a los perros a pasear, ella sola, pero le faltó reunir el entusiasmo suficiente. Lo que de veras deseaba era estar cerca de Pedro, y era evidente que éste rehuía su compañía.
Salió de casa y se lo encontró cortando leña para la chimenea del salón. A pesar de que ya hacía buen tiempo, no venía mal tener algo de leña a mano, pues todavía refrescaba algunas noches. Se veía que él estaba cortando con saña, como para dar rienda suelta a su cólera. ¿Contra la prensa?, ¿contra ella? Había una gran montaña de troncos de madera dispuestos en forma de pirámide. En esos momentos, Pedro estaba hincándole el hacha a un tronco de eucalipto. Se movía rítmicamente y así siguió trabajando sin descanso hasta haber dividido el tronco en cuatro. Luego colocó los leños en una carretilla, se abrió la camisa y se secó el sudor que le corría por la frente. A Paula se le hizo la boca agua al ver aquel torso tan escultural. La encantaba el olor de la leña cortada, mezclado con el aroma de las hojas caídas y la fragancia de ese cuerpo portentoso del que no lograría olvidarse jamás.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —le preguntó Pedro cuando la vió.
—Lo suficiente para ver que sólo has cortado ese eucalipto para desahogarte — respondió Pedro cruzándose de brazos.
—¿Qué quieres decir?
—¿En quién estabas pensando, Pedro? ¿A quién estabas castigando? —preguntó Paula—. ¿A mí? —añadió con voz temblorosa.
—¡No, por Dios! —exclamó dejando el hacha en el suelo—. Creo en tí y sé que no has tenido nada que ver con lo del periódico.
—Entonces, ¿A quién?
—Si no te importa, prefiero que lo dejes —le pidió.
—No, no quiero dejarlo—protestó, harta de tantos misterios—. O me dices qué es lo que te pasa o... o llamó a mi agente y le digo que publique que nos acostamos juntos.
Y, aunque hubiera retirado de inmediato su acusación, el hecho de que Pedro hubiera sospechado que ella se había aliado con Marcos le resultaba muy doloroso. Era obvio que él no la conocía lo suficiente, pues, de lo contrario, jamás habría imaginado algo semejante. Su agente le dió pocas esperanzas respecto a las posibilidades que existían de que el periódico se retractara de lo que había publicado. Hasta era posible, pensó Paula, que fuera su agente el que hubiera inventado lo de que Pedro la acompañaría. ¿Qué más daba quién se lo hubiera inventado? El resultado era el mismo: Pedro y ella se habían distanciado una enormidad. Ya era la hora de cenar, demasiado tarde para ponerse a trabajar, suponiendo que él estuviera de humor para ello. Pensó en sacar a los perros a pasear, ella sola, pero le faltó reunir el entusiasmo suficiente. Lo que de veras deseaba era estar cerca de Pedro, y era evidente que éste rehuía su compañía.
Salió de casa y se lo encontró cortando leña para la chimenea del salón. A pesar de que ya hacía buen tiempo, no venía mal tener algo de leña a mano, pues todavía refrescaba algunas noches. Se veía que él estaba cortando con saña, como para dar rienda suelta a su cólera. ¿Contra la prensa?, ¿contra ella? Había una gran montaña de troncos de madera dispuestos en forma de pirámide. En esos momentos, Pedro estaba hincándole el hacha a un tronco de eucalipto. Se movía rítmicamente y así siguió trabajando sin descanso hasta haber dividido el tronco en cuatro. Luego colocó los leños en una carretilla, se abrió la camisa y se secó el sudor que le corría por la frente. A Paula se le hizo la boca agua al ver aquel torso tan escultural. La encantaba el olor de la leña cortada, mezclado con el aroma de las hojas caídas y la fragancia de ese cuerpo portentoso del que no lograría olvidarse jamás.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —le preguntó Pedro cuando la vió.
—Lo suficiente para ver que sólo has cortado ese eucalipto para desahogarte — respondió Pedro cruzándose de brazos.
—¿Qué quieres decir?
—¿En quién estabas pensando, Pedro? ¿A quién estabas castigando? —preguntó Paula—. ¿A mí? —añadió con voz temblorosa.
—¡No, por Dios! —exclamó dejando el hacha en el suelo—. Creo en tí y sé que no has tenido nada que ver con lo del periódico.
—Entonces, ¿A quién?
—Si no te importa, prefiero que lo dejes —le pidió.
—No, no quiero dejarlo—protestó, harta de tantos misterios—. O me dices qué es lo que te pasa o... o llamó a mi agente y le digo que publique que nos acostamos juntos.
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