miércoles, 4 de julio de 2018

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 32

—Entonces, ¿Cuál es el problema?

—Me temo que hemos elegido dos formas de vida muy dispares —respondió con una débil sonrisa—. Y difícilmente reconciliables.

—Él te importa mucho, ¿Verdad?

—Estas últimas semanas han sido extraordinarias. Discutimos sin parar, pero sólo acerca del libro. Si llegáramos a discutir sobre cuestiones personales... —dejó la frase en el aire.

—¿Y no pueden arreglarse de manera que él se quede en casa y tú te dediques a lo tuyo? —propuso Karen.

—Nunca funcionaría —Paula negó con la cabeza—. ¿Cómo iba a poder estar con Luke si necesito pasar diez horas al día encerrada en los estudios de televisión?

—Cierto —comprendió Karen—. Además, tampoco me imagino que se acostumbrara a que lo llamaran «señor Chaves».

Hombres inferiores a Pedro habían aceptado que se los reconociera como los maridos de sus mujeres, circunstancia con la que, por otra parte, éstas habían vivido durante siglos. El problema no era tanto ése como el de tener que enfrentarse a la realidad, y la realidad decía que no podía coordinar el trabajo con su vida privada. Lo malo era que la realidad había llegado antes de lo que ella había deseado, pensó Paula mirando el fax de Los Premios de la Comunicación.

—De todas maneras, seré la presentadora —aseguró Paula—. Tienes razón: es la oportunidad de mi vida y quién sabe las puertas que me abrirá.


Unos días después, Pedro entró en casa con un ejemplar del Gold Coast Herald.

—¿Has visto esto?

Su reacción inicial había sido tal como Sarah había esperado: de apoyo, pero desapasionada. Fue el primero en ofrecerle que hiciera un alto en la elaboración de la biografía para atender los compromisos de su designación, y llegó incluso a recordarle que ella estaba en Hilltop en calidad de invitada, y no prisionera. Y, sin embargo, ¿Por qué tenía la sensación de que lo había decepcionado? Miró el periódico y se quedó pasmada. Paula Chaves reaparece para los Oscars de la Comunicación, rezaba el titular. Debajo había una foto de Paula y la lista con los nombres de los nominados. Lo que ella no esperaba encontrar era una foto de Pedro, el cual, según afirmaban, acompañaría a la presentadora durante la ceremonia.

—Seguro que esto es cosa de Marcos Nero —comentó Paula—. Nadie más le echaría tanto morro para apuntarse una exclusiva de ese estilo sin ningún fundamento. Es su manera de vengarse por nuestro último encuentro.

—No le harías ninguna sugerencia tú, ¿No?

—¿De verdad me crees capaz de hacer algo así? —preguntó dolida.

—No, perdona —Pedro suspiró frustrado—. Es que estoy indignado.

—Llamaré a mi agente y le diré que rectifiquen todo lo referente a tí —dijo Paula. Aunque el daño ya estaba hecho, se lamentó. Al mismo tiempo, la idea de aparecer en la ceremonia de entrega de los premios acompañada por Pedro le resultaba de lo más sugerente—. Porque no te apetece venir a los premios, ¿No?

—¿Tú qué crees? —preguntó muy serio.

—Creo que antes preferirías quemarte en agua hirviendo —suspiró Paula—. Llamaré a mi agente.

—No servirá de mucho —afirmó antes de dejarla sola.

Tenía razón. Aunque los periódicos publicaran la verdad y desmintieran la relación que habían sugerido entre ella y Pedro, ya no podrían evitar que circularan todo tipo de rumores.

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 31

—¡Santo cielo! —exclamó de pronto—. Me invitan a ser la presentadora de Los Premios de Comunicación de este año.

—Ya lo sé —comentó Karen sonriente—. No pude evitar leer el fax.

Era el acontecimiento más importante en Australia relacionado con los medios de comunicación, donde se entregaban los premios más reputados a profesionales de la radio, la prensa y la televisión que se habían distinguido en su sector.

—Pero, ¿Por qué me eligen a mí? —Paula frunció el ceño—. Ahora mismo ni siquiera estoy en activo.

—Pero el ganador absoluto de un año suele conducir la ceremonia del siguiente año, ¿No?

—Yo sólo gané el segundo premio por mi trabajo en De costa a costa —comentó. Aun así, aquel premio, aparte de ser un tremendo honor, había revalorado su prestigio como reportera. Volvió a leer el fax y encontró la respuesta—. Ya entiendo: Mariana Guy, que se llevó el Premio de Oro, está viviendo ahora en Hollywood. Por eso me han elegido a mí.

—¡Qué ricas están! —dijo Karen después de tomar una nueva pasta—. Y no te subestimes, tonta. No es sólo porque Mariana esté fuera. Tienes mucho talento y la cámara te adora.

—Al menos alguien, o algo, me adora —comentó desprevenida—. Quiero decir, que es un gran honor, teniendo en cuenta que hace un mes que he desaparecido — intentó corregir ante la atenta mirada de Karen.

—¿Cómo iban a olvidarse de tí! —exclamó Karen con lealtad—. Ya verás cómo se pondrá Pedro cuando le digas que te han elegido —añadió animosamente.

El alma se le cayó a los pies. Ése era el tipo de evento que Pedro encontraría repulsivo. Se alegraría por ella, por supuesto; pero Paula leería en la expresión de su cara lo que realmente opinaba él de su designación. No dudaría en dejar que abandonara la biografía durante la semana previa a los premios, para que pudiera prepararse convenientemente y atender a los medios de comunicación. La instaría a que se tomara todo el tiempo que necesitara, pero no dejaría de intuir un cierto desdén en su mirada. Entrelazó las manos para que no se notara que éstas le temblaban. Era la oportunidad de su vida. ¿Por qué se paraba a pensar, siquiera un segundo, en la opinión de Pedro? Cuando su biografía terminara, unos pocos meses más tarde, ¿qué haría ella con su vida?

—No pareces muy emocionada —observó Karen.

—Claro que lo estoy. Es que... —señaló hacia las carpetas que la rodeaban—. Estamos trabajando muy bien en el libro.

—¿Me estás diciendo que estás pensando rechazar los Premios de la Comunicación para trabajar en la biografía de Pedro? —preguntó Karen asombrada—. Tú estás loca... o te has enamorado de él.

—Ninguna de las dos cosas, espero —respondió demasiado rápido.

—Así que es por Pedro—adivinó Karen—. Él seguirá aquí después de los premios.

—Ojalá estuviera segura de eso —dijo atormentada—. Pedro odia toda la parafernalia que acompaña a mi trabajo.

—Pero, ¿Qué siente hacia tí?

Un escalofrío la estremeció. No podía caberle la menor duda de aquello, pues era evidente que la atracción era mutua. Lo notaba en la forma en que la miraba y en el calor de sus labios cuando se besaban. Estaba convencida de que, en otras circunstancias, ambos podrían tener una relación mucho más estrecha. A pesar de los esfuerzos por reprimir sus pasiones, funcionaban bien como equipo. En realidad, el libro estaba saliendo adelante debido, en gran medida, al apasionamiento con que cada uno se estaba entregando al trabajo. Discutían mucho y sólo introducían en el libro opiniones que ambos, tras debates virulentos, hubieran llegado a compartir, convencidos por algún argumento concluyente. Ahí no había medias tintas. Como no había medias tintas con Pedro. Era un hombre radical, capaz de encumbrar a los que apoyaba; pero que, al mismo tiempo, necesitaba saber con claridad quién estaba de su parte. El resto del mundo le daba igual.

—Creo que él siente por mí lo mismo que yo siento por él —dijo Paula tras suspirar—. Es la persona más dinámica que he conocido en mi vida. Tiene interés por muy diversas actividades y no teme enseñar cuáles son sus sentimientos.

lunes, 2 de julio de 2018

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 30

Paula se negaba a caer en aquella trampa. ¿Por qué no podían ser simplemente amigos? De esa manera no habría ningún problema, aunque cada uno tuviera objetivos distintos en sus vidas. Pero poner freno a las emociones no resultaba sencillo en absoluto. Pedro no necesitaba ni tocarla para excitarla. Le bastaba una mirada para que ella lo deseara con todo su corazón, como si los labios de él fueran un manantial refrescante en medio del árido desierto.

El corazón y la cabeza de Paula no habían dirimido nunca una disputa tan dura. A veces pensaba que debía abandonarse a sus sentimientos, tener una aventura salvaje con él y luego marcharse. El amor no tenía por qué ser hasta que la muerte los separara. Pero, ¿Y si era eso lo que ella deseaba? La aterrorizaba pensar que si llegaba a entregarse a Pedro, el recuerdo de tal encuentro siempre se interpondría entre ella y sus ambiciones. Por mucha distancia que pusiera de por medio, siempre llevaría consigo un vacío en el corazón.

—Creo que hoy no saldré a pasear —dijo Paula despertando de su ensimismamiento—. Necesito trabajar en este capítulo.

—Puedes trabajar más tarde.

—Prefiero hacerlo ahora que lo tengo fresco en la cabeza —insistió sin atreverse a mirarlo.

—Está bien; pero no trabajes demasiado. ¡Fangio!, ¡Jackie!, ¡vamos!

Los dobermann, al oír sus nombres, se pusieron de pie y acompañaron a Pedro en su paseo. No había cosa que les gustara más que salir por el bosque y corretear libremente, asegurándose de vez en cuando, eso sí, de que su amo los seguía. Pedro había cumplido con su palabra y había ordenado a los perros que trataran a Sarah como a una amiga. Éstos mostraban poco afecto hacia ella, pero, seguro, habrían dado sus vidas por defender la de Paula. Ésta los vió salir precedidos por él. Suspiró y volvió la mirada hacia el ordenador, para refugiarse en el trabajo, método infalible para distraerse de cualquier pensamiento perturbador.

—¡Sorpresa! —oyó decir mientras unas manos le tapaban los ojos por detrás.

—¡Karen!, ¿Cuándo has llegado? —preguntó Paula después de apartarle las  manos y dar media vuelta.

—Hace poco —sonrió la amiga—. He estado charlando un rato con Marcelo. No quería entrar hasta no estar segura de no interrumpir.

—¿Qué tal el trabajo? —le preguntó Paula, después de hacer una copia de seguridad en un disquete de lo que acababa de grabar en el disco duro del ordenador.

—Muy bien. Aunque no tengo ninguna foto nueva digna de mención — respondió Karen.

Paula se quedó en silencio unos segundos. ¿Por dónde iría su amiga en su cacería alfabética de hombres?

—¿Y cómo te va con Kevin?

—Nos llevamos bien —respondió Karen—. Me temo que me voy a quedar atascada en la «k» durante una temporada. ¿Y a tí?, ¿qué tal te va?

—Todavía libre y sin compromiso —respondió Paula sin ser del todo sincera.

Ella y Karen habían comido juntas el día en que la primera se había acercado a su casa a recoger sus cosas antes de mudarse a Hilltop temporalmente. Karen no se había creído demasiado eso de que sólo se mudaba porque era mejor para el proyecto.

—¿Adónde ha ido esa maravilla de hombre? —preguntó la amiga.

—Ha salido al bosque a dar una vuelta con los perros. Volverá dentro de una hora.

—Deberías haberlo acompañado. Hace un día estupendo.

—Si lo hubiera hecho, me habría perdido tu visita. Y deja de mirarme de esa manera: ya te he dicho que sólo vivo aquí para trabajar con más comodidad. Nada más.

—Entonces, ¿Por qué te has puesto roja en cuanto he hecho referencia a él?

No se había ruborizado hasta ese momento, pero, gracias a Karen, ya tenía las mejillas rojas.

—Tienes mucha imaginación —insistió Paula—. Prepararé un poco de té helado y charlamos un rato, ¿Te parece?

Minutos después regresó con la bebida y con unas pastas que había preparado Marcelo.

—Te he traído el correo y los faxes —dijo Karen.

—Eres un cielo. Muchas gracias.

—Merece la pena si, a cambio de un favor tan pequeño, puedo verte y degustar estas pastas. ¿Dónde encontró Pedro a Marcelo? ¡Ese hombre es un tesoro!

—Fueron juntos al instituto. Lo creas o no, Marcelo perteneció a la policía; tuvo que retirarse después de que un sospechoso lo atacara. Entonces empezó a acompañar a Pedor por los circuitos y, finalmente, se instaló con él aquí.

—Lo que perdió la policía lo ganamos nosotras, ¿No crees? —preguntó Karen con una leve sonrisa.

Paula miró a su amiga con curiosidad. Marcelo no era el siguiente en la lista alfabética y a Karen le costaba mucho romper con sus costumbres. Sin embargo, era evidente que estaba interesada en el amigo de Pedro. Bueno, después de todo, tal vez saliera algo positivo de aquella historia. Echó un vistazo al legajo de cartas y faxes y fue ordenando el correo.

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 29

Transcurridas tres semanas de trabajo codo a codo en casa de Pedro, las preocupaciones de Paula no sólo habían disminuido, sino que se sentía cada vez más a gusto al lado de él, de cuya compañía disfrutaba más de lo que le convenía. Se habían acostumbrado a levantarse temprano para darse un baño en la piscina, tras el cual recobraban fuerzas con un suculento desayuno preparado por Marcelo, que resultó ser mucho más que un simple guardaespaldas. Era, además, el cocinero, el gerente, el adiestrador de perros y el brazo derecho de Pedro.

Luego trabajaban durante seis horas, haciendo un pequeño alto para tomar un sándwich a la hora de comer. En realidad no podía llamar a aquello «trabajar», sino, simplemente, charlar amigablemente. Pedro tenía una memoria prodigiosa y recordaba a la perfección hechos que habían sucedido años antes. Además, los adornaba con multitud de anécdotas que disparaban la imaginación y las aptitudes periodísticas de Paula. Por desgracia, él prefería escribir el libro cronológicamente, aferrándose a los fríos hechos. El espíritu de reportera de Paula, en cambio, la llevaba a decantarse por una organización que atrajera más la atención del lector, aunque no fuera estrictamente lineal.  A veces discutían con tanta vehemencia que resultaba milagroso que el proyecto fuera avanzando. Pero avanzaba.

—¿Quieres que el libro se venda o no? —le preguntó Paula después de una de sus disputas.

—Expresado con elegancia literaria, francamente, Paula, me importa un pito.


—Entonces, ¿Por qué nos estamos matando con el libro? —preguntó desconcertada.

Pedro tenía que saber que estaba dando el ciento diez por cien de sí misma para que el libro fuera un éxito. Si no quería que el libro se vendiese, había escogido a una mala socia.

—Es necesario que escriba este libro, Paula. Y ya sabes por qué. Pero se tiene que vender porque sea bueno, sin dejarse guiar por falsos sensacionalismos.

—Ya hemos tratado tu infancia y tus primeros pasos en el mundo del automovilismo —dijo Paula. Luego suspiró mientras se ahuecaba el pelo que le caía sobre el cuello—. Pero eso es sólo la mitad de la historia. Todavía no has dicho nada de la otra mitad, ésa de la que no quieres hablar con nadie... ni siquiera conmigo. Los que escriban la versión no oficial no tendrán tanto recelo en contarlo todo.

—Contarán lo que les apetezca inventarse a partir de unos datos sueltos — apuntó Pedro enrabietado.

—Entonces cuéntales a todos tu versión. Antes de que empezáramos con el libro, me pediste que confiara en tí. ¿No crees que ya va siendo hora de que tú confíes en mí? Por ejemplo, podrías informarme de lo que los otros escritores podrían usar en tu contra.

—Los dos estamos muy cansados y nerviosos —dijo Pedro después de un suspiro de frustración—. Creo que voy a sacar a los perros a dar una vuelta.

El mensaje era claro: podía acompañarlo o no en su paseo, según le apeteciera; pero la discusión había terminado. Se sentía decepcionada. Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo mucho que deseaba que Pedro confiara en ella. Éste la había hecho depositaria de todos sus secretos, excepto de aquéllos relacionados con su repentina retirada y su rechazo a la prensa. Al regresar a Hiltop, habían pensado que iban a tener que refugiarse de una barahúnda de periodistas; pero Marcelo había hecho correr el rumor de que ambos estaban de vacaciones en una isla perdida del Caribe. Cuando los periodistas descubrieron la verdad, la noticia había perdido actualidad y, tal como había predicho Paula, otras personas ocupaban ahora los titulares.

A pesar de sus reservas, Paula se había amoldado rápidamente a vivir allí. Acercarse a su casa, recoger su ordenador portátil y algo de ropa había ayudado. Vivir en Hilltop, en la casa de Pedro, era como estar de vacaciones, pese al trabajo. Disfrutaba mucho con los largos paseos que compartían para estirar las piernas después de estar sentados ante sus ordenadores. Cada día, él le mostraba zonas distintas de los terrenos que poseía. Había una especie de palmera, decía él, que había sobrevivido desde las épocas de los dinosaurios; y también la fauna era muy exótica, con sus cacatúas, ualabis y otros animales totalmente desconocidos para Paula. Pedro le había mostrado también su sitio favorito, un árbol enorme oculto en la espesura del bosque. Sus raíces se veían en el suelo y se extendían metros y metros a la redonda. Allí, en el escondite secreto de él, acompañados sólo por los trinos de los pájaros, la había abrazado. No había estado tan cerca de sus labios desde aquel momento excitante en la piscina del hotel. Y ahora que sí había llegado a besarla, de alguna manera, los dos se habían sentido especiales. En medio de ninguna parte, en aquel lugar de ensueño, era como si aquello no hubiese sucedido en realidad. Había sido delicioso notar los labios de Pedro bajándole los párpados, resbalando por la nariz hasta desembocar en la boca entreabierta de Paula. Ésta se había sorprendido abrazándolo con fuerza, acariciándole el cuello, saboreando la cercanía de sus pieles. No había sido una explosión. Simplemente habían empezado a consumirse lenta e inexorablemente, hasta que ambos habían sentido un infierno de esperanzas, necesidades, sueños y deseos. Había cerrado los ojos, lo cual sólo sirvió para que la fogosa pasión que la descontrolaba se avivara. Había ocurrido lo que tanto había temido. Ningún hombre había despertado en ella una sensación de necesidad como la que Pedro le inspiraba.

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 28

—Si queda tan bonita y se mueve tan suavemente como preveo, seguro que se vende mucho —comentó Pedro, que acababa de entrar en el salón.

Paula sintió una presión en el pecho tremenda, como si alguien la estuviese abrazando con mucha fuerza. Recién salido de la ducha, Pedro llevaba una toalla diminuta que apenas cubría lo imprescindible y se estaba secando el pelo con otra.

—¿Te pasa algo? —se interesó él al ver que Paula no reaccionaba.

—No... nada... Espero que no te importe que le haya echado un vistazo a esto — respondió nerviosa.

Pedro parecía que no se había dado cuenta de lo incómoda que se sentía ella y siguió secándose el pelo, hasta haber terminado y colocarse la toalla sobre un hombro.

—No me importa, siempre y cuando mantengas los detalles en secreto. No quisiera que alguien se enterara del modelo y lo copiara.

Paula asintió con la cabeza, la cual no estaba precisamente pensando en modelos de coches. Más bien estaba registrando minucias, como el sendero que estaba marcando una gota que iba resbalando por el pecho de Pedro. Éste se acercó al mueble-bar, se puso un vaso de gaseosa y le sirvió otro a ella. Cuando le entregó el vaso, sus dedos se rozaron y ella sintió una descarga eléctrica en todo el cuerpo.

—Pareces distinta —comentó en voz baja—. Te has comprado ropa. De primera, como tú.

—Es bonita —acertó a responder Paula.

—Cierto, aunque no tanto como tú —insistió Pedro mirándola intensamente.

Por mucho que lo negara, era la reacción que Paula había deseado por parte de Pedro. Sin embargo, al mismo tiempo, se enfureció por permitir que su opinión significara tanto para ella. Estaba indecisa. No sabía si quería que Pedro le hiciera el amor o si alejarse de él lo máximo posible. Lo malo era que sus fuerzas flojeaban cada vez más.

—Será mejor que me vista —comentó Pedro.

—Sí —reforzó Paula, aunque era lo último que deseaba.

Cuando se quedó a solas, se arrellanó sobre una silla, confusa. Tenía que decirle que no había acuerdo; que encontrara a otra persona para su biografía, a alguna a la que no le importara vivir en su misma casa. Conocía a muchos hombres que estarían encantados de aprovechar una oportunidad así. Porque tampoco quería que fuera otra mujer la que la sustituyera. ¿Qué demonios quería en realidad?, se preguntaba Paula. Antes de poder resolver aquel enigma, el teléfono empezó a sonar. Dado que nadie sabía que ella se hallaba allí, esperó a que Pedro contestara desde su dormitorio. Momentos después bajaba de las escaleras con cara de contrariedad.

—Era un periodista del Gold Coast Herald. Quería que contestara a unas cuantas preguntas para acompañar una foto que te ha hecho en el hotel.

—Pero... —de pronto recordó los flashes al ir hacia el ascensor—. Ese periodista debía estar entre los turistas que había en el recibidor haciendo fotos.

—Me ha dicho que se aloja aquí y que te vió esperando el ascensor... No creo que publique lo que le he contestado —se notaba que estaba muy furioso y daba la impresión de que la ropa se le iba a saltar, de tensos que estaban sus músculos—. Ya no tiene ningún sentido seguir aquí —añadió.

—¡Esto es ridículo! —exclamó Sarah también enojada—. ¡Ni que fuéramos estrellas de cine!

—Pues casi.

Pedro no le había echado la culpa y, sin embargo, Paula no podía evitar sentirse responsable. Si no se hubiera dejado el sombrero y las gafas del sol en el probador...

—¿Te acosaban tanto cuando eras famoso? —preguntó.

—En parte lo buscaba yo —respondió mientras se peinaba con las manos—. Siempre trataba de llamar la atención mientras corría; pero mi carácter, en ése y en todos los sentidos, se ha suavizado mucho en los últimos tiempos.

—De todas maneras...

—De todas maneras, no tenían derecho a perseguirme día y noche. Llegó un momento en que no podía salir a la calle sin que alguien me estuviera haciendo una foto. Y a veces se metían hasta en mi casa con los potentes objetivos de sus cámaras. En una ocasión, una periodista inglesa me fotografió mientras me duchaba.

—¿Desnudo? —preguntó sobresaltada por las imágenes que invadieron su cabeza.

—Sí. Normalmente me ducho desnudo —hizo una pausa y sonrió—. Creía que por fin me había librado de todo este circo.

—Hasta que aparecí yo y volví a meterte.

—Los dos estamos metidos —señaló Pedro—. Al menos esta vez tengo una compañera de lo más agradable —añadió sonriente.

—Me alegro de que a mí no me espíen en la ducha —comentó Paula, llevada por el buen humor de Pedor—. En fin, ya pasará la tormenta. Seguro que mañana será otra celebridad la que ocupa las portadas de los periódicos. ¿Por qué darles la satisfacción de que sepan que nos molestan?

—Yo no tengo intención de decírselo —afirmó Pedro—. Pero lo cierto es que sí me molestan y dado que ya han descubierto nuestro escondite, lo mejor será que nos marchemos de aquí.

Paula le dió razón inmediatamente, pues no sabía si sería capaz de pasar otra noche con él en aquella lujosa e incitante suite. En casa de Pedro, al menos, Marcelo y los dobermann impedirían que ocurriese nada entre ellos. Sólo esperaba que su presencia fuera de veras suficiente para frenar a Pedro. Y para frenar sus propios impulsos.

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 27

Lo miró. Había abierto un ordenador portátil que había hecho subir de su coche y estaba desgarradoramente atractivo. Un rizo moreno le caía sobre la frente.

—Sólo quieres que te ayude para utilizarme como mecanógrafa —pensó Paula en voz alta al ver que Pedrosólo usaba dos dedos.

—Quiero tu ayuda para no tener que escribir ese maldito libro —matizó sonriente—. Preferiría ir en un coche a doscientos kilómetros por hora y sin frenos, antes que escribir dos párrafos de mi biografía.

Nunca se había planteado que Pedro necesitara realmente su ayuda. Ya era demasiado difícil resistirse a la química que los unía, como para andar pensando que él dependía, en cierta manera, de ella. Era casi imposible no reaccionar a la calidez de su sonrisa. El pulso se le había acelerado automáticamente y Paula deseó haber tenido algo útil que hacer, con lo que pudiera distraerse. Claro que, estando Pedro tan cerca, tampoco habría logrado concentrarse en nada.

—Me salgo a hacer algo de ejercicio antes de cometer una tontería... como ofrecerme voluntaria para mecanografiar lo que estás tecleando ahora mismo — anunció, procurando aparentar desenfado.

—Estoy metiendo los detalles de un nuevo diseño para un coche —comentó. Luego frunció el ceño—. ¿De verdad tienes que salir? Recuerda que si estamos aquí es porque queremos pasar inadvertidos.

—Como siga así, acabaré pasando tan inadvertida que nadie se acordará de que existo —dijo, sin atreverse a confesar que sólo quería salir de allí para alejarse de él.

Fue a su dormitorio y regresó con un sombrero ancho de verano y unas gafas de sol. El sombrero lo había usado en el reportaje que había realizado para De costa a costa, acerca de la protección solar. No era su estilo, pero era perfecto como disfraz.

—¿Qué te parece? —le consultó a Pedro.

¿Cómo podía ser tan tonta? Acababa de darle la oportunidad de que la piropeara, cuando lo último que quería era dejarse seducir por él.

—Estás preciosa —respondió Pedro cuando hubo terminado con el ordenador.

—Ni siquiera has mirado las gafas y el sombrero —lo acusó.

—¿No? —dijo poniendo cara de niño inocente—. Es sencillo distraerse con una mujer tan hermosa, con tantos puntos bellos de atención. Pero, ya que preguntas, el sombrero no es muy de tu estilo.

—Gracias —repuso Paula, como si hubiera recibido un piropo.

 De alguna manera, la habría decepcionado que Pedro alabara lo bien que le sentaba el sombrero.

—Sólo saldré a dar una vuelta por las tiendas del hotel —le prometió.

 Luego se marchó a toda prisa, antes de que Pedro la convenciera para que permaneciese junto a él. Nadie se quedó mirándola ni la reconoció mientras paseaba por la planta baja del hotel, en la que se hallaban todas las tiendas. Acostumbrada a que la gente se girara para mirarla, la experiencia le resultó inquietante. Lo que demostraba que no debía empezar ninguna relación con Pedro, pues no sabía si soportaría prescindir de su popularidad. Al mismo tiempo, se negaba a pensar que él tuviera razón cuando afirmaba que ella coqueteaba con la fama. En realidad, sólo se limitaba a disfrutar de una popularidad que le había costado muchos esfuerzos granjearse.

La enfureció comprobar que no podía quitarselo de la cabeza ni un segundo y trató de fijarse en el escaparate de una tienda de ropa.De pronto sintió ganas de derrochar dinero, lo cual era una locura, teniendo en cuenta que se había quedado sin trabajo. Sin embargo, y como quiera que siempre había sido prudente con los gastos, y ya tenía pagado su piso, ¿por qué no iba a darse un capricho con los chorrillos que tenía? Se probó distintas prendas y, al final, para contento del vendedor, eligió una blusa azul y un par de fabulosos pantalones a juego. Luego, por impulso, quitó las etiquetas, fue al probador y se vistió directamente con su nueva ropa. Era mucho más llamativa que la camiseta y los vaqueros con que había salido, pero sólo iba a tomar el ascensor para volver a la suite. Quería estar guapa para sentirse a gusto consigo misma, se dijo con aplomo. Sin embargo, su cuerpo se estremecía emocionado, anhelante de los piropos que Pedro le dedicaría cuando la viera. ¿Cuál sería su reacción?

Tuvo que sortear un tumulto de turistas antes de llegar al ascensor y luego esperó a que el recibidor del hotel se quedara vacío, antes de subir a su ascensor privado. Cegada por los flashes de las cámaras fotográficas de los turistas, se sintió aliviada cuando se quedó sola y en silencio en el ascensor. Entonces se dió cuenta de que los flashes no la habrían molestado de haber llevado las gafas de sol y el sombrero, y recordó que había olvidado su antiguo atuendo en la silla del probador en que se había cambiado. No tenía por qué haberse preocupado por la reacción de Pedro, pues no lo veía por ninguna parte. Al acercarse a su dormitorio, oyó que la ducha del cuarto de baño de Pedro  estaba corriendo, y él cantaba como si fuera el protagonista de una ópera. El ordenador portátil estaba encendido en el salón y Paula sintió curiosidad por echar un vistazo al diseño del nuevo coche, que más bien parecía un misil. No entendía ni una sola de las abreviaturas acerca de las especificaciones técnicas, pero a ella no le cupo duda de que se trataba de un trabajo muy serio y profesional. Y, además, el diseño en sí del coche era una obra de arte. No, en realidad era el resultado de muchos días de esfuerzo, cariño y amor. Estaba claro que él no quería escribir su biografía para sacar dinero, pues, sin duda, su destreza como diseñador gráfico era sobresaliente y ésta le reportaba ya grandes beneficios.

Cambiaste Mi Vida: Capítulo 26

Muchos decían que cualquier persona era capaz de matar si se la provocaba lo suficiente; pero Paula no lograba imaginar ningún motivo que llevara a Pedro Alfonso a convertirse en un asesino. Tenía que haber otra explicación, y la encontraría en algún momento, mientras escribía el libro.

—Una vez me preguntaste si confiaba en tiíy respondí que sí. Hasta ahora no tengo ninguna razón para cambiar de actitud —dijo con la voz algo quebrada, consciente de que, fuera cual fuera el secreto, probablemente, Pedro necesitara compartirlo con alguien.

—Gracias, Paula—respondió notablemente aliviado, tomándole las manos.

Al sentir el calor de aquel fogoso roce, Paula dudó si no tendría que acabar arrepintiéndose de aquella muestra de lealtad. Y no por el pasado que pudiera tener Pedro, sino porque, al mantenerse a su lado, había estrechado más los lazos con él, y no estaba nada segura de que eso fuera una buena idea.

—¿Cuántos días y cuántas horas a la semana pasaremos escribiendo el libro? — cambió de tema Paula.

—Habrá días que estaremos las veinticuatro horas juntos —respondió tras sentarse enfrente de ella—. Y otros no nos veremos. Podrás dormir hasta mediodía.

—¿Dormir hasta mediodía?, ¿Dónde? —preguntó alarmada.

—En mi casa, por supuesto. No podemos trabajar en ningún otro sitio. Creí que eso no suponía un problema.

—No me importa en absoluto trabajar en tu casa, pero... —Paula empezaba a comprender las intenciones de Pedro.

—Pero vivir sí te molesta, ¿No?

—No me molestará, porque no tengo intención de mudarme a vivir contigo — afirmó desafiante.

—¿Por qué no?

A Paula le daba igual que los gestos de su cuerpo la traicionaran. Pedro ya sabía que se sentía atraída hacia él, así como los motivos por los que no podía abandonarse a sus impulsos. Si vivía con él no podría resistir mucho tiempo sin desfallecer entre sus brazos.

—Ya te he dicho que no quiero involucrarme sentimentalmente contigo — repitió.

—Eso dices. Al menos eso dicen tus palabras —replicó sereno—. Pero cada vez que te toco, la respuesta es otra muy distinta.

—Más razón para asegurarme de que sólo mantengamos una relación estrictamente profesional.

—No estaremos solos. Marcelo y los dobermann nos estarán vigilando.

—Ellos están de tu parte —no pudo evitar sonreír.

—Si les digo que lo hagan, te defenderán aunque les cueste la vida.

—¿Aunque sea en tu contra? —preguntó escéptica.

—Aunque sea en mi contra —afirmó llevándose la mano al pecho.

Debía de estar volviéndose loca; pero cuanto más hablaba con Pedro, más lógico le parecía el irse a vivir con él. Si quería tener acceso a los archivos secretos de Pedro, tendría que poder usar en cualquier momento el ordenador de éste. Por mucho que intentaba acallar las voces de su interior, seguía oyendo a sus padres recriminándola, diciéndole que había dejado De costa a costa para irse a vivir con una vieja gloria retirada; no para escribir sus memorias. Pero no debía dejarse influir tanto por sus padres ni por él. Ya era una mujer adulta y tenía que ser capaz de controlar sus hormonas. Si no quería que ocurriese nada entre Pedro y ella, no ocurriría nada en absoluto.