Lo miró. Había abierto un ordenador portátil que había hecho subir de su coche y estaba desgarradoramente atractivo. Un rizo moreno le caía sobre la frente.
—Sólo quieres que te ayude para utilizarme como mecanógrafa —pensó Paula en voz alta al ver que Pedrosólo usaba dos dedos.
—Quiero tu ayuda para no tener que escribir ese maldito libro —matizó sonriente—. Preferiría ir en un coche a doscientos kilómetros por hora y sin frenos, antes que escribir dos párrafos de mi biografía.
Nunca se había planteado que Pedro necesitara realmente su ayuda. Ya era demasiado difícil resistirse a la química que los unía, como para andar pensando que él dependía, en cierta manera, de ella. Era casi imposible no reaccionar a la calidez de su sonrisa. El pulso se le había acelerado automáticamente y Paula deseó haber tenido algo útil que hacer, con lo que pudiera distraerse. Claro que, estando Pedro tan cerca, tampoco habría logrado concentrarse en nada.
—Me salgo a hacer algo de ejercicio antes de cometer una tontería... como ofrecerme voluntaria para mecanografiar lo que estás tecleando ahora mismo — anunció, procurando aparentar desenfado.
—Estoy metiendo los detalles de un nuevo diseño para un coche —comentó. Luego frunció el ceño—. ¿De verdad tienes que salir? Recuerda que si estamos aquí es porque queremos pasar inadvertidos.
—Como siga así, acabaré pasando tan inadvertida que nadie se acordará de que existo —dijo, sin atreverse a confesar que sólo quería salir de allí para alejarse de él.
Fue a su dormitorio y regresó con un sombrero ancho de verano y unas gafas de sol. El sombrero lo había usado en el reportaje que había realizado para De costa a costa, acerca de la protección solar. No era su estilo, pero era perfecto como disfraz.
—¿Qué te parece? —le consultó a Pedro.
¿Cómo podía ser tan tonta? Acababa de darle la oportunidad de que la piropeara, cuando lo último que quería era dejarse seducir por él.
—Estás preciosa —respondió Pedro cuando hubo terminado con el ordenador.
—Ni siquiera has mirado las gafas y el sombrero —lo acusó.
—¿No? —dijo poniendo cara de niño inocente—. Es sencillo distraerse con una mujer tan hermosa, con tantos puntos bellos de atención. Pero, ya que preguntas, el sombrero no es muy de tu estilo.
—Gracias —repuso Paula, como si hubiera recibido un piropo.
De alguna manera, la habría decepcionado que Pedro alabara lo bien que le sentaba el sombrero.
—Sólo saldré a dar una vuelta por las tiendas del hotel —le prometió.
Luego se marchó a toda prisa, antes de que Pedro la convenciera para que permaneciese junto a él. Nadie se quedó mirándola ni la reconoció mientras paseaba por la planta baja del hotel, en la que se hallaban todas las tiendas. Acostumbrada a que la gente se girara para mirarla, la experiencia le resultó inquietante. Lo que demostraba que no debía empezar ninguna relación con Pedro, pues no sabía si soportaría prescindir de su popularidad. Al mismo tiempo, se negaba a pensar que él tuviera razón cuando afirmaba que ella coqueteaba con la fama. En realidad, sólo se limitaba a disfrutar de una popularidad que le había costado muchos esfuerzos granjearse.
La enfureció comprobar que no podía quitarselo de la cabeza ni un segundo y trató de fijarse en el escaparate de una tienda de ropa.De pronto sintió ganas de derrochar dinero, lo cual era una locura, teniendo en cuenta que se había quedado sin trabajo. Sin embargo, y como quiera que siempre había sido prudente con los gastos, y ya tenía pagado su piso, ¿por qué no iba a darse un capricho con los chorrillos que tenía? Se probó distintas prendas y, al final, para contento del vendedor, eligió una blusa azul y un par de fabulosos pantalones a juego. Luego, por impulso, quitó las etiquetas, fue al probador y se vistió directamente con su nueva ropa. Era mucho más llamativa que la camiseta y los vaqueros con que había salido, pero sólo iba a tomar el ascensor para volver a la suite. Quería estar guapa para sentirse a gusto consigo misma, se dijo con aplomo. Sin embargo, su cuerpo se estremecía emocionado, anhelante de los piropos que Pedro le dedicaría cuando la viera. ¿Cuál sería su reacción?
Tuvo que sortear un tumulto de turistas antes de llegar al ascensor y luego esperó a que el recibidor del hotel se quedara vacío, antes de subir a su ascensor privado. Cegada por los flashes de las cámaras fotográficas de los turistas, se sintió aliviada cuando se quedó sola y en silencio en el ascensor. Entonces se dió cuenta de que los flashes no la habrían molestado de haber llevado las gafas de sol y el sombrero, y recordó que había olvidado su antiguo atuendo en la silla del probador en que se había cambiado. No tenía por qué haberse preocupado por la reacción de Pedro, pues no lo veía por ninguna parte. Al acercarse a su dormitorio, oyó que la ducha del cuarto de baño de Pedro estaba corriendo, y él cantaba como si fuera el protagonista de una ópera. El ordenador portátil estaba encendido en el salón y Paula sintió curiosidad por echar un vistazo al diseño del nuevo coche, que más bien parecía un misil. No entendía ni una sola de las abreviaturas acerca de las especificaciones técnicas, pero a ella no le cupo duda de que se trataba de un trabajo muy serio y profesional. Y, además, el diseño en sí del coche era una obra de arte. No, en realidad era el resultado de muchos días de esfuerzo, cariño y amor. Estaba claro que él no quería escribir su biografía para sacar dinero, pues, sin duda, su destreza como diseñador gráfico era sobresaliente y ésta le reportaba ya grandes beneficios.
lunes, 2 de julio de 2018
Cambiaste Mi Vida: Capítulo 26
Muchos decían que cualquier persona era capaz de matar si se la provocaba lo suficiente; pero Paula no lograba imaginar ningún motivo que llevara a Pedro Alfonso a convertirse en un asesino. Tenía que haber otra explicación, y la encontraría en algún momento, mientras escribía el libro.
—Una vez me preguntaste si confiaba en tiíy respondí que sí. Hasta ahora no tengo ninguna razón para cambiar de actitud —dijo con la voz algo quebrada, consciente de que, fuera cual fuera el secreto, probablemente, Pedro necesitara compartirlo con alguien.
—Gracias, Paula—respondió notablemente aliviado, tomándole las manos.
Al sentir el calor de aquel fogoso roce, Paula dudó si no tendría que acabar arrepintiéndose de aquella muestra de lealtad. Y no por el pasado que pudiera tener Pedro, sino porque, al mantenerse a su lado, había estrechado más los lazos con él, y no estaba nada segura de que eso fuera una buena idea.
—¿Cuántos días y cuántas horas a la semana pasaremos escribiendo el libro? — cambió de tema Paula.
—Habrá días que estaremos las veinticuatro horas juntos —respondió tras sentarse enfrente de ella—. Y otros no nos veremos. Podrás dormir hasta mediodía.
—¿Dormir hasta mediodía?, ¿Dónde? —preguntó alarmada.
—En mi casa, por supuesto. No podemos trabajar en ningún otro sitio. Creí que eso no suponía un problema.
—No me importa en absoluto trabajar en tu casa, pero... —Paula empezaba a comprender las intenciones de Pedro.
—Pero vivir sí te molesta, ¿No?
—No me molestará, porque no tengo intención de mudarme a vivir contigo — afirmó desafiante.
—¿Por qué no?
A Paula le daba igual que los gestos de su cuerpo la traicionaran. Pedro ya sabía que se sentía atraída hacia él, así como los motivos por los que no podía abandonarse a sus impulsos. Si vivía con él no podría resistir mucho tiempo sin desfallecer entre sus brazos.
—Ya te he dicho que no quiero involucrarme sentimentalmente contigo — repitió.
—Eso dices. Al menos eso dicen tus palabras —replicó sereno—. Pero cada vez que te toco, la respuesta es otra muy distinta.
—Más razón para asegurarme de que sólo mantengamos una relación estrictamente profesional.
—No estaremos solos. Marcelo y los dobermann nos estarán vigilando.
—Ellos están de tu parte —no pudo evitar sonreír.
—Si les digo que lo hagan, te defenderán aunque les cueste la vida.
—¿Aunque sea en tu contra? —preguntó escéptica.
—Aunque sea en mi contra —afirmó llevándose la mano al pecho.
Debía de estar volviéndose loca; pero cuanto más hablaba con Pedro, más lógico le parecía el irse a vivir con él. Si quería tener acceso a los archivos secretos de Pedro, tendría que poder usar en cualquier momento el ordenador de éste. Por mucho que intentaba acallar las voces de su interior, seguía oyendo a sus padres recriminándola, diciéndole que había dejado De costa a costa para irse a vivir con una vieja gloria retirada; no para escribir sus memorias. Pero no debía dejarse influir tanto por sus padres ni por él. Ya era una mujer adulta y tenía que ser capaz de controlar sus hormonas. Si no quería que ocurriese nada entre Pedro y ella, no ocurriría nada en absoluto.
—Una vez me preguntaste si confiaba en tiíy respondí que sí. Hasta ahora no tengo ninguna razón para cambiar de actitud —dijo con la voz algo quebrada, consciente de que, fuera cual fuera el secreto, probablemente, Pedro necesitara compartirlo con alguien.
—Gracias, Paula—respondió notablemente aliviado, tomándole las manos.
Al sentir el calor de aquel fogoso roce, Paula dudó si no tendría que acabar arrepintiéndose de aquella muestra de lealtad. Y no por el pasado que pudiera tener Pedro, sino porque, al mantenerse a su lado, había estrechado más los lazos con él, y no estaba nada segura de que eso fuera una buena idea.
—¿Cuántos días y cuántas horas a la semana pasaremos escribiendo el libro? — cambió de tema Paula.
—Habrá días que estaremos las veinticuatro horas juntos —respondió tras sentarse enfrente de ella—. Y otros no nos veremos. Podrás dormir hasta mediodía.
—¿Dormir hasta mediodía?, ¿Dónde? —preguntó alarmada.
—En mi casa, por supuesto. No podemos trabajar en ningún otro sitio. Creí que eso no suponía un problema.
—No me importa en absoluto trabajar en tu casa, pero... —Paula empezaba a comprender las intenciones de Pedro.
—Pero vivir sí te molesta, ¿No?
—No me molestará, porque no tengo intención de mudarme a vivir contigo — afirmó desafiante.
—¿Por qué no?
A Paula le daba igual que los gestos de su cuerpo la traicionaran. Pedro ya sabía que se sentía atraída hacia él, así como los motivos por los que no podía abandonarse a sus impulsos. Si vivía con él no podría resistir mucho tiempo sin desfallecer entre sus brazos.
—Ya te he dicho que no quiero involucrarme sentimentalmente contigo — repitió.
—Eso dices. Al menos eso dicen tus palabras —replicó sereno—. Pero cada vez que te toco, la respuesta es otra muy distinta.
—Más razón para asegurarme de que sólo mantengamos una relación estrictamente profesional.
—No estaremos solos. Marcelo y los dobermann nos estarán vigilando.
—Ellos están de tu parte —no pudo evitar sonreír.
—Si les digo que lo hagan, te defenderán aunque les cueste la vida.
—¿Aunque sea en tu contra? —preguntó escéptica.
—Aunque sea en mi contra —afirmó llevándose la mano al pecho.
Debía de estar volviéndose loca; pero cuanto más hablaba con Pedro, más lógico le parecía el irse a vivir con él. Si quería tener acceso a los archivos secretos de Pedro, tendría que poder usar en cualquier momento el ordenador de éste. Por mucho que intentaba acallar las voces de su interior, seguía oyendo a sus padres recriminándola, diciéndole que había dejado De costa a costa para irse a vivir con una vieja gloria retirada; no para escribir sus memorias. Pero no debía dejarse influir tanto por sus padres ni por él. Ya era una mujer adulta y tenía que ser capaz de controlar sus hormonas. Si no quería que ocurriese nada entre Pedro y ella, no ocurriría nada en absoluto.
viernes, 29 de junio de 2018
Cambiaste Mi Vida: Capítulo 25
—Muchísimo. Pero yo no puedo cambiar lo que la gente decida pensar de mí. Lo único que puedo hacer es vivir mi propia vida. ¿Son felices tus hermanas, Paula?
Era un pregunta extraña e inesperada. Paula necesitó unos segundos para pensar antes de responder: Delfina había estado casada, pero el matrimonio no había salido adelante y ahora vivía con el fotógrafo que la había lanzado al estrellato de las pasarelas. Por su parte, Isabel estaba casada con su carrera política y, que Paula supiera, nunca había tenido una relación seria con un hombre. Le daba mucho miedo equivocarse de persona y que esto pudiera repercutir negativamente en sus aspiraciones políticas.
—No, no se puede decir que sean muy felices.
—Tus dos hermanas tienen dinero y gozan de prestigio profesional —prosiguió Pedro al advertir las distintas expresiones que iba adoptando la cara de Paula y la conclusión a la que había llegado—. Y tus padres están orgullosos de ellas. Según tú, lo tienen todo.
—Precisamente por esto es por lo que no quiero comprometerme contigo, Luke —afirmó, poniéndose en pie—: porque pasaríamos la vida discutiendo sobre estos temas.
—Y acercando posturas en la cama —añadió con un brillo malvado en los ojos—. ¿Tan terrible te parece?
No le parecía terrible en absoluto; pero una relación necesitaba algo más que un buena compenetración sexual, se dijo convencida de que en ese punto no habría la menor dificultad. Seguro que siempre disfrutarían besándose; pero, ¿y si nunca llegaban a limar sus diferencias?
Se puso la toalla alrededor del cuerpo, consciente de que estaba temblando, aunque no porque se hubiera quedado fría. Pedro había desenterrado algunas cuestiones a las que ella no había prestado atención desde su ascenso en televisión: sí, ella quería tener una relación estable y, sí, quería tener hijos y formar una familia, un hogar. Pero no quería sacrificar, a cambio, su prometedora carrera en los medios de comunicación. Tal vez Pedro no le concediera valor al éxito profesional; pero él ya había alcanzado todo cuanto se había propuesto en la vida en ese sentido. Había sido campeón mundial cinco veces y no había persona en el mundo que no reconociera su cara. Y, sin embargo, había decidido renunciar a todo eso para llevar una vida normal... No podía permitir que la sedujera con palabras; menos aún con su tentadora boca y su cuerpo de fábula. Sacando fuerzas de no supo dónde, Paula se dió media vuelta y regresó hacia el interior de la suite sin volver la vista atrás.
Pedro no había vuelto a hacer referencia a aquella conversación, pero parecía estar esforzándose por mantener un ambiente alegre, como si intentara demostrarle lo maravillosas que podrían ser las cosas entre los dos.
—¿Es tan terrible como pensábamos? —le preguntó Paula, mientras desayunaba una deliciosa tortilla a las finas hierbas, cuando les llevaron los periódicos a la habitación.
—Compruébalo tú misma —respondió Pedro entregándole el que tenía en la mano en esos momentos.
Le dedicaban tanta atención como a la crisis de Oriente Medio. Había una foto de Pedro, vestido con ropa de cuero, anterior a su retirada, acompañada por un pie de foto: La vida secreta del Rey de la velocidad. También había una foto de archivo de Paula y unas declaraciones, supuestamente suyas, en las que afirmaba que «el campeón mundial de motociclismo, muy tímido ante las cámaras», le había salvado la vida. Rumores y entrevistas a los vecinos de él completaban el despliegue informativo.
—¿Qué pone en ése? —preguntó Paula, apuntando a un segundo periódico.
—Más de lo mismo, aunque el lenguaje es un poco menos sensacionalista. Por cierto, resaltan que no pudieron ponerse en contacto con nosotros anoche.
—¡Gracias a Dios! —exclamó Paula de corazón.
—No han tenido ningún problema en inventarse los detalles de una supuesta aventura amorosa entre nosotros —añadió Pedro.
También habían escrito que Paula había dimitido de De costa a costa, porque había decidido dejarlo todo para seguir al hombre del que se había enamorado rendidamente. Hasta Marcos Nero había aprovechado para anunciar que su programa daría detalles exclusivos de aquel romance. ¡Iba listo! Pedro agarró la pila de periódicos y los colocó sobre una mesa. ¡Cómo debía odiar todo ese estúpido cotilleo!, pensó Paula. Y todo había sido por su culpa, por haberle él salvado la vida. No era justo.
Cuando Pedro salió a la terraza, Paula se armó de valor para aguantar su enojo.
—Hablemos del libro —dijo, en cambio, sirviéndole una taza de café, cuando Paula llegó a su altura.
—Esto no se va a pasar de un día para otro, Pedro—afirmó ella, decidida a agarrar al toro por los cuernos—. Cuando alguien se entere de que tienes intención de publicar tu biografía, la prensa volverá a revolucionarse.
—Siempre puedo irme y regresar cuando todo esté más calmado —respondió impávido.
—Entonces, ¿Qué sentido tiene escribir la biografía, si luego te desmarcas de la parafernalia que ésta traerá consigo?
—Como ya te he dicho, no puedo evitar que escriban una versión no autorizada de mi biografía. Pero sí puedo asegurarme de escribir mi versión, una versión que cuente sólo la verdad —explicó retrepándose en la silla.
—¿Estás dispuesto a contar por qué odias tanto ser el centro de atención? —se arriesgó a preguntar.
Pedro se levantó, se acodó sobre la barandilla de la terraza y calló unos segundos.
—¿Has vuelto a leer el lenguaje de mi cuerpo, Paula?, ¿Qué te ha puesto en esta ocasión sobre la pista de mis pensamientos?
—Es evidente que algo no te agrada, Pedro. Es como si lo llevaras escrito en un cartel, pegado en la frente —respondió—. Lo que no sé es si lo que te molesta es el hecho en sí de escribir el libro o lo que tendrás que desvelar en su contenido.
—Muy sagaz, señorita Chaves—sonrió Pedro—. ¿Y tú qué crees que es lo que me molesta?
—Conozco tan poco de tu pasado que no sabría decir. ¿Has estado en la cárcel?, ¿Te han pillado sobornando a algún rival para que se dejara ganar?, ¿Has estado hasta el cuello de deudas?, ¿Enganchado al alcohol o a algún tipo de drogas?
—Peores secretos puede guardar una persona —comentó Pedro ausente, con el rostro ensombrecido.
—¿Has matado a alguien?
—¿Cambiaría eso las cosas entre nosotros? —respondió en un tono que la dejó helada.
Era obvio que no lo conocía en profundidad; pero a juzgar por lo que había ido descubriendo de él, la idea se le representaba disparatada. ¿Lo estaba diciendo sólo para probar si su compromiso con el proyecto era firme?
Era un pregunta extraña e inesperada. Paula necesitó unos segundos para pensar antes de responder: Delfina había estado casada, pero el matrimonio no había salido adelante y ahora vivía con el fotógrafo que la había lanzado al estrellato de las pasarelas. Por su parte, Isabel estaba casada con su carrera política y, que Paula supiera, nunca había tenido una relación seria con un hombre. Le daba mucho miedo equivocarse de persona y que esto pudiera repercutir negativamente en sus aspiraciones políticas.
—No, no se puede decir que sean muy felices.
—Tus dos hermanas tienen dinero y gozan de prestigio profesional —prosiguió Pedro al advertir las distintas expresiones que iba adoptando la cara de Paula y la conclusión a la que había llegado—. Y tus padres están orgullosos de ellas. Según tú, lo tienen todo.
—Precisamente por esto es por lo que no quiero comprometerme contigo, Luke —afirmó, poniéndose en pie—: porque pasaríamos la vida discutiendo sobre estos temas.
—Y acercando posturas en la cama —añadió con un brillo malvado en los ojos—. ¿Tan terrible te parece?
No le parecía terrible en absoluto; pero una relación necesitaba algo más que un buena compenetración sexual, se dijo convencida de que en ese punto no habría la menor dificultad. Seguro que siempre disfrutarían besándose; pero, ¿y si nunca llegaban a limar sus diferencias?
Se puso la toalla alrededor del cuerpo, consciente de que estaba temblando, aunque no porque se hubiera quedado fría. Pedro había desenterrado algunas cuestiones a las que ella no había prestado atención desde su ascenso en televisión: sí, ella quería tener una relación estable y, sí, quería tener hijos y formar una familia, un hogar. Pero no quería sacrificar, a cambio, su prometedora carrera en los medios de comunicación. Tal vez Pedro no le concediera valor al éxito profesional; pero él ya había alcanzado todo cuanto se había propuesto en la vida en ese sentido. Había sido campeón mundial cinco veces y no había persona en el mundo que no reconociera su cara. Y, sin embargo, había decidido renunciar a todo eso para llevar una vida normal... No podía permitir que la sedujera con palabras; menos aún con su tentadora boca y su cuerpo de fábula. Sacando fuerzas de no supo dónde, Paula se dió media vuelta y regresó hacia el interior de la suite sin volver la vista atrás.
Pedro no había vuelto a hacer referencia a aquella conversación, pero parecía estar esforzándose por mantener un ambiente alegre, como si intentara demostrarle lo maravillosas que podrían ser las cosas entre los dos.
—¿Es tan terrible como pensábamos? —le preguntó Paula, mientras desayunaba una deliciosa tortilla a las finas hierbas, cuando les llevaron los periódicos a la habitación.
—Compruébalo tú misma —respondió Pedro entregándole el que tenía en la mano en esos momentos.
Le dedicaban tanta atención como a la crisis de Oriente Medio. Había una foto de Pedro, vestido con ropa de cuero, anterior a su retirada, acompañada por un pie de foto: La vida secreta del Rey de la velocidad. También había una foto de archivo de Paula y unas declaraciones, supuestamente suyas, en las que afirmaba que «el campeón mundial de motociclismo, muy tímido ante las cámaras», le había salvado la vida. Rumores y entrevistas a los vecinos de él completaban el despliegue informativo.
—¿Qué pone en ése? —preguntó Paula, apuntando a un segundo periódico.
—Más de lo mismo, aunque el lenguaje es un poco menos sensacionalista. Por cierto, resaltan que no pudieron ponerse en contacto con nosotros anoche.
—¡Gracias a Dios! —exclamó Paula de corazón.
—No han tenido ningún problema en inventarse los detalles de una supuesta aventura amorosa entre nosotros —añadió Pedro.
También habían escrito que Paula había dimitido de De costa a costa, porque había decidido dejarlo todo para seguir al hombre del que se había enamorado rendidamente. Hasta Marcos Nero había aprovechado para anunciar que su programa daría detalles exclusivos de aquel romance. ¡Iba listo! Pedro agarró la pila de periódicos y los colocó sobre una mesa. ¡Cómo debía odiar todo ese estúpido cotilleo!, pensó Paula. Y todo había sido por su culpa, por haberle él salvado la vida. No era justo.
Cuando Pedro salió a la terraza, Paula se armó de valor para aguantar su enojo.
—Hablemos del libro —dijo, en cambio, sirviéndole una taza de café, cuando Paula llegó a su altura.
—Esto no se va a pasar de un día para otro, Pedro—afirmó ella, decidida a agarrar al toro por los cuernos—. Cuando alguien se entere de que tienes intención de publicar tu biografía, la prensa volverá a revolucionarse.
—Siempre puedo irme y regresar cuando todo esté más calmado —respondió impávido.
—Entonces, ¿Qué sentido tiene escribir la biografía, si luego te desmarcas de la parafernalia que ésta traerá consigo?
—Como ya te he dicho, no puedo evitar que escriban una versión no autorizada de mi biografía. Pero sí puedo asegurarme de escribir mi versión, una versión que cuente sólo la verdad —explicó retrepándose en la silla.
—¿Estás dispuesto a contar por qué odias tanto ser el centro de atención? —se arriesgó a preguntar.
Pedro se levantó, se acodó sobre la barandilla de la terraza y calló unos segundos.
—¿Has vuelto a leer el lenguaje de mi cuerpo, Paula?, ¿Qué te ha puesto en esta ocasión sobre la pista de mis pensamientos?
—Es evidente que algo no te agrada, Pedro. Es como si lo llevaras escrito en un cartel, pegado en la frente —respondió—. Lo que no sé es si lo que te molesta es el hecho en sí de escribir el libro o lo que tendrás que desvelar en su contenido.
—Muy sagaz, señorita Chaves—sonrió Pedro—. ¿Y tú qué crees que es lo que me molesta?
—Conozco tan poco de tu pasado que no sabría decir. ¿Has estado en la cárcel?, ¿Te han pillado sobornando a algún rival para que se dejara ganar?, ¿Has estado hasta el cuello de deudas?, ¿Enganchado al alcohol o a algún tipo de drogas?
—Peores secretos puede guardar una persona —comentó Pedro ausente, con el rostro ensombrecido.
—¿Has matado a alguien?
—¿Cambiaría eso las cosas entre nosotros? —respondió en un tono que la dejó helada.
Era obvio que no lo conocía en profundidad; pero a juzgar por lo que había ido descubriendo de él, la idea se le representaba disparatada. ¿Lo estaba diciendo sólo para probar si su compromiso con el proyecto era firme?
Cambiaste Mi Vida: Capítulo 24
El chapoteo del exterior le indicaba que alguien estaba en la piscina. Vaciló un segundo. Tenía un bañador en su bolsa, así que se levantó, se lo puso, tomó prestada una toalla del hotel y salió para unirse a Pedro en la piscina. Estaba haciendo unos largos y, al verla meterse en el agua, la saludó y siguió nadando. Era la primera vez que lo veía en aquel estado tan próximo a la desnudez, y casi se desmaya de la impresión. Avanzaba con brío y estilo, y la piel le brillaba salpicada por las gotas y los reflejos del sol. Movía los brazos con elegancia y eficacia, ayudándose de las piernas para ganar velocidad.
Apenas podía respirar. Ella ya sabía el calor que se sentía rodeada por aquellos brazos, el calor que se sentía besada por esos labios... La asombraba descubrir que la misma perfección se daba en el resto de su cuerpo, novedad que aceleraba los latidos de su corazón hasta ensordecer el ruido de las patadas de Pedro contra el agua. Si se le hubiera ocurrido alguna manera discreta para salir del agua, lo habría hecho; pero retirarse en ese momento, sin excusa aparente, sería tanto como confesar la turbación que le había producido la contemplación del cuerpo de Pedro.
De repente, sin saber quién había empezado, estaban echando una carrera. Sarah había hecho un par de largos de calentamiento y luego había empezado un tercero al mismo tiempo que Pedro. Al principio había logrado mantenerse a su altura, pues, en sus tiempos de universitaria, había llegado a ganar un torneo de natación. Sin embargo, poco a poco, él había ido aventajándola, espoleando el espíritu competitivo de Paula. ¡La estaba retando! Ella se forzó al máximo para vencerlo, que contaba con la ventaja de tener un cuerpo más musculado y mayor entrenamiento; a cambio, la delicada constitución de Paula le permitía deslizarse a través del agua a gran velocidad. Al final, él la ganó por una fracción de segundo.
—Eres un gran nadador —reconoció Paula, exhausta por el esfuerzo, pero contenta por haber apurado a su contrincante.
—Tú eres mejor —replicó lanzándole una sonrisa que se le coló en el alma—. Yo llevaba un buen rato calentando y tú estabas casi en frío; y aun así casi me ganas. ¿Echamos otra?
—Creo que no puedo ni salir de la piscina —respondió Paula denegando con la cabeza—. Me ahogaría en medio del siguiente largo.
Pedro la agarró por la cintura y la elevó sin esfuerzo al borde de la piscina. Luego se dió impulso y se sentó junto a ella. Paula no sabía qué pretendía Pedro, quien, de repente, acercó su boca a la de ella hasta dejarla a muy pocos centímetros de distancia.
—¿Pedro? —preguntó con la respiración entrecortada, y no precisamente debido a la carrera de la piscina.
—Necesitas el beso de la vida —dijo intercalando un beso en los labios de Sarah entre palabra y palabra.
Estuvo a punto de olvidar todos los razonamientos que desaconsejaban que se involucrara sentimentalmente con él. Sin duda, le agradaba el calor de aquel beso, pero, de ninguna manera, proviniendo de Pedro, podía llamarlo «beso de la vida», pues, en realidad, éste no hacía sino complicársela.
—No, Pedro—se resistió haciendo un gran esfuerzo.
—Me confundes, Paula. Tu cuerpo dice una cosa y tú te empeñas en negarlo con palabras. ¿Qué es lo que debo creer? —dijo retirando su acometida.
—Ni yo misma lo sé, Pedro—respondió con sinceridad.
—¿Por qué, Paula? Yo te quiero y tú me quieres a mí. ¿Qué más hay que saber? —preguntó con el ceño fruncido.
Se dió cuenta de que estaba jugueteando con la pierna de su bañador, subiéndola más allá de los muslos. Era un gesto sin importancia, pero no quería que Pedro lo malinterpretara.
—No quiero tener una simple aventura contigo, Pedro.
—Por mí podemos intentar una relación seria —afirmó ilusionado.
—No funcionaría —respondió. Sabía que ella volvería a formar parte de la prensa o de la televisión, colectivo que tan poco le gustaba a Pedro—. Tú y yo buscamos cosas diferentes en esta vida.
—¿Estás segura de que somos tan distintos? —replicó, al tiempo que empezaba a masajearle los hombros con unos movimientos sensuales que casi la descontrolaron.
«Oblígalo a parar, a que quite de tus hombros esas manos que te hacen rendirte en contra de tu voluntad», se dijo Paula. Sin embargo, no hizo nada por evitar que aquel contacto se prolongara. Tenía que hacerle comprender que sus reacciones ante su proximidad se debían tan sólo a irrefrenables impulsos físicos.
—Tú eres feliz con la vida que llevas. Yo no. Yo quiero... —se quedó sin palabras.
—¿El qué, Paula? —preguntó deteniendo el masaje para mirarla a los ojos—. ¿Éxito?, ¿Fama?, ¿Un millón de dólares en el banco?
—¿Qué tiene de malo querer las tres cosas?
—Depende de por qué las quieras —respondió intensificando el calor de su mirada—. ¿Es por tí, o porque te sientes obligada a demostrar algo al resto del mundo? Porque entonces no funcionará. Por mucho que consigas, si no te convences tú misma de tu propia valía, jamás lograrás que los demás te valoren como mereces.
—Para tí es fácil de decir —respondió con forzada naturalidad—. Tú ya lo has logrado todo y has renunciado a ello.
—Todavía tengo que soportar que algunos digan que me «quemé» y que hablen de mí constantemente en pasado, por lo que fui, como si mi vida ya no tuviera importancia —repuso Pedro.
—¿Y eso te molesta mucho?
Apenas podía respirar. Ella ya sabía el calor que se sentía rodeada por aquellos brazos, el calor que se sentía besada por esos labios... La asombraba descubrir que la misma perfección se daba en el resto de su cuerpo, novedad que aceleraba los latidos de su corazón hasta ensordecer el ruido de las patadas de Pedro contra el agua. Si se le hubiera ocurrido alguna manera discreta para salir del agua, lo habría hecho; pero retirarse en ese momento, sin excusa aparente, sería tanto como confesar la turbación que le había producido la contemplación del cuerpo de Pedro.
De repente, sin saber quién había empezado, estaban echando una carrera. Sarah había hecho un par de largos de calentamiento y luego había empezado un tercero al mismo tiempo que Pedro. Al principio había logrado mantenerse a su altura, pues, en sus tiempos de universitaria, había llegado a ganar un torneo de natación. Sin embargo, poco a poco, él había ido aventajándola, espoleando el espíritu competitivo de Paula. ¡La estaba retando! Ella se forzó al máximo para vencerlo, que contaba con la ventaja de tener un cuerpo más musculado y mayor entrenamiento; a cambio, la delicada constitución de Paula le permitía deslizarse a través del agua a gran velocidad. Al final, él la ganó por una fracción de segundo.
—Eres un gran nadador —reconoció Paula, exhausta por el esfuerzo, pero contenta por haber apurado a su contrincante.
—Tú eres mejor —replicó lanzándole una sonrisa que se le coló en el alma—. Yo llevaba un buen rato calentando y tú estabas casi en frío; y aun así casi me ganas. ¿Echamos otra?
—Creo que no puedo ni salir de la piscina —respondió Paula denegando con la cabeza—. Me ahogaría en medio del siguiente largo.
Pedro la agarró por la cintura y la elevó sin esfuerzo al borde de la piscina. Luego se dió impulso y se sentó junto a ella. Paula no sabía qué pretendía Pedro, quien, de repente, acercó su boca a la de ella hasta dejarla a muy pocos centímetros de distancia.
—¿Pedro? —preguntó con la respiración entrecortada, y no precisamente debido a la carrera de la piscina.
—Necesitas el beso de la vida —dijo intercalando un beso en los labios de Sarah entre palabra y palabra.
Estuvo a punto de olvidar todos los razonamientos que desaconsejaban que se involucrara sentimentalmente con él. Sin duda, le agradaba el calor de aquel beso, pero, de ninguna manera, proviniendo de Pedro, podía llamarlo «beso de la vida», pues, en realidad, éste no hacía sino complicársela.
—No, Pedro—se resistió haciendo un gran esfuerzo.
—Me confundes, Paula. Tu cuerpo dice una cosa y tú te empeñas en negarlo con palabras. ¿Qué es lo que debo creer? —dijo retirando su acometida.
—Ni yo misma lo sé, Pedro—respondió con sinceridad.
—¿Por qué, Paula? Yo te quiero y tú me quieres a mí. ¿Qué más hay que saber? —preguntó con el ceño fruncido.
Se dió cuenta de que estaba jugueteando con la pierna de su bañador, subiéndola más allá de los muslos. Era un gesto sin importancia, pero no quería que Pedro lo malinterpretara.
—No quiero tener una simple aventura contigo, Pedro.
—Por mí podemos intentar una relación seria —afirmó ilusionado.
—No funcionaría —respondió. Sabía que ella volvería a formar parte de la prensa o de la televisión, colectivo que tan poco le gustaba a Pedro—. Tú y yo buscamos cosas diferentes en esta vida.
—¿Estás segura de que somos tan distintos? —replicó, al tiempo que empezaba a masajearle los hombros con unos movimientos sensuales que casi la descontrolaron.
«Oblígalo a parar, a que quite de tus hombros esas manos que te hacen rendirte en contra de tu voluntad», se dijo Paula. Sin embargo, no hizo nada por evitar que aquel contacto se prolongara. Tenía que hacerle comprender que sus reacciones ante su proximidad se debían tan sólo a irrefrenables impulsos físicos.
—Tú eres feliz con la vida que llevas. Yo no. Yo quiero... —se quedó sin palabras.
—¿El qué, Paula? —preguntó deteniendo el masaje para mirarla a los ojos—. ¿Éxito?, ¿Fama?, ¿Un millón de dólares en el banco?
—¿Qué tiene de malo querer las tres cosas?
—Depende de por qué las quieras —respondió intensificando el calor de su mirada—. ¿Es por tí, o porque te sientes obligada a demostrar algo al resto del mundo? Porque entonces no funcionará. Por mucho que consigas, si no te convences tú misma de tu propia valía, jamás lograrás que los demás te valoren como mereces.
—Para tí es fácil de decir —respondió con forzada naturalidad—. Tú ya lo has logrado todo y has renunciado a ello.
—Todavía tengo que soportar que algunos digan que me «quemé» y que hablen de mí constantemente en pasado, por lo que fui, como si mi vida ya no tuviera importancia —repuso Pedro.
—¿Y eso te molesta mucho?
Cambiaste Mi Vida: Capítulo 23
Suspiró resignada, descolgó el auricular y, poco después, su madre, Alejandra, contestó. La voz se le alegró cuando reconoció a su hija mediana al otro lado del teléfono. El padre de Paula, como muchas otras noches, estaba dando clases en la Facultad de Periodismo.
—Es muy tarde. ¿Estás bien? —preguntó Alejandra.
¿Por qué daba por sentado que algo iba mal cuando ella llamaba? A sus hermanas no las acosaba de esa manera.
—La verdad es que tengo un problemilla, mamá. He dimitido como presentadora de De costa a costa. Quería decíroslo yo antes de que se enteraran por la prensa.
—¿Qué crees que dirán los periódicos?
—Supongo que me relacionarán de alguna manera con Pedro Alfonso— comentó después de tragar saliva.
—¿El conductor de coches retirado? ¿Qué tiene que ver ese hombre con que hayas perdido tu trabajo? Tenías todas las papeletas de quedarte fija como presentadora —la presionó Alejandra.
—Ya sabes que no era la única candidata, mamá —le recordó Paula—. Respecto a Pedro, no tengo ni idea de lo que se inventarán. Conoces bien cómo funciona este mundillo —comentó.
Su madre, antes de casarse y criarla a ella y a sus hermanas, había trabajado en las «páginas para mujeres» de una revista. Ahora se dedicaba a conseguir fondos para instituciones benéficas para los niños.
—¡Qué rabia!, ¡Con lo que cuesta conseguir un buen trabajo en lo tuyo! — exclamó Alejandra—. ¿Qué vas a hacer ahora?
—Ya tengo otro trabajo: escribir una biografía —respondió para tranquilizarla—. Pero no puedo darte aún ningún detalle, porque todo está un poco en el aire todavía.
—¿Y qué relación tienes con ese automovilista retirado? —insistió la madre.
—No está retirado. Se gana la vida como diseñador gráfico por ordenador —se contradijo Paula—. Y, por cierto, es su biografía la que voy a escribir.
«¿Estará orgullosa de mí por una vez?», se preguntó Paula. «Dime que me apoyarás decida lo que decida, sin tener en cuenta tus criterios, sino los míos», deseó escuchar.
—¿Te has vuelto loca? —la atacó su madre—. Por fin te estabas haciendo famosa. ¿Por qué quieres arruinar tu carrera?
—Al habla Pedro Alfonso, señora Chaves—intervino éste, que acababa de quitarle el auricular a Paula de la mano—. Fui yo quien la persuadí para que dejara la televisión y trabajase conmigo. Necesito su experiencia para sacar adelante este proyecto, aunque para retenerla tenga que pagarle el contrato millonario que se merece. Le pido disculpas por anticipado si Paula no saca mucho tiempo durante una temporada para ir a verla.
Pedro colocó el auricular cerca de Paula, para que ésta pudiera oír a su madre, que parecía de pronto entusiasmada con aquella «oportunidad tan buena» para su hija.
—Como ves, mamá —arrancó Paula, después de que Pedro le devolviera el auricular—, mi decisión ha sido acertada —sentenció con firmeza.
—¡Espera a que se lo diga a tu padre! —exclamó Alejandra emocionada—. Supongo que Pedro y tú no paran de discutir sobre su proyecto, ¿No?
—Pasamos mucho tiempo juntos, sí —respondió. Luego escuchó las últimas palabras de su madre, que se despedía mucho más efusiva de lo que lo habría hecho de no haber intervenido Pedro—. Gracias por ayudarme —le dijo Paula después de colgar, dirigiéndose a él.
—Había subido a ver si necesitabas ayuda. Estabas manejando bien la conversación; pero pensé que podría echarte una mano —se explicó Pedro.
—Gracias —insistió Paula—. Mamá no quiere ser exigente con nosotras; pero lo cierto es que espera de sus hijas mucho más que la mayoría de las madres.
—Pues menos mal que tú estás muy por encima de la mayoría de las mujeres — observó Pedro—. Deberías sentirte orgullosa de tí misma, Paula.
Se sintió incómoda por el íntimo sesgo que acababa de tomar la conversación. Además, estaban juntos en un dormitorio: ella sentada en la cama y él, de pie, frente a ella, mirándola con una intensidad hipnotizadora. Se acercó a Paula, extendió las manos y la ayudó a levantarse con delicadeza, atrayéndola para sí. Notó que el corazón empezaba a latirle con violencia: ¿Por qué reaccionaba siempre así cuando estaba junto a Pedro? Ella sabía que su forma de ver la vida era radicalmente opuesta a la suya; sin embargo, su cuerpo no parecía dispuesto a aceptar ese hecho. Sintió que las mejillas se le sonrojaban, así como un cosquilleo que le recorría todo el cuerpo, al que se negaba a llamar deseo. Pero, por mucho que se empeñara en lo contrario, quería a ese hombre como nunca había querido a ninguno antes.
—Buenas noches, Paula—dijo Pedro, obligándose a despedirse antes de que no pudiera controlarse—. Que duermas bien.
Cuando se quedó sola, Paulase preguntó si lograría dormir siquiera media hora. Después de dar vueltas en la cama durante horas, en algún momento debió de quedarse dormida, pues despertó con un rayo que se había filtrado a través de los cristales del ventanal. Miró la hora y se sorprendió de lo tarde que era. ¿Qué le pasaba? Ella nunca dormía hasta las diez.
—Es muy tarde. ¿Estás bien? —preguntó Alejandra.
¿Por qué daba por sentado que algo iba mal cuando ella llamaba? A sus hermanas no las acosaba de esa manera.
—La verdad es que tengo un problemilla, mamá. He dimitido como presentadora de De costa a costa. Quería decíroslo yo antes de que se enteraran por la prensa.
—¿Qué crees que dirán los periódicos?
—Supongo que me relacionarán de alguna manera con Pedro Alfonso— comentó después de tragar saliva.
—¿El conductor de coches retirado? ¿Qué tiene que ver ese hombre con que hayas perdido tu trabajo? Tenías todas las papeletas de quedarte fija como presentadora —la presionó Alejandra.
—Ya sabes que no era la única candidata, mamá —le recordó Paula—. Respecto a Pedro, no tengo ni idea de lo que se inventarán. Conoces bien cómo funciona este mundillo —comentó.
Su madre, antes de casarse y criarla a ella y a sus hermanas, había trabajado en las «páginas para mujeres» de una revista. Ahora se dedicaba a conseguir fondos para instituciones benéficas para los niños.
—¡Qué rabia!, ¡Con lo que cuesta conseguir un buen trabajo en lo tuyo! — exclamó Alejandra—. ¿Qué vas a hacer ahora?
—Ya tengo otro trabajo: escribir una biografía —respondió para tranquilizarla—. Pero no puedo darte aún ningún detalle, porque todo está un poco en el aire todavía.
—¿Y qué relación tienes con ese automovilista retirado? —insistió la madre.
—No está retirado. Se gana la vida como diseñador gráfico por ordenador —se contradijo Paula—. Y, por cierto, es su biografía la que voy a escribir.
«¿Estará orgullosa de mí por una vez?», se preguntó Paula. «Dime que me apoyarás decida lo que decida, sin tener en cuenta tus criterios, sino los míos», deseó escuchar.
—¿Te has vuelto loca? —la atacó su madre—. Por fin te estabas haciendo famosa. ¿Por qué quieres arruinar tu carrera?
—Al habla Pedro Alfonso, señora Chaves—intervino éste, que acababa de quitarle el auricular a Paula de la mano—. Fui yo quien la persuadí para que dejara la televisión y trabajase conmigo. Necesito su experiencia para sacar adelante este proyecto, aunque para retenerla tenga que pagarle el contrato millonario que se merece. Le pido disculpas por anticipado si Paula no saca mucho tiempo durante una temporada para ir a verla.
Pedro colocó el auricular cerca de Paula, para que ésta pudiera oír a su madre, que parecía de pronto entusiasmada con aquella «oportunidad tan buena» para su hija.
—Como ves, mamá —arrancó Paula, después de que Pedro le devolviera el auricular—, mi decisión ha sido acertada —sentenció con firmeza.
—¡Espera a que se lo diga a tu padre! —exclamó Alejandra emocionada—. Supongo que Pedro y tú no paran de discutir sobre su proyecto, ¿No?
—Pasamos mucho tiempo juntos, sí —respondió. Luego escuchó las últimas palabras de su madre, que se despedía mucho más efusiva de lo que lo habría hecho de no haber intervenido Pedro—. Gracias por ayudarme —le dijo Paula después de colgar, dirigiéndose a él.
—Había subido a ver si necesitabas ayuda. Estabas manejando bien la conversación; pero pensé que podría echarte una mano —se explicó Pedro.
—Gracias —insistió Paula—. Mamá no quiere ser exigente con nosotras; pero lo cierto es que espera de sus hijas mucho más que la mayoría de las madres.
—Pues menos mal que tú estás muy por encima de la mayoría de las mujeres — observó Pedro—. Deberías sentirte orgullosa de tí misma, Paula.
Se sintió incómoda por el íntimo sesgo que acababa de tomar la conversación. Además, estaban juntos en un dormitorio: ella sentada en la cama y él, de pie, frente a ella, mirándola con una intensidad hipnotizadora. Se acercó a Paula, extendió las manos y la ayudó a levantarse con delicadeza, atrayéndola para sí. Notó que el corazón empezaba a latirle con violencia: ¿Por qué reaccionaba siempre así cuando estaba junto a Pedro? Ella sabía que su forma de ver la vida era radicalmente opuesta a la suya; sin embargo, su cuerpo no parecía dispuesto a aceptar ese hecho. Sintió que las mejillas se le sonrojaban, así como un cosquilleo que le recorría todo el cuerpo, al que se negaba a llamar deseo. Pero, por mucho que se empeñara en lo contrario, quería a ese hombre como nunca había querido a ninguno antes.
—Buenas noches, Paula—dijo Pedro, obligándose a despedirse antes de que no pudiera controlarse—. Que duermas bien.
Cuando se quedó sola, Paulase preguntó si lograría dormir siquiera media hora. Después de dar vueltas en la cama durante horas, en algún momento debió de quedarse dormida, pues despertó con un rayo que se había filtrado a través de los cristales del ventanal. Miró la hora y se sorprendió de lo tarde que era. ¿Qué le pasaba? Ella nunca dormía hasta las diez.
Cambiaste Mi Vida: Capítulo 22
—¿Y tu equipaje? —preguntó Paula, sin poder evitar sonreír, consciente de que ya se había rendido.
—Tengo una muda en el coche. Por lo demás, en este hotel podré encontrar todo cuanto necesite —respondió—. Entonces, ¿Te quedas?
Un suspiró la delató. Y antes de que pudiera decir nada, un discreto golpe a la puerta anunció la llegada de un botones que cargaba con las pertenencias que ambos tenían en el Branxton de Pedro, las cuales parecían una islita en medio de la inmensidad de la entrada. Luego entró un camarero con una bandeja de canapés de caviar, dos copas delicadísimas y una botella de champán metida en un cubo de hielo.
—Nosotros nos servimos, gracias —se despidió Pedro del sonriente camarero, al que él le había dado una generosa propina.
—¿No irás a decirme que esto ha sido idea del hotel?
—No: se me ocurrió que podíamos celebrar nuestra nueva sociedad —comentó en referencia al proyecto de su biografía.
Luego descorchó la botella de champán y lo vertió en las burbujeantes copas.
—Porque tu libro sea un éxito —brindó Paula alzando su copa.
—Nuestro libro —la corrigió—. Y por mi intrépida colaboradora, que se ha atrevido a adentrarse en un terreno de mi vida al que nadie antes había osado asomarse.
—Tengo que llamar a mis padres y contarles lo que ha pasado antes de que se enteren por los periódicos —dijo después de dar un sorbo y colocar la copa en el carrito.
—Es decir, teniendo en cuenta que la prensa ya ha acampado en mi casa, antes de mañana mismo —comentó Pedro, apuntando con el índice hacia un teléfono que había en el recibidor—. Puedes llamar desde aquí o, si prefieres intimidad, también hay teléfonos en los dormitorios... A no ser que quieras que hable yo con ellos — añadió provocativamente.
—Gracias, pero las cosas ya están bastante liadas —repuso sintiendo un incómodo calambre en el pecho.
—Y no hace falta que sepan que estás conmigo, ¿No es eso? —añadió Pedro.
—No estoy... contigo —dijo Paula a la defensiva, estremecida por el tono tan íntimo que había empleado él.
—Claro que estás conmigo. Mira a tú alrededor: estás conmigo, no hay nadie más. Y estamos compartiendo la mejor suite de un hotel —señaló él.
—Tal como tú mismo has dicho, hay espacio y no tendremos que compartir prácticamente nada —le recordó—. Por cierto, ¿Cuánto tiempo se supone que vamos a tener que estar aquí escondidos? No tengo ropa más que para un par de noches.
—Digo yo que dos noches bastarán para que los periodistas se cansen de hacer guardia delante de nuestras casas —respondió. Luego se acercó a ella, que era justo lo último que Paula deseaba... o lo primero. Había bebido el champán demasiado rápido y no lograba pensar con claridad—. ¿Tan terrible te resulta pasar dos noches en este sitio tan maravilloso?, ¿o sigo siendo yo el problema? Como mascota mayor, te prometo que nunca me sobrepaso. Claro que si en realidad lo que sucede es que no confías en tí...
—Tranquilo. No te quepa duda de que sabré comportarme —afirmó, sin imaginar que Pedro tergiversaría sus palabras.
—¡Vaya! Espero que de veras te portes muy bien conmigo. ¿Cuándo empezamos?
—Ya sabes lo que quiero decir —espetó alterada por su proximidad.
Si Luke seguía en ese plan, pasar la noche allí iba a ser toda una odisea. Era consciente de lo vulnerable que era estando al lado de... aquella irresistible mascota. Paula pensó que tal vez le habría resultado más sencillo hacer frente a los periodistas que la esperaban en su casa. Era curioso: éstos, deseosos de inventar historias sobre Pedro y ella, los habían forzado a pasar la noche juntos, haciendo que la ficción se tornara realidad.
—Los llamaré desde el dormitorio —pretextó para alejarse de la perturbadora presencia de Pedro.
—Elige el que quieras. A mí me da igual uno que otro —le ofreció.
Paula agarró su bolsa y subió a todo correr las escaleras, sabedora de que Pedro observaba cada uno de sus movimientos. Escogió el mejor dormitorio; pero no por su amplitud, sino porque era el que estaba más alejado de los demás. Tenía que hacer todo cuanto estuviera en su mano por poner distancia entre Pedro y ella si no quería sucumbir y...
No podía llamar a sus padres hallándose en tamaño estado de excitación; de modo que decidió sacar las cosas de su bolsa y explorar el dormitorio para calmarse. Mientras lo recorría, fue pasando la mano por sillas tapizadas en terciopelo, suaves cortinas de diseño y un exquisito juego de porcelana. Sin duda, lo que más le gustó a Paula fue su mullida cama, con sus cojines y su edredón, todos en tonalidades azules. Había un ventanal con una puerta de doble hoja que daba acceso a una terraza muy coqueta, en la que se podía disfrutar de la suave brisa del anochecer y, supuso, de unas puestas de sol espléndidas. Estaba tan a gusto fuera que se resistía a volver al interior. Sin embargo, y aunque no le hiciera excesiva ilusión, tenía que telefonear a sus padres. Se habían alegrado tanto al enterarse de su trabajo como presentadora de De costa a costa, que le daba miedo comunicarles ahora su dimisión. Se vió reflejada en uno de los cristales del ventanal y sonrió. Cualquiera pensaría que aún era una niña de dieciséis años, en vez de una mujer adulta e independiente de veintiséis. Con todo, le disgustaba tener que renunciar a la aprobación de sus padres, aunque ésta se fundara en cuestiones laborales.
—Tengo una muda en el coche. Por lo demás, en este hotel podré encontrar todo cuanto necesite —respondió—. Entonces, ¿Te quedas?
Un suspiró la delató. Y antes de que pudiera decir nada, un discreto golpe a la puerta anunció la llegada de un botones que cargaba con las pertenencias que ambos tenían en el Branxton de Pedro, las cuales parecían una islita en medio de la inmensidad de la entrada. Luego entró un camarero con una bandeja de canapés de caviar, dos copas delicadísimas y una botella de champán metida en un cubo de hielo.
—Nosotros nos servimos, gracias —se despidió Pedro del sonriente camarero, al que él le había dado una generosa propina.
—¿No irás a decirme que esto ha sido idea del hotel?
—No: se me ocurrió que podíamos celebrar nuestra nueva sociedad —comentó en referencia al proyecto de su biografía.
Luego descorchó la botella de champán y lo vertió en las burbujeantes copas.
—Porque tu libro sea un éxito —brindó Paula alzando su copa.
—Nuestro libro —la corrigió—. Y por mi intrépida colaboradora, que se ha atrevido a adentrarse en un terreno de mi vida al que nadie antes había osado asomarse.
—Tengo que llamar a mis padres y contarles lo que ha pasado antes de que se enteren por los periódicos —dijo después de dar un sorbo y colocar la copa en el carrito.
—Es decir, teniendo en cuenta que la prensa ya ha acampado en mi casa, antes de mañana mismo —comentó Pedro, apuntando con el índice hacia un teléfono que había en el recibidor—. Puedes llamar desde aquí o, si prefieres intimidad, también hay teléfonos en los dormitorios... A no ser que quieras que hable yo con ellos — añadió provocativamente.
—Gracias, pero las cosas ya están bastante liadas —repuso sintiendo un incómodo calambre en el pecho.
—Y no hace falta que sepan que estás conmigo, ¿No es eso? —añadió Pedro.
—No estoy... contigo —dijo Paula a la defensiva, estremecida por el tono tan íntimo que había empleado él.
—Claro que estás conmigo. Mira a tú alrededor: estás conmigo, no hay nadie más. Y estamos compartiendo la mejor suite de un hotel —señaló él.
—Tal como tú mismo has dicho, hay espacio y no tendremos que compartir prácticamente nada —le recordó—. Por cierto, ¿Cuánto tiempo se supone que vamos a tener que estar aquí escondidos? No tengo ropa más que para un par de noches.
—Digo yo que dos noches bastarán para que los periodistas se cansen de hacer guardia delante de nuestras casas —respondió. Luego se acercó a ella, que era justo lo último que Paula deseaba... o lo primero. Había bebido el champán demasiado rápido y no lograba pensar con claridad—. ¿Tan terrible te resulta pasar dos noches en este sitio tan maravilloso?, ¿o sigo siendo yo el problema? Como mascota mayor, te prometo que nunca me sobrepaso. Claro que si en realidad lo que sucede es que no confías en tí...
—Tranquilo. No te quepa duda de que sabré comportarme —afirmó, sin imaginar que Pedro tergiversaría sus palabras.
—¡Vaya! Espero que de veras te portes muy bien conmigo. ¿Cuándo empezamos?
—Ya sabes lo que quiero decir —espetó alterada por su proximidad.
Si Luke seguía en ese plan, pasar la noche allí iba a ser toda una odisea. Era consciente de lo vulnerable que era estando al lado de... aquella irresistible mascota. Paula pensó que tal vez le habría resultado más sencillo hacer frente a los periodistas que la esperaban en su casa. Era curioso: éstos, deseosos de inventar historias sobre Pedro y ella, los habían forzado a pasar la noche juntos, haciendo que la ficción se tornara realidad.
—Los llamaré desde el dormitorio —pretextó para alejarse de la perturbadora presencia de Pedro.
—Elige el que quieras. A mí me da igual uno que otro —le ofreció.
Paula agarró su bolsa y subió a todo correr las escaleras, sabedora de que Pedro observaba cada uno de sus movimientos. Escogió el mejor dormitorio; pero no por su amplitud, sino porque era el que estaba más alejado de los demás. Tenía que hacer todo cuanto estuviera en su mano por poner distancia entre Pedro y ella si no quería sucumbir y...
No podía llamar a sus padres hallándose en tamaño estado de excitación; de modo que decidió sacar las cosas de su bolsa y explorar el dormitorio para calmarse. Mientras lo recorría, fue pasando la mano por sillas tapizadas en terciopelo, suaves cortinas de diseño y un exquisito juego de porcelana. Sin duda, lo que más le gustó a Paula fue su mullida cama, con sus cojines y su edredón, todos en tonalidades azules. Había un ventanal con una puerta de doble hoja que daba acceso a una terraza muy coqueta, en la que se podía disfrutar de la suave brisa del anochecer y, supuso, de unas puestas de sol espléndidas. Estaba tan a gusto fuera que se resistía a volver al interior. Sin embargo, y aunque no le hiciera excesiva ilusión, tenía que telefonear a sus padres. Se habían alegrado tanto al enterarse de su trabajo como presentadora de De costa a costa, que le daba miedo comunicarles ahora su dimisión. Se vió reflejada en uno de los cristales del ventanal y sonrió. Cualquiera pensaría que aún era una niña de dieciséis años, en vez de una mujer adulta e independiente de veintiséis. Con todo, le disgustaba tener que renunciar a la aprobación de sus padres, aunque ésta se fundara en cuestiones laborales.
Cambiaste Mi Vida: Capítulo 21
—¿Se puede saber qué... —arrancó con un susurro. Paula no quería que Pedro descubriera lo mucho que aquella sugerencia la había afectado, por mucho que, en realidad, no se tratara de una verdadera insinuación—... qué solución se te ha ocurrido? —corrigió sobre la marcha.
Pedro le lanzó una mirada penetrante con la que le daba a entender que había captado perfectamente su reticencia inicial.
—Creía que confiabas en mí —dijo divertido.
—Sí, pero tampoco hay que excederse —se defendió sonrojada.
—Por suerte, no has especificado dónde está el límite que separa lo normal de lo excesivo. Necesito que confíes en mí para que podamos salir de ésta —comentó mirándola a los ojos desafiantemente. Al fin y al cabo, ella tenía la culpa de que la prensa hubiera descubierto a Pedro, pensó Paula—. ¿Y bien? —insistió Pedro.
—Supongo que todavía puedo confiar en tí sin temor a sobrepasar ese límite — respondió con falso desenfado.
Le daba igual adónde tendría pensado llevarla Pedro. Lo cierto era que él no podía regresar a su casa y, probablemente, la prensa del corazón también estaría apostada a la entrada de la de ella. No le quedaba más remedio que ponerse en manos de Pedro.
A pesar de las protestas de Paula y de las de Mamá, Pedro se empeñó en pagar la cuenta y luego, tan pronto como hubieron regresado al coche, sacó el teléfono móvil. A juzgar por la sonrisa de su cara y el brillo de sus ojos, Pedro estaba satisfecho con lo que le decían. Minutos después tomaron la autopista de la Costa Dorada hacia el sur y muy pronto llegaron a la entrada del hotel preferido de los surfistas, pues contaba con su propia playa y con unas vistas espléndidas desde cada una de sus nueve plantas.
—¿Y a esto lo llamas tú esconderse? —comentó Paula mientras el estacionacoches se acercaba a ellos.
—Es el viejo truco de esconderse a la vista de todo el mundo —respondió Pedro.
Le entregó la llave al al hombre y éste se llevó su Branxton al estacionamiento. Era evidente que los esperaban, pues los llevaron a un ascensor privado que los llevó al piso más alto, ni más ni menos que a la suite presidencial. Ni siquiera habían tenido que pasar por los tediosos trámites de registrarse en recepción.
—¿Te gusta? —le preguntó Pedro al abrir la puerta de la suite.
—¿Que si me gusta? ¡Es preciosa! Pero no puedo dejar que pagues algo tan caro.
—El dueño del hotel es amigo mío —le explicó Pedro para serenarla—. Parece ser que andan escasos de presidentes últimamente; de modo que se alegra de poder darnos refugio.
«Refugio» no era en absoluto la palabra adecuada. Por el suelo se extendía una moqueta color beige del más exquisito gusto y todos los muebles, los cuadros y los adornos de la suite estaban elegidos y conjuntados con primor. Un gran ventanal permitía que la luna derramara su luz por todos los rincones y las estrellas parecían estar al alcance de la mano.
Paula dejó atrás la entrada y avanzó admirándolo todo hasta detenerse frente a una mesa cuadrada sobre la que había un florero de cristal delicadísimo, coronado con rosas y orquídeas. Las sillas, las lámparas, el sofá y los cojines del sofá, todo se conjugaba en aquella suite de ensueño. En un extremo de ésta había una escalera que llevaba hacia la planta de arriba, en la que estaban los baños y los dormitorios. También arriba había grandes cristaleras con vistas espectaculares. Había tres baños, los tres con grifos y espejos rematados en oro, que se comunicaban con los dormitorios a través de un pasillo decorado con el mismo esmero que el resto de la suite, todo absolutamente cuidado hasta el último detalle. Un auténtico palacio, salido de un cuento de hadas. Pedro la esperó abajo, hasta que Paula descendió desmayadamente por las escaleras, y la condujo a una amplia terraza que rodeaba toda la suite, en cuyo centro había una enorme piscina.
—No puedo quedarme aquí —protestó Paula con una media sonrisa, sintiéndose una intrusa entre tanta suntuosidad.
—No te gusta —la malinterpretó adrede.
—La suite me gusta —enfatizó ella.
—¿Pero no te gusta tener que compartirla conmigo? —hizo un gesto con el que intentó abarcar la suite—. Hay mucho espacio. No tenemos ni por qué vernos si eso es lo que te preocupa.
—Pero no tengo nada de ropa —se resistió.
No tenía por qué verlo, pero su mera presencia le resultaría tentadora.
—¿Y qué me dices de la ropa que metiste en la bolsa cuando nos íbamos estudio? —insistió él—. Que yo recuerde, guardaste ropa, maquillaje, artículos de aseo... y hasta tu osito de peluche.
—Es mi mascota: se llama Fabio —espetó. ¿Es que no podía ver que el problema era él mismo?
—¿Y por qué no piensas en mí como si fuera una mascota más grande? — sugirió traviesamente, consciente de qué era lo que realmente la amedrentaba.
Pedro le lanzó una mirada penetrante con la que le daba a entender que había captado perfectamente su reticencia inicial.
—Creía que confiabas en mí —dijo divertido.
—Sí, pero tampoco hay que excederse —se defendió sonrojada.
—Por suerte, no has especificado dónde está el límite que separa lo normal de lo excesivo. Necesito que confíes en mí para que podamos salir de ésta —comentó mirándola a los ojos desafiantemente. Al fin y al cabo, ella tenía la culpa de que la prensa hubiera descubierto a Pedro, pensó Paula—. ¿Y bien? —insistió Pedro.
—Supongo que todavía puedo confiar en tí sin temor a sobrepasar ese límite — respondió con falso desenfado.
Le daba igual adónde tendría pensado llevarla Pedro. Lo cierto era que él no podía regresar a su casa y, probablemente, la prensa del corazón también estaría apostada a la entrada de la de ella. No le quedaba más remedio que ponerse en manos de Pedro.
A pesar de las protestas de Paula y de las de Mamá, Pedro se empeñó en pagar la cuenta y luego, tan pronto como hubieron regresado al coche, sacó el teléfono móvil. A juzgar por la sonrisa de su cara y el brillo de sus ojos, Pedro estaba satisfecho con lo que le decían. Minutos después tomaron la autopista de la Costa Dorada hacia el sur y muy pronto llegaron a la entrada del hotel preferido de los surfistas, pues contaba con su propia playa y con unas vistas espléndidas desde cada una de sus nueve plantas.
—¿Y a esto lo llamas tú esconderse? —comentó Paula mientras el estacionacoches se acercaba a ellos.
—Es el viejo truco de esconderse a la vista de todo el mundo —respondió Pedro.
Le entregó la llave al al hombre y éste se llevó su Branxton al estacionamiento. Era evidente que los esperaban, pues los llevaron a un ascensor privado que los llevó al piso más alto, ni más ni menos que a la suite presidencial. Ni siquiera habían tenido que pasar por los tediosos trámites de registrarse en recepción.
—¿Te gusta? —le preguntó Pedro al abrir la puerta de la suite.
—¿Que si me gusta? ¡Es preciosa! Pero no puedo dejar que pagues algo tan caro.
—El dueño del hotel es amigo mío —le explicó Pedro para serenarla—. Parece ser que andan escasos de presidentes últimamente; de modo que se alegra de poder darnos refugio.
«Refugio» no era en absoluto la palabra adecuada. Por el suelo se extendía una moqueta color beige del más exquisito gusto y todos los muebles, los cuadros y los adornos de la suite estaban elegidos y conjuntados con primor. Un gran ventanal permitía que la luna derramara su luz por todos los rincones y las estrellas parecían estar al alcance de la mano.
Paula dejó atrás la entrada y avanzó admirándolo todo hasta detenerse frente a una mesa cuadrada sobre la que había un florero de cristal delicadísimo, coronado con rosas y orquídeas. Las sillas, las lámparas, el sofá y los cojines del sofá, todo se conjugaba en aquella suite de ensueño. En un extremo de ésta había una escalera que llevaba hacia la planta de arriba, en la que estaban los baños y los dormitorios. También arriba había grandes cristaleras con vistas espectaculares. Había tres baños, los tres con grifos y espejos rematados en oro, que se comunicaban con los dormitorios a través de un pasillo decorado con el mismo esmero que el resto de la suite, todo absolutamente cuidado hasta el último detalle. Un auténtico palacio, salido de un cuento de hadas. Pedro la esperó abajo, hasta que Paula descendió desmayadamente por las escaleras, y la condujo a una amplia terraza que rodeaba toda la suite, en cuyo centro había una enorme piscina.
—No puedo quedarme aquí —protestó Paula con una media sonrisa, sintiéndose una intrusa entre tanta suntuosidad.
—No te gusta —la malinterpretó adrede.
—La suite me gusta —enfatizó ella.
—¿Pero no te gusta tener que compartirla conmigo? —hizo un gesto con el que intentó abarcar la suite—. Hay mucho espacio. No tenemos ni por qué vernos si eso es lo que te preocupa.
—Pero no tengo nada de ropa —se resistió.
No tenía por qué verlo, pero su mera presencia le resultaría tentadora.
—¿Y qué me dices de la ropa que metiste en la bolsa cuando nos íbamos estudio? —insistió él—. Que yo recuerde, guardaste ropa, maquillaje, artículos de aseo... y hasta tu osito de peluche.
—Es mi mascota: se llama Fabio —espetó. ¿Es que no podía ver que el problema era él mismo?
—¿Y por qué no piensas en mí como si fuera una mascota más grande? — sugirió traviesamente, consciente de qué era lo que realmente la amedrentaba.
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